Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes



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También es claro que la elección no debe recaer en un personaje público. Por ejemplo, ningún artista sensato habría intentado asesinar a Abraham Newland1. Todo el mundo había leído tanto sobre Abraham Newland y tan pocos lo vieron nunca que la impresión más frecuente era que se trataba de una idea abstracta. Recuerdo que una vez me ocurrió decir que había cenado en un café con Abraham Newland y todos me miraron con expresión burlona, como si pretendiese jugar al billar con el Preste Juan o tener un asunto de honor con el Papa. Añadiré que también el Papa sería sujeto muy impropio para un asesinato, pues tiene tal ubicuidad virtual como Padre de la Cristiandad, y se le oye tanto sin que jamás se le vea (como al cuclillo) que, sospecho, también ha acabado por convertirse en una idea abstracta a ojos del común de las gentes. En cambio cuando un personaje público tiene por costumbre ofrecer cenas «con las más variadas frutas de la estación», el caso es muy distinto: todos están seguros de que no es una idea abstracta y, por lo tanto, no hay nada impropio en asesinarlo, aunque el asesinato de grandes personajes forma una clase especial que no he tratado.



Tercero. El sujeto elegido debe gozar de buena salud; es absolutamente bárbaro asesinar a una persona enferma, que por lo general no está en condiciones de soportarlo. Conforme a este principio, no ha de elegirse a ningún sastre mayor de veinticinco años, ya que pasada esta edad será sin duda dispéptico. O al menos, si hay quien se empeña en cazar en ese coto, estará obligado, según la antigua ecuación, a asesinar a gente que cuente sus años por múltiplos de nueve, digamos 18, 27 ó 36. En esta fina atención nuestra por el bienestar de los enfermos observarán ustedes el efecto, común a las bellas artes, de suavizar y refinar los sentimientos. Por lo general, señores, el mundo es muy sanguinario y todo lo que se exige del asesinato es una copiosa efusión de sangre; el despliegue ostentoso a este respecto basta para satisfacer a la mayoría. El conocedor advertido tiene gustos más refinados y nuestro arte, como todas las demás artes liberales bien asimiladas, humaniza el corazón; tan cierto es que

«Ingenuas didicisse fideliter artes Emollit mores, nec sinit esse feros.»

Un amigo de aficiones filosóficas, muy conocido por su bondad y filantropía, sugiere que el sujeto elegido debe tener también hijos pequeños que dependan enteramente de su trabajo, para ahondar así el patetismo. Sin duda tal precaución sería juiciosa, pero no es una condición en la que yo insistiría demasiado. No niego que el gusto más estricto la requiera, mas, a pesar de ello, si el hombre es inobjetable en cuanto a moral y buena salud, no impondría con tan exquisito rigor una limitación que puede tener por consecuencia reducir el campo de acción del artista.

Esto en lo que se refiere a la persona. En cuanto al momento, el lugar y los instrumentos, tendría mucho que añadir pero no dispongo de tiempo suficiente. El sentido común del ejecutante suele orientarlo hacia la noche y la discreción. Sin embargo no faltan ejemplos en que se ha violado esta norma con resultados muy felices. El caso de la Sra. Ruscombe, por lo que toca al momento elegido, constituye una hermosa excepción que ya he mencionado y, tanto en cuanto al momento como en cuanto al lugar, encontramos también una excepción magnífica en los anales de Edimburgo (año 1805) que los niños de esa ciudad se saben de memoria pero que, por razones inexplicables, no ha logrado entre los aficionados ingleses la fama que en justicia le correspondía. Hablo del caso del portero de uno de los bancos, asesinado en pleno día mientras llevaba una bolsa de dinero y al doblar la esquina de High Street, una de las calles más frecuentadas de Europa; el asesino no ha sido hallado hasta hoy.

«Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus Singula dum capti circumvectamur amore.»

Ahora señores, para terminar, permítanme renunciar otra vez solemnemente a toda pretensión por mi parte a considerarme un profesional. En mi vida he intentado asesinar a nadie, salvo en 1801, a un gato —y ese episodio acabó de manera muy distinta a mis intenciones. Mi propósito, lo admito lisa y llanamente, era el asesinato. «Semper ego auditor tantum?» me dije, «nunquamne reponam?» Y a la una de la mañana, una noche oscurísima, bajé en busca del gato Tom, con el «animus» y sin duda con el aspecto feroz de un asesino. Lo encontré dedicado a saquear el pan y otros alimentos de la despensa. Con esto cambió por completo el asunto; como eran tiempos de gran escasez, en que hasta los cristianos, a falta de nada mejor, tenían que comer pan de patatas, pan de arroz y toda clase de cosas, un gato que malgastara un buen pan de trigo se hacía culpable de la más negra traición. En un abrir y cerrar de ojos su ejecución se convirtió en un deber patriótico y, mientras levantaba y blandía en el aire el fúlgido acero, sentí que, como Bruto, me erguía deslumbrante en medio de la hueste de patricios, y al herir

«Pronuncié en voz alta el nombre de Tulio Y grité "¡Salud!" al padre de la patria.»

Desde entonces toda vaga idea que pueda haber tenido de atentar contra la vida de un anciano carnero, una vetusta gallina y otro «ganado menor» ha quedado encerrada bajo llave en los secretos de mi propio corazón, y me confieso enteramente incapaz de abordar las esferas superiores del arte. Mi ambición no llega tan alto. No señores: para decirlo con las palabras de Horacio:

«Fungar vice cotis, acutum Reddere quae ferrum valet, exsors ipsa secandi.»
Segundo artículo

Hace muchos años, tal vez lo recuerde el lector, me presenté en mi calidad de dilettante del asesinato. Quizá dilettante sea una palabra demasiado fuerte. Conocedor se ajusta más cabalmente a los escrúpulos y flaquezas del gusto público. Espero que esto, al menos, no tenga nada de malo. Nadie está obligado a meterse los ojos, oídos e inteligencia al bolsillo de los pantalones cuando se encuentra con un asesinato. Supongo que, de no hallarse en estado comatoso, cualquiera puede darse cuenta si, en lo que toca al buen gusto, un asesinato es mejor o peor que otro. Los asesinatos tienen sus pequeñas diferencias y matices de mérito, al igual que las estatuas, cuadros, oratorios, camafeos, grabados, etc. Enójense ustedes si un hombre habla demasiado o demasiado públicamente (niego lo primero: no cabe un exceso en el cultivo del buen gusto) pero en todo caso permítanle que piense. ¿Lo creerán ustedes? Todos mis vecinos se enteraron del pequeño ensayo de estética que publiqué y, por desgracia, tuvieron noticia del club al que pertenecía y de la cena que presidí —ambas cosas destinadas, al igual que el ensayo, al modesto propósito de difundir el buen gusto entre los súbditos de Su Majestad1— y no tardaron en levantar contra mí las más bárbaras calumnias. Afirmaban en particular que yo o el club (lo cual viene a ser lo mismo) ofrecíamos recompensas por los homicidios bien ejecutados, con una escala de descuento por cualquier falla o defecto, según tabla comunicada a nuestros amigos personales. Permítanme ahora contarles toda la verdad acerca de la cena y del club y verán lo malicioso que es el mundo. Pero antes les diré, en confianza, cuáles son mis verdaderos principios sobre la cuestión.



En mi vida he cometido un asesinato. Esto lo saben muy bien todos mis amigos. Para certificarlo podría presentar un documento con muchísimas firmas. Ya que estamos en eso, dudo que muchas personas puedan presentar un certificado tan bueno. El mío sería del tamaño del mantel para el desayuno. Cierto es que un miembro del club pretende haberme sorprendido una noche tomándome libertades con su garganta cuando los demás se habían retirado. Observen, sin embargo, que la historia cambia según lo que haya bebido. Si no ha bebido mucho se limita a decir que lanzaba miradas ansiosas a su garganta, que luego tuve un aire melancólico durante varias semanas y que el oído fino del conocedor distinguía en mi voz el sentido de las ocasiones perdidas; pero todo el club sabe que también él ha sufrido decepciones, y que a veces le tiembla la voz cuando afirma que viajar al extranjero sin llevar los instrumentos es un descuido fatal. Por lo demás nadie ignora las muchas asperezas y exageraciones de un pleito entre aficionados. «Aunque no sea usted un asesino» me dirán ustedes, «por lo menos habrá fomentado y hasta ordenado un asesinato». No: palabra de honor que no. Esto es justamente lo que me importa dejar en claro. La pura verdad es que en todo lo relativo al asesinato soy muy exigente, y que tal vez llevo mi delicadeza demasiado lejos. El Estagirita, con toda justicia y pensando seguramente en un caso como el mío, ponía la virtud en el to meson , o sea entre los extremos. Todos hemos de aspirar, sin duda, al justo medio. Pero ya se sabe lo que va del dicho al hecho, y como mi flaqueza más notoria es una excesiva dulzura de corazón, me resulta difícil mantenerme en la invariable línea ecuatorial que pasa entre los polos del exceso de asesinato, de una parte, y la escasez de otra. Soy demasiado tierno y por culpa mía escapa gente —y hasta se pasa la vida sin un solo atentado— que no debiera escapar. Creo que si de mí dependiese apenas tendríamos algún asesinato de año en año. Estoy en favor de la paz y la tranquilidad, de la más rendida cortesía y del ceder en todo. En una ocasión tuve que recibir a un candidato al puesto de criado que estaba vacante en mi casa. El hombre tenía fama de haber practicado un poco nuestro arte, a juicio de algunos no sin cierto mérito. Para mi sorpresa, daba por sentado que la práctica del arte se contaría entre sus labores ordinarias a mi servicio y habló de tenerlo en cuenta en el salario. Esto no lo podía permitir y respondí en el acto: «Richard (o James, según fuera el caso) se equivoca usted en cuanto a mi carácter. Si alguien quiere y debe ejercer esta difícil (y, permítame añadir, peligrosa) rama del arte —si lo impulsa a ello un genio avasallador— diré solamente que lo mismo da que prosiga sus estudios hallándose a mi servicio que al de otra persona. A lo sumo le haré notar que la orientación de una persona de gusto superior al suyo no ha de perjudicarlo a él ni al sujeto de sus trabajos. Mucho puede el genio, pero el prolongado estudio del arte otorga siempre el derecho a ofrecer un consejo. Hasta aquí puedo llegar: me atrevo a sugerir principios generales. Pero, en lo que respecta a los casos particulares, le advierto de una vez por todas que no quiero saber nada. No me hable nunca de una determinada obra de arte que esté meditando: me opongo a ello in toto. Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento. Principiis obsta: tal es mi norma.» Esto fue lo que dije, ésta fue siempre mi manera de actuar y si esto no es ser virtuoso me gustaría saber lo que es.

Llego ahora a la cena y al club. En realidad el club no fue creación mía; al igual que muchas otras asociaciones semejantes para la propagación de la verdad y la comunicación de nuevas ideas, surgió más de las necesidades de la época que de la sugerencia de una sola persona. En cuanto a la cena, si hubo un miembro más responsable de ella que ningún otro, fue el que conocíamos por Sa-po-en-el-pozo. Se le llamaba así a causa de su disposición sombría y melancólica, que lo movía a calificar todos los asesinatos modernos de viciosos engendros que no pertenecen a ninguna verdadera escuela de arte. Gruñía cínicamente ante las más espléndidas producciones de nuestra época, y su humor quejumbroso acabó por dominarlo hasta tal punto que se convirtió en un notorio laudator temporis acti, cuya compañía procuraban evitar casi todos. Ésto lo volvió aún más feroz y truculento. Rezongaba sin cesar, mascullando entre dientes, y siempre lo veíamos perdido en el mismo soliloquio, diciendo para sí: «Charlatán despreciable —ninguna composición— ni un mal par de ideas sobre la ejecución —ni una sola—» y así hasta perderse de vista. La existencia llegó a parecerle una carga; hablaba muy poco; parecía conversar con los fantasmas del aire; su ama de llaves me dijo que todas sus lecturas se limitaban a la «Venganza de Dios por el Asesinato» de Reynolds y al libro más antiguo de igual título que menciona Sir Walter Scott en su «Fortunas de Nigel». A veces leía el «Calendario de Newgate» hasta el año 1788 pero no se dignaba mirar los tomos más recientes. Aún más, según una teoría suya, la Revolución Francesa era la causa principal de la degeneración del asesinato. «Dentro de poco, muy señor mío» solía decir, «se habrá perdido hasta el arte de matar gallinas; desaparecerán hasta los más toscos rudimentos del arte». El año 1811 se retiró de toda sociedad. Nadie volvió a ver a Sapo-en-el-pozo en público. Lo echamos de menos en los lugares que frecuentaba pero «no se le halló en pradera ni en bosque». A la ribera del albañal se acostaba al mediodía a meditar en el cieno que pasaba. «Ya ni los perros son lo que eran, señor, ni lo que deberían ser» decía el moralista meditabundo. «Recuerdo que en tiempos de mi abuelo algunos perros tenían idea del asesinato. Conocí a un mastín que tendió una emboscada a su rival: sí señor, y lo asesinó con detalles agradables y de buen gusto. Tuve también cordial relación con un gato que era un asesino. Ahora en cambio» —y como el tema se le volvía demasiado doloroso se llevaba la mano a la frente y se alejaba sin decir más, en dirección a su casa y en busca de su albañal preferido, donde un aficionado lo vio en tal estado que creyó peligroso dirigirle la palabra. Poco después se encerró por completo; lo suponíamos entregado a la melancolía y, al cabo, todos terminamos por creer que Sa-po-en-el-pozo se había ahorcado.

En eso, como en otras cosas, el mundo se equivocaba. Sapo-en-el-pozo podía dormir pero no había muerto y pronto lo comprobamos con nuestros propios ojos. Una mañana de 1812 un aficionado nos sorprendió con la noticia de que había visto a Sapo-en-el-pozo caminando a paso ligero en medio del rocío matutino para ir al encuentro del cartero al borde del albañal. Ya esto era una novedad, y todavía mucho más enterarse de que se había afeitado la barba y, abandonando sus ropas de colores tan tristes, se había engalanado como un novio de los viejos tiempos. ¿Qué significaba todo esto? ¿Se había vuelto loco Sapo-en-el-pozo? Pronto se reveló el secreto y —no sólo en sentido figurado— se «descubrió el crimen». En efecto, un rato después recibimos los periódicos londinenses de la mañana, en los que se anunciaba que, sólo tres días antes, se había cometido en pleno corazón de Londres el más soberbio asesinato del siglo. Casi no es preciso añadir que se trataba del gran chef-d'oeuvre de exterminio compuesto por Williams en casa del Sr. Marr, Ratcliffe Highway N.° 29. Ese fue el debut del artista, o al menos el que conoce el público. Lo que sucedió en casa del Sr. Williamson doce noches más tarde —la segunda obra del mismo cincel— fue, a juicio de algunos, todavía superior. Pero Sapo-en-el-pozo se oponía siempre a tales comparaciones y hasta montaba en cólera: «Este vulgar goüt de comparaison, como lo llama La Bruyére», señalaba a menudo, «acabará por perdernos; cada obra tiene sus características propias: cada una es, en sí misma, incomparable. Una recuerda, tal vez la Ilíada y otra la Odisea: ¿qué se gana con tales comparaciones? Ninguna ha sido ni será superada y tras discutir horas enteras se vuelve siempre a lo mismo». No obstante, por más vana que sea la crítica, afirmó muchas veces que podría escribirse todo un libro sobre cada uno de los casos; él mismo se proponía publicar un volumen in quarto acerca del tema.

Entretanto ¿cómo logró Sapo-en-el-pozo enterarse de la gran obra de arte a horas tan tempranas de la mañana? Había recibido un mensaje urgente, despachado por un corresponsal de Londres que observaba en su nombre los progresos del arte, con encargo de mandarle en pliego especial, sin reparar en gastos, noticia de toda obra digna de estima que apareciese. La carta expresa llegó por la noche. Sapo-en-el-pozo ya se había acostado, después de mascullar y gruñir durante varias horas pero, como es de suponer, lo despertaron inmediatamente. Al leer el mensaje le echó los brazos al cuello al cartero, llamándolo su hermano y salvador y lamentando que no estuviese en su poder armarlo caballero en el acto. Nosotros los aficionados, al enterarnos que había salido a la calle y por lo tanto no se había ahorcado, tuvimos la certeza de que lo veríamos muy pronto. En efecto, vino poco después; estrechó la mano a todos, agitándola frenéticamente y repitiendo: «Bueno, bueno, esto ya parece un asesinato —esto es la verdad— algo auténtico —algo que se puede aprobar, recomendar a un amigo— lo dirán todos si lo piensan bien —es como debe ser. Estas son las obras que nos quitan a todos años de encima». Y en realidad el parecer general es que Sapo-en-el-pozo se habría muerto sin esta regeneración del arte que él llamaba una segunda época de León Décimo; nuestro deber, añadió con la mayor solemnidad, era conmemorarla. Por ahora, y en attendant, proponía que el club se reuniese y los miembros cenasen juntos. Así pues, se ofreció una cena en el club, a la cual se invitó a todos los aficionados que vivían a cien millas a la redonda.

En los archivos del club se conservan amplias notas taquigráficas de la cena, aunque no son completas, y el único taquígrafo que podría darnos un informe in extenso ha muerto, creo que asesinado. Años más tarde, en una ocasión igualmente interesante, la aparición de los Thugs y el Thugismo, se ofreció otra cena. En ella yo mismo tomé notas, por temor que le ocurriera un nuevo accidente al taquígrafo. Aquí las presento al público.

Debo mencionar que Sapo-en-el-pozo se hallaba presente en la reunión y hasta constituía uno de sus aspectos sentimentales. Si ya en la cena de 1812 era tan viejo como los valles, en la de 1838 —dedicada a los Thugs— era tan viejo como las montañas. Había vuelto a usar barba, no sé por qué ni con qué intención, pero así era. Su apariencia no podía ser más benigna y venerable. Nada iguala al resplandor angélico que iluminó su sonrisa al preguntar por el desgraciado taquígrafo (que, según el rumor, él mismo asesinara en un rapto de arte creativo). El subjefe de policía del condado le respondió, en medio de estruendosas carcajadas: «Non est inventus». A esto Sapo-en-el-pozo se echó a reír fuera de toda medida, hasta que llegamos a creer que se ahogaba; y ante la insistente petición de los comensales, un músico compuso en el acto una hermosísima melodía que se cantó cinco veces después de cenar, entre aplausos universales y risas inextinguibles, con la siguiente letra (el coro logró imitar muy bellamente la risa propia de Sapo-en-el-pozo):

«Et interrogatum est a Sapo-en-el-pozo:

Ubi est ille taquígrafo? Et responsum est cum cachinno: Non est inventus.»

Coro

«Deinde iteratum est ab ómnibus, cum cachinnatione undulante, trepidante: Non est inventus.»



Tengo que añadir que unos nueve años antes, al enterarse antes que nadie, por carta expresa recibida de Edimburgo, de la revolución que cumplieron Burke y Hare en el arte, Sapo-en-el-pozo se volvió loco y, en vez de conceder al cartero una pensión vitalicia o de armarlo caballero, trató de practicar en él los métodos de Burke y hubo que ponerle una camisa de fuerza. Esta fue la razón por la que entonces no celebramos una cena. Ahora, en cambio, todos estábamos vivos y coleando, con o sin camisas de fuerza; no faltaba uno solo de toda la lista. Se hallaban presentes asimismo muchos aficionados extranjeros. Terminada la cena y levantando el mantel todos pidieron que se cantara otra vez el Non est inventus, pero como esto hubiera sido contrario a la gravedad requerida a los comensales durante los primeros brindis, me negué a ello. Tras los brindis patrióticos el primer brindis oficial fue por El Viejo de la Montaña, y lo bebimos en solemne silencio.

Sapo-en-el-pozo agradeció en un elegante discurso. Se comparó al Viejo de la Montaña en unas pocas y breves alusiones que nos hicieron reventar de risa, y al terminar brindó por:



Por el señor von Hammer, con nuestro agradecimiento por su erudita Historia del Viejo y sus vasallos los Asesinos.

A esto me puse de pie y dije que sin duda la mayoría de los comensales tenían presente el lugar tan distinguido que asignaban los orientalistas al ilustre erudito en cuestiones turcas, von Hammer el austríaco, quien había hecho las más profundas investigaciones sobre nuestro arte en relación con esos artistas tempranos y eminentes, los asesinos sirios de la época de las Cruzadas,y que su obra se había guardado durante muchos años, como un raro tesoro artístico, en la biblioteca del club. Aún el nombre del autor, señores, lo anuncia como historiador de nuestro arte: von Hammer.

—«Sí, sí» —me interrumpió Sapo-en-el-pozo— «von Hammer es el hombre para un malleus hereticorum. Todos sabemos la consideración que sentía Williams por el martillo o mazo de carpintería, que viene a ser lo mismo. Caballeros, brindo por otro gran mazo, Carlos el Martillo, el Marteau o, en francés antiguo, el Martel, que machacó a los sarracenos hasta dejarlos secos».

«Por Carlos el Martillo, con todos los honores.»

La explosión de Sapo-en-el-pozo, junto con los ruidosos vítores por el abuelito de Carlomagno hicieron que los asistentes se volviesen ingobernables. Todos exigieron a la orquesta, con los gritos más violentos, que tocase otra vez la melodía. En previsión de una noche tempestuosa me asigné un refuerzo de tres camareros a cada lado y ordené que otros tantos rodearan al vicepresidente. Empezaban a advertirse síntomas de un entusiasmo desbordado y reconozco que yo mismo me sentí muy excitado cuando la orquesta comenzó su tormenta de música y se escuchó nuevamente el canto apasionado: «Et interrogatum est a Sapo-en-el-pozo: Ubi est ille taquígrafo?» El éxtasis de la pasión se volvió absolutamente convulsivo cuando entró todo el coro: «Et iteratum est ab ómnibus: Non est inventus».

El brindis siguiente fue por los sicarios judíos.

A lo cual ofrecí a los asistentes una somera explicación: «Señores estoy seguro de que a todos ustedes les interesará saber que, aunque muy antiguos, los Asesinos tuvieron una estirpe de antecesores en el mismo país. Durante los primeros años del emperador Nerón, hubo en Siria, y sobre todo en Palestina, una banda de asesinos que llevó a cabo sus estudios de manera muy original. En efecto, no ejercían durante la noche ni en lugares solitarios sino que, considerando con toda justicia que las grandes multitudes son en sí mismas una especie de oscuridad, a causa de la presión tan densa que hace imposible saber quién dio el golpe, se mezclaban en todas partes con las multitudes, sobre todo al llegar la gran fiesta de Pascua en Jerusalén, ocasión en la que, asegura Josefo, tuvieron la audacia de llegar hasta el templo y ¿a quién habrían de elegir para sus operaciones sino al propio Jonatán, Pontifex Maximus? Lo asesinaron, señores, y tan hermosamente como si lo hubieran encontrado solo en un callejón oscuro una noche sin luna. Cuando se preguntó quién era el asesino y dónde se hallaba...»

«Respondieron», me interrumpió Sapo-en-el-pozo, «Non est inventus». Y a pesar de todo lo que pude hacer o decir, la orquesta tocó otra vez y todos cantaron: «Et interrogatum est a Sapo-en-el-pozo: Ubi est ille Sicarius? Et responsum est ab ómnibus: Non est inventus».

Esperé que callara el coro borrascoso y volví a empezar: «Señores, encontrarán ustedes una crónica muy detallada de los sicarios por lo menos en tres partes distintas de Josefo: una vez en el libro XX, sec. V, cap. VIII de sus Antigüedades, una vez en el Libro I de sus Guerras y sobre todo en la sec. X del capítulo citado en primer lugar, en que puede leerse una descripción minuciosa de sus instrumentos. En esta página dice así: «Empleaban cimitarras pequeñas, no muy diferentes de las acinacae persas, aunque más curvas y muy semejantes a las sicae romanas que tienen forma de media luna.» Señores, la continuación de la historia es perfectamente magnífica. Tal vez el único caso de que se tenga memoria en que se congregó un ejército de asesinos, un justus exercitus, fue el de los sicarios. Tanta fuerza llegaron a tener en los montes que el propio Festo se vio obligado a marchar contra ellos a la cabeza de sus legionarios romanos. Se libró una batalla campal y el ejército de aficionados quedó destrozado en medio del desierto. ¡Cielos, caballeros, qué cuadro tan sublime! ¡Las legiones romanas —el desierto— Jerusalén en lontananza —un ejército de asesinos en primer plano!»

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