Con mirada de creyente y de pastor



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Con mirada de creyente y de pastor

Cuando rezo por la ciudad de Buenos Aires agradezco el hecho de que
sea la ciudad en que nací. El cariño que brota de tal familiaridad ayuda a
encarnar la universalidad de la fe que abraza a todos los hombres de toda
ciudad. Ser ciudadano de una gran ciudad es algo muy complejo hoy en día, ya
que los vínculos de raza, historia y cultura no son homogéneos y los derechos
civiles tampoco son plenamente compartidos por todos los habitantes. En la
ciudad hay muchísimos "no-ciudadanos", "ciudadanos a medias" y "sobrantes":
o porque no tienen plenos derechos -los excluidos, los extranjeros, las
personas indocumentadas, los chicos no escolarizados, los ancianos y
enfermos sin cobertura social-; o porque no cumplen con sus deberes. En este
sentido la mirada trascendente de la fe que lleva al respeto y al amor al prójimo
ayuda a "elegir" ser ciudadano de una ciudad concreta y a poner en práctica
actitudes y comportamientos que crean ciudadanía.

La mirada que quiero compartir con ustedes es la de un pastor que
busca profundizar en su experiencia de creyente, de hombre que cree que
"Dios vive en su ciudad'". En su "Sermón sobre los pastores", San Agustín
distinguía dos cosas distintas: la primera -decía- es que somos cristianos y la
segunda, que somos obispos. Al situarnos ante la ciudad moderna, con sus
imaginarios sociales tan diversos, puede ayudar este ejercicio de distinguir
miradas. No para dejar de mirar como pastor al rebaño que nos fue
encomendado sino para ahondar en esa mirada de fe simple que tanto le

1 Aparecida 514.

1

agradaba encontrar al Señor sin que le importaran raza, cultura o religión.
Porque la mirada de fe descubre y crea ciudad.

Jesús en la ciudad

Las imágenes del evangelio que más me gustan son las que muestran lo
que suscita Jesús en la gente cuando se encuentra con ella en la calle. La
imagen de Zaqueo quien, al enterarse de que Jesús ha entrado en su ciudad,
siente que se le despierta el deseo de verlo y corre a subirse al árbol. La fe
hará que Zaqueo deje de ser un vendepatrias al servicio propio y del imperio y
pase a ser ciudadano de Jericó, estableciendo relaciones de justicia y
solidaridad con sus conciudadanos. La imagen de Bartimeo, que cuando el
Señor le concede la gracia que desea -"Señor, que yo vea">, lo sigue por el
camino. Por la fe Bartimeo deja de ser un marginal tirado al borde del camino y
se convierte en protagonista de su propia historia, caminando con Jesús y el
pueblo que lo seguía. La imagen de la hemorroisa, que toca su manto en medio
de una multitud que apretuja al Señor por todos lados y atrae su mirada
respetuosa y llena de cariño. Por la fe la hemorroisa se incluye en una
sociedad que discriminaba a la gente por ciertas enfermedades consideradas
Impuras.

Son imágenes de encuentros fecundos. El Señor simplemente "pasa
haciendo el bien". Y uno se maravilla al ver lo que hay en el corazón de tantas
personas que, excluidas para la sociedad e ignoradas por muchos, al entrar en
contacto con el Señor se llenan de vida plena y esta vida crece integralmente,
mejorando la v/a de la ciudad.

En sint~a con el evangelio, la afirmación feliz de Aparecida que dice
"La fe nos ensena que Dios vive en la ciudad" es una respuesta de fe ante el
desafío inmenso que representan las ciudades actuales. Nos lleva a querer
"recomenzar desde el encuentro con Cristo'" y no desde posturas eticistas o
ilustradas. Como decía en "El sacerdote y la ciudad'", Aparecida constata un
cambio de paradigma en la relación entre el sujeto cristiano y las culturas que

2 Cfr. Aparecida 12.

3 Cfr. J. M. Bergoglio s.j., El sacerdote en la ciudad a la luz del Documento de Aparecida, San Isidro,
18.05.10

2

se elaboran en esos grandes laboratorios que son las mega polis modernas: "El
cristiano de hoy no se encuentra más en la primera línea de la producción
cultural, sino que recibe su influencia y sus impactos'". Las tensiones que el
análisis de las ciencias nos pone ante los ojos pueden causar miedo y
sentimientos de impotencia pastoral. Sin embargo, la certeza de que Dios vive
en la ciudad nos llena de confianza y la esperanza de la Ciudad santa que baja
del cielos nos infunde coraje apostólico. Como a Zaqueo, la buena noticia de
que el Señor ha entrado en la ciudad, nos dinamiza y nos hace salir a la calle.

El tono de Aparecida para mirar "La pastoral urbana"

El apartado sobre La pastoral urbana es un buen ejemplo del esfuerzo
de Aparecida por encontrar el tono evangélico para mirar la realidad. Si uno
relee los cinco primeros puntos se nota un intento de mirada más sociológica,
por decirlo así. Resuenan primero el cambio de paradigma y la complejidad de
la cultura plural (509), los nuevos lenguajes (510), las complejas
transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas (511), las
diferencias sociales, las tensiones desafiantes: tradición-modernidad,
globalidad-particularidad, inclusión-exclusión ... etc. (512). Pero sucede algo
curioso: el desarrollo de este lenguaje tiene un punto de inflexión en el
parágrafo siguiente. Es como si se tratara de tomar aire ante tanta complejidad:
se valora, entonces, el pasado ("la Iglesia en sus inicios se formó en las
grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para extenderse") y se
señalan experiencias de renovación. Pero la impresión es que estas son "poca
cosa" ante la magnitud de los cambios descriptos anteriormente. El texto quiere
invitar a la alega y a la valentía pero surge la palabra "miedo a la pastoral
urbana": tendencias a encerrarse, a estar a la defensiva, sentimientos de
impotencia ante las grandes dificultades de las ciudades" (513).

Vienen entonces los tres puntos siguientes en los que el tono del
lenguaje cambia notablemente. El punto 514 es un pequeño himno de fe, una
especie de Salmo en el que la ciudad brilla como lugar de encuentro.
Escuchemos cómo suena:

La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad,

4 Aparecida 509.
5 Aparecida 515.

3

en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas,
como también en sus dolores y sufrimientos.

Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades,
violencia, pobreza, individualismo y exclusión,

no pueden impedimos que busquemos

y contemplemos al Dios de la vida

también en los ambientes urbanos.

Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad ...

En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas,
de interactuar y convivir con ellas ...

En las ciudades es posible experimentar
vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad.

En ellas el ser humano está llamado a caminar
siempre más al encuentro del otro,
convivir con el diferente,

aceptarlo y ser aceptado por él.

El tono ha cambiado. Y hace que cambie la mirada. Resuena aquí la
pregunta que se hacía y nos hacía el Papa en su discurso inaugural: "¿qué es
la realidad sin Dios?,,6. La misma pregunta nos la podemos hacer con respecto
a la ciudad: ¿Qué es la ciudad sin Dios? Sin un punto de referencia fundante y
absoluto (al menos buscado) la realidad de la ciudad se fragmenta y se diluye
en mil particularidades sin historia y sin identidad. ¿En qué termina una mirada
sobre la ciudad si no se centra en una fe abierta a lo trascendente? Para ver la
realidad hace falta una mirada de fe, una mirada creyente. Si no, la realidad
se fragmenta.

Aparecida asumió este desafío al privilegiar una "mirada de discípulos
misioneros sobre la realidad" (1 parte. Cap.1 Nros. 19-32) que centrara todas
las demás miradas: "Necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo
misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo (y la cultura
late y se elabora en las ciudades), aquel sentido unitario y completo de la

6 Benedicto XVI, Discurso Inaugural 3.

4vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios

\

de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de

Dios (cfr. 1 Cor 1, 30), la cultura (y cada ciudad) puede volver a encontrar su
centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto
de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada
uno su sitio y su dimensión adecuada" (Ap 41).

El parágrafo siguiente es un canto a la esperanza. La mirada puesta en
la Ciudad santa que baja del Cielo instala la idea de cercanía y de
acompañamiento. Nuestro Dios es un Dios que ha instalado su tienda de
campaña entre nosotros (515).

El último párrafo es un esbozo de himno a la caridad, en el que el
servicio de la Iglesia es fermento que transforma y realiza la Ciudad Santa en
la ciudad actual (516).

De esta manera, los puntos 517-518, que son una larga lista de
concreciones pastorales se hace en un lenguaje de tono propositivo y de
recomendación. Explícitamente se cambió el tono ya que en la primera
redacción se dea "optamos por" una pastoral urbana que ... y en la redacción
final quedó: "la conferencia "propone y recomienda" una nueva pastoral urbana
que ... salga al encuentro, acompañe, sea fermento.

Imaginario teológico cristiano para la ciudad

En este tono de consolación surgieron las categorías de encuentro,
acompañamiento y fermento que Aparecida nos propone para salir a las
calles de la ciudad actual. Las consecuencias pastorales ad extra de estas
actitudes y de otras saldrán en las distintas ponencias de este congreso. Más
bien quisiera ahora dar un paso hacia adentro -en una especie de repliegue
existencial y espiritual- para ahondar en el efecto que estas actitudes producen
en nuestra mirada, en nuestro imaginario teológico. Si es verdad que se ha
pasado de un sujeto cristiano cuya mirada estaba "por encima" de la ciudad,
modelándola, a un sujeto que está inmerso en la coctelera de la hibridación
cultural y sufre sus influencias e impactos, es necesario reconectarnos con lo
"específico cristiano" para poder dialogar con todas las culturas: con una
cultura cristiana, inspirada en la fe, cuya estructura de valores nos hace sentir
como en casa; con una cultura pagana, cuyos valores se pueden discernir con

5

cierta claridad; y con una cultura hibrida y múltiple como la que se gesta ahora,
que requiere más discernimiento.

Ser pueblo y construir ciudades van de la mano. Y ser pueblo de Dios y
habitar en la ciudad de Dios, también. En este sentido el imaginario teológico
puede ser levadura para todo imaginario social.

Ya en el Éxodo, en el pueblo peregrino y en formación, cada acampada
tiene en sí el germen de una ciudad; y la promesa de la tierra que mana leche
y miel se concreta en el Apocalipsis, escatológicamente, en la Ciudad santa, la
Jerusalén celeste que baja de cielo.

Las imágenes reveladas de la ciudad prometida (la tierra prometida) y
de la ciudad regalada (que baja del cielo como una novia) responden y
dinamizan a los anhelos que están siempre operantes en todo imaginario social
humano, operante en la construcción de la ciudad.

También las imágenes del sueño truncado de Babel -la ciudad
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