Diseño ¿Por qué? André Ricard



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Diseño ¿Por qué?

André Ricard

DISEÑO. ¿Por qué? Cuestionarse sobre la rai- son détre del Diseño —y hacerlo desde la perspectiva que otorga una extensa praxis proyectual, es decir, con pleno conocimiento previo del tema— resulta un planteamiento muy propio de esta misma disciplina creativa. Al adentrarme en el sujeto he querido olvi­dar voluntariamente todo cuanto se ha teorizado en tomo al tema Diseño; creo que de un modo reinci­dente se han intentado ya demasiados análisis desde approachs lingüísticos, semiológicos o incluso políti­cos. Aun cuando el Diseño se halla evidentemente li­gado al todo cultural, y por lo tanto participa y con­tribuye al contexto global en que nos hallamos in­mersos, he preferido buscar mis referencias a otro dis­tinto nivel; remontarme más allá, hasta la propia filo­génesis de lo humano, viendo, desde esta óptica más amplia, en qué manera puede esta peculiar actividad creativa insertarse en el marco de la creatividad global.

No extrañe pues, que un texto que versa sobre el Diseño y la creatividad objetual, se inicie con un repaso a los propios orígenes de la vida: al propio fe­nómeno de la Creación con «C» mayúscula. Una manéra de comprender el presente, para poder asumirlo en plenitud y a la vez poder conjeturar sobre el fu­turo, es precisamente detectando en el pasado las lí­neas de fuerza persistentes que entraña: esas constan­tes que emergen y perseveran a lo largo de su trayec­toria. Nous appelons notre avenir l'ombre de luiméme que notre passé projette devant nous (Marcel Proust).’ Este examen conciso de la mecánica que subyace en la biogénesis permite destacar las reglas esenciales que la rigen y ver cómo en el Hombre, lo vivo ad- quiere una nueva dimensión. El ser humano se dis­tingue por una latente y perentoria potencialidad creativa que, entre otras facultades, le habilita para completar, por medio de lo artificial (es decir: «hecho por mano o arte del hombre» 2), su incompleta naturaleza. Así, el hombre ha de crear para ser.

A fin de discernir la trascendencia de este ha­cer creativo, me ha parecido interesante analizar la • índole y las implicaciones que esa vital artificialidad supone para el humano. Cómo son, se comportan y nos implican esos artefactos (del latin arte factus:

' «hecho con arte», siendo arte: «virtud, disposición e industria para hacer alguna cosa» 2) que han instru­mentado la consolidación de la especie humana y que siguen conformando el entorno material en que se apuntala nuestra supervivencia.

Sin la pretensión de prescribir un método —que jamás podrá explicar el fenómeno creativo— también abordo una reflexión sobre la creatividad objetual: el decurso del proceso creativo, sus recursos, su atmósfera y los requerimientos esenciales que precisa para pro­ducirse. En esta sinopsis detallo también esa otra ver­tiente afectiva que se observa a lo largo del proceso hecha de sensaciones, visiones y exaltaciones que el •hacer creativo genera y necesita para culminarse.

Finalmente, en este recorrido de lo general a lo particular, llego a lo que hoy llamamos «Diseño»; si bien entiendo que este tema es el leitmotiv del con­junto y como tal se halla implícito desde el primer capítulo. En efecto, el Diseño no es sino una de las vertientes que, en su natural evolución filogenética, ha adquirido la creatividad objetual siempre adap­tada de un modo consecuente al entorno plural (tec­nológico, sociológico y cultural) que la prohíja.

De todo ello trata este ensayo que pretende así dar una posible respuesta al interrogante inicial r—DISEÑO. ¿Por qué?—, esta vez desde dentro de la misma realidad cotidiana del problema. Creo que cualquiera que viva con Interés esa apasionante aven­tura que es la propia vida, acaba por atisbar ciertas conclusiones. Lo que nos rodea, lo diario, está repleto de información que se nos revela si sabemos atenderlas. y estos datos llegan así a configurar, espontá­neamente, una manera de entender la vida.

Creo que cualquier texto testimonial, y éste pretende serlo, tiene el valor de ser la genuina expre­sión de una visión singular de nuestra «circunstan­cia», con todo lo que ello implica de inequívoca par­cialidad. Como dice Henri Laborit: «Hoy como ayer, las ideas no tienen la pretensión de monopolizar la verdad. Ningún espíritu científico o simplemente consciente de la complejidad de los hechos humanos es lo bastante naif para creer que ésta pueda ser ence­rrada en un lenguaje. Y, sin embargo, la dialéctica de este lenguaje, la del proceso del pensamiento que se busca, obliga a fijar en las palabras ideas fluctuantes, parcelarias, cuya principal cualidad consiste en des­pertar contradicciones.» 3


. La pauta creativa

La onda que sentimos pasar no se formo en nosotros mismos. Nos llega de muy lejos, arranco ahí mismo tiempo que la luz de las primeras estrellas. Nos al­canza después de haberlo creado lodo en su camina El espíritu de búsqueda v de conquista es el alma permanente de la evolución

Pierre Teilhard de Chardin


Desde mucho antes de que surgiera el Hom­bre, desde la aparición de la primera célula viva, todo vi universo orgánico ha seguido un latente proceso evolutivo, que es la esencia misma de la vida. Este Universo Vivo existe v persiste, precisamente por es­tar en constante evolución: Evolución que es definida como un «desarrollo por medio del cual las cosas v los organismos pasan gradualmente de un esta- »lo a otro».2
Este paso fundamental que permite a las co­sas v a los organismos transitar de una identidad es­tablecida a otra inexistente, sería imposible de no existir un sistema que, de un modo incesante, sumi­nistra las alternativas diferenciales pertinentes. Esta provisión de diversidad procede espontáneamente del propio sistema reproductivo de lo vivo que encierra en su mecánica un factor fortuito de indeterminación v posibilita la reproducción de los especímenes sin repetir jamás individuos idénticos.

Estas variaciones diferenciales —que se hacen aparentes en la fisionomía adulta—se han generado a nivel cromosómico, en el momento en que se consti­tuye la ficha genética: el genotipo, propio de cada in­dividuo. Este genotipo se estructura con genes proce­dentes de los genotipos de sus progenitores, en una proporción y composición siempre aleatoria y siem­pre distinta de anteriores o futuras procreaciones de sus mismos progenitores. «Cada tipo de cromosoma I posee su propia individualidad que consistí en un gran número de unidades hereditarias, o genes, dis­puestas en un determinado orden lineal. Estos genes ' son, en cierto modo, los naipes con los que el organismo juega la partida de la vida. Normalmente, cada ¡animal o planta posee dos barajas completas de estos ¡naipes genéticos, una proviene del padre, la otra de la madre« (Julián Huxley).4



La naturaleza, al barajar estos naipes genéti­cos y disponerlos en determinada secuencia, constan­temente produce sujetos distintos. El número de combinaciones posibles es prácticamente ilimitado, se ha calculado que cada pareja progenitora dispone de un repertorio de más de doscientos ochenta mil millones de genotipos distintos al engendrar a su des­cendencia. Así, cada individuo de cualquier especie orgánica es irrepetible, aunque, eso si, sus caracterís­ticas diferenciales se hallaran circunscritas a las po­sibilidades de variación que permite la mezcla de unos naipes genéticos específicos y, por lo tanto, se si­tuarán dentro del marco de una comunidad de carac­teres singulares, propios de su especie.

Sin embargo, esta diversidad congénita no es suficiente para alterar lo esencial y sólo aporta varia­ciones menores que no suponen un cambio sensible del arquetipo existente. Las alternativas más notables, aquellas que pueden aportar auténticos desmarques, se producen como resultado de otro fenómeno casual y contingente: el de la mutación. Esta modifi­cación accidental del gen introduce en el genotipo un gen nuevo —una nueva carta en la baraja— que po­drá aportar unas variaciones mucho más profundas en la conformación y comportamiento de determi­nado* individuo; variaciones que podrá transmitir a sus descendientes. «Teóricamente, un gen persiste bajo la misma forma de generación en generación: sin embargo, a veces, se produce un cambio en el gen, una mutación, y entonces este gen persiste bajo la forma modificada hasta que ocurra otra mutación. Así, a cada reparto de naipes puede existir cierto número de subespecies, cada una de las cuales posee un efecto ligera­mente distinto en cada uno que lo posea, cambia el color de los ojos, se reduce la fecundidad, se incrementa la resistencia al frío o se modifica la forma de los miem­bros y así sucesivamente» (ibideni).

Alguna de estas alteraciones genéticas por mutación aportan cambios notables y pertinentes en una determinada especie, a la que dotan, en el mo­mento oportuno, de singularidades fisiológicas que le permiten una nueva conducta que mejora su relación con el ecosistema vigente, o posibilita incluso su ac­ceso a otro tipo de entorno hasta entonces invivible para ella. Así, de un modo natural v espontaneo, las especies van prohijando una multitud de subespecie en torno a su propio tema genético esencial. Estas subespecies llegan, por sucesivas mutaciones, a rom­per su nexo con la especie matriz, de la que proceden, hasta constituir una nueva especie con caracteres di­ferenciales propios. El mecanismo evolutivo que la Naturaleza ha dispuesto para conformar y desarrollar todo el Universo Vivo, sernos muestra como un cons­tante tantear a ciegas: continuo surgimiento incon­trolado de múltiples tentativas casuales que el cedazo de la realidad selecciona.
El fenómeno mutativo suministra múltiples e indiscriminadas variantes, producidas aparentemente al azar, que prorrumpen en la realidad existente a la que pueden alterar. Las alternativas, pues, no son premeditadas soluciones, concebidas con el fin de adaptar las especies al entorno, sino el resultado de un accidente genético fortuito. Si la Naturaleza se rige por un determinismo superior, en este trance lo hace de un modo muy sutil. Lo que podemos deducir, de la norma evolutiva natural, no revela un sistema programado para crear soluciones aptas, preconcebi­das en función de las exigencias existentes en el contexto

ambiental. La Evolución, tal como la observa­mos, es por el contrario, la consecuencia de un pro­ceso muy elemental en apariencia (quizá mas sabio, como todo lo simple) que parece conferir todos los poderes decisorios a la realidad en su constante deve­nir sin pretender en ningún momento «pre-ver» lo que esta mutante realidad pueda llegar a ser o a nece­sitar.

El ecosistema es el resultado de un lábil equi­librio en el que las compatibilidades de cada una de j las partes se complementan v apoyan mutuamente, i Las alternativas que se imponen son simplemente aquellas que demuestran, en la realidad práctica, ser las más idóneas: las que se integran adecuadamente en el conjunto del sistema, al que respetan y por el j que son respetadas. Así, las variantes que se perpetuán son las que resultan «elegidas» de un modo natural por el contexto en que han de convivir. Toda la - evolución biológica, o biogénesis, es tributaria de este sistema bifásico de mutación/selección.

La vida en el planeta Tierra es la historia de este largo e inexorable proceso de selección de los 1 sujetos mejor adaptados para insertarse en el entorno existente. Todo lo vivo, si ha de sobrevivir, ha de estar capacitado para asumir su medio. La evolución de las especies es así una sucesión de relevos del que —par- i tiendo de un legado genético al que van alterando-— ( solo persisten aquellos que aporten los cambios que r posibilitan la continuidad de cada especie. Esta necesaria renovación de la aptitud no puede producirse si j todos los individuos de una especie mantienen íntegros los caracteres básicos vigentes. La nueva aptitud que un cambio en el ecosistema pueda requerir, habrá que hallarla en alguno de los individuos atípicos de la especie: es decir, cuyos caracteres se diferencien i en algo del patrón establecido. Sólo entre algunas de* esas anomalías, surgidas fortuitamente, puede encentrarse la rectificación genética oportuna que permita acomodar mejor esa forma de vida a las nuevas circunstancias.

Así, cuando en una especie persiste una ho­mogeneidad sostenida de caracteres, o cuando las al­ternativas son escasas o inadecuadas, aquella especie está destinada a desaparecer sin haber sido un esla­bón útil en la cadena evolutiva. Sólo en tanto existan minadas de variantes genéticas es posible la evolu­ción. En cuanto más amplio el espectro y sostenido el nivel de alternativas ofrecidas, mayores serán las po­sibilidades de una evolución fecunda y acelerada. La i historia de cualquier especie actual es la de una su­pervivencia lograda mediante la constante ruptura de la norma por la anormalidad, de lo habitual por lo ■ inhabitual, de lo conocido por lo innovador. Sobrevi­vir es evolucionar: todo lo que “vive se halla en un continuo proceso de cambio, siendo así que paradóji­camente, sólo se perpetúa aquello que cambia.


Es más que probable que nuestra propia espe­cie humana no sea más que una especie transitoria. Estamos quizás en un imperceptible, sutilísimo v continuado transito. «Esta lenta evolución deja supo­ner que no somos los últimos v que seres más civili­zados nos sucederán algún día en este mundo» (An­nette Laming-Emperaire).5 Visto desde la perspectiva de la historia del Universo, o incluso del solo planeta Tierra, los quizá dos millones v medio de años de existencia de los homínidos son bien poca cosa en comparación con los cien millones de años que peí duraron los dinosaurios antes de extinguirse.


Pero incluso considerando al hombre como una especie transitoria, no cabe duda de que esta es­pecie ha sobrevivido hasta este momento, superando con éxito la dura prueba de la selección natural, aun cuando desde un estricto punto de vista biológico, no se evidencia que el hombre este dotado adecuada­mente para ello. Así como en las demás especies ani­males las razones que posibilitan su pervivencia sue­len ser flagrantes y se adivinan en su propia anato­mía en el hombre nada aflora en su morfología que pueda justificar esta aptitud a resistir la pugna por la vida. A simple vista, parece una criatura indefensa frente a la dureza del medio en que vive. Su piel es frágil y desgarrable, su fuerza escasa y su armamento natural insuficiente. Su talla tampoco puede bastarle para protegerse, ni su agilidad o velocidad son tales que le permitan zafarse de los muchos peligros que le acechan.

Sin embargo, la Naturaleza ha compensado, con creces, esta aparente carencia de dotes morfológi­cas, habilitándole progresivamente para intuir v dis­currir. Su andar en posición erguida, que libera sus extremidades superiores y abre el campo de las acti­vidades manuales; su visión binocular, su cerebro de mayor capacidad y mayor complejidad lobular, do­tado del neocortex que le confiere funciones superio­res intelectualizadas; su infancia prolongada dentro de una colectividad adulta; todo ello favorece, en una u otra manera, esta peculiar capacidad de aprender y de hacer. Peculiaridad que halla su máxima expresión en el homo sapiens sapiens, como ser pensante v cons­ciente, capaz de sentir, de comprender y de crear.

El homo erectos pudo implantarse como espe­cie, hace más de un millón de años, porque: a) com­prendió su propia debilidad e intuyo que, en su lucha por la vida, sólo podría ganar con la ayuda externa de un complemento no-natural que equilibrara sus defi­ciencias biológicas, y b) dispuso de la capacidad crea­tiva necesaria para imaginar este equipamiento arti­ficial y de la destreza precisa para instrumentarlo.

La práctica de esta acción coordinada entre su poder mental y su habilidad manual fue estimulando a la vez —por un efecto feed-back— tanto el desarrollo de su intelecto, como su destreza. Sus manos y su mente estaban perfectamente preparadas para iniciar, la creación de un nuevo mundo artificial, paralelo y complementario al mundo natural. Así como la adap­tación natural de las especies depende del azar de una oportuna mutación accidental, y requiere millones de alternativas, la evolución por adaptación artificial que el hombre implanta, permite un progreso más coherente, más rápido y menos fortuito. La clave de la supervivencia ya no depende únicamente de los avalares de la Naturaleza. En el sentido en que «do­mestico» define a un organismo que vive en un medio creado por el hombre, puede decirse que el hombre es un ser que se ha «auto domesticado». «Dependiendo de un equipamiento extra-corporal realizado por él mismo, que podía.’ser descartado o cambiado rápi­damente. Según lo dictasen las circunstancias, hizo que el hombre fuera la mas adaptable de las criatu­ras» (Kenneth P. Oaklev).6

El hombre sabe de su propia fragilidad frente al entorno natural que le acosa y solo su innata habi­lidad creativa le permite compensar este handicap. Los utensilios, las herramientas, y en general todas las cosas que rodean y auxilian al hombre, son como una suerte de prótesis que éste ha ido creando, al compás de su propio desarrollo, para suplir sus ca­rencias biológicas. La especie humana se distingue así de las demás especies superiores en su facultad para compensar sus deficiencias por aditamentos artifi­ciales y para modificar el entorno natural creando un entorno no natural —el ambiente humano-— que acomoda el medio a sus necesidades. Lo artificial no es más que una «segunda naturaleza» promovida y regida por la propia Naturaleza que delega en el Hombre, la misión de fraguar la evolución de esa «artificiales» que él precisa para vivir.
La incipiente inteligencia del hombre primi­tivo le indujo a observar el medio en que vivía, a de­ducir las reglas básicas que lo regían y a imaginar modos de transformarlo para hacerlo más vivible. «El'' Arte de la vida consiste en una readaptación constante del medio» (Okakura Kakuzo).7 Incluso es posible que esta capacidad de transformar el medio am­biente, esta aptitud para adaptar el entorno mediante recursos artificiales —que es por esencia disgénica— haya desvirtuado la natural evolución biológica de la especie. El desarrollo de su capacidad intelectiva ha permitido que sobreviviera esta especie supuesta­mente no apta. La inteligencia releva a lo meramente biológico v permite al hombre burlar las pautas esta­blecidas hasta entonces.
El primer dato tangible en que se manifiesta esta voluntad y capacidad de modificar la realidad natural para crear el artificio como prótesis, la tene­mos ya en los guijarros tallados de la pebble culture. Ya no se trata aquí de la simple selección y utiliza­ción .le una rama o de una piedra como recurso ins­trumental, sino de la intencionada alteración de la conformaciori de esa piedra para dotarla de unas pro­piedades morfológicas que naturalmente no tenia, todo ello con una finalidad practica pret-vista¿«La he­rramienta humana presenta dos caracteres peculiares [...] Por lo pronto, supone una acción que no tiene una finalidad inmediata: tallar el sílex para hacerlo cor­tante no es una finalidad per se. Es un rodeo, un me­dio, para un fin más elevado: despedazar una presa o tallar otra cosa (...) Es también una primera abstrac­ción: abstracción, por medio de la herramienta, del acto de cortar o de perforar y abstracción del objeto sobre el que se cumple este acto» (Roger Garaudv).8 J

Los guijarros hallados en Olduvai junto a los restos del homo habilis son, al mundo artificial, lo que la primera célula viva fue al mundo orgánico. De allípartió todo. El inmenso arsenal de artefactos que el hombre ha ido creando surgió de un largo proceso evolutivo asombrosamente semejante en su mecánica al proceso evolutivo de lo orgánico. También aquí cada ejemplar fue único, obligadamente distinto a los que le precedían y le sucederían. Cada grupo étnico desarrolló sus propias técnicas, basado en las hereda­das, pero, incluso aplicándolas fielmente, cada opera­ción, cada puesta en práctica, fue distinta en algo y brindo una inédita experiencia llena de descubrí-; míenlos fortuitos que fueron revelando al espíritu atento y maravillado del neófito humano, nuevas po-; tencialidades evolutivas. En lo artificial, la evolucion depende también de la renovada afloracion dt alter­nativas realmente innovadoras.

La evolución de los artefactos es también el resultado de una continua transformación. Sólo po­drá operarse este cambio constante si existe un ince­sante surgir de alternativas. La pervivencia de la es­pecie humana depende, pues, de su capacidad de pro-', seguir imaginando y construyendo un mundo de ¿o-l sas artificiales. «La historia del hombre esta llena de$j la evidencia de sus esfuerzos —tanto acertados como ! fracasados— para crear herramientas y equipamiento j que sírvan satisfactoriamente sus propositos de con­trolar mas adecuadamente el entorno en que vive v trabaja. Durante la mayor parte de estos siglos de la historia del hombre, el desarrollo de las herramientas y equipamientos dependía en gran parte de un pro­ceso de evolución de “prueba y error”. A través del uso de un particular dispositivo —un eje, un remo, un arco v una flecha— era posible identificar sus defi­ciencias v modificarlo según aconsejaran estas, de tal manera que la siguiente generación de estos disposi- \ ti vos serviría mejor sus propositos» (Ernest J. Mt- C ormick) 9
Este entorno artificial en que se expresan "ios * conocimientos adquiridos de una colectividad, confi­gura su propia cultura. Esta cultura que, según Clyde Kluckhohn, es la «manera de vivir de un pueblo, el legado que el individuo recibe de su grupo*, no solo se refiere a las practicas y comportamientos instau­rados por los grupos étnicos, sino que incluye tam­bién las cosas tangibles que estos crean y usan. La cultura es asi la superticie en la que se hace mani­fiesta la endotransformación que se opera a nivel psicologico y sociológico. A mayor nivel intelectual corresponde una mayor posibilidad v complejidad de este equipamiento artificial. El largo proceso de con­solidación de la especie deja tras de si una larga es­leía de objetos que nos informan sobre la capacidad intelectiva, el nivel tecnológico v sociológico de quie­nes los hicieran. Estas cosas son la huella del hombre v de su cultura. Asi. esta capacidad para crear v fa­bricar herramientas v utensilios es un dato tangible que permite distinguir, en los albores de la especie, el momento en que surge el Hombre.
Desde el horno habilis se crearon infinidad de herramientas, utensilios y enseres, de los cuales solo han llegado hasta nosotros ciertas versiones. El per­feccionamiento de estos artefactos —tan singular­mente equiparables al propio perfeccionamiento or­gánico— tampoco fue un proceso regular v continuo. Hubo periodos fecundos, estancamientos y desviacio­nes dentro de una tendencia general evolutiva. En ar­queología. como en paleontología, no se conoce toda la coherente concatenación de la cadena evolutiva; quedan aun eslabones perdidos por descubrir. Sólo conocemos aquellos artefactos que se fabricaron du­rante miles de años, aquellos que demostraron ser los mas eficaces, los mas aptos para la función que se les exigía v que merecieron ser reeditados durante gene­raciones. Los demás, los que no hemos llegado a co­nocer. pero que sin duda existieron, fueron intentos fallidos v como tales elaborados en número escaso de templares, insuficiente para que algunos pudieran tranquear la «barrera del tiempo» y ser hallados hoy. Antes ile que una herramienta se consolidara en la definitiva forma que hoy conocemos, ¿cuántas miles »le formas intermedias fueron descartadas por inepti-
*tud? Sólo una larga sucesión de reediciones permite que un artefacto alcance su máximo perfecciona­miento. Es curioso observar Cómo los utensilios y he­rramientas que nos ha legado la tradición popular, y que aún hoy utilizamos: hacha, cuenco, mazo, son casi idénticos a los que los arqueólogos hallan en sus excavaciones. Estas herramientas demostraron cum­plir. a nivel optimo y sostenido, su cometido operati­vo/útil. logrando asi superar con éxito el continuo proceso de selección, inanteniendose en la práctica del uso a través de miles de siglos.

Es notable la similitud que vamos observando entre el proceso evolutivo natural de lo biologico y aquel que conduce la evolución de lo artificial. Esa misma marcha evolutiva, que parte de lo más ele­mental v tiende hacia lo mas complejo; esa Evolución que, en ambos casos, se concretiza en una continuada concatenación de especímenes que aportan ínfimas, pero congruentes variaciones y modifican la realidad hasta entonces vigente; esos elegidos especímenes, triados en cada momento de entre la infinidad de otras propuestas alternativas, que sin cesar prorrum­pen v bullen en torno al propio proceso evolutivo; esa selección espontanea, regida por la lev inexorable de la aptitud. Parece como si en el Universo existiera una sola, simple e ignorada pauta que gobernara todo lo que en el gravita y se hace. Hasta tal extremo que pueden trasladarse textualmente los enunciados de la f&Ieoria de lo Evolución al mundo de los artefactos; Y1 «entre todas las variaciones que surgen, aquellas que' /* dan pruebas de su adecuación a las condiciones parti- / culares del contexto, se aseguran una ventaba que les If permitirá subsistir. Aquellas que. por el contrario, fueran ineptas, conllevarían su propia desaparición».

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En los artefactos que el hombre erea, las al­ternativas ya no son fruto de imponderables —de una casualidad genética—, sino de la responsabilidad consciente del hombre y de su imaginación creativa estimulada por la posibilidad que le sugiere el con­texto natural y las necesidades le reclaman su irrefre­nable ansia de progreso. En todo afan creativo existe una premeditación voluntaria de superación que.im­pulsa al hombre a imaginar nuevas opciones que op­timicen la eficacia operativa de las alternativas ante­riores.



Asi como cada hombre, individualmente, tie­ne la capacidad de proponer estas alternativas, no \ tiene e.n cambio el poder de imponerlas. Ningún indi­viduo puede garantizar que lo que él haya creado sea retenido por aquellos que le sucederán. Sera el con­texto social quien —en su relación de uso con los ob­jetos y a lo largo de muchas generaciones— irá esco­giendo aquellos que muestren una probada y perti­nente eficacia. Nuestro entorno objetuai sólo encierra lo que «sobrevive» a esta dura prueba. El criterio se- j lectivo nace espontáneo del ente humano, como con- / imito, inconsciente él de su propio poder decisori<> j|y

l.'homme est ce qu'il fait, dijo Malraux.ftrfiues- ÜQS ac I os nos-definen meior oue nuestras iiitL-nponev El razonamiento discursivo es hipotético y estático irente a lo real v fáctico del acto. El hombre razona v decide mentalmente en función de un criterio cons­ciente. aunque a menudo la acción racional decidida no es la que se llevará a efecto, sino otra distinta, ino­pinada. Y es que en el paso de la decisión a la acción algo puede impugnar la aparente lógica de lo racio­nal. Finalmente, por sus actos, en los que se subliman en una elaborada mixtura la reflexión v la intuición, el Hombre, la especie humana, va incidiendo en la
transformación evolutiva de la sociedad que él “ha * creado. La intuición es esa parte mágica que posee el ser humano. Es lo inexplicablemente sabio de su comportamiento. Es algo que, remontándose a través de los siglos hasta los primeros balbuceos de la espe­cie, la ha tutelado, evitándole los errores que hubie­ran podido llevarla a su desaparición. La intuición es como una nueva dimensión del instinto animal que procede de lo más recóndito de esa materia cósmica que es el hombre. Es ese algo inviolado que aún con­servamos en nosotros al que inconscientemente acu­dimos en busca de avuda. Es como el nodulo distin­tivo de nuestra especie, en tomo al que se ha ido lor­iando nuestro ser.

El acto de selección de alternativas no de­pende ni del hombre como individuo ni de su cons- cient .*••.; sino de un consenso inconsciente que el ente humano va ejerciendo continuadamente. Aun cuando una moda o un «ismo» parece que vayan a imponerse definitivamente, nada llega a incorporarse realmente en el bagaje de la cultura humana si el ente humano no lo va aceptando consensual mente. Así es como este ente humano incide en su propio futuro de especie, tolerando u olvidando, sin premeditación alguna, lo que el hombre-individuo le va proponiendo. Las ideas cuajan cuando unas individualidades activas las pro­pugnan y una mavona, aparentemente pasiva, las dejan prosperar sin oponerse o las secundan. La lla­mada mayoría silenciosa lo es mucho menos, a escala histórica, de lo que suponemos. «Quien calla, otorga», v esto va es una forma de decidir. «Siempre puedo escoger, pero debo saber que si no escojo, igualmente • escojo» (Jean-Paul Sartre).’1
Este es el modo de actuar de esa mayoría, en la que todos nos hallamos incluidos, otorgando o de­rogando, siempre calladamente, discretamente, inex­plicablemente. Aun cuando este ente humano no acierte a comprender aquello que se somete a su con­sideración —ni tan siquiera se dé cuenta de que algo esta sometido a su consideración—su instinto detecta v siente aquello que encierra un riesgo para la especie i), por el contrario, aquello que está en linea con su destino. Mediante este mecanismo binario de «acep­tación v rechazo» de aquello que sin comprender in- tuve, la especie humana va instintivamente guiando su propio e incógnito destino. El hombre no sabe adonde va, pero sabe como ir.

Por el pensar racional el hombre no tiene ca­pacidad para concebir cuál puede ser el futuro de su especie ni por tanto pretender favorecerlo. Difícil­mente una especulación futurista —la futuro ficción— acierta en adivinar lo que será el mañana más inme­diato. El futuro no esta en función de una deducción racional v lógica, sino posiblemente es el resultado de un encadenamiento de múltiples y complejas coorde­nadas que se entretejen, según reglas, quizá muy simples, pero incomprensibles para nosotros. Sin em­bargo, el hombre no es un mero espectador de este lento y trabajoso proceso evolutivo en el que se halla inmerso; también es parte activa del mismo. «En la gran partida que se juega, somos los jugadores, a la vez que las cartas y las apuestas» (Pierre Teilhard de Chardin).12 Las facultades decisorias de su propio comportamiento global como ente humano están en sus manos. Lo que el hombre no logra comprender conscientemente, como ser pensante individual, lo adivina s-ubl i mi nal mente, a nivel colectivo, con las facultades intuitivas de las que está dotada la especie, precisamente para esta finalidad. «Una colectividad
armonizada de conciencias equivalente a una super- conciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de Pensar, por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar funcional­mente más que un solo y vasto Grano de Pensa­miento. a escala sideral» (ibtdcm).
Si como ente la especie humana guia su fu­turo. seleccionando las alternativas de su equipa­miento, son los individuos que lo componen quienes han de crear las alternativas entre las que luego se ejercerá esa facultad selectiva. Esta labor de suminis­tro de opciones sobre las que el ente humano hara uso de su poder de selección, es precisamente la tarea del hombre como individuo. Tal es nuestra responsabili­dad como participes constitutivos de la sociedad hu­mana, _)_para esa precisa tarea estamos dotados de i una potencialidad.JP.reativa. Nuestro objetivo como individuos es muy concreto: hemos de suministrar nuevas opciones que aporten algo diferencial a lo ya existente, tanto en el mundo de las ideas abstractas | como en el de las cosas tangibles. Las primeras oj>

| ciones fueron formuladas^^pcjE aquellos primeros

I hombres trashumantes que, acosados por la acuciante i .

necesidad de cobijarse, abrigarse y jiutrirse., tuvieron i que ir descubriendo v perfeccionandcutóscas herra- i mientas para ayudarse.- Eran seres autosuficientes I que usaban útiles rudimentarios y que espoleados por la imperativa necesidad de eficacia fueron aportando, a lo largo de miles de años, leves cambios que. sinembargo, suponían una nueva alternativa a lo ya existente. Los cambiosj&fciologicos que el hombre fue instaurando aceleraron la evolución de estos «artetac- tos protésicos» exigiendo alternativas acordes con las nuevas necesidades que planteaban estos cambios. La implantación de la agricultura —culminación de un largo proceso de observación de los fenómenos natu­rales v de infinidad de tentativas empíricas— repre­sento algo más que una estructuración racional de los recursos alimentarios. El cultivo racional de la tierra pretende orientar, incrementar v garantizar las cose­chas para asegurar un fiable y oportuno suministro de alimentos. Todo ello implica una intervención con­tinua del hombre, que habra de sembrar, mantener v resguardar unos determinados territorios de los que '■a no podra alejarse. Esta llamada «Revolución Neo- nica» encerraba, subyacente, las motivaciones que desencadenarían una dilatada evolución tecnológica v sociológica, para instrumentar adecuadamente este descubrimiento.

Con la estabilización del hombre sedentario y su mejor nutrición, disminuyo la tasa de mortalidad, provocando un brusco crecimiento demográfico. Se crearon núcleos colectivos de mavor entidad, consti­tuyéndose castros v poblados que implicaron otro upo de convivencia colectiva. Su nueva condición de agricultor y pastor requirió una nueva instrumenta­ción, diferente de la que hasta entonces necesito como cazador trashumante. Hachas para talar, hoces para segar, azadas para cavar, recipientes de cestería —y mas adelante de alfarería— para almacenar sus cose­chas, etc. El progreso exige al hombre nuevas genera­ciones de artefactos que secunden v^ propicien esté mismo progreso. El hombre ya~ací?ando asi una s , 1 ampliaba ma de p ro puestas .ere a t i vas bajo la presión \| de esta natural pulstón^gyplutiva. La necesidad de ampliar sus utillajes obligó a la colectividad humana a organizar la vida comunitaria propiciando la divi­sión de las responsabilidades dentro de la comunidad \. por lo tanto. la^iyisíoiíTcíél trabajo. En la comuni­dad social sedentaria, la autosuficiencia que poseía el hombre cazador ha pasado del nivel del individup aislado, al de la colectividad entera, considerada i orno una unidad autosuNciente.

De esta coordinación del trabajo en el seno de cada colectividad fueron naciendo los distintos oficios que. aun hov. despues de múltiples variaciones y adaptaciones, definen el esquema básico por el que se rige la vida colectiva del hombre. Uno, e importante, do esto* oficios, lúe el del artesano como especialista responsable de la elaboración v perfeccionamiento de los útiles que la colectividad iba necesitando y al que vndre múltiples ocasiones de referirme como pri­mero. v ejemplar, creativo «por cuenta ajena». Fuejjl prijTwrn gn desarrollar una actividad creativa organi­zada. buscando de. modo lúcidoJ_jiuevas_-fo«iia«'5r nuev as materias para los nuevos usos-que el progresa] de la comunidad humana exigía
Del analisis retrospectivo y global de lo que observamos en el Universo parece deducirse que este se rige por unas simples pautas inmutables, que en gran parte desconocemos, pero que son aplicables a todos los fenomenos que en el se producen. Incluso sin comprender aun plenamente los mecanismos de esta Evolución, puede afirmarse que esta es una de esas pautas y, como tal, que la Evolucion es consubs­tancial con la propia existencia del Universo. Tam­bién es un hecho admitido que la Kynliuiiinj^es un pryi^¿o de superación que siempre va de la elemeiir

talidad a la con^plejidad. Por ejemplo”, en la esle’ biológica. de la extrema sencillez estructural de los organismos subcelulares, a la compleja organización de los vegetales v animales superiores. Parece, ade­mas, como si el proceso evolutivo del Universo se fuera cumpliendo por distintos y sucesivos peldaños —cada uno de ellos siendo a su vez una sucesión evolutiva de eras, periodos, etc.—. y como si cada uno de estos peldaños tuviera que culminar en una suerte de apogeo antes de que se inicie el siguiente peldaño. Asi vemos como la «geogénesis», al propiciar una hi­drosfera v una atmósfera, posibilita la «biogénesis» que en su culminación conduce a la «psicogénesis»

Cuando, hace más de un millón de años, cier- I los primates —los primeros homínidos— superan el psiquismo animal y pasan al humbral de la reflexion, haciendo surgir el pensamiento humano, se

¡ culminaba un vasto provecto y. a la vez. se iniciaba i * *

otra prodigiosa aventura: la aventura humana en la que nos hallamos y de la que desconocemos el propó- , sito global, si lo tiene, o el devenir natural que indu­dablemente le espera. El «legado cósmico» que es la Vida encierra una insaciable capacidad de perfeccio­namiento orgánico que, en una trabajosa escalada de metamorfosis progresivas produjo al hombre, par* j tiendo de una elemental célula viva. «Aun cuando en i la historia biológica no puede decirse que el adveni- | miento del Hombre haya sido la meta de la vida, puede pensarse que expresa una de sus caracteristicas esenciales» (Robert Tocquet).13

Es como si la razón de ser de la propia vida hubiera alcanzado en el hombre una nueva dimensión para una nueva etapa. El mismo Tocquet se pregunta, al margen de cualquier punto de vista «finalista» o «meeanicista», si la Evolucion tiene un sentido. «La respuesta no ofrece dudas (...) los seres han apare­cido en la Tierra de una manera armoniosa, es decir, tamo mas tardíamente cuando su organización es mas compleja (...) en sus grandes lineas, la evolucion se ha orientado netamente por medio de sus phylums animales, hacia la adquisición de un sistema nervioso cada vez más complejo, cada vez mas mas concen­trado. que permitiera la expresión de un psiquismo siempre más evolucionado, que abocaba en definitiva a la conciencia.» A partir del hombre, la fuerza irre­frenable de la evolución adquiere una nueva magni­tud. «La vida humana es un fenómeno dentro del Universo. En ella, las realidades biológicas del col­mos han encontrado un nivel de realidades morales (Abelardo Martínez Cruz).14

¿Cómo imaginar que esa potencialidad evolu­tiva que extrajo al homo sapiens de la cnsalida del Australopiteco. se detuviera y no encerrara también otro renovado destino? Posiblemente el Hombre sea el apogeo de lo biológico, en el cual, a través de una estructura fisiológica muv sofisticada, se alcanza el peldaño siguiente de la conciencia. ¿Cuál sera ahora el proximo peldaño? Porque, no cabe duda, la Evolu­ción sigue. Ya en la corta historia del hombre pode­mos advertir la notable diferencia entre la incipiente comprensión que el homo sapiens tenia de su ser y de su mundo, v el mavor conocimiento que ha adquirido el hombre contemporáneo, incluso de sus propias ig­norancias.

Es evidente que la Evolucion de ese vector esencial intelectivo ha llevado al hombre a conocer y comprender la Naturaleza, permitiendole precisa­mente crear esa otra naturaleza artificial de lá que es el déiis ex machina. También es cierto que el hombre, impulsado por una peculiar motivación, impresa en su pauta genetica. busca incesantemente mejores so­luciones a los problemas de la realidad. Vivir le exige transformar esa realidad, superarla, dando asi a su vida una probabilidad y también un objetivo. «Mien­tras el hombre respire en la Tierra, seguirá fiel a su vocación de conocimiento, de construcción, de frater­nidad. Inepto a negarse, se obstinará en afirmarse, inventando, creando, anhelando, sirviendo, amando: siendo» (Jean Rostand).’*

Asi, la suma de estas minadas de impalpables voluntades \ tentativas humanas pequeñas. Ínfimas limitadas a la escasa trascendencia de una vida, irán acumulándose a lo largo de generaciones y acabarán adquiriendo entidad y presencia, ordenándose en al­guna configuración que definirá un esquema y reve­lará sus. lineas de fuerza, ocultas hasta entonces. Como esas limaduras de hierro que se ordenan simé­tricamente en tomo al imán, descubriéndonos la forma de esa fuerza magnética invisible. Existe sin duda una directriz en esta nueva fase evolutiva que es la aventura humana, pero sólo vislumbrable desde la dimensión cósmica en la que se inserta.

Pueden avanzarse múltiples hipótesis sobre cual sera nuestro futuro como especie, ¿quienes serán nuestros herederos? En esta, como en toda especula­ción imaginativa, el juego de la intuición v de la ló­gica reflexiva llega a suscitar diversas y plausibles perspectivas. ¿Que nuevas dimensiones, que descono­cidos valores aguardan aun su tumo para aparecer en escena? Como testigos y materia de un presente que apenas comprendemos nos es imposible deducir el mañana, solo quizás especular.

Por ejemplo, si sabemos que partiendo de la simplicidad de una célula se ha llegado a la compleji­dad fisiológica humana y que esta ha posibilitado, o producido, la implantación de una conciencia, es de­cir. de una determinada capacidad de responsabili­dad del organismo vivo sobre si mismo, también seria posible imaginar que en lo artificial, por esa extra­ña similitud que vamos observando pueda producirse igualmente este mismo fenomeno. Partiendo de la ele- mentalidad del guijarro tallado quizá puedan alcan­zarse unos artefactos que, por su alta complejidad, lleguen a adquirir una total independencia.


Parece como si el hombre repitiera en las co­sas artific iales, en esa segunda naturaleza, el mismo proceso que naturalmente propició su propia eclo­sión. «(...) si verdaderamente nuestras construcciones “artificiales” no son sino la continuación legitima de nuestra filogénesis, legítimamente también la "invertí ción" —este at lo ievolucionario del cual emergen, una tras otra, las creaciones de nuestro pensa­miento— puede ser considerada como una prolonga­tion, en forma reflexiva, del mismo mecanismo os­curo por el cual toda nueva forma ha germinado siempre en el tronco de la vida» (P. Teilhard de Chardin)

Si bien el surgimiento de la conciencia sigue siendo inexplicable científicamente, es evidente que esa mayor complejidad de los dispositivos fisiológicos del hombre le hacían mas propenso y preparado para pode? acoger este tipo de fenomeno. También quizás algún día, la complejidad y sofisticación de los arte­factos. siguiendo ese camino de independencia que ya van adquiriendo, pueda generar otro tipo de fenó­meno «reflexivo». Quiza la conciencia demuestre ser el resultado logico de un elevado perfeccionamiento de los mecanismos sensoriales y de registro. Se han descrito casos de computadoras que han llegado a efectuar rectificaciones y «reparaciones» en sus pro­pios circuitos, sin haber estado programadas para realizar tales actos. Es como si, en un determinado momento, cuando la obra creada alcanza suficiente perfección, tuviera que escapar al control de su crea­dor. como si ésta fuera precisamente la meta propia de la Evolución.

A fin de cuentas, las cosas artificiales y el hom­bre, como todo lo que conforma el Universo, parten de unas mismas materias y energías. Quizas el hombre sea una especie transitoria, un simple enlace, en v * esa cadena de relevos que es la Evolución, el artesano que la Naturaleza ha dispuesto para que cree sus propios herederos, del mismo modo que hemos sido el futuro y el destino de muchas otras especies y estas de la propia materia básica.

¿Hipótesis descabellada? Posiblemente, pero los caminos de la Evolución, que parecen tan logicos a posteriori, son insospechables cuando el propio de­sarrollo evolutivo no ha facilitado aún los datos para comprenderlos. ¿Cómo hubiera podido explicarse lo que seria la conciencia a quienes aun no la poseian? En plena geogenesis, en medio de sus portentosas tempestades energéticas, nada podía presagiar el sur-' pimiento y pervivencia de la frágil vida biológica. «¿Como esta energía misteriosa que llamamos Vida pudo, en un momento dado de la evolucion geológica, animar la materia inerte y transformar sus compo­nentes esencialmente constituidos por carbono, oxi­geno. hidrogeno y nitrógeno, en un granulo de proto- plasma irritable y móvil, y despues en la célula viva?» (Robert Tocquet).13
Las cosas antropógenas

El diie vuela, no porque tenga alas, tilas porque vuela.

h

En sus investigacior.es especulativas en tomo ál proceso evolutivo de la especie humana, los natu- , ralistas del siglo xix relacionaron, de un modo uni- llvoco, la aparición de la herramienta con el adven­imiento de la inteligencia, viendo en esa capacidad para hacer y usar artefactos, un dato inequívoco que permitía detectar el momento en que se operaba el transí i del ser irracional al ser humano.



Sabemos hoy que no es una prueba suficiente, que son necesarias otras evidencias para dictami­nar el momento evolutivo en que se manifiesta la ge- nuina superioridad de la especie humana respecto a las demás criaturas. Según Lewis Mumford «el hom­bre es preeminentemente un dominador de si mismo, hacedor de su mente y autodiseñador de su ser (...) la técnica de las herramientas no es más que un frag­mento de la biotécnica del hombre del total equipo vital». El hombre ha aprendido de si mismo y de su I entorno lo necesario para controlarse y controlarlo. «En este proceso de autodescubrimiento v auto- transformación, las herramientas en su sentido es­tricto. sirvieron más bien como instrumentos subsi-diarios, pero no como el principal agente operativo • del desarrolló humano; es que la técnica nunca se ha disociado, ni en nuestra época, de ese todo cultural mas amplio, en el que el Hombre ha funcionado siempre como un ser humano.» ,6

Pero aun asi. aceptando esta mas ponderada valoración de las cosas materiales que el hombre crea, no hemos de olvidar que gracias a esas cosas que hallamos en los descubrimientos arqueológicos, disponemos de un dato tangible de ese «todo cultural mas amplio» v que solo de la lectura atenta de esas cosas podemos deducir la indole de ese «lodo cultu­ral». Como dice Jacquetta Hawkes «seres que havan sido capaces de hacer herramientas deben ser califi­cados como hombres».'7 Las cosas que ese hombre fue creando como consecuencia de su incipiente inteli­gencia posibilitaron la lormacion del ambiente hu­mano, el cual a su vez, por un electo feed-back, propi­cio un mavor desarrollo intelectual y permitió asi la consolidacion definitiva de la especie humana. Por su misma esencia genetica v biológica, el hombre nece­sita de un habitat especifico. No puede sobrevivir en una naturaleza salvaje intacta. Para que un territorio resulte habitable para el hombre, este ha de alterar la launa v la llora primitivas. Esos parajes rurales que hoy llamamos «la naturaleza» no son sino una natu­raleza artificial creada, controlada v mantenida por el hombre.

Como lo advierte Tomás Maldonado, «nuestra realización del mundo humano es inseparable de nuestra autorrealizacion humana. En efecto, hacer nuestro ambiente,- y hacernos a nosotros mismos, constituye, filogenetica v ontogenéticamente, un pro­ceso único [...] —el medio humano y la condición hu­mana— son el resultado de un mismo procedo dialéc-

tí'co, de un mismo proceso de formación y condicio­namiento mutuos». ’•

Vsi, al hablar aquí de las cosas, me refiero a todas aquellas estructuras tangibles de factura hu­mana. a lodo ese mundo artificial —para el que usare el neologismo «antropogeno» (de antropo-: hombre y geno: engendrar)— que el ser humano crea y va in­troduciendo voluntariamente en su entorno: en oposi- cion al mundo natural que le es impuesto v que ha de asumir. El concepto de «cosa» en contraposición al de «persona*. U también, según su raíz etimológica que lo refiere al latín «causa» —es decir: «lo que se consi­dera como el fundamento y origen de algo»— puesto que. en cierta medida, las cosas han sido un factor causal de la horninizacion.

Los términos «producto», «aparato» o incluso • objeto», que a menudo se usan para definir a esas i) cosas, poseen va demasiada carga connotada para poder denominar genericamente a todo ese arsenal de artefactos va creados y aun por crear. El termino «co­sas». en este contexto, ha de entenderse en esa acep­ción que las considera como «entidades materiales individuales». Estas cosas abarcan asi a todo el vasto v muv diverso parque de los artefactos antropogenos, a todo el equipamiento artificial del hombre: de lo linas ínfimo a lo inmenso, del objeto sacro a la herra­mienta. de la obra de arte única al producto indus- irial masificado. Existen entre todos ellos múltiples variantes de tamaño, de peso, de complejidad y de momento, pero esas cosas son, todas ellas, fruto de la potencialidad creativa del hombre y eslabones en que se apuntala su propio ser como humano.

Sin menosprecio por otras dimensiones más abstractas de su propia realización como ser pensante y sensible, pretendo centrar estas consideraciones en torno a las casas que instrumentaron la faceta prác­tica que todo sistema conlleva y que también está presente en el proceso de la hominización. posibili­tando, en cada momento, la pervivencia de la especie. Desde el primer hombre, fue esta instrumentación practica —instigada por el instinto e iluminada ya por una tenue Mama creativa— la que permitió la vi­tal supervivencia de la especie, mientras se desarro­llaban y afinaban, paulatinamente, sus facultades in­telectivas y afectivas. La adquisición de estas nuevas facultades le hicieron concebir, en justo retorno, unas posibles mejoras para ese incipiente instrumental que utilizaba y que así fue ampliándose y perfeccionán­dose. Estos ejercicios de reflexión e imaginación que se le planteaban, de un modo natural, en tomo a pro­blemas cotidianos, simples y concretos, fueron una suerte de «gimnasia mental» que favoreció el desa­rrollo de facultades reflexivas y sensitivas. Los recien­tes experimentos del Prof. W. Greenough con ratones de laboratorio han demostrado que el trabajo v el juego intensivo al que los sometió —al exigir un ma­yor ejercicio de las neuronas— les hizo ser mucho mas emprendedores que sus congéneres mantenidos inactivos.
Los primeros hombres hubieron de dedicar gran parte de su incipiente capacidad intelectiva a re- ' solver los acuciantes problemas prácticos que les aco­saban. Asi. esa facultad de razonar que iba adqui­riendo la especie, le sirvió ante todo para ir compen­sando sus carencias físicas e ir creando los aditamen­tos precisos para reequilibrar artificialmente su bio­logía. Mucho de lo que hicieran los primeros homíni­dos para guarecerse del entorno hostil fueron unas simples extensiones perfeccionadas de las reacciones instintivas propias de la componente animal.

Ciertos animales también se auxilian con al­gunos elementos extracorporales. El frágil e indefenso cangrejo llamado ermitaño siente, de un modo in­nato. que su pervivencia depende de aquella caracola vacia que habrá de encontrar, sin falta, dentro de su área de movilidad. Pero aun poseyendo ese conoci­miento congènito de lo que precisa para sobrevivir, será finalmente el azar el que decidirá si ha de hallar, o no, ese indispensable habitáculo foráneo El hombre, que también precisa de ciertas prótesis para superar su fragilidad morfológica, no está a merced de esa elemental casualidad y esta ca­pacitado para crear por si mismo, artificialmente, ese necesario equipamiento y sera esta capacidad crea­dora y liberadora uno de los marcados caracteres di­ferenciales que distinguen al hombre de las demas especies superiores. Otras especies, como el castor, por ejemplo, cortan árboles, construyen presas. El pajaro recoge briznas y hierbas para hacer su nido. Las abejas hacen hov los mismos hexágonos que va hacían cuando aun no existían los mamíferos. El hombre es el único ser vivo que logra rebasar esta

I primera dimensión y llega a crear todo un mundo an- tropogeno. artilicial v homogéneo, en constante cre­cimiento. Cazar, cubrirse con pieles, construirse ma­drigueras. eran va —según los parámetros animales—- . una conquista suficiente que hubiera bastado a los primeros homínidos para sobrevivir v perpetuarse, al »tzuai que los demas animales. Pero, en el humano, su ansia de saber V de dominar le lleva mas alia.

La Naturaleza va revelando su vasto. fascinante v coherente conjunto de sistemas. Poco a poco vamos atisbando sus leves rectoras. Desde las especulativas teorías de Darwin hasta el descubrimiento del ADN, vamos entendiendo cómo, a lo largo de miles de millo­nes de años, fueron aflorando formas de vida mas v mas perfeccionadas. Comprendemos como se desarrolla la procreación, sabemos como actúa el mecanismo dt* la mutación: hasta llegar al Hombre, todo parece erica ir armoniosa v comprensiblemente en esa lógica «bio.o- giCii*. pero ¿que razón fisiológica puede explicar que unos determinados seres escaparan á ese sometimiento «hsoluio a una pauta establecida y tomaran decisiones por si mismos? ¿Pueden unos gramos más de masa encefálica justificar esa enorme ruptura?



E\ Hombre es el más hermético fenómeno con el que se enfrenta la Ciencia. Los especialistas en ci- togenetica, ante la dificultad, explican la aparición de la especie humana como un «accidente genético». Teilhard de Chardin escribió: «El Hombre, tal como la Ciencia logra hov reconstruirlo, es un animal como los demas —tan poco aleiado por su anatomía de los
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