Economía y medio ambiente lectura 18 docente: Rosa Ferrín Schettini Página II semestre: marzo-julio de 2004



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CONOMÍA Y MEDIO AMBIENTE Lectura 18


DOCENTE: Rosa Ferrín Schettini Página

II Semestre: marzo-julio de 2004






  1. LA FALACIA DE LA CONCRECIÓN INJUSTIFICADA EN LA ECON0MÍA Y OTRAS DISCIPLINAS1

EN LA universidad moderna, el Conocimiento está organizado en disciplinas académicas. Hay normas claras que señalan lo que deben ser tales disciplinas. Estas normas establecen criterios que dividen la materia de estudio entre las disciplinas y señalan metas para la estructura interna de cada una de ellas. Esta organización del conocimiento ha sido brillantemente productiva, pero también tiene limitaciones y peligros inherentes, especialmente el peligro de cometer lo que Alfred North Whitehead ha llamado “la falacia de la concreción injustificada”. Esta falacia aflora porque la organización disciplinaria del conocimiento requiere un alto nivel de abstracción; y entre mayor sea el éxito de una disciplina en la satisfacción de los criterios establecidos para ella, mayor será el nivel de abstracción involucrado. Inevitablemente, muchos especialistas de las disciplinas exitosas, acostumbrados a pensar en estas abstracciones, aplican sus conclusiones al mundo real sin reconocer el grado de abstracción involucrado.


Fuera de las ciencias físicas, ningún campo de estudio ha alcanzado más plenamente la forma ideal de la disciplina académica que la economía. Precisamente a causa de su éxito, ha sido particularmente vulnerable a la comisión de la falacia de la concreción injustificada. Este capítulo destaca el éxito de la economía en alcanzar la forma ideal de la disciplina académica y las limitaciones inevitables que acompañan a ese logro. Contiene algunos ejemplos notables de la falacia de la concreción injustificada en algunas obras económicas prestigiosas. Los capítulos siguientes ilustrarán los efectos generalizados de la falacia en formas más fundamentales.
Gran parte del pensamiento del mundo moderno ha sido determinada por la admiración del éxito brillante de la física en los siglos diecisiete y dieciocho. Los físicos desarrollaron un modelo conceptual de la Naturaleza, del cual surgió un vasto conjunto de pronósticos. Estos pronósticos se sometieron a prueba y algunos de ellos resultaron correctos. Otros resultados empíricos requerían una alteración de los conceptos y las teorías. Grandes aparatos matemáticos que se habían desarrollado en siglos anteriores para propósitos literalmente teóricos resultaron aplicables para desarrollar el poder explicativo y de pronóstico del modelo universal.
La física era empírica en dos sentidos muy importantes. Primero, la observación y el experimento sugirieron las hipótesis que contribuían al modelo universal. Segundo, la validez del modelo se sometió a prueba obteniendo sus implicaciones y examinando su correspondencia con lo que podía observarse. Pero lo que distinguía a esta ciencia de otras investigaciones de la Naturaleza no era su elemento empírico sino su aspecto formal y deductivo. Aristóteles había alentado la reunión y la clasificación de los términos empíricos. Pero no había previsto la posibilidad de elaborados sistemas deductivos. El estudio de los organismos vivientes siguió durante largo tiempo los lineamientos aristotélicos antes que los newtonianos, pero el ideal de la ciencia se estableció como el descubrimiento de leyes de las que pudieran deducirse ciertos hechos.
Por supuesto, en un sentido estrictamente empírico, los hechos observados no corresponden directamente a las leyes. Por ejemplo, la famosa prueba de Galileo, de que la rapidez de la caída de los cuerpos al suelo no se ve afectada por su peso, no corresponde a la experiencia. Todos sabemos que una piedra cae más deprisa que una hoja. Lo que se demuestra es que la velocidad sería la misma en un vacío. Aun aquí se necesitan nuevas condiciones. La Luna no cae a la Tierra en un sentido empírico. La ley se aplica empíricamente sólo a los objetos que están estacionarios respecto de la Tierra, o tienen el mismo movimiento relativo. Además, la ley se aplica sólo a los objetos que se encuentran dentro del campo gravitacional de la Tierra y no se ven afectados por otros campos gravitacionales.
Los primeros físicos entendían muy bien todo esto. La explicación de los fenómenos empíricos requería la elaboración de modelos que simplificaran la realidad para destacar los aspectos fundamentales. Las abstracciones correctas, incorporadas en modelos simplificados, posibilitaban análisis y pronósticos mucho más poderosos.
La diferencia existente entre los pronósticos del modelo simplificado y el comportamiento efectivo de los objetos permite el estudio de otras fuerzas. Por ejemplo, la consideración del hecho de que la Luna no cae a la Tierra, a pesar de la fuerza gravitacional ejercida sobre aquella por ésta, llama la atención sobre la tendencia de todo objeto en movimiento a seguir en una línea recta. El movimiento efectivo de la Luna deriva de la operación conjunta de dos principios: la atracción gravitacional de la Tierra y el propio impulso de la Luna. Toda desviación del movimiento de la Luna respecto de lo determinado por estos dos principios, por pequeña que sea, requerirá la búsqueda de otras fuerzas en operación.
La admiración por el éxito de la física ha conducido a dos ideales algo divergentes para la organización del conocimiento. Un ideal es el de la obtención de una ciencia unificada en la que se mostraría que todo aspecto de la Naturaleza puede explicarse en última instancia por las leyes de la física. Esto significaría que la química se convertiría en una subdivisión de la física, y la biología en una subdivisión de la química. Algunos tratarían de presentar los fenómenos sociales humanos y la psicología como una rama de la biología, o sea en última instancia como una parte de la maquinaria del mundo.
Esta visión sigue desempeñando un papel importante en el alma occidental, pero hasta ahora no se ha podido avanzar mucho en el estudio de las cosas vivientes mediante la deducción de su comportamiento a partir de las leyes de la física. Hasta la química presenta demasiadas novedades, mediante las combinaciones, para ser reducida a la física. Para propósitos prácticos debe estudiarse en sus propios términos. Esto se aplica a fortiori a los fenómenos biológicos y sociales. En consecuencia, la forma en que el patrón de ciencia inspirado en la física ha funcionado efectivamente ha sido dando a las diversas ciencias una relativa autonomía, pero de modo que cada una de ellas trata de alcanzar en su propio campo una forma semejante a la de la física, en la que las leyes o modelos se encuentran a partir de los hechos que se quieren pronosticar. Pero este objetivo no se ha alcanzado ni siquiera en las otras ciencias naturales. Incluso en la química, hay numerosos hechos primarios que no se pueden derivar de ningún conjunto pequeño de premisas. Sin embargo, el ideal deductivo guía al trabajo teórico. A pesar del prestigio de la física, en algunas áreas ha habido cierta resistencia a este modelo, sobre todo en el estudio de los seres humanos. En su mayor parte, por lo menos hasta hace poco tiempo, se sostuvo que la historia era fundamentalmente diferente de la Naturaleza. La cuestión que se planteaba a los historiadores era la determinación de lo que efectivamente había ocurrido. No debiera tratar de deducirse lo ocurrido de leyes de la historia o de modelos inmutables. Otros estudiosos de la historia han señalado que la tarea esencial es el entendimiento, antes que la explicación o el pronóstico. Estos investigadores se han concentrado en la hermenéutica como su método especial.
En el siglo diecinueve, la organización del conocimiento estaba influida por el segundo tipo de influencia de la física -es decir, la división en ciencias autónomas-, combinado con el poder y el prestigio de los diversos métodos usados en el estudio de los fenómenos humanos. Las universidades alemanas aportaron el liderazgo en la organización del conocimiento en las Wissenschaften. A menudo se traduce Wissenschaft como "ciencia”, pero en virtud de que la palabra “ciencia” favorece marcadamente al modelo de la física frente al de la historia, convendrá traducirla mejor como “disciplina”. Así pues, el conocimiento se organizó en Alemania en dos tipos de disciplinas, las disciplinas de la Naturaleza, modeladas como la física, y las disciplinas de la mente o el espíritu humanos.
El estudio de los fenómenos sociales humanos no encaja nunca confortablemente en ninguno de estos tipos de disciplinas, de modo que los estudios sociales han mostrado esa tensión. Tienen elementos humanísticos y también elementos que los relacionan con las ciencias naturales. Sin embargo, en los Estados Unidos ha habido una fuerte tendencia a considerarlos como “ciencias” sociales.
Una enunciación de la diferencia básica existente entre las disciplinas científicas y las humanísticas dirá que las primeras se concentran en lo universal y necesario, mientras que las últimas lo hacen en lo particular y contingente. Por supuesto, la universalidad de las ciencias no puede ser absoluta en la mayoría de los casos. La física clásica podía considerar absolutas a las estructuras de la Naturaleza, pero la biología sólo podía estudiar lo que era universal para las cosas vivientes, y las ciencias sociales podían atender a lo sumo a lo que era universal para los seres humanos. Más a menudo, las ciencias sociales estudiaban lo que es universal para tipos de sociedad particulares. Sin embargo, la búsqueda de modelos o leyes de aplicabilidad general, antes que el esfuerzo por identificar y entender las características contingentes de la realidad, forjaba los métodos de los estudios sociales que más subrayaban su condición de ciencias sociales.
EL LUGAR DE LA ECONOMÍA
La obra de Adam Smith y los otros economistas británicos de los siglos pasados tenía un fuerte componente histórico y humanista, pero el progreso de la disciplina económica iniciado por ellos, y especialmente acentuado por David Ricardo, la ha orientado en la dirección de la ciencia. En parte ha tratado de encontrar modelos y leyes aplicables a todos los seres humanos, pero sobre todo se ha concentrado en las leyes que gobiernan a la economía industrial moderna. A veces no es tan cuidadosa como quisiéramos en la aclaración de los límites del tipo de sociedad en el que estas leyes son aplicables.
La decisión de los economistas de concentrarse en el estudio científico de la economía, antes que en su aspecto histórico, fue trascendental. Por una parte, ello ha permitido el desarrollo de poderosas herramientas analíticas y útiles instrumentos de pronóstico. Por otra parte, ha provocado graves distorsiones. Tales distorsiones eran inevitables en cuanto se hizo la elección.
Cuando surgió la física, supuso que el objeto de su estudio no había cambiado desde su creación. Por supuesto habían cambiado las configuraciones específicas de la materia, pero se supuso que eran inmutables las leyes que las gobernaban. Este supuesto era muy apropiado para los datos y allanó el camino de un progreso enorme. Ahora, los físicos saben que este supuesto no es enteramente cierto. Se cree generalmente que las leyes de la física surgieron al par de las estructuras de la Naturaleza desarrolladas durante el big bang. Es posible que las determinaciones cruciales se hayan realizado en una fracción de segundo. Pero aunque esto significa que las leyes de la Naturaleza no son eternas, que en algún momento podrían dejar de operar, todo indica que son muy estables a lo largo de todo el curso intermedio de los acontecimientos. Para los físicos, en la mayor parte de su trabajo, importa muy poco la omisión del cambio evolutivo en su campo.
Sin embargo, el hecho de que la realidad física y las leyes que la describen no sean inmutables llama la atención sobre el error sutil que se ha colocado frecuentemente en la noción de “ley”. Indica que las leyes son correlativas de las cosas cuyo comportamiento describen. No podría haber leyes de la electricidad si no hubiese campos electromagnéticos. En este sentido, todas las leyes son contingentes. La necesidad que se encuentra en la ley se funda en el hecho de que ciertos patrones caracterizan necesariamente a entidades de una clase particular. Las entidades que no “obedezcan” a leyes del electromagnetismo no serían campos electromagnéticos.
Este reconocimiento de que la ley y la materia son correlativos no es prácticamente importante cuando lo que se estudia es inmutable para propósitos prácticos. El biólogo que sólo se interese por el comportamiento actual de los miembros de una especie podría olvidarse de la correlación. Pero cuando los biólogos desean saber cómo surgen las especies y cómo cambian, les resultarán claros los límites de las leyes. Quienes desean encontrar leyes más fundamentales exploran las leyes de la evolución, es decir, las características universales del cambio evolutivo. Pero incluso las leyes del cambio evolutivo se modifican con los tipos de organismos que están evolucionando.
En los Estados Unidos, quienes establecieron las diversas ramas del estudio de la sociedad humana como ciencias modelaron su entendimiento de la ciencia más en la física que en la biología evolutiva. Es decir, se concentraron en las leyes ejemplificadas por las sociedades que estudiaban, antes que en la forma como se originó el comportamiento expresado en estas leyes o como cambió tal comportamiento a través del tiempo. Esto significa que las leyes que se descubren son leyes “gobernantes” de tipos de sociedad específicos que dejan de ser aplicables cuando esos tipos de sociedad son sustituidos por otros. Pero existe el peligro de que el hábito de atender a las leyes lleve a los profesionales de las disciplinas a tratar de aplicarlas más allá de su limitada esfera de relevancia.
Los economistas saben que las estructuras que estudian no son eternas y que en su mayor parte no tienen la misma duración que la existencia humana en general. Adam Smith empieza por contrastar el sistema que estudia, aquel en que la división del trabajo se encuentra muy avanzada, con las formas anteriores de la sociedad humana en las que había escasa división del trabajo. Sabía que los desarrollos industriales que le interesaban en Inglaterra estaban virtualmente ausentes en Polonia. Evidentemente, lo que estudiaba eran fenómenos contingentes desde el punto de vista histórico. Además, no era historiador.
Los primeros economistas teorizaron acerca de cómo había surgido el sistema industrial y a dónde se dirigía. Los economistas clásicos percibieron una fase temporal de crecimiento que deberá culminar en una nueva economía de estado estable. Por lo tanto, incluso cuando discernían modelos y leyes que operaban en los eventos económicos de su tiempo, reconocían que en algún momento futuro funcionarían modelos y leyes diferentes. En suma, sabían que las leyes “gobernantes” del sistema económico cambian cuando cambia el sistema.
Jamás se ha negado u omitido por completo el carácter evolutivo o histórico de la economía. Hegel y Marx le prestaron gran atención en el siglo diecinueve. Alfred Marshall, el fundador de la economía neoclásica, era muy sensible al carácter histórico de la economía real. Sin embargo, los economistas en general deseaban que la economía se volviera cada vez más científica, y su idea de la ciencia se basaba en la física antes que en la biología evolutiva. Ello significaba que la economía tenía que concentrarse en la formulación de modelos y el hallazgo de las leyes “gobernantes” del comportamiento económico actual, en lugar de buscar las leyes “gobernantes” de los cambios de los sistemas económicos o de inquirir por las cuestiones históricas contingentes. En consecuencia, cuando se han encontrado modelos útiles y las hipótesis han tenido éxito, se tratan como análogos a los modelos y las hipótesis de la física. Se olvida su limitación a condiciones históricas particulares. León Walras, en su Elements of Pure Economics, trató de “hacer para la economía lo que Newton había hecho dos siglos atrás para la mecánica celeste” (1954; Maital 1982, p. 15). En el siglo veinte, la economía ha seguido a Walras. Milton Friedman afirma, refiriéndose a los economistas, que “reverenciamos a Marshall, pero caminamos con Walras” (1949, p. 489).
La decisión de seguir a la física en esta forma ha resultado parcialmente exitosa. Ha hecho de la economía, con mucho, la más teórica y rigurosa de las ciencias sociales. Ha permitido que la economía guíe y pronostique como ninguna otra ciencia social ha podido hacerlo, por lo menos durante ciertos periodos históricos. Pero ha cobrado su precio agravando los problemas derivados del hecho de haber elegido ser una ciencia que no toma en cuenta los cambios profundos que ocurren en su objeto de estudio. Si hubiera seguido a Marshall (1925, p. 14), quien sostenía que “la meca del economista se encuentra en la biología económica antes que en la dinámica económica”, habría observado estos cambios y se habría adaptado a ellos. Habiendo seguido a Walras, la observación de los hechos se ha subordinado a los intereses de las teorías. Los hechos que no encajan en las teorías han sido omitidos en gran medida.
La decisión de seguir a la física fue la decisión de matematizar. La matemática sólo puede operar con lo que se puede formalizar. En la economía esto ha significado, en la práctica, lo que se puede medir. En consecuencia, el objetivo de la matematización inclina a la economía hacia los aspectos de su materia que se pueden medir. En The Economics of Education, John Vaizey reconoce esto con una franqueza insólita: “Debo confesar mi convicción instintiva de que lo que no se puede medir quizá no existe” (1962, p. 14). Es muy probable que la “convicción instintiva” sea el resultado de la aceptación social que ha obtenido esa ciencia, pero en todo caso la conciencia de su sesgo llevó a Vaizey a ocuparse de los aspectos no cuantificables de la educación. Otros estudiosos no lo han hecho. Cada vez se asocia más el prestigio con el refinamiento matemático y menos con la luz que se pueda arrojar sobre lo que realmente está ocurriendo.
No todos los matemáticos han aceptado la matematización de la economía. Véase el mordaz comentario de Norbert Weiner:
Así como los pueblos primitivos adoptan el modo occidental del vestido desnacionalizado y del parlamentarismo por un vago sentimiento de que estos ritos y vestimentas mágicos los pondrán de inmediato a la cabeza de la cultura y la técnica modernas, los economistas han desarrollado el hábito de presentar sus ideas imprecisas en el lenguaje del cálculo infinitesimal... Toda pretensión de aplicar fórmulas precisas es una farsa y una pérdida de tiempo [Weiner 1964, p. 89].
Los economistas de otras épocas tampoco aceptaron unánimemente la matematización de su disciplina. Por ejemplo, J. E. Cairnes desafió a los nuevos métodos matemáticos propugnados por su amigo Jevons:
Hasta donde yo puedo ver, las verdades económicas no pueden descubrirse a través de los instrumentos de las matemáticas. Si no tengo razón, tenemos a la mano un fácil medio de refutación: la presentación de una verdad económica, no conocida antes, que se haya logrado de este modo; pero no conozco que hasta ahora se haya obtenido tal evidencia de la eficacia del método matemático [Cairnes 187, p. vi].
Un siglo más tarde, hay ciertamente algunas ideas económicas obtenidas con la ayuda de las matemáticas. Pero en su mayor parte se han usado las matemáticas simplemente para enunciar con rmayor vigor ciertas verdades económicas obtenidas con otros modos de pensamiento más intuitivos. No debe despreciarse el rigor, pero tampoco debe convertirse en un fetiche, como ha ocurrido efectivamente en la economía académica. Es probable que no haya habido debates importantes, teóricos o prácticos, que se hayan resuelto mediante la econometría, la que supuestamente provee la prueba empírica para la solución de todos los desacuerdos. Pero lo que ocurrió fue que cada bando de cualquier debate desarrolló sus propios econometristas (o “economeretricios”, como los han llamado algunos críticos). A través de la historia estaba justificado sin duda el intento de emplear las matemáticas a fin de promover el descubrimiento económico. Pero debemos admitir que los resultados han sido decepcionantes. Incluso algunos economistas matemáticos como Nicholas Georgescu-Roegen y Wassily Leontieff creen que los nuevos esfuerzos hacia la matematización son contraproducentes.
Leontieff, ganador del premio Nobel de economía, se ha alarmado tanto por esta tendencia que ha escrito una carta abierta a la revista Science. En esta carta declara que, como en el cuento, el rey está desnudo, pero pocos en la economía académica lo reconocen, y quienes lo reconocen no se atreven a hablar:
Página tras página de las revistas profesionales de economía están llenas de fórmulas matemáticas que llevan al lector de los conjuntos de supuestos más o menos plausibles pero enteramente arbitrarios a conclusiones teóricas enunciadas con precisión pero irrelevantes... los econometristas ajustan funciones algebraicas de todas las formas posibles a conjuntos de datos esencialmente iguales sin poder ofrecer, en alguna forma perceptible, un entendimiento sistemático de la estructura y las operaciones de un sistema económico real [Leontieff 1982, 104-105].
LAS LIMITACIONES DE LAS DISCIPLINAS ACADÉMICAS
Algunas de las limitaciones y las fallas de la economía derivan del hecho de su modelación sobre la disciplina de la física y no de la biología o la historia. Pero si la economía se hubiese definido como una subdivisión de la biología o de la historia, habría tenido otras limitaciones. El problema reside en la organización disciplinaria del conocimiento que tanto domina a la universidad moderna y a través de ella el pensamiento del mundo contemporáneo. Es esta organización del conocimiento la que obliga a los economistas a escoger entre el entendimiento científico y el entendimiento histórico de lo que está haciendo.
Adam Smith vivió y pensó antes de que se hiciera el esfuerzo por organizar todo el conocimiento en disciplinas. Él veía la economía como una parte del total de la actividad humana, y la estudió desde la perspectiva histórica y empírica. Gracias a estas investigaciones pudo formular generalizaciones que han resultado extraordinariamente iluminantes, y obtuvo de ellas ciertas conclusiones.
Como una disciplina, la economía debe diferir del trabajo de Adam Smith en dos formas. Primero, debe distinguir su materia con mayor precisión del resto de la realidad. Segundo, debe articular el método que encuentre más apropiado para su objeto de estudio, método que luego la definirá como una disciplina. Estas necesidades no son dictadas por las ventajas en el entendimiento de la economía real, sino por la organización disciplinaria del conocimiento.
Esta organización requiere que cada disciplina tenga un objeto de estudio claramente diferente de las otras. Esto requiere un trazo de fronteras desconocidas para los primeros economistas. La definición de una disciplina requiere también una autoconciencia metodológica, y el método debe ser uno que no sólo ilumine el objeto de estudio escogido, sino que además seleccione las características de esa materia que se señalarán y tratarán. Además, se limita así el número de las personas que pueden llamarse economistas y que reciben un sueldo como economistas.
Los primeros economistas estudiaban la economía como un aspecto del total de la vida social. Sus interconexiones con otros aspectos de esa vida eran tan importantes como sus propios principios internos. Por ejemplo, muchos de los debates suscitados entre los economistas se determinaban por el interés que había por conocer la relación existente entre los desarrollos económicos y la población. Pero este interés, y otros semejantes, deben ser excluidos de la economía como una disciplina. El estudio de la población pertenece a la demografía. Los debates de los antiguos economistas pueden ocurrir ahora sólo en contextos interdisciplinarios, y la organización disciplinaria del conocimiento hace que tales contextos sean periféricos. Dentro de la economía como una disciplina académica se omiten en gran medida las complejidades del impacto del crecimiento económico sobre la población, y del crecimiento demográfico sobre la economía. De nuevo, esto es así no porque se haya demostrado que estas relaciones no son importantes, sino porque la organización disciplinaria del conocimiento requiere un objeto de estudio bien delimitado para la economía, la demografía, la sociología, etc.
Todo este proceso de sustituir lo concreto por lo abstracto se promueve en otra forma también. Esta organización conduce a la organización social de la universidad en departamentos. Además, las relaciones más importantes de los miembros de un departamento con las personas que se encuentran fuera de él no se realizan con los miembros de otros departamentos de la universidad, sino con otros especialistas de la misma disciplina en otras universidades. La lealtad primordial de los profesores universitarios tenderá a estar con los gremios y con la promoción de su disciplina antes que con su universidad particular o sus estudiantes. En efecto, hay muchos para quienes el avance de su disciplina es la mayor fuente de significado, el centro organizador de sus vidas, su compromiso más profundo. La disciplina se convierte en un dios. Nosotros llamamos a esto la “disciplinolatría”. Paul Samuelson reconoció implícitamente que esta disciplinolatría está muy avanzada en la economía en su discurso dirigido a la Asociación Económica Americana bajo su presidencia: “A la larga, el investigador económico trabaja por la única moneda que le interesa: nuestro propio aplauso” (1962, p. 18).
El compromiso con la disciplina y su futuro provoca un gran interés por el reclutamiento de estudiantes que se gradúen en ella. La tendencia es que los cursos impartidos para el conjunto general de los estudiantes funcionen más para atraer a estudiantes graduados e iniciarlos en el asunto que para facilitar el entendimiento de la materia por los legos. En todo caso, se pone gran atención en la adaptación de los estudiantes a la materia y la preparación de líderes para el futuro a través de los programas de graduados.
Una vez adaptados al gremio, las relaciones con otros miembros de éste se vuelven mucho más cómodas y gratificantes que las relaciones con los legos. Hay un gran conjunto de supuestos comunes que se expresan también en valores compartidos. En esta forma se minimiza la amenaza externa a estos supuestos y valores. El resultado es, por supuesto, que lo que se ha dado por sentado dentro de la disciplina aparece como algo evidente y que no necesita ningún análisis crítico. Las nuevas generaciones continúan la obra de las anteriores sin preguntarse si estos logros anteriores son verdaderamente relevantes para la nueva situación. En efecto, el estudio de la novedad la nueva situación no se promueve.
Un estudio reciente de los programas de posgrado en economía concluye que éstos han logrado que “los intereses de los estudiantes se vuelvan más limitados”. De acuerdo con una encuesta acerca de la relevancia percibida de otros campos para la economía, realizada para este estudio, la física ocupó el último lugar, y la ecología o cualquiera otra ciencia biológica ni siquiera aparecen mencionadas como campos (Colander y Klamer, 1987). No, es extraño así que los modelos económicos entren a veces en conflicto con las realidades biofísicas.
Raras veces se da el caso de que estudiosos de la disciplina planteen cuestiones fundamentales. Los que lo hacen batallan para encontrar un empleo y para que se publiquen sus trabajos. Es probable que se les niegue un lugar en el programa de reuniones del gremio y que se les haga sentir mal vistos allí. En suma, se les margina. La disciplina puede proseguir por un camino acumulativo cada vez más canalizado por lo que se ha aceptado en el pasado, lo que ahora se llama “la corriente principal”. Las abstracciones universalmente aceptadas se toman como la realidad.
Este proceso está muy avanzado en la economía. La carta enviada por Leontieff a Science protesta por esto también. Cree Leontieff que el academicismo estéril que objeta persistirá mientras que los miembros permanentes de los departamentos de economía más prestigiados continúen ejerciendo, en gran medida a través de las direcciones editoriales de las revistas especializadas, un control estricto sobre las becas de adiestramiento, promoción, empleo e investigación. Sostiene Leontieff que los métodos empleados para mantener la “disciplina” intelectual dentro de la disciplina académica de la economía pueden “recordarnos ocasionalmente los métodos empleados por los infantes de marina para mantener la disciplina en la Isla Parris” (Leontieff 1982). Lo que parece pasar por alto Leontieff es que el problema no es tanto un abuso del poder por parte de antiguos profesores sesgados como un resultado de la organización disciplinaria del propio conocimiento. Es escasa la probabilidad de que los sucesores de la actual generación de líderes tengan una visión más amplia de la economía y de su responsabilidad para con la sociedad, a menos que haya una crítica consciente de las fuerzas que han obligado a la disciplina de la economía a concentrarse en estas abstracciones2.
LA FALACIA DE LA CONCRECIÓN INJUSTIFICADA
El problema de la economía es que ha tenido demasiado éxito en el mundo académico. Es una disciplina triunfante y ha avanzado mucho más que cualquier otro de los estudios sociales por el camino de la ciencia deductiva. Estos éxitos han involucrado un alto nivel de abstracción, pero todo el espíritu de la universidad en general, y del departamento de economía en particular, desalienta la comprensión plena de la medida que ha alcanzado la abstracción. El resultado es que las conclusiones acerca del mundo real se obtienen mediante una deducción que parte de abstracciones, con escasa conciencia del peligro involucrado.
Alfred North Whitehead observa que esta tendencia se inició temprano en la economía.
Puede decirse que la ciencia de la economía política, tal como se estudió en su primer periodo después de la muerte de Adam Smith (1790), hizo más daño que bien. Destruyó muchas falacias económicas y enseñó a pensar acerca de la revolución económica que se encontraba en marcha a la sazón. Pero imbuyó en los hombres cierto conjunto de abstracciones de efecto desastroso para la mentalidad moderna. Deshumanizó la industria. Éste es sólo un ejemplo de un peligro general inherente en la ciencia moderna. Su procedimiento metodológico es excluyente e intolerante, y con razón: fija la atención en un grupo definido de abstracciones, omite todo lo demás, y utiliza todo fragmento de información y de teoría que sea relevante para lo que ha retenido. El método triunfa si las abstracciones son juiciosas. Pero por triunfante que sea, el triunfo tiene sus límites. El olvido de estos límites conduce a omisiones desastrosas... [Whitehead 1925, p. 200].
Estas tendencias de la economía fueron reconocidas ya en aquella época. Sismondi, gran economista suizo, observó el error a principios del siglo diecinueve.
Los nuevos economistas ingleses son muy oscuros y sólo pueden entenderse con gran esfuerzo porque nuestra mente se opone a hacer las abstracciones que se nos demanda. Esta repugnancia es en sí misma un aviso de que estamos alejándonos de la verdad cuando, en la ciencia moral donde todo está conectado, tratamos de aislar un principio y no ver más allá de este principio... La humanidad debiera estar en guardia contra toda generalización de las ideas que nos lleve a perder de vista los hechos, y sobre todo contra el error de identificar el bien público con la riqueza, haciendo abstracción de los sufrimientos de los seres humanos que la crearon [Sismondi 1827].
Walter Bagehot, en su Economic Studies, escribió refiriéndose a Ricardo: “Pensó que estaba considerando la naturaleza humana real en sus circunstancias reales, cuando en realidad estaba considerando una naturaleza ficticia en circunstancias ficticias” (1953, p. 157). Whitehead llamó a esto “la falacia de la concreción injustificada”, la que definió como “la omisión del grado de abstracción involucrado cuando se considera una entidad real sólo en la medida en que ejemplifica ciertas categorías de pensamiento” (1929b, p. 11). Más generalmente, es la falacia involucrada siempre que los pensadores olvidan el grado de la abstracción implicado en el pensamiento y obtienen conclusiones injustificadas acerca de la realidad concreta. Nicholas Georgescu-Roegen escribió: “No hay duda de que el pecado de la economía convencional es la falacia de la concreción injustificada” (1971, p. 320).
Sismondi, Bagehot y Whitehead no se oponían a todo uso de las abstracciones. El problema reside en la omisión de la medida en que nuestros conceptos son abstractos, de modo que se omite también el resto de la realidad de la que tales conceptos se han abstraído. Como dice Whitehead:
La metodología del razonamiento requiere las limitaciones involucradas en lo abstracto. En consecuencia, el verdadero racionalismo debe trascenderse siempre, recurriendo a lo concreto en busca de inspiración. Un racionalismo autocomplaciente es en efecto una forma del antirracionalismo. Significa un alto arbitrario en un conjunto de abstracciones particular [Whitehead 1925, p. 200].
¿Cuál es el conjunto de abstracciones que la economía política ha imbuido en el pensamiento económico, de modo que éste ha llegado a un alto autocomplaciente? Una de las más importantes es la abstracción de un flujo circular del producto y el ingreso nacionales, regulado por un mercado perfectamente competitivo. Esto se concibe como un análogo mecánico, con una fuerza motivadora provista por la maximización individualista de la utilidad y el beneficio, haciendo abstracción de la comunidad social y de la interdependencia biofísica. Lo que se subraya es la distribución óptima de los recursos supuestamente resultante de la interrelación mecánica de los intereses individuales. Lo que se omite es el efecto del bienestar de una persona sobre el bienestar de otras personas ligadas por lazos de simpatía y de comunidad humana, y los efectos físicos de las actividades de producción y consumo de una persona sobre las demás, a través de los lazos de la comunidad biofísica. Siempre que los elementos abstraídos de la realidad se vuelven demasiado insistentemente evidentes en nuestra experiencia, se admite su existencia mediante la categoría de la “exterioridad”. Las exterioridades son correcciones particulares, introducidas según se necesite para salvar las apariencias, como los epiciclos de la astronomía tolemaica. Las exterioridades representan un reconocimiento de los aspectos omitidos de la experiencia concreta, pero de tal manera que se minimiza la reestructuración de la teoría básica. Mientras que las exterioridades involucren detalles secundarios, es posible que este procedimiento sea razonable. Pero cuando tienen que clasificarse como exterioridades ciertas cuestiones vitales (como la capacidad de la Tierra para sostener la vida), habrá llegado el momento de reestructurar los conceptos básicos y empezar con un conjunto de abstracciones diferente que puede incluir lo que antes era externo. (La distinción que se hace en el Capítulo III, entre las exterioridades localizadas y las generalizadas, es un paso en esta dirección). La frecuencia de la mención de exterioridades es un buen indicador del problema global de la concreción injustificada en la teoría económica. Pero hay también algunos ejemplos más particulares.
Es posible que el ejemplo clásico de la falacia de la concreción injustificada en la economía sea la del “fetichismo monetario”. Consiste tal falacia en el hecho de tomar las características del símbolo abstracto y la medida del valor de cambio, el dinero, y aplicarlas al valor de uso concreto, al bien mismo. Por lo tanto, si el dinero fluye en un círculo aislado, lo mismo harán los bienes; si los saldos monetarios pueden crecer eternamente a una tasa de interés compuesto, lo mismo puede ocurrir con el PNB real, al igual que los cerdos, los automóviles y los cortes de pelo.
Un intelectual de la talla de John Locke cometió esta falacia en su teoría de la propiedad privada. Al principio sostuvo que la acumulación legítima de la propiedad estaba limitada a lo que uno pudiera usar antes de que se eche a perder. Así pues, la tendencia física a la corrupción, el enmohecimiento, la pudrición y la decadencia establece una especie de límite natural a la acumulación de riqueza real. Pero con el advenimiento de una economía monetaria -argüía Locke-, desaparece ese límite natural porque el dinero no se echa a perder, y la riqueza puede acumularse en forma de dinero. Adviértase que la característica del símbolo abstracto (ausencia de pudrición) llega a dominar a la característica (pudrición) de la realidad concreta que se simboliza. La limitación de la riqueza desaparece, según Locke, aunque la riqueza misma se eche a perder. Podríamos decir también que la acumulación de mantequilla no está limitada por la pudrición porque la cantidad de mantequilla se mide en libras, y las libras pueden sumarse indefinidamente en un inventario sin que se echen a perder.
Es claro que la existencia de millonarios no implica necesariamente la pudrición de acervos de bienes. En efecto, los saldos monetarios no implican la existencia de ningunos bienes reales. La disposición de la comunidad a conservar dinero deriva de la incomodidad del trueque y del hecho de que el dinero sea un bono u obligación sobre la producción futura que no puede echarse a perder porque no existe todavía. Pero la riqueza real de una comunidad, incluso en una economía monetaria, está integrada por bienes a los que se aplica todavía el principio de la pudrición. Por lo tanto, la acumulación de saldos monetarios no puede corresponder indefinidamente a la acumulación de riqueza real. En algún momento, el dinero acumulado se convierte en una obligación sobre la producción futura antes que sobre los bienes simultáneamente existentes. La disposición de los productores futuros a respetar tales derechos del pasado a su producción presente será cuestionada en algún momento. En la práctica, tal exceso de derechos monetarios sobre la riqueza real conducirá probablemente al desconocimiento de la deuda por la inflación. Los productores corrientes cobrarán más y se pagará más dinero por su producto, alejando ese producto de aquellos cuyos derechos no derivan de la producción corriente sino de transacciones anteriores enunciadas en cantidades de dinero fijas. La concentración en el dinero y el mercado, antes que en los bienes físicos, con la decisión concomitante de copiar los métodos (¡pero no el contenido!) de la física, ha sido característica de toda la economía moderna. Esto allanó el camino para la primacía de la deducción y la concentración en los modelos matemáticos y las simulaciones por computadora que son el sello distintivo de la práctica corriente en la disciplina. Tales estructuras lógicas, complicadas y hermosas, agravan la tendencia a preferir la teoría a los hechos, y a reinterpretar los hechos de modo que se ajusten a la teoría.
Gary Becker y Nigel Tomes (1979) proveen un ejemplo extremo de esta tendencia en su modelo de la distribución intergeneracional del ingreso. En forma rigurosa, tratan de extender el modelo de maximización individualista de la utilidad a los periodos intergeneracionales y de usarlo para explicar los cambios de la distribución de la riqueza y el ingreso a largo plazo. El modelo requiere una unidad de toma de posiciones bien definida, idéntica a sí misma a través del tiempo intergeneracional. Los individuos mueren, así que no pueden ser tal unidad. Las familias tampoco pueden serlo, aunque perduren, porque no son idénticas a sí mismas ni independientes. Las familias perduran sólo mediante la fusión y la mezcla de sus identidades a través de la reproducción sexual, de modo que no son independientes ni bien definidas a través del tiempo intergeneracional.
Su tataranieto será también el tataranieto de otras quince personas de la generación actual, muchas de cuyas identidades se desconocen. Presumiblemente, el bienestar de su tataranieto será una herencia de cada una de esas quince personas tanto como la de usted. Por lo tanto, no tiene sentido que usted se preocupe demasiado por su descendiente particular, o realice una acción particular en su beneficio. Entre más alejado en el futuro se encuentre el descendiente hipotético, mayor será el número de los coprogenitores de la generación actual, de modo que toda provisión hecha para el futuro distante tendrá en mayor medida la naturaleza de un bien público. En la medida en que le preocupe a usted el bienestar de su descendiente, debiera preocuparse también por el bienestar de todos los miembros de la generación actual de quienes, para bien o para mal, su descendiente será un heredero. Así pues, una preocupación por las generaciones futuras debiera reforzar, en lugar de debilitar, la preocupación por la justicia actual, contra lo que se supone a menudo. Aunque no todos somos hermanos y hermanas en el sentido literal, somos literalmente coprogenitores de los descendientes distantes de los demás.
Estas consecuencias evidentes de la reproducción sexual marcan una tendencia en favor de la comunidad y en contra del individualismo, tendencia generalmente rechazada por la economía convencional, en particular la de la Escuela de Chicago, de la que Becker es un miembro prominente. A fin de evitar esta tendencia y mantener el mundo seguro para la maximización individualista, Becker y Tomes adoptan la postura obvia, aunque extrema, de suponer ¡una reproducción asexual! Una cosa es que se haga abstracción de lo incidental para destacar lo fundamental. Otra cosa es que se haga abstracción de lo fundamental para salvar un modelo. Cuando el hecho concreto de la reproducción sexual entra en conflicto con las abstracciones de la maximización individualista, los autores se aferran a sus abstracciones como algo más real. Becker y Tomes tratan de convencer al lector, sin lograrlo en nuestra opinión, de que este supuesto absurdo se formula sólo por conveniencia de la exposición y de que nada importante depende de él (Daly 1982).
La concentración en las matemáticas, en lugar de prestar una atención empírica a la realidad física, afecta también a un argumento crucial de Julian Simon en The Ultimate Resource. Simon quiere demostrar que no necesitamos preocuparnos por las escaseces absolutas de los recursos naturales. Dice Simon:
La longitud de una línea de una pulgada es finita en el sentido de que está limitada en ambos extremos. Pero la línea que se encuentra entre los puntos terminales contiene un número infinito de puntos; estos puntos no pueden contarse, porque no tienen un tamaño definido. Por lo tanto, el número de los puntos existentes en ese segmento de una pulgada no es finito. Similarmente, la cantidad de cobre que estará siempre a nuestra disposición no es finita, porque no hay ningún método (ni siquiera en principio) para contarla apropiadamente [Simon 1981, p. 47].
Adviértase que Simon pasa del concepto de la divisibilidad infinita al de la cantidad infinita, de la infinidad de puntos en una línea a la infinidad de cobre en el subsuelo, sólo con la palabra “similarmente” para salvar la brecha. No hay duda de que las propiedades abstractas de los números pueden usarse para describir muchos hechos acerca del cobre, pero no toda propiedad de los números abstractos está obligada a transmitir una verdad concreta acerca del cobre.
Un ejemplo final tiene que ver también con la disponibilidad de los recursos. Arguye Lester Thurow:
En el contexto del crecimiento económico nulo y de otros países, se esgrime a menudo un falaz “argumento de la imposibilidad” para demostrar la necesidad de un crecimiento económico nulo. El argumento se inicia con un interrogante. ¿Cuántas toneladas de este o el otro recurso no renovable necesitaría el mundo si cada uno de sus habitantes tuviera los patrones de consumo disfrutados en los Estados Unidos? La respuesta pretende ser un número fantástico por comparación con las existencias actuales de tales recursos. El problema del interrogante y de la respuesta es que suponen que el resto del mundo alcanzará los patrones de consumo del norteamericano medio sin alcanzar al mismo tiempo los patrones de la productividad del norteamericano medio. Por supuesto, esto es algebraicamente imposible. El mundo puede consumir sólo lo que pueda producir. Cuando el resto del mundo tenga patrones de consumo iguales a los de los Estados Unidos, estará produciendo a la misma tasa y proveyendo un incremento igual a las existencias mundiales de bienes y servicios igual al que provee a la demanda de bienes y servicios [Thurow 1976, p. 40].
Al profesor Thurow le gustó tanto este argumento que lo reprodujo literalmente, cinco años más tarde, en el Capítulo V de su libro, por lo demás admirable, The Zero-Sum Society (1981, p. 118). Thurow apela a las convenciones contables abstractas del flujo circular del valor de cambio a fin de “probar” que el flujo físico de los recursos no puede ser jamás una restricción para el crecimiento económico. Sostiene que no es sólo posible que se generalice a todo el mundo el patrón del consumo de recursos de los Estados Unidos, sino que es ¡”algebraicamente imposible” que ocurra de otro modo! Olvidémonos de las toneladas de recursos no renovables y todos estos números “diseñados” para que resulten fantásticos. ¡La producción agregada es igual al ingreso agregado, y eso es todo lo que cuenta! Desafortunadamente para el argumento de Thurow, el álgebra de las identidades contables del flujo circular no nos dice absolutamente nada acerca de la adecuación de los recursos biofísicos para el sostenimiento a nivel mundial de una tasa de uso per cápita de los recursos naturales igual a la de los Estados Unidos (Daly 1985).
Se han presentado suficientes ejemplos para dotar de crédito a la aseveración de Georgescu-Roegen, antes citada, en el sentido de que la concreción injustificada es el pecado capital de la economía convencional. Estos ejemplos tampoco pueden destacarse como si fuesen espantapájaros. Hemos citado sólo a economistas merecidamente respetados, de diversas inclinaciones ideológicas, profesores de universidades tan prestigiosas como Chicago, MIT, Maryland y Yale. No pretendemos impugnar su prestigio profesional, sino sólo señalar que cuando los mejores economistas caen tan fácilmente en la trampa, debemos tener mayor respeto por la trampa y cuidarnos más de ella.
PARA EVITAR LA FALACIA
¿Cómo podremos protegemos de la concreción injustificada en la economía? Para principiar, podríamos prevenir a los estudiantes a ese respecto, en los primeros capítulos de los textos de economía elemental, como lo hemos hecho ya para la falacia de composición, la post hoc ergo propter hoc, la petitio principii y otros atracos latinos en contra de la razón. Hasta donde hemos podido discernir, ningún texto menciona la falacia de la concreción injustificada. Los textos hablan de la abstracción, pero sobre todo para destacar sus poderes, no sus peligros.
Debemos admitir que no es fácil evitar la concreción injustificada. Simplemente, no podemos pensar sin la abstracción. “Abstraer” significa literalmente “alejarse de”. Podemos alejarnos de la experiencia concreta en direcciones diferentes y por distancias diferentes. Esperar un juicio perfecto en la elección de la dirección y la distancia de la abstracción apropiadas para cada argumento, sin mezclar jamás los niveles en medio de un argumento, es esperar demasiado. Parece ser que siempre tendremos que cometer esta falacia en alguna medida, y debemos pensar en reducirla al mínimo en lugar de eliminarla por completo. Por ello, ésta es una falacia muy sutil: es más una limitación general del pensamiento conceptual que un error de lógica.
Sin embargo, hay dos reglas prácticas que nos ayudarán a reducir al mínimo la concreción injustificada. Una de ellas es, como dice Whitehead, “recurrir a lo concreto en busca de inspiración”. Una técnica para regresar a lo concreto consiste en examinar las cuatro nociones aristotélicas de la causa. Estas cuatro causas (material, eficiente, formal y final) pueden explicarse por referencia a una casa. La causa material es la madera, los ladrillos, etc., con los que se hace la casa. La causa eficiente es el carpintero y sus herramientas, quienes cambian la forma del material. La causa formal es el plano seguido por el carpintero. La causa final es el propósito de la construcción de la casa: por ejemplo, el abrigo y la privacidad. En el campo de la economía, nuestra atención se concentra preponderantemente en las causas eficientes y las formales. Si recordamos también las causas materiales y finales, será menor la probabilidad de que cometamos la falacia de la concreción injustificada. Decía Whitehead: “Una cosmología satisfactoria debe explicar el entrelazamiento de la causación eficiente y la final” (1929a, p. 28). Lo mismo ocurre en el caso de una economía política satisfactoria.
Difícilmente podría acusarse a Whitehead, el coautor de Principia Mathematica, de albergar un prejuicio vulgar contra el pensamiento abstracto. Sólo insiste, como un buen economista, en que ponderemos constantemente los costos de nuestras abstracciones particulares con sus beneficios, y en que estemos dispuestos a recurrir a lo concreto una y otra vez.
Whitehead describe como sigue los costos y los beneficios de la abstracción:
La ventaja de confinar la atención a un grupo definido de abstracciones es que así confinamos nuestros pensamientos a las relaciones definidas, claras... Todos conocemos esos intelectos precisos, agudos, inamoviblemente encasillados en un caparazón de abstracción. Nos mantienen pegados a sus abstracciones por la simple fuerza de su personalidad.
La desventaja de prestar atención exclusiva a un grupo de abstracciones, por bien fundadas que se encuentren, es que, por la naturaleza del caso, nos hemos abstraído del resto de las cosas. En la medida en que las cosas excluidas sean importantes en nuestra experiencia, nuestros modos de pensamiento no podrán manejarlas [Whitehead 1925, p. 200].
La segunda regla práctica, relacionada con la anterior, consiste en evitar la especialización profesional excesiva.
Son grandes los peligros derivados de este aspecto del profesionalismo, sobre todo en nuestras sociedades democráticas. Está debilitada la fuerza rectora de la razón. Los intelectos líderes carecen de balance. Ven este conjunto de circunstancias, o este otro, pero no ven ambos conjuntos juntos. Se deja la tarea de la coordinación a quienes carecen de la fuerza o del carácter necesarios para triunfar en alguna carrera definida. En suma, las funciones especializadas de la comunidad se realizan mejor y más progresivamente, pero la dirección generalizada carece de visión. Los progresos en el detalle sólo agravan el peligro producido por la debilidad de la coordinación [1925, p. 200].
Este peligro es un aspecto de la falacia de la concreción injustificada, como lo indica el párrafo siguiente de Whitehead: “Hay un desarrollo de abstracciones particulares, y una contracción de la apreciación concreta. Se pierde el todo en uno de sus aspectos” (1925, p. 200).
Los campos de la economía que se ocupan más del todo y lo concreto, como la historia económica, los sistemas comparados, la historia del pensamiento económico y del desarrollo económico, debieran destacarse más, no sólo por su propia utilidad, sino también como un antídoto contra los niveles casi tóxicos de la abstracción enrarecida que encontramos en los “cursos medulares”.
El reconocimiento de la falacia de la concreción injustificada resulta particularmente importante para el establecimiento de la economía a favor de la comunidad, porque la comunidad es precisamente la característica de la realidad de la que más consistentemente se ha hecho abstracción en la economía moderna. No necesitamos un teorema más, exprimido de las premisas del individualismo metodológico mediante una prensa matemática más poderosa, sino una premisa nueva que restablezca el aspecto crítico de la realidad del que se ha hecho abstracción: la comunidad.

1 Este artículo forma parte del libro: Daly, Herman E. y Cobb, John B., Para el bien común: Reorientando la economía hacia la comunidad, el ambiente y un futuro sostenible, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, págs: 31-47.

2 Ya que uno de los autores de este libro es un teólogo, convendría explicitar que el problema de la teología como una disciplina académica es similar al de la economía. Cornel West contrasta un esfuerzo teológico aprobado por él con la teología académica: “Alejándose de los confines estrechos de la división intelectual del trabajo en las instituciones académicas, el DEI [Departamento Ecuménico de Investigaciones, en San José, Costa Rica] rechaza las disciplinas encasilladas de nuestros seminarios y nuestras escuelas de teología burocratizadas. Por el contrario, el DEI promueve y alienta la reflexión teológica que atraviesa los campos de la economía política, los estudios bíblicos, de la teoría social, la historia eclesiástica y la ética social. En esta forma, el DEI revela el empobrecimiento intelectual de las teologías académicas que realizan ejercicios de avestruz en una arena muy especializada, tomando escasamente en cuenta los problemas apremiantes que afronta la gente ordinaria en este periodo de crisis actual” (Hinkelammert 1986, p. v).


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