David K. Lewis "Conocimiento elusivo"



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Tenemos mejor conocimiento cuando tenemos conocimiento más estable: tiene más posibilidades de sobrevivir un cambio de atención en el que comenzamos a atender a posibilidades hasta ahora ignoradas. Si, en este nuevo contexto nos preguntamos qué conocimiento podemos atribuir correctamente a nuestros anteriores yos, podemos descubrir que sólo el mejor conocimiento de nuestros anteriores yos sigue mereciendo tal nombre. Y, sin embargo, si nuestro ignorar pasado resultó adecuado en su momento, incluso el peor conocimiento de nuestros anteriores yos podía haber sido denominado conocimiento en el contexto anterior.

Nuestro conocimiento no se apoya nunca—bueno, casi nunca—sólo en la eliminación y no en el ignorar. De forma que casi nunca es tan bueno como nos gustaría que fuera. En este sentido, la lección del escepticismo es correcta—y lo es de forma permanente y no sólo en el contexto pasajero y especial de la epistemología.20


¿Para qué sirve todo esto? ¿Por qué tener una noción de conocimiento que funciona de la forma descrita? (No es obligatorio hacerse esta pregunta. Basta con observar que [440] se tiene. Pero me atrevo a aventurar que se trata de uno de esos intrincados atajos—como aprobar por los pelos (satisficing), como tener una creencia en un grado indeterminado—a los que recurrimos al no ser lo bastante listos para cumplir con los altos criterios, perfectamente Bayesianos, de racionalidad. No se puede llevar la cuenta de exactamente cuántas posibilidades se han eliminado hasta ahora, por mucho que quisiéramos. Es más fácil seguir la pista de qué posibilidades hemos eliminado si—shh—ignoramos muchas de las posibilidades existentes. Además, es más fácil enumerar algunas de las proposiciones que son verdaderas en todas las posibilidades ni eliminadas ni ignoradas que encontrar proposiciones que sean verdaderas en todas y sólo en las posibilidades ni eliminadas ni ignoradas.

Si se duda de que la palabra ‘saber’ tenga peso alguno en la ciencia o en la metafísica, estoy en parte de acuerdo. La tarea central de la ciencia tiene poco que ver con el conocimiento per se, y más con la eliminación de posibilidades por medio de la evidencia, de la percepción, memoria, etc., y con los cambios que el propio sistema de creencias sufriría, o debería o podría sufrir, bajo el impacto de dichas eliminaciones. Las atribuciones de conocimiento a uno mismo o a otros es una forma muy burda de transmitir información incompleta acerca de la eliminación de posibilidades. Es como si dijéramos:


Las posibilidades eliminadas, por más cosas que puedan además incluir, al menos incluyen todas las posibilidades no-P; o en cualquier caso, todas aquellas excepto algunas que presuntamente estamos dispuestos a ignorar por el momento.
La única excusa para dar información acerca de lo realmente importante de forma tan burda es que al menos es fácil y rápido. Pero es que es fácil y rápido, mientras que dar una información completa y exacta acerca de qué posibilidades han sido eliminadas resulta ser extremadamente difícil, como lo prueba la inútil búsqueda de un ‘lenguaje observacional puro’. Si tengo razón acerca de cómo funcionan las atribuciones de conocimiento, éstas son una aproximación cómoda pero modesta. Pueden en la práctica ser indispensables, del mismo modo en que otras aproximaciones cómodas y modestas lo son.
Si analizamos el conocimiento como una modalidad, como hemos hecho, no podemos evitar la conclusión de que el conocimiento está cerrado bajo [441] implicación (estricta).21 Dretske ha negado que el conocimiento esté cerrado bajo implicación; es más, su diagnóstico es que el cierre es la falacia detrás de los argumentos escépticos. La idea es ésta: la proposición de que tengo manos implica que no soy un ser sin manos y, a fortiori, que no soy un ser sin manos engañado por un demonio para que crea que tengo manos. De esta forma, por el principio del cierre, la proposición de que sé que tengo manos implica que sé que no soy un ser sin manos y engañado. Pero no sé que no soy un ser sin manos y engañado, ya que ¿cómo puedo eliminar esa posibilidad? Así que, por modus tollens, no sé que tengo manos. El consejo de Dretske es que nos resistamos al escéptico negando el cierre. Según él, aunque tener manos implica no ser alguien sin manos y engañado, saber que tengo manos no implica saber que no soy un ser sin manos y engañado. Sé lo primero, no sé lo segundo.22

Lo que Dretske dice se acerca a ser correcto, pero no del todo. El conocimiento está cerrado bajo implicación. Saber que tengo manos implica saber que no soy un ser sin manos y engañado. La implicación conserva la verdad—esto es, la conserva en cualquier contexto dado, fijo. Pero si en mitad del proceso cambiamos de contexto, se cancelan las apuestas. Digamos: (1) los cerdos vuelan; (2) lo que acabo de decir tiene menos de seis sílabas (verdadero); (3) lo que acabo de decir tiene menos de siete sílabas (falso). Así que, ¿‘menos de seis’ no implica ‘menos de siete’? ¡No! El contexto ha cambiado en el proceso, el valor semántico de la oración dependiente del contexto ‘lo que acabo de decir’ ha cambiado con él. De igual modo, en el argumento escéptico el contexto ha cambiado en el proceso y el valor semántico de la palabra dependiente del contexto ‘saber’ ha cambiado con él. La premisa ‘sé que tengo manos’ era verdadera en su contexto cotidiano, donde la posibilidad de demonios engañosos fue adecuadamente ignorada. La mera mención de tal posibilidad ha cambiado el contexto en el proceso. La [442] conclusión ‘sé que no soy un ser sin manos y engañado’ era falsa en su contexto, porque ése era un contexto en el que la posibilidad de demonios engañosos había sido mencionada, por tanto no estaba siendo ignorada, y por tanto no estaba siendo adecuadamente ignorada. Dretske acierta con respecto al fenómeno, y creo que también en su diagnóstico del escepticismo; lo que ocurre es que clasifica erróneamente lo que percibe. Cree que es un fenómeno de la lógica, cuando en realidad es un fenómeno de la pragmática. El cierre, correctamente comprendido, pasa la prueba. Si evaluamos la verdad de la conclusión, no con respecto al contexto en el que fue proferida, sino con respecto al contexto en el cual la premisa fue proferida, entonces la verdad se conserva. Y si, per impossibile, la conclusión hubiera sido afirmada en el mismo contexto inalterado que la premisa, la verdad se habría conservado.

Hay un problema, suscitado por Saul Kripke, centrado en el cierre del conocimiento bajo implicación. P implica que cualquier evidencia contra P es engañosa, de forma que, por el cierre, cuando sabemos que P sabemos que cualquier evidencia contra P es engañosa. Y si sabemos que la evidencia es engañosa no deberíamos hacerle caso. Cuando sabemos—y sabemos mucho, recordémoslo—no deberíamos hacer caso a la evidencia que tiende a sugerir que nos equivocamos. Pero esto es absurdo. ¿Deberíamos esquivar la conclusión negando el cierre? No lo creo. Una vez más, mi diagnóstico es un cambio de contexto. Inicialmente se estipuló que S sabía, de donde se seguía que S ignoraba adecuadamente todas las posibilidades de error. Pero al continuar la historia resulta que hay evidencia disponible que apunta a alguna posibilidad de error en concreto. Entonces, por la Regla de la Atención, dicha posibilidad ya no puede ser adecuadamente ignorada, sea por el propio S o por aquellos que estamos contando la historia de S. La aparición de esa evidencia destruye el conocimiento de S y, por tanto, destruye el derecho de S a ignorar la evidencia por si estuviera equivocado.

Existe otra razón, distinta de la de Dretske, por la que podríamos dudar del cierre. Supongamos que dos o más premisas implican conjuntamente una conclusión. ¿No podría alguien compartimentalizado en su pensamiento—como todos lo estamos—conocer cada una de las premisas y al mismo tiempo no ser capaz de juntarlas en un mismo compartimento? ¿No sería entonces incapaz de conocer la conclusión? Sí. No quisiera alegar idealización-de-la-racionalidad como excusa para ignorar semejantes casos. Pero sí sugiero que no consideremos al pensador compartimentalizado como un todo, sino más bien a cada uno [443] de sus varios compartimentos solapados como nuestros ‘sujetos’. Ésta sería claramente la solución si su compartimentalización fuera un caso de desorden de personalidad múltiple; pero quizá también sea la solución adecuada para casos más leves.23



Un pensador compartimentalizado que se entrega a la epistemología puede destruir su conocimiento, pero también mantenerlo. Imaginemos a dos epistemólogos paseando por el campo. Hablan mientras pasean. Mencionan toda suerte de improbables posibilidades de error. Prestando atención a estas posibilidades normalmente ignoradas destruyen el conocimiento que normalmente poseen. Y sin embargo no dejan de saber dónde están y adónde van. ¿Y eso cómo es posible? El compartimento encargado de la charla filosófica presta atención a las posibilidades improbables de error, mientras que el compartimento encargado de la orientación no lo hace. ¿Qué sabe el pensador compartimentalizado como un todo? Ésta no es una pregunta del todo oportuna. Pero si necesitamos una respuesta, supongo que lo mejor es decir que S sabe que P syss uno de los compartimentos de S sabe que P. Entonces podemos decir lo que querríamos decir de primeras: sí, nuestros paseantes filosóficos siguen sabiendo dónde están.
La dependencia del contexto no se limita a ignorar y a no ignorar las posibilidades improbables. He aquí otro caso, el pobre Bill. Derrocha todo su dinero en apuestas, carreras y lotería. Será un esclavo de su sueldo toda su vida. Sabemos que nunca se hará rico. Pero si le toca la lotería (si le toca mucho dinero) se hará rico. Por usar el contrapositivo: el que nunca sea rico, además de otras cosas que sabemos, implica que no le tocará. Así que, por cierre, si sabemos que nunca será rico, sabemos que no le tocará. Pero, al discutir el caso de antes, llegamos a la conclusión de que no podemos saber que no le tocará. Todas las posibilidades en las que a Bill no le toca y a otra persona sí, se asemejan notablemente a la posibilidad en la cual a Bill le toca y a los demás no; una de esas posibilidades es real; de manera que por las Reglas de la Realidad y de la Similitud, no se puede ignorar adecuadamente la posibilidad de que a Bill le toque. Pero existe un cierto resquicio: se precisaba que la similitud fuera notable. El que algo sea notable, como el que algo pueda ser ignorado, varía según el contexto. Antes, al explicar [444] cómo la Regla de la Similitud se aplicaba a la lotería, me aseguré de que la similitud entre las muchas posibilidades determinadas por el número de boletos fuera suficientemente notable. Pero ahora, al sentir lástima por las costumbres del pobre Bill y no por su suerte, la similitud de las muchas posibilidades no es tan notable. Aquí, la posibilidad de que a Bill le toque es adecuadamente ignorada; así que es correcto decir que sabemos que nunca será rico. Pero después cambié el contexto. Mencioné la posibilidad de que a Bill le pudiera tocar, por lo que esa posibilidad dejó de ser adecuadamente ignorada. (Quizá haya dos razones distintas por las que deje de ser adecuadamente ignorada ya que también he hecho más notable la similitud entre la muchas posibilidades.) Al principio era verdad que sabíamos que Bill nunca sería rico. Y en ese momento también era verdad que sabíamos que no le tocaría—pero sólo lo era en la medida en que no lo decíamos (y quizá en que no lo pensábamos). Tras el cambio de contexto ya no era verdad que supiéramos que no le tocaría. Aquí tampoco era verdad que supiéramos que nunca sería rico.
Pero, un momento, ¿no hay aquí gato encerrado? ¿No estoy diciendo lo que, de acuerdo con mis planteamientos, no puede ser dicho? (Ni silbado tampoco.) Si lo que he contado es verdad, ¿cómo he podido contarlo? Dicho siguiendo la moda, ¿no hay un problema de reflexividad? ¿No se deconstruye a sí misma mi historia?

Esto es lo que he mantenido: S sabe que P syss la evidencia de S elimina toda posibilidad en la que no-P—shh—excepto aquellas posibilidades que ignoramos adecuadamente. Ese ‘shh’ indica un intento de hacer lo imposible—mencionar aquello que sigue sin ser mencionado. Estoy seguro de que has conseguido fingir que he tenido éxito, pero yo no puedo hacerlo.

También he dicho que cuando practicamos la epistemología y prestamos atención al ignorar posibilidades adecuadamente hacemos que el conocimiento se desvanezca. Primero sabemos y luego no. Pero estaba practicando epistemología cuando lo decía. Las posibilidades no eliminadas no estaban siendo ignoradas, al menos no en ese momento. Entonces, ¿qué derecho tenía a decir que antes sabíamos?24

[445] En el intento de abrir camino entre el lecho del falibilismo y el remolino del escepticismo bien podría parecer que he sido víctima de ambos a la vez. Pues, ¿no he dicho que existen todas esas posibilidades no eliminadas de error? Y sin embargo, ¿no sostengo que sabemos mucho? Y al tiempo, ¿no afirmo que el conocimiento es, por definición, conocimiento infalible?

He mantenido las tres cosas. ¡Pero no todas a la vez! Y si lo he hecho no era más que un atajo argumentativo que ha de ser tomado con un poco de sal. Para hacer llegar mi mensaje, he transgredido las reglas. ¿Qué pasa si he tratado de silbar lo que no puede decirse? Me he apoyado en el principio esencial de la pragmática, que invalida todas las reglas que he mencionado: hay que interpretar el mensaje de forma que tenga sentido, que sea consistente y que decirlo sea sensato.

Cuando se depende del contexto la inefabilidad puede ser banal y nada misteriosa. ¡Esperad! [momento de silencio] Quizá me habría gustado decir, en su lugar, ‘Que nadie diga nada’. Era verdad aunque no pudiera decirlo con verdad, ni tampoco silbarlo. Ya que al decirlo, o al silbarlo, lo habría hecho falso.



Podría haber dicho lo que tenía que decir de forma directa y clara, sin transgredir regla alguna. Habría sido cansino, pero se podría haber hecho. El secreto estaría en recurrir al ‘ascenso semántico’. Podría haber tenido buen cuidado de distinguir entre (1) el lenguaje que uso al hablar de conocimiento, o lo que sea, y (2) el segundo lenguaje que uso al hablar del funcionamiento semántico y pragmático del primer lenguaje. Si lo que quieres es oír mi historia contada de ese modo, probablemente sepas lo bastante para hacerlo tú mismo. Si puedes, entonces mi presentación informal habrá valido la pena.

 Publicado originalmente en Australasian Journal of Philosophy 74 (1996) 549-67. Gracias a las muchas discusiones valiosas de este trabajo. Gracias sobre todo a Peter Unger; y a Stewart Cohen, Michael Devitt, Alan Hájek, Stephen Hetherington, Denis Robinson, Ernest Sosa, Robert Stalnaker, Jonathan Vogel y a un evaluador del Australasian Journal of Philosophy. Gracias también a la Boyce Gibson Memorial Library y al Ormond College.

1 La sugerencia de que las atribuciones de conocimiento pueden convertirse en falsas en el contexto de la epistemología puede encontrarse en Barry Stroud, “Understanding Human Knowledge in General” en Marjorie Clay y Keith Lehrer (eds.), Knowledge and Skepticism (Boulder, Westview Press, 1989) y en Stephen Hetherington, “Lacking Knowledge and Justification by Theorising About Them” (conferencia en la University of New South Wales, agosto 1992). Ninguno de ellos lo cuenta como yo, pero es posible que sus versiones no estén en conflicto con la mía.

2 A no ser que, como algunos hacen, definamos ‘justificación’ simplemente como ‘aquello necesario para convertir la opinión verdadera en conocimiento’ independientemente de si lo necesario involucra un argumento sostenido por razones.

3 El problema de la lotería se introdujo en Henry Kyburg, Probability and the Logic of Rational Belief (Middletown, CT, Wesleyan University Press, 1961), y en Carl Hempel, “Deductive-Nomological vs. Statistical Explanation” en Herbert Feigl y Grover Maxwell (eds.), Minnesota Studies in the Philosophy of Science, Vol. II (Minneapolis, University of Minnesota Press, 1962). Se ha discutido mucho desde entonces, tanto como un problema para el conocimiento como para nuestro concepto cotidiano, no cuantitativo, de creencia.

4 El caso del testimonio se ha discutido menos que los otros; no obstante, ver C. A. J. Coady, Testimony: A Philosophical Study (Oxford, Clarendon Press, 1992) pp. 79-129.

5 Sigo a Peter Unger, Ignorance: A Case for Skepticism (New York, Oxford University Press, 1975). Pero no dejaré que me lleve al escepticismo.


6 Ver Robert Stalnaker, Inquiry (Cambridge, MA, MIT Press, 1984) pp. 59-99.

7 Ver mi “Attitudes De Dicto and De Se”, The Philosophical Review 88 (1979) pp. 513-543; y R.M. Chisholm, “The Indirect Reflexive” en C. Diamond y J. Teichman (eds.), Intention and Intentionality: Essays in Honour of G.E.M. Anscombe (Brighton, Harvester, 1979).

8 Peter Unger, Ignorance, capítulo II. Discuto este caso y brevemente adelanto este artículo en “Scorekeeping in a Language Game”, Journal of Philosophical Logic 8 (1979) pp. 339- 359, esp. pp. 353-355.

9 Ver Robert Stalnaker, “Presuppositions”, Journal of Philosophical Logic 2 (1973) pp. 447-457; y “Pragmatic Presuppositions” en Milton Munitz y Peter Unger (eds.), Semantics and Philosophy (New York, New York University Press, 1974). Ver también mi “Scorekeeping in a Language Game”. La definición planteada en términos de presuposiciones se asemeja al tratamiento del conocimiento en Kenneth S. Ferguson, Philosophical Scepticism (Cornell University, tesis doctoral, 1980).

10 Ver Fred Dretske, “Epistemic Operators”, The Journal of Philosophy 67 (1970) pp. 1007-1022, y “The Pragmatic Dimension of Knowledge”, Philosophical Studies 40 (1981) pp. 363-378; Alvin Goldman, “Discrimination and Perceptual Knowledge”, The Journal of Philosophy 73 (1976) pp. 771-791; G.C. Stine, “Skepticism, Relevant Alternatives, and Deductive Closure”, Philosophical Studies 29 (1976) pp. 249-261 y Stewart Cohen, “How to be A Fallibilist”, Philosophical Perspectives 2 (1988) pp. 91-123.

11 Algunas de ellas, aunque sólo algunas, están recogidas de los autores que acabo de citar.

12 En lugar de complicar la Regla de la Creencia como lo he hecho, podría igualmente haber introducido por separado una Regla de Altos Riesgos que dijera que cuando el error fuera especialmente desastroso sería adecuado ignorar pocas posibilidades.

13 A.D. Woozley, “Knowing and Not Knowing”, Proceedings of the Aristotelian Society 53 (1953) pp. 151-172; Colin Radford, “Knowledge - By Examples”, Analysis 27 (1966) pp. 1-11.

14 Ver Edmund Gettier, “Is Justified True Belief Knowledge”', Analysis 23 (1963) pp. 121-123. Los diagnósticos han sido muy variados. Los cuatro ejemplos que siguen proceden de: (1) Keith Lehrer y Thomas Paxson Jr., “Knowledge: Undefeated True Belief”, The Journal of Philosophy 66 (1969) pp. 225-237; (2) Bertrand Russell, Human Knowledge: Its Scope and Limits (London, Allen and Unwin, 1948) p. 154; (3) Alvin Goldman, “Discrimination and Perceptual Knowledge”, op. cit.; (4) Gilbert Harman, Thought (Princeton, NJ, Princeton University Press, 1973) p. 143. Aunque el problema de la lotería es otro caso de creencia justificada verdadera sin conocimiento, no se cuenta normalmente entre los problemas de Gettier. Es interesante encontrar que se presta a la misma cura.

15 Ver Alvin Goldman, “A Causal Theory of Knowing”, The Journal of Philosophy 64 (1967) pp. 357-372; D.M. Armstrong, Belief, Truth and Knowledge (Cambridge, Cambridge University Press, 1973).

16 Ver mi “Veridical Hallucination and Prosthetic Vision”, Australasian Journal of Philosophy 58 (1980) pp. 239-249. John Bigelow propone pensar en general sobre los procesos que producen conocimiento a partir del modelo de los procesos de la visión.

17 Ver Catherine Elgin, “The Epistemic Efficacy of Stupidity”, Synthese 74 (1988) pp. 297-311. La ‘eficacia’ tiene muchas formas; algunas tienen que ver con el conocimiento (bajo análisis rivales), otras con la creencia justificada. Ver también Michael Williams, Unnatural Doubts: Epistemological Realism and the Basis of Scepticism (Oxford, Blackwell, 1991) pp. 352-355, sobre la inestabilidad del conocimiento frente a la reflexión.

18 Los casos mixtos son posibles: Fred ignora adecuadamente la posibilidad M1 que Ted elimina; sin embargo, Ted ignora adecuadamente la posibilidad M2 que Fred elimina. Ted ha mirado en todos lo cajones del escritorio pero no del archivador, mientras que Ted ha hecho lo contrario. El conocimiento de Fred de que Possum no está en el estudio es mejor en un sentido, el de Ted en otro.

19 Para decir con verdad que se sabe que X debo estar ignorando adecuadamente cualquier posibilidad de que no-X, mientras que para decir con verdad que Y se sabe mejor que X debo prestar atención a algunas de esas posibilidades. Así que no puedo decir ambas cosas en un mismo contexto. Si digo ‘X se sabe, pero Y se sabe mejor’, el contexto cambia en mitad de la frase: algunas posibilidades antes ignoradas no pueden seguir siéndolo. Esto puede ocurrir fácilmente. Más difícil resulta si lo decimos al revés—‘Y se sabe mejor que X, pero incluso X se sabe’—porque de pronto tenemos que empezar a ignorar posibilidades previamente no ignoradas. Esto, en realidad, no puede hacerse, pero podemos transgredir las reglas y fingir que lo hacemos, y sin duda se nos entendería lo bastante bien. Decir que ‘X es liso pero Y es más liso’ (esto es, ‘X no tiene ninguna irregularidad pero Y tiene menos o más pequeñas irregularidades’) es un caso paralelo. Aún peor suena ‘Y es más liso, pero incluso X es liso’, y sin embargo no es totalmente absurdo.

20 Gracias a Stephen Hetherington. Aunque sus ideas acerca del conocimiento mejor y peor pertenecen a un análisis bastante distinto del mío, permiten ser transplantadas.

21 Una versión en teoría de la demostración (proof theory) del principio de cierre se encuentra en todas las lógicas modales ‘normales’: si la lógica da validez a una inferencia desde cero o más premisas a una conclusión, también la da a una inferencia que resulta de prefijar el operador de necesidad a cada premisa y a la conclusión. Más aún, esta regla es todo lo que necesitamos para pasar de la lógica clásica de enunciados a la menos normal de las lógicas modales. Ver Brian Chellas, Modal Logic: An Introduction (Cambridge, Cambridge University Press, 1980) p. 114.

22 Dretske, “Epistemic Operators”. Mi respuesta sigue la línea de Stine, “Skepticism, Relevant Alternatives, and Deductive Closure”, op. cit., y (más de cerca) Cohen, “How to be a Fallibist”, op. cit.

23 Ver Stalnaker, Inquiry, pp. 79-99.

24 Aún peor: ¿con qué derecho puedo incluso decir que estábamos en posición de decir con verdad que sabíamos? Entonces estábamos en un contexto donde ignorábamos adecuadamente algunas posibilidades de error no eliminadas. Ahora estamos en un contexto donde ya no las ignoramos. Si ahora discuto retrospectivamente la verdad de lo que se dijo entonces, ¿qué contexto lo determina, el de ahora o el de entonces? Dudo de que haya una respuesta general, aparte del principio habitual de que debemos interpretar lo que se dice de forma que el mensaje tenga sentido.


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