Desde la crisis del patriarcado hasta hoy: ¿existe realmente cambio en la enfermedad mental?



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Desde la crisis del patriarcado hasta hoy: ¿existe realmente cambio en la enfermedad mental?

En los últimos tiempos, lamentablemente, oímos frecuentemente hablar de crisis, ya sea en referencia a dificultades económicas, políticas o sociales. No es, sin embargo, un fenómeno novedoso en nuestra historia reciente, en la que uno a uno se han visto en aprietos los grandes hitos que sustentaban nuestra sociedad: familia, sistema político, valores, grupos, monedas, fronteras, la propia identidad personal… Se ha luchado contra el racismo, contra el capitalismo, contra el imperialismo, contra el sistema de clases, contra el machismo, contra la globalización, contra los regionalismos, contra…contra todo. La cuestión es: ¿se ha logrado eliminar todo aquello que ha sido criticado? ¿Llevan inexorablemente las crisis a la muerte de aquello que está comprometido? La respuesta afortunada y/ó desgraciadamente –depende de puntos de vista- es negativa.

La cuestión que se plantea es, entonces, ¿cómo han afectado esas crisis? ¿Qué consecuencias han tenido? Sin poder detenernos en todos y cada uno de los puntos anteriores, nos centraremos en un ámbito no exento de problemas: las relaciones entre hombres y mujeres, entre sexos y géneros, en concreto: la crisis del patriarcado. Pudiendo entenderse éste como institución en términos positivos, es decir, palpable, visible y por ello más fácilmente criticable; o como sistema de valores más o menos ocultos que han regido la sociedad y sus relaciones desde, permítanme la licencia, la noche de los tiempos, nadie negará en el siglo XXI que ha sufrido una crisis profunda a partir las diferentes revoluciones y cambios de los últimos siglos, desde el inicio de la Modernidad hasta nuestros días. Pero… ¿ha sido realmente eliminado?

A lo largo de la exposición se hará un examen de esta cuestión enfocándolo desde uno de los numerosos lados del prisma: el ámbito de la enfermedad mental. La justificación de esta restricción viene dada por un doble motivo: por un lado, la imposibilidad de abarcar esta problemática en términos generales en un trabajo como el presente, cuestión que sería más bien propia de todo un ciclo y no de una aportación única; y, por otro lado, la sospecha. Y de ahí la segunda parte del título de mi intervención que muestra el punto de partida de la investigación: ¿existe realmente un cambio en el ámbito de la enfermedad mental?



  1. LA CRISIS DEL PATRIARCADO

Para poner la primera piedra es necesario remitir a qué es el patriarcado, a su definición e implicaciones. Como su propio nombre indica podríamos decir que un patriarcado es un modo de organización social, jerárquica, en la que detenta el poder un patriarca. En base al diccionario de la Real Academia Española, un patriarca es una “persona que por su edad y sabiduría ejerce autoridad en una familia o en una colectividad” (Diccionario RAE, 2001). En primer término, esta caracterización de un patriarca no nos permite deducir si éste será un hombre o una mujer, por lo que inducimos que esta cuestión es indiferente siempre y cuando se reúnan los requisitos de edad y conocimiento. Sin embargo, resulta extraño que un término como patriarca, que remite al pater, a una figura masculina no esté definido como tal.

Sería posible ser benevolentes y pensar que es uno de tantos ejemplos que se han generalizado en base a una acepción antigua en la que generalmente correspondía a una organización en la que detentaba el poder un hombre, pero que no es fundamental si el mandatario es hombre o mujer. De este modo, la cuestión estaría zanjada. Otra opción, que indagaremos, es no ser tan benevolente y comenzar ya a desconfiar de que su definición como “persona” lleve implícito el hecho de que para mandar hay que ser hombre, de que eso es lo normal y, por lo tanto, no ha de ser explicitado.

Sea como fuere, y sin ánimo de ser ya acusada de feminista exagerada, histérica y radical, con voluntad de no ser demagógica ni construir argumentos falaces, recurriré a una tercera opción: continuar la búsqueda en el diccionario. Es entonces cuando, al introducir el vocablo “patriarcado” el diccionario nos muestra la acepción sociológica: “organización social primitiva en que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aun lejanos de un mismo linaje” (RAE, 2001). Tal y como anunciaba Bachofen, entre los representantes más firmes de patriarcado se encuentran la Grecia antigua y la sociedad romana (Bachofen, 1987, p. 31), en la que el para que una convivencia fuera matrimonial, también en la edad clásica, era necesario, además del consentimiento de los esposos, el de los respectivos paterfamilias: Este consentimiento, además, llega al punto de que si un padre obliga a un hijo a casarse el matrimonio será igualmente válido –contrariamente a lo que nosotros podríamos pensar (Cantarella, 1991).

No deja de resultar curioso que un sistema caracterizado como primitivo haya sido el utilizado por esas -a menudo caracterizadas como- grandes y desarrolladas civilizaciones germen y fermento de nuestra occidentalidad. Sin entrar a discutir, por la obviedad de la respuesta y por la ya superada acepción del término, si los griegos y romanos eran primitivos en esa nunca positiva acepción de la palabra primitivo –recordemos que los primitivos son los salvajes o incluso nuestros parientes los primates-, apuntar que ese modelo de organización jerárquica se mantuvo hasta, al menos, bien entrada la Modernidad. Y digo al menos porque habrá que tener presente que el sufragio universal femenino sólo se alcanzó en países considerados nada primitivos como Suiza en 1971 y nuestra vecina Portugal 1974.

Una vez aclarada la concepción de patriarcado más general se vuelve necesario realizar una aproximación desde otro punto de vista: el antropológico. El término “patriarcado” surge fundamentalmente en el ámbito de la antropología, por lo que es obligada la referencia al mismo. Tanto el vocablo “patriarcado” como su homónimo femenino al que anteriormente hemos referido, “matriarcado”, tienen su origen actual en el siglo XIX –a pesar de que el primero haya sido tomado de la religión, en una acepción que se remontaría al siglo XVI. “Patriarcado” es definido como “forma de organización social y política basada en la detentación del poder por los hombres, con exclusión explícita de las mujeres” (Echard, 1997, p. 468). Tal y como retomaremos, este término remite, por tanto, a una estructura de poder, a un régimen de organización jerárquica, en tanto en cuanto existe un polo superior de poder: los hombres; y uno inferior, totalmente oprimido y excluido: las mujeres. Se discutirá, no obstante, el hecho de que haya de ser explícito o no.

Algunos datos e investigaciones remiten a la eliminación del patriarcado desde el momento en que se acuñó el concepto y durante las primeras décadas del siglo XX, tales como las afirmaciones de B. Ehrenreich de que “el capitalismo industrial liberó a las mujeres de la inacabable rutina del trabajo productivo casero, pera al mismo tiempo les arrebató las atribuciones que habían constituido su peculiar motivo de dignidad. Soltó las ataduras del patriarcado, pero impuso las cadenas del trabajo asalariado” (Ehrenreich, 2010, p. 39).

Podría, entonces, ser enunciado o, más bien, anunciado: el patriarcado ha muerto. Según la autora, estaríamos en deuda con la economía de mercado en la medida en que su espíritu científico y crítico acabó con la ideología patriarcal, aunque esto no significa que se hubiese dado una sensibilidad femenina. “La visión del mundo que nació con los nuevos tiempos era, en realidad, claramente machista” (Ehrenreich, 2010, p. 43).

Aunque tampoco habrá que dejarse llevar por un excesivo optimismo y tirar cohetes, puesto que durante la dominación patriarcal las mujeres habían sido inferiores, pero parte orgánica de la jerarquía, de la physis en Grecia, que lo englobaría todo, y del imperio terreno-celestial posterior. Con la caída del patriarcado el lazo se rompió, pero las mujeres no quedaron libres, sino que se convertiría en un problema, en lo que se ha denominado “la cuestión femenina”, separada física y moralmente del modelo masculino. (Ehrenreich, 2010).

Se nos presenta, por tanto, una nueva estructura de dominación masculina: el machismo, que habría “maquillado” sus imposiciones y discriminaciones a las mujeres dando una apariencia de libertad. A partir de ese momento las mujeres serían “libres” de buscar un trabajo asalariado fuera del hogar, de permanecer solteras, de estudiar una carrera universitaria… aunque, mirándolo bien, tendrían que trabajar más duro que los hombres y cobrar sueldos menores, habrían de permanecer solteras para desarrollar una carrera profesional o renunciar a ella en el caso de optar –siempre “libremente”- por casarse y tener hijos, se enfrentarían una y otra vez a lo que se ha venido llamando “techo de cristal”… A todas luces, tal y como Ehrenreich y muchas otras investigadoras han denunciado, estábamos ante un espejismo de “libertad”, en el que, por otro lado, hemos ido consiguiendo mejoras y progresos día a día, aunque sin haber finalizado el proceso de igualdad.

Esta crisis del patriarcado en la que el varón deja de tener control directo e indiscutible poder sobre la mujer, ¿es realmente un proceso de eliminación del mismo? ¿Asistimos al nacimiento de un nuevo orden de cosas, el machismo, o a una adaptación remasterizada de una misma jerarquía social? El hombre y sus tareas “masculinas” continuaron siendo la élite, detentando el poder y dominando. Si bien es cierto que los puestos y actividades que habían sido exclusivamente masculinos o femeninos pasan a poder ser ocupados por personas del otro sexo, no lo es menos que los roles continúan siendo los mismos. Un hombre que cuida el hogar es un afeminado –por utilizar una terminología “suave”. Un hombre que se dedica a la cocina, el vestido o la peluquería es como una mujer, salvo, claro está, que su estatus sea lo suficientemente elevado como para ser un chef, un diseñador o un estilista, profesiones que, por su alto nivel, son de hombres, porque, al fin y al cabo, estamos en una estructura de mercado, por lo que ser rico siempre será más valorado y llevará asociado más poder que la propia actividad desarrollada.

Lo mismo ocurre si nos volvemos a las mujeres que desarrollan actividades de poder: son masculinas, son como hombres, son machos. Por ejemplo, aquellas “que decidieron romper con los “muros generizados” y consiguieron adentrarse en el hostil y competitivo mundo universitario y científico, experimentaron otra contradicción: ser mujer y tener que responder a las normas y valores asociados con lo femenino, y ser científica y tener que responder a las masculinizadas normas y valores de la ciencia” (García Dauder, 2005, p. 23). Por tanto, más que una superación del patriarcado estamos ante una reformulación del mismo surgida a partir de su crisis, pero personalmente considero que constituye el mismo juego de siempre con reglas adaptadas a los nuevos tiempos.

Una afirmación como la anterior ha de ser, no obstante, justificada o al menos sustentada de algún modo. Para ello me serviré de un ámbito de estudio: el de la enfermedad mental, a través del cual se investigará la pervivencia –o no- del patriarcado. El estudio que a continuación se presenta no será, no obstante, histórico, sino que se intentará realizar una reflexión a partir de la propia enfermedad mental, es decir, más que posicionarnos a nivel del estudioso nos situaremos en el ámbito de estudio, del objeto. Este enfoque viene dado por la necesidad de realizar una revisión profunda de las prácticas y desarrollos psicológicos y psiquiátricos, en los procesos de atención a los pacientes, su diagnóstico, pronóstico y prescripciones.

Asimismo, existen ya extraordinarios estudios que se han centrado en aspectos más históricos y en el punto de vista del profesional, más que del paciente. Así, García Dauder afirma que: “igual que las mujeres sufragistas o aquellas que adquirieron una profesión en los ámbitos de la reforma o la política, las mujeres pioneras psicólogas se vieron expuestas a la acusación de “invertidas sexuales”: traidoras a su sexo y representantes de la Nueva Mujer, que se habían adentrado en la esfera “masculina” de la profesión universitaria” (García Dauder, 2005, p. 171), realizando la autora un estudio histórico de las mujeres pioneras en psicología, tal y como el nombre de la obra indica.


  1. MUJERES Y ENFERMEDAD MENTAL: APROXIMACIONES

Una vez acotado el tema con el que empezábamos nuestro desarrollo al ámbito de la enfermedad mental seguimos, no obstante, en un vasto terreno prácticamente inabarcable en un trabajo de este calado. No será este motivo de pesimismo o abandono, sino que más bien, hemos de intentar al menos alumbrar algunas piedras del camino que, si bien no pretenden erigirse en hitos inamovibles, sí nos podrán ayudar a constituir una base firme sobre la que se cimentarían desarrollos posteriores.

La gran problemática a la que nos enfrentamos es inicialmente y a grandes rasgos la existencia o no existencia de diferencias en cuanto al abordaje –diagnóstico, tratamiento, conceptualización…- de las enfermedades mentales en función del paciente, es decir, de si este presenta o representa un papel femenino o masculino. En principio, deberíamos dar por hecho que una disciplina “objetiva” y pretendidamente neutra como la ciencia no distingue en función de sexos, pero, ¿está realmente esta institución exenta de ideología? La respuesta en el siglo XXI es evidentemente negativa, una vez mostrado que existen numerosos puntos de subjetivismo y política en su seno (López Vale, 2011). Con ello no se pretende acusar o entrar en polémica con respecto al quehacer de los hombres de ciencia, sino poner de manifiesto una ya mostrada realidad. Y podrán estar pensando porque me refiero a las personas que desarrollan trabajos e investigaciones en ciencia como hombres de ciencia y no como profesionales de ciencia, pues porque tal y como hemos visto anteriormente, las profesiones de alto estatus son masculinas.

Sin poder detenernos en este punto y adentrándonos ya en la enfermedad mental recurramos a los datos de una de las dolencias más extendidas y conocidas, al menos, cercanas a día de hoy: la depresión. Ellas la padecerán en mayor número1, pero ellos de un modo más severo y los llevará más fácilmente hacia el suicidio. De hecho, algunos estudios muestran que los episodios depresivos aparecen hasta con el doble de frecuencia en mujeres que en hombres2. Se testimonia tanto a nivel global: “En todos los países en que se han realizado estudios estadísticos las cifras revelan uniformemente que las mujeres padecen el doble de depresión que los hombres. Mientras que aproximadamente una de cada cinco mujeres sufre de una depresión mayor en su vida, en el caso de los hombres la proporción se reduce a uno de cada diez3; como en el caso de España, dónde los trastornos que aparecen con mayor frecuencia a lo largo de la vida son los de tipo depresivo, con una incidencia del 26,23%, según recoge la junta de Andalucía.

En base a un informe del Instituto Nacional de Estadística, podemos afirmar un 2,4% de la población masculina sufre depresión frente a un 4,4% de la femenina, lo que en valores absolutos se traduce en 84 mil hombres frente a 178 mil quinientas mujeres (que suponen diez mil mujeres por encima del doble de hombres, siempre en términos absolutos). En cuanto a algunos datos significativos por regiones o áreas, en Galicia, estudios han cifrado la depresión en mujeres entre 20 y 41 años en un punto y medio, frente al medio punto en hombres –los datos son similares en Valencia, dónde prácticamente se triplica el número de mujeres con depresión. Más sangrantes son los datos de Soria, sin embargo, en dónde la proporción de mujeres “profundamente deprimidas” multiplica por cuatro la de hombres o, ya en extremo, Zaragonza, dónde los porcentajes de población general con clara afectación depresiva son de 11:1 entre mujeres y hombres4.presentándose, por desgracia, un futuro próspero para esta dolencia, puesto que se espera que en el 2020 sea la causa de enfermedad número uno en el mundo desarrollado5. En relación con las diferencias entre hombres y mujeres puede decirse, a modo de ejemplo, que en la Comunidad Autónoma andaluza prácticamente un 60% de la población que acudió en busca de ayuda relacionada con una enfermedad o trastorno mental fueron mujeres, representando este colectivo un 69% de los pacientes atendidos por ansiedad, depresión y somatizaciones. ¿A qué se debe esta incidencia? ¿qué se esconde tras las diferencias entre hombres y mujeres?

Hay tres posibles explicaciones para esta última cuestión: en primer lugar podríamos estar ante un tipo de enfermedades que biológica o fisiológicamente afectasen en mayor medida a mujeres. De este modo, podrían buscarse causas y explicaciones en las diferencias que efectivamente puedan existir entre los cuerpos femeninos y masculinos. No dejaría, no obstante, de ser peligroso un intento de este tipo, pues nos remitiría a los desarrollos griegos y su concepción del “útero errante”, principal lugar de diferencias entre hombres y mujeres; o a disquisiciones que fácilmente podrían derivar en explicaciones de tipo esencialista, que ya no serían propiamente corporales, sino que se convertirían en diferencias cualitativas, en una escala de valor de lo mejor –que podríamos pensar, seguiría siendo lo masculino si nos basamos en nuestra tradición y en la menor incidencia de la enfermedad- y lo peor. Pero, en un mundo ideal en el que estas jerarquizaciones no fuesen un fin ni un medio de justificación de ideologías, podrían establecerse diferencias que, de hecho, pueden estar de algún modo operando en los distintos grados de incidencia de este tipo de trastornos.

Una segunda aproximación vendría dada por parte de la conceptualización de la propia enfermedad, es decir, dependiendo de cómo sea esta definida y comprendida se podría ajustar en mayor o menor grado a un perfil determinado de paciente. Algunas corrientes explicativas en psiquiatría y psicología han apostado por una etiología social de la enfermedad mental. Según la versión más radical de estos modelos (Rosenhan, 1973) teóricos los trastornos mentales serían construcciones de las personas “normales” o sanas para expulsar de la sociedad de algún modo a aquellos individuos indeseables para el buen mantenimiento del orden. La locura también sería un mecanismo regulador de las tensiones sociales.

Puede considerarse, entonces, que si bien no tienen por qué ser exclusivamente de origen social, las enfermedades mentales podrían estar constituidas, conceptualizadas en base a un modelo de paciente. En este sentido, entonces, la depresión podría estar basada en una determinada idea que se correspondería con el sexo femenino. Una persona se deprime porque es débil, porque tiene una disposición más sensible, porque no es capaz de enfrentarse a la realidad, no logra ser competitiva y racional. Por otro lado, las personas deprimidas lloran, son pasivas, se comportan como inmaduras, permanecen en casa… ¿Es necesario abundar en más características que han venido tradicionalmente asociadas a las mujeres?

Por último, una tercera vía explicativa, indisolublemente ligada a la anterior, podrían ser los propios pacientes, en una activa búsqueda de ayuda los que decidan presentarse como pacientes de una determinada enfermedad, siendo en este caso, además, la depresión, en tanto que socialmente menos rechazada, más extendida y comprendida, existiendo además numerosos tipos depresivos, la que podría resultar más fácilmente ajustable a las necesidades de personales de cada uno. Con ello no estoy afirmando que los enfermos mentales finjan su enfermedad, tal y como toda una corriente psiquiátrica afirmó en relación con la histeria (Makari, 2012), sino que, una vez que la persona necesita ayuda psicológica, buscará un especialista y referirá unos síntomas que no la agravien en demasía.

Siempre hay que tener presente al hablar de trastornos de este tipo que es el propio relato del paciente el que determinará un diagnóstico, es decir, no hay ningún tipo de prueba objetiva como podrían ser analíticas o radiografías, por lo que este buscará tanto al especialista que pueda guiarlo hacia una enfermedad no muy gravosa, como un trastorno que de por sí no suponga el fin de su condición como persona, no conlleve una exclusión y estigma permanentes, tal como sucedería, por ejemplo, con la esquizofrenia (Goffman, 1963; Muñoz et al., 2009). Detrás de que la depresión sea la epidemia de nuestro tiempo (Pignarre, 2002) puede estar el hecho de que “no es una de las enfermedades mentales o locuras, con las que se identifica la peligrosidad, la irreversibilidad y el comportamiento imprevisible e irracional” (Álvarez, 2012, p. 7).

Por tanto, podríamos estar de acuerdo en que de la conjunción del segundo y tercer punto, es decir, del ansia médica por realizar un diagnóstico efectivo y la necesidad de los pacientes por ser diagnosticados de una enfermedad que no dañe la autoimagen, se daría el hecho de que “en la actualidad se pueden encontrar muchos enfermos que buscan afanosamente al terapeuta que les dé un diagnóstico racional y un tratamiento que esté de acuerdo con lo que ellos esperan. Este tipo de terapeutas tenderá a encontrar una confirmación de sus teorías en el hecho de tratar a enfermos que están conformes con ellos acerca de sus problemas” (Simon, 1984, p. 37).



  1. ¿PATRIARCADO?

Independientemente de cuánta cuota de verdad pueda existir en cada una de las aproximaciones anteriormente expuestas, creo que estamos en disposición de afirmar que se dará más la conjunción de los diferentes factores que una única vía explicativa, al menos en cuanto a la segunda y tercera posibilidad se refiere. Una vez tendidos algunos de los caminos por donde puede estar transitando la estructura del patriarcado, es momento de examinar hasta qué punto puede darse o no esta interpretación.

En la primera de las cuestiones, a saber: la diferencia anatómica, fisiológica ó biológica que pueda de facto estar en la base del grado de incidencia sexuada de una enfermedad mental como la depresión, no disponemos de las herramientas necesarias para su desarrollo, puesto que sería cuestión de realizar un detallado análisis en el campo de la anatomía comparada –ya sea en su vertiente micro, es decir, por ejemplo neuronal; o macro como sería a nivel corporal general. Se han apuntado ya, además, algunos de los posibles riesgos interpretativos que se correrían, pero no sólo en un análisis posterior, como el que aquí estamos realizando, sino ya en el mismo proceso de investigación. Con ello, nuevamente, no se pretende atacar directamente a un concreto desarrollo “científico”, sino reparar en un proceso de planteamiento y contrastación de hipótesis que puede ya estar basado en prejuicios, sean estos conscientes o inconscientes, por lo que la investigación transcurrirá en una línea u otra que podría no ser “objetiva” en el sentido clásico del término.

Nos enfrentaremos, entonces, al segundo y tercer punto que ya habíamos anunciado como dos enfoques de un mismo problema: el médico-científico y el paciente-subjetivo. ¿En qué medida se puede caracterizar como patriarcal las conexiones y relaciones establecidas entre uno y otro modelo? Nótese que no estamos en el plano personal, particular, del médico y el paciente como individuos a título propio, sino como representantes de un modelo operante más abstracto, con numerosas implicaciones sociales y culturales. Así pues con aquellas conclusiones a las que lleguemos no estaremos defendiendo que los profesionales del área de la salud o los pacientes mantengan una determinada postura, sino que se tratará más bien de roles asignados, de papeles a representar en el teatro social. Pensemos, pues, qué papel interpretan cada uno de los polos.

La posición del profesional la autoritaria y, por tanto, la masculina, sea esta representada por un hombre o una mujer. Esta afirmación que en principio podría resultar fuerte, bebe de una tradición establecida desde antiguo, pero cuyo apogeo puede datarse en el siglo XIX y principios del XX, cuando los expertos de diferentes corrientes trataban a sus pacientes en base a su dominación. Ejemplos claros de ello son el doctor Weir Mitchell en América, Charcot o el propio Freud en el continente, que se situaban por encima del paciente, como expertos y sabios incluso en el ámbito de la identidad personal.

El profesional, el experto ha de saber leer e interpretar los síntomas y sensaciones que el enfermo le refiere, no teniendo por otro lado más que estos datos. Ha de introducirse en su mente, en su psique y abstraer de ella la verdad. No se cuestiona que un médico del área de la salud, ya sea psiquiatra o psicólogo, posea más herramientas interpretativas de lo que el paciente sufre. Lo que desde aquí se pone en duda es el modo agresivo, marcando la diferencia entre el sabio-activo-objetivo-profesional y enfermo-paciente-pasivo-subjetivo. El rol del experto es un rol activo, desarrolla el papel de una persona fuerte, con amplios conocimientos, seguro de sí mismo –aunque en muchas ocasiones se esté moviendo en arenas movedizas, es decir, es un rol masculino.

En el polo opuesto, el paciente desarrollará un rol femenino, pasivo, débil, de aquella persona que no es capaz de controlar su vida interior y enfrentarse a la realidad. De hecho, “las obligaciones del paciente son bastante simples: debe ser obediente y cooperante” (Simon, 1984, p. 265). Sin embargo, también hay hombres que sufren enfermedades mentales, también hay hombres que se deprimen. Sí, es cierto, pero, en primer lugar, como ya se ha señalado, son una amplia minoría. En segundo lugar, están en una situación transitoria en la que pueden estar –y creo que de hecho, socialmente hablando, lo están- pasando una temporada “baja”, “difícil”, “de debilidad”: femenina. Esto no supondrá un problema ni social ni de identidad personal, puesto que pronto podrán recuperar su masculinidad, una vez recuperados; pronto estarán en disposición de volver a su puesto de trabajo, a su rol de poder, a ser competitivos, productivos... hombres.

¿Qué ocurre con las mujeres? Podremos dar, al menos, dos explicaciones. Por un lado, si la depresión está en alguna medida cortada en base a la imagen femenina, la mujer deprimida estará desempeñando el rol que la sociedad le ha asignado. En este punto existiría un claro paralelismo con la histérica decimonónica, que no entraremos a examinar, pues sin duda las relaciones entre depresión e histeria constituyen un complejo entramado. Como Álvarez ha apuntado “tan erróneo es considerar que la histeria de ayer es la depresión de hoy, como que no existen relaciones entre una y otra” (Álvarez, 2012, p. 2) Por tanto, aquella mujer que sea ama de casa, que tenga que cuidar de sus hijos y mayores, es decir, que desempeñe el tradicional papel de la mujer, y caiga en una depresión estará simplemente desahogando sus tensiones y frustraciones llevando su rol a un extremo, pero no saliendo de la feminidad asignada.

Por otro lado, aquella mujer trabajadora, competitiva, que es como un hombre o al menos así se comporta socialmente habiendo entrando en el mundo del mercado y el trabajo asalariado de un modo activo, habrá fracasado en su intento de intentar ir contra su naturaleza, de pretender desempeñar un papel que no es el suyo y desarrollará, por tanto, una depresión que no será más que la consecuencia de la frustración de esa lucha que no puede ser llevada a cabo. En ese momento tendrá que ser atendida, rescatada, por el sabio, el profesional, que acudirá en su ayuda para restaurar el orden en su vida, como aquel progenitor que con su experiencia intenta acompañar a sus descendientes hacia la madurez.

En base a lo dicho podremos afirmar, por tanto, que estamos ante un patriarcado, no en su acepción antropológica tradicional, que abarcaría la totalidad de la sociedad, sino en un ámbito más restringido. Se podría plantear, no obstante, algún problema en cuanto a la denominación, es decir, a si realmente este fenómeno ha de ser considerado patriarcado o, más bien, paternalismo que me gustaría resolver.

Creo que estamos ante un ejemplo de patriarcado, que pervive en el ámbito de la enfermedad mental, al menos en cuanto a la depresión se refiere, dado que es una estructura de poder con roles establecidos, independientemente, como hemos visto, de qué persona concreta lo desempeñe en cada momento. De este modo, estaríamos ante paternalismo cuando, a título personal, un profesional mantiene una actitud condescendiente con su paciente, pero ha de hablarse de patriarcalismo cuando nos encontramos ante toda una compleja estructura de poder claramente jerarquizada (Foucault, 1996) que está actuando de modo latente y autónomo en el conjunto de una institución sin que las personas implicadas sean siquiera conscientes de ello.

El profesional del área de la salud, pese a tener que contar con el testimonio de su paciente como única prueba de sus problemas –es cierto que la familia puede ser una ayuda, pero no constituirá una completa explicación que pueda ser diagnosticada- se sitúa siempre como superior, quedando el paciente supeditado a su figura, dependiente de él, perdiendo incluso parte de su autonomía. De ser posible, el paciente debería ser también inteligente y educable, es decir, sumiso, aliado de los médicos en la lucha contra su enfermedad (Siegler y Osmond, 1974).

En la definición antropológica se establecía otro punto de discusión que ha de ser aclarado: el de la necesidad de que esta “forma de poder” sea explícita. Creo que no constituye un problema fundamental en nuestra exposición en el medida en que si bien no es necesariamente la dominación de los hombres sobre las mujeres, tal y como la concepción antropológica y clásica versaba, sigue siendo una jerarquía de igual modo, aunque, tal y como apuntaba, adaptada a los nuevos tiempos. Así, en lugar de hombres sobre mujeres estaríamos ante una forma de poder de masculino sobre femenino, de roles de género en lugar de sexos, pero de una única y misma problemática: varón-masculino-hombre superior frente hembra-femenino-mujer inferior.

Por otro lado, tampoco sería un ejemplo de machismo, tal y como Ehrenreich habría defendido (Ehrenreich, 2010), puesto que éste constituiría un trato diferente, despectivo del paciente y, más concretamente, de la mujer o rol femenino por parte del hombre o persona que ocupe el rol masculino. Sin embargo, como se ha mostrado, no se establece un maltrato machista, sino una jerarquía perfectamente delimitada, institucionalizada, en la que el paciente es dependiente y, como la propia terminología indica, pasivo; mientras que el profesional es activo, se sitúa en la parte superior de esa estructura y la domina.


  1. REFLEXIÓN FINAL

Nuestra respuesta a la cuestión planteada en el título, a saber, si existe un tratamiento patriarcal en el ámbito de la enfermedad mental es, por tanto, afirmativa. Sin poder dar una solución a esta problemática, puesto que eso significaría una completa reformulación de una institución tan fuerte con la medicina, aunque en su vertiente quizás más controvertida que queda totalmente fuera del alcance de un trabajo como este, lo que se ha pretendido es poner de manifiesto un trato que ha de ser cambiado; una crítica reflexiva a una estructura de poder que ha de ser tenida en cuenta y que hemos de luchar para modificar.

Al igual que se ha avanzado en muchos de los ámbitos de la vida cotidiana, sin haber todavía podido eliminar por completo las actitudes machistas o la dominación masculina; y sin poder olvidar tampoco los grandes cambios producidos en el tratamiento de las enfermedades mentales y en la consideración de los enfermos, es necesario seguir la lucha, el camino hacia la total autonomía de hombres y mujeres, no ya en tanto masculinidades o feminidades, sino en cuanto personas.

En este punto me gustaría lanzar un guiño meramente en calidad de mención a los desarrollos de medicinas alternativas que con sus diferentes ideologías, conceptualizaciones y tratamientos constituyen un modelo a seguir –no entraré a discutir si a intercambiar con el presente o solo como referencia a imitar en algunos puntos esenciales- y que ya se encuentran, pese a su escasa implantación, ayudando activamente a muchas personas, mayoritariamente mujeres, a las que no les es posible adecuarse al modelo tradicional en el que han de seguir un patrón de roles ya no contra-natura sino ex-natura. Con estas nuevas terapias, adaptadas a la persona, en las que la paciente es activa y participa en su curación se gana en tiempo, esfuerzo y calidad de vida.

El patriarcado ha de ser eliminado en todas y cada una de sus vertientes. No para instituir un matriarcado, sino para poder vivir libremente como personas autónomas e independientes, más allá de los roles de género y sus identificaciones e implicaciones (Cfr. Aguilar, 2008). Aunque suene utópico e incluso aunque sea un ideal incumplible, hemos de luchar activamente por su consecución. En cuanto desiderátum ha de ser perseguido y sólo mediante la crítica y la reflexión, únicamente sacándolo a la luz podrá ser desmontado. El camino ha sido iniciado, los invito a recorrerlo juntos.



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1 “La depresión”, OMS, http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/es/index.html

2 DSM-IV, p. 331.

3 Dio Bleichmar, E., “La depresión en la mujer”, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., vol. XI, nº 39, 1991, p. 283.

4 DIO BLEICHMAR, E., “La depresión en la mujer”, p. 284.

5 “La depresión”, OMS, http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/es/index.html

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