Días verdes en Brunei



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Días verdes en Brunei
Dos hombres pescaban en el corroído borde de una plataforma petrolífera. Después de años de decrepitud, los pilares de hormigón de la plataforma estaban cubiertos de lapas y ondulantes manojos de algas. El aire olía a óxido y sal.
-Lamento perturbar sus planes -dijo el ministro-. Pero no podemos recurrir a los yanquis cada vez que se encuentre con un pequeño contratiempo. -El ministro rebobinó su carrete y reveló un anzuelo desnudo. Maldijo suavemente en su malayo nativo-. Déme otro cebo, hay una buena pieza.
Turner Choi extendió la mano hacia el cubo de madera con los cebos y le dio al ministro una gran gamba muerta.
-Pero necesito ese enlace telefónico -dijo Turner-. Sólo durante unas horas. El tiempo suficiente para acceder a la red norteamericana y cargar documentación un poco mejor.
-Qué lata de jerga —dijo el ministro, que era conocido formalmente como el Yang Teramat Pehin Orang Kaya Amar Diraja Dato Seri Paduka Abdul Kahar. Era ministro de política industrial del Sultanato de Brunei Darussalam, una diminuta nación en la costa norte de la isla de Borneo. Los títulos de la aristocracia de Brunei eran inversamente proporcionales al tamaño del país.
-Nos ahorraría un montón de tiempo, tuan ministro -dijo Turner-. Esos robots están programados en un lenguaje obsoleto, cuarenta años de antigüedad. Estrictamente neanderthal.
El ministro enganchó diestramente su anzuelo y lo lanzó.
-Ya sabía usted antes de venir aquí lo que siente el sultanato sobre el orden del mundo de la información. Tendrá que resolver esta situación por su cuenta.
-¡Pero tardaremos semanas, meses tal vez, con un trabajo de tres horas! -dijo Turner.
-Mi querido amigo, esto es Borneo -replicó benignamente el ministro-. Deje de mirar su reloj y preste un poco de atención a conseguirnos la cena.
Turner suspiró y rebobinó su caña. Tras él, la población de pescadores dayaks se acuclillaba sobre la vieja pista para helicópteros, arreglando redes y masticando nueces de bonga.
Era otro lento viernes en Brunei Darussalam. Al otro lado de la pequeña bahía, Brunei Town se alzaba a la luz tropical, con sus deslumbrantes techos adornados con tejados solares de fabricación casera, molinos de viento y abultados balcones invernadero. La mezquita de dorada cúpula del muelle quedaba rodeaba por el alto legado de los edificios correspondientes al boom del petróleo del siglo xx; cuadrados bloques de oficinas, ahora extrañamente transmutados en granjas urbanas.
Brunei Town, la capital del sultanato, tenía cien mil ciudadanos: malayos, chinos, ibanos, dayaks, y un goteo de europeos. Pero era una ciudad silenciosa. No había coches. Ni aeropuerto. Ni televisión. Desde la distancia recordaba a Turner un viejo cuento de hadas occidental: la Bella Durmiente, y sus paredes irregulares con las cascadas de vegetales parecían un centenar de castillos envueltos de espinos. Los bruneianos parecían sonámbulos, aislados del mundo, envueltos en el encantamiento de su propia ideología.
Turner volvió a colocar un cebo en su anzuelo, impaciente por estar apartado de la línea de producción. El ministro parecía más interesado en convertirle que en dejarle trabajar. Para los bruneianos, los robots eran sólo otro inútil recuerdo de su romance ya muerto con Occidente. La vieja línea de montaje de robots hacía veinte años que no se utilizaba, desde principios de siglo.
Y, sin embargo, el gobierno real había decidido reconvertir la línea de robots para un nuevo proyecto. Habían recurrido a Kyocera, una multinacional japonesa, en busca de ayuda técnica. Kyocera había enviado a Turner Choi, uno de sus nuevos reclutas, un chino-canadiense de veintiséis años, ingeniero por Vancouver.
No era un gran trabajo (una especie de arqueología industrial cuyas herramientas principales eran cables y un martillo de punta), pero era el primero de Turner, y pretendía tener éxito. Los bruneianos eran relajados hasta el punto del coma, pero Turner Choi tenía todo un futuro por delante con Kyocera. A la larga, seria Kyocera quien juzgaría su trabajo aquí. Y a Turner se le estaba acabando el tiempo.
El ministro, aullando triunfalmente, tiró con fuerza de su caña. Un pez grueso y moteado rompió la superficie, coleando. Turner decidió romper las reglas y al infierno con todo.

La asociación de vecinos local, el kampong, exhibía una película gratis en el pequeño parque catorce pisos por debajo de la ventana de Turner. Brillantes imágenes se arrastraban contra el muro de una fábrica cercana.


Turner echó un vistazo a través de las persianas. Había estado observando el parpadeo toda la noche mientras terminaba su chapuza ilegal.
Los bruneianos, como todos los malayos, adoraban las historias de fantasmas. El protagonista de la película, o el monstruo principal (Turner no estaba seguro), era un acrobático mono-demonio de afilados antebrazos que había irrumpido en una depravada taberna y estaba masacrando a los borrachos con un tremendo agitar de puñetazos, patadas y chirridos. Enormes sonidos carnosos de combate, como trenes de carga repletos de chuletas que colisionaran, se elevaban tenuemente en el aire.
Turner se sentó ante su consola trucada y suspiró. Sabía que acabaría así desde que los bruneianos le confiscaron su teléfono en la aduana. Durante cinco meses había tratado de conseguir sus objetivos educadamente. Ahora sólo le quedaban tres meses. Se le habían agotado el tiempo y la paciencia.
Los robots estaban bien, bajo capas de grasa amarillenta. Llevaban años guardados bajo toldos. Pero los manuales de software eran una ruina.
Sólo pensar en aquello producía a Turner una fría sensación de hundimiento. Era un terror especial y privado que le había atormentado desde su infancia. Era el mismo miedo que sentía cuando tenía

que enfrentarse a su abuelo.


Pensó en los helados e implacables ojos de su abuelo, fijos en él con aquella expresión de «Poli Malo de Hong Kong». En la década de 1970, el abuelo de Turner fue uno de los infames «sargentos millonarios» de la policía de Hong Kong que sacaba su tajada del tráfico de heroína birmano. Había emigrado durante los escándalos por soborno de la Tríada en 1973.
Después de cuarenta y siete años de trajes de seda y vuelos en primera clase entre sus mansiones en Taipei y Vancouver, el abuelo Choi aún tenía aquellos ojos fríos y aquella torva expresión aterradora. Para Turner, era un mal recuerdo de ser evaluado y calificado como insuficiente.
La documentación estaba hecha una pena, destrozada y mohosa, cubierta de bichos. Los inocentes bruneianos no se habían dado cuenta de que la información que contenía era la clave de toda la empresa. El sultanato había comprado la fábrica hacía mucho tiempo, con las últimas bocanadas del dinero del petróleo, como un gesto condenado y con clase a la moda industrial occidental. De algún modo, los robots nunca llegaron a imponerse en Borneo.
Pero Turner tenía que aprovechar esta oportunidad. Tenía que demostrar que podía lograrlo por su cuenta, sin el abuelo Choi y el sofocante peso de su dinero.
Durante días, Turaer había merodeado por el muelle y sus abigarradas filas de tiendecitas chinas. Era la parte que más le gustaba de Brunei Town, una tumba de elefantes blancos llena de tecnología muerta. Las tiendas de madera y bambú estaban repletas de televisores muertos y ennegrecidos, como dientes podridos.
Allí se había dedicado a montar un teléfono modem trucado. Había rescatado un teclado oxidado y una pantalla de una de las tiendas. El modem y el grabador le costaron trabajo. En el muelle encontró un carguero panameño cuyo capitán estaba dispuesto a compartir ilegalmente su antena parabólica de navegación.
Brunei Town estaba llena de cabinas telefónicas que nadie parecía usar nunca, torvas unidades de cristal y plástico con rótulos en malayo, inglés y mandarín. Había una en la calle ante la casa de Turner. Era una cabina del siglo xx, con ranura para las monedas y dial rotatorio, sin videopantalla.
En el silencio de la noche se había arrastrado hasta allí para instalar un enlace de radio con su apartamento en la planta catorce.
Alguien podría localizar su llamada ilegal hasta la cabina, pero nada más. Con el enlace de radio, su apartamento estaña a salvo.
Pero, cuando abrió la consola de la cabina, descubrió que ya tenía un enlace trucado. Y funcionaba bien. Entonces vio que no estaba solo, y que Brunei, a pesar de toda su retórica sobre el Orden de Información Neo-Colonial Mundial, no estaba enteramente libre de la cadena de comunicaciones globales. Brunei estaba conectada también, igual que Occidente, pero la cadena era subterránea.
Desde ese descubrimiento, todas aquellas cabinas abandonadas adquirieron para él un significado nuevo y levemente siniestro, pero no iba a echarse atrás. Todos sus planes se basaban en su oportunidad de ponerse en contacto.
Ahora estaba ya preparado. Volvió a comprobar la guía del satélite en la contraportada de su manual ASME. Arabsat 7 estaba arriba, recorriendo su órbita baja sobre el trópico. Turner marcó desde su apartamento a través de la cabina de fuera, y luego enlazó con la parabólica panameña. A través de Arabsat conectó con un satélite geosincrónico americano y luego con la cadena terrestre. Desde allí, marcó directamente el número de la casa de su hermano.
Georgie Choi estaba desayunando en Vancouver, vestido con un traje de mil rayas francés y un jersey de universidad. Tras él, la esbelta cuñada de Turner, Marjorie, presidía una mesa cubierta de limpias servilletas de lino y cubertería de plata. Las dos sobrinitas de Turner untaban decorosamente mermelada sobre triángulos de tostada.
-¿Eres tú, Turner? -preguntó Georgie-. No recibo ningún vídeo.
-No pude conseguir una cámara. Estoy en Brunei..., cuarentena telefónica, ¿recuerdas? Tuve que trucar uno para conseguir sonido.
Una brisa monzónica sopló ante la ventana de Turner. Los generadores eólicos unidos a las paredes zumbaron cobrando vida, y lanzaron anchas barras de cruda estática por toda la pantalla. El suave entrecejo de Georgie se frunció graciosamente.
-¡La recepción es terrible! Ni siquiera llegas en estéreo. -Sonrió, inseguro-. No importa, nos arreglaremos. Hace siglos que no sabemos nada de ti. ¿Van bien las cosas?
-Lo irán. ¿Cómo está el abuelo?
-Acaba de venir de Taipei para someterse a diálisis y al cambio de sangre -dijo Georgie-. Odia los hospitales, pero tengo buenas noticias para él -vaciló-. Tenemos una nueva bisnieta de camino.
Marjoríe alzó la cabeza y dirigió una de sus deslumbrantes sonrisas de esposa a la cámara.
-Qué bien -dijo Turner por reflejo. Los niños eran un tema delicado con él. Todavía no se había casado, a pesar de las interminables presiones de su familia.
Pensó con cierta sensación de culpabilidad que debería haber pasado más tiempo con las hijas de Georgie. Su hermano estaba ya en una tierra de nunca jamás inaccesible, todo leyes encuadernadas en cuero y política municipal, pero no era culpa de sus hijas. Las niñas eran inocentes.
-Hola, nenas —dijo en mandarín-. ¿Qué queréis que os traiga?
La niña más pequeña alzó la cabeza, con su elegante boquita infantil cubierta de mermelada de fresa.
-Quiero una cabeza reducida -dijo en inglés.
-¿Ves? -repuso Georgie con falsa jovialidad-. Esto es lo que pasa por largarte a Borneo.
-Necesito software de modem -dijo Turner, eludiendo el tema. El abuelo no había aprobado lo de Borneo-. ¿Podrías conseguirlo del viejo Hayes de mi habitación?
-Si no tienes protocolo de modem, ¿cómo voy a enviarte el programa? -dijo Georgie.
-Imprímelo y colócalo ante la pantalla -explicó Turner pacientemente-. Lo grabaré y lo teclearé a mano más tarde.
-Muy astuto -dijo Georgie-. Ingenieros.
Se levantó para atender la petición. Turner habló con Marjorie con cieno recelo. Nunca había podido encuadrar a la mujer. Le habría gustado saber lo que sentía realmente Marjorie sobre el abuelo Poli Malo y sus ocho millones de dólares del contrabando de heroína.
Pero Marjorie era tan fríamente elegante, tan brillantemente diseñada, que Turner nunca había podido sondear sus auténticos sentimientos. Había sido como abrir un periférico sellado de fábrica que aún estuviera bajo garantía, sólo para poder echar un vistazo a los circuitos.
Georgie y él ni siquiera hablaban ya con franqueza. No desde que la salud del abuelo se había vuelto irregular. La perspectiva de heredar finalmente el dinero había abierto un silencio blanco sobre su familia, como cinco metros de nieve canadiense.
El horrible anciano se aprovechaba de la competición. Insistía en ella. El abuelo tenía una segunda casa en Taipei, el tío y los primos de Turner. Si los elegía por encima de su prole canadiense, la perfecta vida de Georgie se haría pedazos.
Un recuerdo infantil le asaltó: los juguetes de Georgie, brillantes artilugios mecánicos de Hong Kong unidos por aletas de latón doblado. De niño, Tumer había pasado muchas horas felices destrozando habilidosamente los juguetes de Georgie.
Marjorie charló sobre la madre de Turner, una viuda neurótica que regentaba una tienda de antigüedades en Atlanta. Tras ella, una criada china empezó a limpiar la mesa, mirando a la cámara con los ojos asustados del inmigrante recién salido del barco.
Turner estaba acostumbrado a las fonocámaras, y aunque no disponía de una mantenía por hábito una sonrisa fija. Pero se notaba agitado, con la cara retorcida en aquella expresión heredada de Poli Malo. Turner tenía la cara de su abuelo, con las mejillas chupadas y los ojos hundidos bajo densas cejas.
Pero Canadá, donde había nacido, había dejado su marca en él. Años de filetes y pan de centeno le habían dado un metro ochenta de altura y la constitución de un defensa de rugby.
Georgie regresó con la copia en papel. Turner se despidió y cortó el enlace.
Subió las persianas para ver el climax de la película de abajo. El mono-demonio masacró a un pequeño ejército de extremistas musulmanes en los restos corroídos de una refinería Shell. Los fanáticos musulmanes eran los villanos de turno en Brunei desde el fracaso de su golpe de estado en el 98.
El último rollo se soltó. Turner abrió un envoltorio de hojas de plátano y clavó sus palillos en un puñado de arroz frito con piñas verdes. Se asomó a la ventana abierta, apoyando una bota sobre el enorme alféizar con sus densas filas de plantas de cebolla y pimientos.
La llamada a Vancouver le había hecho experimentar un escalofrió de shock cultural. Vio su apartamento con nuevos ojos. Estaba decorado con regalos de otros miembros de su kampong. Una plana marioneta de cuero para hacer teatro de sombras, toda perforaciones y enroscaduras. Una foto con marco dorado del sultán estrechando la mano al rey de Inglaterra. Un hormiguero de cristal pintado a mano lleno de hormigas de Borneo de un dedo de longitud y pesados molares. Y una joven higuera de Bengala bonsai del presidente del kampong.
El jefe, un viejo malayo, era miembro del partido que gobernaba en Brunei, los verdes o «Partai Ekolojasi». En Occidente hacía mucho tiempo que los verdes habían sido absorbidos por los partidos más grandes. Pero el Partai Ekolojasi de Brunei tenía veinte años de profundas raíces.
La higuera de Bengala vino con cinco páginas de meticulosas instrucciones sobre su cuidado y alimentación, pero a pesar de los mejores esfuerzos de Turner el árbol enano se estaba agostando y perdía las hojas. El árbol no era sólo un regalo; era una prueba, y Turner lo sabía. En el kampong sonreían, pero tenían sus formas de evaluar, y observaban.
Turner miró por reflejo el cerrojo de su puerta. Las cerraduras no estaban exactamente prohibidas, pero sí mal vistas. Los verdes habían convertido los antiguos edificios de oficinas de Brunei en grandes aldeas-casa de muchas capas. Las nociones occidentales de intimidad no eran populares.
Pero Turner necesitaba el cerrojo para su trabajo. Tenía que ser discreto. Brunei podía parecer relajada e informal, pero seguía siendo un estado con un solo partido bajo un régimen autocrático.
Veinte años antes, cuando se produjo el crack del petróleo, la monarquía pareció condenada. Los insurgentes musulmanes trataron de acabar con la familia real. Incluso los verdes tenían entonces sueños mayores. Turner había visto sus pósters ajados y olvidados, su logotipo global de la Tierra Entera medio enterrada bajo años de capas de anuncios de se busca y ligas de fútbol.
La Familia Real había sobrevivido, un símbolo de tradición y estabilidad. Habían capeado el temporal de la insurgencia musulmana y reprimido las primeras ambiciones desbocadas de los verdes. Después de cinco meses en Brunei, Turner, como la realeza, había captado su dinámica oculta. Era el adat, la costumbre malaya, lo que regía. Y la primera ley del adat era que no avergonzaras a tus vecinos.
Turner desclavó su póster cinematográfico favorito, un gran cartel promocional de una epopeya histórica de Brunei. En chillona cuatricromía, un barco cargado de heroicos piratas malayos abordaba galantemente a un siniestro galeón portugués. Turner había cavado un escondite en la pared detrás del póster. Guardó allí su teléfono.
Alguien intentó abrir la puerta, se encontró con el cerrojo echado y llamó con los nudillos. Turner alisó rápidamente el póster y volvió a colgarlo
Abrió la puerta. Era McGinty, su vecino australiano, un presentador de noticias de Melbourae, ya retirado. McGinty amaba Brunei por su completa falta de televisores. Era uno de los últimos lugares del planeta donde uno podía escapar de ellos.
McGinty miró el pasillo arriba y abajo, entró en el apartamento y rebuscó en su ancha blusa de algodón. Sacó una fría lata de cerveza Foster's de un tercio de litro.
-¿Te apetece una cerveza, amigo?
-¡Fantástico! -dijo Turner-. ¿De dónde la has sacado?
McGinty sonrió evasivamente.
-El maldito frigorífico está a punto de estropearse, y pensé que te apetecería una mientras aún estuviera fría.
-Bien -dijo Turner, abriéndola-. Echaré un vistazo a tu frigorífico en cuanto destruya esta prueba.
El kampong se basaba en un entramado de regateos y obligaciones mutuas. Las habilidades de Turner eran parte de ello. Era agotador, pero una cerveza Foster's era buena paga. Era una gran mejora sobre los líquidos inmundos de la destilería ilegal de la Planta 4.
Fueron al apartamento de McGinty, que vivía en la puerta de al lado con sus ancianos padres. Cuatro, pues ambos se habían divorciado y vuelto a casar. Los viejos australianos iban tirando en la soñolienta atmósfera de Brunei, atendiendo los jardines del kampong con sus salacofs, sus pantalones cortos de gurka y sus chalecos caqui. McGinty, como muchos de su generación, no había tenido hijos. Ahora, jubilado, parecía contento atendiendo a estos ancianos, atiborrándolos de megavitaminas y ejercicios matutinos de Tai Chi.
Turner abrió la parte de atrás del frigorífico.
-Es el compresor -dijo-. Te buscaré uno en el muelle. Podré hacer algo. Ya me conoces. Siempre remendando.
McGinty pareció incómodo, ya que ahora estaba en deuda con Turner. De repente, sonrió.
-Hay una fiesta en casa del consejero privado mañana por la noche. Jimmy Brooke. ¿Le conoces?
-He oído hablar de él -dijo Turner. Había oído rumores sobre Brooke: atisbos de corrupción, algún escándalo largamente enterrado-. Fue importante cuando empezó el Partai, ¿no? Ministro de algo.
-Comunicaciones.
Turner se echó a reír.
-No es un gran trabajo aquí.
-Bueno, aún conoce a un montón de gente del cine. -McGinty bajó la voz-. Y tiene un bar privado. Es amigo de la Familia Real. Le permiten dispensas.
-¿Sí? -a Turner no le apetecía mezclarse con el círculo social de jubilados ricos de McGinty, pero podía ser un movimiento inteligente desde el punto de vista político. Una charla con el antiguo ministro de comunicaciones podía resolverle un montón de problemas-. Muy bien -dijo-. Parece divertido.

El consejero privado, Yang Amat Mulia Pengiran Indera Negara Pengiran Jimmy Brooke, era una de las reliquias más extrañas de Brunei. Británico exiliado por cuestión de impuestos, nacionalizado bruneiano, había aparecido a finales de los noventa, después del crack del petróleo. Su riqueza había ayudado a amortiguar el golpe y le había ganado un puesto en el gobierno.


Gobiernos más grandes y mejor organizados se lo habrían acosado dos veces antes de aliarse con este excéntrico canoso, un ídolo pop acabado con un séquito parásito de bohemios calvos. Pero la vieja estrella del rock, con su decadente glamour, encajó fácilmente con el relumbrón de ópera bufa de la pequeña aristocracia bruneiana. Poseía el bloque de oficinas del antiguo Banco de Singapur, un kampong de notable relajación donde los pecadillos florecían bajo la noblesse oblige de Brooke.
Las lluvias rnonzónicas sacudían la ciudad. Los servidores de Brooke, guardaespaldas tripones con ropas abultadas, habían cerrado las puertas de cristal del ático y conectado el aire acondicionado.
La fiesta reunía a casi un centenar de personas, la mayoría occidentales retirados de Europa y Australia. Tenían la asfixiante camaradería de los exiliados que se conocen demasiado mutuamente. Un puñado de refugiados americanos, aún cubiertos con su habitual maquillaje vídeo, comía nueces importadas junto a la larga barra de caoba.
La actriz bruneiana Dewi Serrudin reunía a su alrededor una corte de admiradores en un sofá de bejuco. El cine era un arte perdido en Occidente, finalmente muerto y enterrado por el vídeo; pero la extraña política de Brunei le había dado un último asidero. Turner, que sentía cierta atracción lejana hacia la actriz, se abrió camino entre dos esperanzados emigrados: un grueso productor de Madras ataviado de dhoti y jubbah, y un enjuto director de Hong Kong vestido con una chaqueta negra de algodón.
Miss Serrudin, con una blusa de lame dorada y una falda de antigua ultragamuza, representaba su papel a la perfección, charlando animadamente y fumando Rothmans importados en una boquilla de jade. Tenía la concentración ritual de una bailarina balinesa evocando posturas transmitidas a lo largo de siglos. Y era más vieja de lo que Turner pensaba.
Turner acabó su whisky solo y lo tendió a uno de los empleados de Brooke. Se sentía deprimido y solitario. Se apartó de la multitud y recorrió un pasillo al azar. Las paredes estaban adornadas con discos de oro y viejas fotos amarillentas de Brooke y su banda, todo lentejuelas y tacones de plataforma, los cabellos largos iluminados desde atrás por las luces del escenario.
Turner pasó una biblioteca y una sala de billar donde jugaban dos arrugados sijs. Pasillo abajo encontró un reservado privado lujosamente alfombrado con antigua felpa sintética e indestructible. En la habitación estaba sentada sola una delgada joven malaya con vaqueros negros y chaqueta de seda, leyendo un ejemplar del mes pasado de New Musical Express. El titular decía: «¡El Pop se suelta el pelo en Leningrado!». Tenía los pies apoyados en una mesita de café situada junto a una bandeja de plata con una jarra y un cubo de hielo. Su pelo rojo brillante mostraba cinco centímetros

de raíces negras.


Le miró con neutra sorpresa. Turner vaciló en la puerta, luego entró en la habitación.
-Hola -dijo.
-Hola. ¿Cuál es tu kampong?
-El Edificio del Citybank -dijo Turner. Ya estaba acostumbrado a la pregunta-. Estoy en el ministerio de Industria, ingeniero consultor. Soy canadiense. Turner Choi.
Ella dobló el periódico y sonrió.
-Ah, eres el tipo que está trabajando con los robots.
-Cómo corre la voz -dijo Turner, complacido.
Ella le observó con atención.
-Seria Bolkiah Mu'izzaddin Waddaulah.
-Lo siento, no hablo malayo.
-Es mi nombre.
Turner se echó a reír.
-Oh, Dios. Sólo soy un canadiense pueblerino con paja en el pelo. Disculpa, ¿quieres?
-Eres un técnico occidental -dijo ella-. Qué exótico. ¿Cómo progresa tu trabajo?
-Es un encargo extraño -dijo Turner. Se sentó en el sofá, manteniendo una distancia cortés, maravillado por el extraño acento de la muchacha-. ¿Has vivido en Inglaterra?
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