Cuentos a orillas del Bu Regreg Antología de cuentos



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JO, MI PADRE Y YO8
En un abrir y cerrar de ojos, yacía allí en el suelo, inerte, sin movimiento alguno. Sin ningún temblor ni estremecimiento, con los ojos entornados. Se hubiera dicho que miraba hacia lo lejos, que esperaba algo, la llegada de alguien, de sus padres tal vez. Yo lo observaba sin decir nada, sin poder hacer nada para ayudarle. ¡Como si yo pudiera haber hecho algo! Es raro: creo que mi memoria ha conservado mejor la sensación que los detalles del hecho mismo. Sí, me acuerdo de lo que sentí después y me pregunto a mí mismo por qué no me acuerdo de lo que vi. Más bien, me inquiero acerca de si llegué a ver todas las secuencias del acontecimiento. Ahora, la impresión que guardo todavía es la de una mezcla de frustración y de rabia, de impotencia y de ira.

Le llamábamos Jo, como diminutivo de José, traducción de su verdadero nombre, Yussuf. Así lo había decidido su abuela, que también lo es mía. Sí, es verdad que él no era moreno como la mayoría de nosotros, pues lucía una melena de color trigo y exhibía unos ojos azules claros. Pero yo todavía estoy convencido de que el nombre de Jo era uno más de los intentos de mi tía, su madre, por agarrarse al tren de la modernidad, la cual habían inaugurado los niños de la familia al escolarizarse en los centros de la misión francesa. Yo no formaba parte de ese grupo. Mi padre, que se había dejado convencer por los supuestos nacionalistas del momento, me había inscrito en una escuela donde la lengua de Molière era considerada un insulto a la identidad nacional. Aunque, claro, los mismos nacionalistas enviaban a sus propios hijos a la misión… ¡Pobre padre mío! O mejor dicho: ¡Pobre de mí! En resumen, éramos dos primos opuestos en todo, salvo en la locura de los juegos que practicábamos en el vasto patio de la bella y tradicional casa de nuestra abuela (a la edad de cinco o seis años, no podíamos salir a jugar al callejón si no nos vigilaba un adulto). Nuestros juegos eran estúpidos, corrientes, alocados, tal y como nosotros en aquella época. Ambos, respectivamente, siempre queríamos demostrar que nuestra locura era más grande, más rauda, más destructiva que la del otro. Acertar y tirar las bombillas eléctricas con el balón, abrir las puertas de frente con la bicicleta, correr a toda velocidad detrás de las gallinas por el patio trasero. La abuela nos reñía de vez en cuando, pero por lo general nos perdonaba muy rápidamente. Su amor por nosotros, los niños, era intenso y por Jo todavía más. Y nosotros sacábamos provecho de eso. Sin embargo, un día nos hizo pasar un cuarto de hora muy malo; nos había sorprendido arrojando una cuerda fina en cuyo extremo había un grano de cebada que el gallo no tardó en meterse en el fondo de su estómago. Pero nuestro placer más grande era ir con aquel tipo alto, bello y moreno que era mi padre, a pescar a la punta del gran espigón, sentarnos a su lado y realizar el lanzado imitando a los pescadores experimentados (en aquella época yo no tenía ni idea de que existía Hemingway). Todo aquel desbordamiento de actividad y excitación se transformaba en una absoluta concentración frente al minúsculo flotador que bailaba a merced de las olas, hasta que el pez mordía el anzuelo. Y tan pronto como mordía, conmocionábamos con nuestros gritos estridentes a toda la pequeña comunidad de pescadores que, fustigándonos con la mirada, reclamaba una rápida vuelta a la calma y a la serenidad. Al regresar, tras un largo día de pesca que había empezado temprano por la mañana, sentíamos siempre todavía un poco el yodo, un poco el olor a pescado. Los principios de aquellas tardes de verano eran tranquilos dado que la gente se escondía en las sombras y huía del calor sofocante. Nosotros caíamos rendidos de cansancio en cuanto atravesábamos la puerta entreabierta y nos precipitamos dentro del fresco y sombrío zaguán.

Un día, allí mismo, en el zaguán, nos topamos con un pajarillo, una cría de gorrión, que se había sobresaltado de miedo. Con un rápido movimiento, lo convertimos en nuestro cautivo, para siempre. Desapareció nuestro cansancio al ver que habíamos obtenido un nuevo juego, el que sería nuestro juego favorito del momento. Sustituimos a sus padres: le intentamos enseñar a volar, le dimos de comer migajas de pan y hasta le ofrecimos té para beber. Le dedicamos toda nuestra atención, nuestros esfuerzos, nuestra vitalidad. Pero él no respondía plenamente, era lento, casi no comía y no aprendía a volar. Pasamos toda una larga tarde sin obtener éxito alguno. Y, a pesar de esa falta de cooperación por su parte, nosotros nos seguimos aplicando. Sin embargo, antes de acostarnos, ya habían aparecido ciertas discrepancias entre Jo y yo. Ambos queríamos ver el pajarillo compartiendo nuestra respectiva cama, ambos pretendíamos ser el único dueño de aquél y cada uno de nosotros afirmaba haber sido el primero en haberlo visto entrar. Y, mientras reñíamos, se nos escapó. No estaba dentro de la habitación. Un leve ruido nos llamó la atención. Salimos. Yacía allí fuera, en el suelo del pasillo, muerto. Y junto a él había una pequeña mancha de sangre en la pared, una mancha minúscula apenas visible. Mi padre también estaba allí, de pie, delante de la puerta de su habitación. Era como si se hallara allí tras haber retrocedido con un brusco movimiento. No pude preguntarle a mi padre qué era aquello. Yo sólo era capaz de mirar el pequeño ovillo mal cubierto de plumas, hasta que empezaron a salírseme los ojos de las órbitas. Entonces, alcé la mirada hacia mi padre, luego la dirigí hacia el pequeño cadáver y finalmente hacia el suelo. Sentí una frustración enorme y corrí a esconderme bajo mis sábanas para mojarlas con un torrente de lágrimas. Jo, que me seguía, no paraba de repetir «Ha sido tu padre. Sí, ha sido tu padre quien lo ha matado». Debió de ser él. Lo habría tirado con todas sus fuerzas contra la pared. Y él, tan ligero, tan frágil, ni siquiera hizo ruido al romperse contra aquélla. Así que había sido mi padre… ¿Era mi padre quién lo había matado arrojándolo contra la pared? ¿Y yo debía entender lo que había hecho? ¿Cómo podría seguir amándolo, creerle, hablar con él más tarde? Durante un lapso de tiempo indefinido viví con la seguridad de que mi padre era el culpable. Pero, no, no y no. Mi padre no podía ser capaz de un gesto tan monstruoso, tan inhumano. Es verdad que era un hombre decidido, resuelto, pero también era gentil, cariñoso y atento. Sin embargo, el pajarillo no podía volar, así que no podía haber chocado contra la pared él solo. Además, no había otra persona en el pasillo. ¿Era él el culpable, el asesino? Jamás supe en qué momento me dormí aquella noche. La impresión que he conservado es la de que me acosté profundamente preocupado. Al día siguiente no le pregunté nada a mi padre, tampoco lo hizo Jo, que decidió abreviar sus vacaciones en nuestra casa. Yo pasé muchos días huyendo de la mirada fija de mi progenitor y, cuando le hablaba, notaba una especie de tiempo muerto en sus respuestas, que hasta entonces siempre habían sido espontáneas. Durante los días que siguieron a aquel episodio, a menudo volvía a ver con una indudable certeza aquel movimiento de retroceso de mi padre. En cada ocasión, yo negaba esa imagen e intentaba eliminarla. Pero ésta volvía de nuevo para dominarme, imponérseme y exigirme un gran castigo que penalizara a ese padre que yo adoraba. Y yo sufría mucho, luchaba muchísimo, para conseguir que mi memoria alcanzara secuencias de descanso y de paz cada vez más largas. Esto a cambio de sepultar un secreto terrible y vergonzoso que quedaría enterrado en lo más profundo. En cuanto a Jo y a mí, la historia de nuestro pajarillo la concluimos rápidamente con un acuerdo tácito: no hablar de eso para evitar susceptibilidades. Porque yo no admitía que dijeran nada malo sobre mi padre. Yo quería a mi padre, lo adoraba; aun más, lo veneraba. Hasta ahora, su voz llena de experiencia, diciendo aquello, mandando aquello otro, todavía me resulta audible y resuena con claridad. Quería a mi padre, no como otros niños, sino mucho más. En comparación con Jo, las diferencias eran evidentes: él se permitía criticar al suyo, responderle con un tono elevado y hasta enfadarse con él. Al parecer, era la enseñanza de la misión francesa la que les inculcaba aquella libertad de palabra. ¡Decían que era para darles una mayor personalidad! Para mí, sin embargo, mi padre era un ser que estaba por encima de todo, en cierto modo, era hasta un poco sagrado, un ser demasiado amado y demasiado respetado. Y yo: yo era su hijo querido. Y éramos felices así. Nada podía alterar nuestra relación, ni siquiera la muerte de un parajillo, ni siquiera su asesinato.

Desde aquel acontecimiento, asistí a más de dos mil puestas del sol. También a algunas albas, no a muchas puesto que por naturaleza soy un poco perezoso. A pesar de esta pereza, conseguí ingresar en el liceo, el único liceo de la ciudad al que los niños desterrados por Molière y por sus semejantes podían acceder. Jo también había ingresado en el suyo, el de la gente supuestamente moderna, cultivada y ávida de todo cuanto brillaba y relucía. Pero Jo y yo seguimos sintiéndonos tan unidos como lo habíamos estado siempre. Yo, como un loro, repetía sus palabras francesas para presumir entre los míos y él utilizaba mis expresiones dialectales para parecer un chiquillo del pueblo. También continuamos compartiendo bastantes cosas, como cigarrillos fumados a escondidas en cualquier sitio -hasta en los servicios- y otras muchas otras…. De este modo, la emoción del acontecimiento del pajarillo fue perdiendo presencia a la par que iba dejando lugar a una multitud de hechos que el tiempo nos trajo en aquel periodo fronterizo entre la infancia y la adolescencia. Simplemente, el recuerdo pasaba por todas las sinuosidades a las que podían dar origen la visión de una jaula, un paseo por el bosque y hasta una frase ambigua de mi padre. Hasta que, durante un cumpleaños, Jo recibió como regalo un bello canario que cantaba admirablemente y casi sin cesar. Cantaba todo el tiempo: por la mañana temprano, demasiado temprano, por la tarde en el momento de la merienda y también justo en el momento de la siesta (yo adoraba la siesta, la adoro y la adoraré siempre, no porque sea un buen mediterráneo sino por mi incuestionable pereza). Por lo tanto, aquel canto me crispaba, me irritaba. Me hubiera gustado poseer un mando a distancia especial para canarios para bajarle el volumen del canto, bien para apretar la tecla de mudo o, simplemente, para retorcerle el cuello. Pero al parecer, a pesar de todos los progresos tecnológicos, ese mando todavía no existía ni nadie había pensado en fabricarlo. En resumen, tenía deseos secretos, deseos que no podía declarar, gritar. Además, tenía miedo, un verdadero miedo de que Jo descubriera mis inclinaciones sanguinarias hacia su canario y de que las relacionara con la historia, ya casi olvidada, del pajarillo muerto de aquella noche. Jamás me acostumbré a ese canario, a ese pájaro de mal agüero que, para colmo, vive lo suficiente como para jorobar a todo el mundo. Durante todo el periodo de nuestros estudios secundarios, estuvo allí, muy presente, cantando cada vez más, manteniendo con su presencia una memoria dolorosa y de nuevo demasiado viva. Y llegó el día en que finalicé mi bachillerato y, con él, obtuve el derecho a viajar, a irme lejos para no ver más aquella cigarra disfrazada de berrah9, aquel chillón vestido de amarillo claro. Es verdad que también con ello perdí de vista a Jo, pero la distancia no impidió que mantuviéramos el contacto.

Posteriormente fui testigo de otras, no sé cuántas, puestas de sol, de un gran número difícil de calcular (hay épocas en que ya se deja de contar), aunque sólo algunas me marcaron. En una de ellas perdí mi amada soledad y en otra, no muy lejana de la primera, la compañía de mi padre para siempre. Aunque ésta me fue compensada por el nacimiento de mi primer niño. Mi querido padre continuaba ocupándose de mí, incluso desde lejos… Creo que los lazos que me unían a mi padre jamás se han deshecho aunque no sé si eran tan sólidos... Lo que sé, desde que murió y desde el momento en que yo mismo me convertí en padre, es que quizás se tratara más de la imagen que yo me hice de él o, más bien, de la imagen que yo deseaba guardar de él y que incluso yo quiero que mis hijos guarden de mí (me pregunto también si entre nosotros habrá un vínculo análogo al que yo tenía con mi padre, ¡bah…!). Después del primer niño, vino el segundo, que llegó de no sé dónde y no sé cómo. ¡Poco importa! Tuve rápidamente dos pequeños diablos que había que criar, educar. Pero dos diablos son incontrolables, y eso lo sabe todo el mundo que ha vivido semejante situación. Y el hecho de observarlos me devolvía, casi sistemáticamente, a aquellos dos diablillos que éramos Jo y yo. De este modo, no sé por qué azar, surgió en mi cabeza el recuerdo del pajarillo. Lo que sé es que no fue el acontecimiento lo que surgió, sino el recuerdo. Apareció sólo el aura de un tiempo y de un lugar; en suma, apareció el sentimiento de duda, la ansiedad de la sospecha, el interrogatorio del "quién" y del "por qué", de la finalidad, del querer comprender. Esto ocurrió cuando observaba el comportamiento de mis dos demonios mientras jugaban con el pequeño gatito que Jo acababa de traerles. Ese hecho hizo brotar en mí, como un relámpago, los preludios de una respuesta, de una comprensión, de un apaciguamiento.

Ha sido necesario el paso de muchos años para que yo haya llegado a comprender, más bien a deducir, que mis impresiones eran enteramente falsas... Es probable que mi padre hubiera aprovechado el breve momento de relajamiento que tuvimos Jo y yo para arrojar al pequeño gorrión contra la pared. Porque él debió de ver y volver a ver todos los sufrimientos y las torturas que le estábamos infligiendo. Sabía también que aquella pequeña ave no podía vivir en cautividad y que no la liberaríamos bajo ningún pretexto ni le dejaríamos reencontrar a sus padres bajo ningún ruego, aunque viniera de él mismo. Así pues, debió tomar la decisión que se imponía, aun a riesgo de discutir conmigo, sufrir mis reproches o escuchar mis reprimendas. La crueldad y la inconsciencia eran las nuestras, la piedad y la liberación, suyas. Estoy seguro de que mi padre, observándome desde allá arriba, debe de sonreír discretamente con aquella ligera sonrisa con que lograba iluminar su bello rostro moreno mientras se le cerraban sus pequeños ojos negros y maliciosos. Perdón, ante todo perdón. Perdón por no haber confiado en ti, en tus principios y en tu amor por mí. Aunque, a pesar de todo, yo jamás dejé de quererte.









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