Economía del Trabajo vs. Economía del Capital



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ECONOMÍA DEL TRABAJO

José Luis Coraggio1


Economía del Trabajo vs. Economía del Capital


La Economía del Trabajo se refiere a las formas de organización de la producción según una racionalidad reproductiva de la vida. Esto incluye los procesos autogestionados por los trabajadores, sean individuales o agrupados –emprendimientos familiares, asociaciones que organizan condiciones de vida, mutuales, cooperativas-, pero también abarca el trabajo “doméstico”, el trabajo comunitario, diversas formas de asociación para mejorar los términos del intercambio y, por supuesto, el trabajo asalariado, aún bajo la dirección del capital pero tensionado por la búsqueda de una creciente autonomía y emancipación de los sistemas productivistas, sean tayloristas o toyotizados. En esta perspectiva el trabajador no es el propietario de un recurso que organiza el capital sino el sujeto de la producción en pugna por su autonomía desde el interior del sistema capitalista.

La perspectiva de una Economía del Trabajo sólo puede pensarse cabalmente en contrapunto con la Economía del Capital, economía que ha producido, entre otras cosas, un modo de organización y un sentido del trabajo que es específico, propio de esa época que denominamos capitalismo. Un aspecto específico es la mercantilización del trabajo, a través de la separación de la persona y su capacidad de trabajo (la fuerza de trabajo, como la denominó Marx (1971) y la compra-venta de esa fuerza de trabajo en un mercado, como mercancía ficticia (Polanyi, 1957). Cuando funciona como mercado autorregulado, en el capitalismo neoliberal o nuevamente en este período neoliberal, el precio del trabajo y las condiciones del contrato de trabajo son fijadas por la oferta y la demanda, fuerzas que no son un mero mecanismo que agrega cantidades de calidades homogéneas, sino un verdadero campo de fuerzas multidimensional, donde la cultura, los valores, la estructura de “capitales”, contribuye a diferenciar, segmentar y pautar prácticas que, a su vez, reproducen o van constituyendo variaciones en la estructura, como el reciente surgimiento de un “cognariado” diferenciado del proletariado (Bourdieu, Cunca Bocayuba, 2007).

A partir de la primera “gran transformación” el capitalismo organizado, con fuerte intervención estatal y la presencia de poderosas organizaciones sindicales, reguló el mercado de trabajo y dio lugar a que los trabajadores y la sociedad en general avanzaran con una cultura de derechos del trabajador y su familia que limitaron el juego libre del mercado e impidieron que el salario bajara a los niveles de “mercado libre”. Se constituyó así la denominada “sociedad salarial” (Castel, 1995) en la que el trabajo se organizó, dentro de una institucionalización regulada del mercado, como principio de integración social universal. Como anticipara Polanyi, el mercado de trabajo junto con los mercados de mercancías ficticias tierra y dinero (al que hoy podemos agregar el de conocimiento), pasó a operar con fuertes restricciones del Estado y la sociedad civil organizada.

Pero la organización capitalista del trabajo incluye también lo relativo a la misma organización material del trabajo y sus consecuencias directas sobre la subjetividad y la calidad de vida cotidiana de los trabajadores, como resultado de la división social del trabajo que impulsó tanto en los procesos inmediatos de producción como en los mediados por el mercado de mercancías. El control de la ciencia y la tecnología por el capital, instrumentalizando el conocimiento como medio para la búsqueda de ganancias contribuyó a constituir al proletariado como masa de trabajadores portadores de trabajo abstracto (valor) cuya fuerza de trabajo se constituye en un recurso más a economizar. La tendencia intrínseca del capital a sustituir trabajo vivo por la fuerza del aparato productivo objetivado se ha hecho patente con la ruptura del modelo de capitalismo organizado y el ataque conservador al estatismo, sea socialista o socialdemócrata. El trabajo concreto es cada vez más atribuido a la máquina, a los robots, a los sistemas automatizados de producción mediados por mercados que, para muchos bienes homogeneizados, operan también como autómatas.

Así, el trabajo del capital, que desde la perspectiva de los trabajadores era la institución integradora y orientadora de las opciones y estrategias de vida, y que sin embargo ya era ajeno, heterónomo -en el doble sentido de estar dirigido en cada proceso de producción por la dictadura del capitalista o sus representantes y de estar impuesto por un sistema de necesidades generado en función de la acumulación de capital privado, algo que los inventos organizativos del toyotismo no superaron (Gorz, 1988)-, experimenta transformaciones vertiginosas con el neoliberalismo y el debilitamiento de los sindicatos, se precariza y pierde centralidad para el capital sin haber sido substituido por procesos equivalentes de integración social. El trabajo desregulado deja de ser para enormes masas de trabajadores una fuente de obtención de los medios de vida que se habían definido como valor histórico de la fuerza de trabajo, y se ha vuelto desestructurante de los horizontes de vida, porque incluso quien lo tiene experimenta una “seguridad precaria” que fracciona a la sociedad en los pocos protegidos y los muchos asistidos, en un contexto de desprotección social (Costanzo, 2007) diseñado para que el hambre o el temor a la destitución definitiva presionen a quienes no tienen más que su fuerza de trabajo a tomar lo que haya como oferta de empleo.

Sin embargo, por la perdurabilidad del imaginario de la sociedad salarial, ese trabajo se extraña, se desea más que las cosas mismas y se reaprende a buscarlo, mantenerlo y defenderlo de la competencia de otros trabajadores. Ese trabajo deseado sigue siendo un trabajo asalariado, un trabajo bajo patrón –privado o público-, un trabajo que aunque no es base de autonomía, puede ser valorado como “digno”, porque se obtiene en el mercado, el lugar donde “se sabe quién es quién”, cuanto valen las cosas y las personas. Tanto a nivel del proceso particular de producción como de su división social, ese trabajo no genera solidaridad, una intersubjetividad positiva ni un sentido que trascienda la mera instrumentalización del trabajo como medio para la obtención de dinero, el representante de las cosas que necesitamos o deseamos.

Desde la Economía del Capital se ve el conjunto de la economía como una economía institucionalizada por el solo principio de mercado, en la que participan individuos utilitaristas y calculadores, donde la capacidad de competir y ganar está en la base del acceso a la riqueza y al potencial de autodesarrollo, y cuya orientación de conjunto está dada por la lógica de la acumulación de capital. Desde la Economía del Trabajo se ve el conjunto de la economía a partir de la constitución de un sistema que combina cinco principios de integración social: a) autarquía de la unidad doméstica; b) reciprocidad intra e intercomunidades; c) redistribución a diversos niveles de la sociedad; d) intercambio en mercados regulados o libres; e) planificación de lo complejo (en particular de los efectos no intencionales de las acciones particulares), y que se orienta solidariamente por la lógica de la reproducción ampliada de las capacidades de todas las personas y de la calidad de sus vidas en sociedad.

Para la Economía del Capital el crecimiento cuantitativo de la masa de mercancías es un criterio definitivo de eficiencia de la economía, mientras que para la Economía del Trabajo es la calidad de la vida, la realización efectiva del potencial de las personas entrelazadas por relaciones de solidaridad, con justicia y en paz, lo que prima; las cosas, si bien pueden ser dotadas de significado por las sociedades, son un medio antes que un fin, y el manejo estratégico de las relaciones interpersonales debe minimizarse, dejando lugar a procesos de mutuo reconocimiento, a la negociación, a los acuerdos entre pares.

Para la Economía del Trabajo, la cuestión social actual no es ver como se recupera el pleno empleo (bajo la dirección del capital) para que todos puedan tener un ingreso y consumir lo que decide producir la cultura del sistema capitalista, sino reconocer, recuperar, potenciar, inventar y desarrollar otras formas de motivación y coordinación de las actividades humanas, para lograr otros productos y resultados deseables y para realizar la vida cotidiana que también incluye la experiencia del trabajo, un trabajo con goce y fraternidad.

La Economía Popular como punto de partida

Dentro de las sociedades capitalistas realmente existentes, así como la empresa de capital es la forma elemental de organización micro económica para la acumulación de capital, la unidad doméstica (UD) es la forma elemental de organización micro socio-económica propia del trabajo y su reproducción.

Las UD pueden generar extensiones de su lógica de reproducción particular mediante asociaciones, comunidades organizadas, redes formales o informales de diverso tipo, consolidando organizaciones socioeconómicas dirigidas a mejorar las condiciones de reproducción de la vida de sus miembros. En conjunto conforman lo que hemos llamado “Economía Popular” (Coraggio,1999), que entra en relaciones de intercambio, dentro de una economía mixta bajo hegemonía del capital, con el subsistema de empresas de capital y con el subsistema de agencias del estado.

Estas organizaciones de la Economía Popular pueden atender a aspectos específicos de la reproducción: sindicatos que luchan por el valor y las condiciones contractuales del trabajo asalariado, asociaciones de productores autónomos que comparten medios de producción o canales de comercialización, cooperativas de autogestión de servicios, redes de abastecimiento, movimientos reivindicativos de recursos y activos –tierra, vivienda, sistemas de servicios de salud, educación, etc.- en una suerte de acumulación originaria en que la nueva economía recupera recursos de la economía capitalista no por medio del intercambio mercantil sino de la presión, la fuerza, la reivindicación de derechos (Navarro Marshall, 2007), asociaciones barriales que autogestionan su habitat común a la vez que construyen espacios de sociabilidad primaria (Valeria Mutuberría, 2007; Sol Arroyo, 2007). También pueden tener un enfoque más abarcativo de toda la sociedad: movimientos ecologistas, de derechos humanos, de lucha por la tierra, el agua o el territorio, de género (Quiroga, 2007), de afirmación étnica, de educación popular, culturales, de incidencia y control en determinadas políticas del estado (Hintze, 2007), etc.

Ambas formas de organización económica -la del capital y la popular- pueden desarrollar meso-sistemas (Narodowski, esta misma obra) de autorregulación, de planificación estratégica o de representación de sus intereses. Ambas se vinculan y encuentran –en general con contradicciones- con la Economía Pública, sus políticas, sus espacios de concertación y sus organizaciones político-administrativas, constituyendo entre los tres subsistemas una Economía Mixta. Esta es la base material de un sistema con predominio del capitalismo, que da lugar a la pugna contrahegemónica o de resistencia en múltiples espacios contradictoriamente institucionalizados bajo la égida del capital.

En su afán de acumular, aplicando una racionalidad instrumental totalizante, las empresas de capital consideran todos los elementos del contexto social, político, ecológico, simbólico, etc., como recursos o como obstáculos, y pugnan por disponer de ellos o eliminarlos en la medida que su proyecto para obtener ganancias lo requiera y su poder para disponer de ellos lo permita. A nivel mesoeconómico, ese poder está, sin embargo, limitado por la competencia, y a nivel de sistema lo está por fuerzas consideradas “extraeconómicas”, sean ellas sociales o ecológicas.

En general, la empresa capitalista no frenará espontáneamente la expoliación del medioambiente, la explotación del trabajo ajeno, el intercambio desigual o la degradación de la calidad de vida si ello conduce a máximas ganancias. El capital (sobre todo el capaz de movilizarse a escala global), enfrascado en los equilibrios-desequilibrios de mercado, no se preocupará de motu propio por los desequilibrios sociales, políticos, psicológicos o ecológicos que pueden producir sus acciones o las del conjunto de las empresas en los territorios donde se aloja temporalmente.

Por ello, es preciso que el Estado o el sistema interestatal se democraticen generando espacios públicos de debate sobre el bien común, partiendo de la crítica de las tendencias empíricas, muchas veces resultantes de efectos sistémicos no intencionales. O bien es preciso que otras formas de poder colectivo (sindicatos, movimientos ecológicos, movimientos feministas, movimientos étnicos, asociaciones de consumidores, etc.) operen como representantes del bien común, promoviendo formas socialmente más eficientes del sistema empresarial mediante una defensa de lo ético no instrumentalizado por la misma lógica de la acumulación (Salmon, 2002) y limitando coactivamente sus tendencias destructivas. Polanyi ha mostrado, coincidiendo con Marx, la perversidad de un mercado libre que pretende reducir la integración social al sólo mecanismo del mercado formador de precios por la oferta y la demanda, lo que lleva a una autodestructiva sociedad de mercado y al deterioro de la vida humana y de la naturaleza. En términos de Marx, se genera un sistema de dominio abstracto, aparentemente natural, cuando en realidad ha sido y es continuamente construido e institucionalizado desde proyectos de dominio particular (Postone,2006). En esta visión de la buena economía, los trabajadores no son sujetos, sino objetos, son “recursos humanos”, a lo que se ha venido a agregar la noción del “capital humano”, el “capital social”, y toda la familia de activos y “capitales de los pobres”.(Hintze, 2008)



La Economía Social y Solidaria como transición de la Economía Mixta hacia hacia una Economía del Trabajo

Se plantea entonces la posibilidad de desarrollar una economía centrada en el trabajo para satisfacer las necesidades legítimas de todos, articulada y coordinada con un alto grado de reflexividad crítica y mediada no sólo por un mercado regulado sino por diversas relaciones directas de solidaridad. Pero ese trabajo no puede ser el mismo trabajo asalariado, fragmentado, alienado, organizado por el capital para que el hombre se convierta en un homo laborans, aditamento de la maquinaria productiva (Arednt, 2003). Desarrollar la posibilidad de realización social de otro trabajo como capacidad subjetiva de los trabajadores asociados y autogestionarios implica una lucha cultural, no sólo para cambiar las valoraciones sobre el trabajo autonomizado de patrones sino los comportamientos en el mercado de los ciudadanos, orientados por la reproducción de su vida inmediata. En efecto, los trabajadores, en tanto consumidores, pueden contribuir a amplificar los desequilibrios que el capital descuida, y contribuir a la reproducción ampliada del capital antes que al desarrollo de otro trabajo organizado bajo formas solidarias. Incluso sectores promotores de la Economía Social (esa práctica de construcción social-mente conciente de otra economía y otra sociedad) pueden ser llevados -por la “prueba del mercado”, por la fijación en la sostenibilidad definida estrechamente en términos financieros y por el respeto a la libertad (negativa) de opción de los consumidores aunque sus gustos y sus criterios de la buena vida, del valor de las cosas y las relaciones sociales hayan sido producidos en el campo de hegemonía del capital- a internalizar formas de organización del trabajo, con valores y criterios de eficiencia de la empresa privada, aún cuando el lucro no sea su objetivo.

La Economía del Trabajo propone como sentido de la economía la resolución de las necesidades y deseos legítimos de todos. En su horizonte estratégico no se plantea el acceso al “reino de la libertad” como superación de la “necesidad”. Pero se plantea la crítica práctica de la estructura de deseos o demandas de bienes y servicios que genera el imaginario del consumo en una sociedad capitalista, la tendencia utilitarista de las masas de consumidores medios, pobres o empobrecidos. Se trata de redefinir democráticamente un espectro de definiciones prácticas de lo necesario y lo suficiente, lo útil y lo legítimamente deseable (Coraggio, 2007; Caillé, 2003; Laville, 2003), acordar formas de producción y consumo más adecuadas(Max Neef y Elizalde, 1990), reconocer a niveles locales la unidad entre el trabajo de producción y el de reproducción y la necesidad de incrementar los niveles de autarquía local frenando las irracionalidades de los mercados globales de alimentos.

Esto implica un reconocimiento del peso y el potencial a la vez que una crítica superadora de la economía popular realmente existente, porque esa economía popular reactiva y adaptativa no puede garantizar la sobrevivencia de todos en el contexto de transformación del capitalismo global, y se requiere una aproximación sistémica para transformar ese todo caótico en un conjunto orgánicamente vinculado de producción y reproducción, que vuelva a vincular el trabajo (otro trabajo) con la satisfacción de necesidades definidas históricamente por sociedades democráticas.

Además de lo requerido para el acto de consumo o de producción doméstica, se requiere el acceso de las UD a otras condiciones (generales, de uso colectivo compartido) de la producción doméstica o de la reproducción inmediata de la vida (y, por tanto, de sus capacidades de trabajo) y esto requerirá acumulación material, como medio y no como fin. En la perspectiva de una Economía del Trabajo, el control de las condiciones generales de su propia reproducción debe pasar a manos de los trabajadores organizados o de formas de gobierno y gestión descentralizadas y auténticamente democráticas.

Entre las UD puede haber diferencias culturales muy amplias, o relaciones de intercambio regidas por la cooperación utilitaria, la reciprocidad centralizada, la reciprocidad generalizada o la identificación comunitaria, como también de fuerte competencia entre comunidades o individuos, dependiendo de los valores e instituciones en que están imbricadas. La propuesta de una Economía del (otro) Trabajo implica abrirse a esa rica pluralidad de formas, a contracorriente de la tendencia del capital a imponer el trabajo abstracto y el consumo incesante como nivelador social. Muchas concepciones de la buena vida deben tener lugar para coexistir, aunque todos tienen que tener garantizada la vida para poder escoger lo nuevo o atenerse a su cultura originaria.(Hinkelammert, 1984, 2005)

Este esquema plantea dos hipótesis desde el punto de vista micro socioeconómico: (a) el empleo por un salario no ha sido, no es, y cada vez será menos, la única forma de realizar las capacidades de trabajo de las UD y por esa vía acceder a las condiciones y medios de vida; (b) las relaciones de producción, de trabajo y distribución, pueden no estar objetivadas ni imponerse como estructuras abstractas sino estar sujetas a relaciones interpersonales transparentes que van desde el parentesco hasta las relaciones de conciudadanos en una democracia participativa.

A nivel macroeconómico, en una economía mixta en transición, la Economía Popular, punto de partida socioeconómico de las prácticas de Economía Social conducentes a la institucionalización de una Economía del Trabajo, está condicionada por los precios relativos del trabajo y los bienes y servicios que ofrece y los de los medios de vida y de producción que adquiere en los mercados, ponderados por la estructura de sus insumos y consumos y la de sus productos.(Diéguez, 2008) Esos precios no reflejan meramente, como se pretende, las diferencias de productividad entre formas de producción, sino que son resultado del acceso diferencial a las tecnologías, conocimientos e informaciones –predominantemente como bienes privados y no como bienes públicos- así como de los poderes relativos en el mercado de empleadores y empleados, de oferentes y usuarios/compradores. También reflejan la acción del Estado como regulador o flexibilizador del mercado de trabajo, de los mercados de bienes y servicios que forman parte de la canasta básica de un hogar tipo, y de su intervención redistributiva subsidiando o imponiendo fiscalmente la producción o la distribución de los productos de primera necesidad así como beneficiando o limitando las ganancias y rentas monopólicas y previendo y limitando los efectos no deseados de las acciones fragmentarias.

En la esfera pública se dará entonces una confrontación entre las lógicas de la economía del trabajo y la economía del capital. Allí cabe la posibilidad de alianzas de las múltiples formas –ya mencionadas- de organización de los trabajadores, con ciertas fracciones del pequeño y mediano capital, organizados como sistemas productivos encadenados o como conjuntos territoriales. El desarrollo local integral puede cumplir la función de proveer un escenario para dar visibilidad a los intereses particulares y hacer emerger las alianzas posibles bajo la hegemonía del principio de reproducción ampliada. Bajo el paradigma tecnológico actual basado en la información y el conocimiento alienados de la masa de trabajadores pero también en la superexplotación del trabajo y la expoliación de la naturaleza, la confrontación con el gran capital en la lucha por la reproducción de la vida es ineludible. El bien común no puede ser sino el retroceso del huracán de la globalización capitalista (Hinkelammert, 2003).

Mientras la ganancia y la eficiencia del proceso productivo comandado por el capital pueden ser cuantificadas (o son reducidas a lo cuantificable), la calidad de vida es esencialmente cualitativa aunque tiene aspectos cuantitativos. El capital economiza costos de trabajo y del acceso a los recursos de la naturaleza, degradándolos, extinguiéndolos. El trabajo autoorganizado en función de la reproducción ampliada de la vida de todos economiza el desgaste de la naturaleza y cuida sus equilibrios, reconociéndonos como sujetos necesitados, parte del ciclo de la naturaleza antes que como homo sapiens que dominamos la naturaleza desde un “afuera” social metafísico.

La Economía Popular realmente existente y una Economía Pública tensionadas por un proyecto democratizante pueden ser la base de un sistema de Economía del Trabajo, capaz de representar y dar fuerza efectiva a los proyectos de calidad de vida en una sociedad más igualitaria, más justa y autodeterminada.

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1 Director de la Maestría en Economía Social del Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento.





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