Economía solidaria susana Hintze



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II. ASPECTOS RELATIVOS A LA MONEDA

DE LAS REDES DE TRUEQUE

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Las limitaciones del trueque

Martín Krause1

El crecimiento y la extensión de los clubes de trueque es un fenómeno extraordinario,

por la magnitud de la actividad que allí se realiza, por la cantidad de

personas que en ellos participan, por los que dependen de ello para garantizar su

subsistencia. No es de extrañar que haya despertado un notable interés para interpretarlo

por parte de periodistas, analistas y académicos, sin dejar de contar a los

mismos organizadores de la actividad.

Este artículo buscará demostrar que el fenómeno es claramente interesante

para las ciencias sociales, siendo su característica más importante, no ya la aludida

solidaridad social que reclaman sus organizadores y que no resulta diferente a la de

otros intercambios en el mercado, sino a la potencial emergencia de una nueva

moneda.


En primer lugar, es necesario destacar que no se trata estrictamente de actividades

de trueque. Éste, también llamado en economía “intercambio directo”, se refiere

al intercambio de un bien o servicio por otro bien o servicio. Su carácter primitivo

se hace evidente porque se necesita la “doble coincidencia de necesidades”. Es

decir, si tengo una torta y necesito un cuaderno, tengo que encontrar a alguien que

tenga un cuaderno... y quiera una torta. ¿Qué pasa si encuentro a alguien que tiene

un cuaderno pero necesita un corte de pelo? Pues el intercambio se frustra y es

necesario seguir buscando.

De allí que se evolucionara hacia el “intercambio indirecto” mediante la utilización

como medio de intercambio de un bien de aceptación generalizada, el que a

partir de ese momento comenzó a cumplir el papel de moneda. En los clubes de

trueque no se practica “intercambio directo” sino el ya más sofisticado “indirecto”

pues se utiliza una moneda llamada “crédito”, la cual configura el incipiente nacimiento

de una moneda privada.

Convendrá entonces analizar las causas y consecuencias del origen de una

determinada moneda. Al respecto, el tema fue considerado ya con atención, en

particular por Carl Menger (1985), en un artículo publicado originalmente en junio

de 1892:


“Filósofos, juristas e historiadores, al igual que economistas, e incluso naturalistas y

matemáticos, se han ocupado de este notable problema, y no hay pueblo civilizado que

no haya aportado su cuota en la abundante bibliografía que sobre él existe. ¿Cuál es la

naturaleza de esos pequeños discos o documentos que en sí mismos no parecen servir

a ningún propósito útil y que, sin embargo, en oposición al resto de la experiencia,

pasan de mano en mano a cambio de mercancías más útiles, más aún, por los cuales

1 Rector de la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE).

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todos están tan ansiosamente dispuestos a entregar sus productos? ¿Es el dinero un

miembro orgánico del mundo de las mercancías o es una anomalía económica? ¿Debemos

atribuir su vigencia comercial y su valor en el comercio a las mismas causas que

condicionan los de otros productos o son ellos el producto preciso de la convención y

la autoridad?”.

1. El origen de la moneda

Dichas preguntas merecen una respuesta también en el caso de la moneda que

han comenzado a emitir los centros de trueque en la Argentina. Menger descarta

que el origen de las monedas sea una convención o una ley, ya que “presupone el

origen pragmático del dinero y de la selección de esos metales, y esa presuposición

no es histórica”. Considera necesario tomar en cuenta el grado de “liquidez” de los

bienes, es decir, la regularidad o facilidad con la que puede recurrirse a su venta. Y

suelen elegirse aquellos productos que sean de fácil colocación, por un lado, y que

mantengan el valor por el cual han sido comprados al momento de su venta, esto

es, que no presenten diferencias entre un precio “comprador” y otro “vendedor”.

“El hombre que va al mercado con sus productos, en general intenta desprenderse de

ellos pero de ningún modo a un precio cualquiera, sino a aquel que se corresponda con

la situación económica general. Si hemos de indagar los diferentes grados de liquidez

de los bienes de modo tal de demostrar el peso que tienen en la vida práctica, sólo

podemos hacerlo estudiando la mayor o menor facilidad con la que resulta posible

desprenderse de ellos a precios que se correspondan con la situación económica

general, es decir, a precios económicos. La alta liquidez de un producto no es revelada

por el hecho de que sea posible desprenderse de él a cualquier precio, incluso el que

sea el resultado de una desgracia a accidente. En este sentido todos las productos son

bien e igualmente comercializables. Depende de que resulte posible desprenderse de él

con facilidad y seguridad, en cualquier momento y a un precio que se corresponda, o

que por lo menos no sea incompatible, con la situación económica general, es decir, al

precio económico o aproximadamente económico. Una mercancía es más o menos

líquida si podemos, con mayor o menor perspectiva de éxito, desprendernos de ella a

precios compatibles con la situación económica general, a precios económicos.” (Menger,

1985).


Aunque parezca alejado el tema por estar considerando una moneda metálica,

lo cierto es que los principios que hacen a una buena moneda, aquella que ha sido

seleccionada por la gente para ser utilizada, son los mismos. Por lo que una moneda

será aceptada dependiendo de:

“l. Del número de personas que aún necesitan la mercancía en cuestión y de la medida

y la intensidad de esa necesidad, que no ha sido satisfecha o que es constante.

2. Del poder adquisitivo de esas personas.

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3. De la cantidad de mercancía disponible en relación con la necesidad (total), no

satisfecha todavía, que se tiene de ella.

4. De la divisibilidad de la mercancía, y de cualquier otro modo por el cual se la pueda

ajustar a las necesidades de cada uno de los clientes.

5. Del desarrollo del mercado y, en especial, de la especulación; y por último,

6. Del número y de la naturaleza de las limitaciones que, social y políticamente, se han

impuesto al intercambio y al consumo con respecto a la mercancía en cuestión” (Menger,

1985).


Entonces, termina cumpliendo el papel de moneda aquel producto que permite

a la gente pasar de un producto menos “líquido” hacia otro más “líquido”. Desde

este punto de vista, el origen de la moneda tiene una clara característica de “espontáneo”

u evolutivo, o al seguir de aquella frase del filósofo escocés Adam Ferguson,

el resultado de la acción humana, no del designio humano.

“No es imposible que los medios de cambio, sirviendo como lo hacen al bien común,

en el sentido más absoluto del término, sean instituidos a través de la legislación, tal

como ocurre con otras instituciones sociales. Pero ésta no es la única ni la principal

modalidad que ha dado origen al dinero. Su génesis deberá buscarse detenidamente en

el proceso que hemos descrito, a pesar de que la naturaleza de ese proceso sólo sería

explicada de manera incompleta si tuviéramos que denominarla ‘orgánica’, o señalar al

dinero como algo ‘primordial’, de ‘crecimiento primitivo’, y así sucesivamente. Dejando

de lado premisas poco sólidas desde el punto de vista histórico, sólo podemos

entender el origen del dinero si aprendemos a considerar el establecimiento del procedimiento

social del cual nos estamos ocupando como un resultado espontáneo, como

la consecuencia no prevista de los esfuerzos individuales y especiales de los miembros

de una sociedad que poco a poco fue hallando su camino hacia una discriminación de

los diferentes grados de liquidez de los productos” (Menger, 1985).

Será importante tener esto en cuenta, ya que la imposición por parte de las

autoridades emisoras de una moneda monopólica para los centros de trueque se

enfrentará con estas mismas circunstancias, y habrá de destacarse que gobiernos

de todo tipo se enfrentan con serios problemas para administrar sus propias monedas

debido a ello. El tipo de moneda que busca utilizarse en los centros de trueque,

pareciera querer aumentar su “liquidez” al castigar su atesoramiento. Comenta

Schuldt (1997):

“Pero Gesell fue más allá de la teoría cuantitativa, extendiéndola y precisándola en varias

direcciones. A ese efecto, su interés principal radicaba en asegurar la circulación efectiva del

dinero, algo que no estaba necesariamente garantizado por el libre juego de la oferta y la

demanda. Las interferencias que causaba a la vida económica el desmesurado atesoramiento



monetario constituían uno de los fenómenos que más le preocupaba y que en su

opinión determinaba la ciclicidad del proceso económico y sus conocidas secuelas de vaivén

entre inflación-sobreempleo y deflación-desempleo” (negrita en el original).

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Sostendremos aquí, no obstante, que existe una clara diferencia entre la “liquidez”

de un medio de cambio y su “oxidación”, y que fomentando o imponiendo

esta última se acelera la circulación de esa moneda, pero no por ello se mejora su

“liquidez”, la cual es la capacidad de desprenderse de ella en el momento deseado,

no la necesidad de hacerlo en forma forzada.

2. La calidad de una moneda

La enseñanza básica de Menger en tal sentido es que la moneda habrá de

mantener una relación clara con la cantidad de productos que se intercambien en

los centros de trueque de forma tal de mantener su valor y facilitar los intercambios.

En tal sentido, y siendo que el “valor” de una moneda son los bienes que con

la misma se pueden comprar, una moneda como los “créditos” plantea al emisor las

siguientes posibilidades:

1. que la cantidad de moneda emitida crezca o se reduzca en relación exacta

a la cantidad de mercadería que se intercambia en los nodos. En este caso la

moneda mantendrá un poder adquisitivo estable;

2. que la cantidad de moneda emitida crezca en relación a la cantidad de

mercadería que se intercambia en los nodos; en cuyo caso la moneda perderá

poder adquisitivo, existirá “inflación en créditos”;

3. que la cantidad de moneda emitida se reduzca en relación a la cantidad de

mercadería que se intercambia en los nodos; en cuyo caso la moneda ganará

poder adquisitivo, existirá “deflación en créditos”.

Éste no es un tema menor, ya que plantea una polémica que ocupara a la ciencia

económica durante décadas, y en la cual los organizadores del trueque parecen

tomar parte. Antes de llegar a este punto, consideremos cómo se establece el valor

de los bienes en una economía de trueque. En tal sentido es necesario considerar la

denominada “ley de Say”:

“En el caso de una economía de trueque el argumento de Say resulta muy claro. En este

caso, el intercambio es directo: se cambian mercaderías por mercaderías. La oferta de

una mercancía implica la demanda de otra. O al revés, para demandar un bien hay que

ofrecer otro.

Por lo tanto Say concluye que es un absurdo pensar que hay oferta y no hay demanda

ya que la oferta de un bien ‘es’ demanda de otro. La única manera que tiene una

persona de demandar más es ofreciendo más y cuanto más se ofrece más se demanda.

En el caso de trueque también se puede ver con claridad que si el precio de un bien cae

‘necesariamente’ el precio de otro bien tiene que aumentar. Si para comprar un par de

zapatos hay que entregar una mayor cantidad de manzanas esto significa que el precio

del zapato subió y el de las manzanas bajó. Es ‘imposible’ que baje el precio de los

zapatos “y” de las manzanas en una economía de trueque.

La mayor oferta del bien X es lo que provoca mayor demanda de los bienes A, B, C, D,

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etc. La mayor oferta de X hará que el precio de X baje, pero esto implica necesariamente



que el precio de otros bienes tienen que aumentar. Seguramente el precio de los

bienes cuya demanda se vea incrementada por la mayor oferta de X.

De esta forma Say concluyó que la idea de un exceso de oferta generalizado es un

absurdo. Es imposible que caigan los precios de ‘todos’ los bienes en la economía”

(Cachanosky, 2002).

Es decir, en una economía de trueque la flexibilidad de los precios que garantiza

la igualdad entre la oferta y la demanda es imposible de evitar. Nunca puede haber

una caída de precios de todos los bienes. Lo que da origen a una mayor demanda

no es la cantidad de dinero sino la producción de bienes y servicios.

Introduciendo la moneda en este análisis las cosas no cambian, pues, como se

señalara antes, la mayor o menor cantidad de moneda en relación a la producción

dará como resultado un incremento o una caída del valor de la misma.

En su momento, Keynes se opuso vehementemente a la ley de Say argumentando

que los precios no eran flexibles a la baja, por lo que un aumento de la demanda

de atesoramiento de dinero en poder del público, implicaba una reducción de su

circulación lo que demandaría una caída de los precios. Como esto no se verificaría,

el resultado era un proceso recesivo. De hecho, Keynes toma este concepto del

economista Silvio Gesell, quien parece ser la fuente de inspiración de los organizadores

de los centros de trueque.

Los organizadores del trueque se basan en una errónea teoría. Han rescatado

el trabajo del economista alemán Silvio Gesell (1916), quien proponía implementar

un tributo al dinero de forma tal de penar su acumulación, fomentando así su

“circulación” y eliminando la escasez de dinero. Sin embargo, ése es un serio error.

Gesell separa incorrectamente a la sociedad entre los poseedores de dinero y los

poseedores de mercancías, diciendo que la moneda (en ese entonces, metálica)

favorece a los poseedores de moneda quienes tienen el “poder” de decidir cuándo

desprenderse de ella. Así:

“...la moneda ha sido mejorada desde el punto de vista del poseedor. Al escoger la

materia para la moneda se ha tenido solamente en cuenta al comprador, a la demanda.

La mercancía, la oferta, el vendedor, el productor, han sido olvidados por completo. Se

ha elegido para la fabricación de la moneda la materia prima más bella que proporciona

la tierra, un metal noble, porque beneficiaba al poseedor. Y se olvidó con ello que

los poseedores de las mercancías, en el momento de realizarlas, debían pagar aquellos

beneficios. La elección de ese material monetario ha permitido al comprador aguardar

el momento más oportuno para la compra de las mercaderías, olvidando que esa

libertad obliga al vendedor a esperar pacientemente en el mercado hasta que al comprador

le plazca aparecer” (Gesell, 1916).

En primer lugar, es necesario señalar que nadie ha “escogido” la materia para la

moneda, en este caso el oro, sino que dicho resultado es fruto de un largo proceso

evolutivo resultado de “la acción humana, no del designio humano”.

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Además, lo que se menciona no es correcto, ni siquiera con la moneda metálica,



ya que si la moneda se “atesora” como sería éste el caso disminuye su oferta en el

mercado por lo que su valor tiende a crecer en relación a los bienes y servicios, es

decir, se aprecia, lo cual incentiva su producción (en este caso aumenta el precio

del oro lo que incentiva un aumento de la producción del mismo). En el caso de una

moneda fiduciaria como la moneda papel o, en tal caso, los créditos, un “atesoramiento”

de moneda produce el mismo efecto, reduce la cantidad de la misma

respecto a los bienes por lo que los precios de éstos en esa moneda bajarán, no

tienen porqué quedar stocks sin vender por esta causa, como sugería Gesell. Si

queda mercadería sin vender luego de una determinada sesión del mercado, esto

se debe a la ausencia de demanda sobre ese bien, no a la escasez de moneda.

Gesell incluso proponía que la moneda no fuera de tan buena “calidad”:

“Las mercaderías en general, trigo, carne, lana, cueros, petróleo, no podrán canjearse

con seguridad más que cuando para todos sea completamente igual poseer dinero o

mercancías; y esto no ocurrirá hasta que el dinero cargue también con todas las

propiedades perniciosas ‘inherentes’ a nuestros productos. Y es lógico. Nuestras mercancías

se pudren, se descomponen, se rompen y oxidan; cuando también la moneda

posea propiedades corporales, que compensen las citadas desventajas, podrá cimentarse

un intercambio rápido, seguro y barato, ya que semejante moneda no merecería la

preferencia de nadie, en ningún lugar y tiempo.

“Una moneda tal, que envejece como un diario, que se pudre como las papas, que se

volatiliza como el éter, es la que sólo puede servir como medio de cambio para diarios,

papas, hierro, etc., pues ella no sería preferida a la mercancía, ni por parte del comprador,

ni del vendedor. Únicamente se entrega la propia mercancía por dinero, porque se

necesita de éste como medio de cambio, y no porque se busque alguna ventaja en su

posesión.

“Debemos, pues, empeorar al dinero como mercancía, si hemos de mejorarlo como

medio de cambio, y ya que los poseedores de mercancías tienen siempre apuro en el

cambio, justo es que también los poseedores del medio de cambio...” (Gesell, 1916).

Pues el pedido de Gesell fue escuchado oportunamente por muchos gobiernos

y aplicado en particular por el argentino, quien se encargó de “empeorar el dinero”

de forma tal que la gente no quisiera ya poseerlo y se lanzara a cambiarlo, dando

como resultado los fenómenos hiperinflacionarios por los que atravesara la Argentina.

E incluso, cuando la calidad de la moneda local fue deteriorada de esa forma,

la gente prefirió cambiarla por otra moneda más sólida y no por bienes como

pensaba Gesell que iba a hacer.

Incluso sin querer saldar la polémica con Keynes en este trabajo, es necesario

tener en cuenta que cuando éste hablaba de “rigidez” de los precios a la baja, se

refería principalmente a los salarios y esto debido a la acción de los sindicatos bajo

el amparo de las nuevas legislaciones laborales. En el caso de los nodos de trueque

no hay salarios que se paguen en “créditos”, a menos que interpretemos como tales

a los servicios personales que allí se intercambian, no obstante lo cual, los mismos

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no presentan en absoluto la rigidez de los salarios sino la flexibilidad de todo

servicio. Por esa razón, la validez de la ley de Say se mantiene vigente en estos

centros.

Esto tiene consecuencias para la administración de una moneda como los créditos.

Sus emisores se enfrentan, además, a un problema similar al que enfrenta

cualquier banco central del planeta: ¿qué cantidad de “arbolitos”2 han de emitirse?

Esto requiere contestar una pregunta anterior: ¿cuál es el valor de una moneda?

Pues no ha de tener un precio ya que es precisamente ella la que da precio a todas

las demás cosas. El poder adquisitivo de una moneda son las cosas que con esa

moneda se pueden comprar. Si con la misma cantidad de productos crece la cantidad

de moneda su valor va a caer, aumentan los precios en esa moneda. Una

moneda con poder adquisitivo estable debe lograr una relación estable también

entre la cantidad de “cosas” y la cantidad de moneda. No es una tarea fácil y la

experiencia de los bancos centrales lo demuestra, particularmente el nuestro. Pero

he aquí que, aparentemente, se entrega a cada participante una cantidad fija de

“arbolitos” y se dice que eso mantiene estable el nivel del circulante per cápita. Por

cierto que lo mantiene, pero ese no ha de ser el objetivo, sino el que se mencionara

antes, de mantener una relación estable entre el “circulante y los bienes”, no las

personas. Es decir, ¿si una persona ingresa con un auto recibe 50 arbolitos y si

ingresa con un lápiz también? Pues esto puede dar como resultado tanto poca

como mucha moneda y los precios habrán de ajustarse a ello, pero no serán estables.

Existen entonces, para los administradores, tres posibilidades básicas:

1. tratar de acomodar la emisión de moneda al volumen de los intercambios

que se realizan de forma tal que el valor de la moneda se mantenga constante;

2. fijar la cantidad de moneda y luego que sean los precios de los bienes que se

intercambian los que fluctúen hacia arriba o hacia abajo, teniendo en cuenta,

como se mencionara antes, que no hay razones para pensar que no

existiría flexibilidad en ambos sentidos para los productos y servicios que se

intercambian;

3. atar la cantidad de moneda a una reserva determinada y que, por lo tanto,

su cantidad dependa de la reserva mencionada.

Como se mencionara, la primera alternativa no es sencilla. Por las siguientes

razones:

• Requiere un elevado volumen de información acerca de la magnitud de los

intercambios que se realicen en toda la red; y no sólo eso, requiere una

estimación sobre volúmenes futuros, información que no está disponible y

que resulta siempre una aproximación. Estos problemas acerca de definir el

volumen de la oferta de créditos se presentan al margen de los reconocidos

2 Se refiere a los créditos o bonos emitidos por la Red Global del Trueque, conocidos con este

nombre por la figura de un ombú en su cara principal. (Nota de la edición.)

114

en relación a la “falsificación” de billetes, cosa que ya ha sucedido. No



obstante, el resultado de una emisión excesiva es el mismo.

• La tentación del administrador de apropiarse del “segniorage”, esto es, de

utilizar la emisión de créditos para cubrir sus propios gastos. De hecho, esto

sucede en la medida que se abonan salarios a los empleados del administrador

en “créditos”. Esto no quiere decir que dichos gastos no sean necesarios,

teniendo en cuenta que la organización de los nodos y la administración

de su funcionamiento requieren de su debida asignación de recursos,

pero los mismos no deberían provenir de la “política monetaria” sino de la

“fiscal” es decir, de los honorarios específicos que los participantes pagan

para participar en los nodos.

Una moneda fiduciaria, como son los “créditos”, con manejo discrecional por

parte de la autoridad emisora demanda, tanto sea una regla clara sobre su manejo

como un mecanismo de control que sólo puede funcionar en base a la confianza y

en grupos pequeños.

Esto es señalado por Schuldt (1997) al considerar la experiencia del sistema

LET:


“Otra ventaja adicional del sistema es que prácticamente no existe límite para la realización

de transacciones, ya que no está limitada a la circulación del dinero. Sin embargo,

en ese mérito radica también la principal limitación del sistema, puesto que algunos

miembros pueden incurrir en elevados déficit, es decir, en excesivas compras respecto

a sus ventas. Si este comportamiento se generaliza, el sistema quiebra y todos los demás

miembros (con superávit) tienen que absorber la pérdida. Con ello se pierden la fe y la

confianza en que se basa el LET. Y esta tendencia aumentará cuanto más grande sea el

número de miembros de la asociación, es decir, a medida que se convierta en una

institución más impersonal”.

Y luego considerando las conclusiones:

“...este sistema requiere –para su funcionamiento adecuado– de un cierto nivel homogéneo

de educación y de confianza mutua relativamente elevados entre los miembros

participantes. Incluso la proximidad física de éstos pareciera esencial en un inicio”.

(Schuldt, 1997).

Pues no solamente al inicio, el problema es que lo requiere siempre y en la

medida que no puede extenderse el ámbito de las transacciones se pierden los

beneficios de la extensión de la división del trabajo.

Vale la pena recordar que la centenaria estabilidad de las monedas metálicas se

basaba en las limitaciones “físicas” impuestas a su producción: por más que se

quisiera no existían posibilidades reales de incrementar la cantidad de moneda

metálica. Esto hizo que, por ejemplo, en los últimos 500 años el stock total de oro

se incrementara a un promedio anual que nunca superó el 5%, incluso en épocas

115

de grandes descubrimientos como los de California o Sudáfrica. Esto permitió la



existencia de un límite físico pero suficientemente flexible para que creciera la

cantidad de moneda a la par que crecía la producción de bienes, dando como

resultado décadas de precios estables.

En tal sentido, dentro de la segunda alternativa antes mencionada, podría ser

recomendable que los administradores de los “créditos” fijaran su volumen actual,

lo mantuvieran, y luego adoptaran una regla para su crecimiento que podría aproximarse

a la mencionada para el metal, 3-5% anual, y en caso de que el volumen de

transacciones superara dicho crecimiento, permitir una apreciación en el valor de

los créditos. Por cierto que lo que no sucedería sería una caída de su valor, y esto es

lo que se busca evitar para no degradar la calidad del medio de intercambio.

Por otro lado, en relación con la tercera alternativa, se trata este caso de atar la

cantidad de moneda en circulación a un cierto activo cuya tenencia impone un

límite en la cantidad de moneda emitida. Dicha “reserva” podría ser incluso otra

“moneda”, como el peso, el dólar, o incluso algo más sólido aún como el peso

argentino oro. El mantenimiento de una relación constante entre la cantidad de

moneda emitida y el monto de las reservas sostendría su valor.


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