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La mirada médica a la prostitución

Santiago Morcillo



santiagomorcillo@gmail.com

CONICET-IIGG-UBA-GES


Introducción
Las personas que dan servicios sexuales a cambio de bienes han sido objeto de distintos discursos en diversos contextos históricos, algunos de aquellos se han articulado como dispositivos que ejercen control sobre dichas personas. En este trabajo se aborda la forma en que históricamente la medicina, su aparato de saber-poder, ha mirado y construido a la prostituta.1

Desde principios del siglo XIX la medicina elaboró una visión sobre la prostitución, específicamente sobre la prostituta como objeto del campo médico. Para comprender esta elaboración se recurre aquí a diversos enfoques a fin de situarla en el marco de una creciente medicalización, considerando las transformaciones en las relaciones de poder, el naciente capitalismo como contexto de surgimiento, y además teniendo en cuenta los desplazamientos sobre las políticas de designación de la desviación (Conrad, 1985).

Desde este punto de partida se da cuenta de los procedimientos específicos que la medicina puso en marcha para construir su mirada sobre las prostitutas. El análisis de dichos procedimientos y de las conceptualizaciones e imaginarios a que dan origen permite considerar, tanto las vinculaciones entre prostitución y enfermedad como los procesos de estigmatización y algunas de sus consecuencias.
Ampliando fronteras, avances de la medicalización
Si bien la medicina es una institución que, con distintas concepciones de salud-enfermedad y de cuidados, podemos rastrear hasta la antigüedad, a los fines de esta reflexión bastará con comprender sintéticamente el posicionamiento de la medicina moderna occidental. Para ello se refieren, brevemente, las características de su emergencia que marcan singularmente el tono desde el cual la medicina interpela a los individuos.

A partir de diversos paradigmas distintos autores (por citar algunos, Conrad, 1985; Foucault, 1996; Coe, 1983) coinciden en señalar al período comprendido entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX como el momento en que la medicina occidental cristaliza sus instituciones y gana legitimidad en el seno de la sociedad.

Una conjunción de variables harán posible estas transformaciones. Tal como indica Conrad (1985), analizando el caso de los Estados Unidos2, al principio, buena parte del supuesto “progreso” de la medicina frente a la enfermedad estaba asociado a un mejoramiento en las condiciones de vida de la población (alimentación, vivienda, etc.) Sin embargo luego acontecen algunos descubrimientos que marcan dramáticamente la efectividad de los tratamientos médicos contra la enfermedad: el desarrollo de la teoría de los gérmenes, el principio de antisepsia y el uso de anestesia

De la mano de un desarrollo teórico importante, pero sobre todo de innovaciones técnicas que redundan en un mayor control de los procesos biológicos y en una mayor “eficacia curativa”, la medicina mejora paulatinamente su imagen en la sociedad. Más aun, su respaldo es doble pues, al efecto del incremento de eficacia práctica, ha de sumarse la legitimidad que le otorga el caracterizarse como discurso científico. Esta medicina moderna es ahora de lleno una medicina científica y como tal se erige como un discurso que genera verdad.

Pero dicha posibilidad no está dada sólo por los logros prácticos de la medicina; de diversas maneras esta se va imponiendo por sobre las otras formas de curar. Conrad (1985) muestra este proceso en la gestación de la American Medical Asociation desde donde los “médicos regulares” harán su apuesta para profesionalizar la medicina, segregando a las otras sectas médicas y monopolizando el mercado de la salud que así surgía.

En términos bourdianos se pueden entender los procesos referidos como la dinámica de formación de un campo, donde un sector logra la hegemonía consolidando las reglas de juego válidas, que son por supuesto las que favorecen a su posición en el campo. A esto hemos de sumar lo señalado por Menéndez (1990) quien apunta que este modelo médico logra su hegemonía en base a una estrategia combinada en la cual se apropia de los conocimientos de “otras medicinas” para luego buscar su exclusión situándolas en un lugar de subalternidad.

El poder de la mirada médica, se potencia además mediante los vínculos con el Estado, con quien la medicina entabla un doble lazo. Por una parte el Estado sancionará la legalidad de la medicina, de los médicos y sus prácticas, otorgándoles la capacidad de autonomía para validar sus títulos y a la vez el legítimo monopolio de curación y tratamiento de los cuerpos. Por otro lado la medicina será consultada y recurrida para estructurar y fundamentar las políticas estatales que gestionan los cuerpos.
De todas formas, es importante concebir a la medicina como algo más que una simple herramienta de control social. Las transformaciones en la modalidad del poder analizadas por Foucault que tuvieron lugar en los siglos XVII y XVIII -desde un modelo jurídico, extractivo y de soberanía, hacia un modelo normalizador, productivo y de gubernamentalidad3- están estrechamente vinculadas al surgimiento de nuevas tecnologías de poder. Uno de los polos del poder sobre la vida estará “centrado en el cuerpo-especie, en el cuerpo transido por la mecánica de lo viviente y que sirve de soporte a los procesos biológicos: la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida y la longevidad, con todas las condiciones que pueden hacerlos variar; todos esos problemas los toma a su cargo una serie de intervenciones y controles reguladores: una biopolítica de la población” (Foucault, 1999: 168). Se puede comprender a partir de este enfoque, que la medicina está atravesada por esta tecnología de poder que dará una particular forma a su accionar.

Es este plateo el que lleva a Foucault a afirmar que el surgimiento del capitalismo no implica el paso de una medicina social a una medicina individual, sino que el movimiento se da en el sentido contrario. El control en la sociedad capitalista no es solo ideológico, sino que opera directamente en el cuerpo. Siendo el primer objeto socializado y el centro de interés en la sociedad capitalista el cuerpo es una “realidad biopolítica” y la medicina una “estrategia biopolítica” (Foucault, 1996: 87).

No debe resultar sorprendente entonces, que la mirada de la medicina se dirija hacia la prostitución. Hay múltiples caminos que conducen a este encuentro, además del interés por el cuerpo y por los procesos biológicos ya nombrados, el sexo también se torna un aspecto vital. Situado en medio de las tecnologías de poder4, dirigirá la mirada médica hacia la prostitución estableciéndola dentro de las “sexualidades periféricas”. Finalmente, la necesidad de disciplinar y establecer controles sanitarios sobre las clases bajas es otro de los entrecruzamientos que llevan a que la medicina elabore una mirada particular sobre la prostitución y las prostitutas.

La prostitución, entre los movimientos de templanza y la epidemiología
La medicina como estrategia biopolítica en la construcción y gestión de corporalidades pone en marcha mecanismos novedosos. Aún así, es posible plantear que la medicina toma el relevo de la religión en el terreno moral, pero gozando de la legitimidad que le otorgará el status de conocimiento científico. Las transformaciones que se producen introducen a la vez una dosis de discontinuidad y de desplazamiento. Si bien hay, como se dijo más arriba, algunos movimientos que sitúan a la primera en un lugar diferente -por ejemplo en la relación con el Estado, en el enfoque científico y por ende en las tecnologías de saber-poder que moviliza— la medicina, sobre todo corrientes como el higienismo, no dejan de buscar influir en el terreno de la moral (Conrad, 1985). Prueba de ello son los textos decimonónicos que se encuentran en un punto híbrido, donde aparece por ejemplo la noción de “vicio” con resonancias a la vez morales y sanitarias -la cual tendrá influencia en la forma en que se concibe a la prostitución-. A su vez aparecen varios movimientos de “templanza” -entendida esta como una virtud que implica el uso de la “razón iluminada por la fe” (Figari, 2007)- en cuyo intento de regular los placeres y lograr la moderación o la abstinencia también conviven la medicina secular y la moral religiosa.

En este contexto la sexualidad es enmarcada entre los peligros de la abstinencia y de los excesos -que justamente la transforman en “viciosa”- en relación a lo meramente cuantitativo. El placer sexual sano o normal, si bien aparece levemente más desligado de la necesidad de reproducción que en la mirada religiosa, va a ser siempre el que se logre en la conyugalidad de la pareja heterosexual, cuyas fronteras asedian una serie de placeres/peligros signados por la anormalidad: las siempre multiplicables sexualidades periféricas. Un ejemplo de esta conceptualización de la “sexualidad sana” –así como de los diálogos entre medicina, moral y religión en esta materia- es la paradójica propuesta de Marie Carmichel Stopes (1929). Médica eugenista, luchadora por los derechos de la mujer y pionera en abogar por el “birth control”, Stopes plantea que la ciencia debe tomar el relevo de la religión en materia de sexualidad, pues aquella puede generar un lenguaje nuevo -pues así se puede evitar los conflictos que suscitan las visiones religiosas contrapuestas y lograr que se hable abiertamente sobre sexualidad-. Sin embargo, concluye explicitando que su búsqueda es distinguir el sexo sano, civilizado, amoroso y en el marco de una pareja heterosexual (para el que acuñará el neologismo “erogamia”) del sexo sucio, violento y proclive al vicio y las enfermedades, que acontece más allá de las fronteras del primero.


Para comprender la gestación (y las consecuencias) de los enfoques médicos debemos tomar en cuenta el papel que la salud jugaba (y juega) en la constitución y recreación de la identidad moderna. Crawford (1994) señala que a partir de la modernidad la noción de salud es abrazada como uno de los elementos que permiten una recreación del “self” que había sido despojado de los contornos tradicionales de su identidad. Esta nueva interioridad y reflexividad hacia el si mismo toma la forma de la lucha contra los excesos y el cuerpo controlado será pronto el parámetro distintivo de la burguesía. Pero los límites siempre borrosos del este “self saludable” (healthy self) necesitan de un “otro enfermizo” (unhealthy other), entonces la medicalización de las desviaciones -particularmente en el terreno de la sexualidad- amplifica la capacidad de situar limites para uno y a la vez para el “otro”.

La prostituta, atravesada por el discurso médico de salud/enfermedad y por sus tecnologías específicas, conjuga al menos dos elementos que facilitan situarla en el lugar del “otro enfermizo”: por una parte el cuerpo sensual y sexual es una fuente de peligro para el autocontrol saludable y sanitario que la burguesía se proponía como su blasón; por otra parte, existe una cierta distancia social -entre las clases medias y las prostitutas, muchas veces inmigrantes y de clases bajas- que, siguiendo a Crawford (1994)5, habilita más efectivamente para ver al enfermo como un “otro” y también al “otro” como enfermo.


A partir de la dupla conceptual de salud y enfermedad -entendidos como conceptos que se definen en una reciprocidad autoexcluyente, y que marcan y re-marcan exclusiones- la medicina se erige en occidente como un discurso que, asociado a una serie de prácticas y dispositivos, permite comprender y manipular el cuerpo y la vida humana, y que además brinda el símbolo de la salud y lo saludable como un valor que genera distinción. La medicina sitúa a la prostitución y sus agentes en el cruce entre la construcción de enfermedades, la creciente medicalización de la vida -que se extiende más allá de la demanda de los individuos (Foucault, 1996)- y la delimitación entre una sexualidad saludable y los placeres/peligros circundantes.

Sin embargo es importante destacar que, aún en este marco, el asimétrico balance en las relaciones de fuerza entre los géneros y los imaginarios hegemónicos sobre la masculinidad hará que la prostitución sea concebida con relativa ambivalencia al considerar a los clientes. Para ellos el comercio sexual estará signado tanto por la posibilidad de “descarga sexual” masculina -y por tanto actuando, de alguna manera, previniendo patologías y perversiones varias-, como también por el riesgo del contagio y la entrada de las infecciones en el seno de la familia y el matrimonio. Ahora bien, esta ambivalencia se difumina cuando la medicina dirige su mirada a la prostituta, pues ella será subsumida en la familia de los anormales y perversos.


Un hito fundante para las concepciones de la medicina moderna sobre la prostitución lo constituye el estudio de Parent Duchatelet, publicado por primera vez en 1836. Su posición dentro de la ciencia médica no inhibe en absoluto los abordajes morales como lo declara el título de esta obra “De la prostitución en la ciudad de París desde el punto de vista de la higiene pública, la moral y la administración”. Toda la literatura revisada que abordan la problemática de la prostitución refiere el carácter señero de dicho estudio, de hecho, Parent Duchatelet es citado como uno de los fundadores de la investigación en temáticas sexuales desde las ciencias sociales y del comportamiento (Bullough, 1996).

Parent Duchatelet, tomado aquí como un ejemplo entre los varios que lo seguirán (véase, Acton, 1857; Sanger, 1895; Flexner, 1914, entre otros6), realiza un examen pormenorizado: trabaja con encuestas y con registros policiales, hace exámenes médicos, revisaciones clínicas y biométricas -tomando por ejemplo medidas del clítoris de las prostitutas, lo que por la época se suponía explicativo de su comportamiento sexual- pero también un análisis exhaustivo de las condiciones de vida -hábitos cotidianos, alimentación, forma de vestir, etc.-, variables sociológicas de base, indagando en la respuesta frente a la autoridad, frente a la religión y al matrimonio y también en los deseos de abandonar el “oficio”7. Estos datos puntuales le sirven para estructurar un esquema de distintos estratos de prostitutas y diferentes costumbres, allí se asocia pobreza y enfermedad bajo un vínculo con la falla moral que redunda en la responsabilización individual, la cual puede ir desde la victimización a la culpabilización pero que en ningún momento rompe la “cáscara” individualista.


Ahora bien, más allá de los datos empíricos que recabara, o mejor dicho que construyera este médico francés, aquí importa la operación que mediante estos estudios se lleva a cabo, pues lo que se inaugura, o al menos cristaliza nítidamente por primera vez, es la construcción de las prostitutas como una “población”, en sentido foucaultiano, desde una incipiente epidemiología. Se explica así por qué la mayor parte de los estudios están preocupados por la “extensión” de la prostitución, se necesita medirla, conocer sus rasgos como grupo. Emerge la encuesta epidemiológica como un particular dispositivo que produce la biopolitización del cuerpo de la prostituta. Esta operación podría ser también denominada como la medicalización de la prostitución propiamente dicha, es decir una construcción del cuerpo de la prostituta en tanto conjunto de caracteres patológicos (pero también moralmente reprochables) susceptible de un tratamiento y hospitalización. Aplicación de la estrategia biopolítica de la medicina a la población de prostitutas.
Se ha referido el estudio de Parent Duchatelet, pues este y la escuela médica francesa influencian a buena parte del higienismo en América Latina -tal como muestran Guy (1994) en Argentina, Nuñez (2001) en México y Obregón (2002) en Colombia- y sirven de referencia general para los puntos centrales del discurso médico sobre la prostitución.

¿Cómo, con qué mecanismos y dispositivos específicos, construye la medicina -al menos el modelo higienista- a la prostituta? En esta construcción tiene un papel primordial el análisis médico, el cual es compulsivo en el marco reglamentarista. Este sistema, que primó en varios países a lo largo del siglo XIX y hasta comienzos del XX, se caracteriza por regular el comercio sexual a través del registro de las personas dedicadas a la oferta de sexo, la circunscripción de zonas y lugares habilitados para ello y el control sanitario (fundamentalmente de las enfermedades de transmisión sexual). El reglamentarismo fue respaldado en buena parte por los médicos del higienismo (cfr. Guy, 1991; Grammático, 2000; Nuñez, 2001). Se configura así un examen clínico que será muy cercano a la confesión en tanto implica, no sólo la inspección clínica del cuerpo de las prostitutas, sin que además incluye cuestionamientos morales en la indagación.

A la vez esta construcción del cuerpo de la prostituta se enmarca en, y se refuerza por, una internación / reclusión. Aparecen tres lugares de encierro que se encargan de lograr la prescripta segregación de las prostitutas: por un lado el burdel, devenido “casa de tolerancia”, emplazado en lugares particulares de la cuidad, por otro la prisión, lo que pone de manifiesto las vinculaciones de la prostitución y la delincuencia -sobre todo para las clases bajas-. Sin embargo el lugar fundamental donde la medicina concibe a la prostituta es en el hospital y particularmente en el hospital de sifilíticas8. Allí, aisladas de su contexto malsano, las prostitutas son analizadas, tratadas, evaluadas, interpeladas moralmente -buscando su arrepentimiento- y finalmente también castigadas en tanto el hospital funcionaba a la vez como cárcel.
A partir de todos estos dispositivos la medicina construye una imagen de la prostituta que será indisociable de las enfermedades venéreas, pero que además se completa con un imaginario que incluye: alcoholismo, mala alimentación, ociosidad, gusto por los consumos suntuarios, tendencia al robo, mala higiene personal, bajo nivel intelectual y poca capacidad de abstracción, necesidad de movilidad constante y una larga serie de patologías sexuales9.

Esta modalidad en que se construye, se tipifica y se estigmatiza a las prostitutas evidencia la necesidad de sostener una idea de pureza de una parte del cuerpo social que no debía ser infectado por los sectores contaminados. En tanto la enfermedad fuera pensada como un “atributo” inherente a la condición de prostituta, no sería necesario cuestionar: las condiciones de precariedad sanitaria de los lugares donde trabajan, el circuito de contagio siempre reinaugurado por los clientes que no recibían atención médica10, ni la dificultad de implementar la prevención, en tanto muchas mujeres evitaban las revisaciones por temor a las sanciones y también por la discriminación en el trato médico. Sería interesante abordar, en un trabajo futuro, las estrategias de resistencia y las múltiples alianzas que estas mujeres llevaban a cabo para escapar a esta forma de medicalización compulsiva.


Como señalan Helen Ward y Sophie Day (1997), no sólo en el higienismo, sino en toda la epidemiología clásica del tratamiento de enfermedades sexualmente transmitidas, las prostitutas son vistas como una suerte de reservorio de infección11. Conformarían parte de un grupo medular (‘core group’) con altos niveles de prevalencia, que sostiene la infección, impidiendo erradicar la enfermedad y esparciéndola al resto de la población, a la que se suele llamar la “población general”.

En este marco la medicina moviliza sus conocimientos y técnicas, su potencia, y orienta su atención hacia las prostitutas, siempre concebidas en relación al peligro de contagio y la inminente contaminación a la familia, manchando el honor de las mujeres casadas y su descendencia. Tal como lo muestra con claridad Donna Guy, la concepción de la medicina higienista denota al matrimonio como valor a defender, aunque también son parte de su misión proteger a la nación12 y a la masculinidad heterosexual (Guy, 1994). Esta autora repara en las distinciones que marcan los criterios utilizados por la medicina higienista –por ejemplo al momento de seleccionar a quiénes someter a revisiones médicas de las que quedan exentos tanto clientes como prostitutas de “clase alta”. De esta manera logra explicitar la sobredeterminación tanto de género como de clase que atraviesa la pretendida visión científica y biomédica de esta corriente. A estos sesgos se deben sumar los supuestos racistas/nacionalistas que marcan toda la mirada del higienismo y la medicina del sistema regulacionista de la prostitución. Paradójicamente, a pesar de que los estudios realizados por estos médicos marcaban claramente la influencia de la pobreza y la desigual estructura de oportunidades en el mercado laborar para las mujeres, ninguno de ellos pudo elaborar una crítica de un sistema capitalista y patriarcal. Ciertamente los datos, sean estos rotulados como clínicos y producidos por la ciencia médica o por otros saberes, son construcciones que pueden leerse (o ignorarse) de distintas formas.


El discurso médico, más precisamente biomédico, y sus tecnologías construyen, y sustentan con la legitimidad de un saber sancionado como científico, un imaginario acerca de las prostitutas. Este, opera una homogenización, bajo el signo de la patología, de las diferentes experiencias de las personas que se dedican a esta actividad y, en el mismo movimiento, bloquea la posibilidad de pensar su capacidad de resistencia.

Aquí es importante hacer alusión a las conceptualizaciones y reelaboraciones que hicieran Parker y Aggleton (2003) acerca del proceso de estigmatización. Aunque estos autores señalan la necesidad de repensar la categoría de “estigma” apuntando sobre todo a la problemática del VIH/sida, el enfoque planteado es fructífero al momento de pensar la temática más general que aquí se ha abordado: la mirada de la medicina y la estigmatización de quienes realizan trabajo sexual.

La política de designación (Conrad, 1985) sobre la “desviación” que supone la prostitución no parece ser taxativa en el sentido de una completa medicalización de la prostituta, quien como “desviada”, es juzgada también desde una dimensión moral -donde la religión continua desempeñando un papel importante y la doctrina medieval de la tolerantia13 continua resonando en el discurso médico. Aun así, a lo largo de este trabajo ha sido posible visualizar como la medicina ha jugado un rol fundamental en la gestación y sostenimiento del estigma sobre las personas que se dedican al trabajo sexual. Es necesario aquí dejar de pensar la enfermedad/estigma como un atributo individual para comprender la trama de relaciones sociales y de poder que en ella están actuando. Observando, como proponen Parker y Aggleton, la “economía política de la estigmatización” se podría decir que la medicina es funcional para poner en marcha una violencia simbólica (pero no sólo simbólica) contra las prostitutas. Dada la alta legitimidad que posee como conocimiento científico, el discurso biomédico es un arma efectiva para los sectores dominantes, para lograr hegemonía en sus nociones de salud y normalidad. La estigmatización es así entendida como un proceso social donde entran en juego las relaciones de poder y de dominación entre los sectores ubicados diferencialmente en el espacio social, vale decir, las relaciones de poder entre clases -y para nuestro caso también entre géneros, sexualidades y razas-.

Desde esta perspectiva puede verse claramente a la medicina como estrategia biopolítica y, retomando a Crawford (1994), podríamos agregar que, cada vez que esta estrategia implica una estigmatización y la construcción de un “otro enfermizo”, la clase o grupo estigmatizado está sirviendo allí como demarcación para que la clase o grupo dominante -aquí bajo el aséptico nombre de “población general”- logre la afirmación de su propia identidad.



Reflexiones finales
Las posiciones “prostituta” y “cliente” son espacios que no solamente se hallan socialmente construidos por las variables de “género” y “clase”, además deben ser considerados desde una visión relacional pues no se puede comprender a uno sin el otro. Contrariamente, la medicina -no sólo el higienismo o la epidemiología más tradicional14, sino varios abordajes actuales15- no logra superar un sustancialismo que opaca cualquier posibilidad de comprender más cabalmente las problemáticas del mercado del sexo. Más allá de algunas declaraciones de buena voluntad, las trabajadoras sexuales continúan siendo pensadas en términos de posibilidades de contagio, y poco se piensa en su salud más allá de los márgenes de la visión biomédica. Aunque discursivamente, en el marco de la lucha contra la epidemia de VIH/sida, se ha incorporado a los clientes como parte de las “most-at-risk populations”; pocas (o ninguna) de las intervenciones de salud pública tiene como blanco a tal población.

No es casual que aquí se centre la atención sobre el discurso médico higienista en tanto este, y ahora algunas concepciones sobre prevención de VIH/sida, se corresponden con momentos de control específico sobre las y los trabajadores sexuales. La propia concepción generizada y especialmente sexualizada o genitalizada de la prostitución implica su visibilización en contextos de riesgos específicos para el cuerpo social. Esto indica, a la vez, la necesidad de un cuestionamiento crítico más profundo de la noción epidemiológica de “riesgo”, la cual, como señala Ayres (2002), trabaja sobre un marco individualista y está orientada a fines de control técnico. Tal vez una alternativa sea el concepto de “vulnerabilidad” que Ayres propone como “forma de ampliar los horizontes normativos de ese campo más allá de la eficacia técnica” (2002: 11), pensando menos en el control de la enfermedad y más en las necesidades del ser humano. En este sentido deben comprenderse las demandas de los colectivos de personas en prostitución/trabajadores sexuales por ser incluidas en las políticas de salud desde una visión integral que no sólo se oriente a la prevención y tratamiento de aquellos aspectos vinculados de modo directo con el ejercicio de prácticas sexuales.



En relación al último aspecto mencionado, nos preguntamos hasta qué punto la renovada atención que la medicina pone en las trabajadoras sexuales a partir de la epidemia de VIH/sida podría dar lugar a nuevas concepciones. Ward y Day (1997) han señalado cómo la epidemia de VIH/sida ha desplazado la atención de otros problemas vitales para las personas dedicadas al trabajo sexual. Más aun, siguiendo lo que plantean tanto Crawford (1994) como Parker y Aggleton (2003) -entre otros varios-, dicha epidemia ha renovado la estigmatización hacia estas personas. Para la comprensión de este fenómeno, acicateado por una ola de pánico moral, se debe considerar que “el estigma tiene siempre una historia que ejerce influencia sobre su aparición y sobre la forma que este asume” (Parker y Aggleton 2003: 17). Si bien la renovación o reactualización del estigma a partir del VIH/sida no es puntualmente tematizada aquí, ya podemos comprender algo sobre su procedencia histórica.
Hoy el derrotero a seguir es incierto, los esfuerzos discursivos, como utilizar la denominación de “trabajo sexual”, que ciertamente podría traer aparejada una relativa revaluación simbólica, pueden acabar diluyéndose si no son acompañados de otra serie de medidas. Una de ellas sería poner en cuestión las regulaciones legales, no sólo como barrera de acceso a los servicios sanitarios, sino como elementos opresivos. Así también parece necesaria una crítica profunda de las ambivalencias que genera la actual aplicación del modelo abolicionista, el cual, si bien no controla a las “prostitutas” como el reglamentarismo del siglo XIX / XX, ni hace clandestina la actividad como el prohibicionismo, tampoco supone acciones que socaven las profundas desigualdades que marcan a quienes hacen trabajo sexual, ni escucha sus demandas.

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1 El presente análisis constituye una reelaboración y ampliación de algunos puntos desarrollados en Justo, C. y Morcillo, S. “Regímenes del placer. Prostitutas, sacerdotes y médicos” ponencia presentada en las V Jornadas de Sociología de la UNLP, 2008, La Plata.

2 Es posible considerar que las líneas generales de dicho caso son las que siguió la medicina moderna que se hizo hegemónica en occidente.

3 Sin embargo, estos modelos no se excluyen mutuamente, sino que, aunque se pueda decir que el último predomina y de alguna manera reabsorbe al primero, Foucault aclara que ambos conviven en una particular tensión sin que el modelo de biopoder reemplace y elimine al de soberanía y sus instituciones.

4 “De una manera general, en la unión del "cuerpo" y la "población", el sexo se convirtió en blanco central para un poder organizado alrededor de la administración de la vida y no de la amenaza de muerte.” (Foucault, 1999: 178)

5 Además esta autor agrega que “La salud, y la sanción de la enfermedad, asumieron un rol central en la solidificación de la posiciones de clase” [traducción propia] (1994: 1352)

6 Si bien existen algunas diferencias entre estos estudios sobre la prostitución, a saber una progresiva atribución de causalidad a la pobreza y el alejamiento del crédito a los sistemas regulacionistas, todos ellos miran a las prostitutas como un foco de transmisión de enfermedades y a la vez conciben a la prostitución como un vicio que mina la moral de las sociedades.

7 Parent Duchatelet aboga por la regulación estatal de la prostitución y a la vez propone para aquellas prostitutas que estén convencidas de querer abandonar su “oficio” una suerte de centro de reinserción, donde se les ayudaría a encontrar una nueva ocupación.

8 Debe recordarse el papel que la sífilis tuvo como generadora de pánico social: caracterizada como “peor amenaza a la humanidad” y, en tanto contagia a las generaciones por venir, es concebida por los eugenistas como la principal causa de degeneración de la raza.

9 Dentro del higienismo se puede citar a Parent Duchatelet; Willliam Sanger; Geroge Draysdale; William Acton, y sus discípulos locales -ver en Guy, 1994 y Nuñez, 2001-; pero estas nociones se replican, si bien atenuadas, en estudios más actuales por ejemplo Romi, 2006; Espinoza Mourra y Rosales de Castillo, 1983; Salomone, 1992

10 Los clientes no han sido en general materia de estas políticas de salud vinculadas a enfermedades venéreas. En ese sentido, las leyes de profilaxis y los exámenes prenupciales implementados en muchísimos países en los que se testea a mujeres y varones por igual pero una única vez antes del matrimonio- constituyen más una política moral que sanitaria.

11 Aquí la imagen de las prostitutas como un “reservorio” o un receptáculo es en realidad bastante ajustada a las concepciones médicas. Tómese por ejemplo las afirmaciones de Tiscornia (1918), medico que se muestra muy preocupado pues los análisis clínicos de las prostitutas no incluyen un examen bucal, no porque le importe la salud de estas mujeres, sino porque en con esa cavidad, la boca antihigiénica, entra en contacto el pene y pone así en riesgo la salud de los hombres.

12 También cfr Grammático, 2000. Al respecto es notable como la sífilis será construida claramente como una enfermedad del “otro”, achacando su origen a extranjeros - en Francia la denominaban “enfermedad italiana”, los alemanes, españoles e ingleses la llamaban “enfermedad francesa”, los rusos la llamaban “enfermedad polaca”, los turcos la llamaban “Mal de los Cristianos” y “Mal Español”-, y también se le atribuyó el origen a las indígenas americanas y, por supuesto, a las prostitutas.

13 Por ejemplo los ecos agustinianos de tolerancia pueden leerse todavía muy claramente en Parent Duchatelet quien afirma: “Las prostitutas son tan inevitables en las aglomeraciones de hombres como el alcantarillado, las carreteras y los depósitos de basuras” (1836: 338) (Para más precisiones véase Justo, C. y Morcillo, S. op. cit.)

14 Aunque no es posible darle un tratamiento en profundidad al tema, es necesario destacar que también las disciplinas “psi” han funcionado como saberes-poderes sobre las prostitutas, muchas veces patologizándolas y estereotipándolas. Un ejemplo se puede ver en el análisis de Maryse Choisy, quien, retomando lo que Freud llamó dirnenkomplex (complejo de prostitución), explica que en el fondo de cada prostituta hay “una niñita que no se siente amada por su padre” y que por ello buscará “degradar su valor sexual”; además agrega que estas “criaturas perversas […] son por lo general totalmente frígidas” (Choisy, 1993: 13) e incapaces de tener sexualidad normal pues sus vínculos son gestados a partir del odio y el desprecio. A esto debemos sumar que Choisy niega importancia a lo que ella llama “causas socioeconómicas” de la prostitución, poniendo todo el énfasis causal a la constitución psicopatológica de la prostituta. Este discurso no sólo permite recortar prolijamente una subjetividad particular, e indefectiblemente enferma, de la prostituta, sino que, al mismo tiempo, opera una homogeneización de las experiencias de quienes se prostituyen.

15 Por ejemplo, dentro de las estrategias preventivas del VIH/sida, el llamado “modelo epidemiológico-conductual” (cfr. Pecheny y Manzelli 2002) favorece una visión sustancialista y voluntarista de los agentes involucrados -renovando así el peligro de hacer caer juicios morales sobre ellas/os y sus conductas-.







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