Criaturas del aire Fernando Savater Monólogo primero Habla sherlock holmes



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Criaturas del aire
Fernando Savater

Monólogo primero

Habla SHERLOCK HOLMES

Todo mi método portentoso se resume en un solo principio, una regla áurea que rige cada una de las investigaciones que emprendo: cuando todas las restantes posibilidades han sido descartadas, la última posibilidad restante, por improbable y asombrosa que sea, debe ser cierta. Como puede, verse; éste es un presupuesto lógico, no ético, una exigencia metodológica, no un imperativo moral; y, sin embargo, ¿no proviene de aquí también toda ética, junto con la más correcta perspectiva científica? En mi caso, al menos, el rigor del raciocinio es inseparable de la energía justiciera del corazón... En efecto: creo que la virtud no es una gracia caída de lo alto a ciertos individuos piadosos o un dócil doblegamiento ante una ley divina o humana, sino la única decisión posible en unas circunstancias dadas. Y cuando digo "única" me refiero a la única que permite triunfar, salir con bien, a la más fuerte, a la que comporta menos carga de muerte. Lo mismo que en una investigación la última posibilidad que queda por examinar, aunque sea portentosa o desconcertante, es forzosamente más fuerte que todas las imposibilidades que puedan acumularse para explicar los hechos, así también en cada caso hay una linea de acción posible que, tras su apariencia quizá paradójica o cruel, es expresión viva de la auténtica virtud en marcha, de la moral más enérgica... En los casos de mi archivo cuya crónica hizo pública el afectuoso celo de mi amigo el doctor Watson, hay numerosos ejemplos de la aplicación más extrema del citado principio, tanto en su faceta teórica como en su consecuencia ética. Y así verbigracia, mostré nitidamente que sólo un sabueso de carne y sangre pudo dejar huellas perceptibles en las sombrías alamedas de Baskerville, pese a que una mente más débil, menos inclinada a lo auténticamente fantástico como la mía, habría terminado por creer en un can espectral que cumplía una remota maldición; esta última solución; efectivamente, era en realidad la menos fantástica, la más vulgar también, aunque de modo aparatoso: creer en el fantasma era una forma de pereza intelectual reñida con la genuina fantasía, con esa fantasía emprendedora que me llevó a mí a capturar al sabueso real y a volverlo contra su criminal hostigador.



Tales son los casos de mi especialidad: aquellos en que lo imposible parece lo único probable. Y tal es mi auténtica fuerza: conceder siempre más respeto a lo posible que a lo simplemente verosímil, a lo que el intelecto perezoso considera probable para huir de la auténtica y oculta posibilidad: Ahora bien, en materia moral este principio es de aplicación mucho menos evidente, mucho más litigiosa. Sí, ciertamente, creo que en cada caso, ante cada decisión, debe haber una línea de acción posible que reuna la mayor fuerza virtuosa y aleje del mejor modo el imperio de la muerte. Pero debo reconocer que me ha sido mucho más difícil a lo largo de mi carrera establecer esta línea que hallar aquella última posibilidad que hace encajar las piezas del rompecabezas criminal. Tomemos mi primer caso publicado, por ejemplo, aquel enigmático e inolvidable Estudio en escarlata que nos reunió por primera vez a Watson y a mi. En su día sostuve que fue un caso sencillo y no por baladronada, sino porque realmente su complejidad teórica ‑el quien lo hizo y el como ocurrió‑ no presentaba auténtica dificultad para una mente algo menos rutinaria que la de los inspectores Gregson y Lestrade; pero desde otro aspecto, desde ese ángulo de la virtud del que antes hablaba, ¡ah, visto desde ahí el caso fue terriblemente enrevesado! Aún hoy me pregunto si debí entregar a la Justicia, a lo que llamamos los ciudadanos del Estado moderno Justicia, al desdichado Jefferson Hope, al que la brutalidad del destino convirtió en vengador implacable de un buen hombre asesinado y de su hija deshonrada. Ciertamente, la providencial rotura de un anaeurisma impidió que Hope conociera el banquillo de los acusados y la vida de presidio, pero mi interrogante ético sigue en pie, porque sólo a mí concierne. En último término, ¿no fue mi orgullo teórico, mi pasión escudriñadora y razonante, la que me obligó a perseguir hasta el acorralamiento definitivo a aquel hombre que era mejor que su víctima, a ese infeliz que quizá no hizo sino lo que yo mismo hubiera hecho en su lugar? En muchos de mis casos he lamentado llevar mi investigación hasta su lógico final, pues el verdadero problema, el más arduo, empezaba una vez resuelto el caso y no cuando me debatía en las tinieblas de la perplejidad. No hace falta que recuerde aquel problema que Watson bautizó Un escandalo en Bohemia, en el que la culpable a descubrir era la mujer que más he admirado en el mundo y mi contratante un rey indigno de su armiño. Me sentí realmente dichoso cuando Irene, la única persona que podría enorgullecerse de haberme relativamente derrotado, logró huir; dichoso hasta tal punto que rechacé el anillo de esmeralda con que el rey quería recompensar mis servicios y me contenté con guardar solamente el retrato de mi deslumbrante enemiga. Y así hay tantos casos, tantos finales paradójicos en los que mi descubrimiento se volvió en cierta forma contra mí mismo, contra convicciones que siento más arraigadas que mi simple deber de ciudadano...

Bien: sea como fuere, de nada me arrepiento. En el reino de los hechos físicos es más facil determinar qué es lo posible y lo imposible, distinción que se embrolla hasta el vértigo en lo moral. Pero esa dificultad no me hará abandonar mi convicción de que también en ese ambito escabroso es preciso llevar a cabo la indagación en busca de la última posibilidad, la que queda cuando todo lo demás es absurdo, locura y muerte.

Monólogo segundo

Habla TARZAN



Hoy he pasado un terrible momento de pánico. No, los civilizados no saben qué es el pánico: quizá toda la civilización no consiste más que en haber sustituido el pánico por la angustia. Pero en la selva se vive el auténtico pánico, el lacerante trallazo que marca a fuego la espina dorsal, desorbita los ojos hasta la ceguera y abruma con su almohadón de plomo el pecho sin aliento. El pánico de Bara, el cuervo, cuando da sus últimos saltos antes de caer bajo las zarpas de Numa y Sheeta, incluso del majestuoso Tantor y sus hermanos elefantes, cuando el fuego devasta la sabana y abrasa el cielo enconadamente azul con su crepitar mortífero. Sentimos el pánico ancestral a lo que repta en la oscuridad o a lo que gruñe o zumba de modo desacostumbrado: el pánico a lo demasiado pequeño o a lo demasiado grande, a lo muy veloz o a lo muy paciente, a lo que hiela la sangre con su rugido de ataque o a lo que llega sin hacer ruido. El pánico paraliza, lo que en la selva equivale a decir que mata. Por eso, aunque vivimos siempre próximos a su ciénaga, ninguno podemos permitirnos el lujo de sentirlo más que unas pocas veces en la vida y durante un momento fugaz, aunque padecido como inacabable. Mi caso es distinto: también en esto soy una excepción. Soy un animal maldito, porque carezco de lo que hace soportable a los otros animales la proximidad del pánico: no puedo olvidar y en cambio puedo imaginar. Estas indeseables características que por el momento me han proporcionado el dominio de la selva pero que llegarán a serme fatales, han ido desarrollándose con los años. Fui un animalillo jubiloso y triunfal, un joven simio de piel desnuda al que la previsión y la memoria reforzaron la ferocidad hasta hacerle invencible; pero, poco a poco me he ido instalando permanentemente en la cornisa que avanza hacia el pozo del pánico: vivo inclinado sobre él, con los ojos ennegrecidos por el reflejo de su abismo. La familiaridad con el espanto me va convirtiendo en un monstruo extraño y, lo que es peor, imprevisible. A la larga, en la selva la rutina es lo más seguro: ¡si no lo fuera, no habría tenido ocasión de convertirse en rutina! Pero yo no tengo casi rutinas, tengo manías, arrebatos: tengo ideas... Lo no contrastado por experiencia alguna a veces es excelente, pero siempre inseguro. Vivo roído por el pánico de mis incertidumbres, por la genial vaguedad de mis improvisaciones.
Pero mi pánico de hoy ha sido muy especial, de una calidad particularmente espeluznante. Quise volver a mi chozita natal, allá junto a la playa, hecha con sus propias manos por mi padre, lord Greystoke, y destinada a servirle de tumba a él y a mi pobre madre durante toda mi juventud. Quise volver a hojear las coloreadas ilustraciones de las enciclopedias en las que por mí mismo aprendí a leer y escribir un misterioso idioma que no era capaz de hablar... ¡ni siquiera conocía a nadie que lo hablase! De allí salí un día en brazos de Kala para unirme a la horda del poderoso Kerchak, al que luego maté; allí salvé a Jane y a su aterrorizada mucama del asalto codicioso de Sabor, la leona, cuando la fiera comenzabá a entrar por la ventana del frágil refugio.
Esa choza es mi centro, el lugar de mi fuerza, mi maldición, mi proyecto...: esa choza es mi verdadera selva. Pues bien, comencé a buscarla y fui íncapaz de dar con ella. La enormidad de este aserto todavía me estremece: yo, Tarzán el Tarmangani, matador de Tublat y de Kerchak, temido por Numa y señor de Tantor, que conozco la enmarañada negrura de la floresta como la palma de mi mano, no fui capaz de hallar el rincón de la selva que me es más conocido, al que he vuelto desde todos los lugares imaginables de Africa, del que quizá nunca he salido completamente. Brinqué de liana en liana con una ligereza en la que el aumento de mi peso va compensado por el reforzamiento de los músculos; pasé como una flecha sobre las viejas pistas medio obstruidas que los rinocerontes abren en la maleza sobre los calveros moteados por manchas del sol que se abre trabajosamente paso entre las copas abrazadas de los grandes árboles, junto a los abrevaderos en los que Horta, el jabalí, hace milenios aprendió a beber con el oído alerta... Era como si todo fuese un círculo misterioso, una repetición estéril de imágenes indiscernibles en la que toda orientación era desvario, cualquier referencia un error. Trepé hasta la copa dc los árbolcs más altos, esos que sobresalen como islas afiladas en el manto opaco de verdor, tratando de descubrir a lo lejos mi playa y mi mar. No había playa ni mar, sólo espesura y maleza, árboles tan inverosímilmente prietos como el musgo que asedia a veces la base de las grandes rocas. Lancé desesperadamente mi grito retador desde la cima más alta y Numa respondió con una tos cavernosa a muchos metros por debajo de mí, mientras a lo lejos sonaba la pavorosa llamada de un gran mono macho que quizás aceptaba el desafío. Luego, el sonoro silencio de la jungla pareció eternizarse de nuevo: fue entonces cuando sentí pánico.

Poco a poco, me voy tranquilizando. ¿Para qué necesito yo realmente volver a esa choza? Al fin de cuentas, esa cabaña significa la muerte y la soledad, el exilio y el despojo. Allí aprendí esas letras que no han logrado más que dificultarme la lectura de las huellas o el husmeo de los olores con los que debo orientarme para sobrevivir. Allí se agazapan en cierto modo mis enemigos Nicolás Rokoff y Alexis Paulvitch... Está la mirada, sí, los demasiado inocentes ojos de Jane Porter: pero ¿qué fue realmente Jane ‑hoy perdida, perdida para siempre‑ más que una creación seductora de la propia cabaña, un regalo enigmático de las enciclopedias ilustradas donde yo aprendí a deletrear A‑M‑O-R, un envío póstumo de mi madre que así intentaba vengarse del salvaje bosque que la asesinó? Está decidido, abandono para siempre la búsqueda de mi choza, aunque el sacrificio no es demasiado heroico porque en todo caso dudo mucho que logre volver a encontrarla. Me queda la selva, los olores y roces en la noche excesiva, la alerta muscular que quizá se tensa demasiado tarde: me queda el pánico.


Monólogo tercero
Habla FU‑MANCHU

La paciencia es para el sabio como el riego a las flores: le alimenta y le hace crecer. Desde luego, yo no tengo derecho a considerarme sabio, pese a este título de "doctor" que indebidamente ostento gracias a la generosidad en verdad abrumadora de cinco o seis de las principales universidades de Oriente y Occidente. No, yo soy un simple particular, un humilde e irrelevante vástago de una raza demasiado numerosa: cuando considero mi pequeñez y mi torpeza, debo admitir que esta última es lo único grande que hay en mí. Pero si me es dado incurrir en cierta vanagloria ‑por la cual pido de antemano las más contritas disculpas a mi inagotablemente benévola y desproporcionadamente copiosa audiencia‑ creo que puedo llamarme paciente. Cultivo la rara orquídea de la paciencia en el pobre jardín de mi personalidad desde los ya muy lejanos años en que oficiaba como vendedor ambulante de antídotos contra la mordedura de serpientes venenosas en las calles de Shangai. Solicito nuevamente perdón por insistir hasta el fastidio en mi irrelevante biografía, pero mis oyentes quizás acaben por comprender, en su inteligente magnanimidad, la necesidad de esta vanidosa tortura que les inflijo. Digo que hace años montaba yo mi tenderete en las calles más concurridas del mercado de Shangai y atraía sobre mi indigna persona la atención de los atareados viandantes por medios quizá tan desconsiderados como los que hoy empleo para hacerme escuchar por ustedes, confirmando así el viejo proverbio: "el escarabajo ama el estiércol tanto en la primera hora de su vida como en la última". Llevaba entonces diversas cestas con los distintos tipos de serpiente ponzóñosa y numerosos frasquitos con el remedio oportuno para cada mordedura; cuando tenía suficiente público en torno a mí, extraía de su encierro una cobra o algún otro reptil aún más peligroso y permitía que me mordiera en los labios y la lengua: a continuación, dejaba pasar unos momentos para reforzar la impresión causada y comenzaba a explicar tranquilamente los efectos que se producirían dentro de pocos minutos, la agonía que se avecinaba a no ser que... Cuando la zozobra de mis espectadores alcanzaba el grado deseado, me tomaba el antídoto saludador y luego lo ofrecía a módico precio: algunos, hipnotizados por la exhibición que acababan de ver, se desprendían con amable derroche de unas cuantas monedas: Así aprendí que mantenerse sereno y paciente cuando la muerte circula ya por las venas es el único medio de alcanzar con eficacia la pócima que regenera y cura.

En el libro del Tao leemos que el mejor soberano es el que gobierna a sus súbditos con la displicente ligereza con que deben freírse los peces pequeños para que no queden crudos ni achicharrados. Ahora bien, desde mi incurable ignorancia me atrevo a preguntar: ¿donde vemos ejemplos de semejante administración ideal? Salvo que quienes sepan más que yo concluyan otra cosa, quizá podamos afirmar que en ninguna parte. Los reinos de Occidente, aunque mandados por hombres sabios como los emperadores de las viejas leyendas y emprendedores como torrentes en Primavera, abruman a sus ciudadanos con la agitación insensata de una vida sin cortesía ni moderación ritual mientras que desbordan su pedagógica insolencia y su rapiña sobre los hombres de las demás razas y culturas, a los que no respetan más que en tanto herramientas que sirven a sus fines. Pero no es la arrogancia lo que sustenta la ferocidad del dragón, sino la confianza en su inmortalidad: si no se está cierto de ser inmortal, más vale no ser demasiado arrogante. En lo tocante a Oriente, solo se advierten gobiernos imitadores y cómplices de los occidentales o ese comunismo asiático que no es más que un pintoresquismo en el reparto de la pobreza pero con pérdida de las exquisitas diferencias que antes hacían imprescindible la pobreza misma de los más. El verdadero justo es el que conoce la justificación de la injusticia y nunca la despilfarra vanamente. Pese a mi demoledora insensatez, no creo que los gobiernos habidos hasta hoy se atengan a los sanos preceptos del Tao: incluso me atrevo a suponer que quizá yo, un simple y ridículo particular, puedo ser comparativamente más sensato que todos ellos.

Por eso fundé la liga del Si‑Fan, de la cual soy indigno presidente vitalicio. Por eso me he ido apoderando poco a poco de todos los centros neurálgicos del mundo, cuyas armas atómicas están hoy en mis humildes manos. Por eso he sabido eliminar a todos mis enemigos, incluso aquellos tan superiores a mí en excelencia como el sol supera al gusanillo, por ejemplo aquel sir Denis Nayland-Smith cuya cabeza reverentemente momificada me sirve hoy de pisa papeles. Y por eso yo, simple particular, os dirijo este mensaje televisado a todos los honorables ciudadanos del planeta Tierra: entramos en la era de jade y marfil.

Monólogo cuarto

Habla DESDEMONA

Esta va a ser una noche extraordinariamente feliz: quiero volver a ser dichosa hasta la indecencia, como antes. ¡Ah, cuántos planes he tenido que tramar, cuántos cuchicheos con mi fiel Emilia y el buen Yago, qué paciente calibrar cuándo se debe exclamar una palabra por otra o cuándo hay que perder un pañuelo! Pero esta noche voy a cobrar por fin el salario de mi astucia, los intereses de mi desvelo. Esta noche recuperaré a Otelo, el garañón berberisco de mis ardores venecianos...

¿Por qué los hombres tendrán siempre que distraerse de nosotras, por qué preferirán los estériles enredos de la política o la brutalidad de la guerra, por qué han de ser más capaces de abismarse en una discusión sobre la naturaleza de las estrellas que de perderse en el reclamo de unos ojos que todo lo piden, para siempre, para siempre? Por que cuando se entregan de veras, o cuando nosotras creemos que se entregan de veras, pueden fundirnos en puro deleite. Pero se cansan, se distraen: son como externos a su cuerpo, a sus sensaciones, y no pueden empaparse de carne más que a poquitos, durante breves ramalazos de sensualidad que les dejan exhaustos y aterrados. En seguida huyen al comercio o a la metafísica, en seguida se refugian en las proezas o se ocupan de componer música. Para vivir necesitan olvidar la mayor parte del día que están vivos; para sentir algo necesitan convencerse de que no sienten, sino que piensan o calculan; para atreverse a desear lo que en verdad desean tienen que atiborrarse de proyectos útiles o sublimes, hasta que finalmente caen rendidos en brazos de lo que no saben apetecer más que como reposó, exceso o costumbre. Son así: para ser capaces de ceder de vez en cuando al éxtasis tienen que considerarlo como un simple desahogo entre dos empresas mucho más importantes porque les comprometen a muy largo plazo... La pasión les desasosiega y la carne les azara y, secretamente, les humilla: no quieren querer lo que quieren o quizá para quererlo tienen que suponer que lo que en verdad quieren es algo mucho más excelso, de cuyo deslumbrante fulgor tienen de vez en cuando que apartar los ojos hacia cosas más banales.

Otelo era una fiera espléndida, parecía infatigable en la caricia, nacido para la violencia de arrullos devastadores que me dejaban asolada noche tras noche como un campo saqueado por los bárbaros. Después de haber probado su furor africano, tan brutal y tan exquisito, tan directo y tan orientalmente refinado, todos los educados jóvenes a los que mi clase me acercaba me parecieron de insoportable insipidez. Me arriesgué a matar a mi padre del disgusto o a ser muerta por él cuando descubriese mis amores con un moro: ¡yo, la hija del senador Brabancio, jugando a la bestia de dos espaldas con un coloso negroide semicivilizado!, ¡la perla de Venecia adornando como un pendiente el lóbulo oscuro de un aventurero berberisco! Por muy rico que fuera Otelo y por muy imprescindibles que fuesen sus servicios a la República, la provocación era demasiado grande. Fueron aquéllas las noches de nuestros arrebatos furtivos, cuando él trepaba ágilmente a la alta ventana de mi alcoba para disfrutarme, como quien sube a lo más alto de un gran árbol para sorber en el mismo nido los huevos recién puestos de un ave exótica. Yo le esperaba desnuda y temblorosa en mi lecho, con la mirada fija en el rectángulo sombrío de la ventana, hasta que en el alféizar aparecían sus ojos de fuego y la agresiva blancura de su primera sonrisa... Eran los dias de los mensajes deslizados a la puerta de la iglesia, de los saludos falsamente distantes cuando nos cruzábamos en la plaza de San Marcos o de las miradas de arrobo cuando pasaba a caballo al frente de sus soldados y yo sabía que esa misma noche lo tendría sobre mí; el áspero calor de su lengua en mi boca.. Luego, todo pareció arreglarse y todo se estropeó. Fuimos descubiertos, pero el dux y mi padre nos perdonaron, accediendo a nuestra boda. Otelo fue nombrado gobernador de Chipre y se convirtió en el principal baluarte de Venecia contra el peligro otomano. Ya nada fue igual: ahora se pasa la vida preocupado, pierde las noches planeando expediciones punitivas y los días se los pasa parlamentando con embajadores turcos o interrogando a prisioneros. A mí me dedica una rápida ternura, en la que apenas quedan atisbos de su fogosidad clandestina. Se ha convertido en un magnífico gobernador y en un espléndido principe del Mediterráneo cristiano, pero ya no es el magnífico saqueador de mis noches, el espléndido tirano de mis pezones...

Por eso he tramado toda esta amorosa conjura, con la desinteresada y cariñosa ayuda de Emilia y Yago. Por insinuaciones y falsos descuidos, hemos llegado a hacerle creer que coqueteo con su lugarteniente Cassio, un pisaverde fatuo pero bonito. Sé que esto ha de hacerle reaccionar: comprenderá los peligros de tenerme abandonada y los celos han de devolverle su antiguo fiero latido. Me he perfumado para él, me he puesto el más trasparente de mis camisones de seda; algo insinuante y que se puede fácilmente desgarrar. Ahí llega; se acerca a mi lecho,mientras finjo dormir. Me cuesta mantener los ojos cerrados de tanto que me encandila su aliento querido: noto que me gana una íntima humedad ansiosa... Ahora se inclina sobre mí y le oigo susurrar: "¡He aquí la causa! ¡He aquí la causa, alma mía!... ¡Permitidme que no la nombre ante vosotras, castas estrellas! ¡He aquí la causa!..."

Monólogo quinto

Habla DRACULA

Nadie conoce como el vampiro la alegría de la noche. El día es un espejismo, una perturbación atmosférica: la noche es un complejo y rico estado de ánimo. Paladeo hasta el fondo, hasta el estremecido límite, el júbilo secreto de la noche. ¿Habéis pensado que en el día sólo se ven sombras, bultos que interceptan con su opacidad la luz; mientras que en la noche sólo se ven fulgores, destellos que desmienten la tiniebla? El objetivo del día es lo oscuro, lo opaco, mientras que la noche sólo sabe de resplandores. Pero sabe también que es la oscuridad lo que permite fijarse realmente en la luz y no en los bultos alumbrados por ella; lo mismo que yo sé que es la muerte perennemente padecida lo que faculta para dejarse fascinar plenamente por la vida. Para vivir algo más intenso, más refinado, más sabroso que el discreto sopor de temores y obligaciones llamado habitualmente vida, es imprescindible estar muerto y bien muerto. La muerte es el único interés de la vida, el único aliño que sazona su insipidez. Pero normalmente se nos procura con excesiva generosidad: los hombres viven tan obsesionados por la riqueza pavorosa de la muerte que apenas tienen tiempo para fijarse en la vida, lo mismo que el exceso de luz diurna les ciega para todo lo que no sean sombras y borrones. Pasan su tiempo ‑lo matan, para ser exactos‑ tratando de alejar de sí la muerte, previniéndola, combatiéndola o infligiéndola a los demás, viendo morir a los suyos, compadeciéndoles, envidiándoles, calculando el tiempo que les falta para quedarse del todo sin tiempo. No es raro que sólo imaginen verdadera vida después de la muerte, sea gozada personalmente en un más allá o sea disfrutada por bienaventuradas generaciones futuras. Pero como el cielo es increible y el futuro incierto, la vida aplazada no alcanza verosimilitud. Y, sin embargo, aciertan al menos en una cosa, en que para vivir hay que estar convenientemente muerto...

Tengo resuelto satisfactoriamente el problema que les aflige, como también a mí me afligió un día. He logrado que la vida sea mi único objetivo, mi única obsesión: a mí la vida me acecha y me colma como a ellos la muerte. Y no la vida laboriosa y pacificada del armónico futuro ni las arpas y nubes de insulsos paraísos dogmáticos: no, mi vida, mi maravillosa y plena vida, es la que prometen los pechos desnudos de las doncellas, la que vibra de riesgo y aventura, la que se afirma en el poder o en el terror, la que se cifra en la cálida sangre. Vida presente aquí y ahora; para siempre, sin límites. He tenido que pagar por ella, porque todo tiene un precio, pero no he sido defraudado en mi inversión. Estoy muerto, desde luego: ¿qué otro medio hay para gozar plenamente de la vida como algo positivo, no como un atropellado sueño que se nos escapa? Desde este lado de la muerte, la vida presenta toda su riqueza maravillosa, la sutileza desconcertante de sus experiencias, los prohibidos goces que el temor de la muerte hurta a los mortales. ¡Yo cabalgo el viento, soy señor de los lobos y de las tormentas, alimento con las mujeres más bellas pasiones que la luz del día ni siquiera puede soñar! Cierta noche, aquel inofensivo idiota al que alojé en mi castillo transilvano me vio descender cabeza abajo, como una monstruosa araña, por la inaccesible pared de mi torreón... Es el emblema de mi destino que más me agrada. Recuerdo con nostalgia y cierto fastidio mi viaje a la puritana Inglaterra: fueron aquellos absurdos personajes, el estúpido Jonathan Harker, el sombrío místico Van Helsing, las gazmoñas Lucy Westenra y Mina Murray, quienes crearon la fábula hiperbólica de mi maldad infernal. En Transilvania, un pueblo sabio y por tanto fatalista sabe que el mal es uno de los rostros inevitables de toda grandeza; pero los ingleses se pasman ante él como un escándalo e incluso una descortesía. Por lo visto esperaban que un Inmortal acatase discretamente los preceptos de la moral victoriana... ¡cuando ni siquiera los respetaban las figuras auténticamente nobles de esa época! Nunca entendieron en dónde residía mi peculiaridad: desde aquella brumosa jornada en que llegué al puerto de Whitby en mi barco tripulado por cadáveres, empezaron a inventarme una personalidad que tenía algo de Jack el Destripador y algo de Oscar Wilde, una suerte de Aleister Crowley fantasmal...

Sus códigos están bién para esa temerosa luz en la que se ven obligados a vivir los condenados a la muerte. Pero en mi tiniebla deslumbrante no hay lugar más que para la pasión. El día es ataúd, pero la noche trae el deseo y la aurora regalará sangre. Sólo yo, el muerto, el inmortal, podría contaros qué entrega deliciosa es la vida. Sólo yo, el rey de la noche.
Monólogo sexto

Habla TARTUFO



Mea culpa, reverendo padre, mea máxima culpa. Me arrodillo a vuestros pies en espera de que tiempos mejores me permitan levantarme... Voy a haceros mi confesión general, no para disculparme de las acusaciones que se me hacen y que desprecio, sino para condenar a mi vez a los que tan alocada o maliciosamente han vertido su inquina contra mí. Lo que me ha perdido es la incomprensión que ciega a nuestros contemporáneos respecto a los resortes que hacen funcionar su felicidad privada y la armonía pública. Confio de todo corazón en que vos reverendo padre, como dignísimo e ilustrado miembro de vuestra santa Compañía, comprenderéis mis razones y me ayudaréis a elucidar en que aplicación práctica fallaron mis sanas teorías, precipitándome en la triste situación en que me hallo. He llegado a la convicción -no créais que sin largas rumias, pues soy de natural reflexivo- de que los hombres en general se aborrecen y desprecian ante todo a sí mismos. Nada más equivocado que suponer que la especie humana ha adquirido, con el paso de los siglos y el aumento de las luces, cierta benevolente autoindulgencia o que, dándose cuenta cabal de cómo es y qué quiere, acepta con naturalidad alegre la conclusiôn que se deriva de tales premisas. No, en absoluto: cuanto mejor se conocen, más se espantan los hombres de sí mismos; cuanto más seguros están de lo que ansían, más empeño ponen en disimularlo; cuanto más inevitables ven sus vicios, más feroz y desesperadamente predican la virtud: Todas las instituciones que la civilización ha producido tienen su raíz en el miedo de los hombres a lo que son y su justificación teórica en la necesidad de disfrazar permanentemente su verdadera naturaleza con mentirosos oropeles. Por lo que se ve, somos incompatibles con nuestros motivos: aquello que posibilita nuestra vida choca demasiado crudamente con la dignidad sublime que no renunciamos a tener y debe ser maquillado cuidadosamente. Alguien me dirá que lo que aquí se halla en conflicto es la elevación de los ideales pugnando con la bajeza de nuestra condición caída; pero ¿por qué no hemos de reconocer abiertamente que nuestros ideales no son para nosotros, que destruirían la especie humana si se cumplieran un solo día, que su fulgor abstracto no tiene nada que ver con el feroz ardor que realmente nos impulsa? Somos rapaces, concupiscentes, vengativos y violentos. ¿Se dirá que vivimos en sociedad a pesar de nuestra mala ralea? ¡Mil veces no y por el contrario: gracias a ella! Lo que nos hace tolerarnos unos a otros es precisamente la codicia y la voluptuosidad; lo que nos inclina ante una autoridad única, sin la que no habría Estado ni progreso, es el temor que nos tenemos unos a otros; lo único que nos hace aceptar y hasta buscar árbitros comunes es nuestro egoísmo, que trata de evitar las funestas consecuencias de la índole injusta y mentirosa que poseemos. Los verdaderos santos fueron anacoretas, eremitas, enemigos consecuentes de las apetencias del hombre y de las exigencias innobles que satisface la vida social: fueron destructores individuales de la comunidad humana, porque llevaron hasta su conclusión lógica el aborrecimiento secreto que todos nos profesamos.

No veáis en estas palabras, reverendo padre, un intento de reprobar la forma de ser de los hombres ni, aún menos, el germen de un propósito de transformarlos. Nada más lejos de mi ánimo que cualquier proyecto regenerador. No, lo único que pretendo es entenderlos y entenderme, para alcanzar mi provecho por los medios más adecuados y sin confundir lo que se dice sobre las cosas con lo que las cosas realmente son. Si los hombres se engañan o fingen engañarse constantemente sobre sus verdaderos intereses, si enmascaran sus móviles y consideran monstruoso lo que no es en verdad sino demasiado normal, mientras ensalzan como ideal lo que sería auténtica monstruosidad en el caso de realizarse en este mundo, esto no puede deberse a puro vicio de su corazón o de su intelecto. Dios o la naturaleza ‑como dice el docto Spinoza‑ no consentiría tal aberración si no fuera absolutamente imprescindible para la conservación de la humanidad. Y la ilusión sobre sí mismo sin duda es necesaria al hombre para no hundirse de nuevo en esa animalidad de la que está todavía demasiado próximo. Puedo cruzar una estrecha franja de madera si la dispongo a medio metro del suelo, pero me resulta infranqueable si pasa sobre un hondo abismo; si alguien quiere capacitarme para recorrer la tabla sobre el precipicio, deberá convencerme ‑por hipnosis o persuasión‑ de que êste no tiene más que unos pocos centímetros de profundidad. Del mismo modo, padre mío, el hombre necesita engañarse sobre la condición vertiginosa y sulfúrica de los cráteres que subyacen su alma, para poder circular por encìma del vacío con ánimo sereno y pie firme. Algunos animales han sido dotados por la naturaleza de la facultad de cambiar sus formas o de fingir unas armas, tamaño y ferocidad que en realidad no les corresponden para, de este modo, burlar el acoso de sus enemigos. Pues bien, posee un don muy semejante el hombre pero, como su mayor enemigo es él mismo, lo tiene predispuesto para funcionar cara a su propia especie. Actor y público de un espectáculo cuyo argumento no por fantástico es menos creído, finge ser lo que no es, querer lo que no quiere, aborrecer lo que ama y desdeñar aquello en cuya persecución corre... ¡y todo ello para conseguir el cumplimiento de unos anhelos feroces que le han sido dados y de los que es tan poco responsable como del sol que sale cada mañana!

Estas verdades me parecen claras y distintas, como exigía en su método el sabio Cartesius. Y ahora yo os pregunto, doctísimo y pio padre: ¿qué hacer cuando uno ve claramente la falsedad de los usos humanos y sabe, sin embargo, que tal falsedad es necesaria? ¿Cómo fingir cuando, por accidente o estudio, se ha descubierto más allá de toda duda el entramado celosamente oculto tras las bambalinas? Hay que fingir, es claro; pero hay que fingir sabiendo que se finge, lo cual no es nada fácil. Los demás son actores espontáneos, que ignoran la mayor parte del tiempo el papel que representan, mientras uno debe esforzarse consciente y deliberadamente por hacer verosímil su personaje. No es sencillo llevar máscara con naturalidad más que cuando uno la toma por su propia cara... Lo he intentado lo mejor que he podido, pero finalmente no he logrado evitar el cometer uno o dos fallos triviales que luego se han revelado decisivos. Todos me han vituperado y abrumado con el furor que deberían volver contra sí mismos si se atrevieran a saber lo que yo sé. Mi pecado consiste en haber sido sinceramente hipócrita entre tantos hipócritas sinceros; la única defensa ‑o venganza‑ que imagino contra quienes me han arrebatado triunfalmente mi máscara es señalarles la evidencia de la suya. Sé que de este modo pongo en peligro el orden todo del mundo, pero debo admitir que su conservación no me interesa tanto como antes. Al contrario, no me importaría ver derrumbarse las universidades y las iglesias, las morales y el lírico pedestal del amor. Dígame, padre, ¿será que me aproximo a la santidad?
Monólogo séptimo

Habla ULISES


No hay nada peor para los mortales que andar errantes por el mundo. Creo que tengo derecho a decirlo, yo, a quien los inmortales han zarandeado durante tantos años y quizá vayan a seguir haciéndolo todavía durante mucho tiempo. No pienso que mis aventuras ‑sería injusto llamarlas patéticamente "desventuras"‑ hayan acabado por fin, aunque he conquistado de nuevo mi reino y mi esposa, he abrazado la nobleza viril de mi hijo y la dignidad de mi padre, he vengado mi casa ultrajada por desaprensivos saqueadores, he acariciado por última vez la cabeza de mi perro Argos, que me reconoció antes que nadie, he vuelto a disparar mi arco coloso: ahora duermo en mi lecho inamovible, sobre su hondo pedestal de olivo, pero sé que mi vagar todavía no ha concluido. Debo partir, para cumplir una profecía; quizá salga mañana, quizá dentro de un mes o un año: debo partir. Cuando conjuré a las sombras del Hades, tuve que vedar a los muertos el acceso a la sangre vertida, que yo reservaba para el adivino Tiresias; todos querían gozar un poco en el negro charco, para disfrutar de un atisbo de pálido calor y comunicarse con alguien aún vivo, pero yo les alejé de la sangre con mi espada desnuda, aunque algunos de los primeros que se acercaron me eran tan queridos como mi compañero Elpénor o mi propia madre Anticlea, cuya muerte yo aún ignoraba; ninguno probó el licor que les permitiría concretar levemente su doliente impalpabilidad, hasta que llegó Tiresias. Muchas cosas y todas fatalmente cumplidas más tarde me auguró el espectro del vidente: habló de mis naufragios y de los peligros que me acechaban. Adivinó también la muerte de mis compañeros y mi triunfo cautelosamente conseguido al llegar a Itaca. Todo se ha cumplido, como digo, salvo el final de su profecía: "Cuando hayas vencido a tus enemigos y te sientes de nuevo en tu trono, toma un remo y parte hacia las tierras de los hombres que nunca oyeron hablar del mar ni de la navegación. Cuando te encuentres con un ser humano que no sepa qué es lo que llevas sobre tu hombro, clava el remo en el suelo y ofrece un sacrificio generoso a Poseidón. Si así lo haces, tendrás una vejez dichosa y una muerte dulce te llegará del mar". No entendí bien estas últimas palabras: no estoy seguro de si me dijo que alcanzaría un suave fin lejos del mar o que del mar me llegaría el fácil transito. ¡Qué más da! Lo único que importa es que también esto debe ser cumplido. Me alegra saber que he de morir lejos del mar o por su causa porque lo detesto y la más dulce de las muertes no podrá sin duda mitigar este odio.

Este transitorio reposo que he alcanzado me lo amargan los mudos aullidos de los muchos que me han odiado, asediando ahora mismo ‑¡ahora mismo!‑ con su resentimiento impotente pero incansable el solaz largamente esperado de mi palacio. Oigo sin cesar a Palamedes, a quien se dice que traicioné por envidia de su ingenio rival, oigo los escalofriantes alaridos de perro herido que lanzaba contra mí y contra el universo entero el arquero Filoctetes, oigo los bramidos del Cíclope ciego, al que el dolor despertó de su embriaguez bestial: ¡ay, cómo no oír los reproches de acíbar del suicida Ajax, que hasta en el infierno me volvió la espalda, y los lamentos de Hécuba y los de Dolón, al que persuadí con engaños para que delatara a sus conciudadanos y luego dejé ejecutar, y todos, todos los de Troya entera cuando el gran Caballo parió su camada de sangre y llamas! Noto el odio de todos ellos sobre mí, como un sudario húmedo, como la túnica emponzoñada que la celosa Deyanira hizo vestir al pobre Hércules... Me llaman Odiseo y unos dicen que tal nombre se deriva de "jefe" y otros de "lobo", pero yo estoy mejor informado, pues se lo debo a mi abuelo Autólico, aquel astuto trapisondista que me llamó Odiseo, esto es, el odiado por muchos. ¡Bien se cumplió en mí esta profecía! He sido jefe y lobo, sin duda, pero ante todo he sido odiado por muchos: me alivia pensar que volverê a ser Nadie, como en la cueva de Polifemo, y que tal es quizá mi verdadero nombre.

A fin de cuentas ¿qué héroe puede serlo realmente y no granjearse el odio de los muchos? Aquiles, Héctor, Agamenón... todos fueron odiados y temidos, todos sufrieron la babosa maledicencia de algún Tersites. No, estoy mintiendo, lo sé y hoy no quiero o no puedo mentir: ellos no fueron detestados del mismo modo que yo. Eran héroes rectos, sin trasfondo, temibles como el huracán (pero nadie odia al huracán) y peligrosos como niños salvajes (pero en todo corazón conquistan los niños espontánea dulzura). No es ése mi caso, héroe curvo, cóncavo, héroe que sabe plantarse frente a su enemigo y herirle por detrás. No soy sable ni lanza, soy la red o la muerte inopinada que viaja en la saeta: no desgarro ni trituro, sino que envuelvo, sujeto y asfixio. Descubrí un secreto moral que los hombres no me han perdonado ni quizá me perdonen jamás: no hay arma tan aniquiladora como la red de las palabras, como la urdimbre razonable que penetra todas las corazas y desvía la amenaza de los más fuertes brazos. Ya el mundo antiguo es imposible y todos me culpan de ello, sólo porque me he adaptado demasiado bien al bífido manejo de las encrucijadas verbales. No tengo remordimientos ni apenas orgullo: es Atenea quien siempre ha puesto su mano de luz sobre mi cabeza. Casi siento lástima (no sé si de mí mismo o de los otros) al decirlo: soy el más fuerte. Cuando navegamos frente a las rocas donde acechan las sirenas, hice taponar con cera los oidos de mis compañeros y pedí que me ataran al palo mayor para no arrojarme a sus musicales garras; pero nunca he contado lo que de veras oí entonces. Pues bien, no oí nada: sin duda las sirenas escuchaban. Entonces rompí a cantar.

Monólogo octavo

Habla DULCINEA

No vayan a creer vuesas mercedes que soy una moza lánguida y amiga de embelecos sin bulto, de los que no se palpan ni se sienten pero hacen llorar. Arredro vayan de mi vera los pálpitos inexplicables, los suspiritos de malcasada o los vapores y calorinas de monja: no soy doncella, eso ya lo saben ‑y bien que lo aprovechan‑ todos los mozos del Toboso y hasta más de uno de Argamasilla. Nadie da serenatas a la ventana de mi casa, que no se abre sobre jardín palaciego sino sobre la era, porque soy fácil de localizar en el pajar o en cierto rincón que yo me sé ‑y otros muchos también lo saben‑ de la arboleda por donde pasa el viejo camino sur. Además, los desmayos mal se avienen con mi conformación natural, que es más bien garrida y propia para realizar trabajos como de hombre, no para alferecías y palideces de señora principal. Vean mis brazos, más fuertes y renegridos que los de mis propios hermanos; en cuanto a la voz, desde lo alto del campanario de la iglesia me hago escuchar de mi padre cuando está segando, miren por esto vuesas mercedes si soy yo niña bonica o moza muy hecha y derecha. Ya se ve que no soy fina ni hermosa, pero tampoco contrahecha ni de tal modo desfigurada que no pueda un hombre sencillo solazarse en mi compañía y hasta solazarse mucho, porque es sabido que, cuando las ganas de por abajo aprietan, el aliento a ajos parece fragancia de ámbar y no hay en la algalia perfume tan adecuado al trajín carnal como el honrado sudor. Digo todo esto para que bien se sepa que nada tengo que ver con las Melibeas o Melisendas de los libros mentiroso, donde cada zagala resulta ser ignorada princesa y todas las labradoras son hermosas como vidrieras de catedral, puras como losas de sepulcro e ilustradas como un bachiller de Alcalá. Ni soy ni quiero ser más que Aldonza Lorenzo, hija de un modesto labrador del Toboso, moza trabajadora y útil en la casa y en el campo, a la que no hace falta requebrar demasiado galanamente para conseguir que atienda las súplicas amorosas, ni prometer lo que no se ha de cumplir para que acceda a las caricias, ni hay que robar por la fuerza lo que ella concede de muy buen grado.

Ahora entenderán mejor vuesas mercedes lo que he de contarles, un sucedido picante sobre cuya gracia poca o mucha vuestra generosa disposición sabrá juzgar. Pues fue que me hallaba yo ahechando trigo en casa de mi padre cuando se me presentó un compañero del pueblo vecino al que tenía vagamente visto de antes, un tal Sancho Panza, labrador de su estado y hombre sencillo y cumplido. Venía con la más extraña encomienda que imaginarse pueda: por lo que me explicó el buen hombre con muchos circunloquios y abundantes refranes, no todos bien traídos a cuento, se trataba de cierto hidalgo que había dado en creerse caballero andante y que me había elegido a mi como dama de sus pensamientos, llamándome en su desvarío con el poco cristiano nombre de Dulcinea, que más bien parece gracia moruna o rótulo de planta medicinal. A tal señor yo no le había visto en mi vida, ni según parece él tampoco había topado nunca conmigo, aunque no por ello estaba menos rendidamente enamorado de mis desconocidos encantos. La cosa parecía, como puede verse, burla y aun algo pesada, tanto más cuanto que el dicho caballero no parecía incluir entre sus planes inmediatos proponerme honesto matrimonio, cosa que yo, desde luego, no hubiera tenido prisa alguna en aceptar. Por lo que Sancho decía, mi enamorado esperaba a las afueras del pueblo que yo le diese venia para besarme los pies. Repuse muy gentilmente que la hija de mi madre no era princesa ni arzobispo para que nadie hubiera de besarle los pies, ni tampoco tan boba para no saber que no es bueno mezclar lo que Dios ha separado ni una aldeana puede creer en amor de hidalgo cuando no ha mediado ni una palabra entre ambos ni siquiera una mirada o el más mínimo gesto de natural acercamiento. Insistió Sancho Panza con las mejores razones y modos del mundo, para vencer mis recelos más que justificados; le repuse yo de nuevo a mi modo, creo que no sin picardía y propiedad. De lo uno pasamos a lo otro y él me fue contanto sus muchas peripecias como escudero del hidalgo, las más de las cuales habían acabado con perjuicio de sus costillas; también me habló de su amo y de tal modo que, aunque decía seguir a su lado por el interés de no sé qué ínsula que se le había prometido, más bien pienso que no le abandonaba por puro cariño, pues lo retrataba como si fuera un santo, aunque algo falto de seso, como quizá lo sean todos los demasiado altos de espíritu. Y seguimos hablando; y hablando, porque él se encontraba bien conmigo y a mí me gustaba su honradez y franqueza.

Ya se irán imaginando vuesas mercedes cómo acabó la cosa. Poco a poco pasamos a hablar más de nosotros y menos del esforzado caballero andante que me esperaba sin conocerme. Ya he dicho que no soy esquiva y Sancho, aunque casado y leal por naturaleza, tampoco estaba en vena de hacer remilgos a la ocasión que se le ofrecía. Jugamos largo rato, con gran contento por ambas partes. Cuando acabamos, él volvió a acordarse de su amo y del encargo que traía; yo, que me sentía generosa y con ganas de seguir enredada en la misma madeja que acababa de ceñirme, le dije que podía traer a su caballero si queria, pues estaba dispuesta a darle a él también el mismo regalo con que había obsequiado al escudero. Pero Sancho no quiso ni oír hablar de ello: hasta me dijo algo secamente que bien se veía que yo no entendía nada de caballerías y que no iban las cosas del mismo modo con el escudero que con el propio caballero andante. No entendí bien sus razones, pero pienso que quizá tuviese algo de vergüenza por haber traicionado la confianza de su señor o a lo mejor celos de compartir con él mis caricias. Lo cierto es que se fue con mucha prisa, dispuesto a contar a su amo que no me había encontrado o cualquier otro embuste parecido; y al marcharse me llamó Dulcinea, como si no supiera de sobras que no soy sino Aldonza Lorenzo.


Monólogo noveno

Habla MISTER HYDE

La mía era una vida impúdicamente feliz. Mi jornada de placer ‑no la tenía de trabajo‑ comenzaba a la caída de la tarde, de cualquier tarde. Salía a la calle con mi traje postinero, mi bastoncillo de junco o mi sólido bastón‑estoque si pensaba adentrarme esa noche por Whitechapel o alguna otra zona non sancta de la gran ciudad, mi flor malva adormecida en el ojal de la solapa, el sombrero duro y festivo como una copa de champagne... Todo Londres era mío: ¡la ciudad más excitante del mundo era mi coto privado de caza y aventura! A lo largo de las horas, mis goces iban conociendo una evolución hacia lo oscuro. Primero el espectáculo frívolo del día, desde el palco de cortinillas discretamente echadas del que surge de vez en cuando un discreto billetito para una corista; luego, la cena en el mejor restaurante, los vinos franceses de añadas legendarias, la cúpula de plata que conserva la tibieza del asado, el llamear burlón de ese dulce autodafé que es el soufflé al ron... Y en cada lugar, más y más sobre todo según el alcohol va mellando la imbécil cordura que resguarda la convención, me permitía el exquisito estímulo de una cierta brutalidad, de un punto chispeante de grosería que incurría francamente en lo ofensivo sin hacerse totalmente intolerable. Dejaba detrás mío un rastro de papanatas con patillas rizadas por la indignación refrenada y de escotes enrojecidos y palpitantes por algún envenenado escarnio cuya sutileza desarma toda posible respuesta o pediría como la más adecuada una tan tremenda que nadie está en principio dispuesto a darla. Los locales se iban haciendo cada vez más sórdidos, la risa de las mujeres más estruendosa y provocativa, el humo de los cigarros más acerbo: del champagne pasaba al cognac, del cognac a la ginebra. Era el inicio crepitante del verdadero peligro, las mesas se volcaban con facilidad, los dados o los naipes pedían sin pensarlo dos veces testimonio a las navajas... Pero yo he sabido siempre mirar de tal modo que la mano armada quedara sin fuelle y sin sangre; yo sé el gesto que vuelve a los matones unos contra otros, riendo ignoran la figura provocativa que abandona riendo el local.

La noche no acababa con los gritos de la prostituta en el afelpado silencio de mi tugurio secreto en aquel barrio malo. A veces me llevaba horas elegirla, luego se me hacía imprescindible como en un relámpago. Siempre la elegía muy borracha, atiborrada de ginebra pura, preferiblemente con algo de querido en su inevitable vulgaridad: yo detecto esas cosas. La edad, el tipo, eran lo de menos, pues cada peculiaridad brinda su propia delicia al goce. Gritaban todas de modo aterrador, eso era lo importante: ¡pronto se les disipaba la parcial anestesia de la embriaguez! Pero, por increíble que parezca, hubo algunas a las que llegó a gustarles mi trato; me buscaban después como perras escocidas, aunque nunca quise repetir con la misma. Con las dos que mejor se portaron hubiera sido imposible, por otro lado... Pero la noche no acababa aquí. Era a la vuelta a mi casa, cuando lo más delicíoso podía tener lugar. Cruzaba las calles elegantemente residenciales llevando dentro de mí todo el chapoteo de los rincones prohibidos de donde venía. Los transeúntes rezagados sabían evitarme como si olfateasen el bajo vientre de mi saña. Una de esas magnificas madrugadas fue cuando tropecé con aquella niña de ocho o diez años, a la que mis bastonazos no lograron más que hacer gritar cada vez más: aparecieron los vecinos, sus padres, qué sé yo... apenas pude salir bien librado sobornando con cien libras a aquellos piojosos energúmenos. Pero hubo testigos que se fijaron en el número de la casa en la que entré para buscar el dinero y eso luego me trajo complicaciones...

Toda esta existencia dichosa y despreocupada ha llegado a su fin. Jekyll me ha declarado abiertamente la guerra: No se resigna a mis excursiones, a mi presencia cada vez más activa en su intimidad. Ahora se debate como una fiera cuando me acerco a él, me impone sus obsesiones y sus limites: quiere confinarme en el tedio empeñoso de su laboratorio, en la mediocridad aterrorizada y anhelosa que llama la "morigeración" de sus costumbres. Me propina con frecuencia insoportables veladas con sus amigos, donde la diversión se reduce a una interminable charla junto a la chimenea con una copa de cognac en la mano o un ponche, si el tiempo es frío... ¡Y qué conversaciones! Jamás se atrevería a hablarles de mi, que soy lo único que le preocupa, lo único que realmente desea y por tanto lo único a lo que teme. Se retuerce para no mencionarme, sufre como un condenado pero no suelta prenda: incluso prefiere pasar por loco o por cómplice de un malvado. Garrapatea para desahogarse el diario con el que cuenta darse ánimos. Terminará matándome y ambos lo sabemos. Yo no puedo impedirlo ni librame de él antes de que encuentre la fórmula para aniquilarme. Lo que quizá sí esté a mi alcance ‑a esta posibilidad se aferra ahora todo mi rencor‑ es llevármelo por delante cuando acabe conmigo. ¡Ah, sí, miserable, ese tósigo que me preparas ha de unirnos para siempre! Ya no he de volver a mis rondas golfas de brumas jadeos, pero tú tampoco volverás tranquilamente a tu club y a tu Academia. Aunque sospecho que nada te importan, después de haberme conocido. Maldito Jekyll, ¿por qué me quitas lo que más deseas?
Monólogo décimo

Habla PIMPINELA ESCARLATA

No soy un político; se me malinterpreta cuando se supone que tengo motivos políticos para oponerme a la Revolución. Afortunadamente para mí, pertenezco a un tipo de hombres anteriores a la invención lamentable de la política. Tampoco sería exacto decir que soy un moralista, aunque evidentemente esa especie de estética de la generosidad que es la moral me parece indispensable ornato de cualquier alma noble. Pero no han sido solamente cuestiones éticas las que me han enfrentado a los sublevados franceses. La verdad es más honda, es decir, más superficial, porque en mí es precísamente lo que está más calado en mi sangre desde el pasado lo que adquiere espuma de flor de piel. Es en los gestos más irreflexivos donde realmente habla el abolengo y así se distingue al aristócrata de raza del comprador de títulos. Pues bien, la Revolución me parece una gigantesca descortesía. Es algo asi como la quiebra definitiva de las buenas maneras, sucedida precisamente en el país que las había llevado hasta su ápice. Esto no es accidental: cuando la verdadera cortesía ‑que consiste en un acatamiento instintivo del rango, sin abyección, brusquedad ni rencor‑ se diluye en remilgadas zalemas y alambicadas normas de etiqueta para bailar un rondó, algo ha quedado exangüe en la vitalidad cultural de un país. En el momento en que la jerarquía no es tradición, sino abuso, y la servidumbre deja de ser una necesaria condición social para convertirse en resultado de un expolio, la cortesía se degrada a hipócrita amaneramiento y del sagrado orden de los estados se pasa al profano y profanador Estado único. Pero, Dios mio, me estoy poniendo enojosamente doctoral, parezco uno de esos insoportables philosophes que convirtieron a Inglaterra en su ideal político de modo tan desafortunadamente intelectualista que han propiciado en Francia todo aquello que los ingleses hemos sabido cautamente evitar...

En último término, y tampoco es un secreto demasiado oculto lo que os revelo, soy sencillamente un sportsman, que es la forma más digna y menos enfática de ser aventurero para un auténtico gentleman. ¡Ah, el alba de plata de la aventura, cuando mi veloz Day Dream zarpaba hacia las costas francesas...! Y luego el disimulo excitante de los disfraces, el plan cuidadosamente trazado y la enérgica fidelidad de los compañeros de mi liga, sir Andrew Foulkes, lord Tony Dewhurst, lord Hastings... ¡Buenas cazas hicimos, a fe mía! Arrebatamos aristócratas a la guillotina de la carreta misma que les llevaba al cadalso o de las cárceles más inexpugnables. La Convención no logró hallar precaución efectiva contra nuestra audacia. En el calabozo vacío, en la posada adonde una delación secretamente intencionada llevaba a los esbirros, sólo hallaban un pedazo de papel con una pequeña flor roja y una burlona cancioncilla que subrayaba su incompetencia. Paseando por el París del terror, tras una máscara que en cualquier momento podía caer, al filo mismo de la Viuda Roja, sentí el íntimo júbilo de la verdadera nobleza: yo era el solo frente a los muchos, el elegante animal de presa que no necesita ampararse en el calor de establo de la multitud sino que prefiere la fraterna compañía de sus iguales, de sus pocos iguales. Fui el cazador que ronda cuando los demás duermen, el que no necesita centinelas que le amparen ni proclamas constitucionales que le concedan unos derechos que él sabe conquistar por sus propios medios. No fuí duro ni cruel: el fuerte no necesita serlo, aunque sabe serlo sin remordimientos. Todavía recuerdo la pequeña mano del Delfín en la mía, aquella noche de tormenta, cuando le saqué de Paris hacia la frontera y la libertad... Se durmió en mis brazos, el hijito de Luis XVI, y ya no era el pequeño rey de Francia ni yo seguía siendo sir Percy Blakeney o Pimpinela Escarlata, sólo éramos un niño con susto y frío y un hombre que le protege contra los espantos de la noche. Hubo amor también, Dios nos bendiga, y sólo por haberme proporcionado la oportunidad de rescatar a Margarita Saint-Just debo estarle eternamente agradecido al sanguinario Robespierre y demás fanáticos. Aunque lo cierto es que no me adormecí demasiado en los blancos brazos de mi actriz: no, yo debía volver una y otra vez a Francia, fascinado, cautivo... ¡Diablos, no todos los días ocurre una Revolución que le proporcione a uno un estupendo y literal deporte de reyes!

La canalla me inspira tan poco respeto que creo que me hubiera aburrido si no llego a tropezar con Chauvelin, el aristócrata traidor a los suyos que se convirtió en mi mortal enemigo. Era mi antítesis, la personificación de los estragos éticos que provocan un exceso de astucia política en una persona que por su cuna debería haber aspirado a cosas más altas que el Poder, que después de todo sólo es delegación e impotencia propia ¡Vieja comadreja de Chauvelin! A su modo, era un hombre de valía. Si no hubiese abrazado absurdamente las ambiciones y valores de rebaño, hubiera podido llegar a ser un agradable compañero en cualquier cacería o, al menos, un discreto jugador de cricket...
Monólogo undécimo

Habla PHILEAS FOGG

Señores, seré breve: no me gusta perder el tiempo. No me interesan los viajes, ni las beldades exóticas, ni los volcanes nimbados de cóndores, ni los mares atormentados, ni el hielo, ni el desierto, ni la jungla. Un tigre no es ni más ni menos notable que un coche de punto y no creo que sea motivo suficiente para extasiarse ante él la peculiaridad puramente accidental de que haya más bien pocos cerca de donde vivo, mientras que nunca me faltan coches. Un cielo perfectamente despejado o uno de nuestros londinenses días de niebla son tan pasmosos o triviales como cualquier aurora boreal: a esta última sólo la prestigian su relativa rareza y los diversos avatares geográficos que nos vedan su común contemplación. Me parece de una deplorable vulgaridad la admiración de lo lejano por lejano, de lo escaso por escaso o de lo insólito por insólito. Es como si uno alzase la casualidad a categoría estética y decidiera que sus valores se guiaran por los insignificantes caprichos del atlas. En último término, estos arrobos estereotipados me resultan sospechosos de falta de imaginación. Sí, señores, afirmo que no es la imaginación lo que nos hace salir de casa a correr mundo, sino precisamente la ausencia de ella; el imaginativo, por el contrario, puede permitirse el raro lujo de permanecer sin zozobra en su salita de estar. Todas las peripecias que necesito las obtengo cotidianamente entre las cuatro paredes del Reform Club: la estimulante y a la par exacta inventiva del Times, el masaje espiritual que comporta el criticismo del Standard, la precisión sin concesiones ni remilgos del Morning Chronicle; allí también el pellizco azaroso de una partida de whist, en que la inteligencia se ve obligada a administrar de la mejor manera posible los elementos favorables o desfavorables que le han tocado caprichosamente en suerte, y el reposo saludable y sin estridencias de una charla cortés con personas educadas...

Quizás algún oyente superficial exclame, al llegar a este punto: "Pero ¿no es aburrido hacer todos los días lo mismo?" Mi respuesta: quien se aburre con la repetición, porque es incapaz de distrutar las sutiles diferencias que ella nos trae, no logrará más que repetir su aburrimiento, cambien cuanto cambien sus hábitos cotidianos. Un espíritu verdaderamente observador, imaginativo y sensible a la variación inagotable de la vida, prefiere moverse dentro de un marco idéntico sobre el que destacan mejor las delicadas oscilaciones de lo real. Cualquiera es capaz de apreciar en qué difiere la City de las cataratas del Niágara, pero muy pocos, en cambio, pueden distinguir la City de la City, la irrepetible peculiaridad de la City de cada día: sólo por lo mucho que las cosas se parecen a sí mismas podemos estar seguros de que en algo cambian, mientras que si abandonamos nuestro decorado y costumbres a cada momento nunca salimos de entre estereotipos inmutables. Por eso quien está auténticamente enamorado de lo vario y tiene honda capacidad para disfrutarlo, no puede hacer cosa mejor que anclarse para siempre en la rutina de un club inglés. Entre sus maderas nobles y sus alfombras silenciosas, en la oscuridad cálida y vivaz de la copa del viejo sherry que preludia la cena, un prodigio se repite meticulosamente día a día: el de la estabilidad del mundo, siempre idéntico y siempre temblando un poco, como un espejismo, hacia la disidencia de sí mismo. Quien se mueve perpetuamente da por garantizada la solidez de las cosas y es incapaz de imaginarlas como no siendo o como contraviniendo lo que antes fueron: por eso gusta de acumular insulsas novedades en su repertorio de arquetipos; pero quien, más imaginativo, presiente la posibilidad del caos, goza con agradecido escalofrío de los dones de la regularidad y de la improbable reiteración de lo conocido.

Señores, rechacemos la admiración bobalicona motivada por datos extrínsecos de rareza o lejanía, que nada aportan a la naturaleza esencial de nuestra relación con el mundo. Veneremos sólo la única maravilla indiscutible que marca la inserción de lo humano en el cosmos: la puntualidad. Mitad virtud sociable y mitad profecía, en la puntualidad se dan cita nuestros más altos dones, desde la previsión científica hasta la capacidad de prometer (sello esta última, según un pensador alemán contemporáneo, de la vida civilizada), desde el rigor del cálculo hasta la energía del método y la generosidad resuelta. "Dueño de la hora" llaman los musulmanes chiítas al anhelado Mahdi cuya venida justiciera aguardan; y dueños de la hora, de todas las horas, somos quienes hemos llegado al milagro discreto de sobreponernos a la contingencia y lo arbitrario. Para el puntual no hay obstáculos, pues precisamente en el vaticinio y control de éstos reside el secreto de su exactitud. ¡Ah, señores, qué sabe el desordenado o el volatinero del júbilo implacable que produce a cada instante el cumplimiento riguroso de un horario previsto! Vencer la conspiración de las cosas que trata de retrasarnos, de desviarnos o perdernos, es una nueva tarea hercúlea, vía esforzada pero serena hacia una perfección íntima libre de arrebatos. Lo que he logrado dando la vuelta al mundo en ochenta dias no es ni más arriesgado ni más meritorió que la precisión cronométrica con la que desde hace veinte años tomo mis almuerzos en el Reform Club. Nada he ganado en este viaje que ya antes no tuviera, nada salvo el derecho a no moverme más de centro natural... ¿Y Aouda, me preguntarán ustedes? Señores, se trata sencillamente de mi mujer y yo no vengo a este club a dar publicidad a mi vida privada.
Monólogo duodécimo

Habla MEFISTOFELES

Como soy de esa raza afortunada para la que la vanidad es virtud, no he de ìncurrir en disimulos de falsa modestia y quiero proclamar que en mi ya larga carrera de tentador han menudeado mucho más los éxitos que los fracasos. Soy un científico y a esta vocación debo fundamentalmente mis triunfos; junto a tanta improvisación y tanta truuculencia barata como imperan desgraciadamente entre los nuestros, destaco como profesiónal de preparación rigurosa y metódica, poco dado a hacer concesiones al mal gusto que nos viene de la tradición hagiográfica y preocupado tan sólo de la eficacia de mi gestión. Soy destacado y por ello se confía en mí. ¿Debo decirlo todo? En el Infierno falta celo, falta pasión, entusiasmo, en una palabra: falta fuego..., que es, sin embargo, lo que a mí me sobra. Nos morimos inacabablemente de tibieza, incapaces de repetir los pasados alardes o de inventar nuevas formas de zapa. La rutina es un hielo mil veces más paralizador que el que Dante, con su gesto teatral y paradójico, puso en el corazón de nuestra Casa. Quedamos todavía algunos que nos tomamos con fervor e iniciativa creadora nuestro destino eterno... Quedamos algunos, pero nuestro nombre ya no es Legión. Si no se produce una renovación a fondo de nuestros efectivos temo que nos instalemos perennemente en la decadencia; pero ¿de dónde podría venirnos sangre nueva a nosotros, los inmortales? Y lo más curioso e irritante de todo esto es la autocomplacencia victoriosa que ha cundido entre los que, para entrar donde están, debieron antes renunciar a toda esperanza. Se repiten beatíficamente ‑¡con infernal beatitud!‑ los tópicos más abyectos y desmovilizadores: que si nuestra mejor aliada es la indiferencia, que si no hay camuflaje superior a que nadie crea en nuestra existencia real, que si todo rueda hacia abajo por ley... de gravedad y mil sandeces del mismo corte. ¡Como si la abulia teológica de los hombres, su incapacidad para cualquier esfuerzo teórico, hasta para el escepticismo agresivo, no debiera dañar a nuestra causa maldita, que desde el primer día utilizó como su instrumento privílegiado el afán de conocimiento y esa duda corrosiva que sólo fructifica en quienes se toman muy en serio las ideas! ¡Como si la inercia no funcionase manteniendo precisamente el orden contra el que nos sublevamos y que sólo nuestro empeño subversivo, nuestra imaginación destructora, puede comprometer... o quizá corroborar definitivamente! Pero, alto, basta de quejas; cada uno debemos llevar resignada o desesperadamente nuestra cruz, que a fin de cuentas es para todos la misma: no podemos evitar que el omnipotente sea siempré Otro.

Entre tantos éxitos, un fracaso. ¡Y qué fracaso! Una equivocación que ha alcanzado dimensiones cósmicas, una derrota que los comentaristas rencorosos han querido convertir en signo seguro de que el mal tiene en último término la partida perdida. Un personaje de mi valía tiene forzosamente que abundar en enemigos; en este mundo y en el otro sobran envidiosos que acechan con delicia el traspié de los grandes. Además sirvo a una causa milenariamente calumniada. Nada más lógico, pues, que se haya celebrado con tal bombo y platillo mi modesto tropezón. "Dejaste escapar el alma de Fausto ‑me gritan hasta las piedras; fuiste engañado, le serviste con obsequiosidad de esclavo y no lograste más que allanarle el camino hacia la salvación eterna..." ¡Qué manera de simplificar las cosas, de juzgarlas con más partidismo que penetración! ¡El alma de Fausto! Pero ¿es que acaso tenía Fausto un alma? Así lo pensé, lo esperé, durante todo el tiempo que estuve a su servicio... Sólo su alma podía compensar las molestias que me tomaba por él. Aunque esto del alma hay que entenderlo bien: yo no quería llevarme el alma de Fausto a una caldera de pez hirviente ni someterlo a alguna otra fastidiosa penitencia de las que abundan en el Erebo cantado por el florentino e ilustrado por Doré. ¡Por favor, todo eso son niñerías y no soy un adolescente sádico, sino un científico, como antes he dicho ya! No, mi táctica, es decir, nuestra táctica ‑ahora sí que me llamo Legión‑ para hacernos con el alma codiciada consiste en introducir en ella el principio opuesto a lo que esencialmente la constituye. Hay que estudiar previamente el alma y atacarla hincando en su núcleo más íntimo lo que mejor puede desmentirla: así atacamos la pureza con el desenfreno, pero también sabemos tentar a la alegría con el ascetismo; al contento de sí mismo lo destruimos con la compasión, mientras al modesto e inseguro lo emborrachamos de súbita suficiencia. Es toda una ciencia, incluso diría que un arte: consiste en impedir que cada alma llegue a ser plenamente lo que es.

Me equivoqué con Fausto: lo reconozco, pero no con humildad sino con luciferino orgullo. Fue un error grandioso, inolvidable. Hice mis cálculos con toda sutileza, sondeé durante largos años su conducta, interrogué en sueños a sus más próximos allegados. Fue un estudio perfectamente riguroso y verificado de manera impecable: el alma de Fausto estaba hecha de la más sólida y noble autonomía de contentos y quereres. Se bastaba a sí misma y bebía en su propio pozo la esquiva plenitud. Le ataqué, pues, con la insatisfacción de sí mismo, con el anhelo de lo ajeno, de lo exterior, con el vértigo de empresas amatorias o políticas que le desviasen a su fuerza propia. Terrible equivocación; lo admito. Aquel miserable no tenia alma ninguna y por eso parecía rebosante de ella: estaba poseído por el frenesí inacabable de los proyectos, por el hacer y hacer de nuevo sin otra meta que la acción misma... Le proporcioné lo más acorde con su vacua naturaleza; pienso que fue él, en realidad, quien me tentó a mí. Sí, fui yo, sólo yo y no Dios, quien salvó a Fausto:
Monólogo decimotercero

Habla SIMBAD

¡Ensalzado sea Alá, el Unico, el Magnífico, el Misericordioso, que no soporta la cárcel del Nombre ni el remedo de la Imagen, fuera del cual no hay fuerza ni poder! Habéis de saber, nobles amigos, que cierto día me encontraba yo en mi espléndida casa de Bagdad, rodeado de la más grata compañía de preciosas muchachas y esbeltos tañedores de cítara, degustando manjares muy selectos y aromado por sutiles perfumes ‑¡gracias sean dadas a la misericordia de Alá, a quien todo lo debo!‑ cuando escuché a mi puerta el gemir lamentable de un desdichado: "Estoy cada vez más cansado, mi vida es extraña y mi carga ha crecido. Otros, felices, no sufren desgracia alguna: el destino no ha dado nunca a nadie una carga como la mía. Otros disfrutan de alegría y poder, de comida y bebida. De una misma gota de esperma venimos todos los hombres, pero hay entre nosotros tanta diferencia como la que distancia el vino del vinagre. No te lo digo como reproche, Señor, pues eres sabio y tus decisiones son justas". Conmovido al escuchar esta queja, hice pasar al triste. Era un pobre y harapiento cargador de rostro ajado, que miraba las flores y las sedas con ojos extraviados. Me dijo que su nombre era Simbad, como el mío, y se deshizo en excusas por haber turbado con lamentación inoportuna el júbilo de mi festín. Había decidido desde un principio darle una generosa limosna, pues Alá ha puesto en mi pequeñez una gota de su naturaleza compasiva, pero quise acompañarla de una oportuna lección quc diera al hombre resignación para sobrellevar su miseria y moderase su lógica envidia a los ricos. Así que le senté en un mullido cojín a mis pies y comencé a narrarle la historia de mi vida:"Has de saber, cargador, que llevas el mismo nombre que yo. Soy Simbad el Marino. Quiero contarte todo lo que me ocurrió antes de conseguir esta felicidad en que me ves: no la he logrado más que después de sufrir grandes fatigas, enormes dificultades y mucho miedo. ¡Cuántas veces, durante mis viajes, envidié incluso el mísero sosiego del último pordiosero...!".

Luego inicié el relato de aquellas aventuras portentosas que me son tan conocidas y cuya complejidad recorro como quien pasea por un sendero alisado por miles de pies viajeros. Hablé de mi desembarco en una extraña isla, cubierta de arena y palmeras, que resultó ser un leviatán marino y se sumergió cuando encendimos tranquilamente fuego en lo que tomamos por una serena playa; le conté mi encuentro con el terrible viejo que en otra remota isla me convirtió en su cabalgadura y estuvo a punto de matarme con una extenuante esclavitud; no pasé por alto mi encuentro con el gigante negro que devoró a tantos infortunados y del que escapé cegando mientras dormía su único ojo con una estaca ardiente. Cuando hablé de los caballos marinos, que salen por la noche del océano para fecundar a las yeguas de cierto sultán llamado Mirhadján, los ojos del cargador parecieron animarse un poco; cuando le conté mi audaz huida del terrible Valle de las Serpientes, cuyo suelo está empedrado de diamantes y cuyos flancos son inaccesibles, pero del que logré salir asido a una res muerta a la que un águila remontó en sus garras, le vi estremecerse; luego le referí que cierta bestia portentosa, el rinoceronte, es capaz de ensartar a un elefante en su cuerno y, llevándolo así empalado, seguir pastando tranquilamente hasta que la grasa derretida del cadáver le ciega y se tumba en el suelo, con lo que se convierte en presa del monumental pájaro rock o rujj, que se lo lleva como alimento a sus desaforadas crías: entonces vi a mi pobre oyente sonreír como un niño.



Entendedme bien, nobles amigos, yo no soy mentiroso ni quiero vanagloriarme: sólo a Alá le es debida la gloria, pues fuera de él no hay poder ni fuerza. Cierto es que yo jamás he viajado y que las hermosas leyendas que narro las he escuchado a marinos parlanchines o a eunucos sentenciosos, pero no las cuento para ensalzarme sino para imbuir en mis oyentes admiración por la justicia divina y resignación con su suerte. Mi fabulosa riqueza es puramente hereditaria, la recibí de mi buen padre, al que Alá haya premiado, y no he sido capaz en toda mi vida ni de gastarla ni de acrecentarla. Pero me gusta presentarla como fruto arriesgado de esos extraordinarios viajes que nunca he podido o querido hacer; de peligros que no he necesitado correr, pues a las mentes sencillas les parece más justo que la riqueza recompense el esfuerzo en vez de coronar el azar. Cuando acabé mi relato, ordené que dieran a Simbad el cargador una bolsa con cien mezcales de oro. Me dio las gracias conmovido y luego me dijo, como quien recuerda un sueño: "Has de saber, generoso señor, que hay otro camino para salir del Valle de las Serpientes, aunque es aún más terrible que el que tú tomaste y tiemblo con sólo recordarlo". Después besó la limosna y salió de espaldas, con una interminable reverencia. ¡Qué inescrutables y milagrosamente justos son los designios de Alá, el único en verdad poderoso, y qué ridículos los mortales que sueñan con entenderlos en lugar de acatarlos ciegamente!
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