Creo en breve exposición de las 27 creencias fundamentales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día



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Creencias Fundamentales

CREO EN...
Breve exposición de las 27 creencias fundamentales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día

1. LAS SAGRADAS ESCRITURAS
El Dios de la Biblia es un Dios que se nos revela. No nos deja solos en nuestra condición de seres perdidos, apartados de El por el pecado. Viene a nosotros mostrándonos su carácter, revelando su voluntad, ofreciéndonos la salvación que ha provisto. Es el Dios que habla: "Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo" (Heb.1:1,2).
Las Sagradas Escrituras, que comprenden el Antiguo y Nuevo Testamento, son el registro vivo de la voz de Dios. Son más que la historia de encuentros divinos producidos en el pasado, más que monumentos a la fe de generaciones anteriores; son la palabra de Dios. Fue Dios el Espíritu Santo quien la trajo al inspirar las mentes de los escritores bíblicos (2 Ped.1:20,21). El mismo Espíritu se mueve hoy en las Escrituras dirigiéndose a nosotros personalmente, llamándonos a que volvamos a Dios, convenciéndonos de pecado, iluminando nuestras mentes y atrayendo nuestros corazones: "Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones" (Heb.3:7,8). Puesto que Dios es el autor de las Escrituras, éstas son inmutables y vivientes.
A semejanza de Jesús, el encarnado Hijo de Dios, las Escrituras son la Palabra hecha carne (Juan1:14). Son una fusión única de divinidad y humanidad. Dios no dictó las Escrituras, tampoco nos las dio en un lenguaje de otro mundo. Más bien movió a la gente; a personas con variados antecedentes, a gente culta y a gente con escasa educación; a gente de sangre real y a gente común. Inspiró sus mentes con el mensaje divino para la humanidad; luego ellos expresaron las ideas divinas en sus propias palabras.
Así la Biblia es completamente humana, pero más que humana. A través de sus palabras humanas, pensamientos, historia y normas, Dios habla. Aunque la Biblia tiene muchos escritores, tiene, sin embargo, un Autor.
Las Escrituras son autoritativas. Nosotros debemos creer en ellas y practicar lo que mandan. Toda opinión humana debe ser sometida a prueba por la Escritura. Ellas son, en todas sus partes, la verdad infalible. Las Escrituras pueden hacernos sabios "para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús" (2 Tim.3:15). Son infalibles en la exposición del plan de Dios para la redención de la humanidad perdida. Tanto en el Antiguo Testamento como en l Nuevo Testamento el plan es el mismo, y se centra en Jesucristo. Toda la Escritura, trátese de la profecía en el Antiguo Testamento o de su cumplimiento en el Nuevo, testifica de El (Juan 5:39; 1 Ped.1:10,11). El, la Palabra de Dios que se hizo carne (Juan 1:1,2,14), es la persona central de la Palabra escrita de Dios.
Norma Inmutable

Puesto que Dios no cambia, la revelación de su carácter en las Escrituras es inmutable. Dado que su manera de salvar a los hombres y mujeres perdidos es una, la descripción bíblica de esa manera nunca puede ser invalidada. Siendo que su voluntad es firme, la función didáctica de las Escrituras es indispensable. Y, puesto que son la Palabra de Dios, nos llaman a todos a la salvación y obediencia. En un mundo de fluctuación y cambio, de valores variables y de conflictivos reclamos de verdad, ellas siguen siendo la única norma infalible. Son lámpara a nuestro camino (Sal.119:105). Prueban nuestra experiencia, no sea que caigamos presa de nuestros propios sentimientos. Nos dicen cómo vivir día tras día. Nos apartan de las arenas movedizas del error. Nos guían a través de los peligros de los últimos tiempos. Nos recuerdan que somos hijos e hijas del Dios vivo, formados por El, amados por El, aceptados por El en Jesucristo y destinados a vivir con El eternamente (2 Tim.3:16,17). En ellas hallamos a Jesús, la palabra hecha carne, nuestro Salvador y Señor. Cuando nos nutrimos de ellas, "renacemos" 81 Ped.1:23) y somos transformados diariamente a su imagen (2 Cor.3:18).


Así, las Escrituras son nuestra luz, nuestro alimento, nuestro refugio. Tal como guiaron al pueblo de Dios en todos los tiempos, ellas son aún "el gozo y la alegría" de nuestros corazones (Jer.15:16), nuestro solaz en la aflicción, nuestro consejo en la prosperidad y nuestra esperanza de vida eterna.
Cuando abordamos el estudio de las Escrituras debemos recordar su carácter particular. Los medios comunes de investigación son inadecuados; necesitamos la guía del Espíritu Santo. Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente (1 cor.2:11-14). Debemos ser susceptibles de aceptar las Escrituras como la Palabra de Dios, estar listos para recibir la instrucción que Dios tiene para nosotros. "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" (Apoc.2:7,11,17,29; 4:6,13,22).
La invitación del Señor a todos los hombres y mujeres es: "Gustad, y ved que es bueno Jehová" (Sal.34:8). A cada uno que abre la Biblia con corazón anhelante, El se revela a sí mismo como su Autor. Las Sagradas Escrituras viven con su vida: El, el Dios que habla, aún habla hoy.
Lectura auxiliar: Prov.30:5,6; Isa.8:20; Juan 10:35; 17:17; 1 Tes.2:13; Heb.4:12.

2. LA TRINIDAD
Aunque otras religiones incluyen una "trinidad" en sus panteones, sólo es cristianismo se destaca por una creencia general en un Dios triuno, un verdadero Dios viviente (Deut.6:4), que existe en una unidad de tres Personas distintas, coeternas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las Personas divinas en esta Deidad triuna son inmortales, omnipotentes y omnisapientes.
La Deidad es infinita y está más allá de toda comprensión humana. Sin embargo se la puede conocer hasta donde ha decidido revelarse. Los miembros de la Divinidad se han revelado a sí mismos por medio de las obras de sus manos manifestadas en la naturaleza, en circunstancias providenciales, en la Palabra escrita: la Biblia, y en la Palabra viviente: Jesucristo.
Las Escrituras enseñan que el Dios único existe como tres personas distintas, la Trinidad:

  1. Dios el Padre: "Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el padre, del cual proceden todas las cosas" (1 Cor.8:6)."Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos" (Efe.4:6).

  2. Dios el Hijo: "porque en él (Cristo) habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Col.2:9). "Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y salvador Jesucristo" (Tito 2:13).

  3. Dios el Espíritu Santo: "Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?... No has mentido a los hombres, sino a Dios" (Hech.5:3,4). "Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu... Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor.2:10,11).

 

En la Biblia, las tres personas de la Divinidad se presentan interrelacionándose entre sí de la misma manera que los hombres. Usan pronombres personales cuando hablan de uno y otro (véase Mat.17:5; Juan 16:13,28; 17:1). Se aman y glorifican el uno al otro (véase Juan 3:35; 15:10; 16:14). El Padre envía al hijo (mat.10:40), el Hijo ora al Padre (Juan 17:18) y el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo como su representante (Juan 14:26; 16:7). Las personas de la Deidad son tan distintas que pueden hablar entre sí, amarse recíprocamente y actuar relacionadas una con otra. Cada una de ellas tiene también una obra en particular que realizar aún cuando cooperan en actividades conjuntas tales como la creación y redención.


  La afirmación bíblica "Dios es amor" (1 Juan 4:8) se aplica perfectamente bien a cada persona de la Deidad. El hecho que Dios sea amor desde la eternidad presupone que hay más de una persona en la Divinidad. Si hubiera sido una persona en la eternidad su amor se habría limitado a sí mismo.
  Aunque ningún pasaje bíblico individual formula la doctrina de la Trinidad, los escritores bíblicos la dan por sentada y la mencionan varias veces. Está implícita en Génesis 1, donde se presenta a Dios y su Espíritu Actuando en la creación. El Nuevo Testamento aclara que Cristo también participó en la creación específicamente como Creador (Juan 1:3; Col.1:16,17; Heb.1:2). Mateo 28:19 ordena el bautismo "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Aquí la doctrina de la Trinidad parece presentarse de un modo tal que le da fuerte énfasis como un punto de fe.
  En el bautismo de Cristo la realidad de una Deidad triuna se hizo evidente en la aparición de las tres Personas en un mismo momento. Mateo 3:16,17 describe a Dios el Hijo, Jesús, al ser bautizado. El Espíritu de Dios se manifestó en forma de paloma que descendió sobre El. Al mismo tiempo se oyó la voz de Dios el padre proclamando: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia".
  Lucas 1:35 incluye a las tres personas de la Divinidad en el anuncio del ángel a María acerca de que ésta había sido elegida para ser la madre del Mesías. El Espíritu Santo vendría sobre ella. El poder del Altísimo la cubriría con su sombra. Y el Hijo de Dios nacería de ella.
  Jesús reconoció la distinción que diferenciaba a las personas de la Divinidad cuando afirmó: "Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del padre, él dará testimonio acerca de mí" (Juan 15:26).
  La doxología o "bendición apostólica" de Pablo también refuerza esta enseñanza. En una oración dirigida a Cristo pidiéndole gracia, al Padre amor, y al Espíritu Santo comunión, el apóstol incluye las tres personas de la Deidad: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén" (2 Cor.13:14).

 

Pruebas tradicionales de Dios

Sólo por fe podemos aceptar la existencia de la Trinidad. Sin embargo, la razón provee evidencias que corroboran nuestra creencia en Dios. A través de los siglos los teólogos han elaborado lo que se conoce como pruebas tradicionales de Dios. Estas son:

 


  1. La prueba moral: La búsqueda de cada persona del "bien más elevado" implica la existencia de un Ser moral. La conciencia y la moral distinguen a los humanos de lo animales. Debe haber una fuente de moral humana coherente e independiente: Dios.

  2. La prueba mental: Las cualidades de la mente, la imaginación y la inteligencia humanas pueden explicarse solamente postulando la existencia de un Ser omnisapiente.

  3. La prueba cosmológica: Puesto que cada efecto debe tener una causa, una cadena interminable debe retroceder hasta la gran "Causa Primera" o l "motor Original". Las cosas no pueden surgir de la nada.

  4. La prueba teleológica: Las intrincaciones de estructura y diseño halladas en la naturaleza -que se extienden desde la mariposa hasta el cerebro humano- hacen necesaria la existencia de un Diseñador inteligente. Debe ser difícil para alguien que alguna vez haya construido una computadora creer que la fabulosa computadora conocida como cerebro humano pueda desarrollarse por casualidad.

  5. La prueba ontológica: Anselmo, el arzobispo de Canterbury del siglo XI, definió a Dios como "un Ser del cual nada superior puede concebirse". El razonó que dado que la vida tiene que ser parte de tal Ser perfecto y necesario, éste realmente debe existir. Si es posible concebir que Alguien así exista, entonces debe existir en la realidad.

  6. La prueba experiencial: Las experiencias religiosas tan difundidas indican que debe haber algo o Alguien detrás de ellas. El hecho de que tanta gente por doquier haya tenido un conocimiento vivencial de Dios, hace probable la existencia de un Ser que creó el mundo y lo sostiene.

 

Estas "evidencias de Dios" han tenido sus defensores y detractores desde el primer momento en que fueron enunciadas. En el último siglo se ha advertido la presencia de los últimos más que de los primeros. Pero desde hace poco tiempo, muchos filósofos y teólogos que se ocupan de estos temas analizan las antiguas evidencias con un nuevo enfoque, tomándolas más en serio, adaptándolas y actualizándolas para que concuerden con las creencias del presente.


  Sin embargo, más allá de estas pruebas racionales, Dios nos invita a que lo conozcamos por experiencia. El Dios triuno promete: "Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón" (Jer.29:13).
Lectura auxiliar: Deut.29:29; Efe.4:4-6; 1 Ped.1:2; 1 Tim.1:17.


3. EL PADRE
Mucha gente, hastiada del culto al yo, hoy está buscando algo mejor. Y hay algo mejor, algo más reconfortante: conocer a Dios. Afortunadamente, El quiere que lo conozcamos. De allí que se haya revelado a sí mismo de tantas maneras: la primera de todas, en la Biblia.
La Escritura no hace ningún intento directo de probar la existencia de Dios, la da por sentada. Sus primeras palabras: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Gén.1:1), indican mucho acerca de El. Antes que el mundo existiera, Dios existía. Es el Creador y la Fuente de la materia y la vida.
No obstante, hay mucho acerca de su naturaleza intrínseca que nosotros no conocemos porque no nos lo ha revelado. Entre estos ítems se encuentran el hecho de que pueda ser eterno, infinito y omnipresente, y la naturaleza de su esencia. Pero esta última se comprende hasta cierto punto gracias a la forma como nos trata y también por lo que nos dice acerca de sí mismo. La revelación central de sí mismo es su promesa de "amor constante".
El Nuevo Testamento lo representa como nuestro amante Padre Celestial (Mat.5:45; 1 Juan 4:8). Por medio de la adopción por Cristo llegamos a ser sus hijos e hijas (Juan 1:12,13). Dios nuestro Padre celestial no es simplemente una especie de fuerza impersonal.
La declaración de Jesús a la mujer en el pozo de Sicar acerca de que "Dios es Espíritu" (Juan 4:24) no fue hecha con el propósito de señalar que Dios carece de forma, o de un centro para sus actividades y ser. La aseveración de Cristo tiene que ver con poder y cualidad más bien que con esencia de ser. La naturaleza del Dios infinito está mucho más allá de la comprensión de los humanos finitos y no se la debe confundir con la nuestra. El es sobrenatural y excelso por encima de nuestra capacidad de imaginación. Existe en un plano o dimensión que es incomprensible para nosotros.
Empero, el concepto hebreo de espíritu es más concreto que abstracto. Dios ocupa espacio a pesar de ser invisible para los humanos. Fuimos formados a su imagen (Gén.1:27), lo que indica que El tiene una forma específica. A través de toda la Biblia se lo presenta como a una persona. Aunque sin duda los términos usados en las Escrituras para describir a Dios fueron seleccionados porque así serían más fácilmente comprendidos por los seres humanos, éstos lo representan como a una persona. El habla, oye, ve y escribe. Lamenta, sufre, muestra enojo y gozo. Tiene voluntad (2 Cor.1:1; Sal.40:8), juzga (Rom.2:16; Sal.7:11), perdona (Isa.55:7), y guarda secretos (Deut.29:29). Sin embargo El es superior a todo; todo lo creó y todo lo sostiene. Es omnipotente (Apoc.19:6), alto y sublime (Isa.57:15), omnisciente (1 Juan 3:20), tiene infinita sabiduría (Efe.1:8), es eterno e inmortal (1 Tim.1:17) y omnipresente (Sal.139:7; Jer.23:24); en su accionar está libre de toda limitación de espacio.
Además, en Dios se centra la autodeterminación y autodirección de lo que está pasando en nuestro Universo. Concibe propósitos y actúa para lograr que sus objetivos sean finalmente llevados a cabo y consumados.
Las cualidades y poderes exhibidos en Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo también nos revelan cómo es el padre.
Lectura auxiliar: Apoc.4:11; 1 Cor.15:28; Juan 3:16; Exo.34:6,7; Juan 14:9.


4. EL HIJO
Nuestra esperanza de salvación se centra sólo en Cristo. El término por medio del cual se lo conoce, Hijo de Dios, refleja su lugar en el plan de salvación, un papel establecido antes que el mundo fuese creado. Nació en este planeta en forma humana (Heb.1:5,6). Antes de su encarnación existió como Dios en el sentido más completo y elevado desde la eternidad. El es Dios en naturaleza, poder y autoridad (Juan 1:1,2; 17:5,24; Fil.2:6).
Cristo es el Creador de todas las cosas (Juan 1:3; Col.1:16,17; Heb.1:2). Después que Adán y Eva pecaron, Cristo tuvo contacto estrecho y continuo con el mundo. El era el miembro de la Deidad que se despojaría a sí mismo, sería "hecho semejante a los hombres" y se haría obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil.2:7,8). Por medio de El, se revela el carácter de Dios a la humanidad caída, se consuma su salvación y el mundo es juzgado (Juan 5:25.29). Dios verdadero y eterno, Cristo se hizo real y completamente humano. Cientos de años antes de que viniera al mundo, los profetas predijeron su nacimiento virginal y el lugar del mismo, Belén (Isa.7:14; Miq.5:2). Concebido del Espíritu santo y nacido de la Virgen María, creció en Nazaret, una aldea montañosa de Galilea.
Durante su vida en la tierra Jesús experimentó la tentación como ser humano pero nunca pecó, ejemplificando así excelentemente la justicia y el amor de Dios y dándonos el modelo perfecto para que lo imitemos (Heb.2:16-18; 1 Ped.2:21,22).
Cristo vivió humilde y generosamente. Como niño, adolescente y joven, ayudó en la carpintería de Nazaret. Siempre fue amable y se interesó por los demás. Cuando tuvo alrededor de treinta años de edad (Luz.3:23) fue bautizado por Juan el Bautista -por inmersión- en el río Jordán (Mat.3:13-17). No fue bautizado con el fin de purificarse del pecado, puesto que El nunca había pecado, sino para "cumplir toda justicia" (vers.15). Por el bautismo se identificó a sí mismo con los pecadores, dando los pasos que nosotros debemos dar y haciendo lo que nosotros debemos hacer.
Cuando Jesús fue bautizado, el Espíritu Santo descendió sobre El en forma visible, como paloma, y la voz de Dios desde el cielo pronunció las palabras: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (vers.17). Después de este acontecimiento Jesús pasó alrededor de tres años en un ministerio de amor y altruismo, procurando dar el mensaje evangélico al rico y al pobre, al judío y al gentil.
Por medio de milagros, incluyendo los de saneamiento y aún de resurrección de muertos, Jesús manifestó el poder y cuidado amoroso de Dios y dio testimonio de que era el Mesías prometido.

Sus enseñanzas eran inigualables en su sencillez, atractivo y poder para cambiar los corazones y las vidas. Aun los oficiales enviados para arrestarlo en un momento de su ministerio, no pudieron hacerlo porque el poder y la sensatez de sus enseñanzas los impactó. Cuando se les preguntó por qué no lo habían aprehendido sólo pudieron responder: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!" (Juan 7:46).


Antes de la fundación del mundo la Deidad había preparado un plan para hacer frente a la contingencia de que el pecado se levantara en la tierra (Efe.1:4). Por medio de la muerte de Cristo todos los que lo aceptaran se convertirían en hijos de Dios y serían herederos de la vida eterna (Juan 3:16; 1 Juan 5:11,12). Cuando Jesús estuvo preparado para comenzar su ministerio, Juan el Bautista lo señaló como "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Concluyó su ministerio abnegado con el máximo sacrificio: entregar su vida para proporcionar a los seres humanos la posibilidad de escapar del pecado y sus consecuencias.
Jesús sufrió y murió voluntariamente en la cruz del Calvario por nuestros pecados y en nuestro lugar. Pero ni la muerte ni la tumba pudieron retener al Creador. Fue levantado de los muertos y ascendió al cielo después de aparecer varias veces a sus discípulos y comisionarlos para que llevaran adelante la obra del Evangelio que El había comenzado durante su breve ministerio.
Cuando ascendió, no abandonó ni olvidó a su pueblo que está en la tierra, sino que inició un nuevo ministerio de intercesión y preparación de su pueblo para que ocupe un lugar en el reino que piensa restaurar en este mundo.
Pronto Cristo vendrá nuevamente en las nubes de gloria con sus santos ángeles para la liberación final de su pueblo y la restauración de todo lo que se había perdido a causa del pecado.
El corazón de la Biblia es Jesucristo. El es el centro de todos los puntos de fe de los adventistas del séptimo día. "En él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hech.17:28). Es nuestro amor a Cristo lo que nos mueve a obedecer sus mandamientos, seguir su ejemplo y rendirle nuestras vidas de modo que pueda morar en nosotros por el Espíritu Santo.
Lectura auxiliar: Luc.1:35; Juan 1:1-3,14; 5:22; 10:30; 14:9; Rom.5:18; 6:23; 1 Cor.15:3,4; 2 Cor.5:17-21; Heb.4:15; 7:25; 8:1,2; 9:28; Apoc.22:20.


5. EL ESPIRITU SANTO
La luz de las lámparas flameaba en el aposento alto mientras los discípulos conversaban con su Maestro. Las preguntas que le formularon después de estar con El durante tres años demostraron que no entendían aún claramente la razón de su misión en la tierra. Continuaban esperando que El librara a su nación de la dominación romana. A medida que procuraba prepararlos para los tremendos acontecimientos que ya estaban casi sobre ellos, Jesús percibía su confusión. Para mitigar sus temores con respecto al futuro les habló de la dádiva que su Padre y El le darían al mudo: el Espíritu Santo. "Nos os preocupéis por el futuro", les dijo. "tendréis mi presencia con vosotros en la forma del Espíritu Santo. El os guiará y os sostendrá en toda experiencia, por difícil o penosa que sea".
Como uno de los miembros de la Deidad, el Espíritu Santo es una persona, y es completamente divina. Participó activamente con el Padre y el Hijo en la creación y ha estado estrechamente comprometido desde entonces en el plan de redención.
Juan 14,15 y 16 registran la descripción que hizo Cristo de la obra del Espíritu Santo. Se lo llama el Espíritu de verdad (14:17), que sería enviado en el nombre de Jesús (vers.26) para morar con los discípulos (vers.17). "El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (vers.26). Fue enviado para dar testimonio de Jesús (15:26). Y dado que El no está limitado por tiempo ni espacio, puede representar a Jesús ante el mundo en todo tiempo y lugar.
Además de trabajar con los discípulos de Cristo capacitándolos para que llevaran a cabo su misión, el Espíritu Santo estaría presente entre los inconversos, convenciéndolos de pecado, de justicia y de juicio (16:8).
Posiblemente se comprenda menos la persona y la obra del Espíritu Santo que la de los otros dos miembros de la Divinidad. Ello se debe a que la naturaleza de su obra es presentar a Cristo y al Padre antes que a sí mismo. Por medio de su ministerio, los santos hombres de Dios escribieron las Escrituras que dan testimonio de Jesús (2 Ped.1:21). Llenó la vida de Cristo de poder. Por medio de su ministerio las Escrituras cobran vida para nosotros hoy, haciendo real a Cristo, sensibilizando nuestros corazones al Salvador y capacitándonos para que vivamos para El.
El Espíritu Santo está involucrado en cada experiencia de nuestra vida cristiana. Cuando acudimos a Dios es porque el Espíritu ha estado trabajando en nuestros corazones para darnos el deseo de aprender acerca del Señor y de vivir como El anhela que lo hagamos. Cuando queremos conocer más acerca de Dios en la Biblia y pedimos entendimiento, el Espíritu Santo nos guía a los pasajes que deberíamos estudiar, nos ayuda a obtener, por medio de nuestro estudio y de las impresiones divinas, una clara comprensión del significado de dichos pasajes y nos enseña a aplicar en nuestras vidas lo que hemos leído. Luego nos da fortaleza para vivir las verdades que hemos asimilado. Cuando nos sentimos apenados por nuestros pecados y nos arrepentimos es porque el Espíritu Santo ha estado obrando. Todo lo que entendemos de Dios y Jesús, lo comprendemos más claramente porque el Espíritu Santo, humilde y calladamente, ha estado realizando en cada persona el trabajo que le fue encomendado.
El también fortalece a la iglesia y a los individuos por medio de los dones espirituales, algunos de los cuales son espectaculares en su naturaleza mientras que otros son menos dramáticos pero igualmente esenciales. Varios de ellos se mencionan en Efesios 4:11: "Y el mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros" (Véase también Rom.12:6-8; 1 Cor.12:4-11, 28:31; 13:1-4). Según se menciona en los primeros y en los últimos versículos de la Biblia, el Espíritu Santo desempeñó un papel activo en la creación, encarnación y redención. Como representante personal de Jesús, hace por la gente todo lo que El haría si estuviera físicamente presente.
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