Cuentos y flores



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CUENTOS Y FLORES

 

 

 


 

El colorido de las metáforas y de los personajes

de algunos relatos, suelen ayudarnos a comprender

más profundamente ciertas realidades.

Por eso los sabios de Oriente creían que un

cuento es la mejor manera de transmitir una enseñanza.

 

En esta parte del libro, el lector podrá activar

un canal de comprensión adicional, el de la imaginación

y la sensibilidad literaria, para acceder a la MBU

y al uso de las flores para sanar.

 


 

 

 



Conocí el Bien y el Mal

Pecado y Virtud, Justicia e Infamia

Juzgué y fui juzgado

Pasé por el Nacimiento y por la Muerte

Por la Alegría y el Dolor

El Cielo y el Infierno

Y al fin reconocí

Que yo estoy en Todo

Y Todo está en mí.
HAZRAT INAYAT KHAN

1. MAGNOLIA Y EL ARQUETIPO DE LA MADRE

 

EL MITO DE DEMÉTER”



 

Deméter es, de acuerdo a la mitología griega, la diosa de la agricultura y por lo tanto la diosa que nutre la vida. Es representada como una mujer hermosa, de cabellos dorados, con una espada de oro que representaba el trigo maduro. Tuvo una hija con Zeus, que se llamaba Perséfone.

 

Perséfone estaba juntando flores con sus compañeras. Repentinamente, su atención es dirigida hacia un hermoso narciso. En el momento que lo va a recoger, de la profundidad de la tierra surge Hades, dios del mundo subterráneo, en un carro de oro tirado por caballos negros y la rapta. Ella grita pidiendo ayuda pero Hades se sumerge en el abismo con la misma rapidez con la que había llegado. Deméter escucha los ecos de los gritos de su hija pero no puede determinar lo que pasó y sale a buscarla. Desesperada, dedica nueve días y nueve noches a buscarla, no se detiene ni a comer, ni a dormir, lo único que le importa es encontrar a su hija.



 

Al décimo día, consulta con Helios, dios del sol, que le dice que Perséfone había sido raptada por Hades y que Zeus estaba de acuerdo. Le aconseja que acepte a Hades ya que no era un mal yerno. Deméter, apenada, ofendida y con mucha rabia por la traición de Zeus, se marcha del Olimpo. Vaga por campos y ciudades disfrazada para que nadie reconozca su naturaleza divina. Hace de niñera de Demofonte, hija del rey de Eulesis, Celeo y Metanira. A escondidas de sus padres, lo cría y lo alimenta con ambrosía, que es el manjar de los dioses. En determinado momento es descubierta en esta acción por Metanira, quien reclama a Deméter. Y es así que ésta se muestra tal cual es. Entonces, ordena que se le construya un templo.

 

En ese templo Deméter se dedica a llorar el dolor por su hija ausente. Se niega a cumplir con su misión de proteger las cosechas. Al no crecer nada en la Naturaleza, la raza humana comienza a pasar hambre, privando a los dioses del Olimpo de sus ofrendas y sacrificios. Zeus no tiene más remedio que darse enterado de la actitud de Deméter. Los dioses imploran su regreso. Furiosa, Deméter pone como condición el regreso de su hija. Zeus ordena a Hades que devuelva a Perséfone. Una vez juntas madre e hija, vuelve la fertilidad de la Naturaleza.



 

EL DINAMISMO MATRIARCAL

 

Nuestra primera relación en la vida es con nuestra madre. Por lo tanto, la comprensión de nuestra vivencia en esta primera etapa, nos aporta elementos sobre cómo se fue desarrollando nuestro arquetipo materno, base de nuestra confianza primaria. Si las condiciones en que se ha desarrollado esta relación no han sido las más auspiciosas, es preciso apostar a crear una sólida madre interior, a la que podremos recurrir para transformar todo aquello que se convierta en obstáculo para nuestro desarrollo. En la MBU apostamos a rescatar las cualidades del arquetipo materno para transformar creativamente las heridas sufridas a partir de nuestra experiencia personal. Recién hemos recurrido al mito griego de Deméter y Perséfone con el fin de comprender más cabalmente el arquetipo de “Madre” que albergamos en nuestro interior. De ahí pueden extraerse algunas enseñanzas que nos ayudarán a comprender cómo opera en nosotros el dinamismo matriarcal.



 

La primer etapa de nuestro desarrollo es marcada fundamentalmente por la relación con la madre, ésa es la instancia que nos interesa enfocar.

 

Deméter representa el arquetipo de la madre. De todas las diosas del Olimpo, es la “más madre” de todas. Mantiene una relación de protección y de nutrición intensa con Perséfone. Representa el instinto materno, ya sea que se materialice en el embarazo o mediante el suministro de alimento físico, psicológico o espiritual a los demás. Este poderoso arquetipo tiene especial trascendencia en el curso que toma la vida de una mujer y puede tener un impacto significativo sobre las demás personas de su vida. En términos más generales, la vivencia de las heridas en este arquetipo puede predisponer a las personas a vivir de acuerdo a esas lesiones de su psiquismo profundo, si no encuentra otra vía para transformarlas en algo más creativo.



 

El dinamismo matriarcal está regido por el arquetipo de la “Gran Madre”, que estructura a la conciencia a través de la proximidad de la polaridad consciente – inconsciente. Lo maternal involucra la nutrición, la cercanía, el afecto sin límites. Y a partir de la sólida configuración de nuestra “madre interior” es que se desarrollamos una confianza primaria. Esta estructura se va desarrollando a lo largo de toda la vida, y se encuentra presente a lo largo de las distintas etapas. Este arquetipo está caracterizado por una conciencia que opera semisumergida en lo inconsciente. Y desde el punto de vista evolutivo, pertenece al inicio de la vida del bebé.

 

Este arquetipo influye en nuestra vida a través de nuestras vivencias de contacto y proximidad afectivo-corporal. La suya es una dimensión regida por el placer, la sensualidad, la fertilidad, la espontaneidad. La principal función del dinamismo psíquico involucrado corresponde a la captación intuitiva de la realidad a través del inconsciente. También se vincula a los sentimientos, la afectividad, la sensibilidad.



 

Cuando una persona vive el arquetipo materno en función de las heridas, una parte de ella queda fijada en una etapa que evolutivamente no le corresponde. Si una persona queda atrapada en el dinamismo matriarcal le cuesta poner límites, busca la gratificación inmediata, y sufre por su baja tolerancia a la frustración. Puede sentirse víctima, abandonada, desamparada, o estar dominada por algún tipo de temores. Esto se observa cuando el primer chakra está bloqueado. De ahí la importancia de trabajar fundamentalmente con el arquetipo materno cuando queremos equilibrar este chakra. Eso nos permite acceder a las cualidades del arquetipo y si accedemos a las mismas, podemos vivir creativamente y salir de la fijación producida por las heridas.

 

La madre, en su función creadora, representa nuestra capacidad de nutrirnos y cuidarnos en la vida. Tener una madre nutriente interna nos permite hacernos cargo de nosotros mismos, ser responsables por nosotros y por los demás. A medida que desarrollamos una comprensión de nosotros mismos como individuos, contemplamos también el arquetipo de la madre con una nueva luz. A medida que desarrollamos la madre interna dentro de nosotros (con la ayuda de la flor de la Magnolia), dejamos de proyectar nuestras necesidades sobre el mundo que nos rodea y las integramos en nuestra vida con el fin de ser capaces de cuidarnos de nosotros mismos.



 

Cuando sufrimos, somos amenazados o agredidos, invocamos a la madre interior para que nos dé fuerza para superar las situaciones difíciles. El desarrollar una madre interna nutriente nos permite también liberar a nuestra madre biológica de sus eventuales limitaciones en el cumplimiento de su rol de madre.

 

Es esencial integrar ese arquetipo para nuestro desarrollo, ya que nos muestra cómo cuidarnos, cómo cuidar nuestro cuerpo, cómo expresar afecto, ternura, sensibilidad. Nos enseña a desarrollar los aspectos femeninos de nuestra personalidad. En la medida que permanecemos fijos en mecanismos proyectivos, reprochando a nuestra madre sus carencias y limitaciones humanas, no permitimos el desarrollo adecuado de nuestra madre interior.



LA FLOR DE MAGNOLIA
La Magnolia nos conecta con nuestra vivencia del arquetipo de la madre interna. Por eso, ayuda a desarrollar adecuadamente la madre nutriente y amorosa. Cuando el arquetipo se manifiesta en forma defensiva, la persona no puede hacerse cargo de sí misma, no puede asentarse en la vida, no puede tener su casa, ser productivo, cuidar de sí. Tiene dificultad para manejar sus emociones, su rabia y sus alegrías. Siente inseguridad y desconfianza en las personas y en sí mismo.

 

La Magnolia fortalece a la madre interna, la persona puede hacerse cargo de sí misma, se nutre de sí misma y no busca sustitutos fuera. Insistiremos que esta flor ayuda al desarrollo de la confianza primaria. Y complementaremos expresando que ella se forma a partir de un útero contenedor, brazos de madres protectoras, una cuna calentita, un ambiente familiar amoroso. Es así que, cuando somos niños, vivimos un entorno contenedor. En circunstancias semejantes el niño se siente cuidado, protegido, amparado, comprendido y vive sus primeras experiencias de vivir la energía amorosa, que es lo que sustenta la confianza primaria. Nuestro ser consciente tiene que nacer, crecer y germinar en un ambiente propicio. Cuando eso no sucede no se desarrolla la confianza primaria por lo que surgirán los conflictos vitales productos del miedo en que se desarrolla nuestro ego.



 

La flor de Magnolia nos ayuda a ser conscientes de nuestra madre interna, y a ubicar en qué lugar se encuentra dentro de nuestra evolución. Ella nos dará la energía necesaria para el desarrollo de la madre interior nutriente. Esa es la forma en que podemos experimentar nuestro mundo como algo seguro, protegido, y en el que nos vinculamos desde el amor y la seguridad. Esto nos ayuda a recuperar la confianza en nosotros mismos, a sentirnos queridos e integrados, cuando por alguna razón se menoscaba temporalmente nuestra confianza primaria.

 

Esta flor también actúa cuando existen conflictos entre la madre y los hijos. A los padres los ayuda -cuando hay dificultad de expresar el afecto-, en ser protectores de los hijos, en ser cariñosos. También utilizamos la Magnolia en personas que rechazan la maternidad, o que tienen dificultades con la sensualidad, o con el contacto físico. Cuando una persona es muy cerebral y fría, el contacto con la energía de esta flor la conecta con su calidez. La Magnolia también ayuda a aquellas personas que viven en el reino de la fantasía, que no se encuentran asentados en el plano de la realidad y que por lo tanto pueden estar desconectados de sus sentimientos.



 

Cuando esta estructura arquetípica está equilibrada, la persona es nutriente de los demás, generosa, proveedora, es feliz protegiendo a los otros. Cuando estas personas están equilibradas y tienen este arquetipo desarrollado ayudan a quien lo necesite. Les gusta cocinar, disfrutan de ofrecer lo que preparan y gozan de lo que cocinan.

 

La fuerza de una madre Magnolia equilibrada es muy grande. Las mujeres con una Magnolia fuerte interiormente disfrutan mucho de su maternidad, se sienten plenas de vida al poder desarrollar su función maternal. Todas las personas necesitamos tener desarrollada esta estructura de madre nutriente en nuestro interior, para vivir seguros y avanzar adecuadamente en nuestro proceso vital.



 

Es conveniente saber identificar el desequilibrio del arquetipo materno y tener presentes ciertas frases características que lo expresan:


Tengo dificultad para asumir mi maternidad”.

 

Nunca tuve una buena relación con mi madre, y eso me lleva a que repita la situación con mis hijos”.



 

Sueño que mi madre me ataca, o  que me persigue una mujer grande y gorda. Me da miedo mi madre”.

 

No me hablo con mi madre desde hace años, siento un agujero dentro mío”.



 

No puedo expresar afecto a mis hijos, porque en realidad yo nunca lo recibí”.

 

Me cuesta el contacto físico,  lo rechazo”.



 

Cuando mi novia quiere acercarse, la rechazo. Siempre me pasó, no se por qué. Con mi madre era igual”.

 

Soñé que mi abuela me criticaba, me reprochaba las cosas que hacía. A partir de ahí se me agravaron los dolores”.



 

No puedo quedar embarazada. No hay ninguna causa que lo justifique. Para mí tiene que ver con la mala relación que tuve con mi madre. Rechazo en mi inconsciente la maternidad”.


2. AMOR DE HORTELANO
EL PATITO FEO”

Hans Christian Andersen

 

Era verano, y la región tenía el aspecto más amable del año. El trigo estaba dorado, la avena verde todavía, el heno había sido apilado en parvas sobre las fértiles praderas, por las que ambulaba la cigüeña con sus rojas patas, parloteando en egipcio, único idioma que su madre le había enseñado.



En torno al campo y las praderas se veían grandes bosques, en cuyo centro había profundos lagos. En el lugar más desolado de la comarca se erguía una antigua mansión rodeada por un profundo foso. Entre éste y los muros crecían plantas de grandes hojas, algunas lo bastante amplias como para que un niño pudiera estar de pie debajo de ellas. Entre las hojas, tan retirada y escondida como en lo profundo de una selva, se encontraba una pata empollando.

Los patitos tenían que nacer dentro de muy poco, la madre se sentía muy cansada, pues la tarea duraba mucho. Para empeorar las cosas, sólo recibía muy contadas visitas, pues sus congéneres preferían nadar en el foso que ir moviendo la cola hacia el nido de mamá pata para charlar con ella.

Por último, uno tras otro, los huevos empezaron a crujir suavemente. “Chuí, chuí” piaron. Toda la cría acababa de venir al mundo y estaba asomando sus cabecitas.

– Cuá, cuá – dijo la pata, y al oírla los patitos respondieron a coro con sus más fuertes graznidos, miraron a su alrededor por entre las hojas verdes. Su madre los dejaba hacer, pues el verde es bueno para la vista.

– ¡Qué grande es el mundo! – dijeron todos los pequeños. Ciertamente ahora tenían más espacio para moverse que en el interior de sus cascarones.

– ¿Se imaginan ustedes que esto es todo el mundo? – dijo la madre–. Pues el mundo se extiende hasta bastante más allá del jardín, por el campo del párroco, aunque en verdad yo nunca me he aventurado tan lejos. Pero, a propósito, ¿están ya todos ustedes? – la pata se levantó y miró a su alrededor–. No, por cierto que no están todos. Queda por abrir todavía el huevo más grande. ¿Cuánto tiempo tardará? – se preguntó, volviéndose a echar en el nido.

– ¡Hola! ¿Cómo va eso? – interrogó en ese instante una vieja pata que había llegado de visita.

– Hay un huevo que está tardando mucho – respondió la pata que empollaba. Esa cáscara no se quiere romper. Pero, ¡mira los otros! Son los más preciosos patitos que he visto en mi vida. Tienen todos la misma cara de su padre, el gran pillo que ni siquiera se da una vuelta para verme.

– Déjame ver ese huevo que tarda en romperse – dijo la pata vieja –. Puedes estar segura que no es un huevo de nuestra especie, sino de pava. A mí me engañaron así una vez, y no puedo decirte el trabajo y la preocupación que me dieron aquellos chicos, porque te diré que tienen miedo del agua. Nunca conseguí hacerlos meter en ella. Sí, es un huevo de pava. Déjalo donde está, y dedícate a enseñar a nadar a tus criaturas.

– No; me quedaré echada otro poco. He esperado tanto que ya no me costará nada quedarme hasta la feria del verano.

– Pues, haz tu gusto – respondió la pata vieja, y se alejó.

Por último el huevo que tardaba en abrirse empezó a crujir.

– Chip, chip – dijo el recién nacido, y salió del cascarón tambaleándose. ¡Qué grandote y qué feo era! La pata lo miró con disgusto.

– Para pato es de un tamaño monstruoso – dijo –. ¿Será acaso un pichón de pavo? Bueno, no tardaremos mucho en saberlo. Al agua irá, aunque tenga yo misma que arrojarlo de un puntapié.

El día siguiente amaneció espléndido; mamá pata fue a la orilla, y se zambulló en el agua. "¡Cuac, cuac!" chilló, y uno tras otro los patitos se zambulleron detrás de ella. El agua los cubrió hasta la cabeza, pero ellos volvieron a salir a flote y sosteniéndose perfectamente. Las patas se les movían solas... y ya estaba. Hasta aquel grandote, gris y feo nadó también con ellos.

– No; no es un pavo – reflexionó la pata –. Hay que ver qué bien se maneja con las patas y qué derecho se sostiene. Es mi cría después de todo, y no tan mal parecido si se lo mira bien. ¡Cuac, cuac! Vengan conmigo ahora, les enseñaré el corral. ¡Pero quédense bien cerca de mí, no sea que alguien los pise! ¡Y tengan cuidado con el gato!

Llegando al corral, encontraron un espantoso alboroto provocado por dos pollos que estaban peleando por la cabeza de un pescado. Al final terció en la discusión el gato y se llevó para sí la cabeza.

– Así ocurren las cosas en el mundo – comentó la madre pata; ella también deseaba aquella cabeza de pescado.

– Ahora, aprendan a usar las patas – dijo luego– y saluden con la cabeza a ese pato viejo que está allí. Es el más importante de todos nosotros. Tiene sangre española en sus venas, y esa es la explicación de su tamaño. ¿Ven ese trapo rojo que tiene en la pata? Esa es la más elevada señal de distinción que puede alcanzar nunca un pato. ¡Vamos ahora! ¡Cuac, cuac! ¡No pongan los dedos para adentro! Un pato bien educado tiene siempre las patas bien abiertas ¡Así! ¡Eso es! Ahora, inclinen la cabeza y digan: "¡Cuac!"

Los patitos hacían cuanto se les ordenaba; pero los otros patos del corral los miraban diciendo en voz alta:

– ¡Vean eso! Ahora tendremos que aguantar también a toda esa tribu, como si no nos bastáramos nosotros. Además..., ¡oh! ¡Querida, qué feo ese patito! No se lo puede mirar.

Un pato corrió hacia el pobre patito feo y le dio un picotazo en el cuello.

– ¡Déjalo! – suplicó la madre–. No hace daño a nadie.

– Puede que no – replicó el que había atizado el picotazo –. Pero es tan desmañado y raro que dan ganas de darle una paliza.

– Los otros patitos son muy hermosos – dijo el pato viejo, el que tenía el trapo atado a la pata –. Muy bonitos todos, excepto ése, que resultó un ejemplar bastante desdichado. Es una lástima que no lo pueda empollar de nuevo.

– Eso es imposible, señoría – respondió Mamá pata –. Ya sé que no es lindo, pero se porta bien y nada con tanta destreza como los demás. Me aventuro a decir que mejorará con la edad. Estuvo mucho tiempo dentro del huevo, y quizá por eso, no salió en muy buen estado.

Palmeó al patito en el pescuezo y agregó:

– Además, es un varoncito, de modo que su belleza física no importa mucho. Creo que será muy fuerte, y que sabrá abrirse camino en el mundo.

– Los demás son muy lindos – dijo el pato viejo –. Ahora pónganse cómodos; están en su casa. Y si encuentran otra cabeza de pescado pueden traérmela.

Y se sintieron todos cómodos, y en su casa, menos el pobre patito que había sido el último en salir del huevo, y que era tan feo. A éste lo picoteaban, empujaban, siendo objeto de burla de patos y gallinas.

– ¡Qué grandote es! – comentaban todos.

El pavo, que había nacido con espolones y en consecuencia se sentía todo un emperador, se infló como el velamen de un barco y graznó hasta que la cara se le puso roja. El pobre patito estaba tan desconcertado, que no sabía qué hacer. Le daba mucha pena ser tan feo, y despreciado por todo el corral.

Así transcurrió el primer día; luego las cosas fueron poniéndose cada vez peor. Al pobre patito no había quién no lo corriera o le diera empujones. Hasta sus hermanos lo miraban con desprecio, y decían a cada momento:

– ¡Ojalá te agarre el gato, antipático!

Hasta su madre le dijo:

– Quisiera que estuvieras a muchos kilómetros de distancia.

Los patos y las gallinas lo picoteaban, y la muchacha que les traía la comida lo hacía a un lado de un puntapié.

Hasta que por fin el patito dio una corrida y un salto por encima del cerco, haciendo volar asustados a los pajaritos.

"Todo esto es porque soy muy feo" – pensaba cerrando los ojos, sin dejar de correr.

Así llegó a un extenso pantano en cuyas orillas vivían patos silvestres; estaba tan cansado y tan apenado que se quedó allí a pasar la noche. Por la mañana los patos silvestres se acercaron volando para inspeccionar al visitante.

– ¿Qué clase de animal eres? – preguntaron, mientras el patito se volvía a un lado y otro y saludaba lo mejor que podía –. ¿De dónde has salido, tan feo? Bueno, eso en realidad no importa, mientras no pretendas buscar novia en nuestras familias.

El pobrecito no había pensado siquiera en buscar novia. Todo lo que pretendía era un lugar para echarse y beber un poco de agua.

Al atardecer del segundo día llegaron dos gansos silvestres, ánades. Como no hacía mucho que habían salido del cascarón eran muy petulantes.

– Bueno, camarada – dijeron–, eres tan feo que te hemos tomado simpatía. ¿Quieres reunirte con nosotros y ser un ave de paso? Cerca de aquí hay otro pantano, y en él algunas gansitas silvestres encantadoras. Pero, eres bastante feo para probar suerte entre ellas. En ese preciso momento: “¡Bang! ¡Bang!” resonaron dos estampidos en el aire, y los dos ánades silvestres cayeron muertos entre los juncos, tiñendo de rojo el agua con su sangre. "¡Bang! ¡Bang!", siguieron rugiendo las escopetas, y un revuelo de gansos silvestres estremeció las cañas, mientras los perdigones diseminaban la muerte entre ellos.


Era una partida de caza, todo el pantano estaba rodeado, la mayoría ocultos entre los juncos; algunos sentados en las ramas de los árboles que se extendían por sobre el agua. El humo azulado de la pólvora flotaba por entre las frondas en forma de pequeñas nubes.

Los perros de caza saltaban de un lado a otro, chapoteando en el agua y agitando los juncos y cañas a su paso. Todo aquello era aterrador para el pobre patito. Volvió la cabeza para meterla bajo el ala, y en ese momento un enorme y espantoso perro se apareció muy cerca de él, con la lengua fuera y los ojos llameantes de perversidad. El perrazo abrió sus terribles fauces ante la cara del patito; mostró sus puntiagudos colmillos... y se alejó de un salto, salpicando el agua, sin tocarlo siquiera.

“¡Oh, gracias a Dios! – suspiró el patito –. ¡Soy tan feo que ni siquiera el perro se molesta en morderme!”.

Se quedó allí, enteramente inmóvil, mientras los proyectiles silbaban por todas partes y las detonaciones sacudían el ambiente. La conmoción cesó ya muy entrado el día, pero ni aún así se atrevió el pobre patito a levantarse. Esperó varias horas antes de alzar la cabeza y mirar, fue en ese momento que huyó del pantano con tanta velocidad como pudo. Corrió a través de campos y praderas, aunque había tanto viento que le costaba trabajo avanzar.

Hacia el anochecer llegó a una pequeña y pobre casita, tan miserable que parecía quedarse en pie sólo por no saber de qué lado había de caerse. El viento silbaba con tal fiereza, que éste se vio obligado a sentarse para resistir el empuje. Vio que la puerta tenía un gozne roto y se sostenía tan desmañadamente que por la rendija se podía entrar en la casa. El pato se metió dentro.

En la casita vivía una anciana con un gato y una gallina. El gato, se llamaba "Nene" sabía arquear el lomo, ronronear y lanzar chispas eléctricas cuando se le frotaba la piel a contrapelo. La gallina era de patas cortas, y por eso le decían "Tachuela". Ponía huevos de excelente calidad, y la anciana la quería tanto como si hubiera sido su propia hija. Por la mañana, los dos animales descubrieron la presencia del extraño pato. El gato empezó a ronronear y la gallina lo acompañó con su cloqueo.

– ¿Qué diablos pasa? – dijo la mujer, mirando a su alrededor, pero su vista no era muy buena y creyó que el patito era un pato gordo extraviado.

– ¡Qué maravilla! – exclamó–. Ahora tendremos huevos de pata... si es que no se trata de un pato. Habrá que esperar a ver qué resulta.

De modo que tomó al patito a prueba por tres semanas, al final de las cuales no había podido encontrar ningún huevo.

El gato y la gallina eran los dueños de aquella casa. Siempre decían: "Nosotros y el mundo". Creían que representaban la mitad del mundo; y por cierto, la mejor mitad.

El patito pensaba que podían existir otras opiniones al respecto, pero el gato ni siquiera quería escucharlo.

– ¿Sabes poner huevos? – preguntó una vez "Nene".

– No.

– En ese caso ten la bondad de callarte la boca. – Luego de una pausa insistió –. ¿Sabes arquear el lomo, ronronear o sacar chispas eléctricas?



– No.

– Pues entonces guárdate tus opiniones cuando la gente sensata esté hablando.


El patito se sentó en un rincón, de muy mal humor, empezó a pensar en el aire libre y el sol, lo invadió una gran nostalgia por nadar. Por último cedió a la tentación de hablar del tema a la gallina.

– ¿Qué bicho te ha picado? – inquirió "Tachuela"–. Es el ocio, el no tener nada que hacer, lo que te mete en la cabeza esos disparates. Pon media docena de huevos, o aprende a ronronear, y verás cómo se te pasa ese antojo.

– ¡Pero es tan delicioso flotar en el agua! ¡Tan lindo sentirla correr por la cabeza cuando uno se zambulle hasta el fondo!

– ¡Vaya diversiones! – rezongó la gallina –. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al gato qué opina; es el animal más inteligente que conozco. Pregúntale si le gusta flotar en el agua o zambullirse. Por mi parte no te digo nada. Pregúntale también a nuestra patrona, la vieja. No hay nadie en el mundo más lista que ella. ¿Y crees que tiene algún deseo de meterse en el agua?

– Ustedes no me comprenden – dijo el patito.

– Bueno, si no te comprendemos nosotros, ¿quién lo hará? No creo que te consideres más inteligente que el gato o la vieja, por no hablar de mí. No te comportes como un tonto, hijo, y agradece tu buena suerte por el bien que te hemos hecho. ¿Acaso no has vivido en este cuarto caliente, acompañado de seres de los que podrías haber aprendido algo? Pero eres un idiota, y nada se gana asociándose contigo. Créeme; hablo muy en serio. Te estoy diciendo verdades de a puño, y ese es el mejor medio de saber quienes son los buenos amigos. Limítate a poner huevos, o aprende a ronronear, o a sacar chispas.

– Lo que me parece es que me voy a marchar otra vez por el mundo – respondió el patito.

– Pues hazlo; será lo mejor – fue la respuesta de la gallina.

Y el patito se fue.

Nadó y se zambulló todo cuanto le dio la gana, siempre mirado con desdén y desconfianza por toda criatura viviente, debido a su fealdad. Así hasta que llegó el otoño, las hojas del bosque se pusieron pardas y amarillas. El viento se las llevó, haciéndolas danzar en remolinos. El cielo se puso gris, cubierto de nubes cargadas de nieve y granizo. Un cuervo fue a posarse sobre una cerca y graznó del frío que tenía. Sólo pensarlo hacía temblar. El pobre patito estaba ciertamente en un gran apuro.

Un atardecer, una bandada de hermosas aves blancas apareció de entre los matorrales. Nunca había visto el patito nada tan hermoso. Eran de un blanco deslumbrante, de largos y sinuosos cuellos, se trataba de cisnes, que extendían las alas y volaban alejándose de las regiones frías hacia tierras más cálidas. Ascendieron muy alto, muy alto, y el pobre patito quedó extrañamente intranquilo. Dio vueltas en el agua, como una rueda, levantando la cabeza hacia la dirección por donde se alejaban aquellas aves. Luego lanzó él mismo un grito tan penetrante y extraño que lo asustó. ¡Oh, no podía olvidar aquellas hermosas aves, felices aves! En cuanto estuvieron fuera de su vista, el patito se zambulló hasta el fondo y cuando salió a la superficie estaba completamente fuera de sí. No sabía qué clase de pájaros eran aquéllos, ni hacia dónde volaban, pero se sentía más atraído hacia ellos de lo que nunca lo había sido por ser alguno. No los envidiaba, ¿cómo podía ocurrírsele envidiar aquella maravilla?

El frío invernal era tan intenso que el patito se veía obligado a nadar en círculos sólo para librarse de quedar helado, pero noche tras noche el agujero del hielo por el cual se zambullía se iba haciendo más y más pequeño, hasta que se heló con tanta fuerza, que la superficie se resquebrajó y el patito se vio obligado a mover las patas sin cesar para que el agua no se congelara a su alrededor, aprisionándolo. Por último, ya tan cansado que no podía moverse más, cedió y se quedó rápidamente aterido en el hielo.

Aquella mañana a primera hora acertó a pasar por allí un campesino, que al verlo se acercó, abrió un boquete en la superficie del hielo con su zapato herrado y se llevó a su pequeño rescatado. La esposa del campesino se hizo cargo de él, y no tardó en revivirlo con sus cuidados. En la casa, los niños quisieron servirse de él para sus juegos, pero el patito, receloso de los malos tratos, huyó espantado y fue a caer en la cazuela de la leche salpicando todo el cuarto. La mujer soltó un chillido y extendió los brazos; el patito dio un segundo salto y esta vez fue a parar dentro de la cuba de la manteca. Salió enseguida, pero es de imaginarse cuál sería su aspecto. La dueña de casa volvió a chillar y trató de golpearlo con los atizadores. Los chicos cayeron unos sobre otros en sus intentos por capturarlo, dando todos verdaderos alaridos de risa. Por suerte la puerta estaba abierta, y el patito huyó por entre los matorrales y la nieve recién caída. Quedando completamente exhausto.

Muy triste sería detallar todas las privaciones y miserias que vivió ese largo y duro invierno. Cuando el sol empezó a calentar de nuevo la tierra, el patito yacía en el pantano, entre los juncos. Las alondras cantaban; acababa de llegar la primavera.

De pronto el patito batió las alas, éstas se agitaron con mucha más fuerza que antes, haciéndolo ascender vigorosamente hacia el cielo. Antes que se diera cuenta de dónde estaba se vio en un amplio jardín, rodeado de manzanos en flor respirando el aire perfumado por las lilas que crecían en las irregulares orillas del lago.

Vio también tres hermosos cisnes que se acercaban a él de entre un macizo de plantas. Nadaban suave y ágilmente, con un tenue rumor de plumas. El patito reconoció a las majestuosas aves y no pudo evitar sentirse sobrecogido por una extraña melancolía.

"Volaré hacia ellos – se dijo –. Me acercaré a esas magníficas aves aunque me deshagan a picotazos por ser tan feo. ¡No importa! Mejor ser destrozado por ellos que por patos o las gallinas, o por los fríos y las calamidades del invierno".

Se lanzó, pues, al agua, y nadó en dirección a ellas. Estas lo vieron y se precipitaron hacia él con las plumas encrespadas.

"¡Mátenme si quieren!" – exclamó el pobrecito, e inclinó la cabeza hacia el agua, previendo y temiendo la muerte. Pero, ¿qué fue lo que le reflejó la superficie?

Vio su propia imagen, pero ésta no era ya la de un desmañado pajarraco gris, sino la de un cisne. ¡Era un cisne! ¡No importaba donde había nacido, sino que procedía de un huevo de cisne!

Llegó hasta a alegrarse de haber pasado tantas penurias y tribulaciones, las cuales lo capacitaban mejor para apreciar su actual felicidad. Los grandes cisnes nadaban a su alrededor, rozándolo al pasar con el pico.

Unos niños llegaron al jardín con pedazos de pan y granos que arrojaron al agua, y el más pequeño exclamó:

– ¡Hay uno nuevo!

– ¡Sí, ha llegado otro! – aprobaron los demás, aplaudiendo y saltando.

Los niños corrieron hacia sus padres, arrojaron más pan al agua, y uno de ellos añadió, coreado por todos: – ¡Ese nuevo es el más bonito de todos! ¡Es tan joven! ¡Tan elegante!

El patito se sintió cohibido y escondió la cabeza bajo las alas. No sabía qué pensar. Era muy feliz, pero sin orgullo, pues su corazón no se dejaba llevar por ese sentimiento. Recordó cuántas veces había sido maltratado, sin soñar que un día iba a oír decir que era el más hermoso de los pájaros. Las lilas inclinaron sus ramas hacia el agua en su presencia; y el sol brilló mas que nunca. Agitó las alas, alzó su esbelto cuello y dijo lleno de júbilo:

"Nunca imaginé semejante felicidad cuando yo era el Patito Feo".

 

AMOR DE HORTELANO

 

Esta flor trabaja sobre la herida del abandono. La persona que necesita Amor de Hortelano sufre por sentirse abandonada, no integrada. No se siente querida.



 

Se le dificulta la actividad grupal, se siente inseguro en sus relaciones. La persona que en estado defensivo se corresponde con Amor de Hortelano recurre a diferentes medios para ser admitida, pero se vincula desde la herida, por lo que a pesar de ser muy amorosa, no se puede conectar con la aceptación y el amor de los demás.

 

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