Cubierta: Romi Sanmartí



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21

La mariposa multicolor se posó en el pecho de Tutankamón. El joven rey, tendido en un lecho de ébano, no se atrevió a moverse. La maravillosa criatura era un presente de los dioses, por eso contuvo el aliento para no molestarla. Aleteaba, como si poco a poco fuera tomando confianza. Luego, plegó las alas y se quedó inmóvil. Tutankamón se relajó, dejando caer la nuca hacia atrás hasta apoyarla en la cabecera, símbolo del dios Chu, el espacio de creación por el que se desplazaba la luz y donde el alma del durmiente se regeneraba cada noche.

-He venido, Majestad -dijo la voz grave del escultor Maya.

El adolescente se incorporó con brusquedad. Asustada, la mariposa huyó. Tutankamón tendió la mano para atraparla. Decepcionado, dirigió su atención al hombre al que había convocado.

-¡Maya! ¡Amigo mío!

Se abrazaron, tan conmovido el uno como el otro.

-Maya, si supieras qué desgraciado soy.

-¿Qué ocurre, Majestad?

Akhesa está gravemente enferma y nuestro hijo nació muerto. Estoy solo, aquí, en este palacio. Nadie me visita. Horemheb y Ay dirigen el reino a su guisa. Maya, soy el faraón, pero no tengo ningún poder.

A Maya le hacía sufrir la angustia de aquel niño que unos hábiles políticos utilizaban en beneficio propio sin ningún remordimiento. No tenía manera alguna de ayudarle, pero permanecería a su lado incluso en los peores trances.

-Si Akhesa muriera -gimió Tutankamón-, no tendría deseo alguno de vivir.

-No tenéis derecho a hablar así, Majestad -protestó rudamente Maya-. Sólo los dioses deciden sobre la vida y la muerte. Sea cual sea el destino que nos corresponda, debemos aceptarlo.

El adolescente movió la cabeza.

-Hay que ser viejo como tú para pensar así. Yo no puedo.

Maya estrechó al adolescente contra su pecho, como habría hecho si hubiera sido su hijo.

-Hoy tienes razón, mañana estarás equivocado. También tú te harás viejo.

Los ojos de Tutankamón se llenaron de esperanza.

-¿Y tan fuerte como tú, Maya? No, no es posible...

-Claro que sí. Ejercerás el poder que te han robado unos ladrones. Los años corren a tu favor. Pronto les harás frente.

Las predicciones de Maya turbaron a Tutankamón. No tenía deseo alguno de envejecer. Permanecer eternamente joven, sentir crecer en él el inagotable deseo de acariciar a Akhesa, olvidar el mundo exterior para desvanecerse en ella. ¿Qué otra felicidad podía soñar?

De pronto, la fisonomía del rey cambió. Sus rasgos se endurecieron. Su actitud se tornó grave, casi preocupada.

-Quería verte, amigo mío -declaró en un tono sentencioso-, pues he tomado decisiones que te conciernen. El primer deber de un faraón es construir templos y preparar su tumba. Por eso te nombro Artífice de todas mis obras e intendente de la necrópolis. Tú te encargarás de mi sepultura en el Valle de los Reyes.

-Majestad, yo no...

-Ésa es mi voluntad -confirmó el adolescente con soberbia-. Asume inmediatamente tus nuevas funciones. Y tendrás otra que asegurará la prosperidad de las Dos Tierras: superintendente del Tesoro y ministro de Finanzas.

Maya vivía en una modesta casa del poblado de Deir el-Medineh, lugar reservado a los artesanos encargados de trabajar, con gran secreto, en el Valle de los Reyes. Vivían allí con sus familias, tenían su propia administración y sus propios tribunales, y dependían directamente del faraón.

Maya había enseñado allí escultura a jóvenes excepcionales, que se habían convertido en maestros capaces de revelar en las paredes de las tumbas las enseñanzas secretas de los templos. Había esperado vivir el resto de sus días en aquel pueblo tan caro a su corazón, lejos de la agitación de Tebas y de las intrigas de la corte.

El nuevo Artífice de las obras reales miró con nostalgia su pequeña casa. Tenía que dejarla para siempre. La había construido con sus manos, sobre cimientos de tierra, cuidando especialmente el techo de troncos de árbol y hojas de palma. En el suelo de tierra batida había botes, platos y jarras, que componían una vajilla que no se llevaría con él. En la villa para funcionarios que le atribuirían, no tendría que ocuparse de las tareas domésticas.

Aunque hubiera accedido al deseado puesto de vigilante en jefe de la comunidad de Deir el-Medineh, Maya había seguido llevando una existencia sencilla, casi apagada, consagrándose sólo a su trabajo. Artesanos y obreros le veneraban como a un sabio apasionado por la justicia.

Instintivamente, Tutankamón había hecho la mejor de las elecciones aupando al antiguo escultor hasta un rango que nunca había ambicionado.

Un joven aprendiz llamó a la puerta. Maya abrió.

-Hay un hombre a la entrada del pueblo que pregunta por vos. No es de los nuestros. Los guardas se han negado a dejarle pasar. ¿Deseáis verle?

Maya se quedó intrigado. Deir el-Medineh era un pueblo cerrado, que disponía de una milicia formada por artesanos que aseguraba la tranquilidad de las familias. Nadie intentaba entrar si no pertenecía a una corporación que le hubiera dado la contraseña.

-Voy para allá, muchacho.

Maya tomó la calle principal, flanqueada por las casas más grandes. Desembocaba en el puesto de guardia, situado junto a una tumba formada por un patio que precedía a una pirámide muy esbelta. Dos escultores, con sus mazos en la mano, custodiaban al inesperado visitante, vestido con una sencilla túnica.

Al acercarse, Maya le reconoció.

Era el general Horemheb.

-Dejadle pasar -ordenó-. Lo llevo conmigo.

Los escultores le obedecieron, descontentos de que se ofreciera hospitalidad, aun pasajera, a un extranjero. Horemheb caminaba descalzo, con las sandalias al hombro. Éstas sólo se utilizaban para entrar en una morada cuyo suelo no debía ensuciarse. El general iba con el cabello suelto, y no llevaba joyas ni ornamentos. Nadie podía suponer que aquel hombre era el verdadero dueño de Egipto.

Maya introdujo a Horemheb en una pequeña estancia sostenida por dos columnas, construidas con un tronco de palmera cubierto de yeso. Una plataforma de piedra, elevada, servía de asiento durante el día y de lecho por la noche. En una hornacina presidía una estatuilla del dios Ptah, el patrón de los constructores. Maya fue a la cocina, donde él mismo elaboraba su pan, y salió con unos pasteles redondos de miel y una jarra de cerveza dulce.

-Es un gran honor, general. ¡Qué extraña visita...! Os he visto varias veces en la ciudad del sol. Llevabais soberbios vestidos y magníficos adornos. Un escultor no olvida un rostro como el vuestro. ¿Por qué habéis venido?

Horemheb, sentado en la banqueta de piedra, degustó el excelente brebaje de virtudes digestivas.

-Sois un personaje mucho más influyente de lo que imagináis, Maya. Os habéis puesto a la cabeza de todos los artesanos. Sólo os obedecen a vos.

-Concedéis demasiada importancia a mis funciones en este pequeño pueblo.

Irritado, Horemheb dejó la jarra de cerveza.

-No soporto que nadie se burle de mí, Maya. Este «pequeño pueblo» reúne a los mejores artesanos de Egipto, a los maestros en su arte. Y sólo dan cuentas al faraón. Su secreta influencia es considerable. Sus opiniones son escuchadas, y sois vos quien las dictáis.

Maya no lo negó.

-Nuestro país corre graves peligros -prosiguió Horemheb-. Tutankamón es un niño sin voluntad y sin inteligencia. Aunque haya sido instalado en el trono, es incapaz de tomar una decisión. Yo no soy oficialmente el regente, pero asumo esas funciones. Mi deber es reunir a las fuerzas vivas que salvarán a Egipto del desastre. He venido a solicitar vuestro apoyo, Maya.

-Demasiado tarde, general.

Pese a su sangre fría, Horemheb no consiguió disimular su sorpresa.

-¿Cómo...?

-Habéis cometido un error de estrategia -explicó Maya-. Egipto tiene un rey. Él gobierna y a él debemos obediencia.

-Claro, pero...

-Tutankamón sabe asumir responsabilidades, general. Él elige a los hombres que le ayudarán a devolver la prosperidad a las Dos Tierras. Estamos obligados a convertirnos en amigos para servir mejor a nuestro soberano: vos como jefe del ejército, y yo como... Artífice y ministro de Finanzas del reino.

Horemheb, atónito, creyó estar viviendo una pesadilla.

Tutankamón lloraba. Con la garganta ardiente, la cabeza pesada y los pulmones oprimidos, no soportaba ya la soledad. Su mala salud le impedía salir de su propio palacio, donde se marchitaba privado de esperanza.

¿Adónde habían ido las dulces horas pasadas en compañía de Akhesa, en los jardines, aspirando el aroma de las flores, tomándose tiernamente de la mano y hablando de amor? ¿Por qué esos momentos de felicidad se habían desvanecido tan brutalmente? ¿Por qué los dioses habían enviado a los demonios de la noche para que mataran a su hijo?

La corona era demasiado pesada. Sin Akhesa, Tutankamón ya no tenía valor para seguir asumiendo aquella tarea sobrehumana. No sentía afición alguna por el poder. Que Ay, Horemheb y los demás se destrozaran, le importaba poco. Tenía ganas de dormir, dormir más y más, no despertar nunca.

Dos manos muy suaves y perfumadas se posaron en su frente. Las reconoció enseguida.

-¡Akhesa! ¡Por fin estás aquí!

-No digas nada, amor mío. Deja que te cure.

Las manos mágicas derramaron una benefactora frescura por el cuerpo del joven. La gran esposa real lo magnetizó largo rato.

El tiempo ya no existía, corría como un surtidor de agua límpida y regeneradora.

-Ya no me duele, Akhesa. Pero tú...

-Olvidemos la desgracia. Hablemos sólo de los goces del instante que vivimos.

Akhesa se alejó de su marido. Apartó los velos que cubrían las ventanas de la alcoba, donde penetró a grandes oleadas la luz.

Tutankamón admiró la belleza de la gran esposa real. Estaba desnuda. Un cinturón de perlas subrayaba la finura de su talle. La prueba que acababa de soportar no había degradado en absoluto su ambarino y sedoso cuerpo.

Akhesa había heredado de su padre la extraña facultad de poder mirar el sol sin abrasarse los ojos. Comulgando con la divinidad oculta en el disco solar, obtuvo de ella un nuevo deseo de vivir. No tenía posibilidad alguna de soltar la carga que le había sido confiada. Ahora tenía que aceptar su destino y contribuir a forjar el de su joven esposo.

Un cuerpo cálido y estremecido se estrechó contra el suyo. Las manos de Tutankamón acariciaron sus pechos, sus labios le besaron el cuello. Se volvió, iluminada por el sol del estío, y se ofreció a él.

Desde hacía varios días, una intensa animación reinaba en palacio. Numerosos servidores iban y venían por los pasillos, llevando muebles, tela, vajilla, jarras de agua y cerveza, cestos llenos de pan, carne seca, legumbres y frutos que eran transportados con carros hasta los muelles, donde estaban atracados barcos de distintos tipos, desde un imponente navío de carga, hasta un elegante velero cuya proa estaba adornada con dos ojos mágicos, destinados a abrirle un camino sin peligros.

Akhesa daba órdenes, distribuía el trabajo, no se tomaba el menor respiro. Dobló en tres partes una cama con bisagras de bronce, que le gustaba tanto por su belleza como por su comodidad, y le pidió a su sirvienta nubia que la confiara a un estibador especialmente cuidadoso. A continuación, vigiló los trabajos de desmontaje de un baldaquino, y examinó unos cofrecillos de cedro y ébano, incrustados de marfil, donde había colocado productos de belleza, incienso, antimonio y resina, así como unos recipientes de cerámica y plata, y unos botes de maquillaje para los párpados en forma de langostas de oro. Unas empuñaduras de bronce permitían colgarlos de los armazones de madera colocados en los lomos de las bestias de carga.

Asustado por tanta agitación, cuya razón ignoraba, Tutankamón consiguió por fin interrogar a su esposa.

-¿Qué ocurre, Akhesa? ¿Por qué haces que vacíen la mitad del palacio?

-Más tarde te lo explicaré, ahora estoy ocupada...

El adolescente no acostumbraba a importunar a Akhesa. Pero aquella vez, presintiendo un importante acontecimiento, quería comprender. Se cruzó en su camino y la obligó a detenerse.

-El faraón exige una explicación -declaró con un énfasis que arrancó una carcajada a la muchacha.

Se inclinó ante él, ejecutando una especie de reverencia voluntariamente torpe.

-Obedeceré, pues, a Vuestra Majestad... Nos vamos de viaje.

-¿De viaje? ¿Por qué?

-Para cumplir nuestras obligaciones rituales, Majestad. Debéis visitar cada una de vuestras provincias y haceros reconocer como rey en cada templo. Ha llegado el momento de dejar Tebas por algunos meses y de abandonar los recuerdos dolorosos. He aquí vuestro bastón de peregrino.

La sirvienta nubia trajo un bastón de madera recia, cuya parte más delgada formaba una empuñadura y cuya extremidad más gruesa estaba cubierta de metal. Tutankamón lo empuñó con satisfacción.

-Me gusta..., pero ¿me gustará también este viaje? ¡Tanto tiempo lejos de Tebas!

-Tranquilizaos, Majestad. Descubrir vuestras provincias os encantará. Y tenéis que cumplir con vuestros deberes de rey.

Durante ocho meses, la pareja real exploró su reino desde el primer nomo15, la isla de Elefantina, colocada bajo la protección del dios carnero Khnum, hasta las marismas del Delta. Tutankamón y Akhesa gozaron de una comodidad perfecta y de un confortable lujo, tanto en el navío de Estado como en las residencias de las distintas provincias. En todas partes fueron recibidos con alegría, en una atmósfera de fiesta y regocijo populares. La llegada del faraón y de la gran esposa real a los pequeños burgos producía un formidable entusiasmo. Todos querían verles pasar, coronados y luciendo vestidos dorados, de pie en un carro tirado por dos caballos. Les precedía una ruidosa cohorte de músicos y danzarinas. En cada uno de los grandes templos, el joven rey celebraba el culto matinal antes de anunciar importantes donaciones de tierra y ganado que llenaban de satisfacción el corazón de los sacerdotes. Recibido con deferencia por los jefes de las provincias, Tutankamón, por consejo de Akhesa, les escuchaba con atención, comportándose como un niño respetuoso frente a hombres de experiencia y no alardeando nunca de su omnipotencia. Akhesa adoptaba una actitud muy discreta, sin dejar de observar a quienes afirmaban ser los fieles súbditos del faraón y analizando el menor aspecto de su comportamiento. Por la noche, cuando su marido dormía, anotaba en un papiro sus observaciones. Así, iba elaborando un detallado informe sobre los responsables de la administración, vistos a través de los ojos de una muchacha más preocupada por el valor humano que por las competencias técnicas.

Tutankamón cambiaba. Seguía enamorado de Akhesa y dispuesto a demostrarle en todo momento su ternura, pero iba perdiendo su indiferencia por los asuntos de Estado, que abordaba gracias a encuentros con individuos muy distintos unos de otros. Burgueses de vientre prominente, joviales padres de familia, sacerdotes de sutil inteligencia, escribas ambiciosos... Una infinita galería de retratos había desfilado ante los ojos del joven rey, que, con el transcurso de los días y sin ni siquiera advertirlo, iba tomando conciencia del mundo que le rodeaba.

Tutankamón se había maravillado ante el florido esplendor de la isla de Elefantina, la arquitectura sonriente de Dendera, el misterioso santuario de Abydos, donde resucitó Osiris, los lujuriantes jardines de Fayum. Había quedado fascinado por Menfis, «la balanza de las Dos Tierras» y la mayor ciudad de Egipto, por cuyas animadas calles circulaban muchos extranjeros. La pareja había ido en peregrinación a Gizeh para orar a la gran esfinge, símbolo del sol naciente y guardiana de la inmensa necrópolis donde se levantaban las tres famosas pirámides de los poderosos faraones del Antiguo Imperio.

El encuentro con la antigua esfinge, de enigmático rostro, había señalado para Tutankamón y Akhesa el punto culminante de su largo viaje. Arrodillándose ante la estela erigida por Tutmosis IV para contar cómo el dios se le había aparecido en sueños, prediciéndole su real destino, habían implorado al alma inmortal de los monarcas que regresaron a vivir en la luz de la que habían brotado. En aquel lugar donde la tierra irradiaba una intensa magia, Tutankamón había hecho grabar una inscripción que conmemorara su paso.

Cuando los anaranjados fulgores del sol poniente envolvieron a la pareja real, mientras caminaba por la planicie de las pirámides sin dejar de contemplar el inmenso león de piedra con cabeza humana, Akhesa vivió un momento de exaltación tan intensa que su respiración se aceleró como si le faltara el aliento.

-¿Qué tienes? -se preocupó Tutankamón-. ¿Te sientes mal?

-No... ¡Soy tan feliz! Por tu causa, dueño mío...

-¿Por mi causa?

¿Cómo decirle que se hacía un hombre, que todo su ser se transformaba en faraón, que tomaba poco a poco posesión del reino que había heredado por la voluntad de los dioses? Akhesa estaba loca de alegría viendo crecer a su esposo. Sin duda serían necesarios todavía muchos meses para que tomara la medida de su tarea. Pero el tiempo era su aliado. Horemheb había apostado por la debilidad de Tutankamón. Akhesa creía en su capacidad de reinar. Se sentía capaz de hacer nacer en él una ambición, una fuerza, una voluntad que aún no tenía. De aquella estrategia, que el «divino padre» le había inspirado al confiarle la misión de casarse sólo con un auténtico faraón, ella era la única en conocer el secreto.

-¿Qué he hecho de extraordinario? -insistió Tutankamón, intrigado.

-Te estás haciendo tú mismo..., gracias a los dioses.

La pareja real se aventuró hasta las ciudades santas del Delta, perdidas entre marismas y cañas. Hicieron ofrendas a los santuarios de Dep y Buto, donde el joven rey recibió la corona roja de la que salía un tallo con forma de espiral, que simbolizaba las armoniosas mutaciones de la vida.

Akhesa y Tutankamón se instalaron en la ciudad de Sais, donde se levantaban una célebre escuela de medicina y un antiquísimo templo en honor de la diosa Neit. El palacio reservado a los soberanos era tan espacioso, los jardines tan perfectamente diseñados y el clima tan suave en pleno estío, que el faraón disfrutó de un agradecido reposo. Saboreando una maravillosa felicidad en compañía de una esposa cuya inteligencia y belleza le fascinaban cada vez más, se complacía siguiendo sus directrices. Ella había conseguido expulsar sus angustias y proporcionarle una serenidad que no se había atrevido a esperar.

Cierta mañana de verano, la gran sacerdotisa del templo de Neit solicitó audiencia a la gran esposa real. Le indicó que las reinas de Egipto tenían que sufrir una iniciación específica en ese lugar sagrado, tras un período de reclusión de una semana. Pese al gran descontento de Tutankamón, Akhesa aceptó plegarse a la regla. Aquel aislamiento no le resultó muy pesado. Meditó sobre sí misma, en un silencio que no turbaba ninguna actividad humana. Se limitó a comer pan y beber cerveza, viviendo en una celda de austeros muros. Allí, cuando concluyó su retiro, vino a buscarla una sacerdotisa para conducirla al taller de tejido.

Desde los orígenes de la civilización egipcia, las tejedoras e hilanderas de Sais eran las más famosas de Egipto. Los tejidos más hermosos, destinados a los templos para vestir las estatuas divinas, eran sus obras maestras.

Cada reina se convertía en una nueva encarnación de la diosa Neit, surgida de las aguas en los orígenes del mundo para esparcir la vida sobre la tierra. Akhesa, desnuda, fue introducida en una sala secreta del templo donde había siete sacerdotisas, vestidas todas ellas con una larga túnica blanca de tirantes, a excepción de su Superiora, cuya vestidura roja era realzada con hilos de oro. Esta última estaba sentada en un trono de piedra de respaldo bajo, mientras sus Hermanas permanecían de pie formando un círculo a su alrededor.

La puerta de la sala se cerró. Seis sacerdotisas encendieron una antorcha y la mantuvieron en sus manos. El poder espiritual que emanaba de aquellas mujeres era tan comunicativo, que Akhesa se sintió presa en una red de invisibles energías que envolvían su corazón y se insinuaban en su alma.

-Gran esposa real -dijo la Superiora-, aquí sois sólo una neófita. Inclinaos ante la diosa que revela el Verbo, la que nos enseña cómo fue hilado y tejido el mundo.

Dos sacerdotisas rodearon el talle de Akhesa con un fino cinturón de lino.

-Neit pronunció siete palabras -prosiguió la Superiora-. Palabras que dan la vida. Repitiéndolas cuando celebramos su culto, perpetuamos su obra.

Las sacerdotisas engalanaron a Akhesa con siete joyas -collares, anillos y brazaletes- correspondientes a las siete palabras de la diosa.

-Como reina -indicó la Superiora-, os hacéis depositaría del manto de Neit, tejido por la primera iniciada.

Akhesa fue cubierta con la preciosa vestimenta, de color rojo, tachonada de estrellas de oro.

Los tres días que pasó en compañía de la Superiora de las sacerdotisas de Sais fueron una experiencia espiritual tan enriquecedora como las breves horas durante las que había recibido la enseñanza de su padre Akenatón. Aquella mujer, cuya luminosa serenidad cautivó el corazón de la joven reina, le abrió los talleres secretos de Neit, le desveló los rituales y la invitó a leer los libros sagrados donde se describían los procesos del tejido y sus correspondencias simbólicas. Le entregó copia de los preciosos papiros y le recomendó que los consultara regularmente.

La estancia ritual en el interior del templo de Neit había pasado como un sueño. Cuando se reunió con Tutankamón, muy afectado por aquella separación, el rey la estrechó entre sus brazos, jurando que no la dejaría huir nunca más, ni siquiera por exigencia religiosa. Akhesa no intentó hacerle razonar, y se ofreció a su ardor amoroso.

Al alba, ambos tuvieron el mismo loco deseo: salir de palacio en el anonimato, pasear por la campiña y correr a cualquier parte, como unos enamorados cualesquiera. Akhesa, prudente, pidió sin embargo a Tutankamón que tomara su bastón de punta metálica.

Descalzos bajo el rocío, se embriagaron con los violentos colores del nacimiento del día y se bañaron en un canal de agua clara y dulce donde se posaban los patos silvestres. Se divirtieron nadando deprisa, se zambulleron cien veces, intentaron unirse en el agua, se besaron saltando.

Ebrios de fatiga, se tendieron desnudos en la orilla, donde crecían cañas que les protegieron de los ardores del sol. Tutankamón no se había saciado de Akhesa todavía. Acarició tiernamente sus pechos, como si descubriera por primera vez la divina suavidad de su piel.

-Quiero quedarme aquí toda la eternidad, Akhesa. Permanecer a tu lado, mirarte, amarte... Lo demás no me interesa.

-Lo demás, Majestad, es Egipto.

-Tú eres más que Egipto, eres la mujer a quien amo. Quiero...

Una serie de sordos ruidos interrumpió al joven rey. Incorporándose sobre los codos, tendió el oído hacia el lugar de donde provenía el inquietante ruido. Alguien pisoteaba las cañas, martilleaba el suelo.

De pronto, Akhesa comprendió.

-¡Huyamos de prisa o nos aplastará! -ordenó.

El hipopótamo, con las fauces abiertas, irrumpió en el minúsculo claro. El monstruo corría en línea recta, devastándolo todo a su paso. Tutankamón, tomando su bastón, se dispuso a cerrarle el paso. Akhesa le empujó violentamente a un lado. El rey consiguió golpear los lomos del paquidermo que, indiferente, prosiguió su camino.

-¿Por qué me has impedido derribarlo? ¡Soy el faraón!

El furor del rey llenó de satisfacción a Akhesa. Se sentía orgullosa de él.

-He querido evitar un sacrilegio. ¿No te has fijado en su color?

Gris blanquecino... Tutankamón comprendió. Aquel hipopótamo hembra era el animal sagrado de la diosa Tueris, protectora de las madres. Sólo el hipopótamo rojo, animal del temible dios Seth, podía ser cazado.

-Tienes razón -admitió-. Habría cometido un acto de barbarie... ¡Y nunca habríamos tenido hijos! Pero... ¿acaso has renunciado a Atón, el dios único?

-Regresamos a Tebas -anunció Akhesa, sonriente.

22

Tras la gran fiesta que señaló el regreso de la pareja real a Tebas, Tutankamón y Akhesa decidieron residir en el palacio levantado en el interior del recinto del gran templo de Amón. Apenas habían reposado de las fatigas del viaje y los festejos, cuando el general Horemheb solicitó audiencia al faraón.

Este último le recibió en la sala del trono, con Akhesa a su lado.

A Horemheb le sorprendió la transformación del joven rey. Su rostro, del que no había desaparecido todavía la adolescencia, había adquirido una especie de gravedad. Llevaba la corona azul, y sujetaba el cetro, receptáculo de la magia divina, con una nueva dignidad, como si hubiera tomado conciencia de la importancia de su gesto.

Horemheb se inclinó ante los soberanos. Cuando se levantó, con el busto muy erguido, intentó descifrar los sentimientos de Akhesa. Tuvo la desagradable sorpresa de descubrir a una reina hierática, casi severa. ¿No estarían Tutankamón y Akhesa empezando a formar una verdadera pareja?

-Espero que Vuestra Majestad haya hecho un excelente viaje.

-Excelente, en efecto -precisó el rey-. Hemos sido recibidos por los jefes de las provincias y los superiores de los templos. Hemos conocido sus peticiones y las tendremos en cuenta.

Con torpeza, pero no sin cierta autoridad, Tutankamón había intentado adoptar el tono y las expresiones de un monarca seguro de sí mismo. Horemheb lamentó no haber interrumpido el viaje que tan profundamente había modificado el comportamiento de la pareja real.

-Me hubiera gustado, Majestad, presentarme ante vos para loar vuestra grandeza y celebrar las glorias de Egipto. Pero temo ser portador de turbadoras noticias.

La inquietud de Tutankamón fue enseguida perceptible.

-Hablad, general -exigió.

-No es fácil encontrar las palabras. No deseo asustar a Vuestra Majestad.

-Vuestra educación de escriba no debiera haceros vacilar tanto -intervino Akhesa-. Basta con decir la verdad. El faraón se nutre de ella.

Horemheb advirtió que la joven reina no había perdido nada de su vigor.

-Me perdonaréis, pues, que sea tan brutal. Varias provincias de Asia han anunciado que este año no pagarán los tributos al tesoro del faraón. Como estabais ausentes, sólo he tomado nota de sus declaraciones. Además, mis informadores me advierten de que los hititas no dejan de provocar graves agitaciones en nuestros protectorados del Norte y de levantar contra nosotros a un creciente número de príncipes locales. La situación se agrava. Si no intervenimos, el enemigo se acercará a las marcas del Delta.

Brutalmente enfrentado a una terrible realidad, Tutankamón perdió todo rasgo de soberbia para convertirse de nuevo en un adolescente devorado por la inquietud, incapaz de asumir una carga excesiva.

-¿Qué pensáis hacer, general? ¡No podemos permitir que invadan Egipto!

-Espero vuestras órdenes, Majestad. Me son indispensables para reunir a un poderoso ejército y defender con eficacia nuestro país.

La gran esposa real se levantó y bajó algunos de los peldaños del estrado donde estaban situados los dos tronos. Dominando todavía a Horemheb, se dirigió a él con la frente alta.

-Habéis tenido mucho tiempo para organizar la defensa de Egipto, general. Si hoy nos amenaza el enemigo, se debe a vuestra imprevisión.

El rostro de Horemheb se tiñó de púrpura. Necesitó un absoluto control de sus reacciones para no protestar contra aquellas grotescas acusaciones. Los responsables de tan dramática situación eran el difunto Akenatón, un rey loco, y Tutankamón, un rey sin envergadura.

-No deseamos la guerra -continuó la gran esposa real- y no la provocaremos. No aumentaremos tampoco vuestros poderes. El faraón ha llevado a cabo otra elección. Mañana, en la reunión del gran consejo, la conoceréis.

El gran consejo reunía a la pareja real, el Primer Profeta de Amón, el «divino padre» Ay, el general Horemheb y los altos funcionarios a cargo de los distintos ministerios. Habían sido convocados en la sala del trono. Tutankamón había propuesto a su esposa dejar actuar a Horemheb. Ella se había negado, explicando que el general llevaba a cabo un juego peligroso para la propia seguridad de Egipto. El rey había cedido a sus razones.

Aunque dominara a los miembros del gran consejo desde lo alto del estrado donde se hallaba, Tutankamón temblaba ante la idea de anunciarles la decisión que Akhesa le había pedido que tomara. Sería su primer acto de gobierno, el primer decreto que sería oficialmente promulgado sin haber consultado antes con Horemheb. El Primer Profeta de Amón, altivo y distante, consideraba la reunión como una penosa carga. Puesto que Horemheb le había asegurado que tenía bien sujetas las riendas del Estado, Tutankamón era sólo una sombra. Sin duda tendría, de vez en cuando, crisis de autoritarismo que deberían soportar con paciencia. El «divino padre» Ay se sentía vagamente inquieto. Ni Akhesa ni su real esposo le habían hablado de convocar el gran consejo. Por lo común, éste se reunía sólo para tomar conocimiento de las principales orientaciones de la política egipcia. ¿Qué desearía Tutankamón? O, mejor, ¿qué habría imaginado Akhesa, cuya prestancia y voluntad eran más evidentes todavía desde su regreso?

Un pesado silencio se instauró cuando el joven monarca cruzó el cetro mágico sobre su pecho, anunciando que iba a tomar la palabra. Todos advirtieron su turbación. El «divino padre» creyó incluso que iba a renunciar. Pero una tierna mirada de Akhesa le proporcionó el coraje que le faltaba.

-Por voluntad del faraón -declaró Tutankamón-, el comandante Nakhtmin, hijo del divino padre Ay y fiel servidor de la corona, es promovido a la dignidad de porta-abanico a la diestra del rey.

Ay quedó estupefacto. No esperaba esa distinción que divirtió a Horemheb. El reyecito no era tan estúpido. Concediendo honores y pomposos títulos, satisfaría vanidades.

-Además -prosiguió Tutankamón-, Nakhtmin es nombrado jefe del ejército, a las órdenes directas del general Horemheb. Ambos se encargarán de reorganizarlo y garantizar la seguridad de las Dos Tierras. Me rendirán cuentas cada semana. Estas decisiones se harán públicas por decreto.

El faraón se levantó. Seguido por Akhesa, radiante de belleza con su largo vestido blanco ceñido al talle por un cinturón rojo, abandonó la sala del trono.

Horemheb, pasmado, se preguntó qué sutil maniobra había utilizado el «divino padre» Ay para obtener semejante favor para su hijo, que, al acceder a esa alta función militar, se convertía en un serio rival. Ay, por su lado, no sabía qué pensar. ¿Le había engañado su hijo Nakhtmin? ¿O ignoraba, como él mismo, las intenciones del faraón? Por lo que al Primer Profeta de Amón se refiere, se preguntó si la grave desautorización que Horemheb había recibido era sólo un pasajero inconveniente o el comienzo de serios cambios que, algún día, harían surgir de nuevo los demonios que habían obsesionado el espíritu del rey maldito, Akenatón. En ese caso, la única responsable sería su hija, la gran esposa real, Akhesa.

Para Horemheb, aún no se habían acabado los desengaños. Se vio obligado a una delicada coexistencia con Nakhtmin, el nuevo jefe del ejército, cuyo control, no obstante, conservaba el general. Las funciones de Nakhtmin consistían en organizar los batallones y coordinar sus movimientos. Horemheb supervisaba la acción de su subordinado y seguía reinando sobre una cohorte de escribas que se encargaban del equipo, el alistamiento y el abastecimiento de las tropas. El general debía dar explicaciones a Nakhtmin e indicarle las razones de sus opciones estratégicas, sabiendo que pronto serían comunicadas a la pareja real. Espiado en su propio terreno, Horemheb no encontraba, de momento, ningún medio legal de desembarazarse del nuevo jefe del ejército, que manifestaba un evidente celo.

Molesto por tan imprevistas tribulaciones, Horemheb tuvo la certidumbre de que estaba organizándose una conspiración contra su persona cuando, durante una nueva reunión del gran consejo, Tutankamón proclamó que el Primer ministro sería el «divino padre» Ay, nombrado también sacerdote-Sem, encargado de celebrar los ritos de resurrección sobre las estatuas reales. Estaba claro que Ay y su hijo Nakhtmin habían embaucado al rey y a la reina para apoderarse progresivamente del poder. El general estaba aislado en su suntuosa villa de Tebas, rodeado del más hermoso jardín de la capital y protegido por altos muros. Necesitaba reflexionar para descubrir un medio de reconquistar el terreno perdido.

Bebía un licor de Asia que no lograba hacer menos sombríos sus pensamientos, cuando su intendente le anunció la visita del «divino padre» Ay.

-Llevadle al estanque de los lotos -ordenó-, me reuniré allí con él.

Horemheb hizo aguardar más de una hora al «divino padre». Las sirvientas habían ofrecido a Ay negras y azucaradas uvas, y vino fresco procedente de una bodega digna de un rey.

-Perdonadme, divino padre -dijo Horemheb, saludando a Ay-, tenía mucho trabajo y no os esperaba. Estoy preparando mi marcha a Menfis, donde están construyendo mi tumba.

-Menfis... ¿Pensáis inspeccionar nuestras guarniciones?

-Forma parte de mis atribuciones.

-¿Teméis un ataque?

Horemheb dio la espalda a su interlocutor, admirando el follaje de un sicomoro de bienhechora sombra.

-La naturaleza es soberbia, divino padre. Debiéramos venerarla más a menudo. En ella se graban los ritmos de la eternidad, reduciendo a la nada las preocupaciones de los hombres.

-La sabiduría os habita -reconoció Ay-. Pero ¿por qué os negáis a responderme?

-Supongo que, como Primer ministro del reino, estáis mejor informado que yo, divino padre. Las informaciones que se refieren al ejército os son fielmente transmitidas por vuestro hijo. ¿Qué podría yo descubriros?

El «divino padre» se levantó con esfuerzo. Le costaba soportar el calor del verano. Sus piernas cada vez le sostenían con mayor dificultad. Posó su diestra en el hombro del general.

-Os equivocáis, Horemheb. Soy un anciano sin ambiciones, salvo la de servir a mi país y dar algunos consejos basados en mi experiencia. No solicité el cargo de Primer ministro. Ni siquiera lo deseaba. En justicia, os correspondía a vos. Siempre hemos sido aliados y seguiremos siéndolo para salvaguardar Egipto.

A Horemheb le conmovió la sinceridad del acento del «divino padre». Ciertamente, conocía su astucia y habilidad para convencer. Pero el anciano cortesano no acostumbraba a abordar de modo tan directo los asuntos delicados.

-¿Y lo de vuestro hijo Nakhtmin?

-Yo no había exigido nada para él, ni él esperaba tampoco el nombramiento. No hemos conspirado contra vos, general. No hemos ejercido influencia alguna, directa o indirecta, sobre la pareja real. No tendría sentido que nos convirtiéramos en enemigos.

Horemheb arrancó una rama y la partió.

-Entonces, ¿quién gobierna hoy el país?

-Me sorprendéis, general. Creía que lo habíais comprendido: una muchacha que acaba de cumplir los diecisiete años, la gran esposa real, Akhesa.

El viento matinal cubría de imperceptibles arrugas la superficie del lago sagrado de Karnak. Los sacerdotes descendían lentamente la escalera para tomar el agua pura que contenía la energía primordial y que se utilizaría en las múltiples purificaciones efectuadas durante el culto.

Akhesa paseaba por las orillas del lago, a esa hora en la que el sol no abrasaba todavía. Le gustaba hollar con sus pies desnudos las losas de caliza blanca que reflejaban la luz. Aquel día, su meditación duró poco. En el extremo del lago sagrado señalado por el escarabeo gigante, símbolo del renacimiento del sol, le aguardaba el general Horemheb.

-Majestad, gracias por haber aceptado recibirme aquí.

Apenas maquillado, el rostro de Akhesa resplandecía de belleza. Horemheb sabía ya que le sería muy difícil escapar a la fascinación que ejercía sobre él.

-¿Qué es eso tan importante que debéis confiarme, general? Este lugar está consagrado a los dioses. Reina aquí la paz y la serenidad. No lo turbemos con nuestras mezquindades humanas.

-De la paz quiero hablaros, Alteza. De esa paz que tenéis el deber de hacer reinar en las Dos Tierras.

Unas golondrinas volaban por el cielo, inundándolo con sus alegres trinos. Las más juguetonas descendían hacia el agua azul del lago, rozaban su superficie devorando insectos y ascendían luego hacia el azur, trazando inmensos círculos.

-¿Estáis insinuando, general, que olvido mis deberes de gran esposa real e intento arrastrar Egipto a una guerra?

-Claro que no, Alteza. Pero temo que os habéis equivocado al conceder vuestra confianza.

-¿Estáis criticando el ascenso de Nakhtmin?

-Un hombre demasiado joven es fogoso e intolerante. Sólo piensa en ponerse de relieve y puede cometer graves imprudencias.

-Sin duda tenéis razón, general. A vuestro lado y bajo vuestra responsabilidad, tales incidentes no pueden producirse. Os hago personalmente responsable. No es deseable que se desarrollen poderes paralelos a los del faraón. Él da las directrices, nadie más. Vuestra función es esencial, general, pues sois uno de los personajes más importantes del reino. Sin embargo, ahora hay otros, como Ay, Nakhtmin y Maya.

El sol ascendía deprisa sobre el horizonte, la región de luz donde había nacido de nuevo tras haber luchado victoriosamente contra el dragón de las tinieblas. Pronto iluminaría toda la tierra.

De modo que Akhesa había decidido aislar a Horemheb, repartir el poder entre varios altos funcionarios que se vigilarían los unos a los otros. Poco a poco iría creándose alrededor de Tutankamón una cofradía de confidentes entre los que Horemheb sería uno más. No lo soportaría.

-Sois un hombre valeroso, abrumado por pesadas cargas -indicó Akhesa con cierta ironía en la voz-. Por ello, otros dignatarios, tan escrupulosos como vos, se encargarán de liberaros de algunas de ellas. El intendente Huy, por ejemplo, un hombre íntegro y riguroso. Le he solicitado que vele por la percepción de los tributos de la provincia del Retenu. Ha salido de Tebas con un destacamento de soldados de elite.

-Pero... ¡Retenu es una provincia de Asia! ¡Es de mi jurisdicción!

-El faraón siente gran afecto por Huy y está muy interesado en el éxito de esta expedición. Ahora que lo sabéis, el rey y yo estamos seguros de que le concederéis vuestro apoyo.

Con la rabia en el corazón, Horemheb recibió a Huy con honores cuando regresó de la provincia del Retenu. El rugoso intendente había mandado con mano de hierro su cuerpo expedicionario. No había encontrado obstáculo alguno. Las guarniciones de los puestos fronterizos, debidamente advertidas por los correos reales, le habían proporcionado la logística necesaria.

Tutankamón y Akhesa recibieron a los embajadores extranjeros en la sala de los tributos, construida en el interior del palacio de Karnak. Éstos les fueron presentados por Hanis, que se había convertido en jefe de la diplomacia egipcia. Huy asistía a la ceremonia. Horemheb, indispuesto, se había excusado.

Tras el intercambio de las habituales fórmulas de cortesía, el tono subió muy deprisa. Los embajadores de la provincia asiática del Retenu, indicaron con firmeza al rey que no venían ni como esclavos ni como prisioneros, ni siquiera como súbditos sometidos de un país conquistado, sino como vasallos y, más aún, como colaboradores económicos. En términos mesurados, pero desprovistos de toda ambigüedad, exigían contrapartidas para los géneros, mercancías y objetos preciosos que habían llevado a Tebas. Hanis intentó atenuar el alcance de tales palabras, asegurando la fidelidad de los asiáticos al faraón.

Huy estaba indignado por la insultante actitud de aquellos extranjeros a los que, de buena gana, habría desterrado a Nubia tras propinarles una buena paliza para devolverles el sentido de la jerarquía. Pero un extraño dolor, que nunca antes había sentido, le inflamaba la cabeza desde el inicio de la audiencia. Las columnas comenzaron a bailar ante sus ojos, se hicieron luego borrosas y desaparecieron. Un oscuro velo le impedía divisar a las personas más cercanas. Se frotó los ojos. En vano. Incrédulo, volvió a hacerlo, seguro de poder disipar aquella horrible sensación. Dio incluso algunos pasos, chocando con un asiático que le sujetó por el brazo cuando se derrumbaba.

-¡Estoy ciego! -aulló Huy, interrumpiendo un animado diálogo entre Hanis y un embajador del Retenu.

Quisieron detenerle, impedirle seguir avanzando, pero el robusto intendente se soltó, dirigiéndose hacia el trono.

-¡Mi rey, estoy ciego!

Tendiendo los brazos ante sí, caminando a trompicones, Huy avanzaba en su noche. Su angustia era tan lacerante que no se oía una respiración. Guiado por un misterioso sentido, el infeliz llegó hasta los peldaños del estrado y se arrodilló.

Tutankamón, muy pálido, torturado por el sufrimiento de su amigo, se levantó y descendió hacia él.

-Recuerda tus deberes -le dijo Akhesa con dulzura-. Actúa como siempre han actuado los faraones.

El joven soberano vaciló, estuvo a punto de volver hacia atrás y, luego, posó su cetro mágico sobre la cabeza de Huy.

-A ti, que has cumplido la misión que te había confiado -dijo Tutankamón con voz temblorosa-, te nombro porta-abanico a la diestra del rey y su mensajero personal en todos los países extranjeros. Que la vista te sea devuelta puesto que tu mirada nunca se ha desviado del camino de Dios.

Hanis no daba crédito a sus oídos. Tutankamón no estaba obligado a correr ese riesgo. Si su poder de curador resultaba inoperante, su trono vacilaría. ¿Por qué le habría aconsejado Akhesa tan imprudente comportamiento? Le bastaba con deplorar la ceguera del intendente y aceptar la voluntad de los dioses, nadie se lo hubiera reprochado. Ahora, él mismo ponía en cuestión su capacidad de reinar. Egipcios y asiáticos permanecieron inmóviles, esperando un imposible milagro.

En cuanto el cetro se hubo posado sobre su cráneo, Huy sintió un agradable calor que pasó por su nuca y recorrió su columna vertebral. Luego, se transformó en una quemadura casi insoportable. Gritó. El fuego habitaba su frente, consumía sus ojos muertos. De pronto, apareció una serpiente de llamas que ondulaba ante él, enorme y amenazadora, mostrando una lengua agresiva. Dejó de moverse, se empequeñeció, apareció en el centro de una masa de color azul. Huy distinguió poco a poco la corona del faraón, el rostro de Tutankamón, su sonrisa animada por una felicidad sin par.

-¡Veo, mi rey, veo! -exclamó Huy, inclinándose ante el señor de las Dos Tierras, el faraón curandero que había heredado el don de sus antepasados.

Hanis observó la triunfante actitud de Akhesa. Salía victoriosa del peligroso juego en el que había comprometido a su esposo, cuya divina legitimidad, probada por sus poderes sobrenaturales, ya nadie contestaría.

La noticia de la curación de Huy se extendió por Tebas con extraordinaria rapidez, y luego circuló por todo Egipto, seguro de estar gobernado por un nuevo gran rey que sabría mostrarse digno de sus más ilustres predecesores.

Tutankamón no era ya un niño. A sus quince años, se había convertido en faraón.

Cuando Tutankamón y Akhesa se presentaron en el inmenso atrio del templo de Karnak, para inaugurar la fiesta celebrada en memoria de los faraones difuntos, una considerable multitud, contenida por bonachones guardas, se apiñaba para ver a los soberanos.

Akhesa, con el vestido blanco plisado que le había entregado la superiora de las sacerdotisas de Sais, sostenía dos sistros de madera dorada y bronce, sagrados instrumentos de la diosa Hator. Mientras caminaba, los agitaba con un ritmo lento y regular para emitir vibraciones que disiparían las ondas maléficas y atraerían hacia la tierra el amor de la diosa. Su admirable busto era puesto de relieve por un collar de doscientas cincuenta y seis plaquetas de oro, unidas por perlas y formando el cuerpo de la diosa buitre, encarnación visible de la Madre universal. Sus tobillos y sus muñecas estaban adornados con brazaletes y cadenillas de oro.

El faraón, en manos durante varias horas de su chambelán y de las sacerdotisas encargadas de vestirle ritualmente, llevaba una túnica de lino bordeada de flecos y adornada con palmetas bordadas, rosetas coloreadas y cartuchos donde figuraba su nombre. En el cuello lucía un halcón de alas desplegadas que representaba al dios Horus, protector de la realeza; en la cabeza, una diadema hecha con una banda decorada con rosetones de oro, incrustados de lapislázuli, en cuya parte delantera se erguían la cobra y el buitre, emblemas del Alto y el Bajo Egipto respectivamente; alrededor de su cuello, un collar compuesto de plaquetas de oro alveoladas, cuyos huecos se habían llenado de pasta de vidrio coloreada, representando todo ello las alas de un halcón; en las muñecas, brazaletes de oro macizo adornados con cartuchos y escarabeos que aludían a las incesantes metamorfosis de la conciencia; en los dedos, anillos de oro decorados también con escarabeos y barcas, que servían al sol y a las almas de los justos para desplazarse por el cosmos.

Tutankamón, al igual que la gran esposa real, calzaba sandalias de cuero verde y corteza, con aplicaciones de láminas de oro. Sujetaba con la mano izquierda un gran bastón de madera cubierta de oro con la punta de cerámica azul; el curvo mango estaba formado por el cuerpo de un asiático y el de un africano, evocando el Norte y el Sur en los que reinaba el faraón, eternamente vencedor de los enemigos de la armonía universal. Con la derecha sostenía el cetro con el nombre de «Poderío», que servía para consagrar las ofrendas y hacer brotar el espíritu de la materia, fabricado en madera cubierta con una lámina de oro. Ese cetro, que el Artífice Maya había querido crear con sus propias manos, estaba adornado, en sus extremos, con una umbela de papiro, y en el mango con una franja de cerámica azul incrustada de oro.

La pareja real se quedó inmóvil ante la gran puerta doble del recinto sagrado del dios Amón. Entre ambos pilones, en el lugar donde se manifestaba el rojizo disco del sol, apareció el Primer Profeta, que levantó los brazos en señal de veneración.

Manejada desde el interior, la doble gran puerta se entreabrió. El acontecimiento fue saludado por un concierto de aclamaciones. A la derecha del rey, dos hombres disfrutaban de su legítimo orgullo y mostraban un radiante rostro. Huy y Nakhtmin portaban los grandes abanicos rituales, adornados con plumas de avestruz blancas y oscuras, insertadas en un semicírculo de marfil en el que estaba fijada una empuñadura en forma de tallo de papiro. Agitados cadenciosamente, protegían a la real persona de un sol demasiado ardiente, le apartaban los insectos y le ofrecían un aire vivificante. Los mangos estaban hechos de marfil finamente esculpido. Nakhtmin manejaba el abanico decorado con cartuchos reales sobre los que se veía un buitre tocado con la corona del Bajo Egipto; Huy, el que representaba la misma rapaz tocada con la corona del Alto Egipto. Ambos dignatarios formaban así la imagen del reino unificado gracias a la omnipotencia del faraón.

Horemheb, situado a la izquierda del rey, mostraba un rostro impenetrable. Todos advirtieron la severidad del general, que por lo común se mostraba amable y solícito. Esta vez, permanecía visiblemente apartado, limitándose a cumplir el papel fijado por la etiqueta. El general no tomaba a la ligera la ceremonia que hacía oficiales, y públicas las nuevas funciones asumidas por el patán de Huy y el ambicioso de Nakhtmin. Horemheb estaba convencido de la honestidad del «divino padre» Ay. No había intervenido en ninguna conspiración tramada contra él. La situación parecía más grave todavía. Akhesa comenzaba a convencer a Tutankamón de que era realmente rey de Egipto. Reunía alrededor de su persona hombres influyentes, capaces de hacer una brillante carrera, individuos dotados de firme voluntad y a los que no lograría atraer a su propio campo. Estaba así constituyéndose un auténtico partido del faraón, formado por dignatarios que permanecerían fieles por los honores que esperaban obtener. Un partido que se interpondría entre el poder y él.

La fiesta terminaba. Los sacerdotes habían abandonado la inmensa sala donde Tutankamón, agotado, permanecía sentado en su trono de ébano y oro, incrustado de piedras preciosas y fragmentos de marfil, viva imagen del dios Amón cuya encarnación en la tierra era. Los paneles que enmarcaban el curvo sitial estaban cubiertos de oro cincelado y adornados con cobras protectoras, cuya cabeza de cerámica violeta estaba coronada de oro y plata. Echando ligeramente hacia atrás la cabeza, y apoyando la espalda en el alto y rígido respaldo, al joven rey le costaba sostener el peso de la doble corona que llevaba desde el alba.

-Akhesa... No puedo más, Akhesa..

La gran esposa real, llevando en la mano derecha una flor de loto, se acercó al trono, se arrodilló ante el rey y apoyó la cabeza en sus rodillas.

-La ceremonia ha terminado -dijo con voz apaciguadora-. No pienses más en ello.

-Akhesa, me gustaría tanto quitarte la diadema y soltar tus cabellos.

-Espera a que hayamos salido del templo. Los juegos del amor están prohibidos aquí. Si actuaras así, violarías la Regla.

Tutankamón cerró los ojos, decidido a quitarse la doble corona. La mano de Akhesa le agarró por la muñeca, impidiéndole terminar su gesto.

-Nadie puede quitarte la realeza de la que estás investido, ni siquiera tú.

En el taburete donde reposaban los pies del faraón estaban grabados los cuerpos de los nueve personajes que representaban la totalidad de los enemigos de Egipto, tendidos boca abajo, con las manos atadas a la espalda, reducidos para siempre a la impotencia.

Akhesa pasó su dedo por aquellas siluetas de oro y ébano.

-Hemos comenzado un largo combate -dijo-. No tenemos ningún derecho a renunciar.

En los ojos de la reina brillaba un extraño fulgor: el del dios de su padre, Atón.

23

El asiático, con una pluma hincada en los cabellos y una corta lanza en la mano, avanzó hacia el rey Tutankamón, tocado con la corona azul y vestido con un taparrabos de cuero blanqueado del que colgaba una cola de toro. Tras el faraón estaba la gran esposa real, Akhesa, vestida con una larga túnica muy amplia que le caía hasta los tobillos. En la cabeza llevaba una alta corona, compuesta de dos cuernos de vaca en forma de lira que enmarcaban dos plumas de avestruz surgiendo de un disco de oro. A cierta distancia se hallaba el «divino padre» Ay, sujetando un cetro de plata cuyo astil reposaba en su hombro.

El sol, muy alto en el cielo, brillaba con todo su fulgor. El patio del templo era un horno. El «divino padre», pese a la peluca perfumada que le cubría la cabeza, soportaba mal el calor. Gruesas gotas de sudor corrían por su frente.

Akhesa, impasible, recitaba las fórmulas mágicas destinadas a proteger a su esposo de la agresión que sufría. «La vida está detrás de ti -salmodiaba, levantando la mano derecha para ofrecer al faraón un fluido benefactor-, tú que eres semejante al sol.»

Aquellas palabras no detuvieron al enemigo, un hombre joven y fuerte a cuyo lado Tutankamón parecía un niño endeble. El hombre levantó la lanza, dispuesto a clavarla en el pecho del señor de las Dos Tierras.

Akhesa pronunció en voz alta las estancias que Isis, señora de la magia, había revelado a las reinas.

El faraón levantó la mano izquierda, armada con un corto sable de hoja curva. El asiático pareció petrificado. Soltó la lanza e intentó huir. Pero Tutankamón, en pocos pasos, le alcanzó. El enemigo hincó la rodilla izquierda y, amedrentado, volvió la cabeza hacia el rey, que con la mano derecha le agarró de los cabellos.

Tutankamón levantó su sable. El asiático temblaba al ver acercarse la muerte.

-Así, el faraón, Sol de las Dos Tierras, es eternamente vencedor de las tinieblas -concluyó el «divino padre» Ay.

La primera parte del ritual de creación del templo había finalizado.

Se concedió a los actores del drama sacro unos instantes de reposo. Los dos porta-abanicos, Huy y Nakhtmin, procuraban refrescar constantemente a la pareja real.

Akhesa no sentía la fatiga. Había olvidado incluso el peso de la corona. Ni el sol ni el calor la molestaban. El aire ardiente le parecía suave, pues se sentía muy feliz al divisar una nueva victoria que acrecentaría más aún el brillo del faraón.

Tras ásperas negociaciones con el Primer Profeta de Amón, que había utilizado las armas de la teología y de la mala fe, Akhesa había obtenido que Tutankamón, pese a su juventud, fundara su propio templo, como debía hacer todo faraón. Había desechado los argumentos dilatorios del jefe de los sacerdotes, que, obligado a ceder a las legítimas exigencias de la gran esposa real, había permanecido intransigente en un punto concreto: puesto que la edad de Tutankamón no contaba, debería soportar las pruebas físicas impuestas por el ritual. Akhesa había reconocido lo fundado de la petición, y había necesitado largos días para convencer a Tutankamón de que pasara a la acción. El joven comenzaba a lamentar su decisión. No tendría fuerzas para llegar hasta el fin, pese a la presencia de su esposa y las repetidas intervenciones de Huy, que le ofrecía una droga estimulante para que bebiera. Apenas el rey había recuperado el aliento tras el ritual de la mañana, que había concluido con el combate frente al enemigo llegado de las tinieblas, cuando el Primer Profeta acudió en su busca.

En el paraje elegido, en plena ribera occidental, Maya el Artífice había delimitado a cordel el lugar del futuro santuario. En su presencia, el faraón había cavado con una azada la trinchera de cimientos para depositar en ella una preciosa oblación de piedra tallada y útiles en miniatura. Luego, Tutankamón había nombrado, uno a uno, a los numerosos oficiantes que se encargarían de su templo y velarían porque la circulación de ofrendas estuviera asegurada.

Un sacerdote, luciendo la máscara del dios Thot, con cabeza de ibis, y una sacerdotisa, que llevaba la de la diosa Sechat, patrona de los constructores, sujetaron al joven rey en el emplazamiento de la futura naos que albergaría las estatuas del culto. Introducido en vida en el círculo de las potencias celestiales, Tutankamón se convertía en un dios en la tierra precisamente cuando el sol llegó al apogeo de su carrera.

El Artífice Maya estaba orgulloso de su rey. Ahora, con el acuerdo del Primer Profeta de Amón, podría emprender un vasto programa de restauraciones y construcciones en las que el nombre de Tutankamón brillaría por los siglos de los siglos. Devolvería, centuplicado, el don de vida que le había concedido un niño convertido en señor de Egipto, le construiría los más hermosos y grandiosos templos, haría nacer las estatuas más perfectas.

En el horizonte apareció un carro, que se detuvo ante la pareja real levantando una nube de polvo ocre. Descendió el general Horemheb, que, tras haber saludado al faraón, le revistió con una cota de mallas, la coraza del dios halcón Montu, señor de la guerra, que había permitido a los faraones liberar a Egipto de sus invasores. El corselete estaba incrustado en oro y pedrería. Horemheb rodeó el cuello del rey con un collar de perlas de oro, y le entregó una espada, una daga, un arco y flechas.

Tutankamón miró con temor el carro de gala de dos ruedas en el que debería combatir. La caja, abierta por detrás, estaba cubierta de láminas de oro labradas y colocadas sobre un reboque dé yeso. La decoración comportaba unos cartuchos que contenían el nombre del rey, flores, espirales y rosetones. El panel exterior estaba adornado con una cabeza de halcón, presente también en el timón. A cada lado del yugo, y fijado en él, destacaba la figura de un enemigo atado. Tutankamón, sostenido por Horemheb, subió al carro, cuyo suelo estaba hecho con tiras de cuero entrecruzadas y cubiertas con piel de chacal. Se mantuvo de pie, probando la flexibilidad de la caja, que reposaba sobre el timón y sobre el eje que unía las dos ruedas de seis rayos, en los que figuraban nombres de países extranjeros. Los paneles interiores estaban decorados con un asiático y un africano prisioneros, vencidos por el faraón, representado en forma de esfinge. Encima, un gran ojo abierto permitía al carro seguir la buena ruta y escapar a los accidentes. Los caballos piafaban de impaciencia, inquietos por el calor. Sus anteojeras eran de corteza cubierta de oro.

Horemheb ofreció al joven rey las riendas que pasaban a través de los anillos fijados en el arnés y le ciñó con ellas el talle, de modo que no cayera aun en caso de perder el equilibrio. El general fingió admirar los suntuosos arneses de cuero de los caballos, incrustados con pastas de colores, oro y plata.

Una extraña sonrisa flotaba en sus labios. Tutankamón sintió miedo, pero ya no había posibilidad de echarse atrás. Buscó la mirada de Akhesa, que, a pocos pasos del carro, le alentaba con todo su amor.

-Vuestra Majestad -declaró el general- es una montaña de oro que ilumina las Dos Tierras con su mirada de fuego, el que aparece en su carro como el sol naciente, el hijo de la luz que ilumina a sus súbditos y les deslumbra con su valor. ¿Qué otro destino podría conocer, si no el triunfo?

Tutankamón advirtió una indudable ironía en la pregunta del general. ¿Le habría preparado una trampa? El rey tiró de las riendas. Le parecieron sólidas y bien fijadas. El carro no tendría que correr. Pese a su fatiga, el faraón se enfrentó con la última prueba, destinada a demostrar que poseía las cualidades de los mayores monarcas. Horemheb se apartó. El carro se puso en marcha hacia un extremo del patio donde se había instalado un paso de piedra. Salieron dos leones de Nubia, gordos y atontados.

Quería la costumbre que el faraón, para manifestar su valor y su aptitud para luchar contra cualquier dragón, fuera capaz de derribar, sin ninguna ayuda, algunas fieras. El gran Amenofis III había reducido la experiencia a un combate ficticio. Los leones eran atiborrados de alimentos a base de una planta que los adormecía, y así no manifestaban demasiada agresividad. Por lo que se refiere a las flechas que debían dispararse, su punta había sido redondeada y no causaba herida alguna. El principal enemigo de Tutankamón era el terrible calor. Provocaba un vértigo que podía hacer fracasar su ejercicio de habilidad.

El joven tendió su arco y disparó la primera flecha. Pasó por encima de la cabeza del primer león, un macho viejo enojado por haber sido arrancado del sueño y verse obligado a permanecer bajo el ardiente sol.

Akhesa no dejaba de mirar a Tutankamón, intentando transmitirle su fluido vital, la invisible energía de la que procedían las acciones humanas. Era preciso que tuviera éxito, que se impusiera a la corte como un monarca digno de sus más gloriosos antepasados.

Tutankamón no se sentía capaz de tender por segunda vez el arco ritual. Tenía ganas de acostarse y dormir. Se volvió hacia la izquierda y buscó la mirada de Akhesa. La vio, de pie bajo la luz, manteniendo sobre su pecho un cetro en forma de flor de loto.

Triunfaría por ella. Partió la flecha, poderosa y precisa, y golpeó el flanco del segundo león.

Gritos de júbilo saludaron la hazaña, pero se apagaron cuando la fiera, que hubiera debido mostrarse indiferente, emitió un amenazador rugido y corrió hacia el carro real.

Atónito ante tan imprevista reacción, el joven rey soltó el arco e intentó saltar a tierra, olvidando que estaba retenido por las riendas, fijadas a los anillos del arnés. Tomando su daga, comenzó a cortarlas con torpeza.

El león saltó, encabritando a los caballos, que partieron al galope. Tutankamón, con el busto inclinado, se bamboleaba de un lado a otro. Consiguiendo por fin soltarse, cayó pesadamente en el polvo tras haberse golpeado la frente con la parte trasera del carro.

El león se lanzó hacia él.

El general Horemheb, que se había apoderado del arma de uno de los arqueros de la guardia real, disparó con extraordinaria rapidez dos flechas que alcanzaron al animal en la cabeza. Éste, fulminado, se derrumbó. Tendido boca abajo, Tutankamón no se movía.

Akhesa velaba a Tutankamón.

Gravemente herido, el joven rey era cuidado día y noche por médicos y magos, que habían desinfectado sus heridas y reducido una fractura en la pierna izquierda. Tras tres días de angustia en los que la existencia del monarca había permanecido en manos de la diosa de occidente, el espíritu de Tutankamón parecía vincularse de nuevo a la tierra.

Akhesa permanecía sentada en un sitial cubierto de oro, cuyos barrotes estaban adornados con lotos y papiros. Se apoyaba en los brazos, formados con el cuerpo de dos serpientes aladas y coronadas, que tenían en sus anillos y en el interior de sus alas cartuchos con el nombre del rey. De este modo, el ser inmortal del faraón quedaba perpetuamente protegido del mal. Los pies desnudos de la gran esposa real se apoyaban en un escabel de madera dorada, incrustado de cerámica azul y decorado con la representación de nueve arcos, evocando el conjunto de los países extranjeros sometidos a la autoridad del rey de Egipto.

La respiración del rey se hizo entrecortada. Tutankamón se volvió hacia un lado, gimió y abrió los ojos.

-Akhesa...

-Aquí estoy -respondió ella enseguida, precipitándose hacia la cama para cogerle de la mano.

Sus mejillas se tocaron, y los jóvenes hicieron que sus alientos coincidieran, como si sus almas se uniesen.

-Me encuentro mejor, Akhesa... Creo que soy capaz de levantarme.

-No te muevas. Voy a buscar un bálsamo.

La joven apartó la sábana de lino que cubría el cuerpo de Tutankamón, y le dio un largo masaje con un ungüento que tenía la virtud de cicatrizar las carnes y suprimir los dolores. Luego, vertió en su piel un perfume de las diez esencias más raras, elaborado en el laboratorio de Karnak, y le ofreció frutos de mandrágora.

El rey tenía la nuca apoyada en un almohadón puesto sobre una cabecera de marfil, adornada a ambos lados por una risueña cabeza de Bes, el dios enano que mantenía la alegría y la vitalidad.

-Akhesa..., colócate encima de mí... Quiero amarte.

Tutankamón tendió los brazos hacia ella. Akhesa besó sus manos, se volvió, regresó con un collar de flores de loto y se lo puso al cuello.

Luego se desnudó, conservando sólo un colgante en forma de corazón, y se tendió con infinita suavidad sobre el cuerpo del rey.

Tutankamón, apaciguado, descansaba. Sentada en el alféizar de una ventana, Akhesa contemplaba las estrellas del cielo estival. Una de ellas brillaba más que las otras. La joven, recordando sus lecciones de astronomía, creyó haberla identificado, pero enseguida advirtió su error. Aquella estrella no estaba entre las que los sabios habían repertoriado. Su extraña claridad le hipnotizaba.

De pronto, comprendió.

Era el alma de Akenatón, su amado padre, que se le aparecía, recordándole que debía continuar su obra, luchar contra los sacerdotes de Amón y su primer profeta, aquellos malvados que olvidaban el esplendor divino para enriquecerse. Hija de Akenatón y esposa de Tutankamón, heredera de un mundo aniquilado que no debía desaparecer de la memoria de los hombres, dividida entre el respeto a un mensaje del que era única depositaría y las exigencias del poder, Akhesa necesitaba aquella luz en el corazón de la noche. Más allá de la muerte, Akenatón le transmitía la potencia vital que circulaba por el universo y que ninguna bajeza humana mancillaría nunca.

La estrella, decían los sabios, era la puerta del cosmos por la que pasaba la enseñanza divina. El alma de Akenatón ya formaba parte de la corte celestial, donde las estrellas eran una cofradía de luz. El rey difunto anunciaba a su hija que había vuelto al origen, al lugar intemporal donde la aguardaba.

Akhesa, colmada de indecible felicidad por esta revelación, posó la mano en su vientre desnudo. Intuía que aquella noche había concebido otro hijo. Tenía que vencer también en ese combate, llevar a buen puerto un embarazo que diera un hijo a Tutankamón, un hijo a quien ella inculcaría el sentido del Estado.

¡Cómo le gustaban esas noches cálidas, llenas de perfumes que ascendían de la tierra húmeda, regada por los jardineros! Escuchaba el rumor de las alas de las lechuzas atravesando las tinieblas en busca de una presa. Oía el latido del corazón secreto de la naturaleza, reflejo del imperecedero orden concebido por Dios.

Su mirada se posó en los dos objetos que el rey conservaba a la cabecera de su lecho, sus más preciados recuerdos: una estatuilla de Amenofis III, de oro macizo, y una caja de plata con el nombre de la reina Teje, que contenía un rizo de la gran reina. Akhesa la consideraba un modelo que intentaría seguir y superar.

Huy y Nakhtmin habían decidido llevar a cabo, juntos, una investigación sobre el incidente que había estado a punto de costarle la vida al rey Tutankamón. Ambos estaban de acuerdo en lo principal: una fiera peligrosa había reemplazado al pacífico león previsto para el ritual. Aquel cambio, llevado a cabo con intención criminal, había requerido una organización especial cuyas huellas resultaría muy difícil encontrar. Nakhtmin se encargaría de los ritualistas que se ocupaban de la buena marcha de la ceremonia; Huy, de los funcionarios destinados al zoo real. Tendrían que proceder con prudencia para identificar a los eventuales culpables y no arriesgarse, también, a un destino funesto. Cada noche se encontrarían en el templo de Mut, donde médicos y cirujanos de Tebas celebraban sus ritos, y efectuarían sus investigaciones.

Huy y Nakhtmin, indignados por la conspiración asesina fomentada contra un rey al que veneraban, se habían jurado descubrir la verdad, aunque ésta debiera salpicar la corte o a un gran personaje del Estado.

La gran esposa real, consultada del modo más discreto, les había alentado. Contaba más con ellos que con el «divino padre» Ay, encargado de la investigación.

-No disponemos de ningún indicio serio -confesó el «divino padre» Ay, apenado-. Nadie fue imprudente. El león se volvió loco... ¡Un animal casi domesticado! Es increíble.

-¿No hubo.,., o fue substituido? -preguntó la gran esposa real.

El «divino padre» frunció las cejas.

-¡Absolutamente imposible, Majestad! ¿Quién habría podido atentar contra la vida de nuestros amados soberanos? No, es insensato. Apartemos esa horrible idea. Sólo la fatalidad explica el drama. ¿Cómo se encuentra el rey esta mañana?

-Está débil todavía -respondió Akhesa-. Pasa durmiendo la mayor parte del tiempo.

-Gracias a Dios, Egipto no ha perdido a su rey... ¿No es ya hora de vuestra audiencia?

-En efecto, divino padre. Ahora mismo voy.

Tutankamón estaba casi restablecido. Pero Akhesa quería evitarle cualquier fatiga antes de que estuviera completamente curado y le había obligado a permanecer en la alcoba, rechazando las visitas. El peso del gobierno descansaba sobre los hombros de la gran esposa real y de su Primer ministro, Ay, al que le solicitó que se encargara de los asuntos corrientes.

-Si lo desea, Majestad, estoy dispuesto a liberaros de las más abrumadoras tareas.

Akhesa, severa, miró al anciano dignatario.

-Limitaos a ejecutar mis órdenes como yo ejecuto las del faraón. De acuerdo con nuestras instituciones, gobierno las Dos Tierras hasta que regrese al trono. Esta noche me traeréis los informes sobre el mantenimiento de los canales y el almacenamiento de la próxima cosecha.

-Muy bien, Majestad.

Akhesa se alejó presurosa, dejando al Primer ministro en plena reverencia.

La gran esposa real había olvidado festejar su decimoctavo aniversario. Desde hacía cinco meses, es decir, desde lo que consideraba un atentado frustrado contra su esposo, no se había tomado un sólo día de descanso pese a su nuevo embarazo. Se había visto obligada a llevar la dura y rigurosa existencia de un faraón, con una docena de horas de trabajo al día sobre una cantidad inagotable de expedientes.

Perjudicada por su falta de competencia técnica y administrativa, Akhesa había confiado en su instinto para separar los temas esenciales de los problemas secundarios. Sobre todo, había utilizado al «divino padre» Ay haciéndole mil preguntas y extirpándole lo esencial de su larga y preciosa experiencia. Cuando Ay tuvo conciencia de que le habían arrebatado su más precioso tesoro, era demasiado tarde. Akhesa no le necesitaba ya como mentor. Se había convertido en su servidor y su subordinado. ¿Qué hacer, sino aceptar la situación?, tal como le dijera a Horemheb.

Akhesa tenía un nudo en la garganta. La audiencia prevista para aquella mañana le había impedido conciliar el sueño. El hombre a quien había convocado era uno de los escasos seres que no se doblegaban ante ella. Precedida por dos arqueros, la gran esposa real entró en una pequeña sala iluminada por dos ventanas rectangulares abiertas en el techo. Despidió a los guardas e hizo cerrar las puertas, pues no deseaba la presencia de testigo alguno.

El Artífice Maya aguardaba, sin impacientarse, apoyado en una columna. Un simple mensaje llevado por la sirvienta nubia no había bastado para hacerle venir a palacio. Akhesa había tenido que enviarle a un portador del sello real, provisto de una imperiosa convocatoria a la que el ministro de Finanzas y jefe de todas las obras del rey no podía sustraerse.

Akhesa no se sentó en el trono que le estaba reservado. Intentar impresionar a un hombre tan rudo como Maya habría sido un error de estrategia. También sería inútil preocuparse por los matices. Por ello fue derecha al grano.

-Maya, no comprendo vuestra actitud. ¿Por qué no adelantan los trabajos de Karnak? ¿Por qué el templo funerario del rey sigue siendo sólo un plano? ¿Por qué permanecéis en Tebas en vez de recorrer Egipto y hacer erigir en todas partes monumentos en su gloria?

-Hay una sola respuesta para todas esas preguntas, Majestad: me faltan los materiales. El granito de Asuán no llega. Sería necesario construir nuevas barcas y planificar los transportes de un modo distinto.

El tono de Maya era cortante, casi insultante.

-Os burláis de mí, Artífice. Son problemas de vuestra competencia. Si no los habéis resuelto es que pensabais utilizarlos como pretextos.

Maya levantó los ojos a las ventanas, de las que brotaban intensos haces de luz. Uno de ellos iluminaba el rostro de la gran esposa real.

-Bien pensado, Majestad -confesó.

-Pero ¿por qué os comportáis así? -preguntó Akhesa de nuevo.

Maya vaciló antes de responder. Consideró preferible descubrirse.

-Porque sois vos y no el rey quien me da las órdenes desde hace cinco meses. Reconozco sólo una autoridad, la de mi señor Tutankamón. Sólo trabajaré para él.

Akhesa estaba estupefacta. Sabía que el Artífice era testarudo, pero no le hubiera creído tan obstinado.

Se había pasado de la raya.

-Actúo como gran esposa real, Artífice, en nombre del faraón. Mis palabras son las suyas. Así lo quiere la intangible regla de Egipto. Tenéis el deber de acatar mis directrices.

-Fue Tutankamón quien me salvó la vida, nadie más.

-No se trata de vuestros recuerdos ni de vuestros sentimientos, sino de vuestras funciones. ¡En las Dos Tierras reina una pareja, no lo olvidéis! ¿Estáis decidido, por fin, a obedecer aunque me odiéis?

-¿Pensáis obligarme a hacerlo, Majestad?

-Me insultaríais si lo dudarais.

Maya bajó los ojos. Aquella mujer, en exceso hermosa, era el retrato de la desgracia. Destruiría al rey, estaba seguro de ello. El faraón le había ascendido a una de las más altas dignidades del imperio para que interviniera con los nuevos poderes que detentaba.

-Permitid que me retire, Majestad -dijo con acritud-. No puedo perder ni un sólo instante.

Huy y Nakhtmin se encontraron una vez más en el templo de Mut, donde los médicos eran iniciados en su arte, en los misterios de la vida y de la muerte, por la temible Sekhmet, la diosa con cabeza de león. Varias celdas estaban reservadas a los aspirantes a prácticos. En una de ellas, al abrigo de oídos indiscretos, ambos dignatarios intercambiaban los resultados de su investigación, bastante decepcionantes por el momento.

Por la brillante mirada de Huy, Nakhtmin comprendió que había novedades.

-Creo tener un serio indicio -dijo Huy, nervioso.

-¿Cuál?


-Me costó descubrirlo y verificarlo, sin duda porque la idea era muy simple. El hombre encargado de alimentar a los animales estaba enfermo. Su substituto tiene una reputación excelente. Nadie desconfió de él, tanto menos cuanto que está muy acostumbrado a los leones y es uno de los vigilantes del zoo real.

-¿Lo habéis interrogado?

-Ya no está en Tebas. Fue enviado a la más lejana de nuestras provincias de Asia para capturar fieras.

-¿Cuándo volverá?

-No volverá. Ha sido devorado por un león.

Nakhtmin no ocultó su decepción.

-Le han eliminado para impedirle hablar. Hemos perdido nuestra mejor pista.

-No por completo.

-¿Qué pasa, Huy? ¿Has descubierto algo más?

-Eso creo, Nakhtmin. Pero mi boca debe permanecer cerrada.

-¿Por qué? ¿Ya no confías en mí? -se indignó el jefe del ejército.

-Claro que sí.

-Pues entonces, ¡explícate!

-He sabido el nombre de la persona a la que había servido ese cazador de leones. Y ese nombre sólo puedo revelarlo a la gran esposa real.



24

Toda Tebas estaba ocupada en la preparación de la hermosa fiesta del valle, durante la cual, gracias a la intercesión del faraón, los vivos y los muertos comulgarían en un mismo banquete. Akhesa esperaba que Tutankamón pudiera ocupar su puesto y dirigir el ritual.

Era la última serie de audiencias que la gran esposa real concedía antes de entrar en el templo, acompañada por su esposo, para un período de retiro. A intervalos regulares, la pareja real tenía que purificarse en el santuario, librarse de las preocupaciones cotidianas por un contacto directo con el mundo de los dioses.

Poco después del alba, el «divino padre» Ay había presentado a la reina un informe muy completo sobre la economía de las provincias. Gracias a la rigurosa gestión de los grandes templos y a la competencia de los administradores locales, Egipto había recuperado una prosperidad comprometida durante los últimos años del reinado de Akenatón. Akhesa había tomado conciencia de los errores de su padre, que negligía demasiado lo cotidiano. Firmando decretos favorables a los notables de las principales ciudades, concediéndoles tierras, iniciando de nuevo el diálogo con los grandes sacerdotes que, en todo el país, aseguraban la buena circulación de los géneros alimenticios sacralizados en los templos antes de ser distribuidos a la población, Akhesa había alejado el espectro de una guerra civil y devuelto la confianza en el poder del faraón. El reino de Tutankamón se anunciaba como apacible y feliz, reanudando la luminosa civilización de Amenofis III.

¿Quién habría podido sospechar las verdaderas intenciones de Akhesa? ¿Quién habría podido imaginar que aceptaba la tradición para tranquilizar mejor a sus adversarios, adormecer su confianza y preparar una nueva revolución religiosa y social que prolongara la de su padre y le vengara de las injusticias que había sufrido? Akhesa, al acceder a la función de gran esposa real, había perdido toda ambición para sí misma. Más allá de las debilidades humanas, tenía que hacer brillar el mensaje del sol divino.

Tras un prolongado baño en el agua tibia y perfumada, Akhesa cenó sola en palacio. Cuando penetró en su alcoba, que daba al jardín, tenía prisa por tenderse en el lecho preparado por la sirvienta nubia y sumirse en un sueño regenerador.

Al encender la mecha de un hachón, Akhesa descubrió, oculto en un rincón de la alcoba, a un hombre que llevaba al cinto una larga daga.

Salió de la penumbra.

Akhesa no tuvo tiempo para tomar conciencia de su miedo. Gritar o huir eran actos indignos de una esposa real. Si tenía que enfrentarse con el asesino que le ofreciera la muerte, no retrocedería.

Reconoció al general Horemheb, cuyo hermoso rostro, de rasgos nobles y finos, quedaba iluminado por los danzantes fulgores de la llama.

-¿Cómo os habéis atrevido...? -murmuró subyugada.

-Perdonad mi intrusión, Majestad, pero vos sois la única responsable.

Akhesa vestía una túnica blanca transparente, que se detenía a medio muslo. Con los pies desnudos, se había quitado brazaletes, collares y anillos, conservando sólo un escarabeo de oro en el anular de la mano derecha. Garantizaría una feliz transformación de su corazón mientras ella cruzaba los peligrosos espacios de la noche. El general Horemheb iba con el torso desnudo y un taparrabos de cuero. Había prescindido de toda insignia que indicara su rango.

-Hace varios meses que os negáis a concederme una audiencia privada, Majestad, sin motivo válido alguno.

-¡Vuestra insolencia merece castigo! -replicó ella, cortante-. Ninguna de vuestras peticiones ha sido formulada según las reglas. Eran, por lo tanto, inaceptables.

Horemheb oprimió la empuñadura de su daga.

-Sois demasiado inteligente, Majestad, para que tales argumentos os convenzan. No es posible encerrar a un escriba real como yo en las redes de una administración cuyos mecanismos controla.

-¿Por qué habéis cometido voluntariamente esos errores?

-Para saber durante cuánto tiempo os atreveríais a desafiarme públicamente.

Akhesa se sirvió una copa de jugo de uva.

-¿Desafiaros? -ironizó-. Perdéis el sentido de la jerarquía, general. Recuperad vuestra sangre fría.

Horemheb comenzó a desenvainar su daga. La madurez de la gran esposa real le asombraba. Las huellas de la adolescencia habían desaparecido. Akhesa se había convertido en dueña de Egipto. En adelante, sería necesario contar con ella. El general lo había sabido desde el primer instante en que la viera. Su tentativa de intimidación había terminado en un doloroso fracaso.

-Salid de mi alcoba, general.

-No, Majestad. Tenéis que escucharme. He roto el silencio en el que me habéis encerrado por un motivo que afecta a la supervivencia de Egipto.

La daga había salido casi por completo de la vaina. Horemheb actuaba como en una pesadilla. La existencia de Akhesa dependía de su respuesta. Si se negaba a escucharle, si sacrificaba el reino a su ambición de poder, ¿merecería seguir viviendo, aun cuando estuviera traicionando a su país del modo más vil?

Akhesa abrió un cofrecillo para las joyas. Su magia la protegería. Colocó una diadema de piedras preciosas sobre sus cabellos de azabache, adornó sus muñecas con brazaletes de oro, puso alrededor de sus tobillos cadenillas de oro y tomó un sillón de formas torneadas en el que se sentó.

-Puesto que es necesario -dijo con voz pausada-, transformaré este lugar de reposo en sala de audiencias. Os escucho, general.

Horemheb, aliviado, envainó su arma.

-Vivimos en una paz falsa, Majestad. El país se adormece en una tranquila felicidad, pero sigue cometiendo los mismos errores que bajo el deplorable reinado de vuestro padre.

Akhesa no reaccionó. La trampa era demasiado burda. La estaba provocando.

-Los hititas -prosiguió Horemheb— se aprovechan de nuestra pasividad. Avanzan poco a poco hacia Egipto, sustituyen por hombres de paja a los pequeños potentados que nos eran fieles. Pronto nuestras fronteras serán sólo un muro artificial, que caerá fácilmente ante un ejército invasor.

-Hanis, el jefe de nuestra diplomacia, no me ha comunicado ningún temor especial. El rey del Hatti me ha asegurado varias veces su amistad, lamentando los deplorables incidentes que se produjeron hace más de tres años. Los traidores fueron castigados. El Hatti no desea la guerra.

-Claro, Majestad. Sólo desea una victoria rápida y total que preparará durante tanto tiempo como sea necesaria. El ejército hitita no correrá riesgos. Golpeará con seguridad en el momento elegido. Y el momento se acerca. Tras haber viajado mucho, Hanis aprecia hoy los placeres de Tebas. Sólo es ya el reflejo de sus enviados, la mayoría de los cuales son incompetentes o ciegos.

-Y vos no lo sois, ¿verdad, general?

-En efecto, Majestad. Voy con frecuencia a Menfis, donde se hallan nuestro mayor arsenal y nuestros principales cuarteles. El armamento es suficiente todavía, pero se degrada. Sería preciso multiplicar las maniobras de los cuerpos del ejército, fabricar nuevas armas, nuevos barcos de guerra.

-¡Y llamar así la atención de los hititas, que podrían creer en la eventualidad de un ataque por nuestra parte! Sería un error catastrófico.

Aquella seguridad irritó a Horemheb.

-¿Os creéis capaz de evaluar la situación mejor que yo? No tenéis experiencia alguna en ese campo. No conocéis a los hititas. Sólo la fuerza les impresiona. Tenemos que llevar el hierro a sus propios territorios antes de que sea demasiado tarde.

Akhesa, furiosa, agarró los brazos del sillón.

-¡El faraón no aceptará nunca esta locura! Nunca.

-¡De modo que me impedís también que actúe! Sea, Majestad. Obedeceré. No tengo elección. Pero no quiero verme asociado al inevitable desastre cuya causa seréis. Habéis nombrado a Nakhtmin jefe del ejército. Que asuma plenamente sus funciones.

-Ésa es mi intención, general. Sin embargo, vos seguiréis siendo su superior.

-A mi edad, no me seducen ya los títulos vacíos de sentido, Majestad, y aceptaré la proposición del Primer Profeta de Amón.

Horemheb mostraba una segura tranquilidad que inquietó a Akhesa.

-¿Cuál es?

-Olvidar mis tareas administrativas y militares para ocuparme más del templo de Karnak y su desarrollo. Un escriba real no debe desdeñar las enseñanzas de los sacerdotes. Trabajar a su lado me resultará beneficioso. Defenderé mejor sus intereses ante el rey.

La gran esposa real temió haber comprendido bien.

-¿Significa eso, general, que intentáis debilitar la autoridad del faraón, aliándoos contra él con los sacerdotes?

-Significa, Majestad, que sois la hija de Akenatón, el herético, y podríais sentiros tentada de extender de nuevo su locura. Para evitaros cualquier debilidad de este tipo, sabed que domino Menfis y que las tropas de elite me son fieles. Sabed también que los sacerdotes de Amón nunca os tolerarán desviación religiosa alguna.

Así, Horemheb había decidido encerrar a Akhesa entre los muros de una cárcel en la que ejercería un poder limitado, cada vez más ilusorio. El general abandonaba Tebas a los sacerdotes de Karnak, que desempeñarían el papel de perros guardianes, y se instalaría en Menfis para preparar allí una política de control del país y de expansión territorial basada en la fuerza armada.

-Sois una reina maravillosa -reconoció Horemheb-. En pocos meses habéis conseguido imponer vuestra personalidad y reinar sobre la muchedumbre de los cortesanos. Es un resultado notable. El pequeño rey, Tutankamón, os está sometido por completo y sabéis utilizarlo con raro talento. Pero estáis llegando ya a los límites del territorio que podíais dominar. Ni el Primer Profeta ni yo os permitiremos ir más lejos.

Akhesa, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, parecía vencida. Horemheb aguardaba su rebeldía, sus cortantes respuestas. Pero la joven admitía haber perdido la partida. Entrando en razón, demostraba una vez más su inteligencia.

Horemheb dejó de mirarla como a un adversario. Abandonaba el combate y casi se pasaba a su bando. Relajándose, Horemheb se dejó cautivar por el encanto de aquel rostro de divina finura. Tal vez el destino que les había separado se mostrara algún día menos cruel.

-Olvidemos los asuntos de Estado -sugirió con su voz grave y melodiosa, cuya magia conocía-. Cuanto más nos enfrentamos, Majestad, más nos estimamos... Más nos amamos.

Akhesa mantenía la misma actitud sumisa. La de una frágil muchacha que aceptaba su suerte.

-Son vuestros sentimientos -dijo-, no los míos...

-No os creo, Majestad. Sabré permitir que vuestro corazón hable.

Horemheb, sonriente, se acercó a la gran esposa real. Le embriagaba.

-Antes de tomaros ese trabajo, general, escuchadme bien.

El tono había sido tan duro, tan cortante, que Horemheb se inmovilizó.

-Vuestra estrategia me parece sobresaliente -prosiguió—. Sin embargo, deberéis renunciar a ella y limitaros a obedecer al faraón.

Una sorda inquietud se apoderó de Horemheb. ¿Qué arma secreta poseía Akhesa? ¿No se trataría de una simple maniobra de diversión?

-¿Conocéis la suerte reservada a quienes atentan contra la vida del faraón, general?

-¿Qué significa tan odiosa acusación, Majestad?

Horemheb no tenía ya deseo alguno de hablar de amor.

-Intentaron matar a Tutankamón -explicó Akhesa, con una calma glacial-. El hombre que substituyó a un león harto y drogado por una peligrosa fiera ha sido identificado. Murió en un accidente... A menos que fuera asesinado.

-Son unos acontecimientos deplorables -admitió Horemheb—. Los culpables deben ser severamente castigados. Pero ¿en qué me afecta a mí eso?

La mirada de Akhesa flameó.

-Han sido necesarias varias semanas de investigación para averiguar la verdad... ¡Para descubrir el nombre del criminal que dio la orden de actuar! Es un secreto de Estado que sólo conocemos Huy y yo.

Turbado, Horemheb parecía pendiente de los labios de la gran esposa real.

-¡Y vos, puesto que fuisteis el instigador de tan horrible conspiración!

-¿Quién osa acusarme así? -protestó indignado.

-El hombre era un servidor de alguien a quien conocéis muy bien: vuestra esposa, dama Mut.

Horemheb creyó que el rayo del dios Seth le traspasaba el corazón. Durante unos instantes, dejó de respirar, abrumado por la terrible revelación.

-Lo..., lo ignoraba, Majestad

-¿Estáis dispuesto a jurarlo en nombre del rey?

Akhesa presentó al general el sello de Tutankamón, estampado en los documentos oficiales que emanaban de palacio.

Horemheb juró con solemnidad.

-Sabía que no erais culpable -dijo Akhesa serena-. Pero Mut es vuestra esposa. Si pido la apertura de un proceso, nadie creerá que no fuisteis el instigador de la conspiración. Vuestra esposa pensó que, desaparecido Tutankamón, os convertiríais en regente del reino

Horemheb se sentía dolorido, como si hubiera librado un combate cuerpo a cuerpo.

-¿Qué pensáis hacer, Majestad?

-Nada, general.

-¿Y qué me pedís a cambio?

-Ya os lo he dicho: sólo obediencia.

Akhesa pasó la noche en brazos de su joven esposo. Su vientre de futura madre comenzaba a redondearse. Se sentía absolutamente feliz, más segura de sí misma de lo que nunca había estado. La grave falta cometida por dama Mut le era mucho más útil de lo que había esperado, permitiéndole maniatar a Horemheb como si fuera un prisionero vencido. Aun sin haber dormido un sólo segundo, debido a su exaltación, cuando llegó el alba su tez estaba perfectamente fresca, como si el tiempo y el cansancio no tuvieran poder sobre ella.

Se ofreció, desnuda, al sol naciente, absorbiendo con todo su cuerpo la energía divina que hacía renacer la naturaleza. Los suaves rayos se deslizaban por su piel del dorado color de la miel, nutriéndola, llenándola de una alegría inalterable. Uniendo las manos sobre su pecho, dirigió una plegaria matinal al fulgurante disco, la que su padre Akenatón había creado: «Te levantas en perfección, disco de luz, que vives desde los orígenes, cuyos brazos abarcan todos los países, tú expulsas las tinieblas. Llenas las Dos Tierras con tu amor, hombres, bestias y árboles crecen en la tierra pues brillas para ellos. Eres único, pero en ti hay millones de vidas».

El milagro estaba produciéndose: el nuevo sol nacía.

La naturaleza despertó, los pájaros aletearon y cantaron, mil ruidos llenaron cielo y tierra. Cuando Akhesa se dirigía al cuarto de baño, su sirvienta nubia se interpuso.

-El divino padre Ay solicita audiencia -anunció-. Quiere veros inmediatamente. Afirma que es muy importante. Se ha dirigido a mí para que nadie más lo supiera.

Había hablado con tanta volubilidad, que Akhesa le pidió que lo repitiera. Vistiéndose con una túnica ligera, la reina se dirigió rápidamente a la antecámara donde le aguardaba su Primer ministro.

-¿Qué es eso tan urgente? -preguntó intrigada.

-¡Una huelga! -respondió el «divino padre» con labios temblorosos-. El Artífice, Maya, ha ordenado que todos los artesanos dejen el trabajo.

-¿Se han retrasado las entregas de pan y cerveza?

-No, ningún incidente material. Maya quiere ver al rey. El Artífice ha regresado a su poblado de Deir el-Medineh.

-Me encargaré de este asunto, divino padre.

Nunca los guardias del poblado de Deir el-Medineh habían visto de tan cerca a una gran esposa real. Acompañada sólo por su sirvienta nubia, Akhesa se había presentado a mediodía en las puertas del territorio reservado a los constructores, sin haber avisado a Tutankamón de sus intenciones. El rey reposaba en un jardín, a orillas de un lago de recreo. Reaparecería dentro de poco.

La huelga de los artesanos, que acarreaba la detención de las obras, era grave. Ver como se interrumpía la construcción de las moradas de eternidad, templos y tumbas, ponía en peligro el equilibrio del Estado. Sólo el faraón o su Primer ministro tenían autoridad para negociar con el Artífice.

Los guardas, dada la personalidad de la visitante, no exigieron la contraseña, pero detuvieron a la nubia en la entrada y unos hombres armados acompañaron a la reina hasta una modesta casa de ladrillos secos, contigua a la muralla, no lejos del lugar donde se almacenaban las reservas de agua y donde los maestros impartían clases de escritura, dibujo, escultura y pintura.

Maya, sentado con las piernas cruzadas en el suelo de tierra batida, grababa en un trozo de caliza una escena de fábula en la que un asno, convertido en músico, hechizaba los oídos de una concurrencia de ratones. No levantó los ojos cuando Akhesa fue introducida en su taller.

-He solicitado ver al rey -dijo, hosco, sin dejar de trabajar.

-Exigís mucho más, Maya. Queréis imponerme vuestro poder, romper lo que consideráis mi orgullo, dominar mi voluntad. Deseabais atraerme hasta aquí. Lo habéis conseguido.

El Artífice dejó su fino cincel de cobre.

-Tal vez tengáis razón, Majestad. Y, en ese caso, deberíamos entendernos.

-¿Qué esperáis exactamente de mí?

-Que dejéis toda actividad política y os limitéis a ser una esposa fiel y discreta.

Akhesa sonrió ante la ingenuidad de la frase.

-¿Por qué me odiáis tanto?

-Porque no amáis a Tutankamón. Atraéis la desgracia sobre su cabeza.

-Os equivocáis.

-La huelga de los obreros -amenazó terco Maya- durará mientras no juréis consagraros sólo a organizar recepciones y a vuestros deberes religiosos.

El Artífice tomó de nuevo su instrumento.

-Tengo otra proposición que haceros -dijo la reina-. Sólo tengo un medio para convenceros de mi sinceridad y hacer que finalice la huelga: convertirme en miembro de vuestra comunidad.

Maya la miró, estupefacto.

-Pero... ¡eso es imposible!

-Bien sabéis que no, con una condición, sufrir la prueba de la cima.

Akhesa fue aislada hasta que llegó la noche en una cabaña de obras, llena de instrumentos. No le dieron agua ni alimento. Soportó sin esfuerzo el aislamiento y el calor, pues deseaba afrontar la temible prueba que le permitiría entrar en la cofradía más hermética de Egipto y ganarse así la confianza del Artífice Maya. Tenía que lograrlo. Akhesa había reflexionado mucho antes de iniciar tan peligroso camino. Era consciente del riesgo. En una sola noche podía aniquilar la obra pacientemente elaborada desde hacía más de tres años. Arriesgaría incluso su vida. Pero no había otra solución. Maya era un hombre de una pieza, insensible a los honores, incorruptible. Tenía que hablar el mismo idioma que él, combatir en su, propio terreno. Someterle por la fuerza era imposible.

Cuando el sol desapareció por occidente, lanzándose a la tenebrosa pendiente donde se enfrentaría, en un duelo sin cuartel, con el dragón decidido a destruirle, dos escultores fueron a buscar a la gran esposa real. En Deir el-Medineh era sólo una mujer que pedía ser iniciada en los misterios de la cofradía. Su título y su rango no contaban. La despojaron de sus vestiduras y le pusieron una basta túnica de napa que le irritó la piel. Le entregaron un odre lleno de agua y un pedazo de pan, luego la condujeron fuera del pueblo.

Un viento fresco la hizo estremecerse. Tuvo que tomar un sendero estrecho y sinuoso. La pendiente era muy fuerte. Sus guías caminaban con un ritmo sostenido, vigilándola de cerca por miedo a que intentara huir. El dios luna brillaba en lo alto del cielo, iluminando la montaña y el valle con una luz plateada, suave y angustiosa a la vez.

Una hora más tarde, llegaron al pie de la cima cuya cumbre, en forma de pirámide, dominaba con su inquietante masa las tumbas de los monarcas excavadas en un valle de piedra y arena.

Ambos escultores dejaron atrás tres casas de piedra donde residían, en ciertos períodos, obreros que descansaban un poco antes de regresar al trabajo. Las exigencias de la obra les impedían, a veces, ir a dormir al pueblo.

Finalmente, el trío llegó al oratorio de la prueba, una minúscula capilla que carecía de puerta y en la que sólo cabía una persona.

-Entrad -ordenó uno de los escultores-. Pasaréis aquí la noche. Nos vamos, pero estaremos vigilándoos. Sólo hay un sendero para volver al valle. No intentéis huir. Nos veríamos obligados a mataros. Volveremos al alba. Veremos entonces si habéis sobrevivido a los demonios y las bestias feroces que atacan a los mentirosos y a los cobardes.

A Akhesa le habría gustado hacerles algunas preguntas, pedirles algunas precisiones sobre los peligros que la acechaban, pero los artesanos le volvían ya la espalda, bajando por la escarpada pendiente con agilidad.

Durante unos instantes, la gran esposa real lamentó su iniciativa. No esperaba aquella profunda soledad, aquella noche hostil en la que pronto resonarían las risas sarcásticas de las hienas. Los perros vagabundos lanzaron sus primeros gruñidos antes de lanzarse a la caza. Akhesa no temía a los depredadores de las tinieblas. Temía a los fantasmas, a los espectros de silenciosos movimientos, que atacaban por la espalda o de soslayo. En los templos, los ritualistas sabían cómo rechazar esas fuerzas maléficas que chupaban la médula de los huesos y se introducían en las venas y en las arterias para beber sangre.

Quien quisiera penetrar en la cofradía de Deir el-Medineh, tenía que pasar la noche en la cima y enfrentarse con los monstruos devoradores de vida. Al alba, se encontraban los cadáveres de quienes, debido a su indignidad o su cobardía, no habían podido resistir los asaltos de los enemigos invisibles.

Akhesa bebió un poco de agua, pero no consiguió comer. Un dolor le recordó la presencia del niño al que pronto traería al mundo. Levantando su mirada al cielo, buscó la estrella que contenía el alma de su padre, Akenatón.

No la encontró.

Inquieta, quiso levantarse, pero una fuerza de increíble violencia la mantuvo agachada. Un viento helado le cortó la respiración. Sintió la tentación de cerrar los ojos, pero siguió escrutando el cosmos. Una forma blanquecina salió de un enorme bloque y se dirigió hacia el oratorio.

Aterrorizada, Akhesa aulló.

Una mano se posó en su hombro izquierdo.

Esta vez, consiguió ponerse en pie y salir de la capilla, pero un intolerable sufrimiento le desgarró el vientre.

La forma blanquecina se había multiplicado en varios demonios con la apariencia de enanos de ensangrentados dientes que esgrimían cuchillos.

Atacaron.

Brilló una luz. Una estrella fugaz cruzó los cielos. Su luz iluminó el sendero por el que Akhesa quería huir. Gracias a ella, la joven advirtió el abismo en cuyas profundidades unos monstruos con cabeza de león y de chacal acechaban a su futura víctima.

Su padre acababa de salvarla, no le cabía duda. Gimiendo, de rodillas, se arrastró hasta el oratorio donde se ocultó con la cabeza entre las manos.

Una voz llenó el edificio: «Soy la diosa del silencio, decía, la guardiana de la cima. Nadie puede mancillar mis dominios sin perder la vida. Penetro en ti, busco en tu corazón para descubrir si eres un ser de verdad. En ese caso, no tienes nada que temer de mí. Si has mentido, si has actuado contra la ley de Maat, te destruiré».

-¡No! -gritó Akhesa, casi inconsciente.

Un rostro de mujer de extraordinaria belleza, de finas cejas y delgados labios, danzó ante ella, haciéndose cada vez más grande. Se inclinó sobre ella. Quiso rechazarlo, pero cayó al suelo sin fuerzas. El rostro, inmenso ya, la besó en la frente. Era el rostro de su madre, Nefertiti.

Un fuego le abrasó la cabeza y el pecho.

Akhesa se desvaneció.

El sol acababa de levantarse cuando el Artífice Maya y los dos escultores llegaron al oratorio de la cima donde habían sufrido, como los demás miembros de la cofradía, la prueba impuesta por la diosa del silencio.

La gran esposa real yacía, inanimada, en el interior de la capilla.

El Artífice se arrodilló y posó la oreja en el pecho de la muchacha.

-Está viva -declaró-. La huelga ha finalizado y tenemos un adepto más.



25

Akhesa fue cuidada durante dos días por el médico del pueblo, después de que el faraón fuera advertido de la presencia de la gran esposa real en Deir el-Medineh. Sueño y pociones la curaron. El Artífice Maya, que no había abandonado la cabecera de la paciente, asistió a su despertar.

-Ya sois de los nuestros, Majestad.

-Me siento feliz, Maya. No podéis ya negarme nada, aunque sigáis sin amarme.

Un vivo descontento surcó los torturados rasgos del Artífice. Estaba obligado, aun a su pesar, a someterse a su propia regla.

-Vuestro valor es excepcional, Majestad, pero me costará quereros.

-Nadie os obligará a ello... Somos aliados y esto es lo esencial.

Con el corazón dominado por la rabia, Maya conocía su deber.

-Ordenad, Majestad -dijo con voz apagada-. Yo cumpliré.

-Ayudadme a levantarme.

El Artífice, vacilando, ofreció su brazo a la gran esposa real. Débil todavía, Akhesa se apoyó en Maya con todo su peso. Éste experimentó una extraña turbación y se sintió aliviado cuando la muchacha se apartó de él para sentarse en un taburete de tres patas.

-Deseo que fabriquéis un trono -indicó.

-¿Para el rey o para vos?

-Para el rey.

Maya se extrañó ante la modestia de esta petición.

-¿En madera chapada de oro?

-En el respaldo exterior, grabaréis una inscripción. Será invisible para los cortesanos, pero resultará eficaz cuando el mago la haya animado.

-¿Cuál?


-Dadme algo con lo que escribir.

Cuando la reina hubo abandonado el pueblo de Deir el-Medineh, Maya leyó y releyó el texto que había redactado y que le había confiado.

Sus peores presentimientos se confirmaban.

Akhesa, en una columna de jeroglíficos que sólo conocerían él y ella, había asociado los nombres de Amón y Atón. Este último estaría así presente en el trono real y seguiría ejerciendo en secreto, por medio del Verbo, una influencia mágica sobre el reino.

Maya sabía, ahora, cuál era el objetivo que la gran esposa real perseguía. Pero no podía traicionar el juramento que le ligaba a un miembro de su cofradía. Tenía que guardar silencio absoluto, se lo debía a Akhesa. Con los puños cerrados, dirigió una muda súplica a Ptah, el dios de los constructores, para que la muchacha fracasara en su empresa y Tutankamón no sufriera las consecuencias de su locura.

Akhesa en persona adornó el cuello de Tutankamón con un pectoral formado por un marco rectangular, en cuyo centro había un magnífico escarabeo de oro, turquesa y cornalina. La obra maestra de orfebrería era completada por un contrapeso que colgaba en la nuca del faraón. La cadena que lo unía al pectoral consistía en una sucesión de amuletos de oro y lapislázuli, el más hermoso de los cuales representaba al genio de la eternidad con los brazos levantados al cielo.

-Tuve tanto miedo, Akhesa. ¿Por qué intentaste la prueba de la cima?

-Para superarla, Majestad. Ya estáis listo para dirigir el ritual de nuestra mayor fiesta. Vuestro pueblo os aguarda.

-Me siento débil todavía, Akhesa. ¿No podríamos solicitar que el Primer Profeta me reemplazara y...?

-Debéis ocupar vuestro puesto. Los sacerdotes de Tebas esperan una ocasión como ésta para restringir vuestro poder.

-Tus designios te parecen demasiado negros, Akhesa. Son menos perniciosos de lo que imaginas. Permitamos que dirijan los asuntos de nuestro país como lo hicieron, y bien, en el pasado. ¡Somos tan jóvenes! Amémonos, disfrutemos de los placeres de la vida.

Tutankamón quiso tomarla en sus brazos, pero ella lo rechazó con ternura.

-Seguimos estando en el período de abstinencia impuesto por el templo -advirtió la gran esposa real-. Debéis respetarlo para poder cumplir vuestras sagradas funciones.

-Akhesa...

-Somos los primeros servidores de la regla de Maat, no lo olvidéis.

Nunca las festividades en honor de Amón habían sido tan brillantes. El Primer Profeta quería demostrar del modo más resplandeciente la supremacía absoluta del dios de Tebas.

El faraón desempeñaba el papel de Amón, y Akhesa el de su divina esposa. Precedida por una gran procesión de sacerdotes, veinte de los cuales llevaban sobre sus hombros la barca de oro del dios, la pareja real salió del templo de Karnak entre un inmenso concierto de aclamaciones. Durante once días, Tebas viviría en un general regocijo. En cada barrio se bailaría, se cantaría y se bebería noches enteras. El día estaría consagrado a dormir para recuperar fuerzas y poder festejar de nuevo. Por todas partes se levantaban tiendas donde se servía cerveza a voluntad.

La pareja real, convertida en pareja divina, penetró en la avenida de esfinges que conducía del templo de Karnak al de Luxor. Tutankamón y Akhesa llevaban máscaras de oro con las efigies de las divinidades.

Subyugado, el pueblo que contemplaba la ceremonia descubría con emoción los rostros del gran dios y de la gran diosa que vivían en el secreto del templo.

En el umbral de Luxor, el rey derramó una libación de agua y la reina depositó flores. Los soldados, en uniforme de gala, embocaron sus trompetas y soplaron a pleno pulmón. En el interior del lugar sagrado, donde los escultores de Maya habían creado admirables relieves que relataban los episodios del ritual, la pareja real consagró las innumerables ofrendas que adornaban los altares.

La muchedumbre, apiñada en los muelles, aguardaba con mal contenida indiferencia la partida de la gran nave real, acompañada por una flotilla que comprendía decenas de barcas y barcos, hacia la orilla oeste. En varios de ellos se instalaron capillas portátiles de las divinidades que se disponían a visitar, en tierras de occidente, a las potencias creadoras que descansaban en sus templos funerarios y a las almas de los muertos que seguían viviendo en sus tumbas. Músicos y danzarinas recibieron con alegría la llegada de la pareja real, ejecutando una serie de figuras acrobáticas que arrancaron aplausos.

Tamboriles, flautas y arpas acompañaron la lenta travesía del Nilo. A los clamores de esa orilla, sucedió el recogido silencio de la orilla oeste. Al desembarcar, la reina tocó el sistro, esparciendo por el aire ligero apaciguadoras ondas.

Luego, el largo cortejo se dirigió hacia el templo de Deir el-Bahari, construido por la reina Hatshepsut, que había subido al trono del faraón para dirigir un reinado feliz y luminoso. De santuario en santuario, el rey y la reina reanimaron a las dormidas divinidades para que favorecieran la prosperidad de las Dos Tierras.

Durante toda la noche, los vivos festejaron un banquete, en la capilla de las tumbas abiertas al exterior, con los muertos presentes en sus estatuas y sus miradas de esmeralda o malaquita. Una tranquila alegría llenaba los corazones. Egipto estaba en paz y tenía un buen rey.

La fiesta de Amón se había desarrollado a la perfección, sin el menor incidente. El Primer Profeta había dirigido las más vivas felicitaciones a la pareja real, que, durante los once días del ritual, había asumido su cargo con la dignidad que se le exigía. Del más crítico de los cortesanos al más humilde hombre del pueblo, todos habían comprobado que Tutankamón había cambiado y que cumplía, pese a su juventud, las exigencias de su función. Horemheb se reprochaba su falta de lucidez. Seguía convencido de que Tutankamón carecía de las cualidades necesarias para ser un gran monarca, pero había desdeñado en exceso la influencia de Akhesa. Ella conseguía reinar a través de la personalidad de su esposo.

Para Horemheb, el balance de aquellos últimos meses había sido catastrófico. Con las manos atadas por la estúpida iniciativa de su esposa, a la que nada le había dicho, Horemheb no tenía ya en la corte ningún amigo seguro. Desconfiaba del oportunismo del «divino padre» Ay y de la desenfrenada afición al lujo del embajador Hanis. En adelante, iban a jugar su propio juego y no el de Horemheb. Por lo que se refería a los nuevos dignatarios del régimen cuya influencia seguía creciendo, Huy, Maya y Nakhtmin, sentían por Tutankamón una indefectible amistad.

Quedaban el Primer Profeta de Amón, su cohorte de sacerdotes y las inmensas riquezas de los templos. Unos peligrosos aliados que deseaban utilizar al general para defender sus intereses. Horemheb no tenía elección. Sabía, sin embargo, que personalidades muy fuertes habían terminado, aun a su pesar, sometiéndose a la voluntad de los sacerdotes.

Solo en los establos de su villa, el general manipulaba un puñal de hoja de hierro. Habían sido los hititas los primeros en trabajar aquel metal. En Egipto, era más escaso que el oro. Horemheb estaba convencido de que el hierro iría progresivamente reemplazando al bronce en la fabricación de armas y que las haría, a la vez, más eficaces y duraderas.

La empuñadura estaba coronada por un cristal y decorada por franjas granuladas y alveoladas. Casi hipnotizado por aquella hoja de hierro, Horemheb se preguntaba cuánto tiempo resistiría aún antes de matar a Akhesa, aquella mujer inaccesible que rechazaba su amor, aquella gran esposa real que algún día tendría la talla de un faraón y tal vez sus prerrogativas.

Matar a Akhesa, romper el hilo de su destino, sustituir a la diosa de la muerte y condenar así su alma a la destrucción total... El escriba real Horemheb, educado en el conocimiento de los libros sagrados y de los textos de leyes, sufría horribles pensamientos que le agitaban. Se convertía en un extraño para sí mismo.

Tomó el puñal y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el muro, donde se hundió hasta la empuñadura.

Cuando recuperó el aliento, un intendente le entregó una imperativa convocatoria de palacio para la mañana siguiente.

Akhesa no había cumplido su promesa. El general comparecería ante un tribunal presidido por el «divino padre» Ay. Su condena era segura. Para Horemheb significaba el final del viaje terrestre en las más humillantes condiciones. No huiría. Implorando a su protector, el dios Horus, encontraría el valor necesario para afrontar dignamente su decadencia.

A la entrada del territorio real, Horemheb fue recibido por Nakhtmin, el jefe del ejército. Uno y otro pronunciaron fórmulas de salutación. Nakhtmin, acompañado por cuatro soldados de elite, condujo a Horemheb hacia el gran patio al aire libre.

El general quedó sorprendido. Esperaba ser conducido junto al rey, para una entrevista privada antes del juicio, o directamente al tribunal. Más asombrado quedó todavía al descubrir un gran número de cortesanos, oficiales superiores con sus caballos magníficamente enjaezados, damas vestidas con sus más hermosas galas, servidores que escanciaban vino y cerveza en grandes copas.

Nakhtmin leyó una inquieta pregunta en los ojos de su superior.

-Colocaos en el centro del patio, general.

Disimulando su vacilación, Horemheb avanzó a pasos lentos mientras todas las miradas se clavaban en él. Unas sirvientas depositaban flores en pequeños altares portátiles. Las tañedoras afinaban sus instrumentos.

Horemheb se detuvo, solo en medio de un inmenso círculo del que se había convertido en centro.

Portando sus abanicos de plumas de avestruz, Nakhtmin y Huy avanzaron hacia la fachada del palacio real que daba al patio.

De pronto, Horemheb creyó comprender, pero su hipótesis le pareció inverosímil. ¿Cómo habría podido concebir Akhesa...?

Un inmenso clamor interrumpió el flujo de sus pensamientos. Tutankamón y Akhesa aparecieron en la ventana principal de palacio, situada a unos tres metros del suelo. El rey y la reina llevaban una corona blanca y ligeras vestiduras que dejaban desnudos sus hombros. Sonrientes, escucharon complacidos las aclamaciones. En cuanto cesaron, Huy y Nakhtmin escoltaron a Horemheb y le acompañaron hasta el pie de la ventana de las apariciones reales.

El general se inclinó ante el rey y la reina.

Tutankamón elevó en la luz matinal un admirable collar de oro, formado por anillos que resplandecían bajo los rayos del sol.

-Hemos decidido ofrecer esta gran y hermosa recompensa a nuestro fiel servidor Horemheb -declaró el faraón-. Él es el guardián de la paz. Como escriba real y general, protege las Dos Tierras de la desgracia. Puesto que estamos especialmente satisfechos de él y del modo en que vela por la administración, le ofrecemos hoy cinco grandes collares de oro.

El rey se inclinó para condecorar al general. Cuatro servidores, llevando en unas bandejas los otros cuatro collares, se prosternaron ante él. Música y cantos saludaron el acontecimiento, cuyo excepcional carácter no escapaba a nadie. Los honores concedidos al general despertarían muchas envidias.

Horemheb buscó la mirada de la gran esposa real. Pero ésta observaba el horizonte, lejana y misteriosa. Vencía en una nueva batalla, con una maniobra genial, insospechable en una mujer tan joven. En adelante, para la corte, el general Horemheb pertenecía al entorno íntimo del rey Tutankamón y sólo podía ser uno de sus más ardientes partidarios.

La dama Mut había sabido seducir al general Horemheb por su innata distinción y una verdadera belleza que iba floreciendo con el transcurso de los años. Él apreciaba también su ambición de mujer rica, perteneciente a la antigua nobleza y deseosa de que su esposo asumiera las más altas funciones del Estado. Una parte de sí mismo podía incluso comprender, sin admitirlo, que hubiera intentado hacer desaparecer a un reyezuelo insignificante, carente de personalidad. Pero aquel cinismo le hacía sufrir. Cuando aceptaba la realización de un acto tan despreciable, se consideraba un ser vil.

Dama Mut no había aceptado acudir a la entrega de los collares de oro. Una violenta jaqueca le impedía estar a pleno sol. Horemheb la había creído, pues a su esposa le gustaban mucho las ceremonias oficiales, en las que abrumaba, con su prestancia, a la mayoría de las demás mujeres.

Cuando se sentó en el jardín, ante el lago de recreo, para beber un refresco mientras admiraba los cinco collares de oro, no esperaba verla surgir hecha una furia.

-¿Ha desaparecido tu jaqueca?

-No estaba enferma. Acabo de saber lo que ha sucedido en palacio.

-Éstas son mis nuevas condecoraciones. ¿Te disgustan acaso?

Dama Mut arrancó los collares de las manos de su esposo y los arrojó al suelo.

-¿Estás loco o ciego, tú, el gran Horemheb? ¿No comprendes que la maldita esposa real te ha tendido una trampa de la que no podrás escapar?

El general se levantó y abrazó tiernamente a su mujer.

-La cólera es una falta contra los dioses. Abrasa el corazón y deseca el alma. No tienes derecho a dejarte dominar por ella.

-Hablas como un vencido... Y no lo aceptaré. ¡Debes ser faraón, Horemheb! O te abandonaré.

El general no se tomó a la ligera la amenaza. Mut era escuchada por gran parte de la nobleza, sin la que una eventual investidura sería imposible. Acceder al trono implicaba una alianza absoluta con su esposa.

-Debemos contemporizar, Mut.

-No. Cuantos más meses pasan, más efectivo se hace el poder ejercido por la pareja real. Es hora de actuar. Ya intenté terminar con esa lamentable experiencia.

Un cisne paseaba por el lago de recreo, dejando a sus espaldas una estela plateada. Los monos jugaban en las ramas más altas de una palmera.

La mirada de Horemheb se hizo glacial.

-¿Intentaste atentar contra la existencia del faraón?

-No. Quise sólo ridiculizarle, demostrar que era incapaz de enfrentarse con el peligro.

-Y si el león...

-Estaba segura de que intervendrías, querido esposo, y abatirías a la fiera.

La tranquilidad de Mut era impresionante. Horemheb, a riesgo de empequeñecerse a sus ojos, no podía confesarle que se había descubierto la verdad y que se hallaba reducido a ser un servidor dócil.

-Mi deber es obedecer -dijo el general-, no tomar iniciativas o levantarme contra la voluntad del faraón. Y te aconsejo que hagas lo mismo.

En el barco que transportaba hacia Nubia a la pareja real, Tutankamón no dejaba de manifestar su alegría. El viaje que Huy le había propuesto a las abrasadas tierras del gran Sur le entusiasmaba. Akhesa, fatigada por su preñez, había intentado disuadirle. ¡Pero se sentía tan feliz ante la idea de partir a la aventura bajo la protección de aquel hombre rudo y severo! La gran esposa real había renunciado a hablar de ella misma y de los dolores que, de nuevo, desgarraban su vientre. Había aceptado embarcar en la nave real de blancas velas, cuya vasta cabina central estaba cuidadosamente protegida de los ardores del sol. Varios barcos componían la flota que acompañaban al soberano. En uno de ellos viajaban los caballos preferidos de Su Majestad.

El joven rey se maravilló en todas las etapas del viaje: poblados, fortalezas, mercados, templos... Huy, que se había vuelto voluble, le alababa las bellezas de aquellas regiones aplastadas por la luz y donde los indígenas de piel muy negra sabían encontrar minas de oro, cazar elefantes, curtir las pieles de pantera, mezclar especias que, tras haber abrasado la boca, derramaban en ella deliciosos sabores.

-Fui tu mensajero en Nubia -dijo Huy a Tutankamón-, cumplí las funciones de intendente del ganado del dios Amón, vigilé la extracción de oro, dominé las tribus que se rebelaban contra la autoridad del faraón. Sufrí calor, tuve miedo de las fieras que atacan los campamentos, estuve diez veces a punto de perder la vida. Pero sigue gustándome este país perdido, alejado de los fastos de la corte. Si el faraón, mi señor, me autorizara a ello, me gustaría terminar aquí mis días.

-¿Morir? ¿Por qué pensar en la muerte...? ¡Vivirás siglos, Huy, y yo también!

El rugoso porta-abanicos y su rey se abrazaron, tan conmovido el uno como el otro. Akhesa apreciaba esa cálida y poderosa amistad que ayudaba a Tutankamón a progresar hacia sí mismo, hacia su propia verdad.

Akhesa aprendía a amar aquel país donde los rayos de Atón golpeaban la tierra con insoportable violencia. Contemplaba durante horas las desérticas extensiones en las que el hombre era sólo un huésped de paso. En pleno mediodía, sola en el puente el navío de Estado, la gran esposa real concibió dos proyectos. Uno afectaba a Huy, el otro a su padre Akenatón. Sólo habló del primero a Tutankamón, que lo aprobó enseguida. El segundo comportaba tantos peligros, que prefería asumirlos sola. Si fracasaba, el faraón quedaría al margen.

Al cabo de largas jornadas de viaje, el cortejo real llegó al corazón del gran Sur, descubriendo el más hermoso de sus templos, «el que aparece en la armonía universal»16, edificado por Amenofis III, que había hecho construir en la misma región su equivalente femenino para la gran esposa real, Teje, uniéndose así con ella en una inmortal fiesta de piedra.

Un reducido número de sacerdotes había elegido vivir en aquel lugar desolado y silencioso, donde se levantaba una columnata tan pura como la de Luxor. El edificio entero se elevaba hacia el cielo azul turquesa con un sereno poderío que apaciguaba el alma a simple vista.

-He aquí mi lugar preferido -dijo Huy en voz baja, mientras entraba en un gran patio acompañado por la pareja real-. Poder recogerse así es un regalo de los dioses.

El rey se detuvo, sonriente, y se volvió hacia Huy.

-Muy bien, amigo mío. Realizaréis aquí una larga meditación. He dado al ritualista órdenes de conduciros aparte, a una capilla.

Huy se sorprendió ante el tono decidido del joven monarca. Advirtió la mirada cómplice que dirigió a Akhesa.

El amigo del faraón desdeñó la angustia que, por un instante, le había dominado. ¿No tenía acaso en sus manos, el Señor de Egipto, el destino de todos sus súbditos? Pero él no debía temer nada de Tutankamón.

Cuando finalizó el retiro de Huy, que había disfrutado del frescor y la penumbra de la capilla, el sol declinaba tiñendo las piedras de un ocre cálido.

Ante el santuario consagrado a la regeneración mágica del alma del rey, se había instalado un trono real protegido por un dosel. Huy vio a Tutankamón, aureolado de luz, tocado con la corona azul, vistiendo una gran túnica, con los brazos cruzados sobre el pecho y sujetando los cetros. A su lado, Akhesa, de pie, también vestida de modo solemne. Sacerdotes y miembros del séquito real, con el rostro recogido, se habían colocado a lo largo de las columnatas.

Dos ritualistas vistieron a Huy con una túnica blanca plisada, y le condujeron hasta el pie del trono.

-Eres el hijo de Amón -declaró uno de ellos-. Tú, que reinas sobre Egipto, ante quien deben prosternarse todos los países. He aquí a tu servidor, Huy.

La atmósfera era grave.

-He rezado a Amón -dijo el rey-, y él me ha inspirado. Huy mantiene Nubia en el regazo de Egipto. Gracias a él nos ofrece sus tesoros. Por ello, hoy le concedemos el título de virrey de Nubia. Huy se encargará de representar nuestro poder y hacer que reine nuestra regla de vida, y nos dará cuenta regularmente en nuestro palacio de Tebas.

Un ritualista entregó a Huy un anillo de oro, símbolo de su cargo, y el sello con el que firmaría sus decretos. Las mujeres del séquito real cubrieron de flores al nuevo virrey de Nubia, que parecía incapaz de la menor reacción. Estupefacción y gratitud habían llenado su corazón. Sus más secretos sueños se estaban realizando.

Akhesa caminó hacia Huy y le entregó un ramillete variado, coronado por lises florecidos.

-Que vuestra provincia florezca entre vuestras manos -le deseó.

Huy se reprochó haber juzgado mal a aquella mujer de extraordinaria belleza, que así participaba en la mejor jornada de su existencia.

Había desconfiado de ella y se había equivocado. Apretando el ramillete, sonrió a la gran esposa real.

Marineros y funcionarios, que en adelante estarían al servicio del virrey de Nubia, le aclamaron y agitaron grandes hojas de palma.

Incapaz de contener su emoción, Huy lloró de alegría.

Tutankamón se preguntaba por qué los dioses se muestran a veces tan crueles. ¡Había sido tan lograda la investidura de su amigo Huy! Habían matado un buey cebado, celebrado el más alegre de los banquetes, dado vida a una nueva estatua del faraón a imagen de Amón. El joven rey había sido saludado como «el que satisface a las potencias divinas», Akhesa había escuchado los relatos de los narradores que evocaban las visitas de la reina Teje para asistir a la construcción del templo.

Era la felicidad bajo el cálido sol de Nubia. Pero ahí estaba el viaje de regreso a Egipto, la enfermedad de Akhesa, sus insoportables dolores, la sangre que manaba de su vientre.

Los médicos la habían salvado.

La verdad había desgarrado el corazón del joven rey. Akhesa no podría tener hijos. En adelante, y a riesgo de perder la vida, no podría quedar encinta.




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