Curso de tarot para principiantes g. Vega Dedicatoria: a Dolores



Descargar 0,98 Mb.
Página1/25
Fecha de conversión20.05.2017
Tamaño0,98 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   25


CURSO DE
TAROT

PARA PRINCIPIANTES
G. Vega

Dedicatoria:




a Dolores
(ella sabe por qué.)


a Martina
(y le explico por qué):
Porque me ha dado los disgustos

y las alegrías más grandes de mi vida”.
(Y del balance no digo nada.)

ISBN 99-01-23049-2

Permitida su reproducción (como todos los libros de G. Vega) en cualquier medio que no sea en ediciones, en libros.
www.gvega.com

www.gvega-libros.com








  1. Un matiz personal de interpretación


Fui educado como todo el mundo en una sociedad que entroniza “lo real” alejado de la magia y de la poesía tal como propiciaba equivocadamente esa cucaracha llamada Kant (basándose en un tiempo y espacio separados, como todo el mundo sabe que así es “a priori”, sin necesidad de pruebas... hasta que llegó Einstein y demostró su equivocación, que el tiempo y el espacio no son “como todo el mundo sabe, a priori, dos cosas separadas”), actitud que él suponía realista, rechazadora de todo lo que su cerebrito no era capaz de entender. Para colmo, esa estúpida pretensión de que sea la inteligencia pura la rectora del bien y del mal: algunos nazis argumentaban en base al famosote “imperativo categórico” su persecución de los débiles, ignorando que la base de ser una buena o mala persona estriba -entre otras cosas- en los sentimientos: ya se encargará la inteligencia de encontrar argumentos para justificar una u otra actitud. Los sicópatas no son necesariamente malos: se guían por la razón. Pero decía eso, que mi formación, como la de la mayoría, era patéticamente kantiana. Encima soy varón, o sea que la educación me impulsa a estar orgulloso de mi fría racionalidad (yang) y a despreciar como cosas de mujeres todo el mundo de la intuición (yin) que tanto tiene que ver con la magia, con lo que no podemos explicar según las leyes lógicas (por eso en un porcentaje alto a los hombres les da vergüenza mostrar interés por estas cosas... Y cuando algo se lo demuestra se ven impulsados a hacer un comentario más o menos despectivo sobre el asunto). Bien: con esa estúpida y arrogante actitud (espadas, de las malas) fue cuando -hace una montaña de años y para mi bien- me topé brutalmente con un suceso mágico, mágico sin lugar a dudas (no es el momento ni lugar para explicar qué fue, qué me pasó).



O sea que, quisiera o no, todos mis conceptos fueron puestos patas arriba.

No lo cuento porque, entre otras cosas, no es posible transmitir la esencia no habiendo experiencias comunes compartidas. No se puede explicar el azul del cielo a un ciego de nacimiento. No se puede explicar con palabras la quinta sinfonía de Beethoven ni el himno del Boca Juniors. El caso es que a partir de ese primer suceso en Rio de Janeiro me dediqué –con calma, sin obsesionarme- a investigar cómo pudo ser, qué fundamentos hay en la magia, cómo funciona el asunto. Aprendí algunas cosas: que hay allí bastante de cierto, claro que mezclado con bastante mentira, pero no mucha más que en otras actividades humanas (política, ciencia, comercio, banca, el carpintero que me jura que el lunes tendrá listo el trabajo que le encargué, etc.) y viví otros sucesos que no sirve que cuente, pues nadie está obligado a creer sin pruebas sobre todo si se habla de cosas raras. Sugiero que sea suficiente (para quien nunca tuvo una experiencia de estas) una actitud tipo “Bueno... tal vez haya algo de verdad en eso... Ya veremos”. Respetar y utilizar con buen criterio la lógica, esa útil herramienta... y admitir que no puede explicar todo lo que sucede en el universo: un aproximado y jamás perfecto equilibrio, yin Yang, como quien dice. Si el universo fuera perfecto, hubiera producido el mismo porcentaje de materia que de antimateria… que se hubieran anulado y no existiríamos. El desequilibrio de casi el uno por ciento mayor de materia es lo que nos permite decir “¡Salud!” Digo yo que conviene admitir que más allá de difusas fronteras hay que creer un poco –y con cuidado- en la magia... como a regañadientes lo están admitiendo los kantianos científicos; un ejemplo (y no es el único): está verificado que un átomo está compuesto por partículas de diferente carga eléctrica que se rechazan, que se mueven en oposición y que en circunstancias se alejan una de otra hasta distancias siderales. Y que en ocasiones son ondas, que han dejado de ser partículas. Este fenómeno, el paso de una cualidad a otra, tiene aplicaciones prácticas (rayos láser, ordenadores...) pero ¿qué determina que un haz de luz esté compuesto de fotones o que se comporte como onda? Respuesta mágica: créase o no, nuestra forma de medirla. Claro que no soy capaz de explicar exactamente qué pasa aquí. Sospecho que ni los científicos especialistas lo tienen claro, pero por ahí va la cosa: si medimos un haz de luz esperando su comportamiento fotón, tendremos fotones; si lo hacemos tratando de cazar ondas, será ondas. ¿Y cuando nadie mide? No se sabe. Se sostiene ahora que no es ni una cosa ni otra, con inmensas repercusiones filosóficas en las que nadie quiere pensar mucho. Porque encima que se mea se mea encima, como dice Coll, pues resulta que está demostrado (no me pregunten cómo) que si una partícula subatómica se convierte en onda, su antipartícula, esté donde esté, ya sea a nanomilímetros de distancia de “su” partícula o a mil billones de kilómetros... en el mismo momento se transformará igualmente. Y “en el mismo momento” quiere decir que la información viaja a infinita mayor velocidad que la luz. Y recordemos que entre una partícula y su antipartícula no hay ningún cable, nada; entonces ¿qué medio utiliza la información para viajar? Todo esto (“entrelazamiento”) está “demostrado científicamente”, ya hay experimentos con buenos resultados de teletransportación de fotones a la distancia que se les de la gana.

Por si acaso, no me crean mucho: a quien le interese el asunto, que curiosee por su cuenta y riesgo. Al principio, hace años, cuando empezó a evidenciarse todo esto, hubo científicos (Einstein inclusive) que lo negaron, pues decían que admitir todo esto era lo mismo que aceptar que era realmente posible que en el instante que un brujo del Caribe pinchara un muñequito, se enfermara en París la persona representada. Ahora, cuando ya se sabe que las partículas subatómicas (que componen todo lo que existe, ojo) se comportan de esa forma mágica, no hablan más de vudú. Prefieren mirar para otro lado. Pero es cada vez más difícil: ya está creciendo la investigación matemática referente a la teoría M o de las supercuerdas, que unifica los fenómenos cuánticos con la física de Newton, con la particularidad que presupone la existencia de creo que once dimensiones. En fin... no quiero extenderme más en todo esto (y tampoco sé tanto como para extenderme mucho) pero quiero remarcar aquello de un respeto a la intuición, a aquello que decían los poetas: “Somos tiempo coagulado” (G. Meyrink), por ejemplo y que ahora parece que en parte se confirma. Diría el mala leche de Schopennahauer que “Somos voluntad coagulada”, y yo pienso en “Información coagulada”. Bueno: ya pensaré en esto el día que no den nada en la tele. Conclusión: Tal vez, tal vez, algo de esas cosas de la cuántica funcione con las cartas: nuestra intención de que en tal lugar “salga” una carta que arroje luz sobre el tema tal, incida en algún mecanismo.

Vaya uno a saber...
Alguien estudia piano: si tiene un talento, oído, un don, una vocación especial para la música, aprenderá en un año lo que careciendo de estas condiciones no aprenderá en diez. Estoy en el segundo caso: ya dije (resumiendo lo esencial) cómo y porqué llegué al Tarot: por espíritu cartesiano, de investigador crítico-yang, más que por vocación. Waite, generosamente, en lugar de decir de los lectores de Tarot que están en mi caso que carecemos de facultades adivinatorias, del “don”, escribe “Quienes están dotados de facultades reflexivas y de discernimiento...” La desventaja de mi actitud “reflexiva y de discernimiento” es que en estos años llegué a un nivel inferior del que tendría con vocación, con facultades adivinatorias (algo así como quien después de años de estudiar piano puede tocar La cucaracha) y con la ventaja de que –habiendo estudiado “racionalmente” (en la medida de lo posible en estas discutibles cuestiones) me resulta más fácil explicar algunas claves. Así, un lector “con vocación” (o con “poderes de videncia”) puede aprovechar rápidamente –y superar mis modestos logros –más mérito de las cartas que otra cosa- aprovechando lo aquí escrito, y uno con menos cualidades... digamos esotéricas, puede aprender más rápidamente –por tenerlo claramente explicado- que yo. También es verdad que conozco a algunos con facultades adivinatorias que están un tanto desquiciados, que no es garantía de que salga todo bien el tenerlas. O, directamente, alguno que las usa mal o para mal. De todo hay en esta viña.

Por lo que entiendo, esto del Tarot funciona básicamente en tres planos: uno, del que no sé nada, vuela muy alto, en lo espiritual-místico-mágico-esotérico. Para quien esté interesado en ese aspecto, no soy el guía más indicado. Hay que empezar, claro, con Arthur Waite y... no sé. En otro plano, los que tienen “don”, un nivel de facultades adivinatorias: a gente con esta capacidad, cualquier sistema de fijación de imágenes mentales les vale, unos más que otros: el Tarot, o la astrología, o una bola de cristal... Según su nivel pueden ser muy muy precisos hasta las minucias que se les dé la gana. El terrorífico problema es la magnitud de la responsabilidad que asumen, pues si por ejemplo usted consulta a una persona así, sin conocerla de nada, sin conocidos comunes y ésta le describe detalles reales de su casa -como “Es un cuarto piso, paredes empapeladas, la ducha gotea y su madre le exige que la arregle desde hace cuatro meses, etc.”... y detalles precisos de su familia (de usted, claro) o de su infancia,- cuando le prediga su futuro usted le creerá sin dudar. Y si le dice “El mes que viene ganará un dinero extra por tal cosa”, al verlo confirmado un mes después, con más certidumbre creerá el resto de las predicciones a más largo plazo, diez, veinte, treinta años en el futuro. Y tal cosa cambiará su forma de manejarse con la realidad, a veces para mejor... y a veces no, sea porque usted se relajará más de lo que le conviene, en la confianza de que da igual lo que haga porque todo está escrito... o porque se haya deslizado una equivocación importante en esa predicción que lo deje a usted en una pésima situación... de la que ese señor es en buena parte responsable. Por lo que sé, este o parecido nivel de precisión –que es algo raro, que ya sabemos que no es lo más usual- es algo parecido a un error de juventud: quiero decir que quienes tienen estas facultades suelen usarlas así, tipo ametralladora, en una primera etapa (mezclada también con un poco de vanidad, de soberbia, conscientes de lo que está pasando en la mente de quien los oye) y que, pasados algunos años, observan que aquí y allí, sí, han ayudado a mucha gente... peeeroo... a tal y tal otra persona por alguna equivocación, sin mala fe, las han llevado a una situación mala o muy mala... de la que son –ya lo dije-en buena parte responsables. Entonces, ya más maduros, procuran ser un poco más genéricos, ser un poco más humildes, ayudando en lo que pueden y advirtiendo que no siempre aciertan de modo que dejan, como es conveniente, que quien les consultó sea precavido... y responsable de sus decisiones. Y más sabiendo que entre sus consultantes hay personas que sí, que viven una situación de angustia, que sí necesitan ayuda, pero también que hay aburridos buscadores de emociones fuertes a los que conviene recomendar que hagan puenting con cuerdas un poco más largas de lo imprescindible, que mejor que sobre cuerda y no que falte, ya puestos en gastos, metro más metro menos.

Porque es imposible ayudar a quien no le interesa ser ayudado, por mucho que debiera interesarle. Hay muchísimos que prefieren la vida emocionante, tipo culebrón venezolano, bajo El Diablo, por ejemplo, que el consejo amable de La Templanza. Que se diviertan.

Y la otra opción que conozco (aparte de los charlatanes, que, dicho está, de todo hay en la viña del Señor, como debe ser) es la mía: gente sin especial capacidad de videncia aunque un poco, a veces, todos la tenemos (serenidad y precaución en esos casos, cuando surja) y de una forma rara algo siempre se va desarrollando. Pero la “magia” que puede faltarles a ellos (a mí) la suple la que hay en las cartas, la constatación de que sin explicación lógica conocida, “salen” las más significativas en los lugares apropiados ¡casi siempre! Y más precisas cuanto más dura es la cosa, cuando más falta hace que sean claras. Si estudiamos con calma, con serenidad y paciencia, sin obsesionarnos, sin crearnos ni crear dependencia, encontraremos una herramienta que nos ayuda y ayuda, herramienta que usándola con respeto que no niega el humor, podremos ir mejorando año tras año.



En una época pensaba que no se equivocaban jamás, que el error estaba únicamente en la interpretación, pero ya tengo confirmado que se equivocan. O, mejor dicho, que en determinadas ocasiones -cuando las usamos por pura vanidad, cuando pretendemos un innecesario nivel de precisión en las respuestas- directamente o se burlan de nosotros o dicen cualquier cosa para que las dejemos en paz. Las cartas funcionan con más claridad en la medida en que puedan ser útiles. Esto quiere decir que si las tiramos de puro aburridos preguntando tonterías o queriendo desafiarlas, no sirve. Por lo menos en mi caso, en mi experiencia: conozco al vecino, sé que es una persona con tales y tales características, puedo elegir las cartas que definirían su esencia… pero no puedo pretender que salgan esas cartas solo para curiosear. Si alguien nos pide que se las echemos sin mucho entusiasmo, saldrán con claridad si nos proponemos que le sean útiles, cualquiera sea su actitud. Bueno: no siempre. Pero cuando las papas pelan, cuando hace falta de verdad, en cosas importantes, no me han fallado. Y otro factor de error de interpretación: a poca gente le gusta ser lechuza, entonces viene una pareja de buenos amigos, les tiramos las cartas, vemos algo raro en el futuro de su relación… y nuestra buena voluntad, el deseo de que les vaya bien y sigan juntos, en ocasiones nos bloquea la interpretación desapasionada y justa: no les decimos “Divorcio” sino bla bla bla. Sucede. Después del divorcio nos reprochan nuestro error. Y resulta que tras el periodo de conmoción, ambos ven como positivo el haberse separado. Entre otras cosas, es por eso que prefiero hablar ante las cartas sin saber –en primera instancia- cuál es la cuestión que ha planteado el consultante. Puedo interpretar menos condicionado por lo que a mí me gustaría que sucediera… que no siempre será la mejor opción.
Con respecto al desarrollo de la videncia: sé que es posible, sé que hay métodos eficaces... y la serena confianza, el fluir con buena voluntad también es un camino, un camino que es productivo y grato. Otra vez: obviamente le sacan más partido los que tienen “vocación”, los que tienen cualidades naturales, tal como hay gente que tiene “oído” para la música. Pero en uno y otro caso (se tengan o no dotes naturales, espontáneas) sugiero, recomiendo, precaución, buena voluntad, sentido del humor: reírse de uno mismo, no tomarse demasiado en serio, es el mejor antídoto contra la chifladura, la cegadora vanidad; es un necesario factor de equilibrio. Y, sobre todo, huir como de la peste de todo lo que se aproxime a la obsesión pues en este terreno, pasado el confuso límite peligroso, la estupidez de la soberbia es imperativa y la locura no está lejos. Por cierto: si tenemos la convicción de que tal asunto nos conviene enfocarlo de tal forma y vemos lo contrario en las cartas, reflexionemos ¿porqué no? pero no somos esclavos de ellas y no me canso de repetir que a veces se equivocan, o sea: no les hagamos caso, sigamos el camino que habíamos pensado manteniendo la guardia, eso sí, que nunca está demás. Si pronostican que el amor de su vida será una catástrofe, no tiene sentido que salgamos corriendo alejándonos de él sólo por eso, porque lo dicen las cartas. Tener cuidado es otra cosa. Si las cartas no se equivocaran nunca, el mundo sería una locura, sería peor. Y yo no estaría escribiendo esto sino con los pies arriba de una mesa en la casa de Bill Gates, totalmente enloquecidos los dos, todo el día hablando de acciones y de reyes de Bastos.

Las cartas son una ayuda, no son infalibles. Son siempre un elemento válido de reflexión, de alerta -ante posibles situaciones antipáticas o de mejor aprovechamiento de las simpáticas- y de apertura a la intuición que muchas veces nos hace ver un poco más clara una posibilidad... No es poca cosa.

Historia de un fracaso: una amiga tiene un proyecto comercial muy interesante, mucho dinero en juego. Durante meses las cartas le dicen que saldrá bien. Nada espectacular, pero que sí, nunca una carta mala. Y no. No salió. En cosas importantes, es el único fracaso que encontré, y lo lamento mucho pues me hubiera gustado que le salieran bien las cosas. (Por cierto: en los libros que escriben los del tarot, nunca vi la historia de fracasos, parece que fueran infalibles. Y sé que no.)

Está dicho y repetido desde hace miles de años que los dioses son deliberadamente ambiguos en sus profecías, pues el objetivo (especulemos) es tranquilizarnos un poco para que actuemos con más eficacia y no relajarnos para que no hagamos nada ante el mal que creeríamos inevitable, o que no nos esforzáramos para favorecer lo que está bien. Si las cartas nos pintan un duro futuro, tranquilicémonos, es posible que se equivoquen o algo así. Por prudencia abramos los ojos, preparémonos en lo posible para que la cosa no sea tan grave… Si se equivocan ¿qué tiene de malo que hayamos estado serenamente atentos? Si nos vaticinan fulminantes éxitos… Otra vez y siempre: prudencia. Ojalá sea así, pero no descuidemos por ese vaticinio la acción necesaria. Si se cumple, a festejar y a vivir que son dos días. Eso: agradezcámosle cariñosa y respetuosamente la ayuda, sin renunciar a nuestra responsabilidad.

Miren: tengo un libro de Tarot de los años setenta que leí en los noventa. No me cabe la menor duda de que el autor sabe un montón más que yo, que ha visto confirmado lo “leído” una y mil veces, que ha ayudado así a un montón de gente. Buen pibe. Pero en las páginas finales quiso ponerse una medalla bien grande, quiso impactarnos con su sapiencia y se tiró sin red a vaticinar el futuro de los políticos más conocidos de su momento, y le vaticina la reelección en loor de multitudes ¡a Nixon! (¿qué catzo es “loor? ¿loas? Hay quienes escriben “En olor de multitudes”, que supongo será baranda a chivo) y a Perón le augura que “morirá en el exilio, execrado por su pueblo”. Pobre. Me lo imagino el día que se lo entregaron de la imprenta firmando ejemplares, regalándoles a sus amigos un ejemplar dedicado… ¿A qué se dedicará ahora? ¿Qué dirá? ¿Tendrá ahora –gracias a ese necesario papelón- la humildad que le faltó en su momento o se empecinará con excusas en su temeraria actitud? Porque el número uno de los Arcanos Mayores, El Mago, es un agente de la magia, no el fabricante, el autor de ella. La magia circula por él como la electricidad por un pararrayos. En la posición invertida, El Mago patas arriba, representa a un mago (o a un señor con sus muchas habilidades y características) a quien su justificado alegre orgullo –pues la humildad no es su fuerte- ha crecido como una planta parásita hasta coparlo con la tonta y ciega vanidad (todos esos bichos: vanidad, ira, celos, etc. enceguecen) y ha utilizado sin consciencia su mucha inteligencia encontrando magníficos argumentos para auto engañarse, convenciéndose de que él es el generador de sus habilidades. Para poner las cosas en su lugar está la realidad. ¿Qué a veces la realidad se toma sus obligaciones con mucha calma? Sí. Pero si no es hoy, será mañana, un día de estos. Se la encontrará en cualquier esquina y ahí te quiero ver, muñeco. Como dicen los taurinos, “El toro pone a cada uno en su sitio”. Y si entramos en ese plan tonto, cuanto antes llegue la palicita, mejor, más barato nos saldrá.

Nunca leí un pronóstico que haya resultado efectivo, confirmado en líneas generales, a más de un año.

O sea, resumiendo: si nos interesa este asunto de las cartas (o sus afines: numerología, astrología) con respeto y prudencia, con el objetivo de ayudar, sin exigir más precisión que la justa o un pelín menos, huyendo de la vanidad como de la peste, riéndonos un poco de nosotros mismos, que nunca está demás. ¡Eh!.. Una historia: hace un montón de años (pero después de los Reyes Católicos) yo estaba curioseando estos temas, estudiando un poco esto, un poco de magia para ver si entendía lo que conté y otras que callé. El asunto es que me despierto una mañana recordando con absoluta nitidez un sueño (hay formas de recordarlos así, nítidos… pero se duerme mal y para mí no vale la pena): no soñé que me caía, cosa que se asocia con el número 56, ni con dos patitos, ni… Soñé que me sacaba la lotería, tal cual, con el número tal, y me acordaba del número perfectamente. Eso es soñar, señores, que gustazo. Cepillarse los dientes silbando es difícil pero lo intenté. Bueno. Salgo para desayunar y a los cien metros un vendedor de lotería me ofrece… Bingo: premio para el caballero. Sátamente. El mismísimo. ¿Pegué un salto de alegría, asombrado ante el milagro? No señor: yo así, tan tranquilo, pss, displicente, como si fuera lo más normal del mundo ¿acaso no era yo un mago que soñaba con el número ganador? Compro la serie entera, leo atrás las cifras de los premios, proyecto las inversiones y menos mal que no salió ni terminación, que si no, ya siendo pocos los que me aguantan, a ver qué hubiera sido de mi vida. Lo que les decía: las necesarias pequeñas palizas para que sigamos con buen humor en la brecha o para que los dioses se diviertan, que también tienen derecho. En mi descargo aviso que me reí mucho. Ah… Otra (así es la vida, soy el dueño del ordenata y escribo lo que quiero ¿no?). Noche de San Juan en las playas de Marbella. Todo el mundo saltando tres veces arriba de los fuegos, esas cosas. A alguien se le ocurre la idea “¡Venga, todo el mundo al mar y a tirar cien pesetas para Neptuno!” (Eso costaba una cerveza en el chiringuito ¡felices tiempos antes del euro criminal!). Ahí voy, con “Todo el mundo”, descalzos, arremangados los pantalones o las faldas levantadas. Ja ja ja a la una a las dos a las tres jooop toma cien pesetas Neptuno y tráenos suerte y al agua vuelan decenas de monedas menos las de este gordito vivo que hizo el ademán de arrojarla pero minga que de puro ratón me la guardo y que Neptu coma boquerones que son baratos y muy ricos pero cuando piso otra vez la arena seca caigo en que perdí el monedero con cinco mil pelas cagonneptuno y le pido la linterna a un policía y les cuento el asunto a mis colegas que ya que perdí la guita por lo menos que nos riamos digo yo y cada tanto lo recuerdo pues cuanto más veces sonría eso recordando más amortizo la pérdida que al final son treinta roñosos euros y bastante partido le saqué. Y ahora caigo en que me comí un montón de comas de modo que aquí van: ,,,,,,,,,,.

Repartirlas según gustos personales.

Bueno ¿en qué estaba? Ah, sí, eso.



Sigo:

Repiten todos los que andan en estas cuestiones que los buenos resultados van paralelos a la fe en el asunto, a la seguridad que se tenga en que así es la cosa… y es probable que haya mucho de verdad en tal aserto, pero mi naturaleza yang me exige siempre un punto crítico -que, la verdad, no me disgusta- y creo que si por un lado ese porcentaje (difícil de precisar) de reservas mentales, de no estar absolutamente seguro, me resta efectividad, pienso que me mantiene más o menos cuerdo dentro de discutibles márgenes y que una cosa por la otra y de todas maneras eso es lo que hay.



Mi pretensión al escribir esto del Tarot no es ser mejor que nadie en especial sino en ser uno más entre los buenos (entendiendo “buenos” en el sentido de “buena voluntad”), entre los que pueden, a veces, ser un poco útiles, cosa que nunca sobra. Y divertirme un poco, claro.

Me enseñaron a leer las cartas utilizando esas, las Rider Waite, que siempre me fascinaron. Utilizándolas, fui encontrando pequeñas variantes y nuevos significados sobre lo aprendido. Después empecé a comprar libros sobre el tema, y de lo leído fui subrayando y meditando en nuevos aspectos, nuevos para mí. En algunos casos coincidían con mi intuición, de modo que integraba lo leído sin problemas, muy contento; en otros no tanto, cosa que me obligaba a pensar un poco más... y a veces a concluir “Esto no me convence”. En fin, por ahí... hasta que (hace ya años) ¡pataplum! cae en mis manos “Claves del Tarot Rider Waite” y “La clave ilustrada del Tarot” escritos por el mismísimo Arthur E. Waite. Juro que corrí hasta una cafetería para leer aunque sea algo antes de llegar a casa. Ni sabía que existían tales libros: yo conocí hace un montón de años a un brujo (vidente y otras cosas) y me enseñó esto, pero no me dijo nada acerca de los libros de Waite, ahora entiendo por qué (ya lo diré). Al encontrarlos, mi suposición fue: nadie sabe más de estas cartas que Waite, lo que diga al respecto es santa palabra. Ni se me ocurría la posibilidad de concluir en “Esto no me convence” sobre algo que él escribiera al respecto. En la cafetería no entendí mucho... y en casa menos. Quiero decir: soy tan inteligente como el promedio de las personas, de modo que si me explican bien dónde está la panadería, lo entiendo y no me pierdo. Si leo el prospecto de un remedio, en muchos casos no lo entiendo del todo bien pero más o menos pesco el sentido general y sé si lo tengo que tomar en ayunas o después de cenar, y lo que no termino de entender, sospecho que en general es porque lo escriben a propósito para que no lo entendamos del todo bien: soy buena persona, confío en los seres humanos, y me niego a pensar que quienes se dedican a escribir prospectos de medicina sean tan inútiles que no sepan escribir uno clarito; me suena más razonable barajar la posibilidad de que tengan raras intenciones. Bien: todo lo dicho no es una digresión. Es lo que me pasó con Waite pero a lo bestia: lo leí con una buena voluntad de hierro; achaqué mi nula comprensión de cuestiones importantes a mi cerebro acartonado; le di vueltas al asunto una y otra vez. Paralicé toda mi actividad en cuestiones de Tarot hasta llegar a una conclusión; pensé si no era mi incomprensión un autoengaño, una resistencia a replantear todo lo aprendido (El Juicio invertido), una forma de aferrarme a “lo malo conocido”, un negarme a admitir muchísimas equivocaciones mías, cosas, interpretaciones que diferían de las de Waite en muchos casos. Por fin me dije “Bueno... no nos volvamos locos del todo” y dejé el tema en suspenso según consejo de El Colgado y de Ricardo Corazón de León. Me dediqué una temporada a ver cómo le iba al Barcelona, si China revalorizaba o no su moneda, si mi actual futura ex mujer quería ir al cine, si el freno delantero de la moto requería un arreglo, etc. Y, ya más sereno, volví al asunto. Y nada, que de lo esencial no entiendo ni papa. Subrayo como “útiles” algunas cosas (y ya con eso claro que el saldo me da positivo, que resulta eso, útil... peeerooo)... pero el meollo, la cuestión, el busilis, nada de nada, rien de rien: toda una parte está dedicada a los Arcanos Mayores en plan críptico místico esotérico, como si fuera mensajes a sus misteriosos colegas y a mí que me parta un rayo. Un ejemplo entre muchos (de El Colgado): “Esta es una carta de profundo significado, pero todo este significado está velado.” Y más adelante nos dice “Qué significa” cada carta, tipo telegráfico, así como un resumen... y otra vez “pero”: pero como si no le importara mucho el asunto, pues dice “Tal cosa, tal otra, tal otra. Algunos dicen que tal otra”... ¡¿Cómo que “Algunos dicen”?! Peor aún: “En otras interpretaciones dicen, por el contrario, que”. Entonces me pregunto cuál es la clave prometida, pues él no me aclara en muchos casos cuál es la correcta, o cuál es la que él cree correcta interpretación. Tal vez la famosa clave esté en una frase: “Yo no tengo más proceso que ofrecer que aquel que se obtiene, como creo, con la reflexión individual sobre todos y cada uno de los Arcanos Mayores”, que, si no entiendo mal, si no estoy forzando la interpretación llevando agua para mi molino, quiere decir precisamente que es válido lo que cada uno honestamente intuye, que vale la conclusión a la que cada lector ha llegado con su nivel... y que, lógicamente, es mejor una que otra, es más fina, acertada, útil, una que otra en función de las cualidades, del valor de la reflexión de cada individuo. Y si es así, estoy de acuerdo con él, admito y agradezco muchas cosas... y me permito –tal vez (si no entendí mal) autorizado por él- disentir en otras, sin que por actuar así, a los que interpretamos con variantes algunas cosas, se nos pueda acusar de fantasiosos, de caprichosos. Lo que perdemos en seguridad, en seguir obedientes a lo que sería una exigente Biblia del Tarot, en obedecer a papá, lo convertimos (y parece que él lo tenía previsto como conveniente) en responsabilidad, en investigación propia... en ascender a nuestras cumbres (altas o no tanto, según nuestras fuerzas y voluntad) ayudados, sí, estudiando el trabajo de otros, sí, pero cada uno por nuestros méritos, pocos o muchos y por nuestra intuición, poca o mucha. Y por si esta frase (no del todo clara, para no variar) fuera poco, tiene otra por el estilo: “Los registros del arte (de leer las cartas) son los recuerdos de encuentros en el pasado que se basan en la experiencia; de esta manera se convierten en guías de la memoria y de esta manera podrán hacer sus propias interpretaciones...” O sea: que en mi aprendizaje más mi intuición y luego aplicación que fue cambiando gradualmente en algunos aspectos, cambios cuya guía pretende estar basada en la buena voluntad, en que las cosas sean lo más claras y útiles posibles, apegadas a la realidad en lo posible... aunque no coincida (y de hecho en varios casos no coincide, por mucha voluntad que le ponga) con las propuestas dictadas por Waite, tienen un valor, una aplicación. Digo yo.

Y aquí diré lo que antes prometí: mi conclusión general de los libros de Waite es: para él, parece ser que el Tarot es muy importante en un plano entre místico y esotérico del que repite no poder decir nada a nosotros, los profanos. Y la parte de uso adivinatoria o descriptiva de situaciones… no le importa nada. O sea que para encontrar algo útil, debo revisar entre lo que no quiere decirme y lo que me dice con pocas ganas. Bueno: paciencia. Algo bueno hay, seguro, y a lo largo de esto que escribo irán algunas cosas que subrayé como válidas.



Entonces, quien lea (“esto que escribo”) y disienta aquí y allí... bienvenido al club. Quiero decir: esto que presento es una faceta, un matiz personal de interpretación; matiz y faceta que a alguien le pueden en parte venir bien, ampliar en parte sus conceptos. Sospecho que no conviene pretenderse más. Peor es nada. Se da frecuentemente el caso de que un lector avezado obtiene resultados que lo conforman dando a cartas un sentido diferente al nuestro o al de otros… ¿Está equivocado? ¿Estamos equivocados nosotros? Aseguro que ni una cosa ni otra. Digo yo, coincidiendo (creo, porque ni en esto es claro) con Waite, que las cartas salen en un promedio alto a la medida de las circunstancias y condicionadas por el color del cristal con que el consultante las mira. Como si las cartas le pusieran voluntad para comunicarse con nosotros utilizando el mismo lenguaje, adaptándose en lo posible. Es raro el asunto. Olvidemos la lógica de vez en cuando: el universo no es lógico, se limita a ser: que H20 sea una molécula de agua es tan lógico como “Saturno en Escorpio igual a retrasos”. Aceptemos las cosas verificando en lo posible y sigamos adelante. Escribió Ambroise Bierce que “Lógica es lo que nos lleva a la conclusión de que si una persona cava un agujero así y asá en diez minutos, diez personas lo harán en un minuto” (y en las empresas hay casos de esos). Sigo. Podemos y conviene leer lo que otros piensan, a ver si algo nuevo encaja con nuestras personales intuiciones, para de esa forma aumentar matices que pueden ayudar. Pero, si no es así, si en más de una carta las interpretaciones difieren sustancialmente, no pensemos “Yo tengo razón y él no” o lo contrario. ¿Quiere decir esto que todo da igual, que es lo mismo estudiar con seriedad y buena voluntad que tomárselo a lo viva la pepa, total igual “salen”? Claro que no: un lector tonto dirá tonterías inevitablemente; uno con mala voluntad, mal asunto... y así. “El cristal”, ya lo dije, influye mucho, para bien y para mal y en todo el espectro. Hay buenos lectores que niegan que las cartas invertidas tengan un significado diferente, y digo yo que bueno, que si a ellos con esa convicción les va bien, si tienen así suficientes variantes para entender las lecturas y ser útiles… pues muy bien, que no cambien. Ni tienen porqué convencerme o despreciarme ni yo a ellos. Lo que vale es lo intuido y reflexionado honestamente con la satisfacción de los resultados, matiz más, matiz menos. Un ejemplo de matices: estoy de acuerdo con la mayoría en que el 10 de Bastos (un señor que camina agobiado por un montón de leños) representa a una persona responsable que hace más de lo necesario (por resumir). Bien; supongamos que un lector sienta honestamente que representa otra cosa: a una persona que si es preciso será capaz de hacer titánicos esfuerzos… ¿qué pasará en una lectura? Hay un matiz de diferencia significativo. Según mi intuición, que si se le presenta un consultante con el primer perfil (demasiado responsable) no le aparecerá el 10 de Bastos y sí en el caso que se ajuste a su honesta y meditada percepción. Otro caso: aprendí que el 4 de Copas es una cartita muy simpática y me resultó útil muchas veces… y después me enteré que para Waite es negativa. Bueno, pues sigo con mi interpretación. O sea que –dentro de unos límites razonables y variables- las cartas se ajustan a la interpretación previa, procuran comunicar algo inteligible, utilizar el mismo lenguaje que su lector. Dije “Dentro de unos límites razonables”, lo que cierra bastante las puertas a los caprichosos, a los veleidosos, a los que buscan presuntuosamente patentes de originalidad despreciando porque sí lo que ya está estudiado, a los perezosos que no se toman la molestia de estudiar, de reflexionar. No: la admisión de matices personales no quiere decir que “Todo vale” y a vivir que son dos días. Por cierto: el ser humano es un bicho complejísimo, y está claro que no es posible representarlo cabalmente con unas pocas figuras, de modo que alguno de los adjetivos que utilicé arriba (caprichoso, por ejemplo) no sabría reconocerlo en ellas. ¿Hay una carta para augurar “Cuidado, conocerás a una persona rencorosa”? Que yo sepa, no. Más adelante me extenderé sobre esto.

Otra cosa: insiste Waite en su concepción extrañamente cristiana de la realidad, ahí está la profusión de cruces, más las muchas referencias a Dios y a su liturgia... Yo eso no lo tengo tan claro: escribí un libro ¡elogiado por Antonio Gala, cuidáu! sobre las inconsecuencias de las religiones basadas en la Biblia, en las inconsecuencias de la Biblia. Para los budistas, creer en un dios creador es una herejía, a los chinos de Confucio la cosa no les inquieta... En fin, eso. Osho, un conocido seguidor de Lao Tse, aconseja huir como de la peste de los “espirituales”: dice -y estoy también de acuerdo con él en eso, ya que no en todo- que al despreciar el mundo, el propio cuerpo, la sexualidad, la cerveza, etc., son unos desequilibrados con una vanidad enmascarada y muy peligrosa.

Cada loco con su tema y vaya uno a saber.

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   25


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal