Domingo 11 de agosto del 2002 Costa Rica como problema filosófico



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Domingo 11 de agosto del 2002

Costa Rica como problema filosófico


Sufrimos el imperio del emotivismo, del pensamiento débil

Diego Víquez (*)

Somos hijos de una generación fascinantemente contradictoria. Nunca antes, en la larga andadura de nuestra vieja Humanidad, había poblado nuestro pequeño planeta azul un grupo de hombres y mujeres tan inteligentes como poco sabios a la vez.

Víctimas de la invasión mediática, nos hemos ido convirtiendo en los pobladores de un nuevo oscurantismo, absolutamente paradójico, pues se trata de una oscuridad deslumbradora. En efecto, no sabemos nada más que lo visual, no creemos en nada más que en la imagen. Lo visual ha desplazado a lo racional.

El abandono del pensamiento se inició en el momento en que la técnica secuestró a la razón; su ejercicio empezó a estar condicionado a la tarea de engendrar nuevas formas de producción. Eso y nada más. De esta manera, los procesos de educación empezaron a estar sujetos a proveer de mano de obra eficiente a dichos mecanismos técnico-productivos.

Desplazamiento del "homo sápiens". Se trata de una nueva irrupción del "homo fáber" –ser humano fabricante-, que acaba desplazando al "homo sápiens", así como en el Medioevo se enseñaba solamente a partir de vitrales, debido a los altos niveles de analfabetismo–. Hoy la sociedad echa mano de los nuevos vitrales tecnológicos: cine, televisión, prensa, publicidad. Incapaces del pensamiento abstracto, volvemos a estar entre lo visual y lo manual. He aquí nuestras únicas capacidades. El pensamiento, ese a partir del cual existíamos, según el decir cartesiano, se ve oscurecido por no decir desechado, en medio de nuestra sociedad fabril y utilitarista.

Y, como si el pensamiento no la tuviera ya difícil, algunos de sus cultivadores se han dado a la tarea de deconstruirlo, de proclamar el reinado del emotivismo, el imperio del pensamiento débil, y lo presentan como el nuevo logro de una humanidad que, por simplificar, se viene quedando progresivamente en la superficie, desde hace ya varias décadas. Costa Rica, lógicamente, no se encuentra inmune a tales avatares.

¿Qué pasa con nuestro país? Pareciera ser la pregunta repetida a diario, cuando contemplamos las innegables variaciones por las que pasa el "ethos" o la forma de ser del costarricense. ¿Será que repentinamente nos convertimos en una horda incivilizada, que echó por la borda años de evolución de su conciencia moral? Nos parece que la respuesta no es tan sencilla, ni posee tales aires de maniqueísmo fatalista. A nuestro juicio, el nuestro –pensando en país– es un problema de pensamiento o, más precisamente, un problema filosófico por tener relación directa con la reflexión y con la sabiduría que de ella brota como consecuencia.

La falta de pensar en clave de futuro, la incapacidad para asumir ejes axiológicos capaces de orientar la acción, la más completa invisibilización de los otros y la ausencia de un proyecto-país, son algunas de las más serias patologías que sufrimos. Para tratar de ofrecer respuesta a los problemas planteados, se hace necesario revisar, al menos, tres aspectos fundamentales de la cotidianidad costarricense: educación, valores y aspiraciones.

Educación, valores, aspiraciones. Hasta que no recobremos la idea de la educación como verdadera "paideia" o educación para la vida buena, será imposible aspirar a otro tipo de costarricenses. Esta educación orientada a proveer al mercado de operarios, seguirá acrecentando el número de alfabetizados, no así educados. Competentes técnicos y especializados, con una creciente incapacidad de mirar el conjunto, costarricenses con una idea cada vez más segmentada del acontecimiento humano. Hombres-mujeres económicos, hombres-mujeres sicológicos, hombres-mujeres administradores, cada vez menos personas integrales, humanistas que entiendan la vida como una sola, aunque con diversidad de matices.

En lo que se refiere a los valores, encontramos una dificultad que hunde sus raíces en lo anterior. Venimos diciendo que la crisis de la educación, dominada por la racionalidad técnico-instrumental, incapacita al costarricense de hoy para la abstracción. En efecto, nuestros pensamientos son primarios, no podemos ir más allá de lo empírico, del dato primario, de la imagen; ya no podemos interpretar, ya no podemos leer detrás de los fenómenos para adivinar mejor sus causas y consecuencias. A partir de lo anterior, podríamos afirmar que los valores no son tan apreciados como debieran, por una razón fundamental: un valor es una abstracción, una idea deseable, un principio que sería bueno de aprehender, pero está ubicado en el dominio de lo abstracto.

Silencio, estudio, reflexión. Para captar un valor a plenitud, se requiere pensamiento, silencio, reflexión; más aún, para poder revisar la necesidad o no de vivirlo, para someter mi vivencia particular del valor a examen, necesito practicar tres palabras tan importantes como desusadas en el actual argot del costarricense: silencio, estudio, reflexión. Para analizar la vivencia o no de un valor y someterlo a estudio atento y sereno, se requiere pensamiento y, más aún, el ejercicio delicado de tomar conciencia de uno mismo, de tomar distancia de sí, para convertirse uno en testigo de uno mismo y enjuiciar con espíritu sereno nuestra cotidianidad... ejercicios harto complicados para los costarricenses de hoy, no por malos, sino por estar crecientemente incapacitados para hacerlos.

Con los serios problemas planteados desde lo educativo y lo axiológico, era inevitable que empezáramos –como está sucediendo– a tener dificultades en el capítulo de las aspiraciones. La debilidad en el pensamiento y en la reflexión conduce a un oscurecimiento de los ideales. El ser humano se vuelve primario, básico e instintivo. Volvemos a ser recolectores: abrigo, techo y reproducción. Esas vuelven a ser las urgencias del ser humano.

Verdadero, bueno y bello. Tomás de Aquino, hablando del ser, dice de él que posee unas propiedades características a las que llama trascendentales: cosa, uno, algo, verdadero y bueno; a estas anteriores, se les agregaron cuatro más: posible, suficiente, duradero y bello. Para nuestros propósitos, utilizaremos solamente tres de ellos: verdadero, bueno y bello, por considerar que el actual estado de las cosas reflejan el abandono implícito de los trascendentales, derivado de una verdadera crisis del pensamiento de naturaleza sapiencial.

El ser aspira a trascenderse, a ir más allá de sí, a superar el estrecho horizonte de sus posibilidades físicas. Es el pensamiento el que lo eterniza, el que lo proyecta al futuro o lo retrotrae a un pasado reciente o lejano que se convierte en escuela de vida. La condición humana nos dota de estas características comunes a todos los seres que llamamos trascendentales, trascienden al uno y pasan a ser dominio de todos, a la vez que son aliento vital para superar la condición presente y aspirar a los más y mejor. Desde esta perspectiva, lo verdadero, lo bello y lo bueno se tornan en imperativo vital para los pueblos y personas que desean apropiarse de aquello que reza el lema olímpico: más alto, más fuerte, más lejos.

No somos ilusos. Como se ve, aprehender lo anterior es, sobre todo, un ejercicio racional... justamente cuando más imposibilitados estamos para hacerlo, por décadas de lógica instrumental.

Angustiantes resultados. Los resultados están a la vista: la ausencia de lo verdadero, manifestada en faltas a la palabra, en discursos huidizos, en mil excusas cantinflescas, en el temor a develar asuntos y personas, en la renuncia a pensar y decir con rigor académico y moral. La ausencia de lo bueno, entendiéndolo no como mojigatería, sino como el afán por aspirar a construir proyectos de vida común felicitante, es decir, que lleven a la felicidad, al desarrollo, a la plenitud, a la fecundidad; cosa que se manifiesta en la imposibilidad de construir proyectos compartidos, reinando siempre un espíritu tribal que raya en lo canibalesco –con el perdón de los señores caníbales–, a confundir el bien con seudocódigos éticos que tienen como tema de fondo la prohibición de comer galletas.

La ausencia de lo bello, tal vez la más lamentable, sobre todo si consideramos que la ética no es otra cosa que la estética de la conducta. Los pueblos no pueden, nunca deberían hacerlo, olvidarse de la belleza. Lo bello probablemente nos salve de la bestialidad; la belleza es la que hace suscitar en el espíritu humano el gusto por lo intangible, por el "pathos", por los sentires. Un pueblo que renuncia a ella pronto empezará a renunciar también a lo que de ella se deriva: compasión, ternura, alegría desbordante, capacidad de asombro, introspección. Tal vez por ello ya no nos preocupan tanto los indicadores de pobreza. Conducimos tan irresponsablemente. Hemos convertido el mal gusto en la norma suprema en materia de televisión y las bellas artes han acabado respondiendo a las demandas del mercado.

¿Qué hacer? Esta pareciera ser la cuestionante fundamental. La pretensión de nuestras reflexiones no era precisamente brindar respuestas, sino aproximarse al problema y ofrecer algunas claves interpretativas. Después de todo, conocer el problema y sus posibles causas suele ser la mitad de su posible solución. Sin embargo, nos parece que su raíz está en el sistema educativo, el formal y el informal: escuela, colegio, educación superior, familia, televisión, iglesias. Un esfuerzo de país, para lograr que volvamos a ser capaces de aspirar a lo bello, a lo verdadero, a lo bueno. Un esfuerzo de país para que seamos de nuevo capaces del pensamiento hondo, sereno, reflexivo. Un esfuerzo de país para que el sistema educativo vuelva a forjar espíritus libres, ciudadanos responsables, que se sientan constructores de una patria nueva, forjada por ciudadanos nuevos.



(*) Director de INEED/Universidad Católica

http://www.nacion.com/ln_ee/2002/agosto/11/opinion6.html


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