Consumo y cultura. Notas antiguas de Ramón Valdés



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1Consumo y cultura. Notas antiguas de Ramón Valdés.
Abordé el estudio de los bienes como marcadores más o menos costo­sos, más o menos transitorios de las categorías racionales. Los bienes que una misma persona pueda poseer hacen afirma­ciones visibles sobre la jerarquía de valores suscrita por el propieta­rio que los ha elegido. Los bienes comunican. Los bienes que reunimos integran un con­junto de sentido, legible para aquellos que conocen el código y los examinan en busca de información.
A menos que entendamos cómo usamos los bienes para cons­truir un universo inteligi­ble, nunca entenderemos del todo nuestro comporta­miento de consumo.
Los bienes son parte de un entramado social de información. Pero ¿todos y siempre?
Los gastos de una casa en otras gentes dan una idea de si está aislada o bien implicada.
Distinción entre pautas de consumo de pequeZa escala, en las que los vínculos, enlaces con la sociedad mayor son frági­les y están desconec­tados y pautas de consumo de gran escala cuando se hace un gasto considerable en información de una u otra clase.
Los bienes son neutrales; pueden usarse como empalizadas o como puentes. HH y El Gran Gatsby.
Sobre la teoría de la demanda.
¿Por qué la gente desea-necesita bienes? Es una cuestión que los economistas eluden. Cien aZos de teoría de la demanda aportan muy poco sobre el tema. Intrusiones ilícitas de y en la psicología y la fisiología. Dos principa­les: la teoría de las necesidades físicas, básicas y universa­les, y la teoría de la envidia.
La teoría de la demanda puede responder a cuestio­nes como las respues­tas del consumi­dor a los cambios en precios e ingre­sos, siempre que el período sea corto y los «gustos» «factor último e inexplica­ble de la demanda» puedan conside­rarse como dados.
Pero cada rama de los estudios sociales ha hecho agua hasta que ha sido capaz de trazar una línea de separación entre el nivel de conducta humana que con sus técnicas puede analizar y todos los otros niveles. Pierde entonces riqueza, pero gana clari­dad, aprendiendo a no plan­tearse cuestiones sin respuesta. En la historia de la antropo­logía, cada vez que se ha tomado la decisión de desco­nectarse de los niveles fisiológicos o psicológicos que sostienen la conducta estudia­da se ha seguido un progreso.
Sostiene Mary Douglas que hay que complementar las necesidades físicas con la teoría relativista de la envidia. Aunque sea el menos atractivo de los pecados capitales (pues a diferencia de la gula o la lujuria no proporciona ninguna gratifica­ción inicial), la envidia es una poderosa emoción humana. Antropólo­gos, sociólo­gos, economistas están de acuerdo en que si uno progresa en estatus o ingresos, otro que no lo haga se sentirá peor que antes porque su posi­ción relativa ha empeorado. Los antropólogos han escrito volúmenes sobre la envidia. Si los economistas piensan que la demanda de bienes está influida por la envidia, la antropología tendrá algo que decir.
Mi cambio: La pobreza no es un atributo de determinada gente, ni tampoco es una situación social. La pobreza es un concepto relativo. Decir que alguien es pobre es hacer una afirma­ción relativa como decir que alguien es alto. Pero no quiero quedarme ahí. He querido distanciar­me de la teoría de la envidia para llegar a nuestro nivel: decir que alguien es pobre es decir que otros son ricos, como decir que alguien es alto es decir que otros son bajos. La pobreza es una relación de desigualdad, una relación social, como lo es la riqueza. La misma relación pero con el signo invertido.
Autocrí­tica de los economistas.
En la teoría tradicional de la utilidad no hay justifica­ción para asumir nada sobre necesidades físicas o espiritua­les, ni menos aún sobre la envidia. La teoría asume simplemen­te que el individuo actúa racionalmente, en el sentido de que sus elec­ciones son consistentes unas con otras, y estables en el corto tiempo que importa. Afirma que sus gustos deben to­marse como dados y que a una bajada de los precios responde comprando más cantidad, y a un alza comprando menos. Y que cuanto más tiene de un bien particular, menor su deseo por obtener unidades adicionales del mismo. Para el antropólogo esta racionalidad mínima y hermética deja al individuo en un imposible aisla­miento. Es difícil saber cuándo empieza a pen­sar sobre sus problemas sociales.
Si cuando menos hubiera acuerdo en si el consumo es un fin en sí mismo o un medio para un fin tendríamos un punto de parti­da.
Un ejemplo de impotencia explicativa. Por qué ahorrar.
Según Keynes:
Una norma psicológica hace que los hombres y las mujeres estén dispuestos a aumentar su consumo a medida que aumentan sus ingresos, pero no en la misma proporción en que lo hacen éstos. «Tomamos como una regla psicológica funda­men­tal de cualquier comunidad moderna que cuando su real inco­me crece, su consumo no crecerá en una proporción absolutamen­te igual, de forma que se ahorrará una proporción mayor». Luego habría que asu­mir que en el siglo pasado, cuando los ingresos reales crecie­ron constante e impresionantemente, la proporción ahorrada habría crecido parejamente. Pero de hecho, no fue así.
Nota al margen:

De entrada, psicología.

Las diferentes sociedades conceden muy diferentes valores a la proporción ingresos-consumo-ahorro. Gastar sólo una parte pequeZa de los ingresos se llamará en un lugar y tiempo pru­dente y previsor, en otro miserable y avariento. A la inversa, un consumo elevado será generoso y magnífico en una cultura, manirroto en otra. Evidentemente hay que examinar el contexto social que genera los correspondientes juicios, que si son formulados con fuerza pueden marcar unos límites a los gastos individuales.
Según Weber.
Análisis del tránsito histórico del conspicuo esplendor del Renaci­mien­to al cálculo económico de los siglos XVI-XVII como un cambio simultáneo a tres niveles: socioeconómico, doctrinal y moral. Contras­te entre un modelo católico anterior que desa­probaba la acumulación privada, y un modelo protestante poste­rior que la aprobaba. En cuestio­nes económi­cas, el primero desanimaba el cálculo individual y el segundo lo animaba. En cuestiones doctrinales, el primero prometía bendiciones en el trasmundo como recompensa para la buena conducta, el segundo consideraba las bendiciones en este mundo como signo de una conducta justificada. En cues­tiones éticas, el catolicismo ponía aparte la religión y la vocación religio­sa, considerán­dolas superiores a ganarse la vida como laicos; en el protes­tantismo la distinción desaparece y todas las formas de ganar­se la vida se consideran como vocaciones religiosas en sí mismas.
Así es como la tendencia sintetizadora del antropólogo «el ajuste circular entre econo­mía - institucio­nes políticas - doctrinas religio­sas­- é­tica», suplanta útilmente a la perspectiva analí­tica del economista.
M. Weber sólo desarrolló el análisis de dos tipos económi­co-­doctrina­les, pero sugirió dos más:
1. Economía tradicional. 2. Existencia de la mano a la boca del campesino.

3. Capitalismo aventurero. 4. Economía capitalista individual.

2 y 3 son periféricos en el interés de M. Weber.


ECONOMIA TRADICIO­NAL
















Ejemplo

Meta

Raciona­li­zación

Medios

Consumo Privado

Ahorro Pri­vado

Gremio ar­tesano del siglo XIII


Reforzar los pri­vi­legios de las clases tradicio­na­les




Estricta regu­la­ción de la vida econó­mi­ca; con­trol de la usura; precios y horas de trabajo fijos y tradicio­na­les; con­trol moral de la con­ducta de negocios; redis­tri­bu­ción forza­da

Estándar fijo, in­cluso del ocio; bajo ni­vel del con­sumo normal


Enormes aho­rros corpora­ti­vos; aho­rros pri­vados ba­jos o li­mitados a los inter­s­ti­cios de la socie­dad polí­tica



ECONOMIA CAPITA­LISTA IN­DIVI­DUAL
















Ejemplo

Meta

Raciona­liza­ción

Medios

Consumo Privado

Ahorro Privado

La im­prenta de Benjamín Fran­klin y otros peque­Zos nego­cios; campe­si­nos pie­tistas de West­falia

Éxito econó­mico del indi­viduo




Cálculo racional aplicado al bene­ficio indivi­dual

Mantenido bajo por el asce­tismo

Ahorros indivi­duales en los nego­cios pri­va­dos, altos

Notas al análisis de Weber:



1. El recurso al espíritu del tiempo, el espíritu del capita­lismo. Pero lo que interesa saber es precisamente cómo se genera ese espíritu del tiempo. Las interpretaciones doc­trina­les y éticas que caracterizan un tiempo y su espíritu no son variables independientes explicativas, sino que deben ser analiza­das y explicadas, como debe serlo la adhe­sión de la gente a ellas.
2. La presunta orientación trasmundana del catolicismo y cis­mundana del protes­tantismo. Sólo cuando podamos encon­trar convin­centes razones no doctrinales para la adhesión a una doctrina dada, estaremos en camino de explicar cómo se ha generado esa doctrina.
Cuando aparece la orientación trasmundana, habitualmente un sector de la sociedad está estafando a otro. En la Euro­pa ante­rior a la Reforma, el clero se comportaba de una manera nota­blemente cismundana en lo que concernía a sus propios intere­ses. Los grandes seZores competían en genero­sidad póstuma para con la Iglesia. Pero para sostener que lo hacían por moti­vos trasmundanos había que demostrar que la Iglesia no tenía un poder político que valiera la pena conciliarse. Sus here­deros vendían tierras para cumplir sus promesas, y esas tie­rras las compra­ban los franciscanos, agustinos, dominicos, maes­tros profe­sionales de la piedad y la prome­sa. Los indivi­duos, pues, no ahorra­ban; pero la Iglesia y los gru­pos corpora­tivos, sí.
(El más distintivo modelo de grupo, el linaje corporativo. Los grupos corporativos toman decisiones comunes, adminis­tran una propiedad común (aunque sólo sea una reputación vin­culada al nombre) y tienden a comportar­se como si fueran a vivir para siempre. Su horizonte temporal es mucho más amplio que el de los indivi­duos que actúan como tales. Los individuos que lo hacen como miembros del grupo y en servicio de éste se ven presionados para adoptar perspec­tivas a largo término. El grupo se presenta como defensor del interés común (públi­co), lo que le protege de la envidia [Atención: psicología]. Impone los valores del grupo y previene el dispendio indivi­dual anómalo; define lo que cuenta como consumo individual excesivo e impone casti­gos. Exige su parte del tiempo y los ingresos de sus miembros. Aprobando un estándar de consumo pone límites a la acumula­ción individual. O bien requiere uniformi­dad de riqueza o usa una teoría de justicia distributiva que demuestra que las desi­gualda­des tolera­bles de riqueza están relacionadas con las desigualda­des de responsa­bilidad del grupo. «Los jefes son esclavos», se queja el jefe africa­no. Su perspectiva a largo término es parte integrante de los títulos del grupo a un estatus moral superior. Como su exis­tencia legal es eterna, puede plantear exigencias en nombre de las generacio­nes no nacidas. Sólo él puede desarrollar una moralidad trasmundana, porque él sobrevive a sus miembros.
Así la orientación trasmundana de una doctrina depende de la fuerza del grupo y de la necesidad de sacrificios altruis­tas que perciben sus representantes. El group-environment satisfa­ce las condiciones que Weber pone a la economía tradi­cional.)
Según Duesenberry:
Duesenberry propone una teoría sociológica para suplantar la regla psicológica de Keynes. Las necesidades humanas son de naturaleza social. Los bienes son bienes por estar especiali­zados para algunas actividades; una escala culturalmente san­cionada ordena los bienes para un fin determinado; y la única libertad que de las cons­tricciones culturales tiene un indivi­duo al escoger los bienes de consumo es la de variar la cuali­dad dentro del rango de sus ingresos.
Duesenberry disiente de Keynes en la respuesta de la ratio de consumo a los cambios en los ingresos. En el tipo de socie­dad que Duesenberry describe hay una presión continua sobre el consu­midor para que gaste más. Duesenberry separa la propen­sión a ahorrar del nivel absoluto de ingresos, y la vincula con un factor más directa­mente social, la posición relativa del consumidor en la distribución de ingresos de su población (una población es una subcultura que ejerce sobre sus miembros presiones distintivas para que consuman). Una persona cuyos ingresos son relativamente altos será capaz de satisfacer todos los requerimientos que se le imponen social­mente y de ahorrar. Si sus ingresos son relativamente bajos no podrá.
Esta teoría sociológica de Duesenberry tiene unos pocos prin­cipios sim­ples: la presión culturalmente mediada para consu­mir; los límites cul­turales de una población; un principio universal de acumula­ción social en una cultura dada; ahorros como un no consumo factible después de satisfacer las presio­nes cultura­les (luego ahorro, resi­dual). Con sólo esto, expli­ca por qué cambios en ingresos reales a lo largo de un período tienen poco efecto en la ratio consumo/ahorro: porque un conti­nuo cambio cultural plantea crecientes exigencias para un consumo acrecentado.
Notas al margen:

Demasiados postulados universales: que la emulación es un principio uni­versal que domina la conducta del consumi­dor, etc.


Prudencia según Friedman.
La teoría de Milton Friedman (1957) del ingreso permanente, desde una perspectiva económica, y no psicológica, ni moral, ni cultural, asume que la elección entre consumo y ahorro se hace racional­mente. Asume que el ahorro es provisión para el futuro y no una categoría residual. Un objetivo racional del consumidor es igualar su consumo a lo largo de toda su vida. El individuo tiene un programa de consumo para toda su vida, dentro del que toma sus decisiones de gasto cotidianas. Tanto el ingreso permanente como el consumo perma­nente existen sólo como vagas líneas de guía en el espíritu del consumidor.
La teoría es completamente flexible para dar entrada a comuni­dades que imponen diferentes pautas de expectación a sus miem­bros. Lo único que se presupone necesariamente es que haya un plan de vida de algún tipo, y que para realizarlo se ahorre de los ingresos de cada aZo.
LOS USOS DE LOS BIENES.
Redefinición del consumo.
Un límite lo traza una idea esencial para la teoría econó­mica: que el consumo no es obligado; la elección del consumi­dor es su libre elección. Elección irracio­nal, supersticiosa, tradi­cionalista o experimental, pero soberana. Otro límite: el consumo comienza donde el mercado termina.
Con estos dos límites quedan problemas, borderline cases; la defini­ción no es completamente satisfactoria. Ambos juntos delimitan el consumo como cuestión privada: el consumo por el gobierno o por las empresas (vg. la calefacción, o el aire acondicionado) no es estricta­mente consumo, sino que cuenta como costos de la administración o de la producción. Tampoco cabe decir que la elección del consumidor sea enteramente libre: los compradores de co­ches no son libres para ignorar las regulaciones gubernamentales en mate­ria de seguridad o de ruido tolerado.
Pero la definición del consumo como un uso de posesiones mate­riales que está más allá del comercio y es libre dentro de la ley, resulta bastante buena para nuestra sociedad.
Vistas así, las decisiones del consumo se convierten en una fuente vital de la cultura del momento. Las gentes criadas en una cultura particular la ven cambiar en el transcurso de su vida: nuevas pala­bras, nuevas ideas, nuevas maneras. Su cultu­ra evoluciona y ellas, esas gentes, desempeZan un papel en tal evolución. El consumo es la arena en que se libra la batalla de la cultura y ésta recibe forma. Lo que hay en la cesta del ama de casa que vuelve de la compra, en las decisiones de su marido respecto a la asignación de sus ingre­sos son juicios morales sobre lo que es un hombre, lo que es una mu­jer, cómo se debe tratar a los ancianos padres, cómo a los hijos, a los amigos, a quién se debe recibir en casa, qué parte de ésta se hará accesible a los huéspedes y cómo debe estar preparada, cómo hay que marcar la intimidad familiar y a quién hay que reservarla. Todo eso son eleccio­nes de consumo que vitalizan una actividad u otra y determinan la evolu­ción de la cultura.
En general, en el campo del consumo trazamos un límite es­pon­táneo y operativo entre dos tipos de servicios: profesio­nal, pagado con dinero y clasificado con el comercio, y per­sonal, recompensado en espe­cies. Tal vez por esto en nuestra sociedad la línea entre dinero y regalo se traza: debemos llevar flores al ama de casa que nos invita a comer, pero no darle dinero para que se las compre ella misma. El derecho a dar dinero queda reser­vado a la inti­midad fami­liar.
Un universo construido con bienes de consumo
Es una práctica etnográfica común la de asumir que todas las posesio­nes materia­les incorporan sentidos sociales, y la de concentrar una parte principal del análisis cultural en su uso como comunicadores. Los bienes se necesitan para hacer visi­bles y estables las categorías de la cultura.
Las posesiones materiales posibilitan la subsistencia, propor­cionan alimento y abrigo. Pero al mismo tiempo trazan las líneas de las relaciones sociales, las hacen, las mantie­nen.
Recordad: Cada rama de las ciencias sociales ha hecho agua hasta que ha sido capaz de trazar una línea de separación entre el nivel de conducta humana que con sus técnicas puede analizar y todos los otros niveles.
Mi intención con las divagaciones del otro día: probar a hacer lo mismo con los bienes de consumo; ¿tratarlos como un medio para la facultad creativa huma­na?.

Individualismo teórico
Las teorías individualistas del conocimiento y de la con­ducta, exponentes de una tradición del siglo XVIII (de la que la economía en su conjunto es heredera) han llegado a su oca­so. La visión benthamiana de la psicología humana empieza y termi­na con el agente indi­vidual. Las demás personas aparecen sólo en la medida en que pueden ayudar u obstaculizar su pro­yecto vital. Su visión es la vi­sión de un mundo organizado como un juego competi­tivo entre individuos en busca de poder. El antropólogo desvela en esta perspecti­va un sesgo cultural arraigado en un cierto tipo de experien­cia social.
El individuo falsamente abstracto no existe. Ningún hombre existe más que empapado en la cultura de su tiempo y su lugar. Hoy podemos empezar de nuevo en un punto, en el otro extremo, en que convergen corrientes principales de pensa­miento: en la creación de la cultura. El análisis cultural ve el conjunto del tapiz como un todo, el tejido y la urdimbre, la trama, la textura, antes de fijarse en las hebras particulares.
Tres tendencias intelectuales de hoy estimulan esta pers­pecti­va:

--La fenomenología, que coloca al individuo en un contexto social, tratando el conocimiento como una empresa construc­tiva conjunta. El conocimiento no es nunca una cuestión del indivi­duo aislado aprendien­do de la realidad externa. Los individuos inte­ractuando juntos imponen sus construccio­nes a la sociedad: el mundo está socialmente construido (Ber­ger y Luckman).

--El estructuralismo: abre posibilidades de interpretar la cultura y de relacio­nar las formas culturales con las socia­les.

--Etnometodología: da por descontado que la realidad está so­cialmente construida y que puede ser analizada as logi­cal structures in use, y se centra en los métodos de inter­preta­ción, de verificación usados por los oyentes. El habla es sólo un canal, y el habla misma no tiene sentido a menos que se empareje con la información que el oyente obtiene del porte físico y de las circunstancias del parlante: espacio, tiem­po, orien­tación, vestido, alimento y además y por supuesto esto tiene que incluir los bienes.


Soy deudor de las tres, pero ninguna de ellas es la mía. Lo que trato de hacer quiero que tenga una matriz marxista. No por sectaris­mo.
¿O sí? De eso habréis de juzgar vosotros.
Rituales y sentidos públicos.
Pero, ¿qué es «sentido»? El sentido fluye y deriva, es difícil de agarrar. Un problema principal de la vida social es el de prender, sujetar los sentidos de manera que se queden quietos un momen­to. Sin ciertas formas convencionales de se­leccionar y fijar sentidos acordes falla el consenso básico mínimo de la socie­dad, falla la sociedad. Los rituales --en la sociedad tribal como en la nues­tra-- sirven para contener la deriva de los sentidos. Los ri­tuales son convenciones que exponen defi­nicio­nes públicas visibles. Antes de la iniciación un niZo, después un hombre. Antes de la boda dos personas, después un matrimo­nio. Manejar­se sin rituales es manejarse sin sentidos claros y posiblemen­te sin memoria. Algunos son rituales exclusivamente verbales, pero esos se disipan en el aire y apenas ayudan a limitar la latitud interpretati­va. Los rituales más efectivos usan cosas materiales; y cuanto más costosos los arreos ritua­les cabe asumir que más firme sea la inten­ción de fijar los sentidos. En esta perspectiva los bienes son adere­zos ritua­les, y el consumo un proceso ritual cuya función primaria es fijar el sentido del flujo de los acontecimien­tos.
Su racionalidad exige al hombre dar sentido a su entorno. El objetivo más general del consumidor tiene que ser el de cons­truir un universo inteligible con los bienes que escoge. ¿Cómo procede esta construcción cognitiva? Para empezar, un universo social nece­sita una dimensión temporal demarca­da. El calenda­rio ha de tener mues­cas para las periodicidades anua­les, tri­mestrales, mensuales, semana­les, diarias. El paso del tiempo puede entonces estar cargado de sentidos. Los bienes de consu­mo se usan como muescas de esos intervalos. Los alimen­tos, por ejemplo, son un medio para discriminar valores; y cuanto más numerosos los rangos discriminados, más variedades de alimen­tos serán necesarias. Lo mismo por lo que hace al espa­cio. Enjaezadas al proceso cultural, sus divisiones están cargadas de sentido. Lo mismo con el vestido. Todos los bienes propor­cio­nan conjuntos de marcadores dentro de la trama espa­cio-tem­poral. La elección de bienes crea continuamente pautas, patro­nes de discriminación que se solapan con otros y los refuer­zan. Los bienes son así la parte visible de la cultura. Están dispuestos en jerarquías y perspectivas que pueden dar juego a todo el rango de discriminacio­nes de que es capaz el espíritu humano. Esas perspectivas no son fijas ni están tam­poco dis­puestas al azar como en un caleidoscopio. En último extremo sus estructuras están ancla­das en los propósitos so­ciales humanos.
Y si se pregunta, ¿qué hay del consumidor solitario? No se trata de negar que exista tal cosa como un disfrute privado. Pero el caso del consumidor solitario es una débil objeción contra el argumento de que la actividad del consumo es una producción conjunta, con los colegas consumidores, de un uni­verso de valores. El consumo usa los bienes para hacer firme y visible un conjunto particular de juicios en el proceso fluido de clasificar personas y acontecimientos. Es, como lo defini­mos, una actividad ritual.
Pero el individuo necesita colegas cómplices si ha de con­se­guir cambiar las categorías públicas, reducir su desorden y hacer el universo más inteligible. En gran parte, de esos cómplices depende su proyecto de crear inteligibilidad. El individuo usa el consumo para decir algo sobre sí mismo, sobre su tiempo y su espacio; pero necesita alguien a quien decír­selo. Con su presencia libremente otorgada esos colegas consu­midores emiten un juicio de lo adecuado de la elección que él ha hecho de los bienes de con­sumo, de la oportuni­dad de la ocasión que ha escogido, etc. (El consumo es así un proceso activo en el que se redefinen continuamente todas las catego­rías sociales). Potlach.
Exclusión, intrusión. Los bienes como cultura material.
Disolver la dicotomía cartesiana entre experiencia física y psíquica. Los bienes que se administran para las necesidades físicas --alimento o bebida-- no son menos portadores de sen­ti­do que el ballet o la poesía. Todos los bienes son portado­res de senti­do. Un aZadido estructuralista: pero ninguno por sí mismo. El sentido está en las relacio­nes entre los bienes, como la música está en las rela­ciones entre los soni­dos, y no en una nota aislada.
Podemos suspender nuestro conocimiento de que los bienes sir­ven necesidades corporales y centrarnos en el proceso cla­sifi­cador al que sirven. Tratarlos como marcadores, la punta visi­ble del ice­berg que es el conjunto del proceso social.
Desviar la vista del consumo de bienes a la cultura; insis­tir en que la elección entre los bienes es resultado de la cultura y contribuye a ella.
Los ingresos son un medio de acceso a un sistema social. La significa­ción de unos ingresos bajos es la de que restringen tal acceso. Por debajo de un cierto nivel pueden excluir vir­tual­mente a la gente de participar plenamente en la vida de la comunidad de la que son miembros. En relación con esa comuni­dad puede entonces decirse que están en la marginación.
El hombre es un ser social. Nosotros no podemos explicar nunca la demanda fijándonos sólo en las propiedades físicas de los bienes. El hombre necesita bienes para comunicarse con otros y para dar sentido a lo que está ocurriendo alrededor de él. Si ha de haber una útil contribución del antropólogo a la teoría del consumo será en las áreas más recónditas de la teoría de la demanda: ahí puede el antropólogo tratar de apor­tar nuevas perspectivas a los problemas que interesan a los economistas.
Los campos teóricos que podrían ser más promete­dores, aquellos en que los economistas buscan maneras de interpretar las gran­des tendencias del consumo, combinando los bienes en grandes cla­ses compues­tas que responden de la misma manera a cambios en los ingresos y en los precios. El alimento es uno de los ejem­plos más claros de esas clases compuestas. La suposición de que en la vida real hay otras grandes participaciones simi­lares se ajusta bien a la intuición de que la gente distribu­ye sus gastos entre grandes categorías y en ulteriores estadios de decisión y elección hace subdivisiones dentro de esas cate­gorías. A los economistas les sería de gran ayuda saber más acerca de las bases sobre las que los consumidores individua­les pro­ceden a hacer estas agrupaciones; pero les resulta muy difícil por la debili­dad de sus suposiciones relativas a por qué la gente desea -- necesita los bienes. La antropología puede venir en su ayuda introduciendo la dimensión social de las necesidades.
(El intento más logrado de agrupación de bie­nes es la curva de Engel, que separa las necesidades de los bienes de lujo. Por necesidades se entiende aquellos bienes que se compran en la misma cantidad sin que importen los cam­bios en los precios o en los ingresos. El alimento, por ejem­plo. Los bienes de lujo, por el contrario, son una clase com­pletamente heterogénea constituida por aque­llos bienes de los que el consumidor prescinde, o que compra en menos cantidad cuando sus ingresos bajan o cuando los pre­cios de ellos suben. Es lo que se llama la «ley de Engel»).
Periodicidades de con­sumo.
Imaginemos una sociedad estable en la que todos los miem­bros disponen de un mismo conjunto de servicios marcadores. Encon­traremos que hay grosso modo una relación inversa entre la frecuencia de uso de los objetos y el valor marcador que se les confiere. Normal­mente este último tiende a variar con el número de personas presentes. Imagine­mos que en esta cultura estable y simple cada casa posee una vaji­lla ordinaria de Duralex para uso cotidiano, otra algo mejor, de loza fina para los domingos y las fiestas menores, y otra de porcelana para las grandes ocasiones, como Navidad o AZo Nuevo. Así las vaji­llas pueden ser utilizadas como marca­dores en una escala de tres interva­los. Los alimentos permiten una discrimi­nación más fina y de más amplio rango; pueden discriminar los diferentes momentos del día, los días de la semana, los acontecimientos del ciclo vital, las fiestas. Supongamos que esa cultura ha desarrollado además una gama paralela en la vestimenta, de manera que un menú ordinario, digamos un hervi­do de patatas, una hamburguesa y unas uvas se toma en cómoda ropa de casa y en zapatillas, mientras que en el otro extremo un coctel de maris­cos, un tournedó y un sorbete de champán exige traje completo y corbata. Es fácil suponer que en los puntos más altos de esta triple escala (vajilla de porcelana fina, coctel de mariscos, etc., traje oscuro y corbata) el número de asis­tentes a la comida será mayor, con parientes y amigos invita­dos, y menor en los más bajos, sólo la familia. El valor mar­cador de cada clase de bienes varía in­versamente con la fre­cuencia de su uso. Las diferen­cias de calidad entre los bienes son marcadores del rango de los acontecimientos, como también del rango de las personas. La dimensión cultural de las nece­sidades se revela en su servicio en acontecimientos de alta frecuencia y poco estimados; mientras que los bienes de lujo sirven esencialmen­te para acontecimien­tos muy estimados y de baja frecuencia.
En nuestra experiencia de los bienes, la periodicidad en el consumo marca el rango y crea bienes de calidad.
Cuando la sociedad está estratificada, los lujos del hom­bre común pue­den convertirse en las necesidades diarias de las clases supe­riores. La periodicidad de uso no solamente distin­gue bienes de clase supe­rior, sino que sirve también para marcar diferen­cias entre clases sociales. En casa del rey, todos los días es Navidad.
La calidad es la característica de los bienes escogidos como marcado­res de rango. Entre frecuencia y calidad hay una corre­lación inversa. Los bienes de alta calidad son marcadores puros. (Aunque no sea fácil separar los puros mar­cadores y su eficiencia. El príncipe Felipe al mariscal Tito, que admiraba la vajilla de oro del palacio de Buc­kingham: «...y mi mujer dice que se ahorra platos rotos»).


Etnografía de las esferas económicas separa­das
La etnografía puede mostrar claramente cómo en la sociedad tribal las pautas de frecuencia separan actividades de alto y bajo estatus y confieren alto y bajo valor a los objetos usa­dos. Sobre todo, los ejemplos tribales dan una clara demostra­ción de cómo se tiende a usar los objetos de lujo como armas de exclu­sión. En este estadio del argumento, todo parece apo­yar el puritanismo maniqueo de los economis­tas en favor de las necesidades y en contra de los bienes de lujo. La rehabilita­ción moral de los bienes no necesarios sólo se producirá en una fase posterior del argumento.
Los antropólogos llevan muchos aZos intrigados por la exis­tencia en islas pequeZas y en tribus aisladas de lo que pare­cen ser esferas económicas discretas y separadas. La primera que prestó una atención sistemática a tales esferas fue Eliza­beth Hoyt (1926) Primiti­ve Trade, que reunió numerosos ejem­plos extraídos de relatos de viajeros que decían haber necesi­tado diferentes tipos de monedas de concha para las diferentes transacciones, incluso dentro de una misma aldea. A medida que la documentación fue aumentando se encontró que estas esferas económi­cas discretas no estaban simplemente separadas sino ordenadas por rango, de forma que una esfera era más presti­giosa que otra.
A.L. Kroeber (1925), Handbook of the Indians of California, sobre los yurok, una tribu de pescadores y cazadores algonqui­nos, unos 2.500 en la década de 1920, del norte de California, con una cultura de aspecto tan comercial como cualquier so­ciedad industrial de hoy.
«La moneda, conchas dentalia, el dine­ro, es apreciado y con­fiere influencia en todas las comarcas de California. Sin duda tiene mayor importancia, en la vida pública y privada, entre las gentes de California que entre las tribus de las llanu­ras... Pero por mucha que sea su in­fluencia en la California meridional o central, entre los yurok esta influencia se mul­tiplica. El dinero de la sangre, la compra de la novia, la compensación a las personas en duelo antes de poder celebrar una danza, son instituciones conocidas a casi todos los grupos descritos en esta obra. Pero sólo los yurok del nor­oeste han calculado el valor exacto de la vida, o la mujer, o el dolor de cada persona. Cada herida, cada privi­legio o daZo o exceso es cal­culado y compensado. Sin un pago exactamente ajustado, la cesación de un litigio es imposible excepto por la aniqui­lación total de una de las partes, el matrimonio no es matri­monio sino una vergüenza pública, la ceremonia necesaria para la preserva­ción del orden del mundo no se celebra. La conse­cuencia es que los yurok se preocupan toda su vida más de la propiedad que de ninguna otra cosa, más del dinero que de nada.»
Los yurok no reconocen la exis­tencia de comunidad alguna. Su mundo es enteramente una agre­gación de individuos, sin gobier­no ni autoridad ni jefes. Los llamados así son individuos cuya riqueza, y cuya habilidad para conservarla y emplearla han reunido en torno a ellos una colección de parientes, proséli­tos y semidepen­dientes a quie­nes dispensan asistencia y pro­tección. El poder de vida y muerte está en manos de los ricos; los pobres no tienen posi­bilidad de cobrar lo que se les adeu­de salvo si un rico les apoya; y éste sólo lo hará a cambio de su adhesión. El dinero de sangre que había que pagar por haber matado a un rico era un 50% más que por haber matado a un pobre. El precio por casarse con la hija de un hombre rico, y la indem­nización por el adulterio con la mujer de un rico eran siempre más altos.
Dice Kroeber que arte y «cultura» prácticamente no exis­tían, en comparación con las tribus de alrededor, que se tomaban el dinero un poco menos en serio. Máscaras, altares, aparato sacro no ha­bía. «Las parafernalia tangibles de las ceremonias públicas son objetos que poseen un alto valor monetario; ri­queza que impresiona, pero no obstante riqueza profana, nego­ciable. Las danzas son exhibi­ciones de esa riqueza tanto como son cántico y ritmo.»
(Kroeber conocía las culturas cali­fornianas como la palma de su mano).
El consumo seguía dos direcciones. Una la de la demanda do­méstica ordinaria por los servicios usuales: alimentos, equipo de caza, avíos de pescar, servicios médicos, vivienda o habi­tación, puestos de pesca. Todas estas cosas tenían un precio conocido en moneda de con­cha, pero rara vez se vendían por ella. Se obtenían normalmen­te por derechos de parentesco y vecindad. Podemos considerar­los como bienes de consumo de uso frecuente considerados por todos como necesarios.
La otra dirección del consumo im­plicaba alto riesgo, casi como el de un juego de azar. Consis­tía en tesoros valorados en y sustituibles por moneda de concha: hojas de obsidiana, cue­ros y pieles de ciervo, plumas de cobres para las parafer­nalia de las danzas públicas, ca­noas. La moneda de concha era busca­da con avidez y acumulada con pasión. Con moneda de con­cha se disputaban los hombres sus derechos a un lugar en la sociedad, vengaban los insultos, casaban a sus hijas con ciu­dadanos respetados y atraían su propio séquito de dependien­tes. Ésta era la esfera política en la que se incluían todos los servi­cios marcadores importan­tes. En las exhibiciones de la danza, los hombres ricos se decora­ban con pieles blancas de ciervo, cubrecabezas con plu­mas y exhibían sus hojas de obsi­diana. Ningún hombre podía entrar en la arena política si su subsis­tencia no estaba asegurada. Pero la sola subsistencia resulta­ba inconcebible sin esta segunda corriente de riqueza que le permitía a un hombre sus transac­ciones políti­cas con otros hombres. Así para un yurok su pros­peridad podía separar­se en dos partes distintas, una doméstica y otra política, cada una con sus periodicidades distintivas y sus grupos de bienes. Dentro del grupo de los bienes domésti­cos los bienes eran sustituibles y comple­menta­rios, y lo mismo ocurría dentro del grupo de los bienes políticos; pero los dos grupos podían tratarse como prácticamente independientes.


Fiestas irre­gu­lares, mul­tas, honora­rios, de­re­chos

Esfera de bienes polí­ticos inter­substi­tuibles a tipos de cam­bio fijos

Conchas, ho­jas de obsi­diana, pieles de cier­vo, plumas poli­cro­mas, ca­noas

Actividades de baja fre­cuencia y alto rango que implican a gran­des unidades

Necesidades co­tidianas

Esfera de bienes y ser­vicios do­més­ticos libre­mente inter­cam­biables unos por otros

Vivienda, pues­tos de pesca y cotos de caza. Equ­ipos de pesca y de caza. Alimentos: pesca­do, ca­za, vegeta­les, produc­tos

Activi­dades de alta fre­cuencia y bajo rango que implican a pe­queZas unida­des

Los bienes domésticos de alta frecuen­cia no planteaban pro­blema de distribución. A nadie le falta­ban alimentos salvo si les fal­taban a todos. Un hombre cargado de deudas podía verse obligado a vender un puesto de pesca e incluso a venderse a sí mismo como esclavo, pero eso sólo ocurría en casos extremos de insolvencia como resultado de una general falta de apoyo y de crédito. La demanda de bienes políticos de baja frecuencia, que constituían los medios de dar y obtener servicios marcados valorados, era muy fuerte. Nadie en su sano juicio daría teso­ros políticos por bienes domésticos, dado que el tipo interés de prestar los primeros resultaba incomparablemente más favo­ra­ble. En los bienes do­mésticos dominaba la colaboración entre los parientes y en los políticos la competencia entre los rivales. Basada en peridi­cidades de consumo aparece así una marcada separación entre dos clases de bienes.



Escala de consu­mo
Actividades de baja frecuencia y alto rango, que implican­ grandes unidades sociales y necesariamente ponen a los que participan en ellas en contacto con los centros de poder e influencia, pueden llamarse pautas de consumo a gran escala; cabe suponer que resulten muy ventajosas para obtener y con­trolar información. Actividades de alta frecuencia y bajo rango que implican pe­queZas unidades consti­tuyen pautas de consumo a pequeZa esca­la, desfavorables para obtener y contro­lar la información.
Los yurok eran una sociedad igualitaria, sin jefe ni aris­tó­cratas, lo que no quiere decir que la riqueza estuviera uni­formemente repartida. Los ricos se hacían más ricos y los pobres más pobres, porque los ricos tenían mayores séquitos, y esos mayores sé­quitos les permitían obtener más por sus servi­cios con lo que sus séqui­tos aún crecían. Los yurok ricos no necesitaban interponer barreras para restringir la admisión en los rangos de privilegio. Todos podían competir, y las reglas de la competición misma, como el prin­cipio del mercado, hacían más ricos a los ricos.
La negativa a negociar como barrera social
Los tiv del bajo Benue, en Nigeria, tres esferas separadas antes de que el dinero europeo destro­zara el sistema. La más alta, sólo los derechos sobre las mujeres. El acceso a ella, estrictamente restringi­do: la mera sospecha de que se tratara de comprar con riqueza material una mujer sería escandalosa. Los «ancianos» tiv, en realidad no ancianos, sino hombres influyentes, jefes de linaje, nego­cia­ban unos con otros usando los derechos sobre las mujeres para concertar una red de alianzas. La siguiente esfera incluía barras de metal, piezas de tela, armas y esclavos, todos los cuales se adqui­rían o en la guerra o en el comercio. Los jóve­nes más activos adquirían esos bienes y presumiblemente los ingresaban en el tesoro del lina­je, ganando con ello una buena reputación entre sus mayo­res, y de ese modo el apoyo necesario para una alianza matri­monial. También po­dían usarlos para ejercer una influencia directa en el mercado y convertirse ellos mismos en «ancia­nos». La esfera de más bajo rango era la doméstica. En ella la volatería, las azadas, las cestas, las vasijas y el grano podían intercambiarse u nos por otros.
La esfera doméstica era en sus actividades normales de alta frecuencia y bajo estatus; la otra de baja frecuencia y alto estatus. Como en el caso de los yurok, por su energía y vigi­lancia en la esfera de prestigio, un hombre adquiere mujeres tanto como alianzas políticamen­te útiles. Así desaparece el problema presuntamen­te planteado por la no convertibilidad entre las esferas. Para un tiv, el cambiar armas o esclavos por cestos de grano o volatería sólo tendría sentido económico si planteara entrar en el negocio de granos o gallinas. En un mercado tan imperfecto era claramente más ventajoso invertir directamente en bienes de prestigio más que en granos de esta­tus más bajo. Poner las miras en las muchachas matrimonia­bles tenía más sentido económico. En último extremo las dos grandes discontinuidades son consecuencia de barreras monopolísticas puestas a la entrada. Los ancianos tenían todo que ganar con­servando un estricto control sobre las mujeres matrimonia­bles, y acertada­mente se negaban a dejarse tentar por consideracio­nes materiales. Dos cosas les aseguraban sus privilegios: una, su rechazo a negociar los derechos sobre las mujeres con los que estaban fuera; la otra, su uso del control sobre las muje­res para controlar la riqueza de la segunda esfera económica, como representantes del linaje.
Una manera de mantener un límite social es exigiendo una enor­me cuota de admi­sión. Otra es la de elevar tanto el tipo nor­mal de las transac­ciones internas que sólo los muy ricos pue­dan entrar en el juego. Éste era el sistema yurok: para entrar en las socieda­des de danza un hombre necesitaba una gran ri­queza. Una tercera vía es simplemente la de rechazar el nego­ciar con los de fuera. Esta negativa a negociar es una estra­tegia de exclusión muy común, si es que no es mundial. Por su negativa total a inter­cambiar mujeres por bienes, los tiv aseguraban el manteni­miento de la gerontocracia en la intrin­cada estructura del linaje; en el período precolonial sólo las perturbacio­nes introducidas por las guerras daban a los gue­rreros jóvenes alguna posibilidad de adelantarse a su genera­ción y entrar en los rangos de los ancianos y del con­trol.
Control sobre la economía y estandarización.
Hay dos extremos a resaltar relativos a los objetos de lujo como bienes de consu­mo en un sistema de información. Uno es que en una sociedad altamente diversifi­cada la demanda de objetos de lujo estará en correspondencia diversificada. Cada uno emite su seZal, cada uno representa un campo especial de relaciones sociales con su apropiada actividad de consumo. El segundo es paradóji­camente su tenden­cia a estar estandariza­dos: los mismos entre­meses, el mismo faisán, el mismo salmón, los mismos postres...
¿Cómo se explica esta tendencia a estandarizar? Parece proba­ble que no se produjera salvo cuando se requieren estric­tas compara­ciones de valor. La estanda­rización emerge cuando la competencia es más intensa. Las mujeres sabo del barrio hausa de Ibadan se han especiali­zado en ollas esmaltadas, de vivos colores, importadas de Checoslovaquia. En las Trobriand, el intercambio de objetos kula está muy estandari­zado. Sólo son aceptables dos tipos de artículos: collares de conchas rojas y brazaletes de conchas blancas. Los artículos son cono­cidos indivi­dualmente y su valor relativo puede ser estableci­do por todos los que están en el circuito, auténticos conoce­dores. Cuando la tendencia a estandarizar valores es fuerte, se está ejerciendo cierta forma de control social: es una seZal de que estamos cerca del centro de un sistema competiti­vo en el que muy pequeZas diferencias importan mucho.








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