Editorial anagrama



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UN RINCÓN CERCA DEL CIELO N.° 3

Sí, felizmente existía mi techo. Porque uno podía pasarse días, semanas, meses, descubriendo que el mundo es diverso, complejo, que el mundo está lleno de alegrías y de lágrimas en los ojos, y que la claridad nunca es tan meridiana como lo pretendía mi Director de Lecturas en el mundo del Grupo. En un techo leía yo aquellas cartas de Marx a su hija, diciéndole que dejara en paz al poeta Heine con sus desvarios, me enteraba de que Lenin era capaz de todo menos de escucharse una sintonía de Beethoven, por temor a que le hiciera trizas un alma cuyo tiempo completo estaba consagrado a la revolución. Allí aprendí que también para ellos existía la debilidad y aprendí a admirarlos más por aquellos momentos en que fueron hombres sentados a la mesa con su esposa, quejándose del frío y de un cheque que no llegaba, años y años antes de que mi Director de Lecturas los convirtiera en bustos de mármol con obras de mármol en varios tomos plagados de mandamientos entre divinos, para ángeles muy ordenados, y de mármol. No, la vida no era tan simple. Y, como decía no sé quién, en invierno es mejor un cuento triste. En todo caso, a mí el panadero de la esquina sólo me saludaba cuando en París aparecía un rayo de sol.

Me volvía emotivo en las largas horas que pasaba encerrado trabajando en mi cuartito. Y francamente, solo en ese techo, conocí algo, mucho, de aquella solidaridad internacional que tanto me cautivaba en L'espoir, la novela de Malraux sobre la guerra civil española. Claro, me sirvió de mucho en la vida, pero de nada en la literatura, porque un día en que se me estaba filtrando demasiada lluvia por las rendijas de la claraboya, arrojé a la basura el manuscrito del libro de cuentos que estaba escribien- (lo, y me arranqué con uno sobre los sindicatos pesqueros y sus pescadores sindicalizados. El tono era solemne, sublime, y me imagino que también realsocialista; era, en todo caso, terrible­mente bienintencionado. Cito un párrafo, a guisa de ejemplo:
Siendo aún muy niño, y siendo mi padre dueño de enor­mes flotas pesqueras, solía yo acompañarlo a visitar ese trozo de mar peruano que él creía, por derecho divino, pertenecerle, y que, por ser yo su hijo, debería recibir algún día en herencia, de acuerdo a lo prescrito por el Código Civil Perua­no de 1936. Pero algo notable ocurría en mí desde entonces. Yo debía ser un niño de la aurora, esa luz sonrosada que precede inmediatamente la salida del sol. Y, cuando los sindicatos pesqueros se hacían a la mar, nunca vi en ellos ganancia, como solía ver mi padre. Desde muy temprano en mi vida, en ello no vi otra cosa que esa solidaridad de los hombres de la mar adentro.
De antología, el parrafito, pero qué iba a hacer, si a menudo mi vida era también de antología allá en mi techo. Estaba yo escribiendo de lo real y de lo socialista, estaba yo escribiendo emotivamente, y de pronto pasaba Carmen la de Ronda, cien kilos a los veinte años, belleza y alegría populares en el rostro todo el día, aun mientras se limpiaba medio edificio burgués a cambio de un rincón, cerca del cielo, un bebe recién nacido porque una mujer que no pare no es mujer, y Paco su esposo, que merece párrafo aparte, todo en un cuartito igual al mío, aunque ella ahí además cocinaba, lavaba, cantaba y recibía a sus amigos españoles los domingos. Pasaba Carmen y me tocaba la puerta.

Bajo a comprar pan, Martín. ¿Te subo tabaco?

Gracias, Carmen, tengo todavía.

Vale. Hasta ahora.

Se iba como si nada. Y así tocaban y se iban Enrique, Paolo, Nadine, Giuseppe, Francesco, Michèle, Renée, Rolland, Pierre. Hasta Marie, la mudita, la belleza proletaria del marido desconfia­do, tocaba y se iba así. Era la parca solidaridad del pueblo de aquel techo. Era hermosa, hermosa y sobre todo sumamente necesaria porque eran nueve pisos de escalera y había que pensar­lo muchas veces antes de olvidarse de algo abajo y tener que bajar y subir de nuevo. Total que cada vez que me tocaban, yo le añadía más pescadores sindicalizados al mar de mi padre, y la vida era bella y emotiva en París, y de seguir así, a lo mejor lograba ser útil en algo y hasta lograba pasar a la categoría de oveja negra. Marx me había herido mucho con eso de que de ovejita no pasaba. Y yo en ese techo sin ascensor y por la escalera caracol estaba apren­diendo mucho sobre la gente que él defendió.

Para empezar, Enrique el Sospechoso era amigo de todos allá arriba, y a nadie se le hubiera ocurrido preguntarle quién le enviaba el dinero que le enviaba su madre, ni cómo ni por qué le enviaban esa suma mensual que le permitía pasarse la vida sentado ante un vaso de leche, en un café de la Contrescarpe, o merodeando serenísimo por el corredor, sin más tareas en la vida que la de cortarme el pelo un domingo al mes. Me fregaba mi alegre mañanita dominguera, Enrique, inútil tratar de quedarme durmiendo hasta las mil y quinientas mi noche de bohemia del sábado. Casi desde el alba sonaban sus tijeras y sus pasos en el corredor, y no me quedaba más remedio que abrirle la puerta, bajar la silla de la camota e instalarme con una toalla al cuello ante el espejo de mi miseria, color amarillo patito. Pobre Enrique, era lo único que tenía que hacer en todo el mes, aparte de ir a cobrar su dinero al Banco. Yo a veces lo acompañaba, para convencerme de nuevo de que el cheque no era de la CIA o algo así, y poder odiar más todavía al Director de Lecturas en mis horas de paz y contento sobre el techo. Sin ánimo de ofender, él sí que tenía unos mocasines tipo CIA, si es que eso existe, tipo Agente 007, en todo caso. Y ni siquiera eran the real thing, como habría dicho mi padre en mi novela sobre el mar sindicalizado. Eran, como solía decir mi padre, de ñangué, palabra esta que he buscado desde la Real Academia hasta los peruanismos, sin suerte para ustedes, porque a mí me basta con recordar el gesto de mi viejo diciéndola y lo entiendo todo.

El corte de pelo era perfecto y conversado. Duraba horas, duraba casi toda la mañana, pero la verdad es que jamás he vuelto a obtener corte igual en peluquería alguna. Era a puerta abierta, además, y de todos los cuartitos acudían los amigos del techo. Carmen la de Ronda abría su puerta, bañaba el corredor con el olor de su guiso dominical, se acercaba oliendo más fuerte a guiso, y terminaba prácticamente metiendo el guiso a mi cuarto. Yo veía entrar el olor a guiso por el espejo.

Y veía entrar detrás de ella, oliendo también a guiso, aunque endomingado y de regreso de los baños públicos, a Paco. Paco, como en esas peleas muy injustas de los campeonatos interbarrios de box, pesaba unos cincuenta kilos menos que Carmen. Al bebe lo traía en brazos, oliendo también a guiso pero con una fuerte capa protectora de talco infantil y agua colonia, más o menos del precio y calidad que le habrían correspondido a mi cuartito, de haber sido realmente peluquería. Cada tres minutos, la cabeza de Paco aparecía tres veces seguiditas a la derecha de la cabeza del bebe, y la cuarta vez realmente parecía que quería pegarle un cabezazo a alguien que tenía a su derecha. Era un tic nervioso en tres tempos con fuga, y Carmen afirmaba que allá en su pueblo, cuando lo conoció, Paco, de gestos tan raros, nada, eso era la fábrica y la punta de horas que trabajaba en otra parte cuando terminaba su día en la fábrica. Agarraba turno vespertino, lim­piando oficinas en otra fábrica, y luego nocturno, limpiando oficinas en otra fábrica más. Regresaba a eso de medianoche, y a veces lo encontraba parado ante la escalera de caracol. Provocaba cargarlo, subirlo cargado hasta la cama donde al pobre todavía lo esperaba Carmen. Pero claro, después el Director de Lecturas me habría acusado de paternalismo. Pelotudo. La verdad es que yo nunca habría acusado a nadie de paternalismo por haberme subido cargadito una de esas noches en que también llegué borracho, pero de vino, y estuve horas pensando y ahora cómo hago para llegar hasta allá arriba. Otras noches me encontraba con Paolo, Giuseppe y Francesco, los tres sicilianos que trabaja­ban juntos, ahorraban juntos, se estaban construyendo una casita en las afueras de París juntos, y que juntos parecían más bien estar regresando a pie desde Sicilia, y no en metro de la fábrica. Bueno, en este caso no era la fábrica, porque eran albañiles, pero daba lo mismo; llegaban como si llegaran a pie de Sicilia. Giuseppe era el más viejo y el más cordial, tal vez porque era el que más había ahorrado. Con los primeros ahorros, fue la casita en Sicilia, y con los segundos ahorros, iba a ser la casita con Francesco y Paolo. A mí, cuando recién lo conocí, me preocupó un poco el que siempre me saludara diciéndome bellezza, pero después me fui dando cuenta de que así se decía allá en su pueblo siciliano y que hasta un capo di maffia podía decirte bellezza si le caías bien y le parecías un hombre a carta cabal. Y nunca les conté que a las tres bellezas que eran ellos las había yo convertido en pescadores sindicalizados en el mar de mi país, antes de la revolución. No me atreví, la verdad, porque con el tiempo fui comprendiendo que para ellos la revolución empezó el glorioso día en que abrieron, por primera vez, una cuenta de ahorros en Francia y en francés.

Paco, Carmen y el bebe también abrieron una cuenta de ahorros gracias a mi paternalismo (fíjense si no era pelotudo el Director de Lecturas), porque a duras penas sabían firmar y yo tenía que ayudarlos en todo. Una vez al mes les llegaban los avisos del Banco, y me invitaban a comer para que les aclarara el asunto, al compás de un guiso tipo dominical, que era mi terror, porque en él metían todo lo que no les habían aceptado en la cuenta de ahorros. Ése era el lado malo de la solidaridad en el techo, y por más que yo le rogaba a Carmen que se limitara a una sencilla tortilla española, que además me encantaba, ella insistía en tratarme dominicalmente y no bien terminaba con sus tareas de limpieza, se arrancaba a mezclar todos los ingredientes que me iban a caer pésimo esa noche. Fueron los peores cólicos de mi vida, pero no había nada que hacer y, una vez al mes, tras haberles explicado que pronto podrían empezar a construirse la casita soñada en su pueblo andaluz, y tras haber observado cómo aumentaba el tic de Paco en frecuencia e intensidad, a medida que sus hombros perdían intensidad y pulmones, abandonaba su cuartito rumbo al mío, a la señal de los primeros retortijones. Media hora después, ya estaba hasta las patas, correteando de dolor, dándome toda la vuelta al corredor para no pasar por su puerta, para que no me oyeran diez veces en mi carrera por culpa del guiso hacia el wáter del techo, un rincón con un hueco en el piso, una luz que se encendía sólo al echar bien el pestillo, en fin, todos los elementos para perder varias veces el equilibrio sobre el wáter en una noche de diarrea. Pero yo insistía en aumentar el sufrimiento usando siempre el camino más largo, insistía en que jamás sospecharan lo mal que me caían sus ahorros, insistía en no quejarme nunca, en taparme la boca a cada grito, insistía en apelar a lo que la gente llama mi educación británica, y que no es otra cosa que una timidez de la puta madre. Total, una real cagadera sindicalizada, la mía, emotiva, pescadora, profundamen­te solidaria y nocturna, y era también como conocer la soledad adolorida de aquellos hombres rudos y simples que deseaba retratar, con derechos adquiridos, en mi libro importante. Triun­faban siempre mis buenos modales, mis mejores sentimientos, y tras numerosas evacuaciones y carreras que contribuían a que el cansancio al fin me venciera, lograba dormirme con o sin dolor, y al día siguiente amanecía sano y con una impresionante cara de estoico bien educado.

Pero había también otros modos de ahorrar entre los habitan­tes del techo solidario. Michèle, por ejemplo, que era bajita y gordita, trompudita y simpatiquísima, y que era gran amiga de las bromas nocturnas, pijamas anudados cuando uno menos se lo esperaba, paraguas cosidos primorosamente para que no se abrie­ran por nada de este mundo, justo cuando se arrancaba la lluvia, en fin, todo tipo de travesuras para hacerle a uno la vida imposi­ble en un momento dado, y ponerle a prueba el buen humor. Michèle era nuestra gran especialista en esos menesteres, y abría su puerta para una copa de vino o una taza de café a cualquier hora del día o de la noche, pero únicamente de lunes a viernes. El sábado por la mañana llegaba a verla un novio que iba a ser importante en algo no muy importante, y Enrique y yo nos encontrábamos con una Michèle totalmente cambiada, seria, de­masiado interesada en sus estudios de química, y totalmente de acuerdo con las razones por las que su novio había adherido a un partido político por razones personales. El novio, un día, recibiría un departamento de funcionario en la Casa de la Cultura de su distrito suburbano, luego se casarían, luego empezarían una carre­ra político-personal a pequeña escala, porque hay que aceptar la sociedad tal cual es aunque el partido se oponga a ella, y termina­rían un día con una medalla y una casa propia que enseñar, y muchísimos servicios prestados al mejoramiento del nivel de vida en un distrito dentro del cual se encontraban ellos, por supuesto.

Enrique y yo éramos la juventud de Michèle, las diversiones propias de su edad, las alegrías de su época estudiantil, íntegra su capacidad de cosmopolitismo, su curiosidad por mundos tan excéntricos como España y el Perú. Todo esto, de lunes a viernes. El sábado llegaba el novio y Michèle se transformaba en una mujer sin pasado y sin presente, sólo con futuro. Preparaba pastelitos para las reuniones en la Casa de la Cultura donde algún día le otorgarían su departamento, y así como ahora sabía perfec­tamente lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo, así también sabía ya lo que iba a estar haciendo dentro de cinco años, y después, dentro de diez, de veinte y de treinta. Nos invitó a su matrimonio, a Enrique y a mí, porque el día que nos conoció ya sabía que lo iba a hacer. Y en plenos festejos nos hizo a cada uno una broma que también ya sabía que nos iba a hacer, mientras nosotros admirábamos el departamento en la Casa de la Cultura, ya perfectamente decorado en su mente desde las épocas en que llegaba con los pastelitos preparados para la ocasión. Enrique y yo sentimos no saber nada de la vida adulta todavía, y al final nos retiramos cortésmente y Michèle y su flamante esposo nos mira­ron como se mira a unos seres totalmente inexplicables y absur­dos. De la fiesta se iban el español y el peruano que Michèle conoció una vez allá en...

Así era Michèle y por eso no comprendía a Rolland. Nada más opuesto a Michèle que Rolland. Ése no calculaba, no ahorra­ba nada, pero en cambio sí planeaba unos golpes con los cuales se iba a tirar los ahorros de media Francia. Era mi vecino de cuartito, o mejor dicho, el gallo de mi vecina de cuartito, una mujer fea, sola y sin edad, llamada Renée, a la que lo único que le interesaba en la vida era tener un hombre con ella al acabar el día. Primero trató de ganarme a mí, pero una mirada de Inés bastó para meterla de nuevo sola a su cama, esa noche. Enseguida fue Enrique. No bien apareció en el techo, lo invitó a comer con varias botellas abiertas de vino, pero más pudieron los ecuánimes vasos de leche con que Enrique asistía incluso a este tipo de ve­lada. Fracasó. Tras Enrique, y me imagino que en una noche de desesperación, le tocó su turno al marido desconfiado de Marie, la belleza mudita y proletaria. Se armó la gorda esa noche, porque en plena cena con varias botellas abiertas de vino apareció la belleza con el habla totalmente recuperada. Ahí fue que nos enteramos que todo no era más que instrucciones celosas del marido desconfiado, a ser cumplidas estrictamente mientras él se hallara en su centro de trabajo. Habló la mudita y ¡cómo! La puso K.O. a Renée de un botellazo en la cabeza, al marido lo recuperó de los pelos, y todavía al irse amenazó a Renée con volver al día siguiente para hacerle añicos la verdosa dentadura superior sobre­saliente inmensa, por la que todos en el techo la llamábamos El terror de los choclos.

Pero al día siguiente la mudita amaneció otra vez mudita, y en cambio el que si apareció en el cuartito de Renée, pero ya adentro, fue Rolland. Debió llegar de noche, tal vez huyendo de algo. Un formidable y sonriente eructo anunció su primera pre­sencia matinal en el corredor. Salimos Enrique, Michèle, Nadine y yo, y nos encontramos con una especie de levantador de pesas engordado y rosado, sonriente y rozagante, y dispuesto a ser amigo de todo el mundo, ahora que iba a vivir con Renée. Renée le tocaba los bíceps, se pegaba contra sus muslos, y anunciaba, olvidando completamente el incidente de anoche, que Rolland era sobrino del Ministro de Agricultura de Bélgica. Una oveja negra de a verdad, me dije, para mis adentros, y lo mismo debían estar pensando todos los demás, pero en ese instante oí la voz de mi Director de Grupo, que felizmente no estaba, explicando que se trataba de un buen ejemplar de lumpen. A mala hora dijo nada, el pelotudo, porque yo ipso facto empecé a sentir una gran simpatía por el primer voyou que me había tocado de vecino en la vida. Nunca me defraudó mi techo.

Rolland no cesaba de entretenerme con sus proyectos. Yo quería ponerlo de rompesindicatos en mi libro importante, pero el tipo era tan simpático que, por más que hacía, no lograba redondear a mi personaje malvado. Rolland fue indudablemente uno de los más graves problemas técnicos que me planteó ese libro. La vida es así. No sé qué habría pensado Marx al respecto, pero ahí tienen el caso del modelo perfecto que a mí, sin embargo, no lograba servirme de modelo por nada de este mun­do. Desde el enorme eructo sonriente con que diariamente ama­necía en el corredor, Rolland no cesaba de contar a voz en cuello sus planes de rápido, rapidísimo enriquecimiento, luego la vida de rey que se iba a dar con Renée en un hotel con ruleta en Río de Janeiro, porque así lo había visto en una de Belmondo, y luego las increíbles inversiones que iba a realizar con su tío Ministro de Agricultura de Bélgica. Ésta era la única parte de la historia que no sonaba a ilícita, pero que en cambio, desgraciadamente, sona­ba a mentira. Pobre Rolland, no se daba cuenta de nada. Hablaba de oro, oro, ésa era la palabra que lo obsesionaba en la vida, oro, y al mencionarla se le llenaban los ojos y la sonrisa de una credulidad feliz y total.

Aparecía y desaparecía, y ahí nadie ignoraba que algún día no volvería más al techo. Aparecía cargado de relojes de oro que trataba de vendernos y terminaba regalándonos. No era suficiente oro, bah, esa cantidad de oro no podía llamarse oro. Aparecía otra vez con otro automóvil más grande que el de la semana pasada, bah, ese automóvil no era el que iba a tener cuando el oro se le cayera de entre las manos. Aparecía con mimos y latas de conser­va para Renée, para la futura madre de su hijo, y tocaba con orgullo el vientre en el que, según él, se estaba gestando ya un futuro magnate. Faltaban seis meses aún para que naciera, había tiempo, mucho tiempo para lograr que ese niño naciera en cuna de oro.

Un domingo eructó fortísimo, y cuando salimos a ver, nos encontramos con que había sacado la cama al corredor. Nos invitaba a almorzar, había caviar, había salmón ahumado, había champán, había confit de canard, había pavo, qué no había. El ya se había comido la mitad en el desayuno, pero aún quedaba muchísimo para el almuerzo y estábamos invitados. Michèle no pudo venir, porque era día de novio, pero en cambio sí podíamos asistir Nadine, Carmen, Paco, el bebe, Enrique, los tres italianos, todos podíamos asistir. Al marido desconfiado lo trajo desconfia­dísimo, y a la mudita, mudísima, pero ahí nunca había pasado nada entre nadie y el día en que él tuviera su oro ya veríamos nosotros, Río de Janeiro. El único que faltó fue el viejo portugués que nadie sabia dónde trabajaba, ni por qué, si era tan viejo, y que cuando no estaba trabajando estaba encerrado en su cuarto con la radio al máximo. Jamás abrió su puerta. Jamás se supo si era o no sordo. Miraba como sordo, eso sí, y jamás contestó un saludo ni tocó puertas porque bajaba, ni le hizo bien ni mal a nadie, y según la portera, que nos cobraba cinco francos al mes por no perdernos el correo, eso venía durando ya veinte años y sin correo, porque nunca le había llegado correo, y porque nunca le había dado una propina. Nos lo advertía.

Pusieron la mesa en el lugar de la cama, mientras yo corría a llamar por teléfono a Inés. No podía perderse un almuerzo así, toda esa mezcolanza de platos deliciosos y en cantidades indus­triales, además. A Rolland le gustaban las cosas a lo grande, a lo Río de Janeiro, y aunque esto no era más que una pobre anticipa­ción de lo que iba a ser su vida, al nivel culinario, por lo menos, valía la pena que Inés conociera este aspecto extravagante de mi techo. Corrí hasta el teléfono público. Uyuyuy, cómo le falló el humor a Inés cuando le dije que la invitaba a un almuerzo de pescadores sindicalizados.

Llegó con atraso de limeña, o sea tardísimo, pero aún queda­ban toneladas de cosas para comer. Lo malo es que todo andaba ya medio revuelto sobre la mesa y que ya nadie le hizo demasiado caso cuando llegó. Sólo Enrique y yo nos incorporamos para saludarla. Rolland, Paco y los italianos sudaban en camiseta, y todos teníamos manchas de vino y de malos modales en la ropa. Un poco fuerte el asunto para Inés, me imagino, pero que tampoco exagerara la nota, estábamos felices, estábamos unidos, y sabe Dios hasta cuándo no íbamos a tener otra oportunidad de comer así.

Pero Inés quedaba demasiado bonita ante los dientes de Renée, ante la gordura descomunal de Carmen, ante la belleza proletaria de Marie, ya ni siquiera un eructo de Rolland sonaba sincero con Inés sentada entre nosotros. Yo empecé a beber un poquito más de la cuenta para no ver tanta realidad, pero la verdad es que todos estaban bebiendo un poquito más de la cuenta y la realidad crecía y era imposible no verla, crecía en voz alta, además, crecía a voz en cuello, a gritos de pásame más pavo, a carcajadas de pásame otra botella de vino, a eructos de Rolland se lo está tragando todo, ¡cojones!, ése era Paco, que luego se mandaba el tic nervioso con fuga, andaba de mal en peor el tic nervioso con fuga.

Rolland regresó de vomitar a las ocho de la noche. Regresó palidísimo, como si se hubiese estado metiendo el dedo hasta el alma durante horas, para ayudarse y quedar liberado y poder seguir tragando. Pero no, lo de pálido era por otra razón. Tenía un par de dientes de oro, y los tenía en su sitio cuando fue corriendo al wáter. Y ahora resulta que ya no los tenía y que en el wáter la lucecita de mierda prácticamente no iluminaba los contornos del agujero en el suelo. Rolland no bromeaba, con eso sí que no jugaba, eran sus dientes de oro, eran oro, oro, quién tenía una linterna o algo. Nadie. Nadie tenía más que fósforos. Pero eso sí, buena voluntad teníamos todos, porque Rolland con sus dientes de oro no jugaba y ya le estábamos viendo las lágrimas en las mejillas, eso no era sudor. Corrimos con nuestras cajitas de fósforos, y cada uno encendía el suyo por turno y se entregaba a la búsqueda entre el vómito, no brillaba nada, se apagaba el fósforo de mierda, era de noche, tal vez mañana por la mañana. Ni hablar, ahora, a seguir excavando con los cubiertos, con los dedos, hasta que encontráramos algo, algo tenía que brillar ahí entre... Por fin, Paco se metió prácticamente de cabeza al wáter, y en eso se estuvo con paciencia y sabiduría de buscador, calma, calma, Rolland, le decía, porque el otro también quería meterse de cabeza y no había sitio, ya vamos a encontrar algo. Y encontró. Casi seguidos brillaron los trocitos de oro entre el vómito.
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