Cómo me hice monja



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Cuando recuperé el sentido, me hallaba en la sala de pediatría del Hospital Central de Rosario.

Abrí los ojos a una experiencia nueva para mí. El mundo de las madres. Papá no fue a visitarme una sola vez. Pero ni un solo día dejé de esperarlo, con una mezcla de anhelo y aprensión que conservaba algo del encadenamiento de los delirios. Mamá sí estaba presente, y ella traía el aroma del espanto, como una sombra de papá. Era inevitable, porque yo había entrado para siempre en el sistema de la acumulación, en el que nada, nunca, queda atrás. No le pregunté por él. Mamá no era la misma. La veía distraída, inquieta, angustiada. No se quedaba mucho, decía que tenía que hacer, y yo entendía. En las otras camas había una madre o una tía o una abuela turnándose las venticuatro horas. Yo estaba sola, abandonada en un orbe materno.

Había unos cuarenta chicos internados conmigo, por las más diversas causas, desde fracturas a leucemia. Nunca los conté, ni hice amistad con ninguno; ni siquiera le dirigí la palabra a nadie.

Tardaron una eternidad en darme de alta, así que toda la población se renovó durante mi estada, algunas camas hasta diez veces o más. Había de todo, desde chicos que parecían gozar de excelente salud y hacían una bulla fenomenal, hasta otros decaídos, inmóviles, dormidos... Yo era de estos últimos. La debilidad me tenía paralizada, en un sopor permanente. Durante largas horas, a partir de la media tarde, entraba en una especie de letargia. No movía siquiera las pupilas. Pasaba días enteros, semanas enteras, en ese estado; me sentía recaer en él sin haber salido, o sin haber tenido conciencia de salir... Y la caída era muy profunda...

Todos los días, a la peor hora, al comienzo de la peor hora, me visitaba el médico. Debía de estar interesado en mi caso: eran pocos los que sobrevivían a los ciánidos. Alguna vez le oí pronunciar la palabra "milagro". Si había milagro, era por completo involuntario. Yo no colaboraba con la ciencia. Por una manía, un capricho, una locura, que ni yo misma he podido explicarme, saboteaba el trabajo del médico, lo engañaba. Me hacía la estúpida... Debo de haber pensado que la ocasión era tan propicia que habría sido una pena desaprovecharla. Podía ser todo lo estúpida que quisiera, impunemente. Pero no era tan simple como la resistencia pasiva. La mera negativa era demasiado aleatoria, porque a veces la nada puede ser la respuesta acertada, y yo jamás habría dejado mi suerte en manos del azar. De modo que pudiendo dejar sus preguntas sin respuesta, me tomaba el trabajo de responderlas. Mentía. Decía lo contrario de la verdad, o de lo que me parecía más verdadero. Pero tampoco era tan simple como decir lo contrario... Él aprendió pronto a formular sus preguntas de modo que la respuesta fuera "sí" o "no", nada más. No habría tardado en aprender a traducir al opuesto, si yo mentía siempre. Y yo me había auto-impuesto el deber de mentir siempre; de modo que para protegerme debía hacer sinuoso el procedimiento, lo que no era tan fácil si uno debe responder por la negativa o la afirmativa, sin medias tintas. A lo que debe sumarse otra autoimposición: la de no intercalar verdades en las mentiras. Esto último por miedo a no llevar bien la cuenta, y que el azar interviniera. No sé por qué lo hacía, pero me las arreglé. Algunas de mis maniobras (no sé para qué las cuento, como no sea para darle ideas a un enfermo): me hacía la sorda a una pregunta, y cuando él formulaba la siguiente, yo respondía a la anterior, con la mentira por supuesto; respondía, siempre falaz, a un elemento de la pregunta, por ejemplo a un adjetivo o a un tiempo verbal, no a la pregunta en sí: me preguntaba "¿era aquí dónde te dolía?" y yo contestaba "no" arreglándomelas, con un movimiento de las cejas, para darle a entender que no era ahí donde me dolía antes, pero me estaba doliendo ahora; él captaba esos matices, no se perdía uno, se desesperaba, se corregía: "¿es ahí donde te duele?"; pero yo ya había pasado a otro sistema de mentir, a otra táctica... Debo decir en mi descargo que lo improvisaba todo. Aunque tenía verdaderos eones para pensar, nunca los usaba para eso.

—¿Cómo anda hoy don César? Qué bien se lo ve don César. ¿Ya quiere ponerse a jugar al fóbal don César? A ver cómo andamos don César...

Su alegría era contagiosa. Era un hombre joven, pequeño, de bigotito. Parecía venir de muy lejos.

Del mundo. Yo lo miraba poniendo una cara especial que había inventado, que significaba ¿qué? ¿qué? ¿de qué me está hablando? ¿por qué me hace preguntas difíciles? ¿no ve el estado en que estoy? ¿por qué me habla en chino y no en castellano? Él bajaba la vista, pero lo tomaba lo mejor que podía. Se sentaba en el borde de la cama y empezaba a palparme. Hundía un dedo aquí y allá, en el hígado, en el páncreas, en la vesícula...

—¿Duele aquí?

—Sí.


—¿Duele aquí?

—No.


—¿Aquí?

—¿Sí?


Empezaba todo de nuevo, desorientado. Buscaba los lugares donde fuera imposible que no me doliera. Pero no los encontraba, no encontraba lo imposible, de lo que yo era dueña y señora. Yo tenía las llaves del dolor...

—¿Duele un poquito aquí?

Le daba a entender que el interrogatorio me había fatigado. Me largaba a llorar, y él trataba de consolarme.

Me ponía el estetoscopio. Yo creía poder acelerar el corazón a voluntad, y quizás lo hacía. Acto seguido empezaba a manipularme con mil precauciones. Se le ocurría auscultarme por la espalda, para lo cual debía sentarme, y le resultaba tan difícil como dejar parado un palo de escoba. Si lo conseguía al fin, yo me ponía a bambolear la cabeza con frenesí y a hacer arcadas. En ese punto la ficción se confundía con la realidad, mi simulacro se hacía real, teñía todas mis mentiras de verdad. Es que las arcadas tenían para mí un carácter sagrado, eran algo con lo que no se jugaba. El recuerdo de papá en la heladería las hacía más reales que la realidad, las volvía el elemento que lo hacía real todo, contra el que nada se resistía. Ahí ha estado desde entonces, para mí, la esencia de lo sagrado; mi vocación surgió de esa fuente.

Cuando el doctor se iba, me dejaba hecha una piltrafa. Lo oía hablar y reírse en las camas vecinas, oía las voces de los enfermitos respondiendo a sus preguntas... Todo me llegaba a través de una niebla espesa. Me sentía caer en un abismo... Mi mala voluntad no era deliberada. Era sólo mala voluntad, de la más primitiva, algo que se había apoderado de mí como la evolución se apodera de una especie. Me había hecho su presa durante la enfermedad, o quizás un poco antes, un paso antes, porque yo no era así normalmente. Al contrarío, si algo me caracterizaba era mi espíritu de colaboración. Ese hombre, el médico, era una especie de hipnotizador que me transformaba. Lo peor era que me transformaba dejándome intacta la conciencia de mi mala voluntad.

Mamá no se perdía pasada del doctor... Se apartaba por discreción, se acercaba para ayudar en cuanto yo me hacía inmanejable... Tenía una verdadera ansiedad por sacarle datos. Él hablaba de un shock... No debía de ser un verdadero intelectual, porque mostraba mucho interés en lo que le contaba mamá. Se alejaban, cuchicheaban, yo no tenía idea de qué podía tratarse... No sabía que habíamos salido en los diarios. Él decía una vez más "shock", y lo repetía una y otra y otra vez...

Pero el médico, y mamá, eran apenas una breve diversión en mi jornada. El día se extendía con impávida majestad, se desenrollaba de la mañana a la noche. No se me hacía largo, pero me infundía una especie de respeto. Cada instante era distinto y nuevo y no se repetía. Era la definición misma del tiempo, y se efectuaba sin cesar, con todos... Hacía parecer tan pequeñas mis pequeñas estrategias malévolas, que me atontaba de vergüenza...

El día se encarnaba en Ana Módena de Colon-Michet, la enfermera. Había una sola enfermera en la guardia diurna de la sala; una sola para cuarenta pequeños pacientes... Puede parecer muy poco, y seguramente era poco. El Hospital Central de Rosario era una institución bastante precaria. Pero nadie se quejaba. Quien más quien menos, todos esperaban salir de él con vida, y todos con la irracional ilusión de no volver. Hasta los niños, sin saberlo, se ilusionaban.

Pero los días se estacionaban en la gran sala blanca y donde se volviera la vista, allí estaba la enfermera. Ana Módena era un jeroglífico viviente. No se iba nunca del hospital, no tenía ilusiones. Era un fantasma.

Las madres siempre estaban quejándose de ella, la combatían, pero debían de saber que era inútil. Las madres se renovaban todo el tiempo, mientras ella permanecía. Se forjaban y disolvían alianzas en su contra, y más de una vez hicieron participar a mamá, que débil de carácter como era, no sabía negarse ni siquiera cuando advertía que no le convenía. Las quejas se dirigían contra su brusquedad, su impaciencia, su grosería, su ignorancia rayana en la locura. Las madres se hacían una imagen (basada en su semana promedio de experiencia hospitalaria) de la enfermera ideal para el pabellón de niños, el hada de delicadeza y comprensión que debía ser, que sería cada una de ellas... No les resultaba difícil imaginárselo; sin saberlo se referían a la delicadeza y comprensión que habría que tener con ellas, y nadie sabe mejor que uno mismo cómo ser delicado y comprensivo con su propia persona. No se las podía culpar, eran mujeres pobres, ignorantes, amas de casa en desgracia. En nueve casos de cada diez sus hijos se habían enfermado por culpa de ellas... No se les podía impedir soñar... creían saber, y sabían realmente, cómo debía ser la buena enfermera. Su error era ir un paso más allá y pensar que esas cualidades podían reunirse en una mujer... Que Ana Módena, la enfermera-Perón de la Sala de Pediatría, coincidiera con el opuesto de esa imagen, las ponía en un estupor del que no percibían más salida que hacer un petitorio, o implementar una política... para que la echaran... Eran esos sueños los que la hacían un fantasma. Yo, que no entendía nada, entendía bien esto porque era una soñadora... Y también porque Ana Módena era un fantasma en otros sentidos. Siempre estaba apurada, atareadísima, como tenía que estarlo necesariamente la única enfermera en una sala de cuarenta camas. Pero nunca estaba disponible para nadie. Estaba ocupada con los otros, y los otros nunca eran uno... Me acostumbré a verla del amanecer al crepúsculo, de reojo desde mi horizontal, pasando a gran velocidad... Nunca se detenía... Es que no se ocupaba sólo de los niños en sus camas, sino de los que partían al quirófano, a los rayos... y lo hacía tan mal, según los susurros de las madres, que casi todo fracasaba por culpa de ella... Se le morían los chicos, decían... Se le mueren... se le mueren en las manos... Se le morían en las manos, decía la leyenda que a mí me rodeaba como un vendaje de filacterias parlantes... Dejaban de vivir cuando pasaban a ser los otros imposibles de su ocupación, de su velocidad... Pero esa repetición maldita no impedía que las madres la cortejaran, la mimaran, le dejaran propinas, le trajeran pastelitos... con un servilismo increíble, chocante... Después de todo, sus hijos, el mayor tesoro que tenían, estaba en sus manos.

Era una mujer gorda, corpulenta. Cuando caía sobre mí, era un elefante chapoteando en un charco... yo era el agua... Su torpeza tenía algo de sublime... Sufría de un mal extraño: para ella la izquierda era la derecha, y viceversa. Abajo era arriba, adelante era atrás... La extensión tan pobre de mi cuerpo se descuartizaba en sus manos... piernas, brazos, cabeza... cada extremo era afectado por una gravedad diferente... me fragmentaba en caídas, en desequilibrios... Con ella no valían mis simulaciones... me ponía en otra dimensión… eran partes súbitamente lejanas de mi cuerpo las que tomaban la iniciativa de simular por su cuenta... algo, no sabía qué... Sus manos, en las que se moría, amasaban una verdad absoluta...

Me mantenían en vida con suero. Ana Módena me renovaba los frascos, siempre a destiempo, y me pinchaba el brazo... Clavaba la aguja en cualquier parte. Me empezaba a chorrear la nariz. Todo lo que entraba por el brazo salía por la nariz, en un goteo constante. Era un caso rarísimo. A ella le parecía normal... En todo caso no era una prioridad para ella. Temprano a la mañana, antes de que llegara la primera madre, Ana Módena traía a la enana, y le hacía ejecutar sus ensalmos frente a cada cama, inclusive las vacías. La enana era una autista iluminada. La traía tomándola por los hombros como a un triciclo, la enana no parecía ver nada, era un mueble... Era de esos enanos de cabeza desmesurada... La ponía frente a una cama, a un niño dormido o demudado... se hacía un gran silencio en la sala... le daba un golpecito entre los omóplatos y la enana bisbiseaba un ave maría con raros movimientos de los bracitos...

—¡La Madre Corita los salvará, no los médicos! —tronaba Ana Módena.

El pasaje de la enana era como un cometa... Todo se hacía automático... Era la cura a ciegas: bendecía las camas ocupadas como las vacías... La religión entraba al mundo de la enfermedad, clandestinamente. Por otra parte, era un secreto a voces, y la primera salvedad que oponían las madres con ínfulas de decencia científica a los desvaríos de esa bestia... pero bastaba una reticencia del doctor, una recaída, un vómito, y ahí eran los Tráigame a la enanita, se lo ruego, señora, que me salve a mi ángel... Hipócritas. Y ella, austera: La Virgen salva, no la enana... Tráigame a la enanita, o me muero...

La Madre Corita era la verdadera consistencia del Hospital; la enfermera era apenas su representante. La enana impedía que el Hospital estallara en mil pedazos... y mi cuerpo hiciera lo mismo... la cabeza al norte, las piernas al sur, un brazo, un dedo... La fe en la enana era la coherencia... por ella corría el líquido de la vida, por el tubo, del brazo a la nariz... Pero había que creer. Había que simular no creer, y en realidad creer.

Entonces se me ocurrió que yo... podía llegar a un punto, en mis desmembramientos... en que no creyera en la enana. ¡Yo! ¡Justo yo, que creía en todo! ¡Y que dependía de que la creencia se sostuviera como un todo! ¡Yo la hipnotizada!

¿Y si la enana fuera un simulacro? ¿Si yo no podía creer en ella? ¿Acaso no era lo mismo que me pasaba a mí? ¿No era yo una imposibilidad objetiva de creer? ¿Qué le impedía a la enana ser como yo? O, mucho peor, ¿por qué no iba a ser yo una especie de enana, una emanación de la enana...?

Necesitaba una confirmación. Quise arrancársela a Ana Módena... Quise ir al fondo. Y así fue que una mañana, cuando la tuve a tiro...

—Soñé con una enana.

—¿Qué?


—Que soñé con una enana.

—¿Qué? ¿Cuál?

La había desconcertado.

—Soñé con una enana que tenía una espina clavada en el corazón.

—¡¿Pero cuál enana?!

—Una enana... una enanana... nuena naana...

"Cuál" estaba fuera de cuestión... Mi maniobra consistía en darle a entender que yo tenía algo "difícil" que expresar. Debía recurrir a lo indirecto, a la alegoría, a la ficción lisa y llana. Y ella se veía arrastrada a lo mismo, a investigar esa sutileza... que se le escapaba... Y entonces empecé a mentir con la verdad (y viceversa) no sé cómo... A mí también se me escapaba... Mis estrategias se me morían en las manos... pero resucitaban agigantadas... En la desesperación de hacerse entender en una materia indócil por un niñita completamente entontecida por la miseria física, Ana Módena empezó a ayudarse con gestos... el gesto tomaba la delantera... Era una mujer precipitada, sin método: cayó en la trampa de la intuición que vuela a oscuras y da en el blanco antes de que el entendimiento pueda empezar a hacer lo suyo... Y el apuro, la torpeza, hicieron que todos los gestos se precipitaran unos sobre otros... por su parte. Por la mía, el desmembramiento me hacía gesticular en espejo... pero era un vértigo, la acumulación de significados de los mohines y miradas y entonaciones se hacía excesiva... parecía acercarse a un límite, a un umbral... se acercaba más y más...

Y en ese momento algo se quebró. Creí que se quebraba no exactamente en mí, sino entre las dos. Pero no; fue en mí nada más. De ese instante data una curiosa falla perceptiva mía: no puedo entender la mímica, soy sorda (o ciega, no sé cómo habría que decirlo) al idioma de los gestos. Me ha sucedido después presenciar actuaciones de mimos... y mientras los niños de cuatro años a mi alrededor entienden perfectamente lo que se está representando y se desternillan de risa, yo no veo más que unos movimientos sin objeto, una gesticulación abstracta... Qué curioso, ahora que lo pienso, ningún mimo, ni los mejores, ni el mismo Marcel Marceau (a él lo entiendo menos que a cualquier otro) ha intentado nunca representar a un enano... Por qué será. El enano debe de ser lo irrepresentable para los gestos.


5
Por causa de mi enfermedad, empecé la escuela tres meses tarde, en junio. Todavía no me explico cómo me aceptaron a esa altura del año, cómo me pusieron entre los alumnos que habían empezado en término. Sobre todo tratándose de primer grado, del comienzo absoluto de la escolaridad (en mi época no existía el jardín de infantes), momento tan crucial y delicado. Menos todavía me explico por qué mamá insistió en hacerme ingresar, por qué se tomó el trabajo de conseguir que me tomaran, lo que no debe de haber sido fácil. Seguramente rogó, suplicó, se puso de rodillas. Eso era muy de ella; era su idea de la maternidad. Habrá pensado que no sabría qué hacer conmigo un año entero en casa. Pero el trabajo de llevarme a la escuela, irme a buscar, lavar y planchar los guardapolvos, comprarme los útiles, conseguir que le prestaran un libro de lectura usado, a la larga habrá hecho parecer poca cosa el alivio de tenerme ubicada durante las horas de la siesta. Habrá pensado que lo hacía por mi bien. No se le ocurrió que estar tres meses atrasada, los tres primeros meses, en primer grado, era excesivo hasta para mí. En fin. Hay que perdonar, y yo he perdonado. Tres meses no tienen por qué parecer más que tres meses, tres meses en bruto. Y la pobre mamá tenía demasiadas preocupaciones en aquel entonces. Claro que a la maestra, a la directora, es más difícil disculparlas. Quizás ellas estaban demasiado cerca de la problemática del aprendizaje, como mamá estaba demasiado lejos.

Las primeras semanas pasaron en forma de imágenes puras. El ser humano tiende a darle sentido a la experiencia mediante la continuidad, lo que sucede se explica por lo que sucedió antes; no puede sorprender que yo persistiera en mi reciente acomodación a Ana Módena y siguiera viendo gestos, mímica, historias sin audio, ante las cuales no podía hacer nada. Nadie me había explicado el objeto de la escuela, y yo estaba lejos de poder adivinarlo. Hasta ahí, el problema no me parecía grave. Lo tomaba, y con cierta obstinación, como un espectáculo, como una volatinería...

El drama empezó después... ¿Por qué será que el drama siempre empieza después de comenzado? La comedia en cambio, parece empezar antes, antes del comienzo inclusive. Pero después las perspectivas se invierten... El drama se desencadenó en mí cuando comprendí que esa escena muda que presenciaba, esa mímica abstracta de maestra y alumnos, me concernía hasta el tuétano. Era mi historia, no una ajena. El drama había comenzado en el momento en que pisé la escuela, y estaba todo frente a mí, entero, intemporal, yo estaba y no estaba en él, estaba y no participaba, o participaba sólo por mi negativa, como un agujero en la representación, ¡pero ese agujero era yo! Al menos, y debería haberlo agradecido, había llegado a entender por qué el audio de la escena se me escapaba: porque no sabía leer. Mis compañeritos sí sabían. En esos tres meses habían aprendido, quién sabe por qué milagro, un abismo se había abierto entre ellos y yo. Un abismo inexplicado, un abismo precisamente porque era un salto que no admitía descripción, un vacío. Ni ellos, ni mucho menos yo, ni siquiera la maestra, podía decir cómo habían aprendido, en qué momento exacto. Era algo que había sucedido, y basta. Para la maestra (que tenía cuarenta años de experiencia en primer grado) era rutina: pasaba todos los años, había desarrollado una ceguera localizada.

El telón se levantó para mí un día, en el baño de varones de la escuela... Pero debo explicar algunas circunstancias, sin las cuales esta anécdota resultaría oscura.

Vivíamos en las afueras de Rosario, en un área modesta, y el distrito escolar correspondiente abarcaba una mayoría de niños de baja extracción social, de hogares que muchas veces bordeaban la miseria, o pertenecían de pleno derecho a ella. En aquel entonces los ahora llamados marginales asistían a la escuela, por lo menos a los primeros grados. Además, no existían gabinetes psicopedagógicos, ni escuelas diferenciales... El clima era muy bárbaro, muy salvaje, muy "struggle for life". Las peleas eran sangrientas, literalmente. El vocabulario que las acompañaba, brutal. Yo sabía lo que eran las malas palabras, inclusive sabía cuáles eran, pero por algún motivo nunca les había prestado mucha atención. Tenía algo así como un segundo oído para captarlas, y para trasladarlas a otro nivel de percepción. Había terminado por hacerme la idea de que tenían un sentido en bloque, un sentido-acción, y no estaba lejos de la realidad. Una sola cosa-particular había salido de ese bloque. En general entre mis compañeros varones se pasaba de las palabras a los hechos cuando uno decía de pronto, ante la nebulosa (para mí) de malas palabras: "insultó a la madre".

En sí, ese detalle no presentaba dificultades para mí, porque estaba de acuerdo en que la madre era sagrada, y había notado que en el flujo de malas palabras solía estar la palabra "madre": creo que si me lo hubiera propuesto habría podido repetir la frase completa, de tanto que la había oído: "la puta madre que te parió". Ahora bien, salvo esa palabra central, el resto eran para mí sonidos sin significado. Yo era distraída a un grado difícil de concebir. Era distraída no porque me faltara inteligencia, sino porque no me importaban las cosas. La paradoja aquí era inmensa: porque a mí todo me importaba, todo me era montañas, ése era mi problema más que ningún otro... Era como si me faltara interés, pero yo sabía que era lo contrario. Este caso es un ejemplo. Yo debía de haber notado que a veces se decía "insultó a la madre" sin que la palabra "madre" hubiera sido pronunciada, pero lo había dejado pasar, y en retrospectiva, en bloque, pensaba cómodamente que sí se había dicho "madre" y que a mí se me había escapado. Una vez, sin embargo, no tuve más remedio que notar que no era así. Hubo una pelea en un recreo, cerca del molino que había al fondo del patio. En las peleas, todos iban a ver, se formaban unos círculos multitudinarios: eso hacía que nunca pasaran desapercibidas. Entonces alguna maestra acudía a interrumpir el box silvestre. Pero no cualquiera; había un grupito de maestras "bravas" que se atrevían (porque no era poca cosa, ir a meterse al avispero), sobre todo una, machona, enérgica. Fue ésta la que vino. Los contendientes, dos chicos de tercero, estaban cubiertos de sangre, los guardapolvos desgarrados, locos de excitación. La maestra los separó, no sin trabajo. Uno, el más grande, se retrajo entre su barra de amigos. El otro se largó a llorar a gritos. Le había dado ese hipo de llanto... ¡Si lo conocería yo! La maestra pedía explicaciones a los gritos pero él no podía hablar. Era como si la pelea todavía persistiera en su corazón. Tan patético resultaba que la maestra lo abrazó y lo apretó contra su pecho. Adivinaba la explicación, que efectivamente salió entre sollozos turbulentos: "me insultó a la madre". Ella lo calmaba, lo apretaba... Es que esa clase de maestras, las bravas, podían entender eso, después de todo era el mismo mundo en que vivían ellas. El otro miraba de lejos, entre sus amigos, los ojos llameantes de furia y resentimiento... Y yo mientras tanto, sentía resonar por primera vez la nota de una perplejidad sin límites: ¿madre? ¿qué madre? ¿de qué estaba hablando? ¿Por qué todos parecían darle la razón?

Yo había presenciado la riña desde el primer momento, estaba segura de no haberme perdido nada, y sabía que la palabra "madre" no se había pronunciado en ningún momento. Las otras sí, pero ésa no. Era tan obvio que no tuve más remedio que convencerme de que la madre estaba implícita. Y habiendo tantas cosas aptas para intrigarme, ésta lo hizo más que cualquier otra, y no pude sacármela de la cabeza.

Pues bien, un día en medio de la clase le pedí permiso a la maestra para ir al baño. Lo hacía siempre, y lo hacían todos. Yo, y supongo que con los demás pasaba lo mismo, ni tenía ganas ni calculaba el momento de pedir permiso. Era un súbito. El único triunfo pleno que puedo recordar de mi infancia. Para la maestra, ver la manito levantada, adivinar de qué se trataba (porque nunca era algo que valiera la pena, por ejemplo preguntarle en qué casos se usaba la b y en cuáles la v) y estallar, era todo uno: ¡Vaya! ¡Pero es el último! ¡El último! Y el que había tenido la brillante inspiración de pedir en aquel momento, en aquel momento que se revelaba como el último, salía corriendo loco de felicidad bajo las miradas de odio y amargura de todos los demás, que se sentían excluidos para siempre, sentían perdida la oportunidad... Pero la oportunidad se repetía, idéntica, y era consumada, cuatro o cinco veces cada hora de clase. Siempre la vivíamos como un absoluto, y la maestra repetía siempre su ultimátum, aunque nunca negaba el permiso, porque las maestras de primer grado vivían con el terror, el único efectivo en ellas, de que alguno se hiciera encima. Pero no lo sabíamos. Cosas de chicos. Lo que me asombra es que yo haya entrado tan bien en el juego. Más propio de mí, mucho más, habría sido aguantar hasta que se me reventara la vejiga. Pero no. Pedía sin ganas, como todos los demás. En eso me ponía a la altura de mi generación.

Había una coincidencia mágicamente repetida que quizás explique esta incongruencia de mi carácter. Cada vez que yo pedía ir al baño, dos o tres veces por día, en cualquier momento casual que caía del cielo, y atravesaba el patio desierto, otro chico también lo hacía, un chico de otro grado, no sé de cuál. Habíamos terminado por hacernos amigos. Se llamaba Farías. ¿O Quiroga? Ahora que quiero acordarme, se me mezclan los nombres. Quizás eran dos.

Esta vez, no faltó a la cita, que jamás habíamos soñado en concertar. Las paredes gris oscuro del baño estaban cubiertas de grafittis. Los chicos robaban tizas todo el tiempo para escribir ahí. Yo nunca les había dedicado sino la más distraída de las miradas.

Farías me señaló una de las escrituras, grande y reciente. Cuando pasaban unos días en la pared, los vapores amoniacales fortísimos del baño degradaban la tiza; ésta debía de ser del día, porque las letras brillaban de tan blancas, eran letras de imprenta, furiosamente legibles, aunque no para mí; yo veía sólo palos horizontales y verticales en una combinación disparatada. Hasta ese momento había creído que los grafittis del baño eran dibujos, dibujos incomprensibles, runas o jeroglíficos. Farías esperó a que yo lo "leyera", y después se rió. Yo me reí con él, sinceramente. ¡Qué dibujo gracioso! De veras me causaba gracia. ¡Qué idea!, pensé: ¡Dibujos incomprensibles! Pero algo me retuvo de comentarlo en voz alta; mi hipocresía tenía repliegues que a mí misma se me escapaban. Farías sí hizo un comentario, sobrador, alusivo... No recuerdo qué dijo. Era algo sobre la madre. Eso me bastó, para mi desgracia. Comprendí, y fue como si el mundo se me cayera encima.

Lo que comprendí fue qué significaba leer. ¡La madre estaba implicada ahí también! Lo que yo había tomado por dibujos, por una especie de álgebra rebuscada en la que se especializaban las maestras por motivos que no me incumbían, significaba en realidad lo que se decía, lo que podía decirse en todas partes, lo que yo misma decía. ¡Había creído que era cosa de la escuela, y era cosa del mundo! Eran las palabras, era el enmudecimiento de las palabras, la mímica, el proceso por el que las palabras se significaban... Comprendí que yo no sabía leer, y que los demás sí sabían. De eso se trataba, todo lo que había estado sufriendo sin saberlo. La magnitud del desastre se me reveló en un instante. No es que yo fuera muy inteligente, muy clarividente; eso se entendía en mí sin que yo pusiera casi ni da de mi parte, y ahí estaba lo más horrible. Me quedé clavada frente a la inscripción, mirándola como si me hipnotizara. No sé qué pensé, qué resolví... quizás nada. Lo que recuerdo a continuación fue que en mi pupitre donde vegetaba tarde tras tarde abrí el cuaderno todavía en blanco, tomé el lápiz que todavía no había usado, y reproduje de memoria aquella inscripción, raya por raya, sin saber qué era eso pero sin equivocarme en un solo trazo:


LACONCHASALISTESPUTAREPARIO
Debo decir que Farías no lo había leído en voz alta, así que yo no sabía a qué sonidos correspondían esos dibujos. Pero mientras lo escribía, lo sabía. Es que saber nunca es un bloque. Se sabe parcialmente. Por ejemplo yo sabía que eran malas palabras, que era una nebulosa, que la madre estaba en cierto nivel de implicación, sabía de las violencias, de las peleas, del insulto a la madre, la furia, la sangre, el llanto... Otras cosas las ignoraba, pero estaban tan inextricablemente mezcladas con las que sabía que no habría podido discernirlas. De hecho, en este caso particular había cosas que yo ignoraría mucho tiempo más. Hasta los catorce años creí que los niños nacían por el ombligo. Y el modo en que me enteré de que no era así, a los catorce años, fue muy peculiar. Yo estaba leyendo en una Selecciones un artículo sobre educación sexual, y en un párrafo donde se hablaba de la ignorancia en que se mantenía a las niñas japonesas, encontré este ejemplo de enormidad: una joven japonesa de catorce años manifestó creer que los niños nacían por el ombligo. Era exactamente lo que creía yo, una joven argentina de catorce años. Salvo que desde ese instante sabía que no era así. Y no sé si con razón o sin ella, compadecí a la japonesita.

Aquel día, cuando volví a casa, no veía el momento de que mamá viera lo que había escrito. Pero no lo veía no tanto por anhelo como por terror. Sabía que pasaría algo terrible, pero no sabía qué. No saqué el cuaderno de la cartera, no se lo mostré a mamá. Ella fue a sacarlo y lo miró. Quién sabe por qué lo hizo; después de los primeros días, al comprobar que mi cuaderno volvía siempre en blanco, no lo había tocado en semanas. Quién sabe qué señal le mandé. Al leerlo gritó y se demudó. Siguió protestando todo el día, con la idea fija. Ese pequeño cartel le vino de perillas, porque desencadenó su espíritu combativo, que lo tenía y que los acontecimientos recientes habían tenido refrenado. Le dio aire. Al día siguiente entró conmigo a la escuela y tuvo una conferencia de una hora en la dirección con mi maestra. Me hicieron comparecer, pero por supuesto no me sacaron una palabra. Ni la necesitaban. Desde la galería abierta donde me quedé (del grado se había hecho cargo la Secretaria mientras duraba la reunión) oí los gritos de mamá, los insultos feroces con que cubría a la maestra, sus argumentos implacables (basados en que yo no sabía leer). Fue uno de los escándalos memorables de la Escuela 22 de Rosario. Al fin, poco antes de que sonara la campana, la maestra salió de la dirección y se metió en el grado, que era el primero de la galería. Al pasar a mi lado ni me miró ni me invitó a seguirla: de hecho, no volvió a dirigirme la palabra ni la mirada en todo el año. Durante el recreo, mamá se fue: entre la barahúnda de chicos y maestras no la vi salir. Cuando volvió a sonar la campana, me metí en el aula como siempre y me senté en mi banco. La maestra se había recuperado un poco, no mucho. Tenía los ojos enrojecidos, estaba terrible. Para variar, se hizo un silencio de muerte. Los treinta pares de ojos infantiles se clavaban en ella. Estaba de pie frente al pizarrón. Quiso hablar, y le salió un cuac quebrado. Ahogó un sollozo. Con movimientos bruscos, de maniquí, dio un paso adelante y acarició la cabeza de un niño sentado en un banco de adelante. Quiso poner mucha ternura en el gesto, y estoy segura de que de veras la tenía, quizás nunca en su vida había tenido más ternura en su corazón, pero sus movimientos eran tan rígidos que el chico se echó atrás asustado. Ella no lo notó y le acarició igual la cabecita piojosa. Lo mismo a otro, y a un tercero. Aspiró fuerte, y habló al fin:

—Yo digo siempre la verdad. Yo verdo siempre la digo. Yo niños. Yo soy la verdad y la vida. Yo vido. La verda. La niños. Soy la segunda mamá. La mamunda segú. Yo los quiero a todos por igual. Yo los igualo a todos por mamá. Les digo la verdad por amor. La amad por verdor. La mamá por mamor. ¡Por segunda verdanda! ¡A todos! ¡A todos! Pero hay uno... Uro hay peno... Uy ay pey...

La voz se le quebraba, demasiado aguda. Levantó el índice, vertical. Fue el único gesto que hizo en ese discurso memorable... El dedo estaba firme y ella era un temblor general; a continuación, y al mismo tiempo, el dedo temblaba y toda ella estaba firme como un metal... Las lágrimas le corrían por la mejilla. Continuó, tras la pausa:

—El niño Aira... Está entre ustedes, y parece igual que ustedes. Quizás ni lo han notado, tan insignificante es. Pero está. No se confundan. Yo les digo siempre la verda, la sunda, la guala. Ustedes son niños buenos, inteligentes, cariñosos. Los que se portan mal son buenos, los repetidores son inteligentes, los peleadores son cariñosos. Ustedes son normales, son iguales, porque tienen segunda mamá. Aira es tarado. Parece igual, pero igual es tarado. Es un monstruo. No tiene segunda mamá. Es un inmoral. Quiere verme muerta. Quiere asesinarme. ¡Pero no lo va a lograr! Porque ustedes van a protegerme. ¿No es cierto que van a protegerme del monstruo? ¿No es cierto...? Digan...

—…

—Digan "sí señorita".



—¡Sí señorita!

—¡Más fuerte!

—¡¡Síí seeñooriitaa!

—Digan "ñi sisorita".

—¡Ri soñonita!

—¡Más fuerte!

—¡ ¡Ñoorriiñeesiireetiitaa!!

—¡¡Mááás fueeerteee!!

—¡ ¡Ñiiitiiiseetaaasaaañoooteeeriiitaaa!!

—Mmmuy bien, mmmuybien. Protejan a su maestra, que tiene cuarenta años de docencia. La maestra se va a morir en cualquier momento y después va a ser tarde para llorarla. El asesino la mata. Pero no importa. No lo digo por mí, que ya viví mi vida. Cuarenta años en primer grado. La primera segunda mamá. Lo digo por ustedes. Porque a ustedes también quiere matarlos. A mí no. A ustedes. Pero no tengan temor, que la maestra los protege. Hay que tener cuidado, de la yarará, de la araña pollito y del perro rabioso. Pero de Aira más. Aira es mil veces peor. ¡Tengan cuidado con Aira! ¡No se acerquen a él! ¡No le hablen, no lo miren! Hagan como si no existiera. A mí ya me había parecido que era tarado, pero no sé... nnno sé... Nnno me daba cuenta... ¡Ahora sí me di cuenta! ¡No se ensucien con él! ¡No se enfermen con él! No le den ni la hora. No respiren cuando él está cerca, si es necesario muéranse de asfixia pero no le den bolilla. ¡El monstruo mata! Y sus mamas van a llorar si ustedes mueren. Me van a querer echar la culpa a mí, yo las conozco. Pero si se cuidan del monstruo no va a pasar nada. Hagan como si no existiera, como si no estuviera aquí. Si no le hablan ni lo miran, es inofensivo. La señorita los protege. La señorita es la segunda mamá. La señorita los quiere. La señorita soy yo. Yo digo siempre la verdad...

Así siguió un buen rato. En cierto punto empezó a repetir, y repitió todo lo que había dicho, como un grabador. Yo veía a través de ella. Veía el pizarrón donde ella misma había escrito: Zulema, zapato, zorro... con su caligrafía perfecta... La letra era lo más lindo que tenía. Y ya había llegado a la zeta... Yo la encontraba alterada, pero no me parecía que estuviera diciendo barbaridades. Todo me parecía transparente de tan real, y leía las palabras en el pizarrón... Leía... Porque ese día aprendí.
6
A todo esto, papá estaba preso por lo del heladero. Una tarde mamá me llevó a visitarlo. Era lógico, porque yo había estado en el centro de la desgracia, en el nudo. Ellos dos me culpaban y no me culpaban. No podían culparme, habría sido demasiado injusto, y al mismo tiempo no podían no culparme, porque todo había salido de mí. Y yo a mi vez podía y no podía culparlos de estos sentimientos. Sea como sea, uno de ellos, o los dos, habían decidido que era buena política llevarme a la hora de visita. Para dar imagen de familia y todo eso. Qué ingenuos eran. La cárcel de encausados de Rosario estaba lejos de casa, al otro lado de la ciudad. Tomamos un colectivo. En la mitad del viaje a mí me dio un ataque de angustia, sin motivo, y me largué a llorar. Se levantaba el telón de mi teatro íntimo. Mamá me miró sin asombro. Digo bien: sin.

—¿Se puede saber qué te pasa?

Yo no tenía nada muy preciso que decir, pero me salió algo totalmente inesperado, para ella y para mí también:

—¿Adonde está mi papá?

¡La voz que puse! Fue un graznido... Pero cristalino, sin nada de balbuceo.

Mamá echó una mirada alrededor. El colectivo estaba atestado, y los que nos rodeaban se habían puesto a mirarnos, alertados por mi llanto. No atinó a decir nada.

—¿Adonde está mi papá? —Empecé a levantar la voz.

Pobre mamá. Habría tenido motivos para pensar que se lo hacía a propósito.

—Ahora lo vas a ver —dijo sin comprometerse. Trató de cambiar de tema, de distraerme: —Mirá qué lindas flores.

Pasábamos frente a una casa con soberbios parterres en el jardín delantero.

—¿Está muerto?

Yo estaba lanzada. Los pasajeros del colectivo ya habían entrado en la historia, lo que me excitó fuera de toda medida. Porque yo era la dueña de la historia. Mamá me pasó un brazo por los hombros, me acercó a ella.

—No, no. Ya te dije —susurró bajando la voz a un nivel casi inaudible.

—¿Qué? —chillé.

—Shh...

—¡No te oigo, mamá! —grité sacudiendo la cabeza, como si temiera que la incertidumbre por mi papá me estuviera volviendo sorda. No tuvo más remedio que hablar alto:



—Ahora lo vas a ver.

—Sí, lo voy a ver. ¿Pero muerto?

—No. Vivo.

Yo palpaba el interés de la gente. El paisaje urbano se deslizaba por los vidrios de las ventanillas como un accesorio olvidado.

—Mamá, ¿adonde está papá? ¿Por qué no viene a casa?

Le di a esta pregunta una entonación que significaba: "no me mientas más. Portémonos como personas adultas. Tengo seis años, aparento tres, pero tengo derecho a la verdad."

Mamá me había dicho toda la verdad. Yo sabía que estaba preso, esperando el veredicto de ocho años por homicidio. Lo sabía todo. Estas dudas intempestivas mías no tenían razón de ser, como no fuera hacerle contar la historia para beneficio de unos perfectos desconocidos. Ella no podía creer (y yo tampoco) que su hija fuera capaz de una traición tan idiota. Pero la angustia que yo estaba desplegando en el colectivo era demasiado real. Como siempre, me las arreglaba para confundirla. Era fácil: no tenía más que confundirme a mí misma.

—Está enfermo —me dijo, otra vez inaudible, en un susurro—. Por eso vamos a visitarlo.

—¡¿Enfermo?! ¿Se va a morir? ¿Como la abuelita?

Una de mis abuelas había muerto antes de nacer yo. La otra gozaba de buena salud, en Pringles. Nunca se hablaba de "abuelita" en casa. Era un detalle que incluí para dar verosimilitud a la escena.

—No. Se va a curar. Como vos. ¿No estuviste enfermo y te curaste?

—¿Le hizo mal el helado?

Así seguí hasta que llegamos, mamá todo el tiempo tratando de hacerme callar, yo alzando la voz hasta hacer un verdadero escándalo. Cuando bajamos, no me dijo nada, no me pidió explicaciones. Yo sentí que mi teatro había terminado, había terminado mal, y ella estaba avergonzada de mí.... La angustia se multiplicó, y volví a llorar, con muchísimo más ahínco que antes. Lo lógico habría sido que se detuviera en la plaza, que esperáramos sentadas en un banco hasta que se me pasara. Pero mamá estaba cansada, harta de mí y de mis trucos, y enfiló directamente a la cárcel. Mis ojos se secaron. No quería que papá me viera llorosa.

Era la hora de visitas, por supuesto. Hicimos la cola, una señora que me pareció bastante amable nos palpó, revisó la bolsita de red con comida que traía mamá y nos dejó pasar. Ya estábamos en el patio de visitas. Papá se hizo esperar un rato. Mamá, pensativa y sola (no hablaba con las otras mujeres) me dejó en libertad para explorar.

El patio estaba rodeado de entradas y salidas. No daba impresión de hermetismo como debería haberse esperado. Es inevitable que uno se haga una idea romántica de una cárcel, aunque, como era mi caso, yo no supiera lo que era el romanticismo. Ni una cárcel, para ser sincera. Ésta daba una sensación de realismo acentuada y destructora; las ideas previas, aunque no las hubiera tenido, caían.

Me dirigí a una puerta, atraída como por un imán. Noté con un trasfondo de conciencia que había otros chicos en el patio, todos de la mano de sus madres. Un fuerte sol de otoño volvía blancas las superficies. Era una hora algo adormecida. Me sentí invisible.

Lo que más se acercaba a la cárcel en mi experiencia era el hospital. En ambos casos se trataba de encierros prolongados. Pero había una diferencia. Del hospital no se podía salir por una causa interna: el paciente, como yo había demostrado, estaba imposibilitado de moverse. De la cárcel en cambio no se podía salir por otro motivo. No sabía bien cuál: la fuerza era un concepto todavía confuso para mí. Me hice una idea mixta, cárcel-hospital. Había un invisible que se trasladaba de uno a otro. El desvanecimiento de la enfermedad, y una transferencia al prójimo de la conciencia enferma... Era el plan de evasión perfecto. Quizás papá podría volver a casa con nosotras... En este edificio demasiado realista, yo irradiaba mi magia... Si papá estaba aquí por mi culpa...

Pero mi magia empezó actuando sobre mí: una ensoñación melancólica transportó de pronto mi alma a una región muy lejana. ¿Por qué yo no tenía muñecas? ¿Por qué era la única niña del mundo que no tenía una sola muñeca? Tenía un papá preso... y no tenía una muñeca que me hiciera compañía. Nunca la había tenido, y no sabía por qué. No por pobreza o avaricia de mis padres (eso nunca es obstáculo para un niño), sino por otra razón misteriosa... Dentro del misterio, empero, la pobreza era una razón. Y ahora lo iba a ser más. Ahora íbamos a ser pobres de verdad, mamá y yo, abandonadas, solas. Por eso mismo, la muñeca se me presentó como un deseo agudo, doloroso. Con mi habitual estilo dramático, me dejé invadir por un discurso nostálgico, lleno de variaciones. La muñeca había desaparecido para siempre, antes de que yo aprendiera las palabras con las que pedirla, y dejaba un hueco aspirante en el centro de mis frases... Me vi como una muñeca perdida, arrumbada, sin niña...

Eso era yo. La niña que no era. Viva, estaba muerta. Si yo estuviera muerta, papá estaría en libertad. Los jueces se habrían compadecido del padre que se cobraba vida por vida, sobre todo si una vida era la de su hija adorada, y la otra la de un completo desconocido. Pero yo había sobrevivido. Yo me conocía. No era la misma de antes. No sabía cómo ni por qué, pero no era la misma. Por lo pronto, mi memoria había quedado en blanco. Antes del incidente en la heladería, no recordaba nada. Quizás tampoco eso lo recordaba bien. Quizás se había hecho en realidad un trueque de vidas: la del heladero por la mía. Yo había empezado a vivir con su muerte. Por eso me sentía muerta, muerta e invisible...

Cuando esta reflexión cesó, estaba en otro lugar. En un interior. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Dónde estaba papá? Esta última pregunta fue la que me despertó. Me despertó porque se parecía tanto a mis sueños. Estaba sola, abandonada, invisible...

O había subido una escalera sin darme cuenta, o, más probable, el edificio tenía sótanos reformados. Porque, al extremo de un pasillo solitario que recorrí volviéndome noventa grados con la intención de regresar al patio y abrazar a mi papá, me encontré en una suerte de plataforma que colgaba sobre un recinto cuadrado, dividido por rejas a la mitad. No sin alarma, creí haber llegado demasiado lejos. Buscando la salida, con la desesperación que tan bien conozco, cometí el error que me faltaba: desconfié de volver sobre mis pasos, y entonces me metí por el primer agujero que encontré, un agujero situado en la pared, donde debían de estar haciendo algunas reformas; era un hoyo, casi una grieta, de cuarenta centímetros de alto y veinte de ancho como mucho, a la altura del zócalo. Lo vi como el atajo perfecto para volver al punto de partida. Fui a parar a una especie de cornisa a diez metros del piso. Me deslicé por ella pegada a la pared (le tenía terror a la altura). El techo estaba cerca. De lo que había abajo, como no me acerqué al borde irregular, sólo vi un pasillo. Además, estaba bastante oscuro. La cornisa, que en realidad era el resto de un cielo raso de yeso, terminaba en un cubículo en el que me metí. Era un tragaluz. Un espacio de un metro por un metro, y las paredes de dos o tres metros de alto; arriba, un cuadrado de cielo. En las cuatro paredes, a la altura de mis pies, cuatro ranuras que daban a profundos cuartos en sombras. Una vez ahí adentro, me quedé quieta. Me senté en el piso. Pensé: voy a pasar toda la noche aquí. Eran las cuatro de la tarde, pero para mí había empezado la noche. No podía avanzar más porque ese lugar no tenía salida. Y no se me ocurrió volver... En esto último era coherente. La actitud de mis padres para conmigo tenía siempre el fondo de "esta vez has ido demasiado lejos". Nunca era de "has vuelto desde demasiado lejos", seguramente porque de ahí no se volvía.

Tanto como para ocupar el tiempo, y acallar otras preocupaciones, pensé en papá. Lo multipliqué por todos los hombres que había allí adentro, los hombres desesperados, los expulsados de la sociedad, que no podían abrazar a sus hijos... Y yo allá arriba, planeando inmóvil sobre todos ellos... Yo era el ángel. Eso no podía asombrarme. Todas las peripecias que habían sucedido, desde el comienzo, desde el momento en que probé el helado de frutilla, me conducían a ese punto supremo, a ser el ángel... El ángel de la guarda de todos los criminales, de los ladrones, de los asesinos...

Todos los hombres presos eran mi papá. Y yo lo amaba. Si antes, al estar en sus brazos, al ir de su mano, había creído amarlo, ahora sabía que el amor era más, mucho más, que eso. Había que ser el ángel de la guarda de todos los hombres desesperados para saber qué era el amor.

Fue una experiencia mística, que duró muchas horas. La experiencia de la contigüidad absoluta con el hombre, que sólo puede vivir su ángel. Ni siquiera la falta de alas pudo sacarme de mi idea. Al contrario: con alas yo habría podido marcharme, por ese cuadrado de cielo que veía encima.

Fue, como digo, un episodio prolongado. Duró toda la tarde y toda la noche. Me encontraron a las diez de la mañana siguiente. La busca a que dio lugar mi desaparición, la viví como una fantasía en ausencia (yo sabía a qué atenerme). Inclusive oí voces que me llamaban; las oí sonar por altavoces: "el niño César Aira..." "el niño César Aira..." Eso ya no era una fantasía, una reconstrucción mental. Eran voces a las que debía responder. Y a las que quería responder, decir por ejemplo "aquí estoy, socorro, no sé cómo bajar". Pero no podía. En la impotencia, me adelantaba a los hechos. Inventaba una escena en la que yo le explicaba al director de la prisión lo que había pasado en realidad: "fue mi papá. Él me atrapó y me llevó a un lugar... me escondió para usarme como rehén en la fuga que planea con sus cómplices"... Todo eso se me podía perdonar, el mismo papá podía perdonarme, considerando mi inocencia, mi carácter, mis temores... Aun así, por puro lujo de conciencia, lo mejoraba: "pero mi papá lo hizo obligado, por el Rey de los Criminales, él nunca le haría eso a su propia hija..." Y temiendo que el Director se hiciera una idea errónea, aclaraba: "Pero mi papá no es ese Rey..." Me embarcaba en lo complicado de la mentira. El mentiroso experimentado sabe que la clave del éxito está en fingir bien la ignorancia de ciertas cosas. Por ejemplo de las consecuencias de lo que está diciendo. Es como hacer que sean los otros los que inventen. "Eso sí, no oí a papá hablar del Rey... eran los otros los que hablaban de él, con miedo, con reverencia... A papá lo llamaban... Su Jamestad... No sé por qué, mi papá se llama Tomás..." El director de la cárcel caería en la celada. Pensaría: es demasiado complicado para no ser cierto. Siempre tenían que pensar lo mismo, es la regla de oro de la ficción. Me creería plenamente. Papá, no; papá conocía mis trucos, él era mis trucos... Lo sabría, y me lo perdonaría, así le costase diez años más de cárcel... No eran exactamente las reflexiones de un ángel. El altavoz (ya era de noche, las estrellas brillaban en el cielo) barría la cárcel llamándome: "salí de tu escondite, César, tu mamá te está esperando para llevarte a tu casa..." Voces de mujer, de las asistentes sociales... La voz de la misma mamá... inclusive creí oír, con una dolorosa palpitación, la voz adorada de papá, que hacía tantos meses que no oía, y ahí sí habría deseado tener alas, precipitarme... Pero no podía. Ésa era la sensación más repetida de mi vida, tanto que era mi vida misma, yo no tenía más vida que ésa: oír una voz, entender las órdenes que me daba esa voz, querer obedecer, y no poder... Porque la realidad, que era el único campo en el que habría podido actuar, se separaba de mí a la velocidad de mi deseo de entrar a ella...

En este caso, y quizás también en todos los otros, tuve el maravilloso consuelo de saberme un ángel. Eso transformaba la situación, la volvía un sueño, pero como realidad. Era una transformación de la realidad. Los crueles delirios que había sufrido durante la fiebre eran una transformación, pero de signo opuesto. El sueño real era la forma de la realidad como felicidad, como paraíso. En el mismo movimiento la realidad se hacía delirio o sueño, pero el sueño también se hacía sueño, y eso era el ángel, o la realidad.


7
Llegó el invierno, y mamá se hizo planchadora. Pasábamos encerradas las tardes eternas, escuchando la radio, ella con la espalda curvada sobre las telas humeantes, yo con la vista fija en mi cuaderno, las dos con el alma bailoteando en los más curiosos lugares. Nos habíamos hecho una rutina inmutable. A la mañana la acompañaba a hacer los mandados, almorzábamos temprano, me llevaba a la escuela, me iba a buscar a las cinco, y ya no volvíamos a salir. Nos perdíamos por los caminos de la radio, por un laberinto que puedo reconstruir paso a paso.

Todo este relato que he emprendido se basa en mi memoria perfecta. La memoria me ha permitido atesorar cada instante que pasó. También los instantes eternos, los que no pasaron, que encierran en su cápsula de oro a los otros. Y los que se repitieron, que por supuesto son los más.

Pues bien: mi memoria se confunde con la radio. O mejor dicho: yo soy la radio. Por gracia de la perfección sin fallas de mi memoria, soy la radio de aquel invierno. No el aparato, el mecanismo, sino lo que salió de ella, la emisión, el continuo, lo que se transmitía siempre, inclusive cuando la apagábamos o cuando yo dormía o estaba en la escuela. Mi memoria lo contiene todo, pero la radio es una memoria que se contiene a sí misma y yo soy la radio.

No concebía la vida sin la radio. Es que, en realidad, si uno se decide a definir la vida como radio (y es una pequeña operación intelectual que vale tanto como cualquier otra), se da automáticamente una plenitud sobre la cual vivir. Para mamá también era importante, era una compañía... Hay que tener en cuenta que la desgracia nos había golpeado inmediatamente después de nuestro traslado a Rosario, donde no teníamos parientes ni amistades. Las circunstancias fueron poco propicias a hacer estas últimas, de modo que mamá estaba sola de toda soledad... Estaba yo, claro, pero yo, aun siendo todo, era muy poco. Ella era una mujer sociable, conversadora... Sin hacerse el propósito, fue conociendo gente, entre los comerciantes donde hacía las compras, entre los vecinos, después entre su clientela de la plancha. Todos estaban ávidos de su historia reciente, que ella contaba una y otra vez... Se repetía un poco, pero eso era inevitable. Su vida estaba dirigida fatalmente a la sociedad, aquel invierno fue apenas un paréntesis... La radio cumplía una función; en su caso era instrumental: le devolvía sus partes dispersas, le devolvía su coherencia de señora, de ama de casa... Yo en cambio lograba una identificación plena con las voces del éter... Las encarnaba.

Esas tardes, esas veladas en realidad, porque se hacía de noche muy temprano, y más en nuestra pieza, tenían una atmósfera de abrigo, de refugio, en la que sobre todo yo me complacía al extremo, no sé por qué. Eran una especie de paraíso, y como todos los paraísos logrados a muy bajo costo, se parecía a un infierno. El trabajo de la plancha obligaba a mamá a ese encierro, al que se prestaba por otra parte de buen grado, complacida en el paraíso aparente, porque no era una mujer que viera más allá de las apariencias. Su reingreso a la sociedad tendría que esperar. Yo me arrojaba como un vampiro sobre la ilusión: vivía de la sangre del paraíso fantasmal.

En ese tipo de situaciones, lo que domina es la repetición. Un día se hace igual a todos los otros. La emisión de la radio era todos los días distinta. Y a la vez se repetía. Se repetían los programas que seguíamos... No habríamos podido seguirlos si no se repitieran; habríamos perdido el rastro. Por otro lado, los locutores leían siempre las mismas propagandas, que yo me había aprendido de memoria. Nada nuevo por ese lado, ya que en mí la memoria era, y sigue siendo, lo primero. Las repetía en voz alta a medida que ellos las decían, una tras otra. Lo mismo las presentaciones de los programas, y la música que las acompañaba. Me callaba cuando empezaba el programa en sí.

Seguíamos tres radioteatros. Uno era la vida de Jesucristo, en realidad la infancia del Niño Dios; era un programa de sesgo infantil, auspiciado por una marca de maltas, bebida que yo nunca había probado a pesar de los panegíricos que se hacían, siempre iguales (yo repitiendo sobre la voz del locutor), de sus propiedades nutritivas y promotoras del crecimiento. Jesús y sus amiguitos eran una pandilla simpática, que incluía un negro, un gordo, un tartamudo, un forzudo; el Mesías niño era el caudillo, y operaba un pequeño milagro pueril por capítulo, como para ir practicando. No era infalible, todavía, y solían meterse en problemas en su afán de ayudar a los pobres y descarriados de Nazaret; pero siempre las cosas terminaban bien, y la voz grave y retumbante del Padre, o sea Dios, daba al final la moraleja, o sabios consejos en su defecto. Esos chicos se habían vuelto mis mejores amigos. Adoraba tanto sus aventuras y travesuras que mi fantasía trabajaba a toda velocidad imaginando variantes o soluciones para sus peripecias; pero al fin siempre me conformaba más el desenlace propuesto por los guionistas; claro que yo no sabía que había guionistas. Para mí era una realidad. Una realidad que no se veía, de la que sólo se oían las voces y ruidos. Las visiones las ponía yo. Salvo que dentro de esa realidad estaba la voz del Padre, mi momento favorito, en el que todos, ya no sólo yo, tenían que poner la visión. Dios era la radio dentro de la radio.

El segundo radioteatro también era de historia, pero profana, y argentina. Se llamaba Cuéntame Abuelita, y ponía en escena, en una especie de prólogo siempre igual, a la anciana Mariquita Sánchez de Thompson y a sus nietos, que cada vez le pedían el relato de algún hecho de la historia patria, de la que la dama había sido testigo presencial. Una vez era la Primera Invasión Inglesa, otra la Segunda, o algún episodio durante cualquiera de ambas, o las jornadas de Mayo, o una fiesta en el Vierreynato, o bajo la Tiranía, o algún pasaje de la vida de Belgrano o de San Martín... Lo que me encantaba era el azar del tiempo, la lotería de años; yo no sabía nada de historia, por supuesto, pero los diálogos preliminares, las adorables vacilaciones en la voz de la viejecita, dejaban bien en claro que se trataba de una extensa playa de tiempo en la que se podía elegir... Y la memoria de la Abuelita parecía frágil, pendiente de un hilo a punto de cortarse... pero una vez lanzada, su voz cascada se borraba y en su lugar aparecían los actores del pasado... Ese reemplazo era lo que más me gustaba: la voz que vacilaba en el recuerdo, la niebla, a la que se superponía la claridad ultra-real de la escena tal cual había sido...

Este radioteatro no era ni para niños ni para adultos, y a la vez era para unos y para otros. Era algo intermedio: a los adultos les recordaba lo que habían aprendido en la escuela, a los niños les señalaba lo que recordarían cuando lo aprendieran. Doña Mariquita y sus nietos formaban un bloque: ella era la eterna niña... Su memoria débil y senil, en realidad era formidable: las escenas de su vida remota revivían no como revive el pasado habitualmente, como cuadros mudos, sino en cada una de sus inflexiones sonoras, hasta el último suspiro o roce de una silla al ponerse de pie precipitadamente el caballero virreynal muerto sesenta años atrás cuando entraba al salón la dama muerta cuarenta años atrás, de la que él, por supuesto, estaba enamorado.

El tercero, el de las ocho (duraban media hora) era decididamente para adultos. Era de amor, y actuaban todas las estrellas del día. De algún modo, esta novela desembocaba en la realidad plena, que las otras escamoteaban. Una prueba de ello, o lo que a mí me parecía una prueba, era su complicación. La realidad que yo conocía, la mía, no era complicada. Todo lo contrario, era simplísima. Era demasiado simple. A la Novela Lux no podría resumirla como hice con los dos radioteatros anteriores; no tenía mecanismo de base, era una pura complicación flotante. Había una circunstancia que garantizaba su complicación perpetua: todos amaban. No había personajes secundarios, de relleno. Era un radioteatro de amor, y todos amaban. Como pequeñas moléculas, todos extendían sus valencias de amor en el espacio, en el éter sonoro, y ninguno de esos bracitos anhelantes quedaba libre. Era tal el embrollo que se creaba una nueva simplicidad: el compacto. El espacio dejaba de ser vacío, poroso, intangible; se volvía roca de amor sólido. La simplicidad de mi vida, en cambio, era equivalente a la nada. Desde mi desamparo, el mensaje que me parecía oír en el "radioteatro de las estrellas" era que se llegaba a adulto para amar, y que sólo el multitudinario cielo nocturno podía hacer de la nada un todo, o por lo menos un algo.

Además de ésos, escuchábamos toda clase de programas: informativos, preguntas y respuestas, humorísticos, y por supuesto la música. Nicola Paone me subyugaba. Pero no hacía distingos: toda la música era mi favorita, por lo menos mientras la estaba oyendo. Hasta los tangos, que en general a los niños los aburren, a mí me gustaban. La música me resultaba maravillosa por el vigor con que se adueñaba de su presente, y expulsaba de él a todo lo demás. Cualquier melodía que escuchara me parecía la más hermosa del mundo, la mejor, la única. Era el instante llevado a su máxima potencia. Era una fascinación del presente, un hipnotismo (¡otro!). Me obstinaba en ponerlo a prueba cada vez; quería pensar en otras músicas, en otros ritmos, comparar, recordar, y no podía, estaba inundada por ese presente hecho música, presa en una cárcel de oro.

Hablando de música. Una vez, por Radio Belgrano, en un espacio fuera de programa, hubo una cantante que actuó por primera y única vez, y que mamá y yo escuchamos con la mayor atención y no poca perplejidad. Creo que en esa oportunidad la atención de mamá se puso a la altura de la mía. La mujer que cantó era lo más desafinado que se haya atrevido a cantar nunca, ni en broma. Nadie con tan poco sentido de lo que eran las notas ha llegado a terminar un compás; ella cantó cinco canciones enteras, boleros, o temas románticos, acompañada al piano. Quizás era una broma, no sé. Todo fue muy serio, el locutor la presentó con formalidad y leyó con voz lúgubre los nombres de las canciones entre una y otra... Era enigmático. Después siguieron con la programación habitual, sin más comentarios. Quizás era parienta del dueño de la radio, quizás pagó por su espacio para darse el gusto, o para cumplir una promesa, quién sabe. Cantar así, era como para avergonzarse de hacerlo a solas, bajo la ducha. Y ella cantó por la radio. Quizás era sorda, discapacitada, y lo suyo tenía mucho mérito (pero se olvidaron de decirlo). Quizás cantaba bien, y se puso nerviosa. Esto último es menos probable: era demasiado mala. Ni a propósito podría haber sido peor. Desafinaba en cada nota, no sólo en las difíciles. Era casi atonal... Es inexplicable. Lo inexplicable. Lo verdaderamente inexplicable no tiene otro santuario que los medios de comunicación masivos.

Pues bien, la presencia inexplicable de esta cantante en medio de mi memoria, en medio de la radio, en medio del universo, es lo más raro que contiene este libro. Lo más raro que me pasó. Lo único de lo que no estoy en condiciones de dar la razón. Y no porque mi propósito sea explicar el tejido de acontecimientos rarísimos que es mi vida, sino porque sospecho que en este caso la explicación existe, existe realmente, en algún lugar de la Argentina, en la mente de algún hijo, algún sobrino, algún testigo presencial... O ella misma, la Desafinada... quizás vive todavía, y recuerda, y si me está leyendo... Mi número está en la guía. Siempre tengo encendido el contestador automático, pero estoy al lado del teléfono. No tiene más que darse a conocer... No el nombre, por supuesto, que no me diría nada. Que cante. Unas notas nada más, cualquier pasaje, por breve que sea, de una de aquellas canciones, y con toda seguridad voy a reconocerla.
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La radio me ayudó a vivir. La repetición que a veces se repetía y a veces no, me daba algo de vida, como un regalo sorpresa que yo desenvolvía loca de felicidad, en el momento en que el flujo sonoro decidía si iba a ser igual o diferente... Mi memoria exacerbada se aplacaba entonces... Ya no era como si empezara a vivir, con la crueldad rabiosa de un comienzo, sino como si siguiera viviendo...

No sé si mis lectores lo habrán notado, pero es un hecho que el tiempo siempre transporta otro tiempo, como suplemento. El tiempo de las repeticiones vivas de la radio traía consigo otro: el tiempo que pasaba. El palanquín llevaba al elefante. Y transcurría de veras, lento y majestuoso. En él, la catástrofe se revelaba posibilidad de catástrofe, y quedaba atrás. Me daba la impresión de que ya no habría más catástrofes en mi vida: yo tendría vida, igual que todo el mundo, y miraría las catástrofes desde la altura de la existencia del tiempo... Los hechos parecían darme la razón. En la escuela la maestra seguía ignorándome, y eso estaba bien. A la cárcel mamá no volvió a llevarme. De salud, bien. La simplicidad de mi vida no me angustiaba. Una cierta paz se había hecho en mí. Descubría que el tiempo, el tiempo extenso hecho de días y semanas y meses, ya no de instantes horrendos, actuaba a mi favor. Que fuera el único que lo hacía no me preocupaba. Lo encontraba suficiente. Me aferré al tiempo; y consiguientemente a la pedagogía, la única actividad humana que pone al tiempo de nuestra parte.

De ahí que haya caído en algo, por una vez, característico de una niña de mi edad, como es la identificación con la maestra. Todas las niñas pasan por esa etapa, y por esa actividad casi febril de darle clase a sus muñecas o a los niños imaginarios que las habitan. Qué ridículo, que quien nada sabe se ponga a enseñar con tanto ahínco. Pero qué ridículo sublime. Qué catecismos de dogma didáctico salvaje están esperando ahí al observador sagaz. Qué moral de la acción.

Como yo no tenía muñecas, tuve que atenerme a los niños mentales. Como no los tenía inventados, me ocupé de niños reales, a los que recreaba fantásticamente en la imaginación. Eran mis compañeros de grado; no conocía otros, y éstos se hallaban en la posición ideal, ya que no los conocía fuera de la escuela. Para mí, eran escolares absolutos. Por un lujo lúdico, les di personalidades retorcidas, difíciles, barrocas. Todos sufrían de complicadas dislexias, cada uno la suya. Maestra ideal, yo los trataba individualmente, a cada cual según sus necesidades, y exigía de cada cual según sus posibilidades.

Por ejemplo... Si quiero contar esto, debo ceñirme a ejemplos. Es un cambio de nivel, porque hasta ahora vine sorteando la lógica nefasta del ejemplo. Ahora lo hago por motivos de claridad, para después volver a lo mío. Por ejemplo, entonces, un chico tenía la particularidad disléxica de agrupar en cada palabra primero las vocales y después las consonantes; la palabra "consonantes" la escribía "ooaecnsnnts". Ese era un caso fácil. Otros fallaban en el dibujo de las letras, las hacían en espejo... El primer caso era plenamente fantástico, jamás se ha dado en un ser vivo; el segundo era más realista, pero por pura casualidad, por combinatoria. Yo no sabía lo que era la dislexia, ni la sufría ni tenía ningún compañero que la sufriese. La había reinventado por mi cuenta, para darle más sabor al juego. No sospechaba siquiera que en la realidad hubiera una enfermedad así, me habría sorprendido saberlo.

En el grado éramos cuarenta y dos (cuarenta y tres conmigo, pero a mí la maestra no me tomaba asistencia ni me dirigía la palabra ni me mencionaba nunca); eran cuarenta y dos en mi grado imaginario. Cuarenta y dos casos distintos. Cuarenta y dos novelas. Restar uno siquiera, para tener menos trabajo, me habría resultado inconcebible. Y era un trabajo titánico. Porque a cada dislexia, encima, le había dado una génesis familiar distinta y adecuada, en los términos algo delirantes en que yo me manejaba. Pero eso muestra una curiosa intuición en una niña de seis años. Por ejemplo, el chico que dibujaba las letras en espejo tenía un papá mujer y una mamá hombre. Lo cual, además, tenía efectos sobre su rendimiento escolar, ya porque tuviera que ayudar a su mamá a hacer la comida (su mamá era un hombre, por lo tanto no sabía cocinar), y por ello no tenía tiempo de hacer los deberes, ya porque la miseria en su hogar fuera excesiva (su papá era mujer, y fallaba en el mundo del trabajo) y entonces yo debía ocuparme de que la cooperadora lo proveyera de útiles. Y así cada uno de los otros cuarenta y uno. Era un infierno de complicaciones. Ninguna maestra real se habría embarcado en una tarea de ese porte.

Complicaba más todavía la situación la postura pedagógica inflexible que yo me había impuesto: la complicación no debía simplificarse nunca, sólo podía avanzar. La enseñanza para mí era un sistema, aunque laberíntico (por la cantidad de alumnos), unidireccional, de válvulas orientadas todas en el mismo sentido. Porque yo no me proponía de ningún modo corregir la dislexia de cada alumno. Quería enseñarles a leer y escribir en sus términos, cada cual con su sistema jeroglífico particular; sólo dentro de ese sistema se podía avanzar, por ejemplo, en el caso del que escribía en espejo, se podía empezar escribiendo en espejo la palabra "mamá" y terminar escribiendo, en espejo, un libro de mil páginas, un diccionario, todo. Es que en realidad yo no había inventado enfermedades, sino sistemas de dificultad. No estaban destinados a la curación sino al desarrollo. "Dislexia" es un término que uso ahora, por una similitud puramente formal que he encontrado; y para hacerme entender.

De modo que yo hacía un dictado (mental, imaginario, por supuesto), después pedía los cuadernos (también imaginarios) para corregir, y con esa honestidad absoluta que sólo se da en los niños que juegan, me hacía cargo concienzudamente de cuarenta y dos discursos jeroglíficos que corregía cada uno según su regla única e intransferible.

Como si esto fuera poco, había tenido que hacer equivalencias lo más adecuadas posibles entre cada dislexia y el rendimiento del alumno en otras materias que no fueran Idioma Nacional: en Matemáticas, Desenvolvimiento, Dibujo, etc. Para seguir con el ejemplo más fácil (los había completísimos), el de la escritura en espejo: ese chico las cuentas las hacía no sólo con los números dibujados al revés sino con los resultados también invertidos, de modo que dos más dos le daba cero, y dos menos dos cuatro: los criollos pedían Cabildo Cerrado, Colón descubría Europa, el fruto venía antes que la flor; los dibujos, era cuestión de imaginármelos.

Debía imaginármelo todo, porque daba mis clases sin escenificación, sin elementos materiales, sin un papel siquiera para ir apuntando (en mi estado precario de aprendizaje, por otro lado, escribía tan lento que no era cosa de andar tomando notas de prisa, como un taquígrafo; y debía ir rápido para avanzar algo, con tantísimos alumnos). Lo hacía inmóvil, concentradísima, los ojos abiertos, escuchando la radio con algún resto de conciencia. Mi castillo de naipes siempre estaba a punto de derrumbarse, la menor distracción me haría perder el hilo para siempre. Un esquema habría sido mi salvación. Aprendí a añorar el esquema. Si hubiera podido jugar en voz alta habría sido menos difícil, pero no lo hacía, porque en el secreto estaba la estética del juego. De modo que mamá nunca supo que yo estaba dando clases. Quién sabe qué creería al verme paralizada, tensa como un mármol...

Me vi obligada a emplear un arte de la memoria. Mi memoria era perfecta, pero no bastaba. Me las había arreglado para necesitar algo más. Necesitaba un método, y utilicé la imagen de mi aula en su momento de plena ocupación. Para hacer imagen debía tener las figuras en silencio. Ahora bien, en el aula, y supongo que será igual en cualquier aula de cuarenta y dos chicos (yo no me cuento) de seis años, eran muy escasos los momentos en que todos ocupaban sus bancos y se quedaban en silencio. Había un solo momento así: cuando la señorita tomaba asistencia. Era una letanía de nombres, el apellido primero, el nombre de pila después —faltaba yo, que debería haber estado segundo, entre Abate y Artola. Repetida todos los días en el mismo orden, me la había aprendido de memoria. Y estaba fundida, como el audio de una imagen, al recuerdo utilizable mnemotécnicamente de toda el aula en su lugar... Lamentablemente, esa fusión me impedía usar la imagen tal como la tenía almacenada. Porque el orden sonoro de los niños, que era el alfabético, no coincidía con el de las ubicaciones. Eso me obligaba a un penoso zigzag, eran dos órdenes sobreimpresos...

Este entretenimiento me absorbía. Me absorbía tanto que llegó a producirme placer, el primero extenso y manipulable que yo experimentara en mi vida. Era un placer doloroso, casi abrumador, pero así era yo. Y no tardó en sublimarse, en trascenderse... Un poco al margen de mi voluntad creó un suplemento sobre el que se lanzó mi imaginación con una avidez loca. Trascendí la escuela. Empecé a dar instrucciones. Instrucciones de todo, de vida. Se las daba a nadie, a seres impalpables que había dentro de mi personalidad, que ni siquiera tomaban formas imaginarias. Eran nadie y eran todos.



Las instrucciones que yo daba se referían a cualquier cosa. A algo que estuviera haciendo, en principio, pero también a otras actividades que no hacía ni iba a hacer jamás (por ejemplo trepar a una montaña) y sobre las cuales sin embargo especificaba los detalles más mínimos. Pero la base, el modelo, el grueso de mis instrucciones, se refería a lo que yo estaba haciendo en ese momento. A tal punto que mis actividades se duplicaban en las instrucciones para llevarlas a cabo, actividades e instrucciones eran una misma cosa. Caminaba, y lo hacía explicándole a un discípulo fantasmal cómo era que se caminaba, cómo se debía caminar... No era tan simple como parecía, nada lo era... Porque la verdadera eficacia era una elegancia, y la elegancia dependía de un saber minuciosamente detallado, caprichoso de tan detallado, una idiosincrasia esotérica que sólo yo estaba en condiciones de transmitirle a... nadie, no sabía a quién, quizás a alguien. El juego invadía toda mi vida. Cómo sostener el tenedor, cómo llevárselo a la boca, cómo beber un sorbo de agua, cómo mirar por la ventana, cómo abrir una puerta, cómo cerrarla, cómo encender la luz, cómo atarse los zapatos... Todo acompañado de un flujo incesante de palabras, "hágalo así... nunca lo haga así... una vez yo lo hice así... tenga la precaución de... hay gente que prefiere... de este modo los resultados no son tan..." Era un discurso rápido, muy rápido, no disponía de ninguna lentitud en la que refugiarme porque la velocidad justa era parte esencial de la corrección, y yo estaba dando el ejemplo. Y además eran tantas las actividades sobre las que debía instruir... eran todas... algunas simultáneas, lanzar una mirada ligeramente a la derecha y algo arriba del horizonte, controlando el movimiento de la pupila, de la cabeza (¡y había que tener algún pensamiento adecuado y elegante como acompañamiento de esa mirada, sin lo cual no valía nada!), al mismo tiempo que se recogía una piedrita, con el gesto preciso de los dedos... Cómo usar los cubiertos, cómo ponerse el pantalón, cómo tragar saliva. Cómo estar quieto, cómo estar sentado en una silla, ¡cómo respirar! Hacía yoga sin saberlo, ultrayoga... Pero para mí no era un ejercicio: era una clase, daba por supuesto que yo ya lo sabía todo, ya lo dominaba... Por eso debía enseñar... Y en realidad lo sabía, cómo no iba a saberlo si era la vida en todo su despliegue espontáneo. Aunque lo principal no era saberlo, ni siquiera hacerlo, sino explicarlo, desplegarlo como saber... Y tan curiosos son los mecanismos de la mente y el lenguaje, que a veces me descubría dándome las instrucciones a mí misma.


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