De la metodología transformadora a las transformaciones de la investigación



Descargar 59,42 Kb.
Fecha de conversión25.04.2017
Tamaño59,42 Kb.
De la metodología transformadora a las transformaciones de la investigación
Nísia Martins do Rosário1
Una temática que está presente en los debates, en los abordajes y en los posicionamientos del grupo PROCESSOCOM es lo relativo a las Metodologías Transformadoras. Sin duda, tenemos ahí un fuerte estímulo para la reflexión, considerados, sobre todo, dos órdenes de argumentos. La primera se relaciona con la necesidad de investigar y debatir en el ámbito de las ciencias humanas y sociales, las apreciaciones, las validaciones y los usos de las prácticas metodológicas. La segunda hace referencia a la dinámica, a los procesos y a las actualizaciones que atraviesan esas mismas prácticas metodológicas, que precisan ser examinadas a la luz del conocimiento especulativo y racional, propio de la ciencia.

Con todo, la búsqueda de algún nivel de abstracción acerca de esa temática nos encamina para un conjunto de cuestiones orientadoras que involucran, igualmente, la pragmática. ¿La primera de éstas es lo que se puede considerar efectivamente metodologías transformadoras? Abordar y debatir este tópico requiere un pasaje por el concepto de metodología, bien como una sistematización de la noción de transformadoras, sobre todo en la perspectiva de este grupo de investigación (PROCESSOCOM). La segunda cuestión se refiere a las expectativas vividas en la relación con la ciencia y que son capaces de despertar reflexiones sobre metodologías en la interrelación con el pensamiento de otros autores. En estas vías se configura la construcción de este texto.

Otras inquietudes, sin embargo, se tornan relevantes y, al parecer, también atraviesan la mente de aquellos que están comprometidos con esta reflexión. ¿Cómo una metodología transformadora puede transformar la investigación? ¿La metodología transformadora presupone investigadores transformadores, y cómo son esos investigadores transformadores? ¿Cómo las investigaciones y las metodologías han sido transformadoras en el ámbito de la academia? ¿En qué pueden contribuir las metodologías transformadoras en el campo de la ciencia y con los sujetos relacionados con ésta?

Para alivio o decepción del lector, este texto no tiene la pretensión de dar respuestas a todos estos cuestionamientos; el ejercicio es identificarlos como gestionadores y motivadores de raciocinios, ponderaciones, constataciones y especulaciones sobre las metodologías transformadoras y las (trans)formaciones en las investigaciones. Es importante recordar, con todo, que este artículo expresa el punto de vista de una investigadora y que no es, por lo tanto, el punto de vista de un colectivo. Talvez sea más prudente llamar a este texto de ensayo.


Paradigmas y rupturas: (trans)formaciones en la investigación
Hay muchas entradas posibles para el abordaje del concepto de metodología, y talvez sea necesario recorrer muchos de esos accesos para componer el conjunto de elementos básicos capaces de articular sendas que conduzcan a la concepción de metodologías transformadoras. En la ciencia, la metodología es entendida, básicamente, por la forma del camino recorrido para encontrar soluciones a una problemática y, en esta vía, está en conexión con todo el proceso investigativo y sus etapas. Es indispensable argumentar que la metodología presupone articulaciones con la problematización, el objeto de la investigación, los objetivos y la fundamentación teórica.

Interesa, aquí, caminar por la vía que conecta el término metodología con el mundo de la ciencia e, igualmente, con el mundo de la vida, para configurar relaciones de actualización que no se aten a las perspectivas dominantes positivistas. Así, no se propone recuperaciones históricas de la ciencia, pero sí un conjunto de ponderaciones a partir de lo que se podría llamar ciencias contemporáneas o posmodernas (conforme nomina Boaventura de Souza Santos). En ese recorrido, muchas rupturas, sin duda, serán percibidas en relación con las ciencias modernas; entre tanto es preciso dejar claro que el debate no tiene por objetivo la proscripción de conceptos y nociones; pero sí la atención para sus transformaciones. La propuesta es desterritorializar y reterritorializar la propia ciencia por la vía de la reflexión metodológica.

En esa perspectiva, es importante recordar que las distinciones entre el conocimiento filosófico y el conocimiento científico, en la era moderna, fueron propulsoras de la apertura de un camino de la ciencia universal para las ciencias particulares. En esta primera (trans)formación se constituirán métodos que provienen del empirismo y del racionalismo, desde diversas líneas, y en procura de solidificar una ciencia más avanzada. Al mismo tiempo, se fueron consolidando paradigmas como el de la exclusividad de la razón, la representación del objeto, la verdad absoluta, la rigidez del método y la separación entre el sujeto y el objeto. Este último, una forma de validar el saber como verdadero en la obtención del sujeto investigador. Stengers (2002) advierte, al respecto, que la ciencia moderna, al intentar separar el sujeto del objeto con el invento de un método accesible para la producción de conocimientos, eclipsa la capacidad creativa. Ya Santos (1989, p.78), observa que la “ciencia se torna reflexiva siempre que la relación 'normal' sujeto-objeto es suspensa y, en su lugar, el sujeto epistémico analiza la relación consigo mismo, en cuanto sujeto empírico”.

Las reflexiones, las tensiones, los posicionamientos sobre la ciencia en las últimas décadas buscan superar esa epistemología a partir de otras perspectivas y algunas rupturas. Así, ocurre lo que podríamos llamar una segunda (trans)formación. La dislocación de la mirada permite que la verdad sea comprendida en su relatividad: “es cierto que deja de tener sentido la búsqueda de la verdad absoluta (…) El conocimiento es siempre falible, la verdad es siempre aproximada y provisoria” (SANTOS, 1989, p.72). En la misma vía, las teorías pasan a ser entendidas como tendencias, más que como leyes; el método, sobre todo, como un hacer, el camino mientras se camina”, como dice Morin (2003); las ciencias reconocen las variables como incontrolables, además de la dinámica de los objetos/fenómenos; la representación del objeto es abolida en su determinismo, lo cual lo aísla de las diversas conexiones que lo engendran, e ignora los procesos; el sujeto investigador está envuelto, inevitablemente, en su contexto histórico y social. Sobre este último asunto, Marre (1991, p.4) dice que éste es “aquel que para hacer progresar la ciencia, renuncia a las grandes filosofías del devenir histórico, para instalarse en la discontinuidad, en la ruptura, en el corte epistemológico por operarse”.

Esas premisas ya son suficientes para desterritorializar muchos de los conceptos caros a la ciencia moderna, que ponen en la superficie las complejidades y multiplicidades que atraviesan las investigaciones. Sin embargo, cabe preguntar si los investigadores de la actualidad están atentos y dispuestos para aceptar el debate y el compartimiento sobre las líneas de tensión y distensión que se están procesando en las ciencias en un continuo. Lo cierto es que, en algún momento, éstas nos van a atravesar, a topar, o conmover.

El cuestionamiento que se torna relevante a partir de eso da cuenta, por un lado, de que no hay unanimidad acerca de esas nuevas visiones sobre la ciencia –incluso, porque éstas son múltiples-, y eso puede ser un óptimo indicativo, generador de debates, de intercambios, de otros recorridos y de apertura de senderos. Aceptar problematizar nuevas perspectivas de la ciencia y de la metodología, bajo puntos de vista inusitados o reterritorializados es, sin duda, positivo para el avance de la ciencia; sin embargo, no se pueden considerar positivas las rupturas, las novedades y las multiplicidades si esos elementos no están comprometidos con la causa del conocimiento, sobre todo, del conocimiento compartido y solidario.

Lo que se denominó aquí como (trans)formación –y no como transformación- tiene un motivo especial de ser: por lo que se puede acompañar en la historia de la ciencia, es imposible formar juicio de antemano si los cambios que la cruzan están a favor de ésta y del conocimiento solidario. Si el progreso, la evolución del conocimiento, el perfeccionamiento de las técnicas, de las formas de tratamiento y de entendimiento de los hechos y fenómenos son metas de la ciencia, no se puede afirmar, con certeza que éstas sean inmunes a formateos. Incluso si fueran producto de procesos de transformación. Si, por un lado, es posible aceptar que ni todos los argumentos teórico-metodológicos que han sido desarrollados buscan construir “la cartilla” de la ciencia, por otro lado, toda vez que hay en-formación (meter en forma) en el lugar de transformaciones, las rupturas son pertinentes, las desterritorializaciones imperativas, las innovaciones parecen muy bienvenidas, y la revaluación de los paradigmas, necesaria.

Bourdieu (1994) ayuda a examinar aspectos epistemológicos al desarrollar un enfoque del campo científico relacionado con el poder y con los conflictos políticos. Las tensiones que se instauran en ese territorio implican posiciones adquiridas, visibilidad, legitimación de ideas y arreglos, competencias científicas, capital simbólico, entre otros aspectos que expresan un modo propio de entender y hacer ciencia. Estos no están necesariamente relacionados con los principios fundadores del conocimiento, de la verdad y de la metodología; pero sí con los espacios de luchas políticas, que incluyen la dominación científica y la articulación del lugar del conquistador en ese ambiente, mediante la constitución de los valores, las reglas y las tradiciones del campo. Es en este punto que se delinean encuadramientos y molduras. Así, la idea de ciencia neutra, para el autor, es ficción.

Tal punto de vista remite al entendimiento de que la reflexión sobre metodologías transformadoras está inevitablemente atravesada y es impactada por estrategias políticas que ya existen, se procuran consolidar o están consolidadas en el campo. El propio Bourdieu (1994) cita tres tipos de estrategias visibles en las tensiones del campo: las de compactación, las de sucesión y las de subversión. En esta última estaría un recorrido para romper con el orden hegemónico; sin embargo, sólo se realizaría por medio del mismo juego jugado por los dominantes en el campo. Para el autor, solamente un orden científico herético podría causar una verdadera ruptura con el orden establecido2, una vez que no acepta “entrar en el ciclo de las fuerzas de reconocimiento que asegura la transmisión regularizada de la autoridad científica (…) ellos realizan la acumulación inicial a través de un golpe de fuerza” (BOURDIEU, 1994, p.168). Perspectiva que parece un tanto radical; pero que, sobre todo, indica caminos para un posicionamiento en relación con la ciencia y con el uso del método. Más que eso, expone los diseños que ha configurado la ciencia. Así, este punto de vista de Bourdieu nos puede ayudar a pensar procesos científicos y metodológicos transformadores.

Para Santos (1989) hay, actualmente, dos tipos de crisis de la ciencia: del crecimiento, que se relaciona con la disciplina y la insatisfacción con métodos y/o conceptos; y la crisis de la degeneración –correspondiente a la ciencia y a los paradigmas-. Por esta vía, el concepto más tradicional y hegemónico de epistemología necesita ser relativizado, por la inserción de perspectivas que entiendan la amplitud del campo del conocimiento más allá de las ciencias formales. Santos reconoce las contribuciones venidas del sentido común que lo conectan a una vocación solidaria y transclasista, o sea, abarca sentidos de resistencia. Talvez sea éste un modo de poner en práctica la estrategia de subversión señalada por Bourdieu.

Es Santos (1994, p. 41), sin embargo, quien habla de una ruptura más compleja: “una vez hecha la ruptura epistemológica con el sentido común, el acto epistemológico más importante es la ruptura con la ruptura epistemológica”. Para el autor, la doble ruptura epistemológica lleva a concluir que todo conocimiento es en sí práctica social; una sociedad compleja implica varias formas de conocimiento; la verdad de cada forma de conocimiento lleva a la crítica de la práctica social que pretende adecuar. Es por esa vía que la epistemología puede operar sobre una desconstrucción de su propio concepto, conectarse con otros conocimientos y generar cambios en el modo de hacer y de producir conocimiento en la propia ciencia.

Así, la crisis de la ciencia moderna envuelve, más allá de la ruptura de paradigmas, la reflexión epistemológica y el raciocinio sobre las nuevas sendas, miradas y procesos. Ciencia, método y metodología pasan a conectarse con creación, invención, compartimiento y tensiones. Comprender la ciencia por esa vía no es “fundarla dogmáticamente en cualquiera de los principios absolutos o a priori que la filosofía de la ciencia nos ha suministrado (…). Al contrario, se trata de comprenderla como práctica social del conocimiento; una tarea que se va cumpliendo en diálogo con el mundo…” (SANTOS, 1989, p. 13).

Si para Bourdieu (1994, p. 144) el campo de la ciencia está atravesado por relaciones de poder, en esa coyuntura, tornar el método científico aceptado y reconocido, y consolidarlo como ley social inmanente, demanda esfuerzos en el sentido de inscribirlo “en los mecanismos sociales que regulan el funcionamiento del campo”. Es en este sentido que Feyerabend (2007, p. 32) pregunta si realmente debemos creer que “reglas ingenuas y simplonas que los metodólogos toman como guía son capaces de explicar tal laberinto de interacciones”. Ya Santos (1989) observa la contradicción que se instaura, puesto que las ciencias se han fijado sobre el cuestionamiento acerca de la rigidez del método y de su paralización; mas, por otro lado, esa obsesión nunca se manifestó con tanta evidencia en los trabajos de investigación.

De esta manera, el propio concepto de método necesita ser tensionado a la luz de su etimología. Para Morin (2003, p.25), lo esencial parece ser “aceptar caminar sin camino, hacer camino al caminar”. Ahora, eso cambia drásticamente las prácticas de investigación que exigen del investigador una postura de explorador, de descubridor, de sujeto que, sin desvincularse del rigor científico, hace evidente los caminos desordenados del proceso de investigación. Con todo, enfatizada la observación de Santos, lo que se percibe como preocupación dominante en muchos investigadores es la adquisición de un modelo metodológico listo antes de comenzar el camino, bien como intención bastante reducida de desviarse de la ruta si fuera necesario. Ese proceso es el de cruzar el trayecto para sólo atender al que ya está previsto, olvidándose de observar el propio recorrido y las especificidades del objeto, o sea, los procesos y los recorridos transversales.

El inmovilismo es una de las características que impiden que muchos investigadores acepten la desestabilización de sus certezas. Boudieu (1994) encuentra motivación para eso en el consenso y en la legitimación de la ciencia que se organiza a partir del estatuto del campo sobre las condiciones de poder, “las prácticas científicas están orientadas para la adquisición de autoridad científica” (p. 124). En esta vía, acontece el desprecio por la actividad crítica, fundamental para la comprensión y práctica científica. Un mirar habituado y controlado impide que otras perspectivas sean integradas a los procesos metodológicos y, a su vez, dificulta la negociación de transformaciones en la investigación, en el objeto y en el propio investigador.

Cuando se trata de metodología transformadora, no hay cómo evitar el papel del investigador que opera sobre lo trans, la actitud crítica, la ética y la conciencia de sus acciones científicas. En esta perspectiva, comienza a constituirse un sujeto que empeña su tiempo mucho más en la búsqueda de conocimiento que en la del reconocimiento; que esté comprometido con los intereses del entorno social, con las demandas ciudadanas y educacionales, y que -en cuanto sea posible- se desentienda de las normas de corte burocrático. A este perfil de investigador pueden ser alineados los planteamientos de Lopes (2003), de que las cuestiones metodológicas son fundamentales, una vez que éstas reflejan las consideraciones de la ciencia acerca de ella misma. En otras palabras, hacer ciencia y reflexionar sobre epistemologías y metodologías y sus proceso, lo que, a su vez, afecta el propio sentido de ciencia.

Si en la ciencia contemporánea el pluralismo metodológico comienza a delinearse, trae consigo las dificultades y sinuosidades del modo de realizar investigación. “Esa conciencia de la complejidad se traduce en la idea de que, si no hay un camino real para acceder a la verdad, todos deben ser probados en la medida de lo posible” (SANTOS, 1989, p. 74). La metodología, hoy, exige la reflexión que ocupa un espacio que antes era dominio exclusivo del modelo y de la objetividad –términos que pasaron a ser comprendidos de una forma bastante peculiar–. Morin (2003, p.19) también camina por la vía de la reflexión; sin embargo, de un modo más provocador, con la propuesta de una dimensión nueva que abarque la duda de la duda. “En fin, aceptar que la confusión puede tornarse un modo de resistir a la simplificación mutiladora. Es cierto que nos falta el método de partida; pero, por lo menos, podemos disponer del anti método, donde la ignorancia, la incerteza y la confusión se tornan virtudes”. Para este autor, lo más importante es reaprender a aprender, lo que implica repensar el propio método y requiere la reorganización del sistema mental.

El trayecto histórico de la ciencia permite delinear varias mutaciones teórico-metodológicas que fueron propuestas y/o incorporadas a lo largo del tiempo. De lo que se puede evaluar, muchas de éstas sirvieron para hacer avanzar la propia ciencia, y otras tantas fueron paralizadoras de ese proceso. Lo que aparece como relevante en este momento es el abordaje y el debate sobre el propio método, develando aquellos elementos que generalmente eran ocultados. En otras palabras, parece productivo dejar visibles todas las conexiones, articulaciones, costuras y engendramientos necesarios para la construcción del recorrido de investigación; al mismo tiempo, encontrar una dimensión de solidaridad, de compartimiento, de conectividad y de multiplicidades. Es siempre bueno recordar que el desarrollo de la ciencia da poco lugar a la admisión del desorden, aunque éste impere. Sin embargo, es inevitable confrontarse con éste. Para Boudieu (1994), es siempre posible compartir la idea de un mundo que se constituye en el desorden, en la turbulencia, en la inestabilidad y que, por lo tanto, necesita reterritorializar su concepto de organización que permita el vínculo con el desvío, la improbabilidad y la disposición de energía.


Senderos para la metodología transformadora
Todo lo que ya fue dicho hasta aquí encamina a un panorama sobre las líneas que pueden componer el tejido de una metodología transformadora. Talvez la materia prima de esa trama esté, todavía, en el origen del término “transformador”. Trans implica en movimiento para más allá de, a través de; posición para más allá de; posición o movimiento a través; y formatione, en acto, efecto o modo de formar. Por lo tanto, transformación es acto, o efecto, o movimiento de formar (se), y equivale a decir que esa negociación es realizada tanto en relación con el otro (sujeto u objeto), cuanto en relación con sí mismo. En esta vía, la etimología encamina para dar nueva forma, hechura o carácter a algo, abstracto o concreto, personal o no. En su desdoblamiento está tornar(se) diferente de lo que era; mudar(se), alternar(se), modificar(se), transfigurar(se), metamorfosear(se).

La primera premisa que se podría establecer es la de que la metodología es el resultado de una actividad procesual de la ciencia que viene alterándose a lo largo del tiempo y que configura un continuum que está siempre en movimiento, independientemente de la voluntad de sus usuarios y creadores –a pesar de todas las tensiones del campo–. Desde este punto de vista, no hay manera –por lo menos a largo plazo– de que la metodología no se transforme, y transforme la ciencia, porque aunque ésta se fije en modelos, en reglamentos, y se remita a intereses específicos, su flujo y dislocación son inevitables.

La espina dorsal de la metodología transformadora parece estar en el movimiento, que puede implicar mudanza, o no; sin embargo no puede prescindir de flujos. Resulta relevante pensar que entre los antónimos del término movimiento están los términos de tranquilidad, placidez y quietud. Esto significaría decir que una metodología transformadora aleja al investigador de la tranquilidad; pero de un orden especial de tranquilidad, cual sea: aquella que evita el mirar atento y crítico para dentro de la propia ciencia y para dentro del propio “ombligo” científico del investigador.

Con todo, es relevante considerar que los cambios en la forma de ver, de percibir, de pensar, de posicionarse teórico-metodológicamente, y con autonomía, no son fáciles en el contexto científico. Pasar de una estructura dada a otra, todavía provoca escalofríos; es como caminar en una cuerda floja, muchos metros encima del suelo.

Una de las funciones de la metodología transformadora sería, justamente, la de provocar el movimiento, la dislocación, la inquietud y, quien sabe, hasta cierta agitación. En este proceso, surgiría un investigador modificado en relación con su estado original –lo que no quiere decir que él no pueda coincidir con su estado original–. La metodología transformadora permitiría al investigador alcanzar otro estado, diferente al de su condición primera; sobre todo porque le confiere el flujo, le impone la inquietud, y, en este sentido, le infunde el compromiso ético y político con la ciencia. En estas demandas están envueltos, por lo tanto, procesos de ampliación de conocimiento, esfuerzos de conversa con nuevas teorías y propuestas, búsqueda de interdisciplinariedad, entre otros. Todo esto para crear condiciones deseables y sustentables para el desenvolvimiento de metodologías compatibles con el tiempo presente, con las múltiples facetas del objeto/sujeto; pero, sobre todo, con las necesidades de investigación dentro del campo que, de alguna forma, retornen para lo social. Talvez –y aquí entiendo que hago una afirmación osada– de la misma forma que el sentido del término transformación se compone en el universo Zen, ser un metodólogo transformador sea el destino de pocos, reservado a aquellos que saben aventurarse, que son capaces de deshacerse de sus creencias, descreencias, dudas, razones, y sumergirse en la existencia para, entonces, emerger renovado.

A esta altura se puede preguntar: ¿al final de cuentas, qué es lo que esta metodología transformadora quiere transforma? Con certeza, su aspiración no es la de cambiar paradigmas científicos –sólo para convertirlos en otros–, tampoco anhela afectar teorías y métodos vigentes. Lo que la vivencia y la experiencia en el grupo de investigación PROCESSOCOM permite percibir –y aquí va otro testimonio particular- es la relevancia de poner en movimiento a los sujetos investigadores, para provocar dislocaciones e inquietud en el trabajo de la investigación y relaciones de intensidad con la investigación; pero, igualmente, para movilizar nuevos flujos que causen impacto en los sujetos investigadores, en los grupos sociales, en la sociedad como un todo; para potencializar nuevos comportamientos, nuevos posicionamientos y nuevos senderos teórico-metodológicos. Al final, de acuerdo con Santos (1989, p. 48), “sólo existe ciencia en cuanto crítica de la realidad a partir de la realidad que existe, y con vista a su transformación en otra realidad”.
Inspiraciones para las metodologías transformadoras
Además de lo expuesto hasta aquí, en sus respectivos modos de pensar la ciencia, aún otros autores pueden traer contribuciones para componer ejes de articulación sobre las metodologías transformadoras. En efecto, se da en este texto un ejercicio de reflexión que lleva a interconexiones de ideas, puntos de vista y potencialidades que pueden colaborar para pensar el movimiento en la ciencia y en la metodología. Sin embargo, no hay una propuesta de concepción y de profundización de todas esas perspectivas; éstas son responsables, sobre todo, por más de algunas tensiones. Se confía, entre tanto, que por este camino se puede avanzar en las ponderaciones acerca de esta temática. En este sentido, los abordajes ocurren en líneas diversas que podrán o no componer un tejido a partir de ideas-clave como: movimiento, multiplicidades, pluralidades, especificidades del campo, conocimiento epistemológico y metodológico, rupturas con prácticas hegemónicas, conexión fundante entre ciencia y vida.

La metodología transformadora, más que alterar teorías y metodologías parece demandar, en ciertos casos, una metamorfosis en la forma como los sujetos investigadores se relacionan y se posicionan sobre el campo de la ciencia, teniendo en cuenta, especialmente, el hecho de que los sujetos son atravesados por el constante movimiento – incluso si presentara características de inmovilidad–. Así, comprender la relevancia del tiempo sobre el espacio es una de las maneras de entender el proceso transformador.

Bergson (2006, p. 8/9) cuestiona la manera cómo el tiempo es tratado por la ciencia y por la filosofía, o sea, predomina el punto de vista de la especialización del tiempo por influencia hasta de la misma lengua, “nuestra inteligencia, que procura por toda parte la fijeza, supone post factum que el movimiento se aplique sobre ese espacio”. Para el autor, en la otra vía, el tiempo (cualitativo y, por lo tanto, no cronológico) es movilidad, vivencia, continuidad; o sea, es la propia mudanza y, por lo tanto, duración. Por eso, la duración es flujo, en ella habría “creación perpetua de posibilidad y no sólo realidad” (BERGSON, 2006, P. 15).

En el tema de la duración como movimiento, Deleuze y Guattari (1995) se destacan como filósofos de las multiplicidades y, por eso, pueden auxiliar para construir una de las líneas del tejido del proceso de reflexión sobre lo transmetodológico. En las décadas de 1960 y 1970, en pleno entusiasmo con el estudio de los signos y del lenguaje, surge una corriente contra hegemónica; un movimiento desconstructivista, los llamados posestructuralistas, entre los cuales se encuentran los autores citados. La propuesta es que se rompa con las formas hegemónicas de pensar la significación, lo que hace que las representaciones entren en crisis; en consecuencia, entra en crisis la propia forma de pensar la ciencia. En medio de los aspectos relevantes de esas nuevas ideas está lo de reconstruir y descubrir aquello que no fue dicho, que es murmurante e inagotable, así como comprender la alteridad o la construcción de significados con base en relación con el otro

La teoría de las multiplicidades vienen a auxiliar, a mostrar cómo ultrapasar la distinción entre el consciente y el inconsciente, entre la naturaleza y la historia, el cuerpo y el alma; en fin, ultrapasar las binariedades propias de las ciencias modernas. La multiplicidad estaría más cerca de corresponder a la realidad porque no supone unidad, no entra en la totalidad, no remite a un sujeto. Para desarrollar su reflexión sobre la multiplicidad, Deleuze y Guattari operan sobre conceptos de territorio y de rizoma –entre otros-, lo que lleva a la desconstrucción de la manera de accionar el propio pensamiento, de construir el conocimiento. La ciencia y los procesos de saberes son afectados con eso. Para los autores, estamos acostumbrados a líneas de articulación o segmentaciones, estratos y territorialidades que llevan a determinada configuración del pensamiento y del análisis de las cosas. Sin embargo, es preciso considerar las líneas de fuga, los movimientos de desterritorialización y desestratificación. Tales líneas van articulando un tejido en su propia velocidad de vaciamiento, que provoca intermediaciones de diversos órdenes, con la generación de diversidad de flujos.

Pensar la ciencia y la metodología en sus multiplicidades, en sus intensidades de flujos, en sus territorializaciones, desterritorializaciones y reterritorializaciones es una acción de gran relevancia para el científico de la actualidad, sobre todo aquel que busca el movimiento y la transformación. En esta vía, es preciso admitir que el objeto y el investigador, en su duración no paran de modificarse; por lo tanto, es difícil aprehenderlos. El investigador, en este sentido, debe buscar las comunicaciones transversales (como más adelante nos planteará Martín Barbero), debe procurar las múltiples entradas para el objeto; entender, por ejemplo, que el pensamiento y el objeto se configuran como dimensiones –no unidades-, y en direcciones movedizas.

Para Deleuze y Guattari (1995), el conocimiento no se constituye en un conjunto de principios primeros y organizados en forma lógica. El conocimiento se articula sobre diversos puntos, resultantes de diferentes modos de observación y conceptuaciones. El concepto de rizoma viene, justamente, para romper con el modelo, y es capaz de indicar en su conceptuación que la estructura convencional de las disciplinas epistemológicas no reflejan la naturaleza, pero sí las formas de distribución del poder. Así, la ciencia no tiene relación con la presentación de un modelo que mejor represente la realidad, pero con el cuestionamiento y resistencia a esos modelos jerárquicos que son herramientas pragmáticas y no ontológicas.

Santaella (2001) aborda otra perspectiva relevante para ubicar al sujeto investigador en movimiento, que lo incite en la dirección del conocimiento metodológico. Es innegable, en el Brasil, el crecimiento del número de investigadores; mucho hay para ser investigador, descubierto y, sobre todo, conocido. El saber específico de la epistemología y de la metodología, entre tanto, no parece estar entre las prioridades de las áreas. Es en esta perspectiva que el habla de Santaella (2001, p. 134) viene a contribuir: “nada favorece más el surgimiento del discípulo ‘copiador’ que la ignorancia metodológica”. He aquí, según la autora, la necesidad de orientadores competentes en el acompañamiento de la investigación y el desarrollo de la capacidad creativa de escogimientos y juzgamientos, de la osadía en la aplicación de metodologías mixtas, integradas, complejas. Recordemos que la autora, al hablar de las demandas de la investigación científica, cita la escucha cuidadosa de la alteridad, y el despojo del conforto de las creencias.

Martín Barbero, en un corte también volcado a los estudios de la comunicación, presenta una visión conectada a la idea de trans que propone una comprensión más abarcadora del área para, efectivamente, poder estudiarla. Él afirma que el campo de la comunicación es atravesado por un carácter movedizo, deslizante, desterritorializante y reterritoializante, y que, por este motivo, las investigaciones del área deberían dislocarse de las tradicionales vías de acceso – por la producción, producto y recepción- y rendirse a los atravesamientos y transversalidades. Los modelos académicos identificados por él son tres: el de la dependencia, el de las apropiaciones y el de las invenciones. El primero apunta a investigar lo que está de moda y es reconocido por los pares. El segundo apunta a asimilar conocimientos, con la abertura de espacios a las cuestiones no previstas en concepciones y modelos; busca, por lo tanto, el mestizaje. Por fin, él afirma que el modelo de las invenciones apunta a abordar de frente especificidades de la comunicación y a acuñar para éstas categorías. Para actuar sobre este último recorrido es necesario dislocar las fronteras erigidas por disciplinas, cánones y jerarquías.

Otro aspecto del trans que nos empuja al movimiento sobre las cuestiones epistemológicas que encontramos en Martín Barbero –pero también en otros autores- es la noción distorsionada de objeto. Para el autor, construir un objeto no significa elegirlo, es necesario que ocurra una ruptura con el saber inmediato para que éste se desarrolle, así como una discontinuidad con el pensamiento científico. Si, por un lado, ese movimiento lleva a la transformación de conceptos y nuevos tipos de racionalidad, por otro, impone rupturas epistemológicas, conceptuales (teóricas) y operacionales (metodológicas).

En una posición igualmente crítica, encontramos a Michel de Certeau (1996) que ayuda a tejer una línea del trans al presentarse como un investigador siempre en movimiento y en su espíritu siempre anticonformista. Él, como otros, pone en duda modelos acabados, y efectúa una crítica exigente de la epistemología. Para De Certeau, el investigador es aquel que se desafía todo el tiempo, está siempre dispuesto a correr riesgos y no se presta a vasallajes. Tenemos que considerar que esas son características esenciales de aquellos que buscan realizar las rupturas necesarias a la ciencia, apuntando para otros modos de ver. El autor defiende el tránsito constante entre las teorías, que faciliten formaciones inter y multidisciplinarias. Es bueno recordar, sin embargo, que este aspecto genera dislocaciones de las perspectivas tradicionales y la necesidad de posicionamientos epistemológicos y metodológicos. Al igual que Nietzsche, él defiende que se opere sobre el error, y como Deleuze y Guattari, que se considere las hetorogeneidades y multiplicidades.

El trans aparece también en Writhg Mills, pero en una línea un poco diferenciada, que no se desconecta de la idea de ruptura con los paradigmas de la ciencia moderna. Mills (1975) presenta una visión más volcada a lo social y, en este sentido, el quehacer intelectual no es separable de la experiencia de vida. Este punto de vista, sin duda, genera una nueva manera de percibir la ciencia, se contrapone a la forma tan ensimismada que constituía reglamentos, dirigía la objetividad y se cerraba en campos teóricos restrictos. La perspectiva de Mills estimula para que se capture pensamientos marginales y se deje la investigación para que sea permeada por intuiciones (insights), fuertes sensaciones, revisiones constantes de la problemática. Este proceso permitiría la expansión de categorías de raciocinio que llevan a descubrir ligaciones insospechadas hasta entonces, y lo que puede ayudar en esto es la inversión de los sentidos de proporción y la observación de las minucias. La afirmación del autor que más repercute es la de que el investigador debe ser su propio metodólogo, mediante la evasión de normas y procedimientos rígidos y singularidad de conceptos.


Consideraciones trans
Entre los tantos aspectos que se podrían promover y discutir acerca de las metodologías transformadoras, algunas recibieron preferencia en este texto, no por una cuestión de importancia, sino más bien por el punto de vista y afectos de la autora. En esta línea, en las consideraciones realizadas hasta aquí, ganan relevancia el movimiento, los flujos, las rupturas, las desterritorializaciones y las reterritorializaciones que atraviesan las metodologías transformadoras, pero también tienen gran valor el compromiso solidario y el compartimiento de conocimientos y saberes.

Para poner en movimiento este proceso, sin embargo, es fundamental el deseo del investigador de querer ser transformador. Y, sobre este aspecto, en una postura provocadora, un filósofo en particular parece ser muy estimulante. Nietzsche (2001, p. 55) nos dice que al estar en medio de esa “rerum concordia discors” [discordante concierto de las cosas] no hay cómo desdeñar el deseo de interrogar, “temblar de ansia y gusto de la interrogación”. Este deseo está conectado a una inquietud que habita la existencia del investigador, y está también relacionado a sus potencialidades que, de alguna forma, son intrínsecas a él; al final, todos nosotros tenemos jardines y plantaciones ocultos en nosotros; y, en otra imagen, somos todos volcanes en crecimiento, que tendrán su hora de erupción” (NIETZSCHE, 2001, P. 61)).

En este proceso, se torna relevante, también, estar en conexión con la posibilidad de error, pero antes admitir la ruptura con el instinto de rebaño (Nietzsche, 2001). Acoger la posibilidad de error procurando evidencias de nuestros juicios acerca de los hechos. Nietzsche (2001, p. 84) entiende que el “pensador ve sus actos como tentativas y preguntas para obtener explicación acerca de algo: suceso o fracaso, para él, son ante de todo respuestas”. El filósofo retrata bien el panorama de la ciencia al observar que, a lo largo del tiempo, el intelecto produjo errores, y que algunos de éstos hasta ayudaron a preservar la especie, y solamente mucho tiempo después vinieron aquellos que negaron y cuestionaron tales proposiciones. Por un tiempo, estas proposiciones se tornaron normas de verdadero y falso al interior de la ciencia y, en esta línea, la fuerza del conocimiento no parece estar en el grado de verdad; pero sí en su antigüedad e incorporación al campo.

Otro factor importante para poner en movimiento el proceso de las metodologías transformadoras parece ser el de la inmersión del investigador en el mundo de la ciencia. Esto significa decir que el conocimiento de la epistemología y de la metodología son fundantes, tanto en lo que concierne a las elecciones teóricas cuanto a los puntos de vista del investigador. Al mismo tiempo, él es un articulador de las elecciones y de las prácticas metodológicas. ¿Cómo, al final, se va a posicionar y defender sus métodos y postura sin entender profundamente los recorridos que lo ponen en movimiento? En este sentido, Lópes (2003, p. 99) nos ayuda a reflexionar: el hecho de que cada investigador no sea un metodólogo, no debe eximirlo de un necesario dominio de conocimientos metodológicos de la investigación en su área de estudio; condición sine qua non para poder realizar un reflexión activa, y ejercer la vigilancia sobre las cuestiones metodológicas presentadas por la realidad de su investigación.

Metodologías transformadoras, en este ensayo, asumen varias posibilidades de concepción, y no es pretensión articular aquí un concepto de tal expresión; pero sí de apuntar y tensionar rutas que permitan reflexionar sobre este tema. También es una meta colocar en proceso un modo de entender el compromiso del investigador en relación con la investigación, con lo social y consigo sí mismo, así como el carácter y la cualidad de la investigación científica. Metodología transformadora es un camino para alcanzar un ideal de ser investigador y de realizar investigación.

De esta forma, temáticas transformadoras se constituyen cuando se proponen, entre otras tantas posibilidades: concebir un conocimiento auténtico conectado a la ciencia y a lo social; desvendar estrategias de poder y control; entender y divulgar las lógicas que rigen los procesos de la investigación y de la ciencia; encontrar y valorizar líneas de fuga y desterritorializaciones que atraviesan el campo en vertiente, y no las de las perspectivas hegemónicas; valorizar múltiples lecturas y apropiaciones; señalar caminos y construir críticas. Esto implica que las metodologías transformadoras deben ser el reflejo de problematizaciones críticas, con compromiso social y ciudadano, bien como temáticas conectadas a realidades de relevancia e interés colectivo. No hay metodología transformadora sin un investigador en constante actualización y transformación, capaz de asumir un compromiso ciudadano de la desestabilización de sí mismo y de la ciencia.

Es claro que una metodología transformadora no se realiza sin incomodidades, sin enfrentar resistencias; al final, ésta desestabiliza lo que está dado y legitimado como ciencia. Al mismo tiempo, el investigador necesita tirar fuera lo que no le sirve más y que, a veces, le dio la impresión de conducirlo durante toda jornada. En una visión provocadora, Nietzsche (2001, p. 77) dice que ese sujeto es aquel que renuncia a “tirar fuera muchas cosas que atraparían su vuelo, y entre estas cosas, las que le son valiosas y queridas: sacrificarlas a su ansia de alturas”.

Referencias
BERGSON, Henri. Memória e vida. São Paulo: Martins Fontes, 2006.

BOURDIEU, Pierre. O campo científico. In: ORTIZ, Renato. Pierre Bourdieu – sociologia. São Paulo: Ática, 1994.

DE CERTEAU, Michel. A invenção do cotidiano – artes de fazer. Petrópolis, Vozes, 1996.

DELEUZE, Gilles; GUATTARI, Felix. Mil Platôs (Prefácio e Introdução). Rio de Janeiro: Ed 34, 1995.

FEYERBAND, Paul. Contra o método. São Paulo: Editora UNESP, 2007.

LAVILLE, Christian; DIONNE, Jean. A construção do saber: manual de metodologia da pesquisa em ciências humanas. Porto Alegre: ARTMED, 1999. p.30-50.

MARTÍN-BARBERO, Jesús. Ofício de Cartógrafo- travessias latino-americanas da comunicação e da cultura. São Paulo: Loyola, 2004.

MARRE, Jaques. A construção do objeto científico na investigação empírica. Porto Alegre: UFRGS (mimeo), 1991.

MILLS, C. Wright. A imaginação sociológica. São Paulo: Zahar, 1975.

MORIN, Edgar. O método 1: a natureza da natureza. 2. ed. Porto Alegre: Sulina, 2003.

NIETZSCHE, Friedrich. A gaia ciência. São Paulo: Companhia das Letras, 2001.

SANTAELLA, Lúcia. Comunicação e Pesquisa. São Paulo: Hacker Editores, 2001.

SANTOS, Boaventura de Souza. Introdução a uma ciência pós-moderna. Rio de Janeiro: Graal, 1989.

STENGERS, Isabelle. A invenção das ciências modernas. São Paulo: Ed. 34, 2002.



1 Nísia Martins do Rosário (nisiamartins@gmail.com), profesora e investigadora de la Universidad Federal de Río Grande del Sur de Brasil. Doctora en Comunicación Social por la PUC/RS, miembro del grupo de investigación PROCESSOCOM. Bolsista PQ/CNPq.

2 Y como ejemplo, el autor trae la trayectoria de Einstein y de Copérnico.



La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal