Cubierta: Romi Sanmartí



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15

Pached se echó a temblar de miedo cuando los dos lebreles, olfateando su presencia, comenzaron a tirar de la correa que los sujetaba para saltar hacia la esquina del muro tras la que se ocultaba. Por fortuna, la princesa logró arrastrarlos más lejos. ¡Hubiera sido muy mala suerte acabar degollado por aquellos monstruos cuando estaba logrando su objetivo! Tras largas tardes de investigación, interrogatorios y rastreos, durante las que había tenido que ausentarse del ministerio, había conseguido identificar por fin a la mujer que, con amenazas, se había introducido en las salas de los archivos: ¡la princesa Akhesa, hija del faraón! Los indicios concordaban: la admirable finura de los pies, sus brazaletes y, finalmente, los dos lebreles.

Akhesa estaba implicada en una conspiración que había provocado la desaparición del enviado del rey de Biblos y la del diplomático Tetu... Aquella información podía valerle a Pached una importante promoción si sabía utilizarla. Sólo tenía que encontrar a la persona que más odiara a Akhesa.

Meritatón, la hija primogénita del faraón, solicitó a sus portadores que apresuraran el paso. Acurrucada en la silla de madera dorada protegida por dos parasoles, había huido de palacio. Se había engalanado para seducir definitivamente a su marido, Semenkh, pero éste la había rechazado con violencia y desprecio, proclamando su odio hacia las mujeres.

El cortejo real cruzó una pequeña plaza llena de gente que hacía sus compras. A lo largo de las blancas viviendas, los vendedores habían depositado cestas y cestillos trenzados con hojas de palma y llenos de panes, pasteles, legumbres, pescado fresco o seco, carne de buey y de cordero, especias, paños de diversas calidades y perfumes.

Los compradores discutían el precio. Se hablaba fuerte y en voz alta; las discusiones parecían envenenarse, pero terminaban en un acuerdo amistoso. Un campesino que ofrecía cebollas de excepcional tamaño tenía un enorme éxito. Eran muchos quienes sabían que aquella planta mantenía alejados a los demonios nocturnos y las enfermedades infecciosas.

Ensimismada, con los ojos bañados de lágrimas, Meritatón no se interesaba por las escenas del mercado. Repasaba la penosa escena que la había separado para siempre del hombre que debía ser su marido. ¿Cómo olvidar las abyectas palabras que había pronunciado? ¿Cómo admitir que se felicitara por pasar noches enteras en compañía del rey y haber reemplazado a la esposa que moría lejos de él? Semenkh era un ser innoble.

A la salida del mercado, Meritatón ya había recuperado cierta fuerza y lucidez. Sólo el odio seguía infundiéndole deseos de vivir.

Un suave viento refrescaba el templo «abanico de la luz» donde residía Meritatón. La princesa estaba sola en su santuario privado; había despedido a todos sus servidores, a excepción del portero. Desde que había llegado a sus manos un mensaje, escrito en tinta negra sobre un fragmento de caliza, con la marca del ministerio de Países Extranjeros, su esperanza había renacido.

Su corresponsal, que permanecía anónimo, solicitaba una urgente entrevista para comunicarle una información confidencial.

Meritatón soñaba. ¿No estaría la suerte ofreciéndole un arma eficaz para satisfacer su venganza? Calculó la hora en la clepsidra: media tarde. Fuera debía de hacer calor. La primogénita de Akenatón rindió homenaje al arquitecto que había dispuesto los muros de un modo tan sabio que la menor brisa se transformaba en corriente de aire que circulaba por todo el edificio, orientado de norte a sur. Pese a que se hallaban en plena canícula, reinaba un agradable frescor en aquel «abanico» de piedra que captaba toda la luz bienhechora del sol y ni un ápice de su desecante ardor.

El hombre entró acompañado por el portero, que se retiró enseguida.

Pached, maravillado, miraba a su alrededor, levantaba sus ojos al techo, admiraba las pinturas que representaban el nacimiento de los pájaros, el vuelo de los patos salvajes, los multicolores amores de las mariposas. La delicadeza de aquellos encantadores lugares dulcificaba su alma. Casi lamentaba su gestión y sus deseos de hacer daño. Pero era demasiado tarde para retroceder.

Meritatón, muy envarada en su afán por parecer autoritaria, devolvió a su huésped a la realidad.

-¿Quién sois y qué queréis de mí?

Pached se prosternó ante la joven, inclinando su mirada hacia el suelo de baldosas adornadas con estilizadas plantas.

-Soy sólo un humilde funcionario del ministerio de Países Extranjeros, pero me gustaría ayudaros. Tengo la seguridad de que vuestra hermana Akhesa está complicada en una grave conspiración.

Meritatón contuvo a duras penas su júbilo.

-Levantaos y seguidme.

Le condujo a una salita en cuyo centro había una fuente; el agua que manaba, caía en inmateriales arcadas. Estaba rodeada de bancos de piedra, donde se sentaron Meritatón y Pached, separados por la cristalina pantalla.

-¿Qué tenéis que decirme? -preguntó impaciente.

-La princesa Akhesa me amenazó utilizando a sus dos lebreles. No tuve más remedio que dejarle paso franco hacia las copias de los archivos, que ella consultó. Ocultaba su rostro.

Ante el visible júbilo que brillaba en los ojos de Meritatón, Pached supo que no había fallado en sus cálculos. Los porteadores de la primogénita del faraón le habían comunicado el odio que ésta albergaba contra su hermana Akhesa. Cuando Meritatón le preguntó de qué modo podía agradecérselo, el funcionario se relajó. Estaba llevando a cabo con éxito la más fructífera gestión de su carrera.

El jefe de la policía, Mahú, bostezó varias veces. El bol de habas calientes que acababa de engullir le devolvía ciertas fuerzas, pero sus incesantes idas y venidas del cuartel central a los puestos fronterizos terminarían por dejarlo agotado. Sin embargo, se imponía aquel deber e intentaba mantener a sus hombres en permanente estado de alerta. Mahú tenía la certidumbre de que los hititas, aprovechando la momentánea debilidad del faraón, intentarían invadir Egipto. Solicitarían a sus viles aliados, los perros libios y los chacales beduinos12, que llevaran a cabo un primer ataque.

Mejor hubiera sido una de aquellas expediciones preventivas que tan bien sabía organizar el gran Tutmosis III. Pero Akenatón era incapaz de ello, y Horemheb no actuaría sin órdenes. De este modo, Mahú tenía la sensación de ser, con sus fuerzas de policía, la primera muralla contra la invasión. Una muralla que debía aceptar ser sacrificada.

Tras haber inspeccionado la guarnición del puesto norte, Mahú volvió a subir al carro y lo lanzó a toda velocidad hacia un fortín aislado, situado a poca distancia de la estela más septentrional plantada por Akenatón para delimitar el territorio de Atón.

En la pista se había detenido un carro, sobre el que iban montados un arquero y, a su lado, una mujer vestida con una larga túnica blanca.

Extraño encuentro en aquel lugar habitualmente desierto. Mahú detuvo su propio vehículo y bajó. Había reconocido a Meritatón, la primogénita del rey. Aquella entrevista no le decía nada bueno.

-Os necesito -declaró nerviosa Meritatón.

-Estoy a vuestras órdenes -respondió prudente el jefe de la policía.

-Mañana por la noche estaréis ante la entrada de las estancias privadas del príncipe Semenkh. Se preparan graves acontecimientos. Vuestra presencia evitará una gran desgracia.

Sin aguardar respuesta, la princesa subió de nuevo al carro que conducía el arquero y desapareció entre una nube de polvo. Mahú permaneció largo rato inmóvil, presa de la indecisión. No estaba acostumbrado a recibir tales órdenes. ¿No intentarían implicarle en una conspiración? Las intrigas de la corte real no eran cosa suya. Pero si ofendía a Meritatón, desobedeciéndola, corría el riesgo de ser destituido.

Lo más prudente sería, sin duda, no mantener esa entrevista demasiado secreta. Dar a conocer su temor al general Horemheb sería una no desdeñable garantía.

Agotada por su paseo en compañía de Carnero y Toro, que ella misma había devuelto a las perreras, Akhesa se durmió nada más tenderse en la cama. Su sirvienta le dio un masaje en los pies y las piernas sin despertarla, luego esparció perfumes por la alcoba para mantener alejados a los insectos, y apagó, soplando, las mechas de las lámparas.

Aquella noche, el sueño de la princesa era tan profundo que hubiera sido necesario un gran ruido para despertarla. La pequeña sirvienta de doce años que entró por una de las ventanas y avanzó descalza por el enlosado, golpeó con el codo una silla baja. Tras comprobar que la respiración de la durmiente seguía siendo regular, llevó a cabo la misión que su señora, Meritatón, le había confiado: robar un espejo en forma de llave de la vida y un vestido plisado.

Akhesa se sentía maravillosamente bien. La primavera era su estación preferida. Su luz le proporcionaba nuevas energías, unas formidables ganas de vivir y de ser ella misma. Flotaba en el aire ligero un inefable deseo que los poetas sabían cantar muy bien, celebrando la unión de las dos orillas y el matrimonio del cielo con la tierra.

Sin embargo, no gozaba, como de costumbre, de la admirable vista que descubría desde los jardines colgantes del palacio. El extraño mensaje que le había transmitido su sirvienta nubia llenaba en exceso su espíritu como para que pudiera saborear el verde traslúcido de los campos, el brillante azul del cielo, el fulgor de las aguas del Nilo.

Un papiro sellado contenía algunas palabras casi ilegibles, escritas a toda prisa y firmadas por la mano del príncipe Semenkh, el esposo de Meritatón. Le rogaba que le visitara aquel mismo anochecer, cuando el sol se pusiera en el patio interior situado ante sus aposentos privados.

Irritada por la torpeza de la nubia, que había extraviado su espejo y un vestido plisado que le gustaba mucho, Akhesa experimentaba una vaga angustia. ¿Tenía que acudir a casa de Semenkh? ¿Qué peligro corría? Si el marido de su hermana deseaba tanto verla, era sin duda para hacerle confidencias. ¿Debía escucharle a fin de obtener inesperadas informaciones? Por otra parte, sentía curiosidad, ese goloso sentimiento insaciable que no la dejaría en paz hasta estar satisfecha.

Akhesa atravesó los jardines, trepando con agilidad por las más escarpadas pendientes. Se aseguró de que nadie la hubiera seguido antes de aventurarse por el patio interior, donde el príncipe Semenkh, como cada tarde a aquellas horas, dirigía una plegaria al sol poniente con las manos levantadas hacia el occidente del cielo.

Semenkh tenía el rostro sumamente delgado. Sus ojos estaban clavados en un punto lejano y no se apartaban de él. Permanecía tan inmóvil como una estatua. Su lúgubre tez le hacía parecer un genio del otro mundo, dispuesto a devorar a los viajeros que ignoraran la contraseña.

Akhesa pensó conmovida en su hermana. ¡Qué desgraciada debía de ser con semejante hombre!

Avanzó en la penumbra. Semenkh no reaccionó. Ella se aproximó. Él volvió lentamente la cabeza en su dirección

-¡Cómo os atrevéis a interrumpir mi plegaria! -se indignó.

-Porque me lo habéis pedido -respondió Akhesa.

Semenkh, intrigado, frunció las cejas.

-¿Que os lo he pedido? ¿Qué significa ese cuento? Detesto a las mujeres. Son frívolas y mentirosas. ¡No tengo deseo alguno de veros y menos aún de hablar con vos!

-¿Habéis olvidado acaso este mensaje, firmado por vuestra mano?

Semenkh consultó el papiro que la joven le enseñaba.

-Es falso, no es mi caligrafía.

-Demostradlo.

-De modo que no me creéis. Entonces, seguidme.

Akhesa penetró en los aposentos privados de Semenkh y Meritatón.

-¿Está ausente mi hermana? -se asombró.

-No vivimos juntos -reveló sardónico el príncipe-. Ya os he dicho que la compañía de las mujeres me disgusta.

Un gran desorden reinaba en la sala de columnas donde trabajaba Semenkh. Había rollos de papiro y tablillas esparcidos por el suelo. En los muebles bajos se veían vestiduras y material de escritura. El príncipe recogió un fragmento de caliza y lo mostró a la hija del faraón.

-He aquí mi caligrafía. Comparadla con la del mensaje que habéis recibido.

Akhesa lo comprobó enseguida. Su mirada se posó en un espejo y en un vestido plisado que estaba junto a un cofre de madera. Se los indicó a Semenkh.

-Eso me pertenece -declaró asombrada-. ¿Cómo habéis obtenido esos objetos?

Semenkh se arrodilló para recoger el espejo y el vestido.

-Pero... lo ignoro. Nunca los había visto.

La puerta de la sala de columnas se abrió con estruendo. En el umbral estaba Meritatón.

-De modo -afirmó rabiosa- que me engañas con mi propia hermana, en mi propio palacio. ¡Cometes adulterio, un crimen que merece el más severo de los castigos!

Semenkh, tembloroso, se levantó.

-Te equivocas, Meritatón... Te equivocas...

-He sido convocada aquí por un misterioso corresponsal que ha imitado la escritura de tu marido -explicó Akhesa.

-Y ese vestido que tiene en las manos, ¿acaso no es tuyo? ¿No te pertenece ese espejo?

-Los han robado y los han colocado aquí para acusarme, querida hermana. Esta grosera artimaña es de tu estilo.

-No debieras ironizar, Akhesa. Tu comportamiento es más reprensible aún de lo que imaginas. No sólo compartes el lecho de un hombre casado, sino que traicionas también a tu país.

Semenkh miró con asombro a su esposa.

-Te has vuelto loca, Meritatón.

-He traído a un testigo que hará que el tribunal te condene, Akhesa. Tú y Semenkh seréis desterrados, obligados a abandonar la ciudad del sol, tal vez encarcelados o algo peor todavía.

El maligno gozo de Meritatón oprimió el corazón de Akhesa. No podía creer que el odio degradara tanto a un ser. Su hermana ya no sentía por ella la menor brizna de afecto. Había decidido librar un combate sin merced para conservar su poder.

Un hombre apareció junto a Meritatón. Pached, el funcionario del ministerio de Países Extranjeros. Akhesa creyó desfallecer. Manipulado por Meritatón, podría causarle los mayores problemas. Con su testimonio, las acusaciones de su hermana no carecerían de peso.

El príncipe Semenkh había perdido toda su soberbia. Retorcía el plisado vestido de Akhesa como si fuera un trapo.

-Y el funcionario Pached no ha venido solo -dijo Meritatón triunfal-. Le acompaña el jefe de la policía, Mahú, y sus hombres.

-¿No pensaréis detenerme? -preguntó angustiado Semenkh, arrojando lejos el vestido arrugado-. ¡A mí no! ¡Soy tu marido y el confidente del rey!

-Me has engañado, Semenkh. Mereces ser castigado. Tu suerte ya no me concierne.

Meritatón se apartó para dejar paso al jefe de la policía. Sin embargo, se llevó una desagradable sorpresa. Mahú era un hombre demasiado prudente como para asumir el riesgo de interpelar a los miembros de la familia real. El hecho no era ilegal, pero habría sido necesario algo mucho más sólido que lo que Meritatón aducía.

No fue Mahú quien penetró en la sala de columnas, sino el general Horemheb.

Incrédula, Meritatón lanzó un grito de espanto. Retrocedió hasta que su espalda chocó contra el muro. Horemheb la miró con desdén, al igual que al aterrorizado Pached.

El faraón Akenatón hacía ya varias semanas que no concedía audiencias. La sala del trono permanecía desierta, habitada por el fantasma de un gran rey que había sabido crear una nueva capital. El general Horemheb había decidido entrevistarse con Akhesa tras los graves acontecimientos que habían perturbado la corte real. Le había rogado que se reuniera con él en una de las columnatas del palacio, animada antaño por el paso de los escribas.

El jefe de la policía, Mahú, y el comandante Nakhtmin se felicitaban por haber alertado a Horemheb. Este último había tomado en sus manos el asunto. Había librado a Akhesa de las falaces acusaciones hechas por Meritatón, desacreditada ya para siempre. Un informe con su actuación, firmado por el propio general, había sido entregado a Akenatón. El rey no había hecho declaración alguna, pero había prohibido el acceso a su gabinete privado al príncipe Semenkh. Pached había sido condenado a trabajos forzados en los oasis.

Horemheb estaba nervioso. Hasta entonces había actuado respetando el Maat. Se había jurado a sí mismo no traicionar nunca la ley de armonía revelada por los dioses.

Hoy, el amor que le inspiraba una muchacha, hija de su rey, le hacía vacilar. Se había convertido en el principal enemigo de sí mismo, un adversario implacable contra el que luchaba con la torpeza de un novicio.

La reputación de Akhesa había crecido de pronto en la ciudad del sol. El rumor afirmaba que se había convertido en la protegida del general Horemheb y que, por su mediación, se habían iniciado conversaciones con los sacerdotes de Tebas.

El rumor, una vez más, mentía. La única negociación que Horemheb pretendía llevar a buen puerto tenía a Akhesa como interlocutora privilegiada. Aquella entrevista no era secreta. La princesa llegó acompañada por una escolta de servidores. Sus cabellos estaban recogidos por una diadema de perlas finas. Llevaba los ojos maquillados de verde oscuro.

El general propuso a la princesa pasear por la columnata. Caminaron lentamente, uno junto a otra, dando vueltas en torno a la sala del trono con la puerta cerrada, como atraídos por el vacío de un poder que conducía a Egipto a su perdición.

-Sé cuánto os debo, general. Nunca lo olvidaré.

-He cumplido con mi deber, Alteza. Servir a la verdad es lo que nos da la vida.

-¿Qué será de Meritatón?

-No soy yo quien debe decidirlo. Nuestro destino está en manos del faraón. Sin embargo...

-¿Sin embargo...?

-Egipto necesita una gran reina.

-Meritatón es la primogénita. Detenta la legitimidad de la sangre.

Horemheb y Akhesa mantuvieron un largo silencio. Aquella realidad era incuestionable.

-Egipto necesita una gran reina -repitió Horemheb, apretando las mandíbulas-. Los dioses y yo mismo velaremos para que la tenga.

La muchacha se estremeció, fascinada por la determinación del general.

«Los dioses»... Se había atrevido a decir «los dioses», negando la omnipotencia de Atón.

-Quisiera compartir con vos una confidencia.

El corazón de Horemheb palpitó. No se atrevía a imaginar las palabras que ella iba a pronunciar y que trastornarían su vida.

-General, antes de morir, la reina madre Teje me reveló el nombre del futuro faraón que esperaba ver subir al trono: Tutankatón. Le prometí...

-¡No teníais que prometerle nada! -intervino con sequedad Horemheb-. El príncipe tebano es sólo un niño, y como tal será tratado.

Horemheb no reconoció que la revelación de Akhesa le turbaba.

Tutankatón... ¡Tutankatón había sido también designado por Nefertiti! ¿Iba un niño a interponerse entre Akhesa y él? Se reprochó enseguida tan insensata reacción.

-Os engañáis con respecto a Tutankatón, general. Evoluciona rápidamente. Frecuentar la corte le ha hecho madurar.

-Se afirma que está enamorado de vos... ¡Es absurdo!

-No lo creo. Un sentimiento profundo le anima, en efecto.

Sonreía, tensa. Aquella sonrisa torturó a Horemheb.

-Y vos...

No logró hacer la pregunta que le abrasaba los labios. Akhesa no le obligó a ello.

-Akhesa... Alejaos de Tutankatón. Se hallará en el centro de un grave conflicto.

La muchacha desafió al general, aguantando su mirada.

-Tutankatón es un futuro faraón y he prometido estar a su lado. Soy la única que puede ayudarle.

Una intensa decepción se pintó en el rostro de Horemheb.

-No os mezcléis en la lucha por el poder, princesa. Será cruel, implacable. Permitidme protegeros. Cuando la tormenta haya comenzado, será demasiado tarde.

Akhesa permaneció serena.

-No la temo. Haré cualquier cosa para evitarla. Tal vez la paz civil pase por mi boda con el príncipe Tutankatón.

Horemheb estaba viviendo una pesadilla. Sin embargo, lo que leía en los ojos de la princesa no se parecía a la indiferencia. Aquella muchacha le amaba, estaba seguro de ello. Pero le anunciaba, con increíble calma, que se entregaría a otro hombre.

-Si os desposáis con Tutankatón, princesa, seremos enemigos irreconciliables.

-Hágase según la voluntad de Atón, general.

16

Desde la instalación oficial del príncipe Tutankatón en el palacio norte de la ciudad del sol, donde residía ahora Nefertiti, todos conocían la elección de la gran esposa real con respecto al porvenir del reino. Deseaba, como sucesor de Akenatón, a un príncipe cuya infancia y adolescencia se hubieran repartido entre la antigua y la nueva capital de Egipto, entre Tebas y la ciudad del sol.

Incapaz de gobernar a causa de su juventud, sería sin embargo el símbolo, respetado e intocable, de la unión de las Dos Tierras, satisfaciendo tanto a los partidarios de Atón como a los defensores de la religión tradicional. Frágil equilibrio, es cierto, pero el «divino padre» Ay y el general Horemheb lo podrían asegurar.

Ésos eran, pues, los deseos de Nefertiti sobre los que Akenatón meditaba día y noche, sin conseguir ya conciliar el sueño. Él no había asociado al trono a Tutankatón sino a Semenkh, un verdadero adorador de Atón en quien tenía plena confianza.

Durante los deplorables acontecimientos cuya única responsable había sido su primogénita, Meritatón había revelado su verdadera naturaleza: la de una intrigante de cortos alcances.

Semenkh se veía obligado a repudiarla. Akenatón le entregaría como esposa a Akhesa, que sería elevada al rango de primogénita y futura reina de Egipto. Así se reconstituiría una pareja análoga a la formada por Akenatón y Nefertiti.

El faraón había meditado tal decisión. Amaba a Meritatón, había esperado que se convirtiera en reina y sufría al infligirle tan gran pena.

Debía conceder a su primogénita una última oportunidad. Por ello, la había convocado en compañía de Semenkh. Si se rebelaba, si lograba convencerle de que cometía un error, tal vez aceptara pensarlo de nuevo. Inmerso en la luz de Atón, corrigiendo y volviendo a corregir cada uno de los versos del himno que estaba componiendo a la gloria de Dios, Akenatón había perdido la noción del tiempo. Las tareas cotidianas ya no le interesaban. No sentía deseos de reunir su consejo, de consultar a sus ministros, de dar directrices para la conducción de los asuntos de Estado. Dejaba actuar a Ay y a Horemheb.

Una dolorosa languidez se había apoderado de él y le privaba de la huraña voluntad que le había animado desde que, niño todavía, había tomado conciencia de su misión religiosa. Moría lentamente, como Nefertiti. Ella se encerraba en la nada de su ceguera, pero seguía actuando mágicamente. Esta vez, para desgracia de ambos, no estaban de acuerdo. Aquel desgarrón contribuía en gran modo a su debilitamiento. Así pues, era preciso determinar definitivamente su sucesión. Tras haberla proclamado por decreto, solicitaría reunirse con su esposa y pasar sus últimos instantes terrenos en su compañía. Eso, al menos, no podría negárselo.

Semenkh y Meritatón, uno junto a otro, se prosternaron ante el faraón. Akenatón, desnudo, en postura de escriba, escribía. Su mano temblaba. Los jeroglíficos estaban mal dibujados. A costa de un esfuerzo considerable, continuaba sujetando su cálamo y trazando en el papiro las palabras de vida que alababan la omnipotencia de Atón.

-Ésta será nuestra última entrevista -anunció con voz débil-. Me queda muy poco tiempo y debo consagrarlo a Atón. Tú, mi primogénita, has sembrado la discordia y la mentira en la ciudad del sol. Te convertirás en una de las superioras de las cantoras del templo y te instalarás en una casa construida en el interior del recinto. En adelante, te consagrarás a loar a Atón y no participarás en ninguna ceremonia oficial. Tu nombre desaparecerá de los Anales. Pasarás el resto de tus días consagrada a la plegaria y al recogimiento.

Meritatón permaneció postrada, con la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos unidas ante sí.

Akenatón aguardó una reacción. No se produjo. Meritatón había sellado su propio destino. Sin atreverse a mirar a su padre ni a Semenkh, salió del gabinete privado del faraón, destrozada para siempre.

El rey tomó a Semenkh de los hombros.

-Tú, mi sucesor..., te desposarás con mi hija Akhesa y...

Semenkh se soltó bruscamente.

-No, Majestad. No estoy destinado al matrimonio ni a la realeza. Renuncio al poder que me ofrecéis. No me interesa. Quiero dedicar mi existencia a Atón, vivir en el templo. Permitid que me convierta en sacerdote y no regrese al mundo exterior. Que otro tome a su cargo los asuntos del Estado.

La impresión provocada por aquellas palabras fue tan fuerte que Akenatón desfalleció. Las paredes de la estancia bailaron ante sus ojos.

Semenkh percibió el trastorno del rey.

-Perdonad que os inflija ese tormento, Majestad... Pero debo ser sincero conmigo mismo. No acepto mentirme ni mentiros.

Semenkh se arrodilló ante Akenatón.

-Vos sois el único profeta de Atón -dijo- y mi maestro espiritual. Vos me habéis enseñado el camino que lleva a Dios. Permitid que me consagre por entero a él.

-Así sea, Semenkh.

Cuando Akhesa llegó al palacio norte, donde residían Nefertiti y Tutankatón, era presa de la más viva angustia, temiendo verse enfrentada a una realidad horrible.

El mayordomo que había ido a buscarla no le había dado explicación alguna. ¿Y si su madre...?

En cuanto penetró en el vestíbulo, sus temores se confirmaron. Casi todas las antorchas habían sido apagadas. Sólo subsistía una débil luz en la inmensa mansión silenciosa. Akhesa levantó una mirada interrogadora hacia el mayordomo, que se limitaba a guiarla en silencio a través de un laberinto de estancias, corredores y patios donde algunos servidores permanecían postrados con la cabeza gacha.

El signo del luto.

No tenía derecho a llorar. Akhesa debía mostrarse dueña de sí misma, afrontar la muerte de su madre con la dignidad que ella le había inculcado.

El mayordomo introdujo a la princesa en la alcoba de la gran esposa real, contigua a un cuarto de baño y una sala de unciones. Cerró tras ella las puertas de cedro.

Reinaba una oscuridad total. Cuando las lágrimas corrían ya por las mejillas de Akhesa, una voz casi imperceptible inició una melopea de suavísimas inflexiones.

La voz clara de Nefertiti, de absoluta pureza.

Akhesa se precipitó hacia el lecho donde su madre yacía inmóvil, con los ojos muertos.

-¡Madre, estás viva!

Akhesa estrechó con pasión la mano izquierda de Nefertiti, que colgaba de la cama.

-Es mi última noche en esta tierra, hija bienamada... Me siento feliz de abandonar este mundo para conocer otra luz. Atón me ha concedido la gracia de respirar hasta este momento para revelarte por fin tu destino.

La muchacha advirtió una sonrisa en las palabras de Nefertiti, una esperanza que vencía a la muerte.

-Tu padre ha venido hace unas horas. Quería hablarle por última vez. Lo que me ha dicho, Akhesa, me ha dado fuerzas para luchar hasta ahora.

La voz de la gran esposa real se debilitaba, apenas era ya audible.

-Ahora, hija mía, tú eres la guardiana de la legitimidad y la futura reina de Egipto... Tienes todas las prerrogativas de la primogénita. Despósate con el príncipe Tutankatón en este palacio, esta misma noche..., y vela por la felicidad de Egipto.

Mientras la noche estrellada tendía su manto de lapislázuli sobre la ciudad del sol, la princesa Akhesa era perfumada por una sirvienta en una sala de abluciones cuyas piedras habían sido caldeadas largo rato. Akhesa, desnuda, se había sentado en un taburete plegable y bebía un jugo de frutas fresco, que aspiraba a pequeños tragos gracias a un sifón importado de Siria.

La princesa no pensaba en nada. Se dejaba frotar y ungir con delicia, pensando sólo en su bienestar, en los estremecimientos que le recorrían la espalda y los costados. La sirvienta, desnuda también, apenas tenía veinte años. Camarera de Nefertiti desde la infancia, había conocido Tebas antes de partir con su señora hacia la nueva capital.

-Sois muy hermosa -confió a la princesa-, tan hermosa como vuestra madre. La mía era una de sus sirvientas cuando Nefertiti se preparó para su primera noche de amor con el faraón. Esta noche, yo tengo el deber de hacer que la belleza de vuestro cuerpo resplandezca, de haceros más atractiva que una diosa.

Akhesa dejó de beber. Esa noche, en efecto, se convertiría en la esposa del príncipe Tutankatón. Su matrimonio se llevaría a cabo por el simple hecho de ir a vivir bajo el mismo techo que el joven y ofrecerse a él. Ningún acto legal, ninguna ceremonia religiosa o civil serían necesarias. Se convertían en marido y mujer dos seres que se declaraban su amor y comenzaban una existencia común, compartiendo penas y alegrías.

-¿Has vivido en Tebas? -preguntó Akhesa.

-Sí, princesa.

-¿Es una ciudad tan agradable como nuestra capital?

Akhesa no podía confesar que había estado en la orilla occidental, en el palacio de la reina madre, y que lamentaba no haber podido descubrir la lujuriante ciudad cuyos barrios se desplegaban a la otra orilla.

La sirvienta dejó escapar un suspiro.

-Agradable... La palabra es demasiado débil. Tebas es la más rica, la más alegre de las ciudades. Cada noche se celebraban grandes banquetes. Yo tocaba la lira y cantaba. Aquí, la existencia se ha vuelto gris y apagada. Casi está prohibido reír, divertirse. Merodea la muerte... ¡Pero no esta noche! El amor la expulsará, estoy segura. Vos la alejaréis.

Ni una sola pulgada del admirable cuerpo de Akhesa carecía de perfume. Ella no se movía, jamás había sentido tal felicidad. Una satisfacción sencilla, animal, que saboreaba sin contención alguna.

La sirvienta dio un ligero masaje en el cuello de la futura reina. No estaba todavía lo bastante relajada.

-No temáis nada, princesa. El amor es una palabra de Dios. Lo que ahora sentís no es nada comparado con el goce que va a ofreceros. Ascenderá por vuestro cuerpo como el agua por las orillas del Nilo.

Por primera vez, Akhesa pensó arrobada en el príncipe Tutankatón. Se iba a convertir en el guarda de su felicidad. Comenzaba a amarle, no con loca pasión, sino con un sentimiento muy tierno que, pronto, nutriría la comunión que uniría sus almas y sus cuerpos.

La sirvienta abrió una caja de oro que contenía perfume y reposaba sobre una peana de plata formada por dos cartuchos13 unidos, coronados por dos plumas de avestruz que enmarcaban el disco solar. La preciosa substancia, depositada en cada uno de los cartuchos que servían de recipiente, había sido preparada en el laboratorio del templo por sacerdotes médicos que conocían los secretos de Sekhmet, la peligrosa leona que había regresado de las lejanas regiones del Sur portando las más raras substancias aromáticas.

La caja estaba adornada con representaciones de un rey niño, con una trenza a un lado que simbolizaba su juventud; la fina escultura de oro, labrada o repujada, llevaba incrustadas piedras de colores. Con el índice de su mano derecha, la sirvienta tomó un poco de la olorosa pasta, y la extendió lenta y delicadamente en la base de la nuca de la princesa.

Una increíble sensación de frescor invadió a Akhesa. Dejó escapar un débil grito de goce. Le pareció que la menor parcela de su ser se volvía sensible.

-Permaneced inmóvil, princesa. Estáis dispuesta para el amor. Lo viviréis en lo más profundo de vos misma. Ahora, voy a vestiros.

Con los cabellos sujetos por una diadema de oro y plata, luciendo un collar de perlas y una corta túnica transparente que le llegaba a medio muslo, y calzando unas sandalias blancas de finas tiras, Akhesa vio como se abrían ante ella las puertas de la alcoba del príncipe Tutankatón.

El camarlengo dejó la antorcha en una mesilla y salió de la estancia. Por una ventana que daba a los jardines, Akhesa admiró la luna llena del segundo mes de primavera. Los astrólogos de palacio la habían anunciado como especialmente favorable: las influencias divinas penetrarían en la tierra sin que ninguna fuerza negativa se opusiera a ello.

El lecho, de ébano macizo, ocupaba el centro de la alcoba. Construido con un marco de la misma madera al que se adaptaba un enrejado de cordeles entrecruzados y pintados de blanco, tenía las patas adornadas con marfil y oro. En cada uno de los tres paneles que lo compartimentaban, destacaba el alegre rostro burlón del dios Bes, encargado de velar por el sueño del durmiente, apartando de él las pesadillas y los demonios que merodeaban en las tinieblas. A lo largo del lecho, bastante amplio para dos personas de poca corpulencia, corría un friso de lotos y papiros que evocaba la marisma original donde se había organizado la vida. Al entrar en el sueño, el alma moría para el día transcurrido y se zambullía en las aguas primordiales para regenerarse en ellas.

Aquella noche, Akhesa no apagaría las cuatro antorchas que ardían en las esquinas de la alcoba. Cada una de ellas, hecha de bronce y oro, tenía la forma de una cruz egipcia con el pie fijo en un pedestal de madera. Las cruces estaban provistas de brazos, que sujetaban recipientes llenos de aceite en los que flotaba una mecha encendida que no producía humo. La dulce claridad que dispensaban, hacía que Akhesa pareciera una ligera y coloreada sombra.

A un extremo del lecho se distinguía una cabecera en forma semicircular sostenida por el dios Shu, que permanecía de rodillas. Enmarcado por dos leones, que simbolizaban el ayer y el mañana, ofrecía la luz celeste que iluminaría los sueños de los durmientes. Akhesa tomó el magnífico objeto de marfil y lo depositó en el suelo. Así mantendría a distancia las ensoñaciones y el sueño.

Cuando Tutankatón penetró en la alcoba, vestido con una sencilla túnica, Akhesa le hizo frente.

Un niño, todavía no era más que un niño, pero su mirada estaba loca de amor. Su frágil cuerpo se estremecía de pasión. La miraba como si descubriera el verdadero rostro de una diosa.

-Akhesa... -susurró-. Akhesa..., quisiera...

-Acércate -recomendó la muchacha, sonriendo.

-Quisiera...

-Calla, joven príncipe, y acércate.

Vacilante, él obedeció, tembloroso. Su rostro casi tocaba el de la princesa. Tenían la misma talla. Sus labios se rozaron.

-Akhesa, todavía no puedo creerlo...

-Olvida las palabras -suplicó ella-, olvídalas todas y desnúdame.

La muchacha había echado hacia atrás la cabeza, y sus cabellos perfumados caían sobre los hombros. Tutankatón acercó lentamente una mano a los tirantes que sujetaban la túnica de Akhesa. La transparente vestidura cayó a lo largo del cuerpo de la princesa, desvelando sus pechos de turgentes pezones, su plano vientre, su sexo con rizos de azabache, sus torneadas piernas.

Maravillado, Tutankatón no sabía qué hacer. Mirándolo con ternura, Akhesa abrió su túnica y se arrodilló para desatar sus sandalias.

El príncipe la imitó, inclinándose para besar los pies de la muchacha. Una oleada de placer la hizo vibrar. Tomando de las manos a Tutankatón, se levantó. Éste se dejó guiar por un instinto que le dictaba los gestos adecuados. Estrechando el cuerpo desnudo de Akhesa contra su pecho, la besó con ardor. Akhesa desanudó el taparrabos de Tutankatón y condujo al príncipe a la cama, donde se tendieron abrazados. Permanecieron inmóviles unos instantes, recuperando el aliento. Luego, el muchacho se abalanzó sobre ella con toda la violencia de su juventud.



17

Sentado en su trono, el faraón Akenatón vivía el silencio y la soledad. Nunca le habían gustado los consejos, donde demasiados cortesanos intentaban adularle, olvidando sus deberes: Egipto, el esplendor de Atón, el nacimiento de una nueva civilización... ¿Seguía teniendo sentido todo eso ahora que se hallaba solo, junto al trono vacío de la gran esposa real, ahora que Nefertiti había muerto, regresando a la luz de los orígenes?

¿En quién confiar en estos difíciles momentos? ¿Con quién compartir temores y esperanzas? Nefertiti había sido la esposa, la amante y la amiga. Le había sostenido en las pruebas, iluminando el camino cuando las tinieblas le amenazaban y apartando los destinos nefastos. Sin ella, ya no le quedaban fuerzas para proseguir. Desde que ella le había abandonado, a causa de su ceguera, la situación no había dejado de degradarse. El poder resbalaba entre sus dedos como un hilillo de agua. Semenkh, el sucesor que había deseado, prefería una existencia de recluso, demostrándole que carecía de lucidez.

Recuerdos deslumbradores como el sol de la mañana atravesaban su espíritu. Volvió a verse, acompañado por Nefertiti, apareciendo en la ventana principal de palacio, bajo las aclamaciones de la muchedumbre reunida para verle recompensar a un dignatario que recibía los collares de oro. Recordó las comidas en las terrazas, bajo los rayos del sol, en compañía de sus hijas.

Sólo una pareja podía reinar en Egipto. Sólo una pareja atraería sobre ella los benefactores rayos de Atón. Separado de Nefertiti, Akenatón se extinguía. Él, que debía ser el profeta de la luz, ¿encontraría el valor para continuar cumpliendo su función? ¿Quién desearía apoyar sus actos? ¿Sería capaz todavía de gobernar? Nefertiti había desaparecido, su primogénita no era digna de crédito, Horemheb se mostraba hostil.

Había llegado el momento de renunciar.

Pero un faraón no tenía la posibilidad de dimitir de su cargo. No tenía más salida que la muerte. Una muerte que Akenatón recibiría con alivio.

Una silueta se perfiló en la entrada de la sala del trono.

Una vaga angustia anudó la garganta de Akenatón. ¿Habría decidido Horemheb asesinarle? ¿Habría enviado a uno de sus soldados para abreviar sus días? No resistiría. Sin duda, Atón había elegido para él este modo de aliviarle de su carga.

La silueta apareció a la luz: Akhesa, la futura reina de Egipto.

La joven cruzó la sala bañada por la luz y ascendió los peldaños del trono. Los ojos de su padre permanecían clavados en ella. Cuando llegó al estrado, se arrodilló y se prosternó ante el rey.

-Eres mujer -declaró él, conmovido-. Me has abandonado, Akhesa, has entrado en la casa de tu marido.

-Sí, soy mujer, pero soy carne de tu carne -protestó ella con dulzura.

-Levántate, hija mía, y ven junto a mí.

Akhesa obedeció y se acurrucó junto a la pierna izquierda de su padre, apoyando la cabeza en las rodillas del faraón.

-¿Eres feliz?

-Eso creo, padre.

-¿Por qué esa vacilación?

-El amor de un hombre no me basta.

-Deseas también el de Egipto, ¿no es cierto? Ése sólo depende de Dios, Akhesa. Tienes que escucharme. Ya no tengo discípulo. Toma un cálamo y un papiro. Tú escribirás el final del gran himno a Atón.

La princesa lo hizo, escribiendo las palabras que su padre le dictaba.

-Tú, Atón -declamó con voz entrecortada-, creaste millones de formas a partir de ti mismo cuando estabas solo. Las ciudades, los campos, los ríos, los caminos. Todos los ojos te ven, pero resides en mi corazón. Allí, sólo yo te conozco. Yo, tu hijo, al que has hecho consciente de tus planes y tu poder.

Akenatón calló, sumido en un brusco éxtasis. Sus ojos se extraviaron y sus labios se entreabrieron. Asustada, Akhesa creyó que había muerto. Le tocó la mano. Él reaccionó enseguida.

-No temas, Akhesa. No es Atón quien me atormenta así, sino un mal que me devora desde hace muchos meses. Cuando tu madre estaba a mi lado conseguía soportarlo, dominarlo. Solo, estoy vencido... ¿Sabes que no fui yo el primero en hablar de Atón?

Un sentimiento de sorpresa se plasmó en el rostro inquieto de la joven.

-Fue Hatshepsut, la reina-faraón, quien grabó este pensamiento en los muros de Karnak: «Soy Atón, el que creó a todos los seres, el que dio fuerza a la tierra, el que concluyó su creación». Fue mi antepasada, y espero haber sido digno de ella. No olvides nunca, Akhesa, que los sacerdotes son los más viles de los hombres. Te traicionarán como me han traicionado a mí. Desnaturalizan lo divino, se rebajan. No escuches sus consejos, rechaza su compañía. Sé reina, respeta la ley de Maat, la precisión y el orden del mundo, que existía antes que los humanos y perdurará después de ellos. Ella inspira la realeza, le da el aliento de vida más allá del tiempo. El faraón es su hijo y su servidor. Tengo que enseñarte Maat, Akhesa. Tengo que prepararte para tu oficio de reina.

Akenatón habló. Akhesa escuchó. Transcurrieron las horas mientras el faraón evocaba los principios espirituales que habían guiado su vida. Reveló a su hija las enseñanzas de Atón. Le transmitió la luz interior que le animaba, privándose así de sus últimas fuerzas para que se cumpliera el destino de su amada hija.

El general Horemheb admiraba las aves de su aviario: tórtolas, palomas torcaces, abubillas, paros... Aunque estuvieran enjaulados, se llevaban bien. Le gustaba contemplar sus revoloteos, convenciéndose de que preferían la seguridad a la libertad. ¿Tenía razón o no? ¿Cómo se comportaría él, el poderoso Horemheb, si se viera obligado a vivir en una jaula?

-¿Por qué te encierras en tu mansión? -le apostrofó su esposa, la dama Mut-. Te pasas todo el tiempo mirando a esos estúpidos pájaros, paseando por los jardines, leyendo viejos textos. ¡Te desprecias a ti mismo, querido esposo!

Cuando montaba en cólera, a dama Mut no le faltaba convicción. No había perdido nada de sus aires altivos de rica y noble tebana.

-¿Qué quieres decir? -preguntó Horemheb, acariciando la cabeza de una tórtola que se había acercado a picotearle.

-Lo sabes muy bien. Eres el hombre más influyente de este país. La reina madre Teje y la gran esposa real Nefertiti han muerto. Akenatón es ya sólo un enfermo encerrado en su soledad, incapaz de reinar, ¡nadie queda ya entre tú y el poder supremo!

-Olvidas a la futura pareja real.

-¿Akhesa y Tutankatón? ¡No te burles de mí, Horemheb! Son unos niños. Desconocen el arte de gobernar. Obedecerán al hombre que tome en sus manos los destinos de este país antes de convertirse, él mismo, en faraón.

-Olvidas también al divino padre Ay.

El furor de dama Mut subió de tono.

-¿Cómo podrá resistir ese anciano? Si manifiestas tu autoridad, doblará el espinazo. Ay es un cortesano que busca los favores del más fuerte.

Horemheb no podía sino reconocer lo acertado de los análisis de su esposa. Ambiciosa y testaruda, no carecía de perspicacia. Había pronunciado las palabras que él temía escuchar.

-Olvidas, querida esposa, que mi deber es servir fielmente al faraón, mi señor. Sólo tengo una palabra y se la he dado.

Dama Mut se acercó al aviario, donde una pareja de torcaces había iniciado un ruidoso diálogo.

-Me gusta tu lealtad, esposo mío. Es tu fuerza y no debes prescindir de ella. ¡Pero el hombre a quien habías dado tu palabra ha cambiado! ¡Ha cambiado mucho! Lleva todavía la corona real, es cierto, pero ya no se comporta como un faraón. Si no intervienes, Egipto se derrumbará. El camino de la invasión se abrirá a los hititas. Miles de hombres, mujeres y niños morirán o serán hechos esclavos. Pueblos enteros serán arrasados. La propia Tebas corre el riesgo de ser destruida.

Horemheb puso grano en los comederos de los pájaros.

-¿Qué deseas, pues?

-Recluta numerosas tropas -recomendó la noble dama-. Ve hacia el norte, haz una campaña en Asia y regresa victorioso. Tu fama será tal que reconocerán en ti a un verdadero hijo de Horus. Luego..

-Luego, ¿qué?

Mut guardó silencio, de espaldas al aviario donde crecía la agitación. Los pájaros se atropellaban para picotear.

-Espero, mi tierna y respetable esposa, que ni por un momento habrás imaginado acelerar el fallecimiento del faraón ni habrás alentado conspiración alguna en este sentido. De lo contrario, tendrías en mí al más implacable de los jueces.

-Quédate tranquilo -dijo ella con voz apagada-. Respeto al faraón tanto como tú. Pero estoy segura de que Akenatón es un mal rey. Si renuncias a defender tu país y a tu pueblo, serás tan culpable como él.

Dama Mut se alejó con paso presuroso. Horemheb continuó alimentando a sus pájaros. Su margen de maniobra era estrecho, casi inexistente. Decidió, sin embargo, llevar a cabo una gestión cuyo carácter peligroso no desestimaba. Una gestión de la que no podía hablar a su esposa.

¿Amaba a Tutankatón o al rey que iba a ser? Akhesa no veía con claridad en ella misma. Se dejaba arrastrar por un torbellino sensual en el que su cuerpo descubría mil placeres renovados sin cesar. Tutankatón era insaciable. Tenía hambre y sed de su joven esposa, compartía el lecho con ella todas las noches, con idéntico ardor. El adolescente estaba viviendo un sueño, consagrándose por entero al amor que compartía con la más hermosa de las criatura de Atón.

El sol primaveral era cada vez más cálido. A mediodía, una violenta luz blanca inundaba el cielo y la tierra. Los animales se refugiaban entre el follaje. Los campesinos dormían en los palmerales o en chozas de ramas construidas en el lindero de los campos.

Akhesa, sin embargo, había elegido el mediodía para un paseo en barca. No temía las quemaduras del sol. Vestida con una simple redecilla que se amoldaba a las curvas de su cuerpo, caminó hasta el muelle del lago artificial donde estaba amarrada una ligera barca de papiro. Por lo general, dos sirvientas manejaban los remos. Esta vez, prefirió ir sola y dirigirse al pabellón construido en la isla central para meditar, buscar un nuevo equilibrio.

La princesa soltó la amarra y saltó ágilmente al esquife. Cuando quiso tomar un remo, una poderosa mano se posó en su antebrazo.

-Dejadme a mí -solicitó el general Horemheb.

Akhesa, conservando su sangre fría, se instaló en la proa de la barca. Horemheb hizo que se deslizara suavemente por el lago, en dirección a la isla.

-Tenía necesidad de veros, princesa. Vuestra belleza es deslumbradora.

Akhesa zambulló su mano izquierda en el agua, trazando una estela a medida que la embarcación avanzaba.

-Vuestra boda ha sido un grave error -afirmó Horemheb-. Tutankatón tardará mucho en tener edad para gobernar. Sólo os reservará crueles decepciones.

La muchacha sonreía, pensando en sus noches de amor.

-Este príncipe viene de Tebas -prosiguió-, y no es apreciado en la nueva capital. Además...

-Además, ¿qué? -preguntó ella en tono sarcástico.

Horemheb soltó el remo. La barca siguió avanzando.

-Vos y yo, princesa, debiéramos cambiar de visión sobre nuestra propia existencia. Dios le dio al hombre el conocimiento para modificar el curso de su destino.

Nunca Horemheb se había mostrado tan seductor. A Akhesa le gustaba su amplia frente, la cicatriz que adornaba su mejilla izquierda, su innata elegancia.

-Soy el más fiel de los servidores del faraón, pero...

-Pero mi padre ya no tiene ganas de vivir. Mañana abandonará esta tierra. Puesto que Semenkh se ha retirado al templo, ya no hay nadie asociado al trono.

-Es cruel pensar en la desaparición de un rey.

-De un rey al que no amáis, general.

Horemheb no lo negó.

-Es cierto, princesa, no le amo. Estoy en profundo desacuerdo con su modo de gobernar. Estoy convencido de que lleva a Egipto a la ruina. Pero no le he traicionado ni le traicionaré.

El sol doraba la bronceada piel de Akhesa. No dudaba de la sinceridad de Horemheb.

Ambos sabían que tenía capacidad para reinar, que era portador del poder de los faraones pasados. ¿No gozaba acaso de la más mágica de las protecciones, la del dios Horus? Cuando el halcón celestial, cuyos ojos eran el sol y la luna, emprendiera el vuelo, ¿no ascendería su hijo Horemheb al trono de Egipto como una nueva luz?

-Admiro vuestra lealtad, general. Estoy dispuesta a ayudaros.

La barca se había inmovilizado en el lago, a media distancia entre la ribera y la isla. Un martín pescador cayó del cielo como una piedra, se zambulló y salió del agua con un pez en el pico. Unos patos, con la cabeza bajo el ala, dormitaban derivando.

-Este lugar es de una belleza divina -apreció Horemheb—. Como la vuestra, princesa.

Ella sintió su mirada en la piel, en los labios, en los pechos. No se apartó. No tenía ganas de huir ni de ocultarse.

-Ayudarme... Eso no basta, princesa. Habéis advertido los peligros que nuestro país corre. Sé que el afecto que sentís por vuestro padre no os ciega. Conocéis la gravedad de su enfermedad. Habéis pensado en su próxima desaparición. Mañana, seréis reina. Y no actuaréis como una devota de Atón.

Tal vez Akhesa considerara aquellas palabras unas considerables injurias, pero no reaccionó con violencia. Pensativa, se tendió en la barca y estiró sus torneadas piernas.

-Vos estáis casada con el príncipe Tutankatón, y yo desposé a dama Mut. Así lo decidieron los dioses. Pero ¿por qué nuestro destino debe estar sellado para siempre?

-¿Llegaríais... a repudiar a vuestra esposa?

-Claro que no. Pero vos podríais convertiros en gran esposa real.

Horemheb había hablado en un soplo.

La princesa, atónita, se irguió. Ahora conocía el plan de Horemheb: aguardar la muerte de Akenatón, apartar a los candidatos al trono, hacerse designar por ella, Akhesa, como el faraón legítimo y desposarla. Él, el nuevo rey, y ella, la gran esposa real, gobernarían las Dos Tierras. Dama Mut se convertiría en la esposa secundaria, y el joven príncipe Tutankatón llevaría en la corte una existencia apacible.

Akhesa contemplaba a Horemheb con los ojos brillantes de exaltación. Compartir la vida de aquel hombre, reinar a su lado, restaurar la grandeza del país. Sí, era un sueño magnífico. Un sueño que ella podía convertir en realidad.

-Olvidad a Atón -imploró Horemheb, sintiendo que Akhesa estaba a punto de ceder-. Olvidad esta capital, el desprecio de nuestras tradiciones, los años pasados celebrando inútiles cultos. Pensad sólo en el porvenir, en nuestro porvenir común.

El general tendió la mano derecha hacia la joven. Bastaba con responder a su invitación, abandonarse en sus brazos, conocer la felicidad total.

Akhesa se levantó. Horemheb se quedó estupefacto. Cada día se hacía más mujer, más deslumbradora. Sería la más resplandeciente de las reinas de Egipto.

-No renunciaré a Atón, general -declaró-. Es la más preciosa herencia que me ha legado mi padre. Él me ha enseñado la verdad de la luz, me ha iniciado en sus misterios. No abandonaré a Tutankatón. Me ha ofrecido su amor y su confianza; su alma vive en mí.

Akhesa se incorporó al frágil borde de la barca de papiro, su cuerpo nimbado por el sol perdió por un instante el equilibrio y, luego, de un sólo movimiento, se zambulló en el agua del lago de recreo y nadó hacia la isla.

Horemheb permaneció postrado largo tiempo. Amaba apasionadamente a Akhesa, pero sabía que iba a convertirse en su más temible adversario en el camino del poder.

La princesa Akhesa no permaneció en la isla para meditar como había sido su intención. Había evaluado la importancia de la negativa que había dado al hombre más influyente del reino. Para que Tutankatón accediera al trono y Horemheb lo reconociese como faraón, debía rodear al joven con una eficaz red protectora. El general no permaneció inactivo. Ella tampoco. Tenía incluso la obligación de ser más rápida que él.

Desde hacía varios días, todas las tropas acuarteladas en la ciudad del sol se hallaban sometidas a ejercicios intensivos. Los aspirantes eran entrenados sin descanso en el manejo de las armas, los arcos y las espadas. Los carros eran examinados atentamente por los equipos de mantenimiento. Se murmuraba que los emisarios de Horemheb reclutaban voluntarios en las provincias para reforzar los cuerpos de ejército permanentes. La moral de los soldados, afectada por la inacción y la incertidumbre a las que les condenaba la política de espera de Akenatón, mejoraba.

Horemheb consagraba largas horas a hablar con los jefes de división y los instructores. Escuchaba las quejas de los soldados veteranos, que contaban sus expediciones por Asia. Con la espalda dolorida a causa de su atavío, estaban condenados a comer pan seco, a beber agua salada, a dormir en suelos pedregosos. Agotados, caminaban con los miembros doloridos hasta el lugar del combate, donde la muerte, si no las heridas, les aguardaban. Pero se sentirían felices de partir. Sabrían motivar a los jóvenes para mayor gloria de Egipto.

La popularidad de Horemheb no dejaba de crecer. Procuraba circular en carro varias veces al día por las principales arterias de la ciudad del sol y responder con gesto amistoso a las salutaciones de la muchedumbre. Consultaba a los ministros, estudiaba sus informes, tomaba nota de las recriminaciones de los escribas y los altos funcionarios. Colmaba, poco a poco, los vacíos dejados por la ausencia de Akenatón, que ya no salía de su gabinete privado y rechazaba consultar a los médicos.

Derrengado, Horemheb entró en el edificio de los oficiales superiores, donde su estado mayor trabajaba estableciendo un plan de campaña, estudiando los mapas de Asia confeccionados por los diplomáticos y los geógrafos del ejército. A excepción de los guardas, el lugar estaba desierto. Los estrategas habían regresado a sus villas para comer y descansar un poco. Horemheb se dirigió a su despacho, donde leería algunos informes.

Se detuvo en el umbral.

El «divino padre» Ay, el embajador Hanis y el intendente Huy se habían instalado en la habitación. Sus rostros eran huraños.

-Os saludo -dijo Horemheb en tono desdeñoso-. No creo haberos concedido audiencia.

-Perdonad esta intrusión -se excusó Ay-, pero queríamos veros con la mayor rapidez posible y sabíamos que os encontraríamos aquí.

-¿Tan urgente es? -se asombró el general.

-Eso creemos -indicó hosco el «divino padre»-. Ya no mantenemos contacto alguno con el faraón.

-Tampoco yo.

-Pero actuáis como si hubierais tomado el poder, y sin consultarnos.

El tono del anciano cortesano se hacía severo.

-Cumplo simplemente con mi función -afirmó Horemheb-. Nadie puede pretender lo contrario.

-Debemos examinar las cosas -exigió Ay.

El embajador y el intendente miraban acusadores a Horemheb.

-Sabéis tanto como yo -respondió sereno el general-. Akenatón reina solo, sin corregente. No consulta a ningún ministro, no toma decisión alguna. El ejército debe estar dispuesto a combatir si los hititas intentan invadir Egipto.

-¿Por qué desdeñar el matrimonio de Akhesa y de Tutankatón? -se inquietó el «divino padre».

-Porque es un episodio sin importancia -respondió secamente Horemheb-. Ese niño no reinará nunca.

El intendente Huy se acercó al general.

-Si impedís que reine Tutankatón -declaró con su voz tosca-, el Sur se revelará contra vos. Las tropas de Nubia sólo obedecen mis órdenes. Intentad recordarlo.

Huy salió. Horemheb no contuvo su cólera.

-¿Qué busca ese campesino? ¿Cree que unos negros bastarán para darme miedo? Le destrozaré.

-Tened cuidado -recomendó el embajador Hanis-, Huy es un hombre sencillo y directo. Combatirá por Tutankatón si la situación lo exige.

Hanis salió a su vez. El «divino padre» Ay, inmóvil, parecía inquieto. Horemheb se cruzó de brazos.

-Sois vos quien los levanta contra mí, ¿verdad?

El viejo cortesano inclinó la cabeza.

-Actúo en interés de Egipto. Ayudadme a instalar firmemente a Tutankatón y a Akhesa en el trono. Son unos niños. Les mostraremos el camino a seguir. Y trabajad menos, general. No malgastéis vuestras fuerzas. Egipto os necesita.

Una vez solo, Horemheb fue incapaz de concentrarse en los papiros redactados por sus subordinados. No tomaba a la ligera las advertencias que acababa de recibir. Pero no cedería.

Akhesa y Tutankatón vivían en el palacio norte desde hacía más de dos meses. Disfrutaban de una tranquila felicidad, pese a la constante actividad de la joven. Tutankatón quería el placer; todo se convertía para él en fuente de diversión y distracción. Akhesa le hablaba del Estado, de deberes, de política exterior. Él escuchaba con distraído oído, fascinado por su belleza.

Tutankatón estaba lleno de inquietud. La víspera, Akhesa se había acostado. Pese a lo tardío de la hora, no había despertado todavía. El joven no se atrevía a entrar en la alcoba. Privado de su presencia, se comportaba como un león enjaulado, yendo y viniendo, incapaz de encontrar reposo. Sin poder soportarlo más, empujó la puerta de cedro cubierta de láminas de oro y descubrió un extraño espectáculo.

Akhesa tenía a su alrededor numerosos objetos, un cofrecillo de madera maciza en cuyo interior había cajones que se deslizaban los unos en los otros, un tablero de pequeño tamaño, una honda en miniatura, botes de pintura y un pato articulado.

-Pero... ¡si son juguetes! ¿Has vuelto a la infancia, amor mío?

Akhesa sonrió levantándose. Atón, desde su matrimonio, la colmaba de felicidad. Tutankatón era un compañero maravilloso. Ella había conseguido convencer al embajador Hanis para que defendiera la causa del muchacho ante los miembros más influyentes de la corte. El diplomático, fortalecido por el apoyo del intendente Huy, del «divino padre» Ay y de su hijo, el comandante Nakhtmin, había sido muy bien escuchado. Aunque Horemheb seguía siendo el omnipotente dueño del ejército, no se atrevería a intentar acción ilegal alguna. Tendría que ponerse de acuerdo con los partidarios de Tutankatón. Cuanto más tiempo pasaba, más fuerte se hacía la posición de éste. A la última hija del faraón le quedaba la tarea de convencer a su padre de que adoptara a Tutankatón como corregente.

El muchacho tomó un encendedor formado por un bastoncillo introducido en un agujero redondo, practicado en un trozo de madera muy dura y untada de resina. Si se hacía girar deprisa el bastoncillo, se provocaba el calentamiento y, luego, la combustión. Tutankatón se divirtió produciendo una minúscula llama.

-¡Mira Akhesa! ¡Mira, lo he conseguido! ¡Este encendedor está mejor hecho que el que yo tenía en Tebas!

Su entusiasmo la enternecía. La bondad animaba su corazón.

Tutankatón arrojó el encendedor. La actitud de Akhesa, más distante, más reflexiva que de ordinario, le turbaba.

-No me has contestado. ¿Qué significan estos juguetes?

-Pronto serán útiles -dijo ella conmovida-. Espero un hijo.

El viento del desierto soplaba con fuerza. A una veintena de kilómetros al sur de la ciudad del sol, en un paraje solitario al pie de una colina, la tienda del general Horemheb había sido plantada. Sus soldados vigilaban un vasto perímetro.

Cuando Horemheb comenzaba a impacientarse, le avisaron de que su visitante llegaba.

En la tienda entró un sacerdote de cráneo rapado, que vestía de blanco y llevaba al cuello un amuleto representando a la diosa Mut, esposa de Amón, divino dueño de Tebas.

El sacerdote se inclinó ante Horemheb. Ambos hombres se sentaron en unas esteras. Fuera, el viento se hacía más violento. Oleadas de arena se levantaban, azotaban las rocas, borraban el relieve de las pistas.

-¡Que Amón nos proteja y guíe nuestros pensamientos! -exclamó el sacerdote untuoso.

-¿Cómo os llamáis? -preguntó Horemheb

-Poco importa, general. Estoy al servicio del sumo sacerdote de Amón en Karnak. Sólo mi misión importa.

-¿Cuál es, pues, esa misión que nos obliga a entrevistarnos en pleno desierto, como conspiradores?

-Seguimos de cerca los acontecimientos que se producen en la execrable ciudad del sol, esa falsa capital que los dioses han condenado ya a la destrucción. Sabemos que Nefertiti ha fallecido y que Akenatón está muriéndose. El sucesor que había adoptado, Semenkh, ha elegido la reclusión. La guardiana de la legitimidad es hoy la tercera hija de la pareja real, Akhesa.

-Si me habéis hecho venir aquí para contarme lo que ya sé -interrumpió Horemheb— lo lamentaréis.

El sacerdote de Tebas, servil, agachó la cabeza.

-Lejos de mí semejante intención, general. El objetivo de los sacerdotes de Amón, como el vuestro, es la grandeza de Egipto. Debemos preparar juntos la sucesión de Akenatón.

Era lo que Horemheb había supuesto. El clero tradicional había elegido al futuro faraón.

-Necesitamos un hombre que asegure un vínculo mágico entre Tebas y la ciudad del sol. Un hombre que escuche nuestros consejos y devuelva a los templos la prosperidad perdida. Nosotros y vos le ayudaremos a conseguirlo.

-Basta de cháchara -exigió el general-. ¿A quién deseáis ver en el trono?

-A un niño fácil de manipular: Tutankatón.

Una hora antes del alba, la sirvienta despertó a Akhesa. La nubia le comunicó que el mayordomo de Akenatón le rogaba que acudiera enseguida junto a su padre. Olvidando el maquillaje y el atavío, Akhesa se cubrió los hombros con un manto y partió apresuradamente.

El médico jefe, el escanciador, la camarera y un gran número de servidores se apiñaban ante la puerta del gabinete particular del faraón, murmurando frases inquietas. Se apartaron para dejar paso a la princesa.

Akenatón reposaba con los ojos cerrados, tendido en una estrecha cama, con los brazos a lo largo del cuerpo. Una sábana de lino le cubría hasta el pecho.

Akhesa se arrodilló y besó la mano derecha del rey.

-¡Padre mío, padre mío! Sigue luchando, te lo suplico. No estamos todavía preparados para vivir sin ti. No abandones todavía tu país ni a tu pueblo, no me abandones...

Un ligero estremecimiento recorrió el descarnado cuerpo del soberano. Abrió los ojos.

-Ha llegado la hora, Akhesa... Atón me llama... Mi espíritu está ya en él, inmerso en su luz. Tienes fuerza para continuar mi obra. Cada noche, me apareceré a ti en forma de estrella y te daré una energía procedente del cielo. Nunca nos separaremos, Akhesa. Tú, y sólo tú, organizarás mis funerales. Quiero reposar en la tumba que yo preparé, en aquel valle aislado, en medio de roquedales solitarios, lejos de mi capital, en compañía de mi esposa Nefertiti y de mis hijas. Nadie se aventura por aquellos lugares, tan terroríficos y hostiles son. El lecho de los ríos está casi siempre seco. Por la noche, se oye el aullido de las hienas y los chacales, y el ulular de las lechuzas. No hay verdor, ni flores, ni pájaros... La muerte será allí silenciosa, Akhesa.

La voz de Akenatón era tan débil que Akhesa apenas la oía.

-Pronto se levantará el alba -prosiguió-. Llévame a la terraza, querida hija, para contemplar el primer sol, el único sol.

Ayudado por Akhesa, Akenatón, a costa de un inmenso esfuerzo que consumió sus últimas fuerzas, consiguió caminar hasta la terraza superior de palacio. Se sentó en un sitial de alto respaldo colocado ante una pérgola por la que trepaba una parra que, en verano, producía grandes racimos negros.

Estrechando la mano de su hija hasta hacerle daño, Akenatón se extinguió cuando los primeros rayos del sol brotaban de la montaña de oriente, formando una corona de luz.



18

El luto nacional se decretó el mismo día del fallecimiento del faraón. Unos velos oscurecieron las ventanas de palacio. Los templos fueron cerrados y se interrumpió la celebración de los cultos. Los altos dignatarios se dejaron crecer la barba. En las ricas mansiones, al igual que en las más pobres, hombres y mujeres se mantuvieron postrados, con la cabeza entre las rodillas.

Con la muerte de un rey, se abría un período terrorífico durante el que las fuerzas del mal podían invadir Egipto y destruirlo. Mientras un nuevo faraón no hubiera sido coronado, el país corría el más grave de los peligros. Por ello, la capital se había encerrado en un temeroso silencio, a la espera de las decisiones que determinarían el destino del imperio.

El cadáver de Akenatón sólo había sufrido una sumaria momificación. Lo único importante era la iluminación de su alma por los rayos de Atón, que, con mano fraterna, se la había llevado al centro del disco solar.

Akhesa, reconocida como guardiana de la legitimidad, presidió, al día siguiente del óbito, un consejo al que asistieron altos dignatarios de la ciudad del sol. Se decidió enviar mensajeros a todas las capitales regionales. Jefes de provincia, administradores, escribas, sacerdotes eran los encargados de anunciar a la población la noticia de la muerte de Akenatón. La princesa se comprometió a consultar, en muy breve plazo, a las personalidades influyentes del Estado y a proclamar con tanta rapidez como fuera posible el nombre del nuevo rey.

Agotada por largas horas de entrevista con ministros sarcásticos, fieles a la causa de Horemheb, Akhesa descansaba un poco en la terraza donde había visto morir a su padre. Se dejaba acariciar por el sol poniente, con las manos crispadas sobre su vientre. Sin duda hubiera debido mostrarse más razonable, gastar menos energía, preocuparse más por su salud de futura madre... Pero los acontecimientos habían decidido lo contrario. Aquello en lo que tanto había soñado, ser la responsable de la suerte de Egipto, se había producido de un modo brutal y no le causaba la alegría que había esperado. La carga era pesada, y no podía contar con la ayuda de Tutankatón, pues el muchacho sólo pensaba en el amor. Las horas pasadas en brazos de Akhesa y el futuro nacimiento de su hijo le colmaban de perfecta felicidad. Había intentado hablar con él de los asuntos del reino, pero se había negado obstinadamente, prefiriendo acariciarla o divertirse con los juguetes que regalaría a su hijo.

Akhesa tenía que aceptar la soledad y desconfiar tanto de los aliados como de sus adversarios. Ninguna muralla la protegía ahora. Desaparecidos su padre y su madre, errando todavía su marido por los maravillosos senderos de la infancia, no disponía de un confidente que pudiera aconsejarla o ilustrarla. Sólo debía confiar en su intuición, sin poder permitirse el menor error. Su primer paso en falso sería inmediatamente aprovechado por los chacales que merodeaban alrededor del trono.

La sirvienta nubia le anunció la visita del «divino padre» Ay. Oponerse a la voluntad del cortesano más astuto e influyente no le asustaba. Pero era necesario conocerla de modo preciso y saber en qué campo estaba hoy.

El «divino padre» no estaba solo. A su lado se hallaba su hijo, el comandante Nakhtmin.

Akhesa les ofreció leche fresca y pasteles de miel. Nakhtmin lo rechazó. El «divino padre», goloso, aceptó. Mientras los degustaba, la nubia le daba masajes en los pies, arrancándole algunos suspiros de satisfacción. Tras haber encendido varias lámparas, que difundían una luz suave, la sirvienta salió de la estancia.

-Habéis escuchado ya a muchos dignatarios -comenzó el «divino padre»-y habéis tenido tiempo de formaros una opinión.

Nakhtmin, molesto en su equipo de soldado, con la espada al cinto, no apartaba los ojos de la princesa Akhesa, elegantemente apoyada en el alféizar de piedra de una ventana. Su vestido plisado, anudado bajo los pechos, ponía de relieve las admirables curvas de su cuerpo. Cuanto más mujer se hacía, más se parecía a su madre Nefertiti.

-Todos son partidarios del general Horemheb -dijo sin animosidad-. Lo demás carece de importancia.

-Todos... Exageráis, Majestad. Yo no estoy entre ellos.

-Tampoco yo -afirmó orgullosamente Nakhtmin-. Como mi padre, apoyo a Tutankatón. Él es quien debe reinar.

Akhesa les sonrió.

-Gracias por vuestra ayuda. Tampoco yo renunciaré. Pero ¿cómo puede Tutankatón imponerse a Horemheb?

-Evitando una guerra civil -opinó Ay-. Vos tomaréis las decisiones y él aparecerá en público. Tutankatón es sólo un niño, pero es el candidato de los sacerdotes de Tebas... y el vuestro. Si le consideráis digno de reinar, será el rey legítimo. Mi hijo os proporcionará el apoyo de una parte del ejército. Horemheb no se atreverá a intentar un golpe de fuerza. No está en su naturaleza. Siente un respeto innato por la ley y el orden. Tomad plena conciencia de vuestro papel, Majestad. Ningún faraón podrá ser coronado sin vuestro consentimiento.

Akhesa no se engañaba. Ay deseaba seguir gobernando en la sombra y manipulando a una pareja de jóvenes sin experiencia. Su hijo Nakhtmin esperaba obtener la jefatura del ejército en lugar de Horemheb. Poco importaba que fueran o no sinceros con ella. Sus ambiciones le servirían. Más tarde, sin duda, tendría que hacerles frente. Ella debería prever el conflicto para salir victoriosa de él.

Akhesa paseaba sola por el jardín donde Akenatón había pasado horas meditando, estrechando a Nefertiti en sus brazos, jugando con sus hijas en las avenidas cuidadosamente trazadas entre los arriates de flores. Su vientre seguía dolorido. No había tenido tiempo de consultar al ginecólogo. Su último visitante había sido el embajador Hanis. Se había mostrado mucho menos tranquilizador que el «divino padre» Ay sobre el porvenir del príncipe Tutankatón. La posición de Horemheb le parecía lo bastante fuerte como para no aceptar compromiso alguno y obligar a la princesa a doblegarse ante sus puntos de vista. Ella misma se sentía, ahora, mucho más vacilante. Mañana debería pronunciar ante el gran consejo el nombre del futuro faraón. Elegir a Horemheb era devolver a Egipto todo su esplendor, instalar en el trono a un verdadero jefe de Estado. Era también condenar a Tutankatón a la reclusión, al exilio o a algo peor todavía. Pero ¿acaso la primera exigencia no era evitar un conflicto entre egipcios? Cansada, sintiendo un zumbido en las sienes, Akhesa se sentó al pie de una acacia, deseando gozar del frescor de su sombra.

-No os mováis y no os deis la vuelta -ordenó a su espalda una voz grave-. Tengo que hablaros.

-¿Por qué no habéis solicitado audiencia? -se extrañó.

-No me habríais recibido.

Aquella voz... Akhesa la conocía. Sólo su cansancio le impedía reunir sus recuerdos e identificarla.

-Hablo en nombre de los obreros y los artesanos, en nombre de los humildes a quienes tan poco frecuentáis y que tan mal conocéis.

-Os prohíbo que...

-No me interrumpáis, princesa. Tengo prisa. He burlado la vigilancia de los guardas para entrar en este jardín y puedo ser detenido en cualquier momento.

-Si yo lo ordeno.

-No tengo confianza alguna en vos. Sois ambiciosa y orgullosa. Pero la suerte de nuestro país está ahora en vuestras manos. La gente humilde ha sufrido bajo el reinado de vuestro padre. Elegid al príncipe Tutankatón como faraón. Deseamos que sea él quien reine.

Por fin le había reconocido... Era la voz del escultor Maya, de aquel hombre rugoso, de impresionante potencia, que tan mal le había recibido en su taller y que seguía detestándola. Maya, que tenía el oído del pueblo.

-¿Por que apoyáis a mi esposo?

-Porque me dio de comer cuando tenía hambre. El dueño de mi taller me había despedido porque no nos entendíamos. Mi mujer estaba enferma. Yo tenía que alimentar a mis hijos. Me vi obligado a mendigar pan, a tender la mano. El pequeño príncipe Tutankatón pasó en su silla de mano. Me vio, a mí, un infeliz al borde del camino, y se detuvo. Era sólo un niño de cinco años, pero su mirada era la bondad personificada. Me preguntó si tenía un oficio. Le respondí la verdad. Entonces, llamó a uno de sus servidores para que me condujeran a los talleres del palacio de la reina madre. Encontré allí a los mayores escultores. Trabajé noche y día para aprender el oficio. Desde entonces, nunca he vuelto a pasar hambre. Tengo una deuda con Tutankatón y estoy decidido a pagarla. Quien intente perjudicarle me encontrará en su camino.

-No cederé ante ninguna amenaza -repuso Akhesa-. Pero os agradezco vuestras confidencias.

-Me voy, princesa. Tened muy en cuenta mis advertencias.

El hombre se levantó, abandonando el refugio del árbol. La voz de Akhesa le detuvo.

-Seguiré los dictados de mi corazón -dijo Akhesa sin volverse-. Así lo quieren los sabios.

Al salir del cerrado jardín, sin ser visto por los guardas, el escultor, dividido entre el temor y la admiración, veía fortalecida su certidumbre. Egipto debía temer a aquella muchacha en exceso inteligente.

Al pie del trono vacío se había instalado un sitial de alto respaldo en el que se sentaría la princesa Akhesa, asumiendo las funciones de primogénita del faraón y guardiana de la legitimidad.

Los cortesanos habían llenado la gran sala donde, en vida, Akenatón había reunido a sus consejeros y recibido a los embajadores extranjeros. Los rostros eran graves. A algunos dignatarios les costaba disimular su hostilidad hacia aquella adolescente con cuerpo de mujer, cuyas palabras tenían la fuerza de la decisión.

El «divino padre» Ay y su esposa permanecían casi invisibles, tapados por una columna. Horemheb estaba en primera fila, delante de los ministros. Su esposa Mut se hallaba a la cabeza de las damas de la corte, vestidas de blanco y tocadas con pesadas pelucas trenzadas. Junto a la entrada, el comandante Nakhtmin y el intendente Huy destacaban entre los oficiales superiores. El embajador Hanis estaba cerca del trono, como jefe provisional de la diplomacia egipcia. El príncipe Tutankatón se hallaba junto a los más altos dignatarios religiosos de la ciudad del sol. Ni Semenkh ni su ex esposa Meritatón habían sido autorizados a salir del recinto de los distintos santuarios donde vivían recluidos.

Los murmullos recorrían la concurrencia. Se especulaba con el nombre del futuro faraón. Todos intentaban leer en el enigmático rostro del general Horemheb, que parecía casi indiferente.

Un absoluto silencio reinó cuando la princesa, precedida por un maestro de ceremonias que golpeaba rítmicamente el embaldosado con la punta de su largo bastón, hizo su entrada en la sala del trono.

Su extraordinaria belleza conmovió los corazones más endurecidos. Delicadamente maquillada, con las cejas subrayadas de verde y los pómulos ligeramente enrojecidos, avanzaba a mesurados pasos con el innato porte de una reina. Durante su recorrido hacia el sitial que le estaba reservado, incluso sus más encarnizados adversarios se sintieron subyugados, cayendo bajo el encanto de una mujer que utilizaba su juventud como un hechizo mágico.

Cuando se sentó con un gesto de suprema elegancia, los cortesanos inclinaron la cabeza.

Un ritualista calvo se adelantó, desenrollando un papiro a la altura de su rostro. Era un hombre de edad avanzada, pero su poderosa voz llenó todo el espacio, pensado por el arquitecto para amplificar las vibraciones sonoras.

-En nombre del dios Atón y por la gracia de la luz divina que hace vivir a los seres, la princesa Akhesa, guardiana del trono, ha reunido a la corte del faraón. Recogeos e inclinaos ante la potencia creadora.

Akhesa levantó las manos sobre su cabeza, formando el gesto del ka, que atraía hacia la tierra la inagotable energía del cielo. Se sintió investida de pronto por un poder fulgurante. Prolongó aquel momento, experimentando una nueva embriaguez, una exaltación cuya intensidad le sorprendió. Por fin, bajó los brazos. El ritualista prosiguió su lectura.

-¡Que Atón sea benevolente e inspire el pensamiento de la princesa Akhesa! ¡Que...!

Se interrumpió. Al fondo de la sala del trono, junto a la puerta de entrada, se estaba produciendo un inquietante tumulto. Un arquero de la guardia personal de Nakhtmin salió de entre la muchedumbre de cortesanos y corrió hacia Akhesa.

-Majestad -declaró-, una delegación de sacerdotes venidos de Tebas desea ser recibida y asistir a la audiencia.

Se elevaron algunas protestas. Nunca, desde la creación de la ciudad del sol, los adoradores de Amón, el dios odiado, se habían atrevido a aventurarse en ella. Akenatón reposaba apenas en su tumba, y ellos venían a insultar ya sus despojos.

Las miradas convergieron en la joven. ¿Qué iba a decidir? ¿Cómo se comportaría frente a un acontecimiento tan grave como inesperado?

-Que entren -dijo con voz azorada.

Las puertas se abrieron.

Diez sacerdotes de edad madura, avanzando en procesión, se colocaron junto a sus colegas que servían los santuarios de Atón. Entre ellos no figuraba ninguno de los grandes profetas de Karnak. El clero había enviado sólo a una delegación de subalternos.

-Ha traicionado a su padre -dijo un cortesano.

-En absoluto -respondió otro-. Doblegará Tebas y a los sacerdotes de Amón.

Akhesa se levantó. Todos contuvieron la respiración. Iba a revelar el nombre del futuro soberano.

-En nombre de Atón -proclamó- reconozco como soberano legítimo, reinando en las Dos Tierras y en el circuito del universo recorrido por el sol, al príncipe Tutankatón.

-Debierais adelantar el peón blanco -recomendó Horemheb a Akhesa.

-No lo creo, general. Tened cuidado con vuestro peón negro. Está en peligro.

A Horemheb le costaba un poco concentrarse en la partida de senet14 que estaba jugando contra Akhesa. Presumía de ser un táctico de primera fila, pero la princesa se revelaba como una notable jugadora acostumbrada a las más complejas estrategias.

La mesa de juego, de ébano y marfil, comprendía un tablero plegable dividido en treinta compartimentos y colocado en un soporte de ébano cuyas cuatro patas imitaban las del león. Una caja de accesorios contenía peones, bastoncillos y pequeños huesos, que permitían practicar distintas clases de juegos.

-Vuestra decisión es especialmente audaz -apreció Horemheb-. Tutankatón no es capaz de reinar. Su porvenir no está en vuestras manos, sino en las mías. Puedo destrozarle... ¡así!

El general tomó un bastoncillo, lo rompió en su puño y arrojó los restos al suelo. Akhesa adelantó un peón negro.

-Habéis perdido la partida, general.

Horemheb se vio obligado a aceptar su derrota.

-Era sólo una distracción, princesa. No confundáis el juego con la realidad.

-Me guardaré mucho de ello. Vos reináis sobre las fuerzas armadas, soy consciente de ello. Podéis utilizarlas en cualquier momento. Pero...

-Pero ¿qué?

-No lo haréis.

-¿Por qué?

-Porque vuestra estrategia os lo impide.

-Os sentís muy segura de vos misma. ¿En qué consiste esa estrategia?

-El divino padre Ay me ha pedido que compareciera ante los sacerdotes de Amón para ratificar la elección de Tutankatón. Supongo que, esta vez, no encontraré sólo subalternos.

El rostro de Horemheb se endureció.

-Fuisteis vos, general, quien hicisteis venir de Tebas a aquellos sacerdotes. No hubieran podido entrar en la ciudad sin vuestro consentimiento.

Por lo tanto, estoy segura de que aprobáis, de buen o mal grado, la elección de Tutankatón como faraón. Claro, que no será sin contrapartidas.

Horemheb la contempló admirado.

-Vuestro ingenio es excepcional, Majestad.

Akhesa había elegido el gran patio del templo principal de la ciudad del sol para recibir al Primer Profeta de Amón, que se había instalado en la villa de Horemheb desde hacía varios días. Anciano, pero robusto todavía, el Primer Profeta de Amón en Karnak era un hombre de considerable estatura y despectivo rostro, surcado por las arrugas. Había combatido a Akenatón desde el comienzo de su reinado, pero se había visto obligado a inclinarse. Hoy, obtendría una brillante revancha en aquellos lugares que él detestaba.

Desde la muerte de Akenatón, nadie había subido los peldaños que llevaban al altar central para depositar las ofrendas y celebrar el sacrificio del alba en honor a Atón. El corazón de Akhesa se oprimía ante la idea de que las puertas de aquel templo sin techo, pronto se cerrarían tras el silencio y la frialdad de la nada. Pero ése era el precio de la salvaguarda de Egipto.

El «divino padre» Ay, sentado en la base de una columna decorada con flores, se había cubierto la cabeza con una tela, temiendo los ardores del sol. El Primer Profeta de Amón, con la cabeza descubierta, caminaba de un lado a otro delante de Akhesa, que, sentada en una silla plegable, agitaba cadenciosamente un abanico.

-El Primer Profeta se alegra de vuestra precoz sabiduría, Majestad -dijo el «divino padre»-. La elección del príncipe Tutankatón complacerá a los dioses.

-Os olvidáis de Atón.

-Será necesario hacerlo -aseguró el Primer Profeta con una voz profunda que heló la sangre de Akhesa-. Akenatón era el único profeta de su dios. No formó a ningún discípulo.

-Eso es falso -dijo la muchacha-. Me transmitió a mí sus enseñanzas.

-¿Vais a levantaros contra todo el clero de Amón? -preguntó imperioso el Primer Profeta.

Akhesa miró el sol, el inmenso patio que se abría ante ella, las losas de inmaculada blancura. Oía todavía la voz de su madre Nefertiti, cantando la belleza de Atón. Veía a las danzarinas del templo esbozar graciosos pasos mientras sonaban flautas y tamboriles. Su juventud, aquel deslumbramiento de claridades y felicidades cotidianas, pertenecía ya a un mundo pasado.

-No, no me creo capaz de ello -reconoció a disgusto.

-Gran lucidez para un alma joven -reconoció el Primer Profeta-. Vuestra Majestad ha sabido inclinarse ante la auténtica tradición.

Akhesa se mordió los labios para no protestar con vehemencia. Se había jurado hacer frente a aquel anciano temible por su sola dignidad, demostrarle que sus ataques más violentos no la desequilibrarían.

-¿Qué esperáis de mí? -preguntó tensa.

Ay habló en un tono que pretendía ser tranquilizador.

-Mientras vuestro padre gobernó en Egipto, era reconocido por todos como la suprema autoridad. Ninguna de sus directrices fue discutida. La palabra del faraón, como es norma desde los orígenes, siguió siendo omnipotente. Egipto evitó graves trastornos internos gracias a la sabiduría de los sacerdotes de Amón y a la prudencia de su jefe, el Primer Profeta. Hoy, la situación es muy distinta. Si bien por un lado la designación de vuestro esposo, Tutankatón, parece juiciosa, por otro lado sabemos que es incapaz de reinar. Es sólo un niño. Sería peligroso y perjudicial proseguir la experiencia iniciada por vuestro padre.

-Debéis regresar a Tebas -intervino secamente el Primer Profeta, sin mirar a Akhesa-. Allí es donde debe celebrarse la coronación del nuevo faraón.

-Lo que significa...

-Que la ciudad del sol debe ser abandonada y Tebas debe recuperar su estatuto de capital de Egipto.

-Será también necesario, Majestad, que vuestro esposo cambie de nombre. Tut-ank-Atón, «símbolo viviente de Atón», se convertirá en Tut-ank-Amón, «símbolo viviente de Amón». Así, por la magia del verbo, la herejía de Atón será olvidada. Por su nuevo nombre, que será proclamado en todo Egipto e inscrito en las estelas erigidas en cada templo, Tutankamón manifestará el triunfo de Tebas y el regreso a la verdad.

Akhesa lloraba interiormente. Consiguió, pese a la inmensa pena que la desgarraba, mantener su rostro impasible. El Primer Profeta, arrogante, demostraba un cruel júbilo. «Los sacerdotes -había dicho Akenatón-, los hombre más viles...»

-Naturalmente -añadió el Primer Profeta-, estas condiciones no son negociables. Cuento con el apoyo de Horemheb y del ejército.

Akhesa lanzó una mirada interrogante al «divino padre». Éste asintió con una inclinación de cabeza a las contundentes declaraciones del Primer Profeta.

Un dolor fulgurante atravesó el vientre de Akhesa, obligándola a inclinarse hacia adelante como si fuera a vomitar. El Primer Profeta avanzó.

-¿Qué tenéis, Majestad?

-Atrás -gritó la muchacha, petrificada por el sufrimiento-. ¡No os acerquéis!

El anciano, impresionado por la violencia de aquella reacción, obedeció.

-Os equivocáis considerándome como un enemigo, Majestad. Vuestro padre era un hereje, un demente sin duda. Llevaba a Egipto a su perdición. Amón hizo de nuestro país la luz del mundo. Ahora hará renacer la felicidad perdida a causa del fanatismo y la intolerancia.

Akhesa sufría demasiado para gritar su odio al hipócrita, afirmar el amor que sentía por su padre, exigir del sol divino que la nutriera con su poder y le permitiera aplastar bajo sus sandalias a los malvados que mancillaban la memoria de Akenatón. Se sabía prisionera. Ay, Horemheb y el Primer Profeta de Amón habían firmado un pacto que les convertía, a ella y a su joven esposo, en dóciles esclavos. Al menos eso creían, pues la muchacha pensaba ya en una respuesta que ellos eran incapaces de imaginar. De momento, era necesario salvaguardar lo esencial.

-No carezco de fuerzas -dijo tranquilamente, desafiando a la vez al «divino padre» y al Primer Profeta, cuya conclusión le indignaba-. No son bastantes para vencer, pero me permitirían combatiros.

Una arruga de ansiedad cruzó la frente del Primer Profeta. Su brillante carrera reposaba en una gran cualidad: nunca había subestimado a sus adversarios. Había juzgado a aquella muchacha, la futura reina de Egipto, y no tomaba a la ligera ninguna de sus palabras. Las pruebas que había superado la habían hecho madurar de un modo sorprendente. Unía el encanto de una resplandeciente juventud a la belleza soberana de una mujer de inflexible carácter. ¿Cómo evolucionaría? ¿Se obstinaría en defender la herejía, en perpetuar el recuerdo de un reinado absurdo, o se uniría a la causa de los tebanos? ¿Atendería a sus sentimientos o a la razón de Estado?

-Provocar una guerra civil, dividir a los egipcios, empujarlos a enfrentarse... ¿Son éstos vuestros proyectos de futuro, Majestad?

Akhesa imploró a Atón que la iluminara con su claridad. Pero no aguardaba milagro alguno. Sabía que sólo debía contar con su capacidad de resistir la adversidad y a sus enemigos.

-No tengo intención de ser origen de semejantes horrores, pero tengo una exigencia que hacer.

La mirada del Primer Profeta se preñó de amenazas.

-¿Estáis en situación de formularla?

La muchacha ignoró la advertencia.

-La ciudad del sol no debe ser destruida. Cuando sus habitantes la hayan abandonado, permanecerá intacta, entregada al sol y al viento.

El Primer Profeta reflexionó largo rato. Le había parecido necesario arrasar la ciudad maldita. Así habría aplicado un castigo que permanecería en los Anales como ejemplar y disuadiría a cualquier otro soberano de alejarse de Amón.

Sin embargo, reconsideró su posición. Puesto que la antigua capital sería abandonada, la arena bastaría para cubrirla por toda la eternidad con un manto de nada.

-Acepto la exigencia, Majestad.

-Hay otra -dijo Akhesa, aliviada.

Ay se quitó el velo que le protegía de los ardores del sol.

-Podríamos dejarlo así.

Akhesa no le hizo caso.

-El templo de mi padre en Karnak no tiene que ser destruido tampoco. Cuando viva en Tebas, será mi lugar preferido, el lugar donde rezaré a Dios.

El Primer Profeta esbozó una sonrisa cruel.

-No temáis. Hemos velado por la conservación de ese pequeño edificio e incluso lo hemos restaurado. Seréis feliz en Tebas, Majestad.

El sacerdote abandonó su obsesivo vaivén. Por fin iba a salir de aquel lugar maldito que había visto celebrar cultos heréticos. La corte volvería a Karnak. Amón sería de nuevo dios del imperio. Su victoria era completa, a excepción de un último detalle. Se acercó a la muchacha para poder hablarle en voz baja.

-Os transmitiré pronto una lista de grandes dignatarios tebanos que, gracias a un decreto del nuevo rey, recuperarán sus privilegios, perdidos a causa de Akenatón. Os lo agradecerán. Y eso es indispensable para la estabilidad del trono.

Tutankatón estaba loco de alegría ante la idea de regresar a Tebas y vivir allí con Akhesa. La muchacha había evocado su futura función de faraón, y él le había respondido hablándole de amor, tomándola entre sus brazos, acariciándola, desnudándola con ardor. Akhesa no le había rechazado. Había aceptado el peso ligero de su cuerpo de adolescente, olvidando en los juegos del placer la negra sombra que velaba su sol.

Luego, llegó la mañana postrera, la de la partida.

No lloraba ni pensaba en el insoportable sufrimiento que le torturaba el alma. Consagraba todos sus cuidados a su joven esposo, sentado en una silla de curvado respaldo, en una sala de palacio cuyas columnas lucían ornamentos y motivos florales. Con los pies en un taburete, vestido con una túnica larga y plisada, sujeta al talle con un cinturón multicolor, el adolescente no apartaba los ojos de Akhesa. De pie ante él, daba los últimos toques a su atavío. La joven estaba magnífica con su vestido de lino, su cinturón de flotantes extremos, su amplio collar, su rizado tocado. Ajustó el pectoral y los brazaletes de Tutankatón, vertiendo luego sobre la cabeza de su cónyuge el contenido de un frasco de perfume. Cuando hubo terminado, dirigió una última mirada al pequeño disco de oro colgado en la pared. Del globo divino brotaban unos rayos terminados en manos. Aquel símbolo había obsesionado el espíritu de Akenatón, que lo había hecho grabar en las estelas y en los muros de los templos de la ciudad del sol. ¿Estaría condenado al olvido?

La joven pareja, con sus vestidos de gala, salió del palacio y subió a un carro que se puso a la cabeza de una larga hilera de vehículos que se dirigió hacia el sur, hacia Tebas.

Los nobles habían cerrado para siempre las puertas de sus suntuosas villas, los jardineros habían regado por última vez los floridos arriates. Unos carpinteros habían desmontado las columnas de madera que volverían a utilizarse en las mansiones tebanas, los funcionarios habían enrollado los papiros administrativos, guardados en grandes cofres colocados en carros tirados por bueyes. Las tablillas que habían sido consideradas caducadas fueron enterradas, las momias sacadas de sus tumbas para ser transportadas a la orilla este, donde gozarían del eterno reposo en una nueva sepultura. Sólo la familia real residiría en el desértico paraje elegido por Akenatón. Ningún sacerdote celebraría la memoria del rey.

Akhesa pensó en las bandas de desvalijadores beduinos que, desierta la capital de Atón de sus ocupantes, se instalarían en ella y la mancillarían.

Ninguna guardia fronteriza, ningún policía les impediría el acceso a los palacios y las villas. Los abrirían y saquearían, permitiendo que el viento y la arena degradaran las delicadas pinturas.

El alba ligera enrojecía las montañas y disipaba las brumas que velaban todavía los campos. La brisa del norte hinchaba las velas de los barcos que componían la imponente flotilla que partía hacia el sur. Los estibadores los habían cargado con una considerable cantidad de muebles. En la barca real se habían depositado los cofres que contenían objetos de aseo y preciosas telas.

En pocos días, la ciudad de luz creada por Akenatón quedaría vacía. Los más pobres partirían en barcazas de transporte fletadas por el Estado y regresarían a los poblados de donde habían salido, con la alegría en el corazón, para fundar una capital.

Tutankatón y Akhesa se habían instalado bajo una tienda que se levantaba en el centro de la barca real. Les protegería del sol durante el viaje. Les servirían bebidas frescas y frutas.

El adolescente disponía de un tablero de juegos, feliz de poder jugar con aquella a la que amaba cada vez más apasionadamente. El porvenir le parecía risueño. Los dioses le colmaban de todas las felicidades.

Akhesa le hizo esperar. De pie en el puente, contemplaba la ciudad del sol, que iba desapareciendo a medida que el barco se alejaba. Un recodo del río le ocultó para siempre la ciudad de Akenatón, el profeta de la luz.

Unas lágrimas corrieron por las mejillas de la hija del faraón maldito.



19

Una vez la pesada puerta se hubo cerrado tras ellos, Tutankatón y Akhesa penetraron en el inmenso templo, guiados por un maestro de ceremonias.

Akhesa descubría con estupor los dominios de Amón-Ra, señor de los dioses, dispensador de dones y de poder. Había oído hablar cien veces de aquella sagrada obra inaugurada varios siglos antes y a la que cada faraón consagraba inmensos esfuerzos para embellecerla. Tutmosis III el Conquistador, Tutmosis IV, el protegido de la esfinge, y Amenofis III el Magnífico habían construido columnatas y pilones, abierto pasajes y erigido colosos, desarrollando sin cesar el inmenso cuerpo de piedra donde se celebraban cotidianamente los ritos que aseguraban la prosperidad del Imperio. Karnak llegaba, en efecto, a la altura del cielo, como afirmaban los teólogos. Akhesa se sintió transportada, como arrebatada de la tierra. Los porches recubiertos de oro la deslumbraron. La viva mirada de las estatuas la atravesó hasta el alma. Por doquier, el oro, la turquesa, el lapislázuli y toda clase de piedras preciosas realzaban el esplendor de los numerosos edificios que componían aquella ciudad santa a imagen del universo.

Ambos jóvenes se detuvieron ante una gran puerta doble recubierta de oro. El umbral era de plata. Varias docenas de sacerdotes, formados en dos hileras, rodeaban a Tutankatón y a Akhesa, tan conmovido el uno como la otra, y ambos un tanto asustados por la gravedad de la ceremonia. El adolescente había olvidado de pronto su ingenua felicidad, comenzando a percibir que su futura función amenazaba con resultar mucho más pesada de lo que había imaginado.

El Primer Profeta apareció, llevando un largo bastón dorado en la mano derecha, y un brazalete de oro en la muñeca izquierda. Su altura y su natural autoridad impusieron un silencio absoluto.

Un sacerdote que empuñaba un cuchillo bien afilado cuya hoja brillaba, se colocó detrás de Tutankatón. Con un gesto brusco y preciso, asió el mechón de cabellos que el adolescente llevaba a un lado y lo cortó. Le liberaba así de la infancia. El mechón fue colocado en un cofre, que sería cuidadosamente conservado en el tesoro real.

Tutankatón se estremeció. No había sentido el menor dolor, pero un terrible sufrimiento que invadió su mente estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento. Un mundo de lujo, de fiestas y placer se derrumbaba, dando paso a la austeridad del templo que exigía de él un compromiso sobrehumano.

-Atón es quien da la realeza -declaró el Primer Profeta-, quien mantiene intacto el trono de los vivos donde el faraón se sienta. Dios es quien guía el pensamiento de su hijo para darle la victoria sobre sus enemigos visibles e invisibles. Amón convierte al faraón en el pastor de su pueblo, el buen pastor que no extravía ninguna de sus ovejas. Amón enseña a su hijo el camino de Maat, de la verdad que los hombres no pueden apagar. ¿Quién eres tú, que así te presentas ante la puerta del templo cubierto?

-Soy el hijo del Señor -respondió Tutankatón, repitiendo las palabras que le habían enseñado la víspera-. Actuaré según sus directrices y llevaré a cabo lo que agrada a su corazón. Gracias a su fuerza uniré las Dos Tierras. Gracias a su poder ejerceré la función con la que me ha investido.

-Puesto que eres el fiel hijo de Amón, recibe hoy tu nombre visible -proclamó el Primer Profeta, con voz tan grave y profunda que todos los participantes contuvieron el aliento.

Akhesa rogó por su joven esposo, sintiendo que estaba a punto de desfallecer. Intentó comunicarle la energía que la habitaba. Era necesario que lograra superar las pruebas de la investidura faraónica que le convertiría en un rey-dios.

El malestar del adolescente no había escapado al Primer Profeta. Habría podido poner fin a su frágil existencia arrojando sobre él la cólera de los dioses. Pero el destino del Imperio pasaba por el reinado de aquel ser inconsistente, tan poco preparado para el ejercicio del poder.

El sacerdote extendió ante él los brazos, abrió las manos y magnetizó al muchacho hasta que fue capaz de nuevo de soportar su rango.

-En adelante, te llamarás Tutankamón -anunció el Primer Profeta-. Él contiene el secreto de tu ser, que será inscrito en los Anales y seguirá viviendo más allá de la muerte.

Todos comprendieron que Egipto vivía un cambio en su historia. Akhesa se mordió los labios para no gritar de despecho. Pero, aunque el combate pareciera perdido de antemano, aunque pareciera abrumada por la eternidad de Karnak, no se consideraba vencida todavía.

Haciendo una señal con la cabeza, el Primer Profeta ordenó a los sacerdotes que abrieran la doble gran puerta del templo cubierto.

Allí sólo penetraba una luz difusa, filtrada por ventanas en forma de rejas de piedra. En el centro de una antecámara con estatuas del faraón Amenofis III, vieron una mesa de piedra donde se habían depositado ofrendas de alimentos. A uno y otro lado permanecían el general Horemheb y el «divino padre» Ay, vestidos con una piel de leopardo cubierta de estrellas. Eran los encargados de atribuir al futuro rey años sin fin y un inagotable alimento celeste.

El maestro de ceremonias introdujo en la antecámara a la joven pareja. El acceso al templo cubierto fue cerrado de nuevo. Acostumbrándose a la penumbra, Akhesa distinguió, en una esquina de la estancia, una estela donde se veía a Tutankamón adorando a Amón-Ra, señor de Tebas. Los sacerdotes no habían perdido un solo instante. Los escultores trabajaban sin descanso tras el anuncio de la muerte de Akenatón.

-Ha llegado la hora de purificaros -indicó el Primer Profeta.

El «divino padre» abrió camino a Tutankamón, Horemheb y Akhesa. Les condujeron hasta una habitación minúscula, casi por completo a oscuras. Les pidieron que se desnudaran, se sentaran en un bloque de granito y aguardaran hasta que vinieran a buscarles tras un silencioso ayuno de un día y una noche.

Aquel forzado descanso permitió al adolescente recuperar el aliento, y aceptar mejor la implacable sucesión de acontecimientos que orientaban su existencia en una dirección que no había deseado ni elegido. ¿No era mejor abandonarse, renunciar, dejarse arrastrar por la corriente del destino como si nadara en el Nilo? Agotado y sumiso, Tutankamón se durmió.

Akhesa no lograba conciliar el sueño, tan turbada se había sentido por los pocos instantes pasados en compañía de Horemheb. Por el modo en que él le había dado la mano, por la forma en que sus ojos habían hablado en un lenguaje mudo, ella había percibido en su carne que aquel hombre la deseaba y que nunca renunciaría a poseerla. Se reprochaba aquella atracción, cuando debía todo su afecto a un marido frágil que pronto tendría a su cargo el mayor reino del mundo. Pero Akhesa se negaba a mentirse a sí misma. Sentía una ternura sin límites por Tutankamón. Amaba a Horemheb.

Otro amor más intenso, más vasto, llenaba su corazón: el del Egipto que su padre había deseado, el de un país de luz donde los rayos de Atón no habrían encontrado muralla alguna y donde la maldad de los sacerdotes habría desaparecido por fin. Se había ofrecido a aquel amor y nada le haría cambiar su decisión. Para permanecer fiel a él y llevar a buen término la misión que Akenatón le había confiado, no tenía otro medio que ayudar a Tutankamón a convertirse en un auténtico faraón. Ella debería convencerle de que actuara contra el Primer Profeta y se liberara de la tutela de los sacerdotes de Karnak.

Durante aquella noche de meditación, Akhesa se forjó un alma de reina. Prisionera de Karnak, tomó la energía sagrada que emanaba de aquellos muros, donde las ilustres mujeres que la habían precedido habían sufrido la misma prueba antes de acceder al trono. Se impregnó de aquel glorioso pasado, de los invisibles rastros de las personalidades femeninas que habían generado la gloria de Tebas. Akhesa sintió crecer en ella una nueva fuerza. Unía dos naturalezas irreconciliables en apariencia, la de hija de Akenatón, heredera de la ciudad de la luz, y la de una reina tebana que se había vuelto fiel a Amón. A ella le correspondía asumir lo imposible, vivir aquella conciliación de contrarios para que su país no perdiera la luz revelada por Atón y no sufriera atroces trastornos interiores, cuyas primeras víctimas serían los humildes. No tenía ya el menor deseo de convertirse en reina, de satisfacer un sueño de niña ambiciosa que se creía superior al resto de la humanidad. Horemheb, Ay, el Primer Profeta, Maya, Hanis, Huy, aquellos hombres valían más que ella por su talento, su inteligencia o su experiencia. Tenía que observarles, comprenderles, averiguar los secretos de su influencia. Sólo entonces sería capaz de vivir su destino real.

Cuando un sacerdote fue a buscarla, la joven, pese a no haber dormido, tenía el rostro reposado y sereno. El hombre, un viejo calvo y casi desdentado, le tendió un paño blanco que ella se ciñó a la cintura. Era el vestido tradicional de los soberanos desde la edad de las pirámides.

En el templo cubierto, el tiempo ya no existía. Tal vez fuera el alba, pero a Akhesa no le preocupaba. Siguió al sacerdote por un estrecho pasillo iluminado por antorchas y llegó a una sala inundada de vapores cálidos y húmedos donde le aguardaba Tutankamón, vestido también con el paño tradicional. El anciano los colocó hombro contra hombro, y les pidió que permanecieran inmóviles y guardaran silencio.

Entre la cortina de vapor surgieron dos sacerdotes. Uno de ellos llevaba la máscara de Horus, el dios halcón, y el otro la del chacal Anubis. El primero se colocó junto a Tutankamón, y el segundo al lado de Akhesa. Levantaron por encima de sus cabezas dos aguamaniles de plata de los que fluyó el agua de la regeneración, preparada por los magos de la Casa de la Vida. El agua cayó sobre el occipucio de ambos jóvenes, y resbaló por sus mejillas, su cuello, su pecho y su espalda. De aquel modo eran purificados por el dios Horus, protector de la realeza, y Anubis, guardián de los caminos del otro mundo.

Akhesa sonrió a Tutankamón, cuya inquietud percibía. Los ojos del joven, transidos de amor, leyeron tal confianza en los de su esposa que se sintió tranquilizado. Puesto que ella permanecía a su lado, sería capaz de llegar hasta el fin del camino ritual que le imponían.

Dos nuevos sacerdotes, llevando esta vez las máscaras de Toht, el ibis, y de Seth, el cánido de grueso hocico y grandes orejas, se acercaron a la pareja real. El primero se situó tras ellos, y el segundo delante, derramando sobre su cabeza el contenido de un aguamanil de oro. Con los otros dos dioses, simbolizaban los cuatro puntos cardinales, hitos del universo en el que reinaban el faraón y la gran esposa real.

-Por el agua de la vida -dijo el anciano con voz firme-, la naturaleza humana se transforma en naturaleza divina.

Akhesa experimentó una extraña sensación en lo más profundo de su ser. Un fuego suave despertaba en ella, como un sol de ocaso que doraba la piel sin abrasarla. El agua perfumada que había corrido por todo su cuerpo la recubría de inmaterial claridad, de una especie de oro líquido que divinizaba la carne. La mirada del propio Tutankamón se había modificado. Las virtudes del líquido mágico de la purificación, practicada con cada faraón desde el alba de la historia egipcia, le comunicaban una forma de vida de origen celestial.

Los celebrantes de máscaras divinas depositaron los aguamaniles en las cuatro esquinas de la estancia. Horus y Seth tomaron por las manos a Tutankamón, introduciéndole en una sala cuyo centro era iluminado por intensos rayos de luz que entraban por unas pequeñas aberturas practicadas en el techo. Akhesa se unió a él, acompañada por Anubis y Toht.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la deslumbradora claridad concentrada en el altar, advirtieron la presencia de una barca, el arca sagrada de Amón, cuyos extremos se alzaban, adornados con una cabeza de carnero. La cabina de la barca, oculta por un velo blanco, contenía la estatua del dios. En la proa, una figurita representaba al faraón manejando el gobernalle.

El Primer Profeta salió de la penumbra.

-Amón está siempre oculto -dijo-. Él es el padre y la madre de los seres. Que él abra la vía hacia la mansión del rey.

El Primer Profeta se puso a la cabeza de la procesión, formada por los cuatro dioses, la pareja real y el viejo sacerdote que cerraba la marcha. Atravesaron un patio donde habían sido erigidos dos gigantescos obeliscos. Akhesa quedó deslumbrada por la increíble magnificencia del lugar, la hermosa piedra blanca de gres, el granito rojo y negro, el sol de oro y de plata, las puertas de oro fino de las capillas, y sus batientes de madera de cedro y cobre de Asia.

-Hemos llegado a la morada de la luz donde el faraón será coronado -indicó el Primer Profeta-. Este templo es semejante al universo. Aquí se halla el lugar de beatitud del Señor de los Dioses.

Se inició una larga peregrinación de varias horas. Seguido de Akhesa, Tutankamón penetró en una sucesión de capillas en cuyo interior se habían situado sacerdotes y sacerdotisas con los rostros ocultos tras máscaras de dioses y diosas. Cada poder creador le revelaba su mensaje, moldeando progresivamente el ser sobrenatural del faraón.

Gracias al agua de la purificación, Tutankamón no sentía la fatiga. Cuando salió de la morada de la llama donde le había sido transmitido el alimento primordial de la realeza, se encontró frente a frente con el Primer Profeta.

-Amón te ofrece la vida, la estabilidad y la fuerza -declaró, poniendo sobre su cabeza la corona roja y la corona blanca, que simbolizaban el Bajo y el Alto Egipto.

«Las dos poderosas» formaban una entidad viviente que protegería al faraón de las influencias nocivas. Su peso estuvo a punto de arrancar un gemido al adolescente. El Primer Profeta lo magnetizó de nuevo, aliviando enseguida el dolor infligido a su nuca. Luego, anudó una cinta alrededor de su frente, significando así que, en adelante, su pensamiento se confundiría con el de los dioses.

El Primer Profeta se arrodilló ante el faraón y calzó sus pies con unas sandalias blancas, en cuyas suelas aparecía la imagen de los enemigos atados y sometidos para siempre a la autoridad del rey de Egipto. Luego, el jefe de los sacerdotes de Karnak se levantó y sujetó al cinturón de la túnica una cola de toro, en la que se incorporaba el poder inalterable del ka, que sobreviviría a la desaparición de la envoltura carnal.

El nuevo rey ya estaba equipado para llevar a cabo el ascenso hacia una capilla sumida en las tinieblas. El Primer Profeta no entró en ella. Akhesa permaneció en el umbral. Una gran naos de granito rosa llenaba casi la estancia. Una luz mineral parecía brotar del monumento. El adolescente avanzó, deteniéndose ante una estatua de Amón tocada con la corona de dos grandes plumas. Con la espalda vuelta a la efigie del dios, el nuevo rey se arrodilló espontáneamente.

De pronto, una mano fría, una mano de piedra se posó en su nuca. El brazo de Amón se había movido, el propio dios confirmaba la coronación de Tutankamón.

Éste creyó que iba a morir de arrobo. Precisó un valor sobrehumano para no levantarse y salir huyendo. Sin embargo, sintió la benevolente mirada de Akhesa y logró dominar su miedo. Poco a poco, la mano de piedra se hizo más suave y la frialdad desapareció. El adolescente sintió el mismo calor maravilloso que cuando el Primer Profeta lo magnetizaba.

El brazo de Amón se retiró, y la estatua regresó a su aparente inmovilidad. Tutankamón se levantó. Se había convertido en rey-dios, en imagen viva de Amón en la tierra, señor de las incesantes transformaciones de la vida. Cuando salió de la capilla, el Primer Profeta le entregó dos cetros, que cruzó sobre su pecho, y lo condujo hasta el fondo del templo. Allí, en el santuario de oriente, el nuevo faraón vio abrirse ante sí las puertas del cielo y contempló la faz del dios. Recitó por primera vez las formas rituales del culto, tras haber recibido el rollo del libro divino.

Luego, Tutankamón y Akhesa volvieron hacia atrás, al eje del gran templo. Tras ellos se formó la corte de las divinidades, manifestadas por los sacerdotes enmascarados. Se les unieron sus colegas de cráneo rasurado. En la sala de las fiestas se habían reunido los grandes dignatarios, impacientes por saber si el adolescente había superado las pruebas.

Cuando lo vieron, vacilando bajo la doble corona pero sujetando firmemente los cetros, le aclamaron, gritando su nombre. Así era definitivamente reconocido como rey. Los gritos de alegría que se escucharon en el exterior del edificio, anunciaron el nacimiento ritual del monarca. La buena nueva corrió de boca en boca de los sacerdotes y pronto atrajo a la inmensa muchedumbre reunida en el atrio, dando la señal para un festejo popular que duraría varios días. Egipto tenía un rey, Egipto estaba salvado.

El Primer Profeta se volvió hacia Akhesa, que se mantenía algo retirada con respecto a su esposo. Por indicación del pontífice, dio un paso hacia adelante, colocándose a la altura del faraón.

El señor de Karnak rodeó su cuello con un collar de varias hileras de perlas y le ciñó la frente con la diadema del uraeus, la cobra hembra cuya cabeza se erguía para arrojar fuego contra obstáculos y enemigos.

-Eres la gran hechicera -declaró el Primer Profeta-, la que goza de todos los favores y guarda la legitimidad del trono, la más encantadora de las mujeres, dulce de amor, la soberana del Alto y el Bajo Egipto, la gran esposa real.

Le entregó una vasija de plata en forma de granada, cuya panza estaba decorada con acianos y lises cincelados con extrema finura.

-Recibe esta vasija sagrada que contiene el agua de la resurrección. La conservarás como tu más preciado bien. Tu nombre de reina será «La que vive por Amón», y ayudarás al soberano del Doble País a pasar su vida creando las imágenes de los dioses.

Nuevas aclamaciones saludaron esta declaración. Tutankamón y Akhesa, graves, se cogieron de la mano. El adolescente estaba aturdido por el torbellino que acababa de atravesar. Sentía confusamente que su infancia había muerto y que le obligaban a renunciar a toda libertad.

Cuando la pareja real, de pie en su carro laminado de oro y electro, recorrió el centro de Tebas saludada por miles de voces entusiastas, Tutankamón comenzó a sonreír. La veneración que le mostraban le colmaba de satisfacción. ¡Rey de Egipto! Era rey de Egipto, el hombre más poderoso de la tierra. Recibió los homenajes demostrando su contento. A su lado, la gran esposa real permanecía extrañamente tranquila.

20

Los mejores escultores del reino trabajaban sin descanso en los talleres de Karnak. El «divino padre» Ay y el general Horemheb les habían dado orden de tallar estelas que anunciaran la coronación de Tutankamón. Estatuas representando al dios Amón junto al nuevo rey serían colocadas en los grandes santuarios de Egipto, dando testimonio del poder legítimo detentado por el nuevo rey. Maya, a quien sacerdotes y dignatarios tenían en gran estima, supervisaba el conjunto.

Tutankamón estaba sentado en una silla de madera de cedro con el respaldo adornado con el genio de la eternidad. Sobre su cabeza destacaba un disco solar alado. El rey pasó un nervioso dedo por uno de los clavos de oro que fijaban las piezas angulares de la silla. Como cada mañana desde hacía más de dos meses, aguardaba la visita del «divino padre» Ay, que le iniciaba progresivamente en los secretos de la corte y de Tebas. Akhesa asistía, silenciosa, a aquellas entrevistas. Sólo eran habladurías, cotilleos, descripciones críticas de uno u otro cortesano, confidencias de pasillo. Los ojos de la gran esposa real se posaban a veces en los costados de la silla, que representaban la unión del loto y el papiro, las plantas simbólicas del Bajo y el Alto Egipto. La grandeza del Doble País, su brillo... Ésas eran las primeras tareas que imaginaba para un faraón. En cambio, no se trataba más que de intrigas palaciegas. Aunque se sintiera indignada por tanta mediocridad, guardaba en la memoria las frases del «divino padre». Los cortesanos, en su mayoría, sólo pensaban en sus carreras. Habían tenido tanto miedo de la revolución iniciada por Akenatón que estaban dispuestos a todo para mejor apoyar a los sacerdotes de Amón, garantes de sus privilegios. Pese a su posición dominante, Akhesa debía mostrarse prudente. Había decidido, pues, no comenzar a actuar antes del nacimiento de su hijo, tanto más cuanto que los dolores que le laceraban el vientre se acentuaban.

No se preocupaba demasiado por ello, muy feliz de ofrecer a Tutankamón el fruto de su amor.

El joven rey se impacientaba.

-Ay se retrasa esta mañana. ¿Qué le habrá sucedido?

-No te inquietes -le consoló ella-. Escucha a tu hijo... Se mueve.

Tutankamón lo estaba haciendo alegremente, cuando un escanciador que traía copas de leche fresca anunció a Ay.

El «divino padre» caminaba penosamente con aspecto preocupado.

-Llego con retraso, Majestad. Perdonad a un anciano que sufre de sus articulaciones. Ya sólo puedo desplazarme con la ayuda de un bastón.

-Sentaos, divino padre -propuso Akhesa, acercando una confortable silla provista de almohadones.

Ay se instaló gimiendo frente al rey.

-¿De quién hablaremos hoy? -preguntó el rey, que estaba aficionándose a las intrigas palaciegas-. ¿De la dama Mut, la esposa de Horemheb, y de su difícil carácter?

El tono festivo del rey no divirtió al «divino padre».

-Más bien del propio Horemheb, Majestad.

Akhesa aguzó el oído, olvidando el papiro mágico que estaba leyendo.

La mueca de Tutankamón reveló claramente que el tema le aburría. Hasta entonces, había vivido en la ignorancia de las dificultades. Se limitaba a amar a Akhesa y a gozar de las prerrogativas de su rango sin sufrir sus inconvenientes. Había olvidado incluso la existencia del poderoso general Horemheb, y agradecía al «divino padre» que no le hubiera importunado con ello.

-¿Desea verme el general?

-En efecto, Majestad. Desde vuestra coronación ha trabajado mucho. Ha velado personalmente por el alistamiento de nuevos reclutas para reforzar los cuerpos de ejército que controla. Proclama por todas partes su absoluta obediencia al faraón y no pronuncia ninguna palabra contra vos. Predica la calma y la paz, pero prepara la guerra.

Akhesa, inquieta, intervino con ardor.

-¿La guerra contra nosotros? ¿Contra los soberanos legítimos?

Ay vaciló antes de responder.

-Lo ignoro...

-¿Ya no os entrevistáis con el general?

-Conversaciones triviales y sin interés. Horemheb me evita. Supongo que persigue algún objetivo personal que no consigo determinar todavía.

-¿Un objetivo que os intriga?

-Sí, Majestad.

-Pero ¿por qué? ¿No es Horemheb, ante todo, un escriba respetuoso de las leyes, incapaz de cometer un acto que viole la regla de Maat?

-Es cierto -reconoció el «divino padre»-. Pero temo precisamente que utilice las leyes para reforzar su posición. Horemheb viaja mucho, visita a los jefes de las provincias, consulta con los altos dignatarios, ofrece banquetes a los oficiales superiores. Su popularidad no deja de crecer, mientras Sus Altezas permanecen encerrados en este palacio.

Akhesa puso sus manos sobre su dolorido vientre. Tras seis meses de embarazo, apenas si abultaba.

-¿Decíais que el general quería vernos?

-Ha organizado una gran ceremonia en el templo de Montu y desearía la presencia de la pareja real.

-¿Hay algún modo de librarnos de esta obligación? -preguntó Tutankamón, a quien el protocolo exasperaba.

-Temo que no, Majestad.

Akhesa experimentaba una desagradable impresión. El «divino padre» no parecía sincero. ¿No estaría sirviendo de emisario a Horemheb para sacar de palacio a la pareja real? ¿Se preparaba un atentado contra el faraón? Intentó expulsar de su pensamiento tan loca idea. Ni Horemheb ni Ay eran asesinos. Pero ¿no ocultaría la actitud ambigua del «divino padre» alguna inconfesable intención?

El templo de Montu, dios halcón encargado de proteger al faraón durante los combates y proporcionarle el poderío guerrero que llevaba a la victoria, se alzaba al norte del templo de Amón-Ra. En el centro de su imponente fachada se abría una gran puerta, cuyo umbral era de granito rosa. Dos obeliscos enmarcaban la entrada del santuario.

Horemheb en persona recibió a los soberanos cuando descendieron de su carro de oro y electro. Precedido por dos porta-abanicos, les condujo al interior del templo, a un vasto patio rodeado de pórticos con columnas en forma de papiros. Entre ellas se habían dispuesto algunas esfinges con cuerpo de león y el rostro del faraón Amenofis II, excepcional arquero, celebrado por su fuerza física.

Al fondo del patio, ante la escalera que llevaba al templo cubierto, había dos tronos. El mayor estaba destinado al faraón, el otro a la reina. Ambos jóvenes se instalaron en ellos. Horemheb se mantenía al lado del rey y algo retrasado. Ni Tutankamón ni Akhesa se atrevieron a hacer la menor pregunta al general, sonriente y afable. La gran esposa real se sintió oprimida. La serenidad del templo y el esplendor de su arquitectura no bastaban para tranquilizarla.

Un soldado provisto de una trompeta avanzó hasta el centro del patio, se arrodilló y husmeó el suelo ante Faraón. Luego, levantándose, empuñó su instrumento y tocó una melodía de carácter marcial.

Entró a paso ligero una tropa de infantes de gran colorido, que incluía egipcios y mercenarios de distintas regiones, libios, sirios, asiáticos y nubios. Unos llevaban un largo faldón plisado con un delantal, otros una túnica, y otros un vestido multicolor. Los egipcios iban tocados con una corta peluca, los asiáticos lucían barba y largos cabellos, recogidos detrás de la nuca y sujetos con una cinta, los libios preferían una gran pluma sujeta en lo alto del cráneo. Desfilaron ante la pareja real, mostrando la panoplia de armas que llevaban: arco sencillo de una sola pieza de madera flexible; arco doble, cuyas piezas, cubiertas de láminas de corteza, se unían en el centro; arco compuesto de varias piezas unidas; flechas de unos veinte centímetros de longitud, formadas por un tallo de caña endurecido, con una base de madera a la que se fijaba la punta de bronce; flechas de punta de madera destinadas a derribar al adversario; dagas y espadas de hojas de bronce, algunas de ellas en forma de hoz; y, por último, bastones arrojadizos.

El desfile, muy animado, se prolongó durante bastante tiempo. Los infantes rivalizaban en soberbia, entonando cantos guerreros a la gloria del dios halcón Montu. Corrían cadenciosamente, con un ritmo perfecto. El joven Tutankamón estaba encantado. Aquellas demostraciones bélicas, sin matanzas ni combates, le parecían una fiesta muy divertida, casi un juego. Horemheb había pensado en procurarle una distracción excepcional.

No era ésta la opinión de Akhesa, a quien el general evitaba cuidadosamente mirar, con los ojos fijos en sus soldados, que ejecutaban una maniobra impecable. La gran esposa real se sentía cada vez más inquieta. Aquello era sólo el comienzo de la estrategia de Horemheb. Comenzaba deslumbrando al rey para obtener su confianza.

Los militares salieron del gran patio. Un nuevo toque de trompeta indicó la llegada de un interminable desfile de asiáticos, que ofrecieron al faraón caballos y una impresionante cantidad de tributos tan ricos como variados: copas de oro y de plata, preciosas vajillas, paños, bordados, aderezos.

-Toda Asia reconoce vuestra soberanía -indicó Horemheb—. Ha venido a postrarse a vuestros pies e implorar vuestra protección.

Pese a la magnificencia de la ceremonia, a Akhesa le sorprendió la delgadez y palidez de los asiáticos que participaban en ella. La mayoría de ellos parecían cansados, casi agotados; en los rostros y los miembros de algunos se veían huellas de heridas. Se fijó en un hombre de edad madura, de negro y fino bigote, al que le faltaba la mano derecha.

Cuando los tributos fueron depositados al pie de los tronos, un niño sirio se adelantó, solo, hacia Tutankamón. Ofreció al rey una caja de madera de ébano que contenía varias flechas con punta de marfil y una bolsa cubierta de oro, incrustada de piedras preciosas, cuyas extremidades representaban a unos prisioneros extranjeros atados.

Tutankamón, saltando de placer, dejó su trono para recibir el admirable presente, obra maestra de un joyero que había alcanzado la perfección en el arte del cincelado. Al volverse hacia Akhesa, se quedó sorprendido por su frialdad.

El silencio se hizo de nuevo en el gran patio del templo de Montu. Ya sólo quedaban allí el rey, la reina, Horemheb y una veintena de soldados armados, de pie ante las esfinges. Cada vez más tensa, Akhesa tomó la mano de Tutankamón, cuyos ojos revelaban una súbita angustia.

El general Horemheb se colocó ante sus soberanos.

-¿Vuestras Majestades están satisfechas de estos desfiles?

-Sí, claro -respondió Tutankamón con voz insegura-. Estoy cansado, general, deseo regresar a palacio.

-Hágase según vuestra voluntad, Majestad. Antes, sin embargo, me gustaría hablaros de las graves dificultades en las que se halla nuestro país. Su gobierno debe ser más firme. Yo lo intento con todo el ardor de que soy capaz, pero mis medios son demasiado limitados. Debo reforzar los efectivos del ejército, reorganizar la administración, devolver a los templos las riquezas que les arrebataron. Sería conveniente que Vuestra Majestad me nombrara diputado del faraón en todos los países extranjeros, regente de las Dos Tierras y jefe de los intendentes.

Akhesa protestó:

-¿No sois ya el elegido del rey, amado escriba del faraón, confidente privilegiado, poderoso entre los poderosos, grande entre los grandes? ¿No os comparan ya a los dos ojos del Señor de Egipto? ¿Por qué exigir otros títulos?

Horemheb, que seguía evitando la mirada de la gran esposa real, contempló al adolescente.

-No podemos seguir titubeando -anunció, severo y determinante-. No sólo me atribuiréis estas nuevas funciones, Majestad, sino que ordenaréis también grabar una estela que se colocará en el ángulo nordeste de la gran sala de columnas de Karnak, para que nuestra obra de restauración sea conocida. Se os representará haciendo una ofrenda al dios Amón y a su esposa Mut. Contaréis en ella cómo habéis suprimido el mal, combatido la herejía y restablecido la verdad, cómo habéis vendado las heridas infligidas a los templos y habéis hecho florecer de nuevo las ruinas de los santuarios devastados por la intolerancia, desde Elefantina hasta el Delta.

-¡Eso es falso! -exclamó Akhesa-. ¡Mi padre no provocó ninguna destrucción grave!

-No importa -repuso Horemheb-. Lo esencial es que el pueblo egipcio lo crea. El reinado de Tutankamón ha restablecido la prosperidad y la armonía. Explicaremos en esta estela que los lugares santos habían sido arrasados, que las malas hierbas crecían en ellos, que por ellos paseaban libremente los profanos. Plantas silvestres habían cubierto las desventradas naos de las divinidades, que, despreciadas, se habían alejado de nuestra tierra. Sus estatuas eran mutiladas. Tras consultar a su corazón, el nuevo rey, Tutankamón, decidió poner fin a tal desastre. Creó para su padre Amón una estatua de oro fino, incrustada de piedras preciosas y lapislázuli, más grande y más hermosa que las esculpidas antaño.

El joven rey, atónito, escuchaba con atención al general. No se sentía con fuerzas para resistirse.

-La estela -prosiguió Horemheb- será completada con una serie de nombramientos de sacerdotes que fueron condenados por Akenatón a ocupaciones profanas y que formarán parte otra vez del personal de los templos. Los notables y sus hijos recuperarán sus dignidades. La nobleza, que formaba la elite de nuestra sociedad, conocerá de nuevo días felices.

Akhesa, indignada y dolorida, contuvo la rabia que la habitaba. El desfile militar había servido para demostrar que el general controlaba las fuerzas armadas y que no dudaría en utilizarlas para conseguir sus fines. La pareja real sólo podía inclinarse.

-Para festejar la promulgación de unos decretos que harán que los dioses regresen a la tierra -concluyó Horemheb-, convocaremos en Karnak a las mejores cantoras y danzarinas de todo el país y concederemos varios días de descanso a la población. Volverá a nacer la alegría.

Tutankamón había pasado varias horas en un estado de completo abatimiento. Las autoritarias decisiones del general Horemheb le habían cogido desprevenido, mostrándole sus debilidades. Era sólo un niño enamorado de una mujer soberbia, incapaz de hacer frente a un hombre experimentado, a un veterano de las maniobras políticas, acostumbrado a los intrincados laberintos de la administración. Él, Tutankamón, no era más que un insignificante rey sin poder real.

¿Por qué no le ayudaba Akhesa? ¿Por qué no intentaba atenuar su contrariedad? ¿Por qué se había encerrado en sus aposentos en vez de permanecer a su lado, hablarle, prodigarle aquella ternura que tanto necesitaba?

Sintiéndose inútil y abandonado, Tutankamón se puso a jugar con su encendedor, produciendo una llama que no le calentó el corazón.

Atroces sufrimientos desgarraban las entrañas de la gran esposa real. Pero Akhesa no tenía tiempo de consultar al médico. Había concedido audiencia al comandante Nakhtmin, que acudió a su lado nada más recibir la llamada transmitida por la sirvienta nubia.

-Ocurre algo extraño, comandante. He observado bien a los asiáticos que nos han presentado los tributos bajo la responsabilidad del general Horemheb. Me han parecido agotados. Parecen más prisioneros que diplomáticos. Quisiera que me trajerais a uno de ellos para interrogarlo: un hombre con un bigote negro muy fino. Le falta la mano derecha.

Nakhtmin se envolvió en su dignidad de joven oficial superior.

-Lo que me pedís, Majestad, es muy delicado. No tengo poder para hacerlo.

-No os pido que detengáis a ese hombre, Nakhtmin, sino que dispongáis una entrevista con él.

Al comandante no le costó identificar al asiático, alojado en el barrio de los embajadores. Grande fue su sorpresa, cuando Nakhtmin lo llevó al jardín de una inmensa villa, lejos del palacio real.

En una glorieta le aguardaba la gran esposa real, ante la que se prosternó, asustado.

-¿Por qué tembláis? -preguntó Akhesa.

El asiático apretó los labios.

-¿De qué provincia venís?

-De Siria, Majestad.

-¿Cuándo perdisteis vuestra mano?

-Yo... era artesano y...

El extranjero masculló unas incomprensibles palabras.

-Decidme la verdad -ordenó Akhesa.

El comandante Nakhtmin palideció. La determinación de la muchacha le impresionaba. El asiático dirigió a la gran esposa real una mirada de perro apaleado.

-Estaba en mi pueblo cuando lo invadieron los hititas, devastando nuestras casas e incendiando nuestras cosechas. Huimos a las montañas y vivimos como cabras. Cuando llegaron los soldados egipcios, corrimos hacia ellos implorando su ayuda. Me enrolé en el ejército con la seguridad de que el faraón enviaría su espada victoriosa para protegernos. Pero fuimos derrotados y perdí una mano en combate. No había bastantes soldados egipcios. Murieron. Yo y algunos otros, no sabiendo ya cómo subsistir, vinimos a solicitar refugio en tierra de Egipto. El general Horemheb nos pidió que rindiéramos pleitesía al faraón, como si fuéramos enviados extranjeros.

Akhesa se retiró sin hacer más preguntas. Horemheb había cometido su primer error.

Tras haberse lavado las manos y los pies, Horemheb fue introducido en la sala de audiencias del palacio real de Malgatta, en la ribera izquierda de Tebas. No le sorprendía el carácter protocolario de aquella convocatoria. Y en ese magnífico día de verano, cálido sin ser tórrido, la pareja real le concedería los plenos poderes.

El rey y la reina, coronados y con las vestiduras oficiales, permanecían sentados en sus tronos. Tutankamón llevaba los cetros, Akhesa una flor de loto. ¡Qué frágiles parecían! Horemheb cumplió las exigencias rituales. Inclinó la cabeza, dobló las rodillas, husmeó el suelo y aguardó a que el faraón le invitará a levantarse.

-¡Que el dios Amón proteja a Faraón! -declaró con voz profunda-. ¡Que le dé eterna vida, salud y fuerza!

Tenía que intervenir Tutankamón. Akhesa le había hecho repetir varias veces las palabras que debería pronunciar y que tendrían fuerza de ley. El adolescente tenía la garganta seca. Horemheb le aterrorizaba. Tutankamón tragó trabajosamente saliva.

-General Horemheb, hemos decidido concederos los nuevos títulos honoríficos que solicitabais y promulgarlos por decreto, a excepción del de regente del reino. Pese a nuestra juventud, pensamos ejercer plenamente nuestras prerrogativas y no ceder a nadie el gobierno de las Dos Tierras. En cambio, prestaremos mucha atención a los fieles consejeros que nos ofrecerán el fruto de su experiencia.

Horemheb necesitó el control de un escriba acostumbrado a dominar sus emociones para que su cólera no estallara. ¡Cómo se atrevía a resistírsele aquel niño! ¿Qué locura se había apoderado de él?

-Majestad -dijo, remachando cada palabra-, vos sois el señor de Egipto. Vuestras palabras se hacen realidad viva. Sólo vos, en efecto, sois digno de gobernar este país y mantenerlo en la ley de Maat. Pero nos amenazan tan graves peligros que me parece indispensable la institución de una regencia. Estoy dispuesto a asumir la responsabilidad durante tanto tiempo como Vuestra Majestad lo juzgue necesario.

Tutankamón vaciló. Los argumentos de Horemheb eran convincentes. ¿No era mejor descargar los deberes demasiado abrumadores en un hombre de tal talla? ¿No deberían los dioses permitirle vivir su juventud en vez de robársela?

Akhesa advirtió la vacilación de su esposo. Estaba dispuesto a traicionarla y a ceder ante Horemheb.

-Habéis mentido, general -dijo-. No controláis la situación en Asia. Tengo pruebas de ello. Este comportamiento es indigno de un alto funcionario del reino. En consecuencia, el faraón, con su gran clemencia, os confía la tarea de reorganizar el ejército del que sois responsable y garantizar la seguridad de las fronteras. Esa será vuestra única preocupación.

Akhesa estaba segura de haber descubierto la maniobra de Horemheb: dejar que las relaciones internacionales se degradaran, imputar la falta al nuevo rey y tomar el poder en un necesario golpe de Estado militar. El general y la gran esposa real se desafiaron con la mirada. Por deferencia, él bajó los ojos.

A Tutankamón le hubiera gustado hallarse lejos de aquella sala, de aquel trono, llevar otros vestidos, no soportar el peso de la corona sobre su cabeza. La presencia de Akhesa le ofreció los recursos necesarios para concluir con voz frágil.

-Hemos expresado nuestra voluntad, general. La audiencia ha terminado.

Horemheb no podía ya emitir la menor protesta. Salió precipitadamente.

No vio a la gran esposa real caer desmayada en el enlosado.

El diagnóstico del jefe de los médicos fue rápidamente establecido: parto prematuro en el séptimo mes de embarazo. De inmediato, dos experimentadas comadronas llevaron a Akhesa, a la que habían reanimado haciéndole aspirar perfumes a base de lis y de aciano, a la estancia de palacio donde otras reinas, antes que ella, habían dado a luz a los hijos reales.

Akhesa sufría tal agotamiento que no opuso ninguna resistencia. Las comadronas la desnudaron. La primera la obligó a mantenerse de pie, sosteniéndola por las axilas. La segunda introdujo en su vagina una compresa de paño con serrín de abeto, a fin de hacer bajar el útero. Para calmar el dolor, depositó un ibis de cera sobre unos carbones. Colocó a la muchacha sobre los vapores anestesiantes que se desprendían, para que penetraran así en su vientre. En las esquinas de la alcoba de nacimiento se habían dibujado figuras de mujeres desnudas, cargadas de magia benéfica.

Akhesa no lloraba, no gritaba. Guardaba el sufrimiento en lo más hondo de su ser, deseando a toda costa comportarse con la dignidad de una reina, aunque de pronto la prueba le parecía superior a sus fuerzas. El niño al que esperaba confiada, aquel pequeño ser al que deseaba ver vivir como la misma imagen de la felicidad, la estaba matando.

Mientras la mantenían de pie, le vendaron el bajo vientre con un emplasto de sal, trigo y juncos. Luego, la comadrona de más edad tomó la decisión de adelantar el parto. Untó la vagina con un ungüento caliente, compuesto de vino de palma, sal y aceite, e inyectó luego un líquido a base de aceite y fragmentos de alfarería pulverizados.

Las contracciones se aceleraron unos minutos más tarde. Entonces, la joven no pudo contener un grito de dolor. Las comadronas la llevaron hasta una estera y la obligaron a agacharse. Una de ellas la ciñó con sus brazos, pidiéndole que se apoyara en ella con todas sus fuerzas para facilitar la expulsión.

La otra esperó la salida del niño, que tras media hora de trabajo, salió del vientre de la joven madre.

La gran esposa real durmió dos días y dos noches. Cuando despertó, sintió que un fuego insoportable le abrasaba el vientre. Retorciéndose de dolor, se tendió sobre el costado izquierdo y descubrió en la penumbra de la alcoba, cuyas ventanas habían sido cubiertas por cortinas, a un hombre sentado al pie de su lecho.

-Tutankamón... Ven junto a mí, rey mío...

En cuanto el hombre se levantó, Akhesa advirtió su error. Era Ay, el «divino padre», que le tomó las manos con respeto.

-¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi marido?

-El rey está ligeramente indispuesto, Majestad. La noche está terminando, duerme.

-¿Y mi hijo? -insistió, con la voz entrecortada por el llanto.

Ay la contempló con la ternura de un padre.

-Salió de mí, lo vi... ¿Por qué no está aquí, en su cuna?

-Era un muchacho -dijo el «divino padre» con la voz rota-. Nació muerto.

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