Editorial anagrama



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La Navidad siguió acercándose y yo seguí alejándome de todo aquello, a medida que iba comprendiendo hasta qué punto había odiado esa maldita juerga comercial y triste. Ni los regalos logra­ban sacarme del silencio cabizbajo en que solía sumirme no bien aparecía el primer arbolito decorado en la ciudad. Bueno, algunos regalos sí. Pero tenían que ser muy buenos para que yo sonriera y agradeciera como una persona normal. Como ven, en el fondo soy una persona normal.

Pero el tipo del primer hotel en que me alojé no pensaba lo mismo. Era un hotelito de la calle Dupuytren, en pleno Barrio Latino, y lo administraba un avaro con cara de alcohólico, cuya esposa era cojita, joven, y hasta bonita, y vivía con un ojo permanentemente negro. No sé por qué le pegaban tanto a la pobre. Yo lo único que la vi hacer siempre fue pasar la aspiradora y matar unas cucarachitas que se paseaban por todas partes. En fin, su esposo debía pensar distinto a mí. Me odiaba el tipo. Odiaba a toda la humanidad, pero yo creo que sobre todo me odiaba a mí. Tardé poco en comprender que el origen del problema era la ducha, pero seguí duchándome de todas maneras. Cada mañana bajaba, le pagaba un franco, y él me entregaba maldiciendo la llave de la ducha. A mí desde chico me habían acostumbrado al baño diario y no era el momento de empezar a oler como el administrador. Un día casi se lo digo, pero apareció la cojita con la aspiradora y con el ojo negro tan negro, que no me atreví. Olían pésimo los dos. Pagué mi franco, y obtuve llave y gruñido. No estaba dispuesto a darle gusto hasta en eso. Ya con lo de la máquina de afeitar era suficiente. Cuando la enchufaba se apagaba la luz, y cuando encendía la luz no había electricidad en el enchufe. Si seguía acostumbrándome a todos estos sistemas no me iban a aceptar en la Sorbona, por sucio. Total, el tipo cada día me odiaba más, sin que yo lograra hacerle más daño que el de andar tan limpio como había llegado.

Una mañana estalló. Yo estaba cerrando la puerta de mi habitación, y su esposa estaba terminando con las cucarachitas, para empezar con la aspiradora, cuando lo oímos subir como una fiera. Venía insultándome a mí, pero dispuesto a matarla a ella. No sé qué diablos habíamos estado haciendo juntos en la ducha. Casi le grito que no fuera imbécil, que su esposa no se duchaba ni cuando hacía el amor, pero todo era demasiado absurdo y además ella ya había bajado a darle al encuentro y a inmolarse ante un puñetazo. La noqueó a gritos, lo cual le dio ánimos para dar un paso más con el puño en alto.

¡Alto ahí! —le grité, agarrando la aspiradora—. ¡Conmigo no juega usted! ¡Un paso más y le cae en la cabeza!

Dio medio paso, yo sabía que no iba a dar más que medio paso, pero no podía perderme una oportunidad así. Le acerté en el pecho y le grité que además traía pistola. Pero tanta alharaca fue innecesaria, porque el tipo había cambiado totalmente de actitud. Lo único que le importaba ahora era la aspiradora. Ni el golpe que le di, ni las caricias que le hacía su esposa, nada le importaba. La aspiradora los había reconciliado. La acariciaban como a un pollito enfermo, le hablaban, la mimaban. Me miraron como a un monstruo y empezaron a bajar las escaleras unidos para siempre por algo demasiado profundo para mí. Nada de esto estaba previsto en Racine, Merceditas, me dije, pero no era el momento para entrar en considerandos. Tenía que correr a matri­cularme.

Algo me pesaba sobre los hombros cuando entré por primera vez a la Sorbona. Allí Merceditas había sustentado un doctorado que pasó a la historia de mi familia. Allí Merceditas había conocido a aquel único amor de su vida, del que tanto hablaba mi abuelita. Allí Merceditas lo había visto partir a la guerra. Allí lo había esperado preparando su doctorado. El muchacho francés no regresó nunca del frente, Merceditas sustentó su tesis, allí, y regresó al Perú para darle a mil jóvenes como yo el cariño por la vida y la cultura que no pudo compartir con ese joven cuyo nombre nadie supo nunca en mi familia. Aseguraban, eso sí, que había sido de una gran familia, e incluso, en las historias de mi abuelita, con el tiempo el muchacho iba perteneciendo cada vez a una familia mejor. Estuve contándole todo eso en voz muy baja a unas estatuas cultísimas, y empecé a ser el muchacho que se fue a la guerra y a imaginar a Merceditas caminando por ahí de dieciocho años. Le declaré todo el amor que no me había atrevi­do nunca a declararle en Lima.

Sigue leyendo —me dijo—, ya no tarda en llegar el siguiente alumno. —Con todo eso adentro, más un peso tipo lápida sobre los hombros, decidí hundirme en la Sorbona, dejarme aplastar por la Sorbona, como quien se dispone a repetir una historia inmor­tal. No era iglesia, pero me sentía como quien se santigua. Y avancé. Y avancé más. Y hubiera continuado avanzando el resto de mi vida, pero ahí nadie comprendió lo que yo sentía y, en todo caso, había que hacer cola primero.

Me atendió un mellizo del administrador del hotel, cosa que tampoco estaba prevista en Racine, Merceditas, y me dijo que sin el carnet de residente no tenía derecho a matricularme en ningu­na parte, todo mientras comía un sándwich, aunque debo recono­cer que sí tuvo la amabilidad de asegurarme que tampoco en la Prefectura de Policía me darían carnet de residente alguno mien­tras no estuviera matriculado en alguna parte.

Mirá che —me dijo un argentino providencial—. Lo mejor es que te hagás pescar por la policía, sin documentos. Luego te pasás dos o tres días en la comisaría hasta que llamen a tu embajada. Entonces de tu embajada consultan con la policía de tu país. Y si tu gobierno sí te quiere, la embajada interviene y te ayudan un montón con el carnet. De lo contrario, che, armás un lío de la madona hasta que se entere De Gaulle. Ya verás como al final él te lo arregla todo. El viejo es un tipo excelente para esas co­sas, che.

No pude creerle. Aún estaba a tiempo para correr a la Prefec­tura. Corrí, hice cola, y el argentino tenía razón. No me quedaba más remedio que llamar a mi padre por teléfono. Casi lo mato del susto, pero al final comprendió que sí era yo, que su hijo no se había matado ni nada. Siempre pensaba lo peor, cuando se trataba de mí. En fin, mi padre llamó al embajador del Perú, el embaja­dor me llamó al hotel, y en la Prefectura me trataron como a hijo de presidente africano, cuando me vieron llegar con tan impor­tante personaje. Estuve a punto de ir a depositarle una ofrenda al soldado desconocido cuando me enteré de que había peruanos que llevaban quince años sin papeles, y sin matrícula, claro.

Bueno, ya era sorbonable. Pero era, también, una asquerosa víctima de alguna extraña enfermedad tropical. Me lo anunciaron al llegar una mañana al hotel, donde me esperaba esta vez el dueño, escoltado por el administrador y su esposa cojita y bonita. Creí que iban a acusarme de haber matado a la aspiradora, pero el delito eran mis duchas diarias. Nadie se ducha todos los días si no lleva contraída una grave enfermedad tropical. Confieso que me quedé lelo, que por más que buscaba no encontraba argumento alguno. Pero, qué más prueba en contra que mi nacionalidad. Peruano. De un país caliente. Les dije que ahí el único caliente era yo, pero por lo brutos e ignorantes que eran, y hasta traté de explicarles que la costa del Perú, de tropical, cero: La corriente de Humboldt, señores, enfría sus costas, cambia su vegetación. No hubo nada que hacer. O me bañaba sólo una vez a la semana, hasta que se me quitara la enfermedad tropical, o me largaba en ese mismo instante. Aullé que me largaba en ese mismo instante, y los tres se agacharon como si tuviera la aspiradora en las manos.

Alquilé un pequeño departamento, con su cocinita y su baño, y se me instaló media colonia estudiantil peruana de un hotel sin baños que quedaba en la esquina. Tuve que mandar hacer como mil llaves, porque los muchachos eran de izquierda, y no hay nada más reaccionario en el mundo que un baño propio y no compartido. Y limpio, también, me imagino, porque los mucha­chos del hotel sin baños venían, ensuciaban, y se iban. Yo limpiaba, ordenaba, y zas, llegaba otro. Pero debo reconocer que para mí significó mucho el que tanta gente se bañara en mi casa. Me hablaban de guerrilleros, me hablaban de Fidel Castro, y me hablaban de mi padre anteponiendo siempre la expresión hijo de puta. Durante un tiempo traté de defenderme alegando haber estudiado en San Marcos, la universidad del pueblo, el pulmón del Perú, pero los muchachos eran tercos y fue difícil transar con ellos. O yo era un reaccionario de mierda, o mi padre era un hijo de puta porque yo tenía un departamento con baño. Opté por lo segundo porque así se vivía más tranquilo.

Todas las mañanas iba a clases a la Sorbona y aplaudía al profesor. Aplaudía fuerte, más fuerte que los demás alumnos, aplaudía por Merceditas y aplaudía por mí. Uno tras otro los profesores abandonaban los anfiteatros aplaudidamente, vestidos de azul marino, y después entraba un viejito que limpiaba la pizarra para que entrara otro señor azul. Debían ser unos sabios esos profesores, porque los anfiteatros estaban siempre repletos, a pesar del calor tropical, repletos hasta el punto de que si uno no llegaba una hora antes de la clase, tenía que quedarse parado toda la hora, y apoyando papel y lápiz sobre la espalda del de adelante, si quería tomar notas. Y ahí todo el mundo quería tomar notas. O sea que unos sentados, sacando manteca, y otros parados, con un lápiz medio incrustado en la espalda, tomábamos y tomábamos notas mientras los profesores hablaban y hablaban y yo no enten­día nada, pero, en fin, poco a poco. En todo caso el asunto era tomar bien las notas porque a fin de año el que mejor las memorizaba y las pasaba a la hoja de examen obtenía la mejor nota. Era un mundo circular y perfecto, en el que los profesores recibían lo mismo que daban, y daban lo mismo que pensaban recibir. A mí lo único que me jodia un poco era la calefacción tan fuerte. Los lápices incrustados en la espalda se los ofrecía a Dios, y además con el tiempo fui tomando confianza y hasta aprendí a vengarme discretamente con la espalda de adelante. Nunca le hablé a nadie, y nunca me habló nadie, tampoco. Miré como loco, eso sí, porque había chicas muy bonitas, sobre todo temprano por la mañana. Ya después, con el correr de las horas, el sudor empezaba a ensuciarlo todo y yo miraba cada vez menos y sudaba cada vez más.

Salir era exponerse a una pulmonía, pero había que salir para exponerse a la comida del restaurant universitario. La mitad la llenaban los franceses, que comían callados y resignados. La otra mitad la llenaban los extranjeros, que comían siempre con la esperanza de que mañana tocara pollo, y metían demasiada bulla. Eran miles de grupos, todos de izquierda, me imaginaba enton­ces, pero probablemente de muy distintas tendencias porque nunca se hablaban entre sí. Predominaban los árabes, que enamo­raban a medio mundo, y después venían los latinoamericanos, que se conformaban con lo que dejaban los árabes. Eramos los únicos comunicativos, en todo caso. Yo llegaba siempre a eso de la una, cogía mi bandeja, y dejaba que las Erinias lanzaran la comida en los diferentes compartimentos que la formaban. Cuan­do me caía postre sobre los fideos, me largaba a comer a otra parte. Los peruanos me envidiaban esos lujos y no entendían por qué les llamaba las Erinias a esas gordas que arrojaban comida en nuestras bandejas. Porque les debe remorder la conciencia darnos esto para comer, les expliqué, y las Erinias son las diosas del remordimiento. Pero, becados o no becados, ahí todo el mundo comía caliente y a su hora. No había que quejarse.

EFECTOS HENRY MILLER

Y hasta yo empecé a comer postre con fideos, con el tiempo. Uno se acostumbra a todo, en realidad, y la vida de becario no era tan cruel en esos tiempos. Además, la unión hace la fuerza, y los peruanos andábamos junto para arriba y para abajo. Eso me jodia un poco, es cierto, pero tuve la suerte de conocer a tres norteame­ricanos, que hice pasar por ingleses, para evitar que me llamasen reaccionario otra vez, y a un abogado inglés que andaba siempre entre Londres y París por su trabajo, al que hice pasar por estudiante de Derecho para evitar que me llamaran reaccionario otra vez. No era nada fácil ser consecuente con sus ideas en aquellos tiempos, y a menudo había discusiones fuertes y hasta pleitos mortales, pero todo el mundo se volvía a encontrar y hacía las paces el día que pagaban la beca. Era el mejor día del mes. Temblábamos de dicha ante una ventanilla en la que habían puesto un letrerito que decía: NO ALOCARSE, POR FAVOR.

La vida de becario tenía sus ventajas, pero yo no sabía aprove­charlas y terminaba siempre obteniendo el efecto contrario. Los amigos me aconsejaban, me decían que viviera con más sereni­dad, que ya no estaba en el Perú, pero a mí siempre me ha costado trabajo no seguir siendo el mismo. Un día, por ejemplo, nos avisaron a algunos becarios que por un franco teníamos derecho a una noche en el Crazy Horse. Acudieron todos, como moscas, pero sólo los que llegamos a tiempo logramos que nos dieran el pase. Ya no era época de turismo, y el asunto consistía en llenar los huecos del cabaret, sentaditos con corbata en una mesa, y con una copa de ginger-ale para que los clientes pensaran que era champán. Si, por casualidad, llegaban más clientes de a verdad y solicitaban nuestra mesa, un mozo nos traía elegante­mente un papelito que parecía la cuenta, y a casita todo el mundo. Ése era el trato. Terminé sentado en una mesa con un español, con Francisco Zárate y con un colombiano apodado Huevoduro.

Y ahí arrancó el lío, porque a mí de pronto se me paró diferente que en el Perú, y se me paró además mucho antes de que arrancara el show de las famosas calatitas del Crazy Horse. En realidad, se me paró en pleno número de prestidigitación, aunque tampoco el mago tenía nada que ver con el asunto. Más bien parecía ser cosa de Henry Miller, cuyos libros había estado devorando en esos días, a escondidas de la Sorbona y de Mercedi­tas, como quien lleva una doble vida, como un esquizofrénico, aunque nunca se me ocurrió que esas lecturas estuviesen influen­ciándome tanto y que pudiesen surtir efecto tan inesperadamente. Necesitaba una mujer, necesitaba una mujer para contarle muchas cosas y para estrenar algo con ella. Decidí que la muchacha que estaba en la mesa de al lado con sus padres era lo que yo necesitaba, y empecé a actuar con un desparpajo cuyo centro motor me estaba funcionando indudablemente en el pene. La muchacha sonrió como si también hubiese leído a Miller, y sus padres aceptaron su sonrisa como si yo fuera un turista ricachón divirtiéndose en París como ellos. A mí qué me importaba, yo estaba dispuesto a prometer matrimonio, yo estaba dispuesto a inmolar mi crisis liberadora ante un altar, si era necesario. Porque eso es lo que parecían andar buscando sus padres, daban la impresión de estar paseando a la chica por Europa a ver si conseguía un buen novio. Me dispuse a ser ese buen novio, al menos por una noche, cuando de pronto apareció un mozo explicándonos bajito que habían llegado clientes de verdad para nuestra mesa, y entregándonos el papelito que parecía la cuenta.

Yo no me muevo de aquí —les dije a mis tres compañeros de mesa, sin entrar en más explicaciones. Y pedí una botella de champán.

No seas bruto —me dijo Huevoduro—. Se te va a ir media beca.

Me queda la otra mitad para otra botella —le dije, explicán­dole al mozo que a sus clientes podía sentarlos en otra mesa, porque yo acababa de convertirme en cliente de verdad.

Cuando pedí la segunda botella, el español me acusó de dármelas de señorito, pero yo estaba demasiado ocupado con la muchacha de al lado, y continuaba sexualizándome íntegro. Por fin, decidí acercarme a su mesa, saludé a sus padres, les expliqué lo mejor que pude lo que me estaba ocurriendo, y los espanté. La muchacha bajó los ojos, yo le acaricié una pierna por debajo de la mesa, y su papá gritó que era el embajador de Honduras, qué me había creído yo. Pusieron el grito en el cielo, llamaron a medio mundo, y yo sólo atiné a acariciarle otra vez la pierna a la muchacha, mientras dos tipos me alzaban en peso y me pedían que los acompañara hasta la puerta. Salí prácticamente en hom­bros y protegiéndome el pene al máximo. Mis compañeros de mesa pagaron la cuenta, y después, afuera, me exigieron reembol­so. Me quedó algo para un taxi, o sea que volé a mi departamen­to, me prendí del teléfono, y estuve llamando a todas las mujeres que conocía en París. No eran muchas, la verdad, y ninguna intentó siquiera comprenderme, con el pretexto de que eran las cuatro de la mañana. Decidí entonces llamar a Inés a Lima, pero seguro que le iba a pegar el gran susto, iba a pensar que me había matado, sabe Dios qué iba a pensar. Inés siempre pensaba lo peor, cuando se trataba de mí.

La Navidad siguió acercándoseme, aunque la verdad es que gracias a ella me llegó por fin el tan esperado cheque de mi padre. El viejo tardaba pero cumplía. Siempre me decía que era el último cheque, de ahora en adelante tendrás que arreglártelas con tu beca, Martín, como todo el mundo, y me hacía recordar la tarde en que anuncié mi decisión de partir a Europa.

De acuerdo —me dijo—, haz lo que te dé la gana. Pero que conste que no pienso ayudarte con un centavo.

Nunca estuve tan seguro de que me ayudaría siempre. Hasta me envió una tarjeta de recomendación para uno de los directores de la Société Générale.

Corrí a visitarlo, en la primera oportunidad, y sin contarle nada a ninguno de los muchachos del hotel sin baños. Simple­mente me puse una corbata y fui y pregunté por el amigo del pueblo ese. Entregué la tarjetita, y me senté a esperar que saliera la versión francesa de mi padre, mientras comprobaba que en los Bancos de París no había porteros negros como en Lima. Una lástima, habría dicho mi abuelita, con lo negros y altos que son, con lo bien que les queda el uniforme. El blanco que no quedaba tan bien como un negro volvió con la tarjetita y me dijo que por favor lo siguiera. Me incorporé, me cagué en el recuerdo de los muchachos del hotel sin baños, y empecé a cruzar reaccionaria­mente salón alfombrado tras salón alfombrado, hasta que llegué a la oficina de mi padre. Casi lo abrazo, pero los franceses son más bien parcos en estas situaciones, y opté por un fuerte apretón de manos. El tipo me dijo que estaba a mi disposición, y yo le sonreí. Me dijo que ahí estaba él, para lo que yo necesitase, y yo le sonreí. Me preguntó en qué podía servirme, y yo le sonreí. Me invitó a comer a su casa, y yo le sonreí. Por fin él también se sonrió, y yo le estiré la mano sonriente y quedamos para el día siguiente en su casa de Saint-Germain en Laye, a las ocho en punto de la noche.

Fue una deliciosa comida que transcurrió entre sonrisas, pero las comidas con invitados eran más divertidas en mi casa. Siem­pre había un perro que se tiraba un pedo, o algo, mientras mi padre anunciaba que habían visto al Che Guevara merodeando por todas las sucursales del Banco. El día en que le pregunté si merodeaba por todas las sucursales al mismo tiempo, gritó que sólo faltaba un comunista en la familia y se armó la de Troya. Siempre nos olvidábamos de los invitados, al final, y volvíamos a ser la misma familia de siempre, cada cual peor que el otro, según mi padre.

Llegaron, por fin, las vacaciones de Navidad, y decidí irme a Escocia a visitar a los Aldana, para luego regresar a Londres, donde mi amigo abogado me había propuesto reunimos con otros amigos y pasar el Año Nuevo juntos. Antes de partir tomé la precaución de cambiar la cerradura de mi departamento, para evitar que los muchachos del hotel sin baños lo utilizaran de anexo y organizaran en mi ausencia una orgía para recolectar fondos pro verdadera reforma agraria en el Perú, o algo por el estilo. Definitivamente, vivía desgarrado entre Henry Miller, Merceditas, la Sorbona, TIERRA O MUERTE, y mis relaciones con importantes abogados ingleses. Y, sin saberlo, tenía además de­lante de mí una larga sesión de desencanto.

UNA LARGA SESIÓN DE DESENCANTO

Es cierto, tengo por ahí un apellido de origen escocés, y en Edimburgo anduve indagando en busca de posibles parientes, o por lo menos de gente que llevara ese mismo apellido. Eso es cierto. Pero es falsa e infame la versión que de ese viaje hicieron correr los muchachos del hotel sin baños, según la cual tuve una abuela escocesa que se las daba de alteza real, y que mantuvo a medio Lima de rodillas con una foto en la que se le veía sentada delante del castillo familiar, y enseñándole buenos modales a la hora del té a la mismísima reina de Inglaterra. Todo eso lo han inventado ellos, para poder inventar lo que sigue: la foto también es falsa, y mi abuela se la mandó fabricar a un fotógrafo llamado Virgilio Nepeña, especialista en montajes extravagantes, que lue­go publica en la revista «Caretas», bajo el título de Increíble pero incierto. Según ellos, esa foto nunca fue publicada, claro, para evitar que pareciera sólo una broma, y en cambio mi abuela se la guardó, y con el tiempo y el beneplácito de mi abuelo, fue engatusando a media Lima (la otra mitad vive en barriadas, y a mi abuela nunca le ha preocupado socialmente, agregan), hijos y nietos incluidos, hasta que se murió.

Total que no bien mi madre se enteró de que partía a Edimburgo, obligó a mi padre a enviarme otro cheque navideño, destinado a la compra de ropa muy fina, al alquiler de un automóvil en Edimburgo, y a cualquier otra operación que pudie­se redundar en beneficio de la alta y distinguida reputación familiar en el nuevo y en el viejo mundo. Afirman también los muchachos del hotel sin baños, y claro, en ello se basaron para romperme las lunas del departamento, que partí a Edimburgo en primera y en avión, y que viajaba con la intención de alojarme en el castillo familiar, en el cual, según propia confesión, iba a alojarse también el príncipe de Edimburgo, porque últimamente andaba fallando mucho la calefacción del castillo de Edimburgo, y la reina de Inglaterra prefiere las instalaciones del castillo de mi familia. Todo esto me lo anduvieron atribuyendo ellos por calles y plazas, aprovechándose mientras tanto para entrar a bañarse por las ventanas y para dejarme el departamento inmundo y lleno de inscripciones tipo TIERRA O MUERTE en las paredes.

Al final, dicen, terminé llorando desconsoladamente en bra­zos de mi amigo Edgardo Aldana, quien me mandó a seguir llorando en brazos de su esposa, para poder seguir cagándose de risa, tras haber comprobado que no sólo el panadero, el lechero y el carnicero llevaban el ilustre apellido de mi abuela, que no sólo en toda Escocia nadie había oído hablar jamás de semejante castillo, sino que además ese apellido llena media lista de teléfo­nos, y que su traducción exacta al castellano es Pérez.
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