D. josé echegaray



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DISCURSO
LEIDO POR EL EXCMO. SEÑOR



D. JOSÉ ECHEGARAY

EL DIA 10 DE NOVIEMBRE DE 1898

EN EL

ATENEO CIENTÍFICO, LITERARIO Y ARTÍSTICO DE MADRID


CON MOTIVO DE LA APERTURA DE SUS CÁTEDRAS

MADRID
EST. TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA»
IMPRESORES DE LA REAL CASA

Paseo de San Vicente, 20


1898

SEÑORES:
Cumpliendo un deber ineludible, he de inaugurar el nuevo curso del Ateneo de Madrid con la lectura de la presente Memoria, si es que tal nombre merecen las ideas que me propongo someter respetuosamente á vuestra consideración.

Y no he de ocultarlo, porque seria inútil. Bajo bien tristes impresiones, y en un estado de ánimo que no es muy propio para el desempeño de empresas científicas ó literarias, comienzo este trabajo.

¡Qué diferencia tan grande, señores, entre esta inauguración y otras muchas de años anteriores!

Y aunque para marcar esta diferencia bastaría recordar los nombres de los preclaros ingenios y de los insignes Presidentes que en otras ocasiones han ocupado este sitio, desde el cual, por cariñosa amistad vuestra, más que por méritos míos, os dirijo la palabra, no es á esta diferencia á la que me refiero.

Va mi pensamiento á otras regiones: comparo días de paz y aun de esperanza; días de actividad intelectual,


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de nobles luchas y de fecundas empresas, con estos días tristísimos y dolorosos, en que no hay español que de veras lo sea que pueda pensar con ahínco y que pueda fijar su atención en otra cosa que en los males de la Patria, en la desventura de sus hijos y en los nubarrones que por todas partes cierran el horizonte de nuestra vida nacional. Y no quiero recargar el cuadro, que fuera impiedad poner los desastres horribles de nuestra España al servicio artificial de la retórica.

Quiero decir con lo dicho, que es difícil, muy difícil, acertar con un tema propio para este discurso de inauguración.

Porque si, prescindiendo de catástrofes y de angustias nacionales, elijo un tema de pura ciencia o de puro arte, y sobre él diserto bien ó mal, como mejor pueda, pero en el terreno abstracto, desinteresándome de los gravísimos problemas que nos abruman y de las ansias que todos sentimos, parecería que era yo presa de no sé qué linaje de egoísmo, del cual intentaba hacer cómplice á la Ciencia ó á la Literatura.

Y esto es materialmente imposible. Cuando el corazón late demasiado á impulsos del dolor, no hay reposo en el cerebro, ni claridad en el pensamiento.

Y, por otra parte, si renunciando á elegir un tema concreto, no os hablo de otra cosa que de nuestras catástrofes, sobre ser empresa ingrata, es desvirtuar en cierto modo el carácter del Ateneo.

De suerte, señores, que al dirigiros la palabra, ni sé qué deciros, ni qué tema escoger, ni puedo desprenderme de las hondas preocupaciones que á todos nos torturaban desde hace tres años, pero que en este último y funesto en que aún vivimos, si esto es vida, se han con-

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vertido en angustias como jamás las había experimentado nuestra generación, con haber sido tantos y tan profundos y tan transcendentales los trastornos que han agitado el seno de la madre Patria.

Un tema es necesario, siquiera por respeto á la forma y á la costumbre. Pero este tema ha de relacionarse, y se relacionaría aunque yo no quisiera, con nuestra situación actual.

Al tema, pues, de mi discurso, por darle algún titulo, le doy éste: «¿ Qué es lo que constituye la fuerza de las naciones?» ¡Un tema en forma de interrogación! Pero ¿acaso cuanto nos rodea no es una interrogación formidable? Y no lo preciso más para tener campo libre en que revolverme, y empleo esta palabra porque tan acosados estamos los españoles por la fatalidad, que en estos instantes supremos no caminamos, no, sino que nos revolvemos, como el que está ciego por las lágrimas y mal herido muy cerca del corazón, y siente tras si gentes limpias que se ensañan en azotarle á traición.

Nos revolveremos, pues, como podamos; que estos primeros momentos son de vértigo, hasta que se nos calme algún tanto la sangre y se nos sequen algún tanto los ojos, y nos demos cuenta de dónde estamos, y podamos romper en alguna dirección, que ojalá sea la buena y no nos lleve, tras nuevos delirios, á nuevos abismos.

«De lo que constituye la fuerza de las naciones» he dicho que es el tema; que en si es materia abstracta de ciencia social, pero que para nosotros es problema de actualidad.

Por lo que tiene de ciencia pura puede responder á las tradiciones científicas del Ateneo; ó, mejor dicho,

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podría responder si yo acertase a desarrollarlo, que no acertaré; no tengo tan ambiciosa esperanza, ni de la esperanza podemos abusar mucho en este para nosotros fin trágico del siglo XIX

Y a la vez el tema será de actualidad, que no hay buen español, siquiera no pertenezca á los intelectuales, que no se pregunte esto mismo aunque con otra forma. Ni hay español de los que á la Ciencia, o a la Literatura, o al Arte o a la Industria se dedican, que no trace ante su espíritu esta misma y suprema interrogación.

¿Qué es lo que hace que una nación sea grande, sea fuerte, sea respetada; que la burla no la escarnezca, que el desprecio no la humille, que el fuerte no la maltrate, que hoy todos la respeten y que la historia mañana la respete también, y si es posible la admire

¿Qué hay que hacer para que una nación sea poderosa, para que si cayó se levante, para que si quedó en pie marche? Porque si de algún modo se puede conseguir todo esto, yo quiero, dirán todos, que lo que haya de hacerse para conseguirlo, lo haga nuestra España.

Y el español que no diga esto, que no piense esto, o que, por lo menos, no sienta esto mismo, que nos deje con nuestras tristezas á los que, por, ser nuestras, aun siendo tristezas las amamos, y váyase á vivir con los dichosos.

¡Cuanto más desdichada es una madre, ha de haber más amor en los hijos Cuanto más desdichada y más escarnecida la Patria, ha de haber más orgullo, y orgullo más santo, en llamarse español. No hay mérito en ser cortesano del vencedor: lo hay hasta en ser adulador del vencido. Porque del vencido, ¿ qué podemos es

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perar? Cuando más, que nos salpique con sus lagrimas.

Y al formular el tema precedente, acaso cediendo á la costumbre, y más que á, la costumbre á preocupaciones y errores tradicionales, empleo términos, más que ajenos, opuestos á mi pensamiento.

Empleo la palabra fuerza: la fuerza de las naciones, digo, y pago tributo á las mismas ideas que voy á combatir.

Porque este empleo de la palabra fuerza es, o debe ser, término propio de otra civilización, no de esta civilización que alardea de amar la justicia, de respetar el derecho, de fiarlo todo á la razón, de acudir siempre á la inteligencia para resolver los grandes problemas que ha de encontrar en su camino.

Bien sé que no siempre este nuestro siglo XIX ha respetado la justicia y el derecho, ni llega mi optimismo hasta creer que siempre ha de respetarlos el siglo próximo. Pero esto no importa. Ha proclamado aquellos ideales, y cuando la raza humana proclama un ideal, aunque á él falte, y lo atropelle, y lo manche una y cien veces, al fin ante el ideal proclamado cae vencida, y en forma más ó menos perfecta lo realiza.

Por eso, cuando yo en el tema pregunto en qué consiste la fuerza de una nación, no me refiero á la fuerza material.

Yo no creo que una nación sea fuerte y grande porque tenga numeroso ejército disciplinado y aguerrido ; porque tenga potente armada con enormes corazas de hierro y cañones de tiro rápido, o cañones de monstruoso calibre; como no creo que un hombre sea fuerte, en el sentido humano de la palabra, porque posea sólida ar-


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mazón y robustos músculos y mucha sangre roja, y porque con sus golpes o con su presión haga saltar los resortes del dinamómetro.

Esta es la fuerza bruta, no es la fuerza espiritual, que es la que, en último análisis, está llamada á gobernar las sociedades.

Y aun esta fuerza brutal, que solo se mide por kilómetros, es a veces engañosa, violenta, artificial y falsa, aun bajo el punto de vista físico.

Yo he conocido muchos hombres de apariencia hercúlea, que por dentro, en sus entrañas principales, eran débiles como niños y estaban condenados á vida breve, y al fin morían casi en la juventud.

Lo perfecto en el organismo humano, como en el organismo de las sociedades, no es la fuerza aparatosa, no es la hinchazón artificial de los músculos á costa de la sangre que hace falta en otra parte. ¿Á qué sacarla del cerebro donde debiera caldear el pensamiento, para venir a cuajarla en un bíceps?

Cuando se violentan las energías del ser humano más allá de lo que las propias energías permiten, se forja la estatua de carne de un atleta, pero de un atleta imbécil y hasta enfermizo por dentro, que al fin á los cuarenta años muere por el hígado, ó por el estómago, o por la parálisis.

Pues otro tanto sucede con las naciones. Su verdadera fuerza, la que ha de hacerlas grandes y respetadas y duraderas en la Historia, no es la fuerza material, que en un momento dado pudiera darles el triunfo y ceñirlas con aureola de falsa y fugaz gloria.

A otra clase de fuerza, á otras energías me refiero en mi tema, aunque por instinto, quizá por atavismo, haya

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empleado la palabra fuerza, término predilecto para expresar la energía material.

La fuerza verdadera, la que dura en el individuo como en las sociedades, es la que resulta del equilibrio armónico entre todas las partes del organismo humano del organismo social. En esa fuerza de armonía y de equilibrio está la verdadera regeneración de los pueblos, y aun es la que en un momento dado les permite desarrollar mayor suma de energías, y aun de energías físicas y persistentes. El rayo es aparatoso, terrible, en un segundo de tiempo; pero la modesta corriente eléctrica de cualquier fábrica representa en unas cuantas horas una suma de energía inmensamente superior á la de la centella que en ziszás de fuego cruza una nube y espanta con su estampido á los débiles.

Ya dijo no sé qué físico, expresando una gran verdad, aunque en forma hiperbólica, que acaso en toda una tempestad no había fluido suficiente para descomponer el agua contenida en un vaso.

Conste, pues, que al hablar de la fuerza de las naciones no me refiero sólo á su fuerza material, á sus buques blindados, ni á sus batallones. Este es uno de tantos elementos como han de tenerse en cuenta al apreciar las energías de innanación: es algo, es mucho; no lo es todo, ni siquiera la mejor ni la mayor parte.

Más aún: es un efecto más bien que una causa; es la manifestación de la fuerza más bien que la fuerza misma.

Si la nación es fuerte en todas sus entrañas y en todos sus organismos, fuerte será en el sangriento campo de batalla o en las revueltas olas de los mares.

Si por dentro es débil, si no posee, las energías de


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que hablaré más tarde, si está desequilibrada y enfermiza, y rota y desorganizada, por grande que sea el esfuerzo supremo que en un momento dado se le pida, por más que sacrifique sangre, y vida, y millones, al fin caerá vencida, no porque hoy no tuviera fuerzas, sino porque ayer no las tenga y se agotó en la lucha, heroica, pero tristemente, desde el primer instante.

La fuerza material, como garantía, de la independencia y del derecho, es y será siempre necesaria mientras los hombres no sean ángeles o santos, y para que llegue esa edad feliz no es aventurado suponer que faltan, algunos años.

¡Triste necesidad, pero necesidad imperiosa, y hoy quizá más imperiosa que nunca!

Todo organismo, lo mismo en el mundo inorgánico que en el seno de la humanidad, está sujeto á mil fuerzas que tienden á disgregarlo, á, pulverizarlo, á disolverlo; y para contrabalancear estas energías, que pudiéramos llamar centrífugas, es necesario una fuerza de cohesión y una resistencia que oponer á, los asaltos exteriores.

Bastante grande para impedir la destrucción; no tan grande que ella misma aplaste y destruya el organismo que debiera proteger.

Y hoy más que nunca, repito, necesitan las sociedades, bajo pena de destrucción, un ejército, proporcionado de mar y tierra; hoy más que nunca, porque estamos en un periodo de transición en que las ideas tienen inmensa fuerza expansiva, en que toda idea es pedazo de dinamita; y no es que lo deplore, que toda fuerza es, vida ó puede ser vida bien dirigida; es que señalo un hecho.

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Hoy, además, muchas fuerzas de cohesión de la antisociedad han desaparecido unas y otras se han debilitado grandemente

En siglos anteriores la idea religiosa y la idea monárquica, ¿quién duda que eran grandes fuerzas de atracción? Y ¿quién duda que hoy no bastan para conservar las grandes unidades nacionales?

He aquí por qué, señalando hechos, no proclamando doctrinas, afirmo que las sociedades modernas necesitan la institución militar firme, disciplinada, enérgica, manteniendo su propia cohesión por la idea de la patria, por la idea del deber; y si abrillantadas sus bayonetas por la luz que viene del sol, abrillantados sus pechos por la idea del honor.

Y hecha esta salvedad, separo para el resto de mi discurso ‑todo lo que se refiere á la fuerza material, y reconcentro mi pensamiento en senos más profundos del problema.

La fuerza, de las naciones, en ellas reside: no es una, muchas fuerzas, aunque todas ellas tengan una resultante

La fuerza de las naciones ha de buscarse en todos y en cada uno de sus organismos. Donde la vida se manifieste, ha de manifestarse la fuerza; que donde la fuerza falta , sólo impera la muerte, y sólo se encuentra la nada.

La fuerza, pero la fuerza dirigida. Cuando la fuerza no está dirigida por la idea, o, en términos vulgares, por la inteligencia, pero siempre en el ancho campo de la libertad, la fuerza es necesaria, fatal; obra con arreglo á las leyes de la mecánica; ella hará lo que tenga que hacer; no hay que ocuparse de su labor, que si en


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ella no podemos influir, será lo que haya de ser, realice el bien ó realice el mal; que, en rigor, ni el bien ni el mal existen para la gota de agua que oscila en el oleaje, para la ráfaga de viento que se desgarra en el picacho, para el grano de arena que se tuesta en el desierto, para el penacho de fuego que lame con ardientes lenguas la boca resquebrajada del cráter.

De estas fuerzas yo no me ocupo aquí, por más que circulen poderosas por entre sociedades humanas. Ni hay que ocuparse de ellas, en todo caso, más que para domarlas, dirigirlas y explotarlas en beneficio del ser humano, inteligente y libre.

Y digo libre, porque yo creo en la libertad, como he creído siempre; de manera, que, en todo caso, no son estas creencias debilidades de la edad, sino imperio de perpetuos ideales, nunca quebrantados. Yo creo y he creído siempre, repito, en la libertad humana.

Modestamente confieso que creo en el libre albedrío; si es un pecado, me confieso «yo pecador».

No por creencia ciega, no por instinto vago, no por temor á las consecuencias de la creencia contraria, sino por preceptos del orden intelectual; porque las ecuaciones de la mecánica, castillo formidable del determinismo, tienen, por su propia arquitectura, portillos benditos por donde la idea de libertad penetra.

Pero digresión es ésta en que no puedo insistir, pues en ella me perdería; y este discurso, si discurso es, sería lo. que yo no quiero que sea: hago acto de libertad suspendiendo mi marcha y volviendo al camino que desde un principio me tracé.

Decía, señores, que la fuerza de las naciones reside en ellas mismas y en todos sus organismos; y la fuerza


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total en el orden el concierto y la arino la de estos organismos.

Pero todo organismo humano tiene un último elemento irreducible, el hombre, que es un organismo también, y tal vez el más complejo.

Así, en último análisis, la fuerza de toda sociedad humana o el germen de toda fuerza ha de buscarse lógicamente, científicamente, si no hay empeño en perderse en nebulosidades inconsistentes, en el individuo en el hombre, átomo vivo de la sociedad, elemento de ese gran compuesto químico á su manera, que se llama pueblo, nación, humanidad.

No hay que hacerse ilusiones: jamás se formará una nación honrada con ciudadanos perversos; la suma de muchos ceros no será más que un cero final; empeñarse en que una nación brille en la ciencia cuando todos sus individuos son ignorantes, es empeño tan insensato como ridículo; por obra y gracia de la multitud la unidad no se transforma si las demás unidades son todas igualmente ruines; por mucho que se aumente una masa plomiza, los átomos no serán de oro.

Por eso, la verdadera regeneración de un pueblo si está decaído; su grandeza, si por ventura es grande ha de buscarse en la regeneración ó en la grandeza de cada individuo.

Por eso he sido y seré siempre individualista; pero no como suponen los que, entendiendo el individualismo á su manera, forjan fantasmas por el gusto de destruirlas á lanzadas.

Si una nación encierra en su seno muchos sabios, muchos artistas, y muchos industriales, y muchos inventores, y muchos trabajadores, por humildes que


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sean, de los que trabajan honradamente, sin envidias malsanas ni odios repugnantes, aunque teniendo conciencia de su derecho, que es el mismo para todas las clases sociales, y que es la única igualdad absoluta que puede existir y que debe existir; si esa masa de hombres es activa, y emprendedora; si por las venas del cuerpo social no circula sangre anémica, y los malvados son los menos, y los neurasténicos son los menos y los locos no pasan de una cifra razonable y han sido previamente clasificados y recluidos; si en todas las conciencias, en suma, impera la idea del deber, que en cada conciencia acaso tome formas distintas, pero que en todas es la misma en el fondo, no dudéis que esa nación al fin y al cabo se organizará con la mejor organización posible, y será grande, y será fuerte y será respetada.

Esa es una nación ideal, dirá acaso alguno. No, tanto, diré yo, que procuro no separarme de la realidad y aletear en el idealismo sino lo puramente preciso, dada la índole de este discurso.

Pero dejando idealismos á un lado, lo que si afirmo como verdad indiscutible, es que si todos los individuos de una nación, ó al menos la mayor parte por el número o por la osadía, son ignorantes, viciosos, egoístas o dementes, por muchas organizaciones que les deis, por más perfectas que estas organizaciones sean, o por más sabias que puedan ser las leyes en que se desenvuelvan, la nación resultará débil y corrompida; y estas naciones sí que desaparecerán al cabo, aunque por milagro de la suerte pudieran fingir energías que no tienen.

La vida o la muerte la llevan los pueblos y las razas en su propio seno, en los últimos átomos sociales.

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Pero ¡hay aquí tantas ilusiones que desvanecer, tantas teorías engañosas, que no un discurso sino un libro entero sería preciso para destruirlas todas!

Hay, quien se forja la ilusión de que combinando, agrupando, organizando, en suma, hombres infames, ignorantes y necios y perezosos, por obra y gracia de la organización, y sólo de ellas va á resultar un pueblo sabio, virtuoso y activo; que los elementos van á dar, á la suma total lo que ellos no tienen; que apretando dos fealdades va á resultar una belleza; que agrupando uno contra otro, de artística manera, dos asesinos la siniestra pareja va á convertirse, en un filántropo de cuerpo entero.

¡Necedad y absurdo, que no he de combatir, que me basta presentar en esta forma simbólica en que acabo de presentarla!

¿Quiero decir con esto que el organismo, que las leyes, que los gobiernos, que la forma social sea totalmente indiferente, hasta tal punto que deba desdeñarse?

Si tal pensara, caería en un error, no tan grande como el que antes he combatido, pero en un error, si funesto, y, en ciertas épocas de la Historia, trascendental.

Yo fundo la mayor parte, ¿y por qué no decirlo?,la mejor parte de una nación, en las condiciones intelectuales, morales. y aun físicas de la masa general de ciudadanos. Pero no desconozco que una buena organización de estos elementos contribuye en gran parte al progreso de la nación y á su grandeza.

No porque del organismo brote nada nuevo por una especie de generación espontánea, sino porque el orga-


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nismo puede ayudar á que se convierta en acto lo que se hallaba en estado potencial en el individuo.

Y perdonadme esta forma, un tanto aristotélica, que yo procuraré explicarme con la posible claridad.

Y para dar forma y relieve á mi pensamiento, permitidme también que acuda á, una imagen, o, si se quiere, á un ejemplo tomado de las ciencias a que siempre he tenido más aficción.

Un átomo de carbono vaga en las profundidades del espacio: un átomo de oxígeno vibra á distancia inmensa del primero.

Mientras están separados, ningún fenómeno físico digno de estudio aparece.

Pero los azares del cosmos, su desenvolvimiento constante, su evolución poderosa, su energía organizadora, los va acercando, y al fin, en condiciones favorables, los pone uno enfrente de otro.

Esta fuerza de organización cósmica, ¿los ha transformado? Porque estén en presencia y á microscópica distancia, ¿deja de ser el carbono, carbono, y el oxígeno deja de ser oxigeno? Las propiedades de ambos cuerpos, ¿ son, por ventura, distintas? Sus afinidades, ¿son otras? No, seguramente. Lo único que varia con la distancia y la posición, es la intensidad presente de estas afinidades.

Estaban lejos; no podían unirse: se acercan; la combinación se realiza, y brota el calor y la luz. Algo que estaba oculto se hace patente. Una energía potencial se convierte en energía actual. Esa luz y ese calor no es otra cosa que la transformación visible de un trabajo de afinidades. La nueva posición de los dos átomos no ha creado milagrosamente nada nuevo. La creación

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de la nada por obra y gracia del cosmos, no la admite la Ciencia.

Pues otro tanto sucede en la sociedad. Una buena organización tiene importancia, mucha importancia, y ya veis que mi individualismo no es el que algunos combaten; o si combaten éste que defiendo, es sin razón.

A los organismos sociales yo les doy importancia, pero sólo la que tienen: dan luz á lo que estaba oscuro; dan calor á lo que estaba frió; pero en rigor, ni dan luz ni calor. Son la ocasión para que energías que ya existían, que el organismo no crea, se manifiesten y hagan, por decirlo así, acto de presencia. Pero pensar que razas degeneradas y agotadas totalmente; razas en que toda diferenciación, que es el gran elemento de fuerza y de vida, ha desaparecido, porque se organicen en esta o la otra forma, con tal o cual Gobierno, con sus elementos agrupados de esta o de aquella manera, con leyes escritas en un papel y dictadas por una Cámara, ó con reglamentos minuciosamente fabricados, van á dejar de ser lo que son, son absurdo inconcebible. No se resucita un cadáver por muchos Códigos que sobre su helado cuerpo se amontonen.

Si en ése ejemplo precedente, en vez de tener carbono por una parte, y por otra oxigeno, que suponen y representan una altísima diferenciación, hubiéramos tenido dos átomos de carbono, que representan una homogeneidad mortal, ya hubierais podido aproximarlos cuanto quisierais, y hubierais podido organizarlos con la más sabia organización; que las intensas afinidades de antes jamás se hubieran presentado, y los efectos físicos que hubierais podido observar sólo habrían sido

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la transformación aparente de las fuerzas externas, que vosotros aplicabais, no la de los átomos, que de ellas carecen.

Y por eso, cuando se trata de seres humanos, los organismos creados á la fuerza‑quiero decir por fuerzas externas, y que, por lo tanto, no arranquen las entrañas de los mismos seres, son organismos falsos engañosos y estériles.

La condición del ser humano es la espontaneidad; la condición de sus acciones, la libertad ha de ser; y los actos que no se realizan libremente, ni son buenos, ni son malos: son indiferentes en el orden moral; son fatales quiero decir, necesarios.

Si sobre una sociedad humana descendiese un espíritu divino, y por fuerza incontrastable y con suprema sabiduría obligase á todos aquellos hombres á practicar el bien, o mejor dicho, á manifestar las formas externas del bien, y obligase al egoísta á obrar como si no lo fuese, y al malvado á no hacer daño á su prójimo, y obligara á todos los brazos a tenderse con impulsos aparentes de caridad, y manchase todas las mejillas con lágrimas de compasión, y moviera todos los labios de suerte que pronunciasen palabras honradas, y obligara á todos los corazones a latir como si algo sintiesen, ese conjunto de hombres sólo seria un conjunto de maniquíes: no se habría realizado el bien, porque el bien en el hombre no lo es si no es libre; ni un pueblo es grande si no es por sí; ni un sabio es sabio si repite de memoria verdades que no llenan de luz su enriquecimiento; ni es bueno si no tiene la facultad de ser malo; ni es hombre si carece de libre albedrío. Será máquina, será piedra, será estatua: no será el ser sublime que realiza,

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con las limitaciones propias de su naturaleza, sus propios destinos.

Por eso los pueblos no se regeneran ni se han regenerado nunca con la dictadura. La dictadura podrá servir, en momentos dados, para reconcentrar fuerzas en la lucha, para contener desbordamientos, para encauzar pasiones; pero para regenerar á un pueblo, jamás. Un pueblo se regenera á si mismo o no lo regenera nadie.

Esto de pedir cobardemente, neciamente, á un hombre o á unos cuantos hombres: «Haz de modo que yo sea bueno; haz de modo que yo sea sabio; haz de modo que yo sea rico; hazme grande, hazme fuerte», es señal de envilecimiento y señal de impotencia.

El hombre de fe religiosa podrá pedir todo esto á su Dios; pero pedir milagros tales a otros hombres, es emparejar con la humillación la locura.

Cuando ha arrancar todo del individuo y de sus propias energías, no ha, de entenderse que hago del individuo un ser aislado, solitario, independiente del resto de la creación, encontrándolo todo en sí, refiriéndolo todo á sí, y pronunciando, al empezar y al concluir cada una de sus evoluciones, no más que esta palabra: yo.

No: el individuo comprendido de esta manera sería menos que el mísero grano de arena de un desierto; que al fin y al cabo está en contacto material con otros granos de. arena, y es tostado por el mismo sol que tuesta á los demás, y gira en el mismo torbellino cuando el viento revuelve los ,abrasa, dos arenales.

El individuo no puede realizar su destino si no está en relación intima y profunda con a Naturaleza toda; con los demás hombres; con la esencia de los grandes ideales; en suma con cuanto le rodea.


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Este conjunto de relaciones, centralizadas por él en el centro de gravedad, por decirlo así, de su ser, y reflejado todo ello en el misterioso espejo de la conciencia, es lo que le da vida, movimiento y calor, y lo que constituye, en suma, la variedad riquísima de esta unidad que yo llamo el individuo.

De suerte que, vuelvo á repetirlo, el individuo se anula y se reduce á ese punto negro que se confunde con la nada si se le separa y se le aísla de los demás seres. Pero en todas sus, relaciones con ellos, y aun en sus evoluciones internas, ha de dominar la espontaneidad, la libertad y la conciencia de esta espontaneidad y de esta libertad.

El bello ideal es, que cuanto realice lo realice libremente, y á este fin se dirige la humanidad á través de la Historia; y si á esta sublime meta se aproxima, hay progreso, y hay retroceso y decadencia si de ella se aleja. El hombre no puede realizar su destino por imposiciones exteriores, porque esto es hundirse de nuevo en el mundo inorgánico; ser presa de la fatalidad física. Es convertirse en piedra, en reacción química, en átomo y en fuerza material.

Por eso las fuerzas sociales sólo son legítimas en cuanto separan obstáculos; en cuanto protegen libertades; en cuanto luchan con fuerzas enemigas, siquiera estas sean las violencias o los crímenes, o los asaltos brutales de unos hombres contra otros; que cuando el hombre emplea sus energías contra derecho, deja de ser hombre para convertirse en ciego instrumento de la fatalidad inorgánica.

De manera, señores, que mi individualismo no excluye la asociación; es más, sin la asociación, el hombre


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no existiría, ni podría realizar sus fines. Pero esta asociación ha de ser libre, en cuyo caso no es algo contrario al individualismo, sino una consecuencia lógica de la actividad del individuo. Es una unidad que al constituirse no anula, antes bien afirma, la libertad de cada uno. Es una unidad que él acepta; mejor dicho, que él crea para que se ensanche su ser sin perder su condición primera. Si en el seno de la sociedad su conciencia se obscurece, su libertad grandemente se achica, su espontaneidad se merma, tal asociación, lejos de ser beneficiosa, será funesta.

¡Brava asociación seria aquella que, reuniendo muchos hombres inteligentes y libres, tan apretada y brutalmente se formase, que diera por resultado un peñón, por grande que fuese; un picacho, por alto que subiera, aunque la nieve lo engalanara de plata, aunque los rayos del sol lo abrillantasen!

Seria hermoso para que de lejos lo contemplara el viajero que marcha por la Historia; pero en el fondo sería una tumba más o menos vibrosa.

Yo bien sé que todos éstos que defiendo son ideales. Pero bueno es proclamarlos para ir hacia ellos; que sin ideales, la humanidad, o cae en el abismo, ó en repugnante descomposición.

Y si al escoger ideales se equivoca, ¡qué catástrofes la esperan!

Jamás llega el navegante á la estrella polar; pero si la pierde de vista o toma por astro que le guíe la luz engañosa de una playa traidora, ¡ay del navegante sin

rumbo seguro!

Y hoy más que nunca son los grandes, ideales necesarios; sin ellos, ni hay esperanza ni hay fe; sólo hay

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desaliento y desesperación, que es la mayor de las catástrofes.

Mientras yo tenga vida y sepa lo que debo hacer, sólo con procurar hacerlo en la medida de mis fuerzas, me regenero.

Despreciar el ideal es renegar de ser hombre; es declararse bestia, y es, en el fondo, vergonzosa cobardía.

Parece que me voy separando de nuevo del tema que formulé al principio. Y, sin embargo, bien considerado todo, y á pesar de tantas y tantas digresiones, en el tema estoy y á mi modo lo voy desarrollando.

¿Qué es lo que constituye la fuerza de las naciones?

Pues ¡qué ha de ser sino aquellas energías de raza, aquellas facilidades del medio ambiente y aquellas riquezas naturales del territorio, en que cada nación esté asentada!

Y si prescindimos de estos últimos elementos, que siempre serán lo que físicamente sean, y nos fijamos tan sólo en el primer término, yo afirmo de nuevo, y una vez más, que la fuerza de las naciones es la suma convenientemente organizada de todas las fuerzas individuales; pero concediendo á estas últimas fuerzas influencia decisiva; porque hasta la organización social, viciosa o perfecta, dependerá de lo que sean y de lo que valgan sus individuos.

Gobiernos, Cámaras, Poderes públicos, organismos del Estado, Constituciones y leyes, ¿de dónde salen, de dónde brotan, sino de la masa total de ciudadanos? Sí todos son necios ó la casi totalidad, ¿de dónde ha de brotar la sabiduría que los gobierne? Si todos son perezosos, ¿de qué fondo ultramundano han de surgir las energías ?

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Lo que está latente puede mostrarse y aparecer por virtud de una organización adecuada; pero la que no existe no existirá, por más que se amontonen organismos sobre organismos.

En resumen: las fuerzas que han de hacer grande y poderosa á una nación hay que buscarlas en los individuos, que en ellos están, y aun las fuerzas organizadoras del conjunto, si no están en ellos, no están en ninguna parte.

Pero sin penetrar aquí en un problema filosófico que no es del momento, y ateniéndonos al sentido común, claro es que la perfección del individuo consiste en su inteligencia, en su actividad y en algo más: en otra cosa de que por el momento no me ocupo, pero de la que me ocuparé más tarde, porque es fundamental.

A estos dos elementos de perfección y de progreso, la inteligencia y la actividad, que son dos cualidades esenciales del hombre, corresponden otras dos en las naciones: la ciencia y el trabajo.

Una nación que cultive la ciencia, y a cultivarla la poesía desde sus más elevadas regiones hasta sus regiones más modestas, desde la ciencia pura hasta las aplicaciones industriales, desde el ideal abstracto hasta la práctica positiva; una nación que trabaje y que acumule trabajo, y que se enriquezca y que cuantas riquezas en forma, de capital, que es la más poderosa palanca de la civilización, será una nación fuerte y poderosa y duradera en la Historia si además posee otra tercera cualidad, de que os hablaré luego.

En cambio, una nación ignorante y una nación perezosa lleva sobre sí su sentencia de muerte. Por más que varie de organización, ó que las agote todas, ni en

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cenderá la idea en los cerebros, ni dará vigor á los músculos. Cambiará de postura en el lecho, pero será lecho de muerte.

Y aquí voy á formular una pregunta relacionada con nuestras tremendas catástrofes; que por más que me esfuerce en discutir fría y desapasionadamente sobre cuestiones generales y abstractas, la triste realidad y el amor á la Patria se me imponen y me obligan á mirar de continuo el mismo pavoroso problema.

Y la pregunta es ésta: ¿Quién creéis que nos ha vencido en la pasada insurrección y en la pasada guerra?

No nos han vencido los hombres. Y no es esto inútil alarde de patriotismo ó insustancial fanfarronada; pero en justicia puedo decir, porque es justicia que todo el mundo nos hace, que en tierra y en mar, entre las olas y en las trincheras, han sabido morir nuestros hombres; soldado ante soldado, hasta nuestros mayores enemigos respetan á los nuestros.

Quien nos ha vencido -y esto sí que me parece axiomático- han sido la Ciencia y la riqueza. Máquinas de guerra perfectas y poderosas; caparazones de hierro que no podíamos romper; grandes maquinistas y grandes ingenieros; una experiencia en el tiro que es, en cierto modo, ciencia y trabajo acumulados, y -si me permitís la palabra- capital balístico; y, por otra parte, artillería de tierra como no teníamos nosotros, y en el sitio del combate, triple o cuádruple masa de enemigos.

En cambio, poned todo lo contrario para nosotros. Y sin citar más que un hecho, si hubiéramos sido ricos y hubiéramos podido construir veinte acorazados; si hubiéramos tenido grandes capitales y hubiéramos cruzado la isla de Cuba de caminos de hierro, ni hubiera

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podido prosperar la insurrección, ni en Santiago de Cuba hubiéramos presentado ante el enemigo tres o cuatro mil hombres no más, masa de espectros, que sólo animados por la idea del honor podía sostener un fusil, y á los que sólo ha quedado fuerza para venir a caer y a morir en tierra española.

Los hechos son como son: son tristes, son brutales, pero son indiscutibles: la ciencia, una ciencia superior á la nuestra no hay que negarlo; la industria, ramificación de la Ciencia pura, una de las primeras industrias del mundo; la riqueza, una riqueza abrumadora, un capital inmenso: tales son los elementos contra los cuales hemos luchado y por los cuales hemos sido vencidos.

Quizá existan otras causas; ni las niego, ni las afirmo, ni las discuto siquiera, porque no son propias de este sitio; ni he de pronunciar palabra alguna que con la política se roce.

Sólo afirmo lo que hoy todo el mundo reconoce, si no le ciega la pasión ó el patriotismo, ceguera noble y simpática esta última, pero ceguera al fin, á saber: que de antemano estábamos vencidos.

Y vuelvo á seguir el hilo de mis ideas.

El individuo es fuerte en un momento dado por su inteligencia y por su carácter enérgico. Una nación es fuerte en los modernos campos de batalla por su ciencia y por su riqueza, que es trabajo acumulado.

Pero no olvidéis lo que antes dije y lo que digo ahora: en un instante fijo y en una lucha determinada, la nación más rica, más enérgica y más inteligente vencerá siempre. Pero la victoria de un día no es la victoria definitiva Naciones ricas é inteligentes, naciones de inteligencia poderosa, de empuje invencible, de grandes


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recursos materiales, han desaparecido en plazo relativamente breve.

No es sólo la inteligencia y la riqueza las que aseguran el porvenir de los pueblos ó de los hombres. Hay otra fuerza que no es fuerza, ó que, cuando más, es, fuerza directiva, y que es, en suma, lo más impalpable y lo más real para el ser humano y para todas las asociaciones de hombres. Y este algo sublime es la idea del deber y en su desarrollo es la ley moral.

¿De dónde viene? Yo no he de decirlo. Sería impertinente. ¿En qué consiste? Tampoco es necesario explicarlo; pero, en último caso, que cada cual interrogue á su conciencia, y ella responderá.

De manera que una nación será grande cuando posea la más alta ciencia; cuando sea activa y trabajadora; cuando acumule grandes riquezas, y cuando alumbre á su ciencia toda la idea del deber y la idea del deber, encauce todas sus energías.

Y lo que digo de la nación, digo de todos sus organismos y de todos los individuos que la constituyen; que cada uno en su esfera, por modesta que pueda ser, tiene ocasión de cultivar su inteligencia, y debe cultivarla; tiene necesidad de trabajar, y debe trabajar. Y el ahorro, germen de toda riqueza, átomo que, con otros átomos, forma el capital, se le impone como un deber; y debe, por último, cuando estudia y cuando trabaja y cuando ahorra, ser siempre honrado; y tentaciones siento de repetir, como la veneranda Constitución del año 12, que debe ser justo y benéfico.

. La fórmula, de puro sencilla, parece infantil. Pero es que, por mucho que se ahonde en el problema, no se encuentra otra.

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Las naciones no se regeneran á la voz de mando, ni se transforma un pueblo como se transforman las decoraciones en el teatro. Ahora decoración de cabaña; el maquinista da la señal, y ya tenemos decoración de palacio.

La evolución de un pueblo, su crecimiento o su regeneración no se realizan en la Gaceta, aunque yo no niegue que lo que las Gacetas digan puede ayudar algo.

Las montañas fingidas, de cartón o de corcho, se construyen en unas cuantas horas; las montañas verdaderas exigen centenares de siglos.

Mala señal cuando todos los ciudadanos vayan pidiendo con acento angustioso á los que encuentran por las calles: «Regeneradnos.» La voz implacable del destino les dirá: «Regeneraos vosotros, que pueblo que no se regenera á si mismo, es que agotó toda su savia.»

Yo creo firmemente que no se agotó la de nuestra España; pero la primera condición de todo pueblo que aspira á mejorar su estado y á preparar su porvenir, es reconocer sus defectos en vez de velarlos con alardes imprudentes de patriotismo, es corregirlos con incansable constancia y con implacable energía. Y porque se enlaza con el tema de este discurso, yo he de señalar un defecto de nuestra raza; defecto, más bien vicio, que en mis labios ha de pareceros extraño, porque acaso os suene á contradicción o inconsecuencia.

Yo, el individualista incorregible, acuso á todos mis conciudadanos pasados y presentes, y no acuso á los futuros porque son futuros todavía, de una incurable indisciplina social, de un individualismo exagerado que esteriliza los más nobles esfuerzos y las más altas facultades.

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Inconsecuencia parece esto que digo, y no lo es, como, procuraré demostrar brevemente. Al condenar la indisciplina de nuestra raza, ¿quiero decir que es levantisca, revuelta, ingobernable, dispuesta siempre á la lucha contra el poder director? No, en verdad.

Lo ha sido unas veces, y otras ha pecado quizá por exceso de mansedumbre. No es más ingobernable, en suma, que otro cualquier pueblo europeo.

La indisciplina á que me refiero es más honda, más radical que la que pudiera surgir del hervor de la sangre.

Somos moralmente, sustancialmente, indisciplinados, y cada individuo lo es dentro de si mismo.

Tendemos fatalmente á la división , á la subdivisión, a la dispersión total.

Todo organismo se compone de fuerzas centrifugas y de fuerzas centrípetas, en cuyo equilibrio dinámico estriba la existencia y el desarrollo del conjunto. Pues bien: yo digo, y pruébelo la Historia si es que acierto, y sino acierto que la Historia lo niegue, y ¡ojalá lo negase! que en la raza española, las fuerzas de dispersión son inmensas.

Nadie está nunca conforme con los demás; y es lo más triste que concluye por no estar conforme ni consigo mismo. Acaso yo doy en este instante un ejemplo combatiendo el individualismo que antes defendió; pero creo que no; y de todas maneras, yo me entiendo y procuraré que me entendáis vosotros.

En todas las esferas de la vida y de la actividad, allí donde muchos hombres de nuestra raza se reúnen para cualquier fin social, científico, artístico, industrial, eco-

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nómico ó político, al punto surgen diferencias de opinión, tantas, por lo menos, como son los individuos; y esto no es un mal: la homogeneidad es la muerte. Cuando todos los puntos del espacio tengan la misma temperatura, dice la Ciencia que el mundo entero será un cadáver.

La unidad no supone la destrucción de la variedad; antes al contrario, la unidad es más rica cuanta más variedad contiene. La luz es blanca porque tiene siete colores. Nuestro globo es hermoso porque tiene valles y montañas. Existe el amor porque hay hombres y mujeres: si no hubiera más que un solo sexo, dejo á vuestra consideración qué deplorable seria la estética amorosa.

De manera que la diversidad de opiniones, de sentimientos, de puntos de vista y de ideas en cualquiera agrupación humana ni me desagrada, ni me asusta; antes me complace, porque es señal de vida, porque es prueba patente de que cada individuo es libre y de que usa libremente de su espontaneidad. Es un individualismo fecundo, no destructor.

Pero como el ser humano no vive sólo para la contemplación, como no basta pensar, claro es y es evidente que de las regiones ideales hay que pasar al terreno de la práctica. Y para ello es forzoso que las diversas fuerzas no se dispersen rebeldes, tercas, orgullosas, intransigentes; es preciso, en suma, que determinen una resultante, cediendo cada fuerza lo que sea preciso que ceda para coordinarse con las demás fuerzas.

Si esto no se hace, entonces es cuando aparece la indisciplina social y el vicio que combato en nuestra raza.


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Cada individuo ha de ceder algo de sus opiniones, no porque se le imponga coercitivamente el sacrificio sino porque él, cumpliendo con su deber, libremente lo realice.

Si esta abnegación no existe en un pueblo, ese pueblo es díscolo , indisciplinado, revoltoso, y al fin, estéril. Y aquí si qué el individualismo es funesto, porque hace imposible toda organización social.

Por donde veis cómo yo armonizo estos tres principios: la libertad individualista, la organización libre y el sacrificio espontáneo de su propio derecho en aras del deber. Sacrificio que es la prueba más ultra de la libertad individual.

Yo bien sé que estoy pintando una sociedad ideal en que todo el mundo cumple sus deberes de hombre y sus deberes de ciudadano, sin que fuerzas externas le obliguen á ello. Yo bien reconozco que la realidad es impura, que los problemas sociales ni tienen ni pueden tener la transparencia límpida ni el admirable rigor de los problemas de geometría. Pero yo digo dos cosas: primera, que una nación será tanto más adelantada y tanto más perfecta, cuanto más se aproxime á este tipo ideal; y digo, en segundo lugar, que á ese tipo perfecto se va acercando la humanidad como á su total divina en la línea ondulada del progreso.

De todas maneras, la falta de disciplina en nuestra raza es un vicio que está escrito con tristes caracteres en toda nuestra historia y hasta se muestra en cada individuo.

Nuestra imaginación es vivísima; nuestra comprensión, por regla general, es rápida: vemos mucho y vemos pronto en las regiones imaginarias ; lo cual prueba

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que existe en nuestro cerebro una variedad de imágenes acaso mucho mayor que la que pueda existir en los ,cerebros de los demás habitantes de Europa. Pero es una variedad enérgicamente indisciplinada. Es indisciplinado cada español en el seno de su patria, ó de una manera activa en sus guerras y revoluciones, o de una manera pasiva mas funesta en el desencanto, en la indiferencia, en el desprecio que todo le inspira ante sus propias opiniones. Abundamos mucho en nuestro sentir, como decía un eminente hombre político.

Se nos puebla el cerebro de imágenes; se nos ensancha en grandes horizontes; columbramos multitud de ideas, que acaso unas con otras luchan, y no sabemos escoger las principales, unas cuantas, las que debieran ser dominantes, ni tenemos fuerza inhibitoria para las demás.

Si no fuera extraña la imagen diría que nuestro cerebro es un piano en que no hay apagadores; y como todas las cuerdas vibran á la vez, reina la confusión en vez de reinar la armonía.

Siempre he creído que los cerebros españoles son cerebros indisciplinados, en los que el oleaje de la variedad ahoga la unidad, ó acaso la destruye.

La realidad práctica de la vida exige pocas ideas, pero fuertemente sentidas; es preciso que el hombre reconcentre su atención en un solo punto, porque sólo de este modo el trabajo intelectual será fecundo: cuando la espada golpea de plano en ancha superficie, se subdivide y se pierde la energía del golpe, y la mejor espada ..de Toledo se convierte casi en espada de madera. Cuando la espada hiere de filo, corta y no traza carde-


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nales, sino que hace brotar sangre; cuando hiere de punta, atraviesa.

¿Qué otra cosa es la atención constante del pensamiento sobre un objeto ó problema determinado, sino una estocada de punta que busca las entrañas del problema?

¡Quizá el sabio difiera del ignorante, entre otras cosas, en la fuerza de atención!

Pero cuestiones son éstas que me van alejando del tema, al cual me parece que más le voy dando prosaicamente de golpes de plano, que enérgicas estocadas.

Y, por otra parte, sospecho que voy fatigando vuestra atención, y quiero llegar rápidamente al fin de este desordenado discurso.

En él he querido demostrar que la verdadera regeneración de un pueblo la realizan sus individuos regenerándose á si propios. Que la organización social debe ser tan libre como lo consienta el momento histórico en que se viva. Que las fuerzas materiales que constituyen su grandeza se resumen en estas pocas palabras: la ciencia y sus aplicaciones á la industria; el trabajo, el ahorro y la riqueza; y como regulador del derecho, como guía de la libertad, la idea santa del deber, que impone á todos una gran disciplina voluntaria.

Esta fórmula no tiene, en verdad, nada de milagrosa; no requiere grandes esfuerzos de inteligencia para descubrirla; no cambia repentinamente la faz de una nación; es más bien un desencanto para las ilusiones; la impaciencia la encontrará trivial; pero con todo esto, yo estoy seguro que ni existe otra, ni ha existido otra jamás para los pueblos. La obra común, por todos ha


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de realizarse. Cruzarse de brazos y pedir grandezas y regeneraciones a una minoría, es candidez suprema y la más triste de las degeneraciones.

Que cada español, en su esfera propia, grande ó pequeña ó modesta, haga lo que pueda, y esto basta. Que el hombre de ciencia se afane y estudie, y que en cada momento se repita á sí mismo: «Quiero saber para que los sabios extranjeros no digan que soy ignorante»; que el industrial procure perfeccionar su industria y se repita á si mismo: «Quiero progresar para que las naciones extranjeras no digan que España no tiene industria»; que el agricultor, al hundir la reja del arado en la tierra, hunda el hierro más que nunca en el deshecho terrón, diciéndose á si mismo: «No piense nadie que se le secaron los jugos á nuestra tierra»; que el comerciante se lance con todas sus actividades en las corrientes mercantiles y busque las más caudalosas y procure otras nuevas, para que no digan que somos perezosos; que el último obrero, el de trabajo más modesto, en él deposite todas sus energías, pensando con noble ambición: «Á trabajar, á trabajar, que no digan que el obrero el es torpe o es débil"; en suma: que todos los ciudadanos trabajen cuanto puedan, santificando sus faenas y como obedeciendo á una voz misteriosa que les dijese: «Hay que trabajar por la Patria.»

Así deben pensar los grandes y los pequeños, los viejos y los jóvenes.

Los viejos, para no agarrarnos con egoísmos seniles á la vida que se nos escapa, antes bien abriendo ancho campo á la juventud, cediéndola el puesto y alentándola con el aplauso y el consejo.

Pero los jóvenes, despojándose de todo apetito mal-




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sano, de toda ambición bastarda, de toda impaciencia envidiosa, y justificando con sus obras las esperanzas que siempre inspira la juventud: porque si aun siendo jóvenes parecen viejos, habrá que proclamar la decrepitud universal, y entonces si que se acabó toda esperanza.

Horas son éstas de prueba, no hay que desconocerlo, y por eso deben ser horas de resignación; no de resignación fatalista, que para resignarse con la muerte siempre se está á tiempo, sino de resignación activa.

No nos extrañe, puesto que somos vencidos, que como vencidos se nos trate. No nos irrite el desdén; no nos exaspere la ironía: en toda masa humana hay mucho bueno, pero hay mucho malo también; que es ley de las muchedumbres la de escarnecer al caído y pisotearlo.

Ya lo expresó en el Quijote nuestro Cervantes, al escribir con pluma inmortal uno de los episodios de filosofía más honda y de mayor tristeza de su libro maravilloso: ¡trágica, burlesca horrible profecía !

Permitidme que recuerde este pasaje.

En el capitulo que trata de la aventura que más pesadumbre dió á D. Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido, cuenta Cide Hamete Benengeli que agradeció el Caballero de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al Visorrey la licencia que se les daba; y D. Quijote hizo lo mismo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y á su Dulcinea, como tenia por costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó á tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacia lo mismo, y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal


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de arremeter, volvieron entrambos a un mismo punto las riendas á sus caballos; y como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó á D. Quijote á dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, que dió con D. Quijote y Rocinante por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él, y poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo: « Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condicione de nuestro desafío.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzar la visera, como si le hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad: aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.» Vencido así D. Quijote, no por flaqueza de corazón, sino porque el pobre Rocinante era más débil que el caballo del Caballero de la Blanca Luna, seis días estuvo en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, y al fin se partieron los dos, D. Quijote y Sancho después: D. Quijote desarmado y de camino, Sancho á pie, por ir el rucio cargado con las armas.

Así anduvieron algunos días, hasta que llegó la noche triste de la aventura que relata el capitulo LXVIII.

Era la noche algo obscura: habíanse retirado señor y escudero del camino real algún trecho; cenaron tarde y mal; cumplió D. Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin: dar lugar al segundo, bien al revés de Sancho, que nunco tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados: y

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así, tendido en tierra D. Quijote, triste y desvelado, con el lío de las armas á un lado, y al otro la albarda del jumento, Sancho empeñado en dormir, y D. Quijote apretándole en lo de los azotes, sintieron de pronto un sordo estruendo y un áspero ruido que por todos aquellos valles se extendía: y de pronto llegó un tropel de bultos negros, gruñendo y bufando; y sin tener respeto á la autoridad de D. Quijote ni á la de Sancho, pasaron por encima de los dos los animales inmundos, poniendo en confusión y por el suelo á la albarda, á las armas, al rucio, á Rocinante.

Quejabase Sancho, y D. Quijote le dijo: « Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que á un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen avispas, y le huellen animales cerdosos.»

Vencida ha sido España: si por nuestro vencimiento hay quien nos maltrata, la afrenta será pena de nuestro pecado. Y hay que resignarse, que castigo del cielo será que nos coman zorras, y nos piquen avispas, y nos pisoteen los que pisotearon á D. Quijote.

Más que á quejarnos debemos atender á ponernos en pie y á esperar las luces del alba, que hice lo que hizo D. Quijote: que al fin y al cabo, para todos amanece Dios y para todos llega la claridad del día, como para todos ha de llegar la negrura de la noche.

Y con esto acabo, señores esta Memoria o discurso, o lo que fuere, que no tiene otro mérito que el que acompaña á un buen deseo: y buen deseo es, y otra cosa no, el de cumplir deberes de gratitud para con el Ateneo; el de cumplir deberes de modesto ciudadano para con la Patria, diciendo mi humilde sentir en estas




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horas tristes y afirmando esta verdad: que no hay más que un camino de regeneración o de grandeza, en los hombres como en los pueblos: ir todos en línea recta, si se puede, y si no como se pueda, sin miedos y sin flaquezas, al cumplimento del deber.


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