Cubierta: Romi Sanmartí



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32

-Me muero de sed -dijo Tutankamón-. Dame más cerveza fresca.

El rey tendió su copa a la reina. Sosteniendo un colador en su mano derecha, Akhesa derramó el líquido, que, filtrado, sería más suave para la inflamada garganta del rey. Aquel brebaje era también un remedio que curaba las infecciones.

-La jornada será larga y agotadora. ¿No podríamos acortar algunas ceremonias?

-Imposible -respondió Akhesa, besando tiernamente al rey en la frente-. En la fiesta del primero de año se celebran fastuosos festejos cuyo centro es el faraón. Ha llegado el momento de vuestro triunfo, Majestad.

Los ojos del rey brillaban de excitación.

-¿Y si hiciéramos el amor en vez de cargar con tanto protocolo?

La reina inclinó los ojos, falsamente púdica.

-Lo uno no impide lo otro -dijo con voz divertida-. ¿Acaso no es el amor lo que inspira vuestro reinado?

Akhesa hizo resbalar por sus hombros los tirantes del vestido, que cayó a sus pies. Permaneció frente al rey, con un collar de perlas de cornalina por toda vestimenta. Tutankamón, conmovido por la visión, estrechó a su esposa en sus brazos.

-¿Cómo decirte que cada vez te amo más, Akhesa? ¡Eres tan hermosa!

Ella posó el índice en los labios del faraón.

-Un joven dios debe ser silencioso, Majestad. No habla, actúa.

Tutankamón besó el cuello perfumado de la gran esposa real y, con infinita dulzura, la tendió en un lecho de madera dorada cuyos pies tenían forma de patas de león.

Varias semanas habían transcurrido desde que finalizara la penuria. Cuando Maya, Artífice de todas las obras reales y superintendente del tesoro, regresó a su despacho ministerial, procedió de inmediato a un examen de los expedientes que el «divino padre» Ay le había confiado. Debía establecer la lista de los altos funcionarios destinados a comparecer ante un tribunal por sus graves faltas. Sus primeras investigaciones le demostraron la importancia de la red de influencias tejida por Horemheb.

Éste demostraba una absoluta serenidad, que asombraba a la pareja real. El general ofrecía recepción tras recepción, organizaba cacerías de leones, viajaba ostentosamente en barcos donde se celebraban fiestas. No olvidaba acudir a palacio para ofrecer regalos al rey y la reina, y recibir instrucciones que se limitaban a actividades mundanas con las que Horemheb parecía satisfacerse. Afirmaba, a quien quería escucharle, que había renunciado definitivamente al poder supremo para disfrutar sin reservas una existencia de cortesano entregado al lujo y al placer. Su esposa, Mut, llevaba cada día un vestido distinto y pasaba numerosas horas en compañía de sus esteticistas y peluqueras. Aparecía como la primera dama de Tebas, después de la reina, y como la mejor organizadora de recepciones de la capital.

Akhesa no había bajado la guardia, pero creía haber debilitado de modo decisivo a su peligroso adversario nombrando como Primer Profeta de Amón a un sacerdote devoto, bastante anciano ya y gran amigo del «divino padre» Ay, que se había convertido en consejero privado de la pareja real y vivía en palacio.

El embajador Hanis, cuyos informes sobre la situación en Asia eran bastante tranquilizadores, había regresado a Tebas para festejar el año nuevo. Ciertamente, los hititas no habían disminuido sus esfuerzos militares, pero mostraban una extremada prudencia y habían abandonado su política de expansión.

Hanis había descrito a la pareja real como intransigente y decidida a mantener la influencia faraónica en el extranjero, con la incondicional ayuda del general Horemheb, cuyo prestigio seguía siendo grande. De aquel modo, logró que los hititas se atrincheraran en una posición de espera, vacilando antes de provocar enfrentamientos directos con el ejército egipcio.

Akhesa había mantenido una larga y feroz entrevista con Nakhtmin, el jefe del ejército designado por Tutankamón. Le había reprochado su abulia y su blandura, provocando una violenta reacción en el joven, que había olvidado sus deberes para gozar sólo de sus derechos. Recordándole su juramento de fidelidad al faraón y el respeto que debía a su padre, Ay, cuyo nombre deshonraba con su conducta, había despertado en él el deseo de hacerse digno de las funciones que le habían sido confiadas.

La reina no actuaba por bondad hacia un hombre al que despreciaba, sino que lo utilizaba contra Horemheb. Si Nakhtmin demostraba por segunda vez su incapacidad, le destituiría. En lo sucesivo, dificultaría la acción del general, aunque éste conservara sólidos apoyos en los distintos cuerpos de ejército. Pronto la reina podría modificar algunos mandos, y tal vez incluso enviar a Asia y Nubia a los mejores amigos de Horemheb.

El año que se iniciaba marcaba el primer apogeo del reinado de Tutankamón. Akhesa se eclipsaría tras el rey y proclamaría el valor de su acción ante la totalidad de la corte. Era preciso, sin embargo, que el joven faraón soportara el peso del vestido ritual y de la doble corona durante una ceremonia que iba a durar hasta entrada la noche.

A media mañana, el faraón y la gran esposa real salieron de palacio, tras los pasos de un maestro de ceremonias provisto de un largo bastón y precediendo a una hilera de cortesanos recogidos, con la cabeza inclinada. Caminaron con paso lento hacia el templo de Karnak. A la entrada del recinto sagrado les aguardaban numerosos sacerdotes. De sus filas salió el Primer Profeta, con la espalda encorvada.

-El año muere, el año renace. Que el faraón preserve la vida de su pueblo e impida que crucen las fronteras la enfermedad, el odio y la destrucción.

-Para que así sea -exigió el maestro de ceremonias-, que el faraón sea purificado.

Tutankamón fue introducido en una angosta sala de techo bajo, la «casa matinal». Dos sacerdotes le purificaron, derramando agua sobre su cabeza y sus manos. Luego, el rey tomó un corredor que le condujo al pabellón del tesoro, donde se instaló en un palanquín junto a la reina, tras haber leído las fórmulas alquímicas que transformaban en oro la materia prima. Una procesión les llevó hasta la capilla del gran sitial, donde el rey recibió nueve unciones. Gracias a la aplicación de los santos óleos, la peligrosa leona proveedora de epidemias no enviaría contra él ningún maleficio.

La pareja real permaneció más de una hora en el santuario de la Casa de la Vida, donde el rey consagró alimentos a las divinidades para que fueran favorables durante todo el año. Tutankamón y Akhesa meditaron en el centro de un patio rodeado de muros de ladrillo y con el suelo de losas de piedra. La reina encendió siete estatuillas colocadas ante el rey para otorgarle una energía imperecedera. Luego, rodeó el cuello del faraón con un amuleto que representaba al halcón y la abeja, mágicos protectores de su poder.

Tras haber franqueado una puerta monumental de caliza blanca, el rey avanzó entre dos hileras de columnas que conducían a una sala sumida en la oscuridad. Se tendió en un lecho, con siete sellos colocados bajo la cabeza, dispuesto a cruzar el espacio de muerte que separaba el año que concluía del nuevo año.

Cuando se levantó, la reina decapitó siete plantas de las marismas, simbolizando a los enemigos de Egipto. Al incorporarse, Tutankamón vaciló y tendió su brazo derecho hacia Akhesa, esperando asirse a ella, pero se derrumbó antes de haber podido llegar a su esposa. La reina pidió auxilio.

El rey vomitó una mezcla de sangre y bilis.

Dos sacerdotes lo llevaron hasta un cuarto de baño provisto de letrinas. Había dos asientos de madera colocados sobre muretes de ladrillo de bastante altura. Debajo se encontraban los recipientes de terracota destinados a recoger las deyecciones. Desnudaron al rey y lo mantuvieron de pie en una losa de caliza bajo la que pasaba una conducción caldeada. Lo lavaron con agua, que era proyectada contra las paredes cubiertas de baldosas.

Tutankamón no había perdido el conocimiento, pero se sentía débil. Akhesa le suplicó que apelara a sus últimos recursos para seguir celebrando los ritos. Era indispensable que el pueblo aclamara a su rey.

Una popa de jugo de palma con aceite de moringa devolvió las fuerzas al soberano. Pese al desagradable sabor, Akhesa le obligó a beber hasta la última gota. Apoyándose en el brazo de su esposa, Tutankamón recibió la doble corona, empuñó el cetro de mando y consiguió caminar hasta el atrio del templo, donde los sacerdotes soltaron pájaros en dirección a los cuatro puntos cardinales. El halcón, el buitre, el milano y la oca del Nilo llevarían a los cuatro rincones del universo la buena nueva: el rey de Egipto había vencido al mal.

Una golondrina revoloteó alegremente en la luz invernal, provocando sonrisas de satisfacción. Ningún presagio habría podido ser más favorable. Ésa era la forma en que el alma del faraón ascendía al cielo para dialogar con las potencias de las alturas, y regresaba a la tierra para guiar a los humanos.

El sol estaba en el cenit cuando el joven rey, saliendo del templo de Karnak, apareció ante su pueblo. Tutankamón iba sentado en un trono, sostenido por dos largas barras de madera que los porteadores llevaban a la altura del hombro. Las miradas confluían en la doble corona, la blanca encajada en la roja, caracterizada por su talla en espiral que unía el pensamiento del faraón con la energía del cosmos.

Una densa muchedumbre aguardaba que el rey-dios se manifestara. Un inmenso clamor se elevó cuando Tutankamón puso pie a tierra, elevó su cetro y sacralizó a hombres, mujeres y niños, cuya vida estaba unida a la suya. Un intenso sentimiento de comunión unió al soberano con sus súbditos.

Se acercaron portadores de ofrendas, depositando sobre altares portátiles los regalos de Año Nuevo. Los talleres reales habían creado obras maestras: collares, brazaletes, sandalias doradas y lujosas telas se acumularon ante los maravillados ojos de la concurrencia. El examinó con atención cada objeto, felicitó a los jefes de las corporaciones y condecoró con tres collares de oro a su Artífice, Maya, jefe de todos los artesanos.

No faltaba ni un sólo dignatario. La corte al completo observaba con mirada crítica la prestación del joven soberano, cuya popularidad no dejaba de aumentar. Los más exigentes debieron admitir que el joven cumplía a la perfección con su tarea. Sabía mostrarse caluroso y despertaba el amor del pueblo. Con la edad, gozaría de mayor autoridad. Teniendo a su lado a una gran esposa real, cuyas cualidades de mujer de Estado todos conocían, disponía de una aliada que se afirmaba ya como una reina excepcional.

El «divino padre» Ay, a quien se le había permitido sentarse en un taburete plegable a causa de su estado de salud, sentía una profunda satisfacción. Hasta aquel instante, había temido que el rey fuera incapaz de soportar las exigencias físicas de tan larga jornada. Sin embargo, cuantos más minutos transcurrían, más aumentaba el vigor de Tutankamón.

Horemheb, con el rostro indescifrable, se asombraba también ante la resistencia del joven monarca. Estaba convencido de que no soportaría mucho tiempo el peso de la doble corona, del vestido de ceremonia y del cetro de mando. ¡Cómo le hubiera gustado verle derrumbarse y morder el polvo! Pero esa postrera esperanza desaparecía, y el general perdía confianza en sí mismo. Le encolerizaba renunciar a un gran destino, a causa de una mujer cuyo sentido político se había revelado más aguzado que el suyo. Había cometido una falta imperdonable: subestimar la capacidad de Akhesa para luchar contra la adversidad. Cuando la creía vencida, ella había aprovechado uno de sus raros períodos de pasividad para desplegar una estrategia victoriosa. Los mejores amigos del general, altos funcionarios que siempre le habían apoyado, comenzaban a separarse de él por miedo a ser sancionados como consecuencia de la investigación ordenada por el rey. Atado de pies y manos, Horemheb se encerraba en una vida mundana. La pareja real jamás se atrevería a atacarle directamente. Le dejarían envejecer en el lánguido lujo de Tebas, reduciendo cada año más su campo de acción. ¿No sería aquella lenta asfixia peor que la muerte?

Akhesa, que se mantenía junto a su esposo, ligeramente retrasada, no había conseguido captar la mirada del general Horemheb. Lamentó no poder descifrarla, sentir su angustia frente a acontecimientos que le relegaban a las tinieblas. ¿Cómo reaccionaría el general ante su inevitable decadencia? ¿Cómo intentaría salir de su dorada prisión? Su caída era tanto más dolorosa cuanto que había creído llegar a la cumbre.

Akhesa tenía la sensación de reinar sobre la alegre multitud que aclamaba al rey. El más hermoso regalo de Año Nuevo era la madurez del joven monarca. Había vencido su debilidad física, superado una indisposición, subyugado a sus últimos adversarios.

Akhesa experimentaba un nuevo sentimiento hacia su esposo: le admiraba. Viéndole tan satisfecho entre sus cortesanos, tan bondadoso con su pueblo, tan seguro de sí mismo, la reina descubría que Tutankamón comenzaba a practicar con fortuna su oficio de rey, e incluso a complacerse en ello.

Aquella noche le haría el amor como la primera vez que sus cuerpos se unieron.

Cuando el sol se hundió en el occidente, todas las amas de casa, de la más humilde a la más pudiente, encendieron una lámpara y la colocaron en un lugar bien visible, en la barandilla de una terraza o en el umbral de una puerta. En el mismo instante, Egipto entero se encendió con mil fulgores, ciudades y campiñas formaron un único tejido de claridad. El cielo estaba en la tierra, brillando con mil estrellas. En todas partes se bailaba y se cantaba. El festejo se prolongó hasta el amanecer.

En palacio se habían reunido los íntimos de Tutankamón: Maya, Artífice y superintendente de Finanzas, el «divino padre» Ay y el embajador Hanis. Los tres habían felicitado calurosamente al soberano. Sensible a tales alabanzas, Tutankamón se había sentido conmovido por las enamoradas miradas de Akhesa, en las que había visto nacer la admiración.

Saboreaba aquella victoria más que todas las demás. Conquistar por completo a su esposa, enamorarla tanto con el espíritu como con el cuerpo, era su más caro deseo. Puesto que sólo lo lograba cumpliendo con brillantez su función de faraón, en adelante aceptaría esta exigencia. Reinaría para ella.

Akhesa, agotada, se había sentado a los pies del rey, con la mejilla apoyada en su pierna. Tutankamón había sido regenerado por la ceremonia. Toda huella de fatiga había desaparecido de su rostro. Se mostraba locuaz, hablaba con entusiasmo de sus numerosos proyectos, destinados a hacer que Egipto fuera más feliz. Hanis descubría a un rey cuya fuerza de convicción no había sospechado. Maya se alegraba de ver surgir, por fin, la verdadera naturaleza de su amigo. El «divino padre» Ay apreciaba en su justo valor la magia utilizada por Akhesa para conseguir que un hombre se liberara del fardo de la infancia.

Los señores de Egipto habían cenado higos frescos, brochetas de cordero asado y pasteles de miel. El escanciador les había servido un vino de los oasis, admirablemente afrutado.

-Egipto es rico -declaró Maya-, y lo será más aún gracias al trabajo de gestores competentes. Iniciaremos nuevas obras y procederemos a numerosas restauraciones. El rey Tutankamón dejará huellas de su paso en todo el país.

-Es posible poner fin a los monopolios económicos que todavía detentan los sacerdotes de Amón -añadió el «divino padre».

-Que el faraón no olvide la política exterior -recomendó Hanis-. Los hititas siguen siendo un peligro real. Soy partidario de una campaña militar de intimidación.

Relajada, Akhesa saboreaba aquellas palabras como una felicidad sin límites. Tutankamón gobernaba. Sus más altos dignatarios le servían sin reservas. Por fin podía construir un reinado a imagen de un templo. Las palabras que salían de su boca se harían realidad.

-Estoy de acuerdo, amigos míos -declaró el rey-, pero queda un obstáculo importante.

-¿Cuál, Majestad? -preguntó Hanis.

-El general Horemheb.

-Ha perdido la guerra intestina que os libraba -declaró Maya.

La sirvienta nubia les trajo uva. Los comensales, ahitos, la rechazaron. Pero Tutankamón, insaciable en aquel día triunfal, degustó unos granos, saboreando su azucarado frescor.

-No estoy de acuerdo. El prestigio del general sigue intacto. No dejará de actuar. Mañana encontrará nuevos aliados y fomentará otra conspiración contra mí. Aprovechará la menor de nuestras debilidades. Horemheb será un permanente peligro.

Lo acertado del análisis turbó los espíritus. Incluso Akhesa se rindió a las palabras de su esposo.

-¿Qué proponéis pues, Majestad? -preguntó el «divino padre».

-La única solución posible.

El embajador Hanis respiró de pronto con dificultad.

-No querréis decir...

-Sí -afirmó Tutankamón flemático-. El exilio. Nombro al general Horemheb gobernador de los oasis. Lejos de Tebas, perdido en medio del desierto y privado de su red de relaciones, no nos perjudicará más. Maya redactará el decreto mañana mismo y yo lo sellaré. El general abandonará definitivamente la capital antes de que termine la semana.

Tutankamón y Akhesa intercambiaron una sonrisa. La reina tenía la sensación de nadar en el lago de la felicidad, uno de los paraísos prometidos a los bienaventurados. El faraón actuaba como un gran monarca y realizaba su sueño más secreto: hacer que Horemheb desapareciera.

-¿No teméis...? -comenzó el «divino padre».

-No temo nada ni a nadie -dijo Tutankamón-. Soy el faraón.

Ay, Hanis y Maya inclinaron la cabeza con respeto. Akhesa vivía una formidable esperanza. Junto a un rey consciente del poder que le habían concedido los dioses, podría conseguir la restauración de la religión de Atón. Le convencería de que abandonara Tebas y creara una nueva capital donde reinaría un sol divino, capaz de unificar los pueblos de Egipto y de Asia.

La joven estrechó con ternura la pierna de su esposo.

De pronto, éste se puso rígido. Se levantó bruscamente, llevándose la mano a la garganta.

-Me ahogo... -se quejó-. Me estoy abrasando...

Tutankamón dio unos pasos, intentando llegar a una ventana. Vencido por el sufrimiento, cayó de rodillas. Akhesa se abalanzó sobre él, estrechándole entre sus brazos.

-Akhesa, amor mío... -murmuró, con un esfuerzo sobrehumano que le desgarró el pecho.

La cabeza del joven rey cayó hacia atrás. Miró fijamente a la mujer a la que amaba con pasión.

Sus ojos ya estaban muertos.



33

En aquella brumosa y fría mañana, las puertas de los santuarios permanecieron cerradas. Los dioses, mudos, seguían encerrados en sus naos. Los sacerdotes no se purificaron en los lagos sagrados, no llevaron ofrenda alguna al templo cubierto y no celebraron ningún rito. Karnak se vio sumido en el silencio y la inmovilidad, como privado de toda vida.

El alma del faraón había abandonado su cuerpo para reunirse con la luz de la que provenía. El joven rey de veinte años había dejado el mundo de los hombres para dirigirse al círculo de los poderes celestiales, convertirse en estrella y navegar por los canales del más allá. El estupor ante la horrible noticia había fulminado todo el país. Sin el faraón, Egipto se convertía en presa fácil para las cohortes de demonios y fuerzas maléficas que trabajaban incesantemente para destruir la vida. El pueblo no tenía ya vínculo con el cielo. El camino hacia la eternidad se hallaba cortado.

Durante setenta días, el tiempo necesario para momificar a Tutankamón y preparar su resurrección, el trono estaría vacío. La gran esposa real sólo contaba con esos setenta días para designar al sucesor del rey difunto, al nuevo señor de las Dos Tierras en cuya esposa se convertiría, legitimando así su poder. Poco más de dos meses antes de dar satisfacción al general Horemheb, el vencido de ayer, sobre quien Tutankamón había triunfado.

Akhesa sufría. Su alma era torturada por un dolor que no le concedía respiro. Su vida no tenía ya sentido ni sabor alguno. La muerte ladrona, la muerte sin rostro... había matado su felicidad. Le habría gustado penetrar bajo tierra con el sol del anochecer y no volver a ver la luz de los vivos, que aumentaba sin cesar su desesperación.

Akenatón tenía razón: los sacerdotes eran los más viles y despreciables de los hombres. Habían envenenado al faraón. La uva que el rey había comido, procedente de las viñas del templo de Karnak, estaba impregnada de una substancia tóxica. La reina había exigido una investigación, y se había logrado encontrar al servidor que llevara los frutos a palacio. El hombre no sabía nada. Los racimos le habían sido entregados por un intendente que recibía directrices de la administración central. Llegaron hasta un sacerdote subalterno que mostró el documento con el sello de otro intendente. Nadie confesó. Nadie podía confesar, pues el auténtico culpable había desaparecido.

Una de las frases pronunciadas por el difunto sumo sacerdote de Amón había cruzado la memoria de Akhesa: «He actuado contra el faraón... Le creía incapaz de reinar». El Primer Profeta había escapado a la justicia de los hombres, pero comparecería ante el tribunal divino.

La perspectiva no consolaba a Akhesa. Se sentía demasiado sola frente a una prueba que no tenía el valor de afrontar. Tomó un poco de cosmético de un recipiente cilíndrico de alabastro. Depositó suavemente en la mesa de maquillaje la tapa en forma de león tendido, con una lengua de marfil teñida de rojo. Le recordó las cacerías en las que había participado, acompañada de su esposo, cuando el sol inundaba sus corazones con el placer de vivir.

Akhesa había despedido a su sirvienta nubia. Deseaba adornarse ella misma para el inicio del periodo de luto. Tendidos ante la puerta de la alcoba, sus dos lebreles, Carnero y Toro, no la traicionarían nunca. La protegerían.

Tomó un frasco de perfume adornado con flores de alabastro y con la figura del dios Nilo, de colgantes mamas, evocando la inagotable fecundidad ofrecida por el río. Loto y papiro se cruzaban, simbolizando la unión entre el Alto y el Bajo Egipto, la alianza indispensable para la felicidad del pueblo que el faraón tenía el deber de llevar hacia la luz.

En el pie del frasco figuraba el nombre de Tutankamón grabado con oro fino. Un nombre que, en adelante, pertenecería a las listas reales y se inscribiría en el glorioso pasado de las Dos Tierras. Un nombre que sólo viviría en los monumentos, las estelas y las piedras sagradas.

Sintiendo la insoportable ausencia de su marido, la reina comprendió hasta qué punto lo amaba. Él la había adorado, ella prácticamente lo había ignorado. Él le había ofrecido la más intensa de las pasiones, ella sólo le había correspondido con el goce. Ella había creído poseer el verdadero poder, olvidando que Tutankamón, por la magia de los ritos, se había convertido en un rey-dios. Él, y no ella, era quien había reinado.

La muerte no les separaría. Akhesa así lo había decidido. Ella le entregaba el inmenso amor que anidaba su corazón. A él y a nadie más.

La reina se perfumó, impregnando cada parcela de su piel con esencia de jazmín. Sujetó una flor de loto en sus cabellos, se puso un austero vestido de lino azulado, y adornó su garganta con un collar de perlas de oro y cornalina, embellecido con un colgante en forma de serpiente de oro macizo.

Avanzando por la terraza del palacio real, escuchó los cantos quejumbrosos de las plañideras, confeccionando ramilletes que se colocarían sobre el sarcófago real. El trabajo se había detenido en todas partes. Fiestas y banquetes habían sido anulados. El palacio, que de ordinario estaba lleno de actividad, se había inmovilizado en un sueño doloroso. Los escribas habían cerrado sus despachos. Ningún acta se firmaría mientras el país no fuera gobernado por un nuevo faraón.

El silencio se convertía en regla. Durante las frugales comidas, en las que no se servía ninguna clase de vino, los comensales no pronunciaban la menor palabra. Puesto que el Verbo había huido con el alma del rey, los hombres debían callar. Los alimentos ya no constituían una fiesta, sino un modo de sobrevivir. En señal de luto, los dignatarios se dejaban crecer la barba y llevaban los más sencillos vestidos, confundiéndose con los humildes. La jerarquía sagrada desaparecía. El mundo era presa del caos.

Sólo quedaba una autoridad reconocida por todos: la gran esposa real. El destino del país estaba en sus manos.

El «divino padre» Ay y el Artífice Maya fueron introducidos en la sala de audiencias al caer la tarde. Filtrándose por las estrechas ventanas, los últimos rayos del sol poniente cubrían de oro las pinturas murales, donde los patos se debatían entre las marismas.

Akhesa, coronada por la mitra blanca que había llevado su madre, Nefertiti, estaba sentada en su trono. Junto a ella, vacío, el del faraón.

Ambos dignatarios quedaron impresionados por la belleza de la reina y, más todavía, por su gravedad. Ay percibió la transformación que se había operado en ella. La muerte de Tutankamón, lejos de haberla quebrado, le había dado una nueva fuerza. Robustecida por la prueba, la voluntad de la joven se había fortalecido como madera de acacia endurecida por el agua y el viento. El «divino padre» sintió los más vivos temores. ¿Cómo doblegarla? ¿Cómo hacerle admitir que sus sueños no se realizarían nunca y que debía inclinarse ante el destino?

-¿Por qué deseáis esta entrevista? -preguntó secamente la reina.

-El Artífice tiene grandes preocupaciones -declaró el «divino padre»-. Ni el templo funerario del rey ni la tumba están listos. ¿Dónde celebraremos los funerales?

El rostro de Maya era hosco. El artífice contemplaba a la reina con severidad.

-¿Por qué no os expresáis vos mismo, Maya? -preguntó Akhesa-. ¿Necesitáis acaso un intérprete?

-La desgracia está en vos, Majestad, y vos la preparáis. Os considero responsable de la muerte del rey.

El «divino padre» cerró los ojos. La insolencia de Maya era torpe y estúpida.

-Sois injusto -observó Akhesa sin perder la calma-. Fueron los sacerdotes de Amón quienes asesinaron al faraón. Utilizaron un veneno.

-No lo creo -repuso el Artífice-. Tutankamón deseaba una existencia apacible. Vos le obligasteis a representar un personaje que le ha asfixiado. Vos le robasteis la juventud. Por vuestra culpa, su parte de luz se ha extinguido demasiado pronto.

-Os equivocáis -afirmó la reina, cuya mirada no vaciló pese a los terribles golpes que le asestaba su Hermano Maya-. El hombre a quien yo amaba se había convertido en rey. Ya no deseaba más existencia que la de un faraón. Por ello, Horemheb y sus aliados le consideraron peligroso.

-¡Es sólo una fábula inventada por una mujer decepcionada!

El «divino padre» agarró la muñeca del Artífice.

-Dejadle -intervino Akhesa-. Maya siempre ha hablado con franqueza. No intentaré convencerle. Lo esencial es preparar la morada de eternidad de Tutankamón.

-Soy responsable de esa tarea -precisó Maya-, y la realizaré antes de que termine la momificación. Primero debo encargarme de la tumba. Para terminar el templo serán necesarios varios meses.

-No excavaréis una tumba en menos de setenta días -objetó el «divino padre».

-Exijo que Tutankamón repose en el valle donde se encuentran las momias de los reyes de nuestra dinastía -dijo la reina, desafiando al Artífice.

Maya no ocultó su turbación.

-En ese caso, sólo hay una solución... Utilizar el taller donde trabajaban los maestros dibujantes. Pero se compone de pequeñas estancias poco dignas de un gran monarca.

La ironía de Maya apenó cruelmente a la reina. Pero no dejó que lo advirtiera.

-¿Serán suficientes para albergar los tesoros y el mobiliario que deben acompañar al rey al más allá?

-Eso creo, Majestad -respondió Maya-. Mis artesanos desplegarán todo su ingenio. Al faraón no le faltará nada para penetrar en el paraíso.

-Vuestra opinión es decisiva -reconoció la reina-. Poned manos a la obra sin tardanza y mantenedme informada diariamente del progreso de los trabajos.

Maya se inclinó, y luego salió apresurado de la sala de audiencias.

El «divino padre» se sentó en los peldaños del estrado donde estaban los tronos.

-¿Puedo abrir el corazón a Vuestra Majestad?

-¿Tan inaccesible me he vuelto, Ay? ¿O consideráis acaso que la locura se ha apoderado de mi espíritu?

El viejo cortesano, algo tranquilizado por la moderación del tono, avanzó prudentemente por el camino que se veía obligado a recorrer.

-Comprendo vuestro resentimiento contra los sacerdotes de Amón, Majestad. Pero no olvidéis que cuentan con el apoyo incondicional del general Horemheb. Karnak espera de él nuevos privilegios. El Primer Profeta y su jerarquía preparan ya una gran fiesta en honor del dios Amón. Tenéis que dejar de atacarles. La investigación que habéis ordenado sobre la muerte del rey no tiene posibilidad alguna de éxito. Sólo aumentará su exasperación. A mi entender, haríais mejor interrumpiéndola.

Akhesa realizó un esfuerzo sobrehumano para no bajar del trono, golpear al anciano y gritar su odio hacia aquellos sacerdotes hipócritas, los más criminales de los hombres. Pero ¿de qué serviría su rebeldía? Acalló el fuego destructor que la habitaba.

-¿Tenéis más consejos que darme, divino padre?

Ay tenía la boca tan seca que se expresaba con dificultad.

-Reconoced enseguida a Horemheb como el faraón y anunciad vuestra boda. No es bueno que Egipto se vea privado de soberano. Las peores calamidades podrían abatirse sobre él. Disipad enseguida la angustia.

-Tengo setenta días para designar al sucesor de Tutankamón -recordó Akhesa.

Akhesa no concedió más audiencias. Al finalizar cada día de la primera semana de momificación, leía con atención los informes del Artífice Maya. La preparación de la tumba de Tutankamón avanzaba deprisa.

La reina meditaba durante horas y horas, limitándose a seguir la carrera del sol. Su existencia no tenía ya sabor alguno. No para ella, sino para un rey difunto que hubiera debido ser grande, para un Egipto que hubiera debido ser el suyo.

Akhesa, cediendo a los ruegos de su sirvienta, aceptó por fin que la peinara. La nubia realizó su tarea con nerviosismo.

-¿Qué debes decirme? Habla de una vez.

-Señora... El embajador Hanis os suplica que aceptéis su invitación. Quisiera veros esta noche, en la villa de uno de sus amigos.

-A Hanis siempre le ha gustado el secreto. No saldré de palacio.

La nubia se arrodilló a los pies de la reina.

-Jura que es muy importante.

-¿Qué recompensa te ha prometido? ¿Oro? ¿Joyas?

La nubia agachó la cabeza. Unas lágrimas corrieron por sus mejillas.

-Dame un manto y una peluca, y llévame hasta él -ordenó Akhesa.

Tebas, de luto, apenas respiraba.

A la capital del mayor imperio del mundo le costaba acostumbrarse a la muerte y al silencio. Los mercaderes aguardaban con impaciencia el final del penoso período durante el que estaba prohibido abrir los mercados y tratar de negocios. En cuanto caía la noche, las calles, por lo general animadas por las interminables conversaciones de las amas de casa y los juegos de dados organizados por los obreros, quedaban desiertas. En las encrucijadas y las plazas habían hombres armados que impedían cualquier agrupamiento. Ni una sola antorcha brillaba en el exterior de las casas.

La oscuridad favoreció la rápida marcha de las dos mujeres, que avanzaron por una complicada red de callejas en las que no se encontraron con nadie. La nubia había aprendido enseguida a conocer Tebas y sus dédalos.

La morada elegida por Hanis ocupaba el fondo de un callejón sin salida. De dos pisos de altura, precedida por un pequeño jardín y con la fachada enteramente encalada, no se diferenciaba de las demás casas de notables agrupadas en el mismo barrio.

La puerta principal, con el dintel y los montantes de piedra, se abrió sin que la sirvienta necesitara anunciar su presencia. Un mayordomo panzudo, de rojas mejillas, se inclinó ante la reina y la precedió por un vestíbulo de paredes decoradas con ramilletes de lises. La gran sala de recepción era sostenida por columnas de un verde tierno; las paredes estaban adornadas con un friso de lotos azules. El embaldosado formaba cuadrículas amarillas y rojas. La nubia tuvo que quedarse allí.

El mayordomo condujo a Akhesa hasta el primer piso, a los aposentos de los propietarios, que se encontraban ausentes, descansando en el campo. El embajador Hanis había tomado posesión del despacho, iluminado por cuatro altas ventanas con los montantes pintados de amarillo. Sus rejas de arcilla filtraban la luz.

En cuanto entró la reina, el embajador se levantó y la saludó.

-Gracias, Majestad, por haber respondido una vez más a mi invitación. Tengo que comunicaros informaciones confidenciales. Hablaremos mientras cenamos.

Sólo el mayordomo, unido al alto dignatario desde hacía mucho tiempo, fue autorizado a servirles las brochetas de carne, el pez asado, pan, un plato de lentejas con cebolla, lechugas, miel y una jarra de agua. Dispuso los manjares cocinados en calientaplatos, salió del despacho y cerró tras de sí las puertas.

-Un hombre fiel -explicó Hanis-. Pero todo el mundo puede ser corrompido y convertirse en un traidor.

-Y vos como los demás -ironizó la reina.

-Y yo como los demás -reconoció el embajador-. A decir verdad, he traicionado en muchas ocasiones. Unas veces para aumentar mi fortuna, otras para salvar mi vida o tender trampas a los enemigos. Es un arte difícil, agotador. Hoy renuncio a ello. Me gustaría disfrutar en paz de mis bienes en un Egipto feliz y fuerte.

-Os lo deseo, Hanis.

El embajador saboreó una brocheta de cordero asado y se lavó las manos en un aguamanil de plata. Seguía llevando en la muñeca izquierda el brazalete decorado con un zorro. El delgado bigote negro cuidadosamente dibujado, los cabellos bastante largos peinados a la perfección, el rostro demasiado fino para un hombre, conferían al personaje un encanto inquietante.

Akhesa no cesaba de cambiar de opinión sobre él. Sin duda, él modificaba también frecuentemente su posición ante ella.

-Mi felicidad sólo depende de vos, Majestad.

Akhesa mordisqueó una hoja de lechuga y una cebolla.

-¿En qué soy yo tan poderosa?

-No es tiempo de burlas, Majestad. Tenéis Egipto en vuestras manos. Los días pasan. No debierais aguardar a que terminara el luto para designar a Horemheb como nuevo faraón. No nos queda mucho tiempo.

-¿Es sólo una opinión personal?

-Naturalmente que no, Majestad. Olvidemos, pues, una cena a la que no deseáis hacer honor...

-Vos mismo lo habéis dicho, Hanis: no nos queda mucho tiempo.

El embajador, fascinado por aquella reina de veinte años cuya belleza no dejaba de aumentar, debió admitir que nunca la comprendería.

No preveía sus reacciones, no adivinaba sus pensamientos.

Cuando se disponía a revelar un secreto, conocía las consecuencias de su acto, los acontecimientos, felices o dramáticos, que produciría. Pero esta vez se lanzaba a lo desconocido.

-Mis informadores en Asia me han confirmado el mayor de mis temores, Majestad. Los hititas no vacilarán en utilizar este turbulento período para atacar Egipto. Esa gente no respeta nuestros ritos. Tutankamón había adquirido envergadura suficiente como para disuadirles de emprender una guerra. Su muerte es una oportunidad. Al rey hitita le gustaría ofrecer Egipto a su hijo. Si no anunciáis enseguida la designación de Horemheb como nuevo señor de las Dos Tierras, seremos invadidos, Majestad.

-Pero ¿por qué? ¿No ha tomado Horemheb de nuevo en sus manos las riendas del poder militar?

-Durante el período de luto, la orden de movilización general se ejecutará con lentitud. Todos necesitamos a un rey investido por el poder divino. ¡En él se encarnará el sentido de la victoria! No podéis ignorarlo.

-Soy, más que nadie, consciente de ello.

La mirada de Akhesa se había hecho cortante como la hoja de un puñal. El embajador lamentó haberse comportado como un novicio presuntuoso.

-Sed sincero, Hanis. Si se proclama un nuevo faraón, ¿renunciarán los hititas a atacar Egipto?

-No lo creo. Sus preparativos de guerra están demasiado adelantados.

-Seguid siendo sincero. Aun bajo el mando del rey Horemheb, ¿serían nuestras tropas capaces de vencer al adversario?

El embajador inclinó la cabeza, turbado.

-El valor produce las más extraordinarias hazañas, Majestad.

-Dicho de otro modo, combatiremos uno contra cuatro.

-Tal vez, incluso contra cinco -confesó Hanis-, pero con un faraón a la cabeza. Ese mero hecho puede cambiar la suerte del conflicto. Vos sois, Majestad, la única dueña del juego. Si no actuáis, Egipto está condenado a muerte.



34

Hacía ya veinte días que el maestro momificador trabajaba en el cuerpo de Tutankamón. Las puertas de su taller, «la morada de regeneración», eran custodiadas por aprendices que impedían el acceso. Desde la muerte del primer faraón, los secretos de la momificación real nunca habían sido traicionados. En el mismo instante en que el cadáver había sido depositado sobre una losa de granito perfectamente lisa, el maestro se había puesto una máscara de chacal. Se convertía así en el dios Anubis, encargado de tomar de la mano al rey difunto y guiarle por los peligrosos caminos que conducían a la resurrección gloriosa en el más allá.

La naturaleza deshacía la obra de carne que había construido. Anubis transformaba un cuerpo mortal en cuerpo inmortal, soporte del ser de luz que se fijaría en la momia correctamente preparada. En el instante de la primera muerte, aquel paso inevitable para cualquier forma viviente, los elementos constitutivos del ser se separaban. Si permanecían separados, como una miríada de gotas de agua dispersadas por el viento, sobrevenía la segunda muerte y la nada. El papel de Anubis, el momificador, consistía en impedirlo gracias a la magia de los ritos. A partir de un cadáver, creaba un Osiris, un dios reconstituido, un ser aparentemente inerte pero coherente, del que brotaría una vida nueva.

Desde el principio, el maestro momificador había puesto fin al proceso de corrupción del cuerpo. Primero, por medio de un garfio de hierro, había retirado a través de la nariz buena parte del cerebro. Las drogas disolverían el resto en el interior del cráneo. Luego había abierto el flanco y extraído las vísceras: hígado, pulmones, estómago e intestinos. Tras un proceso de secado, éstas se metían en cuatro jarras para depositarlas en la tumba. En el cuero ya limpio, se vertía vino de palma y aromas. La herida del costado era cosida.

Comenzaba entonces un largo tratamiento con natrón seco para deshidratar la piel, los huesos y los cartílagos. Así no subsistiría en la momia ningún rastro de humedad. Luego, el maestro momificador, con la ayuda de dos asistentes, levantaría a Tutankamón para depositarlo en un lecho en forma de león y procedería a un postrer lavado.

La discusión entre los profetas de Amón y los miembros del alto clero se hacía tormentosa. El nuevo sumo sacerdote no había sido puesto al corriente de una reunión que no tenía nada de ritual. Una sola cuestión se planteaba: ¿Quién sería elegido para dirigir los funerales de Tutankamón? Era necesario imponer a la reina un adepto de Amón. Pero Akhesa era hija de un herético, tal vez herética ella misma... Además, ¿cómo estar seguros de que la momificación había sido correctamente practicada, sin la inclusión de un elemento religioso procedente de Atón? ¿No estaría su imagen presente en una pieza u otra del mobiliario funerario? Y en esas circunstancias, ¿debía un sólo sacerdote de Amón estar presente el día de los funerales, a riesgo de avalar unos ritos impíos? Se tomó una decisión: una delegación de sacerdotes exigiría audiencia a la gran esposa real.

Divertida, Akhesa aceptó recibir a tres Profetas de Amón que clamaban la urgencia de su solicitud. Les aguardaba. ¿Cuánta hiel debían de haber vertido antes de venir a plantear sus condiciones?

Poco maquillada, con un vestido ceñido sujeto bajo los pechos por dos largos tirantes, los cabellos sueltos sobre los hombros y los pies desnudos, Akhesa recibió a los sacerdotes en una pequeña sala de palacio de azules paredes, adornadas tan sólo, en lo más alto, por un friso vegetal. Aquella mujer, a la que habían decidido detestar, les hechizó inmediatamente. Con un gesto gracioso, les invitó a sentarse en unas esteras de escriba mientras ella se colocaba, con pose ligeramente lánguida, en una silla baja de madera dorada. En vano intentaron escapar a su mirada, al agua clara de sus ojos donde tantas voluntades habían debido de ahogarse.

-¿Qué deseáis? -preguntó la reina con gran suavidad.

-Majestad -declaró el Segundo Profeta de Amón con voz insegura-, es tiempo ya de nombrar al que oficiará durante los funerales del rey y dirigirá los ritos de resurrección. Es una larga tarea que exige preparación.

-Sin duda alguna -aprobó la reina.

-Estamos seguros de que el sacerdote será elegido entre los fieles del dios Amón y...

-Pero ¿todavía existen herejes?

Ninguno de los tres religiosos se atrevió a responder a la pregunta de la reina.

-No temáis -dijo ella sonriendo-. El rey será divinizado de acuerdo con nuestras tradiciones. El clero de Amón podrá asistir a los funerales con toda tranquilidad.

El anciano y la joven, cogidos del brazo, caminaban lentamente por las avenidas de tamariscos del jardín real. Con la ternura de una hija hacia su padre, Akhesa guiaba a Ay.

-Este frescor me reanima -declaró el «divino padre»-. Mis piernas funcionan cada vez peor, pero todavía puedo respirar el perfume de las flores. Era la distracción preferida de mi esposa.

-¿No es la vejez privilegio de los sabios?

-Se pierden los cabellos, los ojos se cierran, los oídos no oyen, el corazón se demora y olvida sus más caros recuerdos. Al margen de estos inconvenientes, Majestad, tal vez la vejez permita comprender mejor las palabras de los dioses.

Una luz precisa dibujaba el contorno de cada rama de palmera, de cada flor, dando al agua de los estanques un azul vivo, sin violencia. ¡Cómo le hubiera gustado a Akhesa dar aquel paseo del brazo de un marido joven, enamorado y señor de Egipto!

-Divino padre, tengo que comunicaros una importante decisión.

-El nombre del futuro faraón, supongo.

-No, todavía no... El del hombre que dirigirá los funerales de Tutankamón. Vos.

El anciano se detuvo.

-¿Por qué yo?

-Vos conocisteis a mi padre y a mi marido, los amasteis, los respetasteis y los servisteis. Hoy, sois el único en este caso. No deseo que un sacerdote hipócrita pronuncie fórmulas vacías de sentido. Recitadas por vos, las palabras de resurrección tendrán pleno efecto.

Ay asintió con la cabeza.

-Será una ceremonia larga y penosa. No sé si tendré la fuerza física...

-Dios acudirá en vuestra ayuda -aseguró la reina-. Bendito seáis por la ayuda que me proporcionáis.

El anciano no intentó protestar. Akhesa contuvo una sonrisa. El plan que había concebido se desarrollaba a la perfección.

Nakhtmin, comandante en jefe del ejército, casi no salía de su despacho desde la muerte del rey. Tenía la atroz sensación de haber traicionado a Tutankamón. Olvidando su papel y entregándose a las fiestas y la lujuria, se había convertido en un desertor, incapaz de ofrecer a su soberano un ejército reorganizado y fiel a su causa.

Nakhtmin recuperaría el tiempo perdido. Demostraría al alma de Tutankamón que no había olvidado su misión e impediría a Horemheb destruir la herencia del rey difunto.

Primero, era preciso cambiar todos los jefes de los cuerpos de ejército; luego, los de los batallones; y, finalmente, revisar la intendencia y la administración, para dividir los poderes e impedir la emergencia de un hombre providencial como Horemheb, que utilizara su influencia para compensar el poder real.

Dos oficiales de carros penetraron en el despacho de Nakhtmin. El primero le tendió un papiro sellado.

-Leed inmediatamente este documento.

Nakhtmin rompió el sello de Horemheb y recorrió el texto.

Su contenido le heló la sangre. Temblando, se levantó con dificultad.

-¿Qué significa esto?

-Quedáis destituido por falta grave. Tenemos orden de conduciros ante el general Horemheb. Seguidme.

La reina se enteró aquella misma noche de la destitución de Nakhtmin, por boca de su padre. El anciano, sorprendido, se sentía incapaz de reaccionar para defender a su hijo, efectivamente culpable de descuido administrativo. Había firmado documentos aberrantes sin haberlos leído, había avalado otros que tenían firmas falsas, había permitido que la moral de las tropas se degradara.

El ex comandante en jefe del ejército sufría reclusión domiciliaria en su villa. No desempeñaría ya papel alguno en la jerarquía militar y, tras ser sometido a un juicio, sería destinado a otro cuerpo del Estado donde terminaría su carrera en un escalón mediocre.

Akhesa contaba con un aliado menos. Horemheb recuperaba uno a uno los bastiones que se había visto obligado a abandonar. Actuaba con una ferocidad tanto mayor cuanto que había creído perderlo todo. Cuando le anunciaron la visita del general, la reina le imaginó impaciente. Tenía que haberse dominado mucho para retrasar tanto tiempo la entrevista.

Akhesa le recibió en la sala del trono, sin la presencia de ningún cortesano.

Elegante como un escriba real a la última moda tebana, Horemheb ocultaba mal su exaltación. Miró a la reina con ojos de conquistador.

-Comparto vuestra pena, Majestad.

-No os inflijáis semejante sufrimiento -recomendó la reina-, pues grandes triunfos os aguardan. La desgracia y el pasado sólo a mí me pertenecen.

-Por algún tiempo, Majestad. El doloroso período terminará. A vos os toca disipar las tinieblas legitimando mi acceso al trono.

Horemheb permanecía de pie, a varios metros de la reina, sentada y adornada con las insignias de su cargo.

-Tengo preocupaciones más graves, general... Inquietantes noticias procedentes de Asia. Habéis tomado de nuevo el mando del ejército. ¿Sería capaz de resistir un ataque hitita?

-¡Siendo yo faraón, no se producirá nunca!

-¿Admitís nuestra inferioridad numérica?

-¡No tiene importancia! Nuestro valor es superior al de los hititas. No habrá guerra... Y si la hubiera, yo la ganaría.

Horemheb estaba lleno de juvenil orgullo.

-Estas afirmaciones no responden a la realidad, general.

-No es asunto de una reina, Majestad. Dejad que me ocupe de la política exterior y limitaos a designarme enseguida faraón. Pensad primero en el interés del país.

-Es mi única preocupación, general.

Horemheb la evaluaba. Demasiado sola, demasiado frágil, demasiado hermosa, Akhesa acabaría ofreciéndosele. Lucharía hasta el último momento con aquella hosca voluntad que tanto admiraba, pero se sabía ya vencida. Intentaba provocarle en el terreno diplomático, del que lo ignoraba todo, con aquella afición al desafío que la caracterizaba.

La amó más por ello.

-No os demoréis más, Majestad -recomendó-. Tanto por vos como por mí.

-Guardaos los consejos, general. Encargaos más bien de nuestras tropas. Quiero un detallado informe sobre el estado exacto de nuestras fuerzas y el material de que disponemos.

-Muy bien, Majestad. Pero debido al descuido del ex jefe de los ejércitos, Nakhtmin, necesitaré al menos dos meses para concluir el trabajo.

-Comenzadlo inmediatamente.

Horemheb se inclinó. La encontraba conmovedora, agitándose sin la menor esperanza, como una abeja caída en una tela de araña.

El general mantuvo la cabeza ligeramente inclinada.

-¿No tenéis... nada más que decirme, Majestad?

Un breve silencio le hizo confiar en que, consciente de la inutilidad de su lucha, ella cedería al fin.

-Nada más, general.

La hembra del hipopótamo acababa de parir. Inmovilizada por el sufrimiento, fue incapaz de reaccionar cuando un cocodrilo, deslizándose por el agua a diabólica velocidad, entreabrió sus fauces y devoró al recién nacido, apenas salido del vientre de su madre. Ésta lanzó un grito de dolor, que desgarró los tímpanos de marineros y campesinos en varios kilómetros a la redonda. Los hipopótamos se vengarían de modo igualmente brutal pisoteando y aplastando cocodrilos. Matándose entre sí, las dos especies se mantenían en igualdad de condiciones y conservaban sus territorios respectivos.

Desde la proa del barco de gran vela blanca cuadrangular, Akhesa había asistido a la carnicería. La embarcación, impulsada por un vivo viento, corría por el agua azul. Había zarpado del muelle de palacio al amanecer, y atracado luego junto a una ciudad para recoger a un pasajero. Ahora se dirigía hacia el norte. La reina disponía de muy poco tiempo. No tenía derecho a abandonar el palacio en período de luto. Entró en la espaciosa y confortable cabina donde su huésped estaba reponiéndose.

El embajador Hanis se levantó.

-Majestad, si me explicarais la razón de mi presencia aquí...

-Salís hacia el reino hitita, Hanis. El general Horemheb es absolutamente inconsciente del peligro que nos amenaza. Nuestro ejército está desorganizado. No podrá movilizarlo en pocos días. Su alegría al conquistar por fin el poder le priva de todo sentido de la realidad.

-No sólo del poder, Majestad. Habla, sobre todo, de vos, su futura esposa. Reinaréis a su lado.

-Soy mujer de un sólo hombre, Hanis.

-Tutankamón ha muerto, Majestad. Horemheb está vivo y vos también. ¿Por qué negar la evidencia?

-Dejemos eso, Hanis. Propondréis la paz al rey de los hititas.

El embajador desfalleció, perdiendo el aliento.

-La paz -murmuró-, la paz... ¡Pero eso significa la sumisión de Egipto! ¡Es imposible!

-Se trata, en principio, de una simple proposición. El rey hitita debería aceptarla. Luego, redactaremos los artículos de un tratado.

-Pero, Majestad... No hemos librado batalla. No...

-No quiero sangre, Hanis -afirmó con una autoridad que no admitía réplica-. No quiero guerras. No quiero ver como invaden Egipto, destruyen sus templos e incendian sus ciudades. No quiero oír los gritos de terror de las mujeres y los niños. Los hititas son bárbaros, y nosotros no estamos preparados para luchar. Olvidamos que no estábamos solos en el mundo y que nuestras riquezas provocaban la codicia. Mientras se negocia la paz, ganaremos el tiempo necesario para restablecer nuestro poderío militar. ¿Podéis comprenderlo?

La vergüenza se apoderó de Hanis. Frente a aquella mujer, perdía su facultad de razonamiento. Le había dado una lección que le rebajaba al rango de un diplomático novicio.

-Haréis varios viajes rápidos entre el Hatti y Egipto -ordenó-. Subrayad bien la importancia que la reina de Egipto, única responsable del reino hasta el nombramiento de un nuevo faraón, concede a esta gestión. Sed prudente, os jugáis la vida.

-Naturalmente, si tuviera algún problema, vos no me habéis dado ninguna directriz...

-Y este encuentro jamás se ha producido. Buena suerte, Hanis.

La reina salió de la cabina. No tuvo que esperar demasiado para que un esquife que se dirigía hacia Tebas se detuviera a la altura del barco. Lo aprovechó para cambiar de embarcación, saltando ágilmente sobre el puente con la ayuda de una cuerda. Las dos velas, que por un instante habían parecido unidas, se separaron. Hanis partió hacia el norte, la reina regresó a palacio.

Akhesa había olvidado que el general Horemheb era de nuevo omnipotente y que hacía vigilar de cerca a los notables que habían servido la causa de Tutankamón, por miedo a que desdeñaran servir la suya.

Hanis estaba entre ellos. Por eso, un bajel cuya tripulación estaba compuesta en gran parte por soldados seguía la estela trazada por el barco del embajador.

Responsables de las tribus militares, jefes de cuerpos de ejército y oficiales superiores aguantaban a pie firme la tormenta. La cólera del general Horemheb era terrorífica. Les había convocado en su despacho del cuartel general de Tebas y, desde hacía más de una hora, lanzaba invectivas con rara violencia.

Ninguna de sus críticas era injustificada.

Recuperando los expedientes abandonados por Nakhtmin, el general había despertado brutalmente de sus sueños de gloria para descubrir una realidad mucho más sórdida: durante su ausencia se había producido un enorme estropicio. Corrupción de funcionarios, barcos del ejército destinados a uso privado, robo de material militar, relajamiento de la disciplina. Ausencia de ejercicios, soldados que los oficiales utilizaban como mano de obra agrícola, expolio de los bienes de campesinos, maltratados por instructores borrachos... ¿Cuántas semanas o meses serían necesarios para castigar tales abusos y reconstruir un ejército digno de ese nombre? Akhesa, lúcida y bien informada, tenía razón: Egipto, privado de faraón y militarmente debilitado, nunca había sido una presa tan fácil para los hititas. Si se les ocurría lanzar una ofensiva, Horemheb no sabría cómo hacerles frente20.

El país se hallaba en peligro de muerte. Nadie debía saberlo.

-Voy a recorrer el Alto y Bajo Egipto -anunció a sus hombres- para poner fin al descuido y las injusticias. Los culpables serán severamente castigados. Recibirán cien bastonazos o se les cortará la nariz. Quiero funcionarios íntegros, de carácter inflexible, capaces de sondear los pensamientos y que obedezcan sin tardanza mis órdenes. Que todos vivan tranquilos, donde yo los instale. Que no acepten compromisos ni recompensas, que tengan la ley divina como único instrumento de trabajo. El que diera razón a quien no la tuviere, cometería un crimen capital. Por lo que se refiere al ejército, del que soy responsable, exijo que recupere inmediatamente la dignidad y la competencia. Desde mañana mismo, se iniciarán de nuevo los ejercicios y el entrenamiento de reclutas en todos los cuarteles del país. Quiero informes aquí, cada día y a la misma hora.

Todos salieron en silencio, secretamente felices de que un jefe de la talla de Horemheb hubiera recuperado las riendas del poder.

Al quedarse a solas, el general vivió unos instantes de abatimiento. ¿Caería el rayo sobre Egipto?

Una redonda luna iluminaba la noche cuando Akhesa se presentó ante las puertas del taller de momificación. Los dos aprendices, agachados y soñolientos, se levantaron enseguida y le cerraron el paso.

-Nadie puede entrar aquí.

-Soy la reina de Egipto -dijo ella, abriendo su manto de lino- y la encarnación de la diosa Isis. Yo soy quien reina sobre esta morada de regeneración.

Los muchachos quedaron deslumbrados ante el vestido ritual de la reina: una larga túnica dorada y ceñida, que le llegaba hasta los tobillos. En ella estaban grabadas las alas de la diosa envolviendo el cuerpo de Akhesa, convertida así en mujer-pájaro. Se separaron, tiraron del cerrojo de bronce y dejaron entrar a la diosa. Luego, cerraron las pesadas puertas y siguieron montando guardia, dejando que el misterio se cumpliera.

La luz que emanaba de la única antorcha, iluminando el taller de embalsamamiento, bastó a Akhesa para descubrir la momia de Tutankamón, un cuerpo ajado y empequeñecido sobre el que pesaba ya la carga de la eternidad. El rostro, sin embargo, había conservado un ápice de su sonriente juventud, como si estuviera a punto de despertar.

Akhesa se arrodilló y tomó la cabeza de Tutankamón entre sus manos.

-¡Que Atón, el dios único, sea para siempre tu protector! ¡Que siga siendo tu aliento de vida, tu auténtica luz, tu dios secreto, como lo fue de mi padre y como lo es mío! ¡Que el nombre de Atón se convierta en tu sol de resurrección!

Con la uña, la reina grabó simbólicamente en lo alto del cráneo de la momia los jeroglíficos que formaban el nombre del dios Atón. Luego, se levantó y se plantó ante la inmensa mesa donde reposaban las joyas, ornamentos y vendas que adornarían y envolverían a la momia. En lugar de los cartuchos que contenían las titulaciones tradicionales, depositó los fabricados por Maya, en los que estaba inscrito el nombre sagrado de Atón. Así, el dios estaría presente en el cuerpo de resurrección, que sólo las divinidades contemplarían.

Los hombres nunca sabrían que Tutankamón había permanecido fiel a Atón. Pero ¿acaso no estaban los hombres condenados a vivir en la ignorancia?

Akhesa había purificado su amor por el rey muerto, inmortalizándole en el sol de Atón.

35

Ni el canto de los pájaros ni el perfume del aire matinal alegraban ya al «divino padre» Ay. Su paseo matinal cotidiano por los jardines de palacio, en compañía de Akhesa, se convertía en una pesadilla.

-¡Es por completo imposible, Majestad! No puede haber paz con los hititas. Egipto no tiene derecho a inclinar así la cabeza ante los bárbaros... ¡Ellos son quienes deben someterse, no nosotros!

Una feroz rebeldía animaba el corazón del viejo cortesano. Esta vez no admitía los excesos de Akhesa.

-La negociación avanza, divino padre -explicó la reina, esforzándose por permanecer tranquila-. Hanis trabaja con habilidad. Ha conseguido interesar a sus interlocutores.

-Pura ilusión, Majestad. Los hititas sólo piensan en la guerra. Habéis cometido una grave falta permitiendo que nuestros peores adversarios descubrieran nuestra debilidad. Sabrán aprovecharla. Ahora, llevadme al pabellón florido, a orillas del Nilo. Necesito dormir.

La reina lo hizo.

El anciano se tendió en un lecho provisto de mullidos almohadones. Cerró los ojos y se durmió en seguida.

Akhesa se alejó inquieta. ¿Sería correcto el análisis del «divino padre»? ¿No ocultaría su ideal de paz un terrible desconocimiento de la realidad internacional? ¿No estaría llevando a Egipto hacia la destrucción?

Irguió la cabeza, absorbiendo con avidez los suaves rayos del sol. No, Atón no quería la guerra. Ninguna felicidad se sellaría con sangre.

Corriendo como una loca, la sirvienta nubia se arrojó a los pies de la reina.

-El general Horemheb... con hombres armados... Están aquí...

Horemheb, solo, estaba ya a la entrada del jardín. Había elegido una elegancia discreta: cabeza y torso desnudos, brazaletes en las muñecas, falda de lino plisado sobre taparrabos blanco y pies desnudos. Una luz diáfana le aureolaba. Seguro de sí, el general avanzó hacia la reina.

-Espero no turbar vuestra meditación, Majestad, pero me trae un asunto grave.

La sirvienta desapareció. No deseaba en absoluto conocer secretos de Estado.

-El embajador Hanis acaba de ser detenido en la frontera. Regresaba de Asia. Es su tercer viaje en un período muy corto. Afirma que nadie le ha enviado y que viaja por cuenta personal. Mis hombres perdieron su rastro en las provincias orientales e ignoro todavía adónde fue. ¿Lo ignoráis también vos?

-¿Por qué iba yo a conocer ese detalle, general?

-Hanis ha sido uno de los vuestros. ¿Le habéis confiado una misión especial?

-Mi papel consiste en garantizar la legitimidad del poder y la felicidad de Egipto. Ninguna tarea distinta requiere mi atención.

En la mirada de Horemheb se mezclaban la pasión y el reproche.

-¿Por qué no confiar en mí, Akhesa? ¿Por qué tramar imposibles conspiraciones contra mí? Olvidad el pasado... Pensad sólo en el minuto en que, por fin, estaremos unidos en el trono de Egipto.

-Salid de aquí, general. No volváis a palacio si no os lo ordeno. El período de luto no ha terminado.

Horemheb se inclinó.

-Acabáis de romper la carrera de un embajador, Majestad.

Hanis no habló. Mantuvo su versión de los hechos, pretextando viajes privados a Asia para reunirse con amigos y tratar algunos negocios. Pero seguía siendo acusado de no haber pedido un salvoconducto en toda regla a la administración militar. Durante el período de interregno en que Egipto estaba privado de rey, nadie debía abandonar el país sin serios motivos. De cualquier modo, Hanis sólo podía recibir sanciones administrativas que no temía en absoluto. Sin embargo, quedaba incapacitado para cumplir su misión, que iba por buen camino. El rey hitita y su hijo primogénito, Zannanza, no habían rechazado la proposición de paz. Pero era preciso preparar todavía la redacción de un tratado que pusiera a ambos países en pie de igualdad, o, dicho de otro modo, que negara a Egipto su posición de primera potencia mundial.

La paz... ¿Valía tanto la paz? Hanis no se sentía descontento de verse retenido en Tebas. Tal vez incluso hubiera cometido ciertas imprudencias para que le identificaran, franqueando el puesto fronterizo más vigilado. Hanis no había tenido el valor de confesar a Akhesa que no aprobaba sus proyectos.

Había elegido la fuga. La fuga en el silencio. Cuando la tormenta se apaciguara, cuando Horemheb fuera faraón, el embajador sería probablemente condenado y perdería todos sus bienes. Le olvidarían. Le quedaban bastantes amigos en Asia y propiedades en el extranjero para acabar la vida con comodidad.

Ayudar más a Akhesa habría sido una locura.

En el taller de momificación, el trabajo concluía. Un especialista, utilizando centenares de metros de lino, procedió a colocar las vendas rituales, comenzando por los dedos de las manos y los pies. Recitando fórmulas destinadas a revelar el conocimiento de los caminos del otro mundo, el maestro momificador, con su máscara de Anubis, dispuso sobre el cuerpo del rey numerosos amuletos protectores que evitarían la corrupción y la degeneración. Colocó en el cuello de Tutankamón un amuleto de oro llamado «estabilidad», para asegurar que la columna vertebral se irguiera en el más allá y, de ese modo, garantizar la estabilidad del ser de luz. Su busto fue adornado con collares de oro y pectorales donde brillaban pastas de cristal coloreadas, cornalina y lapislázuli.

El maestro momificador y el especialista de las vendas dieron paso a un ritualista encargado de conferir a la momia su carácter real. Se le pusieron varios brazaletes en las muñecas y los tobillos, uno de ellos representando un ojo «completo», la mirada resucitada análoga a las de las divinidades. Cada dedo recibió un estuche de oro. Fue colocado un delantal con varias hileras de perlas de cristal y cerámica. En el cinturón se colgó una cola de toro, que contenía la potencia creadora del faraón en todo el universo. Bajo el cinturón, una daga con la hoja de oro serviría para vencer a los enemigos visibles e invisibles que se interpondrían en los caminos de la eternidad. Bajo la nuca, un pequeño cabezal metálico, símbolo del horizonte, hacía que la cabeza de Tutankamón fuera semejante a un sol que, cada mañana, renacería en el sol divino.

Luego, el ritualista ocultó el rostro de la momia bajo una máscara de oro decorada con el buitre y la cobra, evocando el Alto y el Bajo Egipto. En el mentón, la barba ritual terminada en espiral. Las manos del faraón, cruzadas sobre el pecho, sujetaban los cetros que le concedían la soberanía de Osiris sobre los reinos subterráneos.

El cuerpo fue colocado en un ataúd de oro macizo.

La ceremonia de los funerales podía comenzar.

La cofradía de las plañideras se agrupó en torno al ataúd real. Con el ritmo lento de una melopea, cantaron las lamentaciones que, desde el origen de los tiempos, acompañaban el viaje de la momia hasta la tumba. «Llorad, llorad sin descanso, declamaron a coro, el viajero se va a la tierra del más allá. Aquel que estaba rodeado de numerosos servidores y una alegre corte, helo aquí prisionero de la soledad y el silencio. Aquel que amaba caminar por los jardines, dar camino a sus pies, helo aquí inmóvil, atado por las vendas, incapaz de liberarse.» Akhesa escuchaba distraída los cantos de las plañideras, que, de entierro en entierro, rodeaban a la momia con sus cantos mágicos antes de que comenzara el ritual de resurrección. Sesenta días habían transcurrido desde el comienzo del período de luto. La reina ya sólo disponía de diez días para designar al nuevo faraón.

En Tebas, como en todo el país, la atención crecía. Nadie comprendía las razones del silencio de Akhesa. Un solo candidato se imponía: el general Horemheb. De hecho, su reinado había comenzado ya. Sólo quedaba legitimarlo.

Akhesa estaba obsesionada por el recuerdo de Tutankamón. Cada uno de sus gestos, cada una de sus palabras permanecían presentes, como si el joven rey no hubiera abandonado la tierra de los hombres. A cada segundo que pasaba, más le amaba y más crecía su odio hacia Horemheb.

Horemheb había hecho asesinar a Tutankamón para obtener el trono y apoderarse de ella, convertirla en su gran esposa real. Ésa era la atroz verdad que nunca podría demostrar investigación alguna.

No aceptaría el destino que Horemheb había imaginado para ella.

Le quedaban diez días para encontrar una solución.

De acuerdo con el ritual, las plañideras intentaron impedir la partida de la momia. Sus llantos aumentaron de intensidad, y las mujeres se agarraron al sarcófago, imploraron al difunto que se quedara con ellas. Suavemente, los sacerdotes encargados del transporte las separaron y colocaron el sarcófago en un trineo tirado por bueyes. La procesión iba encabezada por un maestro de ceremonias que manejaba un largo bastón. Caminaba ante nueve personajes, los «hermanos del rey», encarnando a la vez la Eneada de las divinidades creadoras de la vida, y el consejo de sabios encargado de guiar al monarca en este mundo y en el otro.

Justo detrás del sarcófago, Akhesa, asumiendo el papel de «la esposa del dios» llevaba un largo vestido blanco con tirantes, cuyo modelo se remontaba a los tiempos más antiguos. Sus largos cabellos negros estaban sujetos por una cinta blanca. Carente de todo maquillaje, el bello rostro de la reina atraía todas las miradas. Se buscaba en él la expresión de un temor, las huellas de la desesperación. Pero los rasgos, de excepcional finura, permanecían mudos, casi indiferentes. Y todos evocaron el extraordinario parecido con Nefertiti.

Una larga hilera de servidores, despertando la admiración de la muchedumbre silenciosa, contempló a los portadores del mobiliario funerario que acompañaría al rey en su viaje al más allá. Lechos, tronos, cofres, sitiales, jarrones, jarras, vajilla, arcos, mazas, carros desmontados, estatuas, barcas, juegos y joyas reconstituirían alrededor del monarca su marco ritual y familiar.

La procesión avanzó con extremada lentitud hasta el embarcadero, donde aguardaba una numerosa flotilla. La travesía del Nilo se efectuó bajo un sol pálido. Las riberas, tan animadas de ordinario por la presencia de pescadores, bañistas o niños que jugaban, no mostraban actividad alguna. Pronto se elevaron en el aire los cantos de las plañideras, sentadas en el techo de las cabinas de los barcos que se dirigían a la orilla occidental, donde fueron recibidos por una joven sacerdotisa sonriente, que encarnaba a la benevolente y feliz muerte.

El cortejo funerario se organizó de nuevo, en dirección al Valle de los Reyes. Akhesa alzó la mirada a la cima donde había vivido una de las pruebas decisivas de su existencia. Los cantos cesaron cuando el sarcófago abandonó para siempre la verde campiña para entrar en la llanura árida y desértica. El sendero se hizo más estrecho, avanzó entre roquedales y desembocó ante el santuario de los faraones difuntos, custodiados por los soldados de Horemheb.

El sol se hacía más cálido. La hondonada del Valle de los Reyes, rodeada por altas murallas verticales, impedía que el aire circulara. Akhesa sufrió un ligero malestar, pero no dejó que se advirtiera. Los servidores agitaron abanicos ante el rostro de los dignatarios, permitiéndoles recuperar el aliento.

La pausa duró unos pocos minutos. Los «hermanos» del rey tiraron del trineo hacia la pequeña tumba prevista para albergar a la momia de Tutankamón.

El Artífice Maya se hallaba en el umbral.

-¿Está lista la sepultura? -preguntó la reina.

-Las pinturas están casi secas -respondió Maya-. He encontrado una hermosa cuba de gres, pero la tapa será de granito. Será necesario desmontar las capillas para introducirlas en la sala del tesoro y volverlas a montar allí. He dado instrucciones a mis artesanos. Ellos se encargan de todo.

La momia fue colocada con la cabeza mirando a occidente. Así, cuando el alma-pájaro viniera, al amanecer, para reanimar a la momia, el rey estaría frente a oriente, de donde nacía la luz. Los artesanos dispusieron en un pequeño espacio veintidós barcos de distintos tamaños, que el rey utilizaría para navegar por los lagos y canales del otro mundo, y a continuación los numerosos objetos traídos por los portadores. Se añadieron jarras que contenían vino de las posesiones de Atón, último recuerdo de los fastos de la corte en la ciudad del sol.

El maestro hechicero de la corte introdujo en la sepultura más de cuatrocientas estatuillas de granito, cerámica, alabastro, cuarzo y madera, cuidadosamente colocadas en cajas. Se llamaban «fiadores» y tenían por función trabajar en lugar del rey difunto en los campos del más allá. Para ello, estaban provistas de casi dos mil instrumentos agrícolas indispensables para cultivar, irrigar las riberas y transportar los materiales de oriente a occidente. El mago grabó en algunos de ellos la fórmula jeroglífica que les haría obedecer las órdenes del faraón resucitado.

La momia real estaba ahora protegida por tres sarcófagos metidos uno dentro del otro. Alrededor del cuello de su esposo, Akhesa había colocado un collar de flores y hojas, resumiendo el paisaje de Egipto que el faraón se llevaría con él al otro lado de la aparente muerte.

A la cabecera del sarcófago, con los brazos ciñendo la cuba de gres en un postrer abrazo, la reina recitó las plegarias de Isis para la resurrección de su marido difunto. En su boca, las fórmulas rituales se transformaron en canto de amor. Ofreció toda su fe y esperanza al joven faraón caído en las redes del óbito. Sabía que su energía pasaría al cuerpo inanimado, y que la magia del Verbo le abriría las puertas de una nueva vida.

Akhesa se apartó para dejar que oficiara el «divino padre» Ay. El anciano vestía una piel de pantera constelada de estrellas. Provisto de un instrumento de carpintero, la azuela, abrió los ojos y la boca del sarcófago, que se convertía así en cuerpo de resurrección. Acababa de ser creada el alma de la tumba. No era ya un sepulcro, sino una morada de regeneración donde se efectuarían migraciones entre el cielo y la tierra, inaccesibles para el entendimiento humano. El «divino padre», concluida su tarea, salió caminando hacia atrás. Entró el Artífice Maya, llevando cinco estatuillas de «fiadores». Quería ofrecer a su amigo difunto aquellos artesanos de madera que, inscritos a su nombre, serían los mejores servidores del faraón en los paraísos celestiales.

Maya llamó a cuatro hombres para colocar la tapa del sarcófago. La reina permaneció en un rincón de la sala funeraria. El espacio era tan reducido que los carpinteros tenían dificultades para moverse. Uno de ellos comprendió mal la orden dada por Maya y sacó demasiado pronto la cuña de la que era responsable. La tapa de granito cayó brutalmente sobre la cuba y se rajó.

Furioso, Maya procedió solo a poner los sellos en las puertas de las estancias que contenían el mobiliario funerario. Al día siguiente se emparedarían las últimas aberturas, para crear un medio cerrado donde se desplegarían los fuegos de una luz sobrenatural.

-Es hora de abandonar este lugar -dijo Maya a la reina.

-No tengo ganas -respondió ella con voz muy dulce, casi desencarnada-. Desearía quedarme a su lado. Nos necesitamos el uno al otro.

-Tutankamón entra en otro reino. Vos, Majestad, debéis permanecer entre nosotros. Vuestra alma seguirá comunicándose con la suya.

Maya tenía razón. El enloquecido sueño de Akhesa se derrumbaba. No la dejarían dormir el sueño postrero junto a su marido. Sufría la desgracia de ser reina.

-Seguiréis a su lado -prosiguió Maya-. Mis escultores han grabado vuestro rostro en las puertas y los flancos del naos de oro.

Akhesa sonrió. Sí, así sobrevivían Tutankamón y ella, contemplándose amorosamente, entregándose a los placeres de la caza en las marismas.

La reina ofrecía a su marido flores y collares, lo perfumaba, lo acariciaba. Gracias al genio de los artesanos, sus hermanos, Tutankamón y Akhesa se harían el amor por toda la eternidad.

La reina depositó en el umbral de la antecámara una copa de alabastro con la forma de una corola de loto. En el contorno figuraba un texto grabado por la propia Akhesa: «Tutankamón, vive y haz que viva tu energía creadora; pasa miles de años en el amor a Tebas, con el rostro vuelto hacia el suave viento del norte, contemplando la felicidad».

El sol declinaba.

¿Por qué era necesario separarse del ser amado? ¿Por qué debía alejarse para siempre del gozo de ser dos, del placer de mirarse por la mañana?

«Te acompaño -murmuró Akhesa-. Permaneces en silencio, no me hablas ya, pero yo seguiré conversando contigo. Ni un solo instante permanecerás solo en la tumba. Ni un solo instante...»

El sepulcro de Tutankamón estaba cerrado, la ceremonia de los funerales había terminado.

En la orilla oeste se había preparado un gigantesco banquete. Los comensales, a la luz de las antorchas, en el frescor de una noche primaveral, se disponían a celebrar el fin del luto. Los hombres se habían afeitado la barba, las mujeres habían abandonado sus vestidos más austeros para lucir de nuevo atavíos a la moda. Cada invitado había recibido un collar de flores. Las estrellas brillaban, filtrando la luz del sol oculto. La alegría renacía. Por la mañana, Akhesa debería anunciar el nombre del nuevo faraón. Había aguardado hasta el último segundo del período ritual que le habían ofrecido para transmitir el poder faraónico.

Todos los miembros influyentes de la corte habían querido señalar con su presencia tan excepcional momento. No había ni uno solo que no fuera favorable al general Horemheb, que no le rindiera ostensibles homenajes. El futuro señor de Egipto, nervioso, no celebraba abiertamente su victoria. En cambio, su mujer, Mut, no vacilaba en proclamarse como gran esposa real, segura de relegar al olvido a la infeliz viuda de Tutankamón.

Akhesa se quedó meditando hasta muy avanzada la noche, sentada en la postura del escriba ante la entrada de la tumba. El Artífice Maya, cada vez más indiferente a los asuntos humanos, había regresado al pueblo de los artesanos. Muy pronto conocería la entronización de Horemheb.

El Valle de los Reyes estaba desierto y silencioso. El espíritu de la reina bogaba entre la muerte y la vida, entre las tinieblas de la tierra y las luces del cielo. ¡Cómo lamentaba no haber vivido mejor su unión con Tutankamón, haber permitido que sus sentimientos vagabundearan! Había sido la mujer de un faraón, había compartido la existencia del señor del universo. Todavía ocupaba por algunas horas la más alta función del Estado. Los años habían transcurrido como un sueño.

El porvenir ya no existía. ¿Por qué regresar a los vivos? ¿La rapaz muerte no le concedería el favor de arrebatar su alma, aquí y ahora?

Abandonándose a la desesperación, Akhesa sintió que traicionaba a Tutankamón y que hacía el juego a su asesino, el general Horemheb. Sin duda, la reina no tenía ya el menor porvenir, pero no era ése el caso de Egipto. Tutankamón había muerto porque se convertía en rey, porque imprimía la marca de su genio en el destino de las Dos Tierras. Más allá del joven rey estaba Atón, el sol divino que algún día se impondría a todos los pueblos.

Una lechuza desplegó sus inmensas alas y emprendió el vuelo en la claridad lunar. Lanzó un grito extraño, casi humano, como si transmitiera un mensaje del más allá al único ser capaz de escucharlo. Akhesa cerró los ojos y una visión se le impuso: la de un Egipto entregado a las llamas y al pillaje. Los carros hititas caían sobre las provincias, los arqueros atravesaban con sus flechas los pechos de los soldados egipcios, la sangre corría por ciudades y pueblos, el Nilo se volvía rojo.

Akhesa se había equivocado. Su padre se había extraviado. También Horemheb tomaba un mal camino. No había que firmar la paz con los hititas. Su lengua era mentirosa. No respetaban tratado alguno.

La reina se levantó sabiendo ya cómo actuar. Había perdido toda esperanza y todo porvenir. Pero salvaría a Egipto.

Ni un solo cortesano sentía los efectos de la falta de sueño. La jornada había sido agotadora y la buena carne había adormecido las conciencias. Algunos habían abusado del vino, e incluso se habían aislado para vomitar antes de regresar al círculo de los comensales. Pero nadie abandonaría la ribera occidental antes del amanecer, antes de que la reina Akhesa se viera obligada a pronunciar el nombre del nuevo faraón.

Su ausencia durante el magnífico banquete había sido severamente criticada por toda la corte. Sin embargo, la voz del general Horemheb no se había unido a la de los burlones y los bromistas. El futuro señor de Egipto, de ordinario tan encantador, permanecía frío y distante. Ni siquiera su esposa Mut había conseguido arrancarle la menor sonrisa.

A las puertas del poder, Horemheb conocía el miedo. Sabía gobernar Egipto, dominaba la administración y gozaba de la confianza del ejército. No le faltaría apoyo alguno. Su reinado sería grande, siempre que apartara a los intrigantes que poblaban una corte mediocre, siempre que obligara a los sacerdotes de Amón a no abandonar su templo..., y siempre que tuviera a Akhesa a su lado.

¿Por qué no presidía la fiesta? ¿Qué demonio la había impulsado a permanecer sola en aquel valle siniestro, poblado de sombras muertas? Horemheb había creído durante mucho tiempo que Akhesa preparaba una nueva estrategia para intentar permanecer sola en el poder. Pero no le quedaba ningún aliado influyente, y a ella sola le resultaba imposible tomar la menor iniciativa. Para una mujer de su envergadura, el único porvenir posible era él, Horemheb.

Se levantaron unos murmullos.

Akhesa acababa de aparecer, aureolada por las primeras claridades del día naciente. Seguía llevando su vestido de luto, manchado de polvo. Con los pies desnudos, y el rostro descansado y radiante, trepó a un montículo desde el que dominaba la asamblea de cortesanos.

Sopló el viento matinal. El oriente se tiñó de rosa.

-El período de luto concluye -declaró con voz cuya potencia y claridad sorprendieron a la concurrencia-. El rey Tutankamón está ya en su morada de resurrección. Ahora se halla en la asamblea de los dioses y brilla en el cielo, entre las estrellas. Su nombre será glorificado en la lista de los soberanos de Egipto.

La reina levantó sus ojos hacia el firmamento. El sol, vencedor de las tinieblas, pronto saldría del lago de fuego que había atravesado sin daños.

-El faraón ha resucitado -prosiguió Akhesa-. El trono de los vivos ya no está vacío. La luz ilumina de nuevo Egipto. Designo como Señor de las Dos Tierras, a quien todos deberán total obediencia... al divino padre Ay.

36

Un solo tema de conversación dominaba el gran mercado de Tebas: el anuncio oficial del matrimonio entre una reina de veinte años y un anciano convertido en faraón, el «divino padre» Ay. Partidarios y adversarios de la increíble elección de la gran esposa real se enfrentaban en violentas justas oratorias.

La corte estaba estupefacta. Nadie creía que Akhesa hubiera actuado con toda libertad. Ay había tenido que utilizar influencias ocultas y blandir expedientes secretos para obligar a la joven reina a designarle señor de las Dos Tierras. Nadie había desconfiado del viejo cortesano, cuyo aspecto afable ocultaba a las mil maravillas la más grande de las ambiciones.

¿Cuántos años duraría su reinado? ¿Tendría fuerzas para gobernar durante mucho tiempo? ¿Soportaría Horemheb esa nueva derrota sin reaccionar de modo violento? Tebas, la gloriosa, se angustiaba. Evocaba la maldición de Akenatón, que había expulsado de la odiada capital toda alegría y serenidad.

Egipto tenía un nuevo faraón. Pero el Doble País no había recuperado su confianza.

Desde la terraza de palacio, Akhesa contemplaba a los carniceros que llevaban gruesos bueyes al matadero. Los hombres cantaban. Las bestias, plácidas, avanzaban con paso tranquilo. Más allá, grupos de escribas entraban en los despachos. Unos obreros reparaban una pared de ladrillo. Unas muchachas jugaban a perseguirse.

Akhesa sonrió.

Estaba intentando lo imposible. Lo conseguiría.

Por la mañana, temprano, se había abandonado a los expertos cuidados de su sirvienta nubia, que la había peinado y maquillado con esmero. ¿Acaso la vida no proseguía su curso? ¿No habían regresado los días felices? Akhesa debía ser la más hermosa de las reinas. Obtendría los favores de los dioses.

Akhesa bajó de la terraza y se dirigió hacia el florido pabellón donde reposaba Ay. El nuevo faraón sufría jaquecas que le impedían cualquier actividad. Los médicos habían prescrito pociones calmantes y fumigaciones.

-¿Cómo os sentís? -preguntó Akhesa-. Esta primavera es maravillosa. Va a curaros.

-Soy viejo y estoy enfermo -respondió Ay sin abrir los ojos-. ¿Cómo podré cumplir los deberes de un rey de Egipto?

-Poco importan vuestros sentimientos -estimó la reina-. No tenéis elección. Todos os respetan como al faraón legítimo. Tenéis que prepararos para presidir vuestro primer consejo.

-Soy incapaz de ello. El poder ya no me atrae en absoluto. Dejadme morir en paz.

El faraón Ay, llevando la corona azul y con los cetros en la mano, presidió su primer consejo una semana más tarde. A su lado, algo retirada y en un trono un poco más bajo, estaba la gran esposa real, Akhesa. Había obligado al anciano a levantarse para pasear por los jardines y consultar los expedientes más importantes. Le había convencido de que tratara sólo un tema. Ay había cedido.

La sala del consejo, pintada de vivos colores, sólo había sido abierta para una decena de altos dignatarios, entre ellos Horemheb. La reina advirtió la ausencia de Maya.

El faraón anunció el nombramiento de los ministros, entre los que no figuraban ni el embajador Hanis, ni Nakhtmin, ni Maya, que conservaba su estatuto de Artífice. Horemheb se ponía de nuevo a la cabeza del ejército. Con gran sorpresa por su parte, el nuevo gobierno estaba compuesto por sus más cercanos colaboradores. Él mismo no lo habría hecho de otro modo. Los miembros del consejo, tan sorprendidos como el general, aprobaron calurosamente las sabias decisiones del faraón.

-Hoy sólo tenemos un motivo de preocupación -prosiguió Ay-, la voluntad guerrera de los hititas. Me han llegado informes muy alarmantes. Debemos atacarles antes de que nos invadan.

-Hay algo más urgente, Majestad -intervino Horemheb-. Mis propias informaciones no son tan pesimistas. Ocupémonos primero de la felicidad de Egipto. Depende de la buena salud y el vigor del rey. Debido a la edad de Vuestra Majestad y a vuestro cansancio, es indispensable proceder rápidamente a una fiesta de regeneración. Así se demostrará a todo el país que el favor mágico de los dioses habita en el corazón del Señor de las Dos Tierras.

Ay no supo qué responder. No se atrevió a solicitar la opinión de Akhesa y abrevió el consejo.

Ay estaba de nuevo en cama y pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Akhesa permanecía en la terraza superior, furiosa contra Horemheb, que una vez más saciaba sus deseos de poder olvidando a Egipto. Sabía que el general, tan respetuoso de las leyes, no realizaría acción violenta alguna contra el faraón legítimo. Pero ¿cómo prever que se negaría a partir para guerrear contra los hititas, decidiendo obligar a Ay a retirarse utilizando un artificio ritual? Ay era incapaz de responder a las exigencias físicas de una coronación real, y menos aún a las de una fiesta de regeneración que duraba varios días.

La cobardía de Horemheb indignaba a Akhesa. Nombrando ministros a sus amigos, entregándole el real gobierno de Egipto y la posibilidad de una gran victoria militar, estaba convencida de satisfacer sus ambiciones. Sólo él era capaz de galvanizar las tropas de soldados profesionales y alistar reclutas para realizar una expedición militar en Asia.

Pero le obsesionaba llegar a reinar... Y sería un faraón débil, incapaz de prever los verdaderos peligros.

-Bebed -recomendó Horemheb al Artífice-. Es una cerveza excelente.

Maya declinó el ofrecimiento. Los soldados que le habían conducido a la villa del general no le habían dado la oportunidad de rechazar la invitación.

-Es peligroso provocar así a un Artífice -observó-. Os arriesgáis a una huelga de todos los artesanos de Egipto y al levantamiento de una parte de la población.

-¡Cuántas amenazas inútiles, Maya! No albergo mala intención alguna para con vos. Sois sólo superintendente del Tesoro, pero conocéis perfectamente los expedientes. Necesito vuestra competencia. Deseo confiaros las grandes obras... Y sobre todo el mantenimiento de los templos de Tebas.

-Mi señor era Tutankamón.

-Conozco vuestra fidelidad -dijo Horemheb-. Sé también que no sentís afecto alguno por la reina Akhesa y su nuevo marido.

El Artífice aceptó la copa que le tendía el general.

-¿Qué esperáis exactamente de mí?

-Que sigáis actuando como en el pasado. Tutankamón amaba Tebas. Yo también. Quiero que siga siendo la ciudad más hermosa del mundo. Me es indispensable vuestra colaboración y la de vuestros equipos. Tendréis mi total apoyo y podréis trabajar en paz. ¿Os convienen estas condiciones?

-Soy un constructor y un artesano -respondió Maya.

Akhesa velaba a Ay con la ternura de una hija. El viejo faraón le rogaba que le perdonara su debilidad. Le hubiera gustado serle útil, ayudarla a conservar un poder del que la consideraba digna. Akhesa no le reprochaba nada. Le suplicaba que se aferrara todavía a su propia existencia y no la devolviera demasiado pronto a Dios. Mientras Ay siguiera viviendo, Horemheb se vería obligado a respetar a la pareja reinante. El viejo rey prometió a la reina que lucharía tanto como ka, su potencia vital, se lo permitiera.

La noche había caído cuando la sirvienta nubia anunció la llegada de un extraño visitante: un contramaestre perteneciente a la cofradía de Deir el-Medineh. El hombre pidió a Akhesa con brusquedad que le siguiera. Un grave acontecimiento acababa de producirse en el Valle de los Reyes. La presencia de la reina era indispensable. Por más preguntas que la reina le hizo, el hombre no dijo nada más.

Cruzaron el Nilo en una pequeña barca que el propio contramaestre condujo hacia la orilla occidental, donde les aguardaban dos caballos. Galoparon hasta la entrada del valle, de donde procedían insólitos, fulgores. Varios talladores de piedra conversaban con el Artífice Maya ante la entrada de la tumba de Tutankamón.

-¿Qué ocurre? -preguntó la reina.

-La tumba de Tutankamón ha sido desvalijada por unos ladrones -reveló Maya-. Han robado los ungüentos y las joyas. Han vaciado los cofres, derribado los muebles y desplazado numerosos objetos.

-Pero... ¿por qué?

-Para profanar la morada de resurrección del rey e impedir que el alma-pájaro anime su cuerpo de luz. Es el peor de los crímenes.

La cólera del Artífice era evidente. Akhesa temblaba de emoción e indignación.

-¿Quién..., quién es el culpable? -preguntó.

-Lo ignoro todavía.

-¿Qué vais a hacer?

-Poner en orden el mobiliario funerario lo antes posible y cerrar de nuevo la tumba. Disimularé la entrada con piedras para que se olvide su existencia y haré destruir los planos. Los artesanos que procedan al trabajo jurarán mantener el secreto. Nunca más será saqueada la tumba de mi rey. Nunca más.

El general Horemheb concedió sin dilación la audiencia que solicitaba el Artífice Maya, muy contento al ver esbozarse una colaboración que esperaba fructífera.

La actitud de su visitante le sorprendió. Maya tenía el rostro frío y huraño.

-No contéis conmigo ni con mis artesanos -declaró el Artífice.

-¿Qué ocurre?

-Lo sabéis muy bien.

-Os aseguro que no. Explicaos.

Maya habló en un susurro.

-La tumba de Tutankamón ha sido desvalijada.

-¿Y os atrevéis a acusarme de tal fechoría?

El Artífice no respondió. Su furiosa mirada era lo bastante elocuente.

-Os equivocáis -protestó Horemheb-. Identificaré a los autores de ese crimen. La ley divina no debe ser burlada. Os encargo la protección de la tumba.

-El Valle de los Reyes será custodiado por mis hombres durante tres días y prohibido a cualquier profano. La sepultura desaparecerá de la vista de los hombres. El emplazamiento se borrará de su memoria.

Horemheb reflexionó unos instantes.

-¿Cómo rendiremos culto al alma de Tutankamón?

-Primero, instalando estatuas con su efigie en el templo de Karnak. Luego, construyéndole un templo funerario.

-Que vuestros talleres pongan manos a la obra.

Sin dirigir el menor saludo al general, Maya le volvió la espalda. Se detuvo en el umbral del despacho.

-Tutankamón no tendrá ya nada que temer de los ladrones. Pero no olvidéis identificar a los culpables y castigarles. De lo contrario, ningún obrero de Egipto os obedecerá.

Horemheb había tomado la decisión de no construir nunca un templo dedicado a Tutankamón. El pequeño rey, al igual que Akenatón, el hereje, y el viejo cortesano Ay, no figurarían en las listas reales. El reinado de Horemheb sucedería directamente al del gran Amenofis III, de modo que la gloria de Egipto no se viera afectada por unos años errabundos. Que la tumba de Tutankamón desapareciera bajo un montón de piedras y arena era una noticia excelente.

El destino actuaba en favor de los proyectos del general. Pero el pillaje le indignaba, y temía conocer a los culpables.

Horemheb no tuvo que llevar a cabo una investigación excesiva. Descubrió los ungüentos y las joyas robados en los cofres de cedro de su esposa Mut.

Cuando ésta regresó de su paseo matinal por las orillas del Nilo, halló a su esposo instalado en su alcoba. Había echado a las sirvientas de los aposentos privados de la señora de la casa. Sentado en la postura del escriba, alzó hacia ella una mirada despectiva.

-De modo que has comprendido... -dijo ella.

-¿Por qué has actuado así? ¿Qué hombres te han ayudado?

-Mi cocinero, mi chambelán y dos esbirros. Sobornaron a un obrero para conocer el plano de la maldita tumba.

Mut no sentía remordimiento alguno. Segura de sí misma, daba vueltas en torno de su inmóvil marido.

-¿Te das cuenta de que eres una criminal?

-¡Quiero destruir a Akhesa! -se indignó Mut-. ¿No era el mejor modo turbar el reposo de ese rey incapaz a quien tanto pretende amar? ¡Hubiera deseado que su tumba fuera devastada y su momia destrozada! Akhesa hubiera muerto de despecho... Por desgracia, mis hombres fueron interrumpidos.

Mut se apoyó en una silla con un respaldo de crucero. Sabía que su marido estaba enamorado de la maldita reina. Quería hacerle comprender que no le permitiría repudiarla y que lucharía como una leona herida.

Horemheb permaneció en silencio durante largo tiempo. El miedo se apoderó del espíritu de Mut. Con el transcurso de los minutos, iba perdiendo su seguridad.

Finalmente, el general pronunció su sentencia.

-Harás desaparecer ungüentos y joyas. Que sean destruidos y no quede ningún rastro. Los hombres que utilizaste serán deportados hoy mismo a los oasis y no regresarán a Tebas. Por lo que a ti respecta, si transgredes otra vez la ley no vacilaré en hacer que te condenen.

Horemheb se levantó. En el camino que llevaba a los oasis, la caravana sería atacada por unos merodeadores y habría cuatro víctimas. El general no podía correr el riesgo de dejar con vida a unos desvalijadores de tumbas. Mut había triunfado. Horemheb seguía amándola. No se atrevía a actuar contra ella, pese a la gravedad de sus actos. Se alegraba de no haberle revelado la totalidad de su plan. No había conseguido que violaran la sepultura de Tutankamón, pero no había renunciado a luchar contra Akhesa.

Le declararía una guerra sin cuartel que pronto terminaría con una victoria. Mañana, Mut sería la gran esposa real del faraón Horemheb.

Akhesa cuidaba a Ay con abnegación. El anciano estaba sentado en el jardín, indiferente al sol y a la clemencia del aire. No se sentía ya concernido por los asuntos de los hombres. La reina le había comunicado que los profanadores de la tumba de Tutankamón habían sido detenidos y deportados a los oasis. Habían muerto en el camino, durante una escaramuza con una banda de beduinos. El Artífice Maya no había ordenado huelga alguna. Los obreros de su comunidad trabajaban restaurando las tumbas más antiguas del Valle de los Reyes y en el mantenimiento del templo de Karnak.

La muchacha había intentado, varias veces, interesar al viejo faraón en la dirección de los asuntos del Estado. Trabajo baldío. Ay se sumía en el silencio y vivía de sus recuerdos. Dirigir de nuevo un consejo parecía superior a sus fuerzas.

Akhesa admitió su fracaso. Estaba sola, sin aliados. No tenía ya elección.

Antes de que cayera la noche, abandonó el palacio con sus dos perros, Carnero y Toro. Deseaba vagar por la campiña, encontrar las miradas de los humildes, sonreír a los niños risueños que corrían tras los gordos bueyes que regresaban de los campos.

Akhesa caminó sin rumbo fijo.

Salió de Tebas, cruzó los arrabales y llegó a un poblado bañado por el fulgor del sol poniente. Se detuvo ante una mujer anciana, sentada en el umbral de una modesta morada de tierra batida. La contempló largo rato, como si quisiera llenar su memoria con aquella visión.

Akhesa nunca sería vieja. No conocería los insoportables dolores de los huesos ni las dificultades para caminar. No tendría arrugas y su visión no se debilitaría.

-¿Qué deseáis? -preguntó la anciana sin levantar la cabeza.

-Me gustaría pasar la noche en vuestra casa -respondió la reina.

-¿No tienes casa?

-Sí...


-Entonces, es que ya no tienes marido. Yo soy viuda y ciega. En este pueblo se ocupan de mí. Me alimentan y me dan vestidos para el invierno. Los viejos vienen a hablar conmigo. La vida no es tan triste. Entra, hay una estera enrollada en el fondo de la estancia. Yo dormiré en el umbral. Estoy acostumbrada.

Akhesa vaciló. Sus dos lebreles la precedieron al entrar en la casa. Ella les siguió, confiada en su juicio. La estancia, con el suelo de tierra batida, sólo estaba amueblada por un cofre de rechinante tapa. Rústicamente excavada en la pared del fondo, una pequeña hornacina contenía una estatuilla de la diosa Isis.

La reina desplegó la estera. Fuera, la noche se extendía rápidamente por la campiña. El sol se hundía en las tinieblas, disponiéndose a librar un difícil combate contra el dragón del mundo inferior. Quizás esta vez sufriera una derrota. Quizás la luz no volviera a aparecer.

Akhesa se tendió en la estera. Carnero y Toro se tumbaron a uno y otro lado de su dueña, que se durmió casi enseguida y soñó con un niño feliz que jugaba junto a ella y saltaba a su cuello para besarla.

Los tres hombres que seguían por todas partes a la reina, no se habían atrevido a esperar semejante ocasión.

Salía sola, antes del amanecer, de una choza donde había pasado la noche. La habían seguido, a distancia, desde que saliera de palacio para marcharse al campo, acompañada por dos lebreles.

Los tres hombres, al servicio de dama Mut, esposa del general Horemheb, tenían una misión precisa: acabar con Akhesa. Dama Mut les había prometido una verdadera fortuna y tierras si conseguían que pareciera un accidente. Si los detenían, nunca confesaría haberles dado órdenes. Los asesinos eran conscientes de la dificultad de su empresa y de los peligros que corrían, pero la riqueza sería su recompensa. De modo que habían decidido actuar con la mayor prudencia. Introducirse en los apartamentos privados de la reina era demasiado arriesgado. Aguardaban un paseo en barca o en silla de mano, con poca escolta, o tal vez una ceremonia en la que Akhesa oficiara.

Sin embargo, la reina se mostraba mucho más generosa. En aquel poblado aislado, en plena naturaleza, a aquella silenciosa hora, en un camino desierto, ofrecía su graciosa silueta a la muerte de que eran portadores. Uno de ellos sujetaba una hoz con la que amenazaría a la joven. Los otros dos la estrangularían. Arrojarían su cuerpo al Nilo, en un lugar donde la orilla fuera resbaladiza. Todo el mundo creería que se había ahogado. Nadie les había visto, nadie les había dirigido la palabra.

El destino les sonreía.

Cuando rodearon a Akhesa, los dos lebreles correteaban lejos de su dueña. El grito ahogado bastó para alertarles. Carnero, el más rápido, se arrojó contra el hombre de la hoz y le clavó los colmillos en el hombro, pero el atacante consiguió degollarlo. Carnero no abrió las mandíbulas. Después de muerto, seguía inmovilizando a su última presa. Toro infligió profundas heridas a los otros dos criminales, que, uniendo sus fuerzas, consiguieron partirle la nuca al lebrel antes de caer bañados en su propia sangre.

El drama había durado sólo unos segundos. Los lugareños, despertados por los ladridos de los perros y los gritos de los hombres, se aproximaron.

Akhesa se inclinó sobre los cadáveres de sus fieles compañeros. Los besó, sabiendo que los encontraría en el más allá, donde la guiarían por los caminos de la eternidad. Le habían ofrecido la vida para salvar la suya.

Ahora, la reina de Egipto estaba realmente sola.

37

Pese a las protestas de algunos altos funcionarios, preocupados por el prestigio de la institución faraónica, el general Horemheb no renunció a su proyecto: hacer comparecer a Ay ante un tribunal de excepción que comprobara su incapacidad para reinar.

Horemheb, conocedor de las leyes, que cuidaba como uno de los bienes más preciados de Egipto, no fue indiferente sin embargo a las críticas de consejeros y ministros. Ningún tribunal pronunciaría una condena contra el faraón, que era el garante de la justicia. Sólo Dios podía aniquilarle si traicionaba su función. Por ello, el general se apartó del camino de los juristas para tomar el de los ritualistas. En este terreno, que conocía a la perfección gracias a su formación como escriba real, obtendría una resonante victoria que le daría por fin el poder.

Horemheb no disimulaba ya una ambición que nadie discutía. Se comportaba como jefe de Estado, firmaba decretos y tomaba decisiones sin referirse a la pareja reinante, y marcaba directrices que los funcionarios ejecutaban con celo. Pero le faltaba lo esencial. Todavía no había sido coronado faraón. No había vivido los ritos que le convertirían en el único intermediario entre el mundo de los dioses y el de los hombres.

Era preciso obligar a Akhesa a reconocerle como tal. Entre ella y él se interponía un último obstáculo: un anciano que se extinguía con excesiva lentitud. Su parodia de reinado ya había durado en exceso.

La primavera se hacía estío. Con el creciente calor, los gestos se volvían más lentos. Todos esperaban la crecida. Los campesinos se fijaban en el sol para regular su jornada, puntuada por siestas cada vez más largas. Unos pensaban ya en el descanso, otros en los trabajos que se verían obligados a realizar en las obras de los templos, mientras el valle estuviera cubierto por las aguas del Nilo.

Akhesa pensaba en las declaraciones de amor de Tutankamón, en la orilla bañada por la luz matinal, cuando, poco después del alba, cruzó el umbral del recinto de Amón, escoltada por una decena de soldados. Karnak despertaba. Los astrónomos bajaban del techo del templo tras haber pasado la noche observando las estrellas. Algunos sacerdotes se purificaban en el lago sagrado. Carniceros y panaderos preparaban los alimentos que pronto serían ofrecidos a la divinidad.

El gran sacerdote de Amón saludó con deferencia a la reina y la condujo a una sala del templo, donde se habían reunido una treintena de hombres de distintas edades. Akhesa sólo conocía un rostro: el del general Horemheb, que presidía la asamblea.

-Bienvenida, Majestad -declaró con voz tranquila-. Dignaos ocupar vuestro lugar. Aquí están presentes los mejores ritualistas del reino.

Al general le impresionó el cansancio de la reina. Su belleza no parecía afectada, ciertamente, pero ¿por qué su viva mirada permanecía ausente? ¿Por qué parecía haber perdido toda confianza en sí misma? Eran sólo percepciones fugaces. Sin embargo, Horemheb no se equivocaba. Sentía la menor de las emociones de Akhesa. La joven estaba atravesando penosamente la prueba de un aislamiento que llegaba a su fin. Mañana, sería la más ilustre de las grandes esposas reales.

Akhesa no miró a ninguno de sus jueces. Se imponía a su espíritu la visión de dos lebreles muertos por defenderla. Su pasado, la ciudad del sol, la felicidad de cada día habían desaparecido con ellos. Eran el último vínculo que seguía uniéndola a sus sueños de niña.

Un joven sacerdote desenrolló un papiro y leyó con lentitud, separando bien las palabras. Las acusaciones hechas a Ay se sucedieron como mazazos en un cincel que se hundía cada vez más en la piedra.

Akhesa permanecía lejana, como si las palabras pronunciadas por el ritualista no le concernieran. Aquella sala, donde estaba reunido un tribunal que no se atrevía a confesar que lo era, pertenecía a un mundo irreal cuya lengua ella no hablaba.

Otro sacerdote, un hombre de edad madura y verbo profundo y sonoro, leyó un tratado de los deberes del faraón, desarrollando el capítulo de los rituales en los que debía participar.

Akhesa sólo oía una vaga música. Vagabundeaba por campos de trigo, perseguida por un joven amante insaciable, de deseo ardiente como un Nilo encabritado el primer día de la crecida. Ella le quería rey, él la quería mujer.

Se hizo el silencio.

Los ritualistas buscaron un indicio de satisfacción en Horemheb, pero éste no apartaba los ojos de la reina, como si estuvieran solos.

-Advertimos la ausencia del rey Ay -anunció el sacerdote de voz sonora-. ¿Puede la reina responder en su lugar?

Akhesa inclinó la cabeza.

Por decisión del general Horemheb y los ritualistas del templo de Karnak, el período de luto por el óbito de Ay se reduciría a un mes. Los funerales serían muy discretos y el nombre del anciano cortesano no figuraría en las listas reales. La reina, puesta al corriente de estas decisiones por una delegación de escribas, se limitó a escuchar. Ninguna palabra brotó de su boca.

Ay no había sido coronado según los ritos, y el pueblo le conocía mal. Su fama no había franqueado las puertas de los palacios y los despachos de la administración. Incluso se murmuraba que había permanecido fiel a la religión de Akenatón, de quien había sido confidente. ¿Acaso no lo había elegido Akhesa como faraón sólo para desafiar, una vez más, a Horemheb? Nadie dudaba que el brillante general realizaría todos sus sueños.

La sirvienta nubia hablaba, repitiendo rumores y habladurías, se inflamaba ante la idea de ver a la joven reina convertirse en esposa de un hombre hermoso y fuerte.

Akhesa no prestaba atención alguna a aquellas habladurías.

-Ve a buscar al embajador Hanis y tráemelo.

La nubia dejó su cháchara.

-Majestad... Ya no es embajador... Ya no es...

-Ya no es nada, lo sé. Esta noche le harás entrar por las cocinas. Que se vista con sencillez. Si los guardias os detienen, responde que acabo de contratarle como peón y que debe comenzar a limpiar inmediatamente los patios interiores.

-Pero si...

-Vete y obedece. No vuelvas sin Hanis.

Akhesa se sentó en la postura del escriba y desenrolló un papiro sobre sus rodillas. Tomó un cálamo y comenzó a escribir con tinta negra la carta que tenía en la cabeza desde hacía varias semanas. Ninguna reina de Egipto se había atrevido a actuar así. Sin embargo, no existía otro medio de salvar su país.

La mano de Akhesa no tembló. Los signos fueron trazados con finura y firmeza.

Al releerla, una dolorosa angustia le oprimió el corazón. El miedo..., un miedo que le abrasaba el pecho, despertaba en ella deseos de huir al desierto, de cruzar la puerta que la separaba del reino de las sombras. Pero estaba Egipto, su país, y debía salvarlo de la destrucción.

Se obligó a respirar con calma, a no pensar, a olvidarse de sí misma.

Llegó la noche. Las estrellas brillaban.

-Habéis tenido suerte -dijo Hanis a Akhesa-. Me disponía a partir hacia Asia. Tebas se ha vuelto demasiado inhóspita.

-No tengo la intención de contrariar vuestros proyectos. Me gustaría, por el contrario, que vuestro viaje fuera inmediato.

-¿Por qué, Majestad? -se asombró el ex diplomático.

-Porque os pido que llevéis enseguida y con el mayor secreto una carta al rey hitita.

-Perdonad mi insolencia... ¿Puedo conocer el autor y el contenido?

-Está escrita por mi mano. Hela aquí.

Akhesa no había sellado el papiro. Hanis fue sensible a esa prueba de estima. La lamentó cuando hubo terminado de leer la misiva. El antiguo embajador había vivido muchos dramas y sentido las más fuertes emociones durante su carrera. Esta vez, perdía pie. Lo que Akhesa deseaba sobrepasaba el entendimiento.

-Majestad, os dais cuenta de...

-He sopesado cada palabra, Hanis.

-Pero..., las consecuencias...

-Sólo a mí me conciernen.

-Egipto...

-Egipto no tendrá que sufrir por mi decisión. Muy al contrario.

-¿Cómo podéis afirmarlo tras haber redactado esta carta?

-¿Tenéis confianza en mí, Hanis?

Él se atrevió a mirarla. La turbación que siempre había sentido en presencia de la reina se apoderó otra vez de él. Su espíritu crítico le abandonaba. Se limitaba a admirarla.

-Creo..., creo que sí.

-Partid sin demora. Jurad al rey hitita que soy sincera. Decidle que no pierda tiempo. Tomad este sello. Servirá para autentificar vuestra gestión. Permaneced junto al soberano y enviadme un mensajero para comunicarme su respuesta. Pensad sólo en una cosa, Hanis: en obtener el acuerdo del hitita.

Hanis, subyugado, obedeció. Lo había hechizado una vez más, aunque desaprobara los terroríficos términos del mensaje del que era portador.

Cuando su barco partió hacia el norte a la hora en que el oriente se teñía de rojo, el embajador recitaba en voz baja el texto de Akhesa, que se había grabado en su memoria:

«Al gran rey del Hatti, mi Hermano, de parte de la reina de Egipto. Nuestros dos países viven en paz y conocen la alegría gracias a los regalos que intercambian».

«Hoy, sufro una gran desgracia. Soy viuda. Mi marido ha muerto y no tengo hijos. Todos saben que tú tienes muchos. Envíame uno en edad de reinar. Se convertirá en mi marido y será faraón. Me repugna tomar por esposo a uno de mis súbditos. Si tuviera un hijo, no escribiría a un rey extranjero rebajándome y rebajando a mi país. Pero no tengo elección. Puedes creer en mi sinceridad, no intento engañarte. Ya no tengo marido. Dame a uno de tus hijos y lo convertiré en señor de Egipto. Egipto y Hatti formarán una sola tierra gracias a este matrimonio».

Los ancianos decían que jamás el estío había revestido colores más violentos. El azul del cielo blanqueaba bajo la quemadura de una luz ardiente que hacía tórridas las jornadas. La crecida, según los astrólogos, llegaría con retraso. Los campesinos habían edificado chozas de cañas donde se protegían en compañía de perros y asnos. Se trabajaba del alba a media mañana; luego, se gozaba de un largo reposo, tanto en las ciudades como en los campos, antes de reincorporarse a las tareas cotidianas.

Akhesa no sentía fatiga alguna. Permanecía día y noche en la terraza de palacio, ofreciendo su cuerpo al sol. Sus rayos la acariciaban. Ahora comprendía por qué su padre había ordenado a los escultores que lo representaran provisto de manos con las que daba la vida. Palpitante por la mañana, apasionado a mediodía y tierno cuando llegaba el crepúsculo, el disco divino animaba cada parcela de su piel cobriza. La reina celebraba sus bodas de luz, sumergiéndose en ella para recuperar el alma de su padre y el amor de Tutankamón.

Ninguna reina de Egipto se había desposado con un soberano extranjero, pues la ley divina lo prohibía. Los hititas desconfiarían de esa increíble proposición que les convertiría en señores de Egipto sin haber tenido que librar batalla. Pero Akhesa estaba convencida de que el ex embajador, cuya fama en Asia era muy grande, sabría convencerles.

El jefe de la guardia privada de Horemheb se inclinó ante su señor. -El embajador Hanis ha abandonado su residencia -declaró.

-¡Por fin! -exclamó Horemheb-. Vamos a saber qué está tramando. ¿Adónde ha ido?

-Vestido como un hombre del pueblo, ha sido conducido a palacio por la sirvienta nubia de la reina. Han entrado por las cocinas.

Una entrevista secreta con Akhesa... ¿Qué nuevo plan habría concebido? ¿Por qué utilizaba los servicios del más astuto de los diplomáticos?

-Hanis ha salido de palacio dos horas antes del amanecer -prosiguió el oficial-. Ha fletado un barco y ha partido hacia el norte.

-¿Menfis?

-Sólo ha estado allí una mañana para reunir una escolta. Ha cruzado la frontera en dirección a Asia. Mis hombres le siguen.

-Que no les descubra y que le dejen libertad de movimientos. Quiero un informe diario.

El general anuló una comida a la que estaban invitados altos dignatarios. Se sentía incapaz de tomar el menor alimento. Su instinto le advertía que se preparaba una tragedia.

Hanis fue recibido inmediatamente por el gran rey del Hatti, un coloso de alta estatura y larga barba, finamente trenzada. Ambos hombres se habían encontrado varias veces. Se apreciaban. Hanis, tras las salutaciones de rigor, evitó los floridos discursos que preceden a toda negociación. El soberano comprendió inmediatamente que el asunto era grave.

La lectura de la carta escrita por la reina de Egipto le dejó estupefacto.

-Garantizo la autenticidad del documento -dijo Hanis-. He aquí el sello de la gran esposa real.

-¿Cómo creer en la sinceridad de esa mujer? -repuso el hitita-. ¡Los faraones ni siquiera nos conceden a sus hijas en matrimonio! Una reina de Egipto nunca permitirá que un enemigo de su país se convierta en su señor absoluto. Es una propuesta absurda..., o una trampa.

Hanis esperaba esta reacción del monarca.

-La actual situación de mi país es muy especial -explicó-. La reina está aislada. No tiene más elección que casarse con el general Horemheb, a quien considera un servidor indigno. En consecuencia, ha decidido rechazar esa esclavitud, optando por establecer una alianza con el Hatti, para que la paz reine en este mundo.

Al rey hitita le impresionó la tranquila seguridad de Hanis, pero no tenía ninguna intención de correr riesgos.

-Uno de mis hijos reinando en la tierra de Egipto... No, es imposible. La reina quiere engañarme.

-¿Cómo convencerte de su buena fe? -insistió Hanis-. Tal vez...

-¿Tienes una prueba?

-Tal vez debieras enviar a Egipto a un hombre experimentado en quien tengas confianza. Que se entreviste con la reina y que juzgue. Tendrías que actuar deprisa y en secreto.

El monarca reflexionó. Volvió la cabeza hacia su chambelán, fiel entre los fieles, su compañero en las horas dolorosas y los momentos felices. Éste aprobó la idea.

-Acepto -decidió el rey hitita.

Caminando día y noche, el chambelán, vestido a la egipcia y protegido por los mercenarios que Hanis había reclutado, llegó por el camino de Horus a la frontera jalonada de fortalezas. Provisto de un falso salvoconducto, se presentó en el puesto de aduana. El oficial examinó el documento minuciosamente. El hitita no manifestó la menor impaciencia. Aguardó a que las formalidades administrativas se cumplieran, y respondió a las preguntas sobre el objetivo de su viaje y la duración de su estancia. Luego, salió de la fortaleza sin ser molestado.

Los hombres del general Horemheb, que no habían dejado de vigilar a Hanis y a sus mercenarios, les siguieron hasta Tebas. Allí, se instalaron en una modesta casa de las afueras.

El chambelán hitita solicitó oficialmente audiencia a la reina al día siguiente de su llegada a la gran ciudad del dios Amón. Se presentó como un maestro jardinero enviado por el templo de Karnak, dando así la contraseña transmitida por Hanis.

El rey hitita había oído hablar de la resplandeciente belleza de Akhesa. La realidad superaba con mucho las más halagadoras descripciones. Los ojos de la reina, de un verde claro, brillaban con luminosa inteligencia. Vestida con una túnica, le recibió en la terraza superior de palacio, entregada a los ardores de un sol implacable. Ni un solo abrigo para protegerse de él.

-¿Qué esperáis de mí? -preguntó-. He escrito a vuestro rey. Mantengo mi decisión y espero una respuesta favorable. Casi no hay tiempo. ¿Cuándo llega mi futuro esposo?

El hitita, habituado sin embargo a las intrigas y juegos de influencia de una corte real, se sintió casi desarmado frente a la voluntad de aquella mujer. ¿Existía alguien capaz de resistírsele? Intentando librarse de la magia que entorpecía su espíritu, se consagró a cumplir su misión.

-Majestad, vuestra petición es tan inesperada... Ninguna reina de Egipto había formulado jamás semejante proposición. Comprended nuestro asombro y nuestra desconfianza.

Akhesa, que había colocado a su interlocutor de modo que el sol le cegara, le había juzgado enseguida. Un cortesano fiel, activo y retorcido. Cuarenta advertidos años, una pereza tranquila, una aptitud innata para evitar los problemas.

-No, no la comprendo y no la admito. Tenéis la palabra de una reina de Egipto, ¿qué más queréis?

-No la ponemos en duda, claro. Pero nos gustaría comprender mejor las razones que os impulsan a unir Egipto y el Hatti.

Akhesa alzó la cabeza al cielo, como si buscara una respuesta en el sol. -Mi padre, el faraón Akenatón, rechazó siempre la guerra. La misma luz ilumina el destino de los hititas y el de los egipcios. Yo no he olvidado su mensaje y quiero convertirlo en realidad. Mi marido ha muerto. Nunca tendré hijos. Que el rey del Hatti me envíe el suyo y lo convertiré en el hombre más poderoso de la tierra.

-Majestad...

Akhesa se volvió. La entrevista había terminado.

El jefe de la guardia privada de Horemheb concluyó su informe.

-Así pues, los mercenarios han regresado sin Hanis... Sí, hacía mucho tiempo que deseaba vivir en Asia. ¿Qué hacen?

-Duermen, beben y llevan muchachas a su antro, de donde no salen. Sólo uno de ellos, el de más edad, ha roto la regla. Ha acudido al palacio real y se ha presentado como jardinero del templo de Karnak.

-¿Por quién ha sido recibido?

-Por la reina.

-¿Y luego?

-Ha regresado con los otros mercenarios. Sus preparativos de marcha están concluyendo. Hemos identificado el barco que han fletado. ¿Debo detenerles?

-No..., todavía no. Que continúen siguiéndoles y que se me comuniquen sus menores movimientos.

Horemheb se preguntaba qué conducta seguir. Interviniendo de modo brutal, temía cortar demasiado pronto los hilos de la intriga. Akhesa desplegaba una nueva estrategia, establecía contactos con los hititas, hacía circular mensajes entre el reino del Hatti y Egipto. ¿Con qué intención? El peligro parecía mínimo. Un embajador marginado, algunos mercenarios, una sirvienta nubia... Horemheb no tenía nada que temer del lamentable ejército de Akhesa. Los temores que casi le habían quitado el sueño se disiparon. Si continuaba atento, terminaría descubriendo la verdad.

Zannanza, el primogénito del gran rey del Hatti, acababa de cumplir veinticinco años. Su existencia era sólo una larga sucesión de fiestas, cacerías y placeres. A veces, el aburrimiento se apoderaba de él. Su padre, que gobernaba en solitario, no le asociaba a decisión alguna ni le concedía la menor parcela de poder. Se asombró, pues, cuando vio entrar al monarca, al amanecer, en sus aposentos. Por lo general, le ordenaba acudir a palacio.

Sin duda, una desgracia había caído sobre el Hatti.

El monarca posó sus largas manos en los hombros de su hijo.

-Zannanza, estoy orgulloso de ti.

-¿Por qué, padre mío?

-Porque vas a convertirte en faraón de Egipto.

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