Cubierta: Romi Sanmartí



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38

El general Horemheb estudiaba los proyectos de construcción de un nuevo ministerio de Países Extranjeros, cuando el jefe de su guardia privada le transmitió una solicitud de audiencia: la del ex embajador Hanis. Horemheb rogó a sus colaboradores que siguieran trabajando sin él.

Recibió a Hanis en un modesto despacho, situado en el extremo de un ala del edificio, lejos de todo oído indiscreto. El ex diplomático tenía los rasgos descompuestos. Su bigote negro estaba sembrado de canas. El general le contempló con curiosidad.

-Soy yo, efectivamente -dijo Hanis-. Vengo del reino hitita. He pasado la frontera de noche y... solo. Vuestros hombres son notables y escrupulosos, pero algo jóvenes. Les falta experiencia en los caminos de Asia. -¿Por qué habéis regresado a Tebas?

-Para terminar aquí mis días, siempre que vos me dejéis en paz. Este clima me sienta mejor que el de Asia. Me gustaría construirme una hermosa tumba y contratar sacerdotes funerarios que celebraran mi nombre después de mi muerte.

Horemheb sonrió. La negociación comenzaba. -Exigís mucho. ¿Qué ofrecéis a cambio?

-La copia de una carta escrita por la reina, la que yo mismo llevé al rey del Hatti.

Hanis esperaba que Horemheb no utilizara la violencia para hacerle hablar. La idea tentó al general, pero la rechazó. No ensuciaría su nombre con semejantes actos.

-Accedo a vuestra petición. Hablad.

-Me gustaría ser reintegrado también al cuerpo de embajadores y aprovechar las ventajas materiales que procura. Naturalmente, me quedaré en Tebas y no llevaré a cabo ninguna misión más. Tenéis mi palabra.

-No me importunéis con esos detalles. Hablad.

Hanis sintió que no debía diferir más sus revelaciones. De memoria, transmitió a Horemheb el contenido exacto de la misiva escrita por Akhesa.

Se hizo un largo silencio. Las manos de Horemheb temblaban ligeramente. La sangre había abandonado sus labios.

-¿Quién está al corriente de las gestiones de la reina?

-El soberano del Hatti, su hijo Zannanza, los principales dignatarios de su corte y...

Nervioso, Horemheb interrumpió secamente a Hanis.

-Y en Egipto, ¿quién?

-La reina, vos y yo.

-¿Nadie más?

-Nadie más. Deseo una vejez feliz.

-Os confío a mi guardia personal. Mientras el asunto no quede resuelto, permaneceréis oculto.

El embajador no protestó. Al general no le quedaba otra solución.

-Me gustaría que esta detención provisional fuera agradable y que ningún soldado, por exceso de celo, atentara contra mi vida.

Horemheb se indignó.

-Me injuriáis, Hanis.

El diplomático dio vueltas al brazalete de plata que llevaba en la muñeca izquierda. Hizo frente al señor de Egipto.

-Exijo vuestra palabra. Tanto más cuanto que dispongo de otras informaciones esenciales...

Hanis no mentía. Horemheb le necesitaba.

-Muy bien. La tenéis. Me comprometo con mi vida a garantizar vuestra seguridad.

Hanis dejó escapar un suspiro de alivio, sin disimular su satisfacción. Había ganado la partida.

-Zannanza y cincuenta soldados de élite saldrán pasado mañana del reino del Hatti. Tomarán el camino de Horus y presentarán la carta de la reina y su sello en el puesto fronterizo principal. El comandante de la fortaleza no podrá negarles el acceso a nuestro territorio. Tendrá que protegerlos con sus hombres para que lleguen a Tebas sanos y salvos. La reina los recibirá con fasto y vos deberéis aceptar su decisión.

-No os preocupéis por el porvenir de Egipto, Hanis. Gozad de vuestros privilegios y no os pongáis nunca más ante mí.

Horemheb, con paso apresurado, salió del despacho. Hanis, postrado, aguardó a los policías que le conducirían a su residencia. Pensaba en la mirada de Akhesa, en aquellos ojos cuyo mensaje no había conseguido captar. ¿Por qué la había traicionado? ¿Por qué rompía su último sueño, el más enloquecido y el más peligroso? ¿Por qué condenaba a la desesperación a la inaccesible mujer de la que estaba locamente enamorado? Con un amargo sabor en la boca, Hanis lloró por él mismo.

-¿Realmente es tan hermosa? -preguntó por décima vez el príncipe Zannanza al chambelán.

-Fina, esbelta, con un rostro perfecto, negros cabellos, una piel cobriza, pechos redondos y altos, caderas estrechas, piernas largas y delgadas, pies de infinita delicadeza... Ninguna de vuestras mujeres podría rivalizar con ella. Tenéis mucha suerte. -¿Y su palacio?

-Dejadme beber un poco. Con este calor, mi garganta se seca. Ambos hombres iban en un confortable carro provisto de múltiples almohadones. Tenían la suerte de estar protegidos de los rayos del sol y utilizaban frecuentemente los abanicos. Los soldados hititas, acostumbrados a las marchas forzadas, al frío y a la canícula, avanzaban sin rechistar.

Zannanza se mostró insaciable. El chambelán, que había convencido al rey del Hatti de la sinceridad de la reina, se vio obligado a responder a innumerables preguntas, a evocar su futura existencia de faraón. El príncipe volvía sin cesar a la personalidad de Akhesa, cada vez más impaciente por verla.

-Dentro de unas diez horas -dijo el chambelán- llegaremos a la frontera. -¿No podríamos acelerar el paso? -Imposible, Majestad. Los caballos no resistirían. -¡Qué importan los caballos! La reina de Egipto me aguarda. Para calmar al príncipe, el chambelán se lanzó a una nueva descripción del deseable cuerpo de Akhesa. Zannanza no se cansaba de oírle. Aquel viaje le entusiasmaba. Salir del Hatti, no depender más de su padre, convertirse en su igual, reinar sobre el más hermoso y el más rico de los países... ¿No era acaso el más fabuloso de los destinos?

Encabezando la vanguardia hitita iba un explorador que conocía a la perfección los itinerarios que llevaban al país de los faraones. Había elegido una ruta amplia y bien trazada. Una sola dificultad notable: el paso de un vado que, en aquella estación, estaba en su nivel más bajo. Una decena de soldados descabalgaron para empujar el carro. El explorador que vigilaba la maniobra fue el primero en derrumbarse sobre los guijarros del río, con el pecho atravesado por una flecha. Los hititas cayeron uno tras otro. Cegados por el sol, no consiguieron ver a sus adversarios ocultos detrás de las rocas.

Cuando se lanzaron al asalto, quedaban sólo ocho supervivientes, que, pese a combatir con ardor, sucumbieron muy pronto. El toldo del carro fue desgarrado.

Aterrorizado, el príncipe Zannanza se agarraba al chambelán, atónito al ver aparecer a un oficial egipcio con una ensangrentada espada en la mano. -Bajad -ordenó.

-¿A qué viene esta emboscada? -interrogó el chambelán-. Éste es el hijo del rey del Hatti. Le debéis respeto y protección. Hacerle daño provocaría la guerra y...

-Bajad -repitió el jefe de la guardia privada del general Horemheb. Ambos hititas obedecieron.

Fueron degollados en el acto. Luego, los egipcios incendiaron el carro. Se llevaron los caballos que habían sobrevivido y recogieron los cadáveres de los cinco arqueros que habían perecido en el cuerpo a cuerpo. El jefe de la guardia recuperó la carta de la reina y su sello del cadáver del príncipe. Comprobó que no quedaba ningún superviviente entre los hititas.

El príncipe Zannanza no se sentaría nunca en el trono de Egipto.

-¡Es la guerra, Majestad, la guerra! ¡Hay hombres armados en toda la ciudad!

La sirvienta nubia gritaba y gesticulaba.

-Tranquilízate -ordenó Akhesa-. Ya lo veo.

Desde lo alto de la terraza, había visto un regimiento desfilando por la calle principal y dirigiéndose hacia el norte. Los soldados iba armados con lanzas, puñales, arcos, hondas y espadas. Se protegían con escudos de madera y cuero, de curvo borde superior. Los oficiales llevaban una coraza de cuero cubierta de placas metálicas.

-Se dice que van a Siria -prosiguió la nubia-. Los hititas la han invadido tras el asesinato del príncipe Zannanza. Su padre ha declarado la guerra a Egipto.

Akhesa sonrió. Una profunda alegría la animaba.

-Tráeme comida. Tengo hambre.

La nubia, convencida de que la reina se volvía loca, se apresuró a obedecer. Contrariarla agravaría el mal que sufría.

Tendida en el borde de la terraza superior de palacio, Akhesa comió dátiles frescos mientras contemplaba los cuerpos de ejército que salían de Tebas a paso ligero.

Cuando resonaron las trompetas de plata, se levantó. Era una frágil silueta al borde del vacío. El toque anunciaba el estado mayor.

El general Horemheb, soberbio con su dorada coraza, levantó los ojos hacia ella. Inmóvil en la luz, parecía una estatua de eternidad que desafiara el tiempo y a los hombres.

Los dos ejércitos estaban separados por una vasta extensión plana y desértica. Los hititas ocupaban la mayor parte de Siria, que era un protectorado egipcio. Las granjas habían sido saqueadas, y los campesinos1 asesinados.

La guerra era inevitable.

Al soberano hitita le había sorprendido la rapidez de la reacción egipcia. Según las informaciones de sus espías, la movilización sería lenta y el armamento insuficiente. Los expertos militares preveían una fácil victoria hitita.

La visión de los cuerpos de ejército egipcios, apiñados en las colinas, modificó la opinión del monarca. Antes de dar la orden de atacar, reunió un consejo. La discusión fue viva. Las opiniones de los oficiales superiores divergían. Se decidió proceder a una serie de observaciones para apreciar mejor el poder real del enemigo.

Horemheb actuó del mismo modo. Hacía ya muchos años que esperaba enfrentarse al ejército hitita y conocer el valor de las fuerzas enemigas. El general no retrocedería. Tras haber ordenado el asesinato del príncipe Zannanza, estaba decidido a impedir la invasión hitita.

El ejército de las Dos Tierras era inferior en número, pero tenía regimientos de profesionales bien entrenados que, una vez desmovilizados, recibirían del Estado tierras, casa y provisiones hasta su muerte. Estaban, pues, decididos a vencer. Egipto, un país poco belicoso, demostraba una inmensa fuerza cuando su propia existencia se veía amenazada.

Debido a la política de debilidad puesta en práctica por Akenatón y también a la incompetencia de su sucesor, el ejército del faraón había perdido mucho prestigio. Pero Horemheb había velado por el mantenimiento del material sin debilitar la administración militar, de modo que no le había costado poner en pie de guerra a los principales regimientos. No obstante, carecía de la aportación de los jóvenes reclutas enrolados normalmente en las provincias. Sólo un conflicto rápido le daba esperanzas de éxito.

Transcurrieron tres días y tres noches con egipcios e hititas acampados en sus posiciones. Los nervios de los soldados se veían sometidos a una dura prueba.

El calor debilitaba los organismos. La mayoría de los soldados había perdido el sueño.

El cuarto día, por la mañana, las primeras líneas hititas retrocedieron. Les imitaron los arqueros apostados en las colinas y, luego, las hordas de infantes. Finalmente, volviendo la espalda al ejército egipcio, los carros se pusieron en movimiento hacia el Hatti. Su rey renunciaba a una batalla de resultado demasiado incierto.

Horemheb triunfaba. Sin duda, Egipto había perdido parte de su protectorado sirio; pero había demostrado su presencia como en los gloriosos tiempos de Tutmosis III. Sin derramar sangre, el general había demostrado al enemigo hitita que no podría invadir las Dos Tierras.

Gritos de júbilo brotaron de las filas del ejército egipcio.

Cuando regresó a Tebas, cuya población festejó al vencedor de los hititas, el general Horemheb se dirigió enseguida a palacio. Durante una semana, la capital del dios Amón viviría una inesperada fiesta en la que participaría toda la población.

El héroe, cuyo genio militar era celebrado por todos, había dejado a sus oficiales superiores, que habían recibido numerosos collares de oro como recompensa por su valor, la tarea de contar la hazaña. Horemheb no tenía ánimo para distraerse.

La reina aceptó recibirle. Subió a la terraza, donde Akhesa seguía comulgando con el sol, tendida en las losas de caliza. La reina resplandecía. Horemheb se sintió turbado, pero se negó a caer en la trampa que ella le tendía. Se había preparado para resistir.

-Os equivocáis -dijo la reina, como si leyera su pensamiento-. No tengo intención de seduciros.

Akhesa se levantó pausadamente. Horemheb sintió que su resolución flaqueaba. La joven se sentó al borde de la terraza, donde crecían las palmeras. El sol estaba alcanzando su apogeo.

-Majestad, ¿fuisteis vos quien escribió esta carta?

Akhesa reconoció la misiva.

-Sí, general.

-¿Os lo aconsejó...?

-Nadie. Fue una decisión mía.

Horemheb se acercó a la reina.

-Akhesa, escuchadme... Si entrego este documento a la administración...

-Obrad en conciencia.

-No lo deseo -confeso Horemheb-. Seréis mi gran esposa real. Anunciad mi designación como faraón durante este período de fiesta y destruiré la carta. Vos y yo negaremos su existencia. Si los hititas muestran una copia, afirmaremos que es una falsificación. Con mi protección, no corréis riesgo alguno.

Se acercó más todavía, dispuesto a tomarla en sus brazos. Ella le rechazó.

-Esperaba vuestra proposición, general, y era precisamente lo que no deseaba oír.

-No hagáis algo irreparable, Akhesa. Olvidad las diferencias que nos han separado. No elijáis la infelicidad.

-No os amo, general. Y no me traicionaré a mí misma.

-Habéis nacido para reinar. Yo también. Estamos hechos el uno para el otro.

La reina se quitó la túnica. Desnuda, se tendió de nuevo en el ardiente enlosado y cerró los ojos.

Horemheb dejó por unos instantes de respirar. ¡La felicidad estaba tan próxima! ¡Era tan sublime la perfección!

-Voy a reinar en Egipto -declaró con la voz rota por la emoción-. Vos lo sabéis, Akhesa. No me obliguéis a haceros comparecer ante un tribunal por alta traición.

Ni una gota de sudor brotaba del divino cuerpo de la reina. Sus pechos, hinchados de savia, se elevaban al suave ritmo de su respiración. Una flor adornaba su sexo de azabache, y el general sentía deseos de besarla hasta perder la razón.

-Akhesa, te lo suplico..., ¿por qué me rechazas?

-Soy la esposa de Tutankamón por toda la eternidad -respondió ella, inmóvil.

39

El proceso de la reina Akhesa se abrió a finales de verano, en Tebas, en la sala de justicia del palacio y en presencia del regente del reino, el general Horemheb, del sumo sacerdote de Amón en Karnak, de los Segundo, Tercero y Cuarto Profetas del dios, de los principales ministros del gobierno y de los consejeros del faraón.

Formaban un tribunal presidido por el visir del Sur, ante quien se habían desenrollado cuarenta papiros que simbolizaban la totalidad de las leyes. El magistrado supremo llevaba en el cuello un amuleto de la diosa Maat, la justicia divina.

El visir imploró largo rato a Maat, rogándole que inspirara su juicio y le permitiera formular la verdad sin favorecer a nadie.

Luego, concedió la palabra a Horemheb, encargado de leer el acta de acusación. Nadie reconoció la voz del general. El vencedor de los hititas parecía cansado, envejecido. Hablaba molesto, como a disgusto.

-En nombre de Maat, acuso a la reina Akhesa, gran esposa real, de alta traición por haber intentado que un hitita ocupara el trono de Egipto, entregando así nuestro país al enemigo. Acuso a la reina de haber renegado de su función y de la tradición de las Dos Tierras. La acuso de haber intentado destruir Egipto sometiendo a sus habitantes al yugo extranjero.

-¿Disponéis de alguna prueba y de testigos que justifiquen vuestras acusaciones?

Horemheb pidió de beber. Se había visto obligado a entregar la carta escrita por la reina a la administración de justicia, esperando que el mecanismo jerárquico favoreciera la desaparición del documento entre el gran número de expedientes y que la reina cambiara su inverosímil decisión.

Pero un funcionario había avisado enseguida a dama Mut de la existencia de aquella terrible carta. La esposa de Horemheb, absolutamente encantada, había propagado por la corte la noticia, obligando a su marido a convocar al alto tribunal de justicia.

Horemheb leyó la carta, que evidenciaba la prevaricación de Akhesa. Luego, presentó como testigos al jefe de su guardia privada y al embajador Hanis. El primero relató el combate que le había enfrentado con los agresores hititas, la muerte accidental del príncipe Zannanza y el descubrimiento de la carta entre los documentos oficiales que llevaba con él. El segundo, que permaneció con la cabeza gacha durante la declaración, reveló la entrevista privada que había mantenido con la reina y detalló la misión que le había confiado. Declaró haber actuado por orden del general Horemheb, lo que fue confirmado por éste.

Los rostros eran graves. Todos aguardaban que la reina se defendiera vigorosamente de las increíbles acusaciones que se le hacían.

-Majestad -preguntó el presidente del tribunal-, ¿confirmáis estas palabras y estos actos?

Akhesa, coronada y luciendo un amplio collar de oro, estaba sentada en un trono colocado frente al sitial del visir. Ningún temor podía leerse en su rostro.

Los miembros del tribunal contuvieron el aliento.

-Los confirmo -declaró Akhesa, serena.

-¿Por qué actuasteis de ese modo? -preguntó el visir-. ¿Deseabais cumplir el sueño de vuestro padre, como el embajador Hanis pretende, y firmar la paz con los hititas gracias a esa boda?

Una sonrisa irónica adornó los labios de Akhesa.

-¿Me creéis tan ingenua o estúpida como para haber concebido semejante proyecto? La reina de Egipto nunca será esposa de un extranjero.

-¡Explicaos mejor, Majestad!

-¿No habéis comprendido que Egipto se adormecía en una pasividad mortal? El general Horemheb sólo ha servido a su ambición. Olvidó que el enemigo hitita se disponía a invadirnos. Intenté convencerle de que interviniera, pero cuando advertí que mi país doblaba el espinazo y perdía su dignidad, decidí actuar a mi modo. Todo ocurrió exactamente como yo lo había previsto. El general hizo seguir a Hanis y éste me traicionó. No dudaba de que cada una de las palabras de mi carta sería conocida pronto por mis enemigos; en cambio, temía no conseguir convencer al rey hitita de mi sinceridad. Dios me ayudó a conseguirlo. De ese modo, Horemheb se veía obligado a actuar. Tuvo que impedir que Zannanza penetrara en nuestro territorio y, por lo tanto, ejecutarle mientras cruzaba uno de nuestros protectorados, tan lejos del Hatti como de Egipto. La brutal intervención del general obligaría a los hititas a declarar la guerra y a los egipcios a defender su civilización. Yo confiaba en nuestro ejército. Y acerté. El Hatti sabe ahora que no posee capacidad militar para invadirnos. Si se efectúan con regularidad grandes maniobras en el extranjero, como hacían nuestros gloriosos antepasados, la paz durará. Ante vos, que me juzgáis, sólo puedo proclamar una verdad: ¡yo, la reina de Egipto, he salvado a mi país!

Horemheb se levantó, furioso.

-Estas declaraciones carecen de sentido. ¡Que se consulten los informes de mi actividad militar! Ni por un instante he perdido de vista la amenaza hitita. Fueron Akenatón y Tutankamón, unos reyes débiles e indignos, quienes me impidieron intervenir de un modo directo. Sin embargo, yo les serví con fidelidad, pues nadie debe desobedecer las órdenes del faraón.

Los jueces aprobaron.

-Eso es falso -objetó la reina-. Horemheb olvidó su deber. Confiar en él es condenar a Egipto a la decadencia.

El general cruzó la sala para detenerse frente a la mujer que seguía interponiéndose entre el poder y él.

-¡Juro por la ley de Maat -afirmó con fuerza- que he ofrecido mi vida entera a mi país! Poco me importan la gloria y el poder. Si los hititas hubieran amenazado nuestra seguridad, habría convencido al faraón de que librara batalla. Acuso a la reina de haber oscurecido la fama de Egipto.

Akhesa sintió que el miedo se difundía por sus venas. Horemheb había decidido destruirla arruinando su argumentación, que ella había creído inatacable. Había esperado que el general se batiera en retirada. Pero plantaba cara sin consideraciones, atreviéndose incluso a utilizar la mentira.

-Estamos en presencia de la más grave falta -estimó el Segundo Profeta de Amón-: la alta traición. El resto es sólo inútil cháchara.

La reina desató su cólera contra Horemheb. Cada una de las palabras que pronunció, indispuso al tribunal. Quien tenía el corazón demasiado ardiente abandonaba el camino de la verdad.

Un juez intentó ayudar a Akhesa.

-Supongo, Majestad, que fuisteis mal aconsejada.

-No -respondió ella, recuperando de pronto su tranquilidad-. Puse en marcha mi propio plan de acción. Nadie me lo inspiró.

-¿Lamentáis hoy vuestra deplorable acción con los hititas?

-Claro que no. No había otro modo de despertar nuestro orgullo y salvar nuestra civilización.

-Es grotesco -exclamó un alto dignatario, partidario de Horemheb-. La reina no tenía más objeto que entregar Egipto al enemigo. Ha proseguido el loco sueño de su padre, crear un imperio del sol, mezclar las naciones en detrimento de la nuestra. La reina es una hereje. Nunca dejó de serlo.

Horemheb contempló a la reina con gravedad.

-¿Renegáis de vuestro padre, Majestad? ¿Habéis renunciado a su insensato ideal?

Una extraña paz invadió a Akhesa. Ya no sentía deseos de luchar.

-No -respondió-. Es mayor y más noble que todos vosotros. Le odiáis a causa de vuestra mediocridad. Él abrió el camino. Su mensaje seguirá viviendo.

Otra voz, procedente del más allá, hablaba a través de ella. Una voz que era su sangre y su carne. En ella se mezclaban las tiernas entonaciones de un padre y la melodía amorosa de un esposo.

-Que la reina retire de inmediato esas palabras -exigió el sumo sacerdote de Amón-. Son un insulto al dios del imperio. Que confirme su abandono de la herejía. De lo contrario, que sea repudiada por el propio Amón y pierda su calidad de gran esposa real.

Akhesa se limitó a sonreír. A Horemheb le sorprendió la expresión de felicidad que iluminaba el rostro de la joven.

El proceso cambiaba de naturaleza. El general nunca se casaría con la mujer que le obsesionaba.

Dama Mut, revoloteando, distribuía numerosas órdenes a las decenas de sirvientes que estaban sacando los muebles de su suntuosa villa para transportarlos al palacio real. Una cohorte de servidores se encargaba de los objetos frágiles. Mut sermoneaba, amenazaba, tenía prisa por ocupar un lugar digno por fin de ella.

Su triunfo era total.

El visir, aprobado por todos los jueces, había pronunciado la deposición de la reina Akhesa. Perdía su título y sus prerrogativas. Permanecería recluida, hasta el final de su existencia, en una celda de sacerdotisa del templo de Sais, en el Delta, muy lejos de Tebas.

Mut, convertida en gran esposa real por decisión del regente Horemheb, había proclamado enseguida faraón a su marido. Mientras se aceleraban los preparativos para la coronación, la nueva reina de Egipto organizaba un gigantesco banquete que inauguraría una fiesta de varios días.

La corte manifestaba su satisfacción. Era preferible que Horemheb y Mut, formando una irreprochable pareja, reinaran juntos. Algunos habrían visto con malos ojos la unión del general con la viuda de Tutankamón, que habría arruinado la reputación de una gran dama tebana que no merecía sufrir semejante desgracia.

Dama Mut había tenido la inteligencia de mostrarse modesta en su éxito. Compareciendo ante los altos dignatarios, había insistido en los abrumadores deberes de una reina de Egipto. Sintiéndose indigna de sus ilustres predecesoras, que habían liberado las Dos Tierras de la opresión y convertido Tebas en la capital del mundo civilizado, emplearía todas sus fuerzas para hacerse un lugar en ese linaje de mujeres geniales del que ningún otro país podía enorgullecerse.

Todos habían apreciado la dignidad y la mesura de aquellas palabras.

El rey Horemheb había celebrado las cualidades de la gran esposa real.

Egipto conocía de nuevo la felicidad de ser gobernada. Toda huella de herejía había sido borrada. Toda huella... No era ésa la opinión de Mut, esposa del faraón.

-Vuestra presencia me honra, Majestad -declaró el visir-. Este modesto despacho...

-Basta de cortesías -dijo Mut, cortante-. Tenemos que examinar juntos un grave asunto.

El jefe de la justicia, nervioso, devolvió a su lugar el rollo de papiro que estaba estudiando. La visita de la gran esposa real a la hora en que se abrían los despachos no anunciaba nada bueno.

-Estoy a vuestra disposición, Majestad. ¿De qué se trata?

-De Akhesa.

-Mañana saldrá de Tebas hacia Sais.

-Esa condena fue pronunciada contra una hereje... ¿Por qué olvidar tan fácilmente la traición?

Mut se expresaba con inquietante tranquilidad.

-¿No ha sufrido ya bastante? -interrogó el visir-. Es muy joven. La reclusión perpetua es un terrible castigo.

-No se ha hecho justicia -estimó Mut-. Akhesa deshonró el título que llevaba. Debéis reunir de nuevo al alto tribunal y deliberar sobre la verdadera acusación: alta traición.

-Majestad...

-Soy la reina. Vos sois el jefe de la justicia. Akhesa es culpable del más abominable de los crímenes. Ésa es la verdad, y vos jurasteis hacer que resplandeciera, aun en detrimento de vuestras propias opiniones. Respetad vuestro juramento.

-Majestad, si evitáramos...

-Que Amón os proteja -dijo la gran esposa real, saliendo del despacho del visir.

Durante toda una jornada, el alto magistrado deliberó con su conciencia. En su mano derecha tenía el amuleto que representaba a la diosa Maat, encarnación de la justicia celestial y eterno testimonio de su cargo.

Al visir le disgustaba tanto el exceso como la injusticia. Akhesa le había impresionado, casi conmovido. Se había defendido con torpeza, burlándose de las artimañas de la corte, olvidando que el general Horemheb y sus consejeros habían aprendido a disfrazar la verdad sin envilecerse. Sólo había contado con su inteligencia, su fe y su certidumbre. ¿Qué peso tenían frente a la fría determinación de un hombre cuya vocación era convertirse en faraón?

¿Cómo omitir la carta escrita por Akhesa? ¿Cómo eliminar del expediente aquella prueba capital conservada en los archivos? Mut sabría recordar su existencia y preguntar qué caso hacía el tribunal de una prueba tan abrumadora. El visir volvió a leer los rollos de la ley, que conocía de memoria, esperando descubrir un artículo olvidado que le permitiera rechazar un nuevo proceso o aplazarlo indefinidamente.

Fracasó. Akhesa no había terminado de sufrir.

Con un retraso de más de dos días, la crecida fue poco abundante, como si el dios del Nilo vacilara en fertilizar Egipto, depositando el limo en las orillas abrumadas por el calor. Horemheb, tras las fiestas de la coronación, se dirigió a las principales ciudades del país para que le aclamaran y asegurar su poder sobre los príncipes locales. Aquel desplazamiento le impediría estar presente en el segundo proceso de Akhesa.

Los jueces esperaban descubrir a una joven abrumaba por el peso de la pasada condena y angustiada por la que iba a venir.

El tono de las acusaciones fue más duro y vehemente. No era ya una gran esposa real la que comparecía ante ellos, sino una reina destronada, la hija del maldito Akenatón. No llevaba insignias ni joyas que recordaran su calidad.

«Alta traición.» Aquellas dos palabras salían una y otra vez de la boca de quienes intervenían, cuyo odio inflamaba a veces sus palabras. El visir interrumpió a varios de ellos, exigiendo mayor dignidad de unos hombres maduros y responsables. Akhesa comprendió enseguida que había caído en la trampa. El tribunal ejecutaba la voluntad de dama Mut y no prestaría atención alguna a las negativas de una mujer condenada ya por herejía.

El visir se vio obligado a resumir las acusaciones. La carta al rey del Hatti y el testimonio del embajador Hanis probaban que Akhesa había decidido abrir las fronteras de Egipto al enemigo.

-Tomaos el tiempo que necesitéis para defenderos -recomendó el alto magistrado-. Subsisten muchas dudas. Deseo mayores explicaciones. Volveremos a examinar punto por punto el expediente.

-No será necesario -estimó Akhesa-. La sentencia ya ha sido pronunciada.

-¡Majestad! -se indignó el visir-. ¡Os atrevéis a acusarme de prevaricación!

-A vos no -repuso ella-, pero sí a quienes me acusan. Son mentirosos. Saben que he dicho la verdad. No quiero dar más explicaciones. Una reina no se justifica ante los cobardes.

-¡Ya no sois reina! -protestó el Segundo Profeta de Amón-. Sois...

La mirada de Akhesa fue tan despectiva que el sacerdote no se atrevió a continuar.

-Majestad -prosiguió el visir, sabiendo que podía ser amonestado al utilizar tal apelativo-, no cedáis a la tentación del silencio. Si conseguís justificar vuestra actitud, seréis absuelta.

Akhesa sonrió al visir.

-Sois digno de vuestro cargo -declaró-. Pero vos solo no podréis luchar contra todos ellos. Para que sigáis siendo visir, debo ser condenada. Permitidme que os preste este último servicio. Egipto os necesitará.

Akhesa no añadió una sola palabra, desentendiéndose del proceso. El visir le imploró que no se encerrara en aquella actitud. Pero la joven, con los ojos cerrados, ya había abandonado el tribunal.

Las deliberaciones fueron breves. Ni un solo juez tomó la defensa de Akhesa.

El visir sólo tuvo que pronunciar la sentencia contra quien había sido reconocida culpable de alta traición: la muerte.

40

Horemheb supo la noticia de la condena a muerte de Akhesa mientras permanecía en Menfis, donde estaba reorganizando el mayor arsenal del país. Interrumpió enseguida sus actividades para regresar a Tebas. Su cólera estalló al descubrir que Akhesa había sido encerrada en una celda del templo de Karnak en cuanto finalizó el proceso.

El faraón tendió la mano a la joven, que permanecía acostada en el suelo de piedra, y la ayudó a levantarse.

-Este trato es indigno de vos. Castigaré a los culpables.

A pesar de su delgadez y su cansancio, Akhesa no había perdido en absoluto el orgullo.

-Soy la única culpable.

-Daré órdenes de que os trasladen a palacio.

-Con una condición...

-¿Cuál?

-Quiero morir en la ciudad del sol -exigió-, donde mi padre conoció la felicidad.



-Imposible. No tengo derecho a hacerlo.

-Ya no sois un servidor del faraón, Horemheb. Sois faraón. No creo haber implorado nunca un favor. Le suplico al rey de Egipto que me conceda éste.

Mut, la nueva gran esposa real, había hecho que amontonaran los objetos preciosos pertenecientes a Akhesa en un taller de palacio. La joven acarició las copas y los jarros de oro, los recipientes decorados con granadas, las bandejas de plata, los frascos de cosméticos, las cucharas de ébano, el pequeño íbice de marfil que contenía aceite perfumado, el racimo de oro con el que había jugado de niña. Había olvidado en demasía a aquellos mudos compañeros, segura de que siempre le pertenecerían.

Los soldados de Horemheb no la verían llorar. Les indicó con una señal que la entrevista con su pasado ya había durado demasiado. De acuerdo con sus deseos, la llevaron a un cuarto de baño inundado de luz, cuya puerta custodiaron. Puesto que las ventanas daban al vacío, Akhesa no tenía posibilidad alguna de huir.

Contempló largo rato el sol, bebiendo en la fuente de la vida. La poderosa claridad no le abrasaba los ojos. Luego, se quitó el vestido de tirantes y se zambulló en el agua tibia de la bañera excavada en el suelo.

Quiso hacer interminable y voluptuoso el último baño antes de partir hacia el otro mundo. Se ungió la piel con aceite perfumado de lis, se frotó suavemente manos y muslos, y se contempló cien veces en los distintos espejos. Pero la reina no se miraba, no admiraba su propia belleza sino la juventud de una luz que iba a extinguirse para que naciera otra claridad, cuyo nombre y forma ignoraba. El alma de Akhesa alimentaría el sol divino que daría vida a una nueva alma.

La puerta del cuarto de baño se entreabrió.

Chorreante, Akhesa se levantó. Su sirvienta nubia, vacilando, caminó hacia ella.

-Me gustaría..., me gustaría ayudaros, Majestad.

Akhesa rompió a reír.

-Acércate, ya sabes lo que debes hacer. Te echaba en falta. Me siento sucia y fea.

La nubia tomó una jofaina y salpicó la nuca de Akhesa. Luego, le lavó los cabellos, le arregló las uñas de los pies y de las manos, utilizó cucharillas de maquillaje en forma de nadadoras desnudas para dibujarle unos ojos perfectos. Akhesa salió del agua. La sirvienta la secó con toallas de lino. La reina se tendió boca abajo, recreándose en la calidez de las losas caldeadas por el sol. Disfrutó de la experta suavidad de los dedos de la masajista, que le relajó el cuello y la espalda como si la preparara para el amor.

-Tenemos que separarnos -dijo Akhesa con la voz quebrada.

La nubia rompió en sollozos.

-Debo... Debo vestiros todavía.

-Vete -ordenó la reina-. Sé feliz.

La reina permaneció largo rato tendida e inmóvil, como si deseara incrustarse en la piedra. Cuando sintió frío, se levantó.

El sol se ponía. Dentro de unos minutos, Horemheb vendría a buscarla.

Con los brazos cruzados sobre el pecho, veneró el final del día.

El barco real atracó en el muelle principal de la ciudad herética cuando el alba rojiza desplegaba sus fastos. Akhesa se llenó los ojos con su última mañana. La franja negra que cubría las montañas se tiñó de un profundo y violento color anaranjado, nacido del lago de llamas del que pronto surgiría el nuevo sol. El anaranjado fue difuminándose, palideció, y se perdió en un amarillo que pronto fue dominado por el blanco y el azul. Disipadas las tinieblas, apareció el río.

El centelleo del agua hizo percibir a la reina destronada la verdad del valle del Nilo: una estrecha estría fértil entre dos desiertos. Una formidable afirmación de la vida en el corazón de la sequía.

Egipto era un milagro.

Había tenido el privilegio de participar en él, de favorecer su existencia, de conocer el trono de los vivos. ¿Qué más podía desear? No lamentaba nada. Si su vida concluía en aquel día de otoño, era porque había llegado a su plenitud, a la orilla de la que el trasbordador no regresa. Sus actos se habían desprendido de ella, se había vuelto ajena a su propio pasado.

La muerte estaba hoy ante ella, como si regresara del exilio tras un largo viaje. Hija y mujer de faraones, había compartido el misterio de los seres de cielo y de tierra. Aunque su destino sólo le hubiera ofrecido poco más de veinte años, ningún otro le parecía preferible.

Akhesa desembarcó acompañada de Horemheb. El faraón alejó a su guardia privada. Había decidido permanecer solo con la condenada.

Uno al lado del otro, caminaron hasta los desiertos arrabales de la ciudad del sol. Las casas blancas, construidas apresuradamente, se habían degradado. Deshabitadas en su mayoría, servían a veces de refugio a familias de beduinos que eran expulsadas por la policía del desierto.

El calor matinal era suave, tranquilizador. Cuando Akhesa vio el palacio sumido en la soledad, entregado al viento y a la arena, escuchó de nuevo la voz hechicera de su padre, cantando la perfección de su capital. «Mi ciudad es hermosa, poderosa, magníficas fiestas la animan... El sol brilla en todas partes... Mi corazón se siente gozoso cuando la admira, pues es semejante a un fulgor del cielo.» Pero ¿qué se había hecho de los verdeantes jardines, los estanques llenos de peces, los lagos de recreo y los graneros llenos de trigo? Aquí y allá, lienzos de paredes derrumbadas, bordes de terrazas caídas, relieves mancillados, escaleras deterioradas... La capital, olvidada, agonizaba.

-Me gustaría recorrer sola las salas de palacio.

Horemheb vaciló.

-Esperadme en la sala del trono -insistió ella-. No temáis nada. No huiré.

Ver de nuevo los lugares donde Akenatón había reinado incomodó al nuevo faraón. Aquí, Horemheb era sólo un general que ejecutaba las órdenes de su señor. El trono del hereje había sido destruido. Horemheb se sentó en un banco de piedra.

¿Por qué Akhesa había elegido la muerte? Ni el propio faraón podía modificar la ley o archivar la sentencia pronunciada. El y ella se habían equivocado librando un nuevo combate ante un tribunal que había decidido en favor del Señor de las Dos Tierras. Ambos, él y ella, se habían comportado como niños inconscientes de los peligros que corrían.

El tiempo del sueño había sido abolido. Akhesa y Horemheb no formarían la pareja real cuyo poder habría maravillado a Egipto.

Akhesa, con los pies desnudos, exploró los corredores, las salas con columnas, las alcobas y los cuartos de baño, recreándose en el despacho de su padre. Mil recuerdos, dulces o amargos, se borraban al ritmo de sus pasos. Sin embargo, subsistían todavía los tiernos gestos de Nefertiti, las plegarias de la familia reunida bajo los rayos del disco divino, los juegos con su padre, los paseos en carro... En aquellas estancias condenadas a la destrucción, no había sombras ni memoria. Akhesa se llevaría al más allá la visión de su morada terrestre, para construirla de nuevo en la campiña de las felicidades.

El sol se acercaba al cenit cuando se reunió con el postrado Horemheb.

-Ha llegado la hora -anunció ella.

El faraón, con la frente surcada por una profunda arruga, la contempló.

-¿A quién amaste realmente, Akhesa?

Las lágrimas llenaron los ojos de la joven, pero su mirada no vaciló.

-A Tutankamón. Él y yo estamos unidos por toda la eternidad. La inicua sentencia que hicisteis pronunciar contra mí, me permitirá reunirme pronto con él. Loada sea Vuestra Majestad.

-¿Y si dejáramos por un instante este juego cruel? Si por un sólo instante...

La tomó dulcemente de las manos. Ella no se rebeló, pero permaneció distante. Horemheb deseaba gritar el amor que le desgarraba, pronunciar las simples y enloquecidas palabras de los amantes, postrarse a sus pies... Pero era el faraón, y Akhesa había sido condenada al castigo supremo.

-El jardín colgante, en la terraza más alta... Desde allí quiero partir al otro mundo.

Se separó de él muy despacio. Cuando la suavidad de sus manos le hubo abandonado, Horemheb supo que, sin Akhesa, debería renunciar a la felicidad. Ninguna mujer le haría olvidar la pasión que no había sabido vivir. Se juró ser el más justo de los reyes y velar más que ningún otro por la prosperidad del país al que Akhesa se había ofrecido hasta el último aliento. Se mostraría implacable con los cobardes, los mentirosos y los prevaricadores. De su reinado, los Anales dirían que había sido un tiempo de equilibrio y de serenidad.

El jardín colgante, abandonado desde hacía varios años, ya no era más que una extensión arenosa. Sólo había sobrevivido un macizo de pequeñas flores rojas. La muchacha se inclinó, cortó una y se la puso en los cabellos.

-Dadme el veneno -exigió.

Horemheb se quitó el anillo que llevaba en el índice izquierdo. Tenía la forma de una minúscula redoma. La ley de Maat prohibía a un ser humano ejecutar a otro ser en nombre de la justicia. Una condena a muerte suponía un suicidio.

Akhesa sabía que no iba a sufrir. Una vez absorbido el líquido, perdería rápidamente el conocimiento y se sumiría en el sueño de la rapaz muerte, adonde iría a buscarle el dios Anubis, con cabeza de chacal, para conducirla por el camino del otro mundo.

-Horemheb, prometedme...

Sosteniendo la redoma en la mano izquierda, Akhesa seguía vacilando.

-Prometedme que haréis excavar mi sepultura en las montañas de la ciudad del sol y haréis inscribir en ella el himno al sol compuesto por mi padre.

-Akhesa... Bien sabéis que...

-Cuando el dibujante, el grabador y el arquitecto hayan terminado su trabajo, haced desaparecer mi tumba, como la de Tutankamón, bajo un montón de rocas. Que su emplazamiento no conste en los archivos.

Horemheb no respondió.

-Tengo que haceros un último ruego -prosiguió-. No destruyáis los vestigios de esta ciudad. Dejadlos morir al sol. Su cadáver no os molestará.

Horemheb asintió con la cabeza. Las tempestades de arena, el tiempo y los beduinos pronto precipitarían la ruina de la ciudad herética.

Akhesa se llevó la redoma a los labios.

El faraón sintió un violento dolor en el pecho.

-No, Akhesa, no...

La joven bebió el veneno de azucarado sabor. Echando la cabeza hacia atrás, abrió la boca para llenarse de la luz del sol de mediodía.

Como si estuviera ebria, giró sobre sí misma y, luego, se desplomó lentamente sobre su costado izquierdo, aquel por el que la muerte llega.

En la lejanía, dos lebreles iniciaron una enloquecida carrera hacia el horizonte, saltando de cresta en cresta, para abrir a su dueña el camino del más allá. Cuando las sombras de Carnero y de Toro desaparecieron en el cegador brillo del astro divino, Horemheb supo que el alma de Akhesa se había convertido en luz.



ANEXOS

La época de la Reina Sol

Akhesa es una de las reinas del Imperio nuevo, concretamente de la decimoctava dinastía (hacia 1552-1306), que muchos historiadores consideran el período más brillante de la historia egipcia. De hecho, esa época está marcada por la acción de grandes faraones, como Tutmosis III, el Napoleón egipcio, Amenofis II, el rey deportista, o Amenofis III, el sabio, sin olvidar a Hatshepsut, la reina-faraón que legó a la posteridad su magnífico templo de Deir el-Bahari, en la orilla occidental de Tebas.

El Egipto del Imperio nuevo es rico y poderoso. Constituye el primer imperio del mundo, y su cultura se impone. El centro del reino se halla al sur del país, en Tebas. Fueron los tebanos, en efecto, quienes libraron la victoriosa guerra de liberación contra los ocupantes hicsos.

De este modo, la ciudad del dios Amón aparece como garante de la felicidad y la independencia de las Dos Tierras. Cada faraón considerará un deber embellecer y engrandecer el templo de Karnak, donde está entronizado Amón-Ra, el rey de los dioses.


El conflicto entre el faraón y los sacerdotes tebanos

Karnak se convirtió en el templo de los templos. Su clero se benefició de considerables riquezas y tuvo que administrar innumerables tierras y cabezas de ganado. El gran sacerdote de Amón, el Primer Profeta, reinaba en un Estado dentro del Estado.

Al parecer, el padre de Akenatón, Amenofis III, tuvo conciencia del peligro. Sin duda influido por su esposa, la lúcida reina Teje, introdujo en la teología tebana otras formas divinas, especialmente a Atón, y manifestó con autoridad la omnipotencia del faraón.

Sin embargo, Akenatón chocó desde muy joven con los sacerdotes tebanos y tuvo que sufrir su creciente materialismo. Consideraba a algunos de ellos como los más viles de los hombres. Deseando afirmar el mensaje de Atón, le pareció conveniente no hacerlo en Tebas, sino crear una nueva capital en un territorio que nunca hubiera sido ocupado por dios alguno. Así nació la ciudad del sol.

Horemheb y sus sucesores extrajeron algunas lecciones de la experiencia de Akenatón. Vigilaron estrechamente al clero tebano, sin dejar de embellecer Karnak. Sin embargo, el conflicto latente no desapareció. Tras Ramsés III, el poder real fue debilitándose, mientras que el del sumo sacerdote de Amón, guardián de las tradiciones religiosas, continuó en aumento, hasta el extremo de que un miembro del alto clero tebano, Herihor, aspiró a ser nombrado faraón. Akenatón, muchos años antes, había acertado.
La cuestión planteada por Akenatón

Akenatón reinó algo más de quince años (1364-1347) en Egipto. Cuando ascendió al trono, llevaba el nombre de Amenofis IV, es decir « Amón-está-en-plenitud». Al abandonar el culto de Amón y su templo de Karnak, cambió de ser, convirtiéndose en Akenatón, «El que brilla por Atón». Un nuevo dios necesitaba una nueva capital. Así pues, se fundó Aketatón («El horizonte de Atón»), la ciudad del sol, conocida con el nombre árabe de Amarna o Tell el-Amarna, y situada en el Medio Egipto.

El paraje se encuentra hoy prácticamente destruido por la erosión, y las tumbas no ofrecen más que un panorama mal conservado. A partir de una dispersa documentación, difícil de interpretar, los egiptólogos intentan comprender la personalidad y la acción de este rey, calificado a menudo de «hereje». Sus extrañas representaciones, que muestran un alargamiento del cráneo, una deformación de los rasgos del rostro y una hinchazón del vientre, le han hecho universalmente célebre. Su esposa Nefertiti también ha alcanzado la fama gracias a los dos bustos que nos han transmitido su resplandeciente belleza.

Ahora bien, si los comienzos del reinado pueden seguirse con bastante facilidad, el final permanece muy oscuro. Se han propuesto múltiples hipótesis. Aquí se ha optado por la que afirma que no se produjo guerra civil y que el poder se transmitió al joven Tutankamón y su esposa21.


El misterio de Tutankamón

La apertura de la tumba de Tutankamón, en 1922, fue uno de los grandes descubrimientos de la arqueología sobre el que queda mucho por decir. Aquel acontecimiento ponía de relieve a un rey «menor», prácticamente desconocido, cuyo reinado fue breve. Sin embargo, ¡cuántas maravillas reunidas en aquella pequeña tumba que, sin duda, no había sido concebida para él!

A causa de su muerte prematura, la huella histórica de Tutankamón es débil. Sigue siendo el más desconocido de los reyes célebres. Su propio origen sigue planteando la cuestión de si era hijo de un rey o de un noble. Vivió en la ciudad del sol con el nombre de Tutankatón, «Símbolo vivo de Atón». Cuando fue nombrado rey, abandonó la ciudad de Akenatón para volver a Tebas, donde transformó su nombre en Tutankamón, «Símbolo vivo de Amón», para demostrar que el regreso a la ortodoxia era una realidad.

Los objetos hallados en su tumba del Valle de los Reyes todavía no han sido estudiados en su totalidad. Quedan algunos textos por traducir y comentar a fondo, hecho que no permite formarse una visión de conjunto de ese «material» simbólico para el otro mundo.


Las representaciones de la Reina Sol

Akhesa no es una desconocida. El descubrimiento de los tesoros de Tutankamón permitió conocer su rostro. La reina aparece representada allí a distintas edades. En una placa de marfil que adorna la tapa de un cofre, se la muestra muy joven. Su gracia y belleza son extraordinarias. Vestida con una larga túnica plisada que subraya sus delicadas formas, lleva sobre la cabeza una complicada corona, y en la frente, dos cobras erguidas que simbolizan su dominio sobre la totalidad de Egipto. Presenta a su marido ramilletes de loto y papiro. Imagen absoluta de la juventud y el esplendor de la mujer en la que se unen indisolublemente lo divino y lo humano, Akhesa ofrece aquí una de las representaciones más perfectas del amor entre el faraón y la gran esposa real.

En el respaldo de un trono chapado en oro, Akhesa aparece representada de más mayor. El rostro sigue presentando la misma finura, pero es más grave. Lleva una corona con unos cuernos de vaca, un sol y dos altas plumas. Estas últimas aluden al aliento divino. Los cuernos de vaca son símbolo de la diosa Hator, soberana del cielo, donde nace la luz del sol. Con la mano derecha, la reina hace un gesto de protección mágica destinado al faraón. La pareja recibe los rayos bienhechores del sol. La escena desprende armonía y tranquila felicidad, y constituye una visión admirable de una unión luminosa entre dos jóvenes que tenían a su cargo la más brillante de las civilizaciones.

En las paredes de las capillas de Tutankamón, otras representaciones muestran a Akhesa en distintos momentos de su existencia, impregnada de exigencias rituales. «Amada por la gran hechicera», la reina acompaña al faraón en sus cacerías para ayudarle a someter a las fuerzas del caos. Cuando el rey golpea a un enemigo al que sujeta por los cabellos, su esposa está detrás de él, gratificándole con un fluido bienhechor. Cuando Tutankamón tira con el arco, la reina permanece sentada ante él y designa una espesura de papiros de donde surgen pájaros volando. Le tiende una flecha tan ligera que puede sujetarla con la punta de los dedos.

Akhesa ofrece a su esposo el «tallo de millones de años», la vida, la prosperidad, la eternidad, le pone al cuello un collar con el escarabeo de las metamorfosis y las resurrecciones, toca ante él dos sistros para rodearle de armonía mágica. De ese modo, se adecua al ritual practicado desde los orígenes por las reinas de Egipto.

Una de las escenas más conmovedoras es, sin duda, la que muestra al rey derramando un líquido perfumado a la diestra de la reina, que se halla ante él, sentada en un almohadón. Akhesa se vuelve hacia el faraón con un gesto de suprema elegancia, y apoya el codo izquierdo en las rodillas de su marido. A su lado figura una inscripción que ofrece todo su significado a esta escena: «Para la eternidad».

A través de Akhesa hemos querido describir el carácter de aquellas reinas tebanas, hermosas y autoritarias, inteligentes y cultivadas, capaces de dirigir un Estado y tomar decisiones capitales. Tercera hija de Akenatón, el hereje, esposa de Tutankamón y prematuramente viuda, Akhesa vivió la tormenta del final de una época. La carta que escribió al soberano hitita es un documento auténtico22 que sellaría su destino. A pesar de que resulte imposible demostrar científicamente la interpretación novelesca que de ella ofrece este libro, nos parece muy verosímil.
La persecución de Akenatón

La momia de Akenatón no ha sido encontrada. Es posible que la ocultaran cuidadosamente en una tumba de Amarna, no descubierta todavía, o que la trasladaran a Tebas, como nosotros creemos, que se destruyera accidentalmente o la enterraran en un escondrijo de la orilla oeste.

La ciudad del sol no fue destruida por Horemheb, como se ha escrito con frecuencia. Es probable que Tutankamón, pese a haber regresado a Tebas, no abandonara la «herejía» atoniana23. El propio Horemheb, aun proclamando su fidelidad al dios Amón, mostró un indudable interés por los cultos solares. Sólo durante la decimonona dinastía, y más concretamente bajo el reinado de Ramsés II, unos sesenta años después de la muerte de Akenatón, los nombres de este último, de Smenker, de Tutankamón y de Ay, englobados todos en la herejía, fueron suprimidos de las listas reales24. Esta supresión simbólica, esencial para los egipcios, fue acompañada por un desmantelamiento de los edificios de la capital de Akenatón. Ramsés II, «El nacido del sol», privilegiaba el culto de Ra y no podía admitir la «competencia» de otra divinidad solar como Atón.
¿Qué fue de Horemheb y de su esposa?

Horemheb subió al trono de Egipto y gobernó las Dos Tierras durante algo más de un cuarto de siglo (hacia 1333-1306). Su reinado fue feliz y próspero. En un largo decreto, de acuerdo con la tradición monárquica, Horemheb alardea de haber restablecido el orden en todo el país, tras un período de disturbios y decadencia. Se presenta como un rey justo, preocupado por la equidad y dispuesto a hacer que se respete la ley cósmica, Maat, en todos sus dominios.

Los historiadores le han acusado de exageración. En realidad, cada faraón hacía grabar y difundir ese tipo de textos para su coronación. A la muerte de su predecesor, el caos invadía el país. Cuando el nuevo monarca era entronizado, la luz y el orden quedaban restablecidos.

Akenatón, Tutankamón y Ay no habían arruinado la economía egipcia ni destruido los templos. Horemheb afirma, sin embargo, haber ordenado que se efectuaran numerosas restauraciones. Como todos los grandes faraones del Imperio nuevo, contribuyó a embellecer Karnak. Sin embargo, su obra más importante consistió en la realización de una serie de reformas administrativas y jurídicas. Algunas antiguas costumbres se habían convertido en injusticias que era necesario suprimir.

El cine ha convertido a Horemheb en una especie de soldadote violento y avinado. De hecho, pertenecía a las altas jerarquías de la administración, donde había ingresado tras cursar una carrera como letrado. Su título de «general» no debe engañarnos. Fue, ante todo, un escriba real, un hombre culto profundamente apegado a las leyes. No existen rastros de ninguna operación militar de envergadura emprendida por Horemheb, que se consagró a restringir el poder de los sacerdotes tebanos, para que el poder efectivo del faraón no se viera contrariado por las riquezas temporales del clero tebano. En su calidad de excelente estratega, Horemheb supo mantener el equilibrio entre el Norte y el Sur, entre Menfis y Tebas, entre el clero de Ra y el de Amón. Siendo «general», hizo preparar su primera tumba en la necrópolis de Menfis, en Saqqara, cuyos admirables relieves constituyen uno de los ejemplos más hermosos del refinado arte del Imperio nuevo. Sin embargo, debido a su ascenso al trono, Horemheb fue enterrado en el Valle de los Reyes.

No conoció ninguna dificultad seria durante su reinado. Mantuvo a distancia a los hititas, que no intentaron ninguna acción violenta contra un Egipto seguro de su fuerza. En una época más tardía, incluso se veneró a un dios llamado Horemheb25, tal vez en recuerdo de un lejano período feliz.

Según el egiptólogo inglés G. Martin, la primera mujer de Horemheb, de origen no real, habría muerto en el segundo año del reinado de Ay. Mutnedjemet (cuya abreviación es Mut), que se hizo famosa como reina de Egipto, habría sido su segunda esposa. Fallecida durante el decimotercer año de reinado, fue enterrada en la tumba de la necrópolis menfita. Algunos egiptólogos suponen que fue hermana de Nefertiti.
Otros descubrimientos en perspectiva

Todavía serán necesarios muchos años de investigación para intentar comprender mejor la aventura de Akenatón, precisar los vínculos de parentesco entre los protagonistas del drama y descubrir nuevos indicios. El suelo de Egipto no ha revelado todavía todos sus tesoros. En la necrópolis de Saqqara acaba de ser descubierta la tumba de uno de los personajes de esta novela, Maya, uno de los íntimos de Tutankamón. ¿Nos revelará su estudio nuevos hechos?

Subsisten aún muchos más problemas. El atento estudio de la tumba de Akenatón, aun estando en ruinas, ha puesto en tela de juicio algunas ideas ya establecidas.

En esta novela histórica, donde la imaginación se nutre de lo real, se ha optado por contemplar una época a través de los ojos de una mujer. Y no de cualquier mujer, sino de una que merecía algo mejor que la historia de los eruditos, de la que compartió el destino de Tutankamón y fue la Reina Sol.




1 El nombre de la capital fundada por Akenatón, «El que resplandece por Atón», era Aketatón, literalmente «La región de luz del dios Atón». A menudo se la cita por su nombre árabe, Amarna, El-Amarna o Tell el-Amarna, y se hallaba situada en el Egipto Medio. La antigua capital, consagrada al dios Amón, era Tebas, situada más al sur. Ambas ciudades distan unos 300 kilómetros. La acción transcurre en el siglo XIV a. de C, durante el período que se ha dado en llamar Imperio nuevo. El señor de Egipto es el faraón Akenatón, que accedió al trono hacia 1364.


2 Para que la lectura resulte más fluida, se ha adoptado como nombre para la heroína de esta novela el de Akhesa. Su nombre egipcio era Ankhes-en-pa-Atón, «Vive para Atón». Resulta imposible precisar la edad exacta de los protagonistas de acuerdo con las fuentes históricas. Por lo que concierne a Akhesa y a Tutankamón, se supone que la primera tenía de doce a quince años, y el segundo de diez a trece, cuando esta historia comienza.


3Nombre que los historiadores ortografían de distintos modos: Ti, Tii, Tiyi, etc.

4Dios con cabeza de ibis, patrono de los escribas y detentador de las ciencias.

5 El reino de los hititas.

6 Los colosos de Memnón, que son el único vestigio de este santuario.

7 En el paraje conocido con el nombre de Malqatta, «el lugar donde las cosas fueron halladas». Sólo quedan escasos vestigios.

8 El templo de Deir el-Bahari.

9 Traducción del nombre de Amón.

10 Referencia al nombre Amón-Hotep, «el que se oculta está en paz», que llevaban el padre de Akenatón, Amenofis III, y el propio Amenofis IV antes de transformar su nombre en Akenatón, «espíritu eficaz del dios Atón». Maya alude, pues, a la época que precede a la revolución atoniana.

11 Hor-em-heb: Horus está de fiesta.

12 Expresión egipcia.

13 Óvalos más o menos alargados que contienen el nombre del faraón.

14 Antecedente del juego de ajedrez.

15 Según la terminología griega, las provincias de Egipto reciben el nombre de «nomos».

16 El actual Solep, en Sudán.

17 El templo de Deir el-Bahari.

18 El planeta Marte.

19 Conocida con el nombre griego de Hermópolis y el árabe de Ashmunein. Su necrópolis es El-Bersheh.

20 Todos estos datos, así como las decisiones tomadas por el general, provienen de un texto egipcio titulado El decreto de Horemheb, recientemente publicado, estudiado y traducido por J. M. Kruchten (Bruselas).

21Para el estudio de esta época, ver nuestra obra Néfertiti et Akhénaton, le couple solitaire, Librairie Académique Perrin, 1988.

22Ver especialmente E. Edel, Ein neugefundes Brieffragment der Witwe des Tutanchamun aus Boghazkoy, Orientalistika 2, 1978, pp. 33-35, y Les Lettres d'el-Amarna, París, 1977.

23 Ver A. Kadry, Annales du Service des Antiquités égiptyennes, 68, pp. 191-194.

24 Ver R. Hary, Mélanges Gutbub, pp. 95-102.

25 Revue d'Égyptologie, 34, pp. 148-149.
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