Editorial anagrama



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Escritor, y a mucha honra.

Poeta.

Narrador, para que sepas. En mi vida logré escribir un buen poema. Ni siquiera para aterrorizar a mi padre, cuando le dio porque fuese abogado. Poeta fuiste tú en tu juventud, Marx. Ya ves que estoy enterado...

Sigue estudiando, muchacho, sigue estudiando.

Casi le pregunto si la beca con que Inés vivía tan cómoda­mente, y levantándose entre las diez y las doce de la mañana, traía su plusvalía también. Pero esas preguntas sólo vinieron tiempo después, y no tienen por qué entrar en un capítulo titulado Un rincón cerca del cielo. Por más nubarrones que haya en el paraíso.

UN RINCÓN CERCA DEL CIELO N.° 2

Inés sólo subía al cuartito para las horas de paraíso. Para el asunto de las comodidades, seguía viviendo en su residencia estudiantil del Boulevard Saint-Michael. Allí tenía todo lo que le faltaba en el cuartito, o sea de todo. Era lógico, pues, que no se abandonara por completo a mi suerte, aunque ello le impidió conocer más sobre ese techo y sus gentes. Había mucho que ver y aprender en esos veinticuatro cuartitos instalados sobre las cuatro alas del edificio, al pie de un corredor que le daba íntegramente la vuelta, con su barandita para que miráramos abajo, con atracción al vacío, el patio interior que se atravesaba para llegar a nuestra escalera de caracol. En realidad, Inés nunca frecuentó lo suficien­te a ese personaje tan diferente a Karl Marx, según se decidiría luego, que también apareció aquel otoño del 66. Apareció ya sobre el techo, y en su cuartito. Inolvidable Enrique Álvarez de Manzaneda, cuánto te quise, y qué líos los que me trajiste con medio mundo. Y sin embargo, Enrique, me pasaré la vida pidién­dote perdón por algo que nunca te hice, por algo que nunca te quise hacer, en cualquier caso. Y, después, haber llegado tarde a tu muerte... Pero, en fin, recién estoy en el comienzo de muchas cosas, y empecemos por ahí.

Apareció una noche, ya en el techo y ya muy bien instalado sin que nadie lo hubiera visto nunca llegar, y además, ya había vivido antes ahí. Ésta era la segunda vez. Años atrás había pasado una temporada en París y ahora, por cosas de porteras bien empropinadas, había logrado instalarse nuevamente en la misma dirección. Lo malo es que esta vez la temporada en París podía ser mucho más larga porque lo habían expulsado de España. Bueno, en realidad, no lo habían expulsado sino que él había decidido abandonar España hasta que en los archivos franquistas se empolvara su expediente.

Así empezó la historia de Enrique Álvarez de Manzaneda en un ambiente peruano-marxista, donde todo tenía que ser muy claro, muy categórico. Y a Enrique le daba por no ser ni lo uno ni lo otro. Claridad meridiana, pedía categóricamente el Grupo al que Inés se había acoplado, y yo venía detrás, acoplado a Inés. El Grupo era más o menos, o más que menos, los muchachos del hotel sin baños, pero ahora con seudónimos porque formábamos parte de una de las células parisinas del Partido que iba a tomar el poder en el Perú, en serio. Yo esto del poder lo llegaba a creer pero sólo cuando tomaba demasiados tragos en mis sábados de bohemia. Se me subía el poder a la cabeza. El resto del tiempo leía y leía, y por seguir leyendo y leyendo, a veces hasta posterga­ba la interminable escritura de mi primer libro de cuentos, que en realidad era el segundo, porque el primero me lo robaron a mi regreso de Italia, como recordarán. Yo iba a ser el escritor del poder tomado. Un día hasta me pidieron que escribiera una novela sobre los sindicatos pesqueros en el Perú. Confesé humil­demente que en mi vida había visto un pescador sindicalizado, que ni siquiera había visto un sindicato pesquero en mi vida. La verdad es que sólo había visto uno que otro pescador, y más bien de anzuelo, en mi vida. Seguimos leyendo, con la profunda convicción de que era la mejor manera de que yo llegara a escribir esa novela algún día.

En cambio a Enrique parecían faltarle esas convicciones, parecían faltarle todas las convicciones. Cuando me contó su historia, se la creí. Pero cuando yo le conté su historia al Grupo, no me la creyeron y me mandaron a leer más que nunca. Sólo mis debilidades de intelectual podían permitirme la estupidez de tragarme semejante cuento. Tiempo después, cuando llevaba ya leídas las obras completas de Marx, y parte de las de Lenin, tuve que confesar que seguía creyendo en la historia de Enrique y que, además, allá en los cuartitos del techo, él y yo éramos excelentes amigos. El Grupo decidió venir a ver para creer, y se fue espantado con lo que vio y con lo que no creyó. Al pobre Enrique lo estuvieron interrogando horas y horas, y él insistió en contar su historia igualita como me la había contado a mí. Ipso facto fue declarado sospechoso. De mí nadie iba a sospechar, porque nadie podía sospechar del compañero de Inés, pero hay que ver la bronca que se armó en la borrachera de esa noche.

Un tipo que aparece una noche y en un cuartito. Qué coinci­dencia...

¿Y yo acaso no aparecí una noche y en un cuartito? Otra coincidencia...

Sí, pero él apareció sin que nadie lo viera. ¿Tú lo viste, acaso?

Yo cuando estoy instalado en mi camota escribiendo no veo a nadie.

No metas tu camota en el asunto; no desvíes el tema.

Yo sólo...

Un tipo que primero te dice que ha tenido que salir de España, y después que nunca ha sido antifranquista. No me digas que eso no es sospechoso.

Debe haber más de un millón de sospechosos españoles trabajando de obreros en Europa.

No en Europa del Este.

No desvíes el tema tú, ahora, porque te saco a la tonelada de obreros yugoslavos que hay metidos en medio Europa y te desvío más el tema, todavía.

Yugoslavia es una mierda.

Increíblemente, los que pelearon a muerte, hasta la próxima reunión del Grupo, no fueron Vladimir (era su seudónimo), ni Víctor Hugo (era el mío), sino Karl y León, por un asunto de mujeres que saltó al tapete cuando se nos instalaron dos francesitas riquísimas en la mesa justito al lado del bochinche que se des­viaba.

Me despertó Enrique el Sospechoso, con un alkaseltzer. Lo vi menos sospechoso que nunca, cuando entró trayéndome el sobrecito celeste y el vaso de agua ya listo para mi dolor de cabeza. Le conté que el Grupo no le había creído ni papa. Se sonrió. Le bastaba con que yo le creyera. Después de todo su amigo era yo, ¿no? Y también le importaba que Inés le creyera, claro, por ser mi novia. Lo demás, con una sonrisa lo despachó.

Mierda, Enrique, ¿pero por qué no eres antifranquista?

Nunca te he dicho que soy o que no soy antifranquista. Nunca se lo he dicho a nadie. Ustedes distorsionan las cosas. Es lógico, claro, ustedes están luchando por algo, y es lógico que...

¡Que distorsionemos las cosas!

No. Mira: yo lo que quiero decir es que no me las voy a venir a dar ahora de antifranquista, aquí en París, cuando en España no metí nunca las narices en política. ¿Me entiendes?

Pero te han botado por razones políticas.

Te agradezco el que me quieras convertir en héroe, pero por enésima vez te repito que no fue así. Yo sólo escondí en mi casa a un compañero de la Facultad que andaba metido en política. Claro, arriesgué un poco, pero era un amigo y era lógico que lo escondiera.

Repíteme la otra parte para volvérsela a contar a los del Grupo.

Bueno, otra parte casi no hay.

Inventa una, pues, para que te paren de joder.

Invéntala tú, si quieres. Para algo eres escritor.

Me duele la cabeza y no sé nada de sindicatos pesqueros.

Entonces di la verdad. Basta y sobra con la verdad.

Volví a decir la verdad, en la próxima reunión de lectura del Grupo. El compañero de estudios de Enrique logró huir, cuando vino a buscarlo la policía. A Enrique lo detuvieron unos días, lo interrogaron, le hicieron un expediente, le prohibieron matricu­larse al año siguiente en la Facultad. En fin, le jodieron la carrera de Medicina cuando le faltaba sólo un año para terminarla. Pero él pensaba que con pasarse un tiempo en el extranjero, el asunto se iría arreglando.

¿Y entonces cómo dice él que piensa ir el verano próximo a España?

Primero: porque nadie lo ha expulsado de España. Segundo: porque tal vez yendo pueda ir arreglando las cosas. Tercero: porque su madre vive sola allá porque es viuda...

No sabía que los policías tenían madre.

¡Para tu carro, compadre!

Me puse de pie para repetir, desde el fondo del alma, ¡Para tu carro, compadre!, con lo cual interrumpí definitivamente la reu­nión, y toda posibilidad de continuar la lectura. Hasta el léxico del Grupo quedó interrumpido con mi: ¡Para tu carro, compadre!, porque normalmente un miembro del Grupo era un camarada, camarada hombre y camarada mujer, y la novia de un miembro del Grupo, que también era camarada, era la compañera de ese camarada. Inés era mi compañera camarada, por lo que yo siempre me preguntaba cómo iba a arreglármelas con el Registro Civil, para inscribirla como compañera y no como esposa legíti­ma, el día que nos casáramos. Porque nos íbamos a casar pronto. Porque al concha de su madre que acababa de decir eso sobre la madre de Enrique, ella acababa de responderle:

No es necesario herir a Martín.

¡Luz de donde el sol la toma!, exclamé, para mis adentros.

Esa noche Inés subió al cuartito. No sé cómo decirlo, pero fue como si hubiera subido más que nunca al cuartito. Porque arriba, como todas las noches, Enrique se andaba paseando, tomando aire, dando sus interminables vueltas por el corredor sobre el que se abrían las veinticuatro puertas. Se besaron como viejos amigos, y Enrique nos invitó a tomar un vaso de leche a su cuarto. Lo sentía mucho, no estaba preparado para recibirnos, sólo tenía una botella de leche, él sólo bebía leche. Hablamos de España, del viaje de Inés con su madre por España. No, no habían llegado a Oviedo, la tierra de Enrique. Algún día tal vez podríamos ir juntos. Claro, por qué no. Enrique pensaba ir el próximo verano. Claro, por qué no. Yo me arranqué con mis proezas en Oñate y Vera del Bidasoa. En fin, nos soplamos la botella de leche como si fuera varias botellas de vino. Y por ninguna parte salió la policía. Estaba empezando, en cambio, una buena amistad entre Inés y Enrique. Bueno, no sé hasta cuándo decir que duró. Hasta que Inés terminó con las obras completas de Marx, Mao, Lenin y Trotski, me imagino. O hasta que empezó lo nuestro, tal vez. En fin, esas cosas nunca tienen un momento en que empiezan. Se mezclan, se confunden, y cuando nos confunden, es que ya han empezado. Pero esta página está consagrada al comienzo de una época muy anterior, y nuevamente no sé cómo decirlo, pero yo siento que Inés subió más que nunca al cuartito esa noche. Y al abrir la puerta, tras habernos despedido de Enrique, ella me dijo que tenía el perfil más bello que había visto en su vida.

Enrique, no yo, por supuesto. Pero yo no tenía de qué quejarme porque ella era linda por todas partes. Le dije que eso lo sabía desde que la vi por primera vez en Lima, en la Feria de Autos. Y le dije que tanto o más que eso me gustaba que también fuera linda en todas partes. De ahí nos trepamos a la camota. De ahí hicimos el amor. De ahí nos pusimos a recordar qué lejos estaban Lima y la Feria de Autos, ya. Y de ahí, de pronto, a mí se me iluminó el significado de una frase de Lenin que desde hacía tres reuniones se nos había atracado al Grupo entero. Estábamos enormemente desinhibidos cuando volvimos a hacer el amor. Bueno, no tan desinhibidos, porque yo andaba buscando otras frases atracadas en el Grupo, para quedarme siempre entre los brazos de Inés. Luz de donde el sol la toma, era la única frase que se me venía. Y se me venía y se me venía y se me venía. Mierda, jamás lograría ser un buen militante.

Pero eso no era tan grave por ahora, porque para ser militante, bueno o malo, se necesitaba abandonar París, regresar al Perú, y una vez allá, empuñar las armas o algo así. Yo vi partir a muchos, con ese fin, pero la verdad es que después, con el tiempo, me fui enterando de que lo único que habían empuñado era un buen puesto en un ministerio. Claro, es el drama de las clases medias, es el drama de Latinoamérica, y no hay que amargarse tanto, todo se explica, hay también otros, los verdaderos. De éstos conocí más de uno en París. Eran de a verdad, eran como heroicos las veinticua­tro horas del día, y caminaban por París con la mirada siempre en alto, siempre mirando al frente, como si jamás los fuera a atropellar un auto o algo así. Llegaban jodidos, deportados, recién salidos de la cárcel, muy golpeados, pero no bien bajaban del avión empeza­ban a organizar cosas y a caminar como si nunca jamás los fuera a atropellar un auto. A veces se acercaban a las reuniones del Grupo y se dirigían a nosotros con un ca-ma-ra-das lento y grave, para que todo fuera dicho siempre con gran claridad, y después se iban al secreto y uno se quedaba tembleque y empezaba a comprender a Marx más que nunca.

O sea, pues, que en París no se podía ser militante. En París se era amigo del Partido y, después de haber sido muy buen amigo del Partido, un tiempo, se podía llegar a ser simpatizante. Era hermoso, era emocionante, y era dificilísimo para mí, porque yo era un jodido, una ladilla, un preguntón, un observador pesimista, un depresivo, un psicoanalizable. Y todo esto a pesar de que Inés era un cuadrito que prometía, y que a mí nadie me imaginaba más que acoplado a Inés por todas partes. La duda ofendía muchísimo, en el Grupo, y francamente yo creo que no tuve suerte con el que a mí me tocó, porque el Director de Lecturas a cada rato se atracaba con una frase de Lenin o de Marx y, con toda concha, decía sigamos adelante.

Nones —decía yo—, no se puede seguir adelante sin haber comprendido qué quiere decir esto.

Inmediatamente me detestaba el Director de Lecturas: Yo estaba contra el progreso, yo estaba prácticamente boicoteando la aproximación al poder, yo era un intelectual que dudaba y dudaba. Ni intelectual ni inteligente, siquiera, alegaba yo, por­que no logro entender esto y quiero que alguien aquí me lo explique. Eso sucedió muchas veces, y por eso se discutió acaloradamente en más de una oportunidad. Inés se quedaba callada. Yo hubiera querido que Inés hablara, porque después en el cuartito yo iba a andar haciendo el amor con una frase atracada. Pero, en fin, un día decidí evolucionar, en nombre de la armonía del Grupo, y tiré pa' delante como pude y hasta empecé a leer sobre sindicatos pesqueros con la esperanza de que algún día con tanta estadística sobre el asunto a lo mejor se me despertaba la inspiración.

Pero mala suerte, porque en realidad lo que se me despertó fue otra cosa. Se me despertó una especie de don de anticipación, algo así como una intuición maldita, y al Director de Lecturas le descubrí una tarde unos mocasines excesivamente norteamerica­nos y recién compraditos, que me lo hicieron sumamente sospe­choso de futuro puesto en ministerio, no bien regresara al Perú. A otro lo vi subir demasiado feliz de la vida al carro de una hembrita francesa de maquillaje antimilitante. A otro lo vi com­prarse mucha ropa de un tipo que para todo le hubiera servido menos para empuñar la clandestinidad en el Perú. Creí que me estaba volviendo loco, y se lo conté a Inés. Me contestó con la sonrisa más enigmática que le vi en mi vida.

Lo cierto es que con mi bola de adivino empecé a vivir una vida de simpatizante sumamente antipático, pues todo lo atracaba con mis preguntas y con una miradita futurístico-pertinentísima a un par de mocasines, a una esclavita de oro, a una camisita medio alcahuetona comprada sabe Dios cómo en alguna boutique de Saint-Germain-des-Prés.

Mi último esfuerzo consistió en meterme la bola de adivino al culo y en callarme la boca para siempre. Inmediatamente recupe­ré la confianza del Grupo, la del Director de Lecturas, y la de la mirada de Inés. La vida era más fácil así. Además, yo no tenía ningún derecho para andarme con tanto detalle cuando la iz­quierda estaba sufriendo tan duros reveses en el Perú. Y en París, la izquierda, la prima hermana de la del Perú, éramos nosotros. Éramos estudiantes, éramos soñadores, bebíamos bastante, había uno que otro deportado de a verdad, uno que otro que no se sabía bien de dónde recibía el dinero, y ahora todos comíamos en el mismo restaurant universitario. Juntos pero no revueltos, eso sí, porque también había peruanos de los otros, los de mierda, los que ni eran amigos ni simpatizaban, los sospechosos, ahí podía haber más de un policía vestido de civil, los niñitos belaundistas que nuestro Belaúnde Presidente había enviado superbecados a París y que mariconeaban ante un manifiesto, que jamás firmaron uno de los mil manifiestos que los grupos de solidaridad con las víctimas de la represión en el Perú hacían circular por todas partes. Hasta Sartre había firmado más de uno. Pero a estos maricones, que torturaran a fulano, que mataran a mengano, que desaparecieran a zutano, qué mierda les importaba. Éstos sacaban las mejores notas en alguna Facultad y salían disparados de regreso al Perú para seguir enriqueciéndose con el sudor del pueblo peruano.

O sea pues que dividíamos el restaurant universitario en dos secciones, la de la izquierda y la de esos mierdas. Entre las dos secciones, estudiantes del mundo entero, hembritas bonitas y feas del mundo entero, y, por qué no, a lo mejor también entre las dos secciones estaban los belaundistas españoles, argentinos, o tuneci­nos, por ejemplo, y su dialéctica respuesta negativa, al otro lado, y todavía entre estos grupos, otro, el de los franceses, que eran todos dialécticos porque ningún belaundistas francés comía en el restaurant universitario, ésos comían en casita. Una sola cosa era denominador común entre todos los comensales: la comida. Poca y mala.

Pero había algo que sí era macanudo: las fiestas. Las fiestas, al menos para mí, eran ocasión para una buena tranca, pero no en un café sino en casa de algún simpatizante o amigo del Partido. A éstos yo los dividiría entre los que sí se la pegaban, y entre los que chupaban poco porque había que guardar hígado para la revolu­ción. Por esas épocas, yo pertenecía al grupo que iba a llegar a la revolución con el hígado hecho leña. Pero en el fondo, creo que había encontrado mi tarea revolucionaria: la de animador de clandestinidades, la de animador de guerrillas, porque lo cierto es que sin mí las fiestas tendían más bien al huaynito tristísimo, y más que las risas de los festejantes se escuchaban a veces los alaridos de los bebes. Abundaban los bebes, ya que las compañeras de los camaradas estaban habituadas a parir en el París de la vida dura, y como no tenían con quién dejar a los futuros hijos de la revolución, los que ya crecerían sin ninguno de los traumas burgueses de los que yo parecía ser víctima insalvable, los traían en ataditos andinos sobre la espalda y los colocaban en una especie de barriadita que se instalaba en algún rincón de la fiesta. Era enternecedor el asunto: un huaynito, un berrido del huaynito, una compañera acallando el berrido teta en mano en plena fiesta, mientras yo me deshacía contando chistes y creando situaciones exageradas, un poco por joder, y un poco porque el vino era pésimo y había que emborra­charse rápido para poder seguir bebiendo. A veces, también, las situaciones exageradas no las creaba yo, sino algún camarada profundamente enamorado de su francesita también simpatizante, aunque con graves problemas de idioma.

Era el caso del camarada Espartaco, que sí que se las traía con su francesita con graves problemas de idioma. No entendía nada, la pobre Pavlovita, y por su culpa tuvimos que vivir un montón de fiestas enteras, en cámara lenta, había que tener paciencia de santo, en todo caso, porque no se podía cantar una sola canción ni contar un solo chiste al ritmo normal, sino a poquitos, a poquitos y por partes, una frase, una traducción, otra frase en castellano, otra frase en francés, y así sucesivamente hasta que cuando llegábamos al final del chiste sólo la Pavlovita se reía, y creo que por cortesía o en todo caso porque del Perú lejano y andino no podía llegar nada que no fuera mejor que en Francia.

Otro problema era los que sufrían. Era peligrosísimo sufrir en París, por aquel entonces, porque no bien a uno lo dejaba botado su hembrita, por ejemplo, se le aparecía por ahí un simpatizante, le ponía la mano en el hombro, lo acompañaba en su dolor, lo acompañaba después hasta su hotel, lo acompañaba después hasta su cuarto, lo acompañaba después a llorar a la hembrita, después hasta las mil y quinientas, y por último a leer un librito que ahí traía de casualidad. Y como cantaba Bienvenido Granda totáal/si me hubieras querido, si me hubieras querido no hubiera conocido este mundo mejor que tu amor, no habría descubierto la solidari­dad, no estaría sublime leyendo aquí en el Grupo, este grupo que es mejor que tú y donde lo único que me jode es la mirada inquieta de ese huevón de Víctor Hugo, pero dicen que es el artista del Grupo y que hay que tener paciencia con él.

Así eran, entraban todavía enamoradísimos al hotel, y a la mañana siguiente entraban totalmente amnésicos a su primera reunión de lectura. Después los agarraba la solidaridad del restau­rant universitario, después empezaban a sospechar de Enrique, después me decían, Víctor Hugo, no estoy de acuerdo con algunas de tus actitudes, y después, por un tiempo muy largo, se conver­tían en los cuadros más sólidos y menos emborrachables del mundo. De esto último, en todo caso, puedo dar fe, porque yo me negaba a creer que hubieran amnesiado hasta tal punto a la hembrita que los plantó una noche, al borde del Sena, o algo tristísimo así, pero nada, nada, por más que me los llevaba a la Place de la Contrescarpe, por más que les decía que no se preocuparan, yo pago, hermano, por más que pagaba y pagaba otra vuelta y les hablaba de que hasta Dios amó, lo cual, además, es letra de valsecito peruano y podía generarles pena, vía nostal­gia criolla, vía valsecito muy popular y que además se llama El Plebeyo, nada, no recordaban a nadie por ninguna parte, no se les había perdido nada, no recordaban nada, y no habían sufrido nunca por nadie. Yo a veces regresaba a mi altísima miseria llorando a mares y escuchando una voz de altoparlante que me decía: Martín, no puedes seguir bebiendo así, Marx en El 18 Brumario decía, Martín, esto vamos a tener que hablarlo en el Grupo, Martín... Mi abuela materna habría entre suspirado y exclamado: ¡Santo cielo! ¡Felizmente que existe mi techo!
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