Cubierta: Romi Sanmartí



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10

La sirvienta de la princesa Akhesa estaba aterrorizada. No se atrevía a pronunciar una sola palabra. La cólera de su señora había tomado temibles proporciones. Había roto ya varias cerámicas y no dejaba de acusar por su infortunio al universo entero. La nubia se había refugiado tras el gran cofre de madera de ébano donde se guardaban, cuidadosamente doblados, los vestidos de gala de la princesa. Ésta no dejaba de ir y venir por sus aposentos como una fiera enjaulada.

Todos sus intentos habían fracasado lamentablemente. En una nueva entrevista con el escultor Maya, le había calificado de mentiroso y amenazado con represalias si no la introducía en el palacio de su madre. Maya, en absoluto impresionado, había rechazado la petición. Si, efectivamente, estaba esculpiendo un busto de Nefertiti por orden de la gran esposa real, se trataba de un secreto de taller y nada más. Por lo que se refería a entrometerse y traicionar la confianza de la reina, que no quería recibir a su marido ni a sus hijas, sería una bajeza que no estaba dispuesto a cometer. Maya reconoció ser amigo del joven príncipe Tutankatón, pero se indignó cuando Akhesa le acusó de conspirar contra el faraón Akenatón. El rugoso artesano la había expulsado de su taller, olvidando las reglas del protocolo y desdeñando las eventuales consecuencias de su acto.

Al fracaso se añadía una decepción. La nubia había acudido dos veces a la taberna del Ibis para ponerse en contacto con Pached. Le habían respondido que el funcionario tenía mucho trabajo y que comía en su despacho. La inminente llegada del diplomático Tetu, que venía de Asia con importantes noticias, provocaba una intensa actividad en el ministerio de Países Extranjeros.

En la ciudad del sol, la atmósfera se hacía opresiva. El rey y la reina no se mostraban ante el pueblo. La policía seguía actuando contra las divinidades y destruyendo los oratorios familiares donde estaban representadas, causando profundas heridas en la sensibilidad de los más humildes. Los rumores de guerra seguían circulando por los barrios populares.

-Princesa... -arriesgó la nubia.

-Cállate. Tengo que pensar.

-Princesa -insistió la sirvienta-, el diplomático Tetu ha llegado a palacio con una escolta.

-¿Por qué no me lo has dicho antes? Voy enseguida.

-Princesa...

-¿Qué más quieres?

-Tendríais que vestiros un poco...

El diplomático Tetu y la delegación que dirigía fueron recibidos en la sala del trono por el faraón. El rey iba tocado con la corona azul y sostenía el cetro mágico en una mano, pero su rostro estaba mortalmente pálido. Mantuvo una hierática postura durante la audiencia que concedía al dignatario, y a la cual asistieron el general Horemheb, el «divino padre» Ay, el embajador Hanis y una cincuentena de grandes personajes de la corte, entre ellos Tutankatón. Akhesa había podido entrar sin problemas en la sala, gracias a una intervención del embajador. Se mantuvo algo retirada, al abrigo de una columna, escuchando con apasionado interés las frases del comisionado.

-Vuestra Majestad domina el universo entero -declaró Tetu, cuyo tono obsequioso disgustó a Akhesa-. Nuestros vasallos se encuentran bien, los soldados gozan de buena salud y sus carros están bien cuidados. La paz reina en todas partes. Traigo cartas dirigidas al faraón, mi señor, deseándole felicidad y larga vida. El gran rey del Hatti asegura a Egipto su indefectible amistad. Los príncipes de Palestina y el rey de Biblos también. El más débil súbdito de Vuestra Majestad, el rey Aziru de Siria, quiere inclinarse ante Vos para disculparse por las acusaciones de traición que se le han hecho.

El general Horemheb consultó al faraón con la mirada y recibió de su señor la autorización para expresarse.

-¿Estás tratándome de mentiroso, Tetu? -preguntó con voz colérica.

La prestancia y la autoridad de Horemheb le convertían en blanco de las miradas de la concurrencia. Tutankatón, a quien aburrían esos enfrentamientos políticos, sólo tenía ojos para la princesa.

-¡No tengo en absoluto esa intención! -protestó Tetu-. Probablemente fuisteis mal informado.

La pusilanimidad del diplomático, que impregnaba tanto sus actitudes como su modo de hablar, asqueaba a Akhesa. Tetu era un hombre de redondo vientre e hinchado rostro, afeado por un labio inferior muy grueso. Parpadeaba con frecuencia y no dejaba de frotarse las manos.

-¿No será vuestro amigo Asiru -prosiguió Horemheb- más aliado del Hatti que de Egipto? ¿No intenta, con el apoyo de los hititas, apoderarse del territorio de Biblos, cuyo rey, Ribaddi, es fiel al faraón desde hace tantos años? Hace ya dos meses que Ribaddi no escribe al rey. ¿Por qué ese mutismo?

-¿Se trata de hipótesis o de hechos concretos? -preguntó Akenatón a Horemheb.

-De hipótesis, Majestad -admitió el general-. Pero pienso ir en persona a verificarlas.

-Os quedaréis aquí -ordenó el faraón-. Vuestros ejércitos no deben abandonar la ciudad del sol.

Horemheb, ocultando su desaprobación, se inclinó.

-Yo, Majestad -dijo el diplomático Tetu-, tengo pruebas de la fidelidad del rey de Siria. ¿Le concedéis la gracia de contemplar al faraón?

-Que se le permita la entrada a esta sala.

Tras una señal del rey, las puertas se abrieron de par en par. Entró un cortejo de sirios llevando una esfinge de oro, carros desmontados, arcos, lanzas y escudos.

A Akhesa se le oprimió el corazón al recordar la gran recepción en la que todos los países extranjeros habían ofrecido sus tributos el año anterior. Nefertiti y Akenatón, uno junto a otro, se habían sentado en un trono doble. La reina abrazaba tiernamente al rey, pasando el brazo por su cintura, y apoyaba la cabeza en su hombro. Cretenses, libios, negros y sirios habían depositado a sus pies numerosos presentes, mientras un grupo de acróbatas, y de tocadores de castañuelas y de laúd ofrecía un desenfrenado espectáculo. Akhesa había apreciado la belleza de la pantera que los negros sujetaban con una correa, los huevos y las plumas de avestruz traídos por los libios, los jarros de piedra y metal de los cretenses, la gacela domesticada que se había paseado entre las filas amedrentadas de nobles damas.

Aziru, rey de Siria, rindió homenaje al faraón cuando la totalidad de aquellos magros regalos fue expuesta a las miradas de la corte. Se arrodilló ante el trono.

-Reciba Vuestra Majestad el testimonio de mi obediencia que quieren transmitiros estos modestos presentes.

Aziru, cuyo afilado mentón lucía una negra perilla y cuya amplia frente estaba cruzada por una cicatriz, llevaba una larga túnica multicolor. El general Horemheb lo contempló con irritación.

-Te acusan de ayudar a los hititas para apoderarse de territorios egipcios -dijo Akenatón.

-Es una malvada calumnia, Majestad -repuso Aziru con firmeza-. Por el contrario, defiendo encarnizadamente los intereses de Egipto en las fronteras de su imperio. Ninguno de vuestros vasallos es más leal que yo. No es ése el caso del rey de Biblos, Ribaddi, cuya hipocresía me indigna. A vos os toca juzgar, Majestad.

-¿Mi ejército tiene que estar dispuesto?

-No será necesario, Majestad, si me permitís actuar en vuestro nombre. Yo advertiré convenientemente a tan indigno servidor. Un severo aviso bastará para mostrar a su corazón el buen camino.

El general Horemheb intentó intervenir de nuevo, pero esta vez Akenatón no le dio la palabra.

-Esas lejanas querellas tienen poca importancia y deben terminar -declaró el faraón-. Que los hombres aprendan a vivir en paz bajo el sol de Atón.

El rey de Egipto se retiró, dejando a la corte desamparada. Horemheb, furioso, abandonó a la concurrencia sin saludar al diplomático ni a su protegido.

-Esta situación es grotesca -consideró una voz grave a espaldas de Akhesa y de Tutankatón-. Antaño, todos los pueblos presentaban sus tributos al faraón. Hoy sólo lo hacen esos sirios. ¡Y no quiero imaginar a quién se los habrán robado!

Akhesa se volvió, descubriendo al intendente Huy, provisto de un abanico de plumas de avestruz.

-Esos regalos son una miseria -prosiguió Huy-. Muy pronto, ni siquiera los sirios se tomarán el trabajo de traer el menor presente.

-¿Estáis insinuando que mi padre es un rey incapaz? -atacó Akhesa.

-Princesa -intervino Tutankatón-, no provoquéis un altercado. Huy es un amigo seguro, un perfecto servidor de la corona.

-Tal vez debierais elegir a vuestros amigos con más cuidado -dijo Akhesa, sarcástica.

Huy palideció.

-Venero a mi rey -afirmó conmovido-, pero no tengo derecho a cerrar los ojos.

-¿Dónde están los nubios? -advirtió Akhesa-. ¿Dónde están sus tributos? Y vos, que tan bien conocéis el sur, ¿por qué residís en palacio en vez de velar por la prosperidad de nuestras colonias negras?

-Porque obedezco las órdenes del rey, princesa. Horemheb es el jefe del ejército. Él es quien debe intervenir si el faraón lo desea. Yo sólo soy un hombre de paz y de administración. Mi señor me retiene en la corte. Me inclino ante su voluntad.

-Deberíais demostrar mejor vuestra competencia -recomendó la muchacha, repentinamente dulcificada-. No olvidéis que Tebas no es ya la capital y que ya no adoramos a Amón. No os equivoquéis de época, Huy. El mundo se transforma bajo los rayos de Atón.

Tutankatón estaba casi asustado por el discurso de la princesa y por su determinación. La amaba más todavía por ello. Se juraba a sí mismo que sería suya. La pasión que sentía desgarraba en él los últimos jirones de la infancia. Las preocupaciones de Akhesa, el Estado, la política... Todo le parecía lejano, irreal. Pero existía su resplandeciente belleza de mujer flor, su insolente juventud, el fulgor de su mirada. La inteligencia de Akhesa era superior a la suya. Lo advertía segundo a segundo. Jamás podría rivalizar con ella. Pero él disponía de otra fuerza no menos poderosa: la intensidad de su amor. Gracias a ella la convencería, y no con palabras.

-Y vos, príncipe Tutankatón -prosiguió, incisiva-, ¿habéis reflexionado en las razones de vuestra presencia aquí? ¿Sabéis, al menos, de qué lucha sois envite?

-Me importa muy poco -respondió fogosamente-. Lo que deseo es permanecer a vuestro lado.

El rudo Huy se había apartado.

-No es éste tiempo para el amor -murmuró ella.

-El tiempo siempre es para el amor, princesa. Atón es amor. Es la vida. Él dará sentido a la nuestra.

La sirvienta terminó de arreglar a Akhesa. Maquillada, tocada con una espesa peluca, vestida con unos ropajes anticuados y con el cuello adornado por un pesado collar de cornalina, había envejecido diez años. Nadie podría reconocer en aquella austera mujer de aspecto afectado, a la hermosa y joven hija del faraón.

-No vayáis a la taberna del Ibis -suplicó por última vez la nubia-. Es un lugar de mala reputación. Una mujer como yo sólo corre el riesgo de que la manoseen un poco, pero vos... Hay soldados, borrachos, hombres que hablan a gritos... Podrían agrediros...

-No temas nada. No estaré sola.

-¿Quién os acompaña?

-Amigos fieles.

Unos alegres ladridos procedentes del vestíbulo probaron a Akhesa que el jefe de la policía había accedido a su petición. En cuanto la vieron, Carnero y Toro, los dos fuertes lebreles, se acercaron a ella, moviendo la cola.

La taberna del Ibis se hallaba en un islote de chozas, algunas de las cuales servían de almacén. Para entrar en ella, era preciso descender un tramo de peldaños mal tallados. El local era un sótano provisto de gruesas esteras sobre las que se acuclillaban los clientes, que comían platos de habas y bebían cerveza fuerte. La luz de Atón sólo penetraba en aquel hediondo lugar por un estrecho ventanuco.

La aparición de una mujer de calidad, cuyas vestiduras probaban su riqueza, levantó una formidable expectación. Un tuerto se levantó de un salto.

-¿Qué buscáis, noble señora? ¿Cerveza o a un hombre?

Groseras risas puntuaron la pregunta.

-A un hombre. Y he aquí la recompensa para quien me diga dónde encontrarlo.

Akhesa abrió su mano derecha. En la palma brilló una tobillera de oro macizo. Por un momento, el ojo del tuerto pareció que iba a salirse de la órbita.

-Una pequeña fortuna -apreció-. ¿Cómo se llama el afortunado tipo al que buscáis?

-Pached -murmuró la muchacha-. Viene a menudo aquí.

-Es cierto, noble dama. A causa de una siria, a la que prefiere a su esposa. Yo soy... el padre de la moza. No todo es luz en esta ciudad, noble dama. No debéis despreciarme por ser pobre. He venido del Líbano. Abrí esta taberna para proporcionar a los desgraciados algún buen momento. ¡Que Atón me colme con sus rayos!

El único ojo estaba clavado en Akhesa con malsano deseo.

-¿Cuándo regresará Pached?

-Aunque lo supiera, no tendría importancia. Pached no merece una belleza como vos. Olvidadle. Vais a darme esa tobillera y a beber conmigo.

El tabernero se tornaba amenazador.

-Hablad -ordenó Akhesa-. De lo contrario...

-De lo contrario, ¿qué? -dijo desafiante el tuerto, al tiempo que soltaba una carcajada y tendía sus gruesas y sucias manos para asir a la muchacha.

-¡Carnero! ¡Toro! -ordenó ésta-. ¡Atacad!

Los dos lebreles irrumpieron en la taberna. Carnero saltó a la garganta del tuerto, lo derribó y le clavó los colmillos en el cuello. Brotó la sangre. Toro, gruñendo con las fauces abiertas, hizo frente a los clientes, que se retiraron, prefiriendo refugiarse en su embriaguez.

-¡Basta, Carnero! -exigió la princesa inclinándose hacia el tuerto, que no osaba ya moverse.

El lebrel soltó a su presa lo suficiente como para que el tabernero, agitándose, confiara una preciosa información al oído de la princesa.

La noche había caído desde hacía más de una hora cuando Pached salió de su despacho del ministerio para dirigirse, sin ser visto, a la taberna del Ibis. Cometía una grave falta y era consciente de ello. Su mujer, suspicaz, le retenía en casa durante todo el día y le impedía escapar. Por la noche estaba de servicio. Pero ¿cómo prescindir de las caricias de la siria que le había hechizado? El adulterio podía acarrearle la pérdida de sus bienes, pero no le importaba. Sentía una imperiosa necesidad de su amante. Pached, sobornando a uno de sus colaboradores para que impidiera el acceso a su despacho durante dos horas, obtendría la libertad necesaria para reunirse con la siria que el tuerto, como estaba convenido, le habría reservado. Excitado por la idea de gozar muy pronto de un cuerpo adorable, el funcionario apretó el paso.

Su sorpresa fue total cuando una masa chocó violentamente contra su espalda y le hizo caer al suelo. Por el gruñido reconoció a un perro e intentó en vano debatirse. El animal le había plantado los colmillos en la nuca y, sin clavarlos, mantenía inmóvil a su presa. Un segundo lebrel, amenazador, apareció ante él. Pached creyó llegada su última hora. Dirigió una corta plegaria a Osiris para que lo acogiera en su reino de eternidad.

Con el rostro en el polvo de la calleja, distinguió por el rabillo del ojo los pies desnudos de una mujer de extraordinaria finura. Por un instante, supuso que su esposa utilizaba para asesinarle dos perros de combate. Pero sus extremidades no tenían aquella belleza... La mujer pertenecía a la alta sociedad, tal vez incluso a la corte real. Jamás había visto nada tan hermoso como aquellos largos dedos de cuidadas uñas. Grabó la visión en su memoria. Tal vez le sirviera algún día, si sobrevivía a esa aventura.

-¿Quién..., quién sois? -interrogó suplicante.

-No hagáis pregunta alguna, Pached. Sois un marido infiel y un funcionario indigno de la confianza del faraón. Merecéis diez bastonazos. Pero guardaré silencio si seguís al pie de la letra mis instrucciones.

La voz era de una mujer muy joven, pero revelaba una gran firmeza. Pached consideró inútil intentar obtener su piedad.

-¿Qué debo hacer?

-Llevarme hasta el ministerio de Países Extranjeros e introducirme en la sala de los archivos. Quiero consultar la correspondencia diplomática de los dos últimos meses.

El funcionario de la seguridad se sobresaltó.

-Son secretos de Estado... Sólo el rey...

-Obedeceréis, u ordenaré a mis perros que os destrocen la nuca. Tengo mucha prisa, Pached.

-Pero ¿para qué?

-¿Qué decidís?

-Deberemos ser prudentes. Los guardas...

-Sois su jefe. Os las tendréis que arreglar para que no me molesten. Os dejaré bajo la vigilancia de los perros. Al menor indicio de peligro, os matarán.

Pached no lo dudaba. No tenía intención de arriesgar su vida por unos archivos. Sin duda se trataba de una conspiración fomentada por algunas damas del harén y algunos militares que deseaban poner fin al reinado de Akenatón. Lo mejor era satisfacer las exigencias de aquella mujer. Luego pensaría qué actitud adoptar.

-Los originales, será imposible. Pero la sala de copias tal vez sea accesible.

-En marcha, Pached.

La sede de los archivos estaba situada junto a los locales del ministerio, en un edificio distinto. La idea de avisar a los guardas tentó a Pached cuando entraban por la parte trasera del edificio. Pero los lebreles eran muy rápidos... Tras haber alejado al funcionario, con el pretexto de que estaba realizando una inspección por sorpresa de los múltiples despachos que contenían material de escritura, papiros y notas de servicio, el jefe de seguridad advirtió a la mujer de que el camino estaba libre. Silencioso como una fiera, Carnero se hallaba ya tras los talones del funcionario, mientras Toro protegía a su dueña. Pached se felicitó por su prudencia.

-Deprisa -recomendó.

-Permaneced ante esta puerta y no os mováis -ordenó Akhesa, cuyo rostro se ocultaba tras un velo blanco.

-Si llega alguien...

-Inventad algo.

Akhesa permaneció más de una hora en la sala donde se guardaban las copias, en tablillas de terracota, de la correspondencia diplomática más reciente recibida de los soberanos extranjeros. Todas tenían una etiqueta con una fecha de recepción y un número de orden.

Lo que Akhesa descubrió podía transformar al espíritu más templado. El rey de Babilonia había mandado varias protestas, que habían permanecido sin respuesta, referentes a un incidente muy dramático. Sus mensajeros habían sido atacados y despojados de sus bienes en un territorio perteneciente al faraón, y éste no había iniciado acción alguna contra los desvalijadores. Varios príncipes que reinaban sobre pequeñas regiones se quejaban con amargura de no recibir noticia alguna de la corte de Egipto, cuando los emisarios hititas no cesaban de comprar conciencias y preparar una revuelta de envergadura contra el opresor egipcio. Más inquietantes todavía eran las cartas de Ribaddi, rey de Biblos, que lanzaba verdaderas llamadas de socorro. Afirmando su inalterable fidelidad, informaba a Akenatón de hechos de extremada gravedad. Varios puertos de la costa fenicia, controlados hasta entonces por la administración egipcia, habían caído en manos de los hititas. Numerosos territorios podían sufrir pronto la misma suerte. El agente secreto del rey del Hatti, que trabajaba sin descanso para arruinar el poderío egipcio, sólo podía ser el rey de Siria, Aziru. Si el faraón seguía sin actuar, la situación sería catastrófica. ¿No habría, en palacio, alguien que traicionaba, falsificaba las cartas o las destruía? Era ya la décima vez que Ribaddi escribía sin obtener respuesta.

Consternada, Akhesa tuvo una sensación de vértigo. La ciudad del sol vivía en una falsa seguridad. El poderoso reino de Egipto descansaba sobre frágiles cimientos. Estaban traicionando a Akenatón, su padre. Trabajaban en la sombra para destruir las Dos Tierras.

Akhesa estaba ahora en posesión de un secreto demasiado pesado para ella.

Cuando salió de la sala de los archivos, arrojó a los pies de Pached la tobillera de oro que el tuerto no había sabido merecer.

El funcionario esbozó un rictus de satisfacción. La mujer cometía un grave error. Sin duda, aquella joya permitiría identificarla.

11

Akhesa entró en el recinto de Atón, el jardín sagrado consagrado al dios. Allí, el faraón había creado un paraíso que reunía todas las bellezas de la naturaleza. En su interior, protegido por una muralla cubierta de plantas trepadoras, habían edificado una sala de columnas junto a un lago artificial rodeado de árboles. Había sido preciso un considerable trabajo para vencer al desierto, irrigar y plantar. Decenas de jardineros cuidaban aquel milagro de verdor que celebraba la gloria de Atón. En la superficie del lago de recreo florecían lotos y nenúfares. En un segundo lago, más vasto y flanqueado por un muelle, se criaban peces exóticos. En todos los recodos de las sombreadas avenidas se levantaban glorietas, unas de piedra, otras de madera, bajo las que podían descansar los paseantes. Pequeños puentes permitían pasar de una a otra orilla del lago, por donde bogaban las barcas. En el centro había una isla con un pabellón de verano reservado al rey y a la reina.

El recinto de Atón albergaba también una explotación agrícola que comprendía varias granjas. Corrales y establos veían crecer los patos, las vacas y las ovejas cuya apacible existencia no era trastornada. En los sótanos se almacenaban jarras de vino que contenían los grandes caldos servidos en los banquetes que se organizaban en la corte.

Akhesa recorrió una columnata decorada con pinturas representando uvas, granadas y lotos azules. Al final se levantaba una pérgola de gran elegancia, donde sabía que a esa hora se hallaría el «divino padre» Ay, entregado a los placeres de la siesta.

Soñoliento, con las manos cruzadas sobre su desarrollado vientre y los blancos cabellos perfumados, Ay pensaba en el pasado. Su título de general de los carros era sólo un recuerdo honorífico. Hacía ya mucho tiempo que no se ocupaba de caballos. ¡Cuántas horas felices le habían proporcionado durante los largos paseos por el desierto! Ay, hombre de temperamento pacífico, inclinado a la negociación y a utilizar la palabra antes que las armas, no era amigo de los militares. Desconfiaba especialmente de Horemheb, escriba de notable inteligencia y excepcional envergadura que, con el transcurso de los años, había conseguido ganarse la confianza de los oficiales. Por ello, Ay había favorecido la carrera de su hijo Nakhtmin, para seguir contando con un oído fiel al Estado mayor.

El «divino padre», que algunos consideraban un anciano casi senil, apenas apto para atiborrarse de exquisitos manjares y degustar los placeres campestres, seguía actuando en la sombra. Fingir que era un cortesano sin ambición y porvenir había adormecido la confianza de sus adversarios. Nadie desconfiaba ya de él. Salvo Horemheb, claro.

Ay no pensaba demasiado en su propia reputación. Había conocido todos los honores y gozado de todos los privilegios. Era Egipto lo que le atormentaba. Egipto, encarnado y dirigido por un hombre, el faraón. Un faraón que se llamaba Akenatón y que no se parecía a ningún otro. Un ser a quien su ideal encerraba en una visión que, muy pronto, sólo podría compartir con Dios. Akenatón había sido un buen soberano. Había tenido razón al yugular a los sacerdotes tebanos, muchos de los cuales habían confundido riquezas espirituales y bienes materiales. Construir una nueva capital había sido, ciertamente, una empresa audaz, pero otros monarcas lo habían intentado y conseguido antes que él. Dar la preeminencia a Atón no era una revolución capaz de provocar la tempestad. Cada dinastía exaltaba a una divinidad, intentando que sobresaliera.

Pero, desde hacía algún tiempo, la situación era ya muy distinta. Akenatón imponía una fe intolerante. Forzaba las conciencias, rompía la mágica unidad que vinculaba al pueblo con su soberano. Apagaba su propio fulgor al separarse de Nefertiti, la mujer que sostenía e inspiraba su acción desde que se habían casado. Estaba obligado a conceder a una alocada, su primogénita, la función de gran esposa real.

Extraños rumores concernientes a la tercera hija de la pareja real, Akhesa, habían llegado al «divino padre». La muchacha había salido bruscamente de la infancia, provocado cierto escándalo, y obtenido de su padre un paseo en carro y de la reina madre una entrevista; además, salía con gusto del palacio. El carácter de Akhesa siempre había sido muy firme. Se parecía al de su padre, salvaje, indomable. Su posición en la jerarquía la apartaba del poder, era cierto, pero podía convertirse en el alma de una conspiración. Ay vigilaba a todos los miembros influyentes de la corte real, no sabiendo ya si era preciso proteger a su rey o buscarle un sucesor. Pero carecía de información acerca de las intenciones de Akhesa.

Precisamente ahora, Akhesa se acercaba hacia él, que fingía dormitar en su pérgola preferida del recinto de Atón.

La muchacha se había quedado inmóvil tras una columna, observando al «divino padre». Había tomado la decisión de consultarle, debido a su reputación y su experiencia. Pero Ay parecía blando, indolente, sin duda no tenía ya el menor deseo de apartarse de su pasado y de su comodidad.

Iba a retroceder cuando el «divino padre» entreabrió los ojos. La había visto, no le cabía duda. No podía dar marcha atrás. Saliendo de la columnata, recorrió los pocos pasos que la separaban del anciano. Éste llevaba una amplia túnica sujeta con dos tirantes que pasaban por detrás del cuello. Se irguió.

-Princesa Akhesa... Vuestra visita me honra. ¿Deseáis beber algo?

-No, divino padre. Quisiera hablar con vos.

Ay se desperezó, se levantó y se dirigió con paso lento hacia un sicómoro. Un odre lleno de agua fresca colgaba de sus ramas bajas. Ay bebió largo rato.

-Antaño -dijo-, este árbol estaba dedicado a la diosa Nut. Ella acogía el alma de los muertos y la refrescaba en los caminos del otro mundo.

-Ya no hay más Dios que Atón -indicó Akhesa, virulenta.

Ay tapó de nuevo el odre con cuidado. Aquel comentario le bastaba para juzgar a la muchacha, cuya belleza era deslumbrante: tan intransigente como su padre, con un temperamento fogoso, una voluntad inflexible y una inteligencia fuera de lo común. No debía dar el menor paso en falso. Pese a su juventud, manipularla eficazmente no iba a resultar fácil.

Durante su larga carrera, Ay había conocido a muchos ambiciosos y arribistas cuya vida pública había durado menos que una tormenta de verano. Muchas damas de la corte eran dignas de atención, en la medida en que sabían inspirar con arte consumado importantes decisiones al rey o a sus ministros. ¿Acaso la reina madre Teje, hasta que Akenatón tomó realmente el poder, no había sido la verdadera jefe de Estado? ¿No había determinado Nefertiti la creación de la ciudad del sol? Desde que se había retirado a su palacio, por una causa desconocida, la salud física y mental del faraón se degradaba. Los servidores de la gran esposa real le eran tan fieles que ni siquiera él, el «divino padre», había obtenido ninguna información seria que la concerniera. Sólo un hecho demostrado: de acuerdo con la reina madre Teje, había favorecido la instalación en la capital de los dos príncipes Tutankatón y Semenkh. El primero proclamaba a quien quisiera oírlo su amor por Akhesa, una pasión que transformaba al niño modoso en joven ardiente. Al descubrir la metamorfosis de Akhesa, Ay se preguntó si el principito llegado de Tebas sería capaz de satisfacer las exigencias de semejante mujer.

-Atón brilla en los corazones -declaró el «divino padre» con su voz suave y grave-. Vuestro padre está componiendo un admirable himno en su gloria. Tengo el honor de ser su confidente y copiar el texto que escribe. Vos misma, princesa, habéis asimilado ya los principales aspectos del arte del escriba, según me ha dicho vuestro profesor, el embajador Hanis.

-No tiene importancia. ¿Estáis dispuesto a escucharme?

-¿Cómo podría ser de otro modo?

Un jardinero, cargado con pesados recipientes llenos de agua, regaba los macizos de flores.

-Caminemos un poco -recomendó Ay-. Este recinto es un remanso de serenidad, pero supongo que nuestras palabras deben ser confidenciales.

-En efecto -reconoció Akhesa, que comenzaba a modificar su juicio sobre el alto dignatario.

Al convertirse en mujer, había sentido nacer en ella un formidable instinto comparable al de un cazador que advierte la presencia de una presa. Percibía el misterio de los seres mirándolos y escuchando sus voces. Veía más allá de su apariencia física y de las actitudes que adoptaban para ocultar su auténtica naturaleza.

Ay no era el viejo cortesano inofensivo que aparentaba ser. No tenía, ciertamente, la poderosa personalidad del general Horemheb, pero evocaba a una araña capaz de tejer la más complicada de las telas, en la que sus enemigos caerían para desaparecer devorados por una muerte lenta y segura.

-¿Qué sabéis de la situación de nuestros vasallos? -interrogó Akhesa.

-Muy pocas cosas, en verdad -respondió Ay-. La política extranjera corresponde sólo al faraón y a sus diplomáticos.

Cruzaron un puente de madera de finas arcadas, que atravesaba la parte del lago donde los jardineros cultivaban un parterre de nenúfares. Abubillas y avefrías revoloteaban en las altas ramas de las acacias.

-Lo que he descubierto es muy inquietante -confesó la princesa.

Ay calló. La joven estaba a punto de revelar su secreto. No debía, sobre todo, interrumpir su impulso.

-Nuestros territorios extranjeros se encuentran en grave peligro -reveló-. He tenido acceso a importantes e indudables documentos.

El «divino padre» contuvo un movimiento de sorpresa. Akhesa había sido mucho más rápida de lo que él hubiera imaginado. Si lo que decía era cierto, había tejido ya una red de complicidades.

-Los hititas están destruyendo, uno a uno, nuestros lejanos principados -prosiguió la princesa-. Nuestros aliados nos piden ayuda, pero sus mensajes quedan sin respuesta. ¿Por qué? Porque alguien, en la corte, los clasifica en los despachos de la administración sin que mi padre tenga conocimiento de ellos. ¿No era éste, acaso, el método que utilizaban los sacerdotes de Tebas para debilitar el poder del faraón?

Ay estaba estupefacto ante la perspicacia de la joven. Ciertamente, había recibido una buena educación gracias a su madre, Nefertiti, que pretendía asociar a sus hijas al ejercicio del poder, hablándoles tanto de Egipto, de los países extranjeros y de los asuntos de Estado, como de juegos infantiles. En sus tiempos de esplendor, la familia real formaba un clan muy unido. Akhesa había escuchado y retenido. Tan privilegiada educación daba sus frutos, aunque la juventud hiciera todavía a la princesa demasiado apresurada y torpe. Ay estaba decidido a explotar aquellas debilidades, que el tiempo haría desaparecer.

-¿Dónde habéis consultado esos documentos? -preguntó.

-No importa. Tenemos que actuar, advertir al rey. Si vos intervenís, os escuchará.

-Siento decepcionaros, princesa. No he aguardado a vuestro descubrimiento para poner a Su Majestad al corriente de los inquietantes rumores que circulan sobre nuestros protectorados. El faraón convocó al diplomático Tetu y al principal sospechoso, el rey de Siria, Aziru. Sus declaraciones le tranquilizaron por completo.

Algunos patos y una familia de ánades paseaban por el lago.

-¿Y si Aziru traiciona? ¿Y si miente?

-No habría tenido la audacia de comportarse así ante el faraón. Cierto es que el reino del Hatti debe ser permanentemente vigilado, pero ya lo hacemos. Es inquietante que nos hayan llegado ciertos gritos de alarma, pero tales incidentes pertenecen al pasado. La diplomacia es un arte difícil. No hay que conmoverse ante la primera tempestad de arena. A todos nuestros aliados les gustaría convertirse en un interlocutor privilegiado del faraón y beneficiarse más de su apoyo. Ésa es la razón por la que ciertos reyezuelos dramatizan su situación. Al rey y a sus consejeros les corresponde apreciar la realidad.

El recinto de Atón ofrecía a los paseantes un permanente hechizo. La luz jugaba con los macizos de verdor y el follaje de los árboles, danzaba en las columnas, desaparecía a la sombra de una glorieta y resucitaba en un pórtico envuelto en hiedra. La presencia de los estanques de agua fresca contribuía a crear una atmósfera apacible que invadía cuerpo y alma.

Akhesa estaba confusa. La demostración del «divino padre», que había participado en la firma de tantos tratados con soberanos extranjeros, la convencía. ¿No habría extraído conclusiones demasiado precipitadas de los documentos consultados?

-Tenéis razón, divino padre. Perdonad mi error de juicio.

-Vuestra imaginación os ha llevado por un mal camino, princesa, eso es todo. Me siento feliz si mis consejos os han sido útiles.

-Gracias os sean dadas por vuestra sabiduría.

Akhesa saludó a Ay con respeto, levantando las manos unidas a la altura de su rostro. El viejo dignatario inclinó ligeramente la cabeza. Cuando regresó al confortable refugio donde pretendía proseguir su meditación, su esposa, la nodriza Ti, le aguardaba con las copas de plata llenas de cerveza fresca.

-¿No te acompañaba una muchacha muy hermosa? -preguntó con falsa gravedad.

-La princesa Akhesa. La mujer más bella de la corte, en efecto.

-Mi belleza se ajó hace ya tiempo, querido esposo. ¿Debo temer la aparición de una rival?

Ambos sonrieron, divertidos.

-Eres injusta contigo misma -dijo el «divino padre», mirando a su mujer con ternura.

Ti, que conservaba el título honorífico de «nodriza», ocultaba sus blancos cabellos bajo una ligera peluca de rizadas trenzas. Su cuerpo, que la edad hacía algo pesado, conservaba la elegancia de una noble dama acostumbrada a los fastos y las exigencias de la corte real. Llevaba un vestido blanco muy sencillo y un amplio collar de lapislázuli.

-Tú, que has tenido la suerte de educar a los hijos reales y velar por su primera infancia, ¿qué piensas de Akhesa?

Ti estimó que el asunto debía de ser serio. Su esposo sólo le pedía consejo cuando vacilaba en la formación de un juicio.

-Jamás tuve la menor influencia sobre ella -confesó la nodriza-. Akhesa es la de mayor personalidad de entre todas las hijas de la pareja real. Y ahora, su belleza... La belleza de su madre, la de una reina. Dama Ti advirtió que su marido estaba preocupado.

-¿Por qué te preocupa tanto Akhesa?

-Porque quiere cambiar el mundo -respondió-. Y porque si los dioses le prestan su ayuda, tiene fuerza para conseguirlo.
En aquella primera jornada cálida de primavera, Akhesa estaba preocupada. Las apaciguadoras palabras del «divino padre» Ay no habían disipado por completo sus inquietudes. Una oscura duda, rebelde al razonamiento, subsistía en lo más profundo de su ser. A mediodía, cuando Atón brillaba en la cima del cielo, abandonó sus aposentos y bajó a su jardín privado, donde examinó el joven sicómoro que había plantado con sus propias manos, diez años antes, ayudada por su madre. El murmullo de las hojas evocaba el aroma de la miel. Las finas ramas estaban cargadas de frutos rojos. Por lo común, le gustaba dialogar con el árbol, contarle recuerdos de infancia, escuchar su voz cuando el suave viento del anochecer hacía que, bajo su sombra, se extinguieran los rumores de la lejanía.

Hoy se sentía inútil, indigna de dirigirse a aquel ser noble cuya serenidad no tenía derecho a turbar. Akhesa se había creído adulta demasiado pronto. Se había mezclado, con ligereza, en asuntos de Estado que la superaban. Se había puesto en ridículo ante los ojos del «divino padre». Ya sólo le quedaba vivir enclaustrada en el palacio, aguardando sus bodas con un alto dignatario.

Acarició el tronco de un granado plantado junto a un estanque, en cuya orilla su sirvienta había depositado una copa de jugo de algarrobas. Nerviosa, la princesa la volcó y la hizo caer al agua. Al saltar sobre el parapeto calcáreo para recoger la copa del fondo del estanque, se mojó el vestido de lino, que se adhirió a su piel, revelando la forma de sus pechos, de sus finas caderas, de su vientre plano. Más desnuda que si no llevara vestido alguno, Akhesa se tendió en el enlosado, ofreciéndose al sol y al viento.

Fascinado por aquel espectáculo, el joven príncipe Tutankatón, oculto desde hacía unos minutos en un bosque de tamarindos, no quiso desempeñar por más tiempo un papel indigno de él.

-Perdonad mi audacia, princesa -dijo avanzando hacia ella.

Akhesa se incorporó rápidamente sobre un costado.

-¿Qué hacéis aquí? ¿Quién os ha permitido entrar?

-Vuestra sirvienta. ¡Pero no la castiguéis! Yo soy el único culpable, la he amenazado. No tenía elección. ¡Hace tantos interminables días que me impedís veros de nuevo! Os amo, Akhesa, os amo más que a cualquier cosa en el mundo.

Tutankatón se arrodilló con el rostro enfebrecido. Con conmovedora torpeza, ofreció a la princesa un ramillete de flores de loto, ya ajado a fuerza de mantenerlo apretado contra su pecho.

-¡Que Atón os dé vida y felicidad! -exclamó con la gravedad de un enamorado abrasado por el fuego más ardiente-. Sois la brillante estrella del año nuevo. Vuestra piel reluce como el oro y vuestros dedos son cálices de flores. Vuestra voz me da la vida. Cada una de vuestras miradas vale más que la comida y la bebida. Ninguna mujer se os parece. Permitidme que permanezca a vuestro lado. De lo contrario, moriré.

Akhesa estaba más conmovida de lo que aparentaba.

-Vertedme agua en las manos -pidió.

Tutankatón saltó de gozo, se precipitó al estanque, tomó la copa y la llenó de líquido. La muchacha tendió sus palmas abiertas, aguardando la purificación. Terminado el rito, el príncipe se convertiría en huésped de honor y confidente. Akhesa le concedía así un maravilloso privilegio.

Con infinita lentitud, Tutankatón derramó el contenido de la copa en las manos de Akhesa, depositando su pasión en cada una de las gotas de agua que resbalaban por la piel de su bienamada. Los rayos del sol nimbaban con indiscreta luz el cuerpo adorable de la princesa, que permaneció durante largo rato en la misma postura, con la mirada perdida.

-Sois la divina vida en esta tierra -se inflamó el muchacho, desesperado al ver vacía su copa, que la costumbre le impedía llenar por segunda vez-. Sin voz, mi existencia sería sólo tinieblas.

Tutankatón la ayudó a levantarse. Ella no se opuso, pero permaneció distante.

-Puesto que me he convertido en vuestro confidente- dijo Tutankatón-, quisiera demostraros que no soy un niño frívolo, inconsciente de las realidades de la corte. Tengo una noticia que daros.

Akhesa volvió hacia el adolescente su rostro admirable de dorada tez. Él se estremeció. La innata gracia de aquella a quien amaba le sumía en el éxtasis. Cuanto más enamorado estaba, más le gustaba demostrar sus cualidades. El brillo de curiosidad que había despertado en los ojos verdes de Akhesa era una primera victoria.

-El faraón ha recibido a mi hermano Semenkh. Le ha anunciado su boda con Meritatón, su primogénita. Se convertirá en el futuro dueño de las Dos Tierras, y su mujer en la gran esposa real, función que ya desempeña simbólicamente junto a su padre.

Akhesa sintió que la sangre se le helaba en las venas. Sus peores temores se confirmaban. Su hermana sería reina. Semenkh, asociado al trono, recibiría directamente del rey las enseñanzas necesarias para ejercer a su vez el poder cuando su predecesor hubiera muerto.

Así pues, Akenatón había elegido a su sucesor.

-Vuestro hermano debe de estar loco de alegría -dijo la princesa con el rostro velado por la tristeza, pensando que aquel hombre venía de Tebas.

¿Significaba aquello que su padre abdicaba y renunciaba a Atón?

-En absoluto -respondió Tutankatón-. Está casi desesperado. Semenkh es un místico. Venera a Atón. Sólo piensa en el culto, en las preces, en el ritual. No podía concebir misión más insoportable. No le interesa reinar en Egipto. ¡Akhesa! ¿Adónde vais? ¡Akhesa! La muchacha se marchó corriendo.

Akhesa no lograba conciliar el sueño. Su padre le había negado la entrevista que solicitaba con insistencia. El mayordomo le había precisado que el rey se encerraba durante todo el día en su gabinete de trabajo para redactar el gran himno a Atón, y que el servicio del dios le impedía cualquier otra ocupación.

Al alba, la princesa salió del palacio por las terrazas y se dirigió al cuartel, situado tras el ministerio de Países Extranjeros. En la esquina de un edificio abandonado por el hundimiento de un muro de ladrillos, vio que se le acercaba un hombre joven de aspecto marcial que llevaba un puñal a la cintura.

-¿Contraseña?

-Atón es la luz de Dios.

-Sois la princesa Akhesa.

-Y vos el comandante Nakhtmin.

-Seguidme, princesa. Apresurémonos.

Tutankatón había organizado el encuentro. El comandante Nakhtmin, hijo del «divino padre» Ay, había sido instructor del pequeño príncipe en Tebas, y le había enseñado a tirar con el arco, a manejar la honda y a conducir un carro. Tutankatón no había sido un alumno excelente. Aunque ponía todo su empeño, estaba mejor dotado para los estudios de escriba y la aplicación del protocolo que para las actividades físicas. El comandante Nakhtmin, sin embargo, seguía sintiendo por él un gran afecto. El niño era respetuoso con los valores morales que él mismo veneraba. Pese a su diferencia de edad, se habían hecho amigos.

Cuando Tutankatón, inspirado por Akhesa, había solicitado al comandante que le indicara cualquier acontecimiento anormal en la situación del ejército, éste había aceptado. No era una traición, muy al contrario. El príncipe pertenecía al linaje tebano que debía ascender al trono y al que consideraba legítimo. Cuando ello sucediera, Nakhtmin debería proteger a su padre Ay, que sería acusado de haber servido con demasiada fidelidad a Akenatón.

Nakhtmin no había tenido que aguardar mucho tiempo para cumplir su promesa. Hacía tres días que estaba efectuándose una gran reunión de carros y caballos en el patio del cuartel. La víspera, por la noche, habían sido inspeccionadas dos unidades de elite. Se habían limpiado y verificado las armas ofensivas y defensivas, arcos, flechas, puñales, escudos, picas, jabalinas, espadas cortas y bastones arrojadizos.

El comandante Nakhtmin condujo a Akhesa hacia un establo vacío.

-Ocultaos en la paja. Yo me colocaré tras el batiente de la puerta. Desde aquí lo veremos todo.

-¿Qué ocurre?

-Diríase que se preparan para una campaña... Y no son unos soldados cualesquiera, sino los mejores. Es una especie de operación de choque con hombres de elite. No me han avisado, y eso no es normal. Quien organiza esta expedición no quiere dejar rastros administrativos.

Los palafreneros sacaron los caballos, equipados para un largo viaje. Los animales eran musculosos, nerviosos. Su bien provista cola se movía en todas direcciones. Los especialistas de los carros dieron una postrera ojeada a las ruedas de seis radios y a los ejes de madera de acacia. Los oficiales procedieron a la entrega de cascos de hierro o bronce, y de cotas de cuero recubiertas de laminillas de bronce. Los soldados subieron a las plataformas de sus carros; cada equipo constaba de dos hombres. Ante la estupefacción del comandante Nakhtmin, todas esas actividades se efectuaban en un silencio tan perfecto como poco habitual. Por lo común, los preparativos para una campaña eran ocasión para una auténtica fiesta puntuada por cantos guerreros, danzas y exclamaciones de alegría. El secreto a preservar debía de ser muy importante.

Por fin, el jefe de aquel cuerpo de ejército avanzó.

Era el general Horemheb.

Subió al carro de cabeza y dio la señal de partida.

El comandante Nakhtmin había decidido acompañar a la princesa Akhesa hasta los aledaños de palacio. Luego correría a casa del «divino padre» para informarle. Los primeros rayos del sol iluminaban el gran templo, donde el faraón comenzaba a celebrar el culto, cuando una veintena de hombres armados rodearon al comandante Nakhtmin y a la princesa Akhesa. Ambos comprendieron que sería vano resistirse.

12

-Soy el comandante Nakhtmin. ¿Qué queréis?

-Seguidnos -ordenó el jefe del destacamento de soldados, un hombre fornido de frente estrecha.

-Me acompaña la princesa Akhesa, hija del faraón. Dejadnos pasar.

-Debo respetar las órdenes. Seguidme pues.

Akhesa se colocó ante Nakhtmin.

-Soportaréis las consecuencias de la cólera de mi padre.

El oficial se inclinó.

-Órdenes son órdenes, Majestad.

¿Quién se atrevía a desafiar al faraón? ¿Quién se creía lo bastante poderoso para despreciar a su hija y tratarla como a una malhechora? La curiosidad de Akhesa despertó.

-Aceptemos -aconsejó a Nakhtmin.

Desconcertado, el comandante obedeció.

Tras recorrer en silencio y con presteza las dormidas calles, llegaron al barrio residencial. Akhesa no se sorprendió. Aquel a quien servían tales hombres forzosamente debía de pertenecer a la casta más alta. Llegaron ante una puerta de cedro, único acceso a un vergel rodeado por un muro. Dos soldados armados la custodiaban. El jefe de escuadra pronunció la contraseña. La puerta se abrió. En el interior, más de una veintena de arqueros velaban por la seguridad del dueño del lugar. ¿Estaba preparando éste una acción armada contra el faraón?

Akhesa y Nakhtmin, siempre fuertemente custodiados, avanzaron entre palmeras, sicómoros e higueras. Luego, una avenida de fina arena les condujo hasta una villa de una treintena de estancias con amplias ventanas. Fueron introducidos en un vestíbulo donde había sillas de respaldo bajo con lo pies esculpidos en forma de patas de toro. Eran unos preciosos muebles antiguos que nadie utilizaba ya. En la ciudad del sol se preferían las sillas y taburetes de patas unidas entre sí por barras horizontales. Bajo una de ellas se acurrucaba un pequeño mono, aterrorizado por la llegada de aquellos inesperados visitantes. Akhesa se arrodilló y le acarició la barbilla. El animal intentó huir; luego, más tranquilo, aceptó aquel gesto de benevolencia, y al final acabó refugiándose en los brazos de la princesa.

-Me complace que Dulzura Matinal, mi mona preferida, sienta afecto por vos -dijo la grave voz del anciano que acababa de entrar en el vestíbulo.

-¡Vos! -exclamó la joven, reconociendo al «divino padre» Ay.

-Padre mío... ¿Por qué habéis hecho que nos traigan hasta aquí? -preguntó el comandante Nakhtmin-. ¿A quién pertenece esta mansión?

-Al ministro de Finanzas -respondió Ay, dando unas palmadas-. Un excelente amigo.

Casi enseguida aparecieron varios servidores portando unas mesillas, en las que dispusieron panes calientes de forma alargada y copas llenas de leche fresca.

-Debéis de tener hambre -estimó el «divino padre»-. ¡Que Atón os nutra con sus beneficios!

Un recipiente lleno de agua fue ofrecido a Nakhtmin y a la princesa para que se lavaran las manos. Un servidor les entregó lienzos perfumados con los que secarse.

-Extraña situación -explicó el «divino padre» respondiendo a las intrigadas miradas de sus huéspedes-. Hacía que vigilaran los aledaños del cuartel para descubrir a algún espía... ¡Y mis arqueros me traen a una hija del rey y a mi propio hijo! ¿Cómo explicarlo?

Nakhtmin quiso tomar la palabra, pero Akhesa fue más rápida.

-Soy la única responsable. El comandante Nakhtmin ha actuado para complacerme. Quería saber lo que ocurría en aquel cuartel.

El «divino padre» saboreó un pan bañado en miel. El panadero del ministro de Finanzas era un verdadero artista.

-¿Y qué habéis descubierto? -preguntó en tono severo, que contrastaba con su aparente bonhomía.

Akhesa no había bebido ni comido. Nakhtmin sentía como se acrecentaba la enemistad entre su padre y la princesa. Lamentó la aventura a la que le había arrastrado su amistad por Tutankatón. Estaba decidido a hablar, cuando Akhesa, sintiendo que iba a traicionarle, prefirió adelantarse.

-El general Horemheb ha reunido a soldados de elite, con gran secreto, y ha organizado una expedición.

-Para realizar una inspección en Siria, Fenicia y Biblos -añadió el «divino padre»-. Ése es el auténtico secreto del que sois depositarios. Era una campaña necesaria y urgente. El general Horemheb lo ha admitido.

Akhesa contuvo el aliento. ¡De modo que el «divino padre» lo había organizado todo! Aquel anciano de aspecto pacífico actuaba en la sombra como uno de aquellos temibles demonios portadores de cuchillos que vigilaban las puertas del otro mundo. La muchacha se juró no volver a ser ingenua. En pocos instantes había comprendido el poder de la astucia. Se derrumbaba otro lienzo de la pared de su infancia.

-¿Mi padre lo sabe? -interrogó ansiosa.

Ay la miró con enigmática sonrisa.

-Cuando se tiene el sentido del Estado y se ama a Egipto, hay preguntas que no se hacen.

Tomó afectuosamente a Nakhtmin por el brazo.

-Has servido fielmente al faraón, hijo mío. Vete a descansar. Hoy te esperan duros ejercicios. Una o dos horas de sueño son indispensables.

El comandante Nakhtmin se retiró tras haber saludado a la princesa, que se quedó sola en compañía del «divino padre». Akhesa no pudo resistir por más tiempo la tentación de un pan caliente y una copa de untuosa leche. Sus labios, azulados por el frío del alba, se volvieron de nuevo de un rojo claro y sedoso.

Ay la miró mientras comía.

Era la vida misma. De la traviesa niña de ayer, no quedaba ya nada. La metamorfosis se aceleraba minuto a minuto. Empujada por un destino que ella misma amplificaba, Akhesa quemaba las etapas.

Era preciso rendirse a la evidencia. La gran esposa real, Nefertiti, se reencarnaba en ella. La hija añadía al carácter de la madre mayor fogosidad, insolencia e imprudencia, vicios o virtudes según el uso que ella les diera.

-Supongo -arriesgó la muchacha-, que ni el diplomático Tetu ni el embajador Hanis conocen la partida de esta expedición.

El «divino padre» tomó un taburete y se sentó con lentitud.

-Quisiera confiaros una misión, princesa: que aprendáis vuestro oficio, que lo aprendáis todo acerca de la corte real, sus costumbres y sus exigencias.

A medida que el viejo cortesano le describía su futura tarea, Akhesa sintió que un profundo gozo le llenaba el corazón.

Cuando salió de la mansión del ministro de Finanzas, Akhesa sabía que el «divino padre» la utilizaba para conseguir sus fines. Tener conciencia de ello le procuraba un sentimiento de superioridad y la posibilidad de invertir la situación en su provecho.

Cuando regresó a palacio por las floridas terrazas, no vio oculto tras el tronco de una acacia al funcionario Pached. La tobillera pertenecía, efectivamente, según los primeros resultados de su investigación, a una alta personalidad de la corte. Tenía otros dos indicios para identificarla: los dos lebreles y la incomparable finura de sus pies. No podía equivocarse. Obstinado y paciente, Pached avanzaba hacia la verdad.

En el vivac establecido a dos jornadas de carro de Biblos, la ciudad del leal Ribaddi, el general Horemheb y sus tropas se concedieron por fin un prolongado descanso. Horemheb había exigido mucho de sus hombres y sus caballos. Tras haber llegado a Menfis, habían tomado la ruta del nordeste y seguido por la costa en dirección a los puertos fenicios. El general se había rodeado de soldados de elite, acostumbrados a las marchas forzadas y a la dureza de la vida militar, que él mismo no apreciaba demasiado. Esta vez se veía obligado a acudir en persona.

Horemheb inspeccionó el improvisado campamento. Comprobó que los grandes escudos de mimbre hubieran sido clavados en la tierra para servir de muralla y que las carretas de alimentos hubieran sido cubiertas de gruesa tela y fueran objeto de especial vigilancia. Alrededor de una cocina al aire libre, unos soldados bebían vino y limpiaban espadas y puñales. El general, tranquilizado, regresó a su tienda, precedida de un oratorio de madera en el que figuraba una estela donde se representaba el disco solar, del que brotaban unos rayos. Aquel maldito Atón... Aquel dios intolerante que intentaba destruir el pasado religioso de Egipto, turbaba las creencias del pueblo y sembraba la incertidumbre en las almas. ¿Cómo un faraón había podido ser lo bastante loco para imponer una revolución religiosa que iba a terminar en la ruina y la desolación? Pero era el faraón... Y el jefe de su ejército, aunque estuviera profundamente en desacuerdo con él, debía obedecerle.

Horemheb intercambió unas palabras con el centinela más avanzado, un veterano que había recorrido todas las provincias de Asia, sudado en caminos áridos y rocosos, temblado de frío en desfiladeros de montaña y pasado más tiempo en el extranjero que en su pequeña casa de Tebas.

-Estamos perdiendo el tiempo, general. Aquí todo está tranquilo. No percibo el olor de la guerra. Nunca me he equivocado.

-Debes de tener razón una vez más.

-Regresemos a casa. Nuestro peor enemigo, en esta campaña, es el aburrimiento. Hace ya años que Biblos está en paz. Un ejército egipcio no tiene nada que hacer aquí, salvo un desfile.

Horemheb asintió. Se reprochaba haber dudado de la palabra del diplomático Tetu y lamentaba esas agotadoras jornadas desprovistas de interés. Mientras contemplaba la danza de las llamas que ascendían de un brasero, el rostro de la princesa Akhesa acudió a su memoria. Era tan hermosa... El menor de sus gestos le obsesionaba. Recordaba sus ojos verdes, donde brillaba una vida intensa. El general expulsó aquella visión. Estaba casado y debía fidelidad a su esposa. Sin duda, a veces se mostraba insoportable, pero cumplía a la perfección sus deberes de ama de casa. Traicionarla sería innoble.

El rostro de Akhesa volvía a danzar en el centro del fuego.

Sintiéndose prisionero de un fantasma, furioso por verse esclavizado poco a poco, Horemheb se apartó del veterano.

Un grito ahogado le hizo volverse.

El infante, con una flecha clavada en el pecho, cayó lentamente de espaldas.

-¡A las armas! ¡Apagad las hogueras! -ordenó el general.

Sólo unos bandidos, beduinos probablemente, podían ser tan cobardes para atacar de aquel modo.

Los soldados del cuerpo expedicionario reaccionaron como profesionales bien entrenados. En pocos segundos, sin sufrir más pérdidas, pasaron a la respuesta. Protegiéndose tras altos escudos, detuvieron un desordenado asalto, y, dividiéndose en pequeños grupos de intervención rápida, cercaron a sus adversarios. El combate fue rápido y violento. Los egipcios, furiosos por haber perdido a uno de los suyos, no dieron cuartel. De acuerdo con la costumbre, cortaron las manos izquierdas para contabilizar los muertos.

Examinando los cadáveres, Horemheb tuvo la más desagradable de las sorpresas. Uno de sus asaltantes no era beduino, sino hitita. Por sus armas y sus vestiduras, un oficial. Su presencia significaba que estaba al mando de una banda que llevaba a cabo sus fechorías muy cerca de Biblos. Demasiado cerca...

-En marcha -ordenó Horemheb.

El enviado de Ribaddi, rey de Biblos y aliado privilegiado del faraón, se presentó al alba en el principal puesto fronterizo de la ciudad del sol. Estaba agotado por un peligroso viaje durante el que había debido evitar a los beduinos, los desvalijadores, los bandoleros, los espías hititas y los asesinos de Aziru, el traidor sirio. La misión confiada por Ribaddi era clara: hablar con el faraón Akenatón en persona, revelarle de viva voz lo que ocurría alrededor de Biblos y en las regiones vecinas. Aunque viejo y enfermo, Ribaddi era el más devoto de los vasallos del faraón. Le había escrito numerosas cartas poniéndole en guardia, suplicándole que le enviara ayuda, pero ninguna de ellas había recibido respuesta. La situación se hacía crítica. Aziru, el felón, pretendía salvaguardar los intereses egipcios en Siria, cuando había firmado una oculta alianza con los hititas y se disponía a sitiar el puerto fenicio de Tounip. Pronto le llegaría el turno a Biblos. Ribaddi, dispuesto a luchar hasta sus últimas fuerzas, no podría resistir mucho tiempo. La simple presencia de tropas egipcias bastaría, sin embargo, para restablecer el orden. Esta vez, Ribaddi había confiado su carta a un hombre en el que tenía total confianza. El rey de Biblos estaba convencido de que algunos dignatarios egipcios aconsejaban mal al faraón o hacían desaparecer los mensajes. Se hacía indispensable un contacto seguro.

El enviado del rey de Biblos se sentía feliz. Había llegado a la ciudad del sol. Ya sólo le quedaba pedir audiencia al faraón. El responsable del puesto fronterizo, intrigado por el hecho de que el diplomático viajara solo y sin escolta, quiso advertir al jefe de la policía, pero éste estaba realizando una inspección al otro lado de la ciudad. Al no poder hacer esperar al enviado de Biblos, el funcionario hizo que le acompañaran hasta el despacho del ministerio de Países Extranjeros. El escriba de servicio no podía tomar decisión alguna a hora tan temprana. Envió a buscar a su superior jerárquico, Tetu, tal como se le había ordenado.

En cuanto llegó, Tetu hizo entrar al mensajero en una sala con dos columnas. Sed bienvenido a la ciudad del sol -dijo Tetu, afable.

-Todos saben que en ella reinan la paz y la luz.

-¿Cuál es vuestra misión?

-En nombre de mi señor, Ribaddi, rey de Biblos, deseo entrevistarme con Su Majestad Akenatón.

Tetu manifestó el mayor asombro.

-¡Sorprendente petición, en verdad! ¿Qué acontecimiento la justifica?

-Mis labios deben permanecer cerrados.

Tetu inclinó la cabeza.

-Puedo aseguraros mi entera discreción. El faraón me dicta las cartas que manda a sus vasallos extranjeros.

-¿Habéis escrito a mi señor? -preguntó el enviado-. ¿Le habéis comunicado alguna directriz de parte del faraón?

Tetu frunció las cejas.

-No desde hace varios meses... Todo parece muy tranquilo en Biblos. Si se hubiera producido algún incidente, lo sabríamos.

-¡Eso es precisamente lo que vengo a revelar al faraón! ¿Un incidente? ¡Es mucho más grave! ¡Biblos está amenazada por los sirios, aliados de los hititas! La ciudad no podrá resistir mucho tiempo.

-Es espantoso -reconoció aterrado el diplomático-. ¿Por qué no nos ha avisado Ribaddi?

-¡Pero si lo ha hecho varias veces! ¡Sus cartas eran muy claras!

-Inquietante. ¿Y qué explicación encuentra a nuestro mutismo?

-Que el faraón no las ha leído.

Tetu se acercó al enviado del rey de Biblos.

-¿Sospecha Ribaddi que algún personaje de la corte real ha interceptado las cartas?

-El embajador Hanis. Él desempeñó un dudoso papel en ciertas negociaciones con los sirios. Dicen que es venal.

Tetu se colocó de lado y algo apartado de su interlocutor. Preocupado, se mesó el mentón.

-Hanis... Eso es extremadamente grave. ¿Actúa solo?

-Creemos que ha obtenido el apoyo del sirio Aziru, un mentiroso y un traidor.

-Juiciosa deducción, lamentablemente...

-¿Lamentablemente?

-Lamentablemente para vos, se trata de un secreto que no debe ser revelado.

Tetu sacó rápidamente un puñal, rodeó el cuello del enviado con su brazo izquierdo y lo degolló. Aterrorizado, el infeliz se llevó ambas manos a la herida, de la que manaba la sangre a borbotones. Sólo pudo emitir algunos sonidos incoherentes antes de derrumbarse.

Tetu se cortó el brazo izquierdo y desgarró su túnica. Luego pidió ayuda. Tendría que explicar que un espía sirio había intentado asesinarle y que él se había defendido.

Un sol de un dorado pálido bañaba el Nilo con su luz tierna. El calor no había invadido todavía ambas orillas. El primer trasbordador de la jornada cruzaba a hombres y bestias. Una pesada barcaza, llena de piedras, atracaba en el muelle de mercancías. En medio del río, unos pescadores habían inmovilizado sus barcas provistas de resplandeciente blancura. Desnudos, de pie en la proa del esquife, instalaban sus nasas con la esperanza de atrapar siluros y peces gato. Cantaban una melopea dedicada a los espíritus del Nilo para que les fueran favorables. Una chalana de velas multicolores llegaba del norte. Pertenecía a un mercader micénico que transportaba alfarería decorada, preciosa carga destinada a ser vendida en el mercado de la ciudad del sol. En las riberas del Nilo se distinguían todavía las trazas del limo rojo que los campesinos utilizaban para fertilizar los campos. La última crecida había sido abundante, propiciando que se desvaneciera el temor a uno de esos «años de hienas», durante los cuales los hombres sufren hambre.

Un barco de esbelta silueta, con un ojo mágico en la proa y en la popa, bogaba a lo largo de la orilla oriental, apartándose todo lo posible de las demás embarcaciones. Un marino de impresionante musculatura manejaba el timón. Dos hombres armados con espadas estaban sentados ante una cabina de madera de cedro. La luz penetraba en ella por dos ventanas enrejadas. A guisa de techo, se extendía un toldo de color rojo, ligeramente levantado por estacas para dejar pasar el aire.

La princesa Akhesa no había tenido problema alguno para seguir la estela del barco, que avanzaba muy lentamente. Nadaba rápida y rítmicamente, su cuerpo desnudo se deslizaba con facilidad por el agua. Como las demás hijas reales, había recibido lecciones de natación desde su primera infancia y no había dejado de entrenarse regularmente, unas veces en el río y otras en los lagos de recreo. Zambullirse en el agua, tenderse en ella cuan larga era y sentirla deslizarse por su piel eran placeres inefables. Hoy, Akhesa sólo pensaba en alcanzar aquel barco cuyo casco estaba ya tocando. Hizo una recuperación y se subió a bordo, ante la sorpresa del timonel, asustado al ver aparecer ante él a una muchacha desnuda de tan extraordinaria belleza. Gotas de agua, que brillaban a la luz, resbalaban por sus pechos y su plano vientre.

-Llevadme ante mi madre -exigió.

Los hombres armados, alertados por la llamada del timonel, amenazaron a la joven con su espada.

-Arrojadla al agua -ordenó el timonel.

Uno de los esbirros intentó asir a la princesa, pero ésta lo evitó.

-¡Madre -gritó-, estoy aquí!

Corriendo por el puente, Akhesa escapó a otro asaltante. La puerta de la cabina se abrió. Apareció una mujer con el rostro inquietantemente pálido, coronada por una mitra y vestida con una túnica de lino plisada.

-Dejadla -ordenó Nefertiti, con aquella melodiosa voz que tan a menudo había hechizado a los adoradores de Atón.

Los guardas de la gran esposa real obedecieron.

-Ven, Akhesa.

La princesa entró en la cabina, cuya puerta cerró su madre con mano vacilante. ¡Qué fatigada, qué agotada parecía! Su sublime tez estaba alterada. Los primeros achaques de una vejez precoz arrugaban un rostro cuya finura había deslumbrado a la corte. Sin embargo, la alta frente, la nariz recta, los elegantes labios habían conservado su esplendor.

Akhesa no contuvo el espontáneo impulso que la inflamaba y se arrojó en brazos de Nefertiti.

-Madre... Tú, por fin... Pero ¿por qué? ¿Por qué?

-Cállate, Akhesa -exigió la gran esposa real, que permanecía lejana, casi indiferente.

-¡Es imposible! ¡Tengo tantas preguntas que hacerte!

Arrancando de sus brazos a su hija, Nefertiti retrocedió hacia un montón de almohadones y se sentó, semitendida, echando atrás la cabeza.

-No responderé a ninguna de ellas.

Akhesa apenas reconocía a la gran reina de resplandeciente sonrisa, de encanto tan arrebatador que acallaba críticas y envidias. Nefertiti, que había atraído sobre la pareja real los favores del sol, que había desafiado a los sacerdotes de Tebas e impuesto la construcción de una nueva capital, no era ya más que una mujer vencida, devorada por un oculto mal.

-¿Estás enferma, madre? ¿Necesitas un médico? ¿Sabes que el faraón se apaga sin ti? ¿Sabes que, sin tu presencia, tu ciudad corre el riesgo de morir?

Nefertiti guardó silencio, mientras Akhesa esperaba que protestara. Una lágrima corrió por la mejilla derecha de la gran esposa real.

-Todos te necesitamos -imploró la princesa-. Vuelve, si no Atón ya no brillará por nosotros.

-Nuestra obra -afirmó Nefertiti con voz conmovida- durará hasta que el cisne se vuelva negro y el cuervo blanco.

Akhesa reconoció las palabras pronunciadas por su padre, con tanto entusiasmo, ante la asamblea de los cortesanos. Feliz, la gran esposa real había abrazado a su marido, comunicándole el soplo divino del que era garante y depositaría.

-Vuelve, madre, nos mostrarás el camino hacia la luz.

-Imposible -murmuró Nefertiti.

-Pero ¿por qué?

-Porque soy ciega, Akhesa.



13

Los desgarradores gritos del faraón invadieron el palacio. Caminando de un lado a otro, golpeándose la frente con el puño cerrado, levantando la cabeza hacia un cielo implacable, dio libre curso al dolor que le destrozaba el corazón.

Los médicos no se atrevieron a pronunciar palabra alguna. El rey parecía haber perdido el control de sí mismo. Mascullaba frases incomprensibles en las que aparecía sin cesar el nombre del dios Atón.

El ritual cotidiano se vio trastornado. El faraón no se dirigió al gran templo para celebrar el nacimiento de la luz. Mayordomos, chambelanes y servidores aguardaron unas órdenes que no llegaron. Inquietantes rumores circularon por los barrios de la ciudad del sol. Se dijo que el rey se había vuelto loco, que había sido asesinado, que se había producido una revuelta en palacio... La tranquilidad regresó cuando los curiosos, atónitos, vieron pasar un carro en el que iban la gran esposa real, Nefertiti, y su hija Akhesa, precedido por infantes armados con picas que caminaban a paso ligero. La sorpresa fue tan total que la muchedumbre no tuvo tiempo de reunirse y manifestar su alegría al ver de nuevo a quien extendía sobre la capital su mágica protección. Los más humildes sabían que, desde la desaparición de Nefertiti, los demonios se habían metido en las casas para corromper las almas. Cuando Nefertiti cantaba y tocaba música, los seres oscuros que merodeaban en la noche permanecían en las tinieblas y no arrebataban la vida de los recién nacidos.

La desgracia iba a desaparecer... ¡Nefertiti, la hermosa de tez de diosa, la dulce amorosa, la amada del faraón, había regresado!

Akhesa apartó al jefe de protocolo y, llevando a su madre de la mano, la introdujo en la sala del consejo, donde Akenatón, derrumbado en el trono, sollozaba.

-¡Desapareced! -ordenó a los médicos.

-No somos responsables -osó decir uno de ellos-. Es una enfermedad que nuestra ciencia no puede curar. Hemos...

-¡Desapareced!

Los terapeutas se eclipsaron. Nefertiti, con la cabeza muy erguida y los ojos ligeramente orientados hacia lo alto, permaneció inmóvil y no les concedió la menor mirada. La gran esposa real no había perdido ni un ápice de su natural dignidad, pero su legendaria cordialidad había dejado paso a una frialdad absoluta.

Akhesa soltó la mano de su madre y se precipitó hacia su padre. Tal vez su calor le proporcionara algún consuelo en la atroz prueba que le era impuesta.

-Ha muerto -dijo, espaciando las palabras-. Ha muerto al alba... Hija mía... Mi niña...

Nefertiti, silenciosa, dio unos pasos hacia su marido, guiándose por la voz.

-Estoy contigo -anunció.

Akenatón levantó la cabeza y la descubrió.

-Has vuelto, tú, la mujer a quien amo con todo mi corazón. Pero ¿por qué...?

-Ayúdame a sentarme a tu lado. Y no digas nada.

Akhesa se retiró. Había cumplido su primera misión de mujer de Estado.

Nadie debía verla llorar.

Un pesado silencio reinaba en la ciudad del sol. La ciudad parecía muerta, indiferente a la naciente primavera. Aquella mañana, una espesa bruma recubría el Nilo. Una grisalla desacostumbrada oscurecía la cima de las montañas. Ni un carro circulaba por las calles. Los despachos, las tiendas y los talleres permanecían cerrados. Ningún niño había sido autorizado a jugar en el umbral de su casa.

El cortejo fúnebre había salido de palacio para dirigirse a la tumba donde sería enterrada la segunda hija de la pareja real. La sepultura prevista por la familia reinante había sido excavada en un valle árido, en el corazón de hostiles acantilados, a una decena de kilómetros de palacio.

La víspera, los embalsamadores, concluido su trabajo, habían transportado la pequeña momia. Al rey y a la reina sólo les restaba ya celebrar los ritos postreros y cerrar la tumba para la eternidad.

A la cabeza del cortejo iban el comandante Nakhtmin y algunos hombres de armas, seguidos del «divino padre» Ay y su esposa, la nodriza Ti, con una muñeca en brazos que simbolizaba el renacimiento de la niña en el otro mundo. Les seguían Akenatón y Nefertiti. Él llevaba tiernamente a su esposa del brazo y la guiaba por el camino. Tras ellos caminaban las princesas Meritatón y Akhesa. Cerraban la marcha el príncipe Semenkh, prometido oficial de Meritatón, Tutankatón, el intendente Huy y el escultor Maya, que había vigilado personalmente la preparación de la sala de la tumba reservada a la joven fallecida.

El camino, trazado entre rocas móviles de aristas agudas, se hizo penoso. Fue necesario remontar el lecho de un río seco. El lento avance se veía puntuado por los gritos de las rapaces que revoloteaban en el cielo. Unos chacales observaban el progreso de aquellos intrusos que penetraban en un territorio prohibido. Se levantó un viento violento, produciendo un siniestro mugido que se multiplicó de grieta en grieta. Ninguna flor alegraba aquellos lugares condenados a una soledad mineral.

Nefertiti parecía apoyarse en Akenatón, pero, en realidad, era ella quien le daba fuerzas para asumir su papel de rey y de padre. Si el corazón de una madre lloraba, el de una gran esposa real debía permanecer firme para ayudar al faraón a encontrar la talla que necesitaría en cuanto regresara a palacio.

Era la primera muerte trágica que golpeaba a la familia real desde su instalación en la nueva capital. No debía hacerse responsable a Atón, que era la vida y la luz, que disipaba la oscuridad envolviendo la tierra en un sudario.

La princesa Akhesa caminaba sin fatiga. Se sentía menos conmovida por la desaparición de una hermana a la que conocía poco y de la que vivía alejada, que por la reconciliación de sus padres. Nefertiti se había retirado a causa de una enfermedad que la más hermosa de las mujeres de Egipto deseaba mantener en secreto. De regreso junto al rey, sabría disipar su desesperación. Si la pareja real se unía de nuevo, Atón realizaría milagros. Devolvería la vista a aquella cuya voz, subiendo hasta el cielo, le hechizaba.

Akhesa levantó los ojos hacia el disco solar, atravesando con dificultad una espesa nube. Creyó perder el alma al descubrir un inmenso pájaro que, recorriendo con sus aletazos el cielo, velaba la luz.

Era un inmenso cuervo de cabeza blanca, que desapareció en la lejanía.

Ante la entrada de la tumba, las plañideras se lamentaban, encadenando sin cesar los versículos rituales que sabían de memoria. Su intervención en los entierros expulsaba, mediante los lamentos, a los demonios que intentaban mancillar la morada de resurrección.

Akenatón y Nefertiti llegaron a la entrada del corredor que descendía hacia las entrañas del acantilado. La reina estrechó la mano de su marido.

-Miremos al sol -imploró-. Es necesario.

Levantar la cabeza hacia Atón fue, para el faraón, un auténtico suplicio. ¿Por qué el dios al que veneraba con tanto ardor le infligía semejante pena? ¿Por qué le había golpeado así en sus más profundos afectos? ¿No intentaría poner a prueba su fe? Sí, la verdad se desvelaba... Atón exigía de su profeta, el faraón, la capacidad para afrontar un destino adverso con la dignidad de un sabio iluminado por el sol divino.

El rey miró a Atón cara a cara. Sus ojos no se vieron deslumbrados ni abrasados.

-Apareces glorioso por el horizonte del cielo -declamó, divulgando el primer versículo del gran himno del que era autor-, tú, Atón, origen de la vida.

Nefertiti levantó las manos hacia el astro brillante, haciendo así eficaces las palabras de su marido.

La pareja real se cargó de energía divina. El rostro de Akenatón se transformó. El éxtasis sustituía a la pena. Nefertiti sintió que era invadido por un poderoso flujo que le apartaba de las realidades terrenales. Sin desearlo, le devolvió a las exigencias del presente.

-Nuestra hija nos aguarda -murmuró con voz desfalleciente, tomándolo de nuevo del brazo.

Akenatón no se resistió. La pareja, obligada a inclinarse, penetró en el corredor de la tumba. Bajaron paso a paso.

En el centro de una sala excavada en la roca, había sido instalada una tina de granito rosa donde reposaría la momia de Akenatón. Escenas esculpidas en el yeso, a medio ejecutar, adornaban los muros. El rey y la reina pasaron a otra sala, iluminada por antorchas que no desprendían humo.

Nefertiti no pudo contener por más tiempo sus lágrimas. En un lecho funerario estaban tendidos los despojos mortales de su segunda hija.

-Inclinémonos ante la muerte que contiene la vida -exigió Akenatón.

Nefertiti dio pruebas de la misma firmeza de espíritu que su esposo. Juntos saludaron al alma inmortal de su hija, impetrando para ella la luz de Atón.

Concluida la plegaria, la gran esposa real se desvaneció.

El luto impuesto a la corte real había interrumpido la celebración de fiestas y banquetes. Los nobles se encerraron en sus villas, en espera de que el faraón saliera de su mutismo. Tras la ceremonia de los funerales, Nefertiti, presa de un gran malestar, había sido transportada a su palacio privado. Desde hacía varios días, los médicos se relevaban a su cabecera, negándose a pronunciarse.

Akenatón se había encerrado en su gabinete de trabajo, donde permanecía postrado, sentado en un taburete de madera roja incrustada de marfil y ébano, cuyo asiento imitaba una piel de leopardo y cuyos pies tenían forma de patas de león. Ya no comía, y se limitaba a beber un poco de agua. A sus pies yacía el rollo donde había trazado los jeroglíficos del gran himno a Atón.

Saliendo de su letargo, el rey se dirigió hacia una ventana desde la que se veían las aguas del Nilo, brillando a la luz del sol poniente. Los marineros remaban. El último trasbordador devolvía a su casa a los campesinos que habían trabajado en la otra orilla.

Akenatón creyó ser víctima de una alucinación.

Deslizándose por el azul del crepúsculo, un gigantesco cisne de cabeza negra lo miró con sus enormes ojos antes de desaparecer en el anaranjado manto con que el sol poniente cubría las montañas.

La desgracia tomaba cuerpo. La profecía se cumplía.

-El rey quiere veros inmediatamente.

Pese a no haber concluido su aseo matinal, Akhesa siguió al mayordomo. Empujó a su sirvienta nubia, que, sorprendida, soltó el peine y el espejo. Despeinada, descalza y con el vestido sin abrochar, la princesa parecía una pequeña salvaje.

Se prosternó con alegría ante su padre y le besó las rodillas.

El rostro del rey estaba surcado por profundas arrugas.

-¿Cómo está mi madre? -preguntó.

-No ha recuperado el conocimiento, Akhesa. La muerte de nuestra hija...

-Eres el faraón, padre mío. No tienes derecho a lamentarte. De ti y sólo de ti depende la felicidad de tu pueblo. Si ya no encarnas la alegría, la desgracia caerá sobre Egipto.

Akenatón, con el torso desnudo, llevaba sólo un simple taparrabos, como los monarcas de tiempos antiguos. De acuerdo con las costumbres relativas al luto, se dejaba crecer una barba que hacía más inquietantes todavía los rasgos de un rostro marcado por el cansancio.

-Mi hija ha muerto, mi esposa está muriendo... Atón me somete a duras pruebas, Akhesa.

-Eres capaz de soportarlas, padre, has superado muchos otros obstáculos. Tu reino y el de Atón sólo están comenzando.

Akenatón descubría a una mujer joven y apasionada, llena de un fuego que le recordaba su propia adolescencia. Rechazaba el mal y el sufrimiento. Luchaba contra el destino con la loca certidumbre de vencer. ¿Y si ahora se encarnara en ella la voluntad de Atón? El faraón rechazó tan absurda suposición. Akhesa se había convertido en su segunda hija. Pero la guardiana de la legitimidad, después de Nefertiti, seguía siendo su hija mayor, Meritatón.

-Debes de tener hambre, padre mío. Yo tampoco he desayunado. Llamaré al mayordomo.

El rey intentó impedírselo, pero ella, rápida como un rayo, llevaba ya a cabo su decisión. ¿Quién le impediría actuar? Akhesa había salido de la infancia, del confortable y lujoso palacio donde había saboreado la felicidad de una familia unida, de una existencia fácil y anónima. Poseía la facultad, característica de los seres excepcionales, de no permanecer pasiva ante los más dramáticos acontecimientos y de moldear el futuro.

El faraón se sintió orgulloso de su hija. ¡Cuántas enseñanzas le habría gustado transmitirle si hubiera sido la primogénita y si el cisne no se hubiera vuelto negro!

Una cohorte de servidores, encabezados por el mayordomo, penetraron en el gabinete privado del rey. Unos llevaban mesillas en las que otros dispusieron bandejas cargadas de vituallas. De la cocina real habían salido codornices hervidas con pepinos y puerros, un pato asado, pescados de blanda carne, higos, pan caliente todavía y cerveza tibia.

Azuzada por el hambre, Akhesa comió a pequeños bocados. Akenatón no concedió mirada alguna a los deliciosos manjares.

-Tengo otro alimento que ofrecerte, hija mía: la verdad. Egipto está empobreciéndose. Hace ya casi un año que la alta administración me hace llegar alarmantes informes. Nuestros principales vasallos ya no envían tributos. La luz de Atón no ha iluminado los corazones, ni en nuestro país ni en el extranjero. Aquí mismo, en la ciudad del sol, la población sigue adorando a los antiguos dioses. Me mienten y me engañan. Perderé el poder. Los sacerdotes de Tebas triunfarán de nuevo. Colocarán en el trono a un rey que les obedezca.

Akhesa ya no tenía hambre.

-¡El porvenir no será así!

-Algunos me creen ingenuo, Akhesa, incapaz de tomar conciencia de lo cotidiano, perdido en un sueño. Me gusta la compañía de Dios. Mi primer deber es ser su profeta y transmitir su luz. Pero no he olvidado el resto de mis tareas. He fundado esta capital. Esta ciudad renegará muy pronto de mí.

Akhesa no volvió a protestar. Había visto el cuervo blanco. Sabía que una sombra terrorífica avanzaba hacia la capital de la luz.

-He decidido casar a una de tus jóvenes hermanas con el rey de Babilonia —dijo Akenatón—. Firmaremos así un nuevo tratado de paz.

-No bastará.

-¿Por qué? ¿Acaso te has convertido en experta en política internacional?

-No, padre. Pero he consultado inquietantes archivos.

Akhesa explicó que se había introducido en los locales del ministerio de Países Extranjeros y que había descifrado los angustiados mensajes de los vasallos de Egipto. No divulgó el nombre del funcionario Pached.

-¿Por qué no les respondes, padre mío?

Akenatón parecía confuso.

-Porque no tengo conocimiento de tales misivas -confesó.

-¿Quién hubiera debido mostrártelas?

-El diplomático Tetu. Él es el encargado de clasificar la correspondencia procedente del extranjero. Convocaré inmediatamente a Horemheb.

-No, Majestad.

Akhesa se había ruborizado. Osaba oponerse a la voluntad del faraón, y su propia impudicia la asustaba.

-Horemheb ha salido de la capital -añadió.

-Puesto que dispones de tanta información -se asombró el faraón-, ¿conoces el objeto de su viaje?

-El divino padre Ay solicitó al general que hiciera un viaje de inspección por Asia. Quería, sobre todo, asegurarse de la lealtad del rey de Biblos, Ribaddi.

Nervioso, Akenatón se levantó.

-Pero ¿quién reina en este país? -interrogó enojado-. ¿Quién da las órdenes? ¡Cortesanos, militares, mis propias hijas! Eso ha durado demasiado. Regresa a tus aposentos, Akhesa, y no vuelvas a salir de ellos. He aquí la decisión que he tomado: formarás parte de mis esposas menores. Más tarde anunciaré nuestra boda a la corte. Te atribuyo como hija a la niña de una de las nodrizas. No te ocuparás de ella y ni siquiera la verás.

El faraón se volvió.

La audiencia había terminado.

Akhesa se aburrió durante varias semanas. Ni siquiera su sirvienta nubia conseguía ya obtener informaciones confidenciales. Akenatón convocaba, uno a uno, a los dignatarios, ministros y altos funcionarios, haciéndoles jurar que guardarían silencio sobre tales entrevistas, so pena de verse condenados al exilio. Una lengua, sin embargo, se desató por fin. Se supo que el rey interrogaba a sus súbditos sobre algunos puntos de la teología, ponía a prueba su fe en Atón y les leía en voz alta algunos pasajes de su gran himno.

Akhesa rechazó la ociosidad. Consultó gran cantidad de papiros, aprendiendo literatura, matemáticas, geografía, medicina, contabilidad, administración... Ningún tema la asustaba. Sentía una insaciable hambre de saber. Sentía que no debía perder aquellas horas, que era preciso utilizarlas para madurar y almacenar conocimientos que le eran necesarios. El embajador Hanis, ocioso por carecer de consignas precisas, llevaba a la princesa documentos que tomaba de la Casa de la Vida y le servía de preceptor. Tan intensa actividad intelectual había obligado a Akhesa a rechazar varias invitaciones del príncipe Tutankatón para ir a cazar, poniendo como pretexto la orden formulada por el faraón, según la cual se veía obligada a vivir recluida.

Nefertiti seguía inconsciente pese a las drogas que le administraban los médicos. No había noticia alguna acerca de la expedición del general Horemheb. Era imposible prever la fecha de su regreso.

La ciudad del sol vivía en el sopor y el miedo. Los alimentos llegaban a los mercados con un retraso cada vez mayor.

Akhesa estaba dividida entre un sentimiento de rebelión hacia su padre y la voluntad de servir a su causa. Convertirse en su mujer y ocupar una posición oficial de «madre», aunque sólo se tratara de etiqueta y de convenciones dinásticas, le confería una nueva talla. Lamentablemente, no podría rivalizar en influencia con su hermana mayor y sería relegada a un papel sin importancia real. El hecho de haber disgustado al faraón la había condenado a una felicidad opaca y sin envergadura.

¿Cómo no reprochar a su padre que aceptara pasivamente el desmoronamiento de su obra? Apartando a Akhesa, había creído liberarse de un peso inútil. Ella había esperado devolverle la afición al poder; él, sin embargo, había preferido refugiarse en su fe.

Akenatón corría hacia el fracaso. Contemplarlo con resignación era peor que un crimen. Akhesa se sentía digna de su sangre, ardía en el mismo fuego que él, pero no tenía medio alguno de actuar, de retrasar aquella decadencia que sufría en su propia carne y su propio corazón.

La luna brillaba en el cielo. Animada por un dios temible, «el gran cruzador» hábil en cortar cabezas, tenía la función de poner en marcha los acontecimientos, de transformar en realidad terrena las intenciones divinas.

El astro de la noche decidía el momento de los partos, producía la madurez de los frutos, daba la victoria a los jefes de ejército capaces de descifrar su crecimiento y su mengua. Akhesa contempló al dios luna, suplicándole que levantara un viento nuevo que barriera los fétidos olores de la descomposición del imperio.

La princesa oyó un ruido insólito procedente de la florida terraza situada bajo su alcoba.

Alguien trepaba por la pared.

Akhesa no poseía arma alguna. No pensó en huir. Quería ver el rostro de aquel que osaba introducirse en sus aposentos como un ladrón.

El hombre saltó por la ventana.

Era Maya, el escultor.

Detestaba a la princesa y nunca lo había ocultado. El rugoso artesano contempló con frialdad a la muchacha.

Ella no retrocedió ni un paso. Si venía a matarla, no gozaría viéndola presa del miedo.

-Perdonad esta intrusión, Majestad, pero nadie debía verme.

-¿Por qué?

-Tenía que actuar en secreto por orden de la reina madre Teje. Quiere hablar con vos.

-¿Teje? ¡Pero si vive en Tebas!

-Exacto. Partiremos hacia allí esta misma noche.

Maya y la princesa salieron a caballo de la capital. Tras haber dejado atrás el puesto fronterizo del sur, describiendo un amplio semicírculo por el desierto, subieron a un barco que les aguardaba oculto entre las cañas, lejos de cualquier vivienda. Se había dispuesto una cabina muy poco acogedora para recibir a Akhesa. Pero ésta no tenía deseos de dormir. Demasiado excitada, permaneció en el puente intentando dialogar con Maya, que no desfrunció el ceño ni le hizo confidencia alguna. Acusado por la hija del faraón de haberse puesto a la cabeza de una banda de conspiradores, el escultor no opuso ninguna negativa. Acuciado a preguntas, reconoció no haber roto los vínculos con sus colegas tebanos, los constructores del Valle de los Reyes. La política de los faraones le importaba poco, siempre que respetaran la cofradía a la que pertenecía. Reprochaba a Akenatón haber empleado obreros inexpertos, aprendices mal formados que echaban a perder el oficio. Para él, aquella falta era imperdonable. Maya había aceptado servir de contacto a la que preservaba un frágil edificio: la reina madre Teje. Ella había intentado impedir la guerra civil. Desde su última visita al rey, un gran temor se había apoderado de ella. Ello, añadido a una extremada fatiga, había minado su organismo debilitado por la edad. Sintiendo que la muerte se aproximaba, había reclamado la presencia de Akhesa, encargando a Maya que se la trajera.

Akhesa perdió su combate contra el sueño. Al verla dormida, Maya la llevó a la cabina del barco y la depositó sobre unos almohadones, cubriéndola luego con una manta. Antes de dejarla reposar, la admiró. En aquel cuerpo sublime habitaba un alma indomable. ¿Qué hombre sería capaz de dominarla?

El barco atracó en un muelle desierto de la orilla oeste, frente a Tebas. Ninguno de los que desembarcaron lucía signo distintivo alguno, joya, collar o colgante que revelara que pertenecía a la corte de Akenatón. Vestidos con una sencilla túnica corta y gastada, tenían aspecto de simples marineros. Akhesa, como cualquier hija de pescador, llevaba los pechos desnudos y el cabello suelto.

Una formidable curiosidad la animaba. Descubrir Tebas, la gloriosa ciudad cuyas maravillas alababa el mundo entero, aquella ciudad impía que su padre había rechazado.

Grande fue la decepción de Akhesa cuando descubrió que la inmensa capital del dios Amón desplegaba sus fastos en la otra orilla.

-¿Por qué hemos atracado aquí? -preguntó a Maya, que estaba organizando un convoy con los arrieros-. ¿No habíais dicho que debía reunirme con la reina madre?

-Vive en su palacio de occidente -respondió éste-, no lejos de Karnak, en la orilla opuesta.

El apacible cortejo, desplazándose al ritmo lento de los trabajadores agrícolas, dejó a su derecha el templo funerario de Amenofis III, cuya entrada era indicada por dos colosos sentados6. Más al sur, el fallecido faraón había hecho edificar un suntuoso palacio7 y excavar un lago de recreo por el que le gustaba pasear en barca acompañado de su amada esposa, Teje. No lejos de allí se abría el inquietante Valle de los Reyes, cuya entrada estaba custodiada, día y noche, por hombres armados que velaban por la última morada de los faraones. A la princesa le hubiera gustado dirigirse al templo de la reina-faraón Hatshepsut, precedido del más célebre jardín de Egipto8, pero no era momento de paseos. El pequeño grupo llegó a la pavimentada vía que discurría ante la residencia de Amenofis III. Los hombres de Maya, que habían ocultado sus armas en una bala de heno que transportaba un asno, estaban preparados para intervenir en caso de peligro.

El lugar parecía muy tranquilo. Desde la muerte de Amenofis III, los cortesanos lo habían abandonado. Ahora, el pequeño templo de Amón sólo era atendido por algunos sacerdotes. En ausencia de un faraón reinante, la sala de audiencias permanecía cerrada.

Maya se presentó ante la puerta del oeste, algo retirada de las villas circundantes, rodeadas de altos muros y reservadas a los dignatarios de la corte real. También estas mansiones permanecían hoy vacías, pues dichas personalidades habían sido obligadas a instalarse en la ciudad del sol. El comandante de la guardia privada de la reina madre fue avisado de que un grupo de campesinos deseaba penetrar en la residencia para entregar cereales.

-¿De dónde vienes? -preguntó a Maya.

-De la auténtica capital.

-¿Cuál es tu dios?9

-El que está oculto.

-¿Quién es tu señor?

-Ese mismo dios, cuando está en paz10.

El comandante, satisfecho al haber obtenido correctamente la contraseña, examinó a los falsos campesinos.

-Eres Maya, ¿no es cierto? Entra, deprisa. La reina madre está muy mal.

Maya, Akhesa y el comandante cruzaron a paso rápido un gran patio, pasaron ante el palacio real, que yacía en el silencio, y penetraron en el palacete del sur, donde se hallaba la alcoba de Teje. Akhesa quedó maravillada ante la perfección de los frisos de vegetales y animales. Aquellos artesanos, en efecto, tenían más talento que los de la ciudad del sol.

En contra de la opinión de su médico, Teje se había levantado la víspera para dirigirse, en silla de mano, hasta la tumba que había sido preparada para ella. Cofres, estatuillas, vasos canopes, mobiliario... Todos los objetos rituales estaban ya dispuestos. Teje había decidido hacerse representar recibiendo los bienhechores rayos del sol divino, Atón, pero había exigido que el nombre de Amón fuera citado en las inscripciones que le aseguraban la eternidad. ¿Cómo habría podido elegir entre Amón y Atón, entre el dios de su marido y el de su hijo?

La muerte la invadía suavemente.

Cuando Akhesa se presentó ante ella, Teje, coronada, se hallaba sentada en un trono de madera dorada, cuyos costados estaban decorados con signos jeroglíficos que simbolizaban la vida y la estabilidad. La princesa quedó fascinada por la majestad que emanaba de la reina madre.

-Quería verte por última vez, Akhesa.

-Majestad...

-No gimas. Tengo el tiempo contado. Sólo tú serás capaz de evitar un desastre. Cumpliste la misión que te había encomendado llevando a tu madre junto al faraón... Debes hacer más todavía.

La inquietud turbó los claros ojos de la princesa.

-Sin duda no serás reina, Akhesa, pero no permitas que este país se divida. El sol de Atón debe derramar luz, no sangre.

Las palabras de Teje se hacían inaudibles. Akhesa se precipitó hacia el trono. Se arrodilló y besó los pies de la reina madre.

-¿Cómo actuar? El faraón me ha marginado, ¡no tengo poder alguno! Estoy condenada a encerrarme en el silencio de un palacio.

El sufrimiento deformó los rasgos de Teje.

-Tu poder, Akhesa, eres tú misma... No busques la verdad fuera de tu corazón. No te perteneces. En calidad de hija del faraón, no eres libre...

Las manos de la reina madre se habían crispado en los brazos del trono. Un dolor fulgurante le desgarró el pecho.

-¿Con quién puedo contar? -preguntó Akhesa, desamparada.

Teje intentó responder, pero las palabras no cruzaron la barrera de sus labios. Apeló a sus últimos recursos. Tenía que pronunciar un nombre. Mirando fijamente a Akhesa, e implorando la ayuda de Amón y de Atón, la reina madre arrancó de su desgastado cuerpo los últimos jirones de energía.

-Con... Tutankatón.

La cabeza de la reina madre Teje se inclinó sobre su hombro izquierdo.

Muerta ya, seguía mirando a Akhesa.



14

Las tropas de elite conducidas por el general Horemheb llegaron al puesto fronterizo septentrional de la ciudad del sol cuando Atón brillaba en la cima de su carrera celeste. El jefe del ejército egipcio fue recibido por Mahú, el jefe de la policía. Este último había doblado la guardia y no dejaba de inspeccionar los fortines, donde sus hombres ejercían una constante vigilancia tanto de día como de noche.

La desaparición del general había causado el mayor trastorno en la capital. Había sido necesaria toda la autoridad del «divino padre» Ay para apaciguar la inquietud de los cortesanos, decididos a solicitar una audiencia extraordinaria al rey. Ay les había disuadido, afirmando que Horemheb había partido en misión secreta hacia el norte.

Mahú informó a Horemheb de que una sucesión de desgracias habían caído sobre la dinastía reinante: la muerte de la segunda hija, la grave enfermedad de la gran esposa real Nefertiti, el fallecimiento de la reina madre Teje, la locura mística en la que Akenatón se sumía cada vez más... Horemheb escuchó sin decir palabra el informe del jefe de la policía y le ordenó que mantuviera las medidas de seguridad. En adelante, ningún extranjero debía penetrar en la ciudad del sol, cuyas fronteras permanecerían cerradas hasta nueva orden.

Nunca Mahú había visto tan preocupado a Horemheb. No se atrevió a hacerle la menor pregunta, convencido de que el general no le respondería. Éste no había dado a sus soldados descanso alguno, como si deseara mantener la tensión y no desmovilizarse, como si se preparara una intervención en el interior mismo de la ciudad del sol.

Era la primera vez que Horemheb imponía una decisión que, era evidente, no emanaba del faraón. ¿Acaso el poder estaba cambiando de manos? ¿A quién debía, en adelante, obedecer Mahú? En la incertidumbre, no eligió. Ejecutaría las órdenes dadas por Horemheb y posteriormente avisaría al rey.

Cuando Horemheb bajó de su carro, ante el palacio real, la ciudad estaba dormida. Los nobles hacían la siesta en los floridos jardines de sus suntuosas villas. El general subió de cuatro en cuatro los peldaños que conducían a la primera terraza, donde los guardas se apartaron para dejarle pasar. Incluso debiendo afrontar un asunto de Estado de excepcional gravedad, Horemheb no podía apartar de sus pensamientos a la princesa Akhesa. Su rostro, su cuerpo de diosa, su orgullosa y conquistadora personalidad le habían hechizado.

Diez, cien veces había intentado expulsarla de su espíritu, negándose a nombrar el sentimiento que se había apoderado de su corazón y que le obligaba a librar la más difícil de todas sus batallas.

¿Cómo habría vivido Akhesa los dramáticos acontecimientos de las últimas semanas? La desaparición de su hermana le ofrecía una nueva posición en la corte. ¿Habría descubierto el faraón la verdadera naturaleza de su hija? ¿Sería consciente de su ambición y de sus excepcionales aptitudes? Horemheb ignoraba que la muchacha que ocupaba sus pensamientos no había dejado de observarlo desde que su carro entrara en la vía real.

Desde sus aposentos, Akhesa había asistido con inquietud al regreso del general. En ciertos momentos, había esperado su muerte. Durante una entrevista que había concedido al príncipe Tutankatón, éste, desbordante de júbilo y de confianza en la que amaba, le había contado con detalle los pequeños y grandes momentos que habían marcado su infancia. Con una desarmadora ingenuidad y sin la menor doble intención, había evocado a su hermano Semenkh, con quien no tenía ningún punto en común, a su protector Huy, cuya rectitud halagó, al comandante Nakhtmin, el instructor al que veneraba.

Ella le había comunicado la muerte de Teje, que las autoridades de Tebas conseguían mantener en secreto. Akhesa había creído que el joven príncipe estallaría en sollozos. Pero había dado pruebas de una sorprendente dignidad, interrumpiendo su cháchara y cerrando los ojos para contener mejor su tristeza. Akhesa y él se habían recogido largo rato en los jardines inundados de sol.

En pocas horas, Tutankatón había abandonado la infancia. Ya sólo le quedaba su condición de príncipe. Y no cesaba de interrogarse. ¿Cuál sería su porvenir? ¿Qué papel desempeñaría en la corte? ¿Qué funciones le atribuiría Akenatón?

Aquella toma de conciencia, por dolorosa que fuera, causó una inmensa felicidad a la hija del faraón. Pronto podría compartir con Tutankatón sus preocupaciones sobre Egipto.

A pesar de que ahora miraba al príncipe de un modo distinto, no le reveló las últimas palabras que Teje había pronunciado ni la misión que le había confiado.

-Solicito una audiencia inmediata -declaró Horemheb al comandante Nakhtmin, ascendido a jefe de la guardia real-. Debo entrevistarme enseguida con Su Majestad.

-¿Motivo de vuestra demanda? -pregunto Nakhtmin, ceremonioso. A Horemheb le divirtió esa actitud.

-No os lo toméis tan en serio, comandante... Avisad a Su Majestad de mi presencia. No debéis conocer la razón.

El rostro de Nakhtmin se contrajo. Estuvo a punto de reaccionar con violencia, pero recordó a tiempo que estaba ante un superior y prefirió desaparecer.

Regresó poco después, con una sonrisa desafiante en los labios.

-Nadie puede molestar al rey. Está trabajando en su gran himno.

Horemheb, estupefacto, creyó que Nakhtmin le estaba gastando una broma pesada.

-Conducidme inmediatamente junto a Su Majestad -exigió.

-Imposible, general. Si tuvierais la deplorable idea de entrar a la fuerza, me vería obligado a proteger a Su Majestad, tal como me ha exigido.

-Os felicito por vuestro sentido del deber, comandante. Lo recordaré.

Cuando el general se disponía a salir del palacio real, preguntándose qué conducta debía adoptar, el «divino padre» Ay salió a su encuentro. Tomándole del brazo, le llevó hasta un laboratorio que albergaba numerosos botes de ungüentos. Allí se almacenaban también las jarras que contenían las decocciones de plantas para uso medicinal.

-Aquí podremos hablar tranquilos, general. ¿Habéis intentado ver al rey?

-No me ha recibido.

Ay no ocultó su decepción.

-Había esperado que vuestro regreso le arrancara de su sueño. Se niega a tomar decisiones. Sólo le interesa su papel de maestro espiritual.

-¿Cuándo os consultó por última vez?

-Hace tres días -respondió el «divino padre»-. Pero ya no me pide consejo. Me anunció una boda de corte con su hija Akhesa.

Horemheb se sulfuró, indignado.

-¿Con Akhesa? ¿Qué significa esta nueva locura?

Ay advirtió con cierta sorpresa la violenta reacción del general.

-Tras la muerte de su segunda hija -observó el «divino padre»-, Akhesa adquiere una posición mucho más importante. Tendrá un servicio más numeroso y llevará una existencia mucho más fastuosa. Pero creo que debemos tratar temas más serios. ¿Cuáles son los resultados de vuestra misión?

Los rasgos del general se endurecieron.

-La situación es catastrófica. Todos los puertos fenicios han caído en manos de los hititas y de sus aliados, los sirios.

-No me diréis que Biblos...

-Su rey, Ribaddi, resistió durante meses. Murió durante el asedio de su ciudad.

-Si los sirios actúan contra nosotros, eso significa que...

-Que Aziru es un traidor y que es preciso impedir, actuando de inmediato, que siga perjudicándonos. Escapamos a una emboscada tendida por unos beduinos que obedecían órdenes de uno de sus espías. Detuvimos a muchos más, mandados por hititas, y les hicimos hablar. Si nuestro ejército no interviene en los próximos meses, nuestras provincias de Asia estarán perdidas para siempre. Peor aún, si el reino del Hatti llega a considerar que Egipto es lo bastante débil, no vacilará en invadirnos.

Ay estaba aterrado. No había imaginado semejante desastre. La propia civilización faraónica corría el riesgo de desaparecer bajo los golpes de los hititas.

-Lo que solicitáis, general, es muy prudente. Pero sólo el faraón puede concedéroslo.

Ambos hombres se interrogaron mutuamente con la mirada. Uno de ellos debía tomar una decisión para salvar Egipto.

-No -dijo Horemheb atormentado-. Ni vos ni yo tenemos derecho a sustituir al rey. Sería un crimen contra Maat, la ley divina. Somos servidores del faraón. Actuar contra su voluntad nos convertiría en traidores.

El «divino padre» tomó un bote de ungüento a base de cinamomo y aplicó un poco en su brazo.

-Es un producto excelente. Al penetrar en las carnes, las relaja. Junto a un buen masaje, posee propiedades rejuvenecedoras. Este lugar es maravilloso. Nuestros sabios han reunido aquí numerosas substancias eficaces contra casi todos los males... No tenemos derecho a taparnos los ojos, general. Si permanecemos inactivos, colaboramos con el enemigo. No se trata, naturalmente, de dar órdenes en lugar del rey. Enviar tropas a Asia es su responsabilidad exclusiva. Pero podríamos ayudarle...

-¿De qué modo?

-Interviniendo de modo puntual y trayéndole a Aziru. Con las pruebas que poseéis, el faraón se verá obligado a condenarle.

-Eso provocaría una revuelta siria...

-No lo creo, general. Si Egipto afirma su grandeza, evitaremos la guerra. Si sigue mostrándose tan débil, la desgracia se abatirá sobre nuestra patria y sobre los países que protege. ¿Osáis, acaso, pretender lo contrario?

Horemheb comprendió que había juzgado mal al «divino padre». No era un hombre brillante, pues el vigor de la juventud le había abandonado; pero, bajo las apariencias de un viejo cortesano discreto, Ay gobernaba en la sombra. ¿No era cierto que durante sus entrevistas con Akenatón ejercía una gran influencia sobre el soberano? ¿No era cierto que le había dictado una prudente conducta hasta el día en que el monarca había preferido, definitivamente, las exigencias de Atón a las necesidades de los humanos?

Sin embargo, pese a su habilidad, el «divino padre» parecía haber perdido toda prerrogativa. Para conservar sus privilegios, se veía obligado a pactar una alianza con Horemheb, fuera cual fuese la desconfianza que por él sentía.

-De modo que soy yo quien debe correr todos los riesgos -estimó este último-. Si provoco un grave incidente diplomático actuando sin la autorización del faraón, podría ser acusado de insubordinación.

-O convertiros en un héroe de inmenso prestigio. Vos elegís, general.

Desde su último altercado con Akhesa, la primogénita del faraón, Meritatón, no lograba hallar la paz espiritual. La muerte de su hermana elevaba a Akhesa a un rango superior en la jerarquía de la corte. Sin embargo, sus honores serían irrisorios. Desde que Akenatón había anunciado a su primogénita que se desposaría con Semenkh, el príncipe que él asociaba al trono para convertirle en su sucesor, Meritatón gozaba de la más absoluta de las certidumbres: sería reina de Egipto.

Sin embargo, la existencia misma de Akhesa seguía atormentándola, como si aquella hermana demasiado turbulenta pudiera impedirle todavía acceder a la más alta función. Necesitaba hallar un medio de desprestigiar a Akhesa, de hacer que su indignidad se revelara a todo el mundo. ¿Cuántas noches había pasado en vela sin conseguirlo?

-El príncipe Semenkh ha llegado -anunció el intendente de Meritatón.

-Hacedle pasar a la sala de unciones.

Meritatón había elegido adrede aquella estancia cerrada, sin ventanas, una de las más pequeñas de su «abanico». Quería hechizar al hombre que sería, al mismo tiempo, el faraón y su marido. La primogénita de Akenatón temía el instante en que, entre los brazos de Semenkh, se convertiría en una auténtica mujer.

La sala de unciones estaba embaldosada. Tendidos y desnudos, los cuerpos recibían allí masajes aplicados con ungüentos olorosos. Pero no había llegado todavía el momento de ofrecer a su prometido semejante intimidad. Sin embargo, al recibirle allí, daba testimonio del consentimiento personal que añadía a las órdenes de su padre. La propia Meritatón había dispuesto, en una mesita, dos copas de cerámica en forma de cáliz y decoradas con flores de loto, y, a su lado, un jarro de panza oval provisto de un pico vertedor y dos apéndices horizontales que le daban el aspecto del signo jeroglífico que significaba «vida». Contenía un licor de dátiles elaborado por el mejor especialista de las cocinas reales, un líquido suave y fuerte al mismo tiempo, que embriagaba dulcemente.

A Meritatón le costó resistir la tentación de beber, para darse valor, un vaso de aquel licor. Lamentó, de pronto, no haber recibido a Semenkh en la galería, situada en el vestíbulo de entrada, en presencia de varios servidores.

Cuando Semenkh fue introducido en la sala de unciones, Meritatón se sobresaltó. Era la primera vez que lo veía de cerca. No le imaginaba tan feo, flaco y repelente. Su piel estaba teñida de moretones, iba mal afeitado y llevaba sucios los cabellos. Aquella horrible visión le impidió pronunciar la menor palabra.

Semenkh tomó el jarro que contenía el licor de dátiles y lo derramó.

-Detesto este lujo, este palacio y este recibimiento digno de una cortesana -dijo con desdén-. Atón lo detesta. Atón y su profeta Akenatón son mis únicos señores. Nunca tendré otros, ni siquiera vos. No quiero mantener relación alguna con vos. Permaneceréis aquí hasta la coronación.

Con el reverso de la mano, Semenkh barrió las dos copas de cerámica, que cayeron al suelo y se rompieron. Acto seguido, salió de la sala de unciones sin volverse.

Meritatón temblaba de rabia. ¿De modo que eso era convertirse en reina en la ciudad del sol? ¿Por qué la abrumaba así su padre? ¿Por qué la obligaba a compartir el lecho de semejante degenerado? Ninguna política, ni siquiera la de una alianza con Tebas para preservar el poder del faraón, justificaba sacrificar así a una mujer. Dejando que su odio aumentara, divisó de pronto una inesperada posibilidad de satisfacerlo.

-Es preciso salir inmediatamente de la capital -anunció el diplomático Tetu al rey de Siria, Aziru, que disfrutaba de las delicias de la ciudad del sol.

Tranquilamente tendido en un estrado cubierto de alfombras, el sirio comía un muslo de oca asada y bebía vino blanco del Delta, de una frescura ideal. Aziru había sido honrado como un soberano extranjero que había jurado fidelidad al faraón. Una decena de sirvientas nubias, fenicias y sirias se ocupaban de todas sus necesidades. Su mesa era constantemente provista de pasteles, redondos panes, costillas de buey y jarras de vino.

Perfumado y con el cuello adornado por guirnaldas de flores de loto, el sirio sólo salía de la magnífica villa que le había sido atribuida para pasear en barca por uno de los lagos de recreo, visitar el jardín botánico o escuchar los conciertos que ofrecían, al aire libre, las intérpretes de la corte.

Saciado de felicidad egipcia, Aziru olvidaba que la había obtenido gracias a la mentira y la prevaricación.

-Me niego a partir -dijo a Tetu-. Instalaos a mi lado y compartid mi comida. Esta ciudad es un paraíso.

-Para vos ya no. Horemheb acaba de regresar del extranjero sano y salvo.

Descompuesto, Aziru asió a su cómplice de los hombros. -¿Ha decidido...?

-Lo ignoro, pero no deben vernos juntos. Vuelvo a mi despacho del ministerio. Tomad un carro y huid por el norte.

Tetu sabía que enviaba al sirio a la muerte. Aquella ruta era la mejor custodiada. Un general del temple de Horemheb, sin duda habría doblado la guardia del puesto fronterizo.

Aziru, que no poseía gran coraje físico, estaba aterrorizado. Impulsado por el miedo, consiguió sin embargo conducir su carro hasta la primera línea de arqueros egipcios.

Éstos no parecían amenazadores. Sin duda no albergaban ningún sentimiento hostil para con él. Aziru lanzó su caballo al galope.

Los soldados, bonachones, se apartaron.

Aliviado, el fugitivo creyó por un instante haber escapado de los egipcios y recobrado la libertad.

Entonces, descubrió con espanto una segunda línea de arqueros.

Éstos tendieron sus arcos.

-¡Soy el rey de Siria! -gritó Aziru.

Tirando de las riendas, inmovilizó su carro. El caballo relinchó. Para mostrar sus pacíficas intenciones, Aziru bajó del vehículo y avanzó hacia los militares.

El jefe del destacamento, creyendo que sus hombres sufrían un ataque por parte del enemigo, dio orden de disparar.

Varias flechas partieron juntas. Se clavaron en la garganta y el pecho del rey de Siria, que con ojos asombrados se desplomó.

Utilizando un mazo de tallador de piedra, el diplomático Tetu rompía una a una las tablillas de arcilla donde se habían grabado los mensajes de los soberanos extranjeros que no había transmitido al faraón. Al destruir esos archivos, hacía desaparecer los rastros de su traición. Aunque Horemheb terminara sospechando de él, ¿de qué podría acusarle?

Tetu juraría que él mismo había sido víctima de subordinados incompetentes o, mejor todavía, de las trapacerías del embajador Hanis, un hombre al que detestaba desde su nombramiento. Si tenía tiempo para falsificar algunos documentos, su montaje resultaría creíble.

Horemheb no hubiera debido regresar nunca de su expedición. La emboscada organizada por Aziru, con la complicidad de una tribu beduina, parecía perfecta. El dios Horus, presente en el nombre del general11, le había protegido una vez más.

Tetu trabajaba deprisa. Estaba empapado en sudor. Expurgada de tablillas comprometedoras la primera sala de archivos, pasó a la segunda. Allí se conservaban las llamadas de socorro de Ribaddi, rey de Biblos. El mazo golpeó de nuevo.

El diplomático sintió cierto malestar y suspendió su gesto. Percibía una presencia. Sólo había un escondrijo posible, un rincón tras una pila de tablillas vírgenes. Asiendo con fuerza su instrumento, avanzó en aquella dirección.

-No cometas otro crimen -dijo el embajador Hanis surgiendo de las sombras-. Hace ya varios días que te espero aquí... Pero han debido de tardar mucho en informarte del regreso de Horemheb. Supongo que el general ha hecho detener a la mayoría de tus cómplices sirios y no recibes mucha información.

Tetu, con el corazón palpitante, intentó recuperar su calma. Las deducciones de Hanis eran exactas. Los espías que trabajaban al servicio del diplomático mantenían un inquietante silencio cuya razón comprendía ahora. Les harían hablar. Sólo citarían el nombre de su jefe directo: Aziru, a quien los arqueros del faraón habían debido de abatir.

-¿Cómo has sospechado de mí, Hanis?

El embajador reunió los fragmentos de una tablilla con uno de los numerosos mensajes del infeliz rey de Biblos, que había sido fiel hasta la muerte.

-He hecho una discreta investigación entre los funcionaros encargados de recibir y seleccionar la correspondencia diplomática. Tienen un notable sentido de la jerarquía, que tú debiste de inculcarles: desde hacía un año, aproximadamente, todo pasaba por tus manos. Te imponías un aumento considerable del trabajo. Supuse que ocultabas muchas tablillas que el faraón ni siquiera había visto. Eras lo bastante hábil como para ocultarlas aquí y allá, entre los demás archivos. Registrar yo mismo habría requerido un tiempo considerable y habría llamado tu atención. He preferido esperar a que cometieras la primera falta. También conté con el testimonio del jefe de la policía. El hombre que mataste no era un espía sirio. ¿Por qué has traicionado a Egipto?

Tetu esbozaba un plan. Hanis era un hombre de letras, que detestaba la violencia, un hábil negociador acostumbrado a los compromisos. ¿Por qué no proponerle un trato?

-¡Por oro, Hanis, por oro! Los hititas son muy generosos. A causa del loco de Akenatón, Egipto está condenado a morir. Mañana, el rey del Hatti gobernará las Dos Tierras. Sabrá ser agradecido con quienes le hayan ayudado a tomar el poder.

-De modo que sólo existe el oro -advirtió Hanis-. Ya no amas a tu país ni crees en él. No podías cometer falta más grave.

-Sé lúcido, Hanis. Esta corte está llena de cobardes y de mentirosos. El rey es un enfermo, y Horemheb un timorato que detesta al faraón pero sigue sirviéndole. El ejército egipcio no resistirá un ataque hitita. Hay que saber prever el porvenir.

Hanis hizo girar el brazalete de plata que llevaba en la muñeca izquierda. Akenatón se lo había ofrecido para testimoniarle su confianza. La joya había sellado entre ambos un pacto mágico que ni siquiera la muerte rompería.

-Si la civilización de los faraones es aniquilada -dijo Hanis-, en esta tierra sólo quedará odio, guerra y envidia. Los hombres se matarán entre sí para tener más. Olvidarán lo sagrado. ¿Deseas colaborar en esa obra de infortunio ayudando a los hititas?

-Olvida la civilización -recomendó Tetu- y piensa en ti mismo.

Si Hanis no aceptaba su proposición, Tetu se vería obligado a matarle. Apretó con más fuerza el mango del mazo. No sería una mala solución. Había hecho desaparecer el cuerpo del enviado del rey de Biblos arrojándolo a los cocodrilos, creyendo que así evitaría cualquier investigación. El cadáver de Hanis permanecería aquí, en una de las salas de los archivos, con las tablillas rotas a su alrededor. Sería la prueba de la traición del embajador. Tetu, al sorprenderle destruyendo aquella correspondencia, se había visto obligado a suprimirlo para salvar la propia vida.

El embajador Hanis advirtió el cambio de actitud del traidor. Instintivamente, retrocedió. Apoyado en la pared, no tenía ya posibilidad alguna de huir.

Tetu, amenazador, se le acercó. Hanis no sabía combatir. El miedo le paralizaba. Un rictus de satisfacción deformó la abúlica boca del agresor cuando levantó su mazo para golpear.

-¡Ya basta! -gritó la voz grave del general Horemheb, irrumpiendo en la sala de archivos en compañía de varios soldados-. ¡Suelta ese mazo!

El embajador, prudente, se ocultó tras la pila de tablillas vírgenes ante el asombro de Tetu. El felón se quedó petrificado, circunstancia que los hombres del general aprovecharon para prenderlo. Hanis podía estar satisfecho de la estratagema que había ideado para desenmascarar a Tetu.

No lamentaba el peligro que había corrido, pese a la desaprobación de Horemheb.

Según la costumbre, el visir instruyó el proceso del diplomático Tetu. Al presentar una acusación de alta traición, el general Horemheb había obligado al faraón a convocar a un tribunal de justicia presidido por el rey en persona.

Akenatón ni aceptó ni rechazó. Cuando se enteró de la muerte accidental del rey de Siria, Aziru, deploró su carácter trágico. Que se hubiera derramado sangre en la ciudad del sol le causaba la más viva pesadumbre. Por lo que se refería a Tetu, deseaba que se tratara de un malentendido. ¿Cómo un alto funcionario de la corte habría podido cometer tan abyecta traición?

Al término de una larga entrevista con Akenatón, la primera desde hacía más de un año, Horemheb comprendió que el faraón no era tan ingenuo como quería aparentar. Sabía que la única salida de semejante proceso era una condena a muerte, y ver ejecutar la sentencia en la capital del sol divino le resultaba insoportable.

Prefería no tomar una decisión radical, dejar que pasara el tiempo y el felón se pudriera en la cárcel.

Sin embargo, el destino decidió otra cosa. Unos días después de su arresto, Tetu fue hallado muerto en su celda.

Cuando Horemheb intentó explicar al rey la gravedad de la situación en las provincias de Asia, Akenatón se negó a escucharle. Le pidió que resolviera lo antes posible aquellos problemas y que cumpliera sin debilidad sus tareas de jefe del ejército egipcio, es decir, defender las fronteras de Egipto.

El faraón prohibió formalmente a Horemheb organizar una expedición de castigo y declarar la guerra a los hititas. Atón deseaba la paz.

Horemheb, fiel servidor de su rey, le juró obediencia de nuevo.

Puesto que, a menudo, tras la comida de mediodía sentía deseos de adormecerse, el «divino padre» Ay sólo en contadas ocasiones sacrificaba su siesta a las tareas administrativas. Ahora sentía pasión por el silencio y el licor de dátiles. Le hubiera gustado retirarse y disfrutar, en compañía de su mujer, de los goces de la vejez. Pero la posición del rey se debilitaba y amenazaba con acarrear la decadencia de las Dos Tierras.

Akenatón..., ¡tan poderoso en sus convicciones religiosas y tan débil en su modo de gobernar! Según los médicos de palacio, su salud declinaba. Haber asociado al trono al príncipe Semenkh para convertirle en su sucesor, era un error grave. Puesto que la corregencia no había sido confirmada todavía por los ritos tradicionales de la coronación, tenía aún tiempo de intervenir buscando la mejor solución para el país. Pero Ay no podía actuar solo.

Por ello, cuando cayó la noche se dirigió a la cabecera de Nefertiti.

Cuando los médicos reconocieron al «divino padre», le permitieron entrar en la alcoba de la gran esposa real, que no había pronunciado una sola palabra desde que guardaba cama, negándose a recibir a su esposo o a sus hijos. Su legendaria belleza se marchitaba cada vez más.

Ay esperaba que, pese a la evolución de la enfermedad, Nefertiti conservara su lucidez. Tenía que obtener de ella una información esencial.

La reina estaba tendida en una cama de madera dorada, con los ojos cerrados, los brazos a lo largo del cuerpo y la cabeza descansando en un cojín rojo. Su rostro, de una inquietante palidez, revelaba un profundo sufrimiento.

El «divino padre» se sentó en un taburete, muy cerca de la soberana. Habló con voz tranquila, casi recogida.

-Egipto os necesita, Majestad. Debo consultaros. ¿Me oís y aceptáis responderme?

Nefertiti abrió los ojos. Esa irrupción de vida en un cuerpo presa ya de la inmovilidad de la muerte provocó un estremecimiento en el «divino padre».

-Majestad, el faraón se equivoca. Reinar se ha convertido en una tarea demasiado pesada para sus hombros. El hombre que ha elegido como sucesor, el príncipe Semenkh, es un místico sincero... Pero le creo desprovisto de cualquier capacidad para gobernar.

La gran esposa real parpadeó. Ay se sintió aliviado.

-Pienso, Majestad -prosiguió-, que presentisteis un corregente y que os hubiera gustado proponérselo a el faraón.

El viejo cortesano había ido en busca de un nombre. Pese a su reclusión, su enfermedad y su separación de la corte, Nefertiti seguía siendo una reina de inteligencia superior. No podía haber dejado de advertir la evolución de su esposo, cada vez más encerrado en su meditación. El porvenir de la religión de Atón dependía del futuro faraón.

La gran esposa real disponía de partidarios para impulsar su elección.

Sus sublimes labios se entreabrieron.

-Tutankatón -dijo en un débil soplo.

La princesa Akhesa tenía la impresión de estar presa en una tormenta. La muerte había asestado golpes a su alrededor y seguía merodeando, ávida de presas. Sin embargo, todo parecía tranquilo y luminoso en la ciudad del sol. En los jardines revoloteaban las golondrinas, y las tórtolas cantaban entre la espesura de los papiros. A orillas del Nilo, los jóvenes jugaban a la pelota, deteniéndose para admirar la caída libre y la zambullida del martín pescador.

Akenatón reinaba. La luz de Atón iluminaba el mundo. El rey se pasaba la mayor parte del tiempo mediando. Recibía regularmente a su sucesor designado, el príncipe Semenkh, a quien leía su gran himno a la luz divina. Éste habitaba ahora en un ala del palacio real, en compañía de la primogénita del rey, Meritatón. La simple cohabitación consagraba el matrimonio. Meritatón asumía en el templo las funciones de Nefertiti, cuya desaparición inminente anunciaban los médicos. La continuidad del poder estaba asegurada, el pueblo de Egipto vivía tranquilo.

Akhesa, oficialmente casada con el faraón y madre de una niña a quien nunca había portado en su cuerpo y a la que nunca vería, debía limitarse a la felicidad cotidiana que su condición le proporcionaba sin medida. Pero la rechazaba con todas sus fuerzas, sintiendo que la mentira y el artificio violaban la claridad del sol. La construcción edificada por su padre se apoyaba en la arena. No resistiría el soplo de Maat, la expresión de la verdad. Akenatón había cerrado los ojos al odio, la guerra y el sufrimiento, creyendo que ignorarlos bastaría para aniquilarlos. En lo más profundo de su ser, Akhesa estaba convencida de que Akenatón seguía siendo lúcido. Tenía conciencia de que Semenkh era sólo un confidente, incapaz de reinar, y Meritatón una pretenciosa sin nobleza. Pero ellos, al menos, le reverenciaban sin plantear cuestiones inoportunas. Se limitaban a adorar a Atón en su compañía y a felicitarle por su talento de poeta.

Akhesa rabiaba. Bajo el lujo y los honores estaban asfixiando su vida.

En aquella mañana de suave calidez, había sido convocada a la Casa de la Vida por una orden imperativa. El rollo de papiro que estaba releyendo por décima vez no ofrecía ambigüedad alguna. Un año antes, hubiera saltado de alegría. Hoy, tenía la impresión de estar encerrada en una cárcel del tamaño de toda una ciudad.

El acceso a la Casa de la Vida, un vasto edificio levantado en el recinto del gran templo, estaba reservado a algunos escasos iniciados. Allí, el faraón, sus íntimos y algunos sacerdotes recibían una severa educación. Aprendían a leer y a escribir, estudiaban los rollos que contenían los rituales y descubrían las ciencias sagradas. Allí se conservaban los textos religiosos y simbólicos esenciales para la supervivencia de Egipto. Arquitectos, médicos e ingenieros trabajaban allí desde hacía años, recogiendo las enseñanzas de prestigiosos maestros.

En el centro de la Casa de la Vida, que comprendía celdas de meditación, aulas, laboratorios y una biblioteca, había un pequeño patio cuadrado al aire libre. Los sabios celebraban allí el más misterioso de los ritos, que consistía en recrear la vida bajo la apariencia de una estatuilla de Osiris.

En el umbral de la Casa de la Vida había apostado un guarda con el cráneo rasurado. No contaba con más arma que una mirada feroz que disuadía al ignorante de dirigirse a él.

Akhesa dominó el temor que se apoderaba de ella y recordó las palabras que su padre le había enseñado.

-Solicito entrar en la Casa de la Vida -dijo.

-¿Conoces el nombre de la puerta? -interrogó el guarda del umbral.

-Su nombre es Guardiana de la Verdad -respondió Akhesa.

-Puesto que lo conoces, entra.

Otro sacerdote de cráneo rasurado recibió a Akhesa en el interior del edificio, en un vestíbulo débilmente iluminado por una antorcha. Sin dirigirle la palabra, la precedió por un corredor flanqueado por columnas en forma de papiro y la condujo hasta el escritorio, una sala que contenía archivos y material de escritura.

En el suelo se extendían las esteras donde se sentaban los escribas. Una extraña calma emanaba de aquel lugar, donde el silencio era regla. El sacerdote abandonó allí a la princesa sin ni siquiera saludarla. La Casa de la Vida no conocía más protocolo que el respeto a la sabiduría.

La muchacha caminó unos instantes, contemplando los rollos de papiro enrollados, sellados y colocados cuidadosamente en estanterías. Aquí se conservaba la ciencia que Egipto había acumulado durante milenios. Junto a cada gran templo se levantaba una Casa de la Vida unida a todas las demás. El estudiante que deseaba profundizar en su disciplina iba de una a otra, recorriendo el país entero y descubriendo las mil facetas de una inagotable enseñanza.

Akhesa se sintió minúscula ante aquella masa de saber que varias vidas no bastarían para dominar. Se sentó en la posición del escriba, saboreando la paz de aquella sala donde su padre había recibido la iniciación de los sabios antes de celebrar el primer ritual de Atón en el gran templo de la ciudad del sol.

El sacerdote de cráneo rasurado introdujo a un anciano de blancos cabellos, vestido con una túnica de mangas largas.

-¡Vos! -exclamó Akhesa sorprendida-. ¿Vos me habéis convocado aquí?

El «divino padre» Ay, doblando con dificultad las piernas, se sentó frente a la princesa.

-Muchos de los que aquí trabajan son mis amigos. Me han autorizado a organizar este encuentro en un lugar propicio a la reflexión.

Akhesa permanecía reservada. Ay era un personaje inquietante, retorcido, de impenetrables designios. Su instinto le aconsejaba desconfiar de él.

-No temáis nada -recomendó Ay, como si leyera su pensamiento-. No intento perjudicaros, sino ayudaros. Tened confianza en mí. A mi edad, no tengo ya la menor ambición personal. Mi única preocupación es Egipto. Estoy seguro de que la suerte de vuestro país no os es indiferente. Es imposible aceptar que la situación siga degradándose de este modo.

-¿Qué proponéis, pues?

Ay sonrió.

-Sois muy brutal, princesa. En una negociación, no es bueno hacer preguntas demasiado directas.

-En el caso presente, sí. ¿Tenéis intención de criticar al faraón?

El «divino padre» adoptó un aire envarado.

-Lejos de mí tal intención. Soy su servidor. Y a causa de mi fidelidad estoy obligado a...

-No os toméis tanto trabajo -intervino Akhesa- para ocultar vuestros objetivos en un chorro de palabras. ¿Qué esperáis de mí?

Ay se sentía un poco desamparado. La princesa rompía sus hábitos. Había imaginado que dirigiría el juego, pero era la muchacha quien tomaba la iniciativa.

-No me escabulliré -dijo con gravedad-. Vuestra madre, la gran esposa real Nefertiti, está muriéndose y me ha confiado su última voluntad. La elección de Semenkh como futuro faraón no le parece juiciosa.

Akhesa se estremeció. ¡Su madre le daba la razón! En este terreno, y sólo en éste, aceptaba oponerse a su padre, pues no era a él a quien se ponía en cuestión.

-La opinión de Nefertiti -prosiguió el «divino padre»- sigue siendo determinante. Bastará con hacerla conocer por mi voz para que su magia actúe. Nadie, ni siquiera el faraón, podrá prescindir de ella.

La magia de la gran esposa real. Todos los egipcios, desde el alba de los tiempos, habían conocido su poder.

-¿Ha indicado mi madre sus preferencias?

-Sí, princesa. Estima que el futuro faraón debiera ser Tutankatón.

El joven tebano... ¡El joven príncipe que estaba locamente enamorado de ella! Akhesa olvidó la serenidad de la Casa de la Vida, la austeridad de la ciencia y los estudios. El velo de su destino se desgarraba.

El «divino padre» Ay había organizado una recepción discreta. No uno de aquellos banquetes donde se servían innumerables manjares mientras las bailarinas deslumbraban los ojos de los comensales, sino una cena entre amigos con sencillos y sabrosos manjares. Se había servido vino rojo de Fayum, seco y afrutado, costillas de buey asadas, aves hervidas y un puré de lentejas aromatizado.

Cuando la velada se prolongó y las mujeres comenzaron a hacerse confidencias, el «divino padre» invitó al general Horemheb, al embajador Hanis, al comandante Nakhtmin y al intendente Huy a saborear un licor de palma de excepcional calidad. Los vasos eran servidos en un cenador en el jardín, a pocos pasos de allí.

Todos tuvieron el presentimiento de que aquel aparte era de la mayor importancia. Jamás aquellos hombres se habían reunido bajo el auspicio del dueño oculto de Egipto. El «divino padre» no se perdió en digresiones. Hacía tiempo que había estudiado el carácter de sus huéspedes y conocía su perspicacia. Horemheb tenía el rostro huraño.

Hanis parecía relajado; Huy, inquieto.

El comandante Nakhtmin era el más preocupado. Encargado por el general Horemheb de vigilar el ministerio de Países Extranjeros para descubrir la presencia de eventuales espías, había advertido las repetidas ausencias de un tal Pached, transferido del servicio nocturno al de día a petición propia. Nakhtmin se había prometido avisar al general.

Ay relató su entrevista con la gran esposa real Nefertiti. Insistió en el hecho de que el advenimiento del príncipe Semenkh constituía una locura. Un rey semejante pondría en peligro al país.

Ninguno de los cuatro invitados del «divino padre» manifestó el menor desacuerdo. Ay se sintió satisfecho. Había recorrido la mitad del camino. El resto sería más difícil.

-Si el príncipe Semenkh no fuera el faraón -interrogó Hanis-, ¿quién subiría al trono?

El «divino padre» no respondió inmediatamente. Deseaba captar la atención de sus interlocutores. Éstos, a duras penas ocultaban su impaciencia.

-El príncipe Tutankatón, pese a su juventud, sería un soberano ideal. El muchacho conoce los usos de Tebas al igual que los de la ciudad del sol, y posee un espíritu vivaz y una recta voluntad. Respetará la tradición. Su educación ha sido correctamente conducida. Si nos ponemos de acuerdo, podríamos persuadir a Akenatón de que le concediera su confianza. El destino del país habría cambiado.

Hanis no manifestó emoción alguna, pero una ligera sonrisa pareció adornar sus labios. Nakhtmin aprobó con una inclinación de cabeza. Ver a su amigo y alumno promovido a la dignidad real le produciría un ilimitada alegría.

Huy no ocultaba su satisfacción.

El general Horemheb reflexionaba. Tutankatón, casi un niño... Sería fácil influir en él.

-Vuestra proposición merece ser considerada -juzgó Hanis.

-El príncipe Tutankatón es digno de reinar -afirmó Nakhtmin.

-Tiene un corazón puro y le ayudaré -indicó Huy.

Ay estaba alcanzando su objetivo. Sin revolución y sin violencia, preparaba la transición entre la loca experiencia de Akenatón y el regreso al Egipto de las tradiciones. Próxima a la muerte, Nefertiti había abierto el camino a un porvenir risueño designando a Tutankatón. Hasta que éste llegara realmente a la edad de reinar, Egipto sería gobernado por Ay y Horemheb. Nefertiti conocía el amor que, más allá de sus ambiciones, ambos hombres sentían por su país. Sabía también que el general no emprendería nunca acción ilegal alguna contra el faraón reinante. Su sentido del orden y su respeto por la jerarquía se lo impedían.

Pero Horemheb no había dado todavía su asentimiento, del que dependía el del ejército. Aunque Nakhtmin, hijo del «divino padre» y partidario de Tutankatón, fuera capaz de atraer a su causa a algunos oficiales superiores, el general era quien dominaba el dispositivo militar que garantizaba la seguridad del país.

-Si deseamos que el joven príncipe Tutankatón se convierta en soberano de las Dos Tierras -dijo Horemheb-, debe desposar a Meritatón, la primogénita del soberano reinante. Ella le conferirá la legitimidad.

El «divino padre» rindió interiormente homenaje al general. Con la lucidez de un gran hombre de Estado, ponía de relieve el mayor obstáculo que podía cerrar a Tutankatón el acceso al trono.

-Es difícilmente concebible -indicó Ay-. Meritatón está casada con Semenkh. Encontremos otra reina.

Las arrugas fruncieron la frente de Horemheb.

-¿En quién estáis pensando?

-En la muchacha de la que Tutankatón está perdidamente enamorado: Akhesa, la tercera hija de la pareja real.

La cólera del general Horemheb estalló con rara violencia.

-¿Akhesa? ¿Por qué Akhesa? ¿No es acaso la esposa simbólica del faraón? ¡Que permanezca recluida en palacio! No debe casarse con nadie. Convertirla en reina implicaría el asesinato de Meritatón y de Semenkh, ¿no es cierto? ¿Es ése vuestro proyecto? No contéis conmigo para participar en él. Y no intentéis ponerlo en práctica. De lo contrario, me levantaré contra vos.

El general Horemheb abandonó el cenador. Nunca el «divino padre» le había visto presa de semejante furor. Esta vez, no era el hombre de Estado quien se había expresado, sino un individuo apasionado que había reaccionado sorprendentemente ante el simple nombre de Akhesa.

Ay había fracasado porque no tenía todas las armas necesarias. En cambio, había descubierto una grieta en la coraza del general. Y aquel descubrimiento valía una victoria.

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