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Cuadernos del Sur. Letras
ISSN 1668-7426 versión impresa


 

Cuad.Sur, Let. n.35-36 Bahía Blanca 2005



 



Como citar este artículo







Políticas lingüísticas, planificación idiomática, glotopolítica: trayecto por modelos de acción sobre las lenguas

Mercedes Isabel Blanco

Universidad Nacional del Sur. E.mail: misablanco@bvconline.com.ar



Introducción

En 1986, un diputado mexicano visitó la cárcel de Cerro Hueco, en Chiapas. Allí encontró a un indio tzotzil, que había degollado a su padre y había sido condenado a treinta años de prisión. Pero el diputado descubrió que el difunto padre llevaba tortillas y frijoles, cada mediodía, a su hijo encarcelado.


Aquel preso tzotzil había sido interrogado y juzgado en lengua castellana, que él entendía poco o nada, y con ayuda de una buena paliza había confesado ser el autor de una cosa llamada parricidio.
Eduardo Galeano, Patas arriba, 2002.

El epígrafe remite a uno de tantos hechos de la realidad en los que la lengua emerge en el centro de un conflicto en áreas claves para prácticas de intervención y gestión de cuestiones lingüísticas, así como para el ejercicio y respeto de los así llamados derechos humanos lingüísticos: justicia, educación, trabajo. En términos de desideratum, tales intervenciones sobre la o las lenguas buscarían desarticular conflictos y re/establecer la armonía, el equilibrio, la simetría en las relaciones sociolingüísticas entre grupos de cualquier extensión social o adscripción identitaria, las cuales suelen ser desiguales y asimétricas en términos de poder, y conflictivas en tanto los grupos comparten y/o disputan espacios sociales, geográficos, económicos, políticos. En ese sentido recurrir al texto de Galeano apunta a destacar también el hecho de que la diversidad, la coexistencia y el contacto lingüístico, la elección y el abandono, la muerte o glotofagia de lenguas o variedades lingüísticas, pueden y deben ser interpretados plus ultra como "expresiones del conflicto de múltiples determinaciones entre clases sociales, grupos, etnias o pueblos para los cuales la cuestión lingüística puede constituir un foco de cristalización, un objeto y -a veces- instrumento de su lucha" (Rainer E. Hamel, 1993: 18).

La heterogeneidad constitutiva del lenguaje humano como reflejo y patentización de la diversidad en su sentido más amplio, está teñida con un fuerte matiz peyorativo desde la representación plurisecular de la Torre de Babel, y se convierte en objeto frecuente de observación, valoración y, la más de las veces, de manipulación en una sola dirección: ordenar un desorden, transformar el caos en cosmos, retornar de la dispersión babélica a la una y perfecta lengua adánica1. Estas prácticas homogeneizadoras de encauzar, si no frenar, la evolución y el cambio motores de heterogeneidad lingüística, son ejercitadas en medios multilingües tanto como en sociedades que se conciben a sí mismas monolingües en las que, empero, la diversidad se define y manifiesta en usos, estilos, lectos. De modo paralelo a aquellas prácticas hegemónicas, puede relevarse otro sinnúmero de acciones de resistencia y lucha por la reivindicación, revitalización, legitimación, mantenimiento de lenguas o variedades minoritarias, subordinadas o en proceso de pérdida. La totalidad de esas prácticas sobre el lenguaje, diferentes y hasta opuestas en sentidos y objetivos, constituyen un amplio corpus para estudios de caso y postulaciones teóricas y metodológicas, que se inscribe en el relativamente reciente campo interdisciplinar de las políticas lingüísticas.

Precisamente el crecimiento y la expansión en teorías, métodos y aplicación de esta área de investigaciones han sido explosivos y fructíferos a partir de la segunda mitad del siglo veinte, de modo tal que un trabajo introductorio como el que ofrecemos, debe anclarse necesaria y constantemente, en múltiples obras y autores, recuperando enfoques, privilegiando miradas, proponiendo recorridos. Nos planteamos así como objetivo central no tanto la revisión de los qué y los cómo de las intervenciones en asuntos de lenguaje -accesibles en la extensa bibliografía sobre el tema- sino interrogarnos acerca, sobre todo, de sus por qué. De ese modo, si consideramos con Rainer E. Hamel (1993: 20 ) que muchas de las investigaciones lingüísticas, filológicas, históricas -y aún las investigaciones científicas en general- intervienen políticamente en los procesos lingüísticos a través de su diseño, formulación de objetivos y realización2, este trayecto con desvíos deliberados por ellas puede leerse también desde la perspectiva de una política de lenguaje.



1. Todo comienza con el acto de nombrar

Llegaron a las extrañas tierras azules y les pusieron sus nombres: ensenada Hinkston, cantera Lustig, río Black, bosque Briscott… En todos los sitios donde los hombres de los cohetes quemaban el suelo con sus calderos ardientes, quedaban como cenizas los nombres… Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire, de colinas… Y los cohetes golpearon como martillos los nombres, rompieron los mármoles, destruyeron los mojones de arcilla que nombraban a los pueblos antiguos, y levantaron entre los escombros grandes pilares con los nuevos nombres.


Ray Bradbury, Crónicas marcianas, 1966.

Uno de los principales teóricos de la disciplina, Louis-Jean Calvet, sostiene que el derecho a asignar nombres es la vertiente lingüística del derecho a tomar posesión, "fenómeno viejo como el mundo" que consiste tanto en dar al otro nombres peyorativos que aluden a las diferencias lingüísticas convertidas en desigualdades humanas -la denominación de "bárbaros" o "mudos" se repite en lenguas, pueblos y épocas distintas- así como también se manifiesta en cambiar los nombres autóctonos por otros en la lengua del vencedor en una "empresa taxonómica" manifiesta desde los primeros contactos precoloniales (2005:72)3 . Toda acción de política lingüística puede verse iniciada, entonces, con la asignación de un nombre. A partir de esta idea, la misma atribución de denominaciones diferentes al nuevo campo disciplinar que se configura hacia mediados del siglo anterior, puede considerarse el modo de apropiación, determinado ideológicamente, de esa naciente área específica de teoría y aplicación. Así, políticas lingüísticas o del lenguaje, planificación lingüística, glotopolítica, no son meros términos equivalentes que designan aquella área sino que implican modelos distintos de entender, abordar y constituir la disciplina.



Surgida a partir de problemas lingüísticos concretos que era necesario resolver, la intervención en asuntos de lenguaje se concibió inicialmente como una planificación o implementación ordenada de acciones que atendían tanto a aspectos internamente lingüísticos, esto es en la forma o corpus de las lenguas -dotación de una grafía, elaboración de códigos normativos como gramáticas y diccionarios, creación o modernización del léxico, terminología y terminografía- como a aspectos funcionales, o sea del rol social o status de las lenguas -determinación de una lengua o variedad para usos o ámbitos oficiales, educativos, institucionales; elección/erección de una lengua o variedad como símbolo del estado-nación, etc. Así la tradición anglosajona prefiere el término planificación o language planning con el que busca inscribir discursivamente la idea de una acción aséptica, supuestamente objetiva e ideológicamente neutra, para diagnosticar el problema, analizar el contexto sociolingüístico y determinar las soluciones adecuadas4. En una dirección similar aunque no idéntica, el enfoque francocanadiense adopta el término francés aménagement linguistique, "de difícil traducción, que denota la intervención consciente sobre las lenguas" (Hamel, 1993:11) sobre la base, distintiva del modelo, de la necesidad del consenso y la participación social, así como de una flexibilidad de pautas y planes, todo lo cual constituye la marca diferenciadora que lo aparta del valor impositivo que el modelo de la planificación connota para la francofonía. Ambos modelos designados por sendos nombres no aluden directamente a la toma de decisiones regida por relaciones de fuerzas y cuestiones de poder que, como primera y relevante fase, subyace y preexiste a todo plan de acción sobre la o las lenguas. El concepto de `política', en su sentido más amplio de la totalidad de la actuación social de grupos o individuos, emerge como necesario e ineludible; explícita o implícitamente, de manera deliberada o inconsciente, institucionales o privadas, las prácticas sociales de reflexión e intervención sobre el lenguaje se constituyen como prácticas políticas. Fue menester acuñar así sintagmas tales como políticas del lenguaje/de las lenguas, políticas lingüísticas, glotopolítica, o bien el par conceptual perteneciente al modelo de conflicto de lenguaje5 de la sociolingüística catalana -normalización/sustitución- para implicar tanto las dimensiones ideológica y política de la decisión previa a cualquier planificación, implementación u ordenamiento lingüísticos, como también a la ineludible participación de una instancia de poder (estatal, nacional, regional, supranacional, etc.) que las sustenta y legitima. La política lingüística debe considerarse como parte de la práctica sociopolítica general sin que se pueda limitar de modo arbitrario a determinadas instituciones oficiales ni dejar de lado otras fuerzas sociales, no institucionalizadas ni gubernamentales, o sin reconocimiento formal. En esa línea se inscribe la adopción del prefijo griego para acuñar la denominación glotopolítica en el sentido de cubrir todas las posibilidades estrictamente lingúísticas en las que se manifiesta la diversidad y privilegiar la postulación teórica de que "todas las acciones sobre el lenguaje participan en la conformación, reproducción o transformación de las relaciones sociales y de las estructuras de poder" (Narvaja de Arnoux, 2001). Delimitaciones como restricciones y reducciones teóricas y/o metodológicas, no son deseables en tanto pueden sacar del campo disciplinar aquellas actividades, actitudes e ideologías lingüísticas que no son las más de las veces explícitas -o si lo son, no pertenecen a la mayoría circulante y legitimada- sino que se hallan en el lado oscuro de las prácticas y operaciones sobre el lenguaje, en oscilación pendular y tensión constante con ellas.

Por otra parte, tampoco la relativamente reciente constitución del campo debe obstar para que, con un criterio no restringido, se reconozcan y analicen como políticas de lenguaje, prácticas y representaciones lingüísticas, explícitas e implícitas, abiertas o encubiertas, de épocas pasadas las cuales, por sus objetivos, métodos y resultados, conformaron procesos reales de intervención y manipulación sobre asuntos de lengua. Se instala así en esta área de estudios, la posibilidad de un enfoque diacrónico que conforme un modelo amplio y abarcador que entienda por "políticas del lenguaje los procesos históricos de cambio lingüístico-discursivo de lenguas nacionales y subordinadas (autóctonas o de inmigrantes), como también de socio- y dialectos al interior de una lengua" (Hamel, 1993:26-27); de la cita se desprende que una denominación aún más totalizadora como políticas del discurso (ibidem:22) puede constituirse en reapropiación y atribución de identidad disciplinar.



2. Problema de lengua, conflicto de pasión

Somos todos iguales ante la ley. ¿Ante qué ley? ¿Ante la ley divina? Ante la ley terrena, la igualdad se desiguala todo el tiempo y en todas partes, porque el poder tiene la costumbre de sentarse encima de uno de los platillos de la balanza.


Eduardo Galeano, Patas arriba, 2002.

Del mismo modo que, como señala Rainer E. Hamel, muchas naciones hispanoamericanas han debido desarrollar argumentos alternativos a la supuesta igualdad de los ciudadanos ante la ley que caracteriza a muchas constituciones de corte liberal, a la luz de los conflictos que se plantean al interior de sus sociedades (1995:13), las ciencias del lenguaje de finales del siglo veinte y comienzos del actual, han debido revisar y cuestionar un similar objetivismo abstracto asentado en las bases teóricas de la lingüística y que ha acompañado ideológicamente su desarrollo como ciencia; idea central que imprimió a los estudios lingüísticos una asepsia discursiva que dejaba en la oscuridad facetas importantes para comprender el rol del lenguaje como locus de la ideología y el de mayor significación con respecto a las relaciones de poder en la sociedad. Tal como puede desprenderse del texto completo de Amado Alonso adulterado en el título de este apartado, "lo que excita a la gente es el conflicto, el problema a unos pocos. El conflicto se vive, el problema se contempla" (1935:11), aún planteando las cuestiones de lengua como conflicto, el filólogo y lingüista pauta y acota el espacio de su disciplina a la "contemplación" del problema, esto es, de descripción despojada de subjetividad, ideología y aún más relevante, sin acción sobre él, con lo cual los estudios científicos sobre el lenguaje abandonan, muchas veces a manos de entusiastas o improvisados, el campo de las decisiones e implementación de prácticas concretas de políticas de lenguaje (véase Milroy y Milroy, 1985:11).

De esa manera la observación, el estudio o el ejercicio de la prescripción se convierte, para la lingüística, en "proscripción" quedando el manejo de cuestiones de lenguaje relegado a cuestiones normativas, rayanas al purismo, características de las gramáticas como tradicionales instrumentos de normatividad en las lenguas. Sin embargo, la codificación y la prescripción que realizan esos códigos/códices como gramáticas y diccionarios son cruciales en los procesos de constitución y legitimación de las así llamadas lenguas estándares y deben entenderse y analizarse, tal como afirma Narvaja de Arnoux como "operaciones históricas, inscriptas en el tiempo de lo social"… "que tienden a estabilizar, a poner orden en el fluir diverso de las hablas, a construir un patrón seguro y explícito al que ellas se sometan" (2001:186); esto es, dirigir y pautar el cambio y la diversidad lingüísticos que señalamos al comienzo.

La propia limitación epistemológica de no intervención en asuntos de lenguaje, autoimpuesta por la ciencia lingüística hasta mediados del siglo veinte, le ha permitido eludir toda consideración de prácticas alrededor del lenguaje, apoyándose sobre una de sus bases fundacionales: la postulación de la igualdad sistemática, estructural, de lenguas y variedades -el término dialecto se suplanta por su valor peyorativo en el uso lego, sin detenerse a cuestionar la motivación discursiva de ese hecho. A la vez, procura establecer criterios que, con similar intención de rigor y objetividad, delimiten lenguas; sin embargo, tales criterios basados en aspectos estricta o propiamente lingüísticos -distancia genética, distancia lingüística o sistemática, inteligibilidad, autonomía/heteronomía, entre otros- se revelan arbitrarios, relativos, ineficaces la mayoría de las veces, para distinguir y superar los límites difusos de los conceptos; en tanto, por el contrario, se reafirma la relevancia de las cuestiones históricas, sociales, políticas, económicas, en su delimitación y por ello, la necesaria acción deliberada de la sociedad y el poder sobre ellas para perpetuar o modificar la historia lingüística. La expresión del lingüista Max Weinreich, citada profusamente por sociólogos y sociolingüistas -"una lengua es un dialecto con una flota y un ejército"- destaca las extensas connotaciones extralingüísticas y simbólicas que conllevan esos términos, así como también conduce a atender los aspectos glotopolíticos en la conformación y legitimación política de los estados-nación y en las bases ideológicas de los movimientos nacionalistas6. Sin criterios absolutos que permitan distinguir las lenguas sobre la base de propiedades inherentes a ellas, las nociones de lengua y dialecto (unidas indisolublemente en el pensamiento binario y dicotómico metalingüístico) deben considerarse como constructos sociales, categorías históricas que, como tales, son susceptibles de cambios en su constitución psicosocial.

La noción de lengua contiene en sí misma una idea de abstracción, uniformidad, homogeneidad la cual es pasible de ser observada tanto en su uso como término en las ciencias del lenguaje, así como en el habla del lego, en las visiones ingenuas, no especializadas del conocimiento del sentido común. Tal concepción engloba, oculta, borra, subordinándola a una entidad abstracta, ideal, ubicua, la diversidad al interior de la lengua. Esta interrelación entre enfoques técnicos y no técnicos vuelve a demostrarnos redundantemente que, como todo el léxico, el concepto lengua no reproduce la realidad sino un modo de concebir la realidad socialmente determinado (Hudson, R. A., 1981) y, en consecuencia, forma parte del conocimiento adquirido y trasmitido a través del medio lingüístico; la representación de la o las lengua/s que la cultura y la sociedad a la que se pertenece ha instaurado, a través del lenguaje. Unidos por la naturaleza polisémica y "políticamente explosiva" (Ammon, 1987) del concepto, la observación sistemática de la ciencia lingüística y la metalingüística popular del hablante común se interrelacionan confluyendo también en el hecho de que, en el uso más generalizado del término, lengua remite a la idea o representación del estándar: al respecto sostiene el sociolingüista R. A. Hudson (1981) que es probablemente adecuado afirmar que la única variedad que pueda considerarse como lengua propiamente dicha sea la lengua estándar. Para ambos modos de hacer metalingüística -popular o académica- en la conformación social de una variedad como lengua/variedad estándar, representaciones plurisecularmente asentadas y reproducidas socialmente por instancias de poder "desigualan" la igualdad sistemática, intrínsecamente lingüística. De ese modo los procesos de estandarización de variedades o lenguas como una de las metas de la planificación7 y las políticas lingüísticas se convierten en un interesante cruce de caminos en donde detenerse.

2.1. Lengua estándar, lengua legítima, lengua

Es casi el mismo hablar, casi, si mejor o peor dependería de la medida que sirva de comparación.


José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis, 1998.

En todas las comunidades funciona algún criterio colectivo de ejemplaridad, socialmente construido y expandido, que genera la evaluación del lenguaje a través de juicios tales como bueno/malo, correcto/incorrecto, adecuado/inadecuado; ese marco de referencia está siempre asociado a una determinada variedad lingüística -en comunidades pretendidamente monolingües- o a una lengua en particular -en el caso de sociedades multilingües- cuya preferencia y legitimación se articula con una ideología, un complejo sistema de representaciones creencias, elaborado y reelaborado históricamente, y que expresa la visión que la sociedad ha conformado de sí misma. Formulados en términos de elección y erección arbitraria de una variedad o lengua por sobre otras en coexistencia y competencia al interior de una comunidad, estos procesos de constitución y legitimación de aquella como modelo de ejemplaridad pueden observarse, en distintos tiempos y espacios, a través de un corpus extenso de textos que constituyen una "retórica de la estandarización" (Fairclough, N., 1994:22).

Aunque sin coincidencia estricta en términos conceptuales, esa vara de medir las realizaciones lingüísticas de los sujetos hablantes -norma, lengua ejemplar (Coseriu, 1968), lengua legítima (Bourdieu, 1985)- se adscribe como objeto de estudio a la noción teórica de lengua/variedad estándar y se ha constituido históricamente en uno de los primeros objetivos de acciones glotopolíticas8.

Las definiciones del idioma estándar y del proceso de estandarización varían de autor en autor, aunque cabe consignar que todas establecen como básicos, en primer lugar los procesos de selección y codificación de una variedad de entre la diversidad lingüística de una comunidad, y como segunda fase, la aceptación de esa variedad como modelo o marco de referencia para la evaluación positiva o negativa de los usos lingüísticos de los miembros de aquella. En el cumplimiento completo de ambas fases constitutivas del proceso estandarizador, aparecen como necesarias las acciones normativas, esto es la prescripción de las formas codificadas como las únicas correctas. Estas acciones y prácticas concretas son llevadas a cabo tanto por los ejecutores sociales del prescriptivismo -escuela, medios, academia, literatura canónica, y hasta discurso científico- como por guardianes públicos del uso que ejercitan actitudes y prácticas puristas a través de la tradición de la queja, o complaint tradition (véase al respecto, Milroy, J. y L. Milroy, 1985). Y es, precisamente, en la practica social del normativismo en donde "el paso de la lingüística a la ideología es fácil" (Genouvrier, 1987): el desfase entre la norma y las realizaciones socio- o dia-lectales, el hiato normativo entre el estándar y las otras variedades de lengua, se constituye en distancia cultural, con consolidación de identidades y enjuiciamiento de alteridades. El lado oscuro de la construcción social de una lengua como estándar es, repetimos, su posibilidad de convertirse en instrumento ideológico de desigualdad en procesos de inclusión (prestigio)/exclusión (estigma). La variedad estandarizada se convierte en uno de los principales agentes de desigualdad lingüística y social (Romaine, S., 1994:84) no sólo porque juegos de fuerza y poder se pusieron en marcha en el proceso de selección de la variedad por sobre las restantes, sino también por la desigual distribución y apropiación, entre los miembros de la comunidad en cuestión, de aquella una vez constituida y codificada, al ser considerada como un bien, un capital cultural (cfr. Fairclough, 1994:63).



2.2. El prejuicio letrado

Tal vez mi primera perplejidad como aprendiz de escritor fuese la lengua -o el habla- ya que por mis lecturas, mi lengua era la de los clásicos, y por mi entorno, la de los hombres de aquella América interior, profunda, mestiza, y no acabada de casar: el habla de los servidores de mi casa, de mis vecinos aborígenes y, sobre todo, de mis niñeras.


Héctor Tizón Tierras de frontera, 2000.

Una persona se hace sujeto en la oralidad, desde ella construye su vida, elabora su estilo de ser y estar, creando un mundo complejo y desbordante, que se ahormará más tarde en el transcurso de la escritura.


Entrevista a H. Tizón, en Jorge Boccanera, Tierra que anda, 2000.

La lúcida reflexión del segundo epígrafe en relación con el conflicto inicial de todo escritor acerca de su instrumento, herramienta, materia prima, como lo es el lenguaje no es, empero, la representación circulante inscripta en la noción de lengua para legos y doctos, y sobre todo para estos últimos en el término especializado de lengua estándar, el cual inserta a la escritura como parte indisociada del concepto: desde la escuela alejandrina, la falacia clásica de dependencia y subvaloración de la oralidad frente a la legitimación de la escritura como modalidad privilegiada, se ha continuado sin interrupción por más de veinte siglos (véase Lyons, J., 1971:10).

Los aportes de la lingüística teórica de las décadas finales del siglo veinte han intentado desarticular esa idea postulando la centralidad de la oralidad como objeto privilegiado de estudio, dado que se la concibe como la verdadera y primera naturaleza del lenguaje como capacidad innata de la comunicación humana. En correlación, la escritura es observada como un canal secundario, tanto en cuanto a su adquisición como a su mediatización, que presupone un nivel más rígido de formalización, instrucción, estandarización -como única forma posible: ortografía- y, por tanto, una mayor distancia de la lengua real, en uso, en cada momento histórico. Sin embargo, esto que fue un dilema fundacional relevante a resolver para la disciplina lingüístico-histórica contemporánea en su estudio del cambio lingüístico -la variación sincrónica y la evolución diacrónica son preponderantemente observables en la oralidad de las lenguas- no logró desarticular la representación prestigiosa y legitimante como lengua de la modalidad escrita ni la subordinación de la oralidad a ella 9. Atrevámonos a decir que la lingüística ha acuñado y conservado el recorte léxico de ágrafas para denominar a las lenguas sin representación escrita, en lugar de establecer una conceptualización inversa.

De esa manera no extraña, en la observación, que muchas políticas del lenguaje pensadas e implementadas para revitalizar, conservar o legitimar lenguas étnicas sin escritura, hayan establecido como una de sus prioridades la necesidad de dotación de una forma gráfica para dichas lenguas. Este hecho, como muy claramente analiza Rainer Enrique Hamel, es la base de un conflicto de lenguaje mayor al producir "rupturas entre el uso de las lenguas, las estructuras discursivas y los modelos culturales… rupturas que transforman la base interpretativa del grupo (1995:79-83) en tanto son comunidades cuya experiencia cultural históricamente acumulada y vehiculizada por el lenguaje es eminentemente oral.



3. Abriendo conclusiones

¿cómo reconocemos las esposas, los grillos, las prisiones que la tradición ha impuesto sobre nosotros? Si somos capaces de reconocerlas, seremos también capaces de quebrarlas.


Franz Boas

Dada nuestra intención de proponer, metafóricamente, trayectos posibles pero no únicos a recorrer en el extenso campo multidisciplinar de las políticas del lenguaje / discurso, de ninguna manera podríamos adoptar para su final, un modo discursivo que clausure tanto la posibilidad de mayor y mejor conocimiento como la elección y aún el trazado de caminos alternativos, desvíos y paradas en otros aspectos de la investigación. Sin embargo, consideramos posible salvar este propio obstáculo, aprovechando como ganancia lo errático de todo proceso de elaboración: ese constante y recurrente desandar y retomar los pasos para corroborar datos, expandir reflexiones, corregir expresiones, lo cual permite luego conformar al interior del pensamiento una visión globalizadora como meta-abstracción que es, en tal sentido, una propuesta de conclusión.



Precisamente lo que se presenta a la vista en primer lugar, es la focalización específica del análisis en la revisión de ideas, creencias y actitudes que subyacen a las prácticas político-lingüísticas. Esta centralización se deriva del hecho de entender que representaciones, actitudes y prácticas se encadenan implicativamente: las representaciones sobre el lenguaje -objetos mentales psicosocialmente construidos, compartidos y reproducidos- constituyen el fundamento cognitivo de las actitudes lingüísticas; estas a su vez -efectos visibles y mediatizadoras de aquellas- guían comportamientos o prácticas posibles (véase di Tullio, 2003:34-35). Tales ideologías, como sistema de creencias y/o representaciones, son justamente lo más resistente al cambio y, muchas veces, continúan subyacentes, aunque contradictorias, en las mismas acciones que se elaboran para desarticularlas. De aquí se desprende, en segundo lugar, que aún cuando nuestro recorrido sostuvo deliberadamente un punto de mira crítico y cuestionador de los conjuntos de representaciones, actitudes y prácticas hegemónicas que tanto desencadenan conflictos como generan las propias políticas del lenguaje dirigidas a resolverlos, lo producido aquí bien puede observarse, empero, como un enfoque que sigue repitiendo, si bien para explicitarla, enfrentarla y desarticularla, la visión del poder10. Por ello es menester recordar que, paralelos, corren varios cauces de estudios glotopolíticos que dan la voz a las visiones subordinadas a la dominante; ellos permiten observar aquellas prácticas por lo general calladas, borradas o dichas de modo marginal que han existido y siguen existiendo en tensión con las fuerzas y operaciones lingüísticas, oficiales, abiertas o explícitas, y le ponen obstáculos a sus acciones hegemónicas sobre las lenguas. Continuar por esos caminos significa proponer que se someta a reexamen cuanto ha sido ya analizado por la sociolingüística, la antropología, la psicología social, la sociología, el análisis del discurso; esas temáticas altamente transitadas por la investigación podrían así ser sujetas a otras miradas "para descubrir la intervención de políticas lingüísticas…, comprender mejor cómo la política funciona en relación con cuestiones de lenguaje y para identificar el ejercicio de los derechos humanos lingüísticos" (Hamel, 1995:18).

Notas

1 Umberto Eco realiza una extensa investigación acerca de esta idea de unidad originaria, recuperada a través de pueblos, épocas y aún teorías diferentes en La búsqueda de una lengua perfecta.
2 Resulta interesante destacar un artículo en prensa en el cual su autor, Mauro Fernandez plantea la oscilación pendular de las teorías lingüísticas, culturales y antropológicas entre las adhesiones a la unidad y diversidad lingüísticas como narrativas o relatos.
3 En el proceso de toma de posesión de América por Cristóbal Colón, se revelan ambas actitudes: la actividad nominativa de la realidad mediante designaciones en la lengua del conquistador: "A la primera isla que yo fallé puse su nombre san salvador en conmemoración de su Alta majestad…; los indios la llaman Guanahaní… e así a cada una nombre nuevo" (Carta a Santangel, febrero-marzo de 1493). Así también la actitud de desconocimiento y negación de la lengua del otro mediante el uso de términos que lo refieren como mudo o incomprensible es registrable en su Diario; anota Colón al respecto que llevará en su regreso a España "seis (indígenas) para que deprendan fablar" (véase las citas completas en el análisis propuesto por Todorov de estas dos actitudes hacia la otredad, 2003: 23-41).
4 Los comienzos de la planificación lingüística son paralelos a problemas específicos de naciones en procesos de decolonización en donde coexistían, generalmente, lenguas o variedades vernáculas con las lenguas estándares europeas. Desde el primer trabajo de Einar Haugen para la resolución de los problemas lingüísticos de Noruega, en 1959, la disciplina comienza a expandirse sobre la base de la aplicación a describir, analizar y resolver conflictos específicos de lenguaje, durante las décadas de 1950 en adelante. Para la revisión de un amplio espectro temático a más de dos décadas de constitución disciplinar, sugerimos dos compilaciones de artículos editadas por Fishman y Covarrubias (1983); y Marshall (1991) que reúnen las contribuciones teóricas, implicancias, progresos y evaluaciones del campo de la planificación.
5 Hacia 1970, surge en Cataluña un modelo alternativo y militante para explicar y revertir la situación lingüística de esa región española: el modelo de "Conflicto de lenguaje" el cual parte de una reelaboración crítica del concepto tradicional de diglosia como una coexistencia estable y armoniosa de dos lenguas o variedades de lengua con funciones sociales rígidamente compartimentadas. Así lo reformula en el concepto suplementario de conflicto de lenguaje, como aquella situación social en la que dos lenguas, claramente diferenciadas, se enfrentan una como políticamente dominante (uso oficial, uso público) la otra como políticamente dominada; las formas de dominación son variadas y van desde lo netamente represivo, a formas más sutiles, políticamente tolerantes, la forma represiva de las cuales, en este último caso, es fundamentalmente ideológica (traduzco libremente del catalán; véase Kremnitz, 1993:61).
6 Para una relevante investigación acerca de la relación entre lengua y nacionalismo, y su inserción en la planificación lingüística, puede recurrirse a Joshua Fishman, 1972.
7 En el modelo de la planificación idiomática francocanadiense, Richard Bourhis (1985) establece cuatro metas básicas de toda acción sobre las lenguas: estandarización, modernización, reforma y revitalización.
8 Baste reiterar como ejemplificación el hecho de que las lenguas europeas modernas fueron objeto de procesos de estandarización precisamente en el periodo histórico de constitución de los estados-nación modernos, los cuales pueden ser analizados diacrónicamente como políticas de lenguaje; asimismo el desarrollo mayor y sistemático del campo disciplinar se da, como señaláramos, en los procesos de decolonización de los nuevos países de Asia y África, no solo para solucionar problemas de comunicación en situaciones de multilingüismo, sino también, en el nivel de la función simbólica de las lenguas, como búsqueda de una lengua nacional que representase al nuevo estado-nación (véase Calvet, 1997).
9 Obsérvese la instalación del prejuicio letrado (Pacheco, 1992) como otro de los actos iniciales en la conquista de América que hemos señalado en nota 1. Al respecto sostiene Martin Lienhard: "los primeros actos de los conquistadores en las tierras apenas descubiertas subrayan el prestigio y el poder que aureola, a los ojos de los europeos, la escritura… La operación escriptural descrita por el Almirante [es] la primera manifestación en América de lo que llamaremos el < fetichismo de l a escritura> (1990:28).
10 Debo a la lectura previa del trabajo de Luciano Campetella publicado en este mismo número, esta apertura de la reflexión hacia la posibilidad de pensar en la reproducción, consciente o inconsciente, de la visión hegemónica por parte de las propias teorías lingüísticas, a las cuales hemos considerado también, desde el comienzo, como parte de políticas del lenguaje y/o discurso.

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recibido: 27/07/06


aceptado para su publicación: 18/08/06

 



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