De Juegos, juguetes y rondas infantiles en la Cultura Pabellonense



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De Juegos, juguetes y rondas infantiles...... en la Cultura Pabellonense.

Por Víctor Manuel Solís Medina.




A la memoria del Señor Cura Gertrudis Ramos, doña Altagracia Aguilar, de las tías Nina y Fina Herrera , del profesor Cipriano Salgado, de don Primitivo Narváez, de don Alfredo Molina, y de mis abuelitos Soledad y María de la Luz, Juan y Magdaleno.

Cuando comienzo a escribir los temas que debo de tratar, casi siempre los inicio con solemnidad, abstracción y reflexión, desde una perspectiva: epistémica, teórica y analítica.

Pero los que en realidad desarrollo no por mandato o encargo, sino porque me salen del corazón; esos los abordo con reminiscencias existenciales a la época más entrañable y hermosa de nuestra vida.

Me refiero al proceso de socialización que experimentan nuestras vidas, desde que nuestros padres son conscientes de nuestra inminente llegada.

No intentaré en este sencillo escrito, desarrollar una tesina sobre la socialización como teoría sociológica, sino que haré referencia a la experimentación y la referencia a mi propia infancia.
Qué sería del niño sin el juguete, cualquiera que fuese

Pero sobretodo............. sin el juego, en cualquier cultura.

Los juguetes existen desde la época de las cavernas

y han acompañado a los niños hasta nuestros días, siendo estos la imitación de un mundo adulto idealizado, materializado y cosificado en: flechitas, arquitos, rodelitas, caballitos, animalitos de todos tipos y la fantasía de seres míticos producto de su propia cosmovisión.

Creo que los primeros juguetes que recuerdo en mi ya lejana infancia fueron las tablitas que caían, del enorme banco de carpintería de mi amado abuelo y me servían para abstraer con ellas, vagones de ferrocarril y los camiones de mineral, que veía a diario pasar frente a la casita de adobes rojos e inmensos eucaliptos; por cierto esos adobes , en algunos momentos me sirvieron de complemento dietético; mismos que provocaron las reprimendas con sendas nalgadas propinadas por mi madre como un mero estímulo, para que no poblase mis infantes intestinos de “taeniae sagginatae” o “taenia solium”........ o sea viles........ lombrices.

En aquella vieja tapia de adobes , olor a resinas, a tequila y a sonidos veleidosos de la guitarra, el violín la mandolina y el arpa de mi abuelo , ahora sólo brotan fantasmas y recuerdos provocados por las envidias de los “empeños de una casa”... tema que la historia juzgará.

Pero en ese ambiente inició mi reconocimiento del mundo exterior, quizás con los juegos que mi abuela, mi madre y mis adoradas tías, comenzaron a realizar con el primogénito de una enorme familia y fue aquel que estimulaba el recuerdo de mis miembros corporales.

-“Tengo manita no tengo manita...... porque la tengo desconchabadita” ....... así como el:


“Pon pon pon, mediecito pal jabón,

pa lavarle las mantillas

al muchacho por............... cagón”
Mientras que se jugaba con las manitas del niñito, para estimularle sus aptitudes psicomotrices.

O aquel con que me inició mi madre Esthela a hacer solitos, recordando quizás nuestro pasado chichimeca :



  • “Ya se van todos los indios a la sierra del apache, pa que te acuerdes de mí ahí te dejo mi huarache......

Zámara Zámara zin zin zin”......
Con este cántico mi mamá me tomaba de los bracitos y me hacía bailar al son de aquella cantinela, la cual sintetizaba la reminiscencia de un pasado indígena que estaba allí callado en el mundo interior de la socialización, de la identidad infantil, en el intimismo de la familia, de la necesidad de recordar aunque fuese con este motete, una cultura dominada y llevada al exterminio y actualmente a la vergüenza........ de la soberbia criolla.

Otros que combinaban la estimulación de las extremidades de mi cuerpo infantil, eran los llamados de inditos como El nahual que versaba así:


“Si, si, si, por aquí pasó el nahual

con barriga de petate

y sus ojos de cristal,

con sus ojos de metate

y barriga de costal.”
Recuerdo que me lo susurraba mi abuela al oído sobretodo para asustarme cuando me portaba mal.

Pero había uno que era mi favorito, y posteriormente yo se lo canté a mis hijos; éste estimulaba las cosquillas de los niños y comenzaba narrándole y haciéndole movimientos con los dedos del cantante en las manitas, para posteriormente subir por sus bracitos hasta sus sobaquitos, provocando risas y las incipientes carcajadas así como los hoyitos de los cachetes de los risueños bebés.


“Estaba una viejita

juntando su leñita

llegó el aguacerito

y corrió corrió............ a su covachita”.


Luego nos hacían casita nuestros abuelos con las cobijitas y nos cantaban este:
“Indita, Indita, Indita,

indita, por Dios, ¿Qué haremos?

Una casita en el monte

Y en ella nos estaremos”

O para estimular el levanto y el amor por los amaneceres:
“Una indito chiquito y bonito

le dijo a una queretana

-Si quiere tener dinero

¡levántese................¡ de mañana”

Y mi mamá o mi abuelita me levantaban de súbito tomándome de mis brazos, provocando la risa o el llanto inminente según fuese nuestro infante estado de ánimo.

Otro que representa las reminiscencias moras que se reflejaron en las Morismas de Bracho y en las danzas referidas al ciclo de Moros y Cristianos:


“Ahí vienen los moros

de Guaritambé

y el moro más grande

se parece a usté”


O la copla necrofílica que nos hacía temblar en las noches de truenos y centellas, aullidos de perros y de coyotes:
“ Estaba la muerte un día

sentada en un arenal

comiendo tortilla fría

pa ver si podía engordar .


Estaba la muerte seca ,

Sentada en un muladar,

Comiendo tortilla dura

Pa ver si podía engordar”.

A la par con la socialización de los juegos infantiles

Llegó la época de los juguetes : los que recuerdo con exactitud, fueron los soldaditos de plomo con los que me iniciaba a concebir la dialéctica de una sociedad que legitimaba la guerra, a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta; en este caso la de Corea y la de Viet Nam.

Después me llegó la moda de los etnocentristas juguetes de “Indios y Vaqueros”; con granjita, caballitos, toros y carpas de sioux, oaks, tiguas, pieles rojas y cherokees.

Estos elementos que obviamente provenían de los Estados Unidos, vía los regalos generosos de mis migrantes tíos y primos, los cuales aprovecharon las últimas oportunidades del programa “bracero”, y se situaron en el área de los Angeles y de San Francisco; a ellos les debo mi socialización con elementos simbólicos e inocentemente racistas y necrófilos, quizás porque a la par con estos objetos, mi cosmovisión limpia e inocente, comenzó a legitimar a los héroes asesinos de miles de indios pieles rojas que la televisión incipiente nos idealizaba con las figuras de: Mat Dillon y Chester, Kitty de la Ley del Revólver , o Bufalo Bill, quién presumía de haber matado miles de indios en la conquista del salvaje oeste de los Estados Unidos; Gene Autry con su caballo Tigre, Hopalong Cassidy , el Llanero Solitario y su malinchista indio llamado Toro....... ¿recuerdan a Kemo Saby?

Luego llegaron las migraciones forzosas de mi amada Estación San José a Juchipila Zacatecas, en la región de los cañones del sur-occidente del vecino estado y finalmente a mi segunda patria: Pabellón de Arteaga.

Acá ya situado mi padre como Jefe de Hacienda nos establecimos en una casita en el mero centro del incipiente municipio, a principios de los sesenta del siglo pasado, y en esos tiempos me di cuenta que mi universo infantil no sólo se debería limitar, a nuestra pequeñísima casita rentada , situada al centro de la Calle Plutarco Elías Calles que hacía honor al presidente que inició el Distrito de Riego número uno en el país, se encontraban enormes y bellísimos eucaliptos, que para mí representaban los sonidos nocturnos más enigmáticos los cuales tristemente fueron talados, por indolente presidente municipal; en pos de la pavimentación y los modernos drenajes.

En este risueño pueblo, fruto de la extinta revolución mexicana, conocí amiguitos con quienes aún cultivo la amistad a mis casi cincuenta años.

Eran mis vecinos los niños Acosta, Molina, Herrera, Soto, Narváez, Torres, Salgado, Ambríz y González.

Con ellos mi vida cambió drásticamente porque a comparación mía, se daban el lujo de no pedir permiso para jugar en la calle, ni sus padres los reprendían por jugar entre los charcos ( quizás después tampoco; por jugar en......... el Charco, que también es pueblo, y el pueblo que también es charco.....................( sic)

Antes de ingresar a la primaria, gracias a un juguete por demás emblemático y simbólico descubrí mis dotes musicales; cierta navidad, quizás cuando contaba con cinco años mis padres me regalaron un pianito pequeñito, con sus teclas de maderita y que sólo contaba con dos octavitas.

Con él comencé un juego que estimulaba mi oído musical, quizás heredado de mis abuelos: por el lado paterno Magdaleno Solís y por el materno Juan Medina.

Resulta que veía en la televisión y escuchaba con suma atención los temas de los programas y de los comerciales y los seguía de oído en mi pianito, para posteriormente desarrollarlo yo solito.

Y era curioso que poco a poco mis padres descubrieron que tocaba las líneas melódicas de comerciales como el de : Nescafé, Max Factor, Firestone y las inolvidables Noches Tapatías, que se transmitían en el único canal de televisión que se podía captar en los incipientes años sesenta, el canal dos de Telesistema mexicano, elemento cultural y posteriormente de alienación, con el que conocí a Viruta y Capulina, y a quienes posteriormente los vería personalmente en el Centro Social los Globos, en una función infantil; donde mi papá nos llevó a mi hermanito Luis y a mí porque Queño aún era un bebé y Beba ni Nene habían nacido.

También recuerdo a Marcelo y Tin Tán, al Tío Herminio y sus “Rejas de Chapultepec”, las cachondísimas modelos de T.V. Musical Ossart y el veleidoso sonido de las grandes orquestas que para aquel tiempo eran mi locura musicalmente hablando: Pablo Beltrán Ruiz, la de Chico O Farril, La Orquesta de Ingeniería, Acerina y su Danzonera, la de Chucho Ferrer y más que se me pierden en la memoria.

Pero la gracia musical no les importaba a mis amigos de cuadra y de generación ya que a ellos les estimulaba más la fabricación de canales y de presitas, edificios y sobretodo cuando llovía, en aquellos veranos generosos con olor a tolvas repletas de vid, a elotes tiernos callejeros, a tortas de chorizo mantecosas pero sabrosísimas y a la birria incólume “bocato di cardenale” de don Guillermo Ruvalcaba.

Recuerdo que los niños Molina: Chava, Mario y Rafa; posteriormente nacerían Richard y Nene; contaban con todo un equipo de revolvedoras, tractores, camiones de volteo y una impresionante grúa, que quizás fueron juguetes que imitativamente habían idealizado por su padre, don Alfredo Molina; uno de los mecánicos principales del Banco Agrícola.

Juguetes estóicos, utilitarios y estimulantes de la plusvalía relativa que determinaron el destino de generaciones en un Pabellón bucólico y alegre que jamás perdió la esperanza ni la sonrisa aún en los momentos más difíciles.

Por su parte los niños Acosta contaban con otro tipo de juguetes, diferentes a los míos y a los de los Molina.

Sus padres eran comerciantes y sus hermanos eran mayores y ya les fascinaba el rok and roll; de hecho un hermano de ellos se parecía físicamente a Roberto Jordán, aquel de “Dáme una señal chiquita”, “El Juego de Simón”, y se llamaba precisamente Roberto , otro que era idéntico a hasta en la estatura y en lo galán con las jovencitas rocanroleras ; me refiero a José Luis émulo de Enrique Guzmán .

Armandito era de mi edad, Gabrielito y Javiercito eran los más pequeños y con esa pandilla interminable compartimos aquellos añorables tiempos de infancia.

En dos antiguas cabañas de madera habitaban sus tías Nina y la tía Fina y otra se encontraba abandonada y era utilizada como bodega.

En aquella misteriosa cabaña de madera muy al estilo california inspirada en el diseño de los pioneros norteamericanos que diseñaron la Presa Calles se guardaban juguetes, que para nuestra infancia eran bellísimos y misteriosos como aquel enorme hombre verde de plástico, Acuamán, decenas de carcachitas de hojalata made in Japan y miles de piezas de aluminio para fabricar edificios, o casitas de la marca Constructor.

En aquellas cabañas de madera que daban testimonio de los pioneros de nuestro amado pueblo, campamento de colonos y constructores de la presa, de futuros que aquellos inocentes tiempos no valorábamos ni concebíamos que serían volátiles, dúctiles y efímeros.

En ellas pasamos horas felices y creativas emulando lo que nuestros padres o abuelos forjaron en la vida real: El Distrito de Riego número Uno del país: Plutarco Elías Calles.

Pero de pronto llegaba la noche y con ella siendo un niño ñoño y “tradicionalista” en mi camita, solamente escuchaba en la oscuridad las rondas infantiles añorando estar con ellos y disfrutar de sus juegos, pero sobretodo la compañía de las niñas Rodríguez que en aquellos tiempos, y creo que aún en estos siguen siendo muy lindas.

A lo lejos escuchaba las líneas melódicas de Doña Blanca y su jicotillo que andaba ....... en pos de ella.

Mambrú el que se fue a la guerra, el Coyotito Coyotito para donde vas...... a la hacienda de San Nicolás ( ¿Durango acasó?) a comer gallinitas que tu no me das.

Escuchaba el ...........................uno dos tres por todos mis compañeros en “Las Escondidas” .

Y añoraba acompañarlos en el juego de los Encantados, sobretodo si me tocaba a mi lado la lindísima Alicia, o ya de pérdis alguna de sus hermanas.

Así pasó como en un sueño esa época que con la tristeza de los añejos eucaliptos cercenados y talados, por la ignorancia y el afán modernista de la “Obra Pública”, me hacían rememorar un ambiente de inocencia, de armonía de amistad y respeto supremo pos nuestros mayores; sentimientos que tomarían caminos diversos por nuestro ingreso a la educación confesional del Colegio Guadalupe Victoria, puerta de la gloria........... arenga sazonada con monja fundamentalista incluida y con proceso heurístico de una cosmovisión similar a la yihad católica, pero que simbólicamente sólo se quedó en eso.............en mero simbolismo.



Pero ese es un capítulo existencial que trataré en otra reflexión.
Laus Deo.


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