Cuentos completos 5 la pequeña caja negra



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CUENTOS COMPLETOS 5 - LA PEQUEÑA CAJA NEGRA

Philip K. Dick

Título original: The collected stories of Philip K. Dick, vol 5: The Little Black Box

© 1987 by the estate of Philip K. Dick

© 2003 Adicktos

Traducción: Ver agradecimientos y créditos

Edición digital de los relatos: Ver agradecimientos y créditos

Edición digital y compaginación: Sadrac

Revisión: Ren & Stimpy



ÍNDICE

Nota del editor digital



Introducción, por Thomas Disch
La pequeña caja negra, The Little Black Box © 1964

La guerra contra los Fnuls, The War with the Fnools © 1969

La jugada, A Game of Unchance © 1964

El artefacto precioso, Precious Artifact © 1964

Síndrome de retirada, Retreat Syndrome © 1965

Una odisea en la Tierra, A Terran Odyssey © 1987

Su cita será ayer, Your Appointment will be Yesterday © 1966

Sagrada controversia, Holy Quarrel © 1966

Podemos recordarlo todo por usted, We can Remember it for You Wholesale © 1964

No por su cubierta, Not by its Cover © 1968

Partida de revancha, Return Match © 1966

La fe de nuestros padres, Faith of Our Fathers © 1967

El cuento final de todos los cuentos de las antologías de Harlan Ellison, Ellison's Anthology Dangerous Visions © 1968

La hormiga eléctrica, The Electric Ant © 1969

Cadbury, el castor que fracasó, Cadbury, the Beaver who Lacked © 1987

Algo para nosotros temponautas, A Little Something for Us Tempunauts © 1974

Las prepersonas, The Pre-Persons © 1974

El ojo de la Sibila, The Eye of the Sibyl © 1987

El día que el Sr. Computadora cayo de su árbol, The Day Mr. Computer Fell out of its Tree © 1987

La puerta de salida lleva adentro, The Exit Door Leads In © 1979

Cadenas de aire, telaraña de éter, Chains of Air, Web of Aether © 1980

Extraños recuerdos de muerte, Strange Memories of Death © 1984

Quisiera llegar pronto, I Hope I Shall Arrive Soon © 1980

El caso Rautavaara, Rautavaara's Case © 1964

La mente alien, The Alien Mind © 1981

Notas




Agradecimientos y créditos


NOTA DEL EDITOR DIGITAL

Los cinco tomos que constituyen los «Cuentos completos» de Philip K. Dick fueron publicados por primera vez en Estados Unidos en 1987, cinco años después de la muerte de su autor. Aunque agruparon la totalidad de relatos cortos, se omitieron algunos cuentos largos —o novelas cortas que posteriormente fueron empleados como «soporte» para la producción de sendas novelas, técnica a la que el escritor recurrió en varias ocasiones. El lanzamiento de los «Cuentos completos» fue un rotundo éxito, habiéndose conocido hasta la fecha al menos tres reediciones en idioma inglés.

Al año siguiente, la editorial Martínez Roca compró los derechos para editar estos escritos en lengua española, y así ven la luz los primeros tres volúmenes: «Aquí yace el wub» (1989), «La segunda variedad» (1991) y «El padre-cosa» (1992). Pero los anhelados volúmenes cuarto y quinto, previstos para 1993 y 1994 respectivamente, jamás fueron publicados. Pero fue entonces cuando la casa editora atravesó dificultades económicas que derivaron en su desaparición. Así, los numerosos lectores de Dick se vieron impedidos de «deleitarse» con el resto de sus relatos. Inexplicablemente, ninguna otra editorial tomó la posta dejada por Martínez Roca. Y puntualizo «inexplicablemente» porque, a juicio personal, considero que sería un verdadero éxito de ventas, al igual que la traducción y publicación de las trece novelas que siguen inéditas en nuestro idioma, más aún en un momento en que la obra de Dick cada vez es más leída y valorizada, al tiempo que es motivo de estudios, tesis y monografías.

Esta situación no se modificó; así transcurrieron diez años, hasta que un impaciente grupo de amantes de la obra de Dick decidió intentar llevar a cabo la edición (en formato digital) de los dos volúmenes faltantes.

La palabra que sintetiza esta obra es «cooperación». Apenas la idea fue propuesta en Internet, innumerables seguidores de Dick se ofrecieron para colaborar en el proyecto. El primer paso fue digitalizar los cuentos publicados en español en diferentes antologías; luego se dispuso de los tomos faltantes digitalizados en inglés: varios traductores comenzaron a volcarlos a nuestro idioma —esta edición digital tiene el privilegio de ofrecer ocho relatos del maestro, inéditos en habla hispana—; después fue el turno de los correctores de estilo, y hasta de los diseñadores que crearon las portadas, quienes se valieron de imágenes de publicaciones americanas, con las que lograron un montaje similar a las ediciones nonatas de Martínez Roca.

Este trabajo sólo fue posible por estos esfuerzos desinteresados. Aunque más bien debería decir «interesados»: interesados en dar a conocer la obra de Dick, en que ésta pueda ser disfrutada por todos, esperando a cambio a lo sumo un «gracias». Ese agradecimiento debemos dárselo a los traductores, digitalizadores y revisores que intervinieron en el proyecto, cuyos nombres figuran al pie de esta obra. A ellos, nuestra eterna gratitud.


Sadrac, Buenos Aires, Mayo de 2003.

INTRODUCCIÓN
La sabiduría convencional sostiene que hay «escritores para escritores» y «escritores para lectores». Los últimos son esos pocos felices cuyos libros, los cuales los primeros no pueden duplicar en sus Laboratorios con una feromona química, aparecen año tras año en las listas de best-sellers. Ellos pueden o (usualmente) no pueden satisfacer los categóricos gustos de los críticos literarios, pero sus libros venden. Los «escritores para escritores» obtienen buenas reseñas, especialmente de sus colegas admiradores, pero sus libros no atraen a los lectores, quienes pueden reconocer, incluso en la distancia de una reseña, los signos de un libro de un «escritor para escritores». El estilo de la prosa aparece para grandes elogios (un verdadero «escritor para lectores», por contraste, no querrá ser acusado por algo tan elitista como el «estilo»); los personajes tienen «profundidad»; sobre todo, ese tipo de libro, es «serio».

Muchos «escritores para escritores» aspiran a la más ancha fama y a los grandes adelantos de los «escritores para lectores»; y, ocasionalmente, un «escritor para lectores» codiciará tales laureles que las regalías no pueden comprar. Henry James, el «escritor para escritores» por excelencia escribió uno de sus cuentos más graciosos, The Next Time, acerca de tal conjunto de contradictorios escritores, y la conclusión de James es enteramente justa con la vida. El escritor literario hace lo mejor para escribir un éxito de taquillas, y gana más laureles, pero no más lectores. El exitoso pirata hace todo lo posible para producir una Obra de Arte: los críticos lo desprecian, pero es su más grande éxito comercial.

Philip K. Dick era, en su tiempo, tanto un «escritor para escritores» como un «escritor para lectores»; y sin embargo, otro tipo de escritor también, un «escritor de ciencia ficción para escritores de ciencia ficción». La prueba de esto último se puede encontrar pregonado en las portadas de los montones de sus libros de bolsillo, donde sus colegas han competido por arrojarle generosos superlativos. John Brunner lo llamó «el más consistentemente brillante escritor de ciencia ficción del mundo». Norman Spinrad sobrepasa esto con «el más grande novelista americano de la segunda mitad del siglo veinte». Ursula K. LeGuin lo unge como «el Borges americano», lo que Harlan Ellison acrecienta llamándolo el «Pirandello, su Beckett y su Pinter de la ciencia ficción». Brian Aldiss, Michael Bishop, yo mismo —y muchos más— hemos escrito encomias hasta extravagantes, pero todos esos elogios tienen un muy pequeño efecto en las ventas de libros que engalanaron durante los años en que esos libros fueron escritos. Dick logró sobrevivir como un escritor free-lance de tiempo completo sólo por virtud de su inmensa productividad. Es testigo la pura expansión de estos Cuentos completos, considerando que la mayoría de sus lectores no consideran a Dick un escritor de cuentos para nada, pues lo conocen principalmente por sus novelas.

Es significativo, creo, que todos los elogios dirigidos a Dick son exclusivamente de otros escritores de ciencia ficción, no de los reputados creadores del establishment literario, para los que no era un «escritor para escritores» fuera de la ciencia ficción. No es por su exquisito estilo por lo que es aplaudido, o su profundización en los personajes. La prosa de Dick rara vez vuela alto, y a menudo es cojo como cualquier Quasimodo. Incluso los personajes de algunos de sus más memorables cuentos tienen la profundidad de cualquier personaje de comedia de situación de los cincuentas. (Una forma más amable de decirlo: Escribe para el complemento tradicional de la commedia dell-arte americana autóctona). Incluso cuentos que uno recuerde como excepciones a esta regla pueden probar, en relectura, que tienen más en común con Bradbury y van Vogt que con Borges o Pinter. Dick está contento, la mayoría del tiempo, con una superficie narrativa tan simple —incluso ingenua— como un libro de historietas. No es necesario ir más lejos que el primer cuento de este libro, La Pequeña Caja Negra, para probar esto —y fue escrito en 1963, cuando Dick estaba en la cumbre de sus poderes, escribiendo tales novelas clásicas como El hombre en el castillo y Tiempo de Marte. Más adelante, The Little Black Box contiene el embrión para otra de sus mejores novelas de los últimos años, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

¿Por qué, entonces, tales panegíricos? Para cualquier aficionado a la CF la respuesta es evidente por sí sola: él tiene ideas geniales. Los fans del género de escritores han sido capaces usualmente de tolerar la dejadez de la ejecución por el beneficio de la genuina novelería, desde que la pesadilla del género de ficción a sido el constante reciclaje de viejos argumentos y premisas. Y las geniales ideas de Dick ocupan una banda de onda única en el espectro imaginativo. No es propio de él la conquista del espacio. En Dick la colonización del Sistema Solar simplemente deriva en la construcción de nuevos y más sombríos suburbios. No es propio de él el uso de monerías de noche de brujas al inventar nuevas razas de monstruos aliens. Dick fue siempre muy consciente de la cara humana detrás de la máscara de noche de brujas como para molestarse con tales elaboradas farsas. Las geniales ideas de Dick nacen del mundo que lo rodea, de los vecinos con los que vive, de los periódicos que lee, de las tiendas en las que compra, los anuncios de televisión. Tomando y juntando todas sus novelas y cuentos, comprendemos una de las mas acertadas y comprensivas imágenes de la cultura americana en las eras del Populuxe y Vietnam que existen en la ficción contemporánea, no por su tino en la materia de invención de las banalidades de esos tiempos, sino porque descubrió metáforas que ocultan el significado de la forma en que vivimos. Él hizo de nuestros lugares comunes, mundos de maravilla. ¿Qué más podemos pedir del arte?

Bueno, la respuesta es obvia: refinamiento, ejecución, economía de ideas, y otras bondades estéticas. La mayoría de los escritores de CF, de todas formas, han sido capaces de sobrellevarlo sin lineamientos por tanto tiempo que la proteína de la metáfora estaba allí en su plato. En verdad, los fallos estéticos en Dick se han convertido en virtudes para sus colegas escritores de CF, ya que a menudo es posible para nosotros tomar la pelota que él perdió y continuar para un touchdown. The Lathe of Heaven de Ursula LeGuin es una de las mejores novelas que escribió Dick, excepto que no lo hizo.

Mi propio 334 seguramente no hubiese sido el mismo libro sin el ejemplo de sus propias versiones del futuro monótono. La lista de sus deudores conscientes es larga, y de sus deudores inconscientes indudablemente más larga incluso.

La nota de Phil en la contratapa de este libro sobre su cuento Las Prepersonas proporciona un iluminativo ejemplo del tipo de reacción que podía tener en sus colegas escritores. En este caso Joanna Russ se ofreció alegóricamente para vencerlo por su cuento sobre la aprensión de un niño pequeño por el conductor del camión de aborto local, que opera como un perrero alrededor de las Prepersonas (niños menores de 12 años que no son queridos por sus padres) y llevándolos a centros de abortos para ser «gaseados». Es una inspirada pieza de propaganda (Phil la llama súplica especial), para la cual la única respuesta adecuada es seguramente no un hilo para vencer al autor si no una historia que dramatiza el mismo tema tan fuertemente que no rehuye la interesante pero problemática cuestión: Si hay aborto, ¿por qué no infanticidio? El crecimiento de esta idea para Dick en el polarizado clima de debate fue una coup de theatre pero escasamente fue la última palabra del proyecto. Uno puede fácilmente extrapolar una novela entera de la premisa de Las Prepersonas, y no sería necesariamente un folleto antiaborto. Los cuentos de Dick a menudo derivaban en una novela cuando reconsideraba su primera buena idea, y la razón de que es un «escritor de ciencia ficción para escritores de ciencia ficción» es porque sus cuentos a menudo han tenido el mismo efecto en sus colegas. Leer un cuento de Dick no es como contemplar una pieza de arte terminada. Es mucho más, es como envolverse en una conversación. Estoy encantado de ser parte de ello, aquí, de esa continua conversación.


Thomas M. Disch

Octubre de 1986




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