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26

La pareja real necesitó varias semanas para recuperarse del drama que le afectaba. Fue Akhesa quien consoló a su desamparado esposo. Le conminaba a aceptar la voluntad divina y a no rebelarse en vano contra un destino que no podían modificar. Cuando así lo deseara, Tutankamón tomaría una esposa suplementaria que le diera hijos, entre los que Akhesa reconocería a un sucesor legítimo. El joven rey lo rechazó enérgicamente. Nunca compartiría el lecho con otra mujer.

Gracias a su empecinada voluntad de vivir, Akhesa se restableció con gran rapidez, ante la sorpresa de los médicos. Deseaba sobre todo ofrecerse a un marido tan generoso, arrastrarle a un torbellino de placeres que él apreciaba cada vez más. Cuanto más conocían sus cuerpos, más los utilizaban con un arte refinado que les llevaba a un éxtasis renovado sin cesar.

Tras haber hecho el amor en su alcoba de palacio, en una pérgola del jardín o en la umbría ribera del lago de recreo, hablaban. Poco a poco, Tutankamón iba despertando a la comprensión de los asuntos del Estado, se interesaba por su oficio de rey, se interrogaba sobre el modo en que debía ejercerlo en el futuro. En compañía de su esposa, estudiaba los documentos y los informes entregados cada día por su Primer ministro, el «divino padre» Ay. Se arriesgaba a formular críticas, ingenuas unas, y juiciosas otras.

Entonces comprendió Akhesa por qué los dioses le impedían tener un hijo. Debía consagrarse a Tutankamón y sólo a Tutankamón. Al rey le estaban reservados, exclusivamente, su belleza, su fuerza y su amor. Le ayudaría a reinar, a hacer que el faraón naciera en él. La invadió una extraña felicidad. La carga que pesaba sobre sus hombros desde su acceso al trono le pareció menos dura. El rey comenzaba a compartirla.

Tutankamón trabajaba. Descubría la inmensidad de su tarea. Alentado por Akhesa, decidió reducir sus insuficiencias. Los paseos en barca y por el campo duraban cada vez menos. Las veladas se prolongaban a la luz de las lámparas. El rey leyó, estudió, aprendió junto a su esposa.

Akhesa aguardó a que un incidente grave revelara las nuevas disposiciones de espíritu de aquel a quien ciertos miembros de la corte consideraban todavía un adolescente inmaduro.

Sucedió durante una audiencia matinal que el rey había concedido a su Primer ministro, para examinar con él la situación en Asia. El «divino padre» Ay, incómodo, inició un largo discurso en el que evocaba la larga amistad existente entre el faraón y sus vasallos.

-¡Ya basta! -intervino el joven rey con una sequedad desacostumbrada que sorprendió al viejo cortesano.

-Me he explicado mal, Majestad, ¿deseáis que vuelva a...?

-Dejad de considerarme un ingenuo, divino padre. Vuestro trabajo no me satisface.

-¿No os satisface? Pero...

-Vuestra descripción de nuestra presencia militar en Asia es sólo una serie de frases convencionales, sin preocupación alguna por la realidad.

-He recogido las informaciones que me ha proporcionado el general Horemheb, Majestad, y...

-Eso es lo que os reprocho, «divino padre». El jefe de nuestra diplomacia, Hanis, me ha transmitido alarmantes informaciones sobre nuestro mejor amigo, el rey de Babilonia. No encuentro rastro de ellas en vuestro informe.

Akhesa seguía apasionadamente el desarrollo de la entrevista. Ella había confiado la misión a Hanis, arrancándole de su sopor de privilegiado. No había necesitado demasiado tiempo para descubrir una conspiración latente, que implicaba al babilonio y podía terminar en un cambio de alianzas.

-Hablad, divino padre -exigió Tutankamón-. ¿Me habéis ocultado acaso algún hecho importante que pone en peligro la seguridad de Egipto?

-No es tan grave, Majestad, sólo una carta que he preferido no mostraros.

-¡No sois vos quien debe dictarme mi conducta! Os habéis excedido en vuestras responsabilidades. Estoy muy descontento. Que me traigan inmediatamente esa carta. Y no volváis a dejar de mostrarme documentos de semejante importancia.

Impresionado por el vigor del tono, el «divino padre» ejecutó inmediatamente las órdenes.

Tutankamón se sentía muy contento.

Por décima vez, estaba leyéndole a Akhesa la carta que había escrito al rey de Babilonia, añadiéndole pequeños retoques.

-¿Estás orgullosa del faraón, Akhesa? ¿Qué piensas de su talento diplomático?

-Debo admitir, Majestad, que os comportáis con notable inteligencia.

-No te burles de mí -imploró Tutankamón-. Ha sido idea tuya. Yo sólo he tenido que darle forma.

-No era tan sencillo. Sin una estricta educación de escriba, no lo habrías conseguido.

Rieron juntos, recordando la primera prueba literaria y científica que habían sufrido, obligados por el embajador Hanis a presentarse ante un jurado de viejos escribas implacables.

-¿Estás segura de que no he cometido errores? -se preocupó el rey.

Akhesa volvió a leer.

La misiva del rey de Babilonia, entregada por el «divino padre» Ay, era una larga letanía en términos apenas corteses. Se lamentaba de que sus vasallos asirios estaban cada vez más revueltos y pedía asistencia militar al faraón.

Tutankamón le respondía que semejante intervención era contraria a la política de paz practicada por Egipto desde hacía largos años. Añadía que una importante delegación asiría llegaría pronto a Tebas para fomentar las relaciones comerciales con las Dos Tierras. Estas negociaciones retrasarían el envío de los regalos prometidos al soberano babilonio.

-Perfecto -aprobó Akhesa-. La reacción no puede tardar.

-Es una maniobra peligrosa, ¿no crees?

-Los demás reyes deben respetarte. Y eso bien merece correr algún riesgo.

Tutankamón vivió angustiado durante dos semanas. Era el primer acto diplomático concebido por la joven pareja, que no había hecho caso alguno de la opinión de los diplomáticos de oficio.

Akhesa no desdeñó nada que pudiera atenuar el nerviosismo de su joven esposo: paseos en barca, caza en los cañaverales, enloquecidas carreras de carros por el desierto, encarnizadas partidas de senet, juegos amorosos... Tutankamón se vio arrastrado a un torbellino de placeres.

Hasta la mañana en la que el embajador Hanis llevó personalmente a palacio una tablilla de arcilla: la respuesta del rey de Babilonia. La leyó a la joven pareja, que permanecía sentada, dándose la mano, en sitiales de travesaños.

-Toda la tierra rebosa de vuestra victoria, Majestad -dijo el embajador-. El rey de Babilonia os informa de que su salud es excelente. Saluda vuestro país, a vuestra esposa y a vuestra noble corte, así como a vuestros caballos y vuestros carros. Cuando sus padres y los vuestros trabaron entre sí vínculos de amistad -recordó-, intercambiaron numerosos y bellos presentes. ¿Por qué interrumpir esa costumbre? El rey de Babilonia está construyendo un templo. Necesita mucho oro. Que Vuestra Majestad exponga un deseo, y se verá enseguida satisfecho. Su amigo babilonio le enviará lo que pida. Combatiría enseguida contra quien emprendiese una acción hostil a Egipto. Por lo que se refiere a los asirios, sus vasallos, que Vuestra Majestad no les escuche. Que no puedan comprar nada en Egipto y se les haga marchar con las manos vacías. Para probaros su fidelidad, el rey de Babilonia hará que os traigan mucho lapislázuli y cinco tiros de caballos.

Akhesa resplandecía de alegría. Tutankamón permaneció perplejo.

-Confieso no advertir la importancia de esta victoria.

-Si recuerdo bien las lecciones del embajador Hanis -explicó Akhesa-, esta misiva significa que el rey de Babilonia se inclina ante la voluntad del faraón y le suplica humildemente que le considere un vasallo. Lo mismo harán los asirios. Y el prestigio del rey de Egipto deslumbrará a toda Asia.

-Vuestra Majestad fue mi alumna más aventajada -reconoció Hanis.

El Primer Profeta de Amón había reunido a sus cuatro colegas principales en una de las pequeñas y oscuras salas del templo de Karnak. El anciano tenía el aspecto todavía más arisco que de costumbre. Una antorcha iluminaba el local de piedra, de toscas paredes. Los cinco hombres, de los que ni uno solo tenía menos de sesenta años, se habían sentado en taburetes de tres pies. Con el rostro surcado por las arrugas y el cráneo afeitado, su aspecto era similar.

-La pareja real no se comporta como habíamos previsto -dijo el Segundo Profeta.

-No podían ser eternamente niños -observó el Tercer Profeta-. Os lo había advertido. Hoy comienzan a tomar conciencia de sus poderes. Mañana querrán ejercerlos plenamente. Y nosotros deberemos seguir callando...

-¡Ni hablar! -protestó el Primer Profeta-. Estoy convencido de que este faraón y su esposa permanecen fieles a la religión de Atón. Aunque hayan cambiado su nombre para fingir que honran de nuevo a Amón, están haciendo comedia.

-Hay que esperar -recomendó el Segundo Profeta-. Se trata sólo de sospechas.

-¡Esperar y seguir esperando! -protestó el Tercer Profeta-. Es la peor de las soluciones. No, debemos intervenir.

El Cuarto y el Quinto Profeta aprobaron a sus colegas con un movimiento de cabeza.

-Tenemos que actuar, en efecto -consideró el Primer Profeta.

Se hizo un largo silencio. Cada uno de los cinco sacerdotes sabía que su decisión comprometería la suerte del imperio. Colmados de honores, no deseaban ninguno más. Querían preservar la gloria de Amón, pues sólo ella garantizaba la felicidad de Egipto.

-El rey debe ser apartado del poder -insinuó el Segundo Profeta,

-¿Cómo? -interrogó el Primer Profeta.

-Por todos los medios -respondió su colega-. Un soberano incapaz debe ser eliminado. Pone en peligro el país.

-¡La vida y la muerte están en manos de Dios! -asestó el Primer Profeta, sombrío-. No en las nuestras.

Un profundo malestar planeó sobre aquella reunión de hombres reputados por su sabiduría.

-Si la pareja regente fuera realmente fiel al dios de Tebas -insistió el Tercer Profeta-, acabaríamos hallando un terreno en el que entendernos. Pero Atón reside en sus corazones.

-No tenemos pruebas de ello -objetó el Primer Profeta.

-Pues bien, ¡obtengámoslas! -exigió su interlocutor-. Bastará con tenderles una trampa y fijarnos en su reacción. Luego, tomaremos una decisión irrevocable.

-¡Un mensajero de Nubia! ¡Hacedle entrar!

Tutankamón estaba loco de alegría ante la idea de recibir noticias de su amigo Huy. Rogó a Akhesa que se mantuviera a su lado para acoger al emisario del virrey de Nubia.

El hombre estaba agotado por el viaje. Comenzó haciendo el elogio de Huy, que velaba con celo por la extracción y la prosperidad del ganado. Trabajando empecinadamente, prometía al rey acrecentar su gloria en las provincias del Sur. Pronto se entregarían numerosos regalos a la corte de Egipto, especialmente ébano y caoba, que serían cargados en gran cantidad en barcos de transporte.

Al joven rey le costaba contener su excitación. ¡Huy le había hablado tanto de los tesoros de Nubia! ¿Por qué no podía contemplarlos ya? Akhesa permanecía extrañamente silenciosa. Se sentía intrigada por la evidente turbación del mensajero, un nubio de poderosos músculos.

-Vayamos a lo importante -exigió- y decidnos la verdadera razón de vuestra presencia en la corte.

El hombre inclinó la cabeza.

-Huy, el virrey de Nubia, considera un deber no ocultar nada a Su Majestad. Sólo la verdad brota de su boca. Por ello..., por ello tengo la misión de comunicaros que varios pueblos nubios acaban de rebelarse.

Akhesa se levantó, furiosa.

-¿Una rebelión? ¿Ha sido dominada?

El emisario mantuvo la cabeza gacha.

-Todavía no, Majestad. Robaron unos sacos de polvo de oro de un almacén y dos funcionarios resultaron heridos. Los rebeldes han sido identificados. Basta con detenerles para restablecer el orden.

-¡Basta! ¿Tan sencillo es? -se encolerizó la gran esposa real, inquieta.

-Huy no ahorra esfuerzos, Majestad.

-No lo dudo -intervino Tutankamón-. Id a reposar antes de volver a Nubia. Y volved pronto, trayéndonos excelentes noticias.

El mensajero se inclinó y desapareció.

Akhesa, dando la espalda a su marido, miraba por la ventana. Contemplaba la ciudad de Amón, admiraba las floridas terrazas, disfrutaba del sereno equilibrio de Tebas, la de las cien puertas, la dueña del mundo. Aquella sublime visión no calmó su ansiedad. Si Huy no lograba dominar la rebelión nubia, la autoridad de Tutankamón sería puesta en entredicho. Los sacerdotes de Amón aprovecharían la ocasión para intentar imponer un regente. Un regente que sólo podía ser el general Horemheb.

Los astrólogos habían anunciado que el verano sería canicular, y no se equivocaron. A Tutankamón le gustaba el calor, sobre todo porque le daba la oportunidad de disfrutar con frecuencia del placer de los paseos en barca, que a Akhesa le gustaban tanto como a él. Aquel día, tras haber celebrado el culto matinal, ambos habían partido en una especie de canoa. Tutankamón quería mostrar a su esposa que sabía manejar el remo largo, decorado con un ojo mágico.

Unos patos emprendieron el vuelo cuando se acercó al esquife. La luz matinal vestía de plata el fino rostro de Akhesa.

-Si supieras cómo te amo... -murmuró el rey.

Akhesa sonrió. Tutankamón había conseguido seducirla día a día. El amoroso entusiasmo del joven príncipe no había disminuido. Adquiriendo poco a poco la seguridad indispensable para practicar su oficio de rey, no había perdido la apasionada mirada que posaba con idéntico asombro en el cuerpo de su mujer. Tutankamón amaba con amor de hombre, profundo, grabando su fe en el corazón del otro.

-Eres rey -dijo Akhesa-, y soy tu gran esposa. Dios nos ha colmado con sus bondades. ¿Qué más pedirle?

-Que los días sucedan a las horas, Akhesa, que los meses sucedan a los días, los años a los meses y los siglos a los años... Y que nuestro amor viva por toda la eternidad.

Akhesa entreabrió los labios para responderle, cuando divisó una barca que se dirigía hacia ellos. A bordo, varios soldados remaban con vigor. Una vaga inquietud se apoderó de ella.

-¿Qué querrán de nosotros? -preguntó el rey.

-Lo ignoro.

Akhesa acababa de reconocer a Nakhtmin, de pie en la proa de la barca. El atraque fue brutal. El jefe del ejército no ocultaba su agitación.

-Traigo noticias muy graves -declaró jadeante.

Akhesa rechazó los platos que le proponía su sirvienta y la despidió con sequedad. Lo que el jefe del ejército le había comunicado la sumía en una profunda angustia. Tutankamón había intentado reconfortarla con tanta torpeza que le había despedido, prefiriendo permanecer sola para pensar en la decisión que debía adoptar.

Nakhtmin había recibido noticias de la ciudad del sol, abandonada desde hacía más de dos años por los dignatarios de la corte, los artesanos y los comerciantes. Los distintos barrios habían ido vaciándose. Ahora, sólo quedaban las fuerzas de policía encargadas de impedir que los beduinos degradaran los templos y saquearan las villas de los nobles.

Unas fuerzas de policía que habían demostrado ser muy ineficaces... Los saqueadores habían burlado su vigilancia, penetrado en la tumba real y profanado la última morada de Akenatón, de Nefertiti y de su segunda hija. Según el rumor transmitido por la sirvienta nubia, la momia del rey había sido gravemente dañada. Salvada por los arqueros, era custodiada en el puesto fronterizo del sur. Horemheb había dado una orden monstruosa: ¡Destruidla!

Tutankamón, trastornado, había suplicado a Akhesa que no interviniera. Un decreto explícito con su sello sería suficiente para que el cuerpo de Akenatón fuera repatriado a Tebas y para encontrarle una tumba que le sirviera de morada para la eternidad.

Pero la gran esposa real conocía muy bien la pesada administración y el odio que los sacerdotes de Amón sentían por el rey herético. Los expedientes irían amontonándose y los despojos mortales se pudrirían en la soledad del olvido.

Akhesa tenía diecinueve años; Tutankamón diecisiete. Otros monarcas, a la misma edad, habían sabido gobernar Egipto sin dejarse influenciar por ninguna facción. Pero ¿podía una hija abandonar a su padre?

Nakhtmin, como jefe del ejército, pasaba más horas en su despacho del ministerio que en los campos de entrenamiento o en los cuarteles. Las tareas administrativas le pesaban. ¿Cómo escapar a ellas? Levantó un montón de papiros enrollados, lo sopesó y volvió a soltarlo, desalentado de antemano.

-Un trabajo excesivo perjudica la conciencia -profirió la voz grave del general Horemheb.

Nakhtmin se levantó.

-¿Vos? ¿Por qué razón...?

El rostro de Horemheb era grave, casi sombrío.

-¿Realmente lo ignoráis?

-¿He cometido alguna falta?

Horemheb, con mano desdeñosa, revolvió el montón de papiros.

-Demasiados expedientes, demasiado trabajo. No tenéis tiempo para controlarlo todo. Así se comienza a caer y decepcionar. No seréis el único que ha fracaso ocupando un puesto en exceso abrumador.

Nakhtmin apretó los labios. Horemheb intentaba hacerle perder su sangre fría.

-Si habéis venido para insultarme...

-¿Estáis informado de los acontecimientos que tienen lugar en el puesto fronterizo de la ciudad del sol? -interrumpió secamente Horemheb.

-Es una ciudad muerta. No ocurre nada.

-Desengañaos, Nakhtmin.

El joven jefe del ejército perdió su calma.

-Hago correctamente mi trabajo, general, y...

-Explicadme entonces la razón de ese decreto de Tutankamón.

Horemheb dejó el documento en la mesa de trabajo de Nakhtmin. Este último lo leyó rápidamente. El faraón pedía que se instalara una guarnición en el puesto fronterizo sur de la ciudad del sol, colocada bajo el mando directo del general. El procedimiento era sorprendente.

-¿Se os consultó? -preguntó Horemheb.

-En absoluto. ¿Y a vos?

Horemheb movió negativamente la cabeza.

Ambos hombres desconfiaban el uno del otro. Sospechaban, recíprocamente, que mentían.

-¿Qué pensáis hacer? -preguntó Nakhtmin.

-Tener en cuenta el decreto, claro. No intervendré. Y os aconsejo que me imitéis.

-¿Por qué?

-Porque creo que se trata de una trampa.

-¿Qué clase de trampa?

-Lo ignoro. Sabed que no soy su autor. Dejad que el rey conduzca a su guisa este asunto. Y ocupaos mejor de vuestros expedientes. Yo no solía retrasarme. ¡Que las divinidades del sueño os sean favorables!

Una vez Horemheb se hubo marchado, Nakhtmin no tardó en decidir que la visita no había tenido nada de amistosa. Pese a la hora tardía, se precipitó hacia el palacio real. El faraón se negó a recibirle y se limitó a darle una orden imperativa: permanecer en Tebas y velar por la seguridad de la ciudad.

Nakhtmin se sentía desamparado. Su educación colocaba la obediencia por encima de cualquier otra virtud. Sintiéndose incapaz de desentrañar los hilos de la intriga que se tejía ante sus ojos, permaneció fiel a su moral de soldado.

Tutankamón había cedido. El plan elaborado por Akhesa no dejaba resquicio alguno. El rey había emitido un sorprendente decreto. Todos esperarían que dejara Tebas a la cabeza de un regimiento para dirigirse a la ciudad del sol. Ésa era la trampa tendida por los sacerdotes de Tebas y Horemheb, que detendría en el camino al joven monarca y lo conduciría a la capital del dios Amón. Entonces intentaría imponerle una regencia para controlar sus hechos y gestos.

Tutankamón no saldría de su palacio. Sus enemigos aguardarían en vano su partida, ignorando que Akhesa, su sirvienta nubia y algunos servidores habrían partido por la noche, en un barco de mercancías. La gran esposa real utilizaría el mismo procedimiento para transferir a Tebas los despojos mortales de su padre, Akenatón. Le ofrecería una morada de eternidad digna de él, y la haría vigilar día y noche.

El viaje de la reina fue rápido, gracias a un viento favorable, y se efectuó sin contratiempos. El barco mercante se cruzó con los bajeles de la policía marítima, que no le prestaron atención alguna. Cuando llegó a la vista de la ciudad del sol, Akhesa sintió una opresión en el corazón. No había olvidado los soleados templos, los floridos palacios, los gritos de un pueblo alegre aclamando al rey y la reina.

No quiso ver de nuevo las ruinas de un sueño. Por fortuna, el sol declinaba en el horizonte, dejando que las tinieblas invadieran la capital por la que sólo merodeaban ya las sombras. Cuando la gran esposa real se presentó en el puesto fronterizo del sur, la noche había caído.

La muchacha contaba sólo con su autoridad para obtener la obediencia de los arqueros. Evitaría un enfrentamiento sangriento con sus servidores, que no estaban preparados para combatir, e impondría su voluntad sucediera lo que sucediese. Haciendo acopio de energías, se sorprendió al encontrar sólo a dos arqueros dormidos. Dos veteranos de rígidas piernas, que ni siquiera tomaron sus armas.

-Soy la gran esposa real -declaró en un tono que hizo enseguida doblar el espinazo a los dos viejos soldados.

El admirable collar con tres vueltas de perlas, cornalina y lapislázuli que Akhesa llevaba al cuello revelaba su calidad.

-Depositaron aquí un sarcófago, ¿no es cierto?

-No -respondió uno de los veteranos con voz pastosa-. Sólo una caja medio podrida.

Akhesa entró en el puesto fronterizo. El local estaba ya deteriorado. El edificio, construido demasiado deprisa y mal conservado, no resistiría mucho tiempo el abandono. La reina cruzó estancias malolientes y descubrió la caja en un recinto donde se amontonaban arcos y flechas rotos.

¡La momia de un faraón había sido extraída de su tumba y abandonada en tan sórdido lugar! Tras haber destruido la obra de Akenatón, unos malvados más viles que hienas intentaban arrancarle su soporte de eternidad para que su alma errara eternamente por las tinieblas del mundo inferior. Habían convertido su momia en un desecho.

Loca de rabia, Akhesa levantó la tapa de la caja.

Cerró los ojos, preparada para descubrir un horrible espectáculo.

Los abrió lentamente.

Vacía. La caja estaba vacía.

A espaldas de la gran esposa real resonaron unos pasos, los de un anciano que acompañaba su vacilante marcha golpeando el suelo con su bastón.

El Primer Profeta de Amón, sumo sacerdote de Karnak.

-Habéis cometido una grave falta, Majestad -afirmó con su voz cavernosa.



27

Los profetas de Amón se habían reunido de nuevo en una pequeña sala del templo de Karnak. Sus rostros eran sombríos.

-Yo estaba presente -indicó el Primer Profeta-. La gran esposa real Akhesa se sorprendió mucho al encontrarme allí, pero supo conservar su sangre fría.

-Eso la hace más peligrosa -observó el Segundo Profeta-. ¿Le revelasteis el destino que habíamos reservado al cadáver de su padre?

-Me obligó a ello. Al saberse en una trampa, estuvo a punto de agredirme. Sin demasiado respeto por mi edad y mi calidad de sumo sacerdote, me interrogó con la mayor impertinencia. Le dije que habíamos hecho transportar la momia de Akenatón a una tumba del Valle de los Reyes, donde estaría segura. Amón es tolerante. La locura de Akenatón se extinguió con él. ¿Por qué íbamos a perseguir a un cadáver?

-¿Quedó convencida? -se inquietó el Tercer Profeta.

-Eso creo... O lo fingió.

-¡No importa! -gritó el Segundo Profeta-. Ahora sabemos que la gran esposa real permanece fiel a la memoria de su padre y a su herejía.

-¿La habéis prevenido?

-Creí asustarla insistiendo en el error que había cometido al desvelar su auténtica naturaleza, que tan bien había creído ocultar bajo las vestiduras de una reina. Pero ni siquiera tembló.

-Eso decide su destino -dijo el Segundo Profeta-. Y el del joven rey que le está por completo sometido. Atón no ha muerto todavía. Lo aniquilaremos.

El general Horemheb trabajaba día y noche. Relegado a funciones subalternas que le impedían el ejercicio del poder, no dejaba de comportarse como jefe de las fuerzas armadas y de la administración. La mayoría de los escribas que ocupaban los puestos clave eran sus amigos o le debían algo. Ni un solo oficial, ni un solo soldado le había retirado su confianza. Aunque Tutankamón tuviera algunos partidarios influyentes, el partido del rey tenía muy poco peso frente al de Horemheb.

¿Por qué no se imponía como regente del reino, relegando al pálido Tutankamón a las profundidades de los aposentos reales, para zambullirse en el lujo y la pereza?

Obedecía a Tutankamón como había obedecido a Akenatón. Servir al rey le parecía un deber imperioso al que no podía sustraerse. Estaba también Akhesa... Akhesa, a la que habría debido apartar, combatir, destruir, y a la que preservaba eligiendo el inmovilismo. Un inmovilismo que sus partidarios comprendían cada vez menos.

Horemheb se había aislado en un pabellón umbrío, en el centro del jardín de su inmensa villa tebana. Sus secretarios le llevaban muchos papiros referentes a la economía del país. Por sí solo, el general reunía las competencias de varios ministros.

La mano fina y cuidada que le tendía un nuevo rollo sellado no pertenecía a uno de sus secretarios. Horemheb levantó la cabeza.

Akhesa, la gran esposa real, le miraba con ojos enfurecidos. Horemheb se levantó.

-Nadie os ha anunciado -se extrañó.

-Vuestro jardín está mal custodiado.

Akhesa iba vestida con una simple túnica de lino. Ninguna joya adornaba su admirable cuerpo.

-No comprendo la razón de tan extraña visita, Majestad.

-Dejad de burlaros de mí. ¿Por qué ordenasteis profanar la sepultura de mi padre y destruir su cuerpo? ¿Por qué perseguirle con tan implacable odio?

Horemheb palideció.

-No di orden alguna en ese sentido -afirmó con indignación-. Respeté al faraón, mi señor y le serví fielmente. Hoy obedezco a vuestro esposo, el rey legítimo. No hay acto alguno del que deba avergonzarme. Os han mentido. Semejante maquinación es sin duda obra del Primer Profeta de Amón. Intenta enfrentarnos, hacer creer al rey que conspiro contra él. Ésa es la verdad. Os lo juro por Imhotep, el sabio de los sabios.

La mirada del general Horemheb no vacilaba. La gran esposa real lo contempló largo rato, con una frialdad que le heló la sangre. Luego, se marchó lentamente por el jardín.

Horemheb, con la nuca apoyada contra un viejo sarmiento, recuperó con dificultad la respiración. Había tenido ante él a una verdadera reina de Egipto, una de esas apasionadas soberanas cuyo carácter se afirmaba con la práctica del poder.

El general tomaba conciencia de que su margen de maniobra era mucho más estrecho de lo que había imaginado. Los sacerdotes de Amón le habían utilizado como un peón cuando creía haberles sometido. Había cometido un acto de vanidad. La vida en la ciudad del sol le había hecho olvidar la malignidad de ciertos religiosos contra los que el difunto Akenatón había luchado acertadamente. El porvenir se ensombrecía. Al partido tebano le interesaba más destruir cualquier recuerdo del herético y expulsar a su hija del poder que instalar a Horemheb en el trono. El general tranquilizaba. Todos le sabían leal, decidido a preservar la integridad de Egipto. Y ese papel convenía tanto a la pareja real como a los sacerdotes de Karnak. ¿No habrían firmado aquellos feroces adversarios una alianza a sus expensas?

La vía que llevaba al trono se volvía cada vez más arriesgada. ¿No sería prudente renunciar, contentarse con una envidiable posición?

Pero estaba Akhesa. Su perfume de jazmín, que todavía flotaba en el aire, recordaba la presencia de aquel ser de fuego, un fuego en el que a Horemheb le gustaba consumirse.

La sirvienta nubia peinaba a Akhesa con la mayor delicadeza, tras haberle dado de beber leche y miel. La gran esposa real se contemplaba distraídamente en el espejo, demasiado preocupada por la pregunta que le obsesionaba: ¿había mentido Horemheb? No lograba forjarse una opinión.

-Vete -ordenó a la nubia-. Es la hora de mi lección.

El embajador Hanis, que aguardaba en la antecámara, fue introducido en el gabinete de trabajo de la gran esposa real. Como cada mañana, durante dos horas, le enseñó el hitita, el sirio y el fenicio. Akhesa, dotada de excepcional memoria, aprendía deprisa. Pronto hablaría casi a la perfección varias lenguas extranjeras y las escribiría con facilidad.

Un clima de complicidad había nacido entre el profesor y la alumna. Disfrutaban por igual con aquel trabajo. Akhesa se vio pues muy sorprendida por el aparente mal humor del diplomático.

-¿Qué os sucede, Hanis?

-Me preocupo por vos, Majestad. ¿Os han dejado ver la momia de vuestro padre?

-Descansa en una pequeña tumba permanentemente custodiada.

-¿Ha recibido el rey noticias de Nubia?

-No. Le inquieta su amigo Huy, el virrey.

-Pues inquietaos por la suerte de nuestro país. Si el Sur se rebela, no habrá extracción de oro. Los sacerdotes carecerán del precioso metal para sus templos y harán al rey directamente responsable.

El embajador era lúcido. Resultaba inútil ocultarle la verdad. Tutankamón y Akhesa estaban a merced de la rebelión de las tribus negras.

La jornada era tórrida. El calor del verano reducía el trabajo en los campos a su más simple expresión. Los campesinos, desnudos, recogían las espigas maduras y doradas cortándolas con la ayuda de una hoz. Bebían cortos tragos de agua fresca de sus odres y se tomaban largos momentos de descanso a la sombra de un tamarindo o una acacia.

Sin temer los ardores del sol, Tutankamón había llevado a Akhesa a las alturas que dominaban «el Sublime de los Sublimes»17, el templo construido por la reina Hatshepsut. Con la ayuda de un bastón, el joven rey se había abierto camino, asustando a las víboras que, incomodadas, se refugiaban bajo las rocas abrasadas por la implacable luz.

-¿Por qué subimos tan alto? -preguntó Akhesa con la boca seca.

-¡Prosigamos! ¡Casi hemos llegado!

Tutankamón se mostraba entusiasta, ignorando la fatiga. Raras veces Akhesa le había visto tan exaltado. Franquearon una profunda grieta y se detuvieron en un promontorio. La vista era tan admirable que contuvieron la respiración. Emergiendo de una cortina de árboles de incienso, entre los que se veían algunos laureles, las terrazas del templo corrían hacia el acantilado que servía de muro de fondo al Sublime de los Sublimes. El arquitecto había hecho un pacto con la montaña, recreándola como un himno a la reina divinizada que vivía aquí por toda la eternidad.

-Te haré construir un santuario más hermoso que éste -prometió Tutankamón a su esposa-. Maya, mi Artífice, dirigirá en persona los trabajos.

La había tomado tiernamente por el talle. El templo de la reina-faraón, la belleza de sus jardines, el verde de la estrecha franja de cultivos entre el desierto y el Nilo... Era el Egipto amado por los dioses, la tierra sagrada que ocupaba el centro del universo. Akhesa experimentaba una formidable sensación de poder. Nunca había visto el país -su país- desde una altura tan elevada. Ningún esplendor podría comparársele.

-Encontré este lugar cuando era niño -explicó Tutankamón-. Me refugiaba aquí para escapar a las aburridas lecciones de protocolo.

-¿Y soportabas durante horas la intensidad del sol?

-No... Pasemos este espolón rocoso. Te enseñaré un paraíso.

Pegándose a la pared y avanzando con prudencia para no resbalar, los dos jóvenes progresaron unos metros antes de descubrir la entrada de una gruta. Tomando de la mano a Akhesa, Tutankamón entró primero.

Reinaba allí un maravilloso frescor. En el suelo, una alfombra de musgo. Brotando de la penumbra, se oía el delicioso ruido del agua corriendo con regularidad sobre la piedra.

-Una fuente de la diosa Hator -prosiguió Tutankamón-. Yo la descubrí. Nakhtmin dijo que sólo un rey tenía este don. Yo le creí.

Akhesa se sentía hechizada. Había abandonado los luminosos dominios del sol para penetrar en aquel universo secreto donde no se osaba levantar la voz, donde el cuerpo se relajaba, gozando de los mil indecibles placeres que le ofrecía la diosa oculta en el agua, brotando del océano de energía que rodeaba la tierra.

Ambos jóvenes se quitaron las túnicas, cubiertas de arena y polvo. Desnudos, se salpicaron como niños. La fuente era tan suave que Akhesa se tendió de espaldas en el lugar de donde manaba. El agua caía sobre sus pechos, corría por su vientre, inundaba lentamente sus muslos. Tutankamón la contempló, ebrio de felicidad. Agradecía a los dioses haberle dado a la más hermosa de las mujeres. Para conservarla, tenía que convertirse en un auténtico faraón.

Su infancia moría en aquella gruta donde había pasado tantas horas soñando. Daba paso al amor, un amor enloquecido por la gran esposa real, cuyos ojos brillaban de deseo.

Se tendió sobre ella. Se amaron con pasión, bañados por el agua fresca de la diosa Hator.

A media noche, Tutankamón sufrió un incontenible acceso de tos. Sin embargo, la cena había sido ligera: cordero asado, puré de higos y uva. Sólo había bebido una copa de vino tinto, que le pareció algo amargo y le provocó una indisposición. Ésta se había acentuado, pese al vomitivo administrado por Akhesa.

Akhesa recordaba los dramáticos instantes en los que su esposo había escupido sangre. Le secó el sudor que perlaba su frente con un lienzo perfumado. Los médicos de palacio prepararon unas pociones, que sumieron al monarca en un profundo sueño.

Sola en la terraza superior de palacio, con los cabellos agitados por el viento de una cálida noche, la gran esposa real permitió que su mirada errara por la cima de la montaña tebana. Allí reinaba la diosa del silencio, que había acogido en su seno los gritos de amor de la pareja real. ¡Qué feliz la había hecho Tutankamón en el secreto de aquella gruta! ¿Por qué volvía a golpearla el destino? Era preciso ocultar su enfermedad a los cortesanos y al pueblo. Un faraón no debía manifestar debilidad alguna. El juramento prestado por los médicos enmudecería su boca. Pero ¿bastaría su ciencia para curar al señor de Egipto?

En el techo del gran templo de Amón-Ra de Karnak, el Primer Profeta, apoyado en su bastón, observaba el cielo en compañía de los astrólogos, que descifraban en las estrellas el destino del faraón. Desde el origen de las dinastías, tomaban nota del desplazamiento de los planetas y dividían el cielo en decanatos para comprender mejor sus leyes.

Hacía ya más de diez años que el Primer Profeta, que había recibido la enseñanza de los astrólogos como cualquier otro sacerdote, no había pasado una noche en su compañía. La presencia del personaje más poderoso de Karnak conmovió al más joven de ellos hasta hacerle perder su observación del «Horus rojo»18.* El anciano reclamó las conclusiones de los sabios y les dio la orden de mantener en secreto lo que habían visto en las estrellas. Luego, les pidió que abandonaran el techo del templo y regresaran a sus modestos alojamientos en el interior del recinto sagrado.

El Primer Profeta necesitaba estar solo. Solo con los dioses. Le pesaban las decisiones que había tomado. Nunca había tenido la sensación de intervenir directamente en los asuntos de Estado, de orientar el curso del destino de modo tan deliberado. Pero ¿le había dejado otra posibilidad la pareja real? ¿No era acaso también esclavo de una jerarquía que le dictaba su conducta? Akenatón no se había equivocado. Los sacerdotes podían ser los hombres más malvados. Él, que era su jefe supremo, se revelaba incapaz de transformarles. Pronto comparecería ante el tribunal de Osiris, y tendría que rendir cuentas al juez del más allá.

No temía aquel momento. Era demasiado anciano para resistirse a la voluntad divina, que le había llevado a levantarse contra la gran esposa real. ¿No había cometido Akhesa una locura permaneciendo fiel a la memoria de su padre? ¿No tenía él la obligación de destruir a los enemigos de Amón, del dios que forjaba la grandeza de Egipto?

En la claridad lunar destacaban las fachadas de los templos y las columnatas, cubiertas de relieves que mostraban al faraón en postura de adoración ante las divinidades. Aquí todo era serenidad, sin duda porque los hombres callaban y pasaban como sombras bajo los pórticos, donde sólo los signos sagrados, los jeroglíficos grabados en la piedra de eternidad, dejaban oír su voz secreta.

«Demasiado tarde -pensó el Primer Profeta-. Demasiado tarde para retroceder.»

Akhesa había velado a su marido durante toda la noche. Tutankamón estaba sumido en una especie de letargo. No aceptaría que muriese. Había colocado sobre su corazón un escarabeo con frases extraídas del «Libro para salir de la enfermedad». El texto garantizaba una feliz evolución de la enfermedad. El corazón del rey permanecería en su pecho, no sería arrancado por las potencias demoníacas.

Akhesa se sentía animada por tan feroz energía, que vencería a los demonios que se habían introducido en la sangre de Tutankamón. Había luchado contra ellos durante las peligrosas horas en las que el sol atravesaba las regiones tenebrosas pobladas de dunas, entre las que se deslizaba una gigantesca serpiente que pretendía tragarse la luz. A cada inicio de hora, Akhesa había clavado un cuchillo en un reptil de cera, para arrojarlo después a las llamas de un brasero.

Cuando un fulgor rojo, débil todavía, desgarró el velo que cubría la montaña tebana, Akhesa comprendió que el nuevo sol salía del lado de las llamas tras haber triunfado sobre el dragón. También el rey había vencido a la nada. Su respiración era muy tranquila. Su rostro había recuperado el color. Agotada, Akhesa se había dejado vencer por el sueño.

Pero su descanso no había durado demasiado. Con los cabellos sueltos y los ojos extraviados, su sirvienta nubia la había despertado a gritos.

-¡Señora! ¡Es horrible, horrible! Hay que ir enseguida... ¡Enseguida!

-¿Adónde? ¡Explícate!

-Al valle de las tumbas... Se han atrevido...

Akhesa había apelado a Nakhtmin, que, poniéndose a la cabeza de una escolta, la condujo hasta la entrada del árido valle que se abría al pie de la cima tebana. Allí estaban enterrados los poderosos soberanos que habían forjado la gloria de Tebas. En aquellos lugares desolados, abrasados por un sol implacable, reinaba por lo común un espeso silencio. El apiñamiento de hombres de armas, que gritaban con fuerza y corrían de un lado a otro a la entrada del Valle de los Reyes, era por ello más incongruente todavía.

Dando breves pero imperiosas órdenes, Nakhtmin restableció en pocos minutos la calma. Los guardas regresaron a su puesto, unos sobre los promontorios, otros en las grietas naturales de las rocas. La gran esposa real avanzó por el estrecho sendero que conducía al corazón de la necrópolis, pasando ante tumbas cerradas. En el umbral de una de ellas, tres artesanos preparaban yeso machacándolo con ayuda de un pilón. Serviría para cubrir la superficie de una sala que iba a ser decorada con pinturas y columnas de jeroglíficos. Los hombres apenas levantaron los ojos hacia la reina, repitiendo sus gestos con lentitud y precisión.

Akhesa caminaba deprisa hacia el lugar donde se levantaba una negra humareda. Hasta aquel instante se había negado a creer la información transmitida por la sirvienta. Al acercarse a la tumba donde había sido depositada la momia de Akenatón, tuvo que aceptar la espantosa realidad.

La sepultura había sido incendiada.

La investigación duró varios días. Akhesa leyó con atención los detallados informes que le proporcionaba Nakhtmin, encargado de coordinar los interrogatorios de los testigos. El drama se había producido durante la noche. Ninguno de los artesanos de la cofradía de Deir el-Medineh era formalmente acusado. Uno de ellos, negligente, había debido de olvidar una antorcha encendida. Las llamas se habían extendido por la tumba, destruyendo la momia del faraón herético.

Enloquecida por la furia, Akhesa arrojó los documentos al suelo. La creían una retrasada mental. Los artesanos, la mayoría de cuyos secretos conocía desde su iniciación en la cofradía, utilizaban mechas especiales que no desprendían humo alguno. Considerados como productos muy caros, eran recogidas y controladas cuidadosamente al final de cada jornada de trabajo.

Tenía la seguridad de que se trataba de un incendio criminal. ¿Y quién, si no el Primer Profeta de Amón, era lo bastante cruel como para encarnizarse así con el cuerpo de un enemigo desaparecido? ¿Quién habría deseado la aniquilación del faraón, cuya alma, privada del soporte de la momia, no volvería ya nunca más a la tierra?

Akhesa había esperado que el cuerpo de Akenatón permaneciera vivo gracias a la magia del culto funerario, y que brillara como una estrella imperecedera capaz de guiar, durante mucho tiempo todavía, a los adoradores del sol de la verdad.

Había pecado de ingenuidad. Akenatón seguía siendo peligroso para los sacerdotes de Amón. Habían elegido la solución más implacable, cortando el último vínculo existente entre Akhesa y su padre. Condenada a callar su fe y a vivir en soledad, la gran esposa real sintió que le arrebataban su voluntad de combatir. Perder a su padre por segunda vez aniquilaba su esperanza de ver renacer un Egipto liberado de traidores y cobardes. Sin él, sin la presencia de su cuerpo de luz velando por el país desde las tinieblas de la tumba, no tendría ya la fuerza de luchar contra una jerarquía de sacerdotes con mil ojos y mil oídos.

La gran esposa real salió de palacio para dar unos pasos por el jardín colgante, indiferente a los suaves aromas y los encantadores colores de los macizos de flores. Con la mente en blanco, atravesada por rotos recuerdos, avanzaba trabajosamente.

Levantando los ojos al sol, lloró.

El rey Tutankamón, muy débil todavía, asediaba en vano los aposentos de su esposa. Akhesa no recibía a nadie, ni siquiera a él. Comprendiendo su pena, no por ello dejaba de estar impaciente por verla de nuevo. Verse privado de su presencia le reducía a la inactividad. Despidiendo a sus consejeros, Tutankamón escribió una larga carta, intentando convencer a su esposa de que, juntos, serían más fuertes para afrontar la adversidad. Apelaba al amor, a su amor, como la única fuerza capaz de orientar el destino en su favor. La sirvienta nubia la llevó a su señora, pero Akhesa permaneció muda.

Caída la noche, Tutankamón se adormeció. Con los miembros doloridos, se sumió en un sueño poblado de atormentadas pesadillas, en las que demonios con cabezas de asno y de liebre intentaban degollarle con la ayuda de inmensos cuchillos chorreantes de sangre. Uno de ellos, tuerto y con una sola pierna, le cogió por el hombro. El contacto de sus helados dedos le despertó sobresaltado.

Tutankamón abrió unos ojos enloquecidos. Ante él estaba su amigo Huy, con el rostro grave, de vuelta por fin de la rebelde Nubia.

28

Todos los cortesanos de Tebas habían acudido de madrugada al palacio real. Corrían unos rumores descabellados que anunciaban la marcha del rey al gran Sur, la muerte súbita de la gran esposa real, el regreso a Egipto del cadáver torturado del virrey de Nubia, Huy, y otros diez acontecimientos trágicos que sumían en la angustia a la dinastía reinante. El Primer Profeta de Amón y sus acólitos también se habían desplazado. El anciano, ante el que se habían inclinado los guardias de la sala de audiencias, encargados de ejercer un severo control sobre los recién llegados, se había sentado en un sillón dorado, al pie de los peldaños del estrado en el que habían instalado dos tronos.

Los murmullos se apagaron cuando, precedidos por un maestro de ceremonias que manejaba un largo bastón, aparecieron el rey y la reina.

El monarca llevaba la corona azul y sostenía en la mano derecha el cetro del pastor, que reunía a su pueblo. El maquillaje cubría su pálida tez.

Ante la estupefacción de la corte, Akhesa había renunciado al sabio maquillaje que tan de relieve ponía su rostro. Vestida con una larga túnica plisada de lino, con los cabellos echados hacia atrás y sujetos con una diadema, parecía indiferente, casi ausente. A la resplandeciente muchacha le había sucedido una mujer herida que soportaba una carga demasiado pesada para sus hombros.

Las suposiciones se confirmaban: Akhesa no sobreviviría por mucho tiempo a la destrucción de la momia de su padre. Pronto, otra esposa real se sentaría junto a Tutankamón. Ambos lados de la sala de audiencias estaban llenos. A una señal del faraón, los guardias abrieron la puerta de dos batientes. Un nubio conduciendo a una pequeña jirafa sujeta con una correa, otros dos llevando bueyes enanos, y unos cuantos más llevando escudos de madera cubiertos de pieles de leopardo o antílope, parasoles, jarras repletas de oro y jaspe, taburetes plegables y colmillos de elefante, arrancaron exclamaciones de admiración. Los negros daban pruebas de una notable elegancia: corta peluca en la que se había hincado una pluma de avestruz, finos collares de oro, vestidos de cortas mangas con un ahuecado lazo en la cintura.

Cuando los regalos fueron depositados a los pies de la pareja real, la procesión terminó. Entonces entró el virrey de Nubia, Huy, con aspecto marcial y alta la frente. Caminó lentamente, sintiendo clavadas en él las inquietas miradas de la corte. ¿Aquella presentación de tributos no habría sido organizada para atenuar la gravedad de las noticias que Huy portaba?

El virrey se inclinó ante sus dos soberanos.

-El faraón ha vencido al asiático y al negro -declaró con voz fuerte-. El rey es un guerrero invencible, un poderoso león que ignora la derrota. Al faraón, mi señor, tengo la alegría de comunicarle que la rebelión de las tribus nubias ha sido dominada. La provincia está en calma. Incluso han venido los jefes de clan con sus esposas y sus hijos para celebrar la grandeza de Egipto. No faltará el oro. Continuará adornando los muros de los templos y las estatuas de los dioses.

Las aclamaciones saludaron las palabras del virrey de Nubia. Tutankamón se levantó, bajó del estrado y puso tres pesados collares de oro en el cuello de su fiel amigo. Bailaron unos niños negros agitando ramas de palmera, mientras resonaban los sones de las matracas. El regocijo se apoderó de todo el palacio, llegó luego a las calles vecinas, a los barrios populares y a los muelles donde atracaban numerosos barcos de los que descargaban, cantando, jaulas que contenían panteras, cajas llenas de especies y sacos de oro. No sólo triunfaba Huy, sino también, y sobre todo, Tutankamón. Su ejército acababa de obtener un primer éxito significativo, probando que el dios Amón extendía su protección sobre el monarca. El rey ofrecía al templo de Karnak montones del preciado oro que tanto les gustaba a los sacerdotes.

Tutankamón afirmaba su capacidad de reinar. Se convertía en el faraón.

El general Horemheb dejó tras de sí su largo séquito de servidores para entrar en la parte secreta del templo de Karnak. Recibido por un joven sacerdote de cráneo rapado, cruzó una sala de columnas en la que unas pequeñas aberturas, practicadas en las losas del techo, creaban haces de luz que iluminaban escenas de ofrenda. Una tranquilizadora paz reinaba en aquellos lugares de silencio y meditación. Como todo egipcio de alto rango, Horemheb llevaba a cabo todos los años un retiro en el lugar sagrado. Dejaba el mundo, olvidaba lo cotidiano y se sumergía en lo sagrado, purificando así su mirada. Ningún hombre influyente tenía derecho a permanecer demasiado tiempo en lo temporal. Sólo un contacto directo con lo divino devolvía un juicio justo.

A Horemheb le gustaban esos períodos de aislamiento. Por lo común, obtenía en ellos un equilibrio sereno, el desprendimiento necesario para llevar a buen puerto sus proyectos. Pero esta vez, su espíritu estaba demasiado preocupado para disfrutar de la secreta armonía de aquellas piedras indiferentes a las querellas humanas.

El general se detuvo ante la sala del tesoro, donde trabajaban dos artesanos cincelando jeroglíficos sobre jarrones de oro. Un tercero se entregaba a una delicada operación, consistente en preparar una soldadura, mezcla de oro, plata y cobre. Tales especialistas salían raras veces del recinto sagrado, ocupados en fabricar obras maestras de orfebrería para el dios Amón. El general les dedicó una mirada de envidia. Ellos no conocían la angustia ni la ambición. Eran sin duda inconscientes de su felicidad. Repitiendo los mismos gestos, día tras día, mes tras mes, año tras año, llegaban a la perfección. Lo que creaban, les creaba. Horemheb había conocido, antes de su educación de escriba, las trascendentes alegrías del trabajo manual. Ignoraba entonces que algún día le parecerían un lujo inaccesible.

Al general le gustaba vivir en una pequeña casa de tres habitaciones a orillas del lago sagrado donde, en compañía de los sacerdotes, se purificaba al alba. Rechazando la presencia de cualquier servidor, Horemheb pasaba el día leyendo y releyendo textos religiosos, o paseando por las salas de los templos para descifrar los rituales inscritos en los muros. Fuera de su época, fuera del tiempo de los hombres, revivía el origen del mundo en compañía de los dioses y las diosas cuyas representaciones se animaban ante sus ojos. Se llenaba el pecho con el aliento del Egipto ritual, sobre el que se había fundado la civilización más poderosa del mundo.

En el umbral de la mansión reservada al general Horemheb estaba sentado un anciano, con la mirada perdida en el cielo. Reconociendo al Primer Profeta, Horemheb supo que debía renunciar al apacible retiro que esperaba.

Ambos hombres se saludaron y, a continuación, entraron en la estancia principal de austero mobiliario. El anciano permaneció de pie, apoyado en su bastón. Horemheb se sentó en un taburete de tres pies, sin perder de vista a su interlocutor. Al general, esta improvisada entrevista le pareció una trampa. Sólo sentía por el Primer Profeta una estima glacial, sabiéndole retorcido y obstinado.

-No temáis nada -recomendó el anciano-. Este encuentro no es muy protocolario, lo confieso... Pero, a veces, hay que olvidar la rigidez de la etiqueta, ¿no os parece?

-Karnak es vuestro reino -respondió Horemheb-. Hacéis en él lo que os place.

El Primer Profeta dejó escapar un profundo suspiro.

-En modo alguno, general. Soy el servidor del dios Amón y debo ejecutar su voluntad en esta tierra. Poco importan mis gustos y mis preferencias. Amón ha convertido a Egipto en un país rico y victorioso. No quiero que esta prosperidad sea aniquilada por las locuras de un monarca incompetente. Estamos al borde del abismo. Sois consciente de ello.

-Es cierto -reconoció Horemheb—, pero soy el servidor del faraón. Lo que yo pienso no tiene valor alguno. Mi papel consiste en obedecer las órdenes que recibo.

-¿Y si ya no las recibís? ¿Si os han apartado de toda decisión importante?

Horemheb no halló ninguna respuesta convincente.

-Si es así, vendré a instalarme en este templo para vestir el hábito de los sacerdotes y alejarme de un mundo que se ha vuelto hostil.

Una desdeñosa sonrisa animó el arrugado rostro del Primer Profeta.

-¡No os mintáis a vos mismo, general! Habéis nacido para el poder. La ambición os perseguirá vayáis a donde vayáis. Aunque os aislarais en las profundidades del desierto de oriente, allí iría a buscaros. Tenéis madera de rey. ¿Por qué renunciar a tan sublime función?

Horemheb se estremeció. El anciano leía en su pensamiento.

-No tengo que renunciar ni exigir nada. Una joven pareja ha subido al trono. ¿Por qué interrogarnos sobre el porvenir?

-Porque está en nuestras manos. En las vuestras y en las mías, pero no en las unas sin las otras. General, el consejo de los Profetas se ha reunido y ha decidido ayudaros a reconquistar la posición que habéis perdido, en espera de algo mejor, mucho mejor...

-¿Por qué tanta solicitud? ¿Qué esperáis de mí a cambio?

-Me gustan esas preguntas -indicó el anciano-. Demuestran que sois el hombre adecuado. Tutankamón es un rey débil de frágil inteligencia. Podríamos, sin embargo, convertirle en un aliado si no tuviera un irremediable defecto: haberse enamorado de una herética.

Horemheb se sobresaltó.

-¿La gran esposa real? ¿Acaso no ha mostrado su fidelidad a Amón?

-Esa mujer es tan ambiciosa como vos, general, pero domina un arma que vos manejáis mal: la doblez. Sin embargo, he conseguido atraparla en su propio juego. Simple falta de experiencia por su parte... Aprende deprisa, muy deprisa. Pronto habrá adquirido tal autoridad que me será casi imposible combatirla.

-¿Por qué tanto encarnizamiento? -se extrañó Horemheb-. ¿Qué le reprocháis a Akhesa?

-Querer prolongar la maléfica obra de su padre -respondió el Primer Profeta con gravedad-. Cuando haya averiguado todos los secretos del gobierno de Egipto, dirigirá sus golpes contra los sacerdotes de Amón y hará renacer la religión de Atón. La herejía invadirá de nuevo nuestro país y lo condenará a una definitiva decadencia. Ni vos ni yo tenemos derecho a aceptarlo. Nos convertiríamos en cobardes a los ojos de Amón.

El Primer Profeta de Amón tenía razón. Horemheb había llegado a las mismas conclusiones, pero entrar en conflicto abierto con Akhesa significaba perderla para siempre.

-No tenéis elección -añadió el anciano-. Aliando nuestra experiencia, podremos devolver a Egipto al buen camino. El dios supremo os invita a ofrecerle vuestro brazo, general. ¿Aceptáis?

La mirada del Primer Profeta se hizo más glacial todavía. Ni siquiera intentaba convencer a su interlocutor. Le anunciaba, del modo más directo, que el combate sería implacable.

¿Tenía que renunciar a Egipto o renunciar a Akhesa? ¿Tenía que rechazar el amor de una mujer por el de un imperio? Huir hoy era odiarse mañana, perderlo todo.

-¿Cuál es vuestra estrategia? -preguntó el general Horemheb al Primer Profeta de Amón.

Tras muchas vacilaciones, Tutankamón había tomado la decisión de forzar la puerta de su esposa. Ya no soportaba su ausencia.

La encontró tendida en el lecho, con los brazos a lo largo del cuerpo, como muerta. Loco de inquietud, le tomó la mano derecha y la besó largo tiempo.

-Tu padre está lejos -dijo-. Vive para mí. Vive para nosotros. Así será preservada su memoria. Si renuncias a luchar, los sacerdotes de Amón serán omnipotentes.

Tutankamón había hablado demasiado deprisa. Sus palabras se habían entremezclado. Había renunciado a gritar su amor para evocar otra pasión, la del poder.

Akhesa volvió la cabeza hacia su esposo.

Sus ojos estaban llenos de tristeza.

-Mi padre combatió a los sacerdotes y fracasó. Tampoco nosotros venceremos.

Tutankamón posó la cabeza en el vientre de Akhesa.

-¡Tú serás más prudente y más fuerte! Y yo estaré a tu lado...

Había conseguido arrancarle una sonrisa enternecida.

-Vamos a salir de Tebas, Akhesa. Nuestro pueblo aguarda la crecida. Debemos ofrecérsela.

Akhesa se levantó y se dirigió a la ventana de la alcoba. Un rayo de sol la aureoló, desvelando su cuerpo bajo la fina túnica de lino.

-Estoy lista, rey mío.

Akhesa y Tutankamón salieron de palacio en silla de mano, acompañados por una reducida escolta. El paseo comenzó a primeras horas del día para evitar los ardores del sol. El primer dignatario que les recibió fue un terrateniente que reinaba sobre gran cantidad de campos y rebaños. Comenzaba el recuento, cuando la pareja real llegó junto a la mesa de madera colocada en un palmeral.

El terrateniente se prosternó ante el faraón, alabando al cielo por haberle concedido la insigne gracia de verle. Escribas y trabajadores agrícolas lanzaron gritos de alegría, sabiendo que aquella visita suponía un día de descanso suplementario.

Ante la mesa había un hombre tendido boca abajo en el suelo. Dos escribas, con el bastón en la mano, se disponían a apalearlo.

-¿De qué crimen es culpable? -preguntó Akhesa.

-Ha desplazado un mojón y falseado el catastro, Majestad. El hecho es grave. La falta exige un severo castigo, unos buenos bastonazos.

-Que se perdone a este hombre -exigió la gran esposa real-, y que lo dejen libre. Pero si comete una nueva falta, se le agravará la pena y se le aplicará enseguida.

Atónito y con los ojos llenos de agradecimiento, el campesino corrió hacia Akhesa, que acababa de bajar de la silla de mano, y le besó los pies.

-Guiadnos -pidió al terrateniente la gran esposa real-. Quiero conocer mejor vuestras tierras y a vuestra gente.

Halagado por el inmenso honor que se le concedía, el propietario realizó su tarea con comunicativo entusiasmo. Evocó las tres estaciones del año egipcio: la de la salida, cuando la naturaleza emergía de las aguas de la inundación, que comenzaba a retirarse; la de la sequía, cuando las tierras, sembradas de luz y riego, producían abundantes cosechas; y, por fin, la de la inundación, que todos esperaban con una impaciencia teñida de angustia. ¿Sería la crecida demasiado violenta, o insuficiente? ¿Llegaría en el buen momento? ¿Tendría el faraón influencia bastante sobre el dios Nilo para convencerle de que se mostrara generoso con los humanos?

En aquel mes de estío, a pocos días, pocas horas tal vez, del ascenso de las aguas, la crecida ocupaba todas las conversaciones. El río estaba en su nivel más bajo. En todas partes, la tierra estaba agrietada, casi moribunda.

Akhesa recuperaba el valor. La campiña egipcia la revivificaba. Los alegres gritos de los niños, a su paso, le devolvían el gusto de la felicidad.

La pareja real y el terrateniente se detuvieron a la orilla del Nilo. En un islote herboso descansaba un cocodrilo.

-El rey Tutankamón producirá una abundante crecida -afirmó Akhesa-. Las riberas reverdecerán y florecerá la campiña. Las cosechas llenarán los graneros. Se danzará en las eras y el nombre del rey será aclamado.

El rey y la reina se habían dirigido a Asuán, a la isla del inicio del mundo donde se había excavado la gruta de la que brotaba el Nilo. El dios carnero mantenía las aguas bajo sus sandalias. Cuando levantaba el pie, liberaba el río. Era necesario también que se le dirigieran justas plegarias y se le ofreciera una cantidad suficiente de ofrendas. En caso contrario, la crecida no se produciría y Egipto padecería hambre.

Un buen rey ofrecía al país una buena crecida. Dios y hombre a la vez, debía ser capaz de hacer fértil la tierra. Eso era lo que enseñaban los sabios y lo que sabía el pueblo.

Tutankamón temblaba. Le costaba controlar su nerviosismo. A su lado, Akhesa no parecía impresionada en absoluto por la presencia de una cohorte de cortesanos y de todo el clero del dios carnero. El faraón se jugaba el trono queriendo demostrar la magnitud de sus poderes mágicos. Si fracasaba, sólo podría encerrarse en su palacio y renunciar al poder.

Akhesa tendió a su marido un rollo de papiro en el que estaban inscritas las plegarias al Nilo. Desde lo alto del promontorio donde se encontraba, el rey arrojó al río el texto sagrado, confiando en que el alimento bastara al dios Nilo. Lanzado por una mano vacilante, el volumen chocó contra una roca saliente, rebotó en la abrupta pendiente y se hundió, por fin, en un remolino que se había formado en el lugar preciso donde la tradición situaba la fuente del Nilo.

Akhesa rogó en silencio. Invocó a Atón, suplicándole que concediera el éxito a Tutankamón. Ahora, era preciso esperar. Tal vez durante horas, tal vez hasta que finalizara el día. Tutankamón se veía doblado, vencido, volviendo a la barca real bajo el acusador brillo de la luna. La luna... Ella, aunque fuera invisible en el azul del cielo, debía producir hoy mismo la crecida de las aguas. Pero los astrólogos se habían equivocado otras veces...

Akhesa temía que el faraón, abrumado por el calor y la fatiga, fuese víctima de una nueva indisposición. El peso de la corona y de los cetros podía resultarle insoportable. Los oficiales presentes en la ceremonia acechaban el término de la prueba. Serían tan implacables en caso de fracaso como laudatorios si obtenía el éxito. La gran esposa real no esperaba ninguna compasión de su parte y no buscaba excusa alguna. Reinar no admitía debilidades. Si Atón no la satisfacía, si no confraternizaba con ella, su gran designio sería sólo utópico.

A excepción del pequeño remolino que disminuía de intensidad, el Nilo, de un delicado color azul, permanecía desesperadamente tranquilo. Tutankamón tenía la mirada fija. Sus piernas vacilaban. Akhesa lo tomó del brazo, ayudándole a conservar el equilibrio. Cuando sintió el contacto de su piel, el rey extrajo del fondo de sí mismo una postrera energía. No le importaba convertirse en un gran monarca. Quería vivir y vencer para permanecer junto a la mujer que amaba. El mango del cetro de oro le abrasaba la mano.

De pronto, el agua del río se enturbió y el azul se tiñó de rojo oscuro. El limo procedente de la lejana África llegaba a Egipto. Y el río creció y creció, saludado por las aclamaciones de los sacerdotes.

El Nilo, cual un muchacho saltarín lleno de deseo por la tierra de Egipto, que fecundaba durante sus bodas de luz y calor, cubría poco a poco las campiñas. Una vez más, los astrólogos habían descifrado en el cielo el mensaje de la estrella Sothis, que anunciaba la canícula y la crecida de las aguas que alcanzarían su nivel más alto durante el mes de septiembre. La estrecha faja verdeante del Valle, fértil banda que se abría trabajosamente camino entre dos desiertos, se convertía en un lago del que sólo emergían ciudades y pueblos, construidos sobre colinas.

Era el tiempo del descanso. Mientras el divino río depositaba su limo fertilizador en el suelo, los humanos iban en barca de una aglomeración a otra, visitaban a lejanos amigos, organizaban fiestas y justas náuticas.

Era el tiempo que Tutankamón había elegido para hacer olvidar a Akhesa el drama que le había desgarrado el corazón y las preocupaciones de la corte. Tras su triunfo en Asuán, donde había demostrado que detentaba el más fabuloso de los poderes mágicos, el de provocar la crecida, el joven rey disfrutaba de una popularidad que iba en aumento. Bajo la cortesía convencional de los dignatarios, sentía que despertaba cierta admiración. La hazaña, ampliamente difundida entre los jefes de las provincias por los correos reales, le había valido un auténtico reconocimiento. Múltiples indicios anunciaban que aquella crecida sería una de las más benéficas que nunca hubieran conocido las Dos Tierras. Los redactores de los Anales preveían que el reinado de Tutankamón sería glorioso. El monarca se sentía orgulloso de sí mismo.

Akhesa salió poco a poco de un período de abatimiento demasiado largo. Experimentaba la maravillosa sensación de ver su país por primera vez. Vivía desde el interior la potencia del río, se identificaba con aquel paisaje alimentado por una vida oculta, se inflamaba de apasionado amor por ese pueblo que vivía de sol y de agua.

La nave real, unas veces empujada por el viento y otras movida por una veintena de remeros que cantaban para mantener la cadencia, se deslizaba por la inmensa extensión líquida. Barcas de pesca, transbordadores, y barcazas cargadas de piedras o de alimento se cruzaban sin cesar con él en una intensa circulación. Un concierto de aclamaciones se sumaban a las de los lugareños agrupados en las colinas que emergían, para saludar a la pareja real.

La proa estaba adornada con un ojo que, descubriendo el menor impedimento, aseguraba al barco del faraón un apacible viaje. A tan eficaz magia se añadía la experiencia del marino que, con ayuda de su pértiga, sondaba regularmente el río.

Como respondiendo al deseo de Akhesa, el soplo del norte hinchó la vela rectangular, fijada a una verga que se izaba por medio de una driza. El hombre de popa cambió la inclinación del largo remo gobernalle. La velocidad aumentó enseguida. En la cocina, instalada a proa, se apresuraron a asar la carne de cordero y a servir cerveza fresca.

Akhesa y Tutankamón regresaron a su cabina, levantada en medio del barco. El gran paño blanco que servía de techo había sido plegado. El sol penetraba a oleadas en la confortable estancia, amueblada con sitiales, cofres de madera y recargados almohadones. La gran esposa real se arrodilló, manteniendo erguido el busto.

-Voy a pedir a un criado que nos haga sombra -dijo el rey.

-No -protestó Akhesa-. Siéntate en tu trono y dame de beber.

Se volvió hacia él con suprema elegancia y le ofreció una copa de oro en la que escanció agua fresca. Con los ojos, Tutankamón saboreaba el espléndido cuerpo de Akhesa. Su vestido transparente, anudado bajo los pechos, dejaba adivinar su vientre.

-¿Conoces ese poema que se enseña a las muchachas de palacio? -preguntó con una voz cantarína que tanto se parecía a la de Nefertiti-. «Soy tuya, amor mío, como un verdeante jardín donde han sembrado flores de dulces perfumes. Cuando tu mano se posa en mí, me estremezco de felicidad. Soy el canal de tu deseo. Deja que tu corazón salte hacia mí.»

Akhesa dejó la copa. Tutankamón se arrodilló a su vez, besando el cuello de la reina. Se abrazaron, bañados por el sol de estío.

La estación de la crecida fue hechizadora. El rey y la reina se permitieron el lujo de pasear y permanecer en un lugar u otro, siguiendo su fantasía, de hacerse el amor durante horas respondiendo a la menor llamada de su deseo, lejos de los expedientes políticos, las entrevistas con los ministros y los consejos del «divino padre» Ay. Aprovecharon a manos llenas una juventud que la realeza les robaba.

La euforia duró hasta la mañana en que su barco atracó en el embarcadero de Khemenu19,* la ciudad santa del dios Thot.

29

El rey y la reina visitaron con curiosidad la fábrica de papiro cuyos edificios se extendían a lo largo de la orilla, no lejos de la necrópolis donde estaban enterrados los grandes sacerdotes de Thot. La ilustre ciudad del dios de los escribas quedaba bastante cerca de la ciudad del sol, pero Akhesa, pese a la invitación de Tutankamón, se negó a detenerse. No quería verla nunca más. La capital que ella construiría ocuparía, como la de su padre, un paraje que el pie del hombre no hubiera hollado jamás.

Tallos de umbelíferas, algunos de los cuales superaban los seis metros, habían sido cuidadosamente cortados en las marismas donde crecían verdaderos bosques de papiros. El abundante material se transportaba en barca y se entregaba a obreros especializados. Tras haber extendido sobre lienzos varias hileras de papiros llenos de savia y dispuestos en crucero, los cubrían con otro lienzo y los golpeaban con un mazo de madera. Los golpes tenían que ser dados con regularidad y por una mano ligera. Las hileras se pegaban unas a otras, se fundían entre sí sin necesidad de añadir producto alguno. Se obtenía así una hoja, sólida y flexible a la vez, que bastaba luego con aplanar, pulir y cortar para obtener una perfecta superficie de escritura. Secado al sol, el papiro tomaba un hermoso color amarillo. Si la médula de la planta ofrecía papel, su tronco, que tampoco se desperdiciaba, servía para fabricar barcas. Por lo que se refiere a las fibras, se convertían en cuerdas, esteras, cestos o sandalias.

«Escribir -le había dicho Hanis a Akhesa cuando le enseñaba literatura-es hacer existir. El Verbo es vida y conocimiento. Que ninguna palabra se desperdicie. Los escritos son la inmortalidad de los sabios.» Aquel discurso adquiría hoy toda su fuerza, por la presencia de aquellos hombres pacientes y escrupulosos que trabajaban para el faraón. Las papelerías eran monopolio real. Cada semana se entregaban grandes cantidades de papiro a las cofradías de escribas constituidas en cada ciudad importante. Textos religiosos, rituales, decretos, contabilidad... Un pacífico ejército consignaba por escrito el menor detalle de la vida cotidiana y sagrada del país.

La gran esposa real abandono el cortejo oficial y se aproximó a un viejo escriba desdentado de puntiagudo mentón. Sentado a la sombra con la espalda bien apoyada en el muro de la fábrica, tenía en las rodillas una paleta gastada por el transcurso de los años. Con un pincel muy fino, escribía con tinta negra, en un papiro de gran calidad, un himno al dios Thot, su santo patrón.

Cuando Akhesa se le aproximó, ni siquiera levantó la cabeza, permaneciendo concentrado en su trabajo. Divertida primero e intrigada más tarde, le interpeló.

-¿Sabéis quién soy?

-La gran esposa real -respondió sin moverse-. No os saludo mejor, Majestad, porque estoy enfermo y no tengo fuerzas. Los mosquitos me agreden continuamente. Mis músculos están rígidos y la carcoma ataca mis dientes. Debo copiar durante horas y horas textos difíciles, sin cometer la menor falta. Y mis ojos están hinchados y enrojecidos. No quiero que los veáis.

Conmovida, Akhesa pidió al viejo escriba su paleta y su pincel. Éste se los entregó con un doloroso gesto. Ella le ayudó a levantarse y le condujo, pese a sus protestas, hacia el cortejo real que seguía al rey en su visita a las fábricas de papiro. Se lo confió al intendente del faraón.

-Este hombre ya ha trabajado bastante -declaró-. Que lo cuiden y le instalen en una villa confortable con algunos servidores.

Se apartó enseguida, rechazando la mirada de agradecimiento que le dirigía el viejo escriba, y ocupó de nuevo su lugar junto a Tutankamón, descontento por la ausencia de su esposa.

-Ven pronto, Akhesa, hace varios días que un gran personaje nos espera aquí. Nos ha preparado un suntuoso banquete.

La reina se apartó apenada del universo de los fabricantes de papiro. Le habían permitido comprobar la abnegación de los pequeños funcionarios del Estado, que no tenían más preocupación que la de un trabajo impecable del que dependía el buen funcionamiento de la administración y, en consecuencia, la prosperidad de las Dos Tierras. Se prometió que, en cuanto estuviera de regreso en la capital, revisaría el estatuto de aquellos obreros especializados.

Ser generosa... Akhesa descubría una nueva embriaguez. ¿La había ignorado su padre? ¿No habría olvidado que el sol de Atón debe penetrar en todas partes, tanto en las casas más humildes como en el corazón del templo más magnífico? La pobreza ofendía la mirada de Dios. Combatiría aquella plaga con el vigor de un cazador de fieras. No permitiría que uno solo de sus súbditos cayera en la miseria. Inflamada por el nuevo ideal, Akhesa se mostró indiferente a la calurosa acogida reservada a la pareja real en el palacio de la ciudad de Thot.

Abandonó su ensoñación al descubrir a un hombre cuya presencia le sorprendió: el embajador Hanis.

Su mera visión le produjo un temor cuya causa no podía explicarse. Apreciaba a aquel fiel aliado. ¿Por qué desconfiar de él? Inquieta, apenas saboreó los suculentos manjares que le fueron servidos. Aguardaba con impaciencia el fin del banquete. Hanis invitó a la pareja real a gozar de unos instantes de descanso, en una sala donde los masajistas se ocuparían de sus pies ungiendo de aceite sus tobillos. Tutankamón, agotado, dormitaba.

-Tengo que transmitiros una información importante -dijo, tenso, el embajador-. Conozco bien esta fábrica. Es una de las más activas del país, pero ya no pertenece al faraón, como tampoco las de Tebas o Menfis.

-¿Qué queréis decir? -se extrañó la gran esposa real.

Hanis caminaba de un lado a otro, irritado.

-El faraón ya no controla sus propias fábricas, Majestad. Quienes las dirigen han sido nombrados por Horemheb. Desde hace dos años, los ha ido colocando uno tras otro. Le obedecen a él, y él les colma de favores.

-¡Qué importa! -se inflamó Akhesa-. El rey los cambiará en cuanto estemos de regreso.

-Imposible, Majestad -deploró Hanis.

-Pero ¿por qué?

-Porque son competentes y pertenecen a las familias más prestigiosas del reino. Destituirlos provocaría un profundo descontento. Vuestros súbditos detestan las decisiones injustas, Majestad. Lo arbitrario destrozaría vuestra popularidad. El general ha procurado recurrir a personas de valor.

-¿Y en qué nos amenazan? -interrogó Tutankamón, ya despierto.

-Amenazados no es la palabra justa, Majestad. Se trata de influencia...

-Estoy cansado, Hanis. Que Horemheb reine sobre la fabricación del papiro no me importa. Haced que nos preparen el aposento.

El embajador se inclinó y se retiró, curioso y decepcionado. Tutankamón nunca sería un gran rey.

La embarcación real, acompañada por una numerosa flotilla, había puesto rumbo a Menfis, «la balanza de las Dos Tierras», la primera capital del Egipto unificado. El rey se sentía alegre y fogoso. Akhesa sucumbía con agrado a sus caricias, pero su espíritu se hallaba en otra parte. No había tenido tiempo de volver a ver a Hanis, que había regresado a Tebas. Sus revelaciones habían turbado la felicidad de la reina. El papiro... Controlar su producción y fabricación equivalía a dirigir la administración.

¿No estaría Horemheb colocando nuevos peones en el tablero del poder? Su gran paciencia le hacía mucho más temible.

Akhesa habría preferido interrumpir aquellas largas vacaciones, pero Tutankamón se opuso con desacostumbrada firmeza. Regresar a la corte, a los dignatarios y los imperativos de su cargo no le divertía. Prefería las jornadas sin horarios, los paseos por la campiña estival, los baños en el Nilo, la compañía constante de Akhesa, cuyo cuerpo dorado encerraba todavía insospechadas maravillas.

La visión de las tres pirámides de Gizeh apartó toda preocupación del pensamiento de Akhesa, subyugada por los gigantes de piedra que emergían del agua. Encarnando las colinas primordiales surgidas del océano en los orígenes, brillaban con mil fulgores debido a su revestimiento de caliza blanca, que reflejaba los rayos del sol con extraordinaria intensidad. Petrificadas luminarias iluminaban todo el país, difundiendo una energía celestial.

En el barco real, todos habían enmudecido. En las memorias resonaban las palabras de las arpistas, celebrando la perfección de los tiempos en que se construyeron las pirámides, se excavaron los canales para que circulara el agua de la vida y se plantaron árboles para los dioses.

Akhesa experimentaba una sensación de rebeldía. ¿Por qué los Artífices no edificaban ya monumentos tan espléndidos? ¿Por qué el Egipto del dios Amón y los sacerdotes tebanos había perdido el impulso del imperio antiguo, donde el rey-dios utilizaba la pirámide como una escalera hacia el cielo?

Fascinada, quiso permanecer más tiempo en aquel lugar cargado de fuerzas benéficas y ver todos los monumentos todavía accesibles. Arrastró a Tutankamón hacia los templos donde se momificaba a los reyes, recorrió con él los caminos que subían hacia las pirámides y las calzadas decoradas con relieves que narraban la vida cotidiana de sus antepasados, y penetró en el interior de los santuarios donde, gracias a los ritos, la muerte se transformaba en vida.

A cada tumba le estaban destinados unos sacerdotes, que se encargaban de celebrar el culto a la memoria del difunto. Cada día pronunciaban las palabras de resurrección y aportaban ofrendas al alma, que regresaba a la tierra bajo la forma de un pájaro antes de partir hacia la luz. A Akhesa le escandalizó el descaro de algunos de ellos y la degradación de una capilla erigida a Kheops. Tutankamón aplicó sanciones y convocó al Artífice de Menfis para que procediera sin dilación a los trabajos de restauración.

Finalizaba el estío, cuando un día, al amanecer, la pareja real se presentó en el alto templo de la gran pirámide de Kheops, el monumento más gigantesco que nunca hubiera edificado un faraón. Tutankamón no deseaba visitarla, de tanto como le impresionaba. Pero Akhesa había requerido ya la presencia del superior de los sacerdotes de la pirámide para que les guiara hasta la entrada del monumento, una pequeña abertura practicada en la cara norte, a una treintena de metros por encima del suelo. La pareja real fue izada con cuerdas para avanzar sobre los bloques de caliza perfectamente ajustados. Akhesa y Tutankamón se inclinaron y pasaron por un estrecho agujero practicado en la piedra para contornear un tapón de granito.

El superior de los sacerdotes, blandiendo una antorcha que no desprendía humo, les precedió por un corredor cuya pendiente se acentuó brutalmente. El pasillo se hizo tan pequeño que los visitantes tuvieron que avanzar inclinados, uno tras otro. Tras un largo y penoso descenso en el que el aire estuvo a punto de faltarles, llegaron a una vasta sala con suelo de tierra batida.

-Estáis en las entrañas de la tierra -indicó el superior de los sacerdotes-. El alma del faraón obtiene aquí la energía del reino de las tinieblas.

En el santuario reinaba una relajante frescura, que permitió a la pareja real recuperar el aliento antes de recorrer el pasillo en sentido inverso, para ascender hacia el punto de intersección con otro corredor que conducía a una vasta cámara vacía, en cuyo muro del fondo se abría una hornacina que representaba los peldaños de una escalera celeste.

A los visitantes les deslumbró el descubrimiento de la gran galería, un inmenso espacio de casi cincuenta metros de largo, que era necesario atravesar para llegar a la cámara funeraria. Dándose la mano, Akhesa y Tutankamón se recogieron ante el sarcófago del ilustre Kheops. Estaba vacío y no tenía tapa. El cuerpo momificado había sido enterrado en el sur de Egipto, pues la pirámide del norte estaba destinada a su ser de luz, invisible para los ojos de la carne.

La gran esposa se sintió frágil y muy ligera en el seno de aquella morada de eternidad que la abrumaba con su inhumana masa. ¿Tendría tiempo para mostrarse digna de los antiguos monarcas, para devolver a su país el impulso creador de la época de las pirámides? Tutankamón, advirtiendo el debate interior que le agitaba, la interrogó con la mirada.

-Regresamos a Tebas -anunció ella.

La crecida concluía y el nivel del agua bajaba, dejando aparecer las tierras enriquecidas por el limo nutricio. Para los campesinos, había llegado la hora de manejar las azadas, formadas por una única pieza de madera. La reja abría el pesado suelo empapado por la inundación. Los niños aplastaban con la mano los grandes terrones, mientras los sembradores arrojaban la semilla en los poco profundos surcos. En los grandes dominios se utilizaban arados tirados por vacas o bueyes. Esos mismos animales tenían la tarea de hundir con su pisoteo los granos en la tierra.

Una muchedumbre de cortesanos aguardaba a la pareja real en el embarcadero principal de Tebas. El séquito del «divino padre» Ay se encargó de transportarles en silla de mano hasta una de las mansiones del viejo dignatario, situada en el centro de la capital. Había querido ser el primero en recibir a los soberanos tras su larga ausencia. Las calles de la ciudad de Amón estaban llenas de carros, de mercaderes y de ociosos. Se circulaba en todas direcciones, y todas las razas de la tierra se mezclaban en ellas. El cortejo oficial se abrió paso con gran trabajo, pese a las enérgicas intervenciones de los soldados encargados de su seguridad. Akhesa añoraba las amplias y soleadas avenidas de la ciudad del sol.

En la planta baja de la casa del «divino padre», los jefes de equipo apostrofaban a los panaderos, que tamizaban y machacaban el grano, pidiéndoles que se apresuraran a preparar panes y pasteles. Los carniceros transportaban grandes porciones de carne a la cocina, instalada en el terrado para que los olores fueran barridos por el viento. El intendente condujo a la pareja real hacia el despacho del dueño de la casa, en el primer piso. Estaba iluminado por tres ventanas que daban a un jardín interior, en el que había un estanque rectangular rodeado de tamariscos.

Ay se inclinó ante el rey y la reina, y a continuación despidió a los escribas, a quienes estaba dictando unos informes. El viejo cortesano parecía cansado y deprimido. Sus arrugas se habían hecho más profundas. Agotadas las fórmulas de cortesía y servida ya una colación, los invitados se sentaron en sillas de madera dorada.

-Me ha golpeado una gran desgracia -reveló el «divino padre»-. El alma de mi esposa, la nodriza Ti, ha abandonado su cuerpo para dirigirse a los paraísos de occidente. La momia fue depositada en la tumba hace quince días. Sigo trabajando. Estudiar expedientes es, sin duda, el mejor modo de luchar contra la pesadumbre. La situación económica lo exigía.

Tutankamón no supo qué decir. Tras aquellas encantadoras jornadas pasadas lejos de Tebas, se veía brutalmente sumido en una atmósfera dramática en la que se sentía desarmado.

-No hemos recibido ningún correo vuestro -observó Akhesa.

-Mi dolor sólo a mí me concierne, Majestad. Por lo que al país se refiere, nada inquietante ha ocurrido. Al menos en apariencia.

-Explicaos -exigió Akhesa.

El «divino padre» hablaba con lentitud.

-Las tierras más ricas de la provincia tebana pertenecen a los sacerdotes de Karnak y a los templos infeudados. La explotación de la mayor parte de ellos ha sido confiada a nuevos aparceros con el encargo de hacerlas producir más.

-¿Era necesario? -interrogó el rey.

-Sin duda no -estimó el «divino padre»-. El procedimiento no es ilegal. Los contratos se han formalizado correctamente con técnicos que ya obtendrán este año excelentes resultados.

-¿Y por qué os inquieta su nombramiento?

-Una rápida investigación me ha informado de que todos estaban al servicio del general Horemheb o de su esposa. Eso significa que se convierten, con la anuencia del clero, en los mayores terratenientes del país.

La primavera comenzaba a ser radiante. La crecida provocada por Tutankamón había irrigado tan bien la tierra amada por los dioses, que la cosecha, según los Anales de los escribas, que se remontaba a más de mil años, sería una de las más abundantes de la historia de Egipto. En los campos, los campesinos pronto segarían con sus hoces el trigo y la cebada. Largas hileras de asnos con pesadas gavillas encerradas en redes se dirigirían a las eras, donde el grano sería aventado, tamizado y limpiado antes de llenar los graneros reales, que ese año ascenderían hasta el cielo.

La tierra negra era tan fértil que nutriría a todos sus hijos. La gran fiesta de primavera podría celebrarse con gran regocijo, puesto que nadie sufriría hambre. La fama de Tutankamón no dejaba de crecer. Los banquetes sucedían a las recepciones, la cacerías a los paseos en barca. El rey promulgaba decretos en favor de los campesinos, los soldados y los sacerdotes de diversos templos, ganándose así la simpatía de los humildes. Su reinado prometía ser feliz e ilustre. Tenía ante sí varios decenios para marcar Egipto con su huella.

Akhesa había salido de palacio antes del amanecer, sin avisar a su sirvienta nubia. Aquella escapada le recordaba su fuga de muchacha, en la ciudad del sol. Libre y conquistadora, había desafiado a la policía de su padre y obtenido su primera victoria. ¡Había soñado tanto con ser reina! Cumplido su deseo, ya sólo le quedaba el peso del poder.

Akhesa se quitó el manto. Los rayos del sol ya calentaban. Había rogado a Atón, cantando en voz baja el himno compuesto por su padre. Pensaba en él cada día y cada noche. Vivía en ella, atento y paciente, pero hacer oír de nuevo su voz resultaría imposible si la trampa tendida por Horemheb se cerraba sobre la pareja reinante. La gran esposa real, vestida, como una simple campesina, con una túnica sin mangas, había citado bajo el sicómoro al mejor amigo de Tutankamón, al superintendente del Tesoro, Maya, para obtener una información capital.

Éste se reunió con ella a la hora prevista, cuando el sol llegaba a la mitad de su carrera hacia la cima del cielo. ¿Quién habría podido reconocer al ilustre Maya, con los cabellos rapados, el cuerpo polvoriento y los pies desnudos? Parecía un trabajador agrícola cualquiera.

-Nadie me ha seguido, Majestad. ¿Puedo seguir llamándoos Hermana?

-Formamos parte de la misma comunidad, Hermano, aunque no sintamos gran afecto el uno por el otro. Aquí podemos hablar. No nos traicionará ningún oído indiscreto.

-Cosa que no sucede en palacio y por la cual he preferido veros aquí. Una audiencia oficial habría intrigado a los fieles de Horemheb.

En el cinturón de su burdo taparrabos de piel de cordero, Maya había colgado una calabaza de agua fresca. Ofreció a la reina y, luego, apagó su sed.

-¿Se han confirmado vuestras sospechas? -preguntó Akhesa-. ¿Ha hecho Horemheb entrar en Egipto monedas fabricadas por los extranjeros?

-Ha renunciado a tan odioso proyecto al tomar conciencia de que arruinaría nuestra economía. El día en que esas malditas monedas mancillen nuestro país, provocarán envidias, querellas y guerra civil allí donde circulen.

Akhesa exhaló un suspiro de alivio.

-No os alegréis tan pronto, Hermana. Horemheb sigue siendo un estratega de genio. Todas nuestras transacciones comerciales se efectúan por medio de intercambios de géneros, en función de un valor abstracto de referencia...

-Que vos debéis fijar como superintendente del Tesoro -precisó la reina.

-Exacto -reconoció Maya-. Pero yo no controlo el volumen del trono. Horemheb, sí. Por medio de los altos funcionarios, incluidos los de mi propia administración, domina el conjunto de la economía. Con algunas órdenes precisas, puede paralizarla sin dejar huella escrita.

-¿Y por qué iba a actuar así? ¿Qué interés puede tener en arruinar su propio país?

-Sería por un período de tiempo muy corto... Tras haber tomado el poder con el apoyo del clero de Tebas, acusaría a Tutankamón de desidia y haría resurgir la prosperidad como por milagro, restableciendo la circulación de los productos. Tenéis que rendiros a la evidencia, Majestad: estáis en el trono, pero es el general Horemheb quien reina.

En aquella mañana de abril, el pueblo de Tebas despertó al son de trompetas, tocadas por un centenar de militares. Una considerable muchedumbre, contenida por los cordones de soldados armados, se apiñaba para asistir al desfile militar que ofrecía el general Horemheb en el atrio del templo de Karnak. Allí se habían reunido los jefes de los principales cuerpos del ejército y las tropas de élite. Éstas desfilaron ante Horemheb, de pie en una plataforma protegida del sol. El general llevaba una coraza de oro y plata, obra maestra de un artesano del templo de Amón.

El pueblo estaba encantado de contemplar la prestancia de los soldados que debían protegerle. Agradecía a Horemheb que hubiera hecho plantar tiendas donde, al finalizar la ceremonia, se distribuiría pan y cerveza. Un solo oficial no compartía la alegría común: Nakhtmin, teórico jefe del ejército, al que el general Horemheb había olvidado avisar. Loco de rabia, corrió al palacio real, donde fue recibido por la gran esposa real. Salió algunos minutos más tarde del despacho del faraón, con una convocatoria que se apresuró a llevar personalmente al general.

Horemheb fue recibido en la sala del trono, sin la presencia de cortesanos. El rey y la reina estaban solos, coronados y con las vestiduras oficiales. El faraón mantenía sobre el pecho su cetro de mando. Una ligera sonrisa flotaba en los labios de Akhesa. El paso en falso que estaba esperando acababa de darse.

-General Horemheb -atacó el faraón, olvidando las fórmulas protocolarias-, ¿qué significa esa demostración de fuerza? ¿Por qué no se ha advertido al jefe del ejército, dejándome así en una insoportable ignorancia?

Horemheb se expresó suavemente, en un tono condescendiente.

-El asunto era demasiado urgente, Majestad. Intenté avisar a Nakhtmin, pero pasa tan poco tiempo en su despacho... Las malas lenguas dicen que prefiere la caza a la administración. Tuve que encargarme yo mismo de reclutar inmediatamente tropas de élite.

-¿Por qué razón?

-Nos marchamos de inmediato a Siria. Un destacamento hitita acaba de apoderarse de uno de nuestros fortines. Es imposible no responder a semejante agresión.

Akhesa, sin dejar de mirar al general Horemheb, tendió al rey un papiro desenrollado.

-Vuestra versión de los hechos no corresponde al informe que me ha ofrecido el embajador Hanis, en misión desde hace varias semanas en aquella región. Tiene orden de comunicarme el menor trastorno. Y no sólo no me indica nada alarmante, sino que advierte, además, una deferencia cada vez más profunda de los hititas hacia el trono de Egipto. El faraón reina, general, parece que lo habéis olvidado.

-¿Significa eso, Majestad, que aplazáis mi intervención en Siria?

El general contaba con esta expedición para poner fin a su estrategia, asegurándose la cooperación de los oficiales con vistas a una pacífica toma del poder, cuya fecha se fijaría más tarde. Sólo una campaña lejos de Egipto habría favorecido fructuosas entrevistas al abrigo de las miradas de Nakhtmin y de los fieles a Tutankamón.

-Significa que se anula, general. En adelante, recibiréis las órdenes directamente de mí. Me mostraré indulgente debido a vuestra absoluta fidelidad a la corona, pero no toleraré otra falta.

-¿Lo habéis pensado bien, Majestad? Creo que...

-¡Basta, general!

-Tal vez lamentéis muy pronto esta decisión, Majestad, pero obedeceré.

Antes de volverse y salir de la sala, Horemheb dejó de mirar al rey. Sus ojos se dirigieron a la gran esposa real, que seguía sonriendo.

Akhesa triunfaba.

30

Los primeros curiosos invadieron el gran mercado de Tebas, en cuanto los puestos de frutas y legumbres instalados en los bordes, junto al templo de Karnak, abrieron sus puertas. Pescaderías, triperías y carnicerías les siguieron. No sólo se iba a comprar, sino también a husmear, a mirar, a escuchar y, sobre todo, a hablar. Discutir los precios y conseguir un trueque en buenas condiciones requería largas y sutiles discusiones, de las que las mujeres experimentadas salían por lo general victoriosas. Sólo algunos comerciantes privilegiados conseguían hacerles frente.

Todos alababan la calidad de sus productos, los más hermosos y baratos de Egipto. Tebas, la opulenta, no vacilaba en exponer sus géneros en lienzos blancos extendidos en el suelo. Trigo, cebada, dátiles, higos, especies, pepinos, cebollas, puerros, habas y otros alimentos abundaban.

Pero, aquella mañana, sólo se pudo servir a los primeros clientes. Los incidentes se iniciaron con un altercado entre el más importante vendedor de higos y una madre de familia. El comerciante había abofeteado a su hijo, al descubrirle comiéndose un higo sin haberlo pagado.

Una brutalidad imperdonable, que el hombre justificaba por la escasez de los frutos. Luego, un vendedor de legumbres estuvo a punto de llegar a las manos con el intendente de una gran villa, cuando exigió cinco abanicos y diez copas a cambio de un manojo de puerros. Por fin, una refriega estalló en pleno centro del mercado, cuando los mercaderes confesaron que no habían sido aprovisionados y que los barcos de mercancías habían llegado a Tebas vacíos.

Intervino la policía y restableció el orden a bastonazos.

La cólera del pueblo rugió en los arrabales. Graves acontecimientos habían debido de producirse en el Norte. Si los hititas habían invadido el Delta, tal vez hubieran conseguido interrumpir la circulación por el Nilo. Rumores no menos alarmistas afirmaban que las reservas de productos alimenticios habían sido tan mal administradas que se aproximaba una hambruna.

Fuera cual fuese la verdad, había un único responsable: el faraón.

Akhesa no se calmaba. Horemheb había puesto en práctica sus amenazas, provocando una penuria artificial. Deseaba obligar al faraón a negociar con él y a reconocer su poder oculto. Tutankamón estaba dispuesto a ceder, pero la gran esposa real se lo desaconsejaba vigorosamente. Hacerlo suponía abdicar.

El rey estaba desesperado, sin encontrar medio alguno de actuar. Sus partidarios no podían proporcionarle una ayuda eficaz. Huy vigilaba la extracción del oro en las minas de Nubia. Hanis proseguía su importante misión en Asia. Nakhtmin había abandonado el ejército a Horemheb, prefiriendo una existencia de lujo y placer a una lucha desigual.

-¿Y Maya? -se interrogó la reina-. ¿Por qué tu fiel ministro de Finanzas permanece silencioso? ¿Por qué es incapaz de controlar su administración?

-No lo comprendo -confesó Tutankamón-. Nuestras últimas conversaciones fueron muy frías. A Maya no le gusta la tarea que le he confiado.

Un sombrío pensamiento dominaba a Akhesa, y debía averiguar enseguida si tenía fundamento. La suerte del reino dependía de su investigación. Le quedaba muy poco tiempo antes del inevitable estallido de graves tumultos en las ciudades donde el alimento estaba racionado.

Maya, amigo y confidente del rey, Artífice de todas las obras del faraón y superintendente del Tesoro había desaparecido. Sus colaboradores ignoraban dónde estaba y, no habiendo recibido ninguna instrucción particular, continuaban con los asuntos corrientes. Los criados de la villa oficial atribuida a Maya tampoco sabían más. La reina hizo hablar largo rato a Tutankamón sobre las costumbres de su amigo Maya, su familia, sus íntimos. Había un personaje que parecía omnipresente: un maestro artesano, calderero de profesión, cuyo taller se hallaba al norte del templo de Mut.

Akhesa no podía utilizar los servicios de la policía antes de haber verificado su hipótesis. A la hora en que abandonaba el palacio con sus dos lebreles, Carnero y Toro, se declaraban las huelgas de los tejedores de los barrios populares, que no habían recibido sus raciones desde hacía tres días.

Encerrado en su lujosa villa a orillas del Nilo, el general Horemheb jugaba al ajedrez con su esposa.

La diosa Mut, «la Madre», ocupaba un vasto dominio sagrado al oeste del gran templo de Amón en Karnak. En el centro de su recinto, un lago sagrado simbolizaba la matriz de la que nacían las múltiples formas de la creación. Más allá del muro que ocultaba a los profanos los misterios rituales, se extendía una zona verdeante. Palmeras, jardines y campos cultivados formaban una densa red sin camino aparente. A lo lejos se escuchaba el característico ruido de mazos golpeando el metal.

Akhesa confió en sus lebreles, que la guiaron por la maraña vegetal. Prudentes, con el oído al acecho, avanzaron lentamente. Muy pronto, la reina vio unas barracas de madera que servían de talleres a un centenar de caldereros. Jóvenes y viejos trabajaban entremezclados, pero todos tenían rasgos comunes: gruesos músculos, rostro pesado, manos callosas. Unos fabricaban recipientes de cobre, otros los reparaban o alisaban las abolladuras. Las llamas ascendían de los múltiples hogares construidos con círculos de piedra donde ardía el carbón vegetal. Los sopladores realizaban el trabajo más penoso, produciendo el grado de calor que los caldereros necesitaban por medio de un fuelle de piel de cabra.

El trabajo se detuvo en cuanto uno de los aprendices advirtió la presencia de una mujer acompañada por dos perros que gruñían y enseñaban los colmillos. Akhesa, vestida con una túnica corta y sin mangas, llevaba brazaletes en las muñecas y en los tobillos que dejaban adivinar su origen noble. Su belleza impresionó a los artesanos, poco acostumbrados a ese tipo de visitas.

Precedida por Carnero y Toro, Akhesa avanzó hacia el grupo de caldereros que empuñaban mazos de madera, martillos de cobre o estacas de madera. Formando un grupo compacto, estaban dispuestos a defenderse del agresor.

Akhesa se detuvo a pocos metros de los obreros.

-¿Teméis acaso a una mujer y dos perros?

Se levantaron unos murmullos. Algunos hombres se apartaron, otros arrojaron sus instrumentos. Akhesa ordenó a los lebreles que se tendieran. Con los ojos clavados en su dueña, obedecieron. Un coloso salió del grupo e interpeló a la reina.

-¿Quién sois?

-No importa. Quiero hablar con Pahor el Viejo.

-¿El patrón? Está en el taller, allí...

Sin vacilar, Akhesa atravesó las hileras de caldereros y penetró en la cabaña donde un hombre de edad, con la piel ajada, agrandaba la contera metálica de un fuelle. Inclinado sobre una hoguera, dirigió una mirada sesgada a la intrusa.

-Nada de mujeres aquí -declaró roncamente-. El reglamento lo prohíbe.

-No me concierne.

-¿Por qué, hermosa mía?

-Porque soy la gran esposa real.

Pahor el Viejo soltó el fuelle, que cayó al suelo con blando ruido.

-¿Os burláis de mí?

-Aquí está mi sello.

Akhesa se quitó un anillo en forma de escarabeo, cuyo vientre llevaba grabados su nombre y sus títulos. Pahor el Viejo, que sabía leer, examinó largo rato el objeto. Estupefacto, se prosternó ante la reina.

-Majestad, ¿por qué...?

-Olvidemos el protocolo. Tengo mucha prisa. Deseo que me indiquéis dónde está vuestro amigo y mi superintendente de Finanzas, Maya.

El rostro del maestro calderero se contrajo.

-Maya ya no es mi amigo y nunca volveré a verle. Como si lo ignorarais.

Ahora fue Akhesa la que se sorprendió.

-Lo ignoro, en efecto.

-No os burléis de mí, Majestad -masculló el calderero, recogiendo el fuelle y comenzando de nuevo a trabajar.

Akhesa asió la muñeca de Pahor el Viejo.

-No pongáis en duda la palabra de la gran esposa real. Quiero la Verdad.

El viejo artesano quedó subyugado por la autoridad de aquella reina de veinte años. Jamás había tratado con los grandes personajes de la corte, detestaba sus maneras ampulosas y su afición a las modas complicadas. Pero esta soberana pertenecía a otra raza, la de los verdaderos jefes que no necesitan artificio alguno para imponerse.

-Maya ha olvidado sus orígenes -confesó Pahor el Viejo, con la cabeza gacha-. Ha renegado de la cofradía donde fuimos educados. Prefiere la compañía de los nobles a la de los humildes.

La revelación sorprendió a Akhesa, que creía conocer mejor al Artífice. Sin embargo, no era el primero que sucumbía a los hechizos de un prodigioso ascenso social. ¿Acaso el comandante Nakhtmin no había sido, como Maya, incapaz de permanecer fiel a sí mismo?

-Pero ¿por qué ha desaparecido? -insistió Akhesa.

-Ignoro dónde está, os lo juro por la vida del faraón.

Akhesa trabajó varias horas en compañía del «divino padre» Ay, muy afectado por la desaparición de su mujer. Su inteligencia se había aletargado. Parecía que los asuntos del reino le concernieran cada vez menos. Pero la reina necesitaba todavía de su experiencia para no extraviarse en los dédalos de los ministerios.

Ay le ayudó a redactar un decreto, ordenando a los responsables de los graneros tebanos que los vaciaran y repartieran las existencias entre la población, de acuerdo con cuotas diarias. La decisión era peligrosa. Si la próxima crecida resultaba insuficiente o excesiva, y acarreaba una mala cosecha, no se dispondría de reserva alguna. Pero Akhesa no titubeó.

Cruel fue su decepción cuando Ay, dos días más tarde, le anunció la mala noticia: el contenido de los graneros se había agusanado. La producción de los huertos pronto sería insuficiente para alimentar a los ciudadanos. El precio de las legumbres, las frutas y las carnes había aumentado hasta el punto de que eran inaccesibles para la mayoría de los egipcios. Promulgar requisas sería un remedio peor que la enfermedad. Las corporaciones estaban muy apegadas a sus privilegios.

Los emisarios del faraón se dirigieron a toda prisa a las principales ciudades egipcias, portando órdenes que deberían ejecutarse con toda prioridad: vaciar graneros y almacenes del Estado y encaminar las vitales provisiones a todas partes donde la población careciera de ellas. Los funcionarios fueron incapaces de ejecutarlas: la mayoría de los barcos mercantes habían sido inmovilizados por el ejército con vistas a una expedición hacia el Norte. Un gigantesco embotellamiento marítimo se había producido en el puerto comercial de Menfis, provocando varios incidentes.

Sería necesaria una larga investigación administrativa para averiguar quiénes eran los responsables de aquel desastre, suponiendo que llegara a buen fin. Akhesa y Tutankamón se daban cuenta, hora tras hora, de que sus directrices eran papel mojado, detenidas por un mecanismo del que no eran dueños.

Los escaparates de los comerciantes estaban casi vacíos. Cada mañana se formaban colas a la entrada de los mercados. Las conversaciones inquietas habían reemplazado a las alegres chácharas. La policía intervenía para que las escasas provisiones se repartieran con equidad. Quejas y protestas se hacían cada vez más vehementes.

Las fuerzas del orden temían un motín. Resurgían los espectros del pasado. Profetas de la desgracia recordaban los tiempos malditos en que los pobres, víctimas del hambre, desvalijaban las moradas de los ricos, en que las nobles damas vagabundeaban harapientas por las calles, en que los bandidos devastaban las tumbas de los reyes.

-Hay que recurrir a Horemheb -imploró Tutankamón, desamparado.

-Sería el final de tu reinado -repuso Akhesa-. Sigamos luchando. El bloqueo marítimo no durará ya mucho. Tengo una idea para calmar al pueblo de Tebas.

Cuando la silla de mano de la gran esposa real apareció en pleno mercado principal de Tebas, se hizo enseguida el silencio. El pueblo la reconoció por su alta corona, su collar de oro y su vestido blanco de gala. Calzada con sandalias doradas, Akhesa se dirigió a las ancianas que tenían los cestos vacíos.

-La verdad habla por mi boca -declaró con firmeza-. No faltan alimentos, pero la administración pública tiene dificultades para asegurar el transporte. No hay hambruna. El faraón no permitirá que la desgracia mancille nuestro país. Sed pacientes. Que vuestro corazón sea grande y vuestra alma apacible.

Akhesa subió de nuevo a la silla de mano. Cuando las amas de casa, llenas de orgullo por haber sido las interlocutoras de la gran esposa real, comenzaron a transmitir a su alrededor aquellas declaraciones, una miríada de servidores colocaron en el suelo un gran número de telas y vestiduras.

Primero, nadie osó acercarse. Luego, una de las ancianas tomó una túnica, la apretó contra su pecho y se fue sin que los guardas de palacio la importunaran.

Entonces se produjo una avalancha. En pocos momentos, los suntuosos regalos de la reina, confeccionados gracias a la habilidad de los tejedores y las hiladoras del colegio de Sais, fueron propiedad de los humildes de Tebas.

-Los sacerdotes de Amón están furiosos -dijo el «divino padre» a Akhesa-. Os acusan de haber dilapidado las telas sagradas destinadas a los templos.

-Me importa muy poco. ¿Se han confirmado mis sospechas?

Hacía una decena de horas que la reina trabajaba con el «divino padre». Aun al límite de sus fuerzas, el anciano quería ayudar a la gran esposa real en sus investigaciones. Su conocimiento de los expedientes más complejos resultó precioso.

-Sí, Majestad, Maya fue quien puso su sello en los documentos que desorganizaron la flota. Eso significa que...

-Que es el aliado de Horemheb y que traiciona a Tutankamón.

-Habría debido ser más circunspecto -reconoció el «divino padre»-, pero la muerte de mi mujer...

Akhesa contempló al anciano con compasión. Deseaba liberarse de un peso que llevaba en la conciencia, y ella le alentó con una sonrisa.

-En mi posición -explicó incómodo-, es útil conocer el modo de vida de los más altos personajes del Estado. Por ello estoy obligado a hacer que vigilen sus vidas. Un hecho, abrumador para Maya, fue indicado en los informes que no he leído hasta hoy... el superintendente del Tesoro visitó tres veces al general Horemheb, entrada la noche y sin escolta.

¡Maya era un hipócrita abominable! Akhesa se sentía aterrada. No le hubiera creído capaz de tal fechoría. ¿Cómo anunciarle al rey que su mejor amigo trabajaba para destruirle? ¿Cómo decirle que Maya, cometidas sus fechorías, se ocultaba en espera de que Horemheb tomara el poder?

La mayor confusión reinaba en palacio. Escanciadores, intendentes y médicos corrían en todas direcciones. Tutankamón había sido víctima de una indisposición. También los ministros estaban presentes. Akhesa les apartó para penetrar en la alcoba donde permanecía acostado el rey.

Con los ojos cerrados, Tutankamón deliraba. Un servidor mantenía sobre su frente un lienzo con esencias perfumadas. El jefe de los médicos preparaba una poción.

-¿Cómo ha sucedido? -preguntó ella.

-El rey ha sufrido una fuerte contrariedad a consecuencia de una mala noticia y se ha desvanecido. Tengo el remedio para curarle, pero primero debe descansar.

-¿Qué noticia?

-La muerte del virrey de Nubia, Huy. Cayó en una emboscada cuando inspeccionaba una mina de oro donde habían estallado algunos disturbios. Su cuerpo será repatriado enseguida. Se le momificará en Asuán.

Los aposentos reales estaban desiertos. Akhesa había despedido al personal de palacio. Tutankamón dormía. Quería estar sola.

Agotada, e incapaz de conciliar el sueño desde hacía dos noches, la gran esposa real ni siquiera tenía ganas de alimentarse. El mundo se derrumbaba a su alrededor. Egipto, su Egipto, había caído en manos del general Horemheb. Ella no había sabido prever su acción e imponer el poder de su marido. Luchar más sería una locura. Los sufrimientos del pueblo se harían intolerables.

Era, pues, necesario convocar a Horemheb y anunciarle su nombramiento oficial como regente del reino. La carta solicitándole que acudiera a palacio a la mañana siguiente le sería entregada cuando saliera el sol. Entonces, el reinado de Tutankamón habría terminado, aunque siguiera siendo por algún tiempo el faraón legítimo. Se vería obligado a asociar al trono al general y a delegar en él la capacidad de decisión. Cuando lo considerara oportuno, Horemheb se haría coronar con el apoyo de los grandes sacerdotes de Amón.

Akhesa lloró de rabia. Había fracasado. Lo más doloroso era arrastrar a Tutankamón en su caída. Hubiera merecido ser feliz, conocer un reinado apacible, tener un heredero para sucederle. Pero los dioses habían elegido para él otro destino.

El destino... Como encarnación de Isis, la gran hechicera, ¿no tenía ella el poder de modificarlo? Demasiado tarde, había subestimado a Horemheb. Su función de reina la había embriagado hasta hacerle perder la lucidez. Había vivido en una falsa tranquilidad. No tenía a su alrededor ningún consejero de valor para ponerla en guardia, para inspirarle una estrategia susceptible de contrarrestar los manejos del general.

Era indigno de ella echar sobre otros la responsabilidad. Una reina de Egipto no tenía derecho a ser débil. Le habría gustado compartir con Tutankamón aquella postrera noche de reinado. Pero el alma del rey bogaba por los espacios subterráneos del sueño. Sola... Se enfrentaría sola a la prueba que destrozaba sus sueños. Habría debido odiar a Horemheb, lanzar contra él mil maleficios. Pero su peor enemigo le inspiraba otros sentimientos, un sentimiento que ya no se atrevía a nombrar a aquella hora, cuando los rayos del sol poniente señalaban el final de su aventura.

¡Tenía todavía tanta fuerza, tanta fe en Atón! ¿Por qué inclinarse ante aquel general inteligente y ambicioso? ¿Por qué renunciar a la naturaleza real que era el centro de su ser y le daba su razón de vivir? Sintió deseos de gritar a las estrellas, de implorar a la tierra nutricia, de pedirle ayuda al viento. ¿Quién, aparte del cosmos, podía acudir en su ayuda?

Ciertamente, no pasaría aquella última noche de reinado en un palacio vacío y ya hostil. Desde su niñez, Akhesa había apaciguado con frecuencia sus tormentos alzando la mirada al cielo. Sólo había un lugar donde podría conocer la felicidad de existir: la cima tebana, sumida en la noche y la soledad.

La luz solar iluminaba el estrecho sendero que conducía a la cumbre. La gran esposa real caminaba lentamente, saboreando cada uno de sus pasos. Pronto se hallaría ante el cuerpo luminoso del universo, en las puertas estrelladas por las que pasaba la vida divina para crear la existencia terrestre. Olvidaría el tiempo, aboliría el pasado, oraría a la diosa de ojos de lapislázuli que se extendía sobre Egipto, y ella la cubriría con su amor, envolviéndola en un perfume de eternidad.

En la cumbre, ambición y poder habrían desaparecido. Frente a sí misma, frente al tenebroso vacío de su porvenir, ¿tendría valor para seguir viviendo, para participar en la caída de Tutankamón y desposarse con el nuevo faraón, Horemheb?

Akhesa se quitó las sandalias. Sentir el contacto de la arena le provocó una oleada de goce, la sensación de una juventud indestructible. Corrió, escalando sin trabajo la pendiente. La suavidad de la noche hizo que gotas de plateado sudor se deslizaran por su piel dorada. Se quitó el vestido de lino y, desnuda, recorrió los últimos metros que la separaban del pequeño oratorio construido en la cumbre de la montaña, a cuyos pies habían excavado valles de tumbas.

Súbitamente helada, Akhesa se detuvo al borde del abismo.

Sentado en un banco de piedra, un hombre la contemplaba. Era Maya, el felón.

31

Akhesa no intentó ocultar la menor parte de su cuerpo. Se sentía demasiado estupefacta. ¡De modo que el hombre que había traicionado a su rey y merecido mil castigos no había abandonado Tebas!

-No temáis nada -le dijo él-. Deberíais poneros el vestido, Majestad. En la cima sopla un viento frío.

-¿Cómo os atrevéis a dirigirme la palabra?

Habría debido sentir miedo y huir, intentar escapar. Pero el furor la dominaba. Puesto que había perdido el poder, le haría pagar su felonía. Ebria de rabia, se arrojó contra él.

Maya la asió de las muñecas, inmovilizándola.

-Os equivocáis, Majestad. Formamos parte de la misma cofradía. ¡Deberíais saber que la mentira no está tolerada!

La reina intentó en vano debatirse. El puño del Artífice la mantenía quieta.

-Perdonad mi comportamiento y prometed escucharme. ¡No disponéis de las informaciones necesarias para comprender mi actitud!

-¡Hablad pues! -aceptó ella.

Maya se relajó. Akhesa recogió su vestido, mancillado de polvo, y se lo puso apresuradamente. Tenía frío. Él se sentó de nuevo; ella permaneció de pie.

-He tenido conocimiento de vuestras gestiones -reveló Maya-. Mi amigo Pahor el Viejo os explicó la historia que yo mismo hice correr. No había otro medio de convencer al general Horemheb de mi traición. Está convencido de que me oculto y espero su advenimiento. El rey y vos también. Por ello he podido actuar sin temor a que vuestras lenguas se desataran demasiado pronto.

-¿Significa eso que nos habéis engañado desde hace varios meses?

-No a vos, Majestad, sino a Horemheb. Es prudente. Una simple declaración de pleitesía no le hubiera bastado para depositar su confianza en mí. He tenido que darle pruebas, firmar documentos que él ideaba para preparar un bloqueo económico y apretarle el cuello al rey.

Akhesa seguía desconfiando. No era habitual en Maya hablar tanto. ¿Tantas explicaciones no ocultarían una verdad distinta? ¿No estaría intentando engañarla?

-Ya veo que os cuesta creerme -observó él-. Avisé en secreto a los principales maestros del reino y les encargué la construcción de gran número de barcos. Nuestra flota mercante está inmovilizada o requisada, pero hay una de recambio cuya existencia ignoran Horemheb y los sacerdotes del rey. Dadle autorización para circular por el Nilo y transportar mercancías. En ocho días, todas las grandes ciudades de Egipto quedarán abastecidas. El general no podrá organizar otro bloqueo.

La noche era límpida y tranquila. La cumbre, azulada, erguía su inquietante masa en el corazón del silencio. Los espíritus de las tinieblas se deslizaban por el viento, gemían y se perdían en el interior de las grutas abiertas en los flancos del gigante adormecido.

-Nuestro país es la obra maestra de Dios, Majestad. Fulgura aun en ausencia del sol. Siento la presencia de los templos, de las piedras de eternidad que guiarán a las generaciones futuras por el camino de la sabiduría. El faraón, mi señor, heredó esta tierra amada por los dioses y nadie le despojará de ella. Horemheb me encontrará en su camino, y encontrará también a todos los artesanos del reino.

Maya hablaba con voz monótona. Poseía la inconmovible fuerza de la certidumbre. Acababa de salvar de la decadencia a la pareja real, pero Akhesa no se hacía ilusiones. Seguía siendo el amigo y el servidor de Tutankamón, no el suyo.

-Sabía que vendríais aquí -confesó Maya-. Os aguardaba. Sólo la cima podía arrancaros de la desesperación.

-¿Por qué no confiasteis en mí?

-Porque sois de la misma naturaleza que el general Horemheb, Majestad. El mismo fuego arde en vos. Yo quería salvar de la desgracia a Egipto, no a vos.

-Me conocéis mal, Maya. Jamás sacrificaré a mi pueblo en la lucha por el poder.

-También Horemheb me lo dijo. Y, sin embargo, no ha vacilado en extender el espectro de una hambruna para conseguir sus fines. Vuestro combate no es el de Tutankamón ni el mío. He ayudado a mi rey a conservar su trono. A vos os toca consolidarlo más aún. Si actuáis así, estaré a vuestro lado. Pero si os apartáis de ese camino, Hermana Akhesa, me convertiré en el más implacable de vuestros enemigos.

La reina y el Artífice pasaron el resto de la noche en silencio, disfrutando del grandioso paisaje que se les ofrecía. Cuando el cielo comenzó a enrojecer por oriente, Maya se levantó. Akhesa le siguió. Bajaron hasta la modesta casa del Artífice, custodiada por un aprendiz que permanecía tendido en una estera ante el umbral.

-Ve a buscarnos masa y leche -ordenó Maya.

El muchacho, feliz de servir al hombre venerado por todos los artesanos, partió corriendo.

Maya ofreció un taburete a la reina. Sentía la fatiga de aquella noche sin sueño. Las primeras horas del día eran frescas. El Artífice encendió un fuego en el hogar.

Levantó una de las esquinas de la tela que servía de techo para que el humo escapara. En un ángulo de la estancia, el horno de pan estaba listo para ser usado. Maya coció la masa que le trajo el aprendiz. La comida estuvo lista pronto.

-No he abandonado esta casa desde mi... desaparición -reveló el Artífice a la reina, que degustaba un pan redondo de dorada corteza-. Mis órdenes partieron de aquí.

Akhesa descubría las realidades subterráneas de un país que había creído gobernar. El palacio era un mundo artificial, replegado en sí mismo, inconsciente de las fuerzas que trabajaban para modelar su destino. Había interpretado los acontecimientos y se había equivocado sobre la naturaleza de los seres.

Akhesa se mordió los labios, furiosa contra sí misma. La victoria de Maya no era la suya. La derrota del general Horemheb no la engrandecía. El Artífice le demostraba su incapacidad para dirigir.

Frente a ella había una hornacina que contenía una estatuilla del dios Ptah, el patrón de los constructores. Protegía la mansión de insectos perjudiciales y recordaba el valor sagrado de cada acto cotidiano.

-¿Cuándo atracarán vuestros barcos en Tebas? -preguntó ella-. Dentro de tres días se celebra el gran mercado. Si está de nuevo vacío, podemos temer lo peor.

-Los decretos referentes a la circulación y la carga están listos. Sólo falta el sello real. Los correos partirán en cuanto haya sido colocado.

-¿Y si llegan demasiado tarde?

Maya colocó de nuevo en el horno una bola de pan.

-He actuado de acuerdo con la regla de nuestra cofradía. Vuestro destino y el mío están en manos de los dioses.

-¿Cuándo regresaréis a vuestra administración en Tebas?

-Cuando Vuestra Majestad lo decida. Sólo soy su servidor.

Los decretos fueron firmados aquella misma mañana. Los correos partieron enseguida hacia los grandes centros administrativos del país y los barcos construidos por los carpinteros de Maya salieron enseguida de los astilleros para ser cargados con productos alimenticios. Tebas sería abastecida prioritariamente: Horemheb se vería obligado a finalizar su bloqueo, levantando la requisa de los navíos mercantes. La prosperidad renacería en todo su esplendor. El general sufriría una dolorosa derrota, y Tutankamón aparecería ante los dignatarios como un auténtico monarca cuya autoridad no sería ya discutida.

Ése era el plan perfecto que Akhesa imaginaba. Pero había todavía imponderables... ¿Sería suficiente el número de nuevas embarcaciones? ¿Obedecerían los descargadores las órdenes sin rechistar? ¿Se habrían pasado todos los intendentes de los graneros reales al bando de Horemheb? ¿Llegarían a Tebas las primeras partidas de víveres antes del gran mercado?

Maya no había prometido nada. Había actuado a su modo, y ahora se retiraba de la implacable justa iniciada entre Akhesa y Horemheb. En opinión del Artífice, para quien sólo contaba la salvaguardia de su amigo Tutankamón, si las cosas funcionaban mal, la esposa real sería la única responsable.

Akhesa sintió deseos de aullar, de gritar su angustia. Todos olvidaban que tenía sólo veinte años. El rostro de su padre, de pie frente al sol divino cuyos rayos acogía en su corazón, llameó en su memoria. Ella lo sintió presente, a su lado, indiferente a las críticas. Aquella misión la tranquilizó. Tenía que prolongar y continuar su obra, aprovecharse de la tormenta para imponer de nuevo a Atón como el más alto valor sagrado del país.

Pero ¿no atracarían demasiado tarde los barcos de Maya?

A las seis de la mañana, el general Horemheb fue despertado por el intendente de su villa tebana, que llevaba un mensaje con el sello real. El sueño abandonó enseguida sus ojos. Olvidando saludar al sol y a las divinidades domésticas, se levantó de un salto y leyó con avidez la convocatoria. La leyó varias veces, cada vez más feliz.

Se acercaba el momento de su triunfo absoluto.

El general llamó al peluquero, al manicuro y al masajista. Este último relajó sus músculos e inundó su cuerpo de una agradable sensación de bienestar. Horemheb comió fruta y pan caliente, y bebió leche fresca con miel. Luego tomó un baño y se vistió suntuosamente, deseando aparecer con todo el fulgor de su riqueza y poder.

Poco después de las diez, un hombre seguro de sí, de refinada elegancia, entró en palacio. No se había apresurado, cuidando el menor detalle de su atavío. Lanzó una condescendiente mirada al jefe de protocolo, que le conducía a la sala del trono como si fuera ya su nuevo señor. Ante su sorpresa, el funcionario dobló a la derecha.

-¿Adónde vamos? -preguntó Horemheb.

-Al despacho de la gran esposa real.

Intrigado, el general fue introducido en una amplia estancia muy clara, llena de papiros enrollados y sellados. Sentada en una estera, como los escribas, Akhesa utilizaba su cálamo para redactar con mano segura un texto administrativo en columnas verticales.

La puerta se cerró tras Horemheb. La reina prosiguió su trabajo como si estuviera sola. Vestida con sencillez, hacía que el complicado atavío del general pareciera ridículo. Éste esperó algunos minutos, sonriendo. Luego, la irritación le dominó. La cortesía le imponía un silencio que a duras penas respetaba. No pudiendo más, se atrevió a cometer una grave descortesía tomando primero la palabra.

-Me habéis convocado, Majestad, y he venido. ¿Por qué este silencio?

La reina no levantó la cabeza.

-Habéis jugado un juego peligroso para nuestro país, general.

Horemheb se engalló.

-No admito esa acusación, yo no...

-No habéis dejado huella alguna, lo sé. Tenéis una enorme habilidad. Sin embargo, buscaré pruebas de vuestra perjudicial acción.

El general vaciló, pero comprendió enseguida que Akhesa libraba un combate de retaguardia. Intentaba humillarle por última vez antes de cederle el poder.

-¿Por qué no soy recibido por el faraón en la sala del trono?

-El rey descansa, y lo que tengo que deciros no precisa tan suntuoso marco. ¿Os parece mi despacho indigno de vos?

-Claro que no -protestó incómodo Horemheb-. Supongo que conocéis la gravedad de la situación económica.

-Creo conocer también al responsable.

El tono de la reina se había hecho cortante. Horemheb se sulfuró.

-¡Dejemos de jugar al gato y al ratón, Majestad! Estáis obligada a concederme la regencia. Sólo yo puedo devolver la prosperidad al país y evitar los disturbios. Sería criminal retrasarlo más. Tutankamón y vos seguiréis reinando..., al menos oficialmente y durante algún tiempo. Luego, el rey me dejará actuar solo. Vos, como gran esposa real, me designaréis como su sucesor legítimo. No os queda otra salida.

-Tenéis razón. Sancionaré a los funcionarios felones que tan mal han servido al rey. Nunca seréis regente del reino, general. Sufriréis la cólera del faraón.

Akhesa siguió escribiendo sin perder la calma.

-Es un desafío inútil -se burló el general-. Nuestra guerra ha terminado. Sabed aceptar vuestra derrota. Hoy, somos adversarios, pero mañana...

-Nunca seréis regente del reino -repitió la reina glacial-. Tutankamón es el único detentador del poder legítimo. Le amo y siempre estaré a su lado. Volved a vuestro palacio, general, y aguardad las órdenes del faraón. No toméis iniciativa alguna. He hecho abrir una investigación sobre vuestros manejos.

Atónito, Horemheb se acercó a la joven, dominándola con su estatura.

-¡Habéis perdido la cabeza, Majestad! ¿A qué esperáis? Todos saben que soy el verdadero dueño del país.

-Sin duda lo erais, general. Numerosos funcionarios serán trasladados en los próximos días y se nombrarán nuevos ministros.

Horemheb palideció. Akhesa estaba en el buen camino. Antes de atacar directamente al general, le privaría de sus principales aliados, disminuyendo poco a poco su influencia.

-Tenéis el tiempo en contra, Majestad.

-Dios me protegerá -declaró la reina, levantando por fin los ojos hacia su interlocutor-. Venceré.

Transcurrieron dos días. Tutankamón recobraba la salud gracias a un tratamiento de fumigaciones y esencias de plantas. Maya permanecía oculto en el pueblo de los artesanos. Horemheb se había encerrado en su villa, vigilada discretamente por la policía.

Akhesa, ayudada por el «divino padre» Ay, trabajaba sin descanso. Transformar la administración que Horemheb había puesto en marcha se revelaba una tarea difícil, casi imposible. No bastaba con desplazar algunos peones. Era necesario modificar un juego de sutiles relaciones entre los dignatarios, identificar a los que ejercían realmente algún poder. El «divino padre» ofreció a la reina su inestimable experiencia.

Ay estaba convencido de que fracasaría. Se enfrentaba con un monstruo de innumerables tentáculos, intentaba introducirse en un edificio de mil corredores, cuyo plano sólo conocía Horemheb. Tal vez lograra reducir su confianza y recuperar el dominio sobre algunos sectores de la economía, pero la empresa se anunciaba desesperada. Sin embargo, la ayudaría hasta el final. Desde la muerte de su mujer, el «divino padre» no tenía ambición alguna. El mundo de los vivos ya no le interesaba. Paso a paso, avanzaba hacia el reino de occidente, donde su espíritu abandonaría un cuerpo desgastado para emprender el viaje sin fin por los espacios celestiales.

Ay amaba a aquella joven reina, tan frágil y fuerte a la vez. Era de la raza de los conquistadores, que se olvidan de sí mismos para llevar hasta las últimas consecuencias su pasión. Al anciano le gustaba servirle de padre y de consejero, pese a estar convencido de que el combate con Horemheb lo tuviera perdido de antemano.

-Mañana se celebra el gran mercado de Tebas... -recordó-. ¿Tenéis noticias de vuestros barcos de transporte?

-Ninguna -respondió sombría Akhesa-, pero llegarán a tiempo.

-¡Que Amón os escuche, Majestad!

Tutankamón se unió a su mujer y al «divino padre» durante la cena. Hablaron poco, limitándose a alabar la calidad de los platos de carne y de pescado preparados por el cocinero del faraón.

Akhesa se preparaba para vivir una tercera noche de insomnio, cuando su sirvienta nubia la avisó de que un visitante, que no quería decir su nombre, solicitaba una audiencia inmediata.

-Descríbemelo -exigió la reina.

-Es un sacerdote. Lleva el cráneo rasurado y es viejo.

Pese a la desfavorable opinión del «divino padre», Akhesa recibió al religioso en su despacho. Tras haberse inclinado ante la gran esposa real, el mensajero le rogó que se dirigiera apresuradamente al templo de Karnak. El gran sacerdote de Amón, Primer Profeta del dios, deseaba tenerla a su lado para un asunto de la mayor importancia. Esperaba que la reina pudiese responder inmediatamente a su llamada.

Intrigada, Akhesa aceptó. Ciertamente, el sumo sacerdote era el más fiel aliado del general Horemheb. Pero ¿qué riesgo podía correr en el interior del templo? Nunca se había atentado allí contra la vida humana. ¿Le tenderían una trampa en su recorrido hasta el palacio de Karnak? Convocó a una escolta numerosa y bien armada.

El sol se había puesto cuando la gran esposa real entró en la morada del más alto dignatario religioso de Egipto, situada junto a un lago sagrado cuyas aguas eran movidas por el viento del norte.

El anciano de rostro severo y descarnado se encontraba tendido, con los brazos a lo largo del cuerpo y los ojos entornados. Una antorcha iluminaba débilmente la pequeña alcoba donde reposaba.

Akhesa supo enseguida que la rapaz muerte revoloteaba a su alrededor.

-Acercaos, Majestad -exigió el sacerdote con una voz grave que apenas temblaba-. Tomad una silla y venid junto a mí. Ya no tenéis nada que temer. Mañana habré dejado de existir. Sin embargo, antes de subir al bote del barquero, quería veros por última vez..., y deciros que, sin duda, me he equivocado.

Akhesa se arrodilló a la cabecera del moribundo.

-Atón y Amón... La guerra de los dioses... ¿Por qué hemos cometido semejante locura? Majestad, ¿conocéis el himno que recito cada mañana en honor de mi dios?... «Tú eres quien ha creado todas las cosas, el Único que crea lo que existe. De tus ojos han salido todos los humanos; de tu boca, las divinidades. Tú creas el forraje que alimenta el ganado y los árboles frutales para los hombres, tú haces que los peces vivan en el agua y los pájaros en el cielo, tú eres el único de numerosas manos...»

Akhesa contuvo sus lágrimas. ¿No era aquella la fiel transposición del himno a Atón compuesto por su padre? De modo que su mensaje había encontrado refugio en el santuario del dios al que había combatido y vencido. Amón asfixiaba a Atón, vaciándole de su substancia.

-Me he equivocado -afirmó el sumo sacerdote-. Intenté destrozaros porque os consideraba una intrigante ávida de poder, pero resististeis. Sois una reina.

La voz grave se hacía cada vez más débil.

-Es demasiado tarde..., demasiado tarde..., tanto para vos como para mí. Lamento mi acción, pero nadie podrá evitar las consecuencias. Intentaréis reinar... Si lo lográis, cread templos duraderos por el amor que sentirán hacia vos, haced felices a los ciudadanos y a los campesinos, pensad sólo en la voluntad de los dioses y en el bienestar del pueblo. Velad por la seguridad de las fronteras. No seáis partidista. No concedáis privilegios injustificados ni inflijáis castigos excesivos. Consolad a los que sufren, fortaleced vuestro país con la dulzura y el poderío.

Akhesa escuchó con veneración las palabras del moribundo.

-¿Por qué es demasiado tarde? -preguntó.

El sumo sacerdote volvió hacia ella unos ojos llenos de angustia.

-He actuado contra el faraón... No le creía capaz de gobernar el Doble País..., pero vos estáis a su lado, vos...

Su mirada se inmovilizó, y su cabeza se inclinó suavemente sobre el hombro izquierdo. El general Horemheb acababa de perder a su principal aliado.

En cuanto los primeros rayos del sol caldearon la tierra y disiparon la bruma que cubría el Nilo, los comerciantes plantaron sus puestos de madera y extendieron por él suelo amplios trozos de tela en los que se expondrían las mercancías. Risas y cantos habían abandonado un trabajo que se ejecutaba con más fiebre que entusiasmo. El gran mercado corría el riesgo de permanecer casi vacío. Esta vez, la población no tendría más paciencia. Agrediría primero a los mercaderes y, luego, a las fuerzas de la policía, Si el ejército se veía obligado a intervenir en pleno tumulto, se produciría una masacre.

En el templo de Karnak, los sacerdotes acababan de enterarse, por voz del Segundo Profeta, de la desaparición de su jefe. En el palacio, Tutankamón dormía.

Akhesa había subido a la terraza superior, desde la que dominaba la capital. El gran templo de Amón-Ra, protegido por una muralla, formaba una gigantesca ciudadela de lo sacro en el corazón de la ciudad. Las oriflamas rojas que adornaban la parte superior de los altos mástiles, erigidos ante los pilonos, bailaban en la brisa matinal. Tebas, ruidosa y animada de ordinario, estaba sumida en un inquietante silencio.

La reina divisó una vela blanca, una estela en el agua plateada. Su corazón latió más deprisa.

Se trataba sólo de un trasbordador que llevaba a algunos campesinos hacia la ribera occidental, cuya cima, brotada de las tinieblas, seguía velando sobre los templos y los barcos. Aquella jornada sería distinta de todas las demás. Akhesa se negaba a ver correr la sangre de su pueblo. En cuanto la cólera rugiera en la plaza del mercado, haría anunciar que el general Horemheb era nombrado regente por el faraón, para terminar con la penuria y la agitación. Aquella noticia bastaría para apaciguar los espíritus. A Tutankamón y a ella sólo les restaría encerrarse en palacio, aguardando el nombramiento de un nuevo sumo sacerdote de Amón y abandonando a Horemheb las riendas del Estado.

Akhesa se iba acostumbrando a Tebas. Jamás le gustaría tanto como la ciudad del sol, pero lograba domesticar su genio propio, descifrar sus alegrías y sus penas, moverse por el laberinto de sus callejas. Los faraones habían creado Tebas, y Tebas creaba faraones. Si conseguía fundar una nueva ciudad del sol, la reina no olvidaría la antigua capital. No intentaría destruir a Amón y sus templos, sino restringirlos al lugar que habían elegido.

Una nueva ciudad del sol... El sueño chocaba contra la voluntad del general Horemheb, contra su astucia y su ambición. ¿Cómo lograría sobrevivir tras su abdicación de hecho? ¿Bastaría el amor de Tutankamón para hacerle olvidar que había sido reina de Egipto? Jamás pertenecería a Horemheb. Jamás abandonaría al hombre que la había convertido en su esposa y en soberana de las Dos Tierras. Sólo le quedaría un poder: el de legitimar el acceso al trono de un nuevo monarca. Y Horemheb no lo sería, por muy seguro que estuviera de su triunfo. Ella no cedería. ¿Cuánto tiempo soportaría Horemheb esta situación? ¿Cuántas negativas sufriría antes de tomar la decisión de suprimirla?

¡Qué rápidos pasaban los minutos! El sol ascendía por el cielo, y los primeros ociosos circulaban por la plaza del mercado. Akhesa contempló Tebas con pasión, como si la capital de Egipto fuera todavía suya. Lanzó una última mirada al Nilo, cuyas aguas se coloreaban de un vivo azul en el que destacaban, lejanas, tres velas blancas.

Tres velas blancas, cuadradas, avanzando con lentitud porque los barcos iban muy cargados.

Tres barcos que se habían separado de una flotilla, pacificó ejército que llegaba para alimentar Tebas.

Akhesa echó la cabeza hacia atrás. Sus sueltos cabellos acariciaron sus riñones. Separó los brazos del cuerpo, con las palmas abiertas hacia el cielo, y dio gracias al sol divino; sus lágrimas se mezclaron con un canto de alegría.




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