Editorial anagrama



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Éste ha andado operando hasta por Vitoria y Barcelona. Ha andado hasta por el Banco de Bilbao... Aquí lo dice la carta.

Señores, mi tía...

¡Igual me mando hacer yo mil!

Conque mi tía Marisa, ¿no?

¡Espósenlo y enciérrenlo! Mañana me lo llevo a la cárcel de Pamplona.

Me salvó el Jefe. El Jefe era el cura que llegó preguntando qué pasaba, a pesar de que afuera andaban hace horas gritando casi linchamiento. Realmente entró como si ahí no pasara nada, el Jefe. Yo rogaba que le entrara un poco más de energía al viejito, pero pronto comprendí que por esas tierras hasta los policías son bien católicos y que de él dependía mi suerte. Traté de explicarle, traté de decirle que él conocía mi historia, que les explicara, que con ese acento y esa cara y esa carta y esa tarjeta de visitas, yo era peruano, descendiente del Romaña Caballero de la Orden de Santiago, y periodista de «Oiga».

El curita les dijo que había que lavarse las manos, porque si el error era un error, era un gravísimo error. Lo mejor era lavarse las manos. Yo tenía cara de ser peruano, acento de ser peruano, y siendo peruano podía ser Romaña, y siendo Romaña y peruano, nada impedía que fuera el periodista de la revista «El Hilo». Mejor era que me devolvieran mi ropa y que me dejaran irme esa misma noche, mejor era lavarse las manos.

Padre, pero no me puedo ir ahora. El primer ómnibus no sale hasta mañana por la mañana.

¡Nosotros nos lavamos las manos! —gritó el mastodonte con boina. Era un policía de paisano, el hijo de puta, y andaba furioso por haber tenido que ceder ante las explicaciones del cura. El pobre seguro que llevaba años buscando al Chuli.

Padre, dígales que si quieren duermo aquí esta noche. Ellos me pueden vigilar hasta mañana.

¡Si nosotros nos lavamos las manos, nos las lavamos esta noche, no mañana! —Otra vez el mastodonte, y lo peor de todo es que los uniformados estaban de acuerdo con él.

Romaña, es mejor que se vaya usted esta noche —dijo el cura—. Evíteles el problema a estos señores.

¡Vamos, termine de vestirse y adiós! —El mastodonte me miraba como si me fuera a seguir por el camino.

Salí a la lluvia torrencial y uno de los uniformados me dijo que me había salvado porque ellos no eran de los duros. Ellos eran carabineros, simples guardias de frontera. Acto seguido me explicó que los duros eran los de la Guardia Civil, y que a ésos me los podía encontrar por el camino. En ese caso, de ser yo el Chuli, en el acto y sin vacilaciones.

O sea que mejor que no vaya usted por la carretera. Váyase por los campos.

Eran doce kilómetros hasta Elizondo, y me fui por los cam­pos, bajo la lluvia torrencial, tras haber escuchado cómo hasta los niños de la turba enfurecida me maldecían, cómo ladraban esos perros que los vecinos de Vera del Bidasoa dejaban bien sueltos, a ver si me ligaba por lo menos un buen mordisco. Cada cierto tiempo me detenía para ver si el mastodonte me seguía con una linterna, botas de caucho y un fusil al hombro. Ahí venía. Estaba seguro. Pensaba seguirme hasta Elizondo. Luego ahí... Ahí.

O sea que el Chuli que entró horas más tarde, embarrado hasta las rodillas, a la primera pensión que encontró abierta en Elizondo, era una especie de Martín Romaña desapellidado, que venía a echarse en una cama, previa botella entera de coñac, y que harto de huir del mastodonte, prefería esperarlo borracho en esa fatídica habitación donde lo esperaba la muerte. Juro que así andaba, entre el barro, los recuerdos de Vera del Bidasoa y un cuento de Hemingway que con el cognac se me empezó a subir paranoicamente a la cabeza. Pagué la habitación por anticipado, dije que por favor me despertaran a tiempo para tomar el primer ómnibus a San Sebastián, sin creer que llegaría a tomarlo, le di la mano a los señores de la pensión, para que me recordaran como a un hombre bien educado, al menos, pero mi gesto sólo logró espantarlos y ahora seguro que también ellos sospechaban de mí e iban a ayudar al mastodonte. Subí con todo eso a la habitación, destapé la botella de cognac y me metí desesperanzado en el cuento de Hemingway. El personaje, o sea yo, se llamaba Ole Anderson. Llevaba años huyendo, había roto la ley del hampa, y un día simplemente se estiró sobre una cama y empezó a esperar que terminaran con él de una vez por todas. No valía la pena seguir huyendo. Estaba harto de huir. O sea que seguí bebiendo.

¡Ya!, grité, al escuchar que alguien me tocaba la puerta. Esperé a que abrieran, esperé a que aparecieran el fusil, la boina del mastodonte, la linterna del mastodonte, pero sólo escuché una voz muy amable que me decía que era hora de levantarme porque dentro de una hora partía el ómnibus de San Sebastián. Me avergoncé al ver que no había guardado la misma sangre fría que Ole Anderson: me había meado en la cama, las sábanas estaban en el suelo, al otro extremo de la habitación; en fin, el forcejeo debía haber sido tremendo. Yo no me acordaba ni siquiera de haber soñado con un forcejeo. Bueno, ahora a San Sebastián, a recoger tu equipaje, Martín Romaña, y agradece que todavía no te ha dado una pulmonía como la vez de Edimburgo.

La tía Juanita volvió a abrirme docenas de latas de sardinas y a servirme muchas copas de vino, mientras yo le iba contando lo bien que me había ido, lo mucho que me había divertido, pero su marido, el vasco jardinero, interrumpió tanto diario de viaje, señalando y mencionando, en pésimo castellano, unas ronchas que me habían salido en ambas muñecas.

No se preocupe —le dije—; ahorita se me quitan. No bien llegue al lado francés de la frontera.

Me miró con la más profunda desconfianza. Lo miré como se mira a un mastodonte. No veía las horas de llegar a mi cuartucho techero.

UN RINCÓN CERCA DEL CIELO

Mi cuartito de pobre, porque ahora era pobre, quedaba en el techo de un hermoso edificio burgués, bastante burgués, en realidad, que miraba feliz y muy seguro de sí mismo al hermoso Jardin des Plantes. Lo único malo es que mi cuartito no tenía ventana ni hacia el Jardin des Plantes, ni hacia ninguna parte. Sólo una claraboya para las noches de luna, pero la verdad es que en París, éstas suelen ser las menos, y las más pueden ser noches de esa lluvia de mierda que a menudo se me filtraba por la maldita claraboya, justo encima de mi almohada. Me goteaba lluvia en la cara, y cuando no llovía en otoño, invierno o primavera, se metía irremediablemente el aire por los rincones, enfriando la enorme camota que sabe Dios cómo habría llegado hasta ahí. Bueno, desarmadísima, me imagino, porque a mi cuartucho amarillo patito no se llegaba por la escalera de los burgue­ses, mucho menos por el ascensor de esas damas y caballeros y de sus respectivos perritos de todo tipo, aunque predominando más bien el chiquitito y horroroso, sino por una estrecha escalera de caracol que subía y subía, para que en otros tiempos subieran las empleadas domésticas a sus habitaciones. Ahora subíamos noso­tros: estudiantes, obreros y uno que otro bicho raro. Yo trabajaba en un colejucho infame, dando unas infames clases de castellano. Con eso, con el restaurant universitario, y con los tirantes que me regaló Inés, iba tirando pa'delante, como se dice, sin que se notaran demasiado los efectos de la balanza sobre mi organismo físico, psíquico y de sistema de valores.

Mi camota era como un cuartito dentro de mi cuartito. Todo lo que había en el cuartito cabía en la camota, que era, además, altísima, y por culpa de la camota no todo lo que cabía en ella cabía en el cuartito. En todo caso, no bien entraba yo, me atracaba con algo, con lo poco que allí había, una silla medio desfondada, un pequeño armario, una mesita más baja que la camota y que sólo cabía empotrándola contra un espejo que me obligaba a trabajar contemplando la miseria en que vivía, porque en él se reflejaba íntegro el cuartito más feo de París. El propieta­rio me había prohibido sacar el espejo de la pared en que estaba pegadísimo, además, o sea que un día, para evitar verme viendo mi miseria con esa cara de imbécil, puse la silla y la mesita sobre la camota y me instalé para siempre a trabajar ahí.

Había también un aparatito redondo, que era la calefacción eléctrica, útil más que nada para encender cigarrillos, que se mantenía rojito de noche y era buena compañía, pero que defini­tivamente nunca logró calentarme los dos pies al mismo tiempo. De ahí me ha quedado la costumbre de andar cruzando una y otra pierna todo el tiempo. Ya ven, no es lo que la gente cree. La gente cree que es una manifestación más de mi nerviosismo, pero en realidad es una prueba palpable de que yo también le he hecho frente a la pobreza con frío. Con tanto frío, además, que al llegar la noche lo dejaba todo encima de la camota. Dejaba la silla, la mesa, mi abrigo, la boina, la bufanda, el pantalón. Todo abrigaba, todo acompañaba, y al fondo de la camota, algo lejana, aunque compañera también, la lucecita roja de la calefacción, que no podía ser más de lo que era, porque estallaba el contador de electricidad, luego el cuartito, luego la camota, luego los otros veintitrés cuartitos que había en el techo, y por último, bajando por la escalera de caracol, me imagino, porque todo uso de la otra escalera y del ascensor nos estaba terminantemente prohibido, irían las llamaradas del incendio que habría causado mi expulsión inmediata del edificio.

A este cuartito volvió Inés por su amor, tras un largo viaje por España. Su madre había regresado al Perú, dejándola nuevamente bien instalada en su residencia del Boulevard Saint-Michel, así como Versalles en comparación con el cuchitril en que yo vivía. Llegó con su amigo, el economista brasileño. Creo que venían a decirme que el asunto entre ellos podía prosperar, pero Inés era todavía medio Trapero de Emaús y sumamente católica, por aquellos días, y al encontrarme instalado trabajando con mesa y silla encima de la camota, con abrigo, bufanda y dos boinas puestas porque estaba lloviendo y goteaba, más la calefacción instalada prácticamente sobre el pie izquierdo, se bañó en ternu­ra. Se bañó en esa ternura increíble que su sonrisa reflejaba cada vez que sentía la imperiosa necesidad de protegerme de algo, le puso punto final a los cálculos que había venido realizando con el economista brasileño, y me vio ya convertido en su esposo y beneficiando de su más absoluta protección. Estoy seguro de que así fue, por el miedo que me entró, y porque no volvimos a ver al brasileño. Aunque habría desaparecido de todos modos, creo, pues su doctrina económica era lo más liberal y capitalista que darse pueda, y a nosotros nos esperaba un porvenir socialista, marxista y sumamente militante.

Bueno, vamos por partes, porque el asunto es bastante com­plicado, porque aquí el mundo se llena para mí de variantes y matices, porque en estos años hay demasiados acontecimientos y personajes que influyen en la vida de Inés y en la mía, y porque después de todo, a decir de ella, que de golpe abandonó una noche las iglesias de su ferviente catolicismo y se volvió más marxista que el Papa, yo nunca llegué a ser más que un intelec­tual de medias tintas. No debería ser yo, pues, quien cuenta esta parte de la historia, pero como a Inés todas las partes de esta historia deben importarle un repepino, puesto que se fue de ella, no me queda más remedio que asumir el riesgo de meterme, solita mi alma, en la boca del lobo. Además, no se olviden, soy yo el que está sentado en un sillón Voltaire. Yo soy el hombre del sillón Voltaire.

¿Cómo empezar? Bueno, tal vez lo más fácil sería decir que en ese otoño del 66 aparecieron en París dos personajes sumamente diferentes. Uno, el que más recuerdos me ha dejado, era un español llamado Enrique Álvarez de Manzaneda, al que me pasaré la vida pidiéndole perdón por algo que no le hice, o en todo caso que nunca le quise hacer. El otro fue un viejo aguafies­tas llamado Karl Marx, el mismo alemán pesadote y fundamental que redactó El Capital, y que ha seguido teniendo una influencia capital en las juventudes de nuestros países. En el caso de Inés, Marx realmente capitalizó todo su interés de la noche a la mañana; sí, de la noche a la mañana, literalmente, porque un domingo por la noche en que andábamos, como todos los domin­gos, buscando una iglesia para su misa obligatoria, con comunión y conmigo esperándola aburridísimo y fiel en mi banca, sucedió algo que terminó para siempre con su fe. Resulta que en la iglesia a la que entramos no había nadie más que el cura limpiando o arreglando algunas cositas del altar, y la pobre Inés empezó a sentir pánico de que se le hubiera pasado la última misa del día. Le dije que no se preocupara, que iba a averiguar, y me acerqué al curita con ánimos de preguntarle si todavía iba a celebrar una misa más, porque mi novia Inés andaba sufriendo allá atrás entre las bancas con el terror al pecado mortal. El curita se cagó en la noticia, y empezó a meterme mano como Dios manda, nada menos que ante la vista y paciencia de mi novia. Yo, entre que quería sacarle una misa más para Inés, y entre que siempre me he defendido mal de estas cosas, lo dejé entretenerse un ratito con su affaire sentimental, pero de pronto vino Inés, subió las gradas que llevaban al lugar del sacrilegio y le metió al cura una de esas cachetadas filosóficas y justicieras con las que a veces se pone punto final a toda una etapa de la vida. Yo me sentí protegidísimo, y aproveché el impacto para salir disparado, por temor a que Inés empezara a noquear al cura o algo así. Felizmente le bastó con un golpe.

En la calle me deshice prometiéndole más iglesias para su catolicismo en París, pero ella me respondió con una de esas frases muy suyas, con poquísimas palabras para todo lo que estaba diciendo, una de esas frases inolvidablemente suyas en las que toda la procesión iba por dentro.

Te he comprado un juego de sábanas porque ya no sopor­to más que vivas en ese cuartucho y que encima de todo duermas en esa especie de costal que te robaste de un albergue de ju­ventud.

Traté de explicarle que era muy feliz en mi cuartito y con mi costal, que en la embajada nadie sabía mi dirección, o sea que si venía algún pariente rico del Perú, jamás me ubicaría, que andaba en plena educación sentimental y todo eso, pero a Inés todavía le quedaba bastante procesión por dentro y me interrumpió en mis juegos infantiles, con una de esas breves y rotundas series de frases telegráficas con las que logró batir todos los récords de renovación de beca, sin dar golpe.

Voy a sacar las sábanas de la residencia. Vamos a tu cuartu­cho a estrenarlas. Y además quiero que leamos juntos unos capítulos del Capital.

Inés era lo más virgen que había en el mundo, y ahora de pronto, así, a bocajarro, sábanas por estrenar y lectura del Capital. La semana pasada yo la había despedido con un beso sin Henry Miller, con ella nunca usaba a Henry Miller, tras la misa de ese domingo la había despedido con su besito Bécquer y la había dejado en la puerta de su residencia con su misalote en la mano, bien segura de sí misma, bien doña Inés del alma mía, luz de donde el sol la toma... Y ahora resulta que por segunda vez en pocos minutos alguien me iba a meter mano sin que yo se lo pidiera. Me metí cinco copas de vino en los cinco minutos que ella tardó en ir a buscar las sábanas a su resi­dencia.

Trepamos al techo de los veinticuatro cuartitos, casi rompe­mos la puerta del mío, nos tropezamos en la camota, y silla y mesa se vinieron abajo con las torpezas que cometimos mientras trepábamos por los veinte años de esa educación Romeo y Julieta que nos habían dado en el Perú. Inés insistía en poner las sábanas bastante finas que había comprado, y yo insistía en que, al menos por una vez, nos revolcáramos en el deshilacliado costal en que me enfundaba del frío por las noches. En este gesto, creo, está contenida mi tendencia a lo simbólico, a lo mágico, a lo que si se pregunta por qué, es porque no se llegará a sentir ni a captar nunca más. En fin, tonterías, me imagino, y como era lógico e higiénico, muy pronto pasamos a las flamantes sábanas, que ya hoy están en la basura. En cambio no sé qué se hizo de mi costalote plomo, pero pertenece a ese género de objetos estúpidos y mágicos que recuerdo en mi sillón Voltaire.

Lectura del Capital entre celestes y flamantes sábanas, ¡cómo te recuerdo! No entendíamos nada, por supuesto, pero estábamos descubriendo el mundo. Y estábamos descubriendo el mundo porque estábamos descubriendo el mundo y porque entre celestes y flamantes sábanas, Karl Marx afirmaba rotundamente que. Lo afirmaba y lo negaba rotundamente todo, y nosotros cómo lo obedecíamos: la dialéctica, la dialéctica, Inés dialéctica, Martín dialéctico, sigue sigue leyendo, Inés, la verdad es que yo no entendía nada, con Inés ahí calatita, porque la estaba aguaitando por entre la dialéctica y lograba verla calatita, ni siquiera desnu­da, ca-la-ti-ta por primera vez en mi vida; en fin, entre eso, entre las flamantes sábanas, entre la añoranza de mi costalote que ya habíamos descartado, la tetita derecha de Inés bajo la cual coloca­ba El Capital para seguirme leyendo, sigue sigue, Inés, luz de donde el sol la toma, por fin terminamos de entender esas frases que yo, en todo caso, no entendí, y con el pretexto de darle vuelta a la página donde estaba siguiéndola muy atentamente, mi mano sobre la tetita encima del Capital, mi mano quedándose donde la puse, Henry Miller merodeando, Inés viniéndoseme, y así, más que nunca esa noche, esa madrugada, esa mañana, y las mil y una noches que pasamos juntos, Inés logró transformar mi fría y húmeda camota en un paraíso con sábanas celestes. Y con El Capital. Y con algunos ratos muy malos.

Porque hasta en el paraíso hay nubarrones en este mundo de mierda. Yo estuve ahí, o sea que puedo dar fe de ello. En fin, como no recuerdo exactamente si fue la quinta, la sexta, o la séptima vez de los dos en la camota, diré simplemente que, como en la canción, amanecí otra vez entre sus brazos. Y que también yo quería decirle no sé qué cosas, y que también Inés calló mi boca. Pero en este caso no fue precisamente con sus besos.1

Tu padre fue un ladrón de plusvalías. Lo dice Marx. Y también lo fueron tu abuelo, tu bisabuelo y tu tatarabuelo.

Francamente me dolió. Que mi bisabuelo y mi tatarabuelo fueran ladrones de plusvalías, de acuerdo. Nunca los conocí, y aunque hubiesen sido asaltantes de caminos, qué diablos. Pero yo a mi abuelo lo quise muchísimo, y mi padre acababa de morir. No, no era justo. Era, además, una falta de elegancia, bueno, para qué decir elegancia, de delicadeza. Ah, ese además de mierda. Me ha andado jodiendo mucho por la vida. Y pensar, como pensé yo en ese momento, que Inés en Lima gozaba con mi manera de ser, que no mucho tiempo atrás, cuando llegó a París, lo primero que hizo fue comprarme un par de tirantes para que no se me siguieran cayendo los pantalones de mi nueva vida de futuro escritor. No, no era justo.

Inés, ya sé que hace cosa de una semana que dejaste de creer en el abate Pierre y en el cielo. Pero te aseguro que si todavía hay cielo, mi padre y mi abuelo se fueron derechito de la cama al cielo, con plusvalía y todo.

Uyuyuy, cómo le falló el humor. Se puso furiosa entre mis brazos recién amanecidos, entre todas las cosas que yo hubiera querido decirle. Porque tampoco yo era muy pelotudo que diga­mos, y en los labios tenía las palabras para decirle que, después de todo, hasta su llegada al cuartito, yo había andado durmiendo en un costal sin plusvalía alguna, que las sabanitas burguesas esas eran cosas de ella, que yo con mi familia mucho cariño sí, al menos con los que conocí, que qué puede haber de más humano, aunque me hubiesen dejado psicoanalizable para toda la vida, acuérdate de Acapulco, Inés: Honrar padre y madre, y yo los honraba, y en lo restante nada tenía que ver con ellos. ¿Acaso ella no me había encontrado, casi como en el tango, costal abajo en mi rodada, cuando entró con su sospechoso economista brasileño al cuartito donde me había asumido a mí mismo sin un cobre y con frío, tal como lo soñamos cuando nos soñamos juntos en París, en Lima? Pensé todo esto, pero sólo le dije que en la camota también había sitio para Karl Marx.

Inés era una persona muy profunda. Era terca como una mula pero tenía la milagrosa cualidad de oír hasta cuando ensordecía, un poquito a la larga eso sí, pero es cierto que oía a la larga hasta cuando no le convenía. Y era, otra vez, tan profunda, que con ella nunca se sabía cuántas procesiones iban por dentro. En fin, no sé qué aparato se metió para la sordera aquella mañana, pero lo cierto es que aceptó mi propuesta: ella, yo, y Karl Marx en la camota. Lo malo es que con el tiempo este orden se alteró, y yo pasé al tercer lugar, ella al segundo, y Karl Marx al primero. Con tendencia a apropiarse de toda la camota, además. Una mañana, incluso, el muy aguafiestas del alemán me dijo que me dejara ya de hablar tanto de mi costal, que no había nada tan fácil y tan falsamente sobrecogedor como dormir en un costal cuando se había estado acostumbrado a dormir en sábanas de oro. Mi miseria era falsa, mi miseria me la había inventado yo. Bastaría con que se volviese verdadera un día para que mi mamacita mandase un avión hasta la puerta del cuartito, de las orejas regresaría al redil. Ovejita negra. No merecía ni siquiera el nombre de oveja negra. Ovejita y punto.

Oye, viejo cojudo, ¿y la plusvalía que me están sacando en el colegio donde trabajo? No me declaran al fisco, no me encienden Ja calefacción, no me puedo enfermar porque no me pagan, no tengo seguridad social, no me dejan ir a pie cuando hay huelga de metro para no pagarme, no me pagan los feriados, no me pagan las vacaciones, casi no queda nada que pagarme a fin de mes y además me lo pagan con retraso y a poquitos.

Romántico.
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