Creer de otra manera



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Andrés Torres Queiruga

creer de otra manera




http://servicioskoinonia.org/biblioteca/bibliodatos1.html?teol01

Introducción


  1. La incapacidad humana de "hablar bien" de Dios

1.1 El problema general

1.2 Intensificación del problema: la crisis de la modernidad

2. Los problemas derivados de una mala lectura de la Biblia

2.1 La crítica bíblica y el desfase cultural de la teología

2.2 La pervivencia difusa de una visión "mítica"

2.3 Lectura deformada del ciclo de la creación

2.4 Lectura deformada del ciclo de la redención

2.5 Las consecuencias en la espiritualidad

3. Las anomalías debidas a una mala asimilación de la cultura

3.1 Intervencionismo divino

3.2 Revelación milagrosa y autoritaria

3.3 Autoritarismo institucional

3.4 Espiritualismo y moralismo

4. Perspectiva positiva: "echarle una mano a Dios"


0. Introducción

Inicialmente pensadas y escritas para un congreso organizado en La Coruña por la revista Lumieira, estas páginas no estaban destinadas a una publicación aparte. La sugerencia de personas amigas y —por qué no decirlo— mi propia impresión de que podían hacer algún bien en las actuales circunstancias, me han animado a ir más allá del propósito inicial. Tengo la esperanza de que pueden servir de cierta ayuda para superar ese terrible desencuentro entre la religión y la cultura, que amenaza de manera muy radical la credibilidad y aun la comprensión misma de la fe en nuestros días.

Con la entrada de la Modernidad se ha producido, en efecto, una situación peligrosamente dual. Mientras la cultura secular, espoleada por los descubrimientos de la ciencia, por la renovación de la filosofía y por un inédito sentimiento de la libertad, la igualdad y la autonomía, avanzaba decidida —a veces incluso con optimismo excesivo e ingenuo— hacia nuevos horizontes, la cultura religiosa, sintiéndose custodiadora de una tradición secular y frenada por el peso de una institución sacralizada, tendió a mantenerse fiel a las formas del pasado. La novedad fue demasiadas veces sentida como amenaza y los intentos de cambio, como ataque a la pervivencia.

Ha habido, claro está, esfuerzos de renovación y avances notables en algunos puntos. Pero, por lo general, ha prevalecido el espíritu restaurador, es decir, la vuelta a las soluciones del pasado para responder a las preguntas del presente: las distintas y recurrentes neo-escolásticas son buena prueba. Y aun allí donde el avance se ha logrado, existe casi siempre una enorme reticencia a hacerlo público, por temor al "escándalo" de los fieles. El resultado es que el verdadero escándalo se produce, cuando datos que son pan cotidiano en los manuales de teología saltan a los periódicos como peligrosos descubrimientos para la fe: que si no ha habido un Paraíso con Adán, Eva y la serpiente; que los Magos y su estrella, la matanza de los inocentes y la huida a Egipto no pretenden ser narración de hechos reales; que en numerosas e importantes cuestiones los Evangelios no concuerdan entre sí... sirven de blanco para el ataque desde fuera y ponen, dentro, la fe en cuestión para muchos. Todo, porque en la predicación, la catequesis y a veces hasta en las clases no se aclaran a tiempo conceptos elementales, hace ya largo tiempo adquiridos por la teología e incluso sancionados por el Concilio Vaticano II.

Tal actitud puede parecer prudente y aun "piadosa". A la larga acaba siendo suicida para la fe. Porque la renovación cultural y su choque inevitable con muchas de las "formas" en que se expresa la fe no constituyen ya algo reservado a las minorías, sino que, por la escuela, los medios de comunicación y la misma ósmosis ambiental, alcanzan a todas las capas de la población. Es lo que me comentaba una profesora de primaria: hablando de Noé y de su recoger en el Arca una pareja de cada animal, saltó el típico niño espabilado: "profe, eso es imposible, porque, si metiese las termitas, le comían el Arca". O aquello que cuenta Antoine Delzant: "Un chiquita —3º de primaria— se encuentra en la liturgia de la parroquia: 'Entonces, ¿qué es lo que forman los amigos de Jesús'?, pregunta la catequista. Respuesta mínima: 'un conjunto'"1.

Las respuestas nos hacen sonreír. Pero apuntan a un problema serio: o logramos cambiar muy hondamente las palabras y conceptos con que expresamos y vivenciamos nuestra fe, o la hacemos incompresible e increíble para las nuevas generaciones. O creer de otra manera o exponerse a no poder creer. Contribuir a ese cambio, ofreciendo un panorama de muchos de los temas que hoy están en la mente y la preocupación de todos, es el intento de estas páginas.

Intento osado, sin duda, pues ofrecer un cuadro tan amplio está lleno de dificultades de todo tipo. Pero cada vez es más fuerte mi convicción de que, más que las dificultades u objeciones particulares, lo que de verdad se opone a la comprensión y vivencia de esa maravilla que es la "figura de la fe" —cuando, aunque sea desde muy lejos, se ha descubierto algo del verdadero rostro del Dios de Jesús— es la deformada visión global que se ha ido configurando en el imaginario colectivo. Se proclama sinceramente su amor y su perdón, se le confiesa como salvador; pero luego se siguen alimentando imágenes, estereotipos e ideas que lo contradicen clamorosamente. Tony de Mello solía decir que de Dios decimos tranquilamente cosas que no osaríamos afirmar de ninguna persona decente. Realmente urge un gran esfuerzo de renovación de nuestro lenguaje catequético y de nuestro pensamiento teológico, a fin de ser, como enunciaba el libro famoso del obispo Robinson, mínimamente "honestos con Dios".

De todos modos, soy muy consciente de que este esbozo ha de contar con dos riesgos no pequeños.

El primero, dar la impresión de una cierta arbitrariedad y aun de abrupto dogmatismo, al tocar con cruel brevedad problemas que, de suyo, requerirían cada uno un tratado aparte. Es inevitable, y comprendo que por veces será difícil esquivar la sospecha de que se hacen drásticamente y "a cara de perro" afirmaciones que pudieran parecer infundadas o incluso irresponsables. Lo único que puedo hacer es asegurarle al lector que ni subjetivamente es esa la intención ni objetivamente se corresponde con la realidad. Reconociendo, claro está, que se trata de intentos de explicación y que, como tales, pueden estar equivocados, tienen detrás largos e intensos años de reflexión por mi parte y de contraste con otros creyentes, tanto en grupos de reflexión y vivencia como con teólogos amigos. Por otra parte, como oportunamente iré indicando en las notas, el lector que lo desee tiene la posibilidad de ver los desarrollos más amplios que ofrezco en otras obras, sobre todo en Recuperar la salvación, Creo en Dios Padre y Recuperar la creación.

El segundo riesgo, que acaso me preocupe más, es el de exponerme a dar la impresión de una actitud negativa o incluso amarga y resentida. Creo sinceramente que no es ese el caso, y abrigo la esperanza de que el lector acabará notándolo, gracias al estilo mismo de las propuestas y aclaraciones que intento traer a la luz. En realidad, estoy cada vez más convencido de que el "no" sólo tiene sentido cuando está habitado por un "sí", y que únicamente en vistas a un "sí mejor" vale la pena esforzarse por denunciar las negatividades y combatir sus efectos. De hecho, ese es el motivo de haber cambiado el título que se me había propuesto —"Las anomalías de la fe"— por el más positivo "Creer de otra manera". Al final intentaré, de todos modos, insinuar el horizonte por donde me parece divisar hoy los nuevos caminos de la infinita positividad de Dios en nuestra historia de hombres y mujeres2.

Para terminar, una aclaración. El lector observará que he introducido en el texto recuadros, cada uno con citas de carácter doble y contrapuesto. Tienen dos finalidades: la primera, ofrecer nuevos datos que aclaren y amplíen la exposición; la segunda, mostrar la riqueza de la experiencia cristiana profunda, que, aun sin poder evitar las deformaciones, conserva siempre vivo el rescoldo originario, llamando a la renovación continua, a la integración dialogante y a la purificación crítica.

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