Editorial anagrama



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Yo ya estaba navegando con Inés. Había empezado a navegar desde que Ayala y Ayala me contó que mi abuelo lo había acogido con la misma amabilidad con la que él deseaba acogerme ahora. Estaba ya prácticamente en alta mar y él continuaba con su historia, sentado frente a mi abuelo, uno de esos caballeros que ya no existen, un hombre inolvidable, señor Romaña. Navegando con Inés escuché cómo mi abuelo le había preguntado si era hijo de fulano, nieto de mengano; navegando me enteré de que, por ser hijo de fulano y nieto de mengano, don Carlos Ayala y Ayala no necesitaba presentar garantía alguna para obtener el préstamo, el nombre bastaba, recibiría el dinero y podría continuar sus estudios y ayudar a su madre viuda. Con el tiempo pagaría. Tras contarme que había pagado hasta el último centavo, con el tiempo, y que gracias a mi abuelo estaba donde estaba, don Carlos Ayala y Ayala se bañó por fin en sudor y me negó el préstamo.

Inés estuvo tranquilizándome horas y horas, y jurándome que navegar no era tan importante para ella, mientras yo daba gritos de rabia e impotencia y empezaba a preguntarme por qué a cada rato me tocaba vivir situaciones tan exageradas.

Infancia, adolescencia, Facultad de Derecho: mi vida ha sido como esta dificultad para navegar, mi vida ha sido esta dificultad para navegar, diré basándome en las peripecias de aire, mar y tierra con las que podría llenar mil páginas como ésta, en un loco marcelprousteo, sin asma, felizmente, que empieza de nuevo navegando, esta vez en el mar que me llevó a Francia, y que ojalá llegue a su fin en París conmigo sentadito en mi comodísimo sillón Voltaire, porque a los propietarios del departamento en cualquier momento se les ocurre pedírmelo, en vista de que no soy dueño de mi sentada, en esta vida, por el asunto aquel de la compraventa. Comprar me produce pánico con sudor frío en el cuello, no bien me acerco a la tienda, más una horrible pesadilla esa misma noche. Y venderme es algo que está completamente fuera de mi alcance. Yo quisiera irme de París en mi sillón Voltaire. Yo quisiera que me entierren en mi sillón Voltaire. Me he ido apegando a él, casi soy él, prácticamente me he ido pegando a él, porque sólo cuando estamos juntos lo veo todo claro. Todo, penas, alegrías, sueños, lo que he sido y lo que no he sido. Todo. Todo lo que empezó el día en que, navegando nuevamente, y ya saben cómo navego yo, abandoné las dificulta­des limeñas para insertarme de cabeza en las de aquel sueño parisino sin dificultades limeñas...

Y DICE ASÍ

¿ Visa or no visa? —preguntó el capitán.

No visa, señor.

I am sorry.

Y se bajó con todita la marinería, el muy valiente puta, tras haber respetado el asunto ese de que el capitán es el último en abandonar la nave, pero dejándome a mí abandonado en cubierta. Inmediatamente tomé conciencia de un hecho: éste era el primer barco que naufragaba en el Canal de Panamá; por consiguiente, yo, Martín Romaña, era el primer náufrago en la historia del istmo y del tajo histórico-imperialista. Me embargó una pena infinita, al imaginar que no sobreviviría para contar la historia en mi café limeño, y la pena poco a poco se me fue transformando en lágrimas al ver mi rostro reflejado en el espejo de mi soledad y comprobar que no tenía nada, pero lo que se dice nada, de legendario. De cojudo más bien sí, pues desde que el capitán me dijo I am sorry, porque era el único no U.S.A. a bordo, porque no tenía visa, y porque ambos lados del canal eran zona sumamente imperialista, sentí la misma derrotada angustia que me acompaña cada vez que tengo que hacer cola en un ministerio, por ejemplo, y que se manifiesta físicamente por una máscara de impotencia e imbecilidad que oculta por largas horas mi verdadero rostro, dejando postergada hasta mucho más tarde mi enorme capacidad de observación y crítica. La que mis amigos me atribuyen, en todo caso.

La peor de todas las veces fue sin duda aquella del Estadio

Nacional. Gran match de fútbol, clásico de clásicos: Universitario de Deportes versus Alianza Lima. Llegué a sacar mi entrada y me confundí un poco entre tanta cola tan larga y sabe Dios para qué tribuna. Yo lo único que hice fue tratar de averiguar y pre­gunté.

Por favor, ¿para qué es esta cola?

Pa' sacar entrada.

El amigo que me acompañaba no hizo nada por defenderme de tanto humor negro, ya que fue un negro el que me soltó tan socarrona respuesta. Por el contrario, se vendió al enemigo, y hubo aplausos, baile, y saltos ornamentales, en torno a la impre­sionante cara de imbécil con la que yo continuaba mirando al picaro anónimo y respondón que de pronto fue vedette en el aburrimiento de las colas, una cara de la que había desaparecido toda posibilidad de discernimiento, humor, y respuesta agilísimo-criolla. La verdad es que sólo atiné a tocarme los bolsillos, para ver si me habían robado también los documentos. Ahí estaban, felizmente.

Diferente fue en Colón, lugar donde el náufrago del Canal-sin-que-nadie-le-diera-importancia-al-asunto, logró desembarcar de una nave ladeada, por tratarse ya de territorio panameño de Panamá. Vinieron a buscar el barco dos remolcadores, pero el capitán no volvió a aparecer durante la operación. Tal vez por eso no ha terminado de hundirse, pensé, recordando lo que había sido el viaje hasta el Canal, una sola borrachera del capitán y la oficialidad, una tanda de energúmenos que no me había dirigido la palabra durante la travesía, sólo al final, sólo para preguntarme si tenía visa, y sin tomarse siquiera la molestia de explicarme que mi vida no corría peligro, que de una buena ladeada no pasaría el asunto.

Mientras remolcaban el barco, me dediqué a preparar mis maletas, a ordenar mis papeles, a guardar mi dinero en el bolsillo más seguro del saco, y a imaginarme haciendo cola en el Consula­do peruano de Colón, para llamar por teléfono a Lima y decirle a mi padre: Mira lo que me ha pasado... No oigo nada... ¿Me oyes?... ¡Te digo que mires lo que me ha pasado! Pero el conteni­do de la llamada fue alterado en gran parte debido a la aparición, casi esperada, de un negro anónimo que de pronto fue vedette en el atolondramiento caliente de las calles por las que no encontra­ba el maldito Consulado. La cara del negro, y la que sin lugar a dudas le puse, al entablar el brevísimo diálogo, eran, lo que se dice, noche y día, exactamente lo contrario. Y el negro no sólo no me vendió los siete relojes que me estuvo ofreciendo mientras se me acercaba demasiado, sino que además, previo golpe rotundo y certero, me robó reloj, dinero, y pasaporte. Horas más tarde, ante el Consulado peruano en Colón, prácticamente confesé que lo único que había tratado de hacer desde que salí del Perú, era llegar a Francia con un pasaje gratis en un barco de carga de la Marcona Mining, compañía que operaba en el sur del país, para seguir cursos de perfeccionamiento en literatura francesa clásica y contemporánea, en la Sorbona.

Una semana más tarde había recuperado todo lo perdido, menos el reloj y la calma. Bueno, recuperado no es la palabra. El Consulado me había otorgado un nuevo pasaporte, y mi padre me había enviado dinero para continuar viaje a París, vía Nueva York, y en avión ahora, para asegurarse de que llegara a destino de una vez por todas.

El cambio de avión en Nueva York complicó nuevamente las cosas, y se las complicó también, sin duda, a Ángel Saldívar, un colombiano encantador que conocí en el aeropuerto, mientras hacíamos los dos nuestros papeleos ante el mostrador de Air France. Saldívar estaba regresando a Bogotá, al cabo de varios años en París, lo cual dio lugar a la larga charla acompañada de mil consejos que yo escuchaba atentamente, mientras continuába­mos con los papeleos, y se estaba produciendo sin duda alguna la confusión de documentos y equipajes, confusión de la que sólo me di cuenta cuando mi avión aterrizó, por fin, en París. Putamadreé como loco, en vista de que ahí en castellano no me entendía nadie, pero no tuve más remedio que aceptar el rigor de la legislación francesa y comprender que un peruano llamado Mar­tín Romaña no puede entrar en territorio francés con un pasapor­te colombiano expedido a nombre y fotografía de Ángel Saldívar, y hasta con su equipaje, según pude comprobar, al comprobar que el mío tenía que habérselo llevado Ángel a Bogotá, Dos días después estaba nuevamente en Lima, en la oficina principal de la Marcona Mining, preguntando cuándo salía el próximo barco a Europa, y reclamando derechos adquiridos en el Canal de Pa­namá.

MI PRIMER CONTACTO EN FRANCIA

Y aunque los muchachos que entonces vivían en el hotel sin baños, muy de acuerdo con su temperamento e ideas, hayan hecho circular la infame versión según la cual llegué a Francia en primera y en avión y acompañado por mis padres, desgarrados ante la perspectiva de tener que dejar a la niña de sus ojos en una residencia estudiantil, con mucho cura para cuidarme, y aunque aseguren haber visto una fotografía en la que estoy parado en lo alto de la escalinata del avión, cogido de la mano izquierda por mi papá, de la derecha por mi mamá, y llevando puesta una chompita blanca con la inscripción MUY FRÁGIL estampada en el pecho, yo desembarqué en Dunquerque. Así les consta a mis amigos Susana y Edgardo Aldana, y Francisco Zárate, que viaja­ron conmigo esta segunda vez. El barco pertenecía nuevamente a la Marcona Mining Company, y transportaba mineral y estudian­tes peruanos, gratis estos últimos, a diferentes partes del globo.

El capitán era norteamericano, de San Francisco, la oficiali­dad alemana, el radiooperador filipino, la tripulación china, míster Hagen era noruego, los dos jóvenes oficiales que resultaron medio comunistas y se amotinaron justo antes de Dunquerque, también eran alemanes, pero no se hablaban con los otros alema­nes, y la bandera era de Liberia.

La Marcona Minig tuvo esta vez la gentileza de obsequiarme un pasaje de ida y vuelta, cosa que no era muy frecuente, pero que puede fácilmente atribuirse a los reclamos que hice ante sus oficinas, tras los acontecimientos que me ladearon en el Canal. Usé la ida, pero después me quedé tal cantidad de años en Francia, que hoy el billete de vuelta al Perú me parece billete de ida, en mis noches de insomnio, aunque es totalmente falsa e infame la historia que anda haciendo circular por todas partes la actual generación de muchachos del hotel sin baños, según la cual he llegado al extremo de festejar la toma de la Bastilla el 28 de julio, día de la independencia del Perú, y viceversa. Yo nunca he gritado ¡Viva el Perú, carajo! un 14 de julio, ni se me ha ocurrido jamás compadecer a María Antonieta por haber encanecido un 28 de julio. Ya les llegará su hora a los eternos muchachos del hotel sin baños.

Por ahora, me interesa más señalar que el problema ha consistido únicamente en un fuerte insomnio, pero un insomnio que se manifiesta también de día y cuando no tengo la menor intención de dormir. Yo me entiendo. Al principio, creí que la solución podría estar en la vía amorosa y en los viajes al norte: luego, en una recatafila de viajes al sur, y ahora lo estoy solucio­nando mediante un enfrentamiento de amplio espectro, pluralis­ta, libertario, saludable y como siempre de reconstrucción y modernización, con la resaca de todo lo vivido desde que me embarqué por primera y por segunda vez en el puerto de San Juan, al sur de Lima. Algunos años más tarde, el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (cito) transformó la Mar­cona Mining Company en Hierro Perú, y le construyó un edificio nuevo. Así como ésta, han pasado muchas cosas en el Perú, durante mi ausencia. Y mi pasaje de vuelta ya no vale. El pasaje de vuelta, que en las horas de insomnio me parece pasaje de ida, ya no vale.

Aquí tengo todavía la verdadera foto de mi desembarco. En Dunquerque. No me salva ni lo borrosa que está. No me salva nada. Y pensar que Francisco Zárate la tomó y por ahí debe tener guardado el negativo. Me tiene en sus manos. ¡Qué cara, Dios mío! Bueno, la que tenía esa tarde, me imagino. Estoy con las manos en los bolsillos, parado en la cubierta del Alien D. Christensen, pujando de optimismo, y obviamente posando para la inmortalidad, para el álbum de familia, y para mi novia Inés que se me había quedado en Lima. Agréguesele a todo esto un toque de Cristóbal Colón gritando: ¡Tierra, tierra, yo la vi primero!, mientras un estibador me grita: ¡Ya pues oiga, quítese de en medio que no deja pasar!

Pero, señor, estoy desembarcando en la dulce Francia. Voy rumbo a la Ciudad Luz.

¡Anda a que te den por el culo, hombre!

No me salva nada. Si los muchachos del hotel sin baños ven esta foto se olvidan de la del aeropuerto, se olvidan de la chompita, se olvidan de todo. Pero yo nunca olvidaré lo que sucedió instantes después. No hay foto de eso, felizmente. Al­guien gritó ¡cuidado!, cuando ya era demasiado tarde para gritar cuidado, y yo miré hacia el pesado ploff que estaba sonando en el agua. A mi cara anterior se le borró ipso facto el pujante optimis­mo, y se le agravó todo lo demás.

¡Merceditas! —aullé.

God bless his boots —exclamó Merceditas, que era la persona más culta que conocí, al aparecer el cartero con mi primera carta de Francia. En ella le contaba lo que había sido ese pesado ploff en aguas de Dunquerque. O sea que poco a poco se le fue quitando el entusiasmo. Fue atroz. Cinco años de estudios con Merceditas se fueron hundiendo ante mis ojos. Un mes estuvo Merceditas tocando sólo cosas tristes en su viola d'amore. Lo que le conté en mi carta fue realmente atroz. Todos nuestros libros, Merceditas. Los clásicos griegos, los clásicos latinos. Dante, Pirandello, y Manzoni. Íntegros Moliere, Corneille, y Racine. Mis traducciones de Cicerón, Merceditas. Shakespeare and Company, Merceditas. El pobre Virgilio, siempre tan desterrado de Roma. Pascal y su abismo. Dickens, Mark Twain, y Sherwood Anderson. Nada menos que Victor Hugo y Alfred de Vigny, Merceditas. Hasta mi André Chénier. Y Michelet y Sainte-Beuve. La docu­mentación sobre Port-Royal, Merceditas. Y debo confesarte que también Hemingway. Ya sé que a ti siempre te pareció bastante violento, pero yo no puedo seguirte ocultando que también a él le debo en gran parte este viaje a París.

En fin, no recuerdo más, pero había mucho más en el baúl. Lo que no había, eso sí, eran escritores latinoamericanos, porque ésos eran unos costumbristas bastante vulgares, a pesar de que Vallejo se había muerto ya en París con aguacero. A Merceditas no le gustaban, y yo sólo me traje a Francia lo que habíamos leído juntos, y a Hemingway. Lo metí todo en el baúl más apropiado. El único en que podía caber tanto libro. Nadie lo podía cargar cuando terminé de llenarlo. Había que andar empujándolo todo el tiempo. Ya me había vuelto loco cuando mi primer paso por el Canal, el paso de la ladeada. Entonces me habían prometido enviármelo en el próximo barco, puesto que era inútil tratar de alzar con él en avión. En el próximo barco pasé yo, nuevamente, para sorpresa del mundo entero, y lo recogí. Pesaba horrores, el condenado, y no sabía por dónde agarrarlo porque era muy alto y cuadrado y tenía un asa que yo siempre encontré un poco frágil, arriba, en medio de la tapa. De ahí lo enganchó la grúa del barco, en Dunquerque, segundos antes del fatídico ploff. Fue atroz. Se hundió con toda mi biblioteca adentro. Se hundió con muchas cosas más adentro. A los Aldana y a Francisco Zárate no se les hundió nada. Desembarcaron tranquilitos. Susana y Edgardo iban a Escocia, y a Francisco lo estaban esperando para llevárselo a París. Yo me quedé contemplando tristemente las aguas que se habían tragado mis cinco años de estudios con Merceditas.

Meses después, por carta de mi madre, me enteré de lo que había pasado. «Martín —me preguntaba—, ¿tú te llevaste la gran sombrerera que usaba tu abuelita en sus viajes en barco a Europa? El otro día estuvimos poniendo orden en el cuarto de las maletas, y había desaparecido. Claro que ya nadie viaja en barco ni con tantos sombreros, pero cuídala mucho de todos modos porque esas cosas son siempre un recuerdo y además ya no existen.» Le contesté que sí, que la cuidaría mucho, y que en efecto ya no existen esas cosas. Lo que no le dije es que se la habían comido los pescados de Dunquerque.

Me quedé con la maleta de mi ropa, y empecé a caminar por Dunquerque con un billete de cien dólares, que son como diez billetes de cien dólares al cambio actual. Cinco, porque ahora todo cuesta más caro, y cinco porque ahora me gusta vivir mejor. Necesitaba cambiarlo por francos, pero los bancos ya habían cerrado. Decidí probar suerte en un café. Fue mi primer contacto en Francia. Simpático el tipo del café, efectivo, nada de estarte contando su vida ni metiéndose en la tuya. Gestos breves, direc­tos, como quien va de frente al grano. Nada de estar perdiendo el tiempo como en el Perú. Estamos jodidos los latinoamericanos. Con razón que el mundo entero nos considera unos vagos. Me cambió la plata, y listo, merci monsieur. Al día siguiente, en París, Zárate cambió un billete de cien dólares en un Banco y le dieron exactamente el doble que a mí. De ahí nos fuimos a abrir la boca un rato más ante el esplendor de Notre-Dame en el otoño de

París. Definitivamente la cultura francesa es universal. Notre-Dame estaba exacta que en Lima, aunque tal vez sí allá en Lima irradiaba un poquito más.

MI ÚLTIMO CONTACTO EN LIMA Y MI CONTACTO N.° 2 EN FRANCIA

Un día nevó por primera vez en mi vida, y la Navidad empezó a acercarse. Nunca la había pasado lejos de casa. Me entró una alegría infinita. Siempre he odiado la Navidad, y sobre todo la Navidad en casa. Allá mi familia. Que se las arreglara con el hermano ausente en la cena pascual. Aunque seguro que también ellos estaban felices con mi ausencia. Con excepción de mi padre, todos debían estar felices con mi ausencia. Uno menos que abrazar, debían estarse diciendo los condenados, porque ahí el único que se tomaba las cosas navideñas navideñamente era mi padre. Me dio pena recordarlo. Era lo más bueno que hay. Trabajó siempre hasta hacernos tomarle horror al trabajo. Era una mina de oro. Tenía que serlo, porque había procreado a la más importante colección de psicoanalizables de los últimos tiempos en Lima. Con el tiempo llegué a tomarle cariño, aunque la verdad es que me costó mucho trabajo. No tenía por qué haberme educado más rígidamente que a mis hermanos. Claro, yo era el menor, y en vista de que ya había perdido todas las esperanzas en los demás, decidió que yo fuese la esperanza de la familia, y me daba menos propinas y menos bicicletas y menos automóviles que a los otros. Y nunca me habló porque a un hijo nunca se le habla, sólo se le mira con mucha autoridad. Pobre viejo. Así, a punta de mirarme tanto, se fue convenciendo poco a poco de que yo era el peor de todos. Hasta empezó a comprarme billetes de lotería a ver si me aseguraba el porvenir. Ese gesto me conmovió tanto, en un hombre tan autori­tario, que no tuve más remedio que echarme toda una carrera de abogado encima. El día que me gradué ya hacía tiempo que nos queríamos muchísimo. Y fue muy duro decirle después que ahí quedaba el diploma porque yo me iba a Europa.

Estaba muy viejo y enfermo y me arruinó la partida. Yo no quería despedirme sino de Inés, porque ella se iba a venir al año siguiente a París, y porque quería decirle una vez más que la esperaba, que ya vería cómo el tiempo iba a pasar volando. Así y todo fue muy duro desprenderse de la boca de Inés y soportar la tristeza de sus ojos. Ésos son los momentos en que hay muchos que se joden y no se van a París. También, claro, los momentos en que muchos insisten en que sí se van a París y se joden también. Mi caso no es ni el primero ni el segundo. Yo soy la tercera vía. Decía que el viejo me arruinó la partida. A Inés, en cambio, la dejé como se deja a una muchacha limeña, católica, de la Universidad Católica, sencilla, muy bien educada en colegio de monjas, en su casa, y en todas partes. La dejé pésimo. Lucho, Yumi y el Gordo me esperaban en la esquina para consolarme. Me conocían. Me llevaron al Superba, donde comí mi último tacu-tacu y bebí cerveza hasta que empezó a salírseme por las orejas. A mi padre lo imaginaba durmiendo hace horas, pero aun así les pedí que se demoraran un poco más y que me llevaran a dar una última vuelta por Lima la horrible. La vi linda y me puse a llorar por Inés. A las cuatro de la mañana regresé a casa.

Mi equipaje estaba ya en los bajos, o sea que me quedé calladito ahí, sintiéndose pésimo, y escuchando roncar a los perros por última vez. Ni de ellos quería despedirme. A las cinco de la mañana debía pasar a recogerme el negro Santa Cruz, en una furgoneta del Banco que llevaba una fortuna para la sucursal de Marcona. Mi padre había dispuesto las cosas así. Total, prime­ro partía rumbo al puerto en una furgoneta cargada de dinero, y después en un barco de carga, rumbo a Francia. Tú siempre serás una carga para alguien, solía decirme mi padre, y no parecía faltarle razón. Últimamente me estaban fletando gratis a todas partes.

Cinco menos veinte: Mientras pego mi última meada en casa recuerdo eso de que ningún peruano mea solo. Cinco menos cuarto: en punta de pies voy hasta la cocina a prepararme un café. Cinco menos diez: estoy tomando un café, en punta de pies, y se despierta uno de los perros tristísimo. Le digo que no vaya a despertar al otro. Cinco menos cinco: llega la furgoneta del Banco con el negro Santa Cruz al volante y un detective al lado. Cinco menos cuatro: me acerco rápidamente a la puerta principal en busca de mi equipaje, con la seguridad de que lo he logrado, de que en los altos todo el mundo duerme. Cinco menos tres: me doy con mi padre tratando de cargar la sombrerera-biblioteca y prácticamente viniéndose abajo, si no es porque Santa Cruz y el detective acuden en su auxilio. Cinco menos dos: intento partir la carrera despacito en dirección a la furgoneta. Cinco menos uno y medio: quedamos enchufados mi padre y yo en un beso que me lo arruina todo hasta las cinco en punto, porque ésos son los horarios del Banco y hay que respetarlos. La furgoneta debe partir. Cinco y cuarto: más sabe el diablo por viejo que por diablo. Tres de la tarde: puerto de San Juan, en Marcona. Libre, Martín Romaña. Cuatro de la tarde del día en que nevó por primera vez en mi vida, en París: confieso que todavía no sé de dónde salió mi padre aquella madrugada.
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