De idolos e ideales



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DE IDOLOS E IDEALES

Edwald Vasílievich Iliénkov

El problema del ideal es complejo y polifacético. En primer lugar, naturalmente, surge la pregunta sobre el lugar que ocupa el concepto del “ideal” en la teoría del reflejo: cómo aquél puede ser interpretado desde el punto de vista de esta teoría. En todo caso, la teoría del reflejo nos enseña que es correcto y verdadero sólo aquel conocimiento que refleja lo que hay en la realidad. Y en el ideal se expresa no lo que es, sino lo que debe ser, o lo que el hombre quiere ver. ¿Se puede, acaso, interpretar lo deseado o lo debido, desde las posiciones de la teoría del reflejo? En otras palabras, ¿puede, acaso, ser “verdadero” el ideal?.

La filosofía hace mucho vio aquí una dificultad y también hace mucho que trató de resolverla. Los materialistas de épocas pasadas insistieron sobre este problema en el curso de su lucha contra las doctrinas idealistas de la iglesia, contra el ideal religioso, y pretendieron resolverlo de acuerdo, por un lado, a la teoría del reflejo y, por otro, a las exigencias de la vida real. Pero, lograr esto, sólo pudieron Carlos Marx y Federico Engels: y, precisamente, porque ellos fueron no sólo materialistas, sino materialistas dialécticos. Veamos cómo ocurrió.

“Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” –se dice en un conocido libro -, y el hombre, a razón de ello, le pagó a Dios con una negra ingratitud –con ironía venenosa complementó el autor de otro libro. Y, si dejamos a un lado las bromas y los cuentos –desarrollaba la misma idea un tercer autor -, entonces, es necesario decir directa y claramente que el hombre creó a Dios exactamente tal y como creó libros y estatuas, cabañas y templos, pan y vino, ciencia y técnica; por eso, la confusa cuestión acerca de quién creó a quién y por qué imagen lo creó se resuelve en una verdad sencilla y clara: el hombre se creó a sí mismo y después creó su propio autorretrato, llamándolo “Dios”. Así que, bajo la forma de “Dios”, el hombre se conoció y se adoró sólo a sí mismo, pensando que conocía un ente diferente de sí; la religión, en definitiva, fue siempre sólo un espejo que reflejaba al hombre su propia fisonomía.

Pero en este caso –se agarra de esta explicación un cuarto pensador- el autor de la Biblia estaba, en esencia, totalmente claro; sólo que expresó la misma idea en relación con las ilusiones de su siglo: sí, el hombre realmente fue creado por el ser representado en el ícono, pues el ícono es sólo un retrato del hombre, creado por el propio hombre. Y si es así, entonces no hay nada de malo en que el hombre pretenda imitar en todo al personaje dibujado en el retrato. Y es que el pintor, dibujando su propio retrato, cuidadosamente copiaba en él sólo las ventajas, sólo los méritos del hombre vivo, pecaminoso; y en forma de “Dios” el hombre es representado exclusivamente desde la mejor de sus partes. “Dios” sólo es un seudónimo del Hombre Ideal, el modelo poético-ideal del hombre perfecto. El ideal que de sí mismo creó el Hombre, el Objetivo Supremo del autoperfeccionamiento humano... Y todos los malos rasgos humanos, los rasgos malévolos y sujetos a superación, fueron también dibujados por el pintor en otro autorretrato, llamado “Diablo”.

Así que “Dios” no es la representación naturalizante del pecaminoso y real Hombre terrestre, el cual es tanto “Dios” como el “Diablo” en una misma cara, en una aleación. “Dios” es el hombre tal como debe ser o convertirse, como resultado de su propio autoperfeccionamiento; el “Diablo” es el mismo hombre tal como no debe ser, tal como debe dejar de ser, como resultado del mismo proceso de autoeducación, es decir, el modelo humano de la imperfección y del mal.

En otras palabras, “Dios” y “Diablo” son categorías, con la ayuda de las cuales el hombre intenta separar y diferenciar en sí mismo el bien y el mal, las verdaderas perfecciones humanas de los atavismos de pura procedencia animal. Por eso es que, contemplando la imagen de “Dios”, el hombre puede juzgar sobre cuáles precisamente de los rasgos reales de su naturaleza él valora y exalta (“endiosa”), y cuáles odia y desprecia como “diabólicos”, intentando superarlos en sí mismo.

Así, aunque el hombre creó tanto a “Dios” como al “Diablo” y no al revés, no fue “Dios” quien creó, sino el “Diablo” quien corrompió al hombre –la leyenda sobre la creación y el pecado original del hombre es una obra artística de gran sentido poético, en cuya forma el hombre hizo el primer intento de autoconocimiento, de diferenciar en sí mismo el bien y el mal, la razón y la sinrazón, lo humano y lo inhumano. De modo que no se debe simplificar la religión, con sus representaciones sobre lo “divino” y lo “pecaminoso”, sino que basta con revalorar los cuentos antiguos (no creyendo en ellos al pie de la letra) en categorías morales humanas. Es necesario comprender que, adorando a “Dios”, el hombre adora lo mejor de sí mismo, que la religión creó en forma de Dios la imagen Ideal del perfeccionamiento humano superior y que en el cristianismo el hombre encontró el Ideal humano superior, entendido por todos y por todos aceptado. ¡Y los ateos intentando demostrar que no hay ni Dios, ni Diablo, resulta que le prestan al hombre muy mal servicio, privándolo de criterios de discernimiento entre el bien y el mal, entre lo permitido y lo prohibido!.

¡Alto! –respondieron los ateos. Aunque todo resulta bastante lógico, no lo es del todo. Realmente, el hombre proyecta hacia la azul pantalla del firmamento sólo sus propias representaciones sobre sí mismo, sobre el bien y el mal, divinizando (es decir, relacionándolas con “Dios”) sólo sus rasgos reales y enjuiciando (es decir, declarando “alucinaciones diabólicas”) los demás. En todo caso, el hombre se vio obligado desde el inicio a contraponer a sí mismo sus propias fuerzas activas y sus capacidades, representándolas como fuerzas y capacidades de algún otro ser, para verlas como un “objeto” fuera de sí y valorarlas críticamente, a fin de, en adelante, apropiarse sólo de aquellas que conduzcan al mal. Estuvo obligado a esto, precisamente, porque otro espejo, fuera de la bóveda celestial, no tenía entonces; y sin espejo, contemplarse a sí mismo, evidentemente, es imposible.

Pero, no nos queda del todo claro por qué y para qué en lo sucesivo realizar el “autoconocimiento del hombre”, bajo la forma del “conocimiento de Dios”. ¿Para qué mirarse en el espejo del cielo cuando ya han sido creados espejos mucho más perfectos y claros, que reflejan al hombre todos los detalles de su propia imagen?. Claro, la religión solamente es un espejo, pero un espejo primitivo y, por tanto, muy opaco y, además, bastante curvo, cuya superficie, así como la “bóveda celeste”, posee una pérfida curvatura. Este aumenta, aumentándolo hasta dimensiones cósmicas, todo lo que se refleja en él, y, como espejo esférico, invierte al hombre que en él se mira patas arriba... este refleja en forma aumentada hipertróficamente todo lo que ante él se encuentra y, hasta cierto punto, es parecido al microscopio, que permite ver lo que no es visible al ojo desarmado. ¿Pero qué es lo que atesora el hombre en el cristal de tan original microscopio?. ¿Qué es lo que precisamente ve en el ocular?.

¿El bien y el mal real en sí mismo, en el hombre real?.

Si el asunto fuera así, entonces no habría que buscar mejor espejo que la azul bóveda celeste. Lo malo de esto radica en que el refractor de los cielos religiosos refleja no el bien y el mal real, sino sólo las representaciones del propio hombre sobre lo que es el bien y lo que es el mal. Y ya esto no es ni remotamente la misma cosa. El hombre es capaz, por desgracia, de equivocarse trágicamente es esta cuenta. Entonces, el cristal de aumento de la religión sólo amplía las dimensiones de su error.

La inadvertida y modesta semilla del mal, tomada por su parecido embrión del bien, crece ante sus ojos en montes enteros de flores aromáticas. Y, al contrario, el débil e inmaduro germen de la felicidad humana, tomado equívocamente por germen de la mala hierba, se convierte en gran cardo espinoso, que destila el veneno del pecado y la perdición y –lo más trágico de todo- el hombre verá rosas paradisíacas allí donde afloran sólidas espinas, y huirá del olor de las verdaderas rosas, convencido de que los sentidos lo engañan, de que ante él sólo hay alucinaciones diabólicas, tentaciones.

¿Acaso no pasó con el cristianismo?. ¿Acaso no rezaron los hombres siglos enteros ante la cruz –ese bárbaro cadalso, en la que crucificaron al hombre, al “hijo del hombre”?. ¿Acaso no lloraron de conmoción, viendo el semblante de “el Salvador” demacrado y cubierto de sudor crucificado, para alegría de los fariseos?. ¿Acaso no vieron ellos en este cuadro la imagen de la suprema dicha y el honor divino?. Lo vieron y rezaron. La iglesia cristiana siglos enteros se esforzó por inculcar a la gente que el objetivo superior y la predestinación del hombre implica la preparación para la vida de ultratumba, hacia la vida eterna, más allá de la sepultura. Lo real está en la tumba. Para lograr una vida eterna de forma más rápida y segura es necesario comportarse de acuerdo a formas y modos. Si está dado el objetivo del movimiento, entonces habrá que escoger los caminos a él adecuados: maceración de la carne y sus tentaciones, renuncia a la felicidad del “más acá”, sumisión al destino y al poder de los poseedores, oración y ayuno –la senda más fiable hacia la tumba -. Entonces, el “mejor hombre” resultaría ser el monje asceta en deplorables harapos, atados con una soga, y la representación del “mejor hombre”, poetizada por la fantasía, miraba a los hombres desde todos los iconos con los tristes ojos de “el Salvador” crucificado. La senda hacia él es la senda hacia el Calvario, hacia el sufrimiento redentorio, hacia la autodestrucción, la autoflagelación, hacia la liberación de las suciedades y vilezas de la existencia terrestre.

Y en los largos siglos del medioevo feudal el hombre adoptó el ideal cristiano y las vías de su realización, como la única imagen exacta y posible de la esencia superior del mundo y de la vida.

¿Por qué?. Sencillamente porque la especie sagrada del “Salvador” fue el espejo exacto que reflejaba al hombre su propia figura, agotada y cubierta de sudor por el miedo y el sufrimiento, la figura del “redimido” porque, tal como sea el hombre real, así será su Dios. Muy sencillo.

Siendo así, los cielos de la religión reflejan al hombre no como “debe ser”, sino como en la realidad es. Con todos sus más y sus menos. Pero, los menos se reflejan en tal espejo no como menos, sino como más, y viceversa. Además, en modo alguno aquí se eligen las sendas en dependencia del objetivo escogido, sino, por el contrario, el propio objetivo se perfila en correspondencia con las sendas que tomó el hombre: su dirección sencillamente se abre camino en la fantasía hasta el final, hasta el punto que alcance la mirada.

Por el ícono se puede determinar con bastante exactitud cómo es el hombre real y por qué vías él marcha en su vida, hacia dónde va. Si hace falta o no ir en esta dirección, en el ícono no lo leerás. El ícono prohibe incluso hacer tal cuestionamiento, por algo es un ícono.

El servilmente refleja al hombre su propia cara, se la presenta tal como es en la realidad, pero –y aquí está su astucia- encierra su reflejo en la moldura dorada del respeto y la adoración. Por eso, los iconos e ideales de la religión simple y sencillamente son una forma de la convivencia estético-moral del hombre consigo mismo, es decir, con sus propios modos de existencia y visión actuales: son la secularización en la conciencia, en la fantasía, en la representación poética, del “ser presente” del Hombre. En forma de ícono, el ser actual y la conciencia del hombre se convierten en ídolo al que hay que rezar y adorar, y si el ícono se convierte a los ojos del creyente en ideal, en la imagen de un mejor porvenir, entonces el ideal, imperceptible para él mismo, se transforma en ídolo.

Tal es el mecanismo de la “autoconciencia” religiosa, su esencia en modo alguno resultado de errores y equívocos. Pues, el mecanismo está montado con el cálculo de que el hombre se mire a sí mismo como a un ser diferente, olvidándose de que se ve sólo a sí mismo.

Precisamente, en esto se encierra la “diferencia específica” de la forma religiosa de “autoconciencia” respecto a cualesquiera otras: en la ausencia de conciencia sobre el hecho de que, bajo la forma de Dios, el hombre ve su propia imagen. Si la “especificidad” (la ausencia de tal conciencia) desaparece, entonces, en lugar de religión tenemos ante nosotros otra forma de “autoconciencia”, bastante parecida a aquella: el arte.

El arte también es un espejo. Hasta hoy día el hombre, por ejemplo en el teatro, representándose en la escena a sí mismo, cómodamente sentado en la platea, se esfuerza en mirar su propia representación, algo así como del otro lado, como objeto de concientización y valoración. Concientizando todo lo que acontece en la escena, o en la pantalla, toma conciencia sólo de sí mismo y, tanto más claro y mejor, cuanto más claro y mejor la pantalla le refleje su propia cara.

Pero, a diferencia del espejo religioso, el espejo artístico no crea, sino que, por el contrario, disipa la ilusión fatídica. Este presupone directamente que el hombre se ve en él a sí y sólo a sí mismo. Por eso, la religión se enoja siempre con el verdadero arte, con el espejo en el que se ve sólo aquel que realmente quiere verse y concientizarse a sí mismo, y no sus fantasías.

Si el hombre va a mirar al espejo, comprendiendo que ante él no hay nada más que un espejo, entonces concluirá: ningún Dios, sólo mi Yo mira hacia mí a través de un cristal transparente en el marco. Y si no me gusta la fisonomía del que me mira, significa entonces que Yo, en definitiva, no soy tal, ni como me he creído hasta ahora, ni como quisiera verme. Por eso, no acuses al espejo de inclinación pérfida a la falsificación, sino intenta hacerte tal y como tú quisieras verte. Entonces, tanto en el espejo del arte como en el de la ciencia, te verás así. No antes.

¿Y cómo tú quisieras verte?.

He aquí la dificultad; esto no te lo podrá decir un espejo verídico y sincero. Aquí se exige otro espejo, el cual presentará lo deseado por real, reflejará en su superficie no la situación real de las cosas, sino los sueños, y dibujará no al hombre real, sino su ideal, al perfecto hombre ideal, al hombre, tal y como debe ser, de acuerdo a sus propias representaciones sobre sí mismo.

¿Pero, acaso no ha pretendido hacer esto cualquier religión?- ¿Acaso el hombre del renacimiento no halló precisamente en los dioses de Grecia, tallados en mármol, los rasgos de los “hombres perfectos” ?.

¿O puede que el ideal cristiano sólo fuera un extravío temporal, consecuencia de un error trágico, el cual se puede rectificar y en lo adelante no ser repetido?. ¿Puede que los hombres en forma de Jesús crucificado, endiosaran en sí mismos no lo que correspondiera endiosar?. ¿Puede que sea necesario dibujar un nuevo ícono, darse a sí mismo en forma figurada un nuevo ideal (prototipo del Hombre perfecto) e imitar en todo al nuevo Dios?.

Mucho más si tales dioses (los rasgos bellos, fuertes, talentosos, auténticos del perfeccionamiento humano) ya fueron creados alguna vez por la poderosa fantasía humana y plasmados en el mármol de las antiguas estatuas... Las mismas estatuas que el hombre, empezando a adorar a “El Salvador” crucificado, tomó como representación de los rasgos dañinos y de las tentaciones pecaminosas de las brujas. Las estatuas que con brazos quebrados y narices rotas, e incluso descabezadas, quedaron humanamente bellas. ¿Pudiera ser que el hombre, si se empezara a comparar en su vida a ser bello, sabio y potente?.

Y a finales del siglo XV y principios del XVI surgió un nuevo ideal: el ideal del renacimiento de la belleza antigua, de la fuerza y la inteligencia del hombre. En los dioses griegos los hombres encontraron su modelo, en Zeus y Prometeo, en Afrodita y Niké de Samotracia. Significa entonces que en el propio hombre se confunden las representaciones sobre el bien y el mal: en sí mismo el hombre empezó a tomar por bello lo que antes se tomaba como deformidad lujuriosa: por inteligencia, lo que hasta el momento se trató como locura pagana y dejó de tomar la debilidad por fuerza y viceversa.

Chocaron dos ideales (dos imágenes, dos caracterizaciones, dos “modelos” del hombre perfecto). ¿Por la imagen de cuál de ellos corresponde crear, o más exactamente, recrear el hombre real, pecador?.

Pero, en tal caso se pregunta: ¿A qué y a quién molesta la firma “David” en el zócalo de la estatua de Miguel Angel, que presenta al joven bello, fuerte y sagaz?. ¿No quedaría aquí de la religión sólo nombres y denominaciones?. Y entonces, ¿qué diferencia hay?. ¿En qué se diferencia en este caso –por su tarea real y sus funciones- un reflejo de tal arte de un ícono?. Al fin y al cabo, ¿acaso no colgó la “Madonna Sixtina” siglos enteros en el altar de la vieja iglesita, antes de cambiar su habitación por una más clara y cómoda?. ¿Varió algo en ella cuando abandonó el servicio en una institución religiosa, para trabajar en un museo de pintura?.

Lo principal, razonaron los pensadores, no son los nombres ni las denominaciones, grabados en los moldes de los iconos. Lo principal es la comprensión o no de que en los iconos está representado el Hombre, el propio Hombre y de ningún modo un ser existente fuera o antes de él bajo el nombre de Dios. Lo principal es comprender que Dios es sólo un sinónimo y un seudónimo del Hombre con mayúsculas, del hombre ideal, por cuya imagen corresponde en adelante formar a los hombres.

En resumen, si comprendemos correctamente la religión, es decir, no como medio de conocimiento de Dios, sino como medio de autoconocimiento del Hombre, entonces todo se sitúa en su lugar. ¿Para qué, entonces, han de luchar el arte y la ciencia contra la religión?. Hace falta sencillamente dividir de forma razonable las obligaciones: la ciencia y el arte sobrio van a reflejar lo que hay, y la religión y el arte orientado hacia la misma tarea reflejarán lo que debe ser, es decir, crear al Hombre un ideal de su propio autoperfeccionamiento.

¿Qué diferencia hay entre bautizar este ideal con un nombre tomado prestado de la biblia, de los santorales ortodoxos o de un calendario sin santoral?. Lo importante es que el ideal fuera dibujado en esencia correctamente para que diera al Hombre una dirección exacta en los caminos del autoperfeccionamiento moral, físico e intelectual, y no lo condenara (como en el pasado el cristianismo) a la degradación voluntaria, a la decadencia física e intelectual. Llamarlo divino o no, es indiferente del todo.

Pareciera que tal razonamiento pudiera totalmente satisfacer a la religión: a ella se le asignaría un rol del todo honorable y respetable en la división del trabajo. Pero la colaboración –no se sabe por qué- no resultó. La religión con indignación rechazó la nueva explicación de su rol y se negó a cumplir la responsabilidad propuesta a ella. ¿Por qué?. ¿Qué precisamente no le satisfacía del razonamiento alegado y de sus conclusiones?. ¿Acaso ella en la práctica no jugaba, hasta el momento, el rol señalado, independientemente de sus propias ilusiones?. ¿O no será que esta explicación no abarcaba, en cuanto a los mecanismos de la autoconciencia religiosa, algo muy importante y principal, sin lo cual no hubiera religión?.

Ciertamente, algo no abarcaba. Y la religión, negándose a los roles y las funciones propuestas por gente benévola, estaba en lo cierto. Ella se entendía a sí misma mejor que sus intérpretes. El secreto consistía sólo en que la religión nunca jugó ni podía jugar aquel rol que le atribuía gente tan benévola. Ella jugaba precisamente un papel contrario, y hacia el cumplimiento de este último fueron adaptados todos los mecanismos de su sistema reflejo.

Y es, precisamente, esto: todo el sistema de imágenes religiosas en ningún momento dibujaba al Hombre tal y como “debía ser” o “debía transformarse”, como resultado del autoperfeccionamiento. Al contrario, ella –la religión- lo dibujaba tal como era y como debía mantenerse. Ella siempre daba el “ser actual” del Hombre por ideal, más allá de los límites máximos de cualquier perfeccionamiento posible, en el cual el Hombre no debe y no puede entrar. Representando al Hombre, la religión lo representaba no como Hombre, sino como Dios, como un “ser supremo” fuera del Hombre, antes del Hombre y sobre el Hombre, dictándole al Hombre precisamente aquel modo de existencia que él hasta el momento había practicado.

Desde el punto de vista de la religión, el Hombre con mayúscula no puede y no debe ocuparse de ningún tipo de “autoperfeccionamiento”. Autoperfeccionarse pueden y están obligados a hacerlo, sólo los “hombres” por separado. Estos están obligados a esforzarse en parecerse a la imagen del Hombre, que aquí se da –bajo el nombre de Dios- a un ideal eterno, prístino y que no dé lugar a dudas, a un patrón de perfección. Y el patrón, de acuerdo a su propio concepto, no se bebe cambiar en este sentido, el patrón cristiano de perfección es parecido a aquella regla de platino, conservada en París, que se le llamó “metro”.

La religión siempre se opuso –como a la herejía más terrible- a la tesis de que Dios fue hecho por el Hombre a su imagen y semejanza. Ya que en tal caso el Hombre, si cambiara por sí mismo, si se comprendiera mejor (más exactamente: cuanto antes encontrara la medida de su propia perfección), estaría en el derecho de “precisar” también su patrón. Entonces, estaría en el derecho de re-crear a Dios, en el derecho, incluso, de cambiarlo por uno más conveniente, de elegir a Dios por su tamaño, construir un nuevo modelo de perfección.

Por eso, como forma de ideal religioso, al Hombre se le propone la imagen de su propio ayer. La religión siempre relacionó el “Siglo de Oro” con el pasado. En otras palabras, los mecanismos de la conciencia religiosa, en esencia, están adaptados para representar el día de ayer como el ejemplo, y el de hoy como el “ayer corrompido”, como resultado de la “caída” del hombre de Dios.

Por eso, se inclina hacia el temperamento religioso aquella gente que –a fuerza de unas u otras causas- les toca vivir día tras día cada vez peor y peor, precisamente aquella gente, a la cual el “progreso” no le trae nada, como no sea infelicidad. Y tienen razón: para ellos ayer se estuvo mejor que hoy y sueñan con hacer el futuro parecido al pasado. Su justeza precisamente la refleja la religión, y el ideal religioso es solamente el día de ayer idealizado.

“Idealizado” significa aquí representado únicamente a partir de los “plus” y meticulosamente desprovisto de todos los “menos”, sin los cuales los “plus”, -¡ay!- no pudieron ni pueden existir. A fuerza de las particularidades del ideal religioso, este siempre engaña terriblemente a los hombres. El intento de formar el futuro según la imagen de un pasado idealizado lleva a que, junto a los deseados “plus”, el Hombre –quiera o no quiera- reproduce los “menos” al unísono e inseparablemente unidos a aquellos...

Así ocurre, incluso, cuando en calidad de ideal se toman imágenes realmente bellas y humanamente engañadoras del pasado, por ejemplo, los dioses antiguos. Bocetos ideales de la belleza humana, de la fuerza y la sabiduría. Los hombres del renacimiento no comprendieron bien aquella circunstancia infeliz, de que “revivir” a los antiguos dioses, es decir, formar una imagen del contemporáneo a imagen y semejanza de Zeus y Prometeo, Afrodita y Niké, es imposible sin reproducir también todas aquellas condiciones, en cuyo suelo estos dioses pudieron respirar y vivir: en particular, sin establecer el esclavismo, la masa de “instrumentos parlantes”, a cuenta de los cuales vivieron y crearon sus obras los verdaderos artífices de las estatuas de Zeus y Prometeo, aquellos hombres que crearon los dioses antiguos a su imagen y semejanza. Es decir, sin reproducir aquellas mismas condiciones, las cuales, creando los dioses, al mismo tiempo los mataba y crucificaba en la cruz de la nueva fe.

Y caro hubo de pagar el hombre por el conocimiento cuya conclusión era una sencilla y clara verdad: si quieres marchar adelante, aparta de ti todas las ilusiones del ideal religioso, no importa cuán engañoso y maravilloso fuera. No busques el ideal en el pasado, incluso en el más bello. El resultará más trágico mientras más bello aparente ser. Estudia el pasado no sólo del lado de los “más”, sino también del lado de sus inseparables “menos”, es decir, no idealices el pasado; investígalo objetivamente.




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