Diana Palmer 2º Serie Amigos y Amantes



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Esperanzas de amor

Diana Palmer

Serie Amigos y Amantes

Título original: Rage of passion (1987)

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Tentación 224

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Gabe Coleman y Maggie Turner
Argumento:
El rancho de su madrina, cerca de Abilene, habría sido el sitio perfecto para que Maggie escapara de las amenazas de su ex marido: perfecto de no ser por Gabe Coleman. Alto, ágil y esbelto, era tan grosero y sensual como ella le recordaba.

La fría formalidad de Coleman le ponía la carne de gallina. Y los helados ojos azules la observaban como los de un gato hambriento retándola a que viera lo que había en el fondo de su salvaje superficie. Maggie creía que su fallido matrimonio la había curado del deseo, pero las pasiones tormentosas de aquel hombre hicieron que concibiera esperanzas de amor.
Capítulo Uno
La esbelta mano estrujó el telegrama. Unos ojos verdes lo observaron y lo odiaron.

-¿Son malas noticias, mamá?

La joven y tierna voz hizo que la angustiada mujer volviera a la realidad.

-¿Qué has dicho, querida? -preguntó con voz ronca. Se aclaró la garganta y, desvalida, oprimió el telegrama que tenía en la mano-. ¿Malas noticias?

- Bueno... sí.

Becky suspiró. A menudo Maggie pensaba que la niña parecía tener más de los seis años que tenía debido a que su corta vida había sido demasiado problemática. Estar en un internado la había hecho excesivamente introvertida y había acentuado su timidez.

-¿Se trata de papá otra vez? -preguntó Becky en voz baja y leyó la contestación en los ojos preocupados de su madre. Se encogió de hombros-. Bueno, la tía Janet vendrá hoy -comentó con entusiasmo infantil y sonrió-. Eso hará que te sientas mejor.

-Cierto, pero no es tu tía -Margaret Turner también sonrió porque las sonrisas de su hija eran mágicas-. Es mi madrina y fue la mejor amiga de tu abuela Tumer. Fue una agradable sorpresa encontramos con ella la semana pasada. No sabía que te tengo a ti, que eres una sorpresita maravillosa.

Becky rió y fue un dulce sonido que Maggie oía muy poco últimamente. El internado no le gustaba a Becky, pero Maggie no había tenido más remedio que enviarla porque debía trabajar. No tenía a nadie que cuidara a Becky después de las horas de colegio y a veces debía trabajar hasta tarde, incluso los sábados. Eso dejaba muy sola a la niña y Dennis hubiera podido raptarla y esconderla en alguna parte.

Él era capaz de cualquier cosa cuando se trataba de dinero. El telegrama que acababa de recibir la amenazaba con llevarla a juicio para obtener la custodia de Rebecca. Había dicho a Maggie que acababa de dar instrucciones al abogado para que fuera al juzgado.

Maggie se apartó un mechón de su oscuro y corto pelo de la cara. Era esbelta y alta y tenía un cuerpo apropiado para lucir la ropa de última moda. Pero ella no compraba ropa nueva. Gracias al juicio que Dennis había ganado y al hecho de que sus abogados le costaban muy caro, la vida se ponía más difícil para ella cada día.

Le quedaba poco más que el apartamento en el que vivían y un coche relativamente nuevo. Su padre nunca dio su consentimiento para que ella se desposara con Dennis y la había desheredado para dejarle todo a Becky. Maggie no lo supo hasta que él murió y nunca olvidaría el escándalo que Dennis dio cuando se leyó el testamento. Ella ya tenía el corazón roto, pero esa actitud dura e interesada le acabó de abrir los ojos. Después del incidente, ella se quedó muy deprimida, pero siguió luchando por Becky.

Dennis intentó en vano invalidar el testamento que contenía ciertas cláusulas que permitirían al administrador vender y reinvertir las acciones y los bonos. Maggie imaginó lo que Dennis podría hacer con ese tipo de control; en poco tiempo malgastaría todo el dinero de la herencia y dejaría a Becky en la pobreza.

Maggie trabajaba muchas horas en una librería para poder hacerse cargo de sus gastos. Le encantaban los libros y el trabajo era interesante. Pero no tener a su hija consigo le resultaba muy desagradable. Rogaba al cielo que Becky pudiera vivir con ella sin el temor de que Dennis la raptara. Por fortuna, Maggie no llevaba una vida social muy intensa, ni siquiera lo habían hecho cuando su familia era rica y lo tenía todo. De niña fue muy parecida a Becky: tímida e introvertida. De hecho, seguía siendo igual.

-¿Tendré que vivir con papá? -preguntó Becky temerosa.

-¡por supuesto que no, cariño! -Maggie abrazó a la chiquilla de largas y delgadas piernas y le acarició el pelo. Becky era lo único de valor que le quedaba de un matrimonio que había durado seis años.

Hacía pocos meses que se había atrevido a pedir el divorcio y tan pronto le fue concedido, había vuelto a usar su apellido de soltera, Tumer. No deseaba nada de Dennis ni siquiera su apellido.
-Nunca -añadió distraída, Maggie-. No tendrás que vivir con él.

Eso quizá era una mentira piadosa, pensó con tristeza mientras abrazaba a su hija. Los dos sabían que lo único que él deseaba eran las acciones que había dejado Alvin Turner un poco antes de morir a su nieta. Quien fuera responsable de la niña tendría acceso a la fortuna.

Hasta ese momento, Maggie había conseguido mantener alejada a la niña de su ex-esposo. Él ya le había informado de que pensaba casarse con la mujer con la que vivía a raíz del divorcio y el abogado de Maggie temía que Dennis podría ganarle la patria potestad si le ofrecía a Rebecca un hogar estable.

¡Estable! Dennis Blaine no tenía nada de estable. Ella no debía haberse casado con él, pero se rebeló contra su padre y no aceptó el consejo de la tía Janet. Fue un noviazgo corto y hacían buena pareja: ella, una tímida jovencita de San Antonio y él, un joven vendedor que prometía. Maggie no se enteró de la ambición por dinero de Dennis hasta que se quedó embarazada. A él no le interesaba formar un hogar feliz, le gustaban las mujeres y no le bastaba tener una sólo. Tres semanas después de la boda, él ya estaba viviendo una aventura sentimental con otra mujer para vengarse de Maggie por no haber aceptado su plan de enriquecerse pronto.

Maggie suspiró encima del sedoso pelo de su hija. Había descubierto que Dennis era vengativo y esa característica se acrecentó con el tiempo. Él había mantenido relaciones con muchas mujeres por lo que Maggie había intentado abandonarle, pero él la había golpeado por primera y última vez debido a que ella le había, amenazado con ir a la policía. Llorando, Dennis le había prometido que no volvería a suceder para no dar lugar a un escándalo. Pero la martirizó de otras maneras, sobre todo después del nacimiento de Becky. Más de una vez la amenazó con raptar a la niña y esconderla si no le daba el dinero que le exigía.

Por fin, Maggie pidió el divorcio y abandonó el hogar por el bien de Becky. Dennis había llevado a una de sus amantes a la casa y retozaba con ella en la cama cuando Becky llegó a casa inesperadamente y los vio. Dennis había amenazado a la niña si divulgaba lo que había visto, pero la niña tuvo agallas y lo reveló. Ese mismo día, Maggie se mudó con la niña a la vieja casa de la familia situada en San Antonio.

Dio gracias al cielo porque sus padres no la hubieran vendido después de irse a vivir a Austin.

Mientras tanto, Dennis se quedó en la casa donde él y Maggie habían vivido durante los seis años de su desastroso matrimonio. Después de que les concedieron el divorcio, él inició un abrumador juicio -irónicamente con el dinero de Maggie-, y logró el derecho a visitar a su hija.

Pero Maggie no le cedería la niña a ese oportunista ávido de dinero y así se lo decía a menudo. Sin embargo, el próximo segundo matrimonio de Dennis podría causar problemas y ella no sabía qué hacer para enfrentarse a esa nueva complicación.

-¿No podemos huir? -preguntó Becky al alejarse un poco de su madre-. Podemos ir a vivir con la tía Janet y su familia. Tienen un rancho y la tía Janet es muy agradable. Ha dicho que después de que venga a vernos, nosotros podremos ir a verla y montar a caballo...

-Me temo que no podremos hacer eso -respondió Maggie al mismo tiempo que trataba de borrar la imagen que había conjurado con desagradable intensidad de Gabriel Coleman.

Él la atemorizaba, y todavía llenaba sus sueños, aunque hacía años que no le veía. Podía cerrar los ojos e imaginarlo: alto, esbelto, rudo, todo un hombre. Dennis no se atrevería a amenazarla en presencia de Gabe, pero Maggie le tenía demasiado, miedo como para pedirle asilo.

Era bien sabido que Janet y su hijo no se llevaban bien. Maggie ya tenía suficientes problemas como para añadir a ellos el antagonismo de Gabe. Ella le desagradaba porque pensaba que sólo era una niña rica aburrida y ñoña. La había prejuzgado y se lo había hecho saber a través de sus frías miradas. Él nunca se había vuelto para mirarla aunque ella lo había deseado más de una vez. Pero después de lo ocurrido con Dennis, ella había quedado muy escarmentada y no se había sentido capaz de buscar otra relación con un hombre, sobre todo con un hombre como Gabriel.

-¿Por qué no podemos? -insistió Becky con sus ojos verdes muy abiertos.

-Porque tengo que trabajar -contestó-. Bueno, voy a tener unas vacaciones de un mes mientras Trudie está en Europa. Es la dueña de la librería.

Trudie había decidido que Maggie también necesitaba descansar y que cerraría el negocio, a pesar de que eso representaría un buen bajón en las ventas. Era una de las muchas razones por las cuales Maggie sentía mucho cariño por su amiga.

-Entonces, ¿no podemos irnos con la tía Janet? Por favor –rogó brincando con entusiasmo.

-No, y no debes pedírselo. De todos modos, todavía tienes clases una semana más antes de las vacaciones. Tienes que volver a terminar el semestre.

-Sí, mamá -Becky suspiró y cedió sin discutir, más.

-Eres buena niña. ¿Por qué no vas a la cocina para recordar a Mary que serviremos pastel de manzana esta noche en honor de la tía Janet? -sonrió.

-Sí, mamá -aceptó Becky y corrió hacia la cocina.

La familia de Maggie era dueña de la casa desde hacía unos ochenta años. Allí Dennis y ella habían pasado algunos fines de semana con su madre después del ataque cardíaco que había acabado con la vida de su padre. Le hubiera dolido mucho perder ese hogar, aunque los recuerdos no siempre eran agradables. Tocó el brazo del sofá con cariño. En días más felices su madre se sentaba allí para bordar mientras su padre se acomodaba en el gran sillón cuando llegaba a casa.

Durante los últimos años de su vida vivió poco en la casa porque era embajador. La madre de Maggie viajó con él hasta que su precaria salud la obligó a quedarse en Texas. Murió seis meses después de haber sufrido la trágica pérdida del esposo. A menudo, Maggie pensaba que un amor como el de sus padres era raro. Desde luego, ella no lo halló en su matrimonio. ¿Lo encontraría alguna vez? Estaba muy asustada como para intentar otro matrimonio y el riesgo era aún mayor para Becky.

Se observó las manos y aspiró el sutil olor a lavanda que estaba adherido como polvo a los viejos muebles. Una llamada a la puerta la sacó de su abstracción. No tardó en aparecer Janet Coleman.

-¡Querida, hace un calor infernal! No sé por qué tengo un apartamento en San Antonio ya que podría tenerlo en algún sido fresco.

Janet abrazó a la mujer más joven y más alta y suspiró.

-Debe gustarte mucho esta ciudad porque desde que tengo memoria, vives en el mismo apartamento -Maggie sonrió y se echó hacia atrás para observar a la mujer mayor de elegante traje gris.

-¡Qué atrevimiento el mío por invitarme yo misma a cenar contigo! -Janet rió-. Pero no he podido resistir la tentación. Han pasado muchos años y no sabes qué sorpresa más agradable me llevé al encontrarme contigo en los grandes almacenes, ¡sin mencionar que ignoraba la existencia de Becky! Te casaste y te divorciaste... -movió la cabeza-. Extraño mucho a tu madre. Ya no tengo con quien hablar porque mis hijas están lejos del hogar y a Gabe sólo le interesa el rancho. Además, voy poco al rancho. He pasado en Europa los últimos siete meses.

Maggie había estudiado en un internado con las hijas de Janet: Audrey y Robi, y ahora Becky estudiaba en el mismo lugar.

-Audrey vive con un hombre en Chicago -comentó Janet exasperada y se ruborizó cuando Maggie se la quedó mirando-. ¿No te parece escandaloso? Sé que eso está de moda, pero tuve que impedir que Gabriel se fuera a Chicago en el tren. Estaba decidido a meterle una bala en el cuerpo al hombre. Ya conoces a Gabe.

Maggie asintió. En efecto, esa actitud era típica en Gabe. Su respuesta a casi todo era física. Se estremeció un poco por reacción a él, era una reacción que siempre había tenido y que nunca había comprendido.

-Le convencí de que no lo hiciera, pero sigue furioso -se estremeció-. Espero que Audrey tenga el sentido común de mantenerse alejada hasta que Gabe se sosiegue. Los amenazaría con una escopeta para que se casaran.

-No lo dudo. ¿Cómo está Robín? -preguntó sonriendo porque la hija menor de Janet siempre le había caído muy bien. '

-Sigue obstinada en construir pozos de petróleo -Janet movió la cabeza-. Dice que quiere dedicarse a eso.

-Los tiempos han cambiado, Janet -Maggie se echó a reír-. Las mujeres están apoderándose del mundo.

-Por favor, no lo digas delante de Gabe -murmuró la mujer mayor-. No le gusta el mundo moderno.

-A veces, a mí tampoco me agrada -Maggie suspiró y miró a Janet-. ¿Sigue él ocupado con el ganado?

-En cuerpo y alma. Es la época en que cuentan y marcan a los animales, querida -Janet rió-. Durante este período no habla a nadie y casi nunca está en casa. Asiste a reuniones dé la mesa directiva, viaja para comprar y vender, participa en seminarios y es miembro de infinidad de mesas directivas, conferencias y bancos. Cuando estoy en casa nunca me escucha.

-¿Sabe que me casé y que tengo a Becky?

-Le he mencionado a tu madre, pero no le hablé de ti. Es tan sensible cuando hablo de mujeres que dejé de hacerlo. Le busqué una hermosa chica y la llevé al rancho para que la conociera -Janet se ruborizó-. Fue terrible -movió la cabeza-. Desde entonces, decidí que es mejor que no me entrometa en su vida. Ya no le menciono a nadie, sobre todo a las mujeres solteras -añadió riendo.

-Por mí no tendrá que preocuparse. ¡Los hombres ya no me interesan!

-Te comprendo -murmuró Janet-. Nunca me gustó tu ex-marido, sonreía demasiado.

Era extraño que Janet dijera eso porque su hijo parecía un cavernícola, pero Maggie no hizo ningún comentario al respecto. A ella no le interesaba ese tipo de hombre. Bastante había sufrido con la dominación de Dennis y éste se había encargado de que ella decidiera no dar una oportunidad a ningún otro hombre.

-¡Cómo me gustaría que Gabe se casara! -dijo Janet con añoranza-. Nunca ha tenido la posibilidad de hacer lo que suelen hacer los jóvenes. A veces, me siento responsable de ello.

Maggie se compadeció de Janet porque conocía la historia de su familia. Janet y la madre de Maggie fueron buenas amigas y Maggie se enteró de lo que ocurría en la otra familia, sobre todo, de lo que hacía el hijo varón, a quien tanto deseaba olvidar. Las hijas de Janet estuvieron muy mimadas y eso no ayudó en nada. Después de la muerte de Jonathan Coleman, Audrey se dedicó a divertirse y Robín se fue a estudiar a la universidad. Gabe se quedó al frente del gran rancho sin ayuda de la familia porque los demás no sabían nada de negocios.

Gabe soportó el peso y su fuerte lomo nunca se doblegó. Maggie le admiraba por su entereza y fuerza únicas. Era un pionero con un espíritu rudo y una increíble fuerza de voluntad.

-Aquí está mi Becky -anunció Janet abriéndole los brazos a la chiquilla que inmediatamente se cobijó en ellos.

-Tía Janet, estoy muy contenta de que hayas venido.

Becky había cogido cariño a la señora desde que se conocieron inesperadamente y al enterarse de que Janet era madrina de su madre, la adoptó como tía. Maggie no puso ninguna objeción y Janet quedó encantada. La pobre chiquilla no tenía parientes, excepto su padre y éste la aterrorizaba.

-Mi papá quiere que me vaya a vivir con él -Becky cerró los ojos y dio un fuerte abrazo a la señora-. Le he dicho a mamá que deberíamos huir, pero ella no quiere.

Janet miró a Maggie. Ésta estaba de pie y tenía la cara enrojecida.

Se encontraban en la cocina. Mary miraba al pequeño grupo mientras preparaba unos pasteles. Mary trabajaba para la familia desde que Maggie era niña. Ahora no lo hacía todos los días, sólo cuando necesitaba un poco de dinero. A menudo, Maggie trabajaba horas extras para conseguir ese dinero y poder ayudar a la mujer que había formado parte importante de su niñez.

-¿De modo que ese asunto no ha terminado? -preguntó Janet con desdén-. Deberías permitir que yo pida á Gabriel que hable con Dennis. No le molestaría.

-Mis abogados se encargan del asunto, pero gracias por el ofrecimiento -Maggie no pudo imaginar a Gabriel haciendo algo por ella.

-Me siento culpable. Perdí el contacto con vosotras desde que os trasladasteis a Austin. De no habernos encontrado el otro día no estaría aquí.

-Sabes que siempre te recibiremos con gusto -bromeó Maggie.

-Me mantuve alejada mucho tiempo, ¿verdad, querida? –Janet le escudriñó la cara-. He debido estar pendiente de ti como una tía -movió la cabeza-. Pero estoy perdiendo el rastro y supongo que es por distracción. Después de que nos vimos recordé que mis hijas ni siquiera saben que te habías casado; así soy de terrible.

-Me alegro mucho de que estés aquí -llevó a Janet al comedor y la mujer mayor se sentó a la mesa.

-Hace mucho calor para ser primavera. ¿Cómo lo soportas?

-Te traeré un ventilador -ofreció Becky.

Abrió un cajón de la cómoda y sacó un abanico de madera con un paisaje primaveral en un lado.

Janet sonrió agradecida a la niña y comenzó a abanicarse con frenesí.

-Lástima que no tengas aire acondicionado -movió la cabeza-. Nosotros lo instalamos hace dos años porque el calor es más insoportable cada año que pasa.

Con decoro, Becky se sentó en una silla, al lado de Janet, mientras Mary les servía los pastelillos y las tazas con humeante té. Luego, Becky salió a jugar y Mary se dirigió a la cocina para terminar de preparar la cena y poder observar a la niña'por la ventana posterior.

-Ahora, cuéntamelo todo -declaró Janet decidida, sin despegar los ojos de Maggie.

Maggie sabía que debía hacerlo, de modo que le explicó su triste historia sin omitir ni un detalle. Fue un alivio desahogarse porque hacía mucho que no tenía con quien hablar ni confiar.

Janet la escuchó y le hizo alguna que otra pregunta. Cuando Maggie terminó, la señora observó su taza antes de hablar.

-Vente conmigo al rancho -levantó la cabeza-. Necesitas alejarte de aquí para pensar bien en tu situación. El rancho es el refugio ideal y Dennis nunca iría a buscarte allí.

Era cierto. Dennis, igual que Maggie, había oído hablar bastante acerca de Gabriel Coleman y no era del tipo suicida.

-¿Y Becky? -preguntó Maggie-. No puedo sacarla ahora de la escuela...

-Volveremos a por ella la semana que viene -aseguró Janet-. Está en el internado, querida, y no permitirán que Dennis se la lleve, a menos de que presente una orden judicial. Ella estará segura.

Suspirando, Maggie se aferró a la taza. Le parecía algo maravilloso irse a la ciudad y poder meditar en un ambiente tranquilo. Pero estaba Gabriel...

Los recuerdos que tenía de él habían impregnado su joven vida durante años. Él estaba grabado en su mente como con tinta indeleble.

Sabía mucho de él. Recordaba que había obligado a unos ladrones de ganado a meterse en una zanja y los había mantenido amenazados con un rifle hasta que uno de sus hombres llevó al alguacil.

También tuvo una aparatosa pelea con uno de sus hombres en plena calle. Maggie la había presenciado. A veces se preguntaba si no ocurrió por culpa de ella. A la edad de dieciséis años ella había ido a pasar unas semanas con las hermanas de Gabriel. Las tres habían ido de compras al pueblo y las llevó uno de los hombres, un tipo que las miraba con interés exagerado y les hablaba de manera rara, hecho que divirtió a Robin y a Audrey, pero que aterrorizó a Maggie. Gabe estaba en la ferretería, al lado de la tienda de ultramarinos, donde Janet hacía sus compras. Cuando las chicas salieron, el hombre colocó una mano en la cintura de Maggie y con insolencia la deslizó, a manera de caricia, hacia su cadera.

Gabe brincó sobre un montón de palas y con increíble velocidad dio un puñetazo al hombre y le dejó sin sentido. Después le despidió sin importarle el público que se había acumulado y con un lenguaje que ruborizó a Maggie.

Gabe se había acercado a ella, pero ella, temerosa, había retrocedido unos pasos. Gabe nunca dijo lo que pensó. Furioso, miró a las chicas y les preguntó qué miraban. Les ordenó volver al coche y se alejó encendiendo un cigarrillo con tal calma que parecía que nada había ocurrido. Las chicas le dijeron que el hombre se había metido en un lío por maltratar a un animal, pero Maggie siempre tuvo la duda de que quizá ella fue la causante. Aquel episodio nunca se explicó.

Sin embargo, había sucedido hacía mucho tiempo, aunque... los recuerdos eran una cosa y otra, sería estar bajo el mismo techo. Sin dudarlo, prefería mantenerse a una distancia segura de Gabe; a una distancia como la que había entre San Antonio y el rancho Coleman.

No obstante, rechazar la invitación de Janet era como hablar con una pared y a los pocos minutos, Maggie aceptaba ir al rancho.
Capítulo Dos

Si Maggie creyó que Janet volvería a su casa y la esperaría allí, se equivocó. Janet la ayudó a hacer las maletas e incluso las llevó al internado, donde se quedó Becky y dieron la nueva dirección de Maggie.

La directora, la señora Haynes, era buena amiga de la familia.

Maggie estaba tranquila porque sabía que la mujer estaba enterada de su situación con Dennis y no permitiría que él se llevara a la niña. Con todo y eso, le inquietaba dejar a Becky, pero sabía que necesitaba tiempo para hacer planes y actuar con presteza para que no le quitaran a su hija.

-No me gusta dejarte aquí -le dijo a su hija cuando la abrazaba-. Becky, te prometo que tan pronto como termines este semestre haremos planes para que estés conmigo todo el tiempo.

-No te preocupes, mamá -declaró Becky muy seria y hablando como una adulta-. Estaré bien. Pero quiero que vengas a por mí cuando terminen las clases.

-Sí, querida -prometió Maggie con una sonrisa-. Eso haré y tú, pórtate bien.

A los pocos minutos, Maggie y Janet iban camino del rancho Coleman. Éste se encontraba bastante al norte de San Antonio, cerca de Abilene. El pueblo más cercano era Junction, un sitio moderno con suficientes tiendas como para ameritar una oficina de correos. Incluso tenía un aeropuerto pequeño.

-Lamento no haber convencido a Gabriel de que me trajera en avión -se disculpó Janet mientras recorrían la carretera dentro del elegante Lincoln Mark IV plateado que era el orgullo y alegría de la mujer mayor-. Pero está muy ocupado y no podía alejarse; además, sólo soy su madre. ¿Por qué habría de preferirme al ganado? ¡Ni siquiera le pagarían bien por mí porque soy vieja!

Maggie contuvo la risa. Janet tenía cierto sentido de humor y era una compañera encantadora. Quizá esas vacaciones resultaran agradables y ella pudiera colocar a Dennis y su horrible pasado en la justa perspectiva para planear la estrategia a seguir para mantener alejada a Becky de las garras de su ex-marido. Si tan solo no estuviera Gabriel...

Hacía mucho calor en esa región y el trayecto fue cansado, a pesar del aire acondicionado y la comodidad del coche, Janet tuvo que detenerse con frecuencia para echar gasolina, beber algún refresco o ira a los baños. Por fin, dejaron atrás la bella y ondeante campiña, se acercaron a Abilene y los breñales se convirtieron en tierra plana cultivada.

-Tenemos dos aviones -comentó Janet mientras recorrían los últimos kilómetros-. También un helicóptero -miró a Maggie-. ¿Estás cansada?

-No -consiguió reír. Hacía mucho tiempo que no tenía ganas de reír, pero la compañía de Janet la había tranquilizado-. Hemos visto unos paisajes muy bellos y me alegro de haber venido en coche. Sin embargo, tú sí debes estar cansada.

-¿Yo? -se burló-. Querida, en mi juventud domaba caballos salvajes, soy texana.

Maggie también lo era y unos años antes se habría sentido en la gloria si hubiera tenido el reto de domar a un caballo salvaje. Pero le habían quitado casi toda su vivacidad durante los últimos años. De no ser por Becky no sabía cuánto tiempo habría durado cuerda dado el tipo de presión a la que se había visto sometida.

-Ojalá disfrutes en el rancho-murmuró Janet cuando llegó a un camino de grava que tenía un letrero que decía: Rancho Coleman, ganado Santa Gertrudis de pura sangre.

-Sé que lo haré -prometió Maggie. Sonrió al ver a los animales de piel rojiza que pastaban detrás de las rústicas cercas-. Santa Gertrudis es la única raza nativa norteamericana, ¿verdad? Se inició en el Rancho King y ahora es famosa en todo el mundo. Son animales muy bellos. ¡Qué no daría por tener algunos propios!

-Ay, querida, lástima que no te haya traído aquí antes... -suspiró-. Esto es irónico. Gabriel está obsesionado con el ganado y tú habrías sido la nuera perfecta.

-No trates de emparejarme con nadie -le advirtió Maggie sintiendo que se ponía tensa por el temor-. Sin faltarle el respeto a tu hijo, lo último que deseo es tener de nuevo a un hombre que me domine.

¿De acuerdo?

-Está -bien y quiero que sepas que no te haría eso. Eres muy especial.

-También tú lo eres -miró la gran casa blanca.

Tenía un leve aspecto colonial, pero le faltaban las inmensas columnas. Por todas partes había sillas de mimbre, vio un columpio y muchas flores. La vista era espectacular.

-Es más o menos del mismo tamaño que la tuya, ¿verdad? -Janet rió-. Mi padre la construyó sin seguir ningún estilo. A menudo se hacen comentarios al respecto.

-Es hermosa -Maggie suspiró, pero frunció el ceño al mirar hacia las cercas-. Imaginaba las cercas blancas -murmuró.

-Gabriel administra bien el dinero -bromeó-. Tenemos cientos de acres y el cercado es muy costoso. Sobre todo, las cercas eléctricas que son las únicas que pone ahora. Disminuye los gastos donde puede y es una labor constante cuidar el ganado y mantener alejados a los ladrones. Aquí sólo tenemos animales de pura sangre y cuando un toro puede rendir tanto como medio millón de dólares, comprenderás por qué Gabriel pone tanto énfasis en la seguridad. Tiene a un hombre contratado sólo para esa tarea.

-¡Dios! -exclamó Maggie-. ¿Todavía hay ladrones de ganado?

-Sí, vienen en grandes camiones que también se han modernizado, pero el robo sigue siendo un problema.

-Nunca me lo hubiera imaginado -comentó Maggie cuando Janet detuvo el coche junto a los escalones.

Maggie no advirtió que Janet se ponía tensa ni que reflejó turbación en sus ojos porque ella estaba concentrada en observar al hombre que se acercaba al coche.

Era alto, esbelto y ágil y andaba con tanta arrogancia que Maggie reaccionó enderezando la espalda. Vestía como un vaquero, por lo que su sombrero de ala ancha impidió ver a Maggie su expresión hostil.

Él se detuvo junto al coche y Janet salió gritando de placer para abrazarle con esa alegría innata en ella. Pero él dio un paso atrás.

-¡No lo hagas! -tronó haciendo una mueca. Se llevó una mano a un costado y contuvo el aliento-. Me ha mordido una serpiente cascabel y el brazo todavía está hinchado. Pasarán días antes de que pueda volver a trabajar como antes. ¡No necesito que también me lo rompan!

-Lo siento, querido... -murmuró Janet acongojada y dolida.

-No puedo montar, no puedo viajar en los malditos camiones y no puedo pilotar el avión -miró a Janet como si ella fuera la culpable de todo-. Landers tiene que llevarme a todas partes. He estado más enfermo que un perro y me han alimentado exageradamente.

-Lo siento, estás muy pálido -murmuró Janet preocupada-. Debe dolerte mucho.

-Viviré -miró a la mujer más joven, levantó la barbilla y entorno los ojos.

Pensativo, frunció el ceño cuando Maggie salió del coche y ella le vio los ojos.

Maggie tuvo ganas de darse la vuelta y salir corriendo a causa de la expresión que no le daba precisamente la bienvenida. Él tenía una parte de la nariz un poco hundida, como si se la hubieran roto. Las cejas negras eran tan tupidas como el pelo, y sus ojos eran tan penetrantes como sólo pueden ser los ojos azules. No era apuesto, aunque su cara tenía personalidad y su cuerpo era tan sensual como el de una estrella de cine. Era el hombre de sus sueños, en carne y hueso. Pero Maggie no se sorprendió de que ya tuviera treinta y ocho años y de que no se hubiera casado. Se necesitaría a una mujer fuerte, a una mujer fiera para un hombre como ése. Se estremeció al pensar en lo que él esperaría de una mujer en la intimidad.

El sentimiento debió ser mutuo porque la mirada de él expresó mucho. Maggie imaginó que él la consideraba muy de ciudad por la camisa de encaje, el pantalón blanco y las elegantes sandalias que llevaba puestos. Debía haberse puesto un pantalón vaquero como había pensado al principio. ¿Por qué se había acicalado tanto?

-Gabe, ¿recuerdas a la hija de Mary, Maggie Tumer? –preguntó Janet.

--La recuerdo -contestó con franco desinterés y Maggie notó que él arqueaba las cejas un momento.

-Me alegra... volver a verte -tartamudeó ella.

Él asintió, pero no respondió a su saludo. Sin perder tiempo, la olvidó e, impaciente, se volvió hacia su madre cuando un camión con el logotipo del rancho se detuvo a pocos metros de distancia.

-Espero una llamada importante de Cheyenne. Si llaman y no estoy, por favor diles que me llamen a las cinco.

-Por supuesto, querido -asintió Janet-. Lo siento si he venido en mal momento...

-¿No lo haces siempre, mamá? -preguntó sonriendo con frialdad-. ¿No es mejor Europa para ti que el polvo y el ganado?

-He venido a verte -repuso la mujer con un dejo de orgullo.

-Volveré pronto -se dirigió hacia el camión e hizo una mueca cuando subió al vehículo y cerró la puerta sin aceptar la ayuda del vaquero. Se alejaron rodeados de una nube de polvo.

-Jamás lo comprenderé -murmuró Janet suspirando un poco enfadada-. No le crié sin enseñarle algunos modales. Lo siento, Maggie.

-No tienes por qué disculparte. Imagino que está muy dolorido.

-Y está irritable por tener que quedarse en casa cuando hay tanto trabajo en el rancho. Esta época es muy dura para todos. Además, no le-gusta que venga y por eso debo confesar que te necesitaba a mi lado tanto como tú necesitas el descanso. No me gusta estar aquí sola. Pero te aseguro que disfrutarás tu estancia ya que él no estará mucho tiempo en casa -añadió esperanzada-. En cuanto que tenga mejor el brazo se irá al trabajo -calló para añadir con amargura-: Conozco a mi hijo y sé que tardará pocos días porque nada le detiene mucho tiempo. Convencerá al médico de que el vendaje ha hecho milagros.

-No es muy amable -murmuró Maggie.

-Se irá antes de que te des cuenta. Vamos para que te instales -declaró Janet con firmeza-. Éste también es mi hogar, aunque no me permiten venir a menudo.

Maggie no contestó. No estaba segura de haber hecho lo correcto al aceptar la invitación. Gabriel era odioso y el tiempo no había disminuido el desagrado que ella le causaba. El instinto le indicó que de no haber estado Janet, Gabe la hubiera enviado de vuelta a San Antonio.

No era un buen principio.

Dedicó las siguientes dos horas a recorrer la gran casa y conocer a la nueva cocinera y ama de llaves. Era una mujer pequeña, morena, alegre y a Maggie le cayó bien nada mas verla.

Se puso un pantalón vaquero y una camisa amarilla. Se cepillo el pelo con la esperanza de que su aspecto fuera aceptable cuando bajara a la mesa y furioso, la observó cuando ella entró en elegante y amplio comedor. De hecho, la miró de una forma tan acusadora que ella se petrificó en el umbral de la puerta, aunque se So que no debía demostrar temor ni hacer ningún movimiento brusca Recordó lo que había leído en un manual para entrenar perro no muestres temor ni hagas movimientos bruscos. Quizá daría resultado con ese vaquero medio civilizado.

-Ven querida -sugirió Janet mirando de forma amonestadora al salón:'. os he hecho esperar-murmuró Maggie sentándose al lado de Janet para sentirse protegida.

-La cena se sirve a las seis en punto -declaro el hombre-. En caso de que lo hayas olvidado, repito que no me gusta que me hagan esperar.- La chica quiso contestar, pero él se lo impidió levantando una mano e ignorando las señales que le hacía la madre-. No muerdo, señorita Tumer-añadió con un dejo de diversión.

-¿Podrías ponerlo por escrito? -preguntó Maggie riendo nerviosa-. Aquí el aire es fresco y limpio, ¡no hay contaminación a causa de los coches!

-Así es -respondió Gabe.

Se echó hacia atrás con una taza de café en la mano. No estaba muy cómodo porque llevaba puesta la ropa de trabajo Su camisa estaba abierta y Maggie pudo ver su bronceado y velludo pecho. Eso a la había perturbado de adolescente, así que bajo la vista al plato y jugueteó con la servilleta en su regazo.

- Has cambiado -comentó él, al parecer, interpretando equivocadamente la expresión de Maggie al pensar que a ella le desagradaba su aspecto-. He ido a ver al médico después de estar en el corral y estoy cansado.

-Señor Coleman, ésta es tu casa -levantó la cabeza y en sus ojos había disculpa-. No sería tan grosera como para criticar cómo vistes.

Él se la quedó mirando y ella tuvo que bajar la cabeza. Por fin, él extendió el brazo hacia el plato de carne y se sirvió, hecho que tranquilizó a su madre.

-¿Cómo te mordió la serpiente, querido? -preguntó Janet.

-Quise levantar una cuerda y no me fijé dónde metía la mano.

-Debe ser muy doloroso -Janet se mordió el labio-. Supongo que no podrás trabajar durante unos días.

-Me las arreglo -la miró con frialdad-. Si me sintiera un poco más fuerte podría montar. No hay peligro, pero tengo el brazo hinchado y dolorido. Espero que no esté medio incapacitado mucho tiempo.

Janet iba a hacer un comentario, pero se obligó a callar porque nada obtendría discutiendo con su hijo.

-¿Qué haces tú ahora? -le preguntó a Maggie mientras empezaba a partir la carne.

-Trabajo en una librería -levantó y bajó la cabeza porque sintió que se ruborizaba. Gabriel causaba un extraño efecto en ella, incluso después de su angustioso matrimonio.

-¿Trabajas? -le escudriñó los ojos-. Tu familia tenía dinero.

-Las cosas cambian -respondió en voz baja-. Ya no tengo dinero, soy una mujer que necesita trabajar para vivir.

-Sírvete más carne, querida -Janet trató de interrumpir.

-Se nota -comentó después de dejar el pan y de observarla con los ojos entornados-. Ya no eres la animosa chiquilla que fuiste cuando venías a jugar con mis hermanas. ¿Qué te ha pasado?

Maggie sintió frío porque él la observaba como un gato observa a un ratón. Se sintió vulnerable y temerosa. Años antes hubiera aceptado el reto; ya no podía hacerlo porque estaba harta de luchar y discutir.

Su vivacidad estaba bien enterrada; tenía que ser así por el bien de Becky.

-He madurado -contestó después de dejar el tenedor sobre la mesa y mirar de frente a Gabe.

-Tenías fortuna y ahora no la tienes. ¿Qué te ha traído aquí, señorita Turner? ¿Buscas unas vacaciones o a un hombre que te mantenga?

-¡Gabriel! -Janet tiró su servilleta sobre la mesa-. ¿Cómo te atreves?

-Tú madre me ha invitado, señor Coleman -Maggie entrelazó las manos con fuerza, debajo de la mesa y fingió tener valor-. Necesitaba alejarme durante un tiempo, sólo eso. Tendrás que disculparme por ser tan tonta, pero no imaginé que necesitaría tu permiso además del de tu madre. Si deseas que me vaya... -comenzó a ponerse de pie.

-¡Por Dios, siéntate! -tronó atacándola con el filo de su mirada-. Sólo me faltaba tener aquí a una niña fina en la época del recuento y marca de animales, pero si mamá te quiere aquí, serás bien recibida. Sin embargo, procura estar en la casa y alejada de mi camino -le advirtió.

Dejó su servilleta e ignoró la furiosa mirada de su madre.

-No me interpondré en tu camino -respondió Maggie.

-¿De verdad? -inclinó la cabeza para encender un cigarrillo, pero no dejó de observarla-. ¡Qué diferente eres de la chica que recuerdo como una potranquita, siempre emocionada y ruborizada! Has cambiado mucho, Maggie Tumer.

-Tú sigues siendo el mismo -dijo sorprendida de sus propias palabras-. Eres tan contundente, grosero y dominante como antes.

-Y tengo el mismo malhumor -sonrió-. Así que cuídate -añadió poniéndose de pie.

Gimió al moverse y murmuró una maldición.

-¿Puedo ayudarte en algo? -preguntó Janet preocupada.

-No, gracias -se despidió de las mujeres con un movimiento de cabeza y muy serio.

-Lo siento -le murmuró Janet a Maggie-. En esta época él se pone de muy mal humor. Además, creo que no le gustan mucho las mujeres.

-Más bien querrás decir que yo no le gusto -respondió Maggie con los ojos fijos en el mantel-. Siempre ha sido así -sonrió con tristeza-. ¿Sabes que de jovencita estaba enamorada de él? Gracias a Dios, él nunca se enteró y a mí se me pasó. Para mí era todo el mundo.

-¿Y ahora? -preguntó Janet.

-Creo que le tengo un poco de miedo -Maggie se mordió el labio inferior y rió nerviosa-. No estoy segura de que haya sido buena idea venir.

-Te equivocas. Estoy segura de que todo saldrá bien, ya lo verás, lo tengo todo planeado.

Maggie no preguntó a qué se refería, pero el hombre que escuchaba al otro lado de la puerta hizo una significativa mueca. Él dio otro significado al inocente comentario de Janet y se puso lívido por la furia.

De modo que su madre trataba de nuevo de emparejarle con una mujer que él conocía, sin saber lo que él pensaba de ella. Pues bien, si Maggie creía que le iba a llevar al altar, iba a recibir una gran sorpresa.

Se alejó con tanto sigilo que nadie le oyó.

-Estaba segura de que Gabe no estaría en la casa -Janet movió la cabeza-. Lo está pasando mal y por eso ha sido tan grosero.

-¿Es igual con todas las mujeres? -preguntó.

-Algún día te lo diré -Janet cogió su tenedor. Había tristeza en sus ojos-. Por el momento, sólo te diré que tuvo una mala experiencia y yo tuve la culpa. Desde entonces, he tratado en vano de compensarle por ello.

-¿No puedes hablar con él al respecto? -preguntó Maggie.

-Gabriel tiene la costumbre de alejarse cuando no quiere escucharme -rió-. Una vez traté de explicarle lo que sucedió, pero me hizo callar y se fue a un viaje de negocios a Okiahoma. Después de eso, supongo que perdí el valor. Mi hijo puede ser muy intimidante.

-Lo recuerdo.

-Por lo visto, tu comprendes -Janet le sonrió a Maggie-. Nunca le dije que te habías casado. Tenía una forma extraña de ignorarme cuando te mencionaba, después de aquel verano que pasaste aquí.

¿Recuerdas la pelea que tuvo con aquel vaquero...?

-Por supuesto, no podría olvidarla -Maggie se ruborizó y no pudo ocultar su turbación.

-Después de eso se negó a hablar de ti. Pasó mucho tiempo preocupado y actuaba de forma extraña. Cubrió con tierra nuestra piscina y no permitió que nadie montara a Butterball...

Algo que apenas recordaba emergió a la superficie de la mente de Maggie. Él le había dado a Butterball para que la montara y recordó el momento en que él ajustaba las riendas. Entonces, ella lo había adorado, a pesar del franco antagonismo que él le demostraba. Aquello fue inexplicable porque Gabe se llevaba bien con casi todas las mujeres.

Era atento y cortés con todos, menos con Maggie.

-Sigue disgustado porque estoy aquí -murmuró Maggie.

-Recuerda que también es mi casa -intercaló Janet-. Me encanta tenerte aquí. Sírvete más carne, es de nuestro ganado.

-¿Pura sangre Santa Gertrudis? -preguntó Maggie horrorizada con la vista fija en el plato que Janet le ofrecía.

-¿Qué? -Janet rió al comprender-. Ay, no querida. Gabriel también cría ganado para comer. Pura sangre... ¡qué chistoso! Gabriel antes se comería a su caballo que a uno de sus animales pura sangre.

Coge pan, Jennie lo hace diariamente.

Maggie cogió un trozo, lo observó y no fue la primera vez que se arrepintió de haber ido al rancho. Gabriel parecía deseoso de- derramar sangre y ella se preguntó si el rancho Coleman no se convertiría en una zona de combate.

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