Editorial anagrama



Descargar 2,86 Mb.
Página5/55
Fecha de conversión24.02.2017
Tamaño2,86 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   55
se me iban cayendo por todas partes.

Nunca fuimos a Perugia. Para mí ése fue el gran error de nuestra vida. Aunque claro, cómo explicar cosas así. Cómo expli­car que la mirada tierna y preocupada de Inés se fue apoderando de mí hasta hacerme sentir que lo de Perugia no era más que un producto de mi imaginación excitándose siempre con cosas que no existían. Me amputó Perugia con sus cuidados. Y lo peor es que yo no tenía ni las cosas robadas para probarle que no requería de sus cuidados, como otras veces, como en Lima. Pero Inés era así y yo era así para Inés. Y con el tiempo volvimos a instalarnos en lo que había sido nuestra relación de siempre: la de una madre muy permisiva y un niño muy perdonable. Sí, parece mentira, pero a mí no bien alguien me quiere, me declara niño. Inés fue la mejor prueba de este asunto tan complicado. Se pasó la vida conmigo perdonando a un niño. Así era nuestra relación, aunque detrás de ella, paradójicamente, existió casi siempre un oculto y profundo respeto por el adulto que, al menos cuantitativamente, cada uno había llegado a ser. Más lo otro: el amor increíble que nos teníamos. Casi nos mata, con el tiempo.

París nos esperaba agazapada por todas partes, adentro y afuera, en todo. Mal signo. Pero ésas son las cosas que sólo yo capto y también aquella vez sólo yo me di cuenta. Inútil decírselo a Inés, tras la fantasía de Perugia, ciudad en la cual hasta he llegado a dudar si viví o no. Inés era una persona muy fuerte, contra lo que muchos creen. Así es. Y si no me he atrevido a contar más cosas y aventuras sobre mi vida en Perugia, es porque aún hoy me cuesta trabajo acordarme cómo fue, qué pasó exacta­mente en esa ciudad. Sé que fue delicioso, sé que fui feliz, sé que me sentí adulto y maduro y sano y joven y fuerte, pero el cómo y el porqué me los remitió Inés con sus cuidados a una reencarna­ción anterior. En ésta, ya lo dije, me tocaba ser niño solamente. Total que nunca me atreví a decirle que París nos esperaba agazapada por todas partes, adentro y afuera, y en todo.

La verdad es que tampoco importó mucho mi omisión. Un día Inés lo descubrió sin mi ayuda. Lo descubrió cuando ya se notaba a gritos, pero en todo caso supo sacarle mucho más provecho que yo a su descubrimiento. Simplemente descubrió y se fue. Y a mí me dejó botado y creyendo que me sabía íntegro el rollo, cuando me faltaba lo más importante, nada menos que el secreto profundo que Inés se llevó al partir y yo tardé tanto en descubrir. En fin, todo el mundo sabe que todo el mundo ha sido siempre más realista que yo, pero contra lo que muchos creen, Inés fue también mil veces más inteligente y ordenó siempre más que yo a qué volumen se ponía el tocadiscos en casa. Un día lo puso al volumen de partir y partió y yo crecí inmediatamente. Claro, después me han vuelto a reducir hasta la infancia con cuentos de hadas, varias veces. No bien una persona me quiere, veo la mirada de Inés por todas partes y pierdo personalidad adulta y estatura.

Pero es maravillosa esa sensación de que otra persona no lo deje a uno vivir y quiero hablar de eso desde el comienzo, en París, y con Inés, para lo cual hay que retroceder hasta el Perú. Bueno, a llorar joven. Nos adorábamos. Yo la adoraba, en todo caso, y me sentí adorado por ella desde la noche aquella en que aparecí en su casa allá en Lima, qué bestia cómo pasa el tiempo, a las ocho en punto y con el nudo de la corbata caído sobre el pecho. Lindo, fue. Yo a Inés la había visto en un stand de la Feria de Autos, y había procedido inmediatamente a desmayarme, pero detrás del stand, para evitarle problemas, aunque no nos conocía­mos ni en pelea de perros. Al recuperarme, regresé a probar otro desmayo pero logré mirarla fijamente veinticinco segundos, antes de vomitar, también detrás del stand, nuevamente para evitarle problemas. Revivo la situación en este momento, y confieso que no logro verme de nuevo viendo a una muchacha tan linda jamás en mi vida. Bueno, tampoco hay que exagerar, estoy reviviendo sólo esa situación, en este momento. La vida es muy original, felizmente. Pero lo cierto es que entonces, al recuperarme por segunda vez, decidí volverme loco un rato y me acerqué diciéndole que por favor desapareciera en el acto. No era justo. Me daba una flojera horrible empezar de nuevo con el calvario de tenerla que conocer, de tenerla que enamorar, de tenerla que perder tras habernos amado tanto. Le conté que ya me había sucedido y que comprendiera mi situación. Llevaba tres años de abandonado de primer amor y todo eso, y ya me creía inmune. Qué no le conté para que desapareciera. Le dije incluso que atrás había un desma­yo y un vómito del que habla. Dos prueba ahí detrás del stand, y sólo por evitarle molestias. Mi frágil bienestar exigía su inmediata desaparición. Me sucedió lo peor que podía sucederme. Inés me miró con sonriente y preocupada ternura, afirmando que estaba loco loquito, me entregó una tarjeta con toda la información sobre los autos que se vendían en su stand de la Feria y me miró con más sonriente ternura, preocupada todavía. Desaparecí. Salí disparado en busca de un fotógrafo, lo encontré, lo traje, me escondí detrás de él, y le ofrecí mucho dinero por una foto de Inés buscándome con la mirada detrás de un fotógrafo. Terminé agotado, pagándole una fortuna al fotógrafo para que no dejara de llevarme la foto a casa. Sería lo único que me quedaría tras la desaparición de Inés. Serla un recuerdo tan grato de esos momentos atroces delante y detrás del stand en que trabajaba y del que tenía que desaparecer. Me alejé del lugar, asegurándole a Inés que volvería al día siguiente para comprobar que ya no estaba ahí, que había accedido a mis ruegos. Esto es lo que realmente sentía, y lo sentía hasta tal punto, que salí corriendo tras el fotógrafo y lo acompañé a su casa y le pagué otra fortuna por revelarme la foto esa misma noche, ante mis ojos. Fue tristísimo ver reaparecer a Inés en la foto del álbum ese que tengo por ahí guardado hace años.

Bueno, ahora viene la parte en que me tomo varios tragos para darme valor, y me presento al día siguiente a la Feria de Autos y al stand de mi futura Inés. En efecto, ha desaparecido, y por consiguiente ni me desmayo ni nada de eso, pero entre el licor y una Inés que no es mi futura Inés, trato de volverme loco pero no me sale porque no hay base material de angustia en que apoyarse. Regreso, miro a la muchacha que reemplaza a Inés, la comparo con su fotografía, y ni aunque me hubiera metido los dedos hasta el alma habría vomitado. Me siento bien. Inés ha de­saparecido.

Pero entonces la pena empezó a ser horrible y comprendí que me había fregado. Supe que desde esa noche empezaría a buscar a Inés, porque la pena era realmente espantosa y opté por empezar preguntándole a la muchacha que la reemplazaba. Nada. Se negó a darme cualquier información que no se refiriera estrictamente a la cuota inicial y a las cómodas mensualidades con que podía adquirir uno de los automóviles de su stand. Semanas después, al encontrar a Inés, me explicó que en efecto no había regresado más a la feria a causa de una fuerte bronquitis. La otra Inés era su hermana.

Me tuvo caminando por todo Lima día tras día, preguntándo­le a cuanto conocido encontraba si conocía a la muchacha de mi fotografía. Descubrí la estupidez de los limeños: no hubo hombre que no la conociera, pero claro, a unos se les había olvidado el nombre, a otros la dirección. Inés fue seguidamente francesa, italiana, peruana, actriz, modelo, ardiente, frígida, inteligente, estúpida, frivola, coqueta, y hasta tuvo varios nombres que algu­nos recordaban vagamente. En fin, fue una encuesta involuntaria que dejó por los suelos al sexo masculino de Lima. Un día Inés fue Inés, con nombre, apellido y dirección. Un amigo la conocía y me juró que me había dicho la verdad verdadera. Una cierta sensación de náusea me hizo creerlo. Comprendí que el lío había empezado y me dirigí a un bar.

Lo único que conseguí con tomar esos tragos fue llegar a casa de Inés apestando a licor. No encontraba coraje por ninguna parte, sufría como una bestia, temblaba todo, y hacía un detesta­ble calor de noche húmeda de verano. Me había abierto el cuello de la camisa y el nudo de la corbata me colgaba sobre el pecho y yo trataba de mantenerlo al lado derecho porque lo imaginaba dando saltitos sobre los latidos de una taquicardia feroz. No sé quién me traumó ni cuándo pero todo amor en mi caso empieza por esa maldita taquicardia. Prácticamente agonicé sobre el tim­bre que estuvo sonando horas antes de que alguien abriera. Alguien me gritó que parara ya de tocar, que ya estaba la puerta abierta. Alguien me preguntó qué deseaba y yo grité que deseaba ver a Inés, mientras por ahí al fondo, por detrás de la puerta, veía a muchas Ineses y no entendía nada. Grité que se dieran prisa, traté de explicar que las estaba pasando pésimo y, por fin, entre tanta muchacha que me observaba asombrada, vi aparecer a la que había desaparecido de la Feria de Autos. Después me enteré de que las otras eran sus muchas hermanas y que la habían hecho salir corriendo para que calmara al loco que gritaba afuera.

Inés me reconoció, y empezó a mirarme sonriente y descon­certada. No sabía quién era yo y no solía recibir ni hablar con cualquiera. Llegué a temer hasta que cerrara la puerta y me dejara en la calle, pero como yo no paraba de hablar y de contarle cosas totalmente incoherentes y bastante graciosas, modestia aparte, ella no lograba salir de su asombro para interrumpirme y largar­me. Recuerdo que no lograba mirarla. Hablaba y hablaba de cualquier cosa, asociaba cualquier cosa con otra y con otra, improvisaba historias mirando hacia la calle, sin atreverme nunca ni a mirarla ni a parar de hablar por miedo a que me largara no bien le diera una oportunidad. Al final ni siquiera la veía, sabía que estaba a mi derecha pero me era imposible voltear a mirarla. No podía soportar más esa situación, y por fin le dije que me aceptara o me largara de una vez por todas porque me estaba sintiendo pésimo y era una enorme injusticia de su parte tener a un tipo ahí pasándola tan mal por culpa de ella.

Toda la paz y el bienestar del mundo llegaron de pronto. Parece mentira. Estarse sintiendo tan mal y en un instante estarse sintiendo tan bien. Inés se me acercó, me abotonó el cuello de la camisa y me puso el nudo de la corbata en su lugar. Ni mi madre había hecho esas cosas tan bien cuando yo era niño. Casi me muero de ternura y de estabilidad en las manos y en el pecho. En todas partes. No me importó cuando me dijo que tenía que irme porque esa noche esperaba a un amigo. No me importó cuando me dijo que era un muchacho al que ella le gustaba. No me importó cuando insistió en que tenía que irme y en que regresara al día siguiente. Supe con fuerza que en ella había depositado toda la confianza que yo era capaz de dar en el mundo. Después le conté muchas veces que lo del nudo de la corbata y el tufo a licor de esa noche eran un viejo truco que solía usar para ver si despertaba en las mujeres algún instinto redentor. No era verdad. Bien que lo sabía Inés. Tuvo mucho tiempo para enterarse, en todo caso. Lima lo obligaba a uno a andarse inventando trucos y aventuras para ocultar tanto miedo. Lo que sí es verdad es que desde entonces nuestra relación estuvo siempre basada en los defectos míos que Inés corregía siempre, y en los defectos míos que Inés perdonaba, siempre que resultaran incorregibles. Y basada también en esa confianza que se llevó con ella el día que se fue de París harta de corregir defectos que siempre creí necesario multiplicar para guardarla a mi lado. Realmente creía que ésa era la fórmula salvadora. Pero, en fin, siempre es dema­siado tarde algún día y en el aeropuerto ni cuenta se dio de que yo andaba con el nudo de la corbata y el orgullo por los suelos.

Estrené París con Inés, con los tirantes que me regaló, y con los pantalones en su sitio. Insisto en recordar que éramos felices, que fuimos felices a pesar de los esfuerzos que hizo la ciudad por destruirlo todo desde el comienzo. La verdad es que tardó bastan­te en lograrlo. Algunos giros de mi padre lograron mantenerme mientras buscaba trabajo. Lo conseguí justo cuando él murió. Había estado gravemente enfermo desde antes de mi partida del Perú, y sabía tan bien como yo que no nos volveríamos a ver. Me lo dijo todo en aquel beso con que me sorprendió mientras trataba de abandonar la casa sin despedirme de nadie. A París sólo me escribió un par de cartas. Había comprendido que yo iba a seguir un camino diferente del que él deseaba para mí, y lo aceptaba. Me lo dijo en una carta muy hermosa, y creo que fue la primera vez que alguien me trató como a una persona mayor.

Siempre he tenido la culpa de que la gente no me trate como a una persona mayor. Cometo demasiadas locuras, parece, y la gente cree que eso es falta de madurez. Simplemente me aburre la madurez, y creo que esto es una suerte. A mí, en todo caso, me ha permitido conocer a muchas personas que viven cometiendo locuras. Siempre son las que realmente me atraen. Creo que nos detectamos. Me detectan a mí, en todo caso. Inés me quería por lo loco que era pero al mismo tiempo no lo soportaba. Y al final fue peor porque mis locuras empezaron a ser de mayor cuantía. Nuestro París tenía la culpa pero ella no lo soportó y se fue además con un secreto muy profundo. Ella siempre me había protegido de los seres que cometen locuras, y cuando se fue sentí que me había quedado expuesto y que no tardaban en detectarme loco tras loco. Y pensándolo bien, debo reconocer que siempre he sentido una fuerte inclinación por seres de esos que todo el mundo desearía psicoanalizar, inmadurísimos de acuerdo con la legislación vigente. No faltaron incluso graves y hermosas tentati­vas entre seres que habían cometido muchas locuras e intentaban aquella última de nunca volver a cometer una locura. Se acaba mal. Se acaba pésimo. Se acaba uno alejando de los seres que más ha querido en su vida.

Pero falta mucho para que yo aprendiera tantas cosas de la vida, y además aquella carta de mi padre me había hecho sentir­me responsable y maduro, a pesar de que las miradas de sonriente ternura con que Inés se preocupaba por mí, me demostraron que debía seguir bajo su absoluta protección. Ese estado me encanta­ba, lo confieso. Era maravilloso vivir sabiéndose mirado tan tiernamente por Inés. Me amaba, estoy seguro de que me amaba, lo he vivido y puedo sentirlo aún en alguna región de mis recuerdos infiltrada casi materialmente en mis tardes más tristes, aquéllas en que precisamente trato de imaginar qué recuerdos me acompañarán hasta el final, hasta el día en que se acabe por fin el recuerdo de Inés.

Ella me amaba y yo no veía las horas de que se decidiera a casarse conmigo. Había conseguido un trabajo de profesor de castellano en una escuelita infame, soportaba los abusos de la infame directora, ya no había más giros de mi padre, concretaba mi sueño de ser escritor, tecleando en el techo de un edificio, en un cuartucho de noveno piso sin ascensor, en fin, todo parecía indicar que estaba a la altura de un matrimonio con Inés. Pero hubo que esperar. Claro, todos pensarán que yo con mis locuras fui el causante de tanta espera. Yo mismo lo creía. Y me imagino que en parte es cierto, además, aunque a mí nunca se me ocurrió que había que reflexionar tanto. Inés, en cambio, me contó un día, al regresar con su madre de un viaje por España, que se había otorgado un verano entero de reflexión, y que aquel muchacho brasileño que creí su compañero de estudios había estado a punto de ganar la partida. No me importó el descubrimiento. Me importó la verdadera causa de su reflexión: un joven economista brasileño, al que no amaba pero era la seguridad y madurez por excelencia, y yo, Martín Romaña, un joven escritor inédito al que amaba con toda su alma pero que no cesaba de cometer locuras. Nunca intenté explicarle a Inés que precisamente por ellas me amaba, que cambiar era perderla, y tuve que seguir siendo una verdadera calamidad hasta que se hartó y se fue. Es complicado el asunto, pero es hermoso eso de vivir siempre en su ley hasta que le cae a uno encima, enorme, la espada de Damocles.

Nuestro primer año en París fue el de los grandes amigos. Aparecieron tantos amigos en nuestra vida, que nunca terminaría de enumerarlos. Casi todos se han ido ahora. Yo no he sabido irme, me imagino. A punta de que siempre quedaba o regresaba alguno, opté por la fidelidad del pasado, y poco a poco me he ido convirtiendo en lo que soy ahora: una especie de memoria colectiva, un catálogo de secretos y confesiones; en un hombre hundido en su sillón Voltaire. Pero, en fin, por entonces estaba aún muy lejos de todo esto. Mi primer viaje a España me espera­ba. Hemingway no sólo me había enseñado a soñar con ese París tan suyo, también me había hecho sentir que amaba a España desde tiempos inmemoriales.

HEMINGWAY, DON QUIJOTE Y EL CHULI

Inés y su madre, que había venido a visitarla, tomaron una mañana el tren rumbo a España, y yo me quedé en París llenecito de unas ronchas que me salían en las muñecas, y que era algo así como una alergia al cuartucho techero en que vivía desde que murió mi padre y se me acabó la beca. Trataba de escribir nuevamente mis primeros cuentos, los que me robaron a mi regreso de Italia y de Grecia, pero todo era inútil. Cuanto más escribía, más me enronchaba, y ya estábamos en pleno verano. Hacía un calor insoportable en aquel noveno piso pobre y yo no cesaba de admirar a los personajes de Hemingway que tan fácil­mente abandonaban un día la Place de la Contrescarpe y termina­ban emborrachándose en Pamplona. Mencionaré sólo dos, entre las muchas cosas que me hacían sentirme semejante a esos perso­najes. Yo también vivía cerca de la Place de la Contrescarpe, y yo también bebía vino en uno de sus cafés. No hay mayor parecido en este parecido, y más bien podría tratarse tan sólo de una coincidencia, pero lo cierto es que también yo un día partí rumbo a Pamplona, con un pañuelito rojo al cuello.

Partí con la absoluta seguridad de que no bien pisara tierra española, desaparecerían mis ronchas, y con la dirección de una señora, pariente de un amigo peruano, en cuya casa podría alojarme al llegar a San Sebastián. La tía Juanita, como la llamé desde el primer día, era una viejita de nariz aguileña y que siempre estaba dispuesta a abrirle a uno una lata de sardinas. Yo tragaba como una bestia, por aquel entonces, y la tía Juanita no cesaba de servirme más sardinas y más copas de vino. Su esposo era un vasco jardinero, que prácticamente no hablaba castellano. Pero aun así me miró con profunda desconfianza cuando le conté que mientras me revisaban el pasaporte, en el lado español de la frontera, mis ronchas habían ido desapareciendo una por una, ante mi vista y paciencia. España lo podía todo por mí. Un viaje así, al sur, le arreglaba a uno la vida, le renovaba las energías y le limpiaba las ronchas de la gran ciudad. Martín Romaña era un hombre nuevo.

Y al hombre nuevo se lo llevó la tía Juanita al pueblo de Oñate, donde vivía el resto de su familia, y donde tendría oportunidad de alternar con los señores amigos del amigo que me había enviado donde ella. Oñate me encantó. Pamplona podía esperar. En todo caso los Sanfermines no empezaban hasta dentro de unos días. La tía Juanita regresó a San Sebastián, dejándome en ese pueblo donde desde la primera noche ya todo el mundo me llamaba el Peruano, con tanto cariño, que lo menos que podía hacer era enamorarme perdidamente de alguien y quedarme a vivir el resto de mi vida.

Me quedé a duras penas un par de días, pero sí hubo enamora­miento. Muy complicado, claro, ya que la vida es igual por todas partes, y si no es igual por todas partes, yo sí soy igual por todas partes. Lo cierto es que aquella vez en Oñate, de enamorado pasé a Quijote, para luego terminar haciendo el indio. La cosa empezó una noche en que los señores del pueblo, que eran dos (uno tenía una fábrica, y el otro también, pero además era el alcalde), me invitaron a subir a uno de esos famosos montes vascos. Me tocó el monte en cuyas alturas estaba el santuario de Nuestra Señora de Aránzazu y, un poquito más allá, Goiko Venta, donde iba a en­contrarme, ya lo vería, con una de las venteras más lindas del mundo. Y subían cantando, los señores del pueblo. Cantando y metiéndole duro al vino y yo soportando con hemingwayana resistencia para estas cosas. Iba feliz, la verdad, y hasta les entoné algunas canciones de las mías, un par de valsecitos, bien perua­nos, bien de adentro, para que se enteraran de una vez que yo también sabía enamorar cantando.

En el santuario nos portamos bien, porque los vascos son bien católicos, y porque yo soy, muy a menudo, de los que donde van hacen lo que ven. Respetamos todo lo que vimos, y hasta nos arrodillamos y alabamos en voz baja la belleza del templo, orgullo de la región. Y ahora nos quedaba por ver el otro orgullo de la región, Begoñita, la ventera más bonita. Y, en efecto, Begoñita era la ventera más linda del mundo. Sigue siéndolo, además, porque prefiero recordarla de ventera y no de lo que después supe.

Ningún personaje de Hemingway había estado jamás en una situación como la mía, salvo que a Hemingway jamás le hayan interesado situaciones como la mía, claro. No había descrito ninguna, en todo caso, o sea que la escena era mía, sólo mía. Martín Romaña, busca ahora en tu pasado y en tu buena educa­ción. Busqué hondo, y encontré que no debía poner los codos sobre la mesa, y que debía comer hasta el último bocado porque en el África todos los niños se morían de hambre, en cambio en el Perú no, salvo que uno fuera comunista y mi padre lo largaría a gritos de la mesa por preguntón, o por hablar de dinero delante de la servidumbre, habráse visto cosa de peor gusto. A mis acompañantes no creo que los habían educado tan bien, pero en fin, siempre me quedaba la ventaja de la edad. Los dos podían ser el padre de Begoña, mientras que yo podría ser el esposo de Begoña. Le hablaría de Lima, mi ciudad natal, del Perú, de la casa en que había crecido, y en la que si alguien se hubiese casado con una ventera, por no decir sirvienta, habría sido desheredado. Mierda, otra vez mi buena educación, pero precisamente de ahí nació mi amor. Me desheredé ipso facto. El Martín Romaña de la mesa que iba a servir Begoña era ya un tipo desheredado, un joven en franca rebeldía, y muy pobre. A mi derecha, un señor del pueblo; a mi izquierda, otro señor del pueblo que además era el alcalde. Al frente, Begoña, sonriente y alcanzándonos a cada uno un menú. Y recibiendo su menú, Martín Romaña, completa­mente desheredado. Luis era millonario, pero podía ser el padre de Begoña. Julio, igual, y por más alcalde que fuera. Sólo yo, sólo yo. Y empecé a cantar entre copa y copa. Y mientras Luis cantaba, también entre copa y copa, Julio me dijo que a Begoña la tenía ya contratada para trabajar de empleada en su casa, sus hijos iban creciendo, ya era hora de que invadieran nocturnos dormito­rios y aprendieran de la vida.

Y así es la vida, pues, aunque yo entonces no podía creerlo aún e insistía, entre copas y más copas, en llevarme a Begoñita de frente a Lima, para evitarme la mirada de arriba abajo que me iba a echar Inés en París, el día en que llegara con la historia de Begoña, porque con Begoña, la Begoña de carne y hueso, la que ya empezaba a reírse de mí, no iba a llegar a ninguna parte. Begoñita, la venterita, ya se tenía bien oída mi autodesheredación. El embrujo de la casona, el encanto del restaurant, la maravilla de la venta, qué mierda le importaba todo eso a Begoña. Ahí yo era el único alucinado que veía tanta cosa en una noche de juerga con dos señores y una ventera, que ni de madame Bovary tenía un poquito siquiera. Puro contante y sonante era Begoñita y yo ahí sin un cobre y por amor.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   55


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal