Claves feministas para liderazgos entrañables Marcela Lagarde



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Claves feministas para liderazgos entrañables
Marcela Lagarde
Memoria del Taller
Managua, 6-8 de octubre, 1999
Edición a cargo de Sofía Montenegro
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Una auto-presentación indispensable
Buenos días. Estoy muy contenta de estar aquí, con todas ustedes y quiero autopresentarme
porque para hacer liderazgos nosotras tenemos que nombrarnos y por eso les voy a contar quién
soy.
Mi nombre es María Marcela Lagarde y de los Ríos. Soy mexicana oriunda del Distrito Federal,
que es una ciudad maravillosa e interesante. Soy antropóloga, etnóloga por profesión. Soy
maestra y doctora en antropología. Me he dedicado más a la academia, pero como antropóloga,
hice una parte de mi trabajo profesional con los grupos étnicos de mi país y la problemática
indígena, específicamente la relación de los derechos de los grupos étnicos y la democracia, tema
en que sigo empeñada todavía. Cuando era una antropóloga joven me dedicaba a ser asesora de
los grupos étnicos, de movimientos indígenas, a investigar y a dar clases. Toda mi vida he dado
clases y desde hace treinta años, me encanta ser maestra. Como investigadora me dedico a
estudiar la condición de género de las mujeres y de los hombres, a investigar la problemática de
vida de nosotras, a ver las alternativas que nos inventamos las tardes de verano y todas esas
maravillas. Soy una mujer feminista de tiempo completo. Soy toda mi ser.

También soy necia. Casada por segunda vez, vivo con mi querido esposo Daniel cuando aterrizo


en mi país. Entre los dos tenemos tres hijos: de él tengo dos hijos que tuvo con otra señora y
Valeria, que es mi hija. El mayor de todos es Ilia, tiene 33 años y es teatrero; el segundo es Ari,
tiene 31 y es escritor, poeta, fotógrafo y bello. Mi hija Valeria es sicóloga. Está haciendo su
especialidad en terapeuta psicoanalista especializada en género. Tenemos una familia a todo dar.
Nos ha costado un trabajo endemoniado porque veníamos de dos parejas diferentes con hijos.
Ese señor y yo, sólo somos pareja y ya bastante es.

También tengo una nieta maravillosa, Denise, que tiene cinco años y es muy linda. Ya no tengo a


mi mamá, murió a principios de año y me siento muy huérfana. Tengo muchísimas amigas,
queridas de la vida, en muchos países. Eso es una maravilla. Están aquí en Nicaragua, en Costa
Rica, España y ando por todos lados. Escribo libros, doy muchos cursos, hago muchos proyectos
y estoy muy involucrada con la lucha feminista donde quiera que voy.

Tengo 50 años. Me siento muy rico, muy plena. Tengo salud, ganas de hacer muchas cosas, y


además tengo ganas de festejar el 2000. He pasado todo el año pensando que quiero pasar el
2000 en París y nos vamos a ir a París. Estoy encantada de estar en Nicaragua otra vez, con
Tere, con quien nos conocemos desde hace diez años. Fue mi alumna de antropología cuando yo
era joven y tenía 23 años. Tenemos que festejar eso. A ese grupo les di una clase sobre
indigenismo en América Latina y los recordaré toda la vida, porque fue el grupo con el que me
estrené como antropóloga, como profesora. Era más joven que ellos, me sentía más chica y me
creían todo lo que les contaba. Ellos eran muy buena onda, buenos estudiantes, hicieron
investigación participativa porque éramos de movimientos revolucionarios y toda la cosa.
Soy una gran cocinera y una gran comelona también. Me salen mejor los platillos que los libros y
me los como con más ganas. Sé tejer muy bonito, también bordo, coso, hago ropa, me encantan
las plantas, las cultivo, y una rosa blanca también. Esas son las cosas que me gusta hacer.
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Todas nosotras somos eso, y muchas cosas más. Cada vez que nombramos a la otra nos
enorgullecemos. Cada vez que decimos lo que ha hecho, es una forma de apropiarnos de eso.
Además, vivimos en un mundo donde toda la gente tiene títulos. ¿Ustedes han oído como
presentan a los señores? Ellos son tal, hicieron, construyeron. Es importante que en cada proceso
demos su estatus a las personas y sepamos frente a quien estamos.
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Introducción
He llamado a este taller “Claves feministas para liderazgos entrañables” porque este título, para
mí, sintetiza una serie de claves para abordar el tema del liderazgo de las mujeres desde nuestra
perspectiva filosófica, la perspectiva feminista. Plantearnos el tema de los liderazgos de las
mujeres desde el feminismo nos coloca ante una visión del mundo específica, una visión analítica,
ética y política. Porque la clave de las feministas es que el compromiso en primer término es con
nosotras, con las mujeres. También con los hombres; con una sociedad que sea espacio de
desarrollo y acogimiento de las personas; con una cultura que nos dé sentido, perspectiva y que
nos abra al tiempo, ahora que estamos en el umbral del milenio.
Utilizo el concepto “entrañables” porque cuando hacemos política generalmente usamos un
lenguaje masculinizado y no tenemos suficientes categorías propias para nombrar las cosas como
queremos. Entonces, “entrañables” significa: con las entrañas, con el corazón, con lo que somos y
lo que queremos ser. Porque somos esenciales para la vida, y sobre todo, porque somos
portadoras de alternativas para hacer viables a la sociedad y al mundo. También significa los tipos
de liderazgos que queremos hacer y en los cuales podemos desarrollarnos las mujeres feministas;
éstos no son liderazgos de cualquier tipo, los liderazgos del pasado. Son los liderazgos que
hemos ido inventando y descubriendo millones de mujeres en el mundo. Los que tenemos y
necesitamos en muchos lugares; ejercidos por mujeres entrañables que impactan en sus
comunidades, en sus grupos, en sus organizaciones.
Este tipo de liderazgos tiene varias características, entre ellas, que su impacto se separa en dos
vertientes fundamentales: una, es el convencimiento. Y ese es un aporte de los liderazgos de las
mujeres en todo el mundo, porque no buscan imponer, buscan convencer, muchas veces en
minoría y desigualdad. Si hacemos la historia de los liderazgos de las mujeres veremos que están
marcados por la intencionalidad profunda de convencer a un mundo que desconfía, que
desacredita la palabra de las mujeres, sobre todo cuando proponemos cambios radicales en
cuanto a las relaciones entre los géneros. Entonces, una clave interesante en los liderazgos es la
firmeza y la convicción en torno al convencimiento, aun en desigualdad. Las mujeres
contemporáneas tenemos la marca de la Ilustración, tratamos de dar luz con conocimientos, con
argumentos, con una racionalidad que suponemos y queremos universal.
La otra vertiente es que no solamente buscamos convencer ideológicamente con nuestros
argumentos y con nuestras propuestas, sino también con acciones. Los liderazgos de las mujeres
son liderazgos de acción. Los liderazgos intelectuales son liderazgos de acción, los comunitarios
también. Y eso, a su vez, impacta en la dimensión más profunda de los liderazgos, la
ejemplaridad; son ejemplares. Nosotras tratamos de hacer algo extraordinario y muy interesante:
volver vida misma lo que suponemos como idea del mundo. Es decir, hacer de las utopías, topías
personales y colectivas. Cada mujer en sus acciones internaliza, traduce a la vida aquello que se
propone como alternativa de mundo. Esta relación entre el pensar, el ser y el existir me parece
que es una clave histórica y filosófica de los liderazgos de las mujeres.
No podemos pens ar a las mujeres y a sus liderazgos, si no tomamos en cuenta esta característica
única. Y es única porque los liderazgos tradicionales de los hombres no han buscado la
coherencia entre el pensar y el vivir, y tampoco han sido analizados así. Han existido liderazgos
de hombres carismáticos, pero en su intencionalidad no está llevar a su vida personal su
propuesta filosófica y política. La clave, la ruptura epistemológica y paradigmática de las mujeres
contemporáneas es la intención de llevar a la vida misma, en el tiempo presente, las propuestas
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utópicas. Y eso es una marca de género de los liderazgos de las mujeres. Esa es mi perspectiva
de análisis.
Quiero explicar el método y los ítems que voy a tratar a lo largo del taller. En primer lugar, una
definición de género y liderazgo interpretados desde la perspectiva de género y la filosofía
feminista. Voy a tratar de hacer un análisis de la antropología del liderazgo, en qué consiste, cómo
están caracterizados los liderazgos de las mujeres y qué tiene que ver eso con la cultura y la
sociedad. Y también incluir un tercer punto analítico para pensar cualquier liderazgo, y es la
coyuntura; es decir, en qué temporalidad nos ubicamos, el espacio político y social en el que
hacemos el análisis.
Un segundo componente de este eje es la agenda política. Vamos a ver que hay una relación
fundante entre agenda política y liderazgo, por lo tanto no podemos analizar los liderazgos fuera
de las agendas políticas sino a través de ellas. Las mujeres no siempre hemos tenido agendas
políticas; y cuando las hemos tenido, no siempre han sido globales y a la vez particulares como
ahora. Es decir, que por primera vez en la historia las mujeres miramos al mundo desde un piso
político propio, que aunque está en confrontación política y en desigualdad, es un piso de
referencia identitaria. Actualmente, las mujeres podemos tener identidad política de género, cosa
que no ha sucedido a muchas de nuestras antecesoras que han tenido otras identidades políticas
y no específicamente la de género.
Un aspecto clave, al que le voy a dedicar espacio en el taller, es el perfil de las lideresas como un
conjunto de atributos que ya existen y como propuesta formativa pedagógica fundamental. Y un
último punto es la filosofía política para los nuevos liderazgos, la ética, que desde luego es la
clave, la estructura vertebral de los mismos. Uno de los más grandes aportes feministas es que la
ética antecede a la política, la prefigura y configura.
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PRIMERA PARTE
Género y liderazgo
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1 – Los supuestos de la modernidad
En todos nuestros países ya existe una gran cantidad de liderazgos de mujeres. No imaginamos
que queremos que haya liderazgos, más bien nos pensamos desde una acción política, práctica,
en la que hay una tradición importante de liderazgos de mujeres.
Hasta el siglo pasado, la participación de las mujeres en muchos procesos se realizaba como
parte de comunidades, de pueblos o de grupos. No había una participación específica de las
mujeres separadas –quiero subrayar el concepto, es una clave muy importante -, es decir,
separadas de sus comunidades, de los hombres, con una cierta independencia. Es en el siglo XX
que los liderazgos de las mujeres van emergiendo con un perfil y un papel propios en los grupos
sociales, en los movimientos sociales. Muchas veces, la participación de las mujeres ha formado
parte de otras categorías sociales, no ha sido definida como categoría social de género, tal como
lo hacemos ahora. La clave es que esa participación se ha ido transformando desde una
participación social y política como parte de otros universos, a una participación política con una
referencia de identidad propia prefigurada por las mismas mujeres.
También ocurre que la sociedad se impacta profundamente con los liderazgos de las mujeres y
con los movimientos lidereados por mujeres. En el umbral del milenio todavía existen personas
que se asombran porque hay mujeres participando en procesos políticos, todavía hay quien
considera a las mujeres ajenas a la política; o bien, que sobrevalora la presencia de las mujeres
en los movimientos sociales y políticos considerando que con su sola presencia ya hay igualdad.
Por lo tanto, quiero partir de la siguiente visión: somos mujeres del siglo XX y, por lo tanto,
estamos encapsuladas, enmarcadas en la cultura de la modernidad. Esa cultura que nos define
tiene un supuesto político, la igualdad; pero, ya lo sabemos, la igualdad enunciada o normada no
corresponde necesariamente con procesos de igualdad social ni con procesos en la experiencia
vivida. Entonces, la contradicción que marca la participación social y política de las mujeres del
siglo XX – y también las del siglo XIX y las de la mitad del siglo XVIII en los países de la
modernidad -, es la contradicción entre la igualdad supuesta y la desigualdad real. Esa
contradicción es la que marca la definición política de las mujeres.
En algunos procesos históricos, las mujeres han dado por supuesta la igualdad porque consideran
que es una característica de definición ontológica; en otros procesos políticos han asumido que la
igualdad no existe y tienen que luchar para construir la igualdad. La sociedad es distinta en la
modernidad, ha cabalgado entre la norma de la igualdad y una desigualdad legítima. Por ejemplo,
la desigualdad entre los géneros en América Latina es parte de la identidad nacional de nuestras
culturas políticas.
Ahora bien, existe una permanente confusión ideológica entre desigualdad y diferencia, un juego a
veces perverso, cultural e ideológico, en las visiones hegemónicas de nuestras sociedades que
hace suponer que la diferencia es positiva por sí misma. Conectan este ideograma con la creencia
de que la desigualdad está asociada a la diferencia. Por lo tanto, desaparecer las desigualdades
sería arrasar con la valiosísima diferencia. En la cultura se ha asentado el supuesto de que
diferencia y desigualdad son connaturales, conceptos articulados e imprescindibles uno del otro,
marcando el perfil y la participación política de las mujeres en la modernidad. Resumo la idea: la
falacia de la igualdad es una contradicción. No hay igualdad, pero la suponemos como si fuera un
principio vigente porque en algunas sociedades está consignada jurídicamente en las
constituciones.
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Por su lado, los conceptos democracia y desarrollo forman parte de la modernidad, pero
obviamente en la mayoría de los países aunque las mujeres hayan participado social y
políticamente, la democracia y el desarrollo no han sido formulados ni pensados para abarcarlas
como sujetas de la historia. Las democracias han sido concebidas por los hombres, aunque las
mujeres hayamos luchado por ellas; y el desarrollo ha sido una clave de horizonte, de futuro,
pensado por los hombres y para categorías sociales que no contemplan a las mujeres. En ambos
casos, democracia o desarrollo, se piensa en categorías como el pueblo, la clase, la nación, la
sociedad, los grupos particulares. Es hasta ahora que las mujeres nos hemos apropiado de ambos
conceptos y los planteamos desde el género formulando propuestas como la democ racia
genérica.
La democracia genérica, apuntaré brevemente, es una revisión crítica de las concepciones
modernas sobre democracia; se basa en el planteamiento de que ésta no contempla la inclusión
protagónica de las mujeres. Por lo tanto, propone construir otro tipo de relaciones democráticas y
otro modelo democrático que incluya no solamente a las mujeres, sino que – más complejo aun -,
se modifique el posicionamiento de los hombres y se establezcan relaciones democráticas entre
los géneros.
Este es el paradigma desde el cual podemos analizar la participación social y política de las
mujeres. Y nos permite reconocer que las mujeres hemos participado siempre desde la
marginalidad democrática, desde la periferia de la democracia, o desde los “no lugares”, como
diría el antropólogo Marc Augé. Las mujeres y cualquier grupo excluido, sabemos lo que es estar
en un “no lugar”, pretendiendo participar; participando como si estuviésemos dentro, pero en
realidad estando fuera. La democracia genérica es un aporte feminista, crítica a la democracia
patriarcal y al mismo tiempo, construcción de una alternativa paradigmática que se complementa y
articula con este concepto de la modernidad que es el desarrollo.
Pero este concepto, además de haber sido pensado sobre la base de criterios discriminatorios de
género, también ha sido pensado con criterios racistas, de exclusión. Desde la perspectiva
feminista, las mujeres que estamos incorporadas tratando de cambiar el mundo, queremos que el
desarrollo sea el conjunto de mecanismo de inclusión de las mujeres a un piso de condiciones de
vida favorables, no atentatorias para la vida, el medio ambiente, el patrimonio cultural o el capital
humano, como diría Pierre Bourdieu. Al contrario, un tipo de desarrollo que pueda desmontar la
destrucción del medio ambiente, del patrimonio cultural e histórico y que pueda desmontar la
destrucción del capital humano que se ha puesto en marcha de manera beligerante, radical y
voraz. Pero además, un tipo de desarrollo que se concrete en una clave que ha estado invisible
para todos los desarrollistas patriarcales: el desarrollo personal de cada mujer y de cada hombre
como prioridad inmediata práctica, no como consecuencia utópica.
Esta visión va adquiriendo una aceptación cada vez mayor entre las mujeres de todo el mundo.
Nunca antes en la historia ha habido una coincidencia cultural de horizontes tan importante,
con mujeres de culturas diferentes, con una plataforma con sentido de presente y futuro. Nunca
como hoy habían coincidido mujeres africanas y latinoamericanas, nórdicas y australianas. Por
primera vez estamos construyendo categorías de género intragenéricas, de identidad, de
conexión, y como ahora somos internautas, la conexión es más fuerte. Pero, sobre todo se
debe a que hay una conexión paradigmática, de sentido, de filosofía, de propuesta, de práctica
de vida, de acciones concretas muy semejantes. Por primera vez estamos construyendo una
semejanza a voluntad. Las mujeres tenemos voluntad de construir hilos de semejanza filosófica
y política entre nosotras, y eso es asombroso porque se creía que nuestro género estaba
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especializado y limitado a la creación de la vida humana. Ahora resulta que somos creadoras
de cultura y no sólo reproductoras de cultura por la dominación patriarcal. Todos estos
elementos confluyen en nuestras formas de participación y desde luego en los liderazgos
posibles y existentes.
Sintetizando sobre lo que he llamado la construcción de la democracia y el desarrollo humano
sustentable con perspectiva de género, quiero decir que coincidimos con hombres paradigmáticos.
No es sencillo armonizar coincidencias pero, en efecto, el paradigma del desarrollo humano
sustentable y la democracia también ha sido pensado por hombres que forman parte de
categorías sociales, movimientos políticos; hombres y mujeres que no nos creímos el final de la
historia con la que nos amenazaron los filósofos de la post modernidad.
No creíamos que se había acabado la opción de compromiso social en la historia porque
terminaron procesos históricos sociales, la caída del muro de Berlín o el cambio de régimen social
y político en los países de la esfera socialista; no creíamos que el neoliberalismo no tiene salida,
que la dominación depredadora del capital es un destino infranqueable, que la desigualdad es
parte de la naturaleza humana; sino que con la experiencia de vida hemos remontado las crisis,
observado la caída de muros y el alzamiento de otros tal vez peores, pero hemos mantenido
nuestra visión crítica de compromiso social, sin dogmatismos, tratando de construir alternativas.
La clave es que asumimos que es preciso construir democracias más complejas, más incluyentes,
más abarcadoras y el desarrollo como progreso incluyente, con rostro humano, como ha dicho un
gran maestro del desarrollo humano sostenible.
Esta es otra clave en este gran paradigma de la democracia y los liderazgos de las mujeres que
nos acerca mucho a las pequeñas minorías de mujeres que en el siglo XVIII lucharon por la
igualdad de las mujeres en relación con los hombres – y fíjense como lo enuncié: igualdad de las
mujeres en relación con los hombres -. Las revolucionarias de la revolución francesa lucharon por
la democracia y lucharon por la igualdad, pero cuando los revolucionarios dieron por concluido su
proceso decidieron que las mujeres se fueran a sus casas y ellas decidieron que querían ser
ciudadanas. Olimpia de Gouges, nuestra maravillosa predecesora, planteó uno de los aspectos
históricos del feminismo, los derechos de las mujeres y las ciudadanas; esa clave del siglo XVIII
está presente hoy en día en el marco de la participación social y política de las mujeres, pues éste
tiene que ver con la construcción de la ciudadanía de las mujeres. Así, desde la perspectiva de
nuestro género, la democracia consiste en montar las condiciones necesarias para que las
mujeres seamos ciudadanas. Actualmente no lo somos.
En 1999 no hay ciudadanas plenas en ninguna parte del mundo. Existe lo que llamamos
genéricamente, una ciudadanía mutilada de las mujeres, incompleta, inadecuada, que le falta
igualdad. Nada más que a finales del siglo XX ya no pensamos la igualdad de las mujeres en
relación con los hombres como lo hacían Olimpia de Gouges y sus congéneres revolucionarias. La
igualdad de las revolucionarias del siglo XVIII era androcéntrica, los hombres eran la referencia; la
igualdad consistía en igualarse a los hombres. Las radicales del siglo XX decimos que la igualdad
entre los géneros, y dentro de los géneros, es una cosa compleja y complicada. No nos
planteamos el tema desde el androcentrismo, sino para eliminar el centrismo; es decir, para
eliminar el centro político como lugar privilegiado de la dominación. Nos proponemos la igualdad
como una relación entre términos y no como igualación con. Es la igualdad de la relación entre
mujeres y hombres, y entre hombres y mujeres; pero al mismo tiempo entre mujeres y mujeres y
entre hombres y hombres; y luego con todas las categorías sociales a las que pertenecemos.
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La ciudadanía de las mujeres
La ciudadanía de las mujeres está marcada por la más grande construcción filosófica que hemos
elaborado las mujeres en este siglo, los derechos humanos de las mujeres. La creación de los
derechos de las humanas es la verdadera armazón de la ciudadanía de las mujeres aunque
todavía no forman parte de la cultura política social, todavía no son conciencia colectiva suficiente.
La ciudadanía, como forma de estar en la democracia, es la construcción de la humanidad de las
mujeres.
Nosotras, las milenarias, estamos haciendo algo extraordinario, se trata de un cambio civilizatorio.
Estamos construyendo la humanidad de las mujeres. La hemos imaginado antes a través de
muchas ideologías, algunas muy antiguas, a través de mitos, de creencias religiosas e
ideológicas, a través de filosofías. Pero un día a lo largo de estos siglos muchas mujeres dejaron
de creer que la igualdad existía, y por descreídas hacemos esta innovación que consiste en
asumirnos como autoras protagónicas de la humanidad de las mujeres, de los derechos de las
humanas. También estamos empeñadas en la construcción de otra ciudadanía para los hombres -
y esa es otra clave política de género -. Si decimos que nos proponemos transformar las
relaciones entre mujeres y hombres, también nos proponemos construir otras claves de
ciudadanía para los hombres. La propuesta implica una reforma profunda, contundente, de la
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