Domingo Caratozzolo



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FOBIAS

Domingo Caratozzolo


Fobia deriva de Fobos (pánico) personificación del miedo en la mitología griega. Fobos (Grimal, 1951) es un demonio macho hijo de Ares y Afrodita que acompaña a Ares en el campo de batalla.

Casares (1984) dice que fobia es una terminación usada en algunas voces compuestas como agorafobia, anglofobia, con el significado de aborrecimiento, o la acción de tener aversión a una persona o cosa. Se suele caracterizar como fobia un sentimiento o rechazo hacia algo.

El diccionario de la Real Academia Española define la fobia como un elemento que entra en algunas voces compuestas como claustrofobia, anglofobia, para indicar repulsión, y que se usa para expresar apasionada aversión hacia una cosa. Y fobo o foba es un elemento compositivo que entra en la formación de adjetivos para expresar aversión o repulsa: anglófobo, xenófobo.

Cuando nos ocupamos de este cuadro clínico, nos referimos a los enfermos que en forma latente o manifiesta se encuentran en un estado de permanente alerta frente a estímulos que les resultan perturbadores. Nos relatan que en los espacios abiertos, en la calle, se sienten muy angustiados (y los llamamos agorafóbicos); que tienen estados de angustia cuando están en lugares cerrados (los llamamos claustrofóbicos). Es decir, que estos pacientes tienen miedo, miedo que puede ser conciente o no, por general en parte lo es, tienen miedo a objetos, a situaciones, a cosas a las cuales comprenden que no les tendrían que tener miedo y nos pueden enumerar toda una serie de temores, a la muerte (tanatofobia o necrofobia), a las mujeres (ginefobia), a los hombres (androfobia), a las alturas (altofobia), a volverse loco (dementofobia), a un animal (zoofobia), a la sangre (eritrofobia), a contaminarse (bacterofobia), al cáncer (carcinofobia), a las arañas (aracnofobia), a las multitudes (enoclofobia), a la homosexualidad (homofobia). Cada uno de estos miedos va a darle su nombre específico a la fobia.

El fóbico tiene mucho más miedo del que conscientemente llega a percibir. Y eso crea una situación muy especial, pues cuando entra en psicoterapia va comprendiendo poco a poco, paulatinamente en el proceso analítico que son mucho más fóbicos de lo que creían al comienzo. ¿A qué se debe esto? A que son enfermos que tienen una serie de restricciones, de limitaciones, de situaciones evitadas, de las cuales huyen, pero para las cuales han construído toda una serie de racionalizaciones muy claras, muy útiles y que les resultan satisfactorias. Ahora bien, cuando van tomando conciencia paulatinamente de todas las cosas que no pueden hacer, de todas las actividades que no pueden realizar, de todos los lugares adonde no pueden ir, de todas las situaciones que evitan, entonces caen en la cuenta de que tienen una limitación mucho mayor en sus posibilidades vitales y en sus actividades yoicas, entendiendo por yo la capacidad de organizar y manejarse elásticamente con la realidad.

Decíamos que estos pacientes nos cuentan que tienen miedo a objetos, a situaciones que ellos comprenden que no deberían infundirles temor, que estos temores que sienten son irracionales. ¿Y por qué son irracionales? Porque corresponden a cosas, a situaciones, a lugares que culturalmente no deben inspirar miedo.

Estos miedos que le hacen evitar lugares, personas, cosas, son muy variables dentro de una misma persona. En un determinado momento de su vida puede tener miedo de ir al cine, luego no puede ir al centro comercial, o puede ir al centro comercial y no a un estadio de fútbol o puede ir al cine pero no al teatro. O sus miedos pueden extenderse limitándole cada vez en mayor medida sus actividades. Es decir que nos encontramos con un proceso de contaminación, de extensión de lo temido; el establecimiento de zonas más o menos peligrosas es muy típico. Incluso el preciosismo en la distancia: puede caminar fuera de su casa hasta un límite de tres cuadras, pero no más.

Ahora bien, ¿cuál es la génesis de estos estados de angustia? Freud (1916 [1917]) dice que la angustia nació como reacción a un estado de peligro y se reproduce cuando surge nuevamente el peligro. El primer ataque de angustia surge en el nacimiento; la inervación de los órganos respiratorios tendería a preparar la actividad pulmonar; el aceleramiento de los latidos del corazón a contrarrestar el envenenamiento de la sangre.

Vemos que la angustia primitiva surge al separarse el chico de la madre en el nacimiento. Luego, para el lactante, lo peligroso es la insatisfacción, que aumenten sus tensiones de necesidad y la madre, que es quien puede satisfacerlas, no esté a su lado, dado que él es impotente para lograr calmar su excitación. Esta experiencia es análoga a la del nacimiento, ya que constituye la repetición de una situación de peligro, es una reacción adecuada si pensamos que la actividad pulmonar y vocal hace que la madre acuda. El lactante no necesita haber conservado de su nacimiento más que esta simple característica del peligro. El peligro es ahora la ausencia de la madre, y cuando el chico la advierte da la señal de angustia antes de que su necesidad se haga incontrolable, si la mamá aparece, el peligro es superado.

Es así que la angustia automática, que es involuntaria se convierte en una señal preventiva encaminada a evitar una situación de peligro. Peligro que para Freud (1916 [1917]) es tanto en el nacimiento como en el lactante la separación de la madre, dando para ello una explicación económica.

Dice que la madre ha satisfecho primero todas las necesidades del feto y esa función la continúa realizando después del nacimiento. Cuando llega a la etapa fálica, la angustia que surge, es el miedo a la castración, el chico siente angustia de perder sus genitales puesto que la posesión de su pene constituye su garantía de una nueva reunión con la madre (en este caso su sustituto). La pérdida del pene significa una imposibilidad de reunión con la madre, el sentirse abandonado de nuevo, el sentirse abrumado por su necesidad. Pero esta necesidad, cuyo incremento se teme es ahora una necesidad especializada, la de la libido genital y no indiferenciada como en la época de la lactancia.

La incorporación de los padres va a convertir el miedo a la castración en miedo a la propia conciencia moral, a la cólera de los padres internalizados, a la cólera del superyó, a la pérdida del amor. “Del ser superior (Freud, 1923) que devino ideal del yo pendió una vez la amenaza de castración, y esta angustia de castración es probablemente el núcleo en torno del cual se depositó la posterior angustia de la conciencia moral; ella es la que se continúa como angustia de la conciencia moral.”

Los elementos de angustia, el miedo a la castración, es originariamente corporal y concreto, no es “me van a retar”, “se van a enojar”, sino que en lo profundo es “me van a destruir, me van a dañar”. Este es un daño corporal que denominamos “miedo a la castración”, pero que involucra un daño corporal total. Lo que denominamos temor de castración es lo predominante, pero al mismo tiempo incluye temores de ataque corporal de toda índole, la posibilidad de ser atacado de una manera tal que el individuo no pueda conectarse con los demás, es decir, que los elementos corporales con los cuales él se vincula y con los cuales expresa cariño y amor le sean privados, le sean dañados, y entonces quedaría en una situación de tremenda soledad, de imposibilidad de establecer un vínculo. Aquí están en juego tanto aspectos paranoides (el temor a ser dañado) como elementos depresivos (por ejemplo, la ansiedad de perder el pene como elemento de reparación).

Las fobias básicas que daba Freud (1916 [1917]) eran: miedo a los extraños, a la soledad, a la oscuridad, al silencio; todas estas fobias convergen en una que es el miedo a estar solo.

Si aceptamos que el individuo está estructurado psicológicamente sobre la base de la experiencia y de la relación con los demás, o sea, que existe un mundo interno de vínculos objetales, el quedar solo, quiere decir que no queda solo, y ese es el problema, queda acompañado de determinados objetos, que, si poseen una cualidad persecutoria, serán una compañía nefasta. En los momentos de angustia intensa, sentida como destrucción o desintegración, es necesaria la creación de un perseguidor, la externalización de los sentimientos hostiles, destructivos, es decir, la creación de un objeto que en un momento dado puede ser el depositario (por proyección) de toda la “maldad interna” que estando afuera es pasible de control. Es por eso que el fóbico no puede estar solo, es por eso que la fobia fundamental es la “fobia a la soledad”.

En la explicación de Freud sobre la génesis de la angustia, referida en primer lugar a la separación de la madre y luego utilizada por el yo como una señal de peligro subyace un concepto objetal muy importante, y es que alguien que depende mucho de un objeto externo para su equilibrio emocional al verse privado de ese objeto externo queda en compañía de objetos internos.

¿Qué es lo que pasa entonces? Las necesidades del chico que son muy intensas y sus posibilidades de demora que son muy precarias, hacen o convierten esos objetos internos en objetos muy persecutorios. Y aquí encontramos un primer modelo de lo que luego va a ser la problemática del fóbico, es decir, la existencia de situaciones muy nefastas, muy destructivas, muy persecutorias y la existencia de objetos a los cuales acude para acompañarse.

El comportamiento manifiesto se va a encauzar a evitar una serie de objetos, situaciones, personas que van a ser malas, persecutorias y a buscar otra serie de situaciones, objetos, personas que van a ser buenas.

Podemos decir entonces que la histeria de angustia, la neurosis fóbica, es un cuadro psicopatológico caracterizado por un estado habitual de angustia ante determinados objetos (cosas, lugares, situaciones, personas) frente a los cuales el individuo reacciona de manera primaria, es decir, con miedo a acercarse a ellos y con conductas de reaseguramiento que le permitan, mediante la compañía de otros objetos de la realidad, establecer un equilibrio vivencial.

Tenemos pues, que el fóbico funciona solo con una parte evitando la otra, que hay zonas de la realidad (lugares, personas, cosas) que busca, y otras que evita, con esto destacamos la disociación que existe en él. En su vida tratará de relacionarse con los objetos sobre la base de su personalidad tolerada o aceptada.

La fobia implica la externalización de un conflicto intrapsíquico, las cosas para el fóbico ocurren afuera, afuera hay zonas peligrosas y zonas buenas. Es decir, tenemos una disociación previa, producto de una represión existente que fracasa; al fracasar la represión, primitiva disociación, se produce o aparece angustia que fuerza al yo a la adopción de otras modalidades defensivas.

Así proyecta al exterior la representación intolerable, la que antes estaba reprimida y la desplaza sobre algún objeto o situación que a partir de ese momento adquiere un carácter peligroso (objeto fobígeno), ya que su contacto o proximidad despierta angustia.

Es así, que la formación de una fobia crea, mantiene, protege y a veces recrea una disociación a través de una proyección y externalización del conflicto. Su función primordial es evitar algo y ese algo que se evita es la situación catastrófica que supone para el yo la unión de aspectos buenos y malos del objeto cuando las ansiedades persecutorias son particularmente intensas.

Es decir que nos encontramos con la angustia, disociación intrapsíquica, proyección y externalización de un conflicto y luego un control de esa disociación.

Este control es lo que le permite diferenciar con claridad neurótica lo bueno de lo malo; el mundo va a ser ordenadamente dividido en bueno y malo. El fóbico está repartido en el mundo pero de una manera precisa y clara, separando los distintos sectores de la realidad ordenadamente y controlando adecuadamente estos sectores para que no se confundan; este es el elemento obsesivo: el control sobre lo disociado proyectado.

Los mecanismos obsesivos son ideales para mantener separados sectores conservando un cierto orden dentro de ellos. El orden propio de la etapa esquizo-paranoide es un orden muy arcaico en donde se divide en algo idealizado y en algo persecutorio, pero en zonas muy caóticas. Mientras que en la disociación, o el control de la disociación que realizan los obsesivos, o sea, en los mecanismos de aislamiento y control, ya se ha aprendido a poner un orden que es reforzado culturalmente, pues estamos en una cultura de orden.

El control de la situación disociada trata de evitar que se produzca la catástrofe: la reintroyección de los aspectos persecutorios que por su intensidad expondrían al objeto bueno y consecuentemente al yo del sujeto a la destrucción, puesto que la disociación y proyección precedentes fueron condicionadas por un gran incremento de fantasías destructivas; “el desarrollo de una fobia no es más que un intento de huída frente a una satisfacción pulsional”, (Freud, 1920).

Es decir, que lo que hace difícil la introyección del objeto externalizado y la consecuente integración del yo y del objeto es el montante de hostilidad con que éste aparece proyectivamente cargado. El fóbico se disocia, proyecta lo disociado externalizando el conflicto y luego ejerce un control obsesivo para impedir la integración de lo disociado.

En la proyección estamos ubicando cosas nuestras en el otro, en la fobia muchas cosas ocurren afuera: se tiene miedo a personas, situaciones, lugares, cosas, porque tienen que ver con nosotros. Esto constituye la raigambre más arcaica de esta neurosis, los aspectos más primarios, más psicóticos, más animistas, dado que el fóbico coloca fuera de él, fuera de su esquema corporal, una serie de ansiedades, de impulsos, de fantasías.

Dice Hanna Segal (1965) que “en la identificación proyectiva se escinden y apartan partes del Yo y objetos internos y se los proyecta en el objeto externo, que queda entonces poseído y controlado por las partes proyectadas e identificado con ellas.” La primitiva concepción del mundo, según la cual los procesos que sentimos dentro de nosotros mismos se producen también en los objetos que nos rodean, se llama animismo.

En ese sentido es que hablamos del tipo animista del mundo del fóbico, en donde las cosas están animadas, y están animadas porque participan de su propio self. Él está repartido en el mundo, pero repartido de manera precisa y mediante una fragmentación distinta a las fragmentaciones psicóticas donde se produce una fragmentación múltiple, en donde aspectos muy pocos discriminados recubren toda la realidad.

En el fóbico hay mucho más orden; si bien este mecanismo disociativo y proyectivo corresponde a niveles más profundos de la personalidad porque son de raigambre esquizo-paranoide, estos mecanismos están más ordenados, actúan con menor fragmentación, y al mismo tiempo, el significado emocional que se les adscribe a esos sectores de la realidad, tiene mucho que ver con situaciones genitales, es decir con situaciones de seducir o de ser seducido.

Es decir que tenemos una proyección y una disociación en sectores idealizados y en sectores persecutorios “como” en una situación psicótica. Ahora bien, los contenidos que se manejan en esos sectores disociados corresponden a niveles muy arcaicos, pero también a niveles muy evolucionados.

En la disociación, el esquizofrénico separa sectores de la realidad donde lo van a destruir brujas espantosas y sectores de la realidad donde existen ángeles maravillosos. En la disociación, llamada aislamiento del obsesivo en su nivel anal, lo que él separa son sectores donde hay heces y sectores donde no hay heces.

El fóbico, en niveles profundos, también mantiene disociaciones parecidas en lo que corresponde a los aspectos psicóticos de la personalidad, y los tiene él como todos nosotros. Pero también en esa división de sectores él va a dividir la realidad en zonas donde puede ser amorosa o peligrosamente seductor y es ahí donde aparece el matiz de integración objetal que en términos de la evolución de la libido se llamaría fálico. El matíz “amorosamente” es el matíz histérico. Están naturalmente todas las otras disociaciones que van a surgir en capas en el análisis; en la situación analítica se explicita y se puede llegar a ver toda la situación de dependencia oral idealizada respecto al analista, pero su fantasía es que el analista lo va a llenar en forma maravillosa y nutricia “como” un psicótico, pero “como”, no igual, porque existe toda una estructura emocional que ha alcanzado niveles evolutivos superiores. Paralelamente vamos a encontrar un clima anal, es decir, de contenidos de suciedad y preocupación por la limpieza “como” lo hallamos en el obsesivo.

Pero todo esto lo vamos a ver en una superestructura que no es solamente en estratos, sino que es una superestructura en la que se integran y se tornan cualitativamente distintos los contenidos orales o anales que existen, una superestructura que ha progresado hasta un nivel fálico, donde el objeto ya es vivido genitalmente, en términos de tener o no tener relaciones sexuales con él, con toda la problemática del amor y la temática genital conflictiva.

El esquizofrénico va a vivir al analista o a sus objetos en términos de ser alimentado oralmente o no. El acto puede ser genital, un esquizofrénico puede explicitar “vea, yo quiero acostarme con usted”, pero con un significado emocional oral porque en ese momento el pene del analista, por un desplazamiento pasa a ser el pecho de la madre.

Es decir, que su fantasía inconciente va a ser distinta a la del fóbico, que por eso es tal y no psicótico, esquizofrénico, todo eso va a estar integrado en otro nivel, ha evolucionado bastante en su desarrollo, su mundo emocional se maneja con figuras mucho más integradas que en el caso del esquizofrénico, del obsesivo, pero naturalmente no tenemos que olvidar que, subyacente a esto se dan ansiedades que existen en todos esos cuadros.

En la evolución del fóbico, los elementos orales y anales persisten, pero van siendo paulatinamente integrados en una organización de otro nivel evolutivo que va llegando a lo que se denomina objeto total. Pero objeto total con exclusión genital.

Por eso tenemos que discriminar bien cuando hablamos de fobias con mecanismos obsesivos, con puntos de fijación orales y anales en una estructura predominantemente fóbica.

Experiencias plurierógenas, en términos de zonas erógenas, han existido en todos. Pero el diagnóstico lo vamos a hacer sobre la base de la organización de determinado tipo de estructura emocional. Entendiendo por estructura emocional la predominancia de determinado tipo de fantasía inconciente, o sea, una calidad de impulso surgida de una determinada zona erógena, que en el caso del fóbico sería un impulso genital que encuentra y busca un objeto también genital, pero donde existe el miedo a la destrucción del objeto, de lo genital y de su vínculo genital, lo cual se denomina todo, tradicionalmente, complejo de castración. Freud (1926 [1925]), refiriéndose al miedo de Juanito a ser mordido por un caballo, lo refiere a la angustia de castración, a que el caballo le arranque de un mordisco los genitales.

En una evolución normal, las experiencias emocionales orales, anales, se fueron integrando bastante, pasaron a situaciones depresivas, o sea que existieron disociaciones e integraciones en todas las etapas del desarrollo que podemos esquematizar así: después de la primera disociación, hubo una integración muy efímera que corresponde a la primera experiencia depresiva, luego se disoció nuevamente, pero no tan lejos, y otra experiencia de disociación e integración, y así sucesivamente. Pero siempre las situaciones disociativas se van dando y las experiencias integrativas también.

Entonces, en todos nosotros subyacen esas experiencias históricas de disociación y esas experiencias integradoras. Ahora bien, en una evolución normal quedan integradas en niveles evolutivos superiores, quedando siempre núcleos de experiencias de disociación, núcleos primarios, pero muy reducidos, que sabemos que existen porque si tomamos ácido lisérgico también nos psicotizamos. Es decir, que si determinamos una situación artificial de regresión nos podemos transformar en un bebé, esa experiencia existe en nosotros como posibilidad.

Cada uno de los momentos evolutivos de integración supone una adaptación, una sensación de que la actividad propia de ese momento, por ejemplo, el comer, es buena, es gratificante, es satisfactoria. Que la actividad de retener o de dar es agradable. Cuando el fóbico llega a la etapa fálica, la actividad de amar es peligrosa, la situación genital tiene un carácter traumático, lo que llamamos complejo de castración.

Para Fenichel (1939) hay una fórmula que cabe aplicar en estos casos, pero con la salvedad que representaría una simplificación excesiva cuando se trate de casos un poco complicados: aquello que la persona teme es lo que inconcientemente desea. Y agrega que en otras fobias simples también, la situación temida no representa una tentación temida, sino más bien la amenaza a causa de la cual es temida la tentación: la castración o la pérdida de amor.

En la histeria típica, el objeto peligroso es el tercero, el progenitor del mismo sexo. En el caso del chico tiene su Edipo positivo y su Edipo negativo hacia el padre. La tendencia positiva hacia la madre es conflictiva en el caso del histérico.

Si hay conflictos, el Edipo no se va a diluir, sino que va a provocar en el mundo interno una situación permanente de temor y disociación. No ha podido ser integrado sino que existe una preocupación constante que va a determinar su visión del mundo: que el padre excluído o sus representantes simbólicos lo ataquen y además, que pueda ser objeto de seducción. En general, la situación o la persona temida tienen para el paciente un significado inconciente específico. El análisis nos permitirá advertir que representan una tentación para un impulso rechazado, o un castigo por deseos inconcientes censurables, o ambas cosas a la vez.

Mientras que en el caso normal, la asimilación de los aspectos maternos y paternos hacen que el individuo, enriquecido con aspectos masculinos y femeninos, vea el mundo de una determinada manera, el fóbico, este individuo con una fijación Edípica, si bien va a tener una cantidad de áreas de la realidad en donde se va a poder manejar, cuando surja algo que tiene que ver con una situación amorosa, inmediatamente va a experienciar el mundo desde ese conflicto.

Va llegando a lo que se denomina objeto total. Pero objeto total con exclusión genital, lo que implica una mutilación del mundo de experiencias emocionales con lo genital, como ser el reconocimiento de la vagina que hace el hombre en la mujer y la mujer en sí misma.

Si se resuelve el Edipo, se posibilita el reconocimiento del esquema corporal propio y un aprendizaje de lo que el otro sexo opone. Aprendizaje emocional que implica la posibilidad de albergar dentro de sí en el caso de la mujer, y en el caso del hombre que la mujer albergue dentro de sí objetos nuevos. Y surge entonces toda la posibilidad creativa y toda la posibilidad reparatoria del acto de procreación.

Estas experiencias suponen una necesidad de discriminación muy grande entre las distintas zonas erógenas, oral, anal, genital. Entonces, el descubrimiento del objeto como objeto total, o sea, sin exclusión genital, en donde lo oral y lo anal han sido integrados, supone paralelamente un conocimiento y un reconocimiento del propio esquema corporal y de la realidad. Sino es así, todos los sectores de la realidad que tienen que ver con lo genital van a ser escotomizados.

En estos niveles histéricos de los que nos estamos ocupando, niveles donde las situaciones no asimiladas corresponden a lo genital mientras que lo anal y oral ha sido más o menos integrado, se ha podido construir un aparato psíquico bastante estable. Pero también es posible la construcción de sistemas de seudoadaptacion, en donde el individuo intelectualmente aprende una cantidad de significados genitales, lo cual no quiere decir que hayan sido realmente metabolizados.

Si el sujeto psíquico sufre alteraciones profundas en los primeros estadios del desarrollo, situaciones psicóticas, éstas imposibilitan la creación de un aparato simbólico, de tal manera que ni siquiera puede manejarse “como si” una cantidad de experiencias fueron incorporadas o estuvieran incorporadas en forma madura. Ni siquiera pueden tener una “fachada de aprendizaje”.Por ejemplo, un psicótico, un individuo que está desintegrado, no puede “hacerse” el adaptado, pero una persona que está bastante integrada pero que en sus niveles genitales no lo está, puede hacerlo.

Nos referimos de un modo un poco abstracto a un individuo aislado, pero tenemos que tener la imagen de todo un contexto social en el cual se está exigiendo al individuo que asuma y cumpla una serie de roles. Y roles que no tiene más remedio que cumplir. Por ello es necesario analizar el grado de disociación existente entre su conducta y la conducta que le exige la estructura grupal, institucional en que se encuentra, investigar si su conducta no es totalmente pseudoadaptativa.

Vimos entonces que el fóbico llega a su situación edípica genital, se produce un conflicto y se produce una regresión. Esa regresión va a mostrar contenidos de otras etapas en distinta proporción. Pero lo que primero vamos a ver en lo patológico, va a ser la disociación, el mecanismo disociativo en donde va a existir una zona buena y una zona mala, zonas amorosas buenas y zonas amorosas malas.

Claro que, más profundamente, van a subyacer todas las disociaciones anteriores, y en la medida en que situaciones más regresivas, más psicóticas subyacen, lo que el fóbico está evitando, en la medida en que está disociando su mundo, es la posibilidad, de que, ya roto el nivel adaptativo con la realidad, caiga en niveles más profundos de disociación.

El paciente fóbico tiene totalmente externalizada su disociación y mientras la controla no pasa nada. Si no la controla, sus aspectos proyectados buenos y malos se juntan y amenazan con crear una situación catastrófica. Sólo la posibilidad de externalizar el objeto malo, restableciendo la disociación, o sea la fobia, protege al enfermo de la desintegración. Hanna Segal en un breve artículo “Nota sobre mecanismos ezquizoides subyacentes en la formación de la fobia”, sostiene este punto de vista: “La formación de una fobia descarta tales situaciones catastróficas”. Esta formulación indica que la fobia es un mecanismo defensivo, mecanismo tendiente a asegurar y mantener la disociación y a recrearla.

Entonces podemos pensar: qué clase de mecanismo defensivo es la fobia, si lo que menos logra es evitar la angustia, ya que la angustia es la característica fundamental de la fobia? Desde este punto de vista parecería indicar su fracaso como mecanismo defensivo.

Pero si lo miramos desde otro punto de vista, desde otra perspectiva, podemos ver que la angustia constante que acompaña al fóbico, le asegura de la existencia de lo otro, del afuera, del no yo; en síntesis, del mantenimiento de la disociación. Porque esa angustia adscripta a algo situado fuera de su casa le condiciona al agarofóbico dos espacios donde puede “colocar” dos objetos, dos contenidos, un espacio que es el de “adentro” con objetos y contenidos buenos, desde donde el sujeto se angustia ante el otro espacio, el de “afuera” con objetos y contenidos malos.

Desde una perspectiva ingenua, podemos plantearnos porqué razón el objeto temido no es un tigre de bengala, lo cual le ahorraría muchos pesares al fóbico, o un elefante, animales que si no concurrimos al zoológico o al circo no los vemos, pues no forman parte de nuestra vida cotidiana. La respuesta es que el fóbico necesita tener la posibilidad de contacto, de cercanía con el objeto temido para asegurarse que está ahí, que puede ser objeto de su proyección, y que puede experimentar angustia ante su presencia, lo que le tranquiliza al comprobar que su disociación está presente. Así tenemos que la identificación proyectiva en un objeto externo de una parte o aspecto del sujeto determina el establecimiento de una distancia (Mom, 1956) entre el objeto y el sujeto, distancia necesitada para mantener dicha disociación. Es decir, que la distancia minima no debe ser muy corta como para que pueda confundirse lo disociado, ni muy larga como para que lo disociado se separe totalmente y se pierda, perdiéndose por lo tanto la disociación.

Por tanto, mientras hay angustia, hay disociación, es más, es un signo, una evidencia de ella. Esta angustia, que llamamos angustia síntoma, es la que da su denominación a la clase de fobia: agarofobia, claustrofobia. Es el verdadero acompañante del fóbico, lo que lo tranquiliza, puesto que le asegura que hay una disociación. Si la angustia síntoma desaparece, se activa la angustia señal, que indica que la disociación protectora está fracasando, amenazando al sujeto con una reintroyección destructora dentro de él.

Esta amenaza de destrucción, va acompañada por la angustia de situación traumática, que es sentida como angustia catastrófica de fragmentación del yo al juntar lo disociado. Estos conceptos, elaborados por un psicoanalista argentino, el Dr. Jorge Mom, nos aclara el concepto de fobia como mecanismo defensivo. La fobia se estructura para evitar algo. Evitar el fracaso de la disociación, es decir, asegurarla, mantenerla, y en ocasiones recrearla.

El paciente, defensivamente, nos puede hacer creer que la angustia que le produce su enfermedad es esa angustia primera, acompañante, la angustia al objeto fobígeno. Recordemos que esa es la angustia defensiva, la que representa la relación buscada, la que asegura que hay disociación, la que por tanto tranquiliza al paciente.

En segundo lugar, también defensivamente, el paciente nos puede inducir a error, al adoptar una actitud tal como la del agarofóbico que sale a la calle. Nosotros podemos pensar ingenuamente que el paciente está mejorando, pero, detrás del aparente progreso puede ocultarse la situación básica: sale porque está mal, para adscribir su angustia a un objeto externo, para externalizar el objeto malo y restablecer la disociación, para configurar nuevamente una situación de afuera y adentro, para restablecer una disociación que corría el riesgo de perderse. Si en nuestro hogar instalamos un disyuntor que corta la corriente en situaciones peligrosas, nos recomiendan que periódicamente comprobemos que funciona, esta prueba la suele hacer el fóbico para testear la eficacia de su disociación.

Por qué este esfuerzo en mantener la disociación? Porque debido a la violencia de sus sentimientos persecutorios la reintroyección de lo disociado y la integración de ambos aspectos significan la catástrofe, la desintegración. Esto nos señala su dificultad de integración en la posición depresiva por la violencia de la posición ezquizo-paranoide. Recordemos la frase de Hanna Segal: “La formación de una fobia impide estas situaciones catastróficas”.

En la fobia, el miedo dominante y subyacente es el miedo a quedar solo, y este miedo a quedar solo está relacionado con el temor a perder el objeto y este temor a perder el objeto está vinculado a la integración del mismo, es decir, a la anulación de la disociación.

Si la ansiedad depresiva consiste en esta sensación, de temor a la pérdida del objeto, se podría pensar que dicha ansiedad depresiva tiene un antecedente en el nacimiento que constituye la primera separación o pérdida, anterior a la etapa ezquizo-paranoide. Y esta pérdida debe tener como consecuencia inmediata el temor a la propia pérdida del yo, a su propia destrucción por la actuación de la pulsión de muerte dentro del sujeto.

De esta destrucción provocada por este ataque interior se protege proyectando en parte este impulso destructivo al exterior. Y estaríamos aquí ubicados en plena etapa de proyección y disociación: en la etapa ezquizo-paranoide. Así se externaliza el objeto malo para protegerse de la destrucción o aniquilamiento sentido internamente. Esta disociación le protege contra la integración que tiene en su fantasía particulares caracteres catastróficos pues la disociación y proyección fueron condicionadas por un incremento de fantasías destructivas.

La representación intrapsíquica de la ansiedad depresiva, aparece bajo la forma de una destrucción del objeto bueno y del yo del sujeto a consecuencia de la introyección del externalizado objeto malo, es decir, a consecuencia de la anulación de la disociación. Por lo tanto, lo que hace difícil la introyección del objeto externalizado y la consecuente integración del objeto y del yo es el montante de hostilidad con que aparece proyectivamente cargado el objeto externalizado.

Liberman (1962) dice que si se pasa de la posición ezquizo-paranoide a la posición depresiva, en ese pasaje nos encontramos con ansiedades confusionales. Al sentir que es uno mismo el que ama y el que odia, se desarma una estructura y en el pasaje a la otra se vive un período de desintegración en donde puede haber dos posibilidades: o se resuelven y se restablece el progreso: una posición depresiva; o todas estas partes quedan enquistadas, como núcleos indiferenciados. Blejer (1967) los ubica en el origen previo a la posición ezquizo-paranoide, en cambio Liberman entre la posición ezquizo-paranoide y la depresiva.

Desintegración básica, estructuras confusionales donde no hay discriminación, porque para Blejer son partes que no se han diferenciado y discriminado, de tal manera que no hay una discriminación entre el sí mismo y el objeto, entre el amor y el odio, entre un objeto interno y la persona externa.

El fóbico no puede estar solo, porque estar solo sería entrar en la posición depresiva, lo que evita, ya que para él, unir los aspectos disociados no es integración, reparación, sino destrucción, soledad y aniquilamiento.

Esta evitación, la podemos registrar también en el nivel simbólico, son sujetos que no pueden tener precisión, porque precisión supone esto y nada más, y esto es estar encerrado, lo que constituye una catástrofe. Entonces aparece la imbricación entre la ambigüedad del obsesivo, que es una maraña de situación confusa para no ser agarrado, para no ser atacado y del fóbico para no ser castrado. Esto puede dar lugar, en el analista a una irritación muy peculiar, porque uno tiene la sensación constante de que tiene que ir detrás de. Es decir, son todas respuestas de lado. Esto Liberman (1962) lo explicita cuando habla de lo frustrante que es la comunicación del fóbico. Como tiene miedo a quedar encerrado entonces no dice todo bien claro, dice un poco, porque por ahí dice algo más y se produce el desastre.

Como tiene organizadas sus defensas frente a la angustia, evita tratar todo tema que involucre una relación objetal y una fantasía inconciente susceptible de provocar una gran crisis de angustia, una situación catastrófica. La persona aterrorizada y huidiza apenas percibe este peligro, evita la exploración y la discriminación, por eso evita pensar y hablar sobre determinadas cosas. Evitación física y simbólica, objeto acompañante o sino contrafobia, actitud de avasallaje en la que hay una raigambre maníaca.

La salida caracterizada por el uso de defensas maníacas(1) la denominamos contrafobia que no es una manía sino una defensa maníaca en un nivel histérico. Constituye una salida habitual, que se caracteriza por la realización estereotipada de actos de arrojo. Realización estereotipada, esto es la clave y nos da la pista de lo patológico.

Ejemplos notables de este tipo de defensa es la realización de hazañas, tales como caminar sobre un cable a 100 metros de altura, con el peligro de caer al vacío o esos ejercicios arriesgados que se suelen ver por televisión como aquéllos que conduciendo una moto saltan por encima de coches, etcétera.

Vamos a tomar un ejemplo que es muy típico denominado acrofilia(2), entre los alpinistas muchas veces nos encontramos con estructuras acrofóbicas que transforman su miedo en lo contrario, y entonces constantemente buscan el contacto con el objeto peligroso, fobígeno. Es así que el alpinista niega que la realidad tenga aspectos buenos y malos, idealizados y persecutorios. Toda la realidad se convierte en una realidad posible de control y dominio.

El alpinista contrafóbico escala la montaña porque tiene miedo, no puede dejar de hacerlo, no puede dejar de controlar lo temido y peligroso, puesto que así se asegura de que toda la realidad es controlable. Pero, la característica de su accionar es que no puede dejar de ir, es ese el elemento estereotipado, el elemento de disminución de su libertad.

Otro ejemplo de actitudes contrafóbicas puede ser tomado de una experiencia que todos nosotros tenemos: los exámenes. Dice Fenichel (1939) que en ellos “una autoridad, un representante externo de superyó, es quien va a decidir si uno será aceptado y se le permitirá participar de ciertos privilegios, es decir, obtener los suministros narcisísticos, o bien será rechazado y condenado al aislamiento y al hambre narcisística. Es destacable la similitud entre los modernos exámenes y los primitivos ritos de iniciación. La forma en que una persona reacciona a esta situación depende a la vez de su relación afectiva sexual con las autoridades (con el padre) y de sus necesidades narcisísticas. Surgirá una fobia allí donde la persona sexualiza la situación de examen con la esperanza que superará con ello sus sentimientos de inferioridad y su temor a la castración, y luego tiene que considerar la posibilidad de que sus esfuerzos hayan conducido a un resultado opuesto.” La defensa maníaca, la contrafobia es propia del estudiante que avasalla la mesa examinadora, que tiene la actitud de que sabe más que los profesores, que es dueño del conocimiento. Vemos entonces que la contrafobia constituye una defensa maníaca en un nivel histérico, defensa que niega la existencia de zonas de la realidad buenas y peligrosas y que, fundamentalmente el contrafóbico, al estar en contacto con el objeto fobígeno, peligroso, tiene que demostrarse compulsivamente que toda la realidad es pasible de dominio y de control.


Notas
(1) Las defensas maníacas se desarrollan durante la posición depresiva como defensa contra la experiencia de ansiedad depresiva, culpa y pérdida. Se basan en la negación omnipotente de la realidad psíquica, caracterizándose las relaciones objetales por triunfo, control y desprecio.
(2) Filia es un cultismo del griego amistad. En el lenguaje cotidiano se emplea comúnmente como sinónimo de aficción. Acrofilia, aracnofilia, claustrofilia, coprofilia, escopofilia, hemofilia, necrofilia, pedofilia, zoofilia, etc. Debemos aclarar que las filias de carácter patológico se designan más bien con el de manía, por ej: dipsomanía, cleptomanía, piromanía.

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Segal, H. Nota sobre mecanismos ezquizoides subyacentes en la formación de la fobia. Ficha

* Fruto de una mudanza reciente, estuve revisando papeles que hacía mucho tiempo tenía olvidados. Me guiaba el firme propósito de descartar aquellos que por una u otra razón no satisficieran mis necesidades actuales. Fue así que encontré un viejo manuscrito (o sea, escrito a mano) que utilicé en una ocasión en que fui solicitado para dar una charla sobre las fobias. En el mismo reconocí la impronta que dejó el Dr. Rafael Paz, con sus enseñanzas en seminarios privados a los cuales asistí, así como en sus clases dictadas en el Centro de Estudios Psicoanalíticos de Rosario a principios de la década del setenta del 1900. En esta monografía es evidente también la influencia de la escuela inglesa, en especial la de Melanie Klein, que por aquellos años predominaba en el pensamiento psicoanalítico argentino y, dentro de esta corriente, la elaboración sobre las fobias del Dr. Jorge Mario Mon, psicoanalista argentino cuyas ideas están presentes en este trabajo.



El contenido de este manuscrito me pareció interesante por dos motivos, en primer lugar por su claridad conceptual y, en segundo lugar porque expresa las ideas de los psicoanalistas argentinos en los años setenta. Espero que pueda contribuir a la comprensión de las personas que padecen fobias. Entre estos papeles no encontré una reseña bibliográfica, por lo cual menciono aquéllas que he podido reconstruir.
Rosario, febrero de 2009





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