Editorial anagrama



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Alfredo Bryce Echenique

La vida exagerada de Martín Romaña

EDITORIAL ANAGRAMA

barcelona

Diseño de la colección:

Julio Vivas

Ilustración: «Sin título (Paisaje con desnudo reclinado y castillo)», finales de la

década de los 50. © The Joseph and Robert Cornell Memorial Foundation,

VEGAP, Barcelona, 2001

Primera edición en «Narrativas hispánicas»: septiembre 1995

Primera edición en «Compactos»: noviembre 2001

Segunda edición en «Compactos»: noviembre 2004
© Alfredo Bryce Echenique, 1981, 1995

© EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2001

Pedró de la Creu, 58

08034 Barcelona
ISBN: 84-339-6698-7

Depósito Legal: B. 48159-2004
Printed in Spain
Liberduplex, S.L., Constitució, 19, 08014 Barcelon

a

A Sylvie Lafaye de Micheaux, porque es cierto que uno escribe para que lo quieran más.


Love is the general name of the quality of attachment and it is capable of infinite degradation and it is the source of our greatest errors.

Iris Murdoch,

The Sovereignty of Good

Si acaso me contradigo en este confuso error aquel que tuviere amor entenderá lo que digo.
Sor Juana Inés de la Cruz,

Amoroso tormento

Punto de partida del cuaderno de navegación en un sillón Voltaire

Con todo mi camino, a verme solo.
CÉSAR VALLEJ

O

Mi nombre es Martín Romaña y ésta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia del cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire.

En efecto, el día siete de junio de 1978, entré en crisis, como suele decirse por ahí, aunque positiva, en mi caso, pues logré por fin salir de la melancolía blue blue blue como solía llamarla Octavia, que fue primero Octavia de Cádiz a secas, porque durante largo tiempo la conocí sólo en estado o calidad de aparición, sí, lo cual me impedía, como es lógico, bañarla en ternura con miles de apodos que prácticamente no vendrán al caso en el cuaderno azul, pero que en cambio justificarán plena­mente la adquisición del cuaderno rojo. Plenamente, Octavia.

Cabe advertir, también, que el parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no será a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo, con modestia aparte, mucha ilusión y justicia distributiva, un esforzado ejercicio de interpretación, entendimiento y cariño multidireccional, del tipo a ver qué ha pasado aquí.

En realidad, de quien hablaré mucho, a pesar de que las apariciones milagrosas de Octavia de Cádiz pueden por momentos inquietar (a mí, desde luego, me inquietaron muchísimo), es de Inés, que fue primero todo lo contrario de Inés a secas, porque nada ni nadie en el mundo me impedía bañarla en ternura con miles de apodos, aunque durante largo tiempo viví con ella en estado o calidad de inminente desaparición, sí. Por lo demás, altero, cambio, mantengo, los nombres de los personajes. Y también los suprimo del todo. Creo que me entiendo, pero puedo agregar que hay un afán inicial de atenerse a las leyes que convienen a la ficción, y pido confianza.

Volviendo ahora a la crisis positiva en que entré, es preciso decir que, de no haber llegado las tres cartas ese mismo 7 de junio de 1978, tal vez hubiese continuado en mi espantosa melancolía, sin Octavia alguna para decir blue blue blue, como quien me explica, a ver si de algo me sirve, y sabe Dios por cuánto tiempo más melancolía y sólo melancolía. Como el tren, el cartero silbó tres veces aquel día, por ser las tres cartas certificadas y urgentes, y tres veces también, el suspiro fue enorme, dije God bless his boots, pensando en mi profesora particular de idiomas y autores trascen­dentales, allá en el Perú, hace siglos, pero ella había muerto sin que nos volviéramos a ver jamás, tras haberse pasado años enviándome direcciones útiles para mi vida en París, en preciosas cartas, y sin que yo me hubiese atrevido a decirle nunca, al responderle, nada de eso existe ya, Merceditas, por haber sido probablemente Merceditas la mujer más fina que conocí en mi vida, y porque para qué, pobrecita, si allá en Lima, cuando recibía mis cartas, ella siempre le bendecía las boots al cartero, sin imaginar un solo instante que los chimpunes del cholo más que bendición de Dios seguro necesitaban un buen remiendo. Merce­ditas tocaba, además, la viola d'amore, y a mí me contaron que murió sin mayores sufrimientos, sin duda alguna para evitarme un sufrimiento aún mayor en París.

Estas tres cartas certificadas y urgentes significaron el final de la melancolía en que me había dejado instalado mi último viaje inútil por el sur de Francia, y después fue el sur inútil de la India, porque ya conocía el norte, y después el sur de Marrue­cos, Túnez y Argelia. Países estos cuyo norte también ya cono­cía. No regreso más, suspiré melancólico, al entrar a mi departa­mento parisino, al cual tampoco debí haber llegado nunca. Ni siquiera la primera vez. Y mientras me dejaba caer en el sillón Voltaire, el melancólico eco de mi estado de ánimo se me arrimó en coro: no regreso nunca más. Qué horror. Qué pena. Ojalá alguien me llamara por teléfono. Pero... En el fondo... Para qué, si... No... Voy... A... Responder. Es prueba de respe­to... Por sí mismo... El estarse muriendo de ganas de que lo llamen a uno por teléfono y darse el gustazo de no responder, es prueba de respeto por sí mismo...

Seguía dejándome caer en el sillón Voltaire. Y mientras, pensaba: Me ha gustado mucho esta última frase sobre el teléfono, suena perfecto a máxima contemporánea, debería anotarla en el cuaderno azul. El cuaderno azul, cuyas páginas continuaban ínte­gramente en blanco, había sido obsequio de una muchacha con la que inicié un largo viaje al norte de Europa y en pleno invierno. Nunca pasamos de Bruselas, a tres horas de París.

Te lo regalo para que lo llenes de mí —dijo ella, al entregár­melo. Aunque luego, como quien reflexiona, añadió—: En fin, de mí o de lo que quieras.

La máxima contemporánea habría sido una buena oportuni­dad para inaugurarlo, pero cómo, si continuaba dejándome caer en el sillón Voltaire y me resultaba totalmente imposible en esas circunstancias ir en busca del cuaderno azul. Lo dejé, pues, yacer, como tantas otras veces, sobre mi mesa de trabajo, en la lejanísi­ma habitación de al lado. Pensé que no olvidaría aquella reflexión telefónica, que mañana o cualquier otro día la anotaría, pero luego recordé que siempre me olvidaba de todo y tuve la seguri­dad de que esta vez ocurriría exactamente lo mismo. La idea de una nueva pérdida, y la imagen del cuaderno, virgen, yacente, y blue, Octavia, no me apenaron en absoluto. Por el contrario, sol­té un sonoro y derrumbado ¡qué demonios!, y continué cuesta abajo.

Llevaba meses viviendo en este estado, con el cuaderno azul en la habitación de al lado, el sillón Voltaire en mi vida, y mi vida en el sillón Voltaire. Llevaba ya casi un año hundiéndome en él, dejándome literalmente naufragar blue blue blue, y las únicas frases que me importaban eran aquellas que anunciaban categóri­camente que no volvería jamás al sur de ninguna parte. E incluso que no volvería a ninguna parte y punto. Y el asunto empezaba a extenderse además a la lejanísima habitación de al lado. Más la cocina, que era donde estaba la comida. Al principio, otras horas borraron las del primer día, y otras las de los primeros días y las siguientes semanas, y así continuaron pasando los meses hasta el 7 de junio en que el cartero me silbó tres veces las cartas porque eran certificadas y urgentes.

Fui tentado igual número de veces por la idea de no abrirle, pero luego recordé vagamente que ese respeto por sí mismo se refería más bien al teléfono, e incorporándome desde el fondo de algo, bendije botas, y avancé como pude entre los recuerdos enmarañados de Merceditas.

Eran tres invitaciones, tres. Laura me invitaba a pasar el verano en Niza. Sur de Francia, me dije. Mario me invitaba a Sicilia. Sur de Italia, me dije. Andrés me invitaba a navegar, partiendo de Torremolinos. Sur de España, me dije, y decidí volverme loco un rato, procedimiento este que había logrado perfeccionar tanto, con los años, que ya ni siquiera necesitaba moverme del sillón para volverme loco un rato. Sí. Y en esta oportunidad el mago Charamama era la solución.

Me atendió de inmediato, y con la misma solicitud de siem­pre. El mago Charamama nunca me había fallado, una tras otra me había anunciado hace siglos, allá en el Perú, todas y cada una de las calamidades que con el tiempo y mis viajes me fueron abatiendo por diversos países y ciudades, aunque claro, yo nunca quise hacerle caso, yo nunca quise tomar en serio la extendida reputación de aquel hombre que, en el longevo ejercicio de su magia, lo había adivinado todo, todo menos que su hija iba a salirle puta. Eternamente entristecido por tan garrafal falla, ha­blóme Charamama, repitióme en realidad lo mismo de siempre: No andar yéndose siempre, Martín Romaña, no andar pensando tampoco que se trata de norte y sur, Martín Romaña, no andar enmelancolizándose uno todo el tiempo porque nuevamente se está de regreso de tanto, Martín Romaña, no permanecer tampo­co, Martín Romaña, es decir, sobre todo no permanecer sin escribir, la cosa está en escribir y en escribirlo, Martín Romaña, y en ser duro cuando lo exige la ocasión... Por ejemplo, ¿que le va a responder usted al Andrés ese de Torremolinos? Tenga usted este cuaderno, no es azul pero anote usted, ya después lo pasa en limpio cuando escriba de a verdad, vamos, anote, quiero ver qué le va a responder usted, nada de sí, nada de muchas gracias ni de huidas cuando usted hace años que sabe lo que desea, Martín Romaña, no escaparse, Martín Romaña, nada de eso porque terminará usted yaciendo como su cuaderno azul, entender, en cambio, interpretar, en cambio, enfrentarse, en cambio, escribir, en cambio... Vamos, anote: Para Andrés de Torremolinos. Vamos…
Cuanto más lejos te quede Torremolinos, mejor.

(Pentadius, s. IV a. de J.C.)
El camino de Ítaca no pasa por Torremolinos.

(Según Konstantino Kavafis)
Si vas a Torremolinos, pregunta por la Dolores.

¿Pero ésa no vivía en Calatayud?

¡Di que te lo dije yo, mierda!

(Según el cristal con que se mire)
Hay que ver cómo sonríe el mago Charamama, olvidando un instante el dolor de una hija garrafal, al leer lo que acabo de dejar anotado. Arranca la hoja, me la entrega, me da un último consejo: El cuaderno azul, su cuaderno, inmediatamente, Martín Romaña.

Sí, Charamama —le digo, desgarrando tres cartas en un sillón.

Nos conmovemos. Charamama y yo nos conmovemos más todavía. Ya suenan los violines y las trompetas del mariachi, ya se escucha aquella canción, el cuaderno azul es la propia Merceditas quien me lo alcanza, tras haberlo inaugurado: No te hice conocer a todos esos autores para que te perdieras en la vida, Martín Romaña. Charamama bendice la unión de una partida y de un regreso, se escuchan más fuerte los violines y las trompetas, el cuaderno azul es la propia Merceditas quien me lo ha alcanzado, ya inaugurado, canta Pedro Vargas: y volver, volver, vooolveeeeer, como nunca la emoción nos embarga, hasta el sillón Voltaire: como si se sintiera mejor...

Ésta es toda esa historia en un cuaderno azul que algún día necesitará de otro más, uno rojo.

NAVEGANTE MA NON TROPPO

No he nacido para navegante. Qué va. Pero he tenido que navegar. A quién no le ocurre alguna vez tener que navegar sin ser navegante. Y yo cuando navegué descubrí que el asun­to se parecía enormemente a mi vida: navegué con enorme difi­cultad.

Las cosas siempre se anunciaron la mar de fáciles, pero siempre se complicaron a último momento. Tanto que la primera vez ni siquiera llegué a navegar. Quedé herido en tierra mientras esperaba que la embarcación se acercara a la orilla. Éste es un recuerdo de infancia, aunque linda en el trauma infantil, más bien. Estaba con mi padre, que era bueno e importante, aunque creo que para explicar bien mi historia debo decir que estaba con mi padre, que era bueno pero importante. Estaba también el señor Montero que era buenísimo y no tan importante como mi padre. Quiero decir que en el Banco mi padre tenía más jerarquía, siendo el señor Montero mucho mayor, siendo además bastante más alto que mi padre. Un hombronazo, en realidad, porque mi padre era un hombre bastante alto. ¿Qué pasó? Habían ido a traer el bote a motor con el que nos íbamos de picnic a las islas guaneras, y mientras tanto, las hijas del señor Montero, que también eran mayores y más altas que yo, pero que actuaban como si fueran menores y más bajas que yo por el asunto de las jerarquías paternas en el Banco, decidieron arrojar piedras al mar, en competencia, a ver quién ganaba. Al final, la competencia no se definía, por lo de las jerarquías en el Banco, creo, ya que el señor Montero hasta gigante no paraba pero su piedra siempre caía justito detrás de la de mi padre. Total que una de las chicas Montero, que definitivamente no entendía lo complicada que es la vida, se picó porque su papá no ganaba por nada de este mundo. La señora Montero intervino, para pensar que lo mejor era ponerle punto final a la competencia, y mi papá, que era tan bueno como importante, le dio un tiro libre, un tiro fuera de concurso a don Remigio Montero.

Don Remigio avanzó hasta el borde mismo del agua y todos nos colocamos detrás de él para ver cómo llegaba hasta las islas guaneras, si era necesario, para calmar a su hijita. Yo me puse justito detrás de don Remigio, y cuando éste mandó feroz brazote y manota hacia atrás, para lo del gran impulso, con un pedrón impresionante en la mano, el impulso se estrelló en mi frente, me desmayó, me partió la ceja, y le calmó el llanto a la chica Montero. Hubo navegación y picnic, de todos modos, pero yo no fui de la partida.

No volví a ver a la chica Montero hasta mi temprana adoles­cencia, hasta mi primera fiesta con muchachas, para ser exacto. Siempre antes de sacar a bailar a una muchacha he soñado una vida entera con ella. Adonde la chica Montero, por ejemplo, me acerqué con voz francamente temblorosa. Me respondió que no bailaba con mocosos, cerrando así el ciclo de ese recuerdo de infancia que linda en el trauma infantil, más bien.

Mi adolescencia siguió viento en popa. Nat King Cole, en inglés y en español, acompañó día tras día la ansiedad con que viví mi primer amor. Teresa había aceptado lo de una vida temblorosa y entera con ella, desde nuestro primer baile, pero resulta que ahora a mí el asunto no me parecía suficiente y cada día me interesaba más lo de morir de alguna forma espantosa por ella. Hubo momentos en los que definitivamente me negaba a seguir en vida debido al excedente de amor, y me resultaba bastante insoportable el que Teresa fuera una muchacha tan alegre y tan llena de vida.

Me dejó en la época en que Elvis Presley estaba de moda, y nada menos que un día espantoso de navegación. El organizador fue un australiano, Stewart Murray, que tenía un impresionante yate anclado en el Club Náutico del Callao. Era un gringo mayor, buen amigo, y que gustaba mezclarse con los amigos de su hija. Julia. La hija se llamaba Julia. Vinieron también a navegar esa mañana tres parejas más de amigos. Éramos nueve en total, y Stewart era el que se encargaba de las velas y de todo lo demás. Decían que era medio loco el gringo, pero conmigo se portó muy bien. Es cierto que era el único que entendía de navegación ahí, el único que sabía cuándo el mar se ponía peligroso de verdad, pero en todo caso, de haber sido tan loco como los amigos afirmaban, a lo mejor me deja botado y termino ahogándome en una época en la que francamente Teresa ya había cambiado mucho. Nuestro amor naufragaba, yo no tenía por qué ahogarme en forma tan espantosa precisamente entonces.

Lanzamos el ancla en alta mar y, con el pretexto del almuerzo, empezamos a beber más ginebra de la que era conveniente. Una de las muchachas se puso morada entre las copas y la intranquili­dad cada vez mayor del mar. Yo, en cambio, me puse valientísimo y decidí que había llegado el momento de lanzarse al agua. Stewart no lo aconsejaba, Teresa no lo aconsejaba, y yo en el fondo de mí mismo tampoco lo aconsejaba. En realidad, ahí nadie aconsejaba semejante locura, pero yo me lancé.

Qué distinto era estar ahí abajo. Pero mi carácter extrañamen­te ha optado siempre por la sonrisa en estos casos, y creo que de ahí viene el hecho de que la gente piensa que soy un ser encantador en sociedad. En realidad, lo que pasa es que detesto molestar. El yate se elevaba sobre gigantescas crestas de agua y yo me hundía en oceánicos abismos, pero siempre con una sonrisa lista en los labios, para mi próxima aparición. Aparecía y desapa­recía. Aparecía nadando serenamente de regreso al yate, e incluso nadando a veces con una mano porque con la otra les estaba haciendo ese tipo de adiós del que ya llega dentro de un ratito. Desaparecía con lágrimas en los ojos, pero siempre de carácter uniforme para con los demás, siempre preparando la sonrisita para la próxima aparición. Y por más que me decía, ya grita pues huevón, nada. Mi carácter se negaba a asustarlos y a causarles problemas a la hora del almuerzo en el yate. No grité ni siquiera cuando comprobé, definitivamente, que cuanto más trataba de acercarme al yate, más se alejaba el yate; ni siquiera cuando comprendí que tras nuestra conversación previa, nada haría que Teresa perdiera su entusiasmo por Juanacho Gutiérrez, tampoco cuando los imaginé bailando con un disco de Elvis; no grité ni siquiera cuando todos en el yate empezaron a gritar. E incluso, desde abajo, y medio verde, estuve dándoles instrucciones de serenidad mientras se me acercaban y Stewart lanzaba boyas y sogas. Y después, de regreso al Callao, serví ginebras y endurecí todo el carácter que se me iba a ablandar en los años siguientes, no bien Teresa estuvo a punto de tener piedad de mí.

Una vez casi fui navegante. Es cierto que en pequeña escala, pero navegante. Y sin embargo, como siempre hasta ahora, o tal vez debería decir, como desde la primera vez para siempre, nuevamente las cosas se complicaron a último momento. Claro, aprendí mucho, aprendí muchísimo sobre la vida, pero habría preferido mil veces ignorar ciertas cosas y llevar a cabo mis buenos deseos de navegar con Inés.

La que sigue es la historia de un resentimiento, o mejor dicho la historia de lo rarísima que puede ser la vida cuando a uno le toca caer en manos de un resentido. Inés, la flamante muchacha con la que soñaba vivir una vida entera, amaba a Dios sobre todas las cosas, y de todas las cosas que Dios había puesto en este mundo, el mar era lo que más la acercaba a la felicidad. Podía estar tres horas seguidas en el agua, sin temor ni a las olas ni al calambre. Un paseo en barco era para Inés un placer tan sensual, tan genial, que ese día amanecía realmente trastornada, distinta, con una belleza agudizada, en la que sus senos endurecidos y su sonrisa permanente, como detenida en eterno primer instante, mucho tenían que ver con la fuerza con que de pronto se ponía a oler a mujer.

Decidí endeudarme por amor, comprando una pequeña em­barcación a velas, a motor y a todo lo que fuera necesario: me moría por Inés y me era imprescindible mantenerla trastornada en el litoral de Lima. Era inútil pedir dinero prestado en el Banco en que trabajaba mi padre. Su terror al nepotismo, a que se le imaginara nepotista, era tan grande, que por nada en este mundo le habría soltado un centavo a uno de sus hijos. Total que terminé en otro Banco, explicándole al gerente, al inolvidable don Carlos Ayala y Ayala, quién era, de qué se trataba, y por quién venía recomendado. A ese señor lo delataban sus gemelos. Demasiado oro para tratarse de unos gemelos de oro. Lo demás lo habla aprendido bastante bien, sin duda, aunque ya desde el comienzo la sonrisita nerviosa con que me recibió delataba algo parecido a lo de los gemelos. Ayala y Ayala se conmovió con la historia del joven estudiante de Derecho que no veía las horas de navegar endeudado con su novia por el litoral de Lima. Y la amabilidad de que hacía gala iba en aumento a medida que me contaba que, también él, a mi misma edad, y siendo estudiante de Derecho como yo, había necesitado de un préstamo. Claro, su situación entonces era otra, su padre acababa de fallecer, él era el único hijo mayor de edad, el sostén de su madre y hermanas. En fin, o se le ayudaba económicamente o tendría que abandonar su carrera y ponerse a trabajar. Acudió donde mi abuelo, que también era banquero.
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