Configurazoom- los enfoques de la complejidad Denise Najmanovich Configurazoom- los enfoques de la complejidad



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4. Configurazoom: un estilo de indagación

Jamás veré nada desde todos los lugares posibles a la vez, cada vez,

veo desde un sitio determinado, veo un aspecto, veo en una ‘perspectiva’.

Y yo veo significa yo veo porque soy yo, y no veo solamente con mis ojos;

cuando veo algo, toda mi vida está ahí, encarnada en esa visión,

en ese acto de ver. Todo esto no es un ‘defecto’ de nuestra visión, es la visión.

Cornelius Castoriadis
La concepción representacionalista ha reducido el conocimiento al reflejo, y el objetivismo ha limitado el saber humano a una imagen o producto estandarizado. Lo que ha quedado fuera del enfoque único y rígido que el modelo mecánico permite es mucho más que un gorila. Al engrillar el saber dentro de marcos teóricos, ya sean mecánicos o estructurales, quedan invisibilizados los procesos en su devenir, las mediaciones e interacciones, los cambios cualitativos, los vínculos transformadores, los límites permeables. Al pre‑imponer a la experiencia la exigencia de reproducibilidad experimental no sólo dejamos fuera la existencia singular sino también la trama viva en que está inserta.

El desafío para quienes queremos promover un pensamiento complejo consiste no sólo en comprender las inmensas limitaciones del pensamiento disociado de la Modernidad sino en avanzar hacia la gestación de una ética‑estética multidimensional, no-dualista, capaz de acoger la inmensa diversidad y la variabilidad de la experiencia humana. Con ese propósito he inventado un dispositivo al que he denominado “configurazoom” que permite multiplicar los puntos de vista y al mismo tiempo incluir al sujeto y el colectivo en el que vive como productores de un saber dinámico, encarnado y socialmente responsable ya que cambiar nuestra concepciones sobre el conocimiento no es una tarea meramente intelectual, sino que, como veremos, es también ética y política.

La importancia del configurazoom radica en que nos permite pensar de modo multidimensional y recursivo. Es decir, en un nivel podemos gestar múltiples configuraciones a partir de nuestros encuentros con el mundo y, simultáneamente, sabemos que no se trata de reflejar el mundo, sino de dar sentido a nuestra propia experiencia, singular y colectiva. Al reconocernos como parte inextricable de la naturaleza toda nuestra relación con ella se modifica radicalmente. Se transforman los vínculos con nuestros semejantes, con el medio ambiente y con nosotros mismos. Cambia también nuestra concepción respecto al conocimiento, sus fuentes y sus límites. La razón humana no puede ya entenderse de modo trascendente, sino como una faceta de nuestra existencia como seres vivos inextricablemente unida a la imaginación, a los afectos y a la acción. La razón toma forma en el vivir y se forma y transforma mediante los intercambios mediados por el cuerpo, el lenguaje, las tecnologías, los estilos de pensamiento y las prácticas sociales de aprendizaje.

La Modernidad ha concebido el conocimiento de modo análogo a la cámara oscura y luego a la fotografía: como una instantánea y un producto. Como toda analogía ésta es parcial, pero los representacionalistas no lo admiten, sino que por el contrario nos la presentan “como si” fuera completa. No he de cuestionar la parcialidad pues ésa es la naturaleza misma del conocer humano, sino la negación que el representacionalismo hace de la misma. Los enfoques de la complejidad son al mismo tiempo más humildes, pues reconocen que todo saber es situado, y más amplios, porque a partir de admitir la localidad se puede explorar el mundo desde muy diversos ángulos y modos ampliando enormemente nuestra potencia

Para facilitar la comprensión de las diferencias entre los modelos instituidos y el configurazoom complejo utilizaremos la metáfora de la fotografía pero explorando algunos aspectos claves que han quedado por fuera del foco de la cultura moderna. Para ello, en lugar de concentrarnos en el producto (fotografía, conocimiento) consideraremos la actividad (conocer, fotografiar). No miraremos solo la foto sino al fotógrafo en su accionar, teniendo en claro en todo momento que no pretendemos una imposible descripción “objetiva” sino que estamos explorando una analogía productiva. De este modo podremos generar una concepción dinámica, encarnada y entramada del conocimiento humano, entendido como una actividad en permanente flujo y cambio. El fruto de esta actividad ya no es una imagen fija sino un “mundo de experiencia” vital del ser humano en su encuentro con el mundo.

Decir adiós a la actitud contemplativa que solo encuentra ideas y objetos fijos es un desafío mayúsculo pues nos enfrenta a una quiebra del “sentido común” en el que hemos sido adiestrados y educados. ¿Cómo cambia nuestro mundo cuando abandonamos la idea de un punto de vista privilegiado? ¿Qué saber es posible en un mundo completamente activo y por lo tanto cambiante en el que somos participantes?

No nos representamos un mundo independiente sino aprehendemos el mundo en los encuentros y vamos configurándolo en el flujo de la vida. Esta actividad genera “configuraciones dinámicas” que no son “recortes” de una realidad previa, sino producciones interactivas. No son tampoco creaciones individuales, pues ninguna persona ha aprendido aisladamente sino que su capacidad cognitiva se ido desarrollando en la trama colectiva moldeada por el lenguaje, el ambiente y las formas de saber-hacer de su cultura.

Las configuraciones dinámicas no son esquemas abstractos, presuntamente universales, sino actividades de personas ligadas en una red vincular. De este modo los productos del configurazoom resultan completamente singulares y al mismo tiempo totalmente comunes. Aquella magnífica frase que nos dice “pinta tu aldea y serás universal” capta a la perfección esta característica de lo común compartido, pues no se trata de la identidad de los universales abstractos, sino la capacidad de gestar patterns semejantes, figuras afines que permiten dar cuenta de la singularidad y al mismo tiempo no disociarla de lo común.

Si queremos honrar la complejidad del saber humano no podemos reducirlo a un solo modo de conocimiento, tenemos que ser capaces de acoger y reconocer la legitimidad de las múltiples configuraciones que el saber puede adoptar. Es por eso que el “configurazoom” intenta dar cuenta simultáneamente de la multiplicidad, la diversidad y el fluir de nuestro saber.

Revisitemos la analogía fotográfica. Como vimos el representacionalismo reduce la fotografía a una placa fija. Al hacerlo deja fuera todas las operaciones que hace el fotógrafo: enfocar, elegir una velocidad, un balance de blancos, un filtro, una sensibilidad de película, etc. y también han sido desconsiderada las características materiales y funcionales de la máquina fotográfica. Por otra parte, cuando nos concentramos en las imágenes fijas dejamos de lado la fluidez de la experiencia, el movimiento, la textura, el sonido, los aromas, las vibraciones, en suma: la palpitante actividad del universo en el que estamos inmersos y queremos captar.

Desde el comienzo de este trabajo hemos estado utilizando el configurazoom para poder comprender el representacionalismo-objetivista y sus limitaciones (Si el lector vuelve sobre sus pasos encontrará en muy diversos momentos el término “enfocar” y sus variantes). A partir de ahora lo seguiremos utilizando pero además focalizaremos nuestro interés sobre el dispositivo mismo y su importancia.

Desde los enfoques de la complejidad implicada, no existe una realidad única, sino que eso que llamamos realidad se hace presente, emerge en la dinámica de encuentros. No conocemos un mundo independiente sino que configuramos un mundo al integrar y dar sentido a nuestras percepciones (mediadas por muy diversas tecnologías: corporales, sociales, duras, blandas, mecánicas, electrónicas, etc.). Cada ser vivo en su vivir va dando forma a su mundo (Maturana y Varela, 1990; Maturana 1990; Varela, 1992, 1996; Noe, A. 2010). No se trata de un mundo “en sí mismo”, de una “realidad objetiva” que pueda ser considerada verdadera o falsa en términos absolutos, pues no tenemos modo alguno de comparar nuestra experiencia con un mundo no experimentado. Lo que será considerado verdadero o falso estará determinado por el modo de conocimiento empleado y es válido sólo dentro de sus límites. La gran falacia de la Modernidad es haber pretendido que el hombre era capaz de un conocimiento universal. Algo que no debe extrañarnos de una cultura que pretendió, y en muy buena medida logró, expandir su civilización a buena parte del planeta presentándola como LA CIVILIZACIÓN.

En la medida que los Estados Nación, que dieron origen a las creencias modernas en la objetividad, la racionalidad única y desencarnada y el universo mecánico, estable y jerárquico van perdiendo sustento y credibilidad tanto política como cognitivamente se hacen evidentes los límites que el representacionalismo había logrado eludir. Es el momento propicio para seguir el camino propuesto por Spinoza y preguntarnos: ¿Qué permite y qué impide? ¿Cómo ha sido construido? ¿Cuáles son sus límites?

Desde esta perspectiva lo que el representacionalismo concibe como conocimiento objetivo se nos presenta como un modo de producción del saber basado en la estandarización metódica y en la aplicación de dispositivos disciplinares. La objetividad no es más, ni menos, que una creencia muy exitosa, gestada por una educación férrea dedicada a establecer un punto de vista único, que la costumbre y el consenso permitieron “naturalizar”.

Sus métodos, valores, dispositivos prácticos y creencias estaban adaptados a una sociedad disciplinada. Es decir, una sociedad entrenada para compartir la “ilusión de realismo”. Esa ilusión, como todas las creencias eficaces, no era un mero delirio, sino que lograba credibilidad porque obligaba a todo hombre que quisiera ser considerado normal a que restringiera su experiencia a los parámetros presupuestos e impuestos por el marco teórico y el método. Nunca fuimos objetivos, sino que el dispositivo social y académico nos disciplinó para que miráramos siempre desde el punto de vista legitimado.

En lenguaje prosaico: nos vendieron la “objetividad” y nos dieron “disciplinas y estandarización”. La primera es una ilusión (políticamente fundamental para exigir obediencia en nombre de la “Realidad”, que en la sociedad republicana y laica sustituyó a Dios y al Rey) en tanto que las segundas son una herramientas poderosísimas de construcción de sentido y de mundo. La ciencia disciplinaria ha sido prolífica y creativa, pero las restricciones metodológicas y paradigmáticas confinaban el campo del conocimiento a lo reproducible, y en la era mecanicista limitaban el mundo a lo que podía expresarse dentro de los estrechos márgenes de la matemática lineal o de los esquemas cerrados estructurales. Las investigaciones y los resultados que obtienen los científicos no son objetivos, ni tampoco subjetivos, son el resultado de un modo específico de interacción con el mundo, valioso y productivo, pero no único, ni mucho menos omnipotente. El objetivismo en cambio es una ideología de dominación que presume de ser la única que tiene acceso a la realidad, a la que paradójicamente considera independiente. Al igual que por boca de los sacerdotes se supone que habla Dios, quienes hablan desde la objetividad pretender ser los “voceros” de lo real y hacernos creer que por su boca habla el mundo (No en vano están obligados a utilizar siempre una gramática impersonal donde los “datos” cantan, los “hechos” demuestran, el experimento “arroja” resultados, cuando bien sabemos que sólo las personas pueden hablar, creer en demostraciones o interpretar resultados).



Para comprender cómo la cultura moderna establece las verdades universales, y cómo esa universalidad no es tal, sino que se trata de una perspectiva parcial y local como cualquier mirada, veamos un ejemplo muy sencillo y al mismo tiempo sorprendente. Al cortar un plano de papel por el medio obtenemos dos mitades separadas, si cortamos un cilindro también ocurrirá lo mismo. Nuestro modo habitual de proceder es extender esta característica del plano a otras figuras e incluso a otros dominios de experiencia. Sin percatarnos siquiera saltamos de la afirmación de los casos particulares hacia la aceptación de una verdad universal: “Al cortar una figura por el medio se obtienen dos mitades separadas”.

Figura 4


Nuestra educación nos ha impuesto la geometría euclidiana como un “marco invisible” que organiza nuestro pensamiento. Su invisibilidad lo hace aún más poderoso porque impide la crítica, es un presupuesto oculto de nuestro conocimiento. Recién hacia fines del siglo XIX las geometrías no euclidianas comenzaron a ser desarrolladas, reconocidas y legitimadas, aunque el espacio físico seguía rigiéndose por el modelo euclidiano, hasta que Einstein puso fin a su imperio. Cuando pensamos (aunque no lo sepamos) dentro de sus presupuestos la afirmación “Al cortar una figura por el medio se obtienen dos mitades separadas” nos parece una verdad evidente y universal. Pero como veremos no es ni lo uno, ni lo otro. Y, al mismo tiempo, no es falsa.

Cuando cortamos por la mitad una Cinta de Moebius nada de eso sucede.



Figura 5


Contradiciendo nuestras expectativas al “cortar por la mitad” en lugar de obtener dos partes separadas nos encontramos con una cinta de Moebius más finita pero más larga.

¿Qué pasa si cortamos al tercio?



Figura 6


Nuevamente obtenemos un resultado contradictorio con nuestras expectativas. Siguiendo las interpretaciones de Simon y Chabris, que son típicas de nuestra cultura, tendríamos que adjudicar el fallo a nuestra intuición. Sin embargo, no es una difusa y vaga intuición, la que nos lleva a creer que al cortar por la mitad se obtienen dos partes separadas. Es la creencia en la rigurosa geometría euclidiana y su preimposición a la experiencia la que nos ha llevado a esperar un resultado diferente al obtenido. El adiestramiento y el hábito cultural hacen que utilicemos la geometría euclidiana para configurar la experiencia, y que al mismo tiempo este marco conceptual resulte invisibilizado porque creemos que es la “forma misma del mundo” y no nuestra peculiar manera de relacionarnos con él.

Al cambiar la forma del espacio (en nuestro ejemplo de una forma cilíndrica a una cinta de Moebius) hemos visto como cambian las relaciones arriba/abajo, adentro/afuera, lo que significa cortar por la mitad y al tercio. Pero no solo eso, también se modifica parcialmente qué es lo posible y lo imposible, así como lo que es verdadero o falso.

Del mismo modo que nuestra cultura nos ha enseñado a presuponer un espacio euclidiano para pensar las relaciones geométricas, también nos ha adiestrado para imponerle a toda la experiencia un marco representacionalista. Esta forma de pensar no es intuitiva aunque sea inconsciente: hemos sido formados en ella y luego hemos olvidado este proceso de formación y naturalizado el resultado.

Las concepción representacionalista presupone un espacio cognitivo que separa radicalmente al sujeto y al objeto de conocimiento, estableciendo entre ellos una relación especular. Cuando ese espacio presupuesto y los modelos de conocimiento asociados empiezan a licuarse como está ocurriendo en la contemporaneidad (Bauman, 2003), empezamos a sentir vértigo, algunos incluso pánico y aparecen los vendedores de nuevas certezas. ¿Es posible superar el mareo y la falta de coordenadas fijas? ¿Existe algún modo de conocer que no implique un marco previo?

El pensamiento complejo, si es que realmente honra la complejidad, podría actuar como un antídoto respecto a cualquier pretensión de saber total o absoluto. Aunque, por supuesto, no hay garantías, pues sabemos bien que ser humano es un ser contradictorio y no faltan quienes están esperando, cuando no vendiendo, una nueva panacea a la que también llaman complejidad. Nada puede hacerse al respecto más que diferenciarse e intentar promover otros enfoques que como el configurazoom dan cuenta simultáneamente de los límites del saber como de su potencia. La complejidad, cuando no la reducimos a un marco o paradigma, sino que la honramos en su infinitud, nos permite componer muy diversos paisajes puesto que no pone restricciones a priori a la experiencia, aunque de hecho cada cultura y persona sólo podrá pensar unas pocas configuraciones del espacio de conocimiento (esto no es un defecto sino una consecuencia natural de nuestra propia finitud). Algunas han de ser semejantes y otras antagónicas, pueden coincidir parcialmente o contradecirse totalmente, pero ninguna tiene un privilegio sobre las demás.

Las configuraciones dinámicas no son “imágenes del mundo” ni se “estructuran en teorías” son modos multidimensionales de producir sentido que jamás están separados de la acción corporal, de los afectos, de la imaginación ni de la razón. Son el mundo mismo de experiencia expresado de muy diversas formas según las habilidades del sujeto y los modos de compartir del colectivo. No hay en esta forma de concebir el saber una disociación teoría‑práxis, ni una separación de la afectividad y la inteligencia, o de la acción y la razón. El configurazoom no admite marcos ni grillas teóricas ni imposiciones metodológicas a priori, sino que piensa las situaciones tratando de honrar su complejidad pero sin alucinar con la universalidad. No por ello carece de amplitud o generalidad, pero ésta no es ni una exigencia ni un presupuesto sino que es la expresión de lo común en la experiencia humana.

La complejidad admite una infinidad de miradas, enfoques, modos de conocimiento y expresión, no se restringe ni presupone un modo privilegiado de relación con el mundo. De esta manera genera una diferencia colosal tanto en lo cognitivo, como en lo ético y lo político con el paradigma de las simplicidad característico del pensamiento moderno. El pensamiento complejo es multicultural, diverso, dinámico e implicado. Más aún: como bien nos ha enseñado Edgar Morin: es preciso estar siempre atentos a las complejidades de la complejidad (Morin, 2007). Si un rasgo tienen en común la infinidad de enfoques posibles del configurazoom es el de reconocer que todos ellos son humanos, cada uno es el resultado de un modo de existencia, de un tipo de interacción, de un estilo de producción colectiva.

A la cultura occidental el infinito siempre le ha producido vértigo. Aunque la modernidad nació abriendo las compuertas del mundo medieval hacia la infinitud rápidamente las cerró estableciendo fundamentos inamovibles y reemplazando la infalibilidad divina por la certeza matemática. En lugar de aceptar los límites inherentes a todo conocer humano (su parcialidad, su localidad y su temporalidad) hemos acallado los temores sepultándolos con certezas universales y soñando con poder controlar las variables. La ética‑estética de la complejidad nos lleva a buscar otro modo de relación con la infinitud. El configurazoom nos permite aceptar la infinitud del universo y la limitación del conocimiento humano. Esta limitación no es un defecto a subsanar, sino que paradójicamente, al reconocer nuestra finitud se abre la posibilidad de generar y reconocer la legitimidad de múltiples configuraciones. Todas ellas son el resultado de un modo peculiar de ser afectados en los encuentros y de las formas en que el colectivo al que pertenecemos nos ha formado para aprehenderlo y expresar nuestro saber.

Al aceptar nuestra pertenencia al universo, nuestra inextricable unión con el conjunto de la naturaleza gestamos un bucle en nuestro modo de comprensión con innumerables consecuencias. Sí, además, admitimos junto a Spinoza que convivimos en una naturaleza interactiva en todos los niveles, tendremos que reconfigurar nuestro modo de entender el conocimiento, el mundo y nosotros en él.

5. ¿Conclusiones?

Si se limpian las puertas de la percepción, todas las cosas aparecen como lo que son, es decir infinitas”. William Blake

Para entrar y navegar en los territorios móviles de la complejidad es preciso desmontar la mayor ilusión de nuestra cultura: la creencia en una realidad única e independiente que sólo es conocida por algunos privilegiados. Paradójicamente, “la realidad” nació en una leyenda inventada por Platón. En una famosa alegoría el sabio griego imaginó una situación que presentaba a los hombres como esclavos encerrados en una caverna y encadenados de tal modo que sólo veían sombras y las confundían con los objetos que las producían pero que ellos no podían ver. Sólo el filósofo podía acceder al “verdadero mundo”, trascendente, luminoso e ideal. No es un detalle menor señalar que esta ficción mediante la cual se engendró la “realidad” tiene un lugar central en el texto platónico “La república” que es a la vez el primer tratado político y el primer manifiesto educativo de Occidente.

Siguiendo las enseñanzas del fundador de la Academia, la tradición filosófica occidental concibió el conocimiento encadenado a la dicotomía entre Apariencia y Realidad. La filosofía representacionalista-objetivista creó una nueva versión de la caverna. Mantuvo la dicotomía entre Apariencia y Realidad pero merced al giro cartesiano que escindió al sujeto y al objeto, al cuerpo y la mente, al hombre y la naturaleza forjó una nueva “ilusión realista” gracias al mito de la objetividad (Najmanovich, 2011). De este modo los filósofos (expertos, científicos) quedaron separados drásticamente del común de los hombres (necios e ignorantes). Desde entonces en nuestra cultura se supone que sólo algunos “elegidos” tienen acceso a la verdadera realidad mientras el resto vive en un mundo ilusorio (mítico, primitivo, popular, ficcional, pasional). (Najmanovich, 2011)

Los “librepensadores” que fundaron la Modernidad lucharon denodadamente contra el saber instituido. Sin embargo, como suele suceder con los revolucionarios, luego de un breve período de creatividad abierta y amplitud de miras, muchos devinieron en nuevos voceros de la realidad y custodios de la única verdad, ya no en nombre de Dios sino de la “Razón”. Una racionalidad tan única como la divinidad, y tan omnisciente que pretende representar a la Realidad. Finalmente y no menos importante, esa Razón no reconoce nutrientes, no es afectada por nada, y aunque se supone que es una máquina lógica virtual que trasciende al cuerpo nos dicen sin embargo que puede gobernarlo. ¿De dónde provienen sus premisas?¿Cómo distinguir sus productos de la imaginación? ¿A través de qué medios ejerce su acción? ¿Cómo es la arquitectura de la red de relaciones entre el pensamiento el lenguaje y la acción humana; entre la sensibilidad y la razón, entre los afectos y el conocimiento? Todas estas preguntas han quedado en la sombra del iluminismo, hasta que hace unas pocas décadas comenzaron a tener una presencia cada vez mayor tanto en la investigación científica, como en la reflexión filosófica y en los debates más amplios de la sociedad.

No casualmente la crisis de la Razón coincide con la licuación de los Estados. Es que la Razón Moderna y el Estado Nación nacieron, se desarrollaron y probablemente mueran juntos. Esa Razón mayúscula y única, fue inventada en la modernidad y atribuida “democráticamente” a toda la especie humana. Sin embargo, su modelo ideal fue creado a imagen y semejanza de los valores, ideas y necesidades de la elite europea. En su nombre y el de la civilización los adalides de la racionalidad invadieron territorios y arrasaron y sometieron a cientos de pueblos considerados “primitivos” para que pudieran beneficiarse de las bondades del “librepensamiento” y las “virtudes de la civilización”. Por supuesto se da por sentado que los conquistados deberían estar felices de haber sido elegidos y llevados hacia la luz.

Si rechazamos la fantasía omnisciente de los objetivistas que pretende que la razón humana puede reflejar el mundo sin verse “perturbada” por la condición humana, necesariamente corporal, histórica, cultural, colectiva, afectiva e imaginativa, ¿Queda algo real en la Realidad? ¿Junto al “verdadero mundo” se disuelve también el “mundo aparente”, como planteaba Nietzsche?

Hace ya más de un siglo que Zaratustra anunciaba la disolución de la dicotomía, pero como suele suceder con muchas profecías mortuorias, los supuestos cadáveres siguen gozando de muy buena salud. Esto es así porque la estética-ética dicotómica siempre tiende a buscar una inversión de las relaciones de poder, pero mantiene las polaridades intactas. Por eso es imprescindible para los que promovemos un pensamiento complejo, implicado y vital, deshacernos del hechizo platónico y sus múltiples versiones modernas. Para ello tenemos que darnos cuenta que no se trata de “salir de la caverna” sino de comprender que nunca ha existido. No hay una realidad única ni independiente, ni tampoco una verdad que la abarque. Platón, y todos los voceros de una Verdad (sea la que fuere) han inventado la esclavitud para luego ofrecernos la libertad de pensar como ellos.

Romper el hechizo de la caverna, no supone proponer una nueva “epistemología” sino disolver toda y cualquier pretensión de un conocimiento humano absolutamente superior a otros. Esta posición no implica de ningún modo despreciar los hallazgos de la ciencia, solamente supone abandonar el discurso de la realidad única y de algún saber que la exprese, dejar de lado la idea de que sólo existe un modo legítimo de conocimiento. En suma: reconocer y valorar la potencia de la ciencia sin admitir la prepotencia del cientificismo.

A diferencia del modelo instituido que reduce a pura falsedad lo que no entra dentro de su sistema, la ética-estética de la complejidad intenta comprender la experiencia humana en sus múltiples facetas y no reducir el conocimiento a un juicio único para determinar una verdad absoluta. Lo que he llamado “configurazoom” es un estilo de indagación que busca honrar la complejidad sin pretender abarcarla. Permite múltiples enfoques, promueve la movilidad de los puntos de vista, procura integrar diversas dimensiones de la experiencia sin que por ello suponga abarcar la totalidad. A diferencia de la mirada teórica (pretendidamente exterior y distante), la noción de configuración está ligada a un conocimiento que se sabe encarnado, situado y contextualizado. El núcleo central de la propuesta es comprender que el conocimiento humano no es el reflejo de un mundo externo sino la expresión conciente de la actividad de un ser vivo, y por lo tanto de un ser que es simultáneamente imaginativo, afectivo, reflexivo e interactivo. Un ser que no existe en el vacío, sino en el ecosistema en el que está embebido que lo forma y al que él también modifica.

No se trata solamente de un cambio paradigmático en las ciencias, sino de una transformación de nuestro modo de concebir, producir y compartir el saber. Michel Foucault nos instaba a “pensar de otro modo”, que es mucho más profundo y provocador que “pensar otras cosas”. No se trata solamente de un cambio de “contenidos”, sino de una transformación del modo de producir, compartir y concebir el conocimiento. Si esta es la tarea que nos proponemos no alcanza con una reforma del entendimiento puesto que éste no existe en el vacío sino en la trama de la vida. Para poder “pensar de otro modo” es preciso “vivir de otra manera”. Establecer otra relación con el conocimiento no es un cambio meramente teórico, es una transformación radical de nuestro modo de existencia, que incluye nuestras prácticas, nuestros vínculos, nuestras creencias, nuestros afectos, nuestros modos de convivencia.

Despedirse de la ilusión de tener un conocimiento absoluto, es la clave para poder entrar a los territorios móviles, activos y multidimensionales de la complejidad. Pero dejar atrás las garantías y certezas que organizaban el modo de vida moderno no es algo que pueda decidirse racionalmente ni hacerse individualmente. Esto es así porque el conocimiento siempre ha sido colectivo, histórico y situado. El saber siempre ha sido construido a través de prácticas, instituciones, estilos vinculares y afectivos, tecnologías y lenguajes que configuran una red inextricable. La noción misma de un saber individual y puramente racional, es propia de la Modernidad y está cada día más cuestionada.

Esta transformación colectiva presenta grandes dificultades porque pone en primer plano las relaciones de poder, porque hace visibles y por lo tanto cuestionables y modificables, los presupuestos sobre los que se ha construido la sociedad moderna. Al darnos cuenta que eso que llamábamos “objetividad” era un disciplinamiento que nos exigía adoptar un punto de vista pre-establecido, se nos hace evidente que la epistemología representacionalista funciona como un supuesto ideológico clave del sistema de dominación. Más aún, la noción misma de epistemología resulta cuestionable porque presupone que existen conocimientos privilegiados y superiores.

Uno de los mayores temores que dificulta esta transformación es el temor y el vértigo que produce en nuestra cultura la infinitud de variantes que el conocimiento puede adoptar y la imposibilidad de establecer a priori una jerarquía entre ellas. No en vano, Spinoza, que fue uno de los primeros autores en concebir una nueva relación de conocimiento capaz de acoger el infinito, fue visto siempre como un subversivo radical.

El configurazoom promueve un tipo de conocimiento que en lugar de ampararse en supuestas verdades universales reconoce nuestra implicación en la producción del saber. Un saber multidimensional que lejos de ser un producto intelectual es un modo de existir. Por supuesto hablo de un modo de existencia que incluye lo racional, pero embebido en la red nutricia de la imaginación y los afectos, en una conexión activa y fluida con el colectivo humano y no-humano en el que convivimos. El pensamiento complejo es entonces un “pensar en situación” y no una teoría abstracta. Este modo de producir sentido genera un gran desafío al modelo academicista de la modernidad que ha oscilado entre un ideal teórico universalista y una empiria banal.

Hacer honor a la complejidad significa también abandonar los supuestos privilegios de la “nobleza de toga” y dejar atrás la seducción de ocupar el trono del “experto” o el santuario del “gurú.” La simplicidad habitaba en el cielo platónico y en los mecanismos idealizados de la modernidad. El pensamiento complejo no es abstracto sino concreto pero de ningún modo pedestre. Al disolver la dicotomía Teoría-Praxis se licuan también los lugares de poder de los académicos. Lo que no implica una falta de valoración de su saber y su forma de hacer sino la reconfiguración de los modos de producción de saber y los lugares de poder. Honrar la complejidad nos lleva a una transformación radical de las relaciones entre el investigador y el colectivo, pues en lugar de una aséptica y distante descripción teórica se trata de construir una sabiduría entramada, capaz de pensar las situaciones de vida en su infinita variedad. Un saber que acepta la diversidad de experiencias posibles y reconoce que sólo podremos configurarlas y darles sentido según nuestro modo de vincularnos con el mundo buscando no cristalizar ni idealizar el saber. Lo concreto entonces adquiere una dimensión nueva: no se reduce a un esquema ideal ni queda atrapado en una descripción particular. La vida en su fluir es aprehendida por los seres humanos según su modo de ser afectado, en función de la potencia del pensamiento capaz de configurar una experiencia y compartirla colectivamente.

Así como el universo no se reduce a un ideal puro, ni a una materialidad bruta, el saber humano no tiene por qué optar entre las teorías abstractas y el empirismo trivial. El pensamiento complejo nos permite gestar configuraciones dinámicas para comprender las situaciones de vida en lugar de encajarlas a presión dentro de un sistema categorial a priori. Al salir de los rígidos marcos instituidos, del conocimiento como imagen o producto, entramos en un universo-diverso que va siendo configurado en los encuentros. Podemos así hacer lugar a un pensamiento dinámico capaz de ver los procesos y no sólo los productos, un saber capaz de focalizar los intercambios y no quedarse exclusivamente con los resultados y un conocimiento que nos permita tener en cuenta las transformaciones tanto como los procesos conservadores. En suma: el configurazoom nos abre la puerta a la dinámica de la vida, en su caleidoscópica variación y en la inextricable red vincular en la que convivimos. Honrar la complejidad nos permite producir un saber entramado, reconocer el valor de los afectos en nuestras producciones de sentido, disolver la dicotomía teoría vs. praxis para dar lugar modos de saber-hacer no disociados y gestar un experiencia polimorfa que no deslegitime ningún modo de conocimiento. Se trata en suma de un saber vital, dinámico, adaptativo y situado, producido por sujetos‑entramados (singulares y al mismo tiempo partícipes del colectivo que los forma y al que transforman).

Desde estos enfoques de la complejidad no se concibe a la humanidad enfrentada a la naturaleza sino que se reconoce nuestra activa participación en ella y nuestra responsabilidad respecto del saber que construimos. Las grillas que la modernidad le había puesto a la experiencia están siendo desbordadas día a día por el flujo de la vida. Se trata entonces de navegar la complejidad, configurarla, darle sentido, pero sin apresarla en un marco, ni anclarla en un único paradigma, sino ampliando nuestros horizontes sin pretender abarcarla en su infinitud.



8. Bibliografía mirar indicaciones bibliográficas

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