Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes



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Thomas De Quincey:

Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes

Prólogo de Luis Loayza



El Libro de Bolsillo

Alianza Editorial

Madrid
Título original: Of Murder considered as one of the Fine Arts

Traductor: Luis Loayza
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1985

Segunda reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994

© De la traducción y el prólogo: Luis Loayza

© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1985, 1989, 1994

Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid; teléf. 741 66 00

I.S.B.N.: 84-206-0133-0

Depósito legal: M. 639/1994

Fotocomposición: EFCA

Impreso en Fernández Ciudad, S. L.

Catalina Suárez, 19. 28007 Madrid

Printed in Spain

Prólogo


La idea que preside Del asesinato considerado como una de las bellas artes recuerda la de Una modesta proposición destinada a evitar que los niños de Irlanda sean una carga para sus padres y el país en que Swift proponía una solución radical al exceso de niños irlandeses: cocinarlos y comérselos. El propio De Quincey menciona este antecedente para justificarse ante quienes lo acusaban de una extravagancia de mal gusto; nadie pensará seriamente en comerse a un niño, dice, y en cambio existe una tendencia universal a examinar los asesinatos, incendios y otros desastres desde el punto de vista estético. Pero el argumento puede volverse contra él porque tiene doble filo. En efecto, la monstruosidad del texto de Swift realza su indignación contra los explotadores de Irlanda; quienes se escandalizan de que se hable de niños asados, y sin embargo toleran perfectamente el sufrimiento y la muerte de niños ya no figurados sino reales, son las primeras víctimas de la sátira; el arma feroz del humor sirve para un combate moral y también social y político. Por el contrario, lo escandaloso en De Quincey es que el humor gira en torno a sus obsesiones sin llegar a expresarlas claramente y podría interpretarse como una adulación al gusto por la violencia. El mismo no debía sentirse muy seguro de sí a juzgar por sus muchas advertencias y explicaciones, pero el tema lo preocupaba y después del primer artículo que le dedicó (y además de las muchas ilusiones al asesinato que se encuentran en su obra) volvió a él, como forzado, en dos ocasiones, dándole cada vez un tratamiento distinto. Lo que ahora leemos como un libro son dos artículos, publicados por primera vez en el Blackwood's Magazine los años 1827 y 1829, y un Post scriptum que añadió De Quincey en 1854 al recogerlos en la edición de sus Obras Completas. El primer artículo se presenta como una conferencia sobre el tema leída ante la Sociedad de Conocedores del Asesinato; el segundo, como las actas de una cena conmemorativa del club; el Posty scriptum es el relato de tres crímenes. Los dos artículos son una pieza clásica del humorismo inglés. Hay en ellos páginas de gracia e inteligencia, como la famosa observación de que se empieza por un asesinato, se sigue por el robo y se acaba bebiendo excesivamente y faltando a la buena educación, o el aparte sobre los filósofos asesinados en que la pedantería se burla de sí misma; por el contrario, tampoco faltan momentos en que un temblor nervioso, casi histérico, traiciona la voz del escritor —pienso en el encuentro entre el aficionado y el panadero de Mannheim— y al terminar la lectura nos queda la impresión que algunos aspectos no fueron resueltos artísticamente, como el desaforado personaje Sapo-en-el-pozo, en quien acaso lo siniestro y lo cómico no llegan a fundirse del todo. Tal vez De Quincey, detenido menos por temor al público que por la barrera de sus propias represiones, no se aventuró lo bastante lejos. En cambio en el Post scriptum (que es la mitad del libro) al contar los asesinatos de Williams y los M'Kean en tono ya no humorístico sino trágico, logró al fin la obra maestra, el definitivo exorcismo de sus fantasmas. Si hasta entonces lo defendió la risa, De Quincey depone ahora sus defensas, en vez de eludir el horror le hace frente y se atreve a contemplarlo con la mirada sin párpados del visionario.

Engañado por el título el lector puede creer que en Del asesinato... encontrará esos pulcros crímenes de las viejas novelas policiales en que se escamotea el dolor y la angustia de la muerte para convertirla en cifra de un tranquilo problema intelectual. Nada de eso. A De Quincey no le interesa el asesinato por su abstracción sino por su tremenda materialidad; censura expresamente el envenenamiento —novedad lamentable traída sin duda de Italia— y elige como modelo del género las violencias de Williams, que fulminaba a sus víctimas de un mazazo antes de degollarlas. A lo sumo concede que el misterio es un elemento valioso y recuerda, entre otros ejemplos, el asesinato del rey Gustavo Adolfo de Suecia, muerto cuando mandaba una carga de caballería en la batalla de Lützen, crimen cumplido a plena luz y en medio de la matanza general de la guerra, tal como en el Hamlet hay una tragedia dentro de la tragedia. De Quincey formula en los artículos varias de estas observaciones llenas de agudeza pero en el Post scriptum intenta algo más, una verdadera recreación de los asesinatos; antes narraba brevemente los hechos y los juzgaba desde fuera, ahora el drama se desenvuelve ante nosotros en el teatro de su imaginación. Al leer la primera escena, que transcurre en un barrio popular de Londres un sábado por la noche, recordamos que en sus Confesiones... De Quincey cuenta que solía tomar opio ese día y, poseído por la droga, recorría las mismas calles, precisamente por esos años, a fin de observar a la muchedumbre de los trabajadores londinenses en su noche libre del fin de semana. [Por esos años o sea—según las Confesiones...— entre 1804 y 1812; Williams cometió sus crímenes en diciembre de 1811 y no en 1812 como repite De Quincey en varias ocasiones.] Es seguro que al escribir estas páginas debió evocar sus experiencias y preguntarse si alguna vez no se cruzó con el temible asesinato abriéndose paso entre la gente. Así descubrimos nosotros a Williams, quien —si creemos a su cronista— tiene ya los atributos de los héroes malditos de la literatura romántica, se halla excluido de la comunión de los hombres por la perversidad que denuncian sus rasgos físicos —palidez cadavérica, mirada vidriosa, pelo teñido de amarillo vivísimo— y no alcanzan a disimular esas otras características inquietantes que lo distinguen de un matón cualquiera: la cortesía impecable, la elegancia que aspira al dandysmo, la «delicada aversión por la brutalidad» en la que insiste De Quincey. Llegamos con el asesino a casa de las víctimas que ha elegido pero la puerta se cierra ante nosotros: nos quedamos fuera, nos alejamos con la criada que ha salido de compras y sólo volveremos con ella cuando el crimen ya esté consumado. De Quincey cuenta los hechos a través de la criada y luego descifrando las huellas dejadas por el criminal, que permiten reconstruir sus movimientos; en el segundo asesinato seguiremos a un testigo que observó a Williams desde un escondite. En ambos casos lo extraordinario es la alianza de un ambiente fantástico, de pesadilla, con ciertos detalles muy nítidos y precisos. En el primero de los asesinatos, por ejemplo, la muchacha tira angustiada de la campanilla, segura de que ha ocurrido algo terrible y luego, con un gran esfuerzo, se detiene a escuchar si hay alguna respuesta: en medio del silencio oye los pasos del asesino que baja la escalera, atraviesa el corredor «estrecho como un ataúd» y llega al otro lado de la puerta, la respiración acezante. En el segundo, el joven artesano ya se ha acostado cuando el estrépito le anuncia que el asesino está en la casa; en vez de huir baja a su encuentro, llevado por el terror, como en un sueño; por fortuna Williams está registrando la casa y no repara en él; en cambio —y este es el detalle alucinante, como los pasos y la pesada respiración que sonaba al otro lado de la puerta— el joven advierte que los zapatos del asesino hacen ruido y que su abrigo está forrado con seda de la mejor calidad.

No sé si De Quincey inventó estos hechos o si los recordaba por haberlos leído en los periódicos; lo cierto es que los transforma e ilumina y que, dispuestos en un punto de tensión casi intolerable, producen una impresión sobrecogedora. Estamos muy lejos del humorismo de los artículos. De Quincey ha hecho suya la escena atroz del crimen asumiendo el propio terror y esta es la emoción que nos comunica. No hay duda que para ello tuvo que vencer una profunda resistencia y bastaría señalar que entre los crímenes y la narración median más de cuarenta años: la imaginación asimiló, fue enriqueciendo lentamente sus materiales. Disponemos además en este caso de un documento precioso que nos permite acercarnos al origen del proceso creador. En el Macbeth, después del asesinato de Duncan, resuenan unos golpes a la puerta; la escena había intrigado desde niño a De Quincey, quien no acertaba a explicarse el efecto que le causaba y la recordó de inmediato al enterarse de los golpes a la puerta de la casa asolada por Williams. Después de mucho consiguió explicarlo, en un ensayo de 1823 que se cuenta entre lo mejor de su obra: el asesinato es una transgresión mágica qué suspende el tiempo y crea un mundo diabólico; los golpes a la puerta marcan el reflujo de lo humano y ahondan por contraste el horror del crimen. Luego De Quincey intentaría la versión humorística de sus obsesiones y sólo muchos años más tarde, al escribir el Post scriptum, completaría la meditación angustiada sobre el asesinato iniciada en «Los golpes a la puerta en Macbeth». Al leer juntos ambos textos, el ensayo de 1823 y el relato de 1854 se advierte la unidad profunda de la visión crítica y la intuición narrativa, distintos aspectos de una imaginación apasionada y poderosa. La crónica de un asesinato ayuda a interpretar a Shakespeare, Shakespeare es una de las claves de un terror tan cercano. Sólo una de las claves, pues De Quincey recalca los elementos modernos del relato y en su libro nos fascina, justamente, la oposición entre la modernidad y la violencia intemporal, casi ritual, que describe.



Luis Loayza

Primer artículo1



I. Advertencia de un hombre morbosamente virtuoso

Seguramente la mayoría de quienes leemos libros hemos oído hablar de la Sociedad para el Fomento del Vicio, del Club del Fuego Infernal que fundó el siglo pasado Sir Francis Dashwood, etc. En Brighton, si no me equivoco, se estableció una Sociedad para la Supresión de la Virtud. La propia sociedad fue suprimida, pero lamento decir que en Londres existe otra, de carácter aún más atroz. En vista de sus tendencias le convendría el nombre Sociedad para la Promoción del Asesinato, pero aplicándose un delicado eujhmiomoz se llama la Sociedad de Conocedores del Asesinato. Sus miembros se declaran curiosos de todo lo relativo al homicidio, amateurs y dilettanti de las diversas modalidades de la matanza, aficionados al asesinato en una palabra. Cada vez que en los anales de la policía de Europa aparece un nuevo horror de esta clase se reúnen para criticarlo como harían con un cuadro, una estatua u otra obra de arte. No me daré el trabajo de describir el espíritu que anima sus actividades, pues el lector podrá apreciarlo mejor en una de las Conferencias Mensuales leídas ante la sociedad el año pasado. El texto llegó a mis manos por azar, a pesar de la vigilancia que ejercen los miembros para que el público no se entere de sus deliberaciones. Al verlo impreso se sentirán alarmados y ésa, justamente, es mi intención. En efecto, prefiero con mucho que la sociedad se disuelva tranquilamente ante un llamamiento dirigido a la opinión pública y sin necesidad de recurrir a los tribunales de policía de Bow Street, para lo cual habría que citar nombres, aunque si no tengo más remedio emplearé este último recurso. Mi intensa virtud no puede permitir que ocurran tales cosas en un país cristiano. Aún en tierra de paganos la tolerancia del asesinato —es decir, los horribles espectáculos del circo— era, a juicio de un autor cristiano, el más vivo reproche que podía hacerse a la moral pública. El autor es Lactancio, y creo que sus palabras se aplican de modo singular a la presente ocasión: «Quid tam horribile», dice, «tam tetrum, quam hominis trucidatio? Ideo severissimis legibus vita nostra munitur; ideo bella execrabilia sunt. Invenit tamen consuetudo quatenus homicidium sine bello ac sine legibus faciat; et hoc sibi voluptas quod scelus vindicavit. Quod, si interesse homicidio sceleris conscientia est, et eidem facinori spectator obstrictus est cui et admissor, ergo et in his gladiatorum caedibus non minus cruore profunditur qui spectat quam ille qui facit: nec potest esse inmunis a sanguine qui voluit effundi, aut videri non interfecisse qui interfectori et favit et praemium postulavit.» «¿Qué cosa tan horrible y tétrica como el matar a seres humanos?» —dice Lactancio—. «Por ello se protege nuestra vida con leyes severísimas; por ello son objeto de execración las guerras. Sin embargo, en Roma la costumbre permite el asesinato al margen de la guerra y de las leyes, y las exigencias del gusto (voluptas) igualan a las del crimen.» Que la Sociedad de Caballeros Aficionados lo tenga presente; me permito señalar a su atención, de manera especial, la última frase, de tanto peso, que intentaré traducir así: «Ahora bien, si sólo por hallarse presente en un asesinato se adquiere la calidad de cómplice, si basta ser espectador para compartir la culpa de quien perpetra el crimen, resulta innegable que, en los crímenes del anfiteatro, la mano que descarga el golpe mortal no está más empapada de sangre que la de quien contempla el espectáculo, ni tampoco está exento de la sangre quien permite que se derrame, y quien aplaude al asesino y para él solicita premios, participa en el asesinato». Aún no he oído que se acuse a los Caballeros Aficionados de Londres de «proemia, postulavit», si bien no hay duda de que a ello tienden sus actividades, pero el título mismo de su asociación entraña el «interfectori favit», que se expresa en cada una de las líneas de la conferencia que aparece a continuación.

X. Y. Z.
II. La Conferencia

Señores: El comité me ha honrado con la ardua tarea de pronunciar la conferencia en honor de Williams sobre el tema del Asesinato considerado como una de las Bellas Artes. Quizá la tarea habría sido fácil hace tres o cuatro siglos, cuando era muy poco lo que se sabía del arte y muy contados los grandes modelos expuestos, pero en nuestra época no faltan obras maestras de valor ejecutadas por profesionales y el público exigirá un adelanto igual en el estilo de la crítica que ha de aplicarse. La práctica y la teoría deben avanzar pari passu. Empezamos a darnos cuenta de que la composición de un buen asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro. El diseño, señores, la disposición del grupo, la luz y la sombra, la poesía, el sentimiento se consideran hoy indispensables en intentos de esta naturaleza. El Sr. Williams ha exaltado para todos nosotros el ideal del asesinato y con ello ha aumentado la dificultad de mi tarea. Como Esquilo o Milton en poesía, como Miguel Ángel en pintura, ha llevado su arte hasta tal punto de sublimidad colosal que en cierta forma, como observa el Sr. Wordsworth, «ha creado el gusto con el cual hay que disfrutarlo». Esbozar la historia del arte y examinar sus principios desde el punto de vista crítico es ahora deber de los conocedores, jueces muy distintos a los que se sientan en las bancas de los tribunales de Su Majestad.

Antes de comenzar, permítanme dirigir una o dos palabras a ciertos hipócritas que pretenden hablar de nuestra sociedad corno si su orientación tuviese algo de inmoral. ¡Inmoral! ¡Júpiter nos asista, caballeros! ¿Qué pretende esta gente? Estoy y estaré siempre en favor de la moralidad, la virtud y todas esas cosas; afirmo y afirmaré siempre (cualesquiera sean las consecuencias) que el asesinato es una manera incorrecta de comportarse, y hasta muy incorrecta; más aún, no tengo empacho en afirmar que el hombre que se dedique al asesinato razona equivocadamente y debe seguir principios muy inexactos de modo que, lejos de protegerlo y ayudarlo señalándole el lugar en que se esconde su víctima, lo cual es el deber de toda persona bien intencionada, según afirma un distinguido moralista alemán1, yo suscribiría un chelín y seis peniques para que se le detuviera, o sea, dieciocho peniques más de lo que hasta ahora han contribuido a tal objeto los moralistas más eminentes. ¿Cómo negarlo? En este mundo todo tiene dos lados. El asesinato, por ejemplo, puede tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el pulpito y en el Old Bailey) y, lo confieso, ése es su lado malo, o bien cabe tratarlo estéticamente —como dicen los alemanes—, o sea en relación con el buen gusto.

Para demostrarlo me valdré de la autoridad de tres personas eminentes: S. T. Coleridge, Aristóteles y el señor Howship, el cirujano.

Comenzaré por S. T. C. Una noche, hace muchos años, tomaba té con él en Berners Street (que, dicho sea de paso, aunque es una calle muy corta, ha sido extraordinariamente fecunda en hombres de genio). Había otros invitados además de mi persona y, mientras atendíamos a ciertas consideraciones carnales en forma de té y tostadas, escuchábamos una disertación sobre Plotino de los labios áticos de S. T. C. De pronto, se oyeron gritos de «¡Fuego, fuego!», a los cuales todos nosotros, maestros y discípulos, Platón y oi peri ton Platwna salimos corriendo, ansiosos de presenciar la función. El incendio era en la calle de Oxford, en el taller de un fabricante de pianos, v, como prometía ser una conflagración de mérito, lamenté que mis compromisos me obligaran a dejar al Sr. Coleridge antes de que sobreviniera la crisis. Días más tarde, al encontrarme con mi platónico anfitrión, le recordé el caso pidiéndole por favor que me contase cómo había terminado el prometedor espectáculo. «¡Oh, señor!» —me respondió—, «resultó tan malo a fin de cuentas que todos lo condenamos por unanimidad.» Ahora bien, ¿acaso se puede pensar que el Sr. Coleridge —que aunque demasiado grueso para la virtud activa es, sin embargo, un buen cristiano— que este amable S. T. C., digo, sea un incendiario o tan siquiera capaz de desear el mal a un pobre hombre y a sus pianos (muchos de ellos, sin duda, provistos de teclados adicionales)? Por el contrario, lo conozco bien y apostaría mi cabeza a que, en caso de necesidad, arrimaría el hombro a la bomba de incendios, aunque en vista de su gordura no debiera someter su virtud a tales pruebas de fuego. Tratemos de comprender la situación. Lo que se requería en este caso no eran pruebas de virtud. Al llegar los bomberos, toda moralidad quedaba a cargo exclusivo de la empresa de seguros. El Sr. Coleridge tenía, pues, pleno derecho a darse gusto. Había dejado su té. ¿No recibiría nada en cambio?

Afirmo que, partiendo de estas premisas, el más virtuoso de los hombres tiene derecho a convertir el fuego en un placer y a silbarlo, como haría con cualquier representación que despertase las expectativas del público para luego defraudarlas. Citemos a otra gran autoridad, veamos lo que dice el Estagirita. Aristóteles (creo que en el Libro Quinto de su Metafísica) describe lo que él llama clepthu teleiou , es decir, el ladrón perfecto; y por su parte, el señor Howship, en su obra sobre la Indigestión, no tiene escrúpulos en hablar con admiración de cierta úlcera que había visto y que califica de «una hermosa úlcera». ¿Pretenderá alguien que, considerando las cosas en abstracto, Aristóteles pudiera pensar en un ladrón como en un personaje perfecto o el señor Howship enamorarse de una úlcera? Aristóteles, como es sabido, fue persona tan sumamente moral, que, no contento con escribir su Ética a Nicómaco en un volumen en octavo, escribió también otro sistema, titulado Magna Moralia o Gran Ética. Es del todo imposible que un nombre que redacta éticas, grandes o pequeñas, admire a un ladrón per se; en cuanto al señor Howship, nadie ignora que está en guerra con las úlceras y, sin dejarse seducir por sus encantos, hace lo posible por desterrarlas del condado de Middlessex. Pero no es menos cierto que, por más reprobables que sean per se, tanto un ladrón como una úlcera pueden tener infinitos grados de mérito en relación con otros individuos de su misma clase. Ambos son, en verdad, imperfecciones, pero como su esencia es ser imperfectos, la grandeza misma de su imperfección se vuelve una perfección. Spartam nactus es, harte exorna. Un ladrón como Autólico o el una vez famoso George Barrington, y una tremenda úlcera fagedénica soberbiamente definida, con cada una de sus fases naturales bien marcadas, pueden considerarse tan ideales en su clase como la más impecable rosa de musgo entre las flores, en su progreso desde el botón hasta la «pura, encendida rosa», o la más bella muchacha, adornada con todas las galas de la feminidad, entre las flores humanas. Y así no sólo es imposible imaginar el tintero ideal, como lo demostró el Sr. Coleridge en su celebrada correspondencia con el señor Blackwood —lo cual, por lo demás, no creo tan extraordinario, pues un tintero es un objeto laudable y un miembro valioso de la sociedad—, sino que hasta la imperfección misma puede tener su estado ideal o perfecto.

Les presento mis disculpas, señores, por hablar tanto y tan seguido de filosofía; permítanme ahora aplicar lo que he dicho. Cuando un asesinato se encuentre en el tiempo paulo-postfuturo —o sea, que no se ha cometido ni se está cometiendo sino que aún ha de cometerse— y tengamos noticia de ello, tratémoslo moralmente. Supongamos en cambio que ya se ha cometido y que podemos decir de él tetelestai , está consumado o (en el durísimo moloso de Medea) eirgastai

, está hecho, es un «Fait accompli»; supongamos que la pobre víctima ha dejado de sufrir y que el miserable asesino ha desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra; supongamos, en fin, que hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance, estirando la pierna para poner una zancadilla al criminal en su huida, aunque sin éxito —«abiit, evasit, excessit, erupit», etc.—; suponiendo todo esto me permito preguntar: ¿de qué sirve aún más virtud? Ya hemos dado lo suficiente a la moralidad: ha llegado la hora del buen gusto y de las Bellas Artes. No hay duda de que el caso fue triste, tristísimo, pero no tiene remedio. Hagamos lo que esté a nuestro alcance con lo que nos queda entre manos, y si es imposible sacar nada en limpio para fines morales, tratemos el caso estéticamente y veamos si con ello conseguimos algo. Tal es la lógica del hombre sensato. ¿Cuál es el resultado? Pues que secamos nuestras lágrimas y quizá tengamos la satisfacción de descubrir que unos hechos lamentables y sin defensa posible desde el punto de vista moral resultan una composición de mucho mérito al ser juzgados con arreglo a los principios del buen gusto. Así queda contento todo el mundo; se confirma el viejo refrán de que no hay mal que por bien no venga, el aficionado comienza a levantar cabeza cuando ya empezaba a cobrar un aire bilioso y alicaído por su excesiva atención a la virtud, y prevalece la hilaridad general. La virtud ha tenido su momento y en adelante la Virtú, tan parecida que difiere en una sola letra (por la cual no vale la pena pelearse), la Virtú, digo, y el Juicio Crítico tienen licencia para valerse por sí mismos. Este principio, señores, será el que oriente nuestros estudios, desde Caín hasta el Sr. Thurtell. Visitemos cogidos de la mano la gran galería del asesinato, poseídos de deliciosa admiración, mientras trato de señalar a ustedes los objetos en que la crítica se ejercita con provecho.

Todos ustedes conocen a fondo el primer asesinato. En tanto que inventor del asesinato y padre del arte, Caín debió de ser un hombre de genio extraordinario. Todos los Caínes fueron hombres de genio. Creo que Túbal Caín inventó la trompa o algo por el estilo. Mas, cualquiera que fuese la originalidad y el genio del artista, las artes se hallaban entonces en la infancia, y las obras producidas en los diversos estudios deben criticarse teniendo en cuenta este hecho. Probablemente la obra de Túbal no ganaría, en nuestros días, la aprobación general en Sheffield, de modo que no es deshonroso decir de Caín (me refiero a Caín el padre) que su actuación fue muy mediana. Se afirma que Milton no compartía esta opinión. Por la manera como relata el caso parece tratarse de su asesinato preferido, pues lo retoca con evidente voluntad de aumentar el efecto pintoresco:

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