Editorial anagrama



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Te juro que no es ninguna molestia, Martín —insistía Inés, y por ello nunca olvidaré que fue muy buena conmigo, en aquellos días aciagos.

Hazme caso, por favor, Martín. Déjame que te lleve a dar un paseo. No puedes irte sin haber conocido nada. Río es una ciudad preciosa. Salgamos un rato a recorrerla juntos, y ya verás cómo se te olvida todo lo del aeropuerto.

Jamás —le dije, y continué negándome rotundamente a visi­tar Río de Janeiro, porque me conozco, y sé lo horrible que es para mí la contemplación de la belleza, sin la compañía del ser amado. Inés adoraba a Roberto, pero ¿y yo?—. Jamás —le repetí, convencido de que era inútil explicarle lo que estaba sintiendo. Si ella era capaz de contemplar las playas de Río sin Roberto, muy bien, cada uno es como es. Pero a mí me era totalmente imposi­ble ver algo bonito en Río sin Octavia. Sí, cada uno es como Dios lo ha hecho, aunque éste no era el mejor momento para entrar en explicaciones que además podían ser causa de un malentendido—. Jamás, Inés —concluí.

Está bien, Martín —me dijo—. Te ruego que me perdones por lo del aeropuerto, pero yo prefiero que en esta casa no se toquen ciertos temas. Veo que no has cambiado, y nada me gusta menos que tenerte de invitado y que te pongas mal.

Sí, Inés. Te comprendo.

Y ahora, déjame, por favor, que te dé un beso en la frente, Martín.

Por la noche hubo gran cena de despedida, con muchos amigos de Inés y Roberto, y hasta se me permitió tomarme unas copas de más. Pedí que no pusieran música de Vinicius de Moraes, porque es muy hermosa, señores, y me parte el alma, e Inés se mantuvo muy atenta a mi pedido.

Y pasaron los años y aquí estoy muy contento en mi sillón Voltaire, recordando lo amable y simpática que estuvo aquella noche la muchacha por la que casi me quedo sin ser escritor, por la que casi me quedo sin llegar a ser yo. La quise mucho, y este libro es prueba de cualquier cosa, menos de olvido. No puedo hablarles más de Inés, porque la perdí de vista después de aquella visita en Río. Mucho menos puedo imaginar qué habría dicho ella de mí, si alguna vez le hubiese interesado escribir. Me alegra pensar, eso sí, que nuestras páginas acerca de la hondonada podrían coincidir.


He terminado. He cerrado el cuaderno azul. He ordenado las hojas que tuve que agregarle. Un montón de detalles se encienden y se apagan, sin embargo, en mi memoria visual. La inmensidad de aquella casa en Río, un enorme mastín que Inés acariciaba con ternura, una refrigeradora que nos lanzaba hielos azules y auto­máticos, Roberto tratando de explicarme cómo funcionaba aquel artefacto increíble, yo diciéndole que era inútil, que ni lo intenta­ra, soy el tipo menos aerodinámico del mundo, Roberto...

Aquel perro y aquella refrigeradora que se encienden y se apagan, me envían hacia este mismo departamento, hacia este mismo sillón Voltaire, en el que ahora trato de descansar, escu­chando un poco de música. Es el curso natural de las cosas. Aquí estaba ya el sillón cuando el departamento era de Carmen y Alberto, aquellos amigos españoles que presenciaron la discusión en que se decidió mi boda con Inés. Yo hice un par de bromas, dije algo así como que no podía casarme sin tener antes un perro y una refrigeradora, Inés lloró. Yo era un imbécil, el fruto de una educación podrida, probablemente. No recuerdo bien ahora y ya para qué abrir el cuaderno y ponerse a buscar. Ahí estaba en el sillón Voltaire. Nos casamos...

Inés me abandonó por irse al Perú y después me enteré de que en realidad me había abandonado por irse al Brasil. En Lima se quedó sólo unos meses. Yo del aeropuerto regresé a mi antiguo departamento, y ahí viví su partida, hecho un desastre. Aquella desaparición era demasiado para un hombre que continuaba incluso merodeando por el dispensario en el que una monjita solía ponerle una inyección que ya no tenía para quién ponerle. Lograba trabajar, lograba comer, lograba tomar muchas pastillas, pero cada uno de esos actos terminaba conmigo en el fondo de la hondonada. No sabía qué hacer sin Inés. No sabía qué hacer con aquel departamento en el que siempre faltaba Inés.

Un día Carmen y Alberto decidieron regresar a España y vinieron a ofrecerme este departamento. Los propietarios desea­ban alquilárselo a alguien conocido. Fui presentado, y aquí llegué trayéndome mi vieja hondonada porque a veces la cosa andaba tan mal que era mejor volverse loco un rato y concentrarse con mucha fuerza en el inminente retorno de Inés. Otra pena que me vencía muy a menudo, era el recuerdo de Enrique Álvarez de Manzaneda. Instintivamente me llevaba la mano hacia los cinco bultitos y me pasaba horas comprobando la existencia de algo que Inés siempre rechazó...

Pero por ahí tengo escrito que los enormes deseos de vivir esconden infinitas posibilidades de sorpresa. Es probable que, de alguna manera, haya sabido esto siempre. Pero sólo cuando Octavia, desde una prudente distancia, me señaló los cinco bulti­tos, y se mataba de risa y resulta que era bastante miope, algo divertido volvió a presentárseme, algo que un hombre tan ena­morado de Inés era totalmente incapaz de definir. Pero Octavia continuaba riéndose conmigo y eso ya era mucho, era algo muy divertido, en realidad, y he vuelto a amar.

1 Incluyo aquí la canción entera, porque a Inés le gustaba, porque añade ambiantacho, y porque, como tantas de José Alfredo Jiménez, me la sé de me­moria.

Amanecí otra vez / entre tus brazos. / Me desperté llorando / de alegría. / Me cobijé la cara / con tus manos / para seguirte amando / todavía... / Te despertaste tú / y casi dormida / me querías decir / no sé qué cosas, / pero callé tu boca / con mis besos, / y así pasaron muchas, / muchas horas... / Cuando llegó la noche, / apareció la luna, / entró por la ventana. / Qué cosa más bonita, / cuando la luz del cielo / iluminó tu cara... / Yo me volví a esconder / entre tus brazos. / Tú me querías decir / no sé que cosas, / pero callé tu boca / con mis besos. / Y asi pasaron muchas / muchas horas.



1 Como esto podría publicarse algún día (uno es también ilusiones), no deseo que puedan pensar que Octavia es un ser ingrato, o algo asi, en vista de que aún no la conocen. Ella también tiene sus problemas. Y, además, es posible que la pobre me esté llamando por teléfono como loca, y que yo no esté respondiendo a causa de este orgulloso goce tristísimo que me he impuesto mientras navego.

, La honestidad que también me he impuesto me obliga a informarles que, a lo mejor, no es Octavia la que llama a cada rato, y que la nota 1 no es más que uno de los extraños y numerosos mecanismos de consuelo a los que suelo re­currir.

, Ambas cosas son posibles porque, tratándose de Martín Romaña, todo es posible, según afirmación de mi padre, mi madre, Inés, mis hermanos, mis amigos, yo, etc...

1 Lo de la expulsión quedó olvidado para siempre, en realidad, y yo me fui solito del departamento. Solito en el doble sentido de la palabra solito: 1) porque quise, porque encontré un departamento mejor; 2) sin Inés, que aca­baba de irse al Perú, dejándome un departamento demasiado triste para mis tuerzas.
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