Del intelectual orgánico al analista simbólico



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Del intelectual orgánico al analista simbólico*

Por Emilio Tenti Fanfani** http://www.cubaliteraria.com/deberes_inteligencia/emilio_tenti.asp

Propósitos

Este trabajo tiene dos partes. En la primera me propongo revisar algunas herramientas conceptuales relacionadas con la teoría de los campos científicos. En la segunda, discutiré algunas proposiciones polémicas acerca de las transformaciones recientes en el "mercado" de trabajo de los intelectuales.

Todo el texto se mueve a partir de un interés bien específico: reivindicar la autonomía del campo de las ciencias sociales contra los viejos y nuevos intentos de dominación externa del trabajo intelectual. Esta posición se hará manifiesta a través de la crítica de ciertas pretensiones excluyentes, tales como las que se expresan en ciertos discursos celebratorios de los intelectuales, ahora transformados en "analistas simbólicos" de las sociedades contemporáneas.

Una teoría para pensar

Para pensar la ciencia como un espacio social necesitamos de una teoría sociológica suficientemente flexible como para permitir la construcción de objetos particulares a partir de un lenguaje que pretende cierto grado de universalidad.

La teoría de los campos sociales puesta en práctica por el sociólogo francés Pierre Bourdieu se nos presenta como una herramienta útil a la hora de emprender el análisis del campo de las denominadas ciencias de la educación o, para evitar equívocos, el campo de los conocimientos científicos acerca de la educación.

Para evitar la proliferación de teorías es preciso advertir desde un comienzo que no nos proponemos presentar aquí una nueva "teoría" o sociología" de las ciencias, sino una aplicación al campo científico de un modo de hacer sociología.

Por eso es preciso empezar tomando posición acerca de la teoría sociológica contemporánea. Durante cierto tiempo en la academia de occidente predominaron paradigmas sociológicos de tipo total (muchas veces asociados con ordenamientos políticos, económicos y sociales de tipo totalitario) que inducían a no considerar otro objeto de análisis más limitado que la misma sociedad. Conceptos tales como "sistema social" o bien "formación social", "modo de producción" y otras formulaciones análogas pretendían expresar en el lenguaje el carácter compacto del mundo social. Esta propensión a la teoría global es típica de las visiones objetivistas de la sociedad. En efecto, tanto en su variante estructural funcionalista como estructural marxista, la sociedad se nos aparece como una realidad no sólo total, sino dotada de peso. Es una sociedad-aparato o sociedad-cosa que se impone sobre los individuos y sus prácticas. También es un concepto abarcador. La sociedad "cubre" todos los ámbitos donde se desenvuelve la producción social. 1

A partir de estos discursos se instauraba una distinción entre grandes temas (la reproducción social, la dominación, la liberación, la socialización, los aparatos ideológicos de estado, etc.), es decir, cuestiones que merecían la atención del intelectual, y los pequeños temas, es decir, los aspectos de la sociedad que se consideraban irrelevantes. En realidad, se trataba de una incapacidad de construir grandes preguntas teóricas a partir del análisis de pequeñas porciones de realidad social.

Estas teorías favorecían un pensamiento de tipo deductivo. La verdad o racionalidad de cada práctica e institución social estaba depositada en la teoría general pertinente. Podíamos economizar el análisis empírico y la búsqueda de los datos del objeto real. Cuando lo hacíamos era para confirmar algo que ya conocíamos en el punto de partida.

Podría decirse que esta visión del mundo es relativamente indiferente a la diversidad y a los particularismos espaciales y temporales. Todo tiende a tener una explicación única y transferible a todos los objetos posibles. No vale la pena extenderse más sobre los estragos causados por este modo de ver las cosas en el campo de las ciencias sociales contemporáneas.

El fin de la hegemonía de los paradigmas funcionalista y marxista estructuralista dejó lugar a otras visiones más matizadas y flexibles de la sociedad. Viejas tradiciones teóricas arrinconadas por los hegemonismos simbólicos tuvieron la oportunidad de hacer oír su voz en los campos académicos.

Las teorías sociológicas contemporáneas más fecundas y creativas (me refiero, por ejemplo, a la teoría de la estructuración de Anthony Giddens, a la teoría de las configuraciones de Norbert Elias o al constructivismo estructuralista de Pierre Bourdieu) construyen otra imagen de sociedad, más articulada por múltiples mediaciones, más sensible a la diversidad, menos determinista, y por último más liviana". Esto último entendido como una cualidad positiva de todo discurso, tal como lo definió Italo Calvino en su célebre ensayo titulado Lecciones americanas. Seis propuestas para el próximo milenio. El agudo y sensible escritor italiano pregonaba las virtudes de la liviandad recordando a Lucrecio, el autor de De Rerum Natura. Escribe Calvino: "El conocimiento del mundo se transforma en disolución de la compactitud del mundo, percepción de aquello que es infinitamente pequeño, móvil y liviano. Lucrecio quiere escribir el poema de la materia, pero pronto nos advierte que la verdadera realidad de esta materia está hecha de corpúsculos invisibles [...] La preocupación de Lucrecio -sigue Calvino- es evitar que el peso de la materia nos aplaste. En el momento de establecer las rigurosas leyes mecánicas que determinan todo acontecimiento, él siente la necesidad de permitirle a los átomos algunos imprevisibles desvíos de la línea recta que garanticen la libertad, tanto a la materia como a los seres humanos. Toda la sabiduría de Lucrecio está en reivindicar la materialidad del mundo, la idea de causalidad y al mismo tiempo la diversidad y la libertad". 2

También la mirada contemporánea de la sociedad entiende que "el conocimiento del mundo supone una disolución del carácter compacto del mundo". La teoría sociológica actual considera a sus objetos, es decir a los sujetos, sus prácticas y sus productos como situados en campos específicos, dotados de una autonomía específica que es el resultado de una historia. Pero estos campos no son partículas sueltas cuyo comportamiento no obedezca a reglas generales. Son elementos de una sociedad, que es una y al mismo tiempo múltiple, diversa, articulada con mediaciones. Una especie de creación cotidiana, pero una creación con historia. Las proposiciones generales no reemplazan el conocimiento de lo particular. Por el contrario, nos permiten hacernos grandes preguntas (sobre el poder, la dominación, la transformación, etc.) acerca de cosas y ámbitos de vida tan rutinarios y comunes como una escuela, un bar, una cárcel, o el modo de vestirse, de festejar un cumpleaños o de realizar una reunión científica.

Esta manera de hacer sociología entiende al capital científico, es decir, los resultados acumulados en las prácticas científicas anteriores, como una caja de herramientas que el sociólogo adapta y combina para responder a las preguntas que en cada caso se formula. Las respuestas exitosas sugieren nuevas preguntas y enriquecen las herramientas disponibles en el campo.

La teoría de los campos científicos se inscribe en este horizonte cultural. Como tal, no es una teoría especial o "de alcance medio", sino un modo de hacer sociología, que es un modo de pensar la práctica, las instituciones y la relación entre ambas dimensiones de la realidad social. No se define por el uso de un conjunto definido de técnicas o "metodologías" de investigación, sino por la postura y el modo de construcción del objeto.

El campo científico: elementos mínimos

En la sociología de P. Bourdieu, la definición del campo debe entenderse en forma relacionada con el concepto de habitus y de capital en el interior de un espacio teórico determinado. En este sentido, "el campo es una red, o una configuración de relaciones objetivas entre posiciones. Estas posiciones son definidas objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes, agentes o instituciones, por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder (o de capital) cuya posesión determina el ingreso a los beneficios específicos que están en juego en el campo y, al mismo tiempo, por sus relaciones objetivas con otras posiciones (dominación, subordinación, homología, etc.)".3 Cada campo social (económico, político, intelectual, artístico, religioso, etc.) constituye una especie de mirocosmos dotado de una lógica específica. En cada uno de ellos se desarrolla un juego y por lo tanto una lucha por la apropiación de aquello que "está en juego". En los campos científicos lo que está en juego es la autoridad científica, es decir, la capacidad de imponer los criterios de cientificidad.

Los participantes en este juego "invierten" sus energías y su pasión (illusio) en las luchas que los oponen. Pero al mismo tiempo comparten una serie de creencias (doxa) relacionadas con el valor asignado al juego. Cada jugador dispone de un capital específico (económico, cultural, social, simbólico) que usa y acumula en ese juego. "Un capital o una especie de capital es aquello que es eficiente en un campo determinado, como arma y como objeto de lucha a la vez, es aquello que le permite a su poseedor ejercer un poder, una influencia, esto es, que le permite existir en un campo determinado".4 En el campo científico este capital específico puede consistir en títulos de grado o posgrado, publicaciones, cargos académicos, amistades y relaciones personales, etc. Cada campo tiene sus propias especies de capital.

Las relaciones de fuerza entre los jugadores (individuos o instituciones) definen la estructura de un campo. La fuerza relativa de cada jugador y también su estrategia depende tanto del volumen como de la estructura de su capital específico. Por ejemplo, no es lo mismo tener muchos títulos, cargos elevados y pocas publicaciones, o bien muchas publicaciones y pocas credenciales. Pero si se quiere rendir cuentas de las estrategias de los actores es preciso considerar no sólo el capital, sino también la trayectoria, es decir, el pasado incorporado en cada actor bajo la forma de predisposiciones, estilos, modos de percepción y apreciación o "modos de hacer las cosas" que se resume en el concepto de habitus. La práctica será siempre una resultante de una relación entre historia objetivada (bajo la forma de capital) y una historia incorporada (habitus).

Lo más probable es que cada jugador tienda no sólo a acumular capital, sino también a cambiar el valor relativo de cada especie de capital en función de la regla que ordena valorizar la especie de capital que más se posee y a desvalorizar la que dispone el adversario. En otras palabras, se trata de dominar imponiendo las reglas del juego en función de los propios intereses.

A partir de estas categorías básicas puede emprenderse la construcción de objetos de análisis en el interior de un campo científico tan diversificado y complejo como el de los saberes científicos de la educación. El enfoque permite superar los límites de todos los "ismos" que pretenden un monopolio analítico en el campo de la sociología del conocimiento. Por un lado, permite evitar los reduccionismos empiristas en la medida en que los "datos duros" relacionados con las condiciones objetivas en que se realiza el trabajo intelectual son analizados desde una perspectiva relacional y estructurada. Por el otro, ofrece una posibilidad de articular "estructuras objetivas" y estructuras mentales" (el habitus del científico), es decir, eludir tanto los sociologismos que tienden a reducir las obras culturales a sus condiciones materiales de producción, como los idealismos subjetivistas que erigen la "creatividad", el "talento" o la "vocación" en el principio explicativo último de toda producción cultural.

El concepto de campo permite construir objetos particulares (por ejemplo la obra de un autor o el desarrollo de una corriente de pensamiento) sin caer en el sustancialismo. Cada obra o cada autor adquiere un sentido en la medida en que se sitúa en un espacio de posiciones objetivas que caracteriza a un campo de juego específico.

El campo de las ciencias sociales actuales está atravesado por múltiples conflictos. No se trata de un espacio unificado, sino fragmentado por tradiciones, disciplinas (psicología, sociología, filosofía, pedagogía, historia, etc.) y redes institucionales que funcionan como mercados relativamente autónomos. Un espacio así constituido en nada se parece a lo que evoca la idea de aparato, es decir, espacio jerarquizado y controlado por un conjunto definido de actores y de posiciones dominantes. La pluralidad de puntos de vista supone una especie de institucionalización de la anomia, en virtud de la cual nadie posee la capacidad de imponer un principio cualquiera de cientificidad. Por el contrario, lo que caracteriza a estos campos es una lucha y una competencia por la definición de los criterios de cientificidad y por la apropiación de todas las ventajas asociadas con la "autoridad científica".

Hechas estas breves disquisiciones conceptuales quisiera pasar a discutir una hipótesis interpretativa acerca del estado actual del campo de la investigación social y educativa en América Latina. Veamos de qué se trata.

A propósito de los analistas simbólicos

En un trabajo reciente, 5 José Joaquín Brunner constataba la crisis de la figura tradicional del intelectual, tan valorada por unos (los propios intelectuales) y tan vilipendiada por otros, es decir, por todas las variadas y renovadas formas de antiintelectualismo. Pero su mirada se detenía en el análisis de la oposición entre dos modelos de trabajo intelectual.

Por un lado está el modelo de la ingeniería social, que se corresponde con lo que arriba denominé el intelectual tecnocrático que se basa en esa confianza ciega en el poder de la ciencia para racionalizar "desde afuera" los procesos de toma de decisiones. Este modelo distingue dos momentos y dos espacios de producción. Uno corresponde al espacio de producción científica, el otro al de la toma de decisiones en los sistemas públicos y privados de producción. El conocimiento producido en el campo intelectual es utilizado como "recurso" o como "insumo" en los procesos decisionales. Esta separación entre tiempo y espacio del conocimiento y tiempo y espacio de la decisión es la que está en la base de todos los planteos acerca de la "necesidad de garantizar una articulación entre aquello que los investigadores producen y aquello que los ejecutivos deciden".

Múltiples evidencias indican que esta división del trabajo no tiene resultados satisfactorios. Es reiterada la queja de los investigadores acerca de la escasa atención que reciben por parte de los decisores, así como bien conocidas son las críticas que estos últimos formulan a los primeros cuando los acusan de producir investigaciones irrelevantes y/o inoportunas y por lo tanto inútiles.

Se han intentado diversas soluciones al problema de la no convergencia entre conocimiento y decisión (focalización de la investigación, contratación, estrategias de difusión y diseminación de los resultados de la investigación, redes, espacios de intercambio con decisores, etc.) pero el éxito no es proporcional a los esfuerzos desplegados y a los recursos consumidos. Pero pese a la reproducción de la no convergencia, existe una demanda creciente y sostenida de investigaciones educativas contratadas y policy oriented.

Mientras Brunner sólo se conforma con criticar la incidencia real que tienen estas investigaciones sobre las decisiones realmente tomadas, sería preciso indagar la racionalidad de este tipo de inversiones. Más allá de los impactos efectivos sobre los procesos decisionales, la mayoría de las veces se trata de trabajos hechos para legitimar políticas utilizando para ello el poder y la autoridad de la ciencia. En estos casos, más que de trabajos científicos, se trata de simples racionalizaciones del sentido común, que muchas veces terminan siendo simulacros que parodian las características supuestas de la cientificidad.

A este modelo positivista Brunner opone otro que se basa en una concepción de la sociedad “autorregulada”, en que los procesos de decisión y coordinación se llevan a cabo en “contextos interactivos” donde participan diversos agentes dotados de intereses y conocimientos específicos. Aquí el conocimiento no es un insumo producido fuera del contexto sino que está incorporado en los actores bajo la forma de un saber hacer", “información”, “modos de hacer las cosas”, etc. Aquí las decisiones se asocian con soluciones parciales y provisorias que dependen también de las relaciones de fuerza de los agentes. El proceso de decisión no es lineal, como lo imagina el modelo racionalista. Está hecho de idas y venidas, de dilaciones, de negociaciones y de pactos transitorios. Muchas veces, más que de soluciones se trata de lograr administrar los problemas o de postergar la solución.

El segundo modelo representaría una especie de superación de la división del trabajo entre "investigadores" y "decisores". En las áreas de vanguardia de las organizaciones modernas, las arenas decisionales serían el espacio de actuación de un tipo particular de sujeto que integra conocimiento, información y responsabilidad de decisión.

El conocimiento "útil" es el que sirve para ganar en las transacciones y negociaciones donde se diseñan las decisiones. El viejo criterio de verdad que orientaba a la ciencia clásica es reemplazado por el criterio de utilidad, tal como lo había observado hace más de diez años J. F. Lyotard en su precursor ensayo sobre "la condición posmoderna". Brunner comprueba y al mismo tiempo consagra este tipo de saber, que en verdad es un saber hacer.

De allí la racionalidad de su dicotomía entre dos tipos de conocimiento. El primero remite a un con unto de ideas y representaciones. Este sirve para ser comunicado y “consumido” por los colegas del campo intelectual. Se trata de bienes simbólicos que circulan entre productores. El otro, el saber posmoderno, remite a lo que Brunner denomina conocimiento-destreza. Mientras el primero está, diría, formalizado, objetivado y por lo tanto tiene una existencia exterior a los individuos, el segundo sólo existe en forma incorporada, es decir, saber en el cuepo que se asocia con un "saber hacer" y sólo existe en la medida en que se usa en contextos de interacción.

Brunner retoma esta distinción clásica entre dos estados del saber para realizar una elección en favor del segundo. Este es el que se aparece como un saber realmente poderoso, un saber hacer y por lo tanto un saber transformacional.

Según Brunner, el predominio del conocimiento útil (conocimiento-destreza) no se asocia ni con la muerte de la teoría, ni con una pérdida de capacidad crítica. Por una parte, en el campo de las ciencias naturales "la distinción entre investigación y desarrollo es cada vez más dificil de percibir" y algo análogo está ocurriendo en las ciencias sociales. Por la otra, "muchos trabajos teóricamente sugerentes surgen de prácticas que poco tienen que ver con la actividad tradicional de investigación académica". En cuanto a la capacidad crítica, Brunner parafrasea el texto de la lápida de Marx en el cementerio de Londres: "la cuestión esencial -recuerda- ha sido siempre explicar el mundo en orden a transformarlo [...] Si tal es el objetivo -concluye-, no veo cómo podría temerse que una actividad íntimamente comprometida con la transformación del mundo social a través de la manipulación de conocimientos podría perder sus aristas críticas".

El final no podía ser menos previsible: el capitalismo posmoderno, junto con el muro de Berlín, derriba el muro mucho más antiguo que separaba el conocimiento de la práctica. A partir de ahora aquél "deja de ser el dominio exclusivo de los intelectuales y sus herederos más especializados -investigadores y tecnócratas-, para convertirse en un medio común, a través del cual las sociedades se organizan, cambian y adaptan". 6 Ante la fuerza de una historia que por fin ha encontrado una dirección indiscutida, "corresponde a los investigadores sociales ajustarnos a esa nueva situación o corremos el riesgo de convertirnos en una comunidad marginal".

Es probable que estemos en presencia de una forma sofisticada de antiintelectualismo. En efecto, la oposición entre saber-representación y saber-destreza es una actualización de la ya clásica oposición teoría-práctica que, tal como se nos la presenta ahora, tiene por lo menos dos defectos básicos:

a) desconoce las condiciones sociales de producción de la teoría como conocimiento de la práctica, distinta del conocimiento-destreza;

b) no permite pensar y explicar las articulaciones entre estas dos formas del saber, sino que se limita a comprobar y consagrar la hegemonía de un modo de conocimiento sobre el otro.

Pero esta celebración del intelectual como "analista simbólico" 7 supone una toma de posición por uno de los dos polos que organizan la estructura de los campos de producción simbólica. No puede rendirse cuenta de la especificidad del trabajo intelectual si no se supera la visión bipolar del intelectual puro y del intelectual comprometido. Mucho más pertinente es pensar en el intelectual como un "personaje bidimensional" que "sólo existe y subsiste como tal si (y sólo si) está investido de una autoridad específica que le es conferida por un mundo intelectual autónomo (es decir independiente de los poderes religiosos, políticos, económicos) del cual respeta las leyes específicas, y si (y solamente si) compromete esta autoridad específica en las luchas políticas". Si esto es así no existiría una oposición entre la búsqueda de la autonomía y el interés por la eficacia política. Por el contrario, la primera sería condición de la segunda. Los "analistas simbólicos" de Reich celebrados por Brunner producen a partir de un espacio determinado de producción: construyen problemas y elaboran soluciones en función de una demanda externa. En su producción no está en juego un interés crítico sino económico: la conquista del mercado.

La crítica intelectual clásica (desde Emilio Zola hasta Jean-Paul Sartre, por ejemplo) se despliega en el espacio público. Sin embargo, se trata de una voz cada vez más débil en el escenario cultural del capitalismo contemporáneo. La razón fundamental de esta ausencia se encuentra precisamente en la red de interrelaciones que subyace a la difusión de los analistas simbólicos. En efecto, existen una serie de amenazas a la autonomía del trabajo intelectual que surgen de las nuevas formas de mecenazgo que se instauran entre artistas y científicos y ciertas empresas económicas. El control se ejerce no sólo desde afuera del campo intelectual, a través de la demanda de servicios simbólicos, sino en el interior mismo de los espacios científico-culturales. Aquí la pérdida de la autonomía tiene que ver con una apropiación gradual de los medios de producción, difusión y consagración cultural por parte de poderes extra intelectuales. Entre ellos, vale la pena mencionar el fortalecimiento del polo de poder tecnocrático de la comunicación. Estos productores de símbolos y de representaciones tienen una gran capacidad para encontrar soluciones para problemas que ellos mismos construyen, difunden y legitiman en el cuerpo social.

Más que pregonar la muerte de los intelectuales y consagrar el monopolio del "experto", es preciso garantizar una pluralidad de espacios de producción. Entre ellos hay que rescatar el papel del investigador social garantizando las condiciones institucionales que hacen posible una producción autónoma, libre de las determinaciones económicas y políticas y al mismo tiempo profundamente situado en el mundo para afirmar aquellos valores críticos asociados con su condición de autonomía. Para ello es preciso reforzar el control sobre los instrumentos de producción, difusión y consagración del producto de la investigación. Sólo de esta manera se podrá escapar a la alternativa del Intelectual orgánico" y el intelectual aislado en su torre de cristal.

Esta lucha, si quiere ser exitosa, deberá ser colectiva. Para ello se requiere de un programa realista para una acción colectiva de los intelectuales. De allí la racionalidad y la necesidad de lo que Pierre Bourdieu denomina una "internacional de los intelectuales" o bien un "corporativismo de lo universal", en la medida en que sólo el control sobre los medios de producción nos permitirá a los investigadores reproducir esos "universos sociales privilegiados donde se producen y reproducen los instrumentos materiales e intelectuales de aquello que llamamos la Razón". 8

Notas


* Esta es una versión ligeramente retocada de una conferencia realizada en Guanajuato, México (octubre de 1993) en el marco del Segundo Congreso Nacional de Investigación Educativa (Mesa temática sobre "Teoría, campo e historia de la educación").

** Profesor titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA; Investigador del CONICET; Consultor de UNICEF/Argentina.


1 En realidad habría que poder descubrir el todo en cada uno de los ámbitos específicos donde se desarrolla la vida social. Pero ésta es ya otra manera de entender la cuestión.

2 Italo Calvino, Lezíoní americane. Sei proposte per il prossimo milenio. Milán, Garzanti. 1989,p. 10.
3 Pierre Bourdieu, Reponses, París, Seuil, 1992, pp. 72-73

4 Pierre Bourdieu, op. cit., p. 74.

5 José Joaquín Brunner, intervención en el Seminario sobre "La Investigación Educacional Latinoamericana de cara al año 2000", Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Comisión Educación y Sociedad, Punta Tralca, Chile, 4-6 de junio de 1993.

6 El lector podrá comparar estos propósitos con estos otros, expresados en una clave claramente populista, pero que manifiestan una clara homología estructural. Corno muestra basta un botón. Un médico argentino, reconocido dirigente de una ONG de acción social, cautivaba a un público compuesto de "representantes de base" negando discursivamente la distinción entre saber culto y saber popular. Al respecto decía que "las fronteras que nos han dividido durante tanto tiempo son fronteras superables. Porque aquellos que impusieron las fronteras del campo cientifico con el campo popular del saber, lo hicieron simplemente porque querían una ciencia a espaldas del pueblo y nosotros queremos un pueblo abrazando la ciencia para su propio proyecto [aplausos]" (discurso del Dr. Norberto Liwsky Inaugurando el II Seminario de atención primaria de salud y participación popular, Córdoba, 1989). Los aplausos consignados al final son la muestra del operativo simbólico. Mientras que para Brunner el sujeto articulador es el "analista simbólico", en el discurso populista es "el pueblo".

7 La expresión es un feliz invento de Robert Reich, sociólogo y ex secretario de Trabajo del presidente Clinton, y se usa para calificar el trabajo intelectual moderno, que consiste en "identificar, intermediar y resolver problemas" mediante el uso de símbolos, es decir, datos, palabras y representaciones visuales y orales. Para ello se requiere de capacidades específicas de "abstracción, pensamiento sistemático, experimentación y colaboración" (Robert. Reich, El trabajo de las naciones. Hacia el capitalismo del siglo XXI, Vergara, 1993, pp. 176-225).

8 Pierre Bourdieu, Les régles de l´art. Genése et structure du champ littéraire, París, Seuil, 1992,p. 472.



 


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