Definiciones de la adolescencia



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PRINCIPALES SIGNOS QUL DAN TESTIMONIO DEL FINAL DE LA Al jOi ÍSCENCIA r DF LA ENT RADA EN L A i DAD ADULTA

IV rn aímo saber si el joven Il.I conseguido llev ar a

i mus N limación? .Oué signos dan cu en La del final

il n ni nmsis juvenil y de la mí ruta un la vida adulta? Sin ... i n 1111l‘ ser adulto c>> más un ideal inalcanzable que un r*i idn bien definido, reconocemos, empero, dusindic-.u lo ■! madurez a lectiva i|uc muestran que el adolescente

  • »lundon.ido b adolescencia ja no vive bajo la presión

  • ! utjiervh i asfixiante j, por cmih diadoi consigo mismo v con el mundo. Primero, el

i lidio ya no se avergüenza de jugar como un niño;

L i' mu prendido intuitivamente que ser un hombre o una es permitirse regresar a la infancia cuando se quiere

i oini* se quiere, sin por ello sentirse rebajado. Luego, cundo indirador. aJ muchacho o la muchacha ya tío le un tirela mostrarse obediente frente a la autoridad. One pi Midamos a las ordenes de un superior jerárquico o que nos pleguemos a una disciplina no significa que nos i. Ir pernos en una sumisión indigna. Creer que es ridiculo

sitarse niño o creer que es humillante obedecer son

susceptibilidades que revelan que el joven adulto no termino de atravesar su pasaje adolescente; sigue habitado |.ui el miedo histérico c infantil a ser humillada. Por ende, I» di resumir los dos principales indicadores de madurez il> i uva ilic i endo: ser adulto e\ vh'ir sin temor de jugat > auto ti ti niño y sin vergüenza de mostrarse obediente. Vgin ámente hay muchos otros indicios de madurez. Adema-. del indicador social que da cuenta de que un joven se ha vuelto adulto cuando ya no es dependiente económicamente de sus padres, pienso aqui en Tres indicadores psíquicos elocuentes: ser apto pata reconocer tas propias imperfecciones i .1 reptarse LtJ como se es; estar oíinrxin consigo mismo y, por ende, disponible con [> is otms; y, por ulitis lo. haber aprendido a .miar al prójimo 1 .1 amarse 1 si mismo de otra manera que cuando se era un niño.

Para terminar estos dos capítulos en los que Íes he des- cnptn al adolescente histérico y en estado de duelo desde el interior de su inconsciente, querría hacer la alabanza Je! gesto mas fecundo que llevan a cabo el muchacho y la muchacha al final de su adolescencia. Espontáneamente, tienen eI miento inigualable que no existe en ningún otro período de la existencia: preservar la infancia en el corazón de su ser sin |x>r ello renunciar a madurar. Más allá de las crisis v de los conflictos, el adolescente sabe asociar instinto amente la inocencia v la madurez, ta despreocupación y la seriedad, la frescura mental y la responsabilidad en la acción. Por su pivennid que brilla un día \ se ensombrece al dia siguiente, el adolescente nos muestra que ta fuerza vital que nos anima cada día, a nosotros, los adultos, turna la figura de un niño incesantemente sacrificado y que renace sin cesar. Nuestra fuerza vital, quiero decir nuestro deseo de vivir, siempre adquiere el rostro sonriente de un niño. Nadie como (ieorges Ber- nanos supo cantar el impulso de nuestra inocencia eterna:

Por cierto -escribe-, mi vida ya está llena de muertos- Pero

el mas muerto de los muertos es el pequeño niño que fui

> -1 n cinhargn, Iletrado ti intímenlo, es el quien se pondrá i¡ trena- de mi v illa, reunirá J mis pobres años hasta el úlli tilo >, n»no un joven jefe de Vélennos que une la tropa en tli oiik-n, se-ni d primero de iodos en entrar l-ii 1,i e.isa del

Pudre.

¿ Cómo actuar con un adolescente en ctisis aguda ?

Consejos prácticos para tos profesionales de la adolescencia


i JA Ni )U DIRFMOS QUE UN ADOLESCEN TE ESTA EN CRISIS'

Si tt/i'trru que responder a un fmtirc a u un pwjesiarutl que it plantea la pregunta orno m tual ,un un adate sien te difícil?", tea recordaría lo esencial: “Mientras el ado Jeteen te ¡es habla o ce ¡alia ante ustedes, dígante a ustedes mismos lo siguiente: la eficacia de mi acción dependerá de mi sensación d, sentirme cómodo en mi rnl Je padre o de terupsot/i,

( tut nfo más de ¡tenertía me siento rom el rol que mamo ante eljoven, mas vfuimtniJadei tendré de ayudarla a que el rete

a raer do consigo misino"

J.-D. N.

C¿liarnos ¿ijru a la mmlm ta que conviene seguir ■ un adolescente cu crisis. ^Cuándo diremos que un

  • 1 >( ente está en situación de en sis aguda; -Vmc todo,

  • u demos que la ctísjs puede ateetar tanto a un adn-

»ii niínml como a un adolescente que presenta un ■ 1111 pi irt a intento peligroso o incluso a uno que padece i. o .niHiinos mentales. Señalemos que las crisis tienen ii"'.u l is más de las veces entre los 12 y los Iñ años, < Mando el joven está en los primeros años del secunda

rio. Indiscutiblemente, l cuatro años que van de ios 12 ,i los lo son los más difíciles Je vivir para un adolescente v para sus padres, Luego, en los últimos años Jel liceo, el Vi j ilei joven empicha a afirmarse v se van apaciguando Jas tensiones más fuertes Pero, insisto, el yo adolescente se muestra singularmente vulnerable durante tos cuatro primeros anos de Jos estudios sec i milanos.

Pero /en que cirtynsri netas diremos que es laníos en presencia ile una crisis? El indiai ■ mas evidente de! surgimiento de una crisis e^ un cambio brutal de la conducta habitual del adolescente, momento en ti que dicha conducta se vuelve, en particular en los varones, una reacción tic oposición sistemática, inmanejable por los padres ¡i por c! establecimiento educativo. \ veces, la crisis adquiere la forma del agravamiento brusco de un comportamiento que ya se sentía como polena alíñeme peligroso. Por ejemplo, un joven habirualmentc agresivo y camorrero que llega a golpear al padre; un adolescente toxicó]nano que tiene una sobredosis; una joven introvertida que intenta suicidarse o incluso un adolescente muy joven e inestable que resulta intentado por un coma etiliro. Digamos que, en general, el adolescente en crisis es un adolescente desescol arria do desde hace más de dos meses, desocupa J< ), a veces suicida, con harta frecuencia encerrado en su cuarto, obnubilado por la computadora o, en el otro extremo, vagando por la calle. I ,a crisis pone al joven en peligro, desconcierta a los padres y a J arma a su entorno. Pero, de cualquier manera, la situación de crisis reclama cada vez la intervención de instancias escolares, policiales, hospitalarias o psiquiátricas. En el caso de las jovenatas, un súbito desmoronamiento depresivo es el

rli iiurntn indicador que sítele marear 1j crisis; se présenla ki|o la forma de un desaliento profundo que aparece - i,límeme inmanejable para los padres. Las estadísticas ' la experiencia clínica lo contirman: las manifestaciones /itiis frecuentes de la ('tisis en los varones son los

  • wnpottamicntns violentos y agresivos, mientras que en la* ¡ovemitas se trata de comportamientos depresivos I o-, comportamientos masculinos traducen la tendcti - < • i principal de las pulsiones posesivas y agresivas que

  • leuden irreprimiblemente .1 cxrennn/.irse, 2 ir hacia el

  • a oí, n tratar «le dominarlo y a Veces a hacerle daño. Las jinikionus de los varones se orientan muy naturalmente I'-" i r 1 I exterior en un movimiento centrífugo. Ln las

  • Irich.is.cn cambio, la principal tendencia pulsiuiul

i1" marea sus comportamientos de crisis es la propen-

"01 a replegarse y a encerrarse en sí mismas; el iropis '•f pultíional es centrípeto. Mientras que e! suirimien- ■ 1 k los varones estalla en el exterior y requiere de la ■ mu ncton de las instancias sociales, d de las ¡overnilas o|ilojjionü en su interior y requiere la escucha atenta de [•o»lesiónales ¡le la adolescencia tales como los paidnp •ifLiiairas, \sicólogos, psicoan¡distas, docentes o enfer mi 1 is escolares. Cuando las |oveneitas sufren, buscan "i. 1 protección; en cambio, cuando los varones sufren, ,ift premien te mente, se exponen más que nunca a) pth o Lrecisameme, los padres nos llaman para pedintos "■1' ojisulta ile urgencia cuando tiene lugar un en m por-

uto explosivo en un varón o un comportamiento

depresivo en una joveneíta,

Ahora i lien, al recibir esta demanda tan apremian i' leñemos que tener presente la idea de que una en-

-,is a^uth puede tener repercusiones irreversibles en el cursi» ulterior de la existencia de un joven, Jamás olvidamos que un adolescente es un ser en formación v que, en consecuencia, nuestra rápida intervención resultará mu ocasión iimea tle evitar Ja repetición de la crisis y de modificar positivamente su vida futura, I I destino del adolescente se orientará en lorina diferente* si ha encontrado o no a un psicoanalista. En efecto, mi experiencia con pacientes adultos me enseñó que, indefectiblemente, todos v cada uno de ellos bahía sido un niño *» un adolescente neurótico. Por ende, la consulta psicoanalitica y, mis tarde, el tratamiento de un adolescente que sufre son acciones preventivas de los trastornos que podrían sobrevenir en l-i edad adulta Me interesa destacar esta observación pura subrayar hasta que punto el encuentro clínico con un adolescente en crisis tiene un alcance profiláctico innegable. Esta es una de las razones que me fian incitado a escribir este libro: confirmar al profesional en su sentimiento de que, al atender eficazmente a un adolescente que no anda bien, te está ahorrando muchos sufrimientos neuróticos futuros.

Insisto, Cuando usted atiende por primera vez y en estado de urgencia a un adolescente con problemas, dígase i/ue es una oportunidad para él y una icsponsalñ- íidadpara usted, Cuando recibo a un juven, me digo que es una suerte que me cónsul te. que nos consulte; y cuanto más pienso que es una suerte, más se acrecienta trú sensación de responsabilidad. A menudo la crisis, aunque difícil de manejar, es la ocasión para que un adolescente entre final ni en te en tratamiento. Empero, el primer encuentro con el joven es un encuentro tenso, delicado,

¡ iprc ;• punto de romperse ;i»u d más mínimo puso n 1 liso. .VI comparar las otras de adolescentes con las dc ■pacientes, situaría Ja dificultad de la escucha de los i i. iiis justo después del trabajo de escucha de las pare 11.-, l-h electo, si tuviera que establecer una lerarquia lIc ln' paeirnics más difíciles de escuchar plenamente, ubi-

  • ir i.i en el primer lugar a las parejas. Cuando Jas a aun

  • I■.. rango b profunda sensación de involucrarme a turnio i' . jJj i no mentó de la sesión, de < st o reírme por ir más

le mi mismo. Vtrapado entre dos tonyu^es dofum'.-i mi me en conflicto y preocupado por no perder una sola i'iJ.iliJ.i, un gesto o un detalle surgido de uno n del otro, h Mi' que el resorte de mi escucha se tensa al máximo. I' ih i muy arduo encontrar las palabras fustas para que nrut i utm de los cónyuges se sienta reconocido y, forta- Imdo por tal reconocimiento, sea capaz de abrirse a la , i a de su pareja. Kn segundo lugar, entre los pacientes Mu lles, pienso justamente en los adolescentes de los que i a.irnos hablando, Luego vienen los niñas, con quienes li eran dificultad es precisamente creer que son fáciles

  • I ' ikliar, que basta con jugar juntos para producir un ■lecio terapéutico. F.l niño nos ofrece tal apertura a tra-

' r|e las manifestaciones espontáneas del cuerpo y por L libertad de su palabra que si uno se deja llevar por su un» encía, se relaja nuestra concentración, indispensable fiaiLi raptar su inconsciente más allá de su pequeña per- • i sentada delante de nosotros. Muchos terapeutas, en ■ i de analizar al niño,se ponen i lugar con él, ¡Pero no tu1, que jugar! i íuy que permanecer muy concentrado y

leí.irse engañar por la facilidad con la cual el pequeño

nos invita, con toda naturalidad, a acercamos a él.

I n nuestra curiosa escala tic pacientes complicados, ubico también a ios enfermos psicoticos. a los perversos -cuando consultan-, a los toxicómanos y luego, siempre en o rilen decreciente, pienso en Lis mujeres embarazadas cuyo inconsciente, tan permeable, nos parece desplegarse ,1 cielo abierto por el carácter sugestivo tic mis sueños, por h vivacidad de sus sensaciones corporales \ |wir su palabra inspirada, \prcndo muchísimo cada vez t)uc escucho a una paciente embarazada. Por último, para rdativi/.ar esta singular chst ti cartón de los pacientes difíciles, he de agregar tjue ninguna cura es fácil. Cada paciente es en si un impenetrable misterio que exige, en algunos momentos cruciales de su tratamiento, la mayor disponibilidad de parte del terapeuta. En esos momentos intensos, el psicoanalista, en el máximo de su concentración, se sumerge en si mismo, en el corazón de su silencio interior, para percalm el inconsciente de tu analizante Es entonces cuando tiene que saber traducir el inconsciente percibido en palabras simples v emocionantes dirigidas a su paciente, cs^ieraiido así aliviarlo del peso de su malestar.

\qm aprovecho la ocasión para aclarar que esia operación mental en el terapeuta, que consiste en percibir en si el inconsciente del otro y en ponerlo en palabras, e\ la singularidad misma del psicoanálisis hJ psicoanálisis no se define por el hecho de que el paciente esté recostado, sentado n parado; que sea adulto, niño o adolescente; ni por el lugar donde se desarrolla el encuentro -en el hospital o en consultorio privadono, el psicoanalista se define por el logro de esta operación mental en la que el analista percibe en si mismo el inconsciente

f< w/ ft nut¿Zittite y to t xprcsa verbalmente con palabras ft* tifiantes. In ut ma, ci [>.siena nàtisi s es et comprami- Ul reciproco, ttutufue asimétrico, de dos inconscientes.

\ 'i:3!! " asimétrico" porque > de Ins Jus protagonistas,



i I analista, form ado por sn análisis personal y didáctico,

I nn instrumento de percepción del inconsciente del piicicnte, L no entrega su mentisi tente virginal y cl ult o ,n fui tun su inconsciente instrumental

''tinos una rápida sceuem ia il Inte.) que puede depu . ni rever al lector lo que es uu pjtieoandlisis. Recibo ion gid.iridud a un adolescente If »bien de di años que se /i-i lus ili.is desocupado, delante dt la computai h ira, i nn.todo marihuana. Hace poco, al principio de una

  • ion, me confiaba:

< 'umili ta ultima ve/ usted il il agi no a mi madre sentada

  • nuestro Luti e imito un dialogo cutre ustedes dns. ,me

  • i U i illipai t.nin y salí aliviado1 VI mostrar la siila donde 'Ha haln u |KKÜdo sentarse, usted le preguntó: "Digiune,

  • noia, .mmn era Vicxaudrc ■ u.nulo era un bebé?'1 y, cu h lugar, usted resfiimdio "S.ilie usted, dottor, siempre luí

uria madre muy ansiosa v tenu > halier inoculado mi inquii in I al pequeño -Vie sanile v 'ìleiopre se acurrucaba vontra "ni pie-usti i| tic manto más lo liai ia, mas se impregnalo ile "" mgustia, V veces, ven que nu- limaba con tos ojos bu n hu nos i mil Jena que. la mem ablet mute, podría Negai a 1 r iati inquieto cornu v<

se me ha impuesto en la mente. Considero esta escena como un derivado del inconsciente de mi analizante i¡ue se revela en la pantalla de mi propio inconsciente instrumental.


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