Dos calles y mil callejones en la ciudad imaginaria Julen Gabiria Traducción: Idoia Ormaetxea



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Dos calles y mil callejones en la ciudad imaginaria

Julen Gabiria
Traducción: Idoia Ormaetxea
Ya lo dijo Julio Cortázar: el azar organiza la vida mejor que la lógica. No le faltaba razón al maestro, y no seré yo quien le contradiga, puesto que si hubiéramos dejado a la lógica actuar a su antojo, puede que el tema que ocupa a este Galeusca no fuera la ciudad, en este caso la ciudad imaginaria, y puede que el Museo de Bellas Artes de Bilbao tampoco organizara este año una exposición titulada “La ciudad que nunca existió”.

Sin embargo, parece que también esta vez ha actuado el azar, y, como siempre, lo ha hecho todo bien.

Tal y como he comentado, este año el Museo de Bellas Artes de Bilbao ha organizado la exposición “La ciudad que nunca existió”, en la que se han reunido obras de unos 80 artistas, abarcando desde la Roma clásica a nuestros días, en muy diversos soportes. Es importante recalcar a qué época pertenecen los artistas, puesto que ello nos muestra que el tema de la ciudad imaginaria es eterno y que va de la mano del arte. Es importante recalcar cuántas obras se recogen en total, puesto que ello nos demuestra que no han sido cuatro locos los que en algún momento se han planteado dicho tema. Igualmente importante considero la diversidad de soportes, ya que a través de ello comprobamos que hay mil y una formas de penetrar en la ciudad imaginaria.
1.- La ciudad imaginaria es completamente real. La ciudad real es completamente imaginaria.
¿Qué es la ciudad imaginaria? ¿Qué es, ampliando las fronteras, el territorio imaginario? ¿Acaso no es redundante hablar de algo imaginario cuando el arte se halla de por medio? ¿Qué es imaginario para el arte? Tal vez sea fruto de la costumbre el que, por ejemplo en la pintura, miremos a los cuadros realistas como si fueran fotografías y a los cuadros abstractos, a esos sí, como si fueran algo imaginario, como si pertenecieran a la imaginación.

Si el arte es arte, hasta en el máximo exponente de los cuadros realistas habrá un elemento que vaya más allá de las simples imágenes; de lo contrario no se trata de arte, sino de un simple y llano testimonio, una mera forma. Me refiero a que el arte en si, tiene su origen en el mundo imaginario: no sólo en el mundo de la imaginación, sino también en el imaginario.

En lo que a la literatura se refiere, y tomando a las ciudades como punto de referencia, Bilbao o Florencia pueden ser ciudades imaginarias, tanto como reales.

Piso Bilbao todos los días y os juro que no hay una ciudad más real. Sin embargo también guardo un Bilbao imaginario, el Bilbao al que de pequeño iba con mi madre de compras, siempre en sábado. Para mi Bilbao sólo existía los sábados. Seguramente, si me hubiera dirigido a Bilbao en martes nunca lo hubiera hallado o, como mucho, únicamente hubiera encontrado allí un simple solar. Y en Bilbao precisamente me encontraba con las Siete Calles, con aquellas calles marrones y sucias y también con el bollo de mantequilla, y casi siempre con la lluvia.

Pero no. No creáis ni una sola palabra de las que digo. Seguro que caminábamos por calles más limpias, seguro que había días en los que comía chocolate con churros y seguro que casi siempre lucía el sol: ese Bilbao es una ciudad imaginaria. Pertenece a mis recuerdos; pero ¿acaso existió de veras? Y si existió, ¿dónde está hoy en día aquella ciudad? Pues allí mismo, en el mismo lugar de hace 25 años. Lo que ya no existe es la mirada de aquel niño de hace 25 años, puesto que eso es exactamente lo que convierte lo real en imaginario: la mirada de uno mismo.

En resumen: desde el momento en que el arte se mueve a nuestro alrededor, la realidad puede llegar a ser algo imaginario sin dejar de ser real. Bilbao, por ejemplo en la literatura, siempre será un acercamiento subjetivo realizado en nombre de Bilbao en su globalidad. Y ese Bilbao personaje de novelas siempre será el Bilbao imaginario. Y a pesar de ello, no será irreal: al contrario, será completamente real, tan real como la imaginación. Cuando leo un libro, no es mi intención identificar el lugar o hallar rincones que realmente existen, sino sumergirme en ese mundo imaginario y apoderarme de él, es decir, transformar en real aquello que existe en la mente del escritor. No analizaré si la geografía que aparece en las líneas del libro es verídica, ni si es creíble: permitiré al texto que se introduzca poco a poco en mí, le consentiré crear una ciudad dentro de mí.

Y no es el texto quien se amolda a mis coordenadas lógicas, sino al contrario, es el propio lector quien rápidamente interioriza los juegos del escritor. Por ejemplo, al lector no le será inverosímil un Bilbao donde en vez de personas viven cocodrilos. Lo único que necesita es que el escritor comience el texto con estas palabras poco más o menos: “Tras atarse la corbata y coger la maleta, el cocodrilo besó a su mujer, y salió a las calles de Bilbao...” Al lector no le será difícil imaginarse las calles de Bilbao repletas de cocodrilos, convirtiéndose ese paisaje imaginario en uno mucho más real que muchos otros.

Por lo tanto, lo imaginario (Bilbao colmado de cocodrilos) se convertirá en real en la mente del lector. E igualmente al revés: Florencia es una ciudad real pero para el lector que nunca haya estado en ella se tratará de una geografía imaginaria, puesto que será él mismo quien creará la ciudad tomando las palabras del escritor como punto de partida.

Desde el punto de vista del escritor, se podría decir algo parecido, ya que el escritor escribirá acerca de su Bilbao, y desde el momento en que decimos “su” nos estamos refiriendo a lo imaginario, desde la perspectiva de que es suyo y de nadie más. Y aunque no conozca Florencia, sí que tiene tres o cuatro referencias acerca de ella, sí que conserva una idea, verdadera o imaginaria, del ambiente que allí se crea: más que suficiente para poder recrear un mundo, para poder recrear ahora también su mundo.

O Nueva York. No he estado allí, pero conozco de memoria la filmografía de Woody Allen. Bien como lector bien como escritor, hoy en día sería capaz de identificar con los ojos cerrados cada rincón de la Gran Manzana. Woody me ha enseñado la geografía real aunque simplemente me haya proporcionado unos pedacitos de Nueva York y me falten la mayoría de las piezas que componen el puzzle. Es lo mismo: tomando como punto de partida las piezas que me ha proporcionado, he completado todo el puzzle, que se mantendrá vivo en mí hasta que viaje allí y la realidad destruya el puzzle imaginario.

Esa es precisamente una de las magias de la literatura. Que no se trata de un ejercicio unilateral, es decir, que no es el escritor quien únicamente participa en ella. Desde el mismo momento en el que el libro llega a manos del lector, la ciudad que en él se describe adopta una nueva dimensión, y surge una nueva geografía creada por el escritor desde su subjetividad y adaptada por el lector a su condición.

Y de ese modo, primero está la ciudad, la ciudad misma, la ciudad por excelencia, Bilbao.

Más tarde surge la ciudad del escritor, la ciudad que desaparece entre semana y reaparece los sábados, Bilbao.

Y por último nos encontramos con la ciudad, con la ciudad imaginada por el lector, Bilbao.

Tres ciudades o más en una única realidad, en infinidad de imaginaciones. Luego ¿qué es lo imaginario para el arte? Lo es todo. El mismo arte es imaginario, puesto que si no lo fuera, en vez de pintar cuadros sacaríamos fotos, en vez de hacer esculturas colocaríamos al mismo modelo, y en vez de escribir literatura editaríamos estudios sociológicos.
2.- Dos calles y mil callejones
En marzo de 2003, Unai Elorriaga y yo charlamos largo y tendido acerca de numerosos asuntos literarios en la revista Linterna Gorria de BBK (Bihotz Bakartien Kluba) (www.armiarma.com/bbk/linterna/julenunai.htm). Desde la humildad, puedo afirmar que en ella salieron a la luz diversas cuestiones interesantes, entre ellas una que ambos hemos tratado infinidad de veces: la necesidad o falta de necesidad de centrar la obra literaria en el tiempo y el espacio.

Como sabréis, en las dos novelas que Unai Elorriaga ha escrito hasta hoy, dichas coordenadas no se encuentran especificadas: el espacio, la geografía es fruto de la imaginación en su obra El pelo de Van´t Hoff; y en Un tranvía en SP, por su parte, no se ofrece ninguna referencia al respecto. El tiempo, a su vez, no se encuentra especificado en ninguna de las dos novelas.

Mi caso es completamente el contrario: La novela Connemara gure bihotzetan (“Connemara en nuestros corazones”) la situé en Irlanda, a mediados de la década de los 90. La novela Han goitik itsasoa ikusten da (“Desde lo alto se ve el mar”), por su parte, se sitúa en la Toscana italiana de 1943.

El debate estaba servido: ¿cuales son las ventajas y desventajas de la geografía imaginaria? ¿Cuales las de la geografía real? ¿Existe alguna opción de elaborar una geografía “híbrida”?

Unai practica una geografía absolutamente imaginaria, y, tal y como le confesé en la entrevista de Linterna Gorria, también a mí me gustaría tener esa habilidad: la habilidad de alejamiento absoluto de la realidad (me refiero a la realidad que supone un vínculo en la novela, no a la realidad personal: para ello, para lograr alejarse de la realidad personal, basta con escribir, sin tomar en cuenta si lo que se escribe es una geografía imaginaria o real) y de confección de mundos y tiempos inexistentes, sin que al lector ni a uno mismo le preocupe demasiado dónde y cuándo se desarrolla el relato. Recojo a continuación casi literalmente una idea desarrollada por Unai en aquella conversación: “escribo personajes sin cultura, sin domicilio, sin nombre. Para contar lo que a mí me gusta, la historia, la cultura, etc. no son sino lastres. (...) Si al personaje lo sitúas en Algorta, lo revistes de una historia concreta, de una cultura precisa. (...) Pero eso (...) condicionará al personaje, para bien y para mal. Y no sólo al personaje: sobre todo condicionará al lector. (...) De ese otro modo, lo narrado se diluye completamente en el texto y el lector se centra en otras cuestiones en vez de atender a lo que verdaderamente importa (...). Eso es precisamente lo que yo pretendo lograr: pretendo despojar a los personajes del lastre histórico y cultural”.

Y es cierto; la geografía no consiste simplemente en localizar un lugar en el mundo, sino que, principalmente, consiste en situar una cultura en el mundo. Más que la propia geografía, lo que realmente afecta a lo que escribes es la cultura, la historia, las costumbres o el idioma que esa geografía concreta conlleva. Sin lugar a dudas, al situar el relato en una geografía imaginaria, al escribir acerca de un lugar que ni siquiera se ubica en el tiempo, se alivia enormemente esa carga a la hora de relatar aquello que deseas contar. No hace falta dar explicación alguna, puesto que no hay necesidad para ello: no habrá nadie que te reproche que “eso es imposible” o nadie te dirá que “cuando los franquistas tomaron Gernika, los vascos no se pasaron al otro lado del frente” o que “la primavera no es época de castañas”, puesto que, en ese mundo que has creado, hasta las castañas están bajo tu dominio. Es un placer, sobre todo, si te gustan las castañas.

Hasta el propio idioma crea a menudo una geografía imaginaria. Por ejemplo, la literatura vasca ha dado un gran salto en estos últimos 25 años. En la literatura de aquella época, un personaje no vasco (un policía, por ejemplo) no podía hablar en euskera. Hoy en día, aunque en la vida real, por supuesto, tampoco nadie creería que un policía se te vaya a dirigir en euskera, en una obra escrita en dicho idioma se puede incluir con mayor naturalidad un elemento de tales características. Además, constituye un enriquecedor ejercicio literario. También de mayor dificultad. En ese aspecto, la literatura vasca ha logrado mayor madurez, por lo menos en lo que se refiere a dos aspectos:

Por un lado, los escritores son cada vez más capaces de elaborar simplemente literatura, sin fijarse tanto en el idioma utilizado. Es decir, los personajes de la literatura vasca, sean de donde sean, pueden hablar en euskera sin que ello signifique necesariamente que ese sea su idioma. El euskera, en ese caso, es el idioma de una geografía concreta; puede tratarse de una geografía tanto real como imaginaria, pero, sea como fuere, siempre será una geografía fantástica, una geografía literaria. ¿Que existe?, ¿que no existe? ¿A quién le importa? Se trata simple y llanamente de geografía literaria. El mundo real está ahí fuera. Nosotros, en estos momentos, nos encontramos dentro de un libro, en una geografía aparte. Que hablen en euskera, pues, hasta los mismos policías; y que lo hablen con absoluta libertad, con la misma libertad que nos falta a nosotros para hablar en euskera en la vida real. El escritor vasco ya no escribe en euskera; el escritor vasco simplemente escribe, y eso es un avance extraordinario.

La segunda característica de la madurez, aunque hay muchas otras, es el propio lector, por la misma razón expuesta anteriormente: al lector ya no le sorprende que los policías, los inmigrantes africanos, los niños kurdos o los anarquistas italianos hablen en euskera. Poco a poco la literatura vasca va dejando atrás parte de su denominación –concretamente, el apellido “vasca”– y se está quedando con su verdadero nombre: literatura. Y cada vez más el lector lee literatura, una literatura mejor o peor, pero a ese lector ya no le inquieta tanto si esa geografía que tiene enfrente es imaginaria o real, ya que, tal y como venimos diciendo, la geografía literaria es siempre imaginaria en el libro, y real en la mente del lector.

Volviendo al ejemplo de Unai Elorriaga; en su caso, cuando nos presenta una ciudad imaginaria, sus habitantes hablarán en euskera, y nos lo creeremos. O cuando el libro se traduzca, hablarán en gallego o catalán, o en italiano o inglés, y nos lo creeremos igual, puesto que son personajes y lugares sin referentes culturales y, por lo tanto, su única referencia es el idioma, y ese idioma siempre será el del lector. El lector, en ese caso, no necesita ninguna otra identificación: imaginará el relato donde quiera, pero siempre en su lengua. La ciudad imaginaria no guarda una cultura concreta y, de ese modo, al menos, nos ahorramos un quebradero de cabeza: la verosimilitud.

En la ciudad imaginaria no tiene por qué haber gobierno alguno, puede caer una lluvia que haga cosquillas, puede haber una escalera en medio de la calle para los que quieran probar qué es subir y subir sin llegar a ninguna parte. La ciudad imaginaria es una ciudad cómoda para el escritor.

Pero a mí sobre todo me interesa la ciudad literaria, la geografía literaria. Esa geografía que no es ni imaginaria ni real, sino un poco de las dos. El nombre de la ciudad es real; sus calles y callejones, imaginarios. Eso es lo que a mí me interesa: la geografía híbrida.

En aquella conversación le respondí a Unai que “si comienzas a jugar con la realidad, si sitúas a tus personajes en la Italia de 1943, se establecen unos límites muy estrechos, por lo que deberás ser fiel a la Historia. Pero volvemos a lo mismo de antes; el hecho de ser fiel a la Historia no conlleva necesariamente la imposibilidad de jugar con ella. Al fin al cabo, la Historia es un hilo narrativo, un hilo firme con miles de ramificaciones; es como un gran río, el Amazonas, y todos sus afluentes. Y todos sabemos lo que ha ocurrido en ese hilo firme, en ese hilo que es la Historia que aparece en los libros; pero todas esas ramificaciones, sin duda alguna, componen el material para el juego literario. (...) En un ámbito cercado aparecen nuevas opciones, como por ejemplo la ocasión de jugar con los límites”.

Para mí, la verdadera ciudad imaginaria la constituye esa unión entre la realidad y la ficción. Aunque la geografía creada a partir de cero se me hace atractiva, mucho más atractiva me parece la geografía con límites entre penumbras que une la realidad y la ficción hasta la amalgama. Por tanto, teniendo en cuenta que no se limita totalmente a la realidad, constituye también una geografía imaginaria.

Siguiendo con lo dicho anteriormente, cuando escribimos acerca de la ciudad real, además de tomar una simple geografía, cargamos con toda una cultura. No se puede imaginar una ciudad real sin tener en cuenta todas las características culturales que subyacen en ella, que casi de manera forzosa deberán aparecer en la obra literaria. La prisa de los habitantes de Nueva York, los bares de la Siete Calle de Bilbao, la tranquilidad inquietante de Las Landas que parece poder estallar en cualquier momento, las viñas de la Toscana. Los paisajes, las costumbres de los habitantes, el ambiente... son elementos reales que constituyen una geografía real.

Sin embargo, las ciudades guardan rincones nunca pisados por el hombre blanco, por el rostro pálido. Se encuentran en la mente del escritor, tan vírgenes como la nieve recién caída. Y esperan a ese escritor para que él los pise y para que crea una historia en ese rincón que, aún hallándose en la ciudad real, es parte de la ciudad imaginaria. Y es justamente ahí donde se ubica la geografía híbrida, completamente real y completamente imaginaria; y, al mismo tiempo, nada real ni nada imaginaria.

Por lo tanto, la ciudad se compone de dos calles principales: la primera de ellas es aquella por la que día tras día caminamos en la vida real: la calle real. La segunda es aquella que por mucho buscar nunca la encontraremos, a no ser que busquemos en los libros. Entonces sí, entonces la encontraremos. Es la calle imaginaria.

Y como escritor las opciones son tres: tomar la primera calle, tomar la segunda, o fusionarte entre ellas.

Y si te introduces en esa amalgama medio real medio imaginaria entre las dos calles, encontrarás miles de callejones, todos a tu disposición, con un manto de nieve virgen en espera de que la pises.

Aquel asunto que mencionaba en la conversación acerca de la Historia, aquel asunto del gran río y sus afluentes, iba por esos derroteros.

En el libro Han goitik itsasoa ikusten da puse como protagonista al ciclista italiano Gino Bartali, el mejor ciclista en la época de la Segunda Guerra Mundial. Además de ganar dos Tours, una de sus acciones más extraordinarias fue la liberación de 800 judíos escondidos en monasterios de Italia, transportando documentos falsificados en el cuadro y las ruedas de su bicicleta. En este caso, ése fue precisamente el material que primero llegó a mis manos: ese pequeño río de la historia. Ese dato que nunca aparecerá en las enciclopedias, o que, como mucho, se relatará como una simple anécdota. Mientras escribía el libro, por supuesto, no me limité a ese pequeño riachuelo, ya que la novela requería de un contexto histórico, etc. Y se lo ofrecí, pero jugué con él: por ejemplo, todo lo recogido sobre Mussolini no tiene por qué ser cierto. Lo que sucede es que con la Historia hay que jugar con mucho cuidado: una vez introducido en una geografía con Historia (en cualquier geografía real, por lo tanto), encontrarás por doquier las paredes de esa palabra con hache mayúscula que limitarán tu libro y limitarán el comportamiento de tus personajes. Una vez que hayas decidido que situarás el libro en una geografía real con Historia, desde ese preciso momento, no se puede cometer ningún error con la Historia (ni con la cultura o cualquier otro gran río); tampoco se pueden saltar esos límites, puesto que la gran Historia ya esta escrita, y si algo influencia en algo, generalmente será la Historia quien marcará las pautas de tu libro, y no al revés.

Sin embargo, tal y como hemos mencionado anteriormente, la Historia compone un magnífico material para el juego literario, con miles de callejones por descubrir. Al militar carlista Tomas Zumalakarregi lo hirieron en el barrio de Begoña de Bilbao de una forma muy tonta: la bala rebotó en un hierro de un balcón y se le incrustó en la rodilla. En aquel momento no se le dio la importancia que requería, y murió por consecuencia de aquella herida al cabo de unos días. Según me contó un amigo, Zumalakarregi, tras retirarse de Begoña y camino a Ormaiztegi, se quedó en Galdakao, en mi pueblo, con el propósito de descansar, y la silla que utilizó está en casa de mi amigo. Ese relato no es más que un hilillo, un dato insignificante que constituye una buena excusa para crear un cuento. Partiendo de la Historia real, nos encontramos con un callejón, una historia de la Historia, un afluente del vasto río. Y no podemos saber si ese callejón es real o imaginario. Tampoco nos importa en absoluto. Partiendo de la Historia real también podemos crear directamente un callejón que sepamos que es falso desde el principio. Con todo ello, estamos creando una geografía imaginaria, partiendo de un suceso Histórico que realmente sucedió (la retirada de Zumalakarregi), pasando por un suceso histórico que tal vez sucedió (o no) y llegando hasta el mundo que hemos creado. Realmente, es un juego fascinante.

Se trata de jugar con los límites. ¿Dónde acaba la realidad y dónde comienza la ficción? Al fin y al cabo, lo que tenemos entre manos es arte, creación, en este caso literatura. Desde que la idea atraviesa la mente del escritor hasta el momento en el que el bolígrafo marca el papel ¿cuánto ha cambiado la realidad? Cuando el escritor escribe sobre el Bilbao real ¿está escribiendo sobre la realidad? o ¿escribe acerca de esa ciudad que únicamente aparece los sábados? Y ¿dónde está el límite entre ellas? Y ¿para qué establecer límites, si esto es literatura y la realidad está ahí fuera?

La literatura es geografía imaginaria en sí misma. Me da lo mismo hablar del Obaba de Atxaga o del Kalaportu de Sarrionaindia: me he creído ambas geografías, luego son reales; me han servido para evadirme de la realidad diaria, luego son imaginarias. La literatura no necesita límites ni definiciones. Todo lo imaginario, todo el arte y toda la literatura para mí se asocian con la libertad.



La literatura sobre todo es jugar. Superar incesantemente los límites: límites literarios, históricos, lingüísticos, los límites del prejuicio... La literatura es saltar como niños traviesos, sin mirar a los lados, mezclando mentira y verdad, engañándonos tanto a nosotros mismos como a los demás, poniéndole los cuernos a la Historia, durmiendo en los callejones de la imaginación, comiendo las castañas recogidas en primavera.






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