Cuentos a orillas del Bu Regreg Antología de cuentos



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UN PARTO DIFÍCIL1
Mi pluma es verdaderamente extraña. Es tan generosa como perezosa, tan testaruda como manejable. A menudo hace de las suyas: me deja en la estacada, me irrita, se eclipsa, se hace desear de mil y un modos. En esos instantes, por más que le suplique que vuelva, por más que le pida su inspiración, lo justo, tan sólo un pequeño texto, un párrafo, algunas líneas, no hay nada que hacer… Y transforma los momentos de escritura en los más difíciles y delicados. Por eso, muchos fragmentos de textos andan tirados, vagabundean por los rincones y escondrijos de mi hogar, yerran entre los cajones y el cubo de la basura, entre la vida eterna y el olvido definitivo. A menudo, me arrebata la ira y, entonces, el deseo de arrojar estos escritos incompletos y de borrarlos acaricia mi mano, roza mi espíritu. Pero jamás me resulta fácil enterrarlos. Así, vuelvo a retomarlos, fuerzo mi pluma a ejecutar su trabajo, a realizar su misión, a satisfacer su razón de ser. Y nuestra unión, un poco forzada y contra natura, engendra criaturas que no cumplen todas mis expectativas, pero que, finalmente, acabo adorando a pesar de todo. Pero ¿qué quiere usted? El tuerto es el rey en el país de los ciegos.

Afortunadamente, se han realizado formidables progresos en este mundo donde vivimos, por lo que a todas estas criaturas las he conducido sistemáticamente a una especialista conocida bajo el nombre de Ester, que goza de cierta reputación por haber efectuado algunos milagros en países lejanos y fríos, llamados Rusia o Polonia. Ella me los devuelve aptos a la vista, a la lectura y al entendimiento. Varias veces los ha sometido hasta hacerlos bellos, inteligentes y superiores a lo normal.



Para no extenderme, para no aburrirle más, le muestro a continuación algunos ejemplos.

BUHAYA2
Me había acostumbrado a aquella muy particular y joven pareja. Venían a menudo a cenar y siempre exigían la misma mesa situada al fondo del restaurante. Huían de la mirada interrogante e irónica de los clientes ignorantes y superficiales. Ellos, una vez en su rincón, desdeñaban a los demás y no hacían más que mirarse el uno al otro. No se percataban de nada, realmente de nada. Pedían los platos y las especialidades más refinadas, se deleitaban con las mejores bebidas de la bodega del jefe, es decir, con todo lo que es caro, todo lo que es bueno.

Si bien él parecía uno de esos jóvenes dinámicos, graduado en las grandes escuelas extranjeras, cubiertos de diplomas y de arrogancia, ella, en cambio, era bella en su género. Tenía unos ojos marrones claros maravillosos, plantados en un bosque denso de largas pestañas. Fuentes límpidas en una selva ecuatorial. También era esbelta y alta. Poseía un cuello magnífico y unas piernas de bailarina estrella, finas y bien esculpidas (dos verdaderos panes de azúcar, como decimos nosotros).

Yo, atraído al principio por una generosidad legendaria, me había habituado a ocuparme de ellos y a servirles lo mejor posible. En respuesta a ello, se había creado entre nosotros una amistosa complicidad. Sin embargo, la manera que él tenía de pagar me sorprendía siempre: echaba una rápida ojeada a la cuenta, luego metía la mano en el bolsillo de los pantalones y, sin preparación previa ni comprobación, sacaba el importe exacto. Eso se repetía siempre con un gran descaro.

Un día en que él había venido solo, me permití invitarlo a tomar algo al terminar mi servicio. Durante nuestra charla, le aludí a aquella manera suya de pagar la cuenta. En su radiante rostro, al instante, se dibujó una gran sonrisa. Me contestó que era una historia increíble pero verdadera, una historia que había tratado de reproducir como fiel cronista. Al ver el gesto de interés que había esbozado mi cara, sacó un cuaderno del maletero de su coche y me lo dio; era el cuaderno de su relato fantástico:


«El principio se halla en el encuentro con dos ojos, en el ocaso de la tarde de un viernes y durante una vuelta por los laberínticos callejones de la vieja ciudad. Se trató de un magnetismo, una atracción increíblemente poderosa…

De aquellos pequeños ojos, redondos e inteligentes, emanaba un flujo de amistad, de amor y de hospitalidad. Eran los ojos de un hombre de talla mediana, rollizo, regordete, sonriente, que tiraba de su asno. Decía que respondía al nombre de Buhaya. Aunque era un hombre maduro, no se podía adivinar su edad con exactitud. Cabe añadir a todo esto que iba vestido de manera tradicional, lo cual le daba aspecto de ser alguien recién salido de otra época.

Le pregunté:

- ¿Que transporta usted?

- Todo lo que vendo.

- ¿Y qué vende usted?

- Todo lo que el hombre necesita.

- Pero veo que el serón de su asno está vacío.

- No se preocupe usted. Le aseguro que tengo todo lo que el hombre necesita.

- ¿Y qué puede necesitar el hombre en su opinión?

- Saber e ignorancia, amor y odio, fidelidad y engaño, generosidad y avaricia, alegría y tristeza. Todo. Sí, de todo, todas las envidias y todas las necesidades. De la más simple a la más complicada. De lo palpable a lo imaginario. De la realidad a la locura. Sí, le digo que de todo. Verdaderamente de todo. ¿Y de qué tiene usted necesidad?

- Yo, de nada. Acabo de pasar una semana laboral de locura y simplemente espero cortar con mis ocupaciones habituales, con la monotonía. Necesito algo nuevo, diferente, sensacional. No, mejor… algo excepcional.

- No hablo de eso, de los deseos de una tarde, de un fin de semana. No, sino más bien de las de una vida, de una esperanza.

En realidad, jamás había pensado en estos términos. Reconocí que me había sorprendido totalmente, que me había cogido de improviso. Y, para ganar algo de tiempo, le dije:

- ¿Y el dinero, el oro, las riquezas…? ¿Se las proporcionas a quienes te las solicitan?

- El dinero y el oro, no. Pero las riquezas, sí.

Su respuesta había sido tajante, lo cual me había dejado boquiabierto. Él continuó con un tono tranquilo y seguro:

- Se ve que usted no sabe lo que desea. No debieron de enseñárselo. Usted exhibe un buen grado de ignorancia, a pesar de todos los diplomas que debe tener. ¿Me equivoco, jovencito?

- ¡Pero… usted me está insultando, directamente y sin rodeos!

- ¡No sea tan susceptible! Todos los hombres son unos ignorantes, aunque posean grados y niveles diferentes, de una manera o de otra, en diversos aspectos del saber o de otros temas.

Me decía aquello sin que la sonrisa maliciosa y un poco irónica que se le dibujaba en los labios lo abandonara. Si bien sus palabras me habían irritado un poco, también era verdad que habían despabilado mi gran e innata curiosidad. Continuó con un tono un poco paternal y decidido.

- Venga conmigo. Justamente voy a una reunión de amigos muy hospitalarios. Eso le cambiará las ideas. ¿Es eso lo que buscaba, no?

Me adelantó, seguido por su asno, mientras yo no sabía qué hacer, aunque al final seguí sus pasos serpenteando a través de callejones sombríos. De repente, se paró delante de un gran portal que daba a un patio que a su vez conducía a una gran sala llena de personas adultas en su mayoría. Un coro cantaba melodías de alabanza al profeta al ritmo de una pequeña orquesta de tambores y cobres. Una larga fila de bailarines se balanceaban hacia adelante y hacia atrás de manera entrecortada y formando una cadena. A una señal de mi compañero, nos unimos a ellos. Yo fingía imitar al grupo, intentando sincronizar mis movimientos con los de ellos. Al cabo de un momento, le eché una mirada furtiva. Cantaba en voz alta y mantenía los ojos cerrados, sus oscilaciones se aceleraban y daba la impresión de que, siguiendo el ejemplo de otros, empezaba a entrar en trance.

Entonces me dije a mí mismo que aquel hombre debía de ser un verdadero ignorante y un charlatán confirmado. Pero, con una voz de profesor, él ya me estaba cuchicheando en la oreja:

- Esta es una de las formas en que se manifiesta la “ignorancia simple”, la ignorancia que sólo daña al propio ignorante.

Una vez fuera, en la oscuridad de la tarde, sentí su mirada penetrante, horadante, que atravesaba el silencio infinito de las calles desiertas. Él esperaba la pregunta que a mí ya me quemaba los labios, tal y como un viejo maestro espera la reacción de su discípulo. Sentía que me dominaba, que me manipulaba, que tenía un tipo de poder mágico. Así que decidí no resistirme y le lancé la interpelación que ya aguardaba.

- ¿Y cómo se puede ver la “ignorancia compuesta”?

- Lo que es compuesto, y por eso complejo, es por lo general difícilmente visible a simple vista. Lo mismo ocurre con la "ignorancia compuesta", que está por todas partes, aunque apenas es revelable. Además, jamás se manifiesta sola, sino más bien de manera mezclada. Por ejemplo, a menudo aparece cubierta por una fina capa de saber, aunque no logra engañar a mucha gente. Sin embargo, cuando aparece mezclada con la arrogancia, el dinero o el poder o, incluso, con los tres a la vez, ahí nadie se atreve a desalojarla o a señalarla con el dedo. Desgraciadamente, resulta ser éste el caso más frecuente, el más grave y el más dañino de todos.

- ¡Espero que usted no me clasifique en esta última categoría!

- No, en absoluto. Sin ofenderle a usted una vez más, creo que presenta una forma bastante simple de ignorancia, aunque usted exhibe una inteligencia innegable. La prueba tangible es que usted me escucha, ¿no?

- Se lo agradezco. Su amable juicio y su sinceridad me han llegado directamente al corazón. Pero, dígame, amigo mío: ¿Puede proporcionarme la felicidad, permitirme tener cierta holgura financiera y la satisfacción conyugal?

- El modo en que ha tergiversado su petición me decepciona, especialmente en lo referente al dinero. Pero, tranquilícese, no le guardo rencor. Usted me gusta mucho. Por tanto, le haré una buena propuesta si me dice usted cómo es el tipo de compañera con la que le gustaría compartir su vida.

- ¡No sé! Realmente no lo sé. Aunque sí, sí lo sé... Bella, muy bella, como una modelo. Con largas piernas. Unas piernas muy largas, finas y bien esculpidas. Un par de palmeras que se puedan alcanzar sólo al cabo de una eternidad. Eso es importante. Siempre me ha encantado admirar las piernas de una mujer que anda, que apenas roza el suelo, que lo sobrevuela y que hace estallar su feminidad. Además, con unos bellos ojos, unos grandes ojos, mares en donde una costa no pueda percibir la otra, mares en donde pueda nadar hasta el infinito. Ah, iba a olvidarme… Un bonito cuello. Un cuello sólido y fino, sobre el cual reine una cabeza agraciada y pequeña. Y…

- Usted se interesa mucho por el físico y descuida el alma, toma la paja y deja las semillas. Usted tiene por ahí demasiados fantasmas… Esta es también otra forma de ignorancia, aunque es simple. Sigue decepcionándome… Pero, a fin de cuentas, es usted quien decide su futuro. Aquí está mi propuesta… Por lo que respecta a sus medios de subsistencia, le abasteceré cada vez que usted lo necesite: bastará con poner la mano en el bolsillo para encontrar el importe adecuado, lo cual podrá hacer sin límite ni restricción. En cuanto a su compañera, le aseguro que será exactamente como usted me la ha descrito, nada más ni nada menos; vendrá hasta usted en un futuro cercano y usted la reconocerá inmediatamente.

- ¿Y qué debo pagarle por esta oferta?

- Primero, si acepta mi propuesta, se volverá definitiva y usted no tendrá posibilidad de volverse atrás. El precio es un gallo completamente negro que debe degollar en la tarde de la festividad de Ashura, en la entrada del antiguo cementerio. Después, debe echarlo al mar desde lo alto de la torre del este de la gran muralla. Ahora, decida… No tiene mucho tiempo para reflexionar... Sabe que Ashura, el décimo día de Muharram (el primer mes del calendario musulmán), es dentro de dos semanas.

Buhaya me miraba fijamente y ya sonreía menos. Estaba muy serio, parecía extraño y resultaba inquietante. De repente, se despidió y se desvaneció en la esquina del callejón. Solo, abandonado ante mí mismo, me di cuenta de que estaba en una parte de la Medina que desconocía, un lugar sombrío y vago, un poco irreal. Pero, con los primeros rayos, pude reencontrar el camino hacia mi blanda cama y me entregué a los brazos de Morfeo.

Durante los días siguientes, viví en el infierno de la duda, entre la lógica científica e implacable y la esperanza reflejada por una especie de ilusionista. Me hallé entre las ganas de olvidarlo todo y la incapacidad de hacer todo aquello por temor a ver despegar hacia lo lejos una suerte de vida sin posibilidad de regreso.

Así de difícil era para mí… Tal como lo es para alguien que siempre ha proclamado su desdén por lo sobrenatural, lo extraordinario, la magia, y que debe admitir, incluso ante sí mismo, que va a intentar vivir una experiencia en este sentido y que va a someterse a una prueba en esa senda tan irreal como embrujadora. Pero, durante uno de los insomnios, mientras pensaba en el significado literario del nombre de Buhaya, "padre de los deseos", tomé una decisión.

Sin embargo, la fuerza reside en la capacidad de encontrar las palabras justas y adecuadas para convertir el hecho en completamente aceptable para todo el mundo, aunque antes hubiera sido condenable. Por eso, me había dicho a mí mismo que el pragmatismo me obligaba a ir hasta el final y que debía verificar las declaraciones del dueño de un asno que pretendía ser un sabio.

No obstante, aún debía ser superada otra etapa: el ritual. La búsqueda, en ese período de Ashura, del gallo negro, completamente negro. Así que le encargué a mi asistenta aquella tarea, aceptando su mirada asombrada, interrogante y luego un poco burlona.

El resultado fue asombroso. Sí, muy asombroso. Había esperado algunos días sin que nada se produjera, pero justo después de que hubiera luna llena, apareció todo allí: la satisfacción de mis medios de subsistencia, la holgura financiera y la compañera según la descripción hecha. Lo inesperado fue que ella era un joven avestruz. Sí, dije bien, un avestruz hembra


Cerré el cuaderno y di rienda suelta a mis pensamientos. Desde el gran ventanal, la luz del alba ya inundaba la habitación. Sin darme cuenta, lo había leído de un tirón.

Estaba decidido… A partir de aquella misma tarde, en cuanto terminara mi servicio en el restaurante, iría a la Medina en busca de Buhaya.




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