Curso sobre las virtudes



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LA PERFECCIÓN DE LA PERSONA

CURSO SOBRE LAS VIRTUDES


Autor: Tomás Trigo

Profesor de Teología Moral

Facultad de Teología

Universidad de Navarra

ttrigo@unav.es

http://www.unav.es/tmoral/virtudesyvalores

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AMAR Y REALIZAR EL BIEN: AMOR, JUSTICIA, CARIDAD




Sumario
1. El amor de amistad

2. La justicia

2.1. ¿En qué consiste la justicia?

a) La justicia como virtud general

b) La justicia como virtud específica o particular

c) El objeto de la justicia

d) El fundamento del derecho

2.2. Justicia y amor de amistad

3. Las especificaciones de la justicia

3.1. La virtud de la religión

a) ¿En qué consiste la virtud de la religión?

b) La función ordenadora y unificadora de la religión

3.2. Relaciones con los familiares y conciudadanos

3.3. Relaciones con las personas constituidas en dignidad

3.4. El amor a los benefactores: gratitud

3.5. El amor a los necesitados: generosidad

3.6. La manifestación externa del amor a los demás: afabilidad y virtudes de la cortesía

3.7. La equidad o epiqueya

3.8. La veracidad

3.9. El justo castigo o vindicación

3.10. ¿Amor y justicia respecto a los seres vivos no racionales?

4. La virtud de la caridad

4.1. ¿En qué consiste la virtud teologal de la caridad?

4.2. Características de la caridad

4.3. La caridad, amor de amistad entre el hombre y Dios

4.4. El amor a los demás hombres

4.5. El amor a uno mismo

4.6. La caridad, forma de todas las virtudes

4.7. La transformación de la virtud de la religión

4.8. La caridad y los dones del Espíritu santo

a) El don de piedad

b) El don de temor

Bibliografía

Notas


En los capítulos anteriores hemos visto que la dinámica del obrar humano lleva consigo, en primer lugar, conocer el bien, y, en segundo lugar, percibirlo como posible. Ahora veremos que, en tercer lugar, hace falta amar ese bien.

En el presente capítulo, trataremos las virtudes que perfeccionan a la voluntad y disponen a la persona para amar eficazmente a Dios, a sí misma y a los demás. Estas virtudes pueden resumirse en el concepto de amor de amistad (1), que es la base humana, natural, del amor sobrenatural.

Intentaremos mostrar que sólo a partir del amor de amistad puede entenderse adecuadamente la virtud de la justicia (2).

A continuación, estudiaremos brevemente las virtudes en las que se especifica la justicia (3).

Todo ello constituye un paso imprescindible para comprender la virtud de la caridad, que, perfeccionada por los dones de piedad y temor de Dios, es la madre y forma de todas las virtudes (4).


1. El amor de amistad

La persona está naturalmente inclinada al amor de Dios y de los demás. Tal amor, en sí mismo, no es una virtud, sino una tendencia, pero cuando se desarrolla se convierte en virtud y viene a ser la raíz y el fundamento de las demás virtudes morales 1.

Se puede definir el amor de amistad, amor electivo o dilectio, como la virtud que capacita a la persona para buscar el bien para el otro como si fuera para ella misma: el amigo «quiere el bien para el amigo igual que si fuese para él mismo»2.

El amor de amistad tiene dos dimensiones esenciales: la benevolencia y la unión afectiva.

—La benevolencia consiste en querer de modo eficaz el bien para el otro. Esto implica que, en la medida de sus posibilidades, el que ama procura el bien para la persona amada. Se trata, por tanto, de un amor efectivo. No se reduce a respetar la dignidad de la persona, ni a un sentimiento genérico de humanidad. El amor de amistad exige poner los medios adecuados para que la persona amada pueda alcanzar los bienes que necesita para perfeccionarse como persona.

—La unión afectiva. El amor de amistad es algo más que la benevolencia: «conlleva una unión afectiva entre quien ama y la persona amada, de modo que el primero considera a la segunda como unida a él o como perteneciéndole, y por eso se mueve hacia ella»3. Es, por tanto, un amor unitivo: añade a la benevolencia otro acto de la voluntad que es la unión de afecto. Por el amor de amistad, el que ama se hace uno con la persona amada, que es aprehendida como alter ipse, otro yo. «Es propio del amor –afirma Santo Tomás- unir al amado con el amante, en tanto sea posible»4.

Una característica esencial del amor de amistad es la gratuidad: el término del amor es “el otro”. La intención del que ama va hacia la persona amada y se detiene en ella, rechazando el retorno a sí mismo como un pecado destructor de ese amor5.

La gratuidad o desinterés del amor de amistad es posible gracias a la naturaleza espiritual de la persona. Esta naturaleza tiene de particular que, permaneciendo plenamente en ella misma, es capaz de recibir en sí y de llegar a ser, en cierto modo, el ser de otro, de conocerlo tal cual es y de amarlo por lo que es6.


El amor de amistad (que, como se ha dicho, incluye la benevolencia) difiere del amor de concupiscencia, que es el amor con el que se aman aquellos bienes que deseamos para alguien (uno mismo u otra persona). Esos bienes no son amados por sí mismos, sino por ser medios para amar a otro. El amor de amistad, en cambio, es el amor con el que se ama a la persona para la que se quieren esos bienes7. En este caso, la intención del que ama va a la persona amada y se detiene en ella.

No cabe oponer el amor de amistad al amor a uno mismo. Es más, el amor ordenado de la persona hacia sí misma hace posible el amor de amistad. «La forma y la raíz» del amor de amistad –afirma Santo Tomás- es el amor con el que la persona se ama a sí misma, «ya que con los demás tenemos amistad en cuanto nos comportamos con ellos como con nosotros mismos»8.

El amor a uno mismo debe distinguirse radicalmente del egoísmo; es el amor por el que la persona quiere para sí misma los bienes que atañen a su perfección como persona. En este sentido, la persona se debe amar a sí misma con un amor más fuerte que el amor de amistad, pues tiene consigo misma algo superior a la unión entre personas: la unidad.
El amor de amistad nace como respuesta al amor recibido por la persona. La persona humana es criatura e indigente: todo lo que es y tiene lo recibe gracias a alguien que la ama antes de que exista. Ella misma es un don gratuito, un fruto del amor de Dios. Además es también fruto del amor de sus padres y de todas las personas que de algún modo le han ayudado a desarrollarse en todos los aspectos. Cuando la persona descubre que, sin merecerlo, es amada por otros y que gracias a ese amor es lo que es, se despierta el agradecimiento, que sólo puede cumplirse correspondiendo con amor: nada mueve tanto al amor como saberse amado9.

El hombre «no puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto –como nos dice el Señor- que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. Jn 7, 37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. Jn 19, 34)»10.


El amor de amistad es el amor propiamente humano, igualmente alejado del amor interesado y egoísta que del amor puramente extático.

Algunas corrientes de pensamiento consideran que el amor humano siempre es, en el fondo, amor interesado: el término del amor sería necesariamente el sujeto que ama. En realidad –se afirma-, la persona está siempre cerrada sobre sí misma y es incapaz de amar desinteresadamente. El altruismo no es otra cosa que un disfraz del egoísmo. Esta errónea concepción del amor justificaría el anonadamiento del sujeto amado, convirtiéndolo en objeto para la propia satisfacción.

Otras corrientes, situándose en el extremo contrario, afirman que el amor propiamente humano es el amor extático, que consiste en un salir totalmente de sí y adherirse completamente al amante. Sería puro altruismo. Todo amor que no fuera absoluta donación, sería egoísmo. Ahora bien, el amor extático o desinteresado así entendido no es humano, pues lleva a la destrucción del sujeto amante en provecho del amado.

Una propuesta de solución a esta aparente aporía es la que afirma que en la persona se dan a la vez dos amores: el eros y el ágape. Que sea o no la solución depende de cómo se entiendan ambos conceptos. Por ejemplo, para A. Nygren11, conocido defensor de este tratamiento del amor, el eros consiste en la búsqueda del bien propio: es amor de sí, egoísmo; el segundo es un amor totalmente desinteresado. Serían dos formas de amor irreconciliables. Nygren, en la línea del pesimismo antropológico luterano, reduce el amor humano a eros y considera el ágape –el único amor verdadero- como amor exclusivamente sobrenatural12.


La concepción del amor propiamente humano como amor de amistad resuelve las contradicciones planteadas. En efecto, «la amistad realiza esta maravilla de que cada uno de los sujetos en cuestión reconoce al otro como sujeto digno de ser amado por él mismo y quiere, por tanto, eficazmente su bien, sin retorno a sí. Además, cada uno de ellos encuentra su bien propio en esta amistad, y esto en virtud de la voluntad del otro que le ama correspondiéndole»13. De este modo, en el amor de amistad se realiza la síntesis del amor como entrega y del amor propio ordenado. La persona ama y se entrega a Dios y a los demás, y recibe el amor de Dios y de los demás como un don. Además, por el hecho mismo de amar y entregarse, la persona se perfecciona y se realiza a sí misma como persona.

Como el amor de amistad se funda en los bienes que se comunican o comparten, existen diferentes tipos de dicho amor, según sea el bien que se quiere para el otro o los bienes que se comparten: por ejemplo, el bien compartido de la intimidad conyugal, funda el matrimonio como amistad conyugal; el bien del hogar funda la familia como amistad familiar, en la que confluyen distintos tipos de relaciones; el bien de la cultura y de la seguridad funda la amistad civil; el bien de la bienaventuranza divina funda la amistad con Dios y la fraternidad entre los miembros de la Iglesia14.


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