Editorial anagrama



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Mi viaje a Escocia e Inglaterra terminó desastrosamente, es cierto, pero por razones muy diferentes y mucho más graves que las estupideces que cuentan los muchachos del hotel sin baños. Los días en Edimburgo fueron muy gratos, pero algo en mí hizo que los escoceses que conocí, a pesar de su gran amabilidad y de mi famoso apellido, jamás llegaran a confiar demasiado en un tipo que se jactaba de que Henry Miller se le había aparecido una noche en el Crazy Horse. El asunto llegó a su climax la noche de Navidad, cuando una joven pareja invitó a los Aldana a cenar y les dijo que podían llevarme a mí también. Nosotros decidimos no ir a misa del gallo, y en cambio nos soplamos un par de botellas de whisky, recordando el Perú, lo cual obviamente nos llevó a una desenfrenada discusión política.

Seguíamos desenfrenados cuando entramos al delicioso cotta- ge, en el que todo había sido preparado para que se hablara en voz baja, contemplando caer la nieve, contemplando caer la nieve, y contemplando caer la nieve. Yo resulté una especie de huésped de honor, en medio de tanta nieve, por lo que me tocaba sentarme al lado de la dueña de casa, a un extremo u otro de la mesa. Después venía una buena docena de invitados más, todos escoceses y todos provenientes de otros deliciosos cottages de la región, y casi al otro extremo de la mesa me habían colocado al huevón de Aldana que seguía acusándome de no entender nada de lo que pasaba en el Perú. Yo estaba convencido de que era él quien no entendía ni jota de lo que ocurría en el Perú, o sea que no me quedó más remedio que empezar a gritárselo de un extremo de la mesa, mientras los escoceses empezaban a encon­trarnos altamente divertidos, increíblemente latinos, y la esposa de Aldana hacía lo posible por traducir lo intraducibie. Pero a mí ya qué me importaba. La cena transcurrió íntegra en castellano, sin que nadie ahí entendiera ni papa, y conmigo comiendo a un ritmo diferente a los demás, no sólo porque prefería discutir a comer, sino porque empecé a comer después de todos. En reali­dad, por discutir, no me di cuenta de que el dueño de casa había tomado la precaución de instalar a su linda esposa al otro extremo de la mesa, y sobre sus rodillas, por temor a las consecuencias de mi proximidad. Era la primera vez que el pobre veía a un latinoamericano que había leído a Henry Miller. En fin, por discutir no me di cuenta de nada y esperé de pie, muy educa­damente, que la anfitriona se sentara primero. Esperé hasta el postre.

El verdadero desastre empezó en el tren a Londres. No sé qué tren era. Sólo sé que era un tren al que se le había malogrado la calefacción, y que un joven atleta escocés que viajaba conmigo empezó a llorar de frío. Cerrábamos la puerta del compartimento y nos helábamos. La volvíamos a abrir y nos helábamos. Él hacía gimnasia, y lloraba. Yo lo miraba llorar, me ponía a hacer gim­nasia, y me helaba de frío. Salíamos a dar una carrerita, por el corredor, pero todo el mundo estaba dando una carrerita por el corredor y regresábamos helados, peor que antes. Cuando llegamos a Londres, el muchacho realmente estaba con una rabieta de frío. Pero al que le dio la pulmonía fue a mí.

Me alojé en el departamento que mi amigo, el poeta inglés Peter Harrison, compartía con dos antiguos compañeros de Ox­ford. Los tres estaban hasta el perno. Peter, porque había decidi­do que no era poeta y se había metido a trabajar en un Banco de la City; Tom, porque había decidido ser el millonario más pobre de la tierra y ver cuántas mujeres se podía conquistar a pie, casi descalzo, bastante andrajoso, y cambiándose de apellido. En reali­dad, el tipo se las conquistaba casi a todas, aunque prácticamente no salía de su cama para nada. Creo que las chicas se pasaban la voz, tanta decadencia debía atraerlas, y mucho, porque lo cierto es que Tom sólo salía de su cama para hacerse la cama. Se pasaba horas en eso, era un verdadero ritual, horas y horas acomodando sábanas y frazadas agujereadas o frotando los barrotes de bronce. Ninguna chica podía entrar hasta que la cama no estuviera lista y, como decía Tom, sólo él sabía cuándo su cama estaba realmente lista. Hablaban en código de noche, creo. El tercero que estaba hasta el perno era Jerry, cuyo ritual consistía en vivir de una buena renta y pasarse horas tocando el saxofón ante un armario entreabierto, en cuyo interior había pegado por todas partes trozos de cuerpos mutilados en horribles accidentes de tránsito, combinados con fotos en colores de chicas calatitas despampa­nantes. En ese departamento fue donde me dio la pulmonía.

El asunto se declaró definitivamente la víspera de Año Nue­vo, en una fiesta a la que me había llevado mi amigo Philip, el abogado que yo hacía pasar en París por estudiante de Derecho. Era una fiesta triste, en la que la gente se esforzaba mucho más por beber que por bailar, pero Philip y yo estábamos particular­mente alegres, y además, yo tenía la esperanza de triunfar sobre los escalofríos que me habían empezado a tumbar casi, desde mi primer día en Londres. Me metí un par de tragos y decidí infiltrarme de mirón entre las pocas parejas que bailaban, a ver qué material inglés me gustaba. Pero todo el tiempo me sucedía algo rarísimo. No bien miraba a una pareja que estaba bailando, el muchacho y la muchacha se detenían, me sonreían, me hacían una mueca de impotencia, y se separaban como si no estuviesen bailando. No se hablaban, tampoco, y cuando se separaban cada uno se iba por su lado como si jamás hubiesen estado bailando. Peor todavía, como si el baile no existiese, como si tan sólo hubiesen estado haciendo movimientos sin sentido y sin pareja. Después desaparecían por los rincones. Era gente educada en Oxford, en Cambridge, qué sé yo, lo que se llama de élite, en todo caso. Pero aquello más que una fiesta parecía una larga sesión de desencanto.

Me fui por un rincón, tras una muchacha que me había gustado, pero al llegar la muchacha no estaba, y un escalofrío me dobló, primero, y casi me tumba doblado, después. Decidí ocul­tarle el problema a Philip, y empecé a buscar una cama donde tirarme un rato. Las puertas de los dormitorios estaban todas abiertas o entreabiertas, pero afuera había gente haciendo cola para entrar. Lo mejor, entonces, era buscarme una chica, poner­me en una de las colas, entrar, cerrar la puerta con llave, y morirme en brazos de la chica. Me pareció una excelente idea y una excelente manera de no molestar a Philip. Detesto molestar.

Con cuatro vodkas quedé listo para la hazaña, pero por el camino me topé con Philip que llevaba mucho más de cuatro tragos, y me invitó a beber. Me enteré de que llevaba por lo menos doce tragos, porque generalmente a partir de esa cifra me pedía que le contara la tragedia del Estadio Nacional de Lima. Pero esta vez, Philip quería que contara la historia en público, y empezó a dar de gritos para que la gente se acercara a escuchar­me. La prensa inglesa había informado bastante acerca de esa historia tan sudamericana, pero para todos los invitados ésta era la primera oportunidad de escucharla de boca de un nativo, de un auténtico peruano, de un hombre que había estado presente la tarde aquella en que centenares de personas murieron o resulta­ron heridas en un partido de fútbol, porque a un árbitro se le ocurrió tocar el pito cuando no debía tocar el pito. Así, más o menos, me anunciaba Philip, y los invitados empezaron a rodear­me y a mirarme, a mirarme más y a rodearme más mientras yo iba comprendiendo a fondo la cinematográfica soledad de King Kong.

De los dormitorios llegaban tipos abrochándose la bragueta, muchachas con la bragueta desabrochada, con un zapato en una mano y un lápiz de labios en la otra y no sabía si empezar o esperar a que se pintaran primero. Pedí más trago y me dieron más trago del que pedí. Qué mejor oportunidad para capturar a la inglesita en cuyos labios deseaba sentirme pésimo tranquilamen­te. Había gran ambiente, por fin alguien había logrado interesar­los en algo, y hasta sonreían como si estuviesen en una fiesta, yo casi les pregunto si querían que les contara la historia con la puerta de la jaula abierta o cerrada. Pensé que abierta era mejor, por lo de las emociones intensas, y me lancé a los muertos y heridos del fútbol en el Perú, empezando desde la fundación del Imperio Incaico, pasando luego por la captura de Atahualpa, y deteniéndome largo en la partida de ajedrez que el último Inca, el que pensaba que los españoles y caballos eran un solo monstruo, le ganó tranquilo al marqués Don Francisco Pizarro que cuidaba puercos en su tierra, que no sabía leer ni escribir, que murió tan analfabeto como llegó, y que qué hubiera sido de él sin la india que le redactó hasta su testamento, chúpense ésa, gringos. Com­prendí entonces que podía arruinar mi historia, y mis planes también, si seguía en la onda esa de andar extrañando tanto a los muchachos del hotel sin baños, y cambié contándoles a carcajadas que los peruanos continuábamos confundiendo a los españoles con los caballos. Eso les encantó, porque ahí muchos habían pasado un verano en Ibiza, donde había demasiado alemán de mierda, una lástima.

Ya a la altura de la isla del Gallo, había notado que un par de muchachas podían ser fijas para mis escalofríos. Quise compro­barlo. Desenvainé la espada de Pizarro, tracé varias veces la famosa raya sobre la ingrata arena, y muerto de sed, les grité: ¡Atrás!, ¡A España los que quieran morir pobres!, ¡Al Sur!, ¡Al Dorado los que quieran pasarla en grande! Me ligó. Las dos miradas cruzaron la raya conmigo. Philip pegó un saltito y cruzó la raya también. Nada les había encantado tanto hasta entonces como lo del Inca ajedrecista, que la bestia de Pizarro agarrotó después, poquito a poco, para que le doliese más, en un cuarto lleno de oro. Pero yo quería dejar mejor preparado aún el espanto necesario para trasladarme al Estadio Nacional, y decidí detener­me mucho en el fallido descuartizamiento de Túpac Amaru. Les expliqué que el Imperio Incaico se había acabado hacía mucho tiempo, pero que éste era un Inca rebelde y con el pelo como los Rolling Stones. Acto seguido me tiré al suelo, estiré bien las piernas y manos, y me engancharon cuatro caballos que partieron la carrera tirando como locos de mis cuatro extremidades. Gané, y Philip gritó: ¡Pancho Villa, carrajo!, yo le había enseñado a decir carajo. Gané, pero tuvieron que recogerme, y comprendí que debía abreviar mi historia, si deseaba que el número de candidatas, que ya pasaba de las seis o siete, no empezara a disminuir. Pedí un trago y me hizo el efecto de diez.

Era urgente cortar camino, pero no sabía por dónde, y recién andaba en la Independencia del Perú, que además ahí a nadie parecía interesarle. Empecé a perder público. Creo que fue enton­ces cuando empecé a perder público, aunque la verdad es que ya hacía rato que la gente me estaba reclamando que llegara el episodio del Estadio. Yo nunca había estado esa tarde en el Estadio, y como que no encontraba la puerta para entrarle al asunto. Total que comencé a darles noticias por radio, primero, y por televisión, después, pero ellos no podían conformarse con que a mí nadie me hubiera pisado la cara o algo así, por lo menos un rato. En fin, primero dije que no había estado en el Estadio, y sólo hacia el final logré meterme de a verdad en lo trágico y horrible del asunto, pero entonces el imbécil de Jerry, que no sé de dónde había salido, empezó a acompañarme con su saxofón, impidiéndome continuar tranquilamente con mi catálogo de atro­cidades. Cuantas más bombas lacrimógenas lanzaba, cuantos más perros policías le soltaba al público, cuanto más cerraba las puertas del Estadio para que todo el mundo se pisoteara mientras trataba de huir, tanto más me interrumpía el imbécil de Jerry con su saxo tristísimo, y era urgente que yo no siguiera perdiendo tanta concurrencia porque creo que iba a necesitar muchas chicas para la cantidad de escalofríos que me bañaban en sudor desde que sobreviví a lo de Túpac Amaru y los caballos españoles, y sobre todo en la época de la Independencia.

Logré huir del Estadio a eso de las tres de la tarde del día siguiente, y malherido, a juzgar por la cara del médico, que no había asistido a la fiesta, la de Tom y la de Peter, que tampoco habían asistido, y la de Philip, que probablemente me había traído arrastrándome. Los demás se habían ido poco a poco, y el colchón estaba empapado como yo. El saxo de Jerry continuaba sonando por alguna parte, pero no me sentía con fuerza para preguntar si había asistido o no a la fiesta. No quedaba una sola muchacha por ninguna parte, eso sí, y las caras de mis amigos, parados al pie de la cama, continuaban agravándose sobre mis tentativas de decirles que sentía mucho ocasionarles tantas moles­tias, que sin duda había sido el tren de mierda ese, que no bien me sintiera mejor me iría. Opté por una sonrisa. Cerré los ojos nuevamente, y les dejé la sonrisa puesta mientras trataba de imaginar que lo peor ya había pasado.

Pero recién estaba empezando. Al menos ésa parecía ser la opinión del médico, que había diagnosticado pulmonía repleta de vodka y mezclada con otro síntoma, que era y no era síntoma, al mismo tiempo, y que se manifestaba tan sólo en la forma que tenía yo de estar muy grave y de no estarlo, al mismo tiempo, cosa que a él lo intranquilizaba y lo tranquilizaba mucho, al mismo tiempo, y que podía salvarme la vida o causarme la muerte, al mismo tiempo. No sabía cómo explicarlo, y Philip le propuso un trago, pero el médico no aceptó porque estaba en sus horas de servicio. Le dijo que se tomara uno él, si deseaba, Philip le dijo que gracias, que sí deseaba, Peter y Tom también desea­ban, y finalmente el médico dijo que bueno, que también él deseaba un traguito, excepcionalmente, porque quería seguir ob­servando el síntoma, al mismo tiempo. Por la noche era Año Nuevo, y todos trataban de sonreírme desde allá arriba, pero yo eso no lo veía cuando abría los ojos, más bien lo veía cuando cerraba los ojos. La melodía del saxo se fue acercando hasta el borde de mi cama y dejó de sonar, pero no era que me hubiese muerto sino que también Jerry había aceptado un trago. Peter, que en el fondo siempre sería un poeta, propuso un brindis, y me invitó a pasar el próximo Año Nuevo con ellos. El hijo de puta del médico fue el único que no brindó.

Se fue a eso de las ocho. Se fue en inglés. A la pobre bestia esa jamás se le ocurrió que un peruano podía entender inglés. Se fue diciendo que lo sentía mucho, pero que no pensaba que yo iba a pasar la noche. Peter le pegó un puñetazo, en mi nombre, y yo sonreí, pensando que en el fondo, por más que le hubiese dado por trabajar en un Banco de la City, siempre sería un poeta. Hasta recordé algunos de sus poemas, y empezaron a encantarme, la vida empezó a encantarme mientras observaba cómo el médico le devolvía el puñetazo a Peter, explicando a gritos que no le quedaba más remedio que irse porque era el médico de todo el barrio y había mucha gente más que se iba a morir esa noche. Philip se acercó a explicarme que en Inglaterra la medicina era socializada, y el médico se le acercó a Philip a pedirle una guinea, lo cual equivaldría a pedir varias esterlinas actualmente, porque siendo yo un turista peruano lo de socializada no valía. Le señalé mi billetera a Philip y a Peter le señalé al médico, para que le metiera otro puñetazo en mi nombre.

Después, cada uno se fue a llorar a su cuarto, me imagino, y yo comencé a durar lo más que podía, entre ceniceros repletos de puchos, vasos sucios, y frasquitos de antibióticos y vitaminas socializadas. Necesitaba durar, o sea que empecé a contar en plazos de tres minutos, después en plazos de cinco minutos, otros más de cinco minutos, después, y por último me corrí el riesgo de contar quince minutos más, hasta comprender que en efecto estaba durando como Dios manda. Y eso no me lo quitaba nadie, eso no me lo quitaba ni el mismo médico y su pesimismo. Sé que son lujos de bruto, pero yo jamás ha querido creer en la mala suerte y hubiese sido realmente mala suerte morirse recién llega­do a Europa, ocasionando tantas molestias, además. A las diez en punto de la noche, me agarré con toda mi alma del síntoma que el médico decía que era y no era síntoma, y decidí volverme loco un rato. La fiebre me ayudó mucho aquella vez, pero también sin fiebre he logrado a menudo recurrir a este mismo procedimiento en circunstancias graves de mi vida y con ese mismo tipo de fe que es fe y no es fe al mismo tiempo, yo me entiendo.

Hablé con la vida y la muerte, y transamos en repartir la operación que me tenían preparada para aquella noche en cuotas repartidas a lo largo de toda mi vida. No me quedaba otra solución, estando en Londres y en casa ajena, aunque sabía que el precio podía resultarme excesivo.

Pero, en fin, por esa noche, al menos, valió la pena, porque a las once ya estaba caminando en bata por todo el departamento, y convenciendo a mis amigos de que podían salir con toda tranqui­lidad a sus fiestas de Año Nuevo, hasta los amenacé con salir yo, si seguían negándose a dejarme solo. No podían creerlo, y recurrí al viejo truco de tirarme al suelo y hacer cincuenta abdominales para demostrarles que estaba en gran forma. Creo que hasta hoy me duelen, pero los convencí, y Tom fue el primero en empezar a prepararse. Sacó de un baúl la ropa más andrajosa que tenía, me mostró optimista una gorrita que sólo podría calificar de gorrita para mendigo británico, y anunció que esa noche estrenaba vesti­menta especial, para una muchacha especialmente bella, y por tratarse de una ocasión especial. Jerry sonrió, y se dispuso a limpiar su saxo para alguna fiesta.

La muchacha especialmente bella se llamaba Elisabeth, y llegó a las once y media. Era linda. Linda, y muy amable. Peter la recibió, nos presentó, y le contó el lío pulmonar en que andaba metido, mientras yo trataba de convalecer todo lo posible de los cincuenta abdominales. Pero ella me encontró francamente atrac­tivo, y cuando Tom salió francamente andrajoso, ella tuvo la amable cortesía de encontrarme francamente más atractivo que a Tom. Comprendí lo inmundo que debía estar, y eso que a mí nunca me habían educado en Oxford. Bueno, ya estaban todos listos, y ya eran casi las doce de la noche. De golpe, dudé. Una duda fuerte se apoderó de mí. No sabía si ponerme pésimo otra vez, o si empezar a llorar de rabia e impotencia. Ellos estaban demasiado alegres para notar tanta complicación, y yo continuaba parado como un imbécil, preguntándome de dónde me habría venido esa duda cuando ya todo parecía ir tan bien. Sentí un escalofrío y deseé quedarme con Elisabeth y que Elisabeth fuera Inés y que Inés fuera Elisabeth para que se quedara conmigo. En fin, quería que Elisabeth tuviera algo que ver conmigo, y pensé que era la fiebre otra vez, o que me estaba volviendo loco sin haberlo decidido. Era algo así. Recurrí a una duración de un cuarto de hora. Dentro de un cuarto de hora ya habrían sido las doce, ya habríamos brindado, y ya se habrían largado. Y ya después vería cómo me las arreglaba otra vez.

Me las arreglé gracias a Elisabeth, que antes de irse se me acercó de nuevo y me encajó otro beso tan rico como el que me había encajado a las doce en punto. Elisabeth era una muchacha realmente amable. Total que al Año Nuevo entré inmundo, odiando al médico, y con una necesidad impresionante de estar vivo y de que alguien supiera que estaba vivo. Y Elisabeth, que era la única enterada, había tenido que marcharse. Pensé hacer otra vez abdominales, pero ya hubiera sido exhibicionismo. Pensé pegarme un duchazo y quitarme tanta inmundicia de encima, pero hubiera sido como traicionar a Elisabeth demasiado rápido. Ella me había amado así, inmundo. Pensé llamar a mi departa­mento de París y quedarme oyendo sonar mi teléfono, pero temí descubrir a los muchachos del hotel sin baños en plena orgía. Pensé en hablar solo, pero siempre he hablado solo y no le encontré demasiada gracia al asunto. Lo mejor era escribir, con­tarle a alguien todo lo que me estaba ocurriendo. Inés era la persona indicada. Podría escribirle, pero una carta como la que estaba pensando escribir la hubiera aterrado. Sólo le contaba cosas así cuando ya hacía tiempo que habían ocurrido. Y aun así la aterraba. Opté por una muchacha a la que siempre llamaba en Lima, cuando me estaban ocurriendo cosas así. Estuve horas escribiéndole, pero no me contestó la desgraciada. En Lima también siempre me colgaba el teléfono cuando la llamaba por cosas así. Recurrí a una duración de cuatro días, para poderme largar a París después. Era mi primer viaje al norte, y duré, bien, al final, porque era simple y llanamente imposible abandonar tan pronto algunas firmes convicciones.

MARTÍN ROMAÑA CREÍA FIRMEMENTE

Creía al pie de la letra que una vida en Europa suponía una buena dosis de bohemia, para ser digna y provechosa. O para estar a la altura. Nunca se preguntó a la altura de qué, porque ese tipo de preguntas le era indiferente. Bastaba con creer en algo, y él había salido del Perú creyendo en eso. Todas sus informaciones culturales lo llevaban a creer en eso. Quería aprender muchas cosas, en la Universidad y fuera de ella, y quería vivir con la intensidad bohemia con que muchos otros, antes que él, habían vivido en París. Esta ciudad, en particular, se prestaba para ello, a decir de todo el mundo. Y Martín pensaba que se prestaba para ello hasta el punto de existir sólo para ello. París era una ciudad hecha sólo para gente con sus ideas y convicciones. O sea con muchas ideas y convicciones contradictorias, aunque compatibles en cierto modo. Cada día, cada hora, era una fiesta en potencia, si uno deseaba tomar la vida así. Y desde París, también se podía largar uno a todas aquellas ciudades españolas, italianas, griegas e inglesas, con el mismo espíritu de fiesta en el organismo. Mucha gente antes que él había vivido así. Otros habían abierto la ruta. Él no tenía más que seguir el ejemplo, y saber elegir bien a las personas que lo ayudarían a darle relieve a su vida futura. Habla­ba inglés, francés, italiano y alemán, casi tan bien como el castellano. Su posición era, pues, privilegiada. Podría realmente conocer a gente muy distinta y compartir a fondo sus distintas maneras de vivir. Creía firmemente en todo aquello cuando partió a Edimburgo y a Londres por primera vez. Fue corriendo, fue sin saber bien adonde iba, pero fue quemando etapas. Fue como alguien que se siente invulnerable a todo, como alguien que está dispuesto a darlo todo y a vivir una vida en la que había tiempo y fuerzas para todo.

O sea que Londres, a ese nivel, fue un golpe bajo, como un anuncio. Había vivido a la altura de sus ideas, había vivido corriendo, pero de pronto se había tropezado y había caído. De alguna manera muy molesta se había tropezado y había caído en algo que le dejó trabadas las piernas en su carrera. Londres, su primer viaje de muchacho libre, significaba un despliegue de energías sin límites, sin tiempos de descanso ni horarios. Había demasiadas cosas que hacer, demasiada gente que conocer, dema­siadas alegrías que compartir. Pero ahora, de regreso de allá, sentado en el avión al lado de Philip, que de rato en rato le preguntaba preocupado cómo se sentía, Martín Romaña conti­nuaba pensando en Martín Romaña. La gente, y la gente eran para él sus primeros amigos en Europa, se había formado ya una idea de él. Martín Romaña era un tipo vital, exuberante, gracioso, y dotado de energías a toda prueba. Martín Romaña era el primero en empezar una fiesta y el último en acabarla. No había un solo aspecto de la realidad que a Martín Romaña no le interesara. Martín Romaña no tenía prácticamente vida privada, ni horas de trabajo, ni horas de sueño. Era el tipo más disponible del mundo, y a la gente le gustaba eso. Le gustaba que siempre estuviese libre para empezar cualquier cosa. Martín Romaña sintió ganas de llorar en el avión. Supo, por un lado, que la gente le gustaba demasiado, que no podría decirle nunca no a una persona que venía a solicitarlo. Supo que su vida seguiría siendo ese despliegue de unas energías que de pronto no lograba encon­trar de nuevo por ninguna parte, tras el tropezón de Londres. Estaba bañado en sudor, otra vez, y supo lo duro que iba a ser para él continuar viviendo como a la gente le gustaba que viviera. Había acostumbrado mal a la gente, pero no podría vivir tampoco sin que esa gente lo viera siempre a la altura de su reputación. Se sintió doblemente herido, y pensó que la vida iba a serle muy dura con la sonrisa y una copa siempre en los labios, y sin poder decir jamás que se sentía muy débil, que se sentía doblemente herido y que detestaba cada copa que bebía. Doblemente herido porque lo de Londres había sido un aviso y él creía en esos avisos, y porque sabía que estaba regresando a París con fiebre y con ganas de ser él mismo, por una vez en la vida, con ganas de tirarse en una cama y de no sonreírle a nadie, pero que nadie le iba a dejar tiempo para sentirse como se sentía y que él le iba a hacer caso a todo el mundo aunque se sintiera así, como un aviso clavado muy hondo.

Media hora después, ya estaban en un taxi rumbo a París. Philip le había propuesto que pasara la noche en su departamen­to, y él había aceptado, aunque hubiera preferido enfrentarse con la llegada a su departamento. Estaba seguro de que los mucha­chos del hotel sin baños le habían hecho alguna fechoría, y prefería descubrirla de una vez por todas, pero aceptó la propues­ta de Philip que sugería un duchazo y un trago para olvidar todo lo de Londres y empezar bien el año en París.

Ya tienes que estar sano —le dijo Philip—. Ese médico de mierda no sabía lo que decía.

¿No notas París cambiada? —le preguntó Martín.

No sé qué le ves de cambiada. Es la misma vieja puta de siempre. Bella y parisina, al mismo tiempo.

Yo la veo completamente cambiada. No sé. Debe ser la fiebre.

Vamos, hombre. Un duchazo, un trago, y una camisa limpia.

Martín Romaña insistió en que lo veía todo completamente cambiado. Estaba desmayado cuando Philip lo miró para decirle que París era la misma vieja puta de siempre.

Le costó casi dos semanas dejar el departamento listo para que no lo deprimiera demasiado en las horas en que venía a arrojarse a la cama, exhausto. Los muchachos del hotel sin baños ayudaron bastante, es verdad, y mientras colocaban vidrios y limpiaban o pintaban paredes se echaban la culpa unos a otros. A Martín llegó a divertirle el asunto. Además, los muchachos le traían la comida y le habían conseguido a Juancito Velázquez, Pincel para sus amigos, un increíble médico peruano que lo llenó de vitaminas y le recomendó mucho reposo y abrigo todo el que tenga, compatriota. Aparte de eso, podía seguir con su vida normal.

Martín Romaña consideró que una vida normal empezaba por sus clases en la Sorbona y regresó al calor insoportable de los anfiteatros. Pero ahora aplaudía menos que antes, entendía tam­bién menos que antes, y se aburría un poco más. Y ya no pensaba que la culpa fuese de él, por extranjero o ignorante. No entendía porque no le interesaba entender, y porque, en cambio, había descubierto del todo que había muchas cosas lejos de esos anfitea­tros que podían interesarlo más y hacerlo feliz y mantenerlo a la altura de lo que había venido a vivir. Realmente le tomó una buena dosis de fuerza de voluntad permanecer ahí hasta que todo terminara y le entregaran algún cartón. Había deseado mucho un diploma, pero de pronto ahora pensaba que el día que se lo entregaran se lo enviaría a su padre de regalo como había hecho antes con el diploma de abogado. Para los otros becarios peruanos continuaba siendo un loco. Pensaron que se había apaciguado un poco, cuando recién regresó de Londres, pero el día que lo vieron llegar al restaurant universitario en taxi, decidieron que jamás cambiaría. Llegó oliendo a licor, y jurando que venía de ver izar la bandera peruana en el hospital Vaugirard, nada menos que en honor a Juancito Velázquez, mi médico de cabecera y Pincel para sus amigos, el increíble peruano que lo seguía tratando. No podían creerle. A quién se le podía ocurrir izar una bandera peruana en honor a Juancito Velázquez.

JUANCITO VELÁZQUEZ Y LA BANDERA PERUANA

Pero era verdad, y era además muchísimo más complicado el asunto. Resulta que llegué al hospital Vaugirard, esa mañana, para lo de mi chequeo semanal, y a que me dieran más vitaminas, probablemente, y me encontré con Juancito Velázquez vestido de azul marino, camisa blanca, mucho almidón, corbata roja, y con el bigotito patrio más dibujado que nunca. Se bañó en lágrimas, al verme aparecer. Yo seguía sin lograr imaginarme de qué se trataba pero ya tenía una cosa en la mano.

Si supieran esto en nuestra tierra, Martín. Si supieran esos mierdas que tanto me basureaban por ser cholo, porque médico cholo no cura a nadie... Si supieran...

¿Pero qué es lo que tienen que saber, Juancito?

Me han dado el premio de excelencia en el pabellón de cirugía, hermano. ¡Salud, hermano!

Hay que organizar una fiesta, Juancito.

Pincel para mis amigos, Martín. Y desde hoy, una de las mejores muñecas de París, hermano, el mejor pulso...

Voy a buscar peruanos al restaurant universitario, Juancito, esto hay que celebrarlo.

A esos mierdas qué les importa. Tú eres la excepción, Martín. Los otros vienen aquí cuando necesitan algo gratis. En lima ni me saludarían si me cruzara con ellos.

No es para tanto, Juancito. Hay excepciones. Voy a traer a mi amigo inglés, si quieres. Tengo también tres amigos norteame­ricanos y una birmana, gracias a la Sorbona...

Ya es muy tarde, Martín, no tarda en empezar la ceremonia.

¿Va a haber discursos, Juancito?

¡Mucho más que discursos, compatriota! ¡Van a izar la ban­dera peruana en mi honor!

No podía creerlo, Juancito Pincel Velázquez, y la verdad es que al pobre le faltó un periodista de France Presse o algo por el estilo, eso habría podido blanquearlo en el Perú, lanzarlo en grande, asegurarle un carrerón. Pero el asunto iba a resultar mucho más complicado todavía. Juancito me abrazaba y me decía que se me iban a caer los ojos.

Me abrazaba y se ponía a llorar. Algo parecía preocuparlo, en medio de tanta felicidad, estaba bebiendo demasiado antes de la ceremonia.

Bueno —le dije, tratando de calmarlo—, ya vas a poder regresar de nuevo al Perú. Y sin que nadie te tire caca esta vez.





Te van a recibir en hombros, esta vez, Juancito.





Nadie te va a cholear ni a ponerte trabas para que abras consultorio donde quieras.





Hermano, vas a poder abrir consultorio hasta en barrio resi­dencial.

Pero Juancito continuaba sin responderme y cada vez lloraba más. No lograba entenderlo. Llevaba semanas curándome, y mientras me recomendaba las mil y una vitaminas que debía seguir tomando, me fue contando que sus estudios de medicina en Francia de poco o nada le habían servido a su regreso al Perú. Era cholo, ése era su problema, cholo de la Victoria, cholo de barrio de negros, además. Y en el Perú lo habían choleado cuando regresó, nadie le había dado crédito. Y los de su barrio en vez de admirarlo lo habían tratado de maricón porque en alguna oportunidad se le escapó una palabrita en francés, con buen acento. Lo habían tratado de maricón en vez de admirarlo. Es nuestro país, Martín Romaña, una buena mierda. Pero luego arrancaba con que aquí también lo trataban como a una buena mierda, que en el hospital había demasiada intriga, que lo dejaban siempre de lado por la pinta de árabe que tenía. Qué sabrán estos cojudos de lo que es un árabe, de lo que es un peruano, Martín, me decía. No saben nada, compatriota, pero a uno lo puentean igual y sigo cobrando como portero. Y eso que mi jefe, uno de los pocos seres humanos y bien de adentro que hay aquí, me ha dicho que yo afilo el cuchillo mejor que nadie, Martín. Pero la vida es una mierda, y sigo cobrando como portero.

Pensé que con la bandera peruana flameando sobre el pabe­llón de cirugía, las cosas cambiarían para Juancito Velázquez. Pero él seguía bebiendo y empapando a lagrimones la solapa de su concepción azul de la elegancia. Y cuando vinieron a avisarle que todo estaba listo para dar comienzo a la ceremonia, una mueca de dolor se apoderó de su rostro. Juancito Velázquez, Pincel para sus amigos, parecía definitivamente desgarrado por algo.

Mira, hermano —me dijo, cuando llegamos al jardín del pabellón de cirugía.

Y en efecto, era digno de mirarse, porque en efecto, estaban izando la bandera peruana en honor a Juancito Velázquez y entre los acordes del himno nacional del Perú, que venían de alguna parte con sonido de 78 revoluciones en muy mal estado. Sin duda alguien se había conseguido un disco del himno en el mercado de las pulgas, y lo estaba tocando en alguna de las salas del pabellón que daba a nuestro jardincito. Había unos cuatro médicos, unos cuatro estudiantes de Medicina, y unas cuatro enfermeras. Nor­malmente, estas cosas son emocionantísimas, me dije, y me puse a palmearle el hombro compatriota a Juancito Velázquez, pensando al mismo tiempo que tal vez no había sido lo más indicado dejarle las consecuencias de mi pulmonía londinense a un cirujano del estómago. Pero, en fin, el asunto era gratis, y tanta vitamina tendría que acabar con el cansancio sudoroso que parecía haberse convertido en el síntoma de una eterna convalecencia. Pensaba dejar las cosas así, por el momento, terminar el invierno y el año universitario de cualquier modo, y luego largarme a algún lugar de clima sano para liquidar el asunto. Quería estar muy sano, el próximo otoño. Ese verano tenía que empezar una vida nueva y muy sana para que Inés me encontrara lleno de vitalidad y hasta de gimnasia diaria con mucha disciplina.

Terminaron de izar la bandera y alguien allá adentro empujó el himno nacional del Perú hasta el final del disco, porque ya estaba durando demasiado, en tal mal estado y en castellano. Juancito Velázquez anunció que iba a pronunciar unas brevísimas palabras de agradecimiento, y se arrancó con un discurso que empezaba el día mismo de su nacimiento, en un hogar pobre pero honrado. Lo interrumpieron cuando andaba por quinto de secun­daria, siempre en un hogar pobre pero honrado, y ya con una apasionada vocación por la Medicina. Lo hicieron pasar a la sala de enfermeras y ahí le ofrecieron una copa de champagne, mien­tras un tipo que debía ser su jefe lo abrazaba efusivamente para ser un francés, aunque acto seguido el abrazo que le pegó Juancito lo hiciera quedar como el hombre menos efusivo del mundo. Luego me presentó como a otro peruano que honraba a su patria, y se me tiró a llorar a los brazos, mientras los demás asistentes abandonaban la sala sin perder tiempo en pretextos, siquiera. Sentí cierta soledad nacional muy explicable, y le propuse a Juancito irnos a algún café cercano, para brindar tranquilamente por la bandera peruana y por el orgullo de nuestra hermosa tierra del sol / donde el indómito Inca prefiriendo morir / legó a su raza la gran herencia de..., pero Juancito me mandó a la mierda, agregando que deseaba estar solo, que lo dejara solo, que se sentía más solo que nunca, y que deseaba suicidarse.

¿Y entonces quién me va a curar, hermano? —le pregunté, pensando que Juancito debía de haber estado bebiendo desde la noche anterior, y en su orgullo nacional.

Que te cure un médico peruano, Martín. Yo no soy más que una mierda.

Eso nunca —le dije—. Tú eres un médico peruano que ha triunfado en Francia. Qué más prueba quieres que la bandera.

Juancito Velázquez lloró, más Pincel que nunca para sus ami­gos, mientras me iba contando que ayer le acababan de entregar sus documentos de ciudadano francés. Justo ahora, compatriota! ¡Pero que se metan esa bandera al culo en el Perú y que me dejen solo porque estoy más solo que nunca! ¡Y vete a la mismísima mierda, Martín Romaña!

¡Se jodió la Francia!, exclamé, decidiendo llegar aunque sea en taxi al restaurant universitario, para contarle a los amigos las cosas que me tocaba ver en esta vida. Ver y sufrir, porque Juancito no tardaba en meter otra vez las cuatro, pero conmigo.

LAS CUATRO DE JUANCITO VELÁZQUEZ OTRA VEZ

Como sucede a menudo en París, llegó la primavera pero el invierno continuó como si nada. No sé de dónde han sacado tantas canciones sobre la primavera en París. Yo casi no la recuerdo sino en disco. Me dediqué a pensar en el verano, pero todavía faltaban un buen par de meses para que llegara y yo continuaba regresando a casa bañado en sudor todos los días, tras los disminuidos aplausos de la Sorbona. Pero la gente había decidido no creer que yo pudiese sentirme mal, y yo había decidido continuar viviendo entre la gente, y sintiéndome bien, a pesar de los consejos de Juancito Velázquez, a quien regresé a ver no bien supuse que había empezado a acostumbrarse a su nueva nacionalidad y a sus consecuencias un tanto parias. La vida continuaba para todo el mundo en París, y Juancito, Pincel para sus amigos, había decidido quedarse entre los vivos. Un día me recibió diciéndome que pensaba irse a pasar unos meses al Perú, pero sólo de turista, para mostrarle a la gente su nueva nacionali­dad, le iban a besar los pies cuando se enteraran de que ahora era franchute. Comprendí que se estaba aclimatando. Ahora le tocaba ocuparse un poco más de mí. Me dijo que encantado, pero que yo no podía seguir viviendo sin radiografías. Abrí los ojos bien grandes, y nuevamente me negué a tomarme las radiografías que Juancito venía recomendándome desde tiempo atrás. No podía ser, a qué santos andarle temiendo tanto a los pulmones. Yo quería más vitaminas y que se acabara el año universitario. Necesitaba reposo y sol, eso era todo. Pero Juancito alegaba que esos dolores en la espalda no le gustaban nada e insistía en lo de las radiografías.

Decidí no hacerle caso, una vez más, y le pedí prestada su novia a un amigo norteamericano, todas las tardes de seis a siete, para que me masajeara fuerte la espalda y el cuello. La muchacha era de Berkeley con régimen macrobiótico, y detestaba la medicina occidental. Para ella toda enfermedad estaba en la mente enferma de los enfermos, y en mi caso tanto hablar de los pulmones había terminado por hacerme creer que los tenía llenos de tabaco negro entre negras cavernas, cuando en realidad lo que tenía era una grave contracción mental de los músculos de los hombros y del cuello. El día en que me relajara, me sanarían los pulmones y se acabarían los dolores. Estaba segurísima, y cuanto más me apretaba los músculos de toda esa zona, más segura estaba.

O sea que la tuve cabalgando riquísimo sobre mi espalda durante un mes, y el asunto casi siempre prometía, mientras yo me echaba boca abajo sobre la cama y ella se instalaba sobre mis riñones y se arrancaba a masajear. Pero la verdad es que no bien descabalgaba, todo se contraía de nuevo en mi mente, en el caso de tener ella ra2Ón, o era muy necesaria una radiografía, en el caso de tener razón Juancito. Insistí con la muchacha de Berkeley, pero un día peleó con mi amigo norteamericano y el asunto fue tan grave que no quiso ni siquiera continuar ocupándose de mi espalda. Le confesé a Juancito mis andanzas. Me dijo que las mujeres eran lo peor que podía existir para los pulmones, y me metió de cabeza a la sala de radiografías.

Terminamos la sesión radiográfica, como terminábamos toda sesión: tomando unos tragos en el café de enfrente. El radiólogo no estaba, y Juancito prefería esperar a que volviera para mayor seguridad, para que todo fuera como debía ser. Pero el tipo no volvía y yo empecé a cansarme. Por fin Juancito dijo que las iba a examinar él mismo, mientras el otro regresaba, y me llevó a una salita del hospital, para que esperara el resultado. Esperé horas. No podía explicarme por qué tardaba tanto. Estaba imaginando que su jefe se lo había llevado a alguna operación, o que lo había pescado nuevamente trabajando gratis para amigos peruanos, y le estaba pegando su café, cuando llegó un tipo y me preguntó si yo era Martín Romaña. Le dije que sí, y me entregó un sobre. Bueno, y por qué no, pensé, al abrirlo, y leer:
Hermano, no tengo cara para verte. Nos jodimos, hermanito.

Preséntate mañana a primera hora al servicio del profesor

Lacour. Nos hemos jodido, hermano.
Luego pensé que el que se había jodido era yo, y no los dos, y que después de todo Juancito no tenía por qué andar tan avergon­zado como para ocultarse, hacía rato que me venía insistiendo en lo de las radiografías. Me dolían más que nunca los pulmones cuando regresé a mi departamento. Necesitaba desahogarme, contarle a alguien lo que me estaba ocurriendo, pero daba ni sé qué presentarse en casa de un amigo con una noticia tan pulmo­nar. La gente que yo frecuentaba estaba toda muy sana, y venirles con una cosa así era fregarles un poquito el pastel. Pensé que lo mejor era escribirle a Inés, pero cómo iba a contarle a la pobre Inés algo de ese tamaño con el Atlántico de por medio. La distancia magnifica estas cosas. Iba a ser un golpe tremendo para ella, que además parecía ser la única persona en el mundo que me tomaba en serio. Agarré lápiz y papel y le escribí diciéndole que me había quedado sin plata. Necesitaba compartir mi miseria con alguien y eso fue lo mejor que se me ocurrió escribirle. Además ella estaba segura de que hacía meses que lo de la pulmonía había quedado en el olvido.

Dejé la carta en el correo, y anduve largo rato por las calles del Barrio Latino. Pasé por la Sorbona, le saqué la lengua, y juré no volver a aplaudir nunca más a los profesores de azul marino. Ni yo los entendía a ellos, ni ellos me entendían a mí. Y por algún lado, inculto, sin duda, yo parecía tener razón. En todo caso, estaba jodido, y hasta ahora París sólo me había servido para eso. Bueno, mejor era regresar al departamento y no andar ensombreciéndose tanto, bastaba con el color de mis pulmones.

Me apresuré en las escaleras, porque el teléfono estaba sonando. Era Juancito Velázquez eufórico. Me anunció que llegaba en el término de la distancia, y con botella de pisco. No lograba entender tanta euforia, y le pedí que me dijera de una vez por todas de qué se trataba. Se trataba de que realmente la había cagado. Quería pegarse un tiro, pero la noticia era tan buena que si yo lo perdonaba y le juraba no contarle nunca a_nadie lo que había ocurrido, él estaba dispuesto a contarme la verdad aunque a mí me entraran ganas de matarlo. ¡Dame la noticia de una vez por todas!, le grité. Se había equivocado con la radiografía. No, no es que fuera la radiografía de otro. Era la mía, pero lo que él creyó ser una caverna bien seria no era más que una falla técnica. El radiólogo acababa de comprobar hasta el cansancio que se trataba de una falla del aparato. Yo tenía los pulmones más limpios de Francia y sus alrededores. Le grité que se viniera corriendo con la botella de pisco y me tiré a la cama, pensando que era la segunda vez en corto tiempo que decidía que el fallo de un médico no tenía nada que ver con mi vida privada. Era extraño. En el fondo tampoco le había creído a Juancito Veláz­quez. En el fondo siempre seguí creyendo que el sol de un buen verano y una vida distinta terminarían con el problema. Solté la carcajada y empecé a sentir que los masajes de la muchacha de Berkeley me estaban haciendo un bien increíble, un bien tan grande como las ganas que tenía de salir y festejar.

NOCHE DE GALA

La carta que le escribí a Inés contándole que me había quedado sin plata resultó profética y muy útil, a la vez, porque el mismo día en que me anunciaron que no me habían renovado la beca, llegó el más generoso de todos los giros que hasta entonces me había enviado mi padre. Imaginé a Inés llorando en mi casa, diciéndole a mi madre que cómo era posible que me dejaran sin un centavo en París. Se lo agradecí profundamente. Además, había un pasaje de regreso al país de origen, pagado por el gobierno francés. Claro, no le daban a uno billete para venir a Francia, porque sabían que uno se moría de ganas de venir. Y con una beca en la mano, más todavía, sabían que uno era capaz de venirse nadando, de ser necesario. Pero después, cuando uno se quedaba sin beca y sin un centavo, ahí sí que tenían la amabilidad de devolverlo a casita, gratis y en Air France, para evitar que algunos ex becarios entráramos a engrosar las filas de los estu­diantes eternos, las de los eternos candidatos a una nueva beca o a un trabajito por horas, o que algún poeta enardecido por el mal vivir se les convirtiera en clochard prematuro, aunque mi teoría ha sido siempre que un latinoamericano jamás se clochardiza: se va de frente a la mierda y punto. Decidí hacer todo lo posible para que me entregaran el dinero de ese pasaje, y me presenté ante la burocracia pertinente, si es que eso existe. Horas estuve jurando que me iba de Francia y mostrando el billete de regreso al Perú que me había obsequiado la Marcona Mining Company. Tuve suerte, al fin, y salí con la billetera llena de francos, tras haber llenado cincuenta mil formularios.

Decidí irme a Italia, y anduve buscando en el mapa una ciudad pequeña, bien situada, no muy calurosa, y que nadie conociera en Perú. Así descubrí Perugia, y así descubrí también que había miles de peruanos en Perugia. Dónde no. Escribí a la

Universidad y me contestaron tratándome de excelentísimo doc­tor, y ofreciéndome incluso alojamiento. Volví a escribir, tratan­do a todo el mundo de egregio doctor, y llamé al propietario de mi departamento para anunciarle mi partida.

Dos horas más tarde vino a ver en qué estado se lo iba a dejar, me probó que le había roto hasta lo que estaba entero, ahí, en sus narices, y me anunció que se iba a quedar con todo el dinero de la garantía. Se lo agradecí, lo acompañé amablemente hasta la puerta, y decidí hacer una fiesta en honor de los muchachos del hotel sin baños, para que rompieran todo lo que fuera necesario hasta que el propietario tuviese razón. Me largaron antes de lo previsto, pero tuve la suerte de que apareciera Philip, justo cuando estaba a punto de encontrarme en la calle con todas mis maletas.

Philip me ayudó a cargar mi equipaje hasta el departamento de su amiga Beatrice, y en el camino me fue contando nuestros planes para ese viernes por la noche. Beatrice trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Beatrice tenía cuatro entra­das para una gala en la Ópera, en honor del presidente de Chile, un tal Frei o algo así. Beatrice tenía una prima muy joven y recién llegada de su pueblo en Normandía o algo así. Beatrice lo había llamado por teléfono, para invitarlo, y le había preguntado si no tenía un amigo muy correcto o algo así. Él había pensado en mí, y si yo estaba de acuerdo, la cosa podría resultar bastante bien porque Beatrice era muy simpática y él conocía un restaurant chino que no cerraba nunca, para después de la Ópera, y la prima de Normandía seguro que estaba loca por descubrir el mundo en París o algo así. Le dije a Philip que estaba completamente de acuerdo, y me preguntó si tenía smoking.

Se me hundió en Dunquerque con mi pasado cultural —le dije.

Beatrice podía salvar la situación. Philip recordaba que ella tenía un hermano más o menos de mi estatura, y ése seguro que tenía smoking y me lo podía prestar. Así fue. Pero donde Beatrice no sólo había lo necesario para que yo quedase listo para la función de gala. Había además una enorme botella de whisky. Me llegaba hasta la cintura. Ni Philip ni yo habíamos visto jamás una botella de whisky tan grande. Decidimos que de ese fin de semana no pasaba, pero el problema esta vez era Beatrice, porque al día siguiente tenía que partir al campo y no regresaba hasta el domingo por la noche. Philip me dio un codazo y me guiñó el ojo: esa noche en el restaurant nos encargaríamos de convencerla de lo contrario. Además, nosotros teníamos que volver a ese departamento porque ahí se estaba quedando todo mi equipaje. Partimos confiados en nuestro éxito, más que nada por lo simpática que era Beatrice y porque su prima hasta el momento no había dicho esta boca es mía, pero se notaba que se moría por ganas de vivir.

Entramos en la Ópera con muchos honores y salimos igual­mente serios entre trompetas que despedían al general De Gaulle y a su huésped tan ilustre. La gente se amontonaba en la calle para admirar a los elegantísimos asistentes al espectáculo, pero desgraciadamente no pude ubicar a ningún peruano para hacerle adiós entre smokings y trajes largos, dejarlo cojudo, y que después fuera a contar en Lima que Martín Romaña se estaba codeando hasta con De Gaulle, en París. Philip y yo nos habíamos ocupado bastante poco del espectáculo, en realidad, y más bien no perdi­mos una sola oportunidad de correr al bar a animarnos un poco para lo que venía después. Soñábamos con la botellota de whisky. No bien llegamos al restaurant chino, empezamos a preparar nuestra estrategia para invadir el departamento de Beatrice, pero ella insistía en no alterar sus planes para ese fin de semana, y la prima de Normandía parecía obedecerla ciegamente. No era nada fácil el asunto, y ya empezaba a resultar bastante absurdo que bebiéramos tanto whisky esperando alcanzar la botellota aquella. Pero seguimos. Hacia las cuatro de la mañana las muchachas desaparecieron y nosotros empezamos a buscarlas por debajo de las mesas. Los chinos estaban encantados con ese par de locos. A las seis nos botaron.

Optamos por un desayuno, para recuperar fuerzas, pero no bien encontramos un café abierto nos sentimos con suficientes fuerzas como para pedir dos whiskies, mientras decidíamos qué hacer para llegar hasta la botellota. Le sugerí a Philip trasladarnos a la calle en que vivía Beatrice. Me parecía recordar un café frente a la puerta de su casa. Ahí podíamos sentarnos hasta que apareciera, caerle encima acusándola de habernos abandonado en lo mejor de la noche, y exigirle que se quedara en París con su prima y con nosotros. Philip encontró excelente la idea, y salimos disparados en busca de un taxi. Acertamos. Había un café justo enfrente de la casa de Beatrice, pero las horas pasaban, y Beatrice continuaba durmiendo o se había largado ya. Probamos llamar por teléfono, pero nadie respondía. Se había largado ya. Claro, eran las doce del día. Nos largamos a esperar a otra parte.

Veinticuatro horas después seguíamos en smoking y contán­dole a la gente en Montmartre que era porque anteanoche había­mos asistido a una función de gala en la Ópera. Los turistas nos encontraban muy divertidos, muy parisinos y muy sucios. Hacía un calor de los demonios y llevábamos casi dos días sudando a chorros. Pero era domingo, por fin, y dentro de pocas horas Beatrice habría regresado, aunque ya yo empezaba a preocuparme pensando que a lo mejor ella y su prima decidían quedarse más tiempo fuera de París. Tenía que partir a Italia, al día siguiente, y mi equipaje seguía encerrado en su departamento. A Philip, sin embargo, más parecía preocuparle lo de la botellota de whisky. Corrimos a ver si habían regresado, no bien empezó a anochecer. Nuevamente estuvimos instalados en el café de enfrente, hasta que por fin, hacia medianoche, vimos aparecer de los más cam­pantes a nuestras enemigas. Nos metieron de cabeza a la ducha, y trataron de escondernos la botellota, pero eso sí que fue inútil. Llevábamos dos días bebiendo sólo por esperarla. Nuevamente las chicas desaparecieron a eso de las cuatro de la mañana, pero esta vez ya no nos importaba tanto. Se habían ido a acostar, sin duda alguna, y al cabo de unas horas de sueño regresarían fresquitas y nos encontrarían en perfecto estado para ocuparnos de ellas. Claro, a mí me quedaría poco tiempo ya, porque esa noche partía a empezar una nueva vida en Italia. La prima de Normandía tendría que vivir muy rápido.

BREVE VIDA NUEVA EN EL SUR

Siempre he vivido buscando un lugar donde empezar una nueva vida, pero en el fondo todos los lugares se parecen, no bien llego yo. Perugia fue, sin duda, la gran excepción. Ahí soñé con la llegada de Inés a Europa y ahí me sentí siempre bien. Una joven pareja peruana que encontré en la Universidad se encargó de pasearme sonriente por Florencia, Asís, Spoleto, Orvieto, etc. Me gustaban esos paseos en automóvil con dos personas tan tranqui­las, tan serias, y tan independientes. Me dejaban hacer lo que me daba la gana, y respetaban enormemente mis deseos de estar solo y de trabajar. Simplemente, cuando decidían hacer una excursión me daban la voz, y si a mí me apetecía partir, me recogían, me instalaban en el asiento posterior del automóvil, y me dejaban vivir mi vida sentado ahí atrás, mirando Italia.

Las cosas habían empezado bien, desde que atravesé la fronte­ra, bastante golpeado todavía como consecuencia de la última juerga parisina con Philip, que terminó conmigo subiendo al tren de cualquier modo y espantando a los pasajeros estivales. Dormí varias horas, y al despertarme pésimo empecé a hacer un rápido balance de mi primer año en París. El resultado fue bastante desfavorable, bastante absurdo, y algo dramático. Sentía haber vivido demasiado rápido, haberme desilusionado de demasiadas cosas que en el Perú me parecían sacrosantas, pero sentía sobre todo que había vivido para la galería, desgarrado entre el afán de trabajar muy seriamente y el de complacer a todo el mundo con una vitalidad desbordante y exagerada. A la gente le gusta que haya siempre un loco a su alrededor, y me habían escogido a mí para desempeñar ese papel. Y a mí no me gustaba desilusionar a la gente. Total, el desilusionado era yo. Decidí cambiar, y en el momento de atravesar la frontera pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. Bebí un sorbo, di una pitada, y arrojé botella y cigarrillo por la ventana.

Por supuesto que inmediatamente saltó un civilizado para granputearme por lo bestia que había sido de arrojar objetos por la ventana. Podía incendiar el bosque con el cigarrillo, podía matar a alguien de un botellazo. Le expliqué muy cortésmente a esa persona que estaba en todo de acuerdo con su manera de pensar, pero que ésta era una excepción en mi vida, por tratarse de un ritual de iniciación. Estaba iniciando una nueva vida, sin tabaco y sin alcohol, y me dirigía a Perugia en peregrinación desintoxican­te. El tipo se cambió de compartimento.

Quise comer solo, la primera noche que pasé en Perugia, pero fue imposible porque no bien entré al restaurant me abordó el inefable peruano universal y cosmopolita, que en este caso era una peruana universal y cosmopolita, a punto de abandonar Perugia para siempre. El amor la había llevado a soportar años en esa ciudad, pero ahora todo había terminado porque su Giancarlo resultó ser un cretino y realmente no valía la pena embarcarlo al Perú, presentarlo a la familia, conseguirle trabajo y casarse con él no bien diera pruebas de ser un hombre formal y trabajador. La muchacha me contó la desilusión tan grande que se había llevado con Giancarlo, me contó que hay fracasos que lo hacen madurar a uno, y me contó que ahora ya todo estaba superado, que felizmente había dejado de querer al pobre diablo de Giancarlo y que tenía muy pero muy superado el problema. Le dije que me alegraba enormemente por ella, y le pregunté que cuándo pensaba abandonar Perugia. Pensaba partir al día siguiente. Había venido de Roma tan sólo por unos días, para liquidar todo lo de su departamento, y ahora estaba terminando con su equipaje.

Mañana a estas horas ya estaré lejos de aquí —me dijo—. Lejos, muy lejos, y nunca volveré. Y tampoco creo que recordaré nunca esta ciudad de aburridos provincianos.

Estaba francamente convencida la muchacha, y a juzgar por el buen apetito con que comía, sus problemas amorosos habían quedado definitivamente en el pasado. Hablaba con alegría con­tagiosa, y no tuve que esforzarme mucho para aceptarle una invitación al cine, a pesar de que había decidido pasar mi primera noche solo, en Perugia. En realidad había decidido pasar todas mis noches y mis días solo, en Perugia. Acepté, sin embargo, su invitación al cine, pero a condición de que me aceptara que le invitase a esa comida. Trato hecho. Sonrió, y empezó a comer con más apetito que nunca, mientras yo la interrogaba sobre la vida y los estudios en esa ciudad, y le pedía algunos consejos prácticos. Me estaba explicando todo con precisión de detalles, cuando de pronto noté que alzaba los brazos con cuchillo y tenedor en las manos, que abría inmensos los ojos, y que se disponía a dar un alarido.

¡Giancarlo!

Los cubiertos me cayeron a mí.

Hicieron las paces, mientras yo pedía la cuenta, y se besuquea­ron entre proyectos para el futuro, que sólo interrumpían cuando ella le explicaba, en italiano, que yo no era sino un peruanito sin importancia, que no tenía por qué sentirse celoso de mí, que la perdonara, que nunca me volvería a hablar. Así fue. No sólo no me llevó al cine, sino que además no volvió a llamarme ni a mirarme más. Giancarlo, en cambio, escupía cada vez que yo pasaba por su vera.

Viví tres meses en Perugia. Creo que nunca estudié y trabajé tanto en mi vida. Escribí varios cuentos y avancé mucho en la redacción de una tesis con la que pensaba graduarme algún día, a mi regreso al Perú. Y robé como loco. Me preparé un verdadero ajuar, para recibir a Inés, y a ella también le robé docenas de trajes, blusas, faldas y zapatos. Era como un delirio. Simplemente me resultaba imposible pagar. Robaba y robaba sin tomar precau­ción alguna y hasta llegué a pensar que la gente en esa ciudad se había vuelto loca y que me dejaba robar con toda tranquilidad. Llené maletas de cosas robadas. O estaba robando o estaba trabajando. En todo caso, era feliz, y contaba los días que faltaban para regresar a París a encontrarme con Inés. Ella tenía progra­mado llegar a fines de octubre, y para entonces yo ya sería un hombre nuevo. Lo único que me interesaba era volver a ver a Inés y que ella me encontrara tranquilo, sano y sumamente equilibrado. Aquel verano en Perugia se encargaría de que así fuera.

Al final el balance era muy positivo. Maletas repletas de cosas robadas, varios cuentos terminados y una tesis muy avanzada. Inés iba a estar orgullosa de mí, y yo estaba orgulloso de mi vida en Perugia. Tanto, que hasta me daba miedo irme. Eso lo empecé a notar un día. El verano no tardaba en acabarse, y a mí me entró un extraño temor a irme de ahí. Sentía como si hubiese construi­do un pequeño mundo muy personal, en esa ciudad, y por momentos hasta me parecía absurdo y peligroso tener que aban­donarlo todo. Los amigos que me llevaban de excursión los fines de semana se habían marchado ya, y nuevamente me había encerrado en una soledad y en un mutismo que me permitía vivir para mí y no para los demás. Por primera vez en la vida me pareció que valía la pena encerrarse a trabajar y aislarse de la gente, y abandonar Perugia era en cierto modo abandonar algo que esa ciudad me había ayudado a construir. Pero había quedado con un amigo norteamericano en que vendría a recogerme para ir a Grecia juntos, antes de regresar a París. Lo vi aparecer una tarde. Yo estaba sentado en un café, cuando lo vi acercarse sonriente porque ya me había detectado. Sentí ganas de correr, pero, o ya era demasiado tarde, o no me atreví. No sé. Lo cierto es que abandoné Perugia con la seguridad de que estaba come­tiendo un error. Recuerdo, incluso, que mientras hacía mi equi­paje, encontré una fotografía de Inés. Sentí que para ella sí había cabida en Perugia. Sólo para ella. Y sentí que la vida en cualquier otro lugar, con o sin Inés, podría volver a convertirse en un disparate lleno de dificultades. Pero Ernie soñaba con los días que nos esperaban en Grecia. Eran argumentos de peso. Y yo en ese momento no habría sido capaz de encontrar argumentos de peso, para explicar lo que me estaba ocurriendo. Le pedí al norteamericano que me concediera una hora, porque necesitaba escribir una carta urgente. Aceptó. En realidad estuve horas escribiéndome una carta a mí mismo, contándome mi vida en Perugia. La dirigí a casa de una amiga en París. Allá me esperaba, a mi regreso, llena de incoherencias, llena de absurdas reflexio­nes. Pero hasta hoy, cada vez que la leo, tengo la seguridad de que en Perugia aquella carta me parecería muy lógica y coherente. En aquella Perugia, claro está.

VIAJE AL SUR DE AQUELLA PERUGIA

No hay nada peor que viajar a Grecia con un hombre que sueña con poseer un hotel. Ernie, el muchacho norteamericano que me recogió en Perugia, soñaba con poseer un hotel en alguna isla del Egeo, y de preferencia en Mikonos, porque ahí tenía un amigo con el que años atrás había estudiado hostelería en Nueva York. Venía confiado en su suerte y en su amigo, pero venía confiado sobre todo en el poder de su ambición y en la bohemia falta de ambición que le atribuía a los griegos. Los griegos no saben lo que tienen entre manos, y todo se lo venden a uno por cuatro reales. Ésa era su gran idea. Me la fue confiando mientras nos acercábamos a Brindisi, donde embarcamos el hermoso coche sport inglés que le servía de relaciones públicas, y cruzamos hacia Atenas. A mí el asunto no me sonaba tan descabellado, aunque no dejaba de sorprenderme que un muchacho de veinte años soñara tanto con poseer un hotel en Grecia. Ese sueño me arrui­nó el viaje, y me permitió descubrir a un personaje maquiavéli­co, muy distinto del risueño gringo recepcionista del Georges V, con el que un par de veces había ido al cine, y que me había sugerido encontrarnos en Italia, para compartir los gastos del viaje, ya que los dos deseábamos ir a Grecia. Nada mejor que un viaje para saber con quién no volveremos a viajar más en la vida. También Ernie debió descubrir que Martín Romaña nada tenía que ver con el alegre peruano que a veces lo acompañaba a mirar chicas guapas en París. Pero otra cosa era tomar el viaje a Grecia como él solía mirar a las chicas guapas. Ernie era un aprovechador nato, un gran vivo, y si exceptuamos el incidente con la bronceada Helena, en su recuerdo Martín Romaña debe haber quedado grabado como el más pasivo cretino de la historia. En efecto, poco a poco descubrimos que jamás nos habíamos conoci­do, y que lo que estábamos conociendo el uno del otro no nos gustaba nada. Para él yo debía ser el típico soñador de cuento de hadas, me imagino, pero la verdad es que mi único sueño desde que dejé Perugia fue que ese viaje se terminara algún día. Desgra­ciadamente, me convenía volver con él y tuve que quedarme hasta el fin con Ernie, hasta el regreso a París. Tuve incluso que financiarle gran parte del viaje porque perdió todo su dinero en una excursión amatoria a la playa. Por esos días se nos había agotado hasta el tema de conversación. Fuimos grandes diplomá­ticos, eso sí. Cada vez que no sabíamos qué decirnos, hablábamos del alojamiento gratis que yo siempre tendría en su hotel en Grecia, y cada vez que ya nos habíamos dicho hasta eso, entoná­bamos a coro una melodía griega que se le había pegado a todo el mundo ese verano.

En Atenas me pesaron un poquito los hombros, como cuando entré por primera vez a la Sorbona, pero Ernie apenas si me dejó

trepar un ratito a la Acrópolis, porque lo único realmente importante en Grecia era Mikonos. Allá lo esperaba el mejor amigo que había tenido en su vida, el amigo que iba a venderle el inmejora­ble terreno para su hotel en Grecia. Pensé que por más que hiciera, jamás llegaría a ser el mejor amigo que Ernie había tenido en su vida, y empecé a bajar de la Acrópolis muy convencido de que además el Partenón se veía mucho más bonito en las ilustra­ciones de los libros de historia. Sin embargo, poco después llegué a ser el mejor amigo de Ernie. Sólo durante algunos días, claro.

Todo le salía bien a Ernie. No había muchos carros como el suyo en Atenas, y todo tenía que salirle bien. Dormíamos en el hotel más barato, pero tomábamos el aperitivo en el Hilton, él generalmente con una muchacha que no hacía juego con mi carácter. A todas las aburría a propósito contándoles que mi novia Inés y yo íbamos a vivir algún día en Perugia. ¡Nada de Perugia!, gritaba Ernie, dándome un detestable y eufórico palmazo en la espalda. Para él, la vida empezaba en Mikonos, donde nos esperaba su amigo Alexis, donde nos alojaba gratis Kosta, el cuñado de Alexis dueño de una pensión, donde nos daba de beber gratis Konstantino, el hermano de Alexis dueño de una discoteca, y donde él iba a ser dueño de un hotel en Grecia. Por fin una noche soltó un ¡hurra! porque nos embarcábamos a la mañana siguiente, y yo solté un ¡hurra! porque faltaba exactamente un mes para que Inés llegara a París.

Ernie y Alexis se besaron y se abrazaron en el muelle, mientras yo cargaba las maletas. Después Ernie le lanzó varios besos volados a Mikonos y empezó a ubicar el terreno ideal para su hotel. Los recuerdos de años estudiantiles maravillosos en Nueva York se agotaron en dos minutos y medio, pero los besos y abrazos seguían, y Ernie continuaba poniéndose eufórico. Venía a conquistarlo todo. A mí me pareció que hablaba demasiado para un Maquiavelo, pero poco a poco me fui dando cuenta de que precisamente hablar mucho formaba parte de sus planes. Necesi­taba saber pronto si la familia de Alexis estaba a favor o en contra de sus proyectos, pues tenía ya bastante dinero invertido en discotecas y pensiones en la isla, y pensaba construir también un espléndido hotel. Hablar mucho era la única forma de averiguar qué se escondía detrás de tanta hospitalidad.

Tenía razón. El cuñado Kosta fue el primer rival. Nos alojaba gratis pero nos odiaba. Ernie llegó a la conclusión de que nos alojaba sólo para podernos espiar, y optó por suspender toda conversación sobre sus proyectos mientras estuviéramos en la pensión. Nos quedamos sin tener de qué hablar, pero él aseguraba que había espías hasta debajo de la cama. Una noche bebimos dos tragos en la discoteca de Konstantino, donde solíamos consumir gratis, y nos pasaron una cuenta por cuatro tragos. La esposa de Konstantino no nos saludó en la playa, al día siguiente, y la esposa de Kosta ordenó que no nos limpiaran la habitación, al día subsiguiente. Probamos saludar a los padres de Alexis, que tan acogedores habían sido hasta entonces, pero no lograron recono­cernos más.

Total que sólo faltaba Alexis para que el odio familiar quedara completo, pero Alexis le tenía mucha confianza al espíritu inver­sionista norteamericano, y no se decidía a traicionarnos. Sin embargo, Ernie pensaba que la presión familiar terminaría por convertirlo en enemigo. Era preciso actuar por nuestra cuenta. Le dije que eso de actuar por nuestra cuenta iba a ser un poquito difícil, porque ni él ni yo hablábamos una palabra de griego, pero él sonrió y me dijo que ese problema ya lo tenía prácticamente solucionado. Terminó su frase con una miradita dirigida a la izquierda. Miré a la izquierda. No estaba mal la cuarentona bronceadísima. Cincuentona, más bien, pero no estaba nada mal, y sus miraditas se dirigían constantemente hacia la derecha. Ernie se acomodó el pañuelito de seda que se ponía al cuello, todas las tardes, y me anunció que ya teníamos intérprete.

Fue un romance apasionado. Ernie le besaba la mano, porque decía que Helena era una mujer con mucha clase y con muchas islas en su vida, y Helena desempeñaba perfectamente el papel de aliada, a cambio de mucha esperma porque en septiembre- octubre sopla sobre Mikonos un fuerte viento que enloquece a la gente. De esas cosas ella sabía más que nadie. Ernie la respetaba mucho y se tragaba docenas de huevos crudos antes de cada cita. Un día se amaron tanto en una playa, que no lograron ni siquiera ver a los ladrones. Ernie regresó sin un cobre.

Pero la cosa no era tan grave. Ernie no pensaba que la cosa fuese tan grave. Siempre lo habíamos compartido todo, y ahora lo compartiríamos todo sólo con mi dinero. Alcanzaría, ajustándo­nos un poco los cinturones, alcanzaría. Y algún día, tirados en mi habitación siempre gratis de su hotel en Grecia, nos mataríamos de risa recordando esos pequeños contratiempos. Empecé a ento­nar la melodía griega que se le había pegado a todo el mundo ese verano. Ernie se tarareó la canción íntegra. Me la tarareaba cada vez que me veía. Era su manera de levantarme el ánimo, de decirme que tuviera paciencia, de relatarme los progresos que iba haciendo, de ponerme al día de su romance con Helena, de contarme que ella estaba dispuesta a convencer al propietario de un terreno de inmejorable situación, y de pedirme más plata. Era prácticamente el único contacto que tenía con él, porque ya ni siquiera dormía en la pensión. Sólo venía a pegarse un duchazo, a ponerse el pañuelito de seda de las tardes, y a comerse los huevos crudos. Se los comía tarareando y yo le tarareaba también. Estoy seguro de que a Helena le contaba que yo era el mejor amigo que había tenido en su vida, a pesar de que Alexis aún no le había traicionado. Y estoy seguro de que se lo contaba cada vez que me veían pasar frente a la terraza del restaurant en que cenaban mariscos entre botellas de vino blanco. Yo pasaba comiendo mi segundo y último sándwich del día.

Lo que seguía ignorando era de dónde iba a sacar Ernie el dinero para la compra del terreno. Una tarde decidí no tararear y le hice la pregunta. Ernie se mató de risa. Siempre se mataba de risa y fortísimo. Tanta euforia permanente había empezado a molestarme desde Italia, pero con Ernie no había nada que hacer. Ése era el volumen en que vivía. En París tenía unos cuantos dolarcillos ahorrados, y en Nueva York tenía un abuelo c|ue no tardaba en morirse. Además, en vista de que a Alexis era ya prácticamente imposible sacarle un centavo, Helena estaba dispuesta a adelantarle unos cuantos dolarcillos si el abuelo neoyorquino se atrasaba en sus fechas. Por ese lado no debía preocuparme, todo estaba supercalculado. Le pregunté si quería a Helena, y me gané el palmazo más eufórico y detestable de cuantos me había dado desde que empezamos a conocernos de verdad. Me dijo que querer era una cosa muy complicada, muy seria, demasiado importante. Pero me aseguró que Helena le gustaba mucho.

Empecé a odiarlo, y hasta pensé en largarme de improviso y dejarlo sin un cobre, pero la guerra con la familia de Alexis estaba ya declarada, y mi curiosidad por conocer el desenlace me rete­nía. Lo único que me faltaba era diversión, y a juzgar por mis observaciones en los cafés del pueblo, no quedaba otra Helena en toda la isla. ¿Por qué no joder a Ernie? Alguien lo tenía que joder alguna vez en la vida. Un buen golpe de ese tipo lo ayudaría a ir menos confiado por el mundo. Ernie necesitaba un golpe así. Un futuro magnate hotelero necesitaba de un revés afectivo para aplastar mejor a sus futuros rivales. En el fondo le estaba hacien­do un gran favor. Además, siempre me quedaba la excusa de los vientos de septiembre-octubre que volvían loco a todo el mundo en Mikonos. Yo no tenía por qué ser la excepción.

Una buena dosis de ouzo me convenció de que había llegado el momento, y aparecí en el puerto con un pañuelito de seda en una mano y una bolsa de huevos en la otra. Los amantes estaban en la terraza de siempre. Era la hora en que yo pasaba comiendo mi último sándwich. Me acerqué, coloqué las prendas íntimas de Ernie sobre la mesa, le besé la mano a Helena y la invité a cenar pero sin la permanente y molesta euforia del futuro magnatillo. Helena soltó la carcajada cuando anuncié que además venía arrastrado por los famosos vientos. Ernie ya estaba de pie y ya quería trompearme. Le dije que no lo creía tan tonto como para quedarse sin banquero a causa de una mujer que sólo le gustaba mucho.

Son tus palabras, Ernie —agregué.

Le cayó la bofetada que correspondía a la reputación de la isla en septiembre-octubre. Pobre Ernie, nunca lo vi tan solo, tan abatido. Nunca lo vi con esa cara de no saber qué hacer. Sin duda estaba haciendo cálculos como loco, mientras nos miraba descon­certado, pero por ahora se había quedado solo contra el mundo. Aproveché para darle un palmazo en la espalda y le sugerí vender el auto.

Aquí en la isla no te sirve para nada —le dije.

Seguía mirándome como si no pudiese entender de dónde provenía mi fuerza. Pero lo sabía mejor que yo. Mucho mejor. Simplemente estaba atravesando por ese minuto fatal por el que debió atravesar Henry Ford cuando empezó de la nada. Le dejé algo de dinero sobre la mesa para que se alimentara esa noche, y me fui explicándole a Helena que no se lo había entregado en la mano porque era demasiado valiente y a lo mejor no lo aceptaba. Al restaurant llegué muy bien acompañado y sintiendo que había pasado a la historia. Helena me observaba como se observa a la revelación del campeonato. Había vivido en todas las islas del Mediterráneo, y sin embargo...

Yo vengo de un país con islas guaneras —le dije.

Terminé comiendo huevos duros y creyendo en el asunto de los vientos. Lo malo es que me estaba divirtiendo demasiado y que los negocios de Ernie no avanzaban. Habíamos hecho las paces, y nuevamente Helena estaba dispuesta a ayudarlo porque el despecho era cosa de novatos. Detestaba a la familia de Alexis, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por impedir que le ganaran el terreno a Ernie. Decidí que cenáramos los tres juntos una noche, y Helena apareció con el dueño del terreno en el bolsillo y con un cheque y un recibito que Ernie debía firmar, eso sí, para que todo quedara comme il faut. Quedaban por firmar un montón de papeles y no estaba de más que se discutieran un poco algunos pormenores esa misma noche. Se discutió con champán, y Ernie volvió a ser Ernie y yo volví a ser yo. También Helena volvió a ser Helena, porque nos dejó a los dos con la cuenta y se fue bronceadísima con su compatriota. Al despedirse nos miró como si fuéramos dos niños infectos que, sin embargo, le inspira­ban mucha ternura. Como si nos quedaran muchísimas islas por recorrer.

¿Dónde crees tú que pasan el invierno estas mujeres? —le pregunté a Ernie.

Me miró tan desconcertado que comprendí que era el tipo de problema que jamás se planteaba. Ahora nos tocaba regresar a París, pero él ya tenía un terreno para su hotel en Grecia. No pararía hasta construirlo. Con eso contaba Helena. Ernie volvería antes de lo que él mismo se imaginaba. Tarareamos hasta Zagreb, hasta Belgrado, Trieste, Venecia. Hasta París y los besos de Inés.

LA FUTURA INÉS DE ROMAÑA

Inés tenía una habitación reservada en una residencia estu­diantil del Boulevard Saint-Michel, pero había decidido pasar unos días en el departamento de nuestra amiga Rosario, mientras se iba ambientando a la nueva ciudad. Ahí me esperaba, a mi regreso de Italia y de Grecia, en el carro sport de Ernie. Llegamos casi a medianoche y con varios días de atraso. Ella nunca olvidó eso. Nunca olvidó que yo hubiese podido llegar tarde a nuestro soñado encuentro en París. Traté de explicarle que era culpa de Ernie y de su famoso hotel, pero para ella siguió siendo culpa mía siempre. Hasta hoy debe ser culpa mía. En ese departamento me esperaba también la carta que me había escrito a mí mismo desde Perugia. La leí en brazos de Inés, que se debatía entre la felicidad de volverme a ver, y esos perdones suyos con los que me perdo­naba todo el tiempo. En fin, qué le quedaba con un tipo como yo más que andarlo perdonando todo el tiempo.

Esa noche Inés no lograba comprenderme. Le iba leyendo la carta, le iba hablando de Perugia, pero ella simplemente no lograba comprenderme. Yo quería partir con ella, lo más pronto posible, regresar en el acto a la ciudad de mi carta, quería explicarle algo que ni yo mismo entendía. En Perugia sobrevivi­ríamos. En París, no. Mira, le decía, mira lo que es Perugia. Y continuaba leyéndole cosas totalmente incoherentes, escenas de robos extraordinarios, inacabables diálogos en los que los tres, cuatro, y hasta siete interlocutores eran yo, hablando solo, ha­blando y hablando tantas veces de ella y de mí en Perugia, cuando regresáramos tras haberla rescatado anticipadamente del fracaso que nos esperaba en París. No había un solo argumento lógico en toda la carta. No había nada que dejara claramente explícita la razón para una vida entera en esa ciudad. Inés no lograba entender que yo sentía nuestro afecto amenazado y que pensaba que sólo Perugia lo trataría con gran cuidado, con muchísima ternura.

Esa noche me perdonó también el estar loco, tan loco como en Lima, eternamente inquieto, viéndolo todo siempre antes de que ocurriera, anunciando que pronto se iba a derrumbar un edificio que todavía no se había empezado a construir. Me sentí muy solo, pero al mismo tiempo sabía que Inés era la única compañera que la ciudad de Lima le había otorgado a ese solita­rio. Intenté mi último recurso. Salir al carro de Ernie, que dormía despatarrado en un rincón del departamento, a buscar las maletas para enseñarle a Inés todo lo que traía de Perugia para los dos, aparte de tres meses en esa ciudad sin beber ni fumar. Afuera estaba el carro, pero con la capota cortada. Ernie había dejado sus cosas en la maletera, y a mí me había tocado dejarlas en el interior. Alzaron en masa todo lo mío. Me robaron esos deliciosos robos, mis manuscritos, me robaron Perugia. Corrí a avisarle a Ernie que le habían cortado la capota de su carro, corrí en busca de mi carta, corrí en busca de una comisaría, cosa que resultó tan inútil como si hubiese decidido buscar al ladrón sin ayuda de nadie. Leí mil veces mi carta en la antesala del comisario. Mil veces en los días en que me volvió a citar. Mientras tanto, Inés había escrito su primera carta al Perú. En ella contaba que me había encontrado excesivamente descuidado, excitado y flaco. En fin, todo lo contrario de lo que le traía preparado de Perugia. Y su primera compra en París fue un par de tirantes porque los mismos pantalones que tan bien lucía en Lima, según ella, ahora
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